Dentro de los restos oxidados de los trenes nazis de Auschwitz


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  • El fotógrafo Mathew Growcoot cree haber encontrado los despojos de los ferrocarriles que transportaron a cientos de miles de judíos hasta las cámaras de gas

Durante años fueron el terror de los enemigos de Adolf Hitler, pues entrar en sus vagones significaba partir hacia una muerte segura en el campo de exterminio de Auschwitz (ubicado en Polonia). Sin embargo, de los que en su día fueron los trenes usados por los nazis para transportar a miles de judíos hasta las cámara de gas, hoy ya solo quedan despojos oxidados y abandonados en una vieja estación de Hungría.

Al menos, así lo cree el fotógrafo británico Mathew Growcoot quien, tras investigar el paradero de los conocidos como «trenes de la muerte», afirma haberlos hallado en un taller de reparación de maquinaria ferroviaria que abrió sus puertas en el año 1900 y ha sido testigo de más de 80 años de Historia ferroviaria húngara.

Enlace: Auschwitz, el campo de exterminio que enorgullecía al nazismo

El lugar en cuestión es conocido como Istvántelek, está ubicado al norte de Budapest y forma parte de un complejo mucho más grande utilizado por el ferrocarril del país. Al parecer, esta parte olvidada y descuidada de la estación no era desconocida, pero –hasta ahora- nadie se había percatado de que las convoys que albergaba en su interior eran idénticos a los utilizados por los nazis hace más de 60 años.

Según publica la versión digital del diario «Daily Mail» -donde se ha hecho hincapié en que aún no se ha corroborado su procedencia, aunque son exactamente iguales- los grandes vagones se encuentran hoy en día abandonados y en pleno estado de descomposición.

Dentro de los restos oxidados de los trenes nazis de Auschwitz

DAILY MAIL

A su vez, y siempre según Growcoot, los vagones en los que un día se apelotonaron más de 440.000 judíos húngaros (algunos historiadores elevan la cifra a muchísimos más) se encuentran bajo una estructura maltratada por el paso del tiempo. «El techo se cae a pedazos, aunque, que el sol lo atraviese, le da un aire dramático perfecto».

Por otro lado, el fotógrafo también ha expresado su sorpresa tras encontrar lo que puede ser todo un tesoro histórico: «Había leído sobre los vagones que habían sido utilizados por los nazis, y algunos de ellos son iguales a los que se pueden ver en las fotografías tomadas en Auschwitz… Fue impactante pensar en los horrores que pudieron haber tenido lugar en los vagones que estaba fotografiando».

Puedes ver el resto de fotografías pinchando aquí

Dentro de los restos oxidados de los trenes nazis de Auschwitz

El paraíso nazi de los conejos de angora


ABC.es

  • Himmler ordenó criar a estos animales en unas granjas de lujo con cabinas climatizadas, junto a los campos de concentración donde los judíos eran hacinados

El paraíso nazi de los conejos de angora

En 1941, cuando la Alemania nazi acaba de comenzar su ataque a la URSS, el jede de la SS, Heinrich Himmler, tuvo una de las ideas más extrañas de la Segunda Guerra Mundial: criar a conejos de angora en unas granjas de lujo, que contaban incluso con cabinas climatizadas, al lado de los campos de concentración donde millones de prisioneros eran hacinados, morían de hambre o eran directamente ejecutados. El programa, conocido como la «Operación Munchkin», tenía como objetivo conseguir simplemente las mejores pieles para confeccionar la ropa de los soldados.

Los detalles de este proyecto, al que los historiadores no le han prestado la suficiente atención, se conocieron gracias a un volumen encontrado por un corresponsal encubierto de origen alemán del «Chicago Tribune», Sigrid Schultz, en la casa de Himmler en 1945. El reportero acudió con una unidad de la inteligencia militar de Estados Unidos a la residencia abandonada del jefe de las SS, con la esperanza de encontrar pruebas que probaran su participación en los crímenes de guerra del Tercer Reich. Pero no tuvo suerte, porque los documentos importantes los había escondido en otro lugar.

Sin embargo, encontrándose solo en un granero cercano, Schultz hizo un descubrimiento que años más tarde describiría como «escandaloso»: un libro grande de casi 4 centímetros de grosor, con la cubierta hecha de una piel de conejo suave y una runa de las SS, en cuya portada aparecía, en letras grandes de molde, la palabra «Angora».

