¿Estuvo Marco Polo realmente en China?


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  • El veneciano no menciona la Gran Muralla ni el té, ni los palillos de comer o los pies vendados de las mujeres tan característicos de China. No obstante, los historiadores recuerdan que las costumbres que hoy se vinculan a este país puede que entonces no gozaran de tanta popularidad
 La comitiva de Marco Polo atraviesa la India - Wikimedia

La comitiva de Marco Polo atraviesa la India – Wikimedia

Sus contemporáneos apenas podían creer los relatos de Marco Polo en la lejana Catay (la actual China). La crónica de Marco —que se llamó originalmente «Descripción del mundo»— hablaba de tierras exóticas, civilizaciones desconocidas e inmensas riquezas con las que regar los mercados de Occidente. La suya fue, en suma, una aventura que golpeó fuerte en el imaginario de su tiempo. Pero más allá de la literatura de sus gestas, ¿cuánto hay de cierto es su relato?, ¿estuvo el veneciano realmente en China?

La historia de la familia Polo en el Extremo Oriente empezó en el año 1260. Nicolás y Mateo Polo, padre y tío de Marco, vendieron sus propiedades en Constantinopla, importante núcleo del comercio entre Europa y Asia, y viajaron a Sarai, perteneciente al Imperio mongol. La comitiva veneciana atrajo el interés del Gran Kan, que jamás había conocido a europeos latinos y se complació con su compañía.

Un planeta al borde de la fantasía

Un año después se presentaron en la corte de Kublai Kan, nieto del fundador del imperio mongol, Gengis Kan, quien les encargó regresar a Italia en busca de 100 hombres inteligentes que nutrieran su corte. A su vuelta a Venecia, Nicolás conoció a su hijo Marco, nacido cuando él ya había partido hacia el corazón de Asia y, en su segunda expedición a la corte del Gran Kan, en 1271, se llevaron consigo al joven, de 17 años.

Entre 1271 y 1295, Marco y su familia se adentraron en Asia y trabajaron en la corte de Kublai Kan, en China, tiempo durante el cual el veneciano fue anotando en su diario los relatos más increíbles. Entre ellos la descripción del palacio móvil de Kublai, fabricado en bambú y con una notable corte compuesta por nobles, sabios, monjes y magos, cuyo relato convirtió el nombre de Xanadú (el palacio del Ciudadano Kane en la película de Orson Welles) en sinónimo de esplendor para la cultura occidental.

En Armenia, atravesó la montaña donde se dice que se posó el Arca de Noé; en Persia, visitó la supuesta tumba de los Reyes Magos, donde se encontraban los cuerpos incorruptos de Gaspar, Melchor y Baltasar; y a su llegada a China, fue uno de los primeros escritores occidentales en mencionar el petróleo y entender, en parte, el valor del carbón. El veneciano y su escriba, Rustichello da Pisa, riegan a cada paso el relato con leyendas y emplean un tono divulgativo, por momentos incluso literario.

Las grietas del relato, sin embargo, se abren cada vez más conforme avanza la travesía hacia las zonas más exóticas. Oriente resulta un mundo envuelto en un aura de leyenda y fantasía que abraza por momentos el género de la ciencia ficción, al más puro estilo de «los Viajes de Gulliver». Una vez en el objetivo principal de la familia Polo, Pekín, Marco pasó a integrar la élite de extranjeros que trabajaban al servicio del gran Kan dentro de su monumental aparato burocrático. De hecho, según sus anotaciones, allí todo tenía proporciones gigantescas. Marco Polo descubrió a Occidente la férrea organización de un ejército sin igual en Europa y ciudades monstruosas como Quinsai, la moderna Hangzhou, con más de un millón de habitantes y 12.000 puentes.

¿Cuánto hay de inventado en el relato de Polo?

