León Degrelle, el nazi que Hitler quiso como hijo y que huyó a Madrid tras la guerra


ABC.es

  • Belga de nacimiento, noveló su biografía en la capital; marcada por ser adoptado por una sevillana que lo convirtió en español
 abc León Degrelle, a la derecha, como oficial de la Legión Valonia (unidad adscrita a las SS alemanas)

abc | León Degrelle, a la derecha, como oficial de la Legión Valonia (unidad adscrita a las SS alemanas)

«Si tuviese un hijo, me gustaría que fuese como usted», le dijo Adolf Hitler a León Degrelle en agosto de 1944, durante la entrega de la Cruz de Caballero con Hojas de Roble –Ritterkreutz–, un distintivo militar único en el III Reich. El susurro, cómplice al oído, era si cabe un reconocimiento aún mayor que el de la propia medalla otorgada; superior a la consideración castrense, próximo a la devoción. Este episodio, como otros análogos, la mayoría desarrollados en España, fueron novelados por Degrelle, su protagonista principal, en un piso de la madrileña calle de Santa Engracia; una suerte de museo nominal en la que exponía sus condecoraciones y objetos históricos, resultado último de una biografía que tuvo a Madrid como escenario fundamental.

León Degrelle (Bouillon, Bélgica, 1906) fue un oficial de la Legión Valonia –unidad extranjera adscrita a las SS alemanas– que, fundador del rexismo, rama del fascismo en Bélgica, destacó como mando en la Segunda Guerra Mundial. Su historia, en cualquier caso, alcanza nuevos límites más allá del campo de batalla, siendo estos los más interesantes, con una relación notable con España y con diferentes personalidades del franquismo. Así, su crónica vital, marcada tanto por la supervivencia como por la impunidad, arranca en la playa de La Concha, en San Sebastián, coetáneo con la rendición de Alemania ante los Aliados.

Afortunado, se encuentra en Oslo en el momento de la toma de Berlín, por lo que su plan de escape es viajar hasta España para esconderse. La afinidad ideológica, como es evidente, marca su destino. El primer problema, sin embargo, surge cuando en su intención de esquivar los antiaéreos franceses, el depósito del aeroplano agota su capacidad, con un aterrizaje forzoso en la costa guipuzcoana que acaba con el avión estrellado.

Huida a Madrid

Según sus memorias, recogidas en un diario en 1982, permanece un tiempo en el Hospital Mola de San Sebastián hasta que Francisco Franco quiere devolverlo a Alemania; pretensión frenada con un órdago que, escribió Degrelle, tocó el orgullo del dictador: «¡Qué poco vale la vida de un cristiano!». Sus palabras, sea este u otro el motivo, provocaron que Franco dejara en el germanófilo Ramón Serrano Suñer el asunto, con una respuesta inmediata.

Así se organizó una escapada falsa, de la que se hizo eco la prensa internacional, en la que se daba a León Degrelle por desaparecido. Su ubicación no era otra que Madrid, en un piso de una pareja de jubilados. Allí permaneció oculto durante más de un año, en un cuartucho sin luz ni ventilación. En su biografía, narra que en ese tugurio se enteró de la muerte de sus padres, con la consiguiente crisis de salud. Con fuertes hemorragias y «la constante sensación de morir», decide entonces cambiar la capital de España por Málaga. En la Costa del Sol entra en contacto con el ministro José Antonio Girón a través del cónsul alemán Johan Hoffinan; primeros renglones del capítulo más rocambolesco de su vida.

Adoptado por una sevillana

La perseguida tranquilidad desde 1945, declarado desde entonces como criminal de guerra, llegó inesperadamente para Degrelle en Constantina, un pequeño pueblo de Sevilla. Bélgica solicitó su extradición para juzgarlo por sus crímenes pero no encontró la respuesta esperada de parte del gobierno español, por lo que tras un proceso en el que intervino como notario su amigo –personal e ideológico– Blas Piñar, logró la nacionalidad española una vez adoptado por Matilde Ramírez Reina, una mujer con la que entabló amistad años atrás. Este nazi belga, reconvertido en andaluz, se jactó en sus memorias de dicha situación, pues tomó sus nuevos apellidos con varios nietos en vida.

Ya como León José Ramírez Reina, su nuevo nombre, escribió su vida en catorce volúmenes, en el piso de la ciudad que otrora le permitió esquivar a la horca. Hablaba entonces de una vida novelesca, de película, que acabó en Málaga en 1994. En la capital andaluza agotó sus días escribiendo y eludiendo las acusaciones de tráfico de obras de arte; algo por lo que, sin llegar a probarse, tampoco pagó.

