El último zar será exhumado para investigar la autenticidad de los restos


El Mundo

  • La Casa Imperial, que siempre ha puesto en duda la autenticidad de los restos y exige nuevas pruebas, aplaudió la decisión
Retrato de la familia del zar Nicolás II.

Retrato de la familia del zar Nicolás II.

Rusia exhumará los restos del último zar, Nicolás II, asesinado por los bolcheviques junto a toda su familia en 1918 y que fue enterrado con todos los honores en 1998 en San Petersburgo.

El Comité de Instrucción de Rusia (CIR), que cerró el caso en enero de 2011, decidió reabrir hoy la investigación para realizar nuevas pesquisas sobre la autenticidad de los restos, como exigen los descendientes y la Iglesia Ortodoxa Rusa (IOR).

“Para ello es necesario efectuar la exhumación de los restos del emperador Nicolás II y de la emperatriz, Alexandra Fiódorovna en la catedral de Pedro y Pablo en San Petersburgo”, informó el portavoz del Comité de Instrucción, Vladímir Markin, a medios locales.

Explicó que el CIR tomó esta decisión tras la creación de un grupo de trabajo interministerial para el entierro de los restos del heredero de Nicolás II, el zarévich Alexéi, y su hermana, la Gran Duquesa María, cuyos restos fueron encontrados en 2007.

Ese grupo de trabajo propuso investigar los restos de la hermana de la emperatriz (Elizaveta Fiódorovna), enterrada en Jerusalén y extraer muestras de sangre del abuelo del último zar, el emperador Alejandro II, lo que exige la exhumación de Nicolás II y su esposa.

Otras fuentes informaron a la agencia Interfax de que expertos genéticos ya tomaron hoy, en presencia del representantes del CIR y de la IOR, muestras del esqueleto de Nicolás II y de la ropa de su abuelo, asesinado en 1881 en un atentado con bomba.

La Casa Imperial rusa, que siempre ha puesto en duda la autenticidad de los restos encontrados y exige nuevas pruebas genéticas, aplaudió la decisión de las autoridades rusas.

“Si es necesario alguna exhumación, debe realizarse. Esto es un asunto demasiado importante”, dijo el representante de la Casa Imperial Rusa, Alexandr Zakatov, a esa agencia.

La jefa de la Casa Imperial Rusa, María Románova, residente en Madrid, calificó de “acertada” y “muy importante” la reapertura del caso, ya que “hay que responder a preguntas que preocupan a mucha gente”.

“El proceso de investigación debe ser transparente. Estamos a favor de que durante todas las fases estén presentes representantes de la Iglesia. Entonces habrá oportunidad de esclarecer la verdad: estos son restos de los zares mártires o pertenecen a otras personas”, agregó Zakátov.

Los restos atribuidos al zar, su esposa y tres de los hijos fueron exhumados en 1991 y sepultados en la Fortaleza de San Pedro y San Pablo en 1998, en presencia del entonces presidente ruso, Borís Yeltsin, y representantes de casas reales.

Tras el cierre del caso, expertos rusos encontraron en 2007 en un bosque cerca de Yekaterimburgo (Urales) otros restos óseos que pruebas genéticas realizadas en EEUU confirmaron que pertenecían a Alexéi y a María, lo que obligó a reabrir la investigación.

En octubre de 2008 el Tribunal Supremo de Rusia rehabilitó a la familia imperial al dictaminar que el zar, su esposa Alejandra y sus cinco hijos -las grandes duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia y el heredero de la corona, el zarevich Alexéi- fueron víctimas de la represión política bolchevique.

El CIR dio por concluido el caso en 2011 al considerar que el Supremo había cerrado esa página de la historia del país al dictaminar que la familia imperial fue asesinada “por motivos de clase, sociales y religiosos”, ya que sus asesinos consideraban que “representaban un peligro para el estado soviético y el orden político” vigente en 1918.

Nicolás II, su esposa y sus cinco hijos fueron ejecutados el 17 de julio de 1918, en medio de la guerra civil que estalló en Rusia tras la Revolución de Octubre de 1917, en un sótano de la casa Ipátiev de Yekaterimburgo.

La fascinante vida después de la muerte de las momias de Perú


ABC.es

  • Desde el interior de los palacios de piedra y en las cimas de las montañas sagradas, los muertos Inca continúan ejerciendo poder sobre los vivos

 

Charles Rennie/Robert Harding World Imagery/Corbis Restos Incas momificados en la cumbre de la montaña de Nazca.

