La gran mentira nazi para ocultar la masacre de millones de judíos


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  • En 1941 Hitler inauguró un campo de concentración que hizo pasar por una ciudad de vacaciones. La falacia engañó incluso a la Cruz Roja, que le dio el visto bueno
Archivo ABC El campo de concentración de Terezin fue visto durante toda la Segunda Guerra Mundial como un balneario cedido por Hitler al pueblo judío

Archivo ABC | El campo de concentración de Terezin fue visto durante toda la Segunda Guerra Mundial como un balneario cedido por Hitler al pueblo judío

Decía Joseph Goebbels, el ministro de propaganda del Tercer Reich, que una mentira dicha mil veces termina convirtiéndose en realidad. Lo cierto es que no andaba desencaminado el experto en comunicación del partido nazi, pues hubo multitud de ocasiones en la que su líder, Adolf Hitler, demostró esta máxima. Una de ellas fue en la prisión de Theresienstadt, un campo de concentración checoslovaco que los germanos mostraron al mundo como un paraíso en la Tierra regalado a los judíos por el mismísimo «Führer».

Una valiente falsedad, pues en él se cometían las mismas barbaridades que en el resto. No obstante, todo formaba parte de un curioso plan cuyo objetivo era demostrar al mundo que en las cárceles alemanas no obligaban a los presos a trabajar hasta la extenuación y no se llevaba a cabo la denominada «Solución final» (el asesinato de millones de judíos y personas con alguna disminución mental). Desgraciadamente, la campaña propagandística les funcionó a la perfección y, durante toda la Segunda Guerra Mundial, el campo fue considerado un balneario ideado por los germanos para proteger a los judíos de la contienda.

A día de hoy, la campaña orquestada por los nazis para mostrar este lugar como idílico puede parecer irrealizable. Sin embargo, por entonces no había Smartphones con los que fotografiar lo que verdaderamente sucedía y, en pocos minutos, mostrar la realidad al mundo. Así pues, el plan fue un rotundo éxito. No era para menos, pues los jerarcas nazis realizaron todo tipo de maniobras de comunicación para lograrlo. Entre ellas destacaron la filmación de un documental que, presuntamente, demostraba lo buena que era la vida en aquel gueto o, incluso, la divulgación constante de que la ciudad estaba regida por judíos.

Con todo, la guinda de este curioso pastel fue puesta en 1944, año en que los alemanes permitieron a la Cruz Roja Internacional entrar en el recinto para elaborar un informe sobre la vida de los presos. Aquello derivó en una increíble farsa en la cual los germanos obligaron a los reos a mostrar a la delegación lo felices que estaban por encontrarse allí. Por su parte, los seguidores de la esvástica fabricaron escuelas y cafés falsos en el gueto para que pareciese que todos los internos tenían una vida relajada y sin preocupaciones gracias a Alemania. De forma increíble, los representantes de la organización salieron convencidos de que los rumores sobre cámaras de gas eran falsos y los germanos solo querían proteger a los judíos.

La fortaleza hecha gueto

Para encontrar el origen del campo de concentración de Theresienstadt es necesario remontarse en el tiempo hasta el siglo XVIII, época en la que el emperador José II (de quien se dice que odiaba la higiene e instauró un alto impuesto a todos los productos relacionados con ella) dominaba el Sacro Imperio.

Fue el 22 de septiembre de 1784 cuando este austríaco ordenó edificar en la futura ciudad de Terezín una fortaleza de poco más de un kilómetro cuadrado que, curiosamente, tendría una forma similar a la de la estrella de David. A este coloso -el cual estaba formado por dos fuertes rodeadas, a su vez, por altas murallas, varios terraplenes y un foso- le puso el nombre de Theresienstadt en honor de su madre, María Theresa. Su situación era envidiable, pues se hallaba a poco más de 75 kilómetros de Praga y a 2 de la ciudad de Leitmeritz.

Esta plaza fuerte hizo las veces de base militar de los Habsburgo hasta la llegada de la Primera República de Checoslovaquia durante 20 años, hasta 1938. Sin embargo, después de que Hitler se asentase en la poltrona alemana y se anexionase en nombre de la esvástica los Sudetes en 1938, en la fortaleza pasó a ondear la bandera germana.

Reinhard Heydrich, artífice de la apertura del campo de Terezin Wikimedia

Reinhard Heydrich, artífice de la apertura del campo de Terezin | Wikimedia

Ese año, los nazis instalaron en ella una inexpugnable base de operaciones para las temibles SS (las tropas más ideologizadas del Reich y, en la práctica, una parte más de las fuerzas armadas del país). «Los alemanes usaron la ciudad como base militar hasta fines del verano de 1941. En 1941, la base albergó a aproximadamente 3.500 soldados y 3.700 civiles. Prácticamente todos los adultos civiles empleados trabajaban para los militares», explica el «EE.UU. Holocaust Museum» en su dossier «Theresienstadt».

En esas andaban los alemanes cuando Reinhard Heydrich (segundo de Himmler al mando de las SS) se le encendió la bombilla en el verano de 1941 y decidió idear un «gueto modelo» en esta fortaleza. La razón era sencilla: ya se habían realizado los primeros asesinatos con gas en el campo de exterminio de Auschwitz y los nazis temían que esa infame nueva se acabase conociendo. ¿Qué mejor, por lo tanto, que crear un campo de concentración idílico para mostrar las bondades del «Führer» al mundo y contrarrestar la realidad? Eso sí, todo de forma figurada, pues no pensaban dar ni una comodidad real a los presos.

«Heydrich había tenido la idea de construir un gueto para los judíos [de la zona] con la intención de aplacar la preocupación internacional, cada vez mayor, de que los alemanes estuvieran maltratando a los judíos. En septiembre, los alemanes habían matado a tiros a más de 36.000 judíos en Kiev. […] Aunque los alemanes mantenían estas actuaciones en secreto, era difícil controlar los rumores», explica la escritora e investigadora Wendy Holden en su obra «Nacidos en Mauthausen».

