El ataque de Moby Dick, mucho más que una leyenda


ABC.es

  • La idea de que un cachalote pueda utilizar su enorme cabeza como un ariete para hundir barcos ha sido discutida desde la publicación de la novela en 1851, pero ahora los biólogos confirman que estos mamíferos marinos sí pueden embestir
cachalote-embestir-barco--620x349

El estudio confirma que los cachalotes macho fueron capaces de embestir y hundir barcos – Biodiversity Heritage Library

Desde que el escritor estadounidense Herman Melville publicara en 1851 la novela Moby Dick, la imagen de un cachalote utilizando su cabeza con forma de ariete para hundir los buques ha quedado en el imaginario colectivo. Pero hasta ahora, la ciencia no había confirmado que el mamífero marino con el mayor cerebro del reino animal –de ahí su nombre Physeter macrocephalus– tuviera realmente esta capacidad, aunque ya hubiera referencias históricas.

En 1820, en pleno apogeo de la industria ballenera en EE UU, el Essex capitaneado por el joven George Pollard sufrió la embestida de un cachalote macho en el océano Pacífico. Los daños producidos en el barco lo hundieron y dejaron a la deriva a parte de su tripulación. A pesar de que la historia inspiró a Melville, los biólogos marinos se han mostrado siempre escépticos.

La razón es que en la actualidad existen escasas observaciones de cachalotes luchando entre ellos, como sí lo hacen orcas, narvales y calderones. Sin embargo, en enero de 1997 se logró captar cerca del Golfo de California este comportamiento en estos grandes mamíferos marinos que pueden medir hasta 20 metros de longitud.

“Esta evidencia, junto con los informes de ataques a barcos balleneros en el siglo XIX, indica que a veces los cachalotes participan en combates”, declara a Sinc Olga Panagiotopoulou, autora principal del trabajo publicado en Peer J. e investigadora en la Universidad de Queensland (Australia).

La investigación partió de la información histórica recogida hace dos siglos sobre los ataques de cachalotes a balleneros. Pero fue la diferencia sustancial entre el tamaño de la cabeza de los cachalotes machos y el de las hembras lo que más atrajo a los científicos.

“El hecho de que los machos sean tres veces más grandes que las hembras y que el tamaño de su cabeza sea la principal característica de su dimorfismo sexual sugiere que las hipótesis sobre las embestidas podrían ser verdad”, admite la científica. El equipo se centró en estudiar los mecanismos que permiten a los machos de estos cetáceos encajar los golpes.

Dos huecos llenos de aceite

Los investigadores analizaron por primera vez la parte frontal de la cabeza del cachalote, “una de las estructuras más extrañas entre los animales”, señala Panagiotopoulou. La frente de los cachalotes está compuesta en su interior por dos grandes compartimentos llenos de aceite apilados el uno sobre el otro.

La principal estructura es el órgano espermaceti, una voluminosa cavidad usada para facilitar su flotabilidad durante el buceo y que contiene un aceite muy codiciado durante en los siglos XVIII, XIX y XX por los balleneros que lo vendían como lubricante y combustible para las lámparas, entre otros usos. Debajo se sitúa otra estructura denominada en inglés junk (“desperdicio”, en español), por tener un contenido menor de aceite.

Como la frente del cachalote condiciona y amplifica los sonidos producidos por la ecolocación, la hipótesis de las embestidas no se creía del todo posible. “Algunos biólogos marinos pensaban que los cachalotes no participarían en estos combates debido a que las estructuras que producen sonido y que están alojadas dentro de la frente podrían verse dañadas durante las colisiones cabeza contra cabeza”, apunta la experta.

Sin embargo, sus análisis muestran que el tamaño y la arquitectura de la frente, sobre todo el compartimento llamado junk, podría estar relacionado, al menos en parte, con los combates entre machos. “Durante las embestidas, es más probable que usen el saco inferior que contiene divisiones del tejido conectivo, una estructura que puede amortiguar y reducir la fuerza del impacto”, subraya Panagiotopoulou.

Este compartimento inferior actuaría como mecanismo para proteger el cráneo de fracturas cuando se producen choques. “Los cachalotes no usan esa parte de la cabeza que aloja las frágiles estructuras de comunicación cuando combaten, sino la parte inferior de sus frentes, que es más fuerte y puede resistir mejor a los impactos”, añade la investigadora, quien concluye que los cachalotes macho tienen lo necesario para embestir un barco.

 

 

De cómo se halló milagrosamente la tumba de San Fermín


ABC.es

  • San Salvio dio con la sepultura del santo navarro en Amiens en el año 615 guiado, según la tradición, por un rayo de luz
De cómo se halló milagrosamente la tumba de San Fermín wikipedia Bajorelieve de San Fermín en la Catedral de Amiens

wikipedia \ Bajorelieve de San Fermín en la Catedral de Amiens

San Fermín murió mártir en Amiens con apenas 31 años. Cuentan que el obispo pamplonés convirtió al cristianismo a cerca de 3.000 personas en esta ciudad francesa antes de ser apresado por orden del gobernador de la provincia que mandó decapitarlo en la cárcel un 25 de septiembre, al parecer en el año 303.