Charles Rennie/Robert Harding World Imagery/Corbis | Restos Incas momificados en la cumbre de la montaña de Nazca

En 1533 los primeros españoles que llegaron a Cuzco, capital del extenso Imperio Inca, descubrieron templos cubiertos con planchas de oro, altares y fuentes, además de una arquitectura comparable a la de Europa. Pero la mayor sorpresa llegó cuando dos soldados entraron en un palacio construido por un emperador muerto y encontraron que él y su difunta esposa parecían estar aún con vida. En el santuario interior del palacio se encontraron con una anciana que llevaba una máscara de oro y que parecía estar quitando las moscas a la familia imperial. Pero en realidad, la pareja ya no respiraba, y aunque permanecían sentados en posición vertical, estaban perfectamente momificados. Ellos y sus asistentes, ya que la familia interpretaba sus deseos y los muertos continuaban «disfrutando de su riqueza».

En los Andes, la momificación era una forma de preservar el poder. Según Smithsonian.com, Los españoles descubrieron que la columna vertebral occidental de América del Sur era el mayor laboratorio natural de la Tierra para hacer momias. Las arenas de la costa que se extiende desde Perú hasta el norte de Chile, las crea de forma natural. Luego, hace 7.000 años, los habitantes de las montañas andinas aprendieron a momificar a sus muertos, 2.000 años antes de que los antiguos egipcios. Los arqueólogos piensan ahora que la momificación artificial transformaba a los seres queridos en los representantes de la comunidad. Eran embajadores ante el mundo natural que aseguraban la fertilidad de sus descendientes y sus recursos. También puede haber sido una forma de entender y ritualizar la experiencia cotidiana, de encontrarse con los muertos, exponiendo la muerte y sus consecuencias con el paso del tiempo en las arenas del desierto, en los picos fríos y secos y en todo altiplano.

El momento de expansión inca se inició en el año 1200, fue entonces cuando los pueblos de las tierras altas andinas estaban colocando sus ancestros en cuevas como forma de enterramiento. El Imperio Inca fue capaz de propagarse tan rápidamente como lo hizo en parte debido a su fluidez con este idioma de los muertos, compartido por las poblaciones de los andes. Los incas fueron reconocidos como hijos del sol y antepasados de toda la humanidad, por lo que debían entregar a sus hijos al imperio para ser sacrificados en lo alto de las montañas.

La creencia de que el emperador Inca seguía estando socialmente vivon y tenía derecho a retener su propiedad, también alentó la propagación del imperio a través de los Andes. Señala Smithsonian.com, que cuando un emperador Inca moría era momificado a través de las extracción de órganos y el embalsamamiento. El hijo podía asumir el rol imperial pero no quedarse con las propiedades que la momia necesitaba para su sustento. Esta fue la razón por la que cada emperador Inca fue cada vez más lejos para amasar fortuna y gloria.

La triste historia del «soldado Ryan» tanquista que regresó a casa tras la muerte de sus hermanos


ABC.es

  • Larry Lantow, comandante de un carro de combate aliado, volvió a su hogar después de que sus vecinos firmaran una petición tras el fallecimiento de sus parientes
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ARCHIVO ABC La familia de Larry Lantow logró erunir 600 firmas

Gracias a Tom Hanks es imposible no conocer a día de hoy la historia de aquellos soldados que, tras la muerte en el frente de sus familiares durante la Segunda Guerra Mundial, fueron devueltos a Estados Unidos. La razón era sencilla, hacer que sus padres pudieran disfrutar, al menos, de la compañía de uno de los hijos que partió a defender su país.

Sin embargo, la historia de Larry Lantow es tan impactante que permitiría Steven Spielberg llevar a cabo una nueva versión de «Salvar al soldado Ryan». Y es que, este militar combatió por toda Europa a lomos de un carro de combate hasta que, tras el fallecimiento de sus dos hermanos, fue devuelto a casa gracias a la firma de 600 de sus vecinos.

La triste historia de este militar ha sido desvelada este lunes por el diario «Tulsa World», el cual ha logrado entrevistar a Lantow –de 98 años de edad- en su residencia actual. Tal y como explica el periódico, este soldado –el mayor de siete hermanos- nació en Claremore (Oklahoma), donde se graduó en 1938. Apenas cuatro años después fue reclutado por el ejército y destinado a la Compañía H del 3er Batallón de la 3ª División Blindada.

