Guerra de Sucesión Austriaca


La Guerra de Sucesión Austriaca, también conocida como Guerra de la Pragmática o Guerra de la Pragmática Sanción (llamada por los ingleses Guerra del rey Jorge en su escenario americano) fue un conflicto bélico que tuvo lugar desde 1740 hasta 1748, desatado por las rivalidades sobre los derechos hereditarios de la Casa de Austria a la muerte de Carlos VI, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

En España y Gran Bretaña se entronca con el conflicto que enfrentaba a ambas potencias desde el año anterior, la denominada «Guerra del Asiento».

Batalla de Fontenoy por Van Blaerenberghe. Óleo sobre lienzo.

Antecedentes

En 1740, tras la muerte de su padre, Carlos VI, Maria Teresa le sucedió como Archiduquesa de Austria, Reina de Hungría, Croacia y Bohemia, y Duquesa de Parma. Su padre era emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, pero María Teresa no era una buena candidata para ese título, que nunca había sido ocupado por una mujer; el plan era que ella fuera aceptada en los dominios hereditarios, y su esposo, Francisco Esteban, fuera elegido emperador del Sacro Imperio. Las complicaciones que significaban una gobernante Habsburgo femenina se había previsto, y Carlos VI había persuadido a la mayoría de los estados de Alemania para que aceptaran la Pragmática Sanción de 1713 .

Los problemas comenzaron cuando el rey Federico II de Prusia violó la Pragmática Sanción e invadió Silesia el 16 de diciembre de 1740, argumentando la soberanía prusiana sobre el territorio gracias al Tratado de Brieg de 1537 (que estipulaba que los Hohenzollern de Brandeburgo serían los herederos del territorio si la rama de los Piast desaparecía).

María Teresa, fue percibida como una gobernante débil, y otros monarcas (como Carlos Alberto de Baviera) se presentaron como competidores a la corona Imperial.

Estrategias

Durante gran parte del siglo XVIII, Francia manejó sus guerras de la misma manera. Dejaría que sus colonias se defendieran solas, ofreciendo sólo una ayuda mínima (enviaría un número limitado de tropas o soldados sin experiencia), anticipando que la lucha por las colonias probablemente se perdería de todos modos. Esta estrategia fue, hasta cierto punto, impuesta a Francia: la geografía, junto con la superioridad de la marina británica, hicieron difícil para la marina francesa proporcionar suministros y apoyo a las colonias. Del mismo modo, las extensas fronteras terrestres hicieron de vital importancia el mantenimiento de las fuerzas militares en el continente. Teniendo en cuenta estas necesidades militares, el gobierno francés, como era de esperar, basó su estrategia en el teatro Europeo: mantendría la mayor parte de su ejército en el continente. Al final de la guerra, Francia devolvió sus conquistas europeas, y a cambio recuperó sus posesiones perdidas en el extranjero como Louisbourg.

Los británicos por tradición, así como por pragmáticas razones tendían a evitar comprometer tropas en el continente. Se trató de compensar la desventaja en Europa aliándose con uno o más potencias continentales opuestas a sus enemigos, en particular opuestas a Francia. Para la Guerra de Sucesión de Austria, los británicos estaban aliados con Austria; sin embargo en el momento de las Guerra de los Siete Años , se aliaron con su enemigo, Prusia. En marcado contraste con Francia, Gran Bretaña se esforzó para perseguir activamente la guerra en las colonias, aprovechando al máximo de su potencia naval . Los británicos siguieron una doble estrategia: de bloqueo naval y bombardeo de los puertos enemigos, y también utilizaron su capacidad de moverse tropas por mar al máximo.

Campaña de Silesia de 1740

El rey de Prusia Federico II el Grande precipitó la guerra al invadir y ocupar Silesia en 1740. De un lado se encontraba la alianza formada por Baviera, Prusia, Sajonia, Francia, España (que estaba en guerra con Gran Bretaña desde 1739) y Cerdeña. Por otro, Austria, apoyada por las Provincias Unidas y Gran Bretaña.

Prusia en 1740 era una potencia emergente , pequeña pero bien organizada, su nuevo rey Federico II quiso unificar las tenencias de la corona dispersas. El príncipe Federico tenía sólo 28 años de edad, cuando su padre, Federico Guillermo I murió el 31 de mayo 1740. A pesar de que Prusia y Austria habían sido aliadas en la Guerra de Sucesión polaca (1733-1738), los intereses de los dos países se enfretaron cuando el emperador del Sacro Imperio, Carlos VI, murió el 20 de octubre 1740.

El emperador Carlos VI había estado trabajando para asegurar la sucesión de su hija, María Teresa al trono como emperatriz del Sacro Imperio Romano. Aunque la ley sálica impedía la sucesión por línea femenina, Carlos VI logró obtener el consentimiento de varios de los estados que formaban parte del Sacro Imperio Romano mediante la redacción de la Pragmática Sanción de 1713, que eludió la ley sálica para permitir que su hija accediera al trono. Sin embargo, Federico al llegar al trono, rechazó la Pragmática Sanción e invadió Silesia el 16 de diciembre de 1740. Para sostener la legitimidad de su invasión, Federico utilizó como pretexto una interpretación de un tratado entre los Hohenzollern y los Piast de Brieg.

La única experiencia de combate reciente del ejército prusiano fue su participación en la Guerra de Sucesión polaca (campaña de Renania de 1733-1735). Nadie en el Sacro Imperio Romano confió en la nueva potencia en ascenso y, por lo tanto, el emperador no pidió ayuda a los prusianos. Como consecuencia, el ejército prusiano carecía de prestigio y era considerado como uno de los muchos ejércitos menores del Sacro Imperio Romano. Sin embargo nadie consideró el hecho de que el tamaño del ejército prusiano (80.000 soldados) era demasiado grande para una población de 2.2 millones, llegando a representar un 4% de la población total del reino. En comparación, el Imperio austríaco tenía 16 millones de ciudadanos, pero con un ejército más pequeño que el prusiano debido a restricciones financieras.

