La lluvia de bombas que decapitó a Lope de Vega en la Guerra Civil


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  • En noviembre de 1936, unos veinticinco proyectiles incendiarios cayeron en las inmediaciones de la Biblioteca Nacional

 

 Estatua de Lope de Vega decapitada, a la entrada de la Biblioteca Nacional - ABC

Estatua de Lope de Vega decapitada, a la entrada de la Biblioteca Nacional – ABC

La táctica de «bombardeos de desmoralización» emprendida por el bando sublevado en noviembre de 1936, en su ataque sistemático sobre Madrid, provocó más de trescientos muertos y unas quinientas edificaciones afectadas en la capital, según el Archivo Histórico Militar. No obstante, las interferencias propagandísticas disparan o disminuyen considerablemente las cifras, especialmente las humanas. Si bien el volumen de los daños materiales también es objeto de discrepancia, de lo que no hay dudas es de los puntos que sí fueron abatidos, con una gravedad mayor o menor según el caso. El archivo fotográfico de ABC es, en ese sentido, una evidencia irrefutable de lo vivido aquellos días, con la estatua de Lope de Vega que acompaña a este texto como ilustración.

Cabeza de la estatua de Lope de Vega, tras el bombardeo de 1936- ABC

Cabeza de la estatua de Lope de Vega, tras el bombardeo de 1936- ABC

Obra de Manuel de Fuxá, esta escultura flanquea la entrada de la Biblioteca Nacional desde que fue tallada entre 1891 y 1895. Su presencia, como el resto de las efigies instaladas, es una analogía evidente con el contenido y la concepción de la biblioteca. Su aparente tranquilidad, sin embargo, se vio alterada el 16 de noviembre de 1936, hace ahora 79 años exactamente. En torno a las 19.40 horas, según recoge la documentación del Ministerio de Defensa, 25 bombas incendiarias cayeron sobre la Biblioteca Nacional, el Museo de Arte Moderno y su homólogo de Arqueología Nacional. Concretamente, siete impactaron en la entrada principal del recinto, con la macabra casualidad de que una decapitara a la estatua del autor del Siglo de Oro. El desmembramiento fue, accidentalmente, una suerte de metáfora sobre lo ocurrido con los tesoros artísticos durante el ataque y toda la Guerra Civil.

A pesar de lo aparatoso del impacto, no obstante, no hubo que lamentar daños mayores, ya que los focos fueron sofocados rápidamente. Tal y como desarrolla la crónica de ABC de entonces, también indicada en los archivos históricos de Defensa, «no se produjeron destrozos por las medidas de precaución tomadas. Los sacos terreros, al deshacerse, actuaron como cortafuegos». Y añade: «Las obras más importantes habían sido trasladadas a los sótanos».

 

El Caballero de Olmedo al «que de noche mataron»


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  • Juan de Vivero fue asesinado a su regreso de Medina del Campo, aunque no por los motivos que imaginó Lope de Vega
Palacio Caballero de Olmedo Despacho de Lope de Vega, en el Palacio Caballero de Olmedo

Palacio Caballero de Olmedo
Despacho de Lope de Vega, en el Palacio Caballero de Olmedo

«Amor no te llame amor, el que no te corresponde». Los primeros versos que Lope de Vega puso en boca de don Alonso ya anticipaban la causa por la que moriría asesinado «El Caballero de Olmedo» en la célebre tragicomedia que dio a conocer universalmente a la Villa de los Siete sietes vallisoletana.

Don Alonso Manrique, como así llamó Lope al noble de Olmedo, regresaba de ver a su amada doña Inés en Medina cuando en lo alto de la llamada Cuesta del Caballero fue atacado a traición por don Rodrigo, el prometido de la joven al que corroían los celos. De nada sirvieron las advertencias en el camino («Sombras le avisaron / que no saliese / y le aconsejaron que no se fuese»). Don Alonso se encaminó solo hacia su terrible destino en esta famosa obra que se estrenó en 1620 y que tantas veces ha sido llevada a los escenarios.

Lope de Vega escribió «El Caballero de Olmedo» a partir de una seguidilla popular que por aquel entonces era muy conocida: «Que de noche le mataron, al Caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo».

La cantinela había alcanzado gran éxito en el primer cuarto del s. XVII, pero aludía en su origen a Juan de Vivero, un caballero de la Orden de Santiago asesinado el 6 de noviembre de 1521. Señor de Castronuño y Alcaraz, Vivero «fue muerto viniendo de Medina del Campo de unos toros, por Miguel Ruiz, vecino de Olmedo, saliéndole al encuentro», escribió Alonso López de Haro en su «Nobiliario genealógico de los Reyes y Títulos de España» (1622).

Juan Antonio de Montalvo daba más detalles en su «Memorial histórico de Medina del Campo» (1633) de «aquel suceso tan celebrado del caballero de Olmedo», fechando el crimen en «un día cerca de Todos los Santos» de 1521, durante el reinado de Carlos I ( y no de Juan II como en la obra de Lope). Tras el asesinato, Miguel Ruiz se refugió en el convento de religiosos jerónimos de la Mejorada, donde los frailes le protegieron del cerco de caballeros, amigos y deudos del muerto, según Montalvo. Vestido de fraile, Ruiz logró escapar de sus perseguidores y acabó embarcándose para las Indias, donde tomó el hábito de Santo Domingo en México, «fue lego y vivió casi sesenta años».