De esta forma, no seguiría el mismo camino de sus dos hermanos, Bob y Norman, quienes decidieron convertirse en paracaidistas de la 101 División Aerotransportada (aquella que fue soltada a diestro y siniestro en las playas de Normandía el Día D). Por el contrario, Lantow se mantuvo en tierra y se dedicó a guiar a la tripulación de su carro de combate a lo largo y ancho de Europa en los siguientes meses. Sus destinos más destacados, entre otros, fueron Francia, Bélgica y, finalmente, Alemania (durante el avance aliado sobre Berlín).

Según afirma este militar al diario de Tulsa, allí donde iba sólo veía devastación: «Francia era un desastre, todo eran disparos. En Bélgica los residentes alineaban a sus hijos muertos para que se viera lo que la guerra había hecho con ellos». Todo ello, se sumaba a los continuos combates en los que se veía involucrado contra los mayores enemigos de los carros de combate aliados: los «Flak 88» nazis (cañones de 88 milímetros ideados en principio para derribar aviones).

A su vez, no sólo se vio involucrado en combates, sino que también era el soldado encargado de escribir a las familias de sus compañeros cuando alguno de ellos fallecía. «La familia siempre quería saber cómo había muerto su hijo, pero muchas veces no era grato decirles que le habían volado la cabeza de un disparo o había ardido dentro de un taque», explica en superviviente al diario de Tulsa.

Galardonado con una «Estrella de Bronce», todo cambió para Lantow cuando le informaron en 1944 de que sus dos hermanos habían muerto y regresaba a casa. Al parecer, el «Tío Sam» no podía permitir que una madre perdiera a tres de sus hijos en la contienda. Por otro lado, parece que también ayudaron bastante las 600 firmas que su progenitora logró reunir entre los vecinos de su ciudad solicitando su regreso.

Fuera por la causa que fuese, lo cierto es que este militar está hoy vivo gracias a aquello, aunque recalca que no quería volver a su hogar hasta que acabara la guerra debido a que sus compañeros de unidad eran como su familia. A día de hoy, la ciudad de Tulsa está llevando a cabo un proyecto para preservar la memoria de estos siete hermanos, cuatro de los cuales estuvieron en el frente.

La tragedia de los Austrias españoles: la dinastía que fue destruida por la endogamia


ABC.es

  • Algunos de sus miembros alcanzaron coeficientes de consanguineidad cercanos a los habituales en uniones entre dos hermanos o entre un padre y una hija

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«Hagan otros la guerra; tú feliz Austria, cásate; porque los reinos de Marte da a los otros, a ti te los concede Venus», rezaba la traducción de unos versos latinos del siglo XVI. La dinastía Habsburgo llevó a su máxima expresión la habitual práctica entre reyes de casarse con parientes con fines políticos. Las consecuencias médicas de esta política, que también las tuvo militares al trazar una inverosímil red de alianzas, fue el deterioro de la salud y fertilidad de los miembros de la familia, hasta el punto de que Carlos II, con un coeficiente de consanguinidad del 0,254 (la misma cifra presente en los matrimonios entre padres e hijas o entre hermanos), fue incapaz de dar un heredero a la rama española de esta casa real que gobernó casi dos siglos en nuestro país. Su herencia genética concentraba los genes recesivos de cuatro generaciones de escarceos con el incesto.

A finales del siglo XV, los Reyes Católicos –pertenecientes a la dinastía Trastámara y primos hermanos entre sí– casaron a dos de sus hijos, Juan y Juana, con dos vástagos del archiduque Maximiliano de Austria con el objetivo de alejar la amenaza francesa que se cernía sobre las posesiones aragonesas en Italia. La alianza entre los Austrias (la dinastía Habsburgo) y los Trastámara también implicaba a la familia real portuguesa, los Avis, y de forma puntual a los Tudor a través del matrimonio de Catalina de Aragón con Enrique VIII de Inglaterra. No en vano, la prematura muerte del infante Juan de Trastámara, el único hijo varón de los Reyes Católicos, terminó precipitando el desplazamiento de la casa reinante en España por los Habsburgo.