Así pues, los jerarcas nazis enviaron a 3.000 judíos (todos ellos, de entre 18 y 30 años) a la fortaleza para que la «acondicionaran» para la vida de sus nuevos ocupantes. Básicamente, sus órdenes eran construir miles de literas para los nuevos ocupantes. Estos primeros grupos fueron conocidos como los «Aufbaukommando» («grupos de construcción»). Así fue como la plaza fuerte pasó a convertirse en un campo de concentración.

Un balneario cedido por Hitler

De esta forma, entre falacias y mentiras, nació el gueto modelo de Theresienstadt, el cual se dio a conocer no como un recinto en el que se pretendía encarcelar a miles de personas, sino como una ciudad de vacaciones para los judíos más adinerados. «El nuevo gueto se vendía […] como un regalo del Führer destinado a los judíos que quisieran prepararse para la vida en Palestina», explica Holden.

«Los alemanes habían anunciado y propagado que Theresienstadt sería un campamento modelo. El “regalo de Hitler a los judíos”. No lo llamaron campo de concentración, sino que sería una especie de balneario para la gente mayor, donde podrían descansar», señala, en este caso, Eva Goldschmidt Wyman (superviviente del Holocausto) en su obra «Huyendo del infierno nazi: la inmigración judío-alemana hacia Chile en los años 30».

Lo cierto es que el entorno en el que se había edificado la fortaleza invitaba a creer esta falsedad, pues se hallaba ubicado cerca de las montañas de Bohemia y en un entorno de cuento de hadas. Para lograr que pareciese un lugar de vacaciones muy exclusivo, los nazis lo abrieron en un principio solo a aquellos judíos que cumplieran los siguientes requisitos: debían ser alemanes o austríacos, tener una buena cantidad de dinero en sus cuentas, ser mayores de 75 años, haber combatido en una guerra y contar con una posición social de importancia.

Literas del campo de concentración en la actualidad Wikipedia

Literas del campo de concentración en la actualidad | Wikipedia

La idea no fue mal recibida. Y es que, al ser vista como una zona exclusiva a la que solo podían acceder unos pocos afortunados, muchos «Prominenten» (como se llamó a estos «pioneros» que decidieron pasar a vivir en esta residencia) se prestaron voluntarios para vivir en él. A su vez, otros tantos no se negaron a acudir cuando los nazis les informaron de que debían partir hacia su «nuevo hogar».

Por otro lado, el gabinete de propaganda nazi también presentó Theresienstadt como una residencia de ancianos a la que se podía acudir a cambio de ceder todos sus bienes al estado nazi, quien les ofrecía a cambio una estancia envidiable en Terezín hasta el final de sus días. Tal era la fama que se le dio a este campo de concentración entre la población que, cuando aquellos desdichados judíos hacían el viaje hasta la fortaleza, se vestían con sus mejores galas y se arreglaban como si fuesen a un banquete nupcial. Cundo llegaban allí, sin embargo, les quitaban todo lo que portaban (que pasaba a engrosar las arcas del Reich) y empezaba su pesadilla.

La verdad sobre Theresienstadt

Hitler presentaba esta fortaleza como el balneario idóneo para pasar unas estupendas vacaciones, una residencia en la que los judíos podían olvidarse de persecuciones y del horror de la guerra. Sin embargo, la realidad era bien distinta. Y es que, aunque no fue un campo de exterminio (en él no se asesinaba a los reos mediante gas) en Theresienstadt los presos sufrían todo tipo de aberraciones y, por descontado, vivían en unas condiciones deplorables. Este recinto era, además, un lugar de paso en el que los reos estaban tan solo unos meses antes de hacer su último viaje hacia los centros de asesinato masivos ideados por el Führer.

La vida de los presos en Theresienstadt era una auténtica pesadilla. Su calvario comenzaba cuando el tren que les llevaba a la zona se detenía cerca de la fortaleza. «La estación quedaba a dos o tres kilómetros del campo de concentración y era preciso caminarlos en columnas de tres o cuatro filas, llevando cada uno sus maletas a cuestas, y a veces, también a sus hijos. Si no se apuraban, ahí estaban los de las SS para empujarlos con las culatas de sus fusiles gritando que caminaran más rápido. […] Muchos de los ancianos se desplomaban no habiendo probado bocado en dos días y estando terriblemente agotados por el viaje. […] En la procesión iban también niños que no cesaban de llorar, con hambre y agotados», completa Wyman.

Cuando los desafortunados llegaban a la fortaleza, la situación no mejoraba. En cuanto atravesaban la puerta (en la cual se podía leer «Arbeit macht frei» -el trabajo libera-) se les enviaba a todos a las duchas, donde debían desnudarse. Si alguien se negaba, se le azotaba en repetidas ocasiones hasta que decidía cooperar. Posteriormente, los reos se lavaban, aunque sin jabón ni esponja, tan solo con un agua ennegrecida que ensuciaba más que limpiaba. Una vez que acaban esta absurda «desparasitación», los nazis les entregaban alguna de las prendas que había en un gigantesco montón. Nunca miraban tallas, por lo que la ropa podía ser muy grande (en cuyo caso no había problemas) o sumamente pequeña (lo que, en pleno invierno, condenaba a su portador a una muerte segura).

Entrada al campo de concentración Wikimedia

Entrada al campo de concentración | Wikimedia

Una vez dentro debían alojarse en unas habitaciones en las que, a pesar de que únicamente cabían unas 5 o 6 personas, se amontonaban hasta 40. Sin camas suficientes, muchos debían dormir en el suelo, en la buhardilla (donde el calor era insoportable en verano y el frío horrible en invierno) o, simplemente, arremolinarse en los viejos jergones llenos de chinches que los alemanes llamaban camas.