Joseph Pérez descubrió en 1966 varios documentos del Archivo Histórico de Simancas que probaron la historia real de «El Caballero de Olmedo». Estos escritos, que recogió en «La muerte del Caballero de Olmedo. La leyenda y la historia», dan cuenta de las detenciones llevadas a cabo tras la muerte de Vivero, de las acciones judiciales emprendidas por la viuda de don Juan, Doña Beatriz de Guzmán, y de cómo fueron confiscados los bienes de Miguel Ruiz, aunque sus huellas se perdieron. «La fecha (6 de noviembre de 1521), la identidad de la víctima, del asesino, el lugar y las circunstancias del crimen, están bien establecidas. Los motivos, por el contrario, continúan siendo oscuros», señalaba Pérez.

Francisco Rico resaltó en su estudio de la obra cómo «los móviles de Miguel Ruiz nunca quedaron establecidos satisfactoriamente, o eran, si acaso, demasiado prosaicos para impresionar a nadie», pero «sí era impresionante de suyo el asesinato sangriento de un noble joven y aureolado del prestigio de don Juan: caballero de Santiago, triunfador en Tordesillas (1520) y Villalar (1521) al servicio de Carlos V, recién electo regidor de Olmedo».

Un ajuste de cuentas

El móvil del crimen más verosímil sería precisamente «un ajuste de cuentas tras la batalla de Villalar», señala Benjamín Sevilla, citando el estudio «Sobre la realidad histórica de ‘El caballero de Olmedo’» de Antonio Blanco y desechando las versiones sobre una disputa a cuenta de unos galgos. «Juan de Vivero fue partidario de los comuneros y luego realista», explica el gerente del Palacio del Caballero de Olmedo.

Adelaida Sagarra Magazo, doctora en Historia de la Universidad de Burgos, relata cómo el conflicto fue muy virulento en Olmedo, ya que «parte de la ciudad se declaró comunera y fue capitaneada por don Juan de Vivero». Los Vivero eran una poderosa familia enfrentada tradicionalmente con los Troches, a los que apoyaba Antonio Fonseca. «Juan de Vivero, en el último momento, cuando los acontecimientos se decantaron definitivamente, cambió de bando. Además, Vivero aprovechó la huida a Flandes de Antonio de Fonseca tras el incendio de Medina, del que fue principal responsable, para adueñarse de la situación política local», señala Sagarra.

«Pero los Fonseca no se resignaron», añade la historiadora recordando los versos «que de noche mataron…» y la muerte del caballero el 6 de noviembre de 1521.

La estancia de la Corte en Valladolid de 1601 a 1606 «contribuyó de forma decisiva a que reviviera, se recreara y se divulgara la vieja leyenda del Caballero de Olmedo», según Francisco Rico.

La leyenda llegó a Lope sin referencias cronológicas ni móvil claro del crimen. De ahí que imaginara una intriga más sugerente para el espectador, convirtiendo a Olmedo en «uno de los espacios literarios universales» con «una de las historias de amor y muerte mejor contadas, capaz de que sus espectadores o lectores, no importa de qué tiempo o lugar, puedan de alguna manera reconocerse en sus protagonistas y conmoverse con su suerte», señalan desde el Palacio del Caballero de Olmedo. «Y todo esto sin que deje de resonar en ella el eco de un suceso ocurrido en algún momento de la historia real y mínima del camino de Medina a Olmedo».

La realidad histórica del caballero de Olmedo «ya no puede anular las consecuencias desprendidas de la tragicomedia de Lope. Ni en la Ciudad del Caballero, ni en la Ciudad del Caballero, ni en Castilla y León, tampoco en España, ni en el universo literario», decía Zenón García Alonso. Es Don Alonso Manrique, más que don Juan de Vivero, quien después de muerto vive «en las lenguas de la fama». El Caballero de Olmedo.


Olmedo Clásico 2015

El bastardo insigne del Gran Duque de Alba que triunfó en la caballería de Flandes


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  • El hijo ilegítimo del Fernando Álvarez de Toledo fue un digno heredero del genio militar de su padre y tomó partido tanto en la guerra de Flandes como en la conquista de Portugal. Su madre era una molinera de Aldehuela (Ávila)

    Patrimonio casa de alba Fernando de Toledo, retratado cuando tenía 20 años por Cristophoro Passini

    Patrimonio casa de alba
    Fernando de Toledo, retratado cuando tenía 20 años por Cristophoro Passini

En 1527, una humilde molinera de Aldehuela engendraba a un bebé varón en esta localidad abulense. Ni el padre ni la madre estaban casados, pero lo realmente excepcional era la identidad de él. Fernando Álvarez de Toledo, III Gran Duque de Alba, se permitió pocas quiebras en su vida íntima. La mayor de ellas fue el niño, Fernando de Toledo, que tuvo con una campesina antes de contraer matrimonio con María Enríquez de Toledo y Guzmán. Pese a la mancha que suponía para su familia y para su fama de hombre recto, el Gran Duque de Alba no dudó en reconocer a su hijo y en otorgarle el título de caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén.

Desde tiempos de Fernando el Católico, la Casa de Alba mantenía una fuerte vinculación con la Orden de San Juan de Jerusalén, también conocida como Orden de Malta. El prior Fernando de Toledo fue el portador de este reconocimiento en su generación, como representante de la orden en Castilla, y fue tratado, al menos en lo militar, como un hijo más del Gran Duque. Su juventud fue trazada por Lope de Vega en su comedia «Más mal hay en la Aldegüela de lo que suena», también conocida como «el Prior de Castilla», pero la mayoría de datos son más inventados que reales.

