1444 – Batalla de Varna


La batalla de Varna tuvo lugar el 10 de noviembre de 1444 cerca de Varna en el este de Bulgaria. En esta batalla el Imperio otomano bajo el mando del sultán Murad II, derrotó a los ejércitos polaco y húngaro al mando de Vladislao I de Hungría y Juan Hunyadi. Fue la batalla final de la Cruzada de Varna.

Preludio

Después de una serie de expediciones fallidas entre 1440-1442 contra Belgrado y el principado de Transilvania, y las derrotas de la “larga campaña” de Juan Hunyadi en 1442-1443, el sultán otomano Murad II firmó una tregua de 10 años con Hungría. Después de que hiciera la paz con el emirato de Karaman en Anatolia en agosto de 1444, renunció al trono en su hijo de 12 años, Mehmed II.

A pesar del tratado de paz, Hungría cooperó con la república de Venecia y el papa Eugenio IV para organizar un nuevo ejército cruzado. Con estas noticias, Murad fue llamado de regreso al trono por su hijo. Pero Murad se negó continuamente a ello, basándose en que él ya no era sultán. En esta posición, su hijo le ordenó que dirigiera sus ejércitos.

Preparativos

Un ejército cristiano combinado, consistente principalmente de fuerzas húngaras y polacas, con pequeños destacamentos de checos, caballeros papales, alemanes, bosnios, croatas, búlgaros, valacos, lituanos y rutenios (ucranianos), se enfrentó a un ejército numéricamente superior de turcos otomanos.

Los húngaros estaban mal equipados, y el apoyo prometido por Albania y Constantinopla nunca llegó. El ejército húngaro era pequeño y bastante desequilibrado. No tenía apenas infantería, a excepción de unos 300 mercenarios checos. Había unos 100 carros de guerra con sus tripulaciones (Wagenburg). El resto del ejército era caballería pesada, la mayoría de la realeza o mercenarios extranjeros, con algunos estandartes episcopales y de la nobleza.

Barcos venecianos, genoveses y papales habían bloqueado los Dardanelos mientras el ejército húngaro avanzaba hacia Varna, donde se encontrarían con la flota papal para navegar a lo largo de la costa hasta Constantinopla, empujando a las fuerzas otomanas fuera de Europa. El avance húngaro fue rápido, sobrepasando las fortalezas otomanas, en tanto que búlgaros locales de Vidin, Oryahovo y Nicópolis se sumaban al ejército (Fruzhin, hijo de Iván Shishman, tomó parte en la campaña con su guardia personal). El 10 de octubre cerca de Nicópolis, unos 4.000 caballeros valacos bajo el mando de Mircea II también se unieron al ejército. Refugiados armenios en Hungría también intervinieron en las guerras contra los turcos.

Despliegue de los ejércitos

La flota veneciana no pudo evitar que los refuerzos turcos llegasen desde Asia Menor. Es más, se cometió una traición en sus filas, pues un encargado de Venecia habría ayudado a las tropas turcas a cruzar al continente europeo.

Más tarde, el 9 de noviembre, un gran ejército otomano de alrededor de 60 000 hombres se aproximó a Varna (aún bajo control bizantino) desde el oeste. En un consejo militar realizado por Hunyadi, el legado papal, cardenal Julian Cesarini, insistió en una rápida retirada. Sin embargo, los cristianos estaban encajonados entre el mar Negro, el lago de Varna, las empinadas laderas boscosas de la meseta de Frangen y el enemigo. Cesarini entonces propuso una defensa usando los carros de guerra de los husitas hasta que llegara la flota cristiana. Los nobles húngaros y los comandantes croatas, bosnios y checos lo apoyaron, pero el joven Vladislao y Hunyadi rechazaron las tácticas defensivas. Hunyadi declaró: “Escapar es imposible, rendirse es impensable. Déjennos luchar con valor y honor.” Vladislao se mostró de acuerdo y le dio el mando del ejército.

