52 a.C. Batalla de Alesia


La batalla de Alesia o el sitio de Alesia fue un enfrentamiento militar desarrollado en el mes de septiembre del año 52 a. C., en la región de la tribu gala de los mandubios, y que tuvo como escenario principal su capital, la fortaleza de Alesia. Estaba situada probablemente encima del monte Auxois, sobre la moderna Alise-Sainte-Reine, en Francia, si bien esta ubicación está discutida. En efecto, algunos autores han discutido que esta localización no concuerda con la descripción de la batalla por César, y se han presentado diversas alternativas de las que actualmente sólo Chaux-des-Crotenay (en Jura, Francia) es considerada como una alternativa posible. Sin embargo, los más recientes descubrimientos arqueológicos parecen confirmar la ubicación de Alise-Sainte-Reine como la más probable.

 

Esta batalla enfrentó a los ejércitos de la República de Roma dirigidos por Julio César, que contaba con la caballería al mando de Marco Antonio, y con legiones al mando de sus legados, Tito Labieno y Cayo Trebonio, entre otros, contra una confederación de tribus galas bajo el liderazgo de Vercingétorix, jefe de la tribu de los arvernos. Alesia fue la batalla clave que dio la victoria definitiva a los romanos frente a los galos en la larga guerra de las Galias. El sitio de Alesia es considerado uno de las grandes éxitos militares de César e incluso en la actualidad es utilizado como un ejemplo clásico de sitio.

La batalla es descrita en detalle por numerosos autores contemporáneos incluyendo a César en sus Comentarios a la guerra de las Galias, Libro VII. Tras esta batalla, el líder rebelde fue capturado y la Galia fue definitivamente derrotada convirtiéndose en una provincia romana. El Senado romano se negó a otorgar a César los honores por sus victorias en las guerras gálicas siendo éste uno de los factores desencadenantes que condujeron a la guerra civil romana de los años 50-45 a. C.

 

Preludio

Julio César llevaba en la Galia desde el año 58 a. C. Era habitual que los cónsules, los magistrados de mayor rango elegidos en Roma, al final de su año consular, fuesen elegidos por el Senado Romano como gobernadores de alguna de las provincias romanas. César fue nombrado gobernador de la Galia Cisalpina (la región entre los Alpes, los Apeninos y el mar Adriático), e Ilírico (parte occidental de la península balcánica en la costa oriental del mar Adriático), y, posteriormente y por muerte inesperada de su Gobernador, se le añadió la Galia Transalpina o Galia Narbonense (“Galia más allá de los Alpes”); al contar con un imperium proconsular, tenía autoridad absoluta en estas provincias.

Una a una, César fue derrotando a las tribus galas como la de los helvecios, los belgas o los nervios, y logró el juramento de alianza de otras muchas. El éxito de la guerra trajo consigo un aumento enorme de riqueza en la República en la forma de botín de guerra y de nuevas tierras sobre las que imponer impuestos. El propio César se hizo inmensamente rico puesto que, como general, se beneficiaba de lo obtenido por la venta de prisioneros como esclavos. A su vez, el éxito le trajo nuevos enemigos: El Primer Triunvirato, una alianza política informal con Pompeyo y Craso, llegó a su fin el 54 a. C., con las muertes de Julia, hija de Julio César y mujer de Pompeyo, y de Craso en Carras. Sin esta conexión político-familiar con Pompeyo, hombres como Marco Porcio Catón el Joven comenzaron una campaña política contra César, levantando las sospechas de corrupción y acusándole de querer proclamarse rey de Roma.

En el invierno del año 54 al 53 a. C., la tribu ya pacificada de los eburones, dirigida por Ambíorix, se rebeló contra la invasión romana y destruyó la Decimotercera legión dirigida por los generales Sabino y Lucio Aurunculeyo Cota (que no estaba emparentado con la familia de la madre de César, los Aurelios Cotas) en una emboscada planificada cuidadosamente. Este fue un importante golpe contra la estrategia de César en la Galia, puesto que con ello había perdido una parte de sus tropas y, lo que era más importante, el prestigio militar que le acompañaba, a lo que había que añadir que la situación política en Roma le impedía conseguir refuerzos. La rebelión de los eburones fue la primera derrota clara de los romanos en la Galia e inspiró los sentimientos tribalistas por toda la región. Le llevó casi un año entero, pero César logró retomar el control de la Galia y pacificar a las tribus. Sin embargo, el problema todavía no había terminado. Las tribus galas empezaban a darse cuenta de que sólo podrían conseguir derrotar a Roma manteniéndose unidas. Se convocó un concilio de dirigentes en Bibracte por iniciativa de los heduos, una tribu anteriormente leal a César. Sólo los remos y los lingones prefirieron mantener su alianza con Roma.

El concilio declaró a Vercingétorix, líder de los arvernos, comandante de los ejércitos unidos de la Galia. Los jefes galos decidieron que la insurrección empezaría cuando César estuviera en su Italia ocupado con la política romana. En cuanto a los heduos, estos prometieron unirse a la rebelión en el momento que consideraran causarían mayor impacto.

Los galos esperaban lograr que para cuando César lograra regresar a la provincia ya habrían sublevado a toda la Galia Transalpina, haber invadido la Narbonense y derrotar una a una las guarniciones romanas. El ejército galo contaba con 80.000 infantes y 15.000 jinetes al mando de Vercingétorix (las cifras son de César). Según Julio César, la asamblea de jefes reunidos antes de Alesia pidieron los siguientes contingentes a cada tribu:

  • Heduos, segusiavos, ambivaretos, aulercos branovices y blanovios: 35.000 guerreros.

  • Arvernos: 35.000.

  • Eleutetos, cadurcos, gábalos, velavios, sécuanos, senones, bituriges, sántonos, rutenos y carnutes: 12.000.

  • Belóvacos: ofrecieron 10.000 (aunque al final sólo aportaron 2.000).

  • Lemovices: 10.000.

  • Pictones, incluyendo túronos, parisios y suesiones eleuterios: 32.000.

  • Ambianos, mediomátricos, petrocorios, nervios, mórinos y nitióbroges: 35.000.

  • Aulercos cenómanos: 5.000.

  • Atrebates: 4.000.

  • Veliocases, lexovios y aulercos eburovices: 9.000.

  • Ráuracos y boyos: 30.000.

  • Arémoricos (coriosolites, redones, ambibarios, cáletes, osismos, vénetos y unelos): 6.000.

César se encontraba entonces en el campamento de invierno de la Galia Cisalpina, desconociendo la alianza que se había formado en su contra. La primera señal de los problemas que se avecinaban procedió de los carnutes, que mataron a todos los colonos romanos de la ciudad de Cénabo (actual Orleans). A esto le siguió la matanza de todos los ciudadanos romanos, comerciantes y colonos, en las ciudades galas más importantes. Mientras que el grueso del ejército de César se hallaba en el territorio de los senones, pero por una campaña de guerrillas y tierra quemada de parte de los galos, las legiones no estaban en condiciones de actuar.

Al conocer estas noticias, César desplegó a sus hombres y marchó apresuradamente cruzando los Alpes, todavía cubiertos de nieve, en enero. Llegando a Narbona en febrero, organizando rápidamente las defensas de la ciudad, reclutó a 10.000 nuevos legionarios y avanzó hasta la Galia central tras atravesar las Cevenas aún cubiertas de nieve reuniéndose luego con el grueso de sus tropas. César logró un tiempo récord, y consiguió sorprender a las tribus galas. Vercingétorix continúo su campaña de tierra quemada dejando sin suministros a César que marcho a la tierra de los heduos. Los romanos encontraron apoyo por parte de algunos jefes de la tribu y tras ejecutar a los sospechosos de insurrección reclutaron a unos 10.000 guerreros.

Dividió sus fuerzas, mandando cuatro legiones con Tito Labieno a luchar contra los senones y los parisios en el norte. César en persona se dirigió en persecución de Vercingétorix con seis legiones y su caballería germana aliada. El caudillo galo en tanto continuo con su táctica de no presentar una campaña frontal y negarle los suministros a los romanos. Pero finalmente los bituriges, tribu que ya había destruido muchas de sus ciudades y fortalezas se negó a quemar Avárico, ciudad con los suministros tan necesitados por los romanos. Tras un desesperado asedio la tomaron y saquearon, masacrando a casi todos sus habitantes. Suerte similar corrieron los carnutes en Cénabo poco después.

César continúo con su persecución y los dos ejércitos se encontraron en la colina de Gergovia, en donde Vercingétorix mantenía una posición defensiva muy fuerte. César se vio obligado a retirarse derrotado, tras sufrir más de 700 bajas. La victoria dio nuevos aires a la rebelión gala, parte de los heduos entonces se rebelaron y asaltaron Noviodunum, liberando a todos los rehenes galos de César. Sin embargo, la rebelión gala no volvió a conseguir mayores éxitos. Las fuerzas de César se unieron a las de Labieno que había conseguido tomar Lutetia y juntos continuaron la persecución. En el verano de 52 a. C., hubo varios enfrentamientos entre ambas caballerías, en los alrededores de Vingeanne, en el actual Dijón, resultando con la victoria de César y la pérdida de 3.000 jinetes para los galos. Vercingétorix decidió que no era el momento para una batalla a gran escala, y se reagrupó en la fortaleza de Alesia. César vio en cambio la oportunidad de acabar con la guerra de una vez por todas.

 

Sitio y batalla

Ya que un ataque frontal sobre la fortaleza sería una idea suicida, César consideró mejor forzar un asedio de la fortaleza para rendir a sus enemigos por hambre. Considerando que había más de 90.000 hombres fortificados dentro de Alesia junto con la población civil, el hambre y la sed forzarían rápidamente la rendición de los galos. Para garantizar un bloqueo perfecto César ordenó la construcción de un perímetro circular de fortificaciones. Los detalles de los trabajos de ingeniería se encuentran en los Comentarios de la guerra de las Galias (De bello Gallico) de Julio César y han podido ser confirmados por las excavaciones arqueológicas en la zona. Se construyeron muros de 18 km de largo y 4 metros de alto con fortificaciones espaciadas regularmente en un tiempo récord de tres semanas. Esta línea fue seguida hacia el interior por dos fosos de cuatro metros y medio de ancho y cerca de medio metro de profundidad. El más cercano a la fortificación se llenó de agua procedente de los ríos cercanos. Asimismo, se crearon concienzudos campos de trampas y zanjas frente a las empalizadas con el fin de que su alcance fuese todavía más difícil, más una serie de torres equipadas con artillería y espaciadas regularmente a lo largo de la fortificación.