«Ordenó sus soldados que lo prendieran y lo encerraran en la cárcel, indicándoles que lo decapitaran silenciosamente por la noche y que escondieran su cuerpo para que no lo encontraran los cristianos y le tributaran honores», escribe José Antonio Goñi Beásoain de Paulorena en su artículo sobre «San Fermín, entre la historia y la leyenda».

Goñi relata que el cuerpo del mártir «fue abandonado sangrante sobre el suelo de la prisión», a la espera de que el gobernador romano ordenara descuartizarlo. El senador Faustiniano, que había sido bautizado por San Fermín, recogió sus restos y los sepultó en secreto en su tumba familiar en Abladene, en las proximidades de Amiens.

El lugar de su sepultura se perdió en la memoria hasta el 13 de enero del año 615, cuando otro santo, San Salvio, dio milagrosamente con su tumba. Los Anales del Reino de Navarra recogen cómo el obispo de Amiens «vio súbitamente abrirse el Cielo y descubrió en él un trono de gran majestad del que salió un rayo de luz de inaccesible claridad que continuaba hasta tocar en la tierra». San Salvio comenzó a cavar, con la ayuda de otros, en el lugar señalado y del lugar brotó «una fragancia celestial», como si «todos los aromas se desmenuzasen allí (…) y todas las flores respirasen», aumentando la fragancia conforme ahondaban en el descubrimiento.

Unos relieves góticos, situados en el trasaltar de la catedral de Amiens narran la historia de San Fermín, que también representó Alejandro Ferrant en un cuadro pintado en el s.XIX, colgado hoy sobre el dintel de una de las puertas del Salón del Trono del Palacio de Navarra.

Reliquias en Pamplona

Los restos de San Fermín fueron conducidos procesionalmente hasta la catedral de Amiens y dice la tradición que aquel día se produjeron numerosos milagros en la ciudad. En el supuesto lugar de la tumba del santo, en Abladene, se levantó más tarde la iglesia de Santa María de los Mártires, convertida después en la abadía de Sain Acheul, según relata Goñi. Allí se encontró una lápida con la inscripción «Firminus M.» («Fermín mártir»).

La primera reliquia del santo de la que se tiene noticia en Pamplona llegó a la capital navarra en 1186, siendo obispo de la ciudad Pedro de París, también llamado «de Artajona» por su origen. El prelado de Amiens, Teobaldo de Heilly, le entregó un fragmento de la cabeza del mártir, que se conserva hoy en un busto guarnecido de plata de 1527 en la catedral de Pamplona. Aquel mismo año de 1186 Pedro de París dio rango solemne a la fiesta del mártir, el 10 de octubre. «Lo decretamos así porque el nacimiento de dicho mártir es atribuido a padres pamploneses y se dice que fue ordenado obispo de la ciudad», escribió el prelado en el decreto, según recoge José María Jimeno Jurío en «Historia de Pamplona y de sus lenguas».

Doscientos años después, Carlos II de Evreux aportó otra reliquia de la cabeza del santo «quizá con la intención de calmar ánimos, caldeados tras las ejecuciones de Miluce», señaló José Luis Molins en un estudio sobre «Rito y protocolo en la fiesta de San Fermín». La reliquia pertenece al tesoro de la catedral y se guarda en un copón del siglo XVI con una inscripción en latín al pie.

En el siglo XVI, llegaron a Pamplona otras tres reliquias desde Amiens. Francisco de Álava, embajador de Felipe II en la Corte de París obtuvo en 1569 una para su prima Beatriz de Beaumont y de Navarra, que se colocó en el óvalo del pecho de la imagen de San Fermín que cada 7 de julio sale en procesión por las calles de Pamplona. En esta talla relicario se colocaría años después una reliquia que perteneció a Martín Azpilicueta y en 1638 la que consiguió Martín de Olagüe en 1597 por su protección de la catedral de Amiens como capitán al mando de su compañía.

La última reliquia del santo se recibió en Pamplona en 1941 «con todo júbilo y solemnidad», según Molins. Una arqueta relicario guarda en la catedral de Pamplona el fragmento de fémur que donó el obispo de Amiens, monseñor Lucien Martin.

La «armada invencible» del nieto de Genghis Khan que fue destrozada por dos tifones


ABC.es

  • Un nuevo estudio científico ha probado que existieron los vientos «kamikazes» que, según la leyenda, acabaron con la flota mongola en el SXIII
 WIKIMEDIA Más de 700 años después, un geólogo dice haber resuelto el misterio


WIKIMEDIA
Más de 700 años después, un geólogo dice haber resuelto el misterio

Cuenta la leyenda que, durante el SXIII, Kublai Khan (el nieto de Genghis Khan) lanzó en dos ocasiones una gigantesca flota contra los japoneses con el objetivo de tomar la isla a sangre, espada y flecha. No obstante, el destino quiso que dos tifones igual de imponentes provocaran que le fuera imposible tomar la región al enviar a decenas de sus buques hasta lo más profundo del océano.

Hasta ahora, esta historia no era más que un cuento curioso cuya veracidad era debatida por los historiadores. Sin embargo, un equipo de la Universidad de Massachusetts acaba de hallar indicios de que el viento que presuntamente salvó a los nipones de caer bajo el yugo mongol existió.