En la mañana del 10 de noviembre, Hunyadi desplegó el ejército —de cerca de 20 000 cruzados— en forma de arco entre el lago de Varna y la meseta de Frangen; el frente cubría unos 3,5 km de longitud. Dos estandartes con un total de 3500 hombres del rey polaco, guardaespaldas húngaros, así como mercenarios reales húngaros y la nobleza se dispusieron en el centro de la formación. La caballería valaca quedó de reserva detrás del centro.

El flanco derecho estaba alineado en la colina, hacia la villa de Kamenar, y lo componían 6500 hombres organizados en cinco estandartes. El obispo Jan Domenik de Varadin, con su estandarte personal, lideraba esta fuerza; Cesarini comandaba un estandarte de mercenarios alemanes y otro de bosnios. El obispo de Eger mandaba su propio estandarte, y el gobernante militar de Eslavonia, Franco Talotsi, se hallaba al frente del estandarte croata.

El flanco izquierdo, con un total de 5000 hombres en cinco estandartes, estaba a las órdenes de Miguel Szilágyi, cuñado de Hunyadi, y lo formaban mercenarios transilvanos, búlgaros y alemanes de Hunyadi, así como estandartes de la alta nobleza húngara. Detrás de los húngaros, más cerca del mar Negro y el lago, se habían colocado los carros de guerra, defendidos por unos 300 a 600 checos y rutenios bajo el mando de Ceyka. Cada carro tenía entre 7 y 10 hombres y estaba equipado con bombardas.

El centro otomano incluía a los jenízaros y los conscriptos de Rumelia, desplegados alrededor de dos montículos. Murad observó y dirigió la batalla desde la cima de uno de ellos. Los jenízaros cavaron atrás zanjas y dos empalizadas. El flanco derecho consistía en Kapikulus y Sipahis de Rumelia, y el flanco izquierdo constaba de sipahis de Anatolia, mercenarios árabes y otras fuerzas. Arqueros jenízaros y caballería ligera (Akincis) fueron desplegados en la meseta de Frangen.

La batalla

La caballería ligera árabe y otomana atacó a los croatas de Talotsi. Los cristianos del flanco izquierdo respondieron con fuego de bombardas y de otras armas, deteniendo el ataque. Los soldados cristianos iniciaron una persecución desordenada. La caballería de Anatolia y los árabes en camellos los emboscaron desde el flanco. El flanco cristiano derecho intentó escapar a la pequeña fortaleza de Gálata en la otra orilla de la bahía de Varna, pero la mayoría de ellos fueron matados en los pantanos alrededor del lago Varna y el río Devnya, donde también cayó Cesarini. Sólo las tropas de Talotsi pudieron refugiarse tras los carros de guerra.

Vladislao y Hunyadi desplegaron dos escuadrones de caballería desde el centro y ordenaron el ataque contra los sipahis de Anatolia y los árabes, que fueron desbandados con su comandante, Karaca Bey, que murió en el ataque. Los cristianos los persiguieron por cerca de 6 km y después regresaron al campo de batalla. Los valacos continuaron con la persecución e irrumpieron en un campamento otomano fortificado. Después de saquearlo, los valacos cargados con oro y mucho botín abandonaron el combate.

El otro flanco otomano atacó a los húngaros y búlgaros de Miguel Szilágyi. Su avance fue detenido y rechazado, después de lo cual los sipahis volvieron a avanzar. Hunyadi decidió prestar ayuda y aconsejó al rey que esperase hasta que él regresara. Luego avanzó con dos escuadrones de caballería hacia los sipahis, los derrotó y los persiguió en dirección al camino hacia Shumen. Los sipahis estaban tan aterrorizados que algunos de ellos alcanzaron el río Kamchiya y lo cruzaron a unos 30 km de distancia.

El ejército europeo parecía cerca de la victoria; el sultán había decidido dejar el campo de batalla. Según Edward Gibbon (Historia de la decadencia y caída del Imperio romano), «Cuando Amurath observó la retirada de sus escuadrones, desesperó de su fortuna y aquella del imperio: un jenízaro veterano tomó la brida de su caballo y tuvo la magnanimidad de perdonar y recompensar al soldado que se atrevió a percibir el terror y la detención del vuelo de su soberano».