La caballería de Vercingétorix a menudo contraatacaba los trabajos romanos para evitar verse completamente encerrados, ataques que eran contestados por la caballería germana que volvió a probar su valía para mantener a los atacantes a raya. Tras dos semanas de trabajo, la caballería gala pudo escapar de la ciudad por una de las secciones no finalizadas. César, previendo la llegada de tropas de refuerzo, mandó construir una segunda línea defensiva exterior protegiendo sus tropas. El nuevo perímetro era de 21 km, incluyendo cuatro campamentos de caballería. Esta serie de fortificaciones les protegería cuando las tropas de liberación galas llegasen: ahora eran sitiadores preparándose para ser sitiados.

Para entonces, las condiciones de vida en Alesia iban empeorando cada vez más. Con los 80.000 guerreros que aún quedaban más la población local había demasiada gente dentro de la fortaleza para tan escasa comida. A Vercingetórix se le dio por parte de los jefes galos atrincherados dos opciones para evitar la capitulación por hambre. Sacrificar los 10.000 caballos que tenían dentro o enviar a los civiles con los romanos. El caudillo galo opto por expulsar de la ciudad a los no combatientes ya que esperaba usar a los animales en la batalla y así podría ahorrar las provisiones para los combatientes y forzar a los romanos a agotar las propias en alimentarlos. Sin embargo, César ordenó que no se hiciese nada por esos civiles, y los ancianos, mujeres y niños se quedaron esperando a morir de hambre en la tierra de nadie entre las paredes de la ciudad y la circunvalación ya que Vercingetórix se negó también a recibirlos de vuelta.

A finales de septiembre las tropas galas, dirigidas por Comio, rey de los atrebates (secundado por los eduos Viridómaro y Eporédorix y el arverno Vercasivelauno, primo de Vercingetorix), acudieron en refuerzo de los fortificados en Alesia, y atacaron las murallas exteriores de César. Vercingétorix ordenó un ataque simultáneo desde dentro. Sin embargo, ninguno de estos intentos tuvo éxito y a la puesta del sol la lucha había acabado. En total, el ejército galo de socorro reunido, según César, unos 8.000 jinetes, además de aproximadamente 240.000 infantes, en el recuento que se hizo en tierras de los heduos.

Al día siguiente, el ataque galo fue bajo la cobertura de la oscuridad de la noche, y lograron un mayor éxito que el día anterior. César se vio obligado a abandonar algunas secciones de sus líneas fortificadas. Sólo la rápida respuesta de la caballería, dirigida por Marco Antonio y Cayo Trebonio, salvó la situación. La muralla interna también fue atacada, pero la presencia de trincheras, los campos plantados de “lirios” y de “ceppos“, que los hombres de Vercingétorix tenían que llenar para avanzar, les retrasaron lo suficiente como para evitar la sorpresa. Para entonces, la situación del ejército romano también era difícil.

El día siguiente, el 2 de octubre, Vercasivelauno, lanzó un ataque masivo con 60.000 hombres, enfocado al punto débil de las fortificaciones romanas, que César había tratado de ocultar hasta entonces, pero que había sido descubierto por los galos. El área en cuestión era una zona con obstáculos naturales en la que no se podía construir una muralla continua conocida después por los romanos como monte Rea, donde César ubico a 4.000 de sus hombres. El ataque se produjo combinando las fuerzas del exterior con las de la ciudad: Vercingétorix atacó desde todos los ángulos las fortificaciones interiores. César confió en la disciplina y valor de sus hombres, y ordenó mantener las líneas. Él personalmente recorrió el perímetro animando a sus legionarios.

La caballería de Labieno fue enviada a aguantar la defensa del área en donde se había localizado la brecha de las fortificaciones. César, con la presión incrementándose cada vez más, se vio obligado a contraatacar la ofensiva interna, y logró hacer retroceder a los hombres de Vercingétorix. Sin embargo, para entonces la sección defendida por Labieno se encontraba a punto de ceder. César tomó una medida desesperada, tomando 13 cohortes de caballería (unos 6.000 hombres) para atacar el ejército de reserva enemigo (unos 60.000) por la retaguardia. La acción sorprendió tanto a atacantes como a defensores.

Viendo a su general afrontar tan tremendo riesgo, los hombres de Labieno redoblaron sus esfuerzos. En las filas galas pronto empezó a cundir el pánico, y trataron de retirarse. Sin embargo, como solía ocurrir en la antigüedad, un ejército en retirada desorganizada es una presa fácil para la persecución de los vencedores, y los galos fueron masacrados. César anotó en sus Comentarios… que sólo el hecho de que sus hombres estaban completamente exhaustos salvó a los galos de la completa aniquilación.

En Alesia, Vercingétorix fue testigo de la derrota del ejército exterior. Enfrentándose tanto al hambre como a la moral, se vio obligado a rendirse sin una última batalla. Al día siguiente, el líder galo presentó sus armas a Julio César, poniendo fin al asedio de Alesia y a la conquista romana de la Galia.

Eventos posteriores

Alesia demostró ser el final de la resistencia generalizada y organizada a la invasión romana por parte de la Galia. A partir de entonces, con la salvedad del pequeño levantamiento del año siguiente, pasó a ser una provincia romana y finalmente fue separada en divisiones administrativas más pequeñas. No volvería a haber ninguna independencia del poder central de Roma hasta el siglo III cuando Póstumo fue reconocido como emperador por las provincias de Galia, Hispania, Germania y Britania, frente a Galieno, reconocido en Roma. La guarnición de Alesia fue tomada prisionera junto con los supervivientes del ejército de liberación. Fueron vendidos como esclavos o dados como botín de guerra a los legionarios de César, excepto en el caso de los miembros de las tribus hedua y arverna, que fueron liberados y perdonados como forma de asegurar la alianza entre estas importantes tribus y Roma.

Para César, Alesia fue un éxito personal enorme, tanto militar como políticamente. El Senado romano, manipulado por Catón y Pompeyo, declaró 20 días de acción de gracias (supplicatio) por esta victoria, pero denegó el honor a César de celebrar un triunfo, el punto culminante de la carrera de un militar romano. Se fue incrementando la tensión política hasta que dos años después, en el 50 a. C., César cruzó el Rubicón, precipitando la Guerra civil de los años 49-45 a. C. Tras haber sido elegido cónsul durante todos y cada uno de los años de la Guerra civil, y nombrado en varias ocasiones dictador, finalmente fue nombrado dictator perpetuus o dictador vitalicio, en el año 44 a. C. Su poder, cada vez mayor, acabó con la tradición republicana y llevó al final de la República romana y al comienzo del Imperio romano.

Los comandantes de caballería de César siguieron diferentes caminos. Tito Labieno se puso del lado de los Optimates (el bando republicano) en la Guerra civil, y murió en la batalla de Munda en el año 45 a. C. Cayo Trebonio fue nombrado cónsul por César en el año 45 a. C., y fue uno de los senadores que tomaron parte en el asesinato de César en las Idus de marzo (15 de marzo) de 44 a. C. Trebonio también fue asesinado un año después.

Antonio continuó siendo un seguidor fiel de César. Se convirtió en el segundo al mando como Magister Equitum, y se quedó al cargo de Italia durante gran parte de la Guerra civil. En el año 44 a. C. fue elegido colega consular de César. Tras el magnicidio, Antonio persiguió a los asesinos de César, y luchó por el poder supremo con Octavio (quien se convertiría más tarde en César Augusto). Primero formaron una alianza junto con Marco Emilio Lépido en el Segundo Triunvirato, y al final se enfrentaron y fue derrotado en la batalla de Accio en el año 31 a. C. Después de la batalla huyó a Egipto, junto con su aliada y amante Cleopatra, en donde un año más tarde se suicidaron.

Vercingétorix fue hecho prisionero y tratado con honores de rey durante los siguientes cinco años, esperando ser exhibido en el triunfo de César. Al final de la procesión, tal y como era costumbre en la época, fue condenado a muerte y estrangulado.

Batalla de Alesia
la Guerra de las Galias
Fecha Septiembre y octubre del año 52 a. C.
Lugar Alesia, cerca de Alise-Sainte-Reine (Francia)
Coordenadas 47°32′14″N 4°30′01″E (mapa)
Resultado Victoria romana decisiva
Consecuencias Destrucción del ejército galo
Beligerantes
República romana Tribus de la Galia
Comandantes
Cayo Julio César
Marco Antonio
Tito Acio Labieno
Quinto Tulio Cicerón
Gayo Trebonio
Servio Sulpicio Galba
Cayo Antistio Regino
Gayo Caninio Rébilo
Gayo Fabio
Décimo Junio Bruto Albino
Lucio Minucio Basilio
Lucio Munacio Planco
Marco Sempronio Rutilo
Gayo Volcacio Tulo
Vercingétorix
Comio
Vercasivelauno
Viridómaro
Eporédorix
Sedulio †
Fuerzas en combate
Total: 60 000 -80 000
(10 legiones romanas)
40 000-50 000 legionarios
15 000 auxiliares
5000 jinetes germanos
Total: 330 000

80 000 (Vercingétorix)
250 000 (Comio)

El romano fanático que prefirió arrancarse las entrañas antes que rendirse a Julio César


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  • Frente a la vida llena de lujos y vestimentas llamativas de César, Catón no se preocupaba lo más mínimo por su apariencia, hasta el extremo de que era habitual verle recorrer descalzo las calles de Roma, y jamás se desplazaba en caballo o carruaje
abc | La muerte de Catón, por Pierre-Narcisse Guérin

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Nacido en 95 a.C, Marco Porcio Catón «el joven» era llamado así precisamente por lo mucho que recordaba su carácter al de su bisabuelo, Catón «el viejo», un «hombre nuevo» considerado incorruptible, austero, patriota y defensor de recuperar las tradiciones de Roma más antiguas. Ambos, no en vano, han pasado a la historia como personajes severos y antipáticos que se opusieron a dos figuras de gran popularidad en su época –Julio César contra el joven y Cornelio Escipión contra el viejo–. Así, fue durante la campaña de África cuando comenzó su enemistad con Escipión «el Africano», el gran héroe en la guerra contra las huestes cartaginesas de Aníbal. Catón reprochaba al general «la inmensa cantidad de dinero que gastaba y lo puerilmente que perdía el tiempo en las palestras y los teatros», a lo que el Africano solía responderle «que contara las victorias, y no el dinero».

Lo cierto es que Catón «el viejo» odiaba sobre todo a Escipión por su afición al teatro, de origen griego, y por sus simpatías por las costumbres helenísticas, que consideraba depravadas y nocivas. Consideraba la higiene personal y la costumbre de afeitarse como una forma de afeminamiento, y por ello quiso poner de moda las túnicas de lana raídas y las barbas descuidadas. En el año 155 a.C, no obstante, hizo que expulsaran de Roma a los embajadores de Atenas por la mala influencia que ejercían en la vida romana y abanderó una campaña contra otra potencia extranjera, Cartago, a la que instaba una y otra vez a borrar del mapa con su famosa coletilla: «Ceterum censeo Carthaginem esse delendam» («Además opino que Carthago debe ser destruida»). Sin embargo, Catón «el viejo» no alcanzó a ver como se destruía Cartago, donde el ejército romano sembró sal en sus cultivos para que nada volviera a crecer, ni tampoco vivió como la falta de un enemigo exterior fuerte provocó que las luchas internas en la República condujeran al colapso del sistema.