La higiene era nula, pues solo había un cuarto de baño para cada 150 personas –con lo que el hedor de la habitación era insoportable- y, para llegar hasta él, había que caminar por encima de decenas de cuerpos hacinados. Por descontado, todos debían trabajar durante horarios interminables en el campo y no podían escribir a sus allegados (a los que lo hacían, se les ahorcaba sin mediar palabra). La razón era sencilla: había que mantener la fama que tenía Theresienstadt de campo modélico.

El hambre, junto con la suciedad y las enfermedades, era otra de las compañeras inseparables de estos presos. Y es que, recibían una dieta de entre 600 y 700 calorías diarias mientras que, para sobrevivir, se necesitan ingerir entre 1.750 y 2.500. «La gente tenía hambre todo el tiempo, a menos que trabajaran en la cocina o tuvieran amigos que se desempeñaran allí. Su dieta consistía en un café muy débil en las mañanas, una sopa aguada hecha de polvos con una papa cocida para el almuerzo, un tercio de pan, dos onzas de margarina a la semana y algo de mermelada o miel», explica en su obra la superviviente del Holocausto.

En esas precarias circunstancias tuvieron que vivir los reos durante meses. Y eso, los que tenían tanta suerte como para no ser deportados a un campo de exterminio. Poco a poco, el lugar se fue llenando de seres humanos, pues se levantaron las normas iniciales y se dio acceso a todos los judíos que quisiesen. Esto provocó que, en septiembre de 1942, el gueto alcanzase su máxima población al contar en su interior con más de 53.000 prisioneros.

Por aquel entonces el lugar estaba dominado por algunos miembros de las SS y un grueso de tropas formadas por policías checos. Las tareas cotidianas estaban a cargo de un consejo de reclusos. En principio, se ideó este organismo para dar todavía más sensación de «campo modélico». Sin embargo, el grupo tenía a su cargo tareas tan crueles como idear las listas de aquellos que se marcharían para ser asesinados.

Las críticas de la Cruz Roja

Mientras las epidemias se sucedían en el campo en 1943 debido a la falta de higiene, la suerte quiso que multitud de organizaciones como la Cruz Roja comenzaran a cuestionarse qué estaba sucediendo con los miles de judíos que desaparecían día tras día en los campos de concentración. Por entonces ya había cobrado importancia el rumor de que los germanos estaban masacrando a seres humanos en estos guetos, y muchos querían respuestas.

«Los líderes daneses, desde el rey Cristián hacia abajo, insistieron en que la Cruz Roja visitara a los deportados daneses para obtener información de primera mano sobre el trato que recibían en Theresienstadt. Los diplomáticos alemanes sintieron que la posición de su país en Dinamarca y Suecia iba a deteriorarse, al punto de perjudicar los intereses alemanes. La Wehrmacht (fuerzas armadas alemanas) querían paz y calma en Dinamarca, y en Suecia los alemanes esperaban seguir importando los armamentos necesarios para la guerra.», explica el «EE.UU. Memorial Museum».

Tras meses de rodeos y rodeos, la Oficina Principal de Seguridad del Reich (RSHA) aceptó que la Cruz Roja visitara uno de los campos para cerciorarse de que todo iba bien. Con todo, solo pusieron una condición: Alemania seleccionaría qué campo se visitaría y la fecha aproximada. Como no podía ser de otra forma, el gueto seleccionado fue el de Terezín, pues contaba con una fama impoluta. «Deseosos de acallar tanto alboroto, los alemanes consintieron que la Cruz Roja Internacional, acompañada por militares danseses, visitara Terezín», explica Holden en su obra.

La mayor pantomima jamás creada

Después de que los jerarcas nazis informaran al comandante del campo (Karl Rahm) de la visita de la Cruz Roja, este inició la denominada «labor de embellecimiento» del campo (conocida en alemán como «Verschönerungsaktion»). «Para empezar, deportaron al Este a unos cinco mil judíos en mayo de 1944, incluidos los huérfanos y la mayor parte de los enfermos, sobre todo, los que padecían tuberculosis. Los siguieron siete mil quinientos más. Los más demacrados y enclenques fueron escondidos en las peores viviendas, situadas en la zona de exclusión, para que nadie los viera», añade la anglosajona.

Posteriormente, la operación continuó con modificaciones sencillas como el cambio de denominación de las calles del gueto (las cuales pasaron a tener nombres tan pintorescos como «calle del Lago») y la limpieza general de los edificios. A su vez, se llevaron hasta el campo de concentración varios bancos de parques cercanos que se instalaron en las calles, así como flores, que fueron plantadas a su alrededor. Finalmente, los nazis pusieron en las puertas de algunos barracones falsos carteles en los que podía leerse «colegio» o «biblioteca».

Pero no fue lo único que hicieron. La cruel creatividad de los nazis llegó a ser tal que construyeron en el gueto un parque para los niños más pequeños, llevaron hasta la zona un tiovivo y levantaron edificios tan variopintos como un quiosco para músicos, un centro comunitario y varios campos en los que practicar deporte. Por último, establecieron una ruta cerrada para los delegados de la Cruz Roja y, en las calles por las que estos pasarían, pintaron los edificios con colores chillones y abrieron tiendas en las que los reos debían vender las pertenencias que los soldados les habían arrebatado al entrar.

«Los alemanes amenazaron de muerte a los prisioneros si no cooperaban y les asignaron un papel, les dijeron dónde situarse y cómo comportarse. Les ordenaron que se vistieran con la mejor ropa que tuvieran y se acicalaran. Además, orquestaron la entrega de verdura fresca y pan recién horneado», añade la investigadora. La visita se sucedió el 23 de junio de 1944, pocos días después del Desembarco de Normandía y cuando el régimen alemán empezaba a tambalearse. Que todo saliera a la perfección era de vital importancia para los hombres de Hitler. Y es que, si se descubría lo que pasaba realmente en aquellos lugares, el mundo cargaría sobre ellos con toda su fuerza.