Para entender esta historia es necesario viajar en el tiempo hasta mediados del SXIII, época en la que Kublai Khan ya había conquistado gran parte de China y, ansioso de expandir su imperio mongol, puso sus ojos en Kyushu (una gran isla ubicada al sur de Japón). Ansioso por pisar la región, armó una inmensa flota jamás vista antes que reunía 140.000 soldados y marineros.

Con otros tantos barcos (se desconoce el número) se decidió a tacar su objetivo en el año 1274 a través del Estrecho de Corea. Sin embargo, cuando los navíos estaban en marcha, un tifón (enviado, según sus enemigos, por el Emperador japonés) acabó con su flota. Lo mismo sucedió en 1281, cuando el nieto de Genghis Khan trató de poner en práctica de nuevo su plan.

Fuera como fuese (por un viento enviado por los dioses o por una mera casualidad) lo cierto es que esta «Armada invencible» mongola acabó en el fondo de las aguas para desesperación de Kublai Khan. Por su parte, los japoneses nombraron a estos vientos como «Kamikaze» («viento de Dios», en una traducción aproximada).

La leyenda –criticada por muchos historiadores, quienes afirman que estos vientos son sumamente extraños en esa parte del mundo- logró adquirir tanta importancia que, durante la Segunda Guerra Mundial, fue recuperada por Hiroito para motivar a los pilotos nipones. Los resultados fueron, como no cabe duda, esperables.

Los vientos «kamikaze» existieron

Ahora, más de 700 años después, un grupo de investigadores de la Universidad de Massachusetts (liderados por el geólogo Kinuyo Kanamaru) afirma haber hallado evidencias bajo las aguas del lago Daija, en la isla de Kyushu, de que los tifones se sucedieron.

Concretamente, estos expertos dicen haber encontrado signos físicos de sedimentos alterados, así como cambios en la concentración de estroncio (el cual está más enriquecido en el agua de mar que en el agua dulce del lago). Todo ello indicaría que estos fenómenos meteorológicos son mucho más habituales de lo que se cree en la zona. Los investigadores eligieron el sitio ya que se encuentra a lo largo de la misma trayectoria de la tormenta -a menos de 120 kilómetros de donde los arqueólogos piensan que los mongoles desembarcaron-.

«En Japón, la gente cree en los espíritus que los protegen. Esos espíritus tienden a vivir en un pequeño lago o un estanque o un árbol gigantesco», ha explicado Kanamaru. Debido a que el Lago Daija tenía una leyenda asociada a ella -los lugareños creían que una serpiente lo habitaba- esperaban que tendría un registro sedimentario que podría remontarse hasta el año 1200.

Tras llevar a cabo los análisis, estos han revelado niveles de estroncio elevados y cambios en las propiedades de sedimentos entre los años 250 y 1600. Este hecho sugiere que las mareas de tormenta, y por lo tanto los tifones, ocurrieron con más frecuencia en esta parte de Japón de lo que lo hacen hoy.

Dentro de este período de actividad mayor, los investigadores identificaron dos depósitos de tormenta pronunciados que databan de finales de los años 1200. Aunque no podían limitar la edad de los depósitos registrados al año específico, los autores sugieren que las capas podrían ser una evidencia directa de los tifones «kamikaze» de 1274 y 1281.

La misteriosa leyenda del dragón que formó parte del escudo de Madrid durante tres siglos


ABC.es

  • El animal fantástico acompañó a la diosa Cibeles. De su boca salía agua para que los madrileños pudiesen llenar sus cántaros
La misteriosa leyenda del dragón que formó parte del escudo de Madrid durante tres siglos

wikimedia | Detalle del escudo en el que aparece el dragón en la casa de la Villa de Madrid

Cuenta el humanista madrileño Juan López de Hoyos en un relato que publicó en 1569 que, al derribar la muralla de Puerta Cerrada, se encontró una piedra con un dragón grabado. Esta imagen dio pie a varias leyendas grecorromanas sobre el origen de Madrid que pusieron de moda a este animal fantástico entre la heráldica de la época y durante casi 300 años se asoció con la ciudad.

La misteriosa leyenda del dragón que formó parte del escudo de Madrid durante tres siglos

abc | El escudo antiguo

En el simbolismo medieval la idea de lucha contra dragones sirvió para fortalecer la motivación de los reinos cristianos. Los defensores del origen romano de la ciudad aseguraban que se había influido este símbolo porque emulaba al dios Júpiter. Por eso aparece representado en numerosos reinos occidentales. En el caso de Madrid, hay autores que matizan que el del escudo no era un dragón sino un grifo (medio cuerpo de águila, y la mitad de inferior de león).

De hecho, en 1859, la descripción del escudo rezaba: «Dos cuarteles y manteledura. En el de la derecha sobre campo de azur un grifo de oro. En el de la izquierda sobre campo de plata un madroño de sinople con los frutos de gules y un oso empinado a el, lenguado de gules, terrasado de sinople».

La misteriosa leyenda del dragón que formó parte del escudo de Madrid durante tres siglos

museo de los orígenes El dragón de la Cibeles

En cualquier caso, durante tres siglos este ser alado acompañó al oso y madroño con una corona de laurel desde que las Cortes así lo decidieron en 1842. Este escudo podemos verlo en muchos de las placas antiguas con los nombres de las calles de la ciudad. El animal fantástico llego incluso a acompañar a la diosa Cibeles. De su boca salía agua para que los madrileños pudiesen llenar sus cántaros.