La exagerada literatura y unos detalles poco convincentes han hecho plantearse a los historiadores que Marco Polo no llegó tan lejos como sus relatos sugieren. Se sabe que conoció los territorios de Mongolia, pero, se preguntan diversos historiadores, ¿por qué no menciona la Gran Muralla, ni el té, ni los palillos de comer o los pies vendados de las mujeres tan característicos de China? ¿Puede que nunca llegara a pisar el imperio celeste y se enterara de lo que había allí por los testimonios de los viajeros y libros persas perdidos?

Algunas dudas se responden solas. Lo cierto es que no se conoce el estado de la Gran Muralla en la Edad Medio, pero no debía ser bueno, puesto que sería reconstruida prácticamente entera a comienzos de la Edad Moderna por la dinastía Ming. La muralla de entonces puede que no pasara de unas pocas ruinas. Asimismo, algunas costumbres que hoy en día imaginamos vinculadas a China tal vez eran en aquel momento, a ojos del veneciano, poco significativas o de escaso valor documental, en tanto la suya era una visión influida por los mongoles, quienes ejercían la hegemonía en esta zona del mundo.

No en vano, Hans Ulrich Vogel –profesor de estudios chinos en la Universidad de Tubinga– publicó en 2012 el estudio histórico más completo sobre la veracidad de los viajes de Marco Polo. Además de los argumentos ya planteados en defensa de que el veneciano sí estuvo en China, Ulrich Vogel cree bastante significativo que ningún otro europeo, y en general ningún autor, realizara una descripción tan amplia como la suya de las monedas chinas de la época, así como del proceso de producción de sal en China. Su informe de los métodos utilizados para hacer sal en Changlu han sido contrastados con documentos chinos de la época Yuan. Además, el veneciano es el único que describe con precisión cómo el papel para dinero era extraído de la corteza de la morera («morus alba»). Solo alguien que vio de primera mano estos procesos tan particulares podría haber escrito sobre ellos con tanto detalle.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón


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  • En su primer viaje, este marino bordeó la isla de Cuba creyendo que era parte de Cipango, como se conocía entonces al territorio nipón
Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

ARCHIVO ABC Colón, frente a un globo terráqueo

Cristóbal Colón (genovés para muchos, español para varios, y catalán para algunos) es recordado en los libros de Historia por haber descubierto –casi sin pretenderlo- las Américas en el año 1492. O más bien por revelar su existencia a los Reyes Católicos pues, como bien señalan en la actualidad multitud de historiadores latinos, esas tierras ya se encontraban allí sin necesidad de que ningún europeo las encontrase por obra y gracia de su Dios.

Fuera como fuese, lo cierto es que este marino no buscaba nuevos mundos que desvelar, sino establecer una ruta hacia las indias y hallar en su travesía –con un poquitín de ayuda divina- la isla de Cipango (la actual Japón). La razón de este último propósito era sencilla: corría una leyenda popularizada por Marco Polo en el Siglo XIII que afirmaba que en este pedazo de tierra había ingentes cantidades de oro que sus habitantes no se molestaban en explotar.

Por ello, no es de extrañar que, cuando Colón divisó por primera vez una isla que se asemejaba a la descripción de Cipango, saltara de euforia al considerar que había arribado hasta territorio nipón. No era para menos su alegría ya que, si la región se correspondía con el actual Japón, sus bolsillos estarían pronto a rebosar de riquezas con las que dar en los morros a todos los reyes hijos de mala madre que habían rechazado sus proyectos en los años previos. Sin embargo, lo que no sabía es que lo que había descubierto era realmente Cuba, tierra de futuros líderes políticos tan reseñables como Fidel Castro.

En busca de un primitivo El Dorado

Para entender la llegada de este marino hasta Cuba es obligatorio retrasar el calendario muchas, pero que muchas páginas. Concretamente, es necesario regresar en el tiempo hasta 1485, año en que Colón disfrutaba de unas «vacaciones de trabajo» en Castilla provisto de una carta de recomendación que le había entregado el mismísimo confesor de la reina Isabel.

