Caballeros Templarios


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Fueron miembros de una orden medieval de carácter religioso y militar, cuya denominación oficial era Orden de los Pobres Caballeros de Cristo (también Orden del Temple). Fueron conocidos popularmente como los Caballeros del Templo de Salomón, o Caballeros Templarios, porque su primer palacio en Jerusalén era adyacente a un edificio conocido en esa época como el Templo de Salomón. La Orden se constituyó a partir de un pequeño grupo militar formado en Jerusalén en el año 1119 por dos caballeros franceses, Hughes de Payns y Godofredo de Saint Omer. Su objetivo era proteger a los peregrinos que visitaban Palestina tras la primera Cruzada. Desde su nacimiento tuvo un fin militar, por lo que la Orden se diferenciaba a este respecto de las otras dos grandes órdenes religiosas del siglo XII: los Caballeros de San Juan de Jerusalén y los Caballeros Teutónicos, fundadas como instituciones de caridad.

La Orden obtuvo la aprobación papal y en 1128, en el Concilio eclesiástico de Troyes, recibió unos preceptos austeros que seguían estrechamente las pautas de la orden monástica de los cistercienses. La Orden Templaria estaba encabezada por un gran maestre (con rango de príncipe), por debajo del cual existían tres rangos: caballeros, capellanes y sargentos. Los primeros eran los miembros preponderantes y los únicos a los que se les permitía llevar la característica vestimenta de la Orden, formada por un manto blanco con una gran cruz latina de color rojo en su espalda. El cuartel general de los Caballeros Templarios permaneció en Jerusalén hasta la caída de la ciudad en manos de los musulmanes en el año 1187; más tarde se localizó, sucesivamente, en Antioquía, Acre, Cesarea y por último en Chipre.

Como los Caballeros Templarios enviaban regularmente dinero y suministros desde Europa a Palestina, desarrollaron un eficiente sistema bancario en el que los gobernantes y la nobleza de Europa acabaron por confiar. Se convirtieron gradualmente en los banqueros de gran parte de Europa y lograron amasar una considerable fortuna. Después de que las últimas Cruzadas fracasaran y menguara el interés en una política agresiva contra los musulmanes, no fue preciso que los Caballeros Templarios defendieran Palestina. Su inmensa riqueza y su inmenso poder habían levantado la envidia tanto del poder secular como del eclesiástico y en el año 1307 el arruinado Felipe IV el Hermoso de Francia, con la colaboración del papa Clemente V, ordenó el arresto del gran maestre francés, Jacques de Molay, acusado de sacrilegio y de prácticas satánicas. Molay y los principales responsables de la Orden confesaron bajo tortura y todos ellos fueron posteriormente quemados en la hoguera. La Orden fue suprimida en 1312 por el papa, y sus propiedades asignadas a sus rivales, los Caballeros Hospitalarios, aunque la mayor parte de aquéllas se las apropiaron Felipe IV y el rey Eduardo II de Inglaterra, el cual desmanteló la Orden en este país.

La Orden se estableció en el primer tercio del siglo XII en Aragón, Cataluña y Navarra, y posteriormente se extendió a Castilla y León. Su actividad en la península Ibérica se centró en la defensa fronteriza frente a los musulmanes, participando en destacadas acciones bélicas, como las empresas de Valencia y Mallorca junto a Jaime I de Aragón, la conquista de Cuenca, la batalla de las Navas de Tolosa (1212) o la toma de Sevilla. Al igual que en Francia, acabaron por caer en desgracia y ser perseguidos. En el reino de Valencia, sus bienes sirvieron para fundar la Orden de Montesa (1317); en Aragón y Cataluña pasaron a los Hospitalarios, y en Castilla a la corona.

Maestres de la Orden

Jacques de Molay, el último gran Maestre de la orden Artículo principal: Grandes Maestres del Temple

Hugo de Payens (1118-1136)

Robert de Craon (1136-1146)

Evrard des Barrès (1147-1151)

Bernard de Tremelay (1151-1153)

André de Montbard (1154-1156)

Bertrand de Blanchefort (1156-1169)

Philippe de Milly (1169-1171)

Eudes de Saint-Amand (1171-1179)

Arnaud de Torroja (1180-1184)

Gérard de Ridefort (1185-1189)

Robert de Sablé (1191-1193)

Gilbert Hérail (1193-1200)

Phillipe de Plaissis (1201-1208)

Guillaume de Chartres (1209-1219)

Pedro de Montaigú (1219-1230)

Armand de Périgord (1232-1244)

Richard de Bures (1245-1247)

Guillaume de Sonnac (1247-1250)

Renaud de Vichiers (1250-1256)

Thomas Bérard (1256-1273)

Guillaume de Beaujeu (1273-1291)