El grifo, esculpido por Alfonso Bergaz hijo, decoró la fuente hasta finales del siglo XIX. Hoy se conserva en el Museo de los Orígenes (o de San Isidro). El otro vestigio del dragón heráldico de la capital se puede contemplar todavía en uno de los techos de la Casa de la Villa.

Excálibur: mil años, mil leyendas


ABC.es

  • La referencia más antigua que tenemos de la espada «mágica» del Rey Arturo procede de Geoffrey de Monmouth en 1130
Excálibur: mil años, mil leyendas

ABC | El rey Arturo y Merlín recogiendo la espada Excálibur, en una ilustración de 1880

Excalibur es a todas luces la espada más famosa de la que se haya hablado jamás. A ello han contribuido no solo las múltiples versiones del mito que se han difundido a lo largo de los siglos en las narraciones populares, sino también los cientos de novelas y decenas de películas que se han realizado en los últimos años. Todas poniendo la guinda a una historia cuya primera referencia tiene cerca de un milenio.

La fuente más antigua que habla de esta espada empuñada por el Rey Arturo, y a la que se le han atribuido poderes mágicos, procede del libro «Historia de los reyes de Britania», escrito por Geoffrey de Monmouth hacia 1130. De hecho, son muchos los autores que, como Michelle R. Warren o Christopher Hibbert, no dudan en atribuirle a este clérigo y escritor británico la paternidad de la leyenda.

La obra de este autor del siglo XII será la que asiente la filosofía vital del universo de Arturo para que años más tarde, la Reina Leonor de Aquitania, madre de Ricardo Corazón de León, encargue a sus trovadores que recuperen esta mítica tradición. A partir de ese momento, nunca dejaron de aparecer nuevas versiones de otros autores medievales como Chrétien de Troyes o Rober de Boron. Serán estos quienes darán el impulso definitivo al Rey Arturo y los personajes que le rodean: el mago Merlín, Morgana, Ginebra o los caballeros de la mesa redonda. Todo un universo girando en torno a la famosa espada.

No ha importado que, durante años, los investigadores hayan sostenido que la historia del Rey Arturo era solo un mito, para que alrededor de él sigan construyéndose nuevas teorías. El mismo Hibbert escribía, en su «Breve historia del Rey Arturo», que la leyenda del conocido como primer monarca británico se basa en un héroe real que lideró la desesperada resistencia celta contra la invasión anglosajona de Bretaña, allá por el siglo VI. De esa época es, precisamente, la referencia literaria más antigua sobre el monarca, que se encuentra en el poema épico galés titulado «The Gododdin», en el cual la espada aún no aparece.

La forja de la leyenda

En el siglo XII, Monmouth sólo dijo que Excalibur fue «forjada en Ávalon» y clavada en una piedra que estaba al lado de una capilla de Londres. Un siglo después, en «La Vulgata», una serie de cinco volúmenes escrita en Francia, contaba que el Rey Arturo había roto su anterior espada durante un combate contra Sir Pellinore, y que esa fue la razón de que Merlín le llevara, después, a un lago cercano del que emergió una joven bruja. Ella habría sido quien le entregara la espada mágica al monarca.

Esta versión difiere de la que popularmente ha sido más difundida, y que asegura que el Rey obtuvo el arma tras sacarla de una roca donde, mediante una ceremonia mágica, la había clavado el propio Merlín, a quien se atribuye su forja. Así lo cuenta, por ejemplo, el citado autor medieval Rober de Moron en «Merlin», en una versión muy parecida a la del periodista y escritor Juan Antonio Cebrián, en el libro «El Rey Arturo, la realidad de un mito». Allí la describe como «la espada prodigiosa protegida por la dama del Lago, quien en el deseo de dar a Inglaterra el monarca más capaz, la incrustará en una roca a la espera de ser extraída por el joven Arturo, el único elegido para regentar el destino escrito por los dioses celtas».

No faltan tampoco las teorías, que encontramos ya en el siglo XV, que aseguraban que la espada de la roca no era Excalibur, tal y como defiende el inglés Sir Thomas Malory. Otras versiones más recientes, y que quieren parecer más rigurosas, defienden que el origen de la espada se remonta a la Roma Antigua. Este es el caso del arqueólogo Valerio Massimo Manfredi en «La última legión», que sitúa el origen su en la época del último emperador romano de Occidente, Rómulo Augusto. Cuenta que, cuando éste tenía 13 años, fue encerrado junto a su mentor Ambrosino en la cárcel de Capri. Allí se encontró la espada con la que Julio Cesar había conquistado la isla de Gran Bretaña, que utilizó para, poco tiempo después, asesinar a su captor, Wulfila. Harto de tanta sangre, Rómulo arrojó entonces arma al lago, que quedó incrustada en una piedra.

Tome usted la versión que más le guste de uno de los mitos más longevos que haya dado la historia de la humanidad. Y si no le convence ninguna, no se preocupe, vendrán otras.

¿Qué esconde Londres bajo tierra?