Su objetivo no era otro que llamar a la puerta del palacio de los Reyes Católicos e informar a los monarcas de sus planes: quería encontrar una nueva ruta hacia las indias (con las que el comercio a través del Mediterráneo era habitual) navegando a través de tierras inexploradas. Ahí es nada, que debía pensar, pero lo cierto es que no eran pocas las naciones que le habían dado un buen portazo en las narices ante ese descabellada propósito.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Estatua de Cristóbal Colón ARCHIVO ABC

Con todo, no era aquella la única idea que llevaba atesoraba bajo las mangas de su camisa. También partía con el objetivo de encontrar Cipango, una isla que bien se podría asemejar con la posterior «El Dorado» pues, como había contado Marco Polo en uno de los libros en los que narraba sus viajes a Asia, esta era una región con una gigantesca riqueza en oro. «La quimera del oro de Cipango (Japón) fue el objetivo principal del primer viaje de Colón de 1492. Donde quiera que iba, el almirante se informaba con mucho cuidado y diligencia sobre el dorado metal», corrobora el Museo Oriental de Valladolid en su página sobre el marino.

¿Era un avaro nuestro bien recordado Colón? Tampoco es que se pueda afirmar tal cosa… Más bien pobre, pero no tonto, que diríamos en la actualidad. Con todo, lo cierto es que no es de extrañar que Marco Polo le avivara los deseos de riquezas, pues el explorador definía Cipango en su texto «El libro de las maravillas» como una isla que «está a 1.500 millas apartada de la tierra en alta mar y (que) tiene oro en abundancia pero que nadie explotar, porque no hay mercader ni extranjero que se haya llegado al interior».

Sus siguientes descripciones tampoco es que favorecieran que los exploradores dejaran sus huesos en tierra frente a la lumbre: «Os contaré de un maravilloso palacio que posee el señor de la isla. Existe un gran palacio todo cubierto de oro fino, tal como nosotros cubrimos nuestras casas e iglesias de plomo, y es de un valor incalculable. Los pisos de sus salones, que son numerosos, están también cubiertos de una capa de oro fino del espesor de más de dos dedos. Es de una riqueza tan deslumbrante, que no sabría exactamente cómo explicaros el efecto asombroso que produce el verlo». Con unos precedentes así, quién podría resistirse.

El plan perfecto que nadie quería

Todas estas ideas tenía Colón en la cabeza cuando se presentó ante los Reyes Católicos después de tener una lista de rechazos más extensa que las guerras por el trono de Castilla. Y la verdad es que, por entonces, la cosa no le fue mejor por estos lares, pues andábamos a mandobles contra los musulmanes por recuperar Granada y todos los maravedís se iban en el pago de los soldados cristianos (ya que, aunque la fe mueve montañas, más las mueve una bolsa llena de monedas).

Por ello, los monarcas decidieron que –cual banco- no invertirían ni una sola moneda sin que su Comisión de teólogos y cosmógrafos hiciera un examen previo de la idea. Aunque, según explica Luigi Bossi en su «Vita di Cristoforo Colombo», más les valdría haberle dado aquellos papeles a un mono, pues quizás éste animal hubiera tenido más visión de futuro que ellos.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Recreación de la Pinta, la Niña y la Santa María en el Puerto de Palos efe

«El proyecto fue entregado al examen de hombres inexpertos que, ignorando los principios de la cosmografía y de la náutica, juzgaron impracticable la empresa.¡Los mejores cosmógrafos del reino! ¡Y qué cosmógrafos! Una de sus principales objeciones era que si una nave se engolfaba demasiado hacia el Poniente, como pretendía Colón, sería arrastrada por efecto de la redondez del globo, no pudiendo por lo tanto regresar a España», determina el experto.