Tras una larga temporada asistiendo al Príncipe Felipe en el gobierno de la regencia, el Duque de Alba abandonó en 1545 la península ibérica para auxiliar al Emperador en su lucha contra los príncipes luteranos de Alemania, y lo hizo acompañado de su hijo. El joven condujo una compañía de caballeros lanzas en la batalla de Mühlberg, lo que fue la primera prueba de sus notables aptitudes militares. En 1554, don Fernando viajó a Inglaterra junto al Duque, en el séquito del Príncipe Felipe, que se dirigía a contraer matrimonio con María Tudor.

No en vano, la primera referencia importante al prior Fernando de Toledo fue en la campaña de Italia de 1555. Un destino envenenado, donde había sido enviado el Gran Duque de Alba por mediación del portugués Ruy Gómez de Silva –el máximo enemigo de la familia–, que pretendía ser la caída en desgracia de los Alba. Así y todo, el genio militar fue capaz de desarticular la alianza entre los rebeldes del Reino de Nápoles –perteneciente al Imperio español– el Rey de Francia y el Papa Paulo IV, que terminó con un cerco a Roma que desempolvó la amenaza a un nuevo saqueo como el acontecido en 1527. El 8 de diciembre de 1555, don Fernando fue nombrado capitán de 50 caballos en el ejército de Lombardía. Y un año después recibió el título de coronel de un tercio de infantería que se levantó en Castilla para reforzar las tropas del Duque en su campaña en Nápoles.

Pese al éxito de la campaña en Italia, el cambio generacional que supuso la retirada y muerte de Carlos I de España reforzó todavía más la influencia de Ruy Gómez de Silva en la siguiente década. No fue hasta 1565 cuando la complicada situación militar en los Países Bajos y en el Mediterráneo devolvió protagonismo a la familia Alba. Tras el fracasado intento por los turcos de conquistar la isla de Malta, sede de la orden Fernando de Toledo, Felipe II puso en marcha una serie de medidas para evitar que se repitiera una amenaza de aquella envergadura. El 18 de febrero de 1566 don Fernando recibió en Madrid el título de Capitán General para las tropas que Felipe II decidió mandar como refuerzo a La Goleta (Túnez). Durante el eficiente desempeño de este cargo, el prior demostró que, por formación y experiencia, estaba llamado a ser algo más que un mero bastardo con pretensiones de clarificar su sangre. De entre todos los hijos del Gran Duque, el ilegitimo fue siempre el más apto en lo militar y lo político.

La Guerra de Flandes: la tumba de la Casa de Toledo

En 1567, el Gran Duque de Alba fue destinado a Flandes para hacer frente a la inminente rebelión militar que los seguidores de Guillermo de Orange pretendían levantar contra el Imperio español. Ya en aquellas tierras, el prior Fernando ocupó su tiempo en la dirección genera de la caballería ligera (cinco compañías de caballos ligeros españoles, tres de italianos y dos de albaneses, más dos de arcabuceros montados). Como le había aleccionado su padre, el insigne bastardo demostró preocupación por el bienestar de sus hombres, pero también por el mantenimiento de la disciplina más férrea. La actuación de la caballería durante la campaña, pocas veces determinante en aquel periodo pero siempre necesaria, contribuyó a frustrar la doble invasión, una desde Alemania dirigida por Luis de Nassau y otra desde Francia a cargo de un grupo de hugonotes. «Con tanta reputación y autoridad de Vuestra Majestad cuanto en el mundo se podía desear», escribió el prior al Rey para informarle del devenir de la guerra.

Tras tres años de servicio militar, Felipe II asignó al hijo del Duque la misión de custodiar en 1570 el viaje de la sobrina del Rey y futura esposa, Anna de Austria, hasta Castilla. Descartada la ruta por Italia, el Monarca ordenó al Duque de Alba que la recibiera en Flandes y desde allí que su hijo tomara el mando de la expedición de 90 naves y 3.000 soldados valones, oficialmente para escoltar a la soberana, pero cuyo destino secreto era la guerra de Granada, todavía viva en aquel periodo. Después de poner en orden los asuntos de la Casa de Toledo y asistir a la boda del Rey en Segovia, el prior Fernando de Toledo acudió a la Corte para reclamar su recompensa por los servicios prestados. Su alejamiento de Flandes evitó que se viera afectado por una guerra que, por lo imposible de solucionarla solo por vías militares, arrastró al Duque y sus hombres, convertido en un villano por la propaganda holandesa, al abismo político.

En pleno enfrentamiento entre la Generalitat y la Inquisición, Fernando de Toledo fue nombrado virrey de Cataluña para apagar el incendio. Auque este virreinato era considerado el de mayor rango dentro de sus homólogos ibéricos, no alcanzaba el prestigio de los mandos italianos, y así se lo hizo ver al Rey el Duque de Alba con sus quejas. Así y todo, fue el virrey de Cataluña que más tiempo ocupó el cargo de todo el reinado de Felipe II, nueve largos años en los que tuvo que hacer frente a la presencia creciente de herejes, bandidos, contrabando y todos los problemas vinculados a la defensa de una frontera con el peligroso reino de Francia. Y como el historiador Santiago Fernández Conti recuerda en su obra «El prior Don Hernando de Toledo, capitán de Felipe II», incluso llegó a proponer en 1572 un plan de ataque para entrar en Francia y asediar Narbona, que fue cortésmente rechazado por el Rey. No obstante, la situación en Francia, donde se enfrentaban los católicos contra los hugonotes desde hacía varias décadas, aconsejaba dejar que se desangraran solos sin intervenir directamente.