La visita fue perfecta para los nazis, quienes todavía se guardaban una maniobra para convencer al mundo de que Terezín no era ningún campo de concentración, sino un lugar de retiro para los judíos.

«El Ministerio de Propaganda del Tercer Reich, dirigido por Joseph Goebbels, filmó la visita, que duró seis horas, y añadió imágenes de escenas amañadas con la intención de producir y enseñar al mundo una película titulada “El Führer regala a los judíos una ciudad”. Los fragmentos, editados con sumo cuidado y acompañados por música alegre […] ofrecían imágenes de mujeres y hombres sanos que trabajaban fuera del gueto, en herrerías, alfarerías y estudios artísticos. Aparecían fabricando bolsos, cosiendo, o realizando trabajos de carpintería y, cuando finalizaba su jornada, caminaban cogidos de la mano en dirección al gueto para disfrutar de actividades de ocio como leer o hacer punto», añade la escritora.

En esta película no faltó nada. Goebbels, haciendo alarde de todo su ingenio, ordenó que se grabara a los presos jugando al fútbol dentro del gueto, a niños comiendo pan recién hecho con chocolate (algo que no habían tomado en años), a parejas de enamorados haciéndose arrumacos en las calles e, incluso, a cientos de personas disfrutando de un concierto  (el «Requiem de Verdi», concretamente) con una taza de té en la mano y vestidos de punta en blanco.

Una de las partes más curiosas de este documental fue en la que se obligó a los presos a sentarse en un supuesto restaurante para que la cámara tomase imágenes de ellos bebiendo café. Desde fuera todo parecía alegría, aunque había detalles que llamaban la atención para un ávido observador. El ver hombres y mujeres demasiado delgados bajo trajes de etiqueta o niños devorando ansiosamente su merienda (llevaban meses sin comer) eran solo algunos de ellos.

Un éxito para los nazis

Aunque los presos esperaban que la comitiva (en la que se destacaba Maurice Rossel como representante de la Cruz Roja Internacional) se percatase de aquellos imperceptibles fallos de guión, no tuvieron esa suerte. Por el contrario, el informe de la comitiva, con una extensión de 15 páginas y entregado en julio, fue totalmente favorable al campo y a su forma de actuación.

Todo ello, a pesar de que el comandante alemán se negó a hablar durante la visita de la mortalidad de los judíos en el gueto. «No forma parte de la visita», se limitó a espetar, tal y como afirma la Universidad de Vanderbilt en su informe «The greatest show on Earth: A study of the Red Cross front row seat at the stage of Theresienstadt». Lo mismo sucedió con la comitiva danesa, que habló del «paraíso judío en la Tierra» en su posterior informe sobre la ciudad.

Rossel se deshizo en elogios hacia aquel centro de reclusión, del que le sorprendió que se autoabasteciese sin necesidad del exterior. También habló positivamente de la comida que recibían los judíos, afirmando que no les faltaba de nada y podían disfrutar de manjares como queso, mantequilla y huevos. En su informé explicó a su vez que todos los presentes estaban bien vestidos, disfrutaban de buena salud y apenas trabajaban dos horas al día (por lo que podían dedicar el resto a descansar).

«En general, no deportarán a otro lugar a ninguna de las personas que han traído aquí, explicaba el representante de la Curz Roja. Por otro lado, también señaló que los alojamientos estaban «bastante bien» y eran «relativamente confortables». La conclusión fue tajante: «Nos sorprendió muchísimo descubrir que el gueto era una ciudad donde se desarrollaba prácticamente una vida normal. Esperábamos encontrar algo peor».

El anzuelo había sido mordido. Pero… ¿Qué sucedió con los reos tras la marcha de la comitiva? Tras vivir el que, según dijeron muchos supervivientes tras la contienda, fue el mejor día de sus vidas en Terezín, tuvieron que hacer frente a las consecuencias. «Después de la visita, los alemanes destruyeron, desmantelaron o se llevaron todo lo agradable y atractivo que habían dispuesto. Terezín y sus encarcelados volvieron a su anterior estado ruinoso e incluso redujeron las raciones durante dos días por la comida “adicional” y los lujos que les habían permitido», añade Holden.

Muchos de los niños y adultos que participaron en esta pantomima fueron deportados a Auschwitz en las jornadas siguientes (hasta un total de 5.000 personas) para evitar dejar rastros de lo sucedido.

El enigmático mensaje con 2.000 años que podría autodestruirse antes de ser descifrado


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  • Varios arqueólogos han hallado una pintada en un antiguo baño de Israel que podría acabar desapareciendo por su contacto con los elementos
Israel Antiquities Authority Se cree que las pintadas podrían haber sido por un bromista de la época

Israel Antiquities Authority
Se cree que las pintadas podrían haber sido por un bromista de la época

Desde varios buques, hasta diferentes especies de palmeras. Estos son los símbolos que, hace aproximadamente dos meses, fueron descubiertos en una cueva subterránea de Israel. En principio, podría parecer que no son más que ilustraciones realizadas por judíos de hace 2.000 años. Sin embargo, forman parte de un extraño mensaje que los científicos luchan a contrarreloj por descifrar. Y es que, tal y como ha informado la versión digital de «Live Science», al ser expuesta a los elementos, la pintura ha empezado a deshacerse por causas naturales.

El mensaje está formado por una serie de símbolos y letras dibujadas y talladas en la ladera de un «mikve», un antiguo baño ritual judío cuya finalidad era purificar el cuerpo y alma de aquel que se introdujera en él. El hallazgo fue realizado hace aproximadamente dos meses en Armona (Jerusalén) por miembros de la Autoridad de Antigüedades de Israel (IAA). Estos realizaban una inspección rutinaria de una antigua construcción de la zona cuando se percataron de que incluía una instalación subterránea con una sala de baño.