Por suerte, y aunque su idea se oponía a las ideas preestablecidas por los científicos de la época, Colón se topó en 1491 con la reina Isabel, quien –armas de mujer mediante- convenció a Fernando para que abriera la cartera y ofreciera el patrocinio peninsular al marino. Con ello, se inició el proyecto que desembocaría en el descubrimiento de América y que terminó de planearse cuando los Reyes Católicos se bajaron los calzones ante Colón y sus exorbitadas condiciones. Y es que, el genovés afirmó que sólo llevaría a cabo el proyecto si se le otorgaba el título de Virrey y Capitán General de las tierras que descubriese, así como el 10% de las rentas que produjeran.

Empieza el viaje

Tras firmar el «contrato» con sus Majestades, Colón viajó hasta Huelva, donde comenzó a preparar los tres navíos que partirían de Palos en pleno verano. «Era un viernes, el 3 de agosto de 1492, cuando, después de haber confesado y comulgado devotamente todos los que se embarcaron en la nao Santa María y en las carabelas Pinta y Niña, dejaron el puerto», determina explica el historiador del SXIX Ramiro Guerra y Sánchez en su obra «Historia elemental de Cuba». Mientras, en la cabeza del marino rondaba una idea: era necesario encontrar oro con el que demostrar a los Reyes Católicos (y en espacial al desconfiado Fernando) que su viaje no había sido en balde. ¿Cuál era la forma más fácil de conseguirlo? Cipango.

Colón y sus hombres tardaron dos meses y nueve días en atravesar el Atlántico. Motines de por medio –pues los marinos estaban hasta el chambergo de no ver más que agua por aquí y por allá desde su partida de España- finalmente avistaron terreno firme al grito de «¡Tierra, tierra!» de Rodrigo de Triana. Por entonces el calendario se había detenido en el 12 de octubre, un día feliz para Colón, pues creyó que había llegado al fin a las tierras descritas por Marco Polo en sus libros. Sin embargo, se hallaba frente a Guanahaní (una isla cerca de Cuba a la que llamó San Salvador para dar las gracias a Dios el buen trayecto).

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Cristóbal Colón ARCHIVO ABC

Posteriormente, la expedición descubrió varias islas más, siendo las más destacadasSanta María de la Concepción(actualmente Cayo Rum), laFernandina(hoy conocida como Long) eIsabela(en la actualidad, Crooked). En varias de ellas se detuvo para explorar y dar parte de sus posibles habitantes a los Reyes Católicos, además de para ganarse el favor de los lugareños conpequeños cristales y baratijasque sorprendían sobremanera a los americanos.

«Andando […] fuimos a una población aquí cerca, adonde estoy surto media legua; y la gente de ella, como nos sintieron, dieron todos a huir […] Después se llegaron a nos unos hombres de ellos, y uno se llegó a quien yo di unos cascabeles y unas cuentecillas de vidrio y quedó muy contento y muy alegre, y porque la amistad creciese más y los requiriese algo, les hice pedir agua, y ellos, después que fui en la nao, vinieron luego a la playa con sus calabazas llenas y holgaron mucho de dárnosla. Y yo les mandé dar otro ramalejo de cuentecillas de vidrio y dijeron que de mañana vendrían acá», sentencia Colón en su diario.

La ansiada Cipango que nunca llega

En esa misma anotación (realizada el 21 de octubre) el marino hace referencia a una isla que, según los datos que baraja, podría ser Cipango, su ansiado premio: «Luego me partiré a rodear esta isla […] y después partiré para otra isla grande mucho, que creo que debe ser Cipango, según las señas que me dan estos indios que yo traigo, a la cual ellos llaman Colba, en la cual dicen que hay naos y mareantes muchos y muy grandes, y de esta isla otra que llaman Bofío que también dicen que es muy grande. Y a las otras que son entremedio veré así de pasada, y según yo hallare recaudo de oro o especiería determinaré lo que he de hacer». Sin embargo, no sabe que se dirige realmente hacia Cuba.