Un siglo después, en plena crisis de la República, la figura de patriota Catón «el viejo» se recordaba todavía con nostalgia, sobre todo en su familia, donde su bisnieto se propuso emularlo. La leyenda de la terquedad de Marco Porcio Catón «el joven» comenzó cuando se destacó como un niño inquisitivo, aunque lento a la hora de dejarse persuadir por los demás. Según el historiador clásico Plutarco, durante una visita de Quinto Popedio Silo –defensor de la concesión de la ciudadanía romana a los pueblos de Italia– a la casa donde se criaba Catón, el político romano reclamó en tono de chanza apoyo para su causa a los niños que jugaban indiferentes alrededor de la conversación. Todos rieron, salvo Catón, que miró fijamente al huésped y se negó a responder. Popedio Silo tomó a Catón, siguiendo la broma, y le colgó sujeto de los pies por la ventana, sin que pudiera aún así arrancar en el niño el más mínimo signo temor.

Catón vs. Julio César, dos formas de ver Roma

En torno al año 65 a.C, Catón el «joven» inició su carrera política en el cargo de cuestor, un tipo de magistrado de la Antigua Roma, y lo hizo con la severidad que se esperaba de alguien cuyo nombre sigue siendo hoy sinónimo de rectitud. Según el actual diccionario de la Real Academia Española, Catón significa «censor severo», en referencia «al estadista romano célebre por la austeridad de sus costumbres». El joven romano empleó la persecución de antiguos cargos públicos que se habían apropiado de fondos públicos a modo de divisa personal, indiferentemente de que muchos de ellos pertenecieran al partido del dictador Cornelio Sila con el que le unían vínculos políticos.

Durante el año en el que ejerció como cuestor, Catón sorprendió a todos por el rigor con el que se tomó su responsabilidad, cuando en realidad la mayoría de romanos consideraban su paso por este cargo como un mero trámite, logrando recuperar una gran parte del dinero robado a las arcas públicas en los tiempos de las proscripciones de Sila. Su fama de hombre recto fue en aumento con los años. No obstante, en esa eterna carrera por llamar la atención pública que era la política romana, se vio destinado a enfrentarse a Julio César –de su misma generación, y también participante en algunos de estos procesos judiciales– que representaba con su personalidad extravagante y llamativa la antítesis de Catón. Frente a la vida llena de lujos y vestimentas llamativas de César, Catón no se preocupaba lo más mínimo por su apariencia, hasta el extremo de que era habitual verle recorrer descalzo las calles de Roma, y jamás se desplazaba en carruaje o en caballo. Algo parecido ocurría en el plano sexual, mientras Julio César se elevaba como uno de los mayores mujeriegos de Roma, con numerosas relaciones extramatrimoniales en su haber, el descendiente del hombre más severo de la República nunca mantuvo ninguna relación sexual antes de casarse y, más adelante, se divorció por una infidelidad de su mujer.

Mientras Cayo Julio César se aliaba con Cneo Pompeyo y con Licinio Craso para formar lo que hoy los historiadores denominan como Primer Triunvirato –pese a que no fue más que un pacto privado sin forma política–, Catón «el joven» se elevó como el principal opositor al sistema establecido. Durante el juicio político a Lucio Sergio Catilina y sus seguidores, quienes habían intentado un golpe contra la República en el año 63 a.C, Julio César encabezó la defensa de los conspiradores en un brillante duelo dialéctico con Catón, que, a través de un estilo severo e implacable, argumentó que el único castigo posible era la pena de muerte. Tras una votación abrumadora a favor de la postura de Catón, los conspiradores fueron condenados a muerte. Sin que afectara a su prestigio, César había perdido el pulso dialéctico, pero demostrando que no era precisamente un torpe en el terreno de las palabras ni en el de la conquista.

La enemistad con César traspasó la esfera política a raíz de la prolongada relación que la hermanastra de Catón, Servilia, inició con el famoso general romano. Mientras Catón y César debatían en el Senado sobre el futuro de los participantes en la conspiración de Catilina, un mensajero entró sin hacer ruido en la sala para entregar una nota al famoso general romano. Catón aprovechó la ocasión para acusar a César de estar en comunicación secreta con los conspiradores y exigió que se leyera en alto el contenido de la nota. Para humillación de Catón, se trataba de una carta de amor de Servilia. «¡Ten, borracho!», exclamó Catón al devolverle con desprecio la carta, lo cual resultaba irónico en tanto el rígido patricio bebía mucho, mientras que César era conocido por su abstinencia.

wikipedia | Cicerón pronuncia su discurso contra Catilina, por el pintor Cesare Maccari

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La relación con la hermanastra de Catón, de hecho, fue la que más se prolongó en el tiempo de todas las aventuras de César. «Amó como a ninguna a Servilia», afirma el historiador Suetonio sobre una relación que los años demostraron de alto voltaje. Así, el hijo de Servilia, también llamado Marco Junio Bruto, fue el famoso senador que dio una de las últimas y más dolorosas puñaladas a Julio César el día del magnicidio en el Senado.

Antes muerto que aceptar clemencia

Para cuando su sobrino Junio Bruto apuñaló a César, Catón llevaba muerto muchos años como consecuencia de haber tomado partido contra él en la guerra civil de 49 a. C. Durante años, el estoico senador fue la punta de lanza contra el Triunvirato, poniéndose a la cabeza de la facción de los optimates, pero a la ruptura de esta alianza a raíz de la sorprendente muerte de Licinio Craso en una campaña contra los partos, Catón concentró los ataques exclusivamente hacia Julio César, que por esos años se había elevado como el más destacado general de Roma con su intervención en la Guerra de la Galia. Finalmente, Catón y Pompeyo terminaron aliándose para conseguir declarar ilegal el mando de César y exigir que regresara a la capital para ser juzgado. De este modo, César regresó por fin en el año 49 a. C. acompañado de su decimotercera legión, pero no lo hizo ni mucho menos con la intención de entregar su mando.

Pese a que Pompeyoo alardeó de que solo haría falta que diera una patada en el suelo para que brotaran legiones por toda Italia y se unieran a su causa, lo cierto es que las recientes victorias de Julio César en las Galias habían alterado las simpatías del pueblo. Cuando el bando de los optimates se vio obligado a huir de Roma sin ni siquiera presentar batalla a César, varios senadores se permitieron la chanza de comentar que quizás había llegado la hora de que Pompeyo pateara el suelo. La guerra contra Julio César alcanzó demasiado mayor a Pompeyo, que efectivamente consiguió reunir un ejército en su querida Grecia pero no fue capaz de ganarle el duelo militar al genio emergente.

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ABC | Grabado de los dos ejércitos enfrentados en la batalla de Tapso

Tras la batalla de Farsalia el 9 de agosto del 48 a. C, Pompeyo y el resto de conservadores se vieron obligados a huir sin rumbo para salvar sus vidas. Catón y Metelo Escipión lograron escapar a África para continuar con la resistencia desde Útica, donde contaban con el apoyo del rey númida Juba. Pese a estar en inferioridad numérica, Julio César salió vencedor en la batalla de Tapso, donde cerca de 10.000 soldados pompeyanos fueron masacrados cuando intentaban rendirse, lo cual ha sido interpretado tradicionalmente como que las tropas cesarias quisieron evitar una nueva exhibición de la famosa clemencia del general romana. Debieron pensar que a esas alturas la clemencia solo podía alargar el conflicto. Metelo Escipión fue de los pocos que pudo huir a través del mar, aunque decidió suicidarse cuando fue interceptado por un escuadrón cesariano.

Por su parte, Catón no participó en la batalla de Tapso, puesto que su papel en la guerra se limitó a la tarea secundaria de defender la ciudad de Útica, pero tuvo rápidamente noticias del desastre. El senador, que se había negado a afeitarse y a cortarse el pelo desde que había comenzado la guerra, se retiró a sus aposentos a leer el libro «Fedón», una obra filosófica sobre la inmortalidad del alma escrita por el griego Platón, y sin abandonar la lectura se clavó su espada en el estómago. Para ruina de la teatralidad, Catón «el joven» sobrevivió a la grave herida. En contra de su voluntad, un médico le limpió y vendó a tiempo. Sin embargo, en cuanto volvieron a dejarle solo se abrió las vendas y los puntos y empezó a arrancarse las entrañas con sus propias manos. Murió a los 48 años sin conceder a Julio César la ocasión de que éste le ofreciera su famosa clemencia. En este sentido, cuando César conoció la noticia del suicido de Catón exclamó con ironía: «Catón, a regañadientes acepto tu muerte, como a regañadientes hubieras aceptado que te concediera la vida».

El controvertido romance homosexual que persiguió a Julio César toda su carrera


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  • Los rivales políticos del dictador romano usaron siempre los rumores de que en un viaje diplomático había mantenido relaciones homosexuales con Nicomedes IV, Rey de Bitinia, para erosionar la autoridad del dictador romano
ABC | Retrato moderno de Cayo Julio César

ABC | Retrato moderno de Cayo Julio César

En la política romana, las referencias a la vida privada de los senadores eran algo habitual e incluso se veía como legítimo que se ridiculizaran los defectos físicos de los rivales políticos dentro de los debates. Julio César, conocido en su vida privada por sus numerosas aventuras sexuales con mujeres, fue un excelente abogado y un orador brillante que parecía inmune a las bajezas de esta peculiar forma de hacer política, salvo en lo tocante a su supuesto romance con el monarca de Bitinia durante su juventud. La acusación le persiguió hasta sus últimos días con la intención de socavar su autoridad.

La homosexualidad en la Antigua Roma, sin ser un crimen penal –aunque lo era en el ejército desde el siglo II a.C.–, estaba mal vista en todos los sectores sociales, que la consideraban, sobre todo en lo referido a la pederastia, una de las causas de la decadencia griega. Como recuerda el historiador Adrian Goldsworthy en el libro «César, la biografía definitiva» (La Esfera de los libros, 2007), «aquellos senadores que tenían amantes varones solían hacerlo con discreción, a pesar de lo cual con frecuencia los opositores políticos les ridiculizaban públicamente». En este sentido, los romanos hacían una importante diferenciación sobre quién ejercía el papel de activo y quién el de pasivo en la pareja, tanto a nivel sexual como social. Y esa fue siempre el principal problema de los rumores contra Julio César, que era apodado por sus enemigos como «la Reina de Bitinia».