Thibaud Gaudin (1291-1292)

Jacques de Molay (1292-1314)

Los Nueve Fundadores

Hugo de Payens

Godofredo de Saint-Omer

Godofredo de Bisol

Payen de Montdidier

André de Montbard

Arcimbaldo de Saint-Amand

Hugo Rigaud

Gondemaro


Jueves 25/10/07 22:50 EFE- ADN

El Vaticano redime a la Orden del Temple

El volumen ‘Processus contra Templarios’ reúne los documentos sobre el fin de esta Orden, que fue perseguida por Felipe el Hermoso y absuelta por el papa Clemente V

En un elegante estuche de piel y al precio de 5.900 euros, los Archivos Secretos Vaticanos han puesto a disposición de los pocos privilegiados que lo podrán adquirir la verdadera historia del proceso que supuso el fin de la Orden de los Templarios. Se trata de Processus contra Templarios , un volumen que recoge todos los documentos sobre el juicio a esta Orden a comienzos del siglo XIV.

El Folio de Chinon , uno de los documentos más relevantes, corrige las leyendas sobre los Templarios y sobre la actuación del papa Clemente V, tal y como asegura la historiadora que descubrió el pergamino, Barbara Frale. Durante siglos, añadiós, “se aseguró que el Papa estuvo de acuerdo y consintió la destrucción de la Orden, y este documento prueba que no fue así”.

Campaña de Felipe el Hermoso

La persecución a esta Orden no fue más que una maniobra del rey de Francia, Felipe el Hermoso , que avariciaba los bienes que poseían los templarios. Realizó una campaña en su contra, acusándolos de herejes y sodomitas, y una redada la noche del viernes 13 de 1307. Obligados por la torturas, los templarios confesaron las mentiras de las que se le acusaban.

El Folio de Chinon explica que “el Gran Maestre del Temple, Jacques de Molay, y el resto de templarios arrestados fueron absueltos por el Papa”, dijo Frale. Y que, además, el Pontífice les permitió “recibir los sacramentos cristianos y ser acompañados de un capellán” hasta los últimos momentos de su vida, cuando fueron quemados en la hoguera.

Frale explicó que cuando tuvo en sus manos por primera vez el pergamino le invadió la emoción pero también “el miedo a poder estar equivocada sobre la importancia del descubrimiento”. “Siempre se ha hablado de este documento, unos decían que se había perdido y otros que nunca existió, que era un mito, y sin embargo aquí está. Es un pergamino bien conservado y que se lee muy bien”, comentó.

La historiadora explicó la gran importancia, además del Folio de Chinon , de todo el volumen del Processus contra Templarios . Va más allá ya segura que esta publicación no es un “punto final” en la historia de la Orden “sino que abre un sin fin de nuevas investigaciones sobre su historia”.

Ejemplares

Por su parte, el prefecto del Archivo Secreto Vaticano, Sergio Pagano , dejó claro que esta publicación “no revela nada”, ya que todos estos documentos eran ya conocidos, “no es una exclusiva”, y tampoco se pretende “rehabilitar” a los templarios.

La principal novedad de este volumen es su “tipología, su carácter artístico y la originalidad”, además de que por primera vez se publican agrupados todos los documentos que los Archivos Vaticanos tienen sobre los templarios, añadió Pagano.

Jeques árabes, diseñadores de moda y las principales bibliotecas del mundo ya han reservado una de las 799 copias del Processus que saldrán a la venta. El ejemplar número 800 será regalado al Papa Benedicto XVI, como se informó hoy durante la presentación.

El aura esotérica del Temple


El Mundo JESÚS LÓPEZ-PELÁEZ CASELLAS

  • Esta orden de monjes guerreros, defensores de Cristo, está rodeada de misterios y leyendas
  • La Orden del Temple y su eco en la península 

    Cuadro de François Marius Granet representando el último día del Gran Maestre templario Jacques de Molay.

    Cuadro de François Marius Granet representando el último día del Gran Maestre templario Jacques de Molay.

Probablemente no exista organización en la historia que haya provocado mayor cantidad de especulaciones y leyendas que los templarios. En su célebre ‘Chevaliers du Christ’, Alan Demurger sostenía que existe, por un lado, la historia del Temple y, por otro, la de su leyenda; y de forma irónica Umberto Eco, en ‘El péndulo de Foucault’, ponía en boca de uno de sus personajes que “los templarios siempre tienen algo que ver con todo”.

Ciertamente, multitud de libros pseudo-históricos han sostenido, sin prueba real alguna, una supuesta vinculación directa del Temple con asuntos esotéricos como la Mesa esmeralda del rey Salomón, el Santo Grial (del que nada se dice en la Biblia), el Arca de la Alianza, el ‘Lignum Crucis’, la Piedra Filosofal de los alquimistas, innumerables tesoros y hasta el descubrimiento de América. Todas estas son entretenidas leyendas sin fiabilidad, pues no hay evidencia histórica seria que las apoye porque el archivo templario se perdió, probablemente, tras la toma de Chipre por los turcos en 1571.