Días después, Colón nombró de nuevo Cipango en su diario, en este caso, casi salivando por las grandes riquezas que creía que va a encontrar. «Esta noche levanté las anclas […] para ir a la isla de Cuba, adonde oí de esta gente que era muy grande y de gran trato y había en ella oro y especierías […]. Creo que si es así, como por señas que me hicieron todos los indios de estas islas y aquellos que llevo yo en los navíos, porque por lengua no los entiendo, es la isla de Cipango, de que se cuentan cosas maravillosas, y en las esferas que yo vi y en las pinturas de mapamundos es ella en esta comarca».

Colón llega a Cuba

Finalmente, y tras vueltas para acá y nativos para allá, Colón obtuvo su recompensa el 27 de octubre cuando arribó a la isla que, según creía, era Cipango. Y es que, todas las anteriores habían sido unas regiones que, según anotó en su diario, eran «fértiles» pero carentes de oro. Al tomar tierra en Cuba, y considerando que él y sus soldados se hallaban en Japón, el marino envió a dos valientes a reunirse con el Gran Khan (la máxima autoridad política de la zona de Cipango) mientras el resto de la expedición exploraba la zona.

«Colón quedó encantado de la hermosa vegetación de Cuba y de la suavidad del clima de ésta. Creyendo que había llegado a algún punto de Japón, el Almirante envió algunos hombres a recoger noticias del interior del país», explica Guerra y Sánchez en su obra. Sin embargo, sus exploradores no hallaron las inmensas cantidades de oro que el capitán esperaba, sino a un desgraciado cacique local que –aunque no andaba falto de riquezas- no podía competir con lo que Marco Polo contaba en sus libros.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Representación del desembarco de Colón en Guanahani WIKIMEDIA

A pesar de todo, la fe de Colón en hallar Cipango siguió intacta. Así pues, el marino se limitó a pensar que él y sus hombres habían llegado realmente hasta otra región cercana y que Cipango no debía estar lejos. «El día 30 de octubre de 1492, Colón, que llevaba ya dos días en Cuba, modificó por primera vez su identificación de Cuba-Cipango. Pero no para reconocer la existencia de una tierra nueva y distinta, sino para sustituir la primera identificación con Cuba-Catai (China)», se explica en el libro «Lectura crítica de la literatura americana: Inventarios, invenciones y revisiones» editado por la Fundación Biblioteca Ayacucho.

Posteriormente, y a pesar de no haber encontrado Cipango, Colón regresó a España considerando que, en su siguiente viaje, lograría hallarla y hacerse rico. No obstante, este fue una idea que se desvaneció cuando los Reyes Católicos le patrocinaron su segunda travesía hasta el Nuevo Mundo. «El sentimiento de triunfo del Almirante antes los hallazgos del primer viaje está condenado a ser de corta duración. Porque, desgraciadamente para él, la realidad se resiste a coincidir con sus esquemas e intuiciones, y se le irá haciendo progresivamente más difícil materializar la verdad de sus fantásticas apreciaciones», se añade en el mismo texto.

La misión Marco Polo


El Pais

  • La formación del Sistema Solar revelada con el estudio de un asteroide primitivo

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Todos los planetas, sus satélites y los pequeños cuerpos que denominamos asteroides y cometas se formaron a partir de la agregación de pequeñas partículas sólidas que, o bien se condensaron en la nebulosa que daría origen al Sol o bien lo hicieron en las atmósferas o entornos circunestelares de otras estrellas. La diferenciación química experimentada por los planetas hace que estos materiales primigenios hayan sido exclusivamente preservados en los cuerpos cuyo diámetro, inferior a alrededor de un centenar de kilómetros, evitase que sufriesen procesos de metamorfismo o incluso fusión a altas temperaturas.

Entre los objetos primitivos encontramos los asteroides de los que proceden los meteoritos conocidos como condritas y los cometas. Estudiando su textura y componentes se ha deducido que son realmente aglomerados del disco protoplanetario del que nacerían los planetas. No resulta extraño pues que pequeños asteroides y cometas estén en el punto de mira de las tres principales agencias espaciales que destinan fondos a la investigación de nuestro sistema planetario: la europea ESA, la estadounidense NASA y la japonesa JAXA.