La Razón

El novelista y ensayista Peter Akroyd publica un libro sobre lo que podemos encontrar, entre la realidad y la leyenda, en la región subterránea de Londres

Estampas históricas.  El suburbano londinense se ha mitificado en diversas épocas como demuestran estas imágenes

He aquí el mundo subterráneo, el material y el simbólico, de la mano del máximo especialista en la ciudad de Londres, el británico Peter Ackroyd, que hace diez años publicó una impresionante biografía de la capital inglesa que ya integraba un breve capítulo titulado «Bajo tierra». Este se abría con la reproducción de un retrato de «un rastreador de cloacas» que busca objetos para venderlos después; en el pie de la ilustración se podía leer que se trataba de «una profesión peligrosa y menospreciada», la cual sin embargo podía dar réditos económicos en la sociedad miserable del siglo XIX. No en vano, para buscarse la vida cualquier camino era bueno, aunque para ello fuera necesario viajar a las profundidades en plena oscuridad e insalubridad.

Paisajes mitológicos
Así, en dicho capítulo, el experto en Shakespeare y tantos otros autores anglosajones hablaba de un universo compuesto por cámaras, túneles, criptas y catacumbas en los edificios importantes de su ciudad. Pues bien, ahora puede leerse ampliado, en «Londres bajo tierra» (Edhasa, traducción de Gregorio Cantera), aquello que Ackroyd esbozó en su biografía londinense; una investigación donde «el miedo a las entrañas» se pone de manifiesto a lo largo de los siglos, dado que el descenso evoca lo mitológico: paisajes como el río Estigia, que comunicaba el mundo de los vivos con el de los muertos, o animales monstruosos, como el Minotauro, Cerbero y Anubis, que en la Antigüedad estaban emparentados con «el mundo inferior»; en suma, un «lugar de sueños y alucinaciones», «un lugar imaginario donde se han trastocado las circunstancias normales en que se desarrolla nuestra vida diaria».

No en balde, en el siglo XIX se pensaba que el subsuelo acogía a todo tipo de maleantes y viciosos, individuos que salían de noche para perpetrar sus crímenes. Hoy, los peatones que pisan Londres muy probablemente desconocen que «deambulamos por encima de lo que fuera la ciudad en el pasado, allí donde, bajo ocho metros de tierra amontonada y prieta, se guarda toda su historia, desde los tiempos prehistóricos hasta nuestros días», dice al inicio Ackroyd, insinuando que el subsuelo es el reverso de lo visible y de un lejano tiempo pretérito. Antaño, trabajaban allí «fregadores» o «barredores» que despejaban los desagües y destaponaban obstrucciones, o los rastreadores de alcantarillas, de los que existen numoerosas fantásticas, como aquellas que afirman que muchos murieron al respirar el aire nauseabundo de las cloacas o que fueron asesinados por ratas gigantes.

Un viajero alemán del siglo XVIII dijo que «un tercio de los habitantes de Londres viven bajo tierra», en referencia a unos sótanos o «viviendas de bodega» –ocultos porque había que cerrarlos con una trampilla– que se alquilaban a la gente muy pobre y a los que se llegaba bajando por unas escaleras. Nathaniel Hawthorne, durante su empleo como cónsul en Liverpool durante los años cincuenta decimonónicos, escribió sobre las profundidades de Londres tras ver a mujeres que salían de agujeros para pedir limosna; y Dickens, en «La ciudad del ausente» (1861), mencionó los «sótanos solitarios donde los banqueros guardan los dineros, y donde, a buen recaudo, esconden la vajilla de plata y las joyas, ¡regiones subterráneas dignas de la Lámpara Maravillosa!».

Y es que estamos también ante un lugar propicio para el ocultamiento de la riqueza o el hallazgo de seguridad. Como detalla Ackroyd, en las cámaras del Banco de Inglaterra, «en lingotes de oro, se guarda el segundo mayor tesoro del mundo»; y bajo las sedes de organismos oficiales, hay «túneles, búnqueres, despachos y centros de mando», que se prepararon en la Segunda Guerra Mundial o con vistas a defenderse de la amenaza atómica de la Unión Soviética. Asimismo, el Covent Garden y Trafalgar Square están conectados por unos pasadizos que configuran «una ciudad en miniatura bajo la superficie»; y «por debajo de Piccadilly Circus, se extiende una plaza abandonada y solitaria de enormes dimensiones, y surcada por miles de pasajes».