El «libro de Angora»

Se trataba de un álbum con 150 imágenes. En la mayoría de ellas aparecían retratados este tipo de conejos de orejas largas y mullidas, con mucho pelo, y que se cree que fueron originarios de Turquía. Junto a ellos, Schultz descubrió un mapa con un registro que contenía nombres inquietantemente familiares: Auschwitz, Dachau, Buchenwald, Sachsenhausen y así hasta un total de 31 campos de concentración nazis.

El corresponsal del «Chicago Tribune» acababa de descubrir por casualidad este extraño proyecto de Himmler que los Aliados desconocían hasta ese momento. Instalaciones de lujo para la cría de conejos de angora, con cabinas climatizados y una alimentación basada en gran cantidad de verduras frescas, que estaban situadas al lado de los campos de concentración establecidos en la Europa ocupada por Hitler, donde se estaba llevando a cabo el exterminio judío. El objetivo último de estos cuidados especiales era producir conejos de un tamaño gigantesco para producir la piel suficiente, y de la mejor calidad posible, para que los soldados alemanes que se estaban adentrando en las heladas tierras soviéticas contaran con la mejor piel en sus abrigos.

Supuestamente, a Himmler se le ocurrió esta idea después de leer acerca de un experimento a pequeña escala que tuvo lugar durante la Primera Guerra Mundial, cuando también se criaron conejos para la producción industrial de la lana con la que confeccionar jerséis de cuello alto, chaquetas para pilotos de combate, calcetines suaves para las tripulaciones de los submarinos y calzoncillos largos para los soldados del ejército.

Himmler y los animales

Era sabido por todos que Himmler, conocido a la postre como uno de los mayores asesinos de la historia, amaba a los animales. Llego a elogiar a los alemanes, en un discurso de 1943, por ser «los únicos que tienen una actitud decente hacia ellos». Puede que sea más exacto decir que tenía una fascinación extraña por la cría de ejemplares, hasta el punto de que estaba planeado crear, por ejemplo, una nueva raza de caballos esteparios más resistentes.

En Buchenwald, por ejemplo, donde decenas de miles de personas morían de hambre, los conejos disfrutaban de una vida muy cómoda y una dieta a medida, en la que eran regularmente examinados por veterinarios, cepillados y esquilados, mantenidos sus establos limpios, cuidados con productos propios de las lujosas tiendas de cosméticos.

Tal fue el mimo con el que eran tratados los conejos de angora que los prisioneros terminaron odiando a los pequeños animales. Querían matarlos y no para comérselos, sino simplemente porque se habían convertido en un símbolo de la SS. La producción de estos conejos se había convertido en un proyecto emblemático para los altos mandos nazis, aunque estuviera resultando una ruina, ya que tras varios años no habían conseguido ni la cantidad ni la calidad que esperaban. Aún a día de hoy, no sabe con exactitud cuando se abandonó finalmente este proyecto.

Enfermeras de día, nazis y asesinas de noche


El Confidencial

  • ‘Las arpías de Hitler’ muestra los crímenes de las mujeres alemanas
Enfermeras de la Cruz Roja reunidas en Berlín para su toma de juramento ('Las arpías de Hitler')

Enfermeras de la Cruz Roja reunidas en Berlín para su toma de juramento

A pesar de los juicios realizados tras la Segunda Guerra Mundial contra los criminales que ayudaron a cometer el genocidio judío, muchos de ellos consiguieron escapar y evitar su procesamiento. No sólo aquellos que huyeron a otros países y adoptaron nuevas identidades para huir de la justicia. También todos los que tuvieron un papel secundario en el mismo, o que habiendo participado activamente nadie fue capaz de identificar o poner nombre. Especialmente relevante es el caso de las mujeres nazis, ya que pocas de ellas fueron juzgadas, lo que ha hecho que se reste importancia al papel fundamental que pudieron jugar en la ejecución de un gran número de crímenes.

Trece millones de mujeres militaron activamente en el partido nazi, y más de medio millón acudieron a países como Ucrania, Polonia o Bielorrusia excediendo las funciones para las que fueron enviadas, pero ¿tomaron partido en las matanzas a judíos? Eso es lo que se plantea Wendy Lower en Las arpías de Hitler (Editado por Memoria Crítica). Gracias a un arduo trabajo de documentación y búsqueda de datos y testimonios, Lower consigue ofrecer un poco de luz respecto a este tema.

Aunque los juicios a mujeres nazis no fueron especialmente numerosos, Las arpías de Hitler recuerda que muchos de los supervivientes del Holocausto identificaron a las personas que los acosaron, violaron y torturaron como señoras alemanas que nunca pudieron encontrar al desconocer sus nombres. Además, los estudios realizados posteriormente han advertido que el genocidio no habría sido posible sin una amplia colaboración de la sociedad. ¿Quiénes fueron esas mujeres que ensuciaron sus manos con la sangre de los prisioneros?