Corrompido por la depravación oriental

Los opositores a Julio César usaron siempre los rumores de que en un viaje diplomático había mantenido relaciones homosexuales con Nicomedes IV, Rey de Bitinia, para erosionar la autoridad del dictador romano. Así, Julio César fue destinado a una misión diplomática durante su primer servicio militar con 19 años en el extranjero, concretamente en la costa norte de Turquía, con el propósito de reclamar el apoyo militar de Bitinia, un reino aliado de Roma, en un inminente ataque a Mitilene. El anciano rey de Bitinia recibió a César con mucha efusividad en recuerdo de su amistad con el padre de éste, también llamado Cayo Julio César. El joven romano, que apenas había salido hasta entonces de su entorno familiar, fue acusado de alargar su visita más de lo razonable y de verse entretenido por el lujo asiático, fuertemente influido por la tradición helenística que tanto admiraba una parte de la aristocracia latina.

ABC | El caudillo galo Vercingétorix depone sus armas a los pies de César

ABC | El caudillo galo Vercingétorix depone sus armas a los pies de César

Con el tiempo, las especulaciones sobre el retraso adquirieron connotaciones sexuales. Comenzaron a circular versiones que presentaban a Julio César como un amante servicial y pasivo, que había quedado sometido tanto sexualmente como políticamente por Nicomedes. Un relato muy repetido aseguraba que en una ocasión los ayudantes del soberano, en presencia de comerciantes romanos, condujeron al joven patricio hasta el dormitorio real, donde fue vestido con ropajes púrpuras y le dejaron reclinado en un diván dorado esperando a Nicomedes. El hecho de que César hubiera ejercido así un papel pasivo significaba una actuación completamente inadecuada incluso para un esclavo en Roma; y le situaba inmerso en un escenario –las cortes asiáticas– considerado propicio para la depravación sexual y las intrigas políticas.

Los rivales del futuro dictador de la República romana emplearon la historia a modo de arma arrojadiza en una infinidad de veces sin que les importara mucho que el relato fuera cierto o no. En un ambiente político exageradamente difamatorio, los rumores dieron lugar al apodo de «Reina de Bitinia» y a la definición de que Julio César era el «marido perfecto de toda mujer y la esposa de todo hombre». No en vano, también los propios soldados usaron el rumor para burlarse de su comandante en varias situaciones, sin que por ello disminuyera el enorme respeto que sentían por él.

Hoy en día, la veracidad de la historia sigue puesta bajo cuestión, aunque Julio César se afanó en negarla en todo momento hasta el extremo de ofrecerse a jurar ante testigos que se trataba de una mentira. Su firmeza y el hecho de que no se conozcan otras supuestas relaciones homosexuales en su biografía ha hecho suponer a la mayoría de los historiadores que realmente se trataba de una difamación con el objetivo de despertar la cólera de César. ¡Y tanto que lo hacía! Con el paso de los años, el asunto se convirtió en una de las pocas cosas que podían hacerle perder los estribos en público.

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Wikipedia | Cleopatra y César, pintura de 1866 de Jean-Léon Gérôme

Paradójicamente, si por algo es conocida la vida sexual de Julio César es por su apetito insaciable con el género femenino y por la falta de moderación en sus aventuras extramatrimoniales, en muchos casos con las mujeres de otros senadores. César se desposó por primera vez a los 16 años con Cornelia –la hija de Lucio Cornelio Cina, uno de los principales líderes del partido de Cayo Mario– a quien trató con mucho respeto para los estandartes de la época como demuestra el hecho de que se negara a divorciarse como le ordenó Cornelio Sila con el cambio de régimen, pero que no se libró de las infidelidades. En cualquier caso, las relaciones fuera del matrimonio eran comúnmente aceptadas en la sociedad romana para satisfacer los deseos más vergonzosos que una esposa romana, la encargada de asegurar la siguiente generación de activos familiares, no debía padecer.

César, un hombre que vestía de forma llamativa y cuidaba mucho su aspecto físico –la calvicie fue una preocupación persistente en su vida–, tuvo un elevado número de aventuras fuera del matrimonio. El historiador clásico Suetonio relata que a menudo pagó precios muy altos por prostitutas de lo que hoy llamaríamos de «lujo», y que era «dado a los placeres sensuales y manirroto para conseguirlos», incluso con «mujeres de la nobleza» como Cleopatra. En total, Suetonio enumera que fueron al menos cinco las relaciones con esposas de senadoras, entre ellas Servilia, mujer de Marco Junio Bruto y posiblemente su amante favorita. La relación, de hecho, fue la que más se prolongó en el tiempo. «Amó como a ninguna a Servilia», afirma Suetonio sobre una relación que los años demostraron de alto voltaje. Así, el hijo de Servilia, también llamado Marco Junio Bruto, fue el famoso senador que dio una de las últimas y más dolorosas puñaladas a Julio César el día del magnicidio en el Senado. Para más coincidencia, el hermanastro de la aristócrata romana era Catón «el Joven», uno de los opositores políticos más encarnizados de César, que estuvo dispuesto a extraerse los intestinos con sus propias manos antes que a rendirse al ejército del dictador.

La misteriosa enfermedad que torturó al emperador César Augusto hasta los 40 años


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  • Cuando todo parecía dispuesto para el final del Princeps, el griego Antonio Musa modificó el tratamiento dando lugar a una recuperación casi milagrosa. El médico lo curó con algo tan sencillo como aplicar baños de agua fría
Museo Chiaramont Estatua de César Augusto en la Ciudad del Vaticano, Roma.

Museo Chiaramont | Estatua de César Augusto en la Ciudad del Vaticano, Roma.

Cuando en el año 44 a.C. Julio César fue asesinado por un grupo de senadores, Cayo Octavio era un adolescente completamente desconocido recién adoptado por el dictador romano. Nadie pensó que aquel imberbe fuera en serio en su pretensión de continuar con el legado de su padre político. Cayo Julio César Octavio, sin embargo, consiguió en poco tiempo alzarse como uno de los tres hombres más poderosos de la República –formando inicialmente el Segundo Triunvirato con Marco Antonio y Lépido– y más tarde logró gobernar en solitario como Princeps («primer ciudadano» de Roma), para lo cual adquirió la consideración de hijo de un dios. No en vano, una extraña dolencia le recordó, una y otra vez, que era mortal hasta el punto de casi costarle la vida cuando rondaba los 40 años. Sola la intervención de un médico griego evitó que la historia de Roma cambiara radicalmente. Todavía hoy, los investigadores médicos debaten sobre la naturaleza de esta intermitente enfermedad hepática o si, en realidad, se trataban de distintas dolencias no relacionadas entre sí.

El joven Octavio quedó muy pronto huérfano de padre. El patriarca, Cayo Octavio Turino, fue un pretor y gobernador de Macedonia al que, siendo un prometedor político, le alcanzó la muerte de regreso de Grecia a causa de una enfermedad que le consumió de forma súbita en Nola (Nápoles). Curiosamente, Augusto falleció mientras visitaba también Nola muchas décadas después. Numerosos autores apuntan incluso a que murió en la misma habitación en la que falleció su padre. Así y todo, se conocen pocos detalles de la dolencia que causó la muerte del padre y es difícil relacionarla con la que afectó a su hijo.

El niño que «le debe todo a un nombre»

Demasiado joven para participar en las primeras fases de la guerra civil que llegó a Julio César al poder, Octavio se destacó por primera vez como centro de la atención pública durante la lectura de una oración en el funeral de su abuela Julia. Como Adrian Goldsworthy narra en su último libro «Augusto: de revolucionario a emperador» (Esfera, 2015), los funerales aristocráticos eran por entonces acontecimientos muy importantes y servían a los jóvenes para destacarse a ojos de los miembros ilustres de la familia, como ocurrió en esa ocasión con Julio César. El tío-abuelo de Octavio decidió a partir de entonces impulsar la carrera del joven, que desde su adolescencia empezó a mostrar síntomas de una salud quebradiza. Cuando ya había cumplido la mayoría de edad, el dictador destinó a Octavio a Hispania en la campaña militar contra Cneo Pompeyo, pero debido a una enfermedad sin precisar por las fuentes llegó demasiado tarde para participar en el combate. Impregnado de escaso espíritu militar, el joven romano empleó repetidas veces, ya fuera cierta o no, la excusa de sus problemas de salud para alejarse del lugar de la batalla.

ABC | Pintura de la muerte de Julio César en 44 a. C, por Vincenzo Camuccini

ABC | Pintura de la muerte de Julio César en 44 a. C, por Vincenzo Camuccini

A la muerte de Julio César, Octavio –«un niño que le debía todo a un nombre», como le definían sus enemigos– no era todavía apenas conocido ni siquiera entre los partidarios del dictador fallecido, quienes veían en Marco Antonio al verdadero hombre a seguir. Tras levantar un ejército privado y ponerse al servicio de los propios conspiradores que mataron a su tío, Octavio se enfrentó inicialmente a Marco Antonio y Lépido, dos generales hostiles al Senado a consecuencia de la muerte del dictador. No obstante, los tres acabaron uniendo sus fuerzas, en el conocido como Segundo Triunvirato, contra los Libertadores, el grupo de senadores que habían perpetrado el magnicidio. Luego de aplicar una durísima represión política, el Triunvirato acorraló a los Libertadores y sus legiones en Grecia y emprendió en el año 42 a.C. la definitiva campaña militar en estas tierras. El desembarco se produjo en Apolonia, donde Octavio enfermó gravemente sin que se conozca hoy la naturaleza de sus síntomas. La dolencia, una vez más, impidió que Octavio participara en plenitud de condiciones en la batalla que puso fin a la guerra.

Los hechos ocurridos en batalla de Filipos, entre los cabecillas del bando de los Libertadores –Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino– y el Triunvirato, dio lugar durante el resto de la vida de Octavio a comentarios malintencionados sobre su poble actuación. O no tan malintencionados. Como apunta el historiador Adrian Goldsworthy, «Octavio no se comportó como cabía esperar de un joven aristócrata romano al frente de una batalla». De hecho, no apareció por ningún lado. Lo que hoy podríamos llamar la versión oficial aseguró que seguía enfermo y prefirió dirigir la batalla desde la retaguardia trasladándose en litera de un lado a otro, aunque la realidad es que cuando las tropas de los Libertadores consiguieron derrumbar el frente que debía dirigir Octavio e internarse en el campamento enemigo no encontraron por ningún lado al joven. En este sentido, la versión más probable es que ni siquiera se encontrara en el campo de batalla, sino escondido en una zona de marismas cercana recuperándose de su enfermedad en un periodo que se prolongó hasta tres días.