Así, viviendo como topos, entre la humedad y lo lóbrego, durante la Primera Guerra Mundial, sobrevivieron o malvivieron más de trescientos mil londinenses, que se refugiaron en las estaciones del metro, hasta el punto de convertir su vida terrestre en subterránea, lo que hizo temer a las autoridades que transformaran los andenes en una residencia permanente. El escultor Henry Moore, en la Segunda Guerra, tomó notas para sus dibujos después de ver esa existencia enterrada: «Dramático, pésima luz, montones de figuras inclinadas que se desvanecen», y la comparó con un «barco de esclavos» que no se dirigían a ningún sitio. Ackroyd dirige al lector por pasadizos secretos, prohibidos para el ciudadano de a pie, por los túneles del Támesis, e ilumina una vida bajo tierra plena aún de misterios, peligros y sorpresas.
Un biógrafo excelso
El inglés Peter Ackroyd (1949) se ha especializado en el género biográfico con un éxito enorme; prueba de ellos son sus volúmenes consagrados a las vidas de grandes autores de las letras británicas como T. S. Eliot, Charles Dickens (en las imágenes adjuntas), Tomas Moro y William Shakespeare. Además, ha novelado la vida de escritores de todas las épocas en «El último testamento de Oscar Wilde», «Chatterton», «Milton en América», «El diario de Platón», «Los Lamb de Londres» y «El diario de Víctor Frankenstein». Y, por si fuera poco, también es autor de «Londres: una biografía» (como el resto de libros, también en la editorial Edhasa), en el que investiga la historia de la vida cotidiana de la capital inglesa, desde el mismo siglo I, cuando el Imperio Romano conquistó Britania y fundaron Londinium, hasta el siglo XX, a lo largo de mil páginas acompañadas de todo tipo de imágenes.
El detalle
LIBROS SUBTERRÁNEOS

Hay una nutrida bibliografía sobre las entrañas de Londres, como «Underground London» (1862), de John Hollingshead. Más tarde, Walter George Bell, dice en «Unknown London» (1919): «He bajado más escaleras para explorar la ciudad enterrada de las que me he esforzado por subir en la City». Richard Trench y Ellis Hillman publicaron en 1993 «Londres bajo Londres. Una guía subterránea», en la que hablaban de la construcción de los túneles del Támesis, que llevó a la muerte a muchos trabajadores. Michael Moorcock, en «Mother London» (1988), hace que el protagonista se refugie en el metro en plena guerra y habla de ese mundo subterráneo.
«Londres bajo tierra»
Peter Ackroyd
Edhasa
214 páginas. 14 euros

Los últimos pasajeros del Titanic


El Mundo 

  • Diez historias, ocho supervivientes: Cabré, Dueñas, Eyre, Giralt Torrente, Luisgé Martín, Orejudo, Ovejero, Pérez Andújar, Posadas y Reig estaban a bordo
El 10 de abril de 1912 partía de Southampton el RMS Titanic, el transatlántico más grande, seguro y lujoso del mundo. Cuatro días después, la noche del 14, chocó con un iceberg y su tragedia y sus 1517 víctimas se hicieron leyenda. El Cultural embarca, para celebrar el centenario, a diez escritores de primera que se convierten en polizones, maquinistas y amantes, y recrean aventuras y destinos. También analizamos cómo el Titanic se hizo música y cine.
 aa3979f21c59fdcb4ecd286ca92c64d2

El tipo que se disfrazó de mujer

Marcos Giralt Torrente

Soy, me recuerdo, pasajero de segunda clase. Embarqué en Francia, en el puerto de Cherburgo, por amor, siguiendo a una cubana que había conocido en Barcelona y que viajaba en compañía de su hermana.Habíamos pasado meses enredados en amores que terminaron cuando ellas decidieron volver a la isla, haciendo escala en Nueva York. Nunca supe bien la razón de su repentino regreso, adujeron que su padre las reclamaba pero muchos fueron los indicios que me hicieron desconfiar. Recelé, incluso, de que el padre existiera, pues no era habitual que dos señoritas estuviesen tanto tiempo fuera de casa sin la compañía de un familiar. Sea como sea, no lo dudé y me embarqué tras ellas sin mucha idea del porvenir que me aguardaba. Nada importante me ataba a Barcelona salvo un hermano al que no veía y una renta, suficiente para ser un diletante el resto de mi vida. Ni una sola vez, los días anteriores al naufragio, me arrepentí de haberlo hecho. No creo que en todo el barco hubiese un pasajero más feliz. Cuando la marinería organizaba el desembarco, conseguí meterme en el bote 12, al lado de mis amigas, cobijado bajo un tocado que apenas disfrazaba quién soy. Nada heroico. Años, décadas después, aún me recordaban como el tipo que se salvó vestido de mujer.


Polizón en un bote salvavidas

Rafael Reig

Salvé la vida porque era polizón: había intentado conseguir un billete para el Titanic en una partida de cartas, pero estaban marcadas (siempre lo están) y volví a perder mi nada. No me importó, rondé el barco y encontré mi momento, porque nada iba a impedir que cumpliera mi sueño. El cine, Jolibud o así, era mi destino final, y ninguna mala mano iba a impedirlo. No tenía nada más ni nada menos, sólo una baraja y mis sueños. Colarme no fue difícil, pero sí evitar ser descubierto, así que me escondí, desde el primer día, en un bote salvavidas. Mi refugio, podéis creerme, no era muy cómodo: se movía sin cesar y pasaba mucho frío por las noches, apenas cobijado con una manta y un viejo abrigo.Mientras escuchaba a la orquesta por la noche, imaginaba las vidas felices de los pasajeros de primera que paseaban en cubierta y las de los desdichados que los servían (y al revés, la de los desdichados de primera ylos felices esclavos), pero, en realidad, prefería soñar con la vida que me esperaba más allá de mi pasado, cuando me convirtiera en el mejor malvado de cine mudo que podáis imaginar. Sólo salía de mi escondrijo para buscar comida, algo de agua y un poco de ron, y os confieso que, de la misma manera que huí de algunos oficiales encontré amigos de toda clase, y que mis mejores horas las pasé bajo la lona, ocupado en mis cartas y mis sueños. No sé qué pasó, no vi nada, pero ahí, en mi chalupa, sentí el trallazo y el hielo, los gritos, el miedo, hasta que bajaron mi bote con mujeres y niños. Y yo. El polizón. Nunca tuve, creedme, compañía mejor.