Pero no se puede decir que estas creencias surjan de la nada, ni que los caballeros de la cruz roja no estén rodeados de misterio y magia que los hace irresistibles. Un asunto significativo es el de sus ritos de iniciación. Estos, si bien similares a los de cualquier otra orden religiosa o militar, adquirieron un aura de secretismo y esoterismo con un cierto perfume oriental. Los juicios a los templarios recogieron testimonios inquietantes acerca del proceso de iniciación en la Orden, durante el que se realizaban actos que la Iglesia y los jueces del rey vieron inaceptables. Y si bien estos testimonios estuvieron inducidos por la tortura, no se descarta que no fueran parcialmente ciertos.

Acusados de satanismo

Así, el beso del maestre al novato en la boca parece que simbolizaba la transmisión del espíritu y el valor templario al neófito, pero al añadir que también se besaba al maestre en el falo o en el ano (las versiones variaban) se pasó a acusarlos de sodomía/homosexualidad. Esta acusación -un crimen monstruoso en la época- estaba motivada por la renuncia que hacían los caballeros a relacionarse con mujeres, excepto madre y hermana. La práctica de ritos satánicos o la confraternización con sectas musulmanas, confesadas bajo tortura, aumentaron su leyenda.

También es cierto que los causantes de la desaparición de los templarios (Felipe IV, su principal consejero Guillaume Nogaret y el Papa Clemente V) murieron a los pocos meses de que Jacques de Molay fuera quemado en la hoguera (y supuestamente les lanzara una maldición mientras perecía entre las llamas). Además, entre 1315 y 1317 se produjeron inundaciones en casi toda Francia como consecuencia de las cuales se perdieron cosechas y se extendió la hambruna, a lo que -como es bien sabido- siguieron epidemias de peste y la muerte de cientos de miles de personas; estos acontecimientos (que dieron lugar a la conocida como crisis del siglo XIV) también se atribuyeron a un castigo divino motivado por la injusta eliminación de la Orden.

No cabe duda de que debían resultar misteriosas para sus contemporáneos las vestimentas de estos defensores de la cristiandad (la imponente capa blanca con la cruz patada roja) y sus símbolos, especialmente el ‘Sello de los Soldados de Cristo’ con los dos hombres compartiendo caballo. Este sello, que muchos historiadores explican como símbolo de la comunidad de bienes, de austeridad y de humildad, también se ha relacionado con una alusión al amor carnal entre caballeros, a prácticas satánicas, a creencias en los aspectos duales de la existencia, o a todo a la vez.

En relación con una posible inclinación de estos monjes militares hacia una concepción dualista de la existencia (creencia de procedencia oriental) conviene recordar que otro de los aspectos más enigmáticos de sus declaraciones tiene que ver con el significado de una misteriosa figura llamada ‘bafomet’. Está atestiguado que en muchas capitanías templarias se guardaba una enigmática cabeza barbada, el ‘bafomet’, que en los interrogatorios y bajo tortura algunos caballeros confesaron adorar. Aunque probablemente se trataba de alguna imagen de origen islámico, se ha apuntado de nuevo a otra referencia al dualismo de algunas creencias orientales, al estilo del ying y el yang o del dios de las dos caras Jano. Los historiadores apuntan que debieron adoptar esta imagen como amuleto de la buena suerte, si bien admiten que es imposible determinar hasta qué punto no era objeto de culto.

Otros símbolos de naturaleza poco clara y que han pasado a formar parte de su leyenda son el bastón de mando (el ‘abacus’) del Gran Maestre, la barba templaria (que se afeitaban al abandonar la Orden) o la enseña (el ‘baussant’) en combate, la bandera blanca y negra. Esta representaba, de nuevo, un cierto dualismo oriental: el día y la noche, la vida y la muerte, o la luz y la oscuridad. El blanco además simbolizaba la pureza, y el negro el valor: ambas características, era bien conocido, debían acompañar al caballero templario a lo largo de su vida.

¿Llegaron a América?

Todas estas circunstancias, que para la mayoría de historiadores son perfectamente explicables sin apelación a misterio alguno, sumadas a una hipotética llegada a América, con la que habrían mantenido contacto desde el puerto francés de La Rochelle (que sería la vía de entrada a Europa de plata del Nuevo Mundo siglos antes de la llegada de Colón) y la propia naturaleza de una orden de monjes guerreros reservada, austera y radicada en sus orígenes en Palestina contribuyeron a cimentar su misterio y su atractivo.