Así, la muerte de Isabel «la Católica» en 1504 y la antipatía de una parte de la nobleza castellana hacia Fernando «el Católico»llevó al trono del reino español a Felipe «el Hermoso», casado con Juana, que en el momento de la alianza era la tercera en la línea de sucesión al trono. A su vez, Felipe «el Hermoso» era hijo de Maximiliano I de Habsburgo, emperador electo del Sacro Imperio Romano Germánico, y de María de Borgoña, la cual contaba solo seis bisabuelos en lugar de los ocho habituales. Es decir, las prácticas endogámicas de los Trastámara se juntaron con las borgoñesas a través de este enlace.

El hijo heredero del matrimonio, Carlos I –que ya alcanzaba un coeficiente de consanguineidad del 0,037–, se casó con su prima hermana Isabel de Portugal como reforzamiento de la alianza ibérica que habían empezado sus abuelos. De esta forma, la Emperatriz Isabel, cuya madre era la hija de los Reyes Católicos que había emparentado con la dinastía Avis, dio a luz a seis hijos, de los cuales solo tres llegaron a la edad adulta. Todos los hijos de Carlos I, asimismo, se casaron con parientes.

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ABC Carlos I de España sentado, por Tiziano

Ya con unos niveles de endogamia bastante altos en su genética, Felipe II vivió la primera advertencia de las consecuencias médicasde aquella peligrosa política de alianzas. De hecho, algunos historiadores, como Geoffrey Parker, han apuntado como síntomalos problemas que tuvo Felipe II para dejar descendencia. «La consanguineidad puede explicar por qué, aunque cuatro de las esposas del Rey quedaron embarazadas hasta en 15 ocasiones, solo cuatro de sus hijos sobrevivieron a la niñez», plantea el hispanista en su libro «Felipe II, la biografía definitiva».

El Príncipe maldito de la leyenda negra

Uno de los que sobrevivió a la niñez fue Don Carlos, el Príncipe maldito de la leyenda negra, que portaba un coeficiente del 0,211 según un estudio reciente (Álvarez G, Ceballos FC, Quinteiro C, «The Role of Inbreeding in the Extinction of a European Royal Dynasty»). Los padres de la criatura eran dos hermanos que se habían casado con dos hermanas; es decir, Felipe II e María de Portugal eran primos hermanos por partida doble. Si lo habitual son ocho bisabuelos, él tenía cuatro; y en lugar de 16 tatarabuelos solo tenía seis. El resultado fue un niño enfermizo del que se ha dicho, sin excesivo rigor, que gozaba asando liebres vivas y cegando a los caballos en el establo real. A los once años hizo azotar a una muchacha de la Corte para su sádica diversión: un exceso por el que hubo que pagar compensaciones al padre de la niña. No en vano, su muerte aconteció a los 23 años cuando permanecía preso en la torre del Alcázar de Madridpor intentar conspirar contra su padre. Lo hizo en medio de un proceso de locura que le hacía dormir rodeado de hielo para superar las fiebres que sufría periódicamente.

Lejos de estar preocupado por las consecuencias de la endogamia, Felipe II tenía planeado casar a su hijo Carlos con una prima hermana suya, la archiduquesa Anna de Austria. Y al fallecer el hijo, fue el Rey Prudente quien se casó con Anna, es decir con su sobrina. Era, de hecho, su tercer matrimonio con una pariente e incluso el Papa Pío V mostró sus reservas respecto al enlace antes de otorgar la necesaria dispensa. El resultado fue que de los siete embarazos de la Reina solo uno, el futuro Felipe III, llegó a adulto.

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MUSEO DEL PRADO Don Carlos, retrato del hijo de Felipe II

La salud de Felipe III, que tenía un nivel de consanguineidad poco por debajo de su malogrado hermano, fue siempre muy precaria. A los quince años, vencidas las crisis de sus enfermedades, el Príncipe Felipe se destapó como un muchacho pálido y apático que tenía muy poco interés en gobernar y no había recibido una educación adecuada al verse interrumpida continuamente por sus numerosos achaques. Con todo, Felipe III, que se casó también con una prima hermana,Margarita de Austria-Estiria, aseguró su descendencia con ocho hijos, de los cuales cinco llegaron a una edad avanzada. Él, sin embargo, murió joven, a los 43 años, de unas fiebres causadas por una infección bacteriana de la dermis.

