El libro de los prodigios de España


El Pais

  • El Prado expone el primer volumen de la historia del arte ilustrado con fotografías
Vista del Monasterio de El Escorial, calotipo publicado en el libro 'Annals of the Artists of Spain', de William Stirling (1848). MUSEO DEL PRADO

Vista del Monasterio de El Escorial, calotipo publicado en el libro ‘Annals of the Artists of Spain’, de William Stirling (1848). MUSEO DEL PRADO

En una pequeña sala del Museo del Prado, con poca luz y a una temperatura de 19 grados —agradable para huir del calor de Madrid, pero no para ir en manga corta— reposan en vitrinas  siete ejemplares de Talbotype Illustrations, el primer libro de la historia del arte ilustrado con fotografías, 68, que publicó en 1848 el escritor y coleccionista escocés sir William Stirling Maxwell, y con el que mostraba su amor por el arte y monumentos de España. Las dificultades para manejar la luz y las sombras de la naciente técnica fotográfica disuadió a Stirling, en casi todos los casos, de tomar las fotos de los cuadros o esculturas originales, que no se podían mover y estaban en interiores poco iluminados. Lo hizo por un método indirecto: imágenes tomadas de grabados o de copias que reproducían, por ejemplo, Las meninas o La rendición de Breda, de Velázquez, o un San Juan, de Murillo.

Stirling llegó a contratar a artistas para que pintasen copias al óleo o en acuarela de las obras que le interesaban. Ya de su cosecha, se permitió en un caso retocar: los angelotes que rodeaban a la Giralda en la estampa original fueron eliminados cuando se transformó en fotografía. Y en otro le cortó las piernas a Querubín con mitra, de Murillo, porque la longitud de esta pieza no le cuadraba para su libro.

La exposición Copiado por el sol, hasta el 4 de septiembre, incluida en el certamen PHotoEspaña, recorre además el complejo proceso de creación de este libro ilustrado, el cuarto volumen que acompañó a los tres que eran puramente de texto y que se llamaron Annals of the Artists of Spain. De toda la obra solo se imprimieron 50 ejemplares —los organizadores de la exposición han localizado 25 en todo el mundo— que Stirling regaló a familiares, amigos, coleccionistas y bibliotecas. Las imágenes del Talbotype Illustrations se elaboraron por el procedimiento del calotipo, uno de los que compitieron en los albores de la fotografía en la carrera por facilitar la multiplicación de copias con la mayor rapidez y calidad posible. El inventor, en 1839, del calotipo había sido el científico William Fox Talbot (1800-1877). De ahí que esas piezas se llamasen también talbotipos, o copias del sol, porque se realizaban bajo la luz solar —aunque eso en Londres debía de ser complicado—, poniendo en contacto el negativo y el positivo de papel a la intemperie.

Fue un discípulo de Talbot, Nicolaas Henneman (1813-1898), quien trabajó con Stirling para Annals of the Artists of Spain. Ambos aparecen en un par de imágenes retratados en plena tarea. La muestra del Prado incluye las numerosos tomas, procedentes de la colección del National Media Museum, de Bradford (Inglaterra), que sirvieron a Stirling y Henneman de ensayo y error, así como los grabados o dibujos que servían de modelo.

Imagen de 1846 del taller fotográfico en el que Stirling y Henneman fotografiaron las copias de obras de arte para el libro 'Annals of the Artists of Spain'. NATIONAL MEDIA MUSEUM (BRADFORD)

Imagen de 1846 del taller fotográfico en el que Stirling y Henneman fotografiaron las copias de obras de arte para el libro ‘Annals of the Artists of Spain’. NATIONAL MEDIA MUSEUM (BRADFORD)

Sin embargo, aquellas instantáneas del monasterio de El Escorial o del Cristo en la cruz, de Murillo, pegadas en el libro, sufrieron pronto lo que los comisarios de la exposición, Hilary Macartney, de la Universidad de Glasgow, y José Manuel Matilla, jefe del departamento de Dibujos y Estampas del Prado, califican de “desvanecimiento”. Los contornos empezaron a borrarse y su interior comenzó a diluirse por el efecto de la luz y el aire sobre unos negativos y copias cuyo procedimiento estaba aún en mantillas.

La exposición Copiado por el sol no aspira, según sus organizadores, a largas colas y multitudes. Su gestación comenzó hace ya 15 años, cuando Matilla descubrió en los almacenes de la pinacoteca la obra de Stirling. El comisario confiesa que al tener en sus manos aquel libro tan frágil y ver cómo se habían deteriorado las imágenes, sintió “pánico”. De ese miedo nació el proyecto de “estudiarlo, conservarlo y difundirlo”, que culmina ahora en la sala del Prado y en un facsímil elaborado en los archivos fotográficos del museo.

El “desvanecimiento” que estaba en el ADN de los calotipos motivó que este sistema fotográfico cayera en desuso a finales de los cincuenta del XIX. El propio Stirling escribió, en 1872, consciente de la fugacidad de su Talbotype Illustrations: “Los pocos ejemplares serán hoy poco más que pedazos de papel pardo nublado”. Sin embargo, respiraría hoy tranquilo al ver que, aunque sea a través de un cristal y con temperatura londinense, a sus calotipos no los ha devorado el tiempo.

La biblia nazi se reedita 70 años después


El Mundo

  • ‘Mein Kampf’ se reedita en Múnich 70 años después de la muerte de Hitler

51koRKz3zGL._SX332_BO1,204,203,200_Ya hay fecha, lugar y hora para el lanzamiento de la primera reedición de ‘Mein Kampf’ [Mi Lucha], de Adolf Hitler, que verá la luz en Alemania desde 1945. Será el 8 de enero a las 11:00 en Múnich, ocho días después de que el estado federado de Baviera, al cumplirse 70 años de la muerte del dictador, libere los derechos de autor que los Aliados le entregaron en custodia tras la Segunda Guerra Mundial, una vez clausurada la editorial del partido nazi, Franz Eher, con sede en la ciudad donde Hitler tenía fijada su residencia.

La reaparición de Mein Kampf en las librerías del país donde germinó y se propagó una ideología que llevó la muerte a millones de personas crea desasosiego y no sólo a algunos sectores de la comunidad judía, sino también a quienes observan con preocupación el resurgir de la ultraderecha, si bien el único partido político de corte neonazi que existe en el país, el NPD, es residual y apenas logró un 1% de votos en las últimas elecciones parlamentarias.

“Parte de los ingresos por ventas deberían destinarse a la ayuda de los refugiados. Así, los neonazis que lo compren, al menos indirectamente, podrán hacer algo bueno“, sugiere lacónico Karl-Georg Wellmann, de la Unión Cristianodemócrata (CDU).