Pero es su espiritualidad la que más atención suscita. Porque a su profundo sentido del deber (al menos 20.000 efectivos murieron en el campo de batalla o tras sufrir tortura y negarse a dejar su fe) y su ausencia de vanagloria y de estrictas diferencias jerárquicas (inspirados en la Orden cisterciense creían en la igualdad esencial del ser) hay que sumar un cristianismo que podríamos llamar de frontera.

Efectivamente, esta forma de comprensión de lo religioso de los templarios, que algunos denominan ‘mística’, bien puede ser considerada uno de los primeros intentos de comprensión -si no de fusión- de la espiritualidad sufí musulmana desde la perspectiva de una Orden cristiana (nada que ver con la intransigencia almorávide que combatieron en la Península, o con la de la Inquisición). Y es que de su espiritualidad y desprecio por lo terrenal da fe su lema, tomado de un salmo:’ Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam’ (Concédenos la gloria no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre).

El origen del temor a los viernes 13: La maldición de los templarios


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  • En una fecha así, 13 de octubre de 1307, el Rey de Francia inició la persecución de los templarios que terminó con su último gran maestre lanzando una amenaza profética antes de ser quemado vivo: «No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia». Un año después fallecieron el Monarca galo y el Papa que lo toleró
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wikipedia | Ilustración medieval que muestra la quema de dos templarios

La aversión al número 13 está fuertemente arraigada en la cultura occidental. En la Última Cena había trece personas (doce apóstoles y Jesús), siendo Judas el traidor, el número 13. En el Apocalipsis, el capítulo 13 corresponde al anticristo y a la bestia. A su vez, la Cábala –una disciplina de pensamiento esotérico relacionada con el judaísmo– enumera a 13 espíritus malignos; al igual que las leyendas nórdicas, donde Loki, el dios de las travesuras, aparece en ocasiones citado como el invitado número 13. Por su parte, el viernes según la tradición cristiana es el día que Jesucristo de Nazaret fue crucificado. Además, algunos estudiosos de la Biblia creen que Eva tentó a Adán con la fruta prohibida un viernes y que Abel fue asesinado por su hermano Caín el quinto día de la semana. Cabe recordar que los siete días de la semana –establecidos en función del tiempo en el que transcurre un ciclo lunar– son definidos por las religiones judeo-cristianas y musulmanas como el tiempo que tardó Dios en crear los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos.

El viernes, considerado por las razones anteriores un día aciago por la tradición cristiana, coincide entre 1 y 3 veces por año con el número de la mala suerte, el 13, dando lugar a la fecha más «maldita», de la que cine y literatura han dado buena cuenta. No en vano, el miedo por los viernes 13 tiene su epicentro histórico en una fecha que quedó marcada por el misterio y la traición: el viernes 13 de octubre de 1307. En la madrugada de este día, el Rey francés Felipe IV inició una brutal persecución contra la Orden de los Caballeros Templarios que provocó el arresto masivo de sus miembros.

Felipe IV persuadió al Papa Clemente V para que iniciase un proceso contra los templarios acusándolos de sacrilegio a la cruz, herejía, sodomía y adoración a ídolos paganos a través de la práctica de ritos heréticos. Especialmente humillante –bajo el prisma de la época– era la acusación de practicar actos homosexuales entre los caballeros de la Orden del Temple, que vivían a medio camino entre la austeridad de un monje y las exigencias de un guerrero. No obstante, se trataban de falsedades sin base alguna para ocultar las verdaderas causas de carácter económico. El Rey de Francia –donde los templarios vertebraban la mayor parte de la influencia y el patrimonio adquiridos durante las Cruzadas– coaligado con el papado y los dominicos ambicionaban acabar con la poderosa y acaudalada orden militar, convertida en el principal prestamista de la Corona francesa y de otros países europeos.

Las calumnias se convierten en acusaciones

Clemente V, pese a ser francés y antiguo arzobispo de Burdeos, mostró inicialmente su oposición a la guerra que Felipe IV pretendía desencadenar contra los templarios, puesto que necesitaba de su ayuda militar para iniciar una nueva cruzada en la zona de Palestina. Sin embargo, la negativa del último gran maestre, Jacques de Molay al proyecto Rex Bellator –impulsado por la Corona de Aragón para fusionar todas las órdenes militares bajo un único rey soltero o viudo– predispuso al Papa en contra de la Orden.

En 1307, Jacobo de Molay, último maestre del Temple, secundando los deseos papales de Cruzada, llegó a Francia para reclutar tropas y abastecerse de vituallas. A su paso por el país escuchó las calumnias propagadas contra su Orden por el Monarca francés. Para ello se sirvió de las acusaciones de Esquieu de Floyran, un espía al que Jaime II de Aragón había expulsado de su corte por verter falsedades contra los templarios pero que fue recibido con los brazos abiertos por el Rey galo, deseoso de provocar su caída a cualquier precio.