Los últimos años del prior en Cataluña estuvieron marcados por su enfrentamiento con la nobleza local y por su falta de apoyos en la Corte, donde el Gran Duque de Alba había caído en desgracia por culpa del matrimonio secreto de su hijo heredero, Fadrique, sin el consentimiento real. Fadrique quedó confinado en el Castillo de la Mota y el Duque fue desterrado de la corte, por un período de un año. Pese a todas estas dificultades, el balance positivo de Fernando como virrey de Cataluña lo hizo merecedor de un nuevo cargo importante. Tras barajarse la posibilidad de mandarlo al frente del almirantazgo de Nápoles o de que ocupara una plaza en el Consejo de Estado, la llegada del cardenal Granvela a la Corte para ejercer de mano derecha del Rey, luego de la caída del intrigante Antonio Pérez, consiguió la salida del prior Fernando en dirección a la guerra de Portugal.

Portugal, la última carga junto a su padre

Cuando Sebastián I de Avís perdió la vida en una demencial incursión por el norte de África, Felipe II –emparentado con la dinastía portuguesa por vía materna– desplegó una contundente campaña a nivel diplomático para postularse como el heredero a la Corona lusa. «El reino de Portugal lo heredé, lo compré y lo conquisté», aseguraría Felipe II años después. Y aunque el rey prudente contaba con el apoyo de buena parte de la nobleza portuguesa y el beneplácito de las potencias europeas (más bien resignación), el levantamiento popular promovido por Antonio, el Prior de Crato, hijo bastardo del infante Luis de Portugal, obligó al Imperio español a iniciar las operaciones militares. Para tan delicada tarea, y ante la insistencia de la nobleza castellana, Felipe II rehabilitó al Gran Duque de Alba, que se encontraba en Uceda (Guadalajara) desterrado de la Corte desde hace un año. A sus 72 años y encamado a causa de la gota, el Gran Duque de Alba se puso al frente de una operación relámpago que terminaría en menos de ocho meses y donde reclamó la presencia de su hijo Fernando. Por el camino, el veterano general recuperó su instinto guerrero y su celo en que las operaciones salieran sin la menor quiebra.

Mientras Sancho Dávila, otro de los hombres de confianza del duque en Flandes, era nombrado Maestre de Campo General, el veterano general reservó a su hijo el mando de los arcabuceros a caballo. La victoria sobre Portugal, donde la intervención del prior español se antojó clave, fue plena cuando la armada del Marqués de Santa Cruz se impuso en la batalla de las Islas Terceiras. Su licencia para volver a Madrid fue posiblemente la última concesión que don Fernando hubo de agradecerle a su ya moribundo padre. Tras asegurar la posición de Felipe II en Portugal, el III Duque de Alba falleció en Lisboa el 12 de diciembre de 1582. No en vano, el nuevo titular de casa, don Fadrique, cuyas relaciones con la Corona eran malas, mantenía también una relación fangosa con su hermanastro Fernando.

 ABC Ilustración de la batalla de Alcántara que cerró la conquista de Portugal


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Ilustración de la batalla de Alcántara que cerró la conquista de Portugal

«Mi voluntad es estar en la Corte y no apartarme de ella, si no fuese para tornar a ella», dejó escrito por aquellas fechas don Fernando. Por primera vez en su vida, el prior debía hacerse un hueco en la Corte sin la asistencia de su padre y, ante la pasividad de su hermano, le tocó ejercer de cabeza visible de la Casa de Toledo. No le fue bien en un primer momento, pese a su buena relación con Granvela y el secretario Mateo Vázquez. Desde 1583 a 1587, don Fernando estuvo lejos de la gracia real, sin oficio en la Corte, que era su máxima aspiración. Sin embargo, en marzo de 1587 recibió el preciado sillón del Consejo Real de Estado y Guerra. Representante de una generación que ya llegaba a su fin, Fernando ejerció un papel protagonista, aunque más técnico que el realizado por su padre, como principal y veterano asesor de Felipe II en materia militar. Curiosamente, a la muerte de Álvaro de Bazán en los preparativos de la conocida como «Armada invencible», el experimentado marinero Miguel de Oquendo propuso que fuera el prior el comandante de la Gran Armada. No obstante, esta propuesta no llegó a materializarse y fue el inexperto Duque de Medina-Sidonia quien llevó a la flota española al desastre.

Durante la flota enviada por los ingleses como contraataque ante el fracaso español, el prior fue nombrado capitán general del ejército que habría de repeler la invasión inglesa en Portugal, aunque no llegaría a trabar combate. La última ocasión que tuvo de comandar tropas tuvo lugar a raíz de la rebelión en Aragón que provocó el otrora secretario Pérez en su huida de las tropas de Felipe II en 1591. Pero lo hizo sin portar el mando genera de la contienda contra los rebeldes aragoneses. Éste lo recibió don Alonso de Vargas, para gran disgusto del prior, que se creía con más méritos para el puesto. Sin embargo, Don Fernando ni siquiera alcanzó a contemplar el resultado de la campaña aragonesa puesto que murió en Madrid a los 64 años.

