Guerra de la Independencia Española 1808-1814


La Guerra de la Independencia Española fue una contienda mantenida entre 1808 y 1814 por el pueblo español contra los ejércitos franceses de Napoleón, la cual coincide con un intento de trasformar las estructuras internas del Estado y de la sociedad que se plasmará en las Cortes de Cádiz. Desde el punto de vista europeo, se inserta dentro de las guerras de resistencia contra el poder de Napoleón, desarrolladas en Rusia, Prusia y España. Esta última es la más larga y dio pie a que se pudiera vencer a Napoleón.

 

En sus aspectos militares cabe distinguir varias etapas:

1ª) Comprende los preparativos de la confrontación. El Tratado de Fontainebleau de 1807 sienta las bases de la invasión, ya que en él Godoy y Napoleón acuerdan que las tropas francesas invadirían Portugal, mediante un ejército que entraría por España formado por 28.000 hombres, mientras en la frontera quedarían otros 40.000 franceses.

Debido a éste acuerdo, las tropas francesas penetran en la Península formando cuatro ejércitos: uno que siguiendo la dirección de Burgos, Ciudad Rodrigo y Alcántara se dirige a Portugal. Otro se dirige al sur pasando por Madrid. El tercero toma Pamplona, Roncesvalles y Zaragoza y el cuarto se dirige a la costa mediterránea, hasta Cataluña y Valencia. El acontecimiento más importante de esta época, y sin duda el desencadenante directo de la guerra franco-española, es el Levantamiento del Dos de Mayo: ese día, el pueblo de Madrid acaudillado por los capitanes Daoíz y Velarde y por el teniente Ruiz, se alza en armas contra las tropas de Murat para oponerse a la marcha del infante y el resto de la Familia Real a Bayona. Las gentes, irritadas, entran en palacio mientras otros cortan las correas del carruaje para impedir la partida del rey y manifiestan su indignación contra los franceses. Murat, enterado de los acontecimientos, envía algunas fuerzas para aplastar lo que considera un motín. Como reacción, el pueblo de Madrid se levanta en armas contra el invasor francés. Los dirigentes de la resistencia mueren en el combate y Murat ordena una durísima represión.

En estos primeros momentos de la guerra, también Zaragoza conoce su primer sitio durante los meses de junio y agosto de 1808. Al conocerse los levantamientos del 2 de Mayo en Madrid, los ciudadanos de Zaragoza solicitan armas a la Capitanía General para defender a la ciudad ante la presencia de tropas francesas dirigidas por el general Lefebvre. A principios del verano de 1808 los franceses inician el sitio a Zaragoza, defendida ahora por el general Palafox, que resiste los primeros asaltos a costa de gran cantidad de bajas entre los defensores. En este episodio sobresale la acción de Agustina de Aragón. Al comenzar el año 1809 la situación de los sitiados se hace insoportable: el hambre, las enfermedades y los continuos combates, a veces cuerpo a cuerpo por las calles, diezman la resistencia de los zaragozanos, contabilizándose cerca de 50.000 víctimas. Por fin, el 20 de febrero, la Junta Ciudadana decide la capitulación de Zaragoza ante los franceses. Al día siguiente éstos entran en la ciudad poniendo así fin a un asedio de setenta y dos días.

Los enfrentamientos armados surgen por todos los lugares de España. El levantamiento del 2 de mayo en Madrid muy pronto se propaga por todo el país, en gran parte difundido por el bando o proclama de los alcaldes de Móstoles. Comienza así la resistencia armada, de carácter eminentemente popular, contra la dominación francesa. Los primeros brotes bélicos estallan en Oviedo el 9 de mayo de 1808 y enseguida se definen importantes focos de resistencia. El general Cuesta dirige los focos rebeldes de Castilla La Vieja; en Zaragoza, el brigadier Palafox resiste el asedio del mariscal Lefèbvre; Gerona también rechaza el asedio francés…

 