El hijo de un dios que era mortal

De una forma u otra, Marco Antonio consiguió dar la vuelta a la situación y acabar finalmente con el conflicto. Puede que Octavio no fuera un buen militar, pero era un hábil político. Tras repartirse el mundo entre los tres triunviratos, Octavio fue consolidando su poder desde Occidente, mientras Marco Antonio desde Oriente caía en los brazos de Cleopatra y fraguaba su propia destrucción política. Lépido, por su parte, se limitó a dar un paso atrás. En el año 31 a.C, Octavio se vio libre de rivales políticos tras derrotara a Marco Antonio, al que primero había desacreditado con una agresiva campaña propagandística, e inició el proceso para transformar de forma sigilosa la República en el sistema que hoy llamamos Imperio. Lo hizo, sobre todo, valiéndose del agotamiento generalizado entre una aristocracia desangrada por tantas guerras civiles sucesivas. Octavio pasó a titularse con el paso de los años Augusto (traducido en algo aproximado a consagrado), que sin llevar aparejada ninguna magistratura concreta se refería al carácter sagrado del hijo del divino César, adquiriendo ambos una consideración que iba más allá de lo mortal. Sin embargo, los problemas de salud de Augusto –como el esclavo que sujetaba la corona de laurel de la victoria de los comandantes victoriosos durante la celebración de un Triunfo– le recordaban con insistencia que era mortal.

ABC Retrato de Augusto portando un gorgoneion

ABC | Retrato de Augusto portando un gorgoneion

La dolencia que torturó de forma intermitente la vida de Augusto tuvo su punto clave a la edad de 40 años. En el año 23 a.C, Augusto era cónsul por undécima vez, algo sin precedentes en la historia de Roma, y tuvo que hacer frente a una seria epidemia entre la población derivada del desbordamiento del río Tíber. Coincidió esta situación de crisis con las guerras cántabras y con el episodio más grave de la extraña dolencia de cuantos registró en su vida. Ninguno de los remedios habituales contra sus problemas de hígado, como aplicar compresas calientes, funcionó en esta ocasión; y todos, incluido él, creyeron que su muerte era inminente. Así, Augusto llamó a su lecho a los principales magistrados, senadores y representantes del orden ecuestre para abordar su posible sucesión, aunque evitó de forma premeditada nombrar a alguien concreto.

Cuando todo parecía dispuesto para el final del Princeps y del sistema que trataba de perpetuar, la llegada de un nuevo médico, el griego Antonio Musa, modificó el tratamiento dando lugar a una recuperación casi milagrosa. Musa lo curó con hidroterapia alternando baños de agua caliente con compresas frías aplicadas en las zonas doloridas. El agua frío y ese médico griego habían salvado su vida, por lo que Augusto le recompensó con una gran suma de dinero. El Senado, en la misma senda, concedió a Musa una nueva suma de dinero, el derecho a llevar un anillo de oro y erigió una estatua suya junto a la de Escalopio, el dios de las curas. Las muestras de agradecimientos se completaron con la decisión senatorial de dejar exentos del pago de impuestos a todos los médicos.

Ni siquiera hoy está claro cuál fue la naturaleza exacta de la enfermedad que hostigó al Princeps en los diferentes periodos de su vida, aunque lo más probable visto con perspectiva es que no fuera una única dolencia, siendo su salud siempre fue muy frágil y propensa a vivir momentos de colapso. En su largo historial médico registró problemas de eccema, artritis, tiña, tifus, catarro, cálculos en la vejiga, colitis y bronquitis, algunos de los cuales se fueron enconando con el tiempo para convertirse en crónicos, al tiempo que sentía pánico por las corrientes de aire.

Wikipedia | Busto de Tiberio

Wikipedia | Busto de Tiberio

Augusto, en cualquier caso, no volvió a sufrir más problemas de hígado ni registró estados graves más allá de algún catarro primaveral. Al contrario, el Princeps murió en Nola a la avanzada edad de 76 años, lo cual generó el problema contrario al que le había preocupado en su juventud: ¿Quién de los sucesores señalados en diferentes periodos viviría tanto para sobrevivir al longevo romano? Desde luego Marco Vipsanio Agripa –el más fiel de sus aliados y el hombre señalado para sucederle cuando a punto estuvo de fallecer en el año 23 a.C– no pudo hacerlo y fue él quien murió en el 12 a.C. Muy diferente fue el caso del hijastro de Augusto, Tiberio Claudio Nerón, que, habiendo caído en desgracia décadas atrás, tuvo tiempo de recuperar el favor del Princeps antes de su fallecimiento. Tiberio –que se hallaba presente junto con su esposa Livia en el lecho de muerte de Augusto– asumió la cabeza de Roma y pudo escuchar de primera mano las últimas palabras de Augusto: «Acta est fabula, plaudite» (La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!).

Pompeyo, el «adolescente carnicero» que quiso ser el Alejandro Magno romano


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  • Muchos romanos vieron en su carismática figura la sombra del gran conquistador macedonio. Julio César vio al principio a un aliado y, más tarde, a un rival al que solo venció tras mucha dificultad. Pese a ello, cuando los embajadores egipcios entregaron su cabeza decapitada a César, éste quedó ofendido y pidió que le otorgaran los honores debidos
Wikipedia Escultura de Cneo Pompeyo «Magno»

Wikipedia | Escultura de Cneo Pompeyo «Magno»

Cuando Julio César decidió cruzar el río Rubicón desafiando al Senado y dando inicio a la Segunda Guerra Civil de Roma, Cneo Pompeyo se puso al frente del bando de los optimates, proclamados centinelas de las viejas esencias de la República. La guerra terminó con la cabeza de Pompeyo –un brillante estratega en su juventud, que nada pudo hacer contra los nuevos vientos de la historia– arrojada a los pies del dictador romano, quien contrariado reclamó un funeral honroso para el que fue su más distinguido rival. No en vano, la suya quedó como la historia de un romano tradicional que pereció frente a la poca convencional trayectoria de Julio César. Nada más lejos de la realidad. La carrera de Pompeyo Magno, llamado el adulescentulus carnifex (el «adolescente carnicero») por su brutalidad en los tiempos de la represión iniciada por Cornelio Sila, no tuvo nada de ortodoxa hasta que precisamente alcanzó la vejez.

En muchos aspectos, la carrera de Pompeyo constituyó un vuelco radical en el camino político que se esperaba de un romano en su ascenso social. Como Adrian Goldsworthy relata en su libro «Grandes generales del Ejército romano» (Ariel, 2005), con solo 23 años Pompeyo reclutó un ejército privado usando su fortuna familiar para participar en la Guerra Civil del año 88 a.C, que enfrentó a Cornelio Sila contra Cayo Mario. Se trataba de algo fuera de lo común al carecer de autoridad legal, pero Sila le dio legitimidad al estar necesitado de tropas y al vislumbrar el encanto natural del joven. Aunque el padre de Pompeyo no era un hombre nuevo ni carismático, pero sí enormemente rico, el papel político de su familia había sido poco destacado hasta entonces y prácticamente se limitaba a su participación en la Guerra Social que encumbró a Sila como héroe de la República, despertando la hostilidad abierta de Mario.

Fue en la guerra entre ambos caudillos romanos cuando el ejército de Cneo Pompeyo cobró poco a poco protagonismo a base de pequeñas victorias, entre las que destacó una gesta individual del joven romano que descabalgó y mató con sus manos a un jefe de una compañía de jinetes galos al servicio del bando de Mario. Al reunirse finalmente con Sila, el viejo romano desmontó de su caballo y recibió con grandes gestos de amistad a Pompeyo, al que llamó imperator (apelativo reservado a los comandantes victoriosos) y lo situó como su principal consejero.

El joven verdugo de Cornelio Sila

Ambos consiguieron encadenar una serie de victorias que terminaron con la ocupación de Roma y la proclamación de Sila como dictator rei publicae constituendae («dictador para el restablecimiento de la República), sin limitación de tiempo alguno. Como hizo Mario años atrás, el nuevo régimen aplicó una sangrienta represión política que incluía una amplia lista de proscritos clavada en el Foro. Quien aparecía en esta lista debía perder todos sus derechos como romano y morir, siendo perfectamente legal que fuera a través de un método violento. Las cabezas de cientos de proscritos terminaron decorando las paredes del Foro y sus bienes pasaron a ser propiedad de Sila y del Tesoro, que, sin embargo, se mostró muy generoso en el reparto con sus seguidores. Entre estos beneficiados se encontraba Cneo Pompeyo, conocido entonces como el adulescentulus carnifex (el «adolescente carnicero»), o «el joven verdugo», por recrearse en exceso en la persecución y tortura de los senadores señalados en la lista.

Aunque la Guerra Civil había terminado con la toma de Roma, algunos de los generales del fallecido Mario se negaron a entregarse y continuaron la lucha en las provincias periféricas. Durante la campaña que Pompeyo acometió con éxito en Sicilia contra el rebelde Perperna, recibió por primera vez un título oficial, dado que el Senado le entregó el imperium de propretor. Ejerciendo este cargo se produjo un amago de levantamiento en Sicilia, donde las tropas de Pompeyo se ofrecieron a acompañarle a Roma a derrocar a Sila por lo que consideraban una serie de muestras de ingratitud hacia el general que tanto había regalado al dictador. Sin embargo, Pompeyo se mostró leal al dictador y cuando regresó a Roma le fue concedido el título de Magno («el Grande»), lo cual alimentó aún más las comparaciones con el general macedonio Alejandro Magno, y, tras mostrarse Sila inicialmente reticente, le concedió un triunfo. Nadie antes lo había celebrado en una edad tan temprana y, quizás por influencia de su inmadurez, Pompeyo se empeñó en que quería hacerlo en un carruaje tirado por elefantes. Desistió al descubrir que la estrechez de una parte del itinerario impedía el uso de estos animales.

ABC La huida de Pompeyo después de Farsalia, por Jean Fouquet

ABC | La huida de Pompeyo después de Farsalia, por Jean Fouquet

A continuación, Pompeyo Magno se negó a aceptar el cargo de senador que Sila le ofreció y, en cambio, prefirió seguir su carrera al margen del cursus tradicional, el cual estipulaba restricciones de edad en función del cargo. Por el contrario, decidió casarse con la hijastra de Sila, lo cual supuso un trágico golpe para su primera mujer Antistia –que había perdido a su padre en la guerra civil asesinado por casarse con Pompeyo– y dio un impulso a su carrera política. Al fallecimiento de Sila, Pompeyo se aseguró de que el cadáver de su suegro recibiera los debidos honores y no se produjeran disturbios, aunque no pudo evitar que el excónsul Lépido se levantara contra el Senado. Así y todo, el hombre que siempre se había resistido a seguir una carrera convencional respondió a la llamada de auxilio del Senado y se encargó de derrotar a Lépido.