Un curioso mensaje

Los símbolos que adornan las paredes de yeso del baño incluyen, entre otras cosas, barcos, palmeras, varios tipos de plantas y, posiblemente, una menorah (una lámpara de aceite de siete brazos típica de esta religión). Según los expertos, una parte de estas marcas habrían sido realizadas con la mano mediante hollín y barro, mientras que el resto fueron talladas en la pared. Además de los susodichos dibujos, también han podido encontrarse varias palabras escritas en arameo que, según el grupo, están fechados entre el siglo 538 a.C. y el 70 d.C. (el denominado período del Segundo Templo).

«Esta concentración de inscripciones y símbolos de la época del Segundo Templo en un mismo lugar, y en un estado de conservación tal, es rara, única e intrigante», han explicado Greenwald Royee y Alexander Wiegmann, los directores de la excavación y pertenecientes a la Autoridad de Antigüedades de Israel (IAA), en un comunicado.

De momento, los investigadores trabajan a marchas forzadas para descifrar las inscripciones. Y es que, aunque están familiarizados con la mayoría de lo símbolos (destacando la vegetación y los navíos, que son muy habituales en los baños de construcciones similares), no sucede lo mismo con la menorá, la cual les ha dejado desconcertados. ¿La razón? Es la primera vez que la ven en un lugar como este, pues los antiguos judíos evitaban dibujarla por ser un objeto sagrado. De hecho, los investigadores han señalado qu la presencia de este símbolo podría cambiar radicalmente la esencia del mensaje.

La Autoridad de Antigüedades de Israel aún no ha adelantado una primera traducción, pero ya han afirmado que las palabras halladas están escritas en arameo y que podrían ser desde las marcas de un antiguo bromista, hasta una persona profundamente religiosa. Con todo, están teniendo que trabajar con rapidez, pues, desde que los símbolos han sido expuestos a los elementos (la luz, el aire y el agua) están desapareciendo poco a poco. Por ello, la rapidez es clave para poder preservarlos.

La confitería de la Castellana que salvó a 30.000 judíos en la II Guerra Mundial


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  • El local, fundado en 1931, tuvo una doble función en la época: exclusivo punto de encuentro de aristócratas y diplomáticos y refugio secreto para huidos de la Gestapo y las SS alemanas
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embassy Entrada de Embassy, fundado en Madrid en 1931

 

El depresivo y enjuto Madrid de los primeros 40 fue también un Madrid de confidencias e intrigas, de espías con monóculo y actividades clandestinas. Bajo su privilegiada situación geográfica, asidero para los intereses de nazis y aliados, se esconde esta historia de diplomacia alternativa; doble cara del exclusivo «Embassy», una confitería que, situada en el número 12 de la Castellana, reunió a aristócratas, embajadores y agentes de inteligencia en torno a té, pastas y vigilancia mutua.

La distinguida y exclusiva apostura británica del local, fundado en 1931, coloreó el plomizo paisaje de la ciudad. Fue la obsesión de Margarita Kearney Taylor, propietaria del mismo, que desde el inicio trató de convertir a la zona en una aproximación de los elegantes barrios londinenses, como Mayfair o Belgravia. Después, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, se afanó en dar refugio y salida a quienes huían de la Gestapo y las SS alemana.

La confitería, convertida también en restaurante, recibió el nombre de «Embassy» por su proximidad con las embajadas, especialmente la británica y la alemana –ubicada a unos pasos, junto a la genial «Friedenskirche»-. Los intereses de ambas confluían en el exclusivo local, testigo de una calma tensa y superficial.

Acoso nazi

El despliegue nazi, dirigido por Paul Winzer, jefe de la Gestapo, y Hans Lazar, su homólogo en las SS, aumentó su control y presión en la zona con la connivencia y pasividad de Francisco Franco. Alemania, en ese sentido, llegó incluso a plantearse una invasión para satisfacer sus pretensiones estratégicas en el conflicto. Ante tal situación, Kearney Taylor, junto al embajador británico Sir Samuel Hoare, convirtió su local en un refugio para paliar la persecución sufrida por todo aquel que fuera contrario a los intereses nazis.

El sótano de «Embassy», donde se hallaba un horno para la elaboración de los pasteles de la confitería, cobijó a miles de indocumentados que recibían atención, comida y algo de dinero. Se calcula que la embajada británica gastó más de 1.000 libras al día para acometer tal empresa, que eventualmente fue interrumpida por varios cierres del local. El ánimo de Margarita, irlandesa de elegante pero firme apariencia, no se arredró.

Respecto a los judíos, también acosados y amenazados en Madrid, «Embassy» se constituyó como su salvación y oportunidad de huida. Aunque Franco nunca emprendió una política de persecución contra ellos, cualquiera que entrara ilegalmente en España estaba sujeto a arresto y deportación. Cerca de 30.000 personas fueron evacuadas en ese sentido ante el acoso constante de la embajada alemana.

El establecimiento, todavía en pie, aún cuenta con su aire exclusivo y selecto. Esta historia, como otras 99, se incluyen en el libro «Historias Auténticas by Viña Pomal», que narra anécdotas históricas de los restaurantes más emblemáticos de Madrid.

Dentro de los restos oxidados de los trenes nazis de Auschwitz


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  • El fotógrafo Mathew Growcoot cree haber encontrado los despojos de los ferrocarriles que transportaron a cientos de miles de judíos hasta las cámaras de gas

Durante años fueron el terror de los enemigos de Adolf Hitler, pues entrar en sus vagones significaba partir hacia una muerte segura en el campo de exterminio de Auschwitz (ubicado en Polonia). Sin embargo, de los que en su día fueron los trenes usados por los nazis para transportar a miles de judíos hasta las cámara de gas, hoy ya solo quedan despojos oxidados y abandonados en una vieja estación de Hungría.