El mayor descalabro de estos primeros momentos de la guerra se produce en Bailén (Véase Batalla de Bailén) el 19 de agosto de 1808: el general Dupont es derrotado por las fuerzas regulares de las Juntas de Granada y Sevilla, mandadas por el general Castaños. Los franceses abandonan el sitio de Zaragoza y Gerona, José I Bonaparte huye de Madrid y, sobre todo, se quebranta el mito de la invencibilidad del ejército imperial. Las consecuencias de esta victoria son trascendentales: los ejércitos franceses, con José Bonaparte, se retiran a Avila y las tropas españolas del oeste, mandadas por Blake, llegan hasta Vizcaya. Las de Extremadura llegan a Burgos, el ejército de Castaños llega a Tudela y el de Palafox toma Sangüesa. Las tropas francesas, en virtud del tratado de Cintra, son evacuadas de Portugal. Por último, concluye el primer asedio a Zaragoza y Gerona. La victoria de Bailén es la primera derrota de los ejércitos napoleónicos: éste hecho dio aliento a las naciones europeas y en Viena se forma una coalición contra Napoleón.

En esta guerra, la contribución popular fue enormemente destacada desde un principio, sobre toda con la participación de hombres civiles que agrupados en torno de un líder local se convirtieron en grupos de guerrilleros que lucharon fieramente contra los franceses. Los guerrilleros más famosos fueron, entre otros: Jerónimo Merino (el cura Merino) que, arrancado del altar por los franceses, fue obligado a portar el bombo de una banda militar de música; cuando fue libre, encabezó una terrible venganza contra los invasores. En Navarra destacó Espoz y Mina, que obtuvo brillantes éxitos frente a los franceses. En Aragón fue el tío Jorge y en Salamanca el labrador Julián Sánchez. Pero el más popular por su eficacia fue Juan Martín Díaz El Empecinado, que derrotó repetidas veces a grupos de franceses aunque procuraba respetar la vida de los derrotados. Intervino continuamente las vías de comunicación postal entre los invasoresy figuró con gran maestría en la batalla de Talavera, siendo el encargado de impedir la comunicación francesa entre Madrid y Aragón, misión que cumplió con notable éxito.

2ª) Etapa que comprende desde la batalla de Bailén hasta la partida de Napoleón de España en el año 1809. Deshechos los primeros planes de conquista franceses, Napoleón decidió venir a España con el Gran Ejército compuesto por más de 20.0000 soldados y dirigidos por los mariscales más prestigiosos de su ejército. Tenía Napoleón el propósito de dar una batalla total y única, pero para ello tenía que reunir los cuatro ejércitos dispersos por la Península. El ejército español situado en Extremadura, mandado por el duque de Belveder, era el encargado de cortar el paso a Napoleón y así facilitar la unión del de Blake (ejército del oeste) y el que Castaños comandaba en el este. Napoleón mandó a sus mariscales Soult y Lefevre contra Blake, al que derrotan en Espinosa de los Monteros (Burgos). Soult propuso a Napoleón una campaña contra Asturias y Galicia para poder cortar las frecuentes entradas de tropas inglesas a través del puerto de La Coruña. Contra el ejército de Castaños mandó Napoleón a Lannes, que es derrotado en Tudela aunque se acantona en Guadalajara. Moncey es enviado contra Zaragoza. Burgos se convierte en el centro de poder militar y de aprovisionamiento de Napoleón.

Desde allí se desplaza hasta Madrid y en el paso de Guadarrama se enfrenta a los ejércitos españoles que le cortan el avance. El 30 de noviembre de 1808 tiene lugar la batalla de Somosierra, la última defensa natural que se interpone en el camino de Madrid. A principios de diciembre se establece en Chamartín y, tras intimidar a la población, obtiene la entrega de la ciudad y vuelve a ser repuesto José I. Estando en Madrid, Napoleón recibe informaciones de los adelantos efectuados por los ejércitos ingleses mandados por Moore, que han conseguido unirse al español situado en el oeste. Con una rapidez asombrosa, Napoleón atraviesa el Guadarrama, a pesar de la intensa nevada, llegando a Benavente y Astorga cuando Moore ya ha abandonado las tierras del Esla.