El objetivo de la primera reedición legal de Mein Kampf no es baladí y tampoco está dirigido a lectores fascinados por el nacionalsocialismo. Esta edición pretende acabar con el mito que rodea la obra de Hitler rompiendo el tabú y demostrando que la llamada “biblia del nacionalsocialismo” es un panfleto de 800 páginas impregnadas odio, racismo, violencia, patrañas y medias verdades. La obra, en dos tomos, como en el original, llevará por título Mein Kampf: Eine Kritische Edition. Autor y editor: Instituto de Historia Contemporánea de Múnich (IfZ).

“Teníamos una responsabilidad nacional como alemanes y una obligación como historiadores que no podíamos obviar, de ahí esta edición crítica de Mein Kampf, un trabajo de investigación de tres años resumido en más de 3.700 anotaciones que contextualizan y desmontan las mentiras y la demagogia nociva que Hitler encadena, página a página, en esa mezcla de memorias, ideario político y furia antisemita“, declaró a este diario el director del IfZ, Andreas Wirsching.

Charlotte Knobloch, 83 años, testigo en 1938 de los asesinatos y persecución de judíos en Múnich, no lo ve así. La presidenta del centro cultural judío en esa ciudad cree que “Mein Kampfes una incitación deleznable al odio y la base del Holocausto. El texto original no merece reconocimiento ni discusión”. El presidente del Consejo Central de los Judíos en Alemania, Josef Schuster, va más allá y pide mantener la prohibición del libro y que las autoridades procedan con todas las consecuencias contra la difusión y venta.

También el estado de Baviera, que en inicialmente contribuyó al proyecto con 500.000 euros, se ha distanciado del mismo, una “decisión política” que el IfZ no comenta y que tiene sus orígenes en la visita que el primer ministro bávaro, Horst Seehoffer hizo a Israel.

El equipo dirigido por Christian Hartmann, experto en historia militar con 20 años de experiencia en la investigación del nacionalsocialismo, ha contado, sin embargo, con el apoyo de historiadores judíos que también consideraban que la mejor forma de acabar con el mitoMein Kampf era “no dejarlo vagar” por el mundo tal cual se escribió. Entre esos historiadores y documentalistas judíos hubo miembros del centro Yad Vashem para la memoria del Holocausto en Israel.

“Entendemos que es un tema es sensible, que esto es Alemania, el país donde empezó todo, y que aún hay supervivientes del Holocausto. Aún así, Mein Kampf necesitaba una lectura científica crítica y no ahora que queda libre de fueros, sino desde hace muchos años”, sostuvo Wirsching.

Fue absurdo que Baviera no dejara hacerlo. Los derechos sólo eran aplicables a la edición y difusión de Mein Kampf y no a su compra o descarga en internet, lectura, tenencia o adquisición de ediciones antiguas y por las que llegan a pagarse en anticuarios hasta 800 euros.

Mein Kampf se edita en numerosos países y en Alemania siempre estuvo al alcance de la mano, puede incluso que muchos abuelos lo guarden en casa, pues se llegaron a imprimir 12 millones de ejemplares. Todo el mundo tenía el libro. Se regalaba hasta en cumpleaños y bodas”, relató Wirsching.

Fue un best seller traducido a 18 idiomas que proporcionó importantes sumas de dinero al partido y a Hitler, pero tan farragoso y mal escrito que Mein Kampf se ha convertido en el libro no leído más famoso del mundo. “Hay que hacer esfuerzos para pasar de las primeras 20 páginas”, sostiene Hertmann y aventura que la edición del IfZ tampoco será más leída, pues, pese a la expectación generada, su interés es académico y científico. Hasta el momento sólo hay 300 encargos de una edición de 3.500 ejemplares. El precio de los dos tomos será 59 euros y los ingresos revertirán en el IfZ para paliar los gastos de edición.

No se prevé una segunda edición, ninguna en formato e-book, no hay acuerdos con editoriales extranjeras y tampoco habrá ediciones especiales para colegios. Apenas hay párrafos sin comentarios, de ahí que esta edición crítica tenga 2.000 páginas, según Harrmann, “la obra de un fracasado”.

El misterio Voynich: El libro que ni la CIA logra descifrar


ABC.es

  • Ni los más complejos ordenadores ni las agencias especializadas en descifrar códigos han podido desvelar el extraño lenguaje de este manuscrito del siglo XV. Unos investigadores han demostrado que es un idioma real y puede esconder mensajes secretos
El misterio Voynich: El libro que ni la CIA logra descifrar

XL Semanal | El libro de Voynich

Los jesuitas de Villa Mondragone, un colegio de la Compañía de Jesús cerca de Roma, estaban al borde de la ruina. Era el año 1912. No les quedaba otra: tenían que vender su biblioteca.

Avisaron a un coleccionista, Wilfrid M. Voynich, de origen polaco. Voynich compró allí 30 manuscritos; entre ellos, uno que nadie ha podido leer hasta la fecha. Está escrito en una lengua misteriosa de la que no se ha descifrado ni una sola palabra. Y desde hace un siglo obsesiona a criptógrafos, historiadores, paleógrafos, lingüistas, filólogos, matemáticos, ingenieros e incluso astrónomos y botánicos, pues el libro está adornado con extrañas ilustraciones cosmológicas y plantas quiméricas que tampoco nadie ha podido identificar. Hasta la controvertida Agencia Nacional de Seguridad estadounidense (NSA) intentó descifrar el código durante tres décadas. No pudo, informa en un interesante reportaje la revista XL Semanal.

¿Esconde un tesoro? ¿La resolución de un crimen? ¿Conocimientos secretos que cambiarían la historia de la ciencia? ¿Acaso una profecía? La frustración es tal que desde 2004 la teoría más extendida sobre el manuscrito Voynich es que se trata de un fraude: no se puede descifrar porque no hay nada que descifrar; es un galimatías, una broma. Pero un reciente estudio de la Universidad de Mánchester (Reino Unido) demuestra que no es así. El texto está escrito en una lengua auténtica y puede contener mensajes cifrados. ¿Qué lengua es y qué mensajes oculta? No se sabe. Los investigadores, dirigidos por el físico Marcelo Montemurro, analizaron la frecuencia de las palabras en el manuscrito y las compararon con textos de similar extensión en inglés, chino, latín, un lenguaje informático y fragmentos del código del ADN. Los textos analizados entre ellos, Las confesiones de san Agustín y El origen de las especies, de Charles Darwin tienen entre 500 y 700 palabras claves, mientras que el sistema de programación ronda las 300, y el genoma, las diez. El voynichés, como se conoce el presunto idioma del manuscrito, tiene 800. «Su estructura es compatible con la de una lengua humana», afirma Montemurro.