El hallazgo de oro nazi más importante del norte de Alemania


ABC.es

  • Un arqueólogo aficionado descubrió un tesoro valorado en 45.000 euros en dos sacos del banco del III Reich
abc Monedas del III Reich

abc | Monedas del III Reich

 ¿De dónde proviene el oro? se preguntan los medios alemanes, ¿quién lo ha escondido ahí? El martes ha sido presentado en Luneburgo (Baja Sajonia) un tesoro de 207 monedas de oro –unos 1400 gramos– que descubrió el arqueólogo aficionado Florian Bautsch por un valor de unos 45000 euros. A fines de octubre de 2014, este hombre de 31 años encontró diez monedas bajo un árbol en la localidad de Oedeme en Luneburgo dando aviso a monumentos arqueológicos. En las excavaciones, los arqueólogos oficiales encontraron otras 207 monedas a una profundidad de un metro, la más antigua es del año 1831 y la más nueva de 1910. Se trata del hallazgo de oro nazi más importante del norte de Alemania, han dicho los expertos sajones.

Más difícil para los científicos ha sido identificar la fecha en que las monedas fueron enterradas. Estaban en bolsas de aluminio oficial con sellos del banco del Reich y la esvástica nazi, razón por la cual los expertos estiman que el tesoro data de los años 40, e incluso podría ser de después del fin de la guerra: «Que las bolsas selladas fueran enterrados, sugiere que se trata de material saqueado, para recuperarlo en una fecha posterior», han comentado los expertos del Museo de Luneburgo donde se encuentran las monedas. Por un único día, el próximo domingo serán exhibidas al público general las monedas en el Museo, para luego continuar con la investigación: «Queremos saber de dónde viene el dinero, quién lo enterró ahí y porqué», ha dicho la directora del museo Heike Düselder.

El arqueólogo aficionado que recibirá 2500 euros como recompensa, se encontraba en el sitio investigando algo que parecía una tumba. Bautsch es un jóven empresario que en su tiempo libre sale a recorrer la ciudad con su detector de metales. Aquel 27 de octubre de 2014 encontró las monedas que fotografió con su teléfono móvil y envió a los arqueólogos de Luneburgo Edgar Ring y Jan Joost Assendorp.

¿Quiso atacar Stalin a Alemania en 1941?


WEB

1. ENIGMAS DE LA HISTORIA

Por César Vidal

Durante décadas, el ataque que en junio de 1941 desencadenó Hitler contra la URSS ha sido interpretado como una ofensiva dirigida contra un aliado leal que no alentaba en absoluto intenciones agresivas contra el III Reich. Sin embargo, ¿realmente Stalin pretendía respetar el pacto de no-agresión suscrito con Hitler en agosto de 1939 o tuvo la intención de atacar a Alemania en 1941?