En Asturias se están armando tropas contra los franceses. Teniendo que marchar Napoleón a Francia, deja al general Soult al frente de los ejércitos napoleónicos de la Península, con la misión inmediata de derrotar al inglés Moore, objetivo que consigue haciendo capitular a La Coruña. La intensificación de la ofensiva francesa con la presencia de Napoleón fue grande: Zaragoza sufre un segundo sitio, resistiendo heroicamente los ataques de Moncey, Junot y, finalmente, Lannes. La enfermedad de Palafox, la epidemia que produce 200 ó 300 muertos diarios y los continuos ataques de los sitiadores obligó a Zaragoza a rendirse con todos los honores. Gerona volvió a sufrir su tercer sitio y, después de ocho meses de resistencia con epidemias y hambres generalizadas, Alvarez de Castro, cuando ya sólo quedan unos 1500 defensores, capitula ante Verdier general que dirige a los 50000 franceses. El mariscal Víctor derrota a los españoles en Uclés y Medellín, pero fue retenido por los ejércitos ingleses y españoles dirigidos por Lord Wellington. Soult atraviesa el río Miño y penetra en Braga y Oporto, aunque poco después tiene que huir precipitadamente ante la presencia del ejército anglo-hispano. Sir Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, se decide a dar una batalla decisiva, librándose ésta en Talavera de la Reina el 27 de julio de 1809: Wellington organiza desde Lisboa una serie de ataques hacia el norte, donde consigue desalojar de Oporto a Soult quien se refugia en Galicia. Otros ataques son dirigidos hacia Extremadura, contra Víctor y en colaboración con las tropas españolas del general Cuesta. Es entonces cuando se produce la batalla de Talavera, como consecuencia de la cual los franceses se retiran hacia Madrid y Wellington, amenazado por Soult desde Plasencia, se ve obligado a replegarse sobre Badajoz. El resultado de esta confrontación fue incierto, pues ambos bandos se atribuyeron la victoria.

3ª) Esta etapa comprende desde el año 1810 al 1812 y en ella destacan dos aspectos. Uno es el desplazamiento de los ejércitos invasores hacia el sur, los cuales penetran en el valle del Guadalquivir en tres cuerpos (uno pasa por Santiesteban en Jaén para dominar la alta Andalucía, otro por Despeñaperros y el tercero por Los Pedroches), ocupando toda Andalucía excepto Cádiz, que había sido reforzada con tropas del duque de Alburquerque y resistió el asedio francés por las provisiones recibidas a través del mar. El segundo aspecto destacable de este periodo es la presencia de Wellington en Portugal: hacia él se dirige el mariscal Messena, que toma Ciudad Rodrigo y poco después Almeida, aunque Wellington pudo resistir y derrotar a los franceses en la localidad de Torres-Vedras. Soult, desde Cádiz, acude en ayuda de Massena tomando Badajoz, luego liberada por el ejército español que derrota a Soult en la batalla de Fuentes de Oñoro (Salamanca), el 3 de mayo de 1811. Éste es el último episodio de una expedición claramente derrotada: a partir de ahora, la guerra de España se convierte para los franceses en una auténtica pesadilla. La guerra languidece, la iniciativa francesa se pierde, Massena se retira de Extremadura en el año 1812 y se produce cierto equilibrio y estabilidad de fuerzas.
(Véase Batalla de la Albuera).