Además, en el voynichés, la distribución estadística de las letras y palabras es cualquier cosa menos aleatoria. Por ejemplo, cumple a rajatabla la ley de Zipf, que establece que en todas las lenguas humanas la palabra más frecuente en un texto extenso aparece el doble de veces que la segunda más frecuente, el triple que la tercera, etcétera. Lenguajes artificiales como los élficos de Tolkien o el klingon de Star Trek no cumplen esta regla. Poco se sabe con certeza del manuscrito, un pergamino de 240 páginas. La Universidad de Arizona demostró mediante la prueba del carbono 14 que podía datarse entre 1404 y 1438. Su autor es anónimo. El emperador Rodolfo II de Bohemia está acreditado como el primer propietario conocido del manuscrito, por el que pagó 600 ducados de oro, unos 70.000 euros. Rodolfo II, sobrino de Felipe II, fue un monarca excéntrico aficionado a las ciencias ocultas. Coleccionaba juguetes mecánicos, autómatas, recetarios de magia y manuales de alquimia.

El manuscrito lo heredó su farmacéutico, Jacobus Sinapius, favorito del emperador, al que curó presuntamente de una grave enfermedad con un elixir de su invención. La panacea tuvo una enorme demanda y Sinapius ganó una fortuna. Fue el primero que intentó descifrarlo. En la larga lista de traductores frustrados sobresalen dos: uno es William Newbold, profesor de Filosofía en Pensilvania a principios del siglo XX y condecorado por descifrar mensajes de los espías alemanes durante la Primera Guerra Mundial. Dedicó los últimos años de su vida a examinar el manuscrito, hasta que perdió la noción de la realidad. Murió loco. el otro es William Friedman, considerado el mejor criptógrafo de la era moderna y uno de los fundadores de la NSA. Friedman descifró el Código Púrpura que protegía las comunicaciones navales japonesas durante la Segunda Guerra Mundial. Pero no pudo con el manuscrito Voynich, aunque su hipótesis de trabajo se considera plausible. No se trataría de un idioma inventado, sino de una lengua probablemente europea ‘oscurecida’ mediante un algoritmo que desplaza letras individuales.

Con la potencia de los ordenadores actuales desentrañarlo debería ser cosa de niños. Pero no es así. Se han hecho pruebas con el hebreo; también con un cóctel políglota de lenguas orientales (chino, tibetano, vietnamita…); con escritura esteganográfica (textos que carecen de significado en su mayor parte, pero que contienen la información oculta en detalles arbitrarios y discretos). Todo, en vano.El propósito del libro también intriga a los estudiosos. Teorías recientes lo relacionan con secretos de los gremios de artesanos de Milán que incluyen la elaboración de venenos y la producción de vidrio, cuya transmisión a potencias extranjeras estaba sujeta a la pena de muerte. Y hay incluso quien lo relaciona con conocimientos pioneros en la energía atómica. Pero llega un punto en que se mezclan la leyenda y los pocos datos fehacientes. No es extraño que se hayan escrito unas treinta novelas sobre el manuscrito. Como escribe Reed Johnson, de la Universidad de Virginia: «Tanta gente ha dedicado tanto tiempo a intentar descifrarlo que si fuera un fraude sería trágico. Nos impulsa el afán de descubrir algún significado trascendente. Por lo menos, que no sea una lista de la compra o un catálogo de chistes verdes de los monjes del siglo XV».

Si quieres saber más sobre el dueño del documento Voynich, quién lo escribrió y las características del pergamino, sigue leyendo este interesante artículo en XL Semanal.

«Bestias nazis», los verdugos más sádicos del Tercer Reich


ABC.es

  • Jesús Hernández rememora en su nuevo libro las espeluznantes actividades de cinco de los sirvientes más sanguinarios del Führer

Amon Göth prepara su rifle para disparar sobre los prisioneros

Sadismo, crueldad, y, sobre todo, una frialdad imposible de entender. Sin duda, estos son los atributos que asaltan la mente cuando se piensa en los soldados que, a las órdenes de Hitler, jugaron con la vida de cientos de miles de personas durante la II Guerra Mundial. Sin embargo, se quedan cortos a la hora de definir a insignes nazis como Amon Göth –un capitán de las SS que practicaba puntería a diario con los prisioneros del campo de concentración que dirigía- o Ilse Koch –acusada de fabricar lámparas con la piel de decenas de judíos-. Si algo ha demostrado la Historia, es que la brutalidad del ser humano puede ser infinita.

A lo largo del tiempo se han ido diluyendo los crueles actos de infamia protagonizados por varios de estos alemanes que, sintiéndose privilegiados por portar la calavera de las SS, daban rienda suelta a sus más sádicas fantasías. Pero, en un intento de luchar contra este olvido, el historiador y periodista Jesús Hernández acaba de publicar «Bestias nazis. Los verdugos de las SS» (editado por «Melusina»), una excelente obra en la que narra, entre otras cosas, las crueles prácticas llevadas a cabo por cinco de los oficiales más sanguinarios de Hitler durante el Holocausto.

Así pues, Hernández nos transporta a un mundo -el de los campos de concentración- en el que la vida de un prisionero valía menos que la de un animal de compañía, y en donde, por muy extraño que parezca, la muerte no era el peor de los destinos. Y es que en estos recintos acechaban desde temibles seres enfundados en uniformes que gozaban torturando durante semanas -y hasta el último aliento de vida- a los cautivos hasta, incluso, extravagantes doctores nazis que practicaban inconcebibles y mortales experimentos en personas vivas.

Tres señores de la muerte

Uno de los primeros señores de la muerte que plasma Hernández en «Bestias nazis. Los verdugos de las SS» es Amon Göth, el popular comandante del campo de concentración de Plaszow (ubicado en Polonia) que fue retratado por Spielberg en la película «La lista de Schindler». Este cruel oficial vino al mundo en 1.908 y, con apenas 23 años –tan sólo 5 después de unirse a los nazis- se convirtió en miembro de las SS.

Göth no tuvo que esperar mucho para poder demostrar su crueldad, de hecho, una de sus primeras oportunidades le llegó cuando tenía poco más de treinta años y recibió la orden de destruir el barrio judío que los alemanes habían creado en Cracovia. Así, corría 1.943 cuando acabó en plena calle, y junto a sus hombres, con la vida de más de 2.000 personas en tan sólo dos días y envió a campos de concentración y exterminio a otras 10.000.

«”Bestias nazis” narra la vida de los nazis más crueles del III Reich»

Pero por lo que se haría desgraciadamente famoso este nazi sería por dirigir con puño de hierro el campo de concentración de Plaszow durante más de dos años. Ese breve periodo de tiempo le valió para ganarse el apodo de «El verdugo» pues, entre otras cosas, gozaba golpeando a mujeres hasta la muerte o asesinando, al azar, a diferentes reos sólo por diversión. A su vez, consiguió que su nombre quedara rubricado en las páginas de la Historia por practicar puntería con un rifle de francotirador indiscriminadamente sobre los cautivos del lugar.