El joven rey, ignorando el consejo de Hunyadi, mandó presuroso 500 de sus caballeros polacos contra el centro otomano, quienes sobrepasaron a la infantería jenízara, y el rey intentó hacer prisionero a Murad. Pero rodeado por los guardias jenízaros, fue asesinado, su cabeza cortada y luego llevada a la corte otomana. La desmoralizada caballería polaca fue aplastada por los otomanos.

A su regreso, Hunyadi trató frenéticamente de rescatar el cuerpo del rey, pero todo lo que pudo hacer fue organizar la retirada del resto del ejército. Sufrió de 11 000-13 000 bajas. Los otomanos perdieron de 8 000-20 000 soldados. El ejército otomano estaba tan destrozado que fueron incapaces de perseguir al ejército cristiano y continuar la campaña en la Europa central. Muchos de los prisioneros europeos fueron asesinados o vendidos como esclavos.

Consecuencias

La muerte de Vladislao dejó a Hungría en las manos de Ladislao el Póstumo, de tan sólo 4 años de edad. De esta forma, Juan Hunyadi se convirtió en su tutor y en el regente de Hungría. La derrota también preparó el escenario para la caída de Constantinopla en 1453.

Batalla de Varna
Guerras otomanas en Europa
Fecha 10 de noviembre de 1444
Lugar Cerca de Varna, actual Bulgaria
Coordenadas 43°13′00″N 27°53′00″E (mapa)
Resultado Decisiva victoria otomana
Beligerantes
Coa Hungary Country History Vladislaus I (1440–1444).svg Reino de Hungría
POL Przemysł II 1295 COA.svg Reino de Polonia
Small coat of arms of the Czech Republic.svg Reino de Bohemia
Stema Tarii Romanesti II.jpg Principado de Valaquia
Coat of arms of Moldavia.svg Moldavia
Coat of arms of Lithuania.svg Gran Ducado de Lituania
Coat of Arms of the Emperor of Bulgaria (by Conrad Grünenberg).png Rebeldes búlgaros
Flag of the Papal States (pre 1808).svg Estados Pontificios
Croatian Chequy3.png Reino de Croacia
Den tyske ordens skjold.svg Orden Teutónica
 Imperio otomano
Comandantes
Coa Hungary Country History Vladislaus I (1440–1444).svgPOL Przemysł II 1295 COA.svg Vladislao III Jagellón†
Coa Hungary Country History Vladislaus I (1440–1444).svg Juan Hunyadi
Stema Tarii Romanesti II.jpg Mircea II de Valaquia
Coa Hungary Country History Vladislaus I (1440–1444).svg Miguel Szilágyi
Stema Tarii Romanesti II.jpg Vlad II Dracul
Coat of Arms of the Emperor of Bulgaria (by Conrad Grünenberg).png Fruzhin
Murad II
Fuerzas en combate
19.000-20.000 60.000-100.000

Lepanto, la decisiva batalla naval donde los cristianos arrasaron a la flota turca


ABC.es

Lepanto, la decisiva batalla naval donde los cristianos arrasaron a la flota turca

Pintura que rememora la batalla de Lepanto

En 1571, los buques de la Santa Liga vencieron a la armada turca en uno de los combates marítimos más grandes de la historia

Con arcabuz, espada, y el arrojo típico de un militar venido de la Península Ibérica. Así combatieron los soldados españoles que, un siete de octubre de 1571, derramaron su sangre sobre la cubierta de decenas de buques para detener, en el golfo de Lepanto, las pretensiones expansionistas turcas.

No obstante, lo que no sabían todos aquellos soldados es que no sólo habían aplastado a la gran flota otomana que amenazaba el Mediterráneo, sino que también se habían ganado, a base de cañonazo y mandoble, un hueco en los libros de historia. Así, después de que se disipara el humo de las piezas de artillería, el mar quedó como testigo de una de las mayores victorias navales españolas.