La mujer usurera que engañaba a Lope de Vega


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  • El calificatico de arpía hace referencia exclusivamente a las féminas y data de principios del siglo XVI
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ABC Para Calderón de la Barca las arpías eran lo peor que se podía ser

La falsedad muchas veces se presenta disfrazada. Pongamos una situación cualquiera en un lugar de trabajo cualquiera: Usted, confiado y agradable, está hablando con un compañero o compañera que no para de dedicarle amplias muecas de sonrisa a cada cosa que dice, convirtiéndose la charla en una continúa exaltación de la amistad. Quizás, es atrevido generalizar, pues en la mayoría de casos este hecho entra dentro de los cánones de las nobles relaciones humanas. Sin embargo, no es tan ostentoso señalar que nuestro protagonista ha sufrido alguna vez aquello que se conoce como ‘clavártela por la espalda’.

En «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esfera, su autor, Pancracio Celdrán, define a la arpía como una persona perversa, de genio endemoniado y actitud fiera y cruel. Además, señala que la ofensa hace referencia exclusivamente a mujeres y data de principios del siglo XVI, con significado casi idéntico al que aún tiene. El naturalista aragonés Diego de Funes y Mendoza se refiere a ellas como robadoras y causadoras de males mediante manejos e intrigas.

Lope de Vega, gran conocedor del paño, recoge así su pensamiento:

Es la mujer del hombre lo más bueno.

Es la mujer del hombre lo más malo.

Su vida suele ser, y su regalo.

Su muerte suele ser, y su veneno (…)

No ha hecho el cielo cosa más ingrata.

Es un ángel y a veces una arpía.

Tan presto tiene amor como maltrata.

Por su parte, el madrileño Calderón de la Barca las convierte en lo peor que se puede ser:

Si habla de flores, soy áspid;

si de fieras, basilisco;

si de aves, soy arpía;

si de peces, cocodrilo.

Celdrán expone que a lo largo de los siglos XVIII y XIX equivalió a mujer de mala condición, y en nuestro siglo es tanto como bruja o demonio. «No sorprende esta visión. Las arpías o harpías eran monstruos fabulosos hijas de Neptuno y la Tierra, muy voraces, con rostro de mujer, cuerpo de buitre, garras en pies y manos y grandes orejas de oso. En tiempos de Cervantes fueron tenidas por bestias aladas, rapaces e insaciables, símbolo de la usura y de cuantos con malas artes aspiran a hacerse con haciendas ajenas; también se predicó de la mujer que a cambio de sus favores arruina y desbarata las casas de los ricos de poco seso».


La vida de película de Miguel de Cervantes, herido en Lepanto y apresado por piratas


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  • A su regreso a España tras la batalla, unos piratas asaltaron su barco. El escritor, en posesión de elogiosas cartas de don Juan de Austria y del nieto del Gran Capitán, fue tomado por un gran noble y se le puso un rescate desorbitado
La vida de película de Miguel de Cervantes, herido en Lepanto y apresado por piratas

ABC Ilustración que muestra a Miguel de Cervantes combatiendo en Lepanto

Apodado «el Manco de Lepanto», Miguel de Cervantes Saavedra quedó toda la vida sacudido por las consecuencias de dicha batalla. En ella perdió la movilidad de una mano, en ella se colmó de gloria y por ella fue capturado cuando regresaba a la península. Porque quizá solo alguien que ha sido privado de libertad puede hablar de ella con tanta lucidez, Cervantes dio forma durante su largo cautiverio a la más alta ocasión que los tiempos podrán leer: «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha».

Hijo de un hidalgo arruinado, Cervantes nació probablemente en Alcalá de Henares, dado que allí fue bautizado y ejerció su padre el oficio de cirujano durante una temporada. Su familia, de la cual se ha afirmado sin muchas pruebas que era judeoconversa por ambas líneas, deambuló por Castilla en busca de trabajo como cirujano para su padre, cuya situación económica nunca fue buena. Sin estudios universitarios, pero dispuesto a no ser más una carga para su familia, Cervantes se trasladó a Madrid en 1566, donde escribió sin mucho éxito varios poemas y mostró vivo interés por el teatro. Una providencia de Felipe II de 1569 ordenó prender al castellano –que se había hecho discípulo de López de Hoyos– acusado de herir en un duelo al maestro de obras Antonio Sigura. Como haría Lope de Vega, Alonso de Contreras o Calderón de la Barca tiempo después, el hidalgo se alistó en los tercios de Flandes para prevenirse de la persecución del Rey, quien firmaba encantado sumar otro infante a su incansable maquinaria bélica.

Destinado en la eterna guerra de Flandes, el Tercio del capitán Lope de Figueroa, en el que servía y mucho después lo haría Lope de Vega, fue reclamado para tomar parte en la llamada Santa Liga, que se proponía presentar duelo al Imperio Otomano. La actuación de los tercios embarcados en esta lucha es bien conocida. A grandes rasgos, la infantería español sostuvo la victoria, en lo que se convirtió en una batalla terrestre sobre las cubiertas de las galeras; y en concreto, el Tercio de Figueroa jugó un papel determinante.