Además, el ejército prusiano estaba mejor entrenado que los demás ejércitos de Europa. El rey Federico Guillermo I y Leopoldo I, Príncipe de Anhalt-Dessau habían reformado al ejército prusiano hasta llegar a una perfección entonces desconocido en Europa. El soldado de infantería prusiano estaba tan bien entrenado y bien equipado que podía disparar 4 tiros por minuto en comparación a los 3 tiros por minuto que podía disparar un austriaco; mientras que, a pesar que la caballeria y artillería eran menos eficientes, seguían siendo superior al promedio. Además, mientras que los austriacos tenían que esperar a que se reclutaran hombres para completar sus fuerzas, los prusianos contaban con regimientos permanentes. Con este ejército no era de extrañar que Federico fuera capaz de invadir Silesia. Sin embargo, Federico decidió obtener todas las ventajas posibles en la guerra. Le ordenó a Ministro de asuntos exteriores Heinrich von Podewils que negociara un tratado secreto con Francia (firmado en abril de 1739) para poner Austria en una guerra de dos frentes. De este modo, Prusia podría atacar a los austriacos en el este mientras que Francia atacaría a Austria desde el oeste.

El ejército prusiano se concentró a lo largo del río Oder a principios de diciembre, y el 16 de diciembre de 1740, sin declaración de guerra, Federico atravesó con su ejército la frontera de Silesia. Las fuerzas de las cuales disponían los generales austríacos consistían únicamente en las guarniciones de algunas fortalezas. De estas fortalezas silesianas, solamente Glogau, Breslau y Brieg permanecieron en manos austríacas al inicio de la campaña de Federico. Los prusianos fueron capaces de capturar la fortaleza de Ohlau casi de inmediato la cual utilizarían como cuartel de invierno. Así casi sin resistencia, los prusianos fueron capaces de apoderarse de una gran parte de Silesia duplicando su territorio y población.

Campaña de Bohemia de 1741

A principios de año, un nuevo ejército austriaco bajo el general Wilhelm Reinhard von Neipperg marchó sobre Brieg, amenazando con cortar la retirada de los prusianos. El 10 de abril, el ejército de Federico enfrentó a los austriacos en los campos nevados cerca de Mollwitz. Esta fue la primera vez que Federico entraba en combate. Su gran victoria sería de gran ayuda para la experiencia para del joven rey.

El 5 de junio, Federico logró concretar una alianza con los franceses, con la firma del Tratado de Breslau. En consecuencia, los franceses comenzaron a cruzar el Rin el 15 de agosto y se unieron a las fuerzas del Elector de Baviera en el Danubio y avanzaron hacia Viena . Las fuerzas combinadas de franceses y bávaros capturaron la ciudad austriaca de Linz el 14 de septiembre. Sin embargo, el objetivo cambió de repente, y después de muchas contramarchas las fuerzas franco-bávaras avanzaron hacia Praga. Un cuerpo francés avanzó a través de Amberg y Pilsen. El elector de Baviera marchó sobre Budweis, y los sajones (que se unieron a los aliados contra Austria) invadieron Bohemia por el valle del Elba. Al inicio, los austriacos ofrecieron poca resistencia, sin embargo, en poco tiempo un considerable ejército austriaco intervino en Tábor entre el Danubio y los aliados, mientras que las tropas austríacas de Neipperg fueron trasladados desde Silesia hacia el oeste para defender Viena.

Con esta disminución de tropas austriacas en Silesia, Federico pudo concentrarse en capturar las fortalezas restantes que aún resistían a los prusianos. Antes de irse de Silesia, Neipperg había hecho un curioso acuerdo con Federico, el llamado acuerdo de Klein-Schnellendorf (9 octubre 1741). Mediante este acuerdo, la fortaleza de Neisse se rindió después de un sitio simulado, y los prusianos accedieron a que los austriacos se retiraran. Al mismo tiempo en septiembre de 1741, los húngaros, movilizados por el carisma de María Teresa, se unieron al esfuerzo de guerra, contribuyendo con 60.000 tropas ligeras. Se formó un nuevo ejército bajo el mariscal de campo Khevenhüller en Viena, y los austríacos lanzaron una campaña de invierno contra las fuerzas franco-bávaros en Bohemia y el pequeño ejército de Baviera que se mantuvo en el Danubio para defender el electorado.

Los franceses, mientras tanto, entraron en Praga el 26 de noviembre de 1741, Francisco Esteban, esposo de María Teresa, quien comandaba al ejército austriaco en Bohemia, se movió demasiado lento para salvar la fortaleza. El elector de Baviera, que ahora se hacía llamar archiduque de Austria, fue coronado rey de Bohemia (9 diciembre 1741) y elegido emperador del Sacro Imperio como Carlos VII (24 de enero 1742).

Para Diciembre, las acciones en Bohemia se redujeron a meras escaramuzas. En el Danubio, Khevenhüller, el mejor general de Austria, avanzó rápidamente e hizo retroceder a los aliados, cortándoles la retirada en Linz; para luego invadir Baviera. Múnich se rindió a los austriacos el mismo día de la coronación de Carlos VII.

Hacia finales de la campaña, los franceses, bajo el mando del viejo mariscal Broglie , mantenían un precario equilibrio en Bohemia, amenazados por el grueso del ejército austriaco, y Khevenhüller quien ocupaba Baviera. Mientras que Federico logró una tregua secreta con Austria.

Italia

En Italia se enfrentaron españoles y franceses, por un lado, y austriacos por otro. En julio de 1741 se prepara un ejército español para trasladarlo a Italia con la intención de enfrentarse a sardos y austriacos.

América

La llamada Guerra del rey Jorge (1744–1748) representó la fase americana de la Guerra de Sucesión Austriaca, y la primera de las guerras de Carnatic constituyó la fase india de la misma, ambas libradas entre Francia y Gran Bretaña.