4ª) Etapa que comprende desde el año 1812 al final de la guerra en el año 1814. En el año 1812 la guerra de España cambia radicalmente de signo. Napoleón saca tropas de España para su campaña en Rusia. Los efectivos franceses quedan así bastante reducidos y el duque de Wellington pasa a la ofensiva. Los primeros objetivos son recobrar las fortalezas de la ciudad salmantina de Ciudad Rodrigo y Badajoz y aislar a Soult. En este contexto, el 22 de julio de 1812 tiene lugar la batalla de los Arapiles, donde Wellington consigue eludir la concentración de las operaciones de Soult, cuyas tropas sufren muchas bajas y se repliegan. Consecuencia de todo ello es la evacuación de Madrid por el Rey José I, que se dirige a Valencia. Soult levanta el sitio de Cádiz, evacua Andalucía y se retira también sobre Valencia. Las tropas francesas, tras esta ofensiva, no han sido destruidas, puesto que todavía cuentan con dos núcleos importantes de apoyo: la línea del Ebro en el norte y Valencia, desde donde lanzarán la contraofensiva. Así pues, a finales de año los franceses conservan las posiciones territoriales, excepto en Andalucía, pero se hayan muy debilitados y sin posibilidad de conseguir refuerzos por las campañas de Napoleón en Rusia. En la primavera de 1813 tienen lugar las operaciones decisivas de la guerra. El duque de Wellington plantea una doble línea de ataque desde Portugal: por el ala izquierda, cortando las comunicaciones de los franceses con Castilla y un empuje frontal. La doble marcha obliga a los franceses a evacuar Madrid y a replegarse, sin combatir, hasta Vitoria. Es entonces cuando se produce la batalla de Vitoria el 21 de junio de 1813: las tropas españolas del ejército de Castilla, al mando de Castaño, y el ejército de Galicia, al mando de Lacy, se unen al ejército de Wellington y derrotan definitivamente a los franceses, que evacuan España excepto la línea San Sebastián-Pamplona, el bastión de Santoña y la zona de Levante que conserva Suchet. El propio José I se salva de caer prisionero al huir hacia Pamplona.

Finalmente, el 31 de agosto de 1813 los franceses son derrotados por el ejército hispano-inglés en la batalla de San Marcial y se ven obligados a repasar definitivamente la frontera del Pirineo occidental. En Cataluña quedó un pequeño ejército francés al mando de Suchet que, tras la firma de un pacto de fin de hostilidades entre Soult y Wellington, tuvo que abandonar Cataluña y evacuar los restos de franceses que quedaban por España.

 

La absurda tradición que provocaba el caos durante el 1 de mayo en Nueva York


ABC.es

  • Durante el «día de la mudanza», miles de alquilados cambiaban de residencia a toda prisa destrozando todo aquello que entorpeciera su camino
Wikimedia El «moving day» era una tradición considerada «absurda» por muchos estadounidenses

Wikimedia
El «moving day» era una tradición considerada «absurda» por muchos estadounidenses

Las tradiciones son, en ocasiones, tan inexplicables como absurdas. Y si hay alguien que no crea esta afirmación, no tiene más que retrasar el calendario 200 años y observar cómo, cada uno de mayo, los estadounidenses provocaban el caos en Nueva York durante el «Moving Day». Más conocido en tierras españolas como el «Día de la mudanza», esta jornada generaba una incesante procesión de carros de caballos llenos de objetos debido a que finalizaba el contrato de aquellos inquilinos que vivían una casa alquilada. Por ello, todos esperaban a aquel momento para buscar una vivienda nueva en la que residir y a la que llevar todas sus pertenencias. El caos, en definitiva, estaba asegurado.

Para hallar el origen del «Moving Day» es necesario viajar en el tiempo hasta otro uno de mayo, aunque de 1526. Fue precisamente esa jornada cuando un grupo de colonos holandeses hicieron las maletas (literalmente) y partieron hacia Manhattan.

Apenas un mes después, tras de su llegada al lugar, usaron el desconocimiento de los nativos americanos para comprarles la isla a cambio de una miseria (dice la leyenda que 60 florines, unos 900 euros actuales) y asentarse en la región. La adquisición debió parecerles grata e hilarante, pues decidieron convertirla en tradición.

De esta forma nació, según afirma la web «The Moving Day» (creada para una exposición acaecida en 2006 sobre aquella jornada) el «Día de la mudanza». Sin embargo, la curiosa práctica (inocente cuando la ciudad no era demasiado grande) se terminó transformando en un auténtico vendaval de carros, objetos y personas un siglo después debido al aumento masivo de la población. A su vez, tampoco ayudó a la tranquilidad general el que los caseros eligieran por tradición ese día para que terminara el contrato de arrendamiento de sus inquilinos.

El caos hacía que esta práctica no fuese apreciada por todos. «Parece que los ciudadanos de Nueva York que no poseen domicilio se sienten obligados el uno de mayo, por alguna influencia misteriosa, a cambiar de residencia. Ese parece ser el caso de este año», señalaba en uno de sus reportajes el «The New York Times» en una de sus noticias del 30 de abril.