Ofendido por la campañade desprestigio contra la Orden del Temple, Jacobo de Molay acudió ante el Papa solicitando un examen formal para desacreditar las burdas calumnias. Accedió Clemente V a sus deseos y así se lo comunicó al Monarca francés por carta del 24 de agosto de 1307. Pero Felipe IV, quien había intentado entrar sin éxito entre las filas templarías cuando se quedó viudo, no estaba dispuesto a dilatar el asunto y cerró el puño sobre su presa. Aconsejado por su ministro Guillermo de Nogaret, Felipe IV despachó correos a todos los lugares de su reino con órdenes estrictas de que nadie los abriera hasta la noche previa a la operación: el jueves, 12 de octubre de 1307. Los pliegos ordenaban la captura de todos los templarios y la requisa de sus bienes.

El 12 de octubre de 1307, a la salida de los funerales de la condesa de Valois, el maestre Molay y su séquito fueron arrestados y encarcelados. Y durante la madrugada del viernes 13, la mayoría de los templarios franceses fueron apresados y sus bienes confiscados bajo pretexto de la Inquisición. La resistencia militar fue mínima a causa de la avanzada edad de los guerreros que permanecían en Francia. Los jóvenes se encontraban preparando la inminente cruzada en la base de Chipre.

Para mitigar el escándalo, el Rey publicó un manifiesto donde involucraba al Papa en la decisión. Cuando Clemente V se enteró de la detención, reprendió al Monarca y envió dos cardenales, Berenguer de Frédol y Esteban de Suisy, para reclamar las personas y bienes de los encausados. Tras pactar con el Papa las condiciones del proceso, Felipe IV consiguió la facultad de juzgar a los miembros franceses de la Orden del Temple y administrar la mayoría de sus bienes. No obstante, el proceso fue del todo irregular. Sin ir más lejos, los templarios habían de ser juzgados con respecto al Derecho canónico y no por la justicia ordinaria de Francia. Asimismo, Guillermo de Nogaret –mano ejecutora del Rey– estuvo bajo la excomunión formal de la Iglesia desde el principio hasta el fin de los procesos.

Una amenaza, que resultó ser una profecía

Por medio de la tortura, la Inquisición obtuvo las declaraciones que deseaba, incluso del Gran Maestre, pero estas confesiones fueron revocadas por la mayoría de los acusados posteriormente. Mientras el Papa tomaba una decisión definitiva sobre la Orden y el futuro del Gran Maestre y el resto de cargos superiores, un goteo de templarios fue pasando por la hoguera en medio de un sinfín de irregularidades y el recelo del pueblo llano. En 1314, Jacobo de Molay, Godofredo de Charney, maestre en Normandía, Hugo de Peraud, visitador de Francia, y Godofredo de Goneville, maestre de Aquitania, fueron condenados a cadena perpetua, gracias a la interferencia del Papa y de importantes nobles europeos. No en vano, encima de un patíbulo alzado delante de Notre-Dame, donde se les comunicó la pena, los máximos representantes de la orden renegaron de sus confesiones: «¡Nos consideramos culpables, pero no de los delitos que se nos imputan, sino de nuestra cobardía al haber cometido la infamia de traicionar al Temple por salvar nuestras miserables vidas!». El desafío de los líderes templarios, rompiendo lo pactado, les condenó a muerte.

Aquel mismo día, se alzó una enorme pira en un islote del Sena, denominado Isla de los Judíos, donde los cuatro dirigentes fueron llevados a la hoguera. Según se cuenta entre el mito y la realidad, antes de ser consumido por las llamas, Jacobo de Molay se dirigió a los hombres que habían perpetrado la caída de los templarios: «Dios conoce que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia. Dios se encargará de tomar represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esta seguridad». Fuera real la frase o un adorno literario añadido posteriormente por los cronistas, la verdad es que antes de un año fallecieron tanto Felipe IV como Clemente V.

En el resto de Europa, la persecución templaria no fue tan violenta y sus miembros fueron absueltos en la mayor parte de los casos. Sus bienes, no en vano, fueron repartidos entre la nobleza o integrados en otras órdenes militares como la de los Hospitalarios.

El día que murió en la hoguera Jacques de Molay, último gran maestre templario


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  • «¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu Iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte, y ambos estaréis muertos antes de un año!», proclamó antes de morir
El día que murió en la hoguera Jacques de Molay, último gran maestre templario

cg. simon/E. Segura | Ilustración sobre Jacques Bernard de Molay

Despunta el alba en la Isla de los Judíos, pero el sol apenas clarea de gris el lúgubre recodo del Sena. Las orillas están a rebosar de rostros curiosos, tanto en el lado del mercado como en el que linda con los jardines del Palacio del Rey. Hay risas, y vino, y putas trabajando bajo los mantos. Porque toda ejecución es un espectáculo y todo espectáculo es una fiesta.