Tratado de Aquisgrán (1748)

El tratado de Aquisgrán puso fin a la Guerra de Sucesión Austriaca en 1748, así como a la llamada Guerra del rey Jorge. Establecía que todas las conquistas llevadas a cabo durante la misma fueran devueltas a sus dueños originales. María Teresa I conservó sus territorios, salvo Silesia, que fue cedida a Prusia. Felipe V de España, a pesar de llevar dos años muerto, consiguió los ducados de Parma, Plasencia y Guastalla. El tratado devolvió Louisbourg (Canadá) a Francia y entregó Madrás (India) a los británicos.

La decisión de Austria de recuperar Silesia llevó a la Guerra de los Siete Años (1756–1763), que dio continuación al conflicto entre Francia y Gran Bretaña por sus colonias en América e India.

Guerra de Sucesión Austriaca
Fecha 16 de diciembre de 1740-

18 de octubre de 1748

Lugar Europa, América del Norte y la India
Resultado Tratado de Aquisgrán (1748)
María Teresa retiene el trono austriaco
Prusia confirma su dominio de Silesia
Los ducados de Parma, Piacenza y Guastallapasan a los Borbones españoles
Beligerantes
Banner of the Holy Roman Emperor (after 1400).svg Sacro Imperio Romano Germánico
· Electoral Standard of Bavaria (1623-1806).svg Electorado de Baviera (1741-1745)
Royal Standard of the King of France.svg Reino de Francia
Flag of Prussia (1466-1772).svg Reino de Prusia
Bandera de España 1701-1760.svg Reino de España
Flag of Electoral Saxony.svg Electorado de Sajonia (1741-1742)
Flag of the Kingdom of Naples.svg Reino de Nápoles
Bandiera del Regno di Sicilia 4.svg Reino de Sicilia
Flag of Genoa.svg República de Génova
Sweden-Flag-1562.svg Reino de Suecia
Savoie flag.svg Reino de Cerdeña (1741-1742)
Ducado de Modena (antes de 1830).svg Ducado de Módena y Reggio
Banner of the Holy Roman Emperor (after 1400).svg Sacro Imperio Romano Germánico
· Flag of the Habsburg Monarchy.svg Archiducado de Austria
Union flag 1606 (Kings Colors).svg Reino de Gran Bretaña
Flag of Hanover (1692).svg Electorado de Brunswick-Luneburgo
Statenvlag.svg Provincias Unidas de los Países Bajos
Flag of Electoral Saxony.svg Electorado de Sajonia (1743-1745)
Savoie flag.svg Reino de Cerdeña (1742-1748)
Flag of Russia.svg Imperio ruso (1741-1743; 1748)
Comandantes
Electoral Standard of Bavaria (1623-1806).svg Carlos VII
Royal Standard of the King of France.svg Luis XV de Francia
Royal Standard of the King of France.svg Conde de Sajonia
Royal Standard of the King of France.svg Duque de Broglie
Royal Standard of the King of France.svg Duque de Belle-Isle
Flag of Prussia (1466-1772).svg Federico II de Prusia
Flag of Prussia (1466-1772).svg Leopoldo I de Anhalt-Dessau
Flag of Prussia (1466-1772).svg Leopoldo II de Anhalt-Dessau
Flag of Prussia (1466-1772).svg Kurt Christoph von Schwerin†
Bandera de España 1701-1760.svg Felipe V de España
Bandera de España 1701-1760.svg Carlos de Nápoles y Sicilia
Bandera de España 1701-1760.svg Duque de Parma
Bandera de España 1701-1760.svg Conde de Gages
Sweden-Flag-1562.svg Charles Emil Lewenhaupt
Flag of Genoa.svg Lorenzo de Mari
Flag of the Habsburg Monarchy.svg María Teresa I
Flag of the Habsburg Monarchy.svg Francisco I
Flag of the Habsburg Monarchy.svg Graf de Aichelberg-Frankenburgo
Flag of the Habsburg Monarchy.svg Príncipe de Lorena
Flag of the Habsburg Monarchy.svg Conde de Abensberg-Traun
Flag of the Habsburg Monarchy.svg Conde de Neipperg†
Union flag 1606 (Kings Colors).svg Jorge II de Gran Bretaña
Union flag 1606 (Kings Colors).svg Duque de Cumberland
Union flag 1606 (Kings Colors).svg Thomas Mathews
Statenvlag.svg Príncipe de Waldeck y Pyrmont
Flag of Electoral Saxony.svg Federico Augusto II
Flag of Electoral Saxony.svg Conde de Rutowsky
Savoie flag.svg Carlos III de Cerdeña
Flag of Russia.svg Conde de Lacy

Frases sobre Libertad, Justicia, Guerra y Paz


Mientras medio mundo pide paz, la otra mitad está en guerra.

Russadir

Sin lucha no hay progreso.

Frederic Douglas

El hombre no esta hecho para la derrota. Se puede destrozar a un hombre, pero no derrotarlo.

Ernest Hemingway
(1899-1961) Escritor estadounidense.

La libertad de amar no es menos sagrada que la libertad de pensar.

Victor Hugo
(1802-1885) Novelista francés.

La justicia puede adormecerse un poco, pero al final ve claro.

Thomas Middleton
(1570-1627) Dramaturgo inglés.

Si vencidos, fatalistas; librearbitristas cuando vencedores. La doctrina es la teoría de la propia conducta, no su guía.

Miguel de Unamuno
(1864-1936) Filósofo y escritor español.

Todos somos iguales ante la ley, pero no ante los encargados de aplicarla.

Stanislaw Jerzy Lec
(1909-1966) Escritor polaco.

Sólo debemos sacrificarnos por los ideales.

Karl R. Popper
(1902-) Filósofo británico de origen austríaco.

La conciencia de un jurado nunca queda tranquila.

José Hierro
(1922-) Poeta español.

El derecho consiste en el perfecto cumplimiento de los deberes del hombre consigo mismo y con los demás.

Ferdinando Galiani
(1728-1787) Economista, diplomático y religioso italiano.

EL exclavo sólo tiene un dueño; el ambicioso, tantos como personas le puedean ser útiles a su fortuna.

Jean de la Bruyere
(1645-1696) Filósofo y escritor francés.

No es mas valiente el que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo.

Nelson Mandela
(1918) Premio nobel de la paz sudafricano.