De la misma opinión era el alcalde la ciudad quien, apenas 12 meses después, no tuvo reparos en mostrar su disconformidad con esta tradición en una misiva. Aunque eso sí, debido a los destrozos producidos por la población. «La destrucción de las casas y tiendas bajas es horrible. Pedradas, vigas caídas… No hay seguridad en las aceras».

Esta visón de lo sucedido era compartida también por aquellos que residían fuera de la ciudad, quienes se sorprendían sobremanera con aquella práctica que no habían visto nunca en sus regiones de origen.

«Nunca supe de una ciudad en estado más caótico. Todas las calles han perdido su carácter de vías al estar ocupadas por largas procesiones de carros, carretas y vehículos homogéneos cargados de peligrosas pilas de objetos. No hemos avanzado nada en lo que se refiere a nuestra etapa nómada o migratoria», explicaba el conocido abogado George Templeton Strong en una artículo a principios del SXIX.

El último mameluco de Napoleón


El Pais

  • El sirio Moisés Zumero, miembro de de la caballería oriental de Bonaparte, participó en todas sus campañas y acabó como empleado de Correos

El cuadro de Goya ‘La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol’.

Los mamelucos no gozan de buena fama entre nosotros, básicamente a causa de Goya, que los inmortalizó como despiadados represores ataviados con sus desconcertantes ropajes orientales en la sucia lucha en las calles de Madrid el 2 de mayo. Pero esos exóticos jinetes ataviados con turbantes adornados con pluma de garza y rojos pantalones anchos —era fama que en cada pernera cabía un hombre entero— y armados con cimitarras, carabinas y pistolas, tienen una apasionante y aventurera historia.

Se trajo unos cuantos Bonaparte de la campaña de Egipto (donde eran los amos), tras vencerlos, como un souvenir de su gran sueño oriental y los incorporó a la élite de su caballería inmortalizándolos junto a sus húsares, coraceros, dragones, cazadores y lanceros en los más famosos campos de batalla de Europa. Su apariencia era magnífica y su valor y ferocidad legendarios. Los había egipcios, sirios, georgianos, árabes y sudaneses negros, y con el tiempo también se incorporaron al contingente franceses. Crearon moda en Francia. Los pintaron Gerard y Gros (además de Goya) y hasta inspiraron obras literarias, dramas y vodeviles.

Hoy la palabra mameluco tiene, qué le vamos a hacer, cierta carga peyorativa —sobre todo en boca del capitán Haddock—, pero a los más románticos nos evoca una fascinante combinación de coraje y seda, un galopar de colores deslumbrantes coronado por el relámpago de plata de una hoja de Damasco blandida sobre la cabeza como una media luna mortal. No fueron muchos los de Bonaparte, unos centenares, apenas unos escuadrones, que tras su organización fueron encuadrados en el regimiento de Chasseurs à cheval de la Garde, la crème de la caballería napoleónica. Pero disfrutaban de una belle réputation, fama de fiables, intrépidos y valientes y desde luego eran muy visibles, incluso entre los exuberantes atavíos de la Grande Armée.

Napoleón tenía debilidad por ellos y gustaba de hacerlos desfilar en todas sus ceremonias, como su coronación. Les concedió un águila por el valor demostrado en la célebre carga de la caballería de la Guardia en Austerlitz —“nous allons avoir une affaire de cavalerie”, dijo el mariscal Bessières—, en la que fueron codo a codo con los chasseurs de Morland y los grenadiers montados de Ordener y en la que como un huracán desbarataron a los coraceros y húsares rusos, a los granaderos de Semenowski y todo lo que se les puso por delante.

Entre los mamelucos célebres de Napoleón está el pillastre de Roustam, que tomó a su servicio personal Bonaparte y que aparte de dormir en el suelo ante su puerta realizaba trabajillos para su amo. Se le acusó de estrangular a Pichegru y de asesinar al almirante Villeneuve (que en realidad se suicidó), así como de ser a la vez amante de Josefina y del corso… habladurías. Pero Roustam era más un criado que un soldado —aparte de un cantamañanas, véase sus Souvenirs (1911), llenos de autobombo y quejas por las faltas de pago—, y, cobardica, dejó en la estacada a Napoleón cuando lo enviaron a Elba.