La compañía de Cervantes, dirigida por Diego de Urbina, que armaba una galera llamada «la Marquesa», soportó uno de los ataques de mayor crudeza que recibió la armada cristiana. Cuando la batalla parecía terminada, el almirante Uluch Alí –responsable del flanco izquierdo musulmán– dejó atrás a Juan Andrea Doria, con el que había protagonizado un alarde de maniobras en dirección al mar abierto, y cargó junto a sus galeras a todo bajel que encontró de costado. En realidad, el comandante turco no guardaba ya esperanzas de vencer en aquella jornada, pero buscaba un buen botín antes de acometer su retirada definitiva. Entre las seis galeras que se llevaron la peor parte, estaban la capitana de la Orden de Malta y «la Marquesa» donde combatía Cervantes.

«La Marquesa» fue víctima de una sangría de la cual solo Cervantes y unos pocos pudieron salir con vida. El joven escritor de Alcalá de Henares se encontraba con fiebre en la bodega del barco cuando fue informado de que el combate amenazaba con engullirlos. «Señores, ¿qué se diría de Miguel de Cervantes cuando hasta hoy he servido a Su Majestad en todas las ocasiones de guerra que se han ofrecido? Y así no haré menos en esta jornada, enfermo y con calentura», bramó según la leyenda el escritor de solo veintiún años, que, pese a las protestas de su capitán, fue puesto a cargo de 12 soldados y situado en la zona de proa, allí donde corría más sangre.

Cervantes fue herido por dos veces en el pecho y por una en el brazo. Aunque no fue necesario amputación, el escritor perdió la movilidad de la mano izquierdo «para gloria de la diestra». La estoica resistencia de Cervantes inspiró al resto de soldados a aguantar hasta la llegada de Álvaro de Bazán, quien desde la retaguardia se dedicó a reforzar los puntos críticos durante toda la batalla. Fue entonces cuando, aprovechando el viento a favor, Uluch Alí emprendió su huida del golfo de Lepanto, que a esas alturas era un rojizo reguero de muerte.

Preso durante 5 años: fugas y castigos

Tras la contienda, el aprendiz de poeta dejó la compañía de Urbina para pasar a la de Ponce de León. Con esta unidad, como soldado aventajado –tenía un complemento extra de sueldo por distinguirse en batalla–, participó en las conquistas de la isla de Navarín, Túnez, La Goleta y Corfú. En 1575, el soldado madrileño pidió licencia para regresar a España después de seis años de combatir en los ejércitos del Rey.

La bizarra actuación del «Manco de Lepanto» (llamado así aunque solo perdió la movilidad de la mano) no había pasado desapercibida para el almirante capitán don Juan de Austria, quien le dedicó una elogiosa carta que, por seguro, le hubiera garantizado patente de capitán en la corte de Felipe II. Es decir, el derecho a reclamar al Rey una compañía de soldados. Sin embargo, la galera en la que regresaba fue embestida por piratas berberiscos cerca de la costa catalana. El escritor –en posesión de la valiosa carta y otra en idénticos términos del duque de Sessa, nieto del Gran Capitán– fue tomado por un gran noble, y, en consecuencia, por un cautivo de enorme valor. Los corsarios pusieron un precio de quinientos ducados, más de dos kilos de oro, que por supuesto ninguno de sus familiares podía pagar.

Cervantes fue trasladado a Argel, donde se encontraban presos otros 30.000 cristianos. Un año después de su llegada, el joven madrileño encabezó una fuga con el propósito de llegar a la plaza española de Orán. No obstante, el puñado de españoles fugados fue capturado al poco tiempo, y su cabecilla castigado a llevar siempre grilletes de hierro. Lo cual no evitó que en 1577 volviera a escaparse y se escondiera durante cinco meses en una cueva hasta que un renegado reveló su posición. En 1578, Cervantes organizó una sublevación de cautivos que fue apagada antes de empezar, cuando se descubrió una carta suya pidiendo el apoyo del gobernador español de Orán. Y como si quisiera promediar una fuga por año, en 1579, estuvo detrás de una huida de sesenta españoles en barco que también se malogró por el chivatazo de un renegado.

La actitud de Cervantes y su alto precio llevaron al bajá de Argel a pedir su traslado a Constantinopla, donde jamás había escapado ningún cautivo. No en vano, días antes de ser enviado a la capital turca, unos sacerdotes trinitarios, la misma orden que rige el convento donde hoy reposan sus restos mortales, pagaron los quinientos ducados.

A su regreso a España en 1580, el Rey lo recibió en persona y le encomendó un último servicio militar: viajar a Orán como agente secreto para recabar información. Con 33 años, Cervantes dio por finalizada su etapa de soldado y se estableció en Castilla. En total había estado 5 años encerrado en Argel, pero todavía iba a pasar media docena de veces por prisiones españolas. En varias ocasiones por requisar grano perteneciente a la Iglesia para abastecer a la Armada Invencible, acción que también le causó dos excomuniones. Sus largas estancias en prisión, paradójicamente, le proporcionaron el tiempo y la perspectiva para desarrollar su prodigiosa obra literaria.

¿Cómo saber si son los huesos de Cervantes?

El origen de las antiguas placas cerámicas que numeran las manzanas de Madrid


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  • «Todo necio confunde valor y precio», ya lo avisaba en sus Proverbios y Cantares el célebre poeta Antonio Machado…
¿Estás hablando con un tonto o con un necio? Aprende a diferenciarlos

JUAN FLORES Azulejo conmemorativo del nacimiento de Antonio Machado

En un mundo donde La conjura de los necios, novela póstuma de John Kennedy Toole, ha logrado dejar huella, cuesta creer lo poco atractivo que resulta el calificativo que hoy centra nuestra atención. A pesar de que parezca confundirse de forma frecuente el esfuerzo con el capricho, la inteligencia aún no ha sido degradada al escalón más bajo del comportamiento. Y eso provoca un atisbo de esperanza en la humanidad, cada vez más anestesiada ante la desvirtuada escala de valores por donde se mueve.