Piratería y esclavitud, la antesala de Lepanto

Para llegar hasta esta gran victoria es necesario viajar unos años atrás, un tiempo en el que la sangre manchaba casi a diario las costas mediterráneas. «Cuesta creer hoy día que las tranquilas aguas del mar Mediterráneo fueran en otro tiempo escenario de asedios, batallas y guerras, y que miles de personas sufrieran el drama del cautiverio y la esclavitud. Y sin embargo, así fue», determina en declaraciones exclusivas a ABC el periodista y experto en historia militar española Miguel Renuncio.«A mediados del siglo XVI, dos potencias se disputaban el control del Mare Nostrum: España (dueña de Sicilia, Cerdeña y Nápoles) y el Imperio Otomano (cuyos dominios se extendían desde los Balcanes hasta Egipto). Los intereses contrapuestos de Madrid y Estambul habían desembocado en una guerra continua, que se englobaba en el esfuerzo general de los estados cristianos europeos por frenar el imparable avance turco», añade el experto.

A su vez, los españoles encontraron en esta época a unos fuertes enemigos en los piratas, que saqueaban sin piedad decenas de ciudades cristianas. «Mientras las tropas del sultán Solimán I conquistaban Hungría y llegaban incluso a asediar Viena, los estados berberiscos del norte de África (vasallos del Imperio Otomano) vivían de la piratería saqueando los puertos de España e Italia y asaltando sus barcos en alta mar. En definitiva, la situación llegó a ser tan crítica que se esperaba que, tarde o temprano, los turcos intentarían invadir Italia», señala Renuncio.

En este clima de tensión, los turcos pusieron, unos pocos años después, la guinda a este conjunto de afrentas contra los cristianos. «En mayo de 1565, la armada otomana llegó a las costas de Malta e inició el asedio a la isla, defendida por los caballeros de la Orden de San Juan u Orden de Malta. El asedio fue durísimo y se luchó palmo a palmo», determina el periodista.

Por suerte, este gran ataque fue detenido por los miles de soldados que envió España para socorrer a los sitiados, pues en la Península Ibérica se conocía la importancia estratégica de este territorio, como bien explica Renuncio: «De haber caído en manos del Imperio Otomano, Malta se hubiera convertido en el trampolín perfecto para asaltar Italia».

La gota que colmó la paciencia cristiana

Sin embargo, lo que finalmente hizo entrar en cólera a los cristianos fueron las exigencias planteadas por el nuevo sultán Solimán I (quien sucedió en el trono de Estambul a su padre). Concretamente, en 1570 el nuevo mandatario pidió la entrega de Chipre –contraria a los turcos- a su imperio.

Los cristianos consideraron esta petición como la gota que colmó el vaso. «En previsión de un ataque a la isla, el papa Pío V solicitó a España y Venecia la creación de una alianza militar con los Estados Pontificios con el objetivo de frenar la expansión otomana en el Mediterráneo», determina Renuncio.

De esta forma, y aunque fue dificultoso por la diversidad de opiniones entre ambos países, Pío V terminó «convenciendo» a ambos imperios para frenar la expansión del Islam en Europa. «En mayo de 1571, Madrid, Venecia y Roma crearon la Santa Liga (la alianza deseada por Pío V)», explica el experto, que añade además que hubiera sido imposible derrotar a la inmensa flota turca si no hubiera sido aunando fuerzas.

Esto no detuvo a los turcos que, de forma osada y sin temor a las consecuencias, iniciaron el asedio a Chipre. Ante esta afrenta, la flota de la nueva y flamante «Santa Liga» decidió iniciar los preparativos para acabar de una vez por todas con sus enemigos del este. «Aunque el ejército otomano había acabado ya con el último reducto de la resistencia veneciana en Chipre (Famagusta), se decidió buscar y destruir la armada del sultán, dirigida por Alí Pachá o Alí Bajá», completa el periodista.

Preparando la guerra

Para hacer frente al islam, la «Santa Liga» juntó una de las mayores flotas que han surcado los mares a través de la historia. «Contaban con 228 galeras, 6 galeazas, 26 naves y 76 menores. (234 de ellas de combate)», explica el Capitán de navío José María Blanco Núñez, Asesor del Instituto de Historia y Cultura Naval. «Por su parte, los turcos contaban con 210 galeras, 42 galeotas y 21 fustas (252 de combate)», completa el militar.