Maestras, enfermeras, secretarias y esposas

La creencia más extendida es que las únicas que cometieron crímenes fueron las guardianas de los campos de concentración, mientras que el resto tuvo un papel secundario en la historia del nazismo. Sin embargo la realidad es bien distinta. Cuando los alemanes avanzaron hacia el este, medio millón de mujeres les acompañaron y alcanzaron un poder sin precedentes que les dio libertad para hacer con los prisioneros lo que quisieran. Maestras, enfermeras, secretarias y esposas, esas eran las funciones que originariamente tendrían que realizar todas aquellas que acudían junto al ejército. Finalmente, muchas de ellas decidieron, voluntariamente, colaborar directamente con las SS.

Miembros de la Liga de Muchachas Alemanas disparando como parte de su entrenamiento (1936)Las arpías de Hitler incide constantemente en un dato fundamental: ninguna de las mujeres que describe tenían la obligación de matar. Negarse a asesinar judíos no les habría acarreado ningún castigo. Es más, el régimen no formaba a las mujeres para convertirse en asesinas, sino en cómplices. Por tanto, las que finalmente decidieron realizar dichos crímenes lo hicieron o por satisfacción personal o por obtener un beneficio de aquellas acciones.

De hecho, las primeras matanzas cometidas por los nazis las protagonizaron las enfermeras de los hospitales, que exterminaron a miles de niños por desnutrición, o incluso con inyecciones letales, aunque la mayoría de ellas nunca pagaron por sus delitos.

Es el caso de Pauline Kneissler, cuya tarea consistía en portar una lista de pacientes que posteriormente debían ser matados. En un solo año (1940) el equipo en el que trabajaba Kneissler en Grafeneck asesinó a 9.389 personas. Ella fue testigo directo de cómo los gaseaban y prestó su ayuda a la hora de administrar la inyección letal a muchos pacientes durante cinco años. Pauline fue una de las mujeres que, posteriormente, se trasladó al este para continuar con su ola de crímenes.

Sin embargo, allí no fueron las enfermeras las que cometieron los asesinatos más sádicos, sino las secretarias y las esposas de los miembros del partido nazi. Entre las primeras destaca el nombre de Johanna Altvater, que desarrollaba su puesto en Minden, Westfalia, antes de ser trasladada a Ucrania. Allí, en 1942, Altvater comenzó su descenso a los infiernos, llegando incluso a asesinar a un niño judío de dos años golpeando su cabeza contra un muro para arrojarlo sin vida a los pies de su padre. Este posteriormente llegó a declarar que nunca había visto tal sadismo en una mujer, una imagen que nunca pudo borrar de su mente.

Crímenes ante seres indefensos, prisioneros, mujeres e incluso niños. La mujer nazi tampoco tuvo piedad, como no la tenían sus compañeros masculinos. Aprendieron bien la lección de qué era lo que había que hacer y no dudaron ni un solo momento. Así le ocurrió a Erna Kürbs Petri, hija y esposa de granjero que junto a su marido Horst (miembro de las SS) se encargaba de dirigir una finca agrícola. Un día, Erna Petri vislumbró algo cerca de la estación de Saschkow. Cuando su carruaje se acercó se dio cuenta de que eran varios niños judíos escondidos que habían conseguido huir.

Mitin del Partido Nazi en Berlín (Agosto de 1935)

Mitin del Partido Nazi en Berlín (Agosto de 1935)

Petri les pidió que se acercaran y los llevó a su casa. Allí les dio de comer y los tranquilizó. Pero todo esto sólo fue parte de su siniestro plan. Al ver que su marido no regresaba a casa, ella decidió terminar el trabajo que él habría  hecho. Llevó a los niños hasta una fosa donde ya se había asesinado antes y los colocó en línea, dándoles la espalda. Cogió la pistola que su padre le había regalado y uno a uno los fue matando a sangre fría. Ni siquiera los gritos desconsolados de los que vieron cómo caía el primero ablandaron el corazón de Erna.

Estos son sólo tres de los muchos casos que Wendy Lower presenta en Las arpías de Hitler. Relatos que encogen el corazón y muestran hasta dónde es capaz de llegar el ser humano. Como la propia autora dice al finalizar su libro, nunca sabremos todo sobre el nazismo y el Holocausto, esto es sólo una historia más en un puzle con infinitas piezas de crueldad.