Procedente del latín nescius, hace referencia a la persona ignorante, que tal y como señala Pancracio Celdrán en «El gran libro de los insultos», publicado por la editorial La Esfera, «no sabe ni se interesa por adquirir conocimientos en la creencia burda de que ya sabe mucho». La voluntariedad del improperio es esencial para entender la esencia del aludido, «la ignorancia del necio es culpable, ya que teniendo entendederas no se molesta en aprender; y mayor es aún su temeridad rayanas en la imprudencia, lo que hace que no pueda pasar inadvertido, siendo porfiado».

Es por ello, que Celdrán recuerda que en tiempos cervantinos se decía: «Al hombre discreto se le convence con razones; al necio a palos y mojicones». Mientras que Séneca aseguraba que es preferible ser pobre a ser necio, «pues si el pobre necesita dinero, el necio anda falto de razón», y señala que aludiendo a estos individuos, Lope de Vega escribe en La Dorotea:

De quantas cosas me cansan

fácilmente me defiendo,

pero no puedo guardarme

de los peligros de un necio.

La delicada frontera que a priori separa al necio del tonto encuentra su explicación en la sapiencia de su condición o no, «el primero es obstinado, cabezón, insistente en la idea equivocada que tiene de sí mismo, y en esto se diferencia del segundo, que puede tener un momento de lucidez y llegar a comprender que es sujeto desprovisto de inteligencia, pero en el fondo es bueno». Celdrán insiste en la idea de que el necio ansía alcanzar el poder al tiempo que le coloca la etiqueta de incordiante, en contraposición al común pacifismo del tonto.

Por último, Celdrán establece el paso previo a convertirse en un imbécil, mediante la intuición de los límites del grado de conocimiento, «es conocida la frase, ya convertida en píldora de saber concentrado, lo que en sus Proverbios y cantares escribe Antonio Machado: ‘Todo necio, confunde valor y precio’, expresión que pone en el ánimo de todos la importancia de calibrar el alcance de las cosas».

La «beata Clara», la bruja cuya detención provocó un terremoto en Madrid


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  • Lo más granado de la sociedad acudía a su casa en el siglo XIX para conocer su futuro, hasta que la delató una criada despechada
La «beata Clara», la bruja cuya detención provocó un terremoto en Madrid

ABC | Portal de la calle de Lope de Vega, donde vivía la «beata Clara»

 A principios del siglo XIX, el número 6 de la calle Cantarranas, ahora reconvertida en la de Lope de Vega, era un diario bullir de gentes en busca de sanación, consuelo espiritual, consejo financiero o asesoramiento político. Y todo de la mano de una misma persona, la llamada «beata Clara». Aunque finalmente se demostró que poco tenía de santa, durante unos cuantos años lo más granado de la sociedad madrileña y de la Corte se reunía en sus aposentos con el incontrolable deseo de mejorar sus vidas.

Experta en bebedizos, magia y superchería, como recuerda Jesús Callejo en su libro «Un Madrid insólito», esta mujer lo mismo ofrecía recomendaciones para un mal de amores que para problemas de esterilidad o de dinero, pasando por apuestas o asuntos de Estado.

Al parecer, aconsejada por su madre y su confesor, se fingió tullida muchos años y tocada por el halo divino y el don de los milagros. Haciéndose pasar por vidente y milagrera -no en vano hacía creer que se alimentaba exclusivamente de pan eucarístico-, sus incautos clientes dejaban soberanas limosnas en justo pago por sus servicios.

Santo Oficio

Fue capaz de embaucar a todos de tal manera que, incluso, la leyenda cuenta que logró de Roma una dispensa para hacer los tres votos de monja de Santa Clara. Pero, eso sí, sin la obligación de la clausura, ya que sus supuestas dolencias se lo impedían.

Tal fue su éxito que se mudó a otro inmueble situado en la calle de los Santos, junto a San Francisco. Allí continuó con su saneado «negocio», mostrándose en trance si era requerida en ello.

Finalmente, fue castigada a reclusión por el Santo Oficio, junto a sus dos principales cómplices. Una criada despechada -había sido despedida meses antes- fue la causante del encierro, ya que no pudo guardar por más tiempo el secreto de la farsa y se lo confesó todo al párroco de San Andrés. Sin embargo, como ocurre a veces, el pueblo llano no se conformó y necesitaba creer en su «milagrera». Fue necesaria la actuación de la Inquisición para cerrar la vivienda, ya que fueron muchos los madrileños que acudieron en masa para arrancar yeso de las paredes y guardarlo como reliquia.

Fíjense si el vulgo es crédulo que cuando la ciudad se sacudió por un terremoto en 1804, muchos fueron los que atribuyeron el suceso a la «injusta» detención de la beata Clara.