La postura de Stalin en relación con el III Reich distó mucho de ser uniforme antes de 1941. Durante los años veinte, el dictador soviético permitió que se entrenaran en territorio de la URSS tropas alemanas en clara violación del Tratado de Versalles. Muy posiblemente acariciaba la idea de que un rearme alemán se tradujera en el estallido de una nueva guerra mundial que destrozara la posibilidad de resistencia de las potencias occidentales y allanara el camino a la extensión del comunismo por Europa. Semejante política ni siquiera se detuvo cuando Hitler llegó al poder a inicios de 1933. Por más que la propaganda de la Komintern insistiera en el peligro fascista, lo cierto es que Stalin mantuvo su colaboración con Alemania, una Alemania nazi a la sazón, seguramente convencido de que Hitler sería una garantía segura de una nueva conflagración.
Semejante relación experimentó un cierto enfriamiento al estallar la guerra civil española. Stalin acudió con inusitada rapidez en ayuda del Frente popular, en parte, porque, según confesión propia, ambicionaba apoderarse de las reservas de oro del Banco de España y, en parte, porque no se le ocultaba la posibilidad de instalar un régimen comunista en el Mediterráneo. Este paso —que implicó, por ejemplo, la creación de las Brigadas internacionales— no fue considerado por Stalin susceptible de derrota prácticamente hasta 1939, tras la derrota frentepopulista en la batalla del Ebro y la entrada en Cataluña de las fuerzas de Franco. De hecho, todavía en 1938, Stalin recibió informes de distintos agentes destinados en España en los que se le informaba de que, de producirse la victoria frentepopulista, la nación nunca recuperaría el sistema parlamentario y que, por el contrario, se implantaría una dictadura comunista bajo un partido único de izquierdas que encabezaría Negrín y en el que se intentaría englobar, simbólicamente, a personajes como Prieto, aunque su dirección real estaría en manos comunistas.
Sabido es que el bando apoyado por Stalin perdió la guerra civil española lo que motivó, entre otras cosas, un reajuste de la política exterior soviética encaminado —como en los tiempos pasados— a propiciar el estallido de un conflicto entre las potencias occidentales y una expansión paralela y ulterior del comunismo. Así, en agosto de 1939, Stalin suscribió un pacto con Hitler que, en teoría, implicaba la consagración de relaciones pacíficas entre ambas naciones pero que, en realidad, sancionaba el reparto de Polonia entre el III Reich y la URSS, y la invasión por una u otra de las dos dictaduras de naciones enteras de Europa oriental. Así, en septiembre de 1939, Hitler invadió la parte occidental de Polonia —paso seguido en unos días por la invasión de la parte oriental por Stalin— y a continuación la URSS, con el beneplácito nazi se apoderó de las repúblicas del Báltico (Lituania, Letonia y Estonia), de una parte de Finlandia y de distintos territorios en Europa oriental.
Gracias a la colaboración del dictador nazi, Stalin estaba llevando a cabo unos avances territoriales realmente prodigiosos que le habían resultado imposibles al propio Lenin dos décadas antes. Los propósitos de Stalin se vieron en parte frustrados durante el verano de 1940 cuando la guerra que debía desangrar a Francia y Gran Bretaña, por un lado, y a Alemania, por otro —guerra, dicho sea de paso, en la que los partidos comunistas, siguiendo órdenes de Moscú, se negaron a combatir contra los nazis— no sólo no se prolongó durante años sino que fue resuelta en apenas unas semanas mediante una estrategia genial articulada por Von Manstein y el propio Hitler. No sólo las potencias no se habían agotado entre sí facilitando un ataque de Stalin sino que el III Reich había emergido del enfrentamiento con enorme pujanza.
En apariencia, una URSS que había colaborado leal —y beneficiosamente— con Alemania no tenía nada que temer pero resultaba obvio que ambos dictadores se observaban amenazadoramente con la intención de acabar el uno con el otro permitiendo un único dominio sobre el continente. En ambos casos además habían expresado repetidamente sus ansias expansionistas. De Hitler es archisabido que en junio de 1941 invadió la URSS dando inicio a una fase de la guerra que la mutaría trágicamente. Mucho menos sabido es que también Stalin tenía planes concluidos para atacar a Alemania en aquel mismo año de 1941.
Ya a finales de 1940, el Ejército Rojo empezó a realizar un despliegue ofensivo en los salientes cercanos a Bialystock y Lemberg, tal y como admitiría en sus Memorias el mariscal Zhukov. En diciembre de ese mismo año, una reunión de los altos mandos del ejército soviético bajo la presidencia del mariscal Timoshenko tomó la decisión de convertir cualquier guerra futura en una guerra ofensiva, una decisión peculiar si, efectivamente, la URSS era, como afirmaba la propaganda, una potencia pacífica sin planes de expansión armada. Del 2 al 6 y del 8 al 11 de enero de 1941, los altos mandos del Ejército rojo bajo la dirección del comisario del pueblo para la defensa, en presencia de Stalin y otros mandos, llevaron a cabo maniobras militares sobre la bases establecidas por un estudio dedicado a una futura guerra ofensiva contra Alemania. Uno de los mapas estratégicos utilizados en estas maniobras incluía como objetivo de la ofensiva la conquista de Prusia oriental y Königsberg por fuerzas soviéticas superiores en número que partirían de los países bálticos invadidos unos meses atrás.
Lo que se estaba preparando resultaba más que obvio pero por si quedaba alguna duda el 5 de mayo de 1941 Stalin emitió una declaración en la que exigía del Ejército rojo una conversión intelectual y propagandística al concepto de ataque y alababa la superioridad material de las fuerzas soviéticas. Diez días después, el jefe del estado mayor del Ejército rojo, general Zhukov transmitió al presidente del consejo de comisarios del pueblo de la URSS, camarada Stalin, en presencia del comisario del pueblo para la defensa, mariscal Timoshenko, el plan, firmado por todos ellos, para una guerra ofensiva contra Alemania bajo el nombre de “Consideraciones sobre el plan de movilización estratégica de las fuerzas armadas en el caso de guerra con Alemania y sus aliados”. El documento era estrictamente secreto y sólo se hizo una copia que el comandante general Vasilevsky entregó a Zhukov en el curso de una recepción con Stalin en el Kremlin. El primer jefe del estado mayor, teniente general Vatutin, realizó en esa copia algunas correcciones y subrayados con lápiz.
El plan de ofensiva contra Alemania incluía:
El plan de despliegue estratégico de 2 de marzo de 1941 en el caso de una guerra con Alemania.
El plan de operaciones en caso de guerra con Alemania mencionado en el documento de 15 de mayo de 1941.
El plan de despliegue de fuerzas de 11 de marzo de 1941 preparado con la participación de Vasilevsky y presentado a Stalin por Timoshenko y Zhukov.
A esto se añadía un denominado “Credo de ataque” que explicaba la visión que motivaba aquel plan para una guerra ofensiva contra Alemania y a la que nos referiremos más adelante. Stalin, como no podía ser menos, firmó con su visé el texto del plan y el 24 de mayo de 1941 lo discutió junto con los jefes máximos del Ejército rojo en una conferencia celebrada en el Kremlin el 24 de mayo de 1941. La URSS iba a atacar al III Reich como paso precio a su expansión por Europa y lo iba a hacer cuanto antes.