No existe nada potencialmente más sucio que una guerra escondida.

Susan Sontag
(1933) Escritora estadounidense.

La cultura ayuda a un pueblo a luchar con las palabras antes que con las armas.

Gugliermo Ferrero

Más vale una hora de libertad, más vale que cuarenta años de esclavitud y prisión.

Rigas Velestinlis
(1757-1798) Precursor de la independencia de Grecia.

La libertad debe ser limitada para ser poseída.

Edmund Burke
(1729-1797) Político y escritor británico.

La libertad es tan preciosa que es necesario racionarla.

Wladimir Lenín
(1870-1974) Estadista ruso.

Un mapa no es el territorio.

Alfred Korzybski

El exilio produce una profunda sensación de desamparo, de vivir a la intemperie.

Juan Gelman
(1930) Poeta argentino.

Si ha de hacerse la guerra, hágase únicamente con la mira de obtener la paz.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

La verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de si mismo.

Michel de Montaigne
(1553-1592) Filósofo francés.

Nunca interrumpas a tu adversario cuando esté cometiendo un error.

Napoleón Bonaparte
(1769-1821) Emperador francés.

Desde mis primeros pasos me mandé a mi mismo.

Napoleón Bonaparte
(1769-1821) Emperador francés.

Para ganar una guerra hacen falta tres cosas: dinero, dinero y dinero.

Napoleón Bonaparte
(1769-1821) Emperador francés.

Cualquier guerra entre europeos es una guerra civil.

Eugenio d’Ors
(1882-1954) Filósofo y escritor español.

Una mala paz es todavía peor que la guerra.

Tácito
(55-119) Historiador y orador romano.

La soledad es el precio de la libertad.

Carmen Diez de Ribera

La libertad no la tienen los que no tienen su sed.

Rafael Alberti

No se puede juzgar la vida de un hombre hasta que la muerte le ha puesto término.

Sófocles
(497- 406 a .C.) Filósofo griego.

Ganamos justicia más rápidamente si hacemos justicia a la parte contraria.

Mahatma Gandhi
(1869-1948) Político y pensador indio.

La libertad no es nada cuando se convierte en un privilegio.

Rosa Luxemburg

Hace más ruido un sólo hombre gritando que cien mil que están callados.

José de San Martin
(1776-1850) Padre de la patria argentina.

No me distinguieron por una aplicada devoción al derecho romano, pero siempre supe que la esclavitud que ese derecho aseguraba, me resultaba repugnante.

Carlos Saúl Menem
Presidente argentino.

El derecho, si no sirve para hacer la vida más amable, no sirve de nada.

Carlos Saúl Menem
Presidente argentino.

Quien tiene el derecho de criticar debe tener el corazón para ayudar.

Abraham Lincoln
(1809-1865) Político estadounidense.

El que renuncia a un derecho solamente se quita de enmedio para poder gozar del mismo sin impedimento de su parte.

Thomas Hobbes
(1588-1679)

Las nociones de rectitud e ilicitud, justicia e injusticia, no tienen lugar en la guerra.

Thomas Hobbes
(1588-1679)

La guerra no consiste sólo en la batalla… sino en la voluntad de contender.

Thomas Hobbes
(1588-1679)

Justicia es el hábito de dar a cada quien lo suyo.

Ulpiano
(170-228) Filósofo latino

La libertad sólo reside en los Estados en los que el pueblo tiene el poder supremo.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

La ley es, pues, la distinción de las cosas justas e injustas, expresada con arreglo a aquella antiquísima y primera naturaleza de las cosas.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

Las leyes se han hecho para el bien de los ciudadanos.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

La justicia no espera ningún premio. Se la acepta por ella misma. Y de igual manera son todas las virtudes.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

La ley no ha sido establecida por el ingenio de los hombres, ni por el mandamiento de los pueblos, sino que es algo eterno que rige el Universo con la sabiduría del imperar y del prohibir.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

Si las leyes fueran constituidas por los hombres, o por las sentencias de los jueces, serían derechos matar, robar, adulterar, etcétera.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

Nada hay más injusto que buscar premio en la justicia.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

La justicia es absolutamente nula si no se encuentra en la naturaleza.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

Derecho establecido por un ley única: esta ley es la recta razón.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

No existe más que un derecho, al que está sujeta la sociedad humana.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

Es preciso preferir la soberanía de la ley a la de uno de los ciudadanos.

Aristóteles
(384-322) Filósofo griego.

La ciudad (polis) es una de las cosas que existen por naturaleza; y el hombre es, por naturaleza, un animal político.

Aristóteles
(384-322) Filósofo griego.

La violencia en la voz no es a menudo más que el estertor agónico de la razón en la garganta.

John Boyes

La multitud obedece más a la necesidad que a la razón, y a los castigos más que al honor.

Aristóteles
(384-322) Filósofo griego.

Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes.

La Fayette

En la justicia se hallan representadas todas las virtudes.

Teognis de Megara
(Siglo VI a.C.) Filósofo griego.

El afán de riquezas oscurece el sentido de lo justo y lo injusto.

Antífanes
(Siglo IV a.C.)

¡Oh legislador! No me des leyes para los pueblos, sino pueblos para las leyes.

Pitágoras
(582- 507 A .C.) Filósofo y matemático griego.

Todo hombre es bueno, pero vigilado es mejor.

Juan Domingo Perón
(1895-1974) Político argentino.

La causa de la libertad se convierte en una burla si el precio a pagar es la destrucción de quienes deberían disfrutar la libertad.

Mahatma Gandhi
(1869-1948) Político y pensador indio.

No se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido, en un momento determinado, desarrollar nuestra libertad interna.

Mahatma Gandhi
(1869-1948) Político y pensador indio.

La tarea que enfrentan los devotos de la no violencia es muy difícil, pero ninguna dificultad puede abatir a los hombres que tienen fe en su misión.

Mahatma Gandhi
(1869-1948) Político y pensador indio.

Imagino que sé lo que significa vivir y morir como no violento. Pero me falta demostrarlo mediante un acto perfecto.