Hallan los restos arqueológicos de Santiago del Príncipe, la «Numancia negra» que inspiró a Lope de Vega


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  • El enclave, situado en la selva de Panamá, se hizo famoso por la resistencia que mostró a los ataques de Francis Drake, pues prefirieron quemar sus viviendas antes que entregarse
Hallan los restos arqueológicos de Santiago del Príncipe, la «Numancia negra» que inspiró a Lope de Vega

Esta civilización vivió por la zona de Portobelo (Panamá)

 «Volviendo a los valientes cimarrones […], porque los caledonios escuadrones no tuviesen victoria allí ninguna […] dieron luego a su Numancia honrada civil fuego». Así explica Lope de Vega en el poema «La Dragontea» el final de Santiago del Príncipe, el primer asentamiento fundado por negros libres —antiguos cimarrones o esclavos huidos de sus propietarios— en la América del imperio español y en toda la experiencia colonial americana.
Hallan los restos arqueológicos de Santiago del Príncipe, la «Numancia negra» que inspiró a Lope de Vega

Francis Drake

La población resistió los ataques de Francis Drake como una Numancia de procedencia africana, según la metáfora de Lope, y prefirió quemar su propio hogar antes que dejarlo caer en manos del pirata inglés. Ahora, más de 400 años después, historiadores y arqueólogos de la Universidad de Barcelona y del Patronato Panamá Viejo han localizado los restos de Santiago del Príncipe tras un año de trabajo de campo en una loma panameña, además de otro año previo revisando fuentes históricas, desde las del Archivo de Indias a la cartografía histórica o la literatura del Siglo de Oro.

Los cimarrones eran antiguos esclavos africanos que conseguían la libertad después de huir de los lugares de trabajo y de resistir los ataques de las autoridades coloniales españolas. En el caso de Panamá, la presencia de cimarrones dificultaba el paso de mercancías entre las ciudades de Panamá y Nombre de Dios, de manera que el dinero que salía de Perú no estaba seguro a causa de los ataques que los cimarrones realizaban a los convoyes que la transportaban entre ambos océanos.

El colectivo de cimarrones conocidos como los negros de Portobelo —por el territorio en el que se movían— firmó la paz con la corona española. Esta reconocía la libertad de los esclavos huidos y les entregaba tierras para que se asentasen a cambio del reconocimiento de la autoridad real y la colaboración con las autoridades coloniales. Este primer asentamiento fue Santiago del Príncipe, villa erigida en 1579 en las inmediaciones de la ciudad de Nombre de Dios. Los habitantes de Santiago del Príncipe mantuvieron sus autoridades propias, pero la corona nombró a un gobernador e impuso una pequeña tropa para la defensa de Nombre de Dios. Los antiguos esclavos cimarrones consiguieron la libertad para ellos y sus descendientes, así como la propiedad de las tierras.

Cerámica criolla del siglo XVI

Los profesores de la UB y miembros del CINAF Javier Laviña,Ricardo Piqueras y Jordi Tresserras explican que el proceso para hallar Santiago del Príncipe empezó con el estudio de las fuentes históricas y literarias de la época. A partir de esos escritos, delimitaron el área donde realizar la prospección arqueológica: «Hemos tenido que trabajar en una zona de monte que es de difícil acceso; lo era en la época de los ataques de Francis Drake y lo es ahora», afirman.

Después de un año de trabajo de campo, hallaron los restos de Santiago del Príncipe, que incluyen una gran cantidad de cerámica criolla del siglo XVI. «Sin duda, el hallazgo de esta Numancia negra, además de tener gran importancia histórica, reforzará la identidad afrocolonial», concluyen los investigadores, que tienen como proyecto seguir excavando en las inmediaciones de los restos descubiertos.

Los museos madrileños se «acicalan» para su Día Internacional


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  • Obras de teatro y exposiciones inéditas recibirán a los visitantes el próximo sábado 18

Los museos de la Comunidad de Madrid celebrarán el Día Internacional de los Museos el próximo sábado 18 con la ampliación de su horario y la organización de diversas actividades para todos los públicos.

Centro de Arte Dos de Mayo

Bajo el lema «Museos (memoria+creatividad) = Progreso Social», el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) organizará visitas especiales a las 12 y las 19 horas, donde los asistentes podrán visitar los almacenes y la exposición «Halil Altindere» de la mano del director del centro o de la conservadora de las colecciones.

Casa Museo Lope de Vega

La compañía Lear Producciones hará gala de una variedad creativa de las artes plásticas, musicales y dramáticas en su espectáculo teatral «En clave de Lope». El jardín de la casa permanecerá abierto de 15 a 20 horas, y se podrá acceder de forma gratuita.

Museo Casa Natal de Cervantes

El Museo Casa Natal de Cervantes ampliará su horario habitual hasta las 20 horas, dos más de lo acostumbrado. A las 21 horas ofrecerá el espectáculo teatral «La canción de Vidriera», continuando así con la conmemoración de la publicación de las «Novelas Ejemplares». En este evento, gratuito hasta completar aforo, la compañía Ítaca Teatro adapta los textos de «El licenciado Vidriera».

Museo Picasso-Colección Eugenio Arias

La colección del ‘barbero de Picasso’ Eugenio Arias incorporará un conjunto de portadas y titulares de medios escritos nacionales e internacionales con la noticia del fallecimiento del pintor malagueño, hace 40 años. Además, el centro ampliará su horario hasta las 22 horas.

Centro de Interpretación Nuevo Baztán

Los visitantes también podrán asistir a la exposición «De bodega a Centro de Interpretación», donde el Centro de Interpretación Nuevo Baztán repasa el proceso de elaboración de los vinos que se producían en las bodegas del Palacio de Goyeneche, donde ahora se ubica el centro, a través de material documental y fotográfico.