Carlos II «el Hechizado», el triste final

A estas alturas, la decisión de casarse entre parientes obedecía al interés por mantener unidas las dos ramas de la familia, la española y la centroeuropea, que, separados por la distancia y los distintos contextos políticos, mantenían pocos lazos más allá de la sangre. Con esta finalidad lo hizo Felipe IV cuando se casó en segundas nupcias con su prima Mariana de Austria. Finalmente, el único hijo varón que sobrevivió a Felipe IV, Carlos II «el Hechizado», era la consecuencia de cuatro generaciones de escarceos de la Casa Habsburgo con la endogamia.

Con una cifra récord de 0,254 en su coeficiente, Carlos II era portador de numerosos genes recesivos, entre ellos el síndrome de Klinefelter, que provocaron su incapacidad para dar un heredero al reino y para gobernar. «Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero no ahora; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia», con estas palabras describía el embajador del Papa en Madrid a Carlos II «el Hechizado» a los 20 años, una muestra de lo fácil que podía resultar para sus más cercanos manipular al Monarca. Su muerte sin dejar heredero y su decisión de entregar la corona al futuro Felipe V, el primer Borbón, marcan el final de la dinastía de los Austrias como Reyes de España.

En 1740, la rama austriaca de la familia vivió un proceso parecido a la muerte del Emperador Carlos VI, el mismo que fue pretendiente de la Corona española en oposición a Felipe V, durante la Guerra de Sucesión Austriaca. Sin dejar un heredero varón vivo, la muerte del emperador precipitó un conflicto internacional que colocó en el trono a la heredera del último Habsburgo austríaco, María Teresa, y aFrancisco Esteban, Duque de Lorena, ambos bisnietos del Emperador Habsburgo Fernando III. Sus descendientes continuaron la tradición de los Habsburgo de Viena bajo el nombre dinásticoHabsburgo-Lorena.

Enterramos a nuestros difuntos igual que en la antigua Grecia


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Imagen: GETTYIMAGES

No hace demasiado tiempo tuve que pasar por el doloroso trance de enterrar a un abuelo y a una abuela, con la particularidad de que ambos fueron enterrados en el pueblo, tal y como mandan los cánones etnográficos. Hasta ese momento solo había acudido a entierros muy metropolitanos, igualmente dolorosos, pero cargados, si cabe, de menos dramatismo. El caso es que andando junto a mi padre detrás del coche que portaba el féretro, de camino al cementerio, me di cuenta de que entre los griegos y nosotros, los contemporáneos, a pesar de separarnos entre alrededor de 2000 y 3000 años, seguíamos haciendo prácticamente lo mismo. Es más, los primeros entierros a los que asistieron mis abuelos, seguro que se parecían aún más a los de las gentes de la antigua Grecia. Cada generación tendría sus dioses, pero los rituales son dos auténticos calcos. Eso sí, salvando las distancias y ciertos conceptos puntuales en cuanto al tránsito del cuerpo hacia ese otro lugar que muchos llaman “más allá”.

Fuentes

Sabemos las diferentes fases del ritual funerario gracias, por un lado, a la panoplia de imágenes que nos proporciona la cerámica griega, por otro lado, las fuentes literarias clásicas, entre ellas obras de Heródoto o la Ilíada de Homero entre otras. Y, por otro lado, aunque de forma un tanto distorsionada -tanto por la interpretación que hay que hacer como por los trabajos arqueológicos no del todo bien hechos en épocas anteriores- la arqueología de la muerte.

En la mentalidad de los griegos estaba muy presente que a la ahora de su muerte debían tener una ceremonia digna. Además, el hecho de poder ser enterrados en su tierra, en el caso concreto de los atenienses, era muy importante. En este sentido, uno de los peores castigos consistía en que no pudieran enterrarse en su tierra. Por otro lado, la presencia y la participación de la familia y los amigos era algo primordial. De hecho, no había sacerdotes que de una forma profesional dirigieran el ritual. Tal y como dejó establecido en sus estudios el prestigioso arqueólogo Fernando Quesada Sanz, el ritual está compuesto de las siguientes fases:

Ritos pre-deposicionales

1. Prothesis: el cuerpo del difunto era expuesto, permitiendo comprobar que realmente había fallecido, y sus seres cercanos iniciaban el duelo así como la honra. Para los griegos, la psyché -espíritu del difunto- aún no había alcanzado su destino sino que estaba en pleno tránsito, entre medias del mundo terrenal y el Hades. La preparación del cuerpo la realizaban las mujeres de la familia y consistía en lavar el cuerpo y vestirlo con ropas de carácter funerario. Así mismo, se le cerraban los ojos y se le sujetaba la barbilla. Una vez preparado el cuerpo, se le tendía en una sala de la casa, con la particularidad de que los pies debían estar mirando hacia la puerta. Fuera de la casa había recipientes con agua que servía de elemento purificador para todos aquellos que acudían a mostrar condolencias. Por otro lado, dentro de esta primera fase ritual también se expresaba el dolor mediante cantos y gestos de lamento, entre las que destacaban, en ciertas ocasiones, las famosas plañideras que hasta hace bien poco estaban presentes en los entierros de los pueblos. En cuanto a la duración, no está del todo claro. Las fuentes literarias nos hablan desde dos días hasta diecisiete. Obviamente, en el caso de de que tuviera dicha duración, debían de tratar el cuerpo, embalsamándolo para evitar que comenzara el proceso de descomposición.

2. Ekphora: se trata del traslado del difunto al lugar de enterramiento. Dicho traslado se hacía con el cuerpo a hombros o mediante un carruaje, a la par que se escuchaba música. La hora elegida era la oscuridad de la noche. Los hombres estaban ubicados delante del fallecido y las mujeres detrás.

Ritos deposicionales

Desafortunadamente, sobre esta fase casi no disponemos de información, pues casi no ha sido representada en las cerámicas. Tal y como destaca Fernando Quesada, muy probablemente, en el momento de echar la tierra se llevasen a cabo libaciones sobre le ataúd si se trataba de inhumación y sobre la urna si había sido cremación. En este segundo caso, gracias a los textos de Homero se sabe que se utilizaba vino para apagar las últimas ascuas. Seguidamente, uno de los familiares metía las cenizas en una urna. Por último, tanto en un caso como en el otro, se colocaba el ajuar junto a los restos mortales.

Ritos post-deposicionales de carácter inmediato

1. En el cementerio:
Se han hallado restos de sacrificios animales como ofrenda. Éstos eran quemados -que no cocinados- y se ha documentado en los llamados depósitos de ofrendas. Es decir, que no hacían un banquete en honor del difunto, sino que simplemente quemaban los cuerpos de los animales.

2. Fuera del cementerio:
Este punto es probablemente el que más difiere de nuestro rito actual, a excepción de los funerales, por ejemplo, estadounidenses. Tras el enterramiento propiamente dicho, tenía lugar el perideipnon, es decir, el banquete funerario. Se celebraba en la casa familiar y servía para unir a la comunidad ante el dolor y seguir honrando al difunto con la recitación de elegías entre otras cosas. Así mismo, los griegos sentían que el difunto estaba presente en el banquete entre ellos. Al igual que ocurría durante la exposición del cadáver, el agua también adquiría un papel relevante y los asistentes se bañaban como símbolo de purificación. Este banquete era el cierre del funeral que duraba tres días.

Una vez transcurridos treinta días de deceso tenía lugar un curioso rito llamado triakostia, en el que sobre la tumba ponían la parte de la basura generada en el banquete que habían celebrado tras el entierro. A esto se sumaba un último banquete, con el que se daba por finalizado el duelo.

Ritos posteriores: visita a la tumba

Al igual que ocurre ahora -en unas familias más, en otras menos- las visitas a la tumba del difunto se efectuaban al menos durante una generación, llegando en casos muy raros hasta tres generaciones. Lo más curioso de esto es que era la obligatoriedad de mantener y cuidar la tumba de los antepasados. Tan importante era, que si alguien quería acceder a un cargo público o mantener los derechos de herencia, debía probar que había cumplido sus obligaciones respecto a sus seres fallecidos.

En las visitas, los familiares decoraban las estelas funerarias con flores, depositaban ofrendas no alimenticias, hacían libaciones con leche, vino, agua y otras sustancias, rompían los vasos utilizados para la libación, incluso se han hallado algunos sacrificios de animales. De forma excepcional, en honor al difunto, se celebraban juegos atléticos o se llevaban a cabo sacrificios humanos.

Más parecidos de lo que pensamos

Es cierto que los rituales difieren en pequeños detalles como los sacrificios y la concepción de la muerte y el tránsito, pero los realizados por los griegos difieren poco de los nuestros. Sobre todo, si el entierro al que asistimos es en un pueblo que conserva este tipo de tradiciones. Nos separan varios siglos de Solón, Sócrates, Platón y otros tantos… Pero, en este sentido, estamos muy cercanos a ellos, ¿o no?