Al menos, así lo cree el fotógrafo británico Mathew Growcoot quien, tras investigar el paradero de los conocidos como «trenes de la muerte», afirma haberlos hallado en un taller de reparación de maquinaria ferroviaria que abrió sus puertas en el año 1900 y ha sido testigo de más de 80 años de Historia ferroviaria húngara.

Enlace: Auschwitz, el campo de exterminio que enorgullecía al nazismo

El lugar en cuestión es conocido como Istvántelek, está ubicado al norte de Budapest y forma parte de un complejo mucho más grande utilizado por el ferrocarril del país. Al parecer, esta parte olvidada y descuidada de la estación no era desconocida, pero –hasta ahora- nadie se había percatado de que las convoys que albergaba en su interior eran idénticos a los utilizados por los nazis hace más de 60 años.

Según publica la versión digital del diario «Daily Mail» -donde se ha hecho hincapié en que aún no se ha corroborado su procedencia, aunque son exactamente iguales- los grandes vagones se encuentran hoy en día abandonados y en pleno estado de descomposición.

Dentro de los restos oxidados de los trenes nazis de Auschwitz

DAILY MAIL

A su vez, y siempre según Growcoot, los vagones en los que un día se apelotonaron más de 440.000 judíos húngaros (algunos historiadores elevan la cifra a muchísimos más) se encuentran bajo una estructura maltratada por el paso del tiempo. «El techo se cae a pedazos, aunque, que el sol lo atraviese, le da un aire dramático perfecto».

Por otro lado, el fotógrafo también ha expresado su sorpresa tras encontrar lo que puede ser todo un tesoro histórico: «Había leído sobre los vagones que habían sido utilizados por los nazis, y algunos de ellos son iguales a los que se pueden ver en las fotografías tomadas en Auschwitz… Fue impactante pensar en los horrores que pudieron haber tenido lugar en los vagones que estaba fotografiando».

Puedes ver el resto de fotografías pinchando aquí

Dentro de los restos oxidados de los trenes nazis de Auschwitz

A las órdenes de su peor enemigo


JACINTO ANTÓN – El Pais

Un libro documenta la presencia de soldados de origen judío en el Ejército nazi – El historiador Bryan M ark Rigg calcula que fueron 150.000 en todos los cuerpos

El soldado Wolfram Günther sirvió en una unidad de Sturmgeschütz (cañón de asalto) de la Wehrmacht en el frente del Este; en un solo día destruyó varios carros de combate rusos y sus valientes acciones de guerra le granjearon la Cruz de Hierro. El capitán Klaus von Schmeling-Diringshofen, al mando de la 1ª Compañía del 73º Regimiento de Infantería, cayó heroicamente en combate al frente de sus hombres en Polonia, tuvo derecho a un elogio fúnebre radiofónico y fue enterrado en un féretro cubierto por una bandera con la cruz gamada. El as de caza Sigfried Simsch logró 95 derribos y la Cruz de Caballero. Bernahrd Rogge fue uno de los más osados capitanes de navío de superficie alemanes: al mando de su famoso crucero auxiliar, el legendario buque corsario Atlantis, hundió o capturó 22 navíos aliados y tuvo en jaque a toda la flota británica (la película Bajo diez banderas narra sus hazañas). Esos cuatro militares que lucharon por el III Reich durante la II Guerra Mundial presentan una sorprendente característica común: ¡tenían orígenes judíos!

De manera que nos puede parecer increíble, los cuatro hombres sirvieron a las órdenes del que en realidad era su principal enemigo, Adolf Hitler, que mientras tanto estaba planificando o ejecutando la persecución y el asesinato de los que eran como ellos.

Su peripecia no es en absoluto excepcional. El historiador estadounidense Bryan Mark Rigg, del que se acaba de publicar en español su pormenorizado y monumental estudio La tragedia de los soldados judíos de Hitler (Inédita), ha documentado decenas de miles de casos de personas de origen judío que lucharon en el bando alemán en todas las ramas de las Fuerzas Armadas hitlerianas, sobre todo la Wehrmacht, pero también la Luftwaffe, la Kriegsmarine (hubo almirantes y un comandante de submarino de origen judío, Helmut Schmoenckel, del U-802) e incluso las Waffen SS (hasta un teniente coronel), que, si tienes familia hebrea, ya es rizar el rizo.

Rigg calcula que fueron como mínimo 150.000 (la cifra es discutida por estudiosos como Cesarini y Bartov). Aunque muchos fueron discriminados y expulsados, algunos de esos hombres alcanzaron las más altas graduaciones -uno, Milch, llegó a mariscal de campo- y recibieron las condecoraciones más importantes. Cómo el ejército de un régimen antisemita que diabolizó y exterminó a los judíos tuvo en sus filas a millares de los que consideraba sus peores enemigos, y cómo personas a las que se juzgaba racialmente inferiores y a eliminar aceptaron luchar -y morir- por sus potenciales asesinos en contra de sus salvadores; cómo, en resumen, pudo alguien recitar, aunque fuera por lo bajinis, el Kadish en la Wehrmacht, son las alucinantes cuestiones a las que trata de responder este libro. Rigg no sólo ha consultado una apabullante documentación, sino que realizó 430 entrevistas con soldados supervivientes de origen judío.

El resultado del estudio es un amplísimo y conmovedor fresco en el que cabe de todo, como en la naturaleza humana. Muchas de las personas de origen judío que lucharon bajo las banderas del Reich lo hicieron porque no tenían otra alternativa, porque consideraron que eso les daba más posibilidades de supervivencia en el régimen hitleriano, a ellos y a sus familias, y porque los obligaron. “Sabía que todo lo que hacía iba contra mis intereses y los de los míos, pero qué iba a hacer”, explicó el cabo Richard Riess. Otros muchos, y esto es más sorprendente, lo hicieron porque se consideraban plenamente alemanes y creían su deber combatir por su patria; pensaban incluso -ingenuamente- que luchar, y hacerlo bien, con valor, les devolvería la estima de las autoridades y de sus compatriotas. Hay que resaltar que la inmensa mayoría de los soldados de origen judío, según ha constatado Rigg, ignoraban el alcance de la persecución nazi y el horror de los campos de exterminio. También hubo casos de personas que escondieron su identidad y se camuflaron bajo el uniforme: el lugar más seguro podía ser la boca del lobo. Y un puñado de malvados -los hay siempre- a los que no les importó subirse al carro de los verdugos.