Mahatma Gandhi
(1869-1948) Político y pensador indio.

Es más fácil apoderarse del comandante en jefe de un ejército que despojar a un miserable de su libertad.

Confucio
(551- 479 a .C.) Filósofo y estadista chino.

Todos los hombres se consideran héroes en tanto que no divisan al enemigo.

Vardhama
Filósofo indio fundador del Jainismo

Quien vence a los otros, es fuerte; quien se vence a sí mismo, es poderoso.

Lao Tse
(Siglo VI a.C.) Filósofo chino. Fundador del taoismo.

¿Quién es libre? Sólo el que sabe dominar sus pasiones.

Horacio
(65- 8 a .C.) Poeta latino.

Si queremos un mundo de paz y de justicia hay que poner decididamente la inteligencia al servicio del amor.

Antoine de Saint Exupery
(1900-1944) Escritor francés.

La misma cerca que deja afuera a los demás, nos deja encerrados a nosotros.

B. Copeland

En la actualidad la gente sólo se preocupa por sus derechos. Recordarle que también tiene deberes y responsabilidades es un acto de valor que no corresponde exclusivamente a los políticos.

Major

Uno es para siempre responsable de lo que domestica.

Antoine de Saint Exupery
(1900-1944) Escritor francés.
De El Principito.

¡Oh, Libertad gran tesoro!…/ Porque no hay buena prisión/ aunque fuese en grillos de oro.

Félix Lope de Vega y Carpio
(1562-1635) Escritor y dramaturgo español.

Un prisionero es un predicador de libertad.

Hebbel
(1813-1863) Dramaturgo alemán.

Vencer sin peligro es ganar sin gloria.

Séneca
(2- 65 a .C.) Filósofo latino.

Tu único derecho es saber cual es tu derecho.

Mateo Rau
Internauta chileno.

La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz.

Thomas Mann
(1875-1955)

Lo que las leyes no prohiben, puede prohibirlo la honestidad.

Séneca
(2- 65 a .C.) Filósofo latino.

Uno de los fundamentos de la libertad consiste en poder hacer mal uso de ella.

Luis Antonio de Villena
(1951)

Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo.

Johann Wolfang Von Goethe
(1749-1832) Escritor alemán.

Nadie combate la libertad; a lo sumo combate la libertad de los demás. La libertad ha existido siempre, pero unas veces como privilegio de algunos, otras veces como derecho de todos.

Karl Marx
(1818-1883) Filósofo, economista y político alemán.

Es muy grave el olvido de la historia o su deformación, porque la realidad siempre se venga del que no cuenta con ella.

Julián Marías
(1914)

La libertad es aquella facultad que aumenta la utilidad de todas las demás facultades.

Kant
(1724-1804) Filósofo alemán.

No puedo desear que ganen los buenos, ya que ignoro quienes son.

Gonzalo Torrente Ballester
(1910-????)

Cuando sea posible hablar de libertad, el gobierno dejará de existir.

Friedrich Engels
(1820-1895)

La victoria es por naturaleza insolente y arrogante.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

La libertad no puede ser concedida sino conquistada.

Max Stiner

En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida.

Federico García Lorca

No es libre el que se ríe de sus cadenas.

Gotthold Ephraim Lessing
(1279-1781) Polígrafo alemán.

El límite bueno de nuestra libertad es la libertad de los demás.

Jean Baptiste Alphonse Karr
(1808-1890) Escritor francés.

Correrán ríos de sangre antes de que conquistemos nuestra libertad, pero esa sangre deberá ser la nuestra.

Mahatma Gandhi
(1869-1948) Político y pensador indio.

Cuando uno pierde la esperanza se vuelve reaccionario.

Jorge Guillén
(1893-1984) Poeta español.

Sin democracia la libertad es una quimera.

Octavio Paz
(1914-1998) Escritor mexicano.

Luchemos por cosas lo bastante grandes para que nos importen, y lo suficiente pequeñas para poder ganarlas.

Jonathan Kozo

Lo que consideramos como justicia es a menudo una injusticia cometida en favor nuestro.

Paul E. Reveillére

La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que si se conocen pero que no se masacran.

Paul Valery
(1871-1945) Escritor francés.

¡Socorro! Civilización, no me mates.

Graciela J. Caplan
Escritora, internauta y webmaster uruguaya.

Cuando me preguntaron sobre algún arma capaz de contrarrestar el poder de la bomba atómica yo sugerí la mejor de todas: LA PAZ.

Albert Einstein
(1879-1955) Físico alemán.

El peor enemigo es el que no tiene nada que perder.

De la serie X Files

El detalle de una batalla lo da el que triunfa.

Domingo Faustino Sarmiento
(1811-1888) Maestro, político y escritor argentino.

La guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido.

Friedrich Nietzsche
(1844-1900) Filósofo alemán.

La libertad no consiste solamente en seguir la propia voluntad, sino, a veces, también en abandonarla.

Abe Kobo
(1924-1993) Novelista y dramaturgo japonés.

¿No tienes enemigos? ¿Es que jamás dijiste la verdad o jamás amaste la justicia?

Santiago Ramón y Cajal
(1852-1934) Médico español.

La vocación del arma es el blanco.

Manuel Vicent

Tu grado de libertad será proporcional a la fuerza y el ardor con que te entregues a la grandiosa empresa de conquistarla.

E.J. Malinowski

Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo.

Voltaire
(1694-1778) Filósofo y escritor francés.

La paz es para el mundo lo que la levadura para la masa.

Talmud
Texto sagrado del judaísmo, siglos IV-V

Los pueblos que tienen memoria, progresan.

Anónimo

La historia de la libertad es la de la lucha por limitar el poder del gobierno.

Woodrow Wilson

No hay rey que no haya tenido un esclavo entre sus antepasados, ni esclavo que haya tenido un rey entre los suyos.

Helen Keller

El que reclama igualdad de oportunidades acaba exigiendo que se penalice al bien dotado.

Nicolás Gomez Dávila
Colombiano

No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo.

Voltaire
(1694-1778) Filósofo y escritor francés.