A su vez, y además del número de buques, la «Santa Liga» tenía a su favor la tecnología, pues sus tropas contaban con multitud de arcabuceros. Estos, partían con ventaja con respecto a los arqueros otomanos, ya que la pólvora tenía más alcance y causaba más daño que las flechas, las cuales solían rebotar contra las gruesas corazas cristianas. «Además, entre las tropas de la Santa Liga destacaban los famosos Tercios españoles. Felipe II había ordenado el embarque de unas 40 compañías procedentes de cuatro Tercios distintos, mandados por Lope de Figueroa, Pedro de Padilla, Diego Enríquez y Miguel de Moncada», determina por su parte Renuncio.

A pesar de todo, el número de combatientes no era muy desigual, según completa el periodista: «En total, la Santa Liga sumaba unos 90.000 hombres, entre soldados, marineros y remeros. En cuanto a la armada del Imperio Otomano, el número de hombres era muy similar, y entre sus soldados sobresalían los temidos jenízaros (cristianos que, tras ser capturados de pequeños, se convertían al islam y eran educados para la guerra)».

Una curiosa forma de batallar

Que la cantidad de soldados fuera similar era muy significativo, pues, en el SXVI, un combate naval no era como el que nos vende ahora la factoría Hollywood. «Los barcos actuaban como plataformas para el combate. Por aquellos años, la galera, el buque más utilizado, era una embarcación larga y estrecha, provista de una o dos enormes velas latinas. Sus dimensiones rondaban los 40 metros de eslora y los cinco de manga, y apenas levantaba un metro del nivel del mar. La artillería estaba formada, casi exclusivamente, por tres o cinco cañones fijos situados en la proa. Por lo tanto, se trataba de un barco cuya función principal consistía en servir de plataforma para la lucha cuerpo a cuerpo», añade el experto.De hecho, y según comenta Renuncio, los cañones de las galeras –que se encontraban ubicados en proa y popa- no servían tanto para atacar desde cierta distancia a sus enemigos como para acabar con los soldados enemigos cuando se entablaba el combate cuerpo a cuerpo. Así, lo más usual era que una embarcación embistiera a otra, ambas dispararan entonces su artillería, y la infantería entrara entonces en la lucha.

Sin embargo, para suplir esta escasa cadencia de fuego, Venecia también aportó su granito de arena a la «Santa Liga» con uno de sus más novedosos proyectos. «La galeaza era una auténtica fortaleza flotante. Se trataba de un invento veneciano, consistente en una galera de mayores dimensiones y, sobre todo, dotada de una artillería mucho más potente, con cañones móviles situados en las bandas. No obstante, estas naves eran difíciles de mover, por lo que muchas veces tenían que ser remolcadas», finaliza el periodista español.

Posiciones para el combate

Así, con las tropas preparadas para asestar el golpe definitivo a los turcos, la flota de la «Santa Liga» partió hacia Grecia. El grupo, formado en su mayoría por buques españoles, estaba dirigido de manera general por Don Juan de Austria. No obstante, cada nación aportó además un capitán para su facción. Tan sólo unos pocos días después de partir, el 7 de octubre, ambas armadas se encontraron cerca del Golfo de Lepanto dando lugar a lo que sería una de las batallas más sangrientas de la historia.

Durante la mañana, y con la extraña calma que suele preceder a la amarga batalla, ambas escuadras finalizaron su despliegue. En el bando español el centro estaba regido por «La Real», la nave de Don Juan de Austria. En el flanco izquierdo, se situaba amenazante el veneciano Agostino Barbarigo, a quién se le dieron órdenes de impedir que el enemigo les envolviera. Finalmente, el ala derecha estuvo regida por Juan Andrea Doria, genovés al servicio de España,

«Por último, el español Álvaro de Bazán tenía bajo su responsabilidad las galeras de la reserva, que debían socorrer un frente u otro en función de cómo se fuera desarrollando el combate», finaliza Renuncio. Sin embargo, lo que ninguno de los líderes sabía era que, en una de las galeras cristianas se hallaba, espada en mano, un joven literato que no superaba los 24 años: Miguel de Cervantes.