Con todo, el autor también tiene tiempo, a lo largo de las 500 páginas que abarca su obra, para contar historias como la de Oskar Dirlewanger, el conocido con el sobrenombre del «Verdugo de Varsovia». «Nacido en la ciudad bávara de Wurzburgo en 1895, luchó en la Primera Guerra Mundial, siendo herido y condecorado. Tras la guerra, Dirlewanger se doctoró en Ciencias Políticas y en 1923 se afilió al partido nazi. Aunque trabajaba como maestro, su vida era muy desordenada; dado a la bebida y a los escándalos públicos, acabó condenado por violar a una menor en 1934, reincidiendo en cuanto salió en libertad. Sus contactos en las SS le rescataron y fue enviado a España, a luchar en la Legión Cóndor. En 1939 alcanzó una posición destacada en las SS, lo que le permitió continuar impunemente con sus tropelías», destaca Hernández en declaraciones a «ABC».

«En 1940 se le encargó la creación de un batallón formado por cazadores furtivos convictos. La unidad acabó aceptando delincuentes acusados de delitos graves. En 1941 fue empleada en Rusia para luchar contra los partisanos, en donde sus miembros pudieron dar rienda suelta a sus impulsos criminales. El batallón fue enviado a la región de la ciudad polaca de Lublin, convirtiéndola en escenario de saqueos, incendios, asesinatos, violaciones y atrocidades sin límite. Los hombres de Dirlewanger también serían empleados en la represión del levantamiento de Varsovia en 1944, cometiendo aún mayores excesos, como la irrupción en un hospital en donde los pacientes fueron acribillados en sus camas y las enfermeras violadas y asesinadas. Al acabar la guerra, Dirlewanger fue capturado por los franceses, quienes lo entregaron a unos soldados polacos para que se tomasen cumplida venganza. Al parecer, éstos le torturaron durante varios días, acabando con su vida en torno al 4 de junio de 1945», sentencia el experto.

Otro de los hombres a los que Hernández dedica un centenar de sus hojas es al sanguinario Josef Mengele, un cruel doctor nazi cuyos sádicos experimentos le convirtieron en el terror de los prisioneros del campo de concentración de Auschwitz. Este médico solía asesinar a parejas de gemelos de corta edad creyendo que, mediante sus cuerpos, podría descubrir el secreto de la clonación humana. A pesar de todo, Mengele no llegó a pagar por sus crímenes, pues murió en extrañas circunstancias tras escapar de las autoridades aliadas.

Dos ángeles del infierno

Sin embargo, la crueldad desmesurada que se ejercía contra los presos en los campos de concentración nazis no fue, ni mucho menos, una práctica exclusiva del género masculino. Así, es imposible no estremecerse ante los actos realizados por personajes como la bella Ilse Köhler (llamada la «Zorra de Buchenwald»).

Esta alemana llegó al mundo en 1.906 y, a una corta edad, quedó fascinada ante los hombres uniformados de las SS, por lo que no dudó en solicitar el carnet del NSDAP. De cabellos pelirrojos, ojos verdes y una extrema sensualidad, Ilse contrajo matrimonio a los 31 años con Karl Koch, comandante del, en ese momento, recién construido campo de concentración de Buchenwald. Por ello, la feliz pareja decidió, como era habitual, habitar una de las casas cercanas a la prisión.

«Karl Koch vertía asfalto fundido en el ano de los prisioneros judíos»

Una vez en el campo de concentración, Ilse gozaba dando largos paseos a lomos de su caballo y exhibiendo su sensualidad ante los presos. Sin embargo, no dudaba en acabar cruelmente con la vida de aquellos que alzaran la vista para mirarla. A su vez, fue acusada de asesinar y despellejar los cadáveres de cientos de presos para fabricar objetos cotidianos como libretas o pantallas para lámparas.

Con todo, la «Zorra de Buchenwald» no era el único ángel de la muerte que rondaba los campos teñidos con la sangre de los presos. «En el libro también explico la vida de Irma Grese, la “Bella Bestia”. Nacida en 1923, su infancia feliz se vio truncada por el suicidio de su madre y el distanciamiento con su padre. Tras abandonar los estudios, y trabajar en una granja y en una tienda, fue enfermera en un hospital de las SS, en donde se vio imbuida de la ideología nazi. De ahí pasó al campo de concentración de Ravensbrück como guardiana, siendo destinada después a Auschwitz-Birkenau», añade Hernández en «Bestias nazis. Los verdugos de las SS».

«Pese a su juventud, apenas 20 años, acumuló poder rápidamente, teniendo a su cargo más de treinta mil prisioneras. Con ellas cometería todo tipo de excesos, combinando violencia y un erotismo perverso. A las más jóvenes las azotaba en los pechos hasta descarnarlos, o bien las convertía en amantes suyas para enviarlas después a la cámara de gas. A las embarazadas les ataba las piernas juntas en el parto y asistía a su muerte, visiblemente excitada», destaca el autor.

Finalmente, las sanguinarias prácticas de Irma se encontraron con la justicia aliada una vez acabada la II Guerra Mundial. «En 1945 regresó a Ravensbrück y de ahí pasó al campo de Bergen-Belsen, siendo capturada por los británicos. Fue sometida a juicio, en donde se mostró como una nazi fanática. Su atractivo físico, que contrastaba con la fealdad de las otras guardianas acusadas, le llevó a ser bautizada por la prensa sensacionalista como la “Bella Bestia”. Grese eludió cualquier responsabilidad en los crímenes de los que se la acusaba y aseguró que se había limitado a cumplir con su obligación. Fue sentenciada a muerte y ejecutada en la horca el 13 de diciembre de 1945. Sus últimas palabras al verdugo fueron Schnell! (¡Rápido!)», sentencia el autor español.

«En ningún caso han de caer en el olvido las torturas cometidas por los nazis»