Hay gente dispuesta a defender la libertad hasta que no quede de ella el menor vestigio.

Heinar Kipphardt

El día en que dejemos de mostrar compasión hacia nuestro enemigo, nosotros seremos el enemigo.

Scott Lobdell

No soy libre: en cualquier momento pueden explotarme.

Jenny Holzer

No puede haber una revolución total sino una revolución permanente. Como el amor, es el goce fundamental de la vida.

Max Ernst
(1891-1976) Pintor y escultor alemán.

Nunca lleves tus mejores pantalones cuando salgas a luchar por la paz y la libertad.

Henrik Ibsen
(1828-1906) Dramaturgo noruego.

Hemos hallado al enemigo, y somos nosotros.

Walt Kelly

La paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa.

Erasmo de Rotterdam
(1466-1536) Humanista holandés.

Más grande que el amor a la libertad es el odio a quien te la quita.

Anónimo

La paz es más difícil que la guerra. Se necesitan dos para hacer una paz, y solamente uno para hacer una guerra.

Pazos

El que viva después de la muerte de su enemigo, aunque sólo fuese un día, ha alcanzado el fin deseado.

Anónimo
Fragmento de ‘Las mil y una noches’

La libertad comienza donde nace lo maravilloso.

Emilio Aragón
(1959- ) Músico y humorista español.

Cuando hay libertad, todo lo demás sobra.

José de San Martin
(1776-1850) Padre de la patria argentina.

El árbol de la libertad debe ser regado de cuando en cuando, con la sangre de patriotas y tiranos.

Anónimo

Prefiero morir de pie que vivir siempre arrodillado.

Ernesto ‘Che’ Guevara

La independencia, igual que el honor, es una isla rocosa sin playas.

Napoleón Bonaparte
(1769-1821) Emperador francés.

No es tan culpable el que desconoce un deber como el que lo acepta y lo pisa.

Concepción Arenal
(1820-1893) Escritora y socióloga española.

La libertad es un lujo que no todos pueden permitirse.

Otto Von Bismarck

Los mayores enemigos de la libertad no son aquellos que la oprimen, sino los que la ensucian.

Vincenzo Gioberti

La justicia te proporcionará paz, y tambien trabajos.

Ramón Llull
(1235-1315) Filósofo y escritor español.

El ambicioso es un esclavo de lo mucho que desea. El hombre libre nada desea.

Edward Young

El mejor placer de la vida es hacer lo que la gente te dice que no puedes hacer.

Walter Bagehot

La justicia es incidental a la ley y el orden.

J. Edgar Hoover

Cuando las personas tienen libertad para hacer lo que quieren, por lo general comienzan a imitarse mutuamente.

Francoise Sagan
(1935- ) Escritora francesa.

Habría que añadir dos derechos a la lista de los derechos del hombre: El derecho al desorden y el derecho a marcharse.

Charles Baudelaire
(1821-1867) Poeta y crítico francés.

La libertad no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres.

Manuel Azaña

Al utilizar por primera vez este tipo de armas nos alineamos con los bárbaros de las primeras edades.

J. Robert Openheimer
(1904-1967) Físico estadounidense.

Con la invención de la bomba atómica he llegado a ser la muerte, el destructor de mundos.

J. Robert Openheimer
(1904-1967) Físico estadounidense.

Aunque personalmente me satisfaga que se hayan inventado los explosivos, creo que no debemos mejorarlos.

Winston Churchill
(1874-1965) Político inglés.

Todas las guerras son santas, os desafío a que encontréis a un beligerante que no crea tener el cielo de su parte.

Jean Anouilh

Que un hombre muera por una causa no significa nada en cuanto al valor de la causa.

Oscar Wilde
(1854-1900) Escritor irlandés.

Lo maravilloso de la guerra es que cada jefe de asesinos hace bendecir sus banderas antes de lanzarse a exterminar a su prójimo.

Voltaire
(1694-1778) Filósofo y escritor francés.

La libertad de amar no es menos sagrada que la libertad de pensar. Lo que hoy se llama adulterio, antaño se llamó herejía.

Victor Hugo
(1802-1885) Novelista francés.

Presencia de ánimo y valor en la adversidad, valen para conquistar el éxito más que un ejército.

John Dryden
(1631-1700) Poeta y dramaturgo británico.

En la pelea se conoce al soldado; sólo en la victoria se conoce al caballero.

Jacinto Benavente
(1866-1954) Dramaturgo español.

No hay camino para la paz. La paz es el camino.

Mahatma Gandhi
(1869-1948) Político y pensador indio.

En asuntos internacionales, la paz es un período de trampas entre dos luchas.

Ambrose Bierce
(1842-1914) Escritor estadounidense.

No se como será la tercera guerra mundial, sólo se que la cuarta será con piedras y lanzas.

Albert Einstein
(1879-1955) Físico alemán.

La libertad significa responsabilidad; por eso, la mayoria de los hombres le tiene tanto miedo.

George Bernard Shaw
(1856-1950) Dramaturgo irlandés.

La libertad sin una autoridad fuerte e incólume, no es libertad al cabo de poco tiempo, sino anarquia.

Antonio Cánovas del Castillo
(1828-1897) Político e historiador español.

Por conservar la libertad, la muerte, que es el último de los males, no debe temerse.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

El hombre es libre cuando nada teme ni nada desea.

Louis Auguste Petiet

Si no disfrutas la libertad interior, ¿qué otra libertad esperas gozar?

Arturo Graff
(1848-1913) Poeta y filósofo italiano.

Se encuentran muchos hombres que hablan de libertad, pero muy pocos cuya vida no se haya consagrado, principalmente, a forjar cadenas.

Gustave Le Bon
(1841-1931) Sociólogo francés.

La libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en hacer lo que se debe.

Ramon de Campoamor
(1817-1901) Poeta español.

El genio solo puede respirar libremente en una atmósfera de libertad.

John Stuart Mill
(1806-1873) Economista y político británico.

La anarquía es la muerte de la libertad.

Conde de la Gueronniere

La raza humana se encuentra en la mejor situación cuando posee el más alto grado de libertad.