Y toda fiesta tiene un invitado de honor. Este ha pasado la noche en la isla, en una jaula improvisada hecha con maderos. Un niño hubiese podido escapar de ella en cuestión de minutos, pero el despojo balbuceante que los alguaciles sacan de su interior apenas es capaz de tenerse en pie, cuanto ni más huir. Le conducen frente al preboste de París, que aguarda inquieto frente a la pira. Cambia el peso de un pie a otro, incómodo por la humedad y por la tarea ingrata. Cuando desenrolla la sentencia y se la lee al reo, lo hace con voz trémula y ojos esquivos.

-Jacques Bernard de Molay, vigésimo tercer Gran Maestre de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón, conocidos como templarios. Has sido juzgado y hallado culpable por tu propia confesión de los delitos de herejía, idolatría, simonía y blasfemia contra la Santa Cruz. Por ello has sido condenado a morir en la hoguera.

-Fui condenado a cadena perpetua, no a muerte. Y me retracté de esa confesión, obtenida bajo tortura -susurra el anciano.

El preboste mira a Molay con compasión no exenta de culpabilidad. Sabe que la confesión ha sido arrancada de forma cruel. Tras siete años de prisión, el anciano ha quedado reducido a una sombra de lo que fue. Pese a ello, cuando la sentencia se proclamó en firme, Molay fue tan torpe de no aceptarla con la sumisión esperada.

-Rechazasteis la misericordia del rey Felipe proclamándoos inocente cuando ya habíais sido hallado culpable. Añadisteis el pecado de la soberbia a los que ya poseíais. Y os condenasteis a vosotros mismos y a los templarios a la desaparición.

-Ya no existen, mis hermanos ya no existen -replicó el anciano, meneando la cabeza-. Pero la orden vivirá para siempre.

113 caballeros templarios habían sido ya asesinados en la hoguera por los hombres de Felipe. Aquel era el último que quedaba en Francia.

-Es voluntad del rey y de Su Santidad que la Orden sea erradicada, y su nombre sea maldito y caiga en el olvido.

-No le será tan fácil -repuso Molay, tirando torpemente de la túnica deshilachada y mugrienta que era toda su vestidura. La mano huesuda descubrió un hombro escuálido. Allí, cerca del corazón, el anciano había lacerado su carne, dibujando una cruz, la misma que había guiado su espíritu durante los 71 años de su existencia. Había usado el mango de una cuchara hacerlo, afilándolo contra una piedra suelta en la pared de su celda.

El preboste ahogó un quejido de repugnancia al ver aquello. Los bordes irregulares de la herida se habían infectado y estaban llenos de gusanos.

-Felipe y Clemente me matarán, pero no me impedirán morir con la cruz en el lugar donde siempre ha estado -añadió el anciano.

-Sea pues. Morid con la cruz, y que la orden muera con vos -dijo el preboste, haciendo un gesto al verdugo.

El encapuchado arrastró a Molay hasta el poste, alrededor del cual se habían dispuesto haces de madera seca por todas partes excepto donde debían ir los pies del prisionero. Al verlo, el templario pidió al preboste que se acercase.

-Me gustaría morir mirando a Notre Dame.

El preboste dio unas cuantas órdenes, y los guardias cambiaron de sentido los haces de leña a regañadientes. Ataron al anciano al poste, y finalmente colocaron algo más de combustible sobre las canillas blanquecinas y llenas de costrones del viejo guerrero.

El verdugo se acercó entonces al lugar donde apilaba sus enseres, y cogió un cubo donde guardaba paja húmeda. Iba a acercarse a la pira con él, pero el preboste le detuvo.

-Dejad eso.

Incluso a través de la capucha de cuero se percibió el desagrado del verdugo. No era un hombre que disfrutase haciendo daño a otros. Había perfeccionado su trabajo para matar con el mínimo dolor posible, y eso incluía la paja húmeda cuando alguien era condenado a la hoguera. El fuego arrancaba gran cantidad de humo de la paja, provocando que el reo se ahogase mucho antes de que el fuego le abrasase la carne.

-Sólo es un viejo inútil -dijo.

-El rey ha dicho que no -zanjó el preboste.

¿Qué terribles delitos había cometido aquel anciano para que la condena fuese tan dura? Ninguno, si hemos de juzgar su proclamación pública de inocencia, lejos de las lancetas y las cuerdas de los torturadores. Pero no eran sus crímenes los que habían enfurecido al Papa Clemente y al Rey Felipe el Hermoso. Era la existencia de los templarios la que significaba una amenaza para los poderes de París y de Avignon, donde estaba entonces la sede de Pedro.