-¿Cuál de las historias le ha impactado más?
-Lo que más me ha impactado es la absoluta normalidad que presentaban cuatro de los cinco personajes protagonistas antes de adquirir responsabilidades por su adscripción al nazismo. Da escalofríos ver como personas normales, con ocupaciones normales, con un comportamiento normal, pasan a actuar con ese sadismo desmesurado, lo que arroja inquietantes interrogantes sobre la naturaleza humana. ¿Cuántas de las personas con las que nos cruzamos por la calle podrían convertirse en psicópatas si de pronto detentasen el poder absoluto sobre sus semejantes? Igual que una circunstancia concreta puede convertir a alguien en un héroe sin habérselo propuesto, también puede convertirlo en un demonio.
-En su libro narra todo tipo de atrocidades realizadas en los campos de concentración ¿Cree que las torturas nazis deben caer en el olvido?
-En ningún caso han de caer en el olvido las torturas cometidas por los nazis, lo que ha de servir para tener presentes los abusos inmanentes a cualquier régimen totalitario. Corremos el peligro de pensar que esos excesos son cosa del pasado, cuando están ocurriendo actualmente. Hay países con presencia en los organismos internacionales en los que los disidentes son encarcelados, o se decreta su muerte civil. No habrá campos de concentración como en la Alemania nazi, pero el principio es el mismo; quien no se somete al régimen, es expulsado de la sociedad. Las torturas son la expresión más terrible de ese aplastamiento del individuo por parte del Estado, pero hay muchas maneras de coaccionar y ahogar la libertad sin llegar a esos extremos, aunque igual de efectivas. Es fácil condenar el nazismo, cumpliéndose aquello de “a moro muerto, gran lanzada”, pero es más difícil condenar esos abusos hoy día, cuando intervienen sobre todo intereses económicos, lo que denota una gran hipocresía.
-¿Cuál es la tortura nazi que no podrá olvidar jamás?
-En mi libro aparece un amplio catálogo de torturas llevadas a cabo por las SS, pero la que más me estremeció fue la consistente en verter asfalto fundido en el ano de un prisionero judío, llevada a cabo por el comandante del campo de concentración de Buchenwald, Karl Koch.
-¿Y el personaje más sádico?
-Sin duda, Martin Sommer, ayudante de Karl Koch en Buchenwald. Las torturas que practicaba con los prisioneros no serían superadas por el peor asesino en serie. Incluso disponía de una especie de cascanueces con el que reventaba el cráneo de los desgraciados que caían en sus manos. También podía introducir los testículos del prisionero alternativamente en agua hirviendo y helada hasta que se deshacían. Los que estaban en las celdas debían permanecer en pie todo el día sin moverse, si no querían ser apalizados. También podía entrar y matarlos a golpes con una barra de hierro. Igualmente, a Sommer le gustaba asesinar por la noche a un prisionero con una inyección letal, colocarlo debajo de su cama y dormir tranquilamente. Sería difícil encontrar un criminal nazi peor que él.
-En su libro aparecen también las historias de varias mujeres. ¿Cómo calificaría su papel? ¿Llegaban a tener el mismo grado de sadismo que sus compañeros masculinos?
-Las mujeres tuvieron un papel secundario en el aparato represivo nazi, pero cuando tuvieron oportunidad de demostrar su brutalidad contra los prisioneros, no sólo igualaron, sino que superaron a sus compañeros masculinos. Resulta desconcertante que algunas de las guardianas más crueles y sádicas, como Dorothea Binz, Maria Mandel o la propia Irma Grese, apenas superasen los veinte años. Pese a tratarse de mujeres tan jóvenes, eran respetadas e incluso temidas por sus propios compañeros, que quedaban impresionados al contemplar su comportamiento brutal.
-¿Cómo es posible que, personas aparentemente normales, jugaran con la vida de miles de seres humanos de la forma en que lo hicieron?
-Jugando a psicólogo, creo que ahí funcionó lo que se conoce como “marcos de referencia”. En los campos nazis, lo normal era tratar brutalmente a los prisioneros, no sólo estaba aceptado, sino que se prescribía ese tipo de comportamiento para mantener el orden y la disciplina. Los que no estaban dispuestos a actuar así ya habían sido eliminados durante el proceso de selección. Así pues, muchos guardianes interpretaban que ese era su “trabajo”, que eso era lo que esperaba de ellos. También se les inculcaba que los prisioneros eran enemigos del Reich, lo que acababa de disipar sus dudas. Pero en los casos que trato en mi libro, se fue mucho más allá de esa brutalidad aceptada; el cómo fue posible que unas personas normales acabaran comportándose como auténticos psicópatas requiere una explicación para la que no tengo respuestas.
-¿Diría que el régimen nazi favoreció que estos individuos se convirtieran en “bestias”?
-Si se refiere a que al régimen nazi le interesó convertirlos en bestias, paradójicamente diría que no. Al menos en teoría, las SS buscaban tener en sus filas ejecutores fríos y desapasionados, capaces de aplicar castigos de manera mecánica e impersonal, no psicópatas que en cualquier momento podían llegar a actuar por libre. Aun así, las SS miraban hacia otro lado cuando alguien conseguía buenos resultados aunque sus métodos no fueran ortodoxos, por así decirlo. Las SS presentan muchas contradicciones, y ésta es una de ellas.
-¿Cuánto tiempo ha tardado en finalizar este libro?
-Han sido dos años de intenso trabajo, que ha tenido su plasmación en la obra. Los que han leído el libro coinciden en señalar ese esfuerzo, que se percibe en la gran cantidad de información que se ofrece a lo largo de sus casi quinientas páginas.
-¿Qué fuentes ha utilizado a la hora de informarse sobre estas “bestias” nazis?
-Puedo decir que he analizado la práctica totalidad de trabajos existentes sobre estos personajes. No obstante, me ha llamado la atención las lagunas existentes todavía, a día de hoy, sobre casi todos ellos, así como la profusión de datos contradictorios. Eso me ha obligado a realizar un concienzudo trabajo para contrastar todos los datos que ofrezco en el libro, apuntando la hipótesis más probable cuando no he tenido la certeza de su veracidad.
-Con el paso de los años, parece que Alemania se ha fijado el objetivo de acabar con el recuerdo del nazismo en su país (por ejemplo; en Berlín se voló el búnker de Hitler y no existen muchos museos sobre el tema). ¿Cree que esta política es aceptable?
-Creo que ya se está dando el fenómeno contrario. Hace unos cinco años que, por ejemplo, se colocó un panel informativo sobre el emplazamiento del búnker de Hitler, se están recuperando refugios antiaéreos, se celebran exposiciones sobre el nazismo y se producen películas y series de TV sobre este período. Incluso ha tenido mucho éxito en Alemania la novela “Ha vuelto”, en la que Hitler resucita en 2011 para convertirse en una estrella de Youtube. Eso demuestra que la política anterior fue un error, que la gente quiere saber lo que pasó entonces para poder asimilarlo y mirar hacia adelante. Creo que esa es la mejor manera que tienen los alemanes de superar ese trauma histórico.
-Después de casi una veintena de libros publicados… ¿Cuál es el siguiente reto de Jesús Hernández?
-No me da tiempo a plantearme retos, sino que los proyectos parece que me salen al paso, da la sensación que ellos me eligen a mí y no yo a ellos, y así ha venido siendo hasta ahora. Ahora estoy trabajando en dos nuevos proyectos que espero que vean la luz a lo largo del año próximo. Aunque sólo puedo adelantar que se centran en el período del Tercer Reich y la Segunda Guerra Mundial, tratan también de temas de los que apenas existe bibliografía en español. Creo que con los libros que he venido publicando, he contribuido modestamente a cubrir algunos huecos importantes en el análisis de estos apasionantes períodos históricos.
No obstante, creo que el reto al que hay que hacer frente es el cambio radical que se está dando en el mundo editorial. Todo está cambiando muy deprisa, con la crisis económica que sufre el sector, la irrupción del ebook, la piratería, las nuevas formas de ocio… Mi reto, y el de todos los autores, es captar hacia dónde vamos y tratar de adaptarme lo más rápido posible; por el momento, mi penúltimo libro lo concebí para editarlo directamente en ebook. En unos años, el negocio editorial habrá cambiado por completo, por lo que hay que intentar adelantarse a esa nueva realidad.