Por su parte, los dirigentes del III Reich, empezando por el propio Hitler, demostraron, dentro de su patológico e irreductible odio a los judíos, a veces un sorprendente pragmatismo: la eliminación de algunos militares de origen judío podía esperar o incluso aplazarse definitivamente en función de los méritos de éstos que al cabo ayudaban a ganar la guerra. Es célebre la frase de Goering, que tenía bastante manga ancha en la Luftwaffe: “Wer Jude ist, bestimme ich!” (“¡Yo decido quién es judío!”). Hitler, que siempre tenía en realidad la última palabra, personalmente autorizó que determinados militares permanecieran en el ejército pese a sus orígenes, y hasta permitió que ascendieran y que ocuparan puestos relevantes como generales, pilotos de caza o comandantes de navíos de guerra. Un caso es el del célebre general Fritz Bayerlein, mano derecha de Rommel, que fue forzado a retirarse en 1934 por poco ario (una cuarta parte de sangre judía) y al que el Führer concedió una dispensa para seguir sirviendo: acabó la guerra con la Cruz de Caballero con espadas y hojas de roble y al mando de la división acorazada de élite Panzer Lehr.

Para entender bien el caso de los soldados judíos de Hitler, hay que sumergirse en el desquiciado y a menudo contradictorio mundo de las teorías raciales nazis y las leyes que emanaron progresivamente de éstas. Dentro de lo que consideraban judíos, los nazis distinguían entre judíos propiamente dichos (de padre o madre judíos, a eliminar los primeros) y Mischlinge (mestizos cruzados): medio judíos (con dos abuelos judíos) y judíos de un cuarto (con un abuelo judío), que vendrían después. Estos conceptos que nos pueden parecer absurdos pero que para miles de personas significaron una cuestión de vida o muerte convirtieron la identidad judía en algo rocambolesco y abracadabrante. De hecho, se da la paradoja de que muchos a los que los nazis tenían por judíos, un rabino ortodoxo no los habría considerado nunca así. Ellos mismos tampoco se consideraban en muchos casos judíos. Gran cantidad de Mischlinge sólo descubrieron sus orígenes judíos gracias a los nazis. A alguno que era miembro de la SA o las SS le proporcionó el natural disgusto.

David Irving sostiene que Hitler ignoraba los campos de exterminio


El Pais

El historiador británico David Irving pronunció ayer una polémica conferencia en la librería Europa de Barcelona. Lo hizo a sabiendas de que la charla sería grabada por los Mossos d’Esquadra. La Fiscalía había ordenado a la policía que actuara de inmediato en el caso de que Irving -historiador revisionista del Holocausto y del régimen nazi- cometiera algún delito de opinión. El material será entregado al juzgado en las próximas horas. Irving habló, además, rodeado de fuertes medidas de seguridad. En la calle, un centenar de jóvenes antifascistas trataron de boicotear el acto.

Irving no acabó detenido, pero ante una treintena de asistentes -la mayoría, periodistas- soltó todo tipo de lindezas. El historiador admitió que los nazis habían matado a “entre dos y tres millones de judíos”. Pero eximió a Adolf Hitler de toda responsabilidad: “No se ha encontrado ninguna prueba documental que indique que [Hitler] sabía lo que pasaba en los campos de concentración”, comentó este hombre, autor de más de 30 libros, que ayer vestía traje negro con raya diplomática y una corbata fucsia que sobresalía por debajo de su chaleco.

El historiador vivió la jornada como un “ataque” a su libertad de expresión y defendió la “verdad” de sus libros: “Sólo explico lo que encuentro en los documentos”, dijo con un ejemplar de su último libro, Encarcelando opiniones. “No soy antisemita, soy patriota”, insistió. En esto le echó una mano el dueño de la librería, Pedro Varela: “El lobby israelí utiliza la espada de Damocles del Holocausto para que le perdonen los pecados del régimen sionista. Y esto no es una frase antijudía”.

Descubren un túnel subterráneo usado por los judíos para huir de los romanos


Jueves 13/09/07 19:43 EFE- El Mundo

CREEN QUE LLEVA AL RÍO KIDRON

actualidad-070913_2.jpgJERUSALÉN .- Arqueólogos en Jerusalén han encontrado un túnel subterráneo de alcantarillado que se cree que era utilizado por los judíos para escapar de los romanos en el año 70 d.C. El canal fue enterrado debajo de los escombros del Segundo Templo, que fue destruido por los conquistadores en Jerusalén, según informa la BBC.

Se cree que algunas personas se pudieron haber refugiado y vivido en el túnel hasta que les fue posible huir de la ciudad. Muchas de sus partes han permanecido intactas.

El túnel parece haber sido el canal principal de drenaje que se extendía por debajo de la ciudad de Jerusalén en la época de la conquista romana, hasta alcanzar el Mar Muerto, según dijeron las autoridades de antigüedades de Israel en un comunicado.

“El canal está cubierto con pedazos de piedras pesadas que eran la losa de la calle. En algunos lugares el canal alcanzaba una altura de tres metros por uno de ancho, por lo que era posible caminar cómodamente,” según el informe.

Eli Shukron de la Autoridad de Antigüedades dijo: ” Era un lugar donde las personas se escondían y se refugiaban de los incendios de Jerusalén.”