El mentiroso

María Dueñas

Ahí sigue, sonriendo junto al chófer. Diciéndome adiós con la mano la muy idiota, con ese extravagante sombrero lleno de plumas que estrena para la despedida, sin darse cuenta. Meses enteros lleva tragando mis mentiras: los negocios que supuestamente me reclaman en América, la necesidad de que me acompañe la institutriz de los niños para servirme de secretaria. Ni siquiera me ha preguntado por qué me llevo tres baúles con la mayor parte de mi guardarropa, incluso ha insistido en que no me deje los palos de golf. Pobre infeliz, no se ha enterado de nada. En cuanto reciba mi cable, se le abrirán los ojos. Ni un penique va a quedarle, ya he dado orden a Murray de que cancele mis cuentas en Londres el mismo día en que yo desembarque en Nueva York. Ahí sigue la muy boba, sin parar de sonreír con los labios pintados de rojo intenso, junto al chófer italiano que me hizo contratar cuando al pobre Jensen empezaron a fallarle los reflejos. ¿Por qué sonreirá el muy imbécil también?


Sólo un maquinista

José Ovejero

“Jim” me dice, “Jim, ¿qué pasa?” El ruido ha sido bestial, como si una ciudad entera se derrumbase. Al principio creí que había reventado una turbina, o la caldera. Creo que me he roto la muñeca al caer. Daniel está pringado de carbón de arriba a abajo. Sus ojos parecen ocuparle media cara. “Nada”, digo, “ya no pasa nada”. No soy más que un maquinista, pero sé contar. Solo hay botes para la mitad. Y yo no soy parte de esa mitad. Nunca me han gustado las cosas grandes: los rascacielos, el puente de Brooklyn, los trasatlánticos. Qué más da. Daniel se me acerca con pasos inseguros. El suelo está tan inclinado que tiene que apoyarse con una mano en la pared para avanzar. Al menos, las luces de emergencia funcionan. Estar completamente a oscuras sí me daría miedo. Daniel se detiene frente a mí. Me besa en la boca. “Siempre he querido hacerlo”, dice. Pegarle un puñetazo sería idiota, dadas las circunstancias. Se oye el acero retorciéndose, chirridos de metales que se frotan, un estruendo de catarata. Pero ni un grito. “¿Te has enfadado?”, dice, y se abraza a sí mismo para quitarse el temblor. “No, idiota, por qué me iba a enfadar”, le digo. Sonríe. Luego mira hacia la escalerilla rota. No hay nada más cabrón que la esperanza.


Un tipógrafo anarquista de tercera

Javier Pérez Andújar

Me recuerdo aferrado a mi pasaje: soy un tipógrafo anarquista del barrio chino, de los que imprimen las aventuras de Dick Turpin y los libros de Jack London, que leo y releo fascinado en los ateneos libertarios de la ciudad, sobre todo, Telón de hierro. Me identifico de tal modo con él que necesito conocerle pero ya no vive en Europa sino en Estados Unidos, y siento que nada de lo que hago y escribo tendrá sentido si no logro conocerle. Por eso pido a amigos y enemigos dinero y recomendaciones, vendo lo que tengo hasta lograr un billete de tercera en el Titanic. Me embarco, como casi todos los españoles, en Cherburgo, no en Southampton, y disfruto la travesía releyendo mi ejemplar de London hasta saberlo de memoria. Sólo eso me salvó: el golpe me encontró despierto. Prefiero no molestarles con mis lastimeros recuerdos sobre las horas a la intemperie, o las desventuras que me acompañaron como sombras mientras atravesaba los USA en busca de London, que vivía, ay, en California. Me robaron y robé, fui un vagabundo más londoniano que el propio escritor y cuando al fin dí con él estaba alcoholizado sin remedio y descreído de sí mismo. Sólo entonces comprendí que yo era mi mejor aventura y que la lucha no terminaba jamás.


El corgi de lady Astor

Carmen Posadas

No soporto a Georgie. No se baja de los brazos de lady Astor, la quiere sólo para él, lo odio. Pero el sol brilla y la gente de aquí sí sabe apreciarnos, sabe que somos corgis, selectos corgis, como los de la Reina. Zarpamos. “¡Freddy, vuelve aquí!”, me llama la mucama mientras inspeciono esta inmensa casa flotante. Georgie y Freddy, sí. En este lugar así nos llaman a los perros y los niños se llaman Kinki, Pongo o Porky. Odioso Georgie. Pasan los días y no cede su egoísmo, no me deja gozar de las suaves caricias de nuestra dueña. Espléndida dueña pero, ¿por qué le sigue el juego, por qué no existo para ella? Este lugar es extraño, aquí, en nuestra cubierta, somos los reyes, los niños nos persiguen y se embelesan, sus padres, al vernos, babean aún más que nosotros. Pero el otro día me colé en tercera clase y, ¡oye! como si no existiese. Un tipo incluso me apartó a puntapiés. ¡A mi, a un corgi de pura raza! Es de noche, hace frío y el suelo ha temblado como en Londres cuando levanto la patita en la rejilla del metro. Y después comienza a inclinarse. Todo el mundo corre de un lado a otro. Mi ama no suelta a Freddy, no lo suelta y yo ya no tengo celos, sólo sé que debe soltarlo, debe quitarse de encima al odioso Freddy que le entorpece, por que si no… Ahora, la mucama y yo estamos junto a mucha más gente, muy apretados, en otra casa mucho más chiquita que también flota sobre las negras aguas. La casa grande se ha hundido. No veo a mi ama. Estoy triste. Me he salvado.