Algunos de los partidarios de Lépido se refugiaron en Hispania, donde Quinto Sertorio –discípulo de Cayo Mario– seguía resistiendo desde los tiempos de la Guerra Civil sin que ninguno de los generales de Sila pudiera hacer nada para evitarlo. Hábil político, Sertorio instituyó un Senado local y conservó las formas de gobierno romanas, titulándose únicamente procónsul. Así se ganó la adhesión de los pueblos de las Hispanias y se convirtió en un rival militar solo a la altura de Pompeyo Magno. El discípulo de Mario contra el de Sila. Frente a la negativa de los dos cónsules designados a ir a Hispania, Pompeyo, de 28 años, fue nombrado pro consulibus (enviado «en lugar de ambos cónsules») y destinado a la provincia más occidental de la República. Pese a que en los primeros encuentros Sertorio dio severos correctivos a su joven rival, poco a poco fue perdiendo terreno y quedó sumido en una guerra de desgaste que no podía ganar. El general exiliado no estaba perdiendo la guerra pero ya era evidente que jamás podría ganarla. Una afición desmesurada por el vino y un humor depresivo fueron brotando en Sertorio. En el año 72, Perperna, mano derecha de Sertorio, organizó un banquete donde el general y su guardia fueron emborrachados y posteriormente asesinados. Perperna quiso continuar la guerra, pero Pompeyo no tardó más que un instante en derrotarlo.

Siempre presente para robar la gloria final

De regreso una vez más victorioso a Roma, Pompeyo se adueñó injustamente de la mayor parte de la gloria de la victoria de Craso en la rebelión de los esclavos. En el año 73, un grupo de ochenta gladiadores encabezados por un esclavo tracio llamado Espartaco, escapó de una escuela de gladiadores en Capua y se refugió a las faldas de el Vesubio, donde pronto levantó a miles de esclavos en favor de su causa. Frente al genio militar de Espartaco, que convirtió la maraña de esclavos de distintas tribus en un ejército unido capaz de destrozar a dos ejércitos consulares, el Senado encargó a Marco Licinio Craso que se hiciera cargo de la campaña.

ABC | Crucifixión en la antigua Roma

ABC | Crucifixión en la antigua Roma

Craso era uno de los hombres que se habían alineado con Sila durante la Guerra Civil y cuya máxima cualidad, más allá de sus rígidos, casi crueles, métodos para mantener la disciplina, era su monstruosa fortuna tallada a golpe de apropiación de los bienes de proscritos. Sea como fuere, Craso venció a Espartaco, que fue reducido cuando se dirigía a matar al cónsul romano, y capturó a 6.000 esclavos, que hizo crucificar por intervalos a lo largo de la Vía Apia. Pompeyo utilizó el hecho de que había derrotado a un par de miles de esclavos durante la huida para adueñarse de la victoria. Craso solo pudo celebrar una ovación por su papel en la rebelión, mientras Pompeyo incluyó la campaña contra los esclavos en las celebraciones de su segundo triunfo, concedido sobre todo por sus méritos en Hispania.

Ya como cónsul, Pompeyo se puso como objetivo terminar con la piratería que azotaba el Mediterráneo y que vivía su edad de oro con la convulsión de Roma. Los piratas asaltaban impunemente embarcaciones y muchas ciudades de las costas de Grecia y Asia hasta las de Italia y España. Entre otros ilustres patricios que fueron secuestrados por los piratas, destaca un Julio César adolescente que pasó 38 días cautivo. Es por esta razón que Pompeyo fue nombrado comandante de una fuerza naval extraordinaria para lanzar una campaña contra los piratas con poderes que se extendían por todo el Mediterráneo y hasta 50 millas tierra adentro. En un alarde logístico, el Alejandro Magno romano dividió el Mediterráneo en trece regiones separadas, cada una bajo el mando de uno de sus legados, y en cuarenta días expulsó a los piratas del Mediterráneo occidental. Las fuerzas de Pompeyo barrieron poco a poco a los piratas del Mediterráneo en lo que supuso una de las mayores demostraciones militares de capacidad organizativa en la Antigüedad.

En 74 a. C, Pompeyo –siempre tentado a emular a Alejandro Magno– aprovechó el estallido de la Tercera Guerra Mitridática, entre el Ponto, dirigido por su rey Mitrídates VI, y Roma, para reclamar también un mando extraordinario sobre el Mediterráneo Oriental. El hecho de que la guerra ya se encontrara en un fase avanzada –favorable a los intereses romanos–, como ocurriera con la rebelión de Espartaco, hizo que muchos vieran en la irrupción de Pompeyo un nuevo intento por llevarse las glorias de otros, en este caso a costa de Lucio Licinio Lúculo, un estratega de excepcional talento pero que fue incapaz en ningún momento de ganarse la estima de sus soldados.

Wikipedia Entrada de Pompeyo al templo de Jerusalén

Wikipedia | Entrada de Pompeyo al templo de Jerusalén

Con los fondos y la libertad que el Senado negó a Lúculo durante años, el Alejandro Magno romano venció fácilmente a Mitrídates y lo forzó a internarse en el corazón de Cólquide (en la actual Georgia). Sin descuidar la persecución del rey huido, Pompeyo desplazó sus intereses hacia Tigranes y Armenia, donde obligó al rey Trigranes a pagar su apoyo a Mitrídates con un durísimo tratado en favor de Roma. Su siguiente paso le llevó al reino del soberano Oroeses de Albania, en cuya batalla más decisiva se afirma que Pompeyo luchó en combate singular contra el mismísimo hermano del rey, al que mató siguiendo la mejor tradición de Alejandro Magno. También Oroeses tuvo que aceptar las duras condiciones de Roma. En esa misma campaña, Magno todavía encontraría tiempo para intervenir en la guerra civil que estalló en el reino asmoneo de Jerusalén. Después de tres meses de asedio, Pompeyo conquistó la emblemática ciudas de Jerusalén.

En el apogeo de su gloria, Pompeyo volvió a Roma a celebrar su tercer triunfo en el año 61 a. C., en su 45 cumpleaños. Con parte del mastodóntico botín acumulado durante años, el veterano romano financió la construcción del primer teatro de piedra de Roma, un complejo de un tamaño superior a todos los monumentos triunfales hasta entonces conocidos en la ciudad. Y aunque se encontraba en su momento cumbre, durante su ausencia habían surgido nuevos poderes emergentes en Roma que le obligaron a ceder terreno ante un viejo rival, Craso, y su joven protegido, Julio César. Sin embargo, en algún momento de ese mismo año, Pompeyo formó una alianza política secreta con ambos. Para estrechar estos lazos, contrajo matrimonio con la hija de Julio César y, a pesar de la diferencia de edad, fueron extremadamente felices hasta la prematura muerte de ella. De hecho, la alianza fue muy lucrativa para los tres, pero cuando falleció Craso en una demencial e innecesaria campaña contra los partos Julio César y Pompeyo comenzaron un distanciamiento que acabó enfrentándolos en una nueva guerra civil.

ABC Representación pictórica de los emisarios egipcios presentando la cabeza de Pompeyo a Julio César

ABC | Representación pictórica de los emisarios egipcios presentando la cabeza de Pompeyo a Julio César

Pese a que el veterano romano alardeó de que solo haría falta que diera una patada en el suelo para que brotaran legiones por toda Italia y se unieran a su causa, lo cierto es que las recientes victorias de Julio César en las Galias habían alterado las simpatias del pueblo. Cuando el bando de los optimates se vio obligado a huir de Roma sin ni siquiera presentar batalla, varios senadores se permitieron la chanza de comentar que quizás había llegado la hora de que Pompeyo pateara el suelo. La guerra contra Julio César alcanzó demasiado mayor a Pompeyo, que finalmente consiguió reunir un ejército en su querida Grecia, pero no fue capaz de ganarle el duelo militar al genio emergente. Tras la batalla de Farsalia el 9 de agosto del 48 a. C, Pompeyo y el resto de conservadores se vieron obligados a huir sin rumbo para salvar sus vidas. Con la intención de pedir ayuda al faraón Ptolomeo XIII, Pompeyo llegó a las costas de Egipto y envió emisarios al rey a la espera de respuesta. No obstante, los egipcios le cortaron la cabeza y se la llevaron, junto con su sello, a César a modo de obsequio. Nada pudo ofenderle más a César, que se encargó de perseguir y ejecutar a los responsables de una muerte tan cruel y deshonrosa.

Descubierto un campamento romano de 2.000 años cerca de Jerusalén


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  • El campamento, donde permanecieron 5.000 hombres, es el primero de carácter permanente encontrado en la zona
 JvRP Restos de calle romana de Legio, cerca de la villa de Megido, en Israel

JvRP | Restos de calle romana de Legio, cerca de la villa de Megido, en Israel

Entre los siglos 2 y 3, más de 5.000 soldados pertenecientes a la Legio VI Ferrata, que sirvió a Julio César en la Guerra de las Galias y en las guerras civiles romanas, instalaron su base en un campamento a 90 kilómetros de Jerusalén, el único de la zona destinado a ser permanente. Campamento, de nombre Legio, que no sería noticia de no ser por su reciente descubrimiento.

Según informa The Times of Israel, la excavación del castro, como se conoce a una fortificación militar, ha sido conducido por el Instituto Arqueológico W.F. Albright con la ayuda del Israel Antiquities Authority. «Hablamos de un gran campamento, imperial, de unos 300 metros por 500», concreta Yotam Tepper, codirector de la excavación.

Legio sirvió como refugio y asentamiento a los soldados, situándose muy cercana a la ciudad de Megido. Vivió las revueltas judías, en especial la rebelión de Bar Kojba, en la que los judíos se enfrentaron a los romanos, llegando a aniquilar varios destacamentos.

«Es la primera vez que tenemos la oportunidad de poder entender cómo los militares romanos se organizaban, sobre todo en asentamientos en el Imperio de Oriente”, sentenció Matthew J. Adams, codirector de la excavación y mandatario del Instituto Arqueológico.

La verdadera muerte de Julio César: 23 cortes y dos asesinos heridos


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  • Lejos de la teatralidad, el dictador romano se defendió del ataque de los senadores con un punzón y consiguió herir en el muslo a Marco Bruto, el más emblemático miembro de la conspiración
Wikipedia La muerte de Julio César de F. H. Fuger

Wikipedia | La muerte de Julio César de F. H. Fuger

Casca apuñala en la nuca a Julio César, y los otros le secundan en la acción, terminando por Bruto. César dice en ese momento: «Et tu, Bruté?», lo cual se traduce en «¿Y tú, Bruto?» – ¿También tú, Bruto? –. Así escenifica William Shakespeare –inspirado en la versión del historiador Seutonio– la muerte del dictador romano y la puñalada final de Marco Junio Bruto, hijo de Servilia (amante de César), en una de sus obras trágicas más famosas. Sin embargo, cualquiera parecido con la realidad es pura coincidencia. Después de recibir 23 heridas, aunque paradójicamente solo una de ellas resultó mortal, parece poco probable que todavía tuviera fuerzas para lanzar una cita tan teatral. Al contrario, César consiguió defenderse durante unos segundos e hirió a Bruto en el muslo con un punzón. Ya herido de muerte, se cubrió la cara con su túnica en un último intento por dignificar su apariencia.