Juana Millán, la primera impresora española


ABC.es

  • La Biblioteca Nacional de España adquiere el primer libro impreso por una mujer, editado en el año 1537

Juana Millán, la primera impresora española

Dos preciosas imágenes del libro «Hortulus Passionis»

Poco se sabe de la vida y milagros de Juana Millán, pero lo conocido es que gran parte de su vida la pasó al pie de la letra. Porque ella fue, al menos de la que queda constancia por escrito, la primera impresora española, que firmó con su propio nombre (Luana Milliana) en 1537 el libro «Hortulus passionis», que recientemente ha sido adquirido por la Biblioteca Nacional de España.

Sí se sabe que Juana fue esposa, primero, y luego viuda, de dos importantes impresores aragoneses: Pedro de Hardouin, de origen francés, y Diego Fernández. Tras la muerte de Hardouin, en 1536, Juana Millán se hizo cargo del taller y en él concluyó este «Hortulus passionis». Posteriormente, contrajo matrimonio con Hernández, quien se hizo cargo de la imprenta hasta su fallecimiento, en 1549. Luego, el negocio pasaría a manos de Agustín Millán, hermano de Juana, y finalmente a las de su sobrino, Juan. Se sabe que Juana no sabía escribir y que solía ser Agustín quien la acompañaba en los trámites e industrias de sus negocios.

Así pues, su caso es muy parecido al de Jerónima Gales y Catalina de Barrio, que igualmente se pusieron al frente de las imprentas regentadas por sus maridos al fallecer estos. Juana Millán es uno de los primeros nombres en la historia de la imprenta zaragozana del siglo XVI: sólo la preceden Jorge Coci, Leonardo Hutz y su marido Pedro Hardouyn. Otra conocida impresora aragonesa fue María Solórzano, viuda de Bartolomé Nájera, pero nunca usó su nombre. Imprimió obras realmente importantes como «Las obras» (1562) de Ausias March, el «Libro de los secretos» (1563) de Alexo Piamontés, «Jardín de flores curiosas, en que se tratan algunas materias de la humanidad, philosophia, theologia y geographia» (1571) de Antonio de Torquemada, «Therapeutica methodo de Galeno en lo que toca a cirurgia: recopilada de varios libros suyos» (1572) o el «Libro de la oración» (1573) de Andrés Capilla.

Solo existe constancia de la existencia de otra mujer dedicada anteriormente a la imprenta, Juana Ruiz, que trabajó en Sevilla alrededor de 1527. Pero no se conserva hoy en día ninguna impresión firmada con su nombre.

Del libro, impreso en Zaragoza, hasta ahora solo se sabía que estaba registrado en el Catálogo de La Seo, pero nunca fue visto. Tal y como explica la Biblioteca Nacional, «el volumen es un impreso en octavo con letra redonda de dos tamaños en el texto y gótica de uno en las apostillas marginales; incluye dos grabados xilográficos y capitales grabadas igualmente en madera. El ejemplar está encuadernado en piel y su procedencia es de notable interés, ya que perteneció a cuatro significativos bibliófilos aragoneses: Juan María Sánchez, Juan Crusells, Luis Marquina y Enrique Aubá».

Como asegura la BNE, «con la adquisición de esta obra, la Biblioteca Nacional de España lleva a cabo una significativa contribución al conocimiento de la historia del libro hispano en el siglo XVI y, más en concreto, del papel desempeñado por las mujeres en el desarrollo de la imprenta en nuestro país».

El secreto de Hitler era el odio


El Pais

  • Laurence Rees analiza en su nuevo libro el “oscuro carisma” del líder nazi

Hitler cultivaba su carisma y cuidaba su imagen al detalle. En la foto, durante un mitin a finales de los años treinta.

Creemos saberlo prácticamente todo de Adolf Hitler, pero quedan secretos irreductibles de su personalidad y su liderazgo. Para el célebre historiador y documentalista británico Laurence Rees (Ayr, Escocia, 1957), ninguno como de qué manera consiguió arrastrar tras de sí, en la terrible espiral de la guerra y el genocidio, a millones de alemanes. A tratar de dilucidar eso y a explicar las claves de la fatal atracción del líder nazi, el autor de Auschwitz, El holocausto asiático, Una guerra de exterminio y A puerta cerrada, ha dedicado su nuevo libro, El oscuro carisma de Hitler(en Crítica, como todos los anteriores). Rees destaca en los rasgos de Hitler “su ilimitada capacidad de odio”. Y advierte: “El poder del odio está infravalorado. Es más fácil unir a la gente alrededor del odio que en torno a cualquier creencia positiva”.

Como persona, señala Rees, Hitler era bastante lamentable. Un tipo psíquicamente “muy dañado”, incapaz de amistades y afectos verdaderos, bañado en odio y prejuicios. “Solitario y con una visión de la vida como lucha y de los seres humanos como animales”. Pero tenía carisma. “Solemos creer que el carisma es un valor positivo, pero lo pueden poseer personas despreciables”, reflexiona. Rees “Lo más importante que hay que entender del carisma de Hitler es que dependía de la gente. El carisma no existe sin conexión. No se puede ser carismático en una isla desierta. Buena parte lo pone el otro”. Vaya, como el amor. “Sí, la idea es que cuando sentimos una conexión especial con alguien creemos que depende de ese alguien pero en realidad depende en parte de nosotros. El carisma de Hitler procedía tanto de la gente que lo seguía como de él. Por eso ahora no lo percibimos en fotografías o películas. No nos habla a nosotros. No somos de su tiempo. Lo que ha cambiado no es él, sino la percepción que tenemos de él”.

Rees explica cómo entre los propios alemanes fue cambiando la influencia del carisma de Hitler. “Personas que lo veían como un personaje ridículo o perturbado en 1928 pasaron a considerarlo un salvador en 1933”. Siempre hubo, sin embargo, gente inmune a su carisma. Philipp Von Boeselager, que se conjuró para matarlo, lo encontraba indigno y decía que era repugnante verlo comer: un patán. “Bueno, pero hay que recordar que para muchos alemanes los políticos educados eran los que les habían llevado al Tratado de Versalles y al desastre: tiempos no convencionales requerían líderes no convencionales”.