Frente a la armada de la «Santa Liga» se situaba desafiante la imponente flota turca. En el centro de la misma, a bordo de «La Sultana» se hallaba el terror de los cristianos: Alí Pachá. A su derecha, frente a Barbarigo, estaban ubicadas las fuerzas de Scirocco, bey de Alejandría. Finalmente, y para hacer frente a Andrea Doria, el líder turco seleccionó a Uluch Alí, bey de Argel.

Comienza la batalla

No cabía más espera. Después de que se arbolaran los crucifijos y estandartes y los sacerdotes absolvieran a los soldados por si morían en combate, los remeros comenzaron a sacar las palas. Desde «La Real», un grito, el de don Juan de Austria, ahuyentó el miedo de los marinos: «Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone».

Con celeridad, las naves turcas, como movidas por una única fuerza, comenzaron su avance inexorable hacia los buques de la «Santa Liga». Por suerte, los cristianos habían decidido que las galeazas, las fortalezas flotantes venecianas, se situaran por delante de la flota aliada para hacer blanco sobre los otomanos. El plan funcionó a la perfección pues, con un gran estruendo, estos navíos abrieron fuego con sus innumerables cañones sobre las tropas de Alí Pachá, mandando al fondo del mar a varias de sus galeras.

La fuerte acometida cogió por sorpresa a los otomanos, que se vieron obligados a romper su formación y tratar de acortar lo más velozmente la distancia que les separaba de los buques cristianos. No les quedaba más remedio, pues la potencia de fuego de las galeazas podía ser mortal para sus aspiraciones de conquista.

Una vez superada la primera línea de galeazas cristianas, comenzó la verdadera batalla. «Tras esto, las galeras de ambos bandos se trabaron unas con otras, barriendo al enemigo con el fuego de sus cañones, embistiéndose con sus espolones y lanzando a sus hombres al abordaje», determina Renuncio.

Pronto, y casi dirigidas por una fuerza extraña, «La Sultana» y «La Real» chocaron y se enzarzaron en un fiero combate cuerpo a cuerpo que se cobraría la vida de cientos de soldados. «Los hombres de ambas naves iniciaron una lucha sin cuartel, en la que “La Real” y “La Sultana” fueron socorridas por otras galeras, que hacían pasar a sus soldados a bordo de las dos capitanas» explica el experto. Ambas flotas sabían que no podían permitirse el lujo de perder sus buques de mando, pues sería algo nefasto para la moral de sus respectivas flotas.

Problemas iniciales

Mientras, en el flanco izquierdo cristiano, Barbarigo vivió momento de tensión cuando las tropas de Sirocco se introdujeron en un hueco dejado por las tropas del veneciano. Este, vio en unos instantes como su nave era asediada por media docena de buques enemigos. La lucha fue tan cruenta que, finalmente, el cristiano murió cuando el disparo de un arquero turco le acertó en un ojo. A pesar de todo, y con la ayuda de varias galeras que fueron a socorrer a su líder fallecido, se logró resistir la embestida turca.La situación no era mejor en el flanco contrario, donde Uluch Alí había conseguido atravesar la línea cristiana haciendo uso de una estratagema que alejó el ala derecha cristiana de la batalla. Por suerte, la escuadra de reserva acudió a socorrer el centro de «La Santa Liga». No obstante, no llegó lo suficientemente rápido como para salvar a varias galeras cristianas cuyos ocupantes fueron pasados a cuchillo sin piedad.

A partir de ese momento rindió la anarquía entre las diferentes naves, que trataban de resistir, junto al buque aliado más cercano, la acometida del enemigo. En este momento de incertidumbre, el joven Cervantes recibió varios disparos, uno de los cuales le alcanzó en la mano izquierda, dejándosela inútil para siempre. Por suerte, el posteriormente conocido como «el manco de Lepanto» pudo seguir escribiendo durante años con su brazo derecho.

Un final glorioso

«En esta situación, cuando la batalla se encontraba en el momento más decisivo, un disparo de arcabuz mató a Alí Pachá, lo que provocó el desmoronamiento de la resistencia a bordo de la Sultana. El estandarte musulmán fue arriado, al tiempo que los gritos de victoria en las filas cristianas iban pasando de una galera a otra», determina Renuncio.