Nacido el 13 de julio del año 100 a. C, Cayo Julio César tuvo una carrera política mucho más convencional de lo que tradicionalmente se ha considerado siempre. Tras la muerte del dictador Sila, que recelaba de Julio César por sus lazos familiares con Cayo Mario, el joven patricio ejerció por un tiempo la abogacía y fue pasando por distintos cargos políticos. En 70 a.C., César sirvió como cuestor en la provincia de Hispania y luego como edil curul en Roma. Dado a endeudarse para ganarse la simpatías del pueblo, la generosidad de Julio César se hizo famosa en la ciudad y le permitió en 63 a.C. ser elegido praetor urbanus al obtener más votos que el resto de candidatos a la pretura. Su carrera política, no en vano, dio un salto definitivo cuando fue elegido cónsul gracias al apoyo de sus dos aliados políticos –Cneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso– los hombres con los que César formó el llamado Primer Triunvirato. Al terminar el consulado, fue designado procónsul de las provincias de Galia Transalpina, Iliria y Galia Cisalpina, desde donde regreso convertido en un gran héroe militar que había logrado someter a los pueblos galos.

El final del Triunvirato da inició a la guerra civil

La muerte de Craso en una desastrosa campaña contra el Imperio parto rompió en añicos el Triunvirato y enfrentó a Pompeyo contra César. Tras una guerra civil que duró cuatro años, César regresó victorioso a Roma a finales de julio de 46 a. C. La victoria total de su facción dotó a César de un poder enorme y el Senado se apresuró a legitimar su posición nombrándolo dictador por tercera vez en el año 46 a. C. por un plazo sin precedentes de diez años. La benevolencia mostrada por el dictador, que no solo perdonó la vida a la mayoría de los senadores que se habían enfrentado contra él durante la guerra, sino que incluso les otorgó puestos políticos, se reveló con el tiempo como un error político de bulto. La mayoría de los 60 senadores implicados en su asesinato habían sido amnistiados previamente por el dictador.

Marco Junio Bruto, sobrino de Catón «El joven», había combatido junto a César en la Galia –al que le unía la amistad y un delicado parentesco, su madre era amante del dictador– y después contra él durante la guerra civil. Por su parte, Cayo Casio Longino, quizás el principal cabecilla de la conspiración, ejerció como legado para él después de combatir primero en el bando de Pompeyo. Otro conspirador, Cayo Trebonio, había servido durante muchos años en el alto mando de Julio César en las campañas de la Galia. Ni la gratitud ni la amistad disuadieron a los conspiradores de sus intenciones, que afirmaron haber matado al tirano por salvaguardar la República, y, sin embargo, solo consiguieron acelerar la caída de una institución que llevaba un siglo tambaleándose. Su final se vislumbraba desde que la derrota final de Aníbal había requerido buscar enemigos internos.

Pero más allá de los asuntos políticos, que tenían como trasfondo la lucha entre distintas familias de la aristocracia, el asesinato del dictador escondía un factor simbólico. Julio César decía descender de los Reyes de Alba Longa –una ciudad absorbida por Roma poco después de su fundación– y solía vestir por esta razón con una túnica de mangas largas y botas de media caña de cuero rojo. Por su parte, Bruto pertenecía a la estirpe de Lucio Junio Bruto, que en torno al año 509 a.C. acabó con el último rey de Roma, Tarquinio «El Soberbio», aunque ciertamente entre muchos de sus contemporáneos había dudas de que la afirmación fuera cierta. La imagen de un grupo de senadores terminando con el hombre que aspiraba supuestamente a convertirse en rey, el tirano, impulsó a los conspiradores más dubitativos a acometer el magnicidio, además de conquistar el imaginario de Shakespeare.

El día del magnicidio: «¡Cuídate de los idus!»

El día previo al asesinato, la esposa de César Calpurnia Pisonis había tenido supuestamente una pesadilla donde advirtió el asesinato de su marido. Dado que Calpurnia no era dada a supersticiones, se dice que el dictador cedió quedarse en casa y envió un mensaje al Senado para informarles de que la mala salud le impedía abandonar su casa para llevar a cabo ningún asunto público. Sin embargo, Décimo Bruto –otro de los conspiradores– consiguió convencer finalmente a César de que acudiera a la cámara, ya que en pocos días iba a ausentarse fuera del país y debía dejar los asuntos políticos convenientemente atados. También se ha considerado según la tradición que el profesor de griego Artemidoro entregó un manuscrito a César a la puerta del Senado avisándole de la conspiración, pero éste no llegó a abrirlo a tiempo.

Wikipedia La muerte de Julio César, por Jean-León Gérôme

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La muerte de Julio César, por Jean-León Gérôme

Además, hasta principios del año 44 a.C. César había contado con la protección de una escolta de auxiliares hispanos, pero los había licenciado como demostración de normalidad política en cuanto el Senado aprobó prestarle un juramento de lealtad. El 15 de marzo de ese año acudió al Senado sin más protección que la compañía de sus colaboradores más cercanos. Una vez dentro del edificio público, los conspiradores se encargaron de llevarse a Marco Antonio a un lugar apartado. Los asesinos eran conscientes de que Marco Antonio, además de fiel a César, era un hombre corpulento y dado a arranques de ira. Antes de que diera comienzo la reunión senatorial, los conspiradores se apiñaron en torno al dictador fingiendo pedirle distintos favores. Lucio Tilio Címber, que había servido a las órdenes del César, le reclamó que perdonara a su hermano que se encontraba en el exilio. Mientras el dictador romano trataba de calmar al grupo, Címber tiró de la toga de César y mostró su hombro desnudo: era la señal acordada. Casca sacó su daga y le apuñaló, pero solo fue capaz de arañar el cuello del dictador. Según algunas versiones, César agarró los brazos de Casca y forcejeó con él intentando desviar la daga.

El general romano no solo se defendió por unos segundos de los ataques, sino que fue capaz de sacar un afilado estilo (un puñal) y herir a varios hombres, al menos dos, incluido a Bruto en un muslo. Tras el ataque de Casio, los otros conjurados se unieron a la lucha propinando a César numerosas estocadas y tajos. Solo dos senadores de los presentes trataron de ayudar al dictador, pero no consiguieron abrirse camino. Sin que sea posible de comprobar, puesto que las fuentes presentan distintas versiones, Marco Bruto fue uno de los últimos en acuchillar a César, con una herida en la ingle, y al que habría dirigido el famoso «tú también hijo mío». Con 23 puñaladas en su cuerpo –aunque solo una realmente mortal–, Julio César se cubrió la cabeza con su túnica púrpura en un último esfuerzo por mantener la dignidad y cayó desplomado junto al pedestal de la estatua de Pompeyo, su otrora máximo rival.

En pánico se propagó por la sala, los senadores que no tenían manchada la ropa de sangre huyeron del lugar enseguida. Durante un tiempo, toda Roma quedó anonadada sin decidir si aquello era el comienzo de una nueva guerra civil o el origen de los festejos por la muerte de un tirano. Marco Antonio se reunió con los conspiradores en privado y obtuvo permiso para que César tuviera un funeral público en el Foro. En línea con el famoso discurso que Shakespeare puso en boca de Marco Antonio en su drama, el leal amigo de César aprovechó el acto para ensalzar las virtudes del fallecido dictador, al mismo tiempo que lanzaba velados reproches a los conspiradores, «los hombres más honrados». No obstante, el momento cumbre del funeral llegó cuando Antonio leyó a viva voz el testamento de César, que incluía la donación de unos amplios jardines junto al Tíber al pueblo de Roma y un regalo en metálico a todos los ciudadanos. Tras el anuncio se produjeron disturbios y ataques contra las viviendas de los conspiradores. Paradójicamente, el leal seguidor del dictador Helvio Cinna fue asesinado ese día por la turba que le confundió con uno de los conspiradores, Cornelio Cinna.

Desde que se hizo público el testamento, el sobrino nieto de Julio César, Octavio, de 18 años, asumió el papel de hijo adoptivo del dictador y cambió su nombre por el de Cayo Julio César Octavio. Al principio, combatió junto al Senado y varios de los conspiradores contra Antonio, que no tardó en levantar a las legiones que todavía eran fieles a la memoria de Julio César. No en vano, Cayo Julio César Octavio –el futuro Emperador Augusto– terminó uniéndose a Antonio y a Lépido, otro de los fieles de Julio César, para formar el segundo Triunvirato y dar caza a los asesino de los idus de marzo. En el plazo de tres años, prácticamente todos los conspiradores fueron ajusticiados sin que observaran ni la más leve sombra de la famosa clemencia del tirano al que tanto se habían afanado en eliminar.

Cleopatra, las intrigas históricas de la «ramera» que dominó Egipto


ABC.es

  • Odiada hasta el extremo por sus adversarios, ha sido tratada como una «mujer fatal» que dominaba la política usando sus armas de mujer
Jean Leon Gerome Los historiadores dicen de ella que era «puta» y «lasciva»

Jean Leon Gerome | Los historiadores dicen de ella que era «puta» y «lasciva»

Una mujer hermosa, obsesionada con los cosméticos y, por supuesto, toda una devoradora de hombres. Esa es la imagen que ha prevalecido de la mítica Cleopatra VII, famosa por ser la última reina del Antiguo Egipto y por conquistar el corazón de romanos como Julio César y Marco Antonio. Sin embargo, la existencia de esta monarca está teñida por una ficción creada por sus enemigos, quienesla mostraban como una «ramera» que se aprovechaba de su supuesta belleza para encandilar a los hombres y dominar la política.

Una de las ideas más extendidas sobre Cleopatra es la que afirma que era una «mujer fatal» que usaba sus armas como hembra y su capacidad de seducción para conquistar el corazón de los políticos. No obstante, esta es una afirmación que no se puede sustentar en hechos fehacientes, pues se basa en las ideas extendidas por los historiadores griegos y romanos, quienes sentían en no pocos casos odio hacia ella debido a su inteligencia y a su determinación de salvaguardar Egipto de la ambición extrajera.