Había que estar predispuesto para seguir a Hitler, dice Rees, aunque él, el líder, aportaba su intransigencia, su absoluta seguridad de su papel como figura providencial, su habilidad para conectar con las esperanzas y los deseos de millones de alemanes, su descontrolada emotividad y, sobre todo, su contagioso odio. “Una de las cosas más difíciles del mundo es asumir las culpas y responsabilidades propias, todos estamos predispuestos a proyectar nuestras frustraciones sobre el otro, en forma de odio”.

¿Dependía el carisma de Hitler del éxito? “Sí, ese aspecto fue vital. Si alguien dice que va a hacer algo extraordinario y lo hace, la siguiente vez es más fácil tenerle fe. Hitler jugaba fuerte, al todo o nada, y cada triunfo fortalecía su carisma. Muchos militares, por ejemplo, que lo miraban con suspicacia, se rindieron a su genio, a su intuición, el famoso Fingerspitzengefühl, tras la larga serie de victorias que parecían inexplicables. Aunque hoy retrospectivamente no lo veamos así y Montgomery dijera que la regla número uno de la guerra era no invadir Rusia, para la mayoría parecía mucho más increíble vencer a Francia que a la URSS”.

Entonces, ¿cómo sobrevivió su carisma a las derrotas a partir de Stalingrado? “Al revés que Mussolini, Hitler desmanteló las estructuras del estado, así que era más difícil apearlo del poder, además, a los alemanes se les había inculcado el miedo al Ejército Rojo y su venganza, que se iba a producir con la derrota aunque se deshicieran de Hitler, y por supuesto, Hitler incrementó el terror de su aparato represivo en proporción directa a la pérdida de su liderazgo carismático”.

Hitler cultivaba su carisma. “Absolutamente, de muchas maneras pequeñas incluso. Usaba gafas pero nunca se dejaba ver y retratar con ellas. Cargaba una lupa. Hasta fabricaron una máquina de escribir especial con caracteres muy grandes para escribirle los textos que tenía que leer, la Führeschreibmaschine. También estudiaba mucho su imagen en el espejo y practicaba su famosa mirada penetrante”.

Rees señala las diferencias entre Hitler y Stalin en términos de carisma. “Stalin practicaba el carisma negativo, toda la imagen de Hitler le parecía una sandez. Con Stalin no había reglas para evitar ser asesinado. Nadie estaba seguro. En la Alemania nazi estaba claro quienes iban a ser perseguidos por el régimen, en la URSS estalinista no. Stalin unía con el miedo como Hitler con el odio”.

Rees es un hombre afable, acostumbrado a tratar con la gente. Ríe y bromea a menudo pero debajo de esa capa alegre y aparentemente desenfadada se percibe la profundidad de un hombre que lleva años, toda su carrera, enfrentándose a lo peor del ser humano. Para sus libros y famosos documentales de la BBC ha entrevistado a innumerables personas que vivieron la II Guerra Mundial, soldados y civiles, víctimas y verdugos. Cuando le pregunto cuál de todos esos testigos de la barbarie le ha impresionado más, pensando que me dirá que algún miembro de Einsatzgruppen o Kenichiro Oonuki, el piloto kamikaze fracasado, se ensimisma un buen rato antes de contestar: “Toivi Blatt, un judío polaco deportado en 1940 al campo de exterminio de Sobibor, donde toda su familia fue asesinada. Blatt participó en la revuelta de prisioneros de 1943 y logró escapar con un balazo en la mandíbula. Hablábamos sobre lo que son capaces de hacer los seres humanos, y le pregunté qué había aprendido de su experiencia. Me contestó: ‘Solo una cosa, nadie se conoce de verdad a sí mismo’”.

¿Qué esconde Londres bajo tierra?


La Razón

El novelista y ensayista Peter Akroyd publica un libro sobre lo que podemos encontrar, entre la realidad y la leyenda, en la región subterránea de Londres

Estampas históricas.  El suburbano londinense se ha mitificado en diversas épocas como demuestran estas imágenes

He aquí el mundo subterráneo, el material y el simbólico, de la mano del máximo especialista en la ciudad de Londres, el británico Peter Ackroyd, que hace diez años publicó una impresionante biografía de la capital inglesa que ya integraba un breve capítulo titulado «Bajo tierra». Este se abría con la reproducción de un retrato de «un rastreador de cloacas» que busca objetos para venderlos después; en el pie de la ilustración se podía leer que se trataba de «una profesión peligrosa y menospreciada», la cual sin embargo podía dar réditos económicos en la sociedad miserable del siglo XIX. No en vano, para buscarse la vida cualquier camino era bueno, aunque para ello fuera necesario viajar a las profundidades en plena oscuridad e insalubridad.

Paisajes mitológicos
Así, en dicho capítulo, el experto en Shakespeare y tantos otros autores anglosajones hablaba de un universo compuesto por cámaras, túneles, criptas y catacumbas en los edificios importantes de su ciudad. Pues bien, ahora puede leerse ampliado, en «Londres bajo tierra» (Edhasa, traducción de Gregorio Cantera), aquello que Ackroyd esbozó en su biografía londinense; una investigación donde «el miedo a las entrañas» se pone de manifiesto a lo largo de los siglos, dado que el descenso evoca lo mitológico: paisajes como el río Estigia, que comunicaba el mundo de los vivos con el de los muertos, o animales monstruosos, como el Minotauro, Cerbero y Anubis, que en la Antigüedad estaban emparentados con «el mundo inferior»; en suma, un «lugar de sueños y alucinaciones», «un lugar imaginario donde se han trastocado las circunstancias normales en que se desarrolla nuestra vida diaria».

No en balde, en el siglo XIX se pensaba que el subsuelo acogía a todo tipo de maleantes y viciosos, individuos que salían de noche para perpetrar sus crímenes. Hoy, los peatones que pisan Londres muy probablemente desconocen que «deambulamos por encima de lo que fuera la ciudad en el pasado, allí donde, bajo ocho metros de tierra amontonada y prieta, se guarda toda su historia, desde los tiempos prehistóricos hasta nuestros días», dice al inicio Ackroyd, insinuando que el subsuelo es el reverso de lo visible y de un lejano tiempo pretérito. Antaño, trabajaban allí «fregadores» o «barredores» que despejaban los desagües y destaponaban obstrucciones, o los rastreadores de alcantarillas, de los que existen numoerosas fantásticas, como aquellas que afirman que muchos murieron al respirar el aire nauseabundo de las cloacas o que fueron asesinados por ratas gigantes.

Un viajero alemán del siglo XVIII dijo que «un tercio de los habitantes de Londres viven bajo tierra», en referencia a unos sótanos o «viviendas de bodega» –ocultos porque había que cerrarlos con una trampilla– que se alquilaban a la gente muy pobre y a los que se llegaba bajando por unas escaleras. Nathaniel Hawthorne, durante su empleo como cónsul en Liverpool durante los años cincuenta decimonónicos, escribió sobre las profundidades de Londres tras ver a mujeres que salían de agujeros para pedir limosna; y Dickens, en «La ciudad del ausente» (1861), mencionó los «sótanos solitarios donde los banqueros guardan los dineros, y donde, a buen recaudo, esconden la vajilla de plata y las joyas, ¡regiones subterráneas dignas de la Lámpara Maravillosa!».