Los mamelucos que nos interesan aquí son otros, personajes valientes como Elias Masaad, sabre redoutable, ascendido a capitán tras cargar como un bravo en Eylau y que sumaba 17 heridas y tres costillas perdidas a causa de la metralla; Chahin, que capturó un cañón en Austerlitz, salvó al Chef d’escadron Daumesnil del populacho madrileño el 2 de mayo y acabó su carrera con 40 heridas y habiendo visto morir cinco caballos bajo él; o el irascible Ibrahim, que mató enfurecido a varios parisinos que se reían en la calle de su aspecto extravagante, y que luego cayó prisionero mientras luchaba contra jinetes cosacos al desenrollársele el turbante y cegarle, no sin antes haber dado cuenta de seis enemigos.

El mameluco que nos ocupa hoy, Moisés Zumero (1791-1873), fue uno de esos bravos tipos, participó en 14 campañas, llegó a brigadier, y es tenido por el último de los que sirvieron en el ejército de Napoleón. Así lo acredita la lápida de su tumba en Lavaur, en el Tarn (“le dernier des mamelouks”, un título digno de una novela de Victor Hugo) y la somera biografía que le ha dedicado Thérèse Blondel-Avron —Moïse Zumero, dernier mamelouk de la Garde Impériale (Editions Cabédita, 2009)—.

Ser el último de algo tiene pedigrí. Serlo de esa despampanante caballería de los mamelucos confiere un aura especial a Zumero, de la estirpe de los valientes. Nacido en San Juan de Acre, Moussa Zumero Al’Coussa era miembro de una familia siria de ortodoxos griegos que servían a los pachás otomanos y que se vio involucrada en las guerras de Bonaparte en Oriente. La madre, una hermana y dos hermanos de Moisés murieron durante la sangrienta toma de Jaffa por las tropas francesas en 1799. No obstante el chico, sediento de aventura, se enroló como trompeta en los mamelucos del entonces primer cónsul. Contaba solo ocho años. Al regresar Bonaparte a Francia, Zumero fue uno de los mamelucos que partieron con él. En primera instancia, al reorganizarlos el general Rapp, el chico no encontró cabida por demasiado joven. Pero logró incorporarse, sirvió en España de 1808 a 1812 con una interrupción en 1809 para combatir en Wagram. Fue de los mamelucos que arroparon a Napoleón en la famosa y ardua travesía del Guadarrama en medio de la ventisca y resultó herido de un sablazo en Benavente. Le encontramos luego helado en Rusia —él, hijo de las ardientes arenas sirias— y defendiendo el paso del ejército derrotado en el Berézina. Zumero perdió la mayoría de los dedos de los pies, congelados, pero no la fe en el emperador. Recibió una citación por su bravura al rescatar a su teniente de tres húsares prusianos, matando a uno e hiriendo a los otros. Se batió en Waterloo y sobrevivió para afrontar, como uno de los orphelins de Napoleón, la represión y el terror blanco.

Mientras muchos viejos mamelucos pedían limosna, tuvo la suerte nuestro sirio de casarse en 1816 con una chica encantadora y de posibles, que además era pariente de Charlotte Corday y biznieta de Corneille. Zumero consiguió entrar en la Administración y hacerse empleado de Correos. Un mameluco en Correos parece ya el título de una película de Louis de Funès. Llegó a director. Reclutó a los carteros entre los viejos soldados del imperio, disciplinados y capaces de hacer largas marchas. Hizo bien su trabajo como antes había bien luchado. Sus heridas —perdió el uso de los pies— y la inquina contra los antiguos bonapartistas le condujeron al retiro.

Murió a los 82 años, caballero de la Legión de Honor, burgués respetado. Pero si te acercas en silencio a su tumba en un rincón del sur de Francia, a 40 kilómetros de Toulouse, y prestas atención puedes percibir aún un remoto galopar de caballos, gritos y disparos. Sientes como un soplo la ola de gloria y de coraje y, al cerrar los ojos, avizoras el espectáculo terrible y magnífico de la carga de los audaces jinetes de Oriente, mientras escuchas, atónito y maravillado, la risa salvaje del último de los mamelucos.