Podemos considerarnos afortunados pues estamos asistiendo a una época de grandes retos en el campo de la exploración espacial. Actualmente una de las misiones de tamaño medio preseleccionadas por la Agencia Europea del Espacio en el marco del programa Cosmic Vision 2015-2025 planea visitar un asteroide próximo a la Tierra (conocida por su acrónimo del inglés Near Earth Object, NEO) y retornar muestras de sus materiales para su estudio en laboratorios terrestres. Recordemos que hasta la fecha sólo ha habido dos cuerpos en el Sistema Solar de los que se hayan traído muestras a la Tierra: La Luna (Apolo, NASA) y el cometa 81P/Wild 2 (Stardust, NASA). Con esos escasos precedentes no cabe duda que detrás de una misión de retorno como Marco Polo existe una enorme motivación científica y un no menos importante desafío tecnológico.

La nebulosa solar y los minerales primigenios

Los astrofísicos solemos decir que el Sol es una estrella de tercera generación. Sabemos que nació cuando en la galaxia Vía Láctea estrellas de generaciones anteriores habían finalizado su existencia, expulsando los elementos químicos sintetizados en sus interiores al medio interestelar. Particularmente relevante fue que aquellas estrellas ya desaparecidas sintetizaron a partir del hidrógeno y helio primordiales los elementos pesados que formarían silicatos y metales, constituyentes mayoritarios de las rocas, pero también carbono, oxígeno y nitrógeno, esenciales para la química de la vida. La formación estelar acontece en los brazos galácticos de la Vía Láctea. En ellos existen nubes moleculares, concentraciones de gas y pequeñas partículas de polvo con masas miles de veces la del Sol. Estas nubes en continuo movimiento están sometidas a su propia gravedad y a procesos turbulentos que dan origen al colapso local y a la aparición subsiguiente de nuevas estrellas.

De la datación de los componentes más primitivos de los meteoritos denominados condritas, las llamadas inclusiones refractarias de calcio y aluminio, sabemos que nuestro Sistema Solar nació de esa manera hace 4.567 millones de años. Aquel caldo gaseoso, salpimentado con pequeñas partículas de polvo de origen estelar, poseería las semillas necesarias para formar planetas e incluso vida.

Para nuestra fascinación las teorías de formación de los planetas por agregación de cuerpos más pequeños pueden ser corroboradas a partir del estudio de los meteoritos más primitivos. Las pequeñas partículas formaron agregados cada vez mayores que constituirían a la postre los bloques constitutivos de los planetas, al menos, casi todos. Unos pocos, sin embargo, fueron afortunados supervivientes. Ni chocaron para formar parte de los planetas ni fueron dispersados gravitatoriamente por ellos hacia los confines del Sistema Solar. Algunas regiones como el cinturón principal o el cinturón de Kuiper almacenaron algunos de estos asteroides pequeños y cometas que han mantenido sus materiales formativos esencialmente inalterados. Por tanto, paradójicamente, para conocer detalles esenciales sobre las primeras fases en el origen de la Tierra necesitaremos estudiar atentamente los cuerpos más pequeños y primitivos que se han preservado.

No cabe duda que la misión Marco Polo, si resulta finalmente seleccionada por la ESA, nos ayudará a comprender más detalles sobre el origen del Sistema Solar. Esos materiales que se planea recuperar en uno de los asteroides primitivos preseleccionados posiblemente no estén sesgados por los procesos de impacto y deceleración atmosférica que encontramos en las condritas más primitivas llegadas a la Tierra. El apoyo a este tipo de misiones que, con un coste moderado, pueden proporcionarnos un retorno tan valioso, parece esencial para el éxito en la exploración de nuestro Sistema Solar y el desarrollo tecnológico consiguiente. Precisamente en la actualidad el apoyo de investigadores y tecnólogos a esta fascinante misión puede expresarse a través de la web de Marco Polo.

Josep M. Trigo Rodríguez es investigador del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC) en Barcelona y miembro de la Sociedad Española de Astronomía