ivertido, golfo y alocado

Luisge Martín

Soy un aristócrata esnob y algo pijo, y mis amigos y yo hemos organizado un viaje a Nueva York que pasará a la historia. Somos divertidos, alocados, golfos, y estamos en la frontera de muchas desdichas; nos sobran libras y nos faltan certezas: mientras el mundo se tambalea, buscamos, sedientos, aventuras, nuevos amores. Quizá, quién sabe, el amor verdadero. Lo mejor y lo peor es que hemos elegido el único barco insumergible de la historia, el Titanic. Sí, lo mejor y lo peor:nadamos, buceamos en champán antes de hundirnos, tras un golpe seco y un silencio tenebroso, en aguas heladas. Y salvo la vida, sin mirar atrás, sin preocuparme de mi mejor amigo ni de mi último e imposible amor, porque he comprado un pasaje en un bote salvavidas, y siento, con una angustia tiznada de pena y desengaño, ese frío que jamás me abandonará. Llegaré a Nueva York, pero ya nada será lo mismo. Yo no podré volver a ser divertido, golfo y alocado…


Dentro de un minuto…

Pilar Eyre

Dentro de un minuto habré muerto. En esta bala del calibre 22, incapaz de matar un ciervo pero sí un ser humano, está el final de todo. Yo, Robert Grenville, XXVII duque de mi apellido, voy a morir, y conmigo mi anémico linaje, del que soy el único representante. Es fácil acercarme el cañón a la boca, esta pistolita que parece de juguete ¡qué final más wagneriano he escogido para suicidarme! El barco más grande, el camarote más caro, el chaquet hecho por el mejor sastre, ahí se han ido mis últimas libras, la única mano de póker que he ganado en toda mi vida ¡escalera de color! Me tenderé sobre la cama ¡soy un gentleman! No quiero que la doncella se desmaye al verme. Los músicos tocan un canto de adiós, carreras por los pasillos, hasta el Titanic parece danzar para despedirme, sí, ¡buena idea! ¡Sigue bailando, mundo! Las luces se encienden y se apagan, las sirenas ululan para celebrar mi marcha. Golpean la puerta, rápido, rápido ¡antepasados que defendisteis Inglaterra en la guerra de los cien años, que no tiemble mi pulso! El cañón sabe a óxido, ¿sufriré? Será solo un momento, qué frio hace.


Retrato del terror

Jaume Cabré

Me imagino, como posibilidad de relato, ser el capitándel SMR Titanic, John Edward Smith, el más seguro y experimentado marino de la compañía White Star Line, en el momento de convertiese en el responsable de la catástrofe. Ahora que los últimos desastres de cruceros como el Costa Concordia han puesto de relieve lo que puede hacer un capitán borracho de frivolidad, me gustaría sentir las mismas tentaciones de Smith, cuando sabes que tienes que salvar las vidas no solo de mujeres y niños, sino de todo el pasaje y de toda la tripulación, pero al mismo tiempo comprendes que es imposible, que no hay botes para casi nadie, que está cundiendo el terror y que apenas hay nada que puedas hacer. Sí, me gustaría ser el capitán Smith, tantas veces condecorado, para sentir su miedo, su terror, su rabia, su impotencia la noche del 14 de abril, asomado al abismo de ser un héroe por obligación. ¿Sería capaz de asumir su tarea yo? ¿Qué haría? ¿En qué o quién pensaría? ¿Buscaría un lugar seguro, intentaría salvarlos a todos, me hundiría en el barco? ¿Cómo viviría ese conflicto insoportable?


Marinero en tierra

Antonio Orejudo

Sufro la mayor de las desdichas: soy marino de un mercante pero no puedo embarcarme porque me derrota siempre un miedo invencible al mar. Sin embargo, nunca quise ser marinero en tierra, y acudí a los grandes especialistas, como un médico vienés muy conocido entonces, un tal doctor Freud, que no pudo ayudarme. Como alternativa, me recomendaron a un médico conductista americano, John Watson, con el que logré entablar una correspondencia amistosa en la que él me recomendaba, como solución a mis terrores al agua, que me embarcar. Y al final le di la razón: como también quería conocer a mi benefactor, compré un pasaje en un nuevo barco que partía de Southampton en abril. Se llamaba Titanic, la travesía era larga y cada mañana me asomaba al menos una vez a las cubiertas para ver vencido al fin a mi gran enemigo azul. Lo más divertido es que parecía funcionar. Hasta la noche del 14 de abril. Por eso, mientras la orquesta seguía tocando y me hundía en las aguas sólo yo entendía mis risas ahogadas.