Después de este golpe para los turcos, comenzó su retirada. «Uluch Alí consiguió escapar llevando consigo una pequeña parte de sus fuerzas y el estandarte arrebatado a los caballeros de la Orden de Malta, que también participaban en la armada cristiana», explica el experto.

«La victoria cristiana fue total. Entre 25.000 y 30.000 otomanos murieron en la batalla, frente a los 8.000 españoles, pontificios y venecianos. La batalla de Lepanto fue una matanza terrible, sin precedentes, pero sirvió para demostrar que el esfuerzo conjunto de las naciones cristianas podía frenar el avance del Imperio Otomano. Por fin, la armada del sultán había sido destruida, y con ella el mito de su invencibilidad», añade Renuncio.

Además del importantísimo valor militar, la batalla tuvo unas buenas consecuencias para España y la cristiandad. «Aunque aparentemente la batalla de Lepanto no tuvo consecuencias inmediatas, su importancia fue enorme desde el punto de vista moral y propagandístico, ya que sirvió para acabar en Europa con el mito de la invencibilidad otomana», finaliza el periodista.

Tras la batalla

A pesar de la gran derrota, el Imperio Otomano volvería a planta batalla tan sólo tres años más tarde, cuando consiguió conquistar Túnez a los españoles. A su vez, en 1574, Venecia firmó en secreto la paz con el sultán, rompiendo la Santa Liga y traicionando a España y al Papa. De esta forma, y aunque el pacto le ofrecía ventajas comerciales, también obligaba a esta república a pagar un tributo a Estambul y renunciar a Chipre.

«La paz era humillante para Venecia, pero, al fin y al cabo, era una república de mercaderes y prefería garantizar la seguridad de sus intercambios comerciales con Oriente antes que seguir aventurándose en inciertas campañas militares. Así pues, España volvía a estar sola en su lucha contra el expansionismo otomano, lo que parecía anunciar nuevas e inevitables guerras», explica Renuncio.

Sin embargo, el conflicto entre ambos imperios sólo duró hasta 1577. «Paradójicamente, españoles y turcos empezaron a estar cada vez más interesados en poner fin a su enfrentamiento —al menos, a su enfrentamiento a gran escala—, para poder ocuparse cada uno, con mayor libertad, de sus asuntos en otros escenarios. Además, la inactividad otomana demostró ser su peor enemigo: las galeras del sultán se pudrieron en los puertos y nunca más volvieron a suponer una amenaza para la seguridad de los estados cristianos del Mediterráneo», añade el experto.

Tres preguntas al Capitán de navío José María Blanco Núñez, Asesor del Instituto de Historia y Cultura Naval

m. p. v. madrid
1-¿Qué significó la derrota para el imperio Otomano?
Supuso el final de su expansión hacia Occidente, su freno en Europa, donde llegó hasta Viena de donde saldrá derrotado un siglo más tarde, su cambió de teatro al Indico, donde hizo sufrir de los lindo a los portugueses, lo que contribuirá a la unión de los reinos peninsulares.
2-¿Qué marcó la diferencia en Lepanto?
Lo que definitivamente descalabró a los turcos fue el buen empleo de la artillería de las cuatro (de seis) galeazas venecianas (20 cañones y 30 pedreros, cada una, mientras que las galeras mayores llevaban solamente 5 cañones a proa, que se disparaban una sola vez inminentemente antes del abordaje) que iban en vanguardia y entraron en fuego, y al magnífico comportamiento de la reserva mandada por D. Álvaro de Bazán, que abortó la brillantísima maniobra del cuerno izquierdo otomano mandado por Uluch Alí.
3-¿Cómo describiría, en un único párrafo, el impacto de esta batalla para España?
Nos proporcionó seguridad en nuestras derrotas imperiales, Barcelona-Génova que, por mor de la actitud francesa, era vital para el sostenimiento de Flandes; Puerto de Santa María (después Cartagena)-Mesina-Nápoles, sin embargo el corso ejercido por argelinos continuará azotando nuestra costa mediterránea hasta la paz de 1785, aunque hubiese desaparecido el peligro de ver las Columnas de Hércules en manos del Sultán de la Sublime Puerta.