Y es que estamos también ante un lugar propicio para el ocultamiento de la riqueza o el hallazgo de seguridad. Como detalla Ackroyd, en las cámaras del Banco de Inglaterra, «en lingotes de oro, se guarda el segundo mayor tesoro del mundo»; y bajo las sedes de organismos oficiales, hay «túneles, búnqueres, despachos y centros de mando», que se prepararon en la Segunda Guerra Mundial o con vistas a defenderse de la amenaza atómica de la Unión Soviética. Asimismo, el Covent Garden y Trafalgar Square están conectados por unos pasadizos que configuran «una ciudad en miniatura bajo la superficie»; y «por debajo de Piccadilly Circus, se extiende una plaza abandonada y solitaria de enormes dimensiones, y surcada por miles de pasajes».

Así, viviendo como topos, entre la humedad y lo lóbrego, durante la Primera Guerra Mundial, sobrevivieron o malvivieron más de trescientos mil londinenses, que se refugiaron en las estaciones del metro, hasta el punto de convertir su vida terrestre en subterránea, lo que hizo temer a las autoridades que transformaran los andenes en una residencia permanente. El escultor Henry Moore, en la Segunda Guerra, tomó notas para sus dibujos después de ver esa existencia enterrada: «Dramático, pésima luz, montones de figuras inclinadas que se desvanecen», y la comparó con un «barco de esclavos» que no se dirigían a ningún sitio. Ackroyd dirige al lector por pasadizos secretos, prohibidos para el ciudadano de a pie, por los túneles del Támesis, e ilumina una vida bajo tierra plena aún de misterios, peligros y sorpresas.
Un biógrafo excelso
El inglés Peter Ackroyd (1949) se ha especializado en el género biográfico con un éxito enorme; prueba de ellos son sus volúmenes consagrados a las vidas de grandes autores de las letras británicas como T. S. Eliot, Charles Dickens (en las imágenes adjuntas), Tomas Moro y William Shakespeare. Además, ha novelado la vida de escritores de todas las épocas en «El último testamento de Oscar Wilde», «Chatterton», «Milton en América», «El diario de Platón», «Los Lamb de Londres» y «El diario de Víctor Frankenstein». Y, por si fuera poco, también es autor de «Londres: una biografía» (como el resto de libros, también en la editorial Edhasa), en el que investiga la historia de la vida cotidiana de la capital inglesa, desde el mismo siglo I, cuando el Imperio Romano conquistó Britania y fundaron Londinium, hasta el siglo XX, a lo largo de mil páginas acompañadas de todo tipo de imágenes.
El detalle
LIBROS SUBTERRÁNEOS

Hay una nutrida bibliografía sobre las entrañas de Londres, como «Underground London» (1862), de John Hollingshead. Más tarde, Walter George Bell, dice en «Unknown London» (1919): «He bajado más escaleras para explorar la ciudad enterrada de las que me he esforzado por subir en la City». Richard Trench y Ellis Hillman publicaron en 1993 «Londres bajo Londres. Una guía subterránea», en la que hablaban de la construcción de los túneles del Támesis, que llevó a la muerte a muchos trabajadores. Michael Moorcock, en «Mother London» (1988), hace que el protagonista se refugie en el metro en plena guerra y habla de ese mundo subterráneo.
«Londres bajo tierra»
Peter Ackroyd
Edhasa
214 páginas. 14 euros

El libro más buscado


El Mundo

Iberlibro anuncia la lista de las obras descatalogadas más deseadas

¿’Sex’ de Madonna? Sí, claro: aquel libro de fotografías en las que la señora Ciccone posaba desnuda en situaciones más o menos eróticas… Cualquiera que tuviera edad en esa época (1992) recuerda aquel volumen envuelto en una bolsa parecida a los envoltorios de los condones. Y por eso, no ha sido una gran sorpresa que la red ‘on line’ Bookfinder.com (dirigida al mercado en inglés) de librerías de viejo del Reino Unido anunciara la semana pasada que ‘Sex’ era el libro más demandado por sus clientes entre todos los títulos descatalogados con presencia en su catálogo.

Pero, ¿y los coleccionistas españoles? Iberlibro.com, el gran mercado de libros descatalogados para el mercado en español (parte del grupo Amazon), ha elaborado para ELMUNDO.es la lista de los deseos de sus clientes. Y el resultado esmucho más refinado.

‘La soberana del campo de oro’ y ‘El rey de los cangrejos’, de Emilio Salgari, en versiones de la Editorial Calleja hace un siglo largo, encabezan los anhelos de los usuarios de Iberlibro entre los libros descatalogados. Y su victoria parece un homenaje inesperado en el centenario de la muerte del escritor italiano. Según Iberlibro, “Estos títulos fueron publicados con bellas ilustraciones por la editorial Saturnino Calleja a finales del Siglo XIX y principios del S.XX, y suponen un tesoro para cualquier coleccionista o amante de la lectura de Salgari”. A la Editorial Calleja, por cierto, remite aquel dicho popular de ‘(tener) más cuento que Calleja’.

Al lado de Salgari aparece en el podio otro autor clásico de aventuras del XIX, Alejandro Dumas, gracias a ‘Los mohicanos de París’, su obra más extensa que no la más conocida. Y, detrás, ‘Rabia’, la primera novela de Stephen King (1977), firmada con el seudónimo de Richard Bachman y olvidada por los editores españoles desde 2004 (Nuevas Ediciones de Bolsillo.)

Más: sigue otra entrada para empollones, la ‘Antología’ de Fray Benito Jerónimo Feijoo, y después, un viejo ‘best seller’ para chicas (‘La fuerza de la pasión’, de Nora Roberts) y otro para chicos (‘El aviso de Berlín’, de Nicholas Guild).

Y, en el trammo final de la tabla, la cosa vuelve a animarse: ‘Los mitos de Ctuluh’, clásico de terror de H. P. Lovecraft aparece en el séptimo puesto. La recopilación ’10 relatos eróticos’ (con textos de Bukowsky y de Cortázar entre otros, lanzado en 1995 por Plaza&Janes) es el octavo de la lista. Los ‘Cuentos del general’, del militar mexicano Vicente Riva Palacio, el noveno. Y el décimo corresponde a, sorpresa, Javier Coma, gran erudito de la ‘cultura popular’ del medio siglo y autor de la muy demandada ‘Historia de los cómics’, una colección de 48 fascículos de 32 páginas cada uno publicada entre 1983 y 1984.