«Las voces masculinas que la sentían como una amenaza centraban el objeto de su ira en la destrucción de su reputación que, dada su condición femenina, estaba en relación directa con su licencioso comportamiento moral, de ahí que para César, Pompeyo, Escario o Mecenas fuera “lasciva”, “puta”, “ramera” o “indecente yegua”. Otros personajes la perciben como una mujer “extraña”», explica Belén Ruiz Garrido, Doctora en Historia del Arte por la Universidad de Málaga, en su dossier «Yo soy Egipto. El poder y la seducción de Cleopatra en las artes plásticas y en el cine».

Smamente bella

Otra de las visiones más recurrentes es la que define a Cleopatra como una mujer sumamente bella. Esta imagen es apoyada por contemporáneos de la reina como Marco Antonio, quien vivió encandilado por ella. «La edad no puede marchitarla, ni podrá la costumbre agostar su infinita variedad: otras mujeres sacian los apetitos que despiertan, pero ella da más hambre cuánto más satisface. Incluso lo más vil se vuelve puro en ella, y hasta los sacerdotes bendicen el ardor de su lujuria», señalaba el oficial romano (tal y como se recoge en la obra «Antonio y Cleopatra»)

Sin embargo, su belleza es, a día de hoy, difícil de corroborar. «Dadas las fuentes documentales que nos han llegado –monedas, relieves etc.- no parece una belleza. Los últimos estudios nos dicen que tenía una nariz respingona y una barbilla prominente. El problema es que los historiadores griegos la definieron como una “femme fatale”. Esa imagen, unida a películas como la protagonizada por Liz Taylor, ha hecho que a día de hoy se la recuerda como una mujer extremadamente bella y seductora», señala a ABC Aroa Velasco, historiadora especializada en el Antiguo Egipto y autora de la página Web «Papiros perdidos».

Por el contrario, Velasco afirma que la imagen que ha llegado hasta hoy de Cleopatra ha provocado que nos olvidemos de que era una política consolidada que sabía hablar multitud de idiomas y estaba interesada en la ciencia y la literatura. «Me parece más importante señalar que era una ilustrada asociada con el helenismo griego que explicar de ella que era una belleza. Lo que sí se sabe es que era muy culta, y eso es más determinante desde el punto de vista histórico que si era guapa o si era fea», completa la experta.

Obsesionada por los cosméticos

La enésima leyenda sobre la Reina es la que afirma que estaba obsesionada por los cosméticos y utilizaba todo tipo de extravagantes productos de belleza, una idea que se funda en historiadores griegos como Plutarco y Apiano. De ella se dice que se bañaba en leche de burra (¿quién no ha escuchado esa leyenda?), que se ponía maquillaje y pintalabios y, finalmente, que usaba todo tipo de exfoliantes para mantener su piel tersa. Todo, con el objetivo de estar atractiva para los hombres.

No obstante, es sumamente difícil comprobar la veracidad de estas leyendas en la actualidad. «A nivel arqueológico no podemos decir que sí de forma tajante, aunque algunos historiadores hacen referencia a ello. Pero esto no nos debería sorprender, porque todos los egipcios usaban maquillaje como método antiséptico y estético. Un ejemplo es que se pintaban la raya del ojo con un producto determinado para ahuyentar a los mosquitos. El problema es que, al ser mujer, se vio de forma diferente por los historiadores», determina la experta.

En este sentido, Velasco considera que Cleopatra no se ponía más maquillaje que cualquier otra egipcia con una capacidad económica similar. A su vez, cree que lo usaba tan asiduamente debido a que era una forma de acercarse a su pueblo y de cuidarse. Aunque eso sí, como cualquiera de sus compatriotas.

Un extraño método exfoliante

El último mito sobre la reina más famosa del Antiguo Egipto ha salido a la luz gracias al cirujano plástico David Jack. Y es que, este británico abrió –hace menos de un año- una clínica en la que dice rejuvenecer la tez de sus pacientes pasando un bisturí sobre su cara. El doctor señala que el método es heredado de aquellos que usaba Cleopatra para cuidar su cutis. Una afirmación valiente pues, como señala Velasco, no existen en la actualidad restos arqueológicos que permitan corroborar esta teoría.

Concretamente, el médico afirma que Cleopatra usaba «leche y frutas» para ablandar su piel y derretir el «pegamento que mantenía unidas las células de la capa superior de su piel». Una vez que estas se «aflojaban», ordenaba que le pasasen un cuchillo afilado sobre la piel para eliminarlas.

«Nosotros usamos hoy en día ácido mandélico y glicólico para sustituir a la fruta, y salicílico y láctico para la leche», determina el doctor. Según afirma, aunque el proceso es algo caro hace que aquel que lo lleve a cabo reduzca su edad dermatológica en unos cinco años.

¿Es posible que la reina de Egipto utilizase este sistema? A Velasco no le parece extraño, aunque, nuevamente, señala que no es posible afirmarlo ni negarlo. «Nada es fiable si no está basado en fuentes arqueológicas. Personalmente no había escuchado hasta ahora nada referente a este sistema, pero cuadra perfectamente con los métodos utilizados por los egipcios. Aun con todo, no conozco ninguna referencia a ello en papiros antiguos que hayan sido traducidos», finaliza.

Octavio Augusto, el emperador de Roma que trajo la “transición” a Hispania


La Vanguardia

  • Se cumple el bimilenario de la muerte del sucesor de Julio César, quien logró la ansiada paz gracias a tender la mano a los nuevos pueblos conquistados

Octavio Augusto, el emperador de Roma que trajo la

Madrid (EUROPA PRESS). – Este martes se cumple el bimilenario de la muerte del primer emperador de Roma, Octavio Augusto, sucesor de Julio César y que tuvo un papel preeminente en la integración de Hispania dentro del Imperio, gracias al respeto a las costumbres y tradiciones del pueblo hispano.

Así lo explica en una entrevista con Europa Press Nova Barrero, conservadora del Museo Nacional de Arte Romano que ha dirigido el ciclo de conferencias ‘Augusto y su tiempo’ organizado por este centro, para quien la figura del primer emperador romano fue clave para “rescatar los valores principales de la República”.

Octavio recibió una herencia envenenada tras la muerte de Julio César en el año 44 a.C. Junto a Marco Antonio y Lépido, formó un triunvirato que terminó con Lépido en el exilio y Marco Antonio suicidado, dejando paso a Augusto en el poder en solitario y dando inicio a la conocida como Paz Romana.

“La República estaba dando sus últimos coletazos y entraba en crisis, pero Octavio supo rescatar sus valores (apoyando al Senado) y, en concreto, buena parte de los valores morales de la romanidad más antigua”, ha explicado Barrero, resaltando la importancia que tuvo establecer un único control administrativo para todo el imperio.

Asimismo, la influencia en España de Augusto ha sido conservada con el paso de los años en forma de arte e incluso de cultos religiosos.

Octavio Augusto lideró las tropas romanas que pusieron fin a las Guerras Cántabras, así como fundó la Colonia Augusta Emeritana, constituyendo la ciudad de Mérida como capital de la provincia lusitana. “Hispania estaba en el confín del imperio, era la provincia más occidental, pero eso no le impidió a Augusto fundar nuevas ciudades y apostar por la zona”, apunta la conservadora del Museo Nacional de Arte Romano en Mérida.

En este sentido, destaca la elevada presencia de la figura física del emperador a través de obras escultóricas, “que no se encuentran en otras ciudades”.

Octavio Augusto logró la ansiada Paz Romana gracias a tender la mano a los nuevos pueblos conquistados, respetando sus culturas e incluso sus religiones. “Supo hacer una transición con los territorios que se iban añadiendo, permitiendo continuar con su modo de vida, las creencias…se logró una cierta simbiosis en la que los propios pueblos entendían también los beneficios de pertenecer al Imperio romano”, ha señalado.

Precisamente, con motivo de este centenario varias provincias españolas están asumiendo la labor de reconocer la figura de este emperador, aunque la propia Barrero asume que la actual situación económica impide “afrontar más responsabilidades”. “Está siendo complicado desde todos los centros, querrían haber hecho más actividades, más programas públicos para valorar la figura del emperador”, ha afirmado.

El Museo Nacional de Arte Romano de Mérida acoge desde el 4 de julio de este año hasta el 6 de enero del año 2015 la exposición ‘Augusto y Emérita’. Esta exposición ha contado con el respaldo del Fetsival de teatro de Mérida, quien en su edición de este año también ha tenido un recordatorio para la figura del emperador.

Por su parte, Córdoba, otra ciudad que conserva importantes vestigios del paso del emperador romano, ha celebrado el ‘año Augusto’ con la puesta en marcha de distintas actividades con talleres en el templo romano. En Aragón se han organizado a lo largo de todo este año conferencias, teatralizaciones, talleres infantiles y para la familia, recreaciones históricas y varias exposiciones, una serie de actos organizados por el Gobierno de Aragón y los ayuntamientos de Zaragoza, Calatayud, Huesca, Tarazona y Velilla de Ebro.

Descubierto el busto más antiguo de Julio César


Agencias – El País

La pieza, datada hacia el 46 a. C., ha sido hallada en el lecho del Ródano en Arles

actualidad080514ces.jpgUn busto de mármol del general romano Julio César hallado en el lecho del Ródano en Arles (Francia) ha sido datado como el retrato más antiguo del conquistador de las Galias. Datado hacia el 46 a. C., se trata del retrato más antiguo del dictador y, por tanto, quizá el más fiel, según señala el arqueólogo Luc Long, que ha dirigido los trabajos. Con el cabello escaso, el ceño fruncindo y la cara redonda, la escultura se asemeja bastante a la descripción que dio del cónsul el historiador romano Suetonio.

“Es el único busto conocido de César realizado en vida, salvo la máscara mortuoria de Turín, tomada justo antes o justo después de sus muerte; y es el más antiguo”, ha añadido Long, de 55 años, conservador en jefe del patrimonio del Departamento de investigaciones arqueológicas subacuáticas y submarinas de Marsella (DRASSM, en francés), que depende del Ministerio de Cultura.

“Incluso en Roma, nunca se ha encontrado un retrato de César realizado en vida”, añade Long. “Hasta el presente se conocen de 20 a 25 retratos de César, si se exceptúan los del Renacimiento, y todos son póstumos”, ha añadido Long, que ha trabajado en el Ródano durante 20 años.

El hallazgo se dio a conocer ayer martes aunque la pieza fue localizada en otoño del año pasado, en la orilla derecha del río. “El busto data de la época republicana de Roma y prueba que en esta zona de Arles hubo referencias a César en vida del militar, que creó la localidad”, añadió.

Junto al busto se han hallado un centenar de objetos. Un capital corintio en mármol, columnas, y las estatuas de un Neptuno esculpido en el siglo III d.C. y de un prisionero en bronce. Tras el estudio pertinente, todas las piezas se expondrán en una muestra en septiembre de 2009 en el museo de Arles.