Shukron señaló que los excavadores mientras buscaban la avenida principal de Jerusalén en el tiempo del Segundo Templo, encontraron un pequeño canal de drenaje. Eso los llevó a un túnel más grande debajo de la calle.

Además, fueron descubiertos dentro del túnel envases y monedas del final del periodo del Segundo Templo.

Unos 100 metros de túnel han sido excavados hasta ahora, extendiéndose al norte de Shiloah Pool al sur al final de la Antigua Ciudad a 10 metros de la pared Oeste, que es lo que resta del Segundo Templo.

Los arqueólogos creen que el túnel lleva al Río Kidron, que desemboca en el Mar Muerto. La destrucción del Segundo Templo continúa recordándose anualmente por los judíos.

Hitler, un amante de la música judía y rusa


Jueves 09/08/07 23:22 CET – El Mundo

Hitler en la Opera de Berlín.

Hitler en la Opera de Berlín.

Fue el causante de la muerte de millones de judíos, el ideólogo de una nueva raza superior, el padre del nazismo y, por increíble que parezca, un gran amante de los grandes clásicos de la música judía y rusa. El descubrimiento en junio pasado de, la que parece ser, la colección musical de Adolf Hitler, compuesta por alrededor de 100 discos, ha revelado el gusto del antisemita por las obras de distintos compositores.

La colección muestra no sólo a sus autores favoritos como Richard Wagner o Ludwig van Beethoveen, sino también a otros judíos o rusos como Alexandre Borodin o Sergei Rachmaninoff.

Sin embargo, el ‘tesoro’ de este descubrimiento es una obra del ruso Peter Tchaikovsky , que incluía una pieza del violinista polaco de origen judío Bronislaw Huberman, quien debió abandonar Europa tras la invasión nazi a comienzos de la Segunda Guerra Mundial.

Los discos, que pertenecían a la colección que el Führer guardaba en el búnker donde pasó sus últimas horas, fueron descubiertos en una casa de veraneo cerca de Moscú.

Al parecer y, según informa el diario alemán ‘Der Spiegel’, tras la caída de Hitler y del nazismo en 1945 el capitán Lew Besymenski , de la unidad de inteligencia rusa, entró en el refugio del dictador y se llevó todos los vinilos.

Casi 50 años después, en 1991, la hija de Besymenski descubrió el pequeño ‘tesoro’ de su padre en el ático de la casa donde veraneaba su familia. La curiosidad la llevó a preguntarle a su padre por ellos, aunque lo único que recibió fueron evasivas. El capitán Besymenski no quería que nadie conociera su secreto .

Sin embargo, la presión y la insistencia de su hija le obligaron a desvelar posiblemente su secreto más preciado y decidió escribir sus memorias, en las que explica su descubrimiento.

Besymenski, que falleció en junio a los 86 años, siempre tuvo pánico a que le consideraran un ladrón, de ahí que ocultara su secreto. Según su hija, sólo era un amante de la música.

Hallada una fosa común de miles de judíos exterminados por los nazis en Ucrania


Miercoles 02/06/07 20:06 EFE- La Vanguardia

Kiev. – Una fosa común con los restos de unos 5.000 de judíos ejecutados por los nazis durante la ocupación de Ucrania en la Segunda Guerra Mundial fue hallada en el poblado Gvozdavka-2, en la región de Odessa, informaron hoy las autoridades locales.

Anatoli Ostrovski, jefe del distrito, dijo a la radio Krug de Odessa que la fosa fue descubierta durante unas obras para instalaciones del gas del poblado, donde durante la contienda mundial, según habitantes locales, hubo dos ghettos para judíos ucranianos y moldavos.

El Gran Rabino de Odessa, Slomo Baksht, anunció inmediatamente su intención de erigir un monumento en esa fosa común e incluirla en la lista de cementerios y lugares de entierro de judíos que llevan los rabinos de 40 países europeos, según el diario digital Glas.

Una comisión creada por las autoridades ucraniana se comunicó enseguida con el Archivo militar de Rusia, que ya confirmó que en este lugar los ocupantes alemanes y rumanos crearon en 1941 un campo de concentración donde fueron exterminados 4.772 judíos.

El informe recibido desde Moscú señala que en la posguerra sólo se consiguió identificar a 93 de estos miles de prisioneros judíos.

Según testimonios de algunos sobrevivientes y documentos alemanes encontrados, incluidos partes médicos, solo la mitad de los cautivos fueron ejecutados, mientras los demás murieron de hambre y enfermedades, y algunos incluso fueron enterrados vivos.

Pavlo Rubli, habitante local que en 1941 tenía apenas 16 años, relató a medios ucranianos que los nazis enterraban a los judíos del campo de concentración en trincheras antitanque, y aseguró que en torno a Gvozdavka-2 hay hasta cinco fosas comunes.

Hasta el último dramático descubrimiento, sólo estaba localizada una de esas fosas comunes, en cuyo lugar la comunidad judía de Odessa instaló una placa conmemorativa a principios de la pasada década.

Odessa, puerto ucraniano en el mar Negro donde históricamente hubo una importante comunidad judía, fue ocupada por las tropas nazis el 16 de octubre de 1941 tras una heroica defensa de 73 días, y permaneció bajo ocupación hasta el 10 de abril de 1944.

Según la comunidad judía de la ciudad, solo en Odessa los nazis ejecutaron y quemaron vivas a 28.000 personas, la mayoría de ellos habitantes locales judíos.

Otros dos escenarios funestos del Holocausto en la entonces república soviética de Ucrania son Babiy Yar (cerca de la capital, Kiev) y Zhitómir, donde los nazis exterminaron a decenas de miles de judíos.

Unos 26,6 millones de soviéticos, incluidos casi 9.000 militares, murieron en la Gran Guerra Patria, como denominan en la antigua URSS el capítulo soviético de la Segunda Guerra Mundial, según un estudio publicado por el Ejército ruso a finales de la década pasada.