Dante Alighieri

La libertad es la madre de todos los bienes cuando va acompañada de la justicia.

Marques de Argenson

La libertad, por lo que respecta a las clases sociales inferiores de cada pais, es poco mas que la eleccion entre trabajar o morirse de hambre.

Samuel Johnson
(1709-1784) Escritor británico.

La libertad es el derecho de escoger a las personas que tendrán la obligación de limitárnosla.

Harry Truman

Es curioso ver como a medida que las libertades teóricas aumentan, las libertades prácticas disminuyen.

Luis Antonio de Villena
(1951)

Los conceptos y principios fundamentales de la ciencia son invenciones libres del espíritu humano.

Albert Einstein
(1879-1955) Físico alemán.

La vejez conduce a una tranquilidad indiferente que asegura la paz interior y exterior.

Anatole France
(1844-1924) Escritor francés.

El precio que tenemos que pagar por el dinero se paga en libertad.

Robert Louis Stevenson
(1850-1894) Escritor británico.

De aquel que opina que el dinero puede hacerlo todo, cabe sospechar con fundamento que será capaz de hacer cualquier cosa por dinero.

Benjamin Franklin
(1706-1790) Estadista y científico estadounidense.

El matrimonio es el sepulcro del amor; pero del amor loco, del amor sensual.

Francesco Guerrazzi

No me asusta tanto perder mi libertad como perder mi soledad.

Candice Bergen

Nadie puede ser perfectamente libre hasta que todos lo sean.

San Agustín
(354-439) Obispo, filósofo y Padre de la Iglesia Latina

Es libre el que vive segun elige.

Manuel Machado

Querer ser libre es ser libre.

Gerardo Diego

Muchos jueces son incorruptibles, nadie puede inducirlos a hacer justicia.

Bertold Bretch
(1898-1956)

Aquellos que cederían la libertad esencial para adquirir una pequeña seguridad temporal, no merecen ni libertad ni seguridad.

Benjamin Franklin
(1706-1790) Estadista y científico estadounidense.

Hay quien pone en duda el porvenir del ideal de la libertad. Nosotros respondemos que tiene mas que un porvenir: posee eternidad.

Benedetto Croce

Hay tanta justicia en la caridad y tanta caridad en la justicia que no parece loca la esperanza de que llegue el día en que se confundan.

Concepción Arenal
(1820-1893) Escritora y socióloga española.

El único modo de vencer en una guerra es evitándola.

George E. Marshall

Un idealista es un hombre que, partiendo de que una rosa huele mejor que una col, deduce que una sopa de rosas tendría también mejor sabor.

Ernest Hemingway
(1899-1961) Escritor estadounidense.

El acto de desobediencia, como acto de libertad, es el comienzo de la razón.

Erich Fromm

Madurez: Asumir la libertad.

Herminio Castella

Libertad: El peso más formidable que puede caer sobre las espaldas de un hombre.

Almafuerte

La libertad primero hay que aceptarla, despues planificarla y, finalmente, disfrutarla.

Paco Rabanne

La política es una guerra sin efusión de sangre; la guerra una política con efusión de sangre.

Mao Tse Tung
(1893-1976) Estadista chino.

No busquemos solemnes definiciones de la libertad. Ella es sólo esto: Responsabilidad

George Bernard Shaw
(1856-1950) Dramaturgo irlandés.

La libertad no es posible mas que en aquellos paises en que el derecho predomina sobre las pasiones.

Lacordaire

La guerra terminaria si los muertos pudiesen regresar.

Stanley Baldwin

Siento que soy libre, pero se que no lo soy.

Emile M. Cioran
(1911-1995) Filósofo y ensayista rumano.

La perfección de la propia conducta estriba en mantener cada cual su dignidad sin perjudicar la libertad ajena.

Francis Bacon
(1561-1626) Filósofo y estadista británico.

La libertad no es poder actuar arbitrariamente sino la capacidad de hacerlo sensatamente.

Rudolf Wirschow

Solo hay una guerra que pueda permitirse la especie humana: La guerra contra su propia extinción.

Isaac Asimov
(1920-1992) Escritor y científico estadounidense.

La libertad no es un fin; es un medio para desarrollar nuestras fuerzas.

Mazzini

Sueñas con escaparte, pero no huyas para ser libre. Si huyes de ti mismo, tu prisión te seguirá.

Thibon

Hay algo tan necesario como el pan de cada dia, y es la paz de cada dia; la paz sin la cual el mismo pan es amargo.

Amado Nervo
(1870-1919) Escritor mexicano.

El arte de vencer se aprende en las derrotas.

Simón Bolivar
(1783-1830) Militar, político y ensayista venezolano.

Toda guerra termina en que: sobre el cuerpo del vencido cae exhausto el cuerpo del vencedor.

Juan Domingo Perón
(1895-1974) Político argentino.

Si no tienes la libertad interior, ¿qué otra libertad esperas poder tener?

Arturo Graff
(1848-1913) Poeta y filósofo italiano.

Las armas se deben reservar para el último lugar, donde y cuando los otros medios no basten.

Maquiavelo

La absolución de culpable es la condena de juez.

Publio Siro
(Siglo I a.C.) Poeta latino.

La palabra es libre; la acción muda; la obediencia ciega.

Schiller
(1759-1805) Escritor alemán.

El hombre está condenado a ser libre.

Jean Paul Sartre
(1905-1980)

La ley es una telaraña que detiene a las moscas y deja pasar a los pájaros.

Anacarsis
(VI-V) Filósofo escita.

Las guerras seguiran mientras el color de la piel siga siendo mas importante que el de los ojos.

Bob Marley

Si se quisieran estudiar todas las leyes, no habría tiempo material de infringirlas.

Johann Wolfang Von Goethe
(1749-1832) Escritor alemán.

Tan perjudicial es desdeñar las reglas como ceñirse a ellas con exceso.

Juan Luis Vives
(1492-1540) Humanista y filósofo español.

Quiero mas una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila.

Mariano Moreno

Jamas hubo una guerra buena o una paz mala.