Origen de la orden

Desde que dos siglos atrás nueve cruzados se comprometiesen a salvaguardar a los peregrinos que visitasen Tierra Santa, la orden de los Templarios no había dejado de crecer en poder e influencia. Poco a poco se habían extendido por Europa, y los templarios no combatientes habían librado una batalla distinta con las monarquías del continente. Sabedores de que la auténtica fuerza de una espada está en el brazo que la empuña, y la de este en el estómago que lo alimenta, y la de este en la bolsa que lo llena, habían decidido servir a Dios y a la Orden amasando oro a manos llenas. Inspirados por las prácticas ancestrales de judíos y fenicios, los templarios crearon una forma primigenia de banco, que servía de puente entre los monarcas siempre ávidos de dinero para sus guerras y francachelas de caza. Ello aumentó aún más el poder de la órden, que además era completamente independiente del papado.

Y cuando alguien crece demasiado a su aire, se crea enemigos. Y si además sus deudores tienen el poder para aniquilarlos, pueden caer en la tentación de hacerlo. Y así fue como los monjes guerreros se labraron la inquina del rey Felipe el Hermoso, cuyas deudas eran cada vez mayores y sus posibilidades de saldarlas, más pequeñas. Y del Papa Clemente, que envidiaba la libertad de los templarios y rabiaba porque estos no le apoyasen en las escaramuzas que deseaba librar. Se reunieron y confabularon. Pensaron en una excusa, desde los secretos rituales de iniciación dentro de la Orden, que dicen que incluían escupir sobre la Cruz, hasta los pecados de usura y simonía. Cualquier cosa que pudiese invertir las simpatías del pueblo por los poderosos y misteriosos templarios, cuyas virginales túnicas blancas y fiereza en el combate despertaban la admiración de los comunes. Aunque si hay algo a lo que el vulgo está más dispuesto que a admirar a un héroe es a vilipendiarlo a la mínima ocasión.

Les persiguieron, les arrestaron, les torturaron, les hallaron culpables y les encerraron. Uno a uno, eran vulnerables. Uno a uno, fueron cayendo los guerreros mejor entrenados de la Cristiandad, bajo los perros del rey, campesinos con espada que sólo tenían a su favor el número; pero no la razón, ni la justicia ni el honor.

Corrupción, antes y ahora

Repasar la historia y repasar nuestros titulares del siglo XXI no es un ejercicio demasiado distinto. Entonces y ahora la corrupción en lo alto era y es el pan nuestro de cada día. Entonces y ahora los poderes públicos se doblaban al servicio de quienes carecen de escrúpulos. Pero entonces, además, había un señor con una capucha de cuero que podía atajar el problema de raíz convirtiéndolo en ceniza.

Ya se acerca el verdugo a Jacques de Molay, con la antorcha encendida en la mano. En el amanecer grisáceo, la bola de fuego anaranjado arranca ocasionales tonalidades azuladas del cielo encapotado. El viejo templario, que tiembla de frío y de miedo, casi agradece el calor de la antorcha cuando prende la base de la pira, mandando una engañosa y agradable sensación a sus pies helados.

«Dieu vengera notre mort!», musita el anciano varias veces, como ensayando para sí mismo, antes de tomar aire y repetirlo a gritos. Y su garganta reseca encuentra fuerzas para proclamar su inocencia. La voz cascada se aclara por última vez, y el viejo semidesnudo vuelve a ser un príncipe de la cristiandad. Un gigante poderoso cuya maldición vuela por encima de las cabezas de la gente, espanta a las palomas que anidan entre las gárgolas de Notre Dame, y se alza hacia el cielo para convertir el epitafio en presagio.

«¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu Iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte, y ambos estaréis muertos antes de un año!»

Las llamas muerden los pies del anciano, convirtiendo el final de su proclama en un alarido de dolor, que sella su destino y firma con sangre la maldición. Una maldición que se cumplirá al pie de la letra, pues tanto el Papa como el rey de Francia mueren a los pocos meses. Castigo divino o no, desde ese 19 de marzo de 1314 vivirá para siempre en la imaginación de todos nosotros la leyenda de los valientes y abnegados defensores del Santo Sepulcro, de los monjes que partían a mandoblazos cráneos de sus semejantes sin sentir ni por asomo la ironía: La leyenda de los caballeros templarios.

El maldito viernes 13 cumple 700 años


Domingo 14/10/07 13:15 EFE – La Vanguardia

Chinon. (Francia) – El gran maestre del Temple, Jacques de Molay, y 138 hermanos fueron detenidos por orden del rey de Francia Felipe el Hermoso el viernes 13 de octubre de 1307, hace exactamente 700 años, dando comienzo a una maldición que perdura hoy en día y a una de las leyendas más fascinantes de nuestra época.