Desmontando a Atatürk


CET – El Mundo

UN FILME DESATA LA POLÉMICA EN TURQUÍA

  • El responsable del derribo es el director y periodista turco Can Dundar
  • Atatürk era un hombre que abusaba del raki, lo que le provocó la muerte por cirrosis
  • El director del reportaje dice que ‘la película presenta a un líder sincero y cariñoso’

En Turquía ha caído un mito. El responsable del derribo es el director y periodista turco Can Dundar. El artista se ha atrevido a bajar del pedestal al todopoderoso y venerado Padre de la República de Turquía. El mismo que siempre ha atendido al nombre de Atatürk y al que hoy se permiten por primera vez la confianza de llamar Mustafá, su nombre de pila.‘Mustafá’ es el título del documental que ha traído nuevamente la polémica al país euroasiático, cuando se cumple el septuagésimo año de la muerte del líder que creó la Turquía moderna de las cenizas del Imperio Otomano.

Atatürk deja de ser un dios para pasar a ser humano, con todos sus defectos. Un retrato intimista, que muestra a un autoritario ex militar que se sentía solo y deprimido sin ninguna mujer a su lado en los últimos días de su vida. Un hombre que abusaba sin medida del raki, el anisete que es la bebida nacional de Turquía. Esta afición al alcohol le causaría la muerte por una cirrosis a la edad de 58 años. Un fumador empedernido, que encendía un cigarro tras otro hasta inhalar tres cajetillas al día, mientras se excedía con el café turco. Un apuesto hombre al que le gustaban las mujeres y que como todos sus seguidores albergaba dudas sobre su proyecto de nación.

Atatürk era pues un hombre con sentimientos y aunque parezca una afirmación banal para cualquiera, en Turquía no lo es. Aquí es considerado un ser superior. Un superhombre al que no se puede criticar, so pena de ser enjuiciado. Sino que se lo digan a los responsables de YouTube, cuyo acceso está prohibido por orden judicial por exhibir vídeos ofensivos contra su persona.

Estatuas por doquier

Un ídolo por el que los relojes de todos los museos del país marcan las 9:05, la hora en la que el Padre de la Patria abandonó este mundo. Una deidad cuyo rostro empapela las calles de todo Estambul y el margen derecho de todas las televisiones junto al logotipo de la cadena. Un héroe del que hay estatuas y retratos en cada colegio, en cada plaza, en cada edificio de Turquía.

Porque Atatürk fue el que expulsó de Turquía a las tropas invasoras y fue su visión la que transformó ese pueblo desmembrado en una república fuerte y laica. Mustafá Kemal introdujo las costumbres occidentales en la forma de hacer política y en la vestimenta. Además cambió la caligrafía, terminó con la poligamia y dio el derecho al voto a las mujeres.

Y, sobre todo, separó definitivamente la religión del estado. Y he ahí el punto de controversia de este nuevo reportaje porque si se desmonta su idolatrada imagen muchos creen que pueden llegar a tambalearse los principios seculares de los que él fue el precursor. En un momento histórico complicado en el que dos fuerzas, los islamistas moderados en el poder y los kemalistas están enzarzados en una lucha por el poder.

Así lo hacía saber el columnista Yigit Bulut del periódico secularista ‘Vatan’, quien pedía a la gente que no vean el documental y persuadían a los que quieran verlo, porque el objetivo es “humillar a Atatürk” a los ojos de los turcos. A su juicio, eso puede servir a los intereses de los que quieren imponer la ley islámica.

Para el director del reportaje el extraordinario culto personaje histórico lo único que consigue “es alejar a la gente de Atatürk”. En una entrevista televisiva Dundar explicó que “la película presenta a un líder sincero y cariñoso“.

Pese a las críticas, más de medio de millón de turcos han ido ya a ver a este nuevo Atatürk que aparece desmontado en la gran pantalla. A aquel niño que creció en Tesalónica y que se llamaba Mustafá. Un ser humano, al fin y al cabo.