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Los monjes-guerreros, propietarios de castillos, tierras y monasterios por toda Europa y Tierra Santa y convertidos en los banqueros más fiables del Medievo, fueron desposeídos de sus bienes, humillados, torturados y finalmente ajusticiados con la complicidad del papa Clemente V. Molay y sus lugartenientes, sorprendidos a traición cuando regresaban de los funerales de la cuñada del rey, la condesa de Valois, pasarían casi siete años en prisión antes de ser quemados en la hoguera.

La Torre del Homenaje en el castillo de Chinon, desde donde se otea el río Vienne, fue la cárcel de Molay y el escenario de un proceso judicial que aún sigue abierto para los historiadores. En Chinon, sometido en la actualidad a una completa reconstrucción, los templarios aguardaron inútilmente a que el Papa de Aviñón les salvara de las acusaciones formuladas por el rey de Francia.

Ritos obscenos de iniciación, sodomía, adoración a un gato, escupir a la imagen de Cristo… fueron los cargos presentados contra los templarios y que muchos de ellos reconocieron tras ser torturados.

La Iglesia, que no veía con buenos ojos la persecución desatada por el rey francés y conocía los “recursos” utilizados para que los reos se autoinculparan, exigió que a los templarios se les permitiera defenderse.

Pero los sucesivos procesos judiciales canónicos y civiles, como el llevado a cabo en Chinon por una comisión papal de tres cardenales, no sirvieron para exonerar a los caballeros, que dejaron en las paredes de su mazmorra unas inquietantes inscripciones, conocidas como los ‘grafiti de Chinon’, donde aparece buena parte de la simbología templaria.

Los interrogatorios papales a los templarios en este castillo dieron como resultado su absolución por Clemente, según consta en un documento hallado en 2002 en los archivos secretos vaticanos.

El pergamino papal, fechado en Chinon en 1308 y que se puede consultar en la biblioteca vaticana, acogía nuevamente a los templarios bajo el manto de la Iglesia.

Sin embargo, la absolución papal no convenció a Felipe el Hermoso, que consiguió en 1312 que el Concilio de Vienne decretara en la práctica la disolución de la orden.

En todos esos años se sucedieron los interrogatorios, las confesiones bajo tortura, las retractaciones, los concilios y las bulas papales hasta que, finalmente, Molay y los suyos terminaron encerrados en la Casa del Temple, en París, dejados a la suerte de Felipe IV y de su valido Guillermo de Nogaret.

Tras ser enjuiciados en Notre Dame por una nueva comisión papal y condenados a cadena perpetua, Molay y Godofredo de Charnay, comendador de Normandía, se retractaron de sus confesiones de culpabilidad y, por ello, fueron conducidos a la hoguera, el 18 de marzo de 1314.

En la pira instalada en la isla de los judíos, en el Sena, mientras las llamas abrasaban su piel, Molay lanzó su maldición a quienes les habían conducido al cadalso: no tardarían más de un año en someterse al Juicio Final.

Y así fue: el Papa de Aviñón murió un mes y dos días después de las ejecuciones, Nogaret en mayo y Felipe IV cayó desplomado el 29 de noviembre cuando cazaba por los bosques de Fontainebleau, a sólo ocho meses de la muerte de Molay. Su dinastía, la de los Capeto, desaparecería catorce años después.

Decenas de templarios fueron ejecutados en Francia entre 1307 y 1314, pero la persecución, a pesar de los deseos franceses, fue menor en España, Inglaterra, Italia o Alemania debido a la oposición de sus monarcas y a que fueron rechazados los cargos.

Los innumerables bienes del Temple, eso sí, fueron confiscados en toda Europa y entregados a la Orden del Hospital de San Juan por expresa orden del Papa, salvo en la península ibérica, donde surgieron nuevas órdenes militares que asumirían la herencia templaria, como las de Montesa y los Caballeros de Cristo.

En la desvencijada fortaleza de Chinon, llena de referencias a Juana de Arco y Ricardo Corazón de León, el arquitecto jefe encargado de las obras, Arnaud de Saint-Jouan (curiosamente apellidado San Juan, una de esas coincidencias templarias que tanto fascinan), defiende el derecho a reconstruir el castillo frente a quienes prefieren dejar las ruinas al desnudo.

Entre los andamios que cubren hoy el Donjon du Coudray (la Torre del Homenaje), los templarios aguardan su absolución final, quizá el próximo 25 de octubre cuando el Vaticano, según ha anunciado, haga públicos todos los documentos de uno de los juicios más ignominiosos de la historia.