Benjamin Franklin
(1706-1790) Estadista y científico estadounidense.

Solo es digno de libertad quien sabe conquistarla cada día.

Johann Wolfang Von Goethe
(1749-1832) Escritor alemán.

La paz obtenida en la punta de la espada, no es mas que una tregua.

Pierre Proudhon
(1809-1865) Economista y filósofo francés.

Para ser libres hay que ser esclavos de la ley.

Marco Tulio Cicerón
(106- 43 A .C.) Filósofo,escritor, orador y político romano.

Quien vive temeroso, nunca será libre.

Horacio
(65- 8 a .C.) Poeta latino.

La batalla de Bicocca, la infantería española de Carlos V aplasta la fama de los imbatibles piqueros suizos


ABC.es / César Cervera C_Cervera_M

  • La facilidad con la que los españoles vencieron ha dado lugar a una expresión popular: una bicoca es algo sumamente fácil, o de escaso valor. Las tropas de Carlos V apenas registraron bajas, frente a los más de 3.000 suizos muertos
 Mala guerra, de Hans Holbein «el Joven» - Wikimedia

Mala guerra, de Hans Holbein «el Joven» – Wikimedia

A principios del reinado de Carlos I de España y V de Alemania, el ambicioso rey francés vio la ocasión perfecta de apropiarse de la mayoría de los reinos italianos. Tal vez cada noche ante el espejo se decía que la juventud y la inexperiencia de su rival debía ser su perdición. O al menos esa es la única razón posible a tanta cerrazón. La guerra resurgía de forma cíclica cada vez que Francisco I de Francia lograba fondos para levantar un nuevo ejército, aunque casi siempre con un mismo desenlace. Dos derrotas casi seguidas, Bicocca y Pavía, demostraron al galo que, aunque Carlos era joven, contaba con temple y estaba respaldado por una brillante generación de consejeros y militares.

En ese momento se les consideraba la mejor infantería mercenaria de Europa; y eran la mejor baza con la que contaba Francisco I.

La facilidad con la que los españoles vencieron en Bicocca, de hecho, ha dado lugar a una expresión popular: una bicoca es algo sumamente fácil, o de escaso valor. Y como siempre en esa eterna guerra italiana, todo aquel desastre empezó por un exceso de confianza francés. Tras ser desalojados de Milán y Parma recientemente, los franceses se propusieron a principios de 1522 recuperar el terreno perdido con la ayuda de un gigantesco ejército de mercenarios suizos, cuya habilidad con las picas habían revolucionado los campos de batalla europeos. En ese momento se les consideraba la mejor infantería mercenaria de Europa; y eran la mejor baza con la que contaba Francisco I.

Lautrec contra Colonna, la oveja contra el zorro

Como relata Antonio Muñoz Lorente en su excepcional libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Nowtilus, 2015), «el 10 de febrero de 1522 los suizos asomaron por Bellinzona y ocho días después la totalidad de los 16.000 hombres contratados se concentraron en Gallarate». Se dirigían todos a recuperar Milán, entre ellos la infantería gascona dirigida por el español Pedro Navarro, un antiguo oficial de los ejércitos del Gran Capitán que había cambiado de bando. En total, incluyendo mercenarios, franceses y venecianos, se contaban 28.000 infantes. Al frente de este ejército francés estaba Odet de Cominges, Vizconde de Lautrec, el hombre que iba a servir la victoria española en bandeja.

Los españoles por su parte contaban en su dirección con Prospero Colonna, un condotiero italiano, veterano en decenas de batallas y conocedor de los pormenores de la guerra en Italia. Suya fue la decisión de alistar dos regimientos de lansquenetes, mercenarios alemanes, cuando los suizos le comunicaron que no habría más levas ese año. Abriéndose paso a través de un invierno terrible, los alemanes contactaron con las huestes de Colonna el 21 de febrero y el ejército imperial al completo se replegó hacia Milán. Allí reforzó las defensas y multiplicó el cerco al castillo de la ciudad donde seguía resistiendo una pequeña guarnición francesa.

Lautrec intentó cercar Milán, aunque la nieve impedía mover los cañones y los suizos no estaban hechos para cavar. El asedio se quedó en amago, por lo que el ejército francés se desplazó a los alrededores de Pavía con la intención de que sus acciones de saqueo hicieran sacar a Colonna de su guarida. El general francés se pasó seis semanas en Cassino sin apenas realizar nuevas maniobras.

A esas alturas de campaña lo único que estaba claro, y así lo reseña Antonio Muñoz en el citado libro, es que los suizos estaban dictándo lo que debía hacer a Lautrec, en vez de ser el comandante el que ordenaba a sus hombres. Le habían obligado primero a lanzarse a por Milán, luego se habían negado a cavar y ahora le habían condenado a semanas de inactividad solo por el saqueo.

Una estrategia impuesta por los chantajes

Mientras los franceses estaban parados, las fuerzas imperiales lograron reforzarse con un pequeño contingente a cargo de Francesco Sforza, aliado de Carlos V, de las tropas papales de Francesco Gonzaga y de las españolas del riojano Antonio Leyva. Hostigado por varios frentes, los franceses tuvieron que esperar a la llegada del buen tiempo para poder aumentar ellos sus fuerzas. Con la llegada el 4 de abril de las Bandas negras y de su mítico capitán, Giovanni de Médici (protagonista de la película de culto «El oficio de las armas»), se completó el tablero de los participantes de la batalla de Bicocca.

Lautrec acometió al fin el 9 de abril una acción de envergadura, asediar Pavía, pero ni siquiera era lo que quería hacer. De nuevo los suizos incluyeron en una decisión poco meditada. Es posible que Pavía no estuviera bien defendida, si bien el problema residía en que Prospero Colonna se encontraba apostado con sus tropas en Binasco a la espera de cerrar la pinza sobre su enemigo.

En cualquier caso, la única razón por la que el comandante francés había iniciado un asedio ante la atenta mirada española es porque los suizos llevaban semanas sin cobrar y las enfermedades habían matado a una quinta parte de sus hombres.

El 13 de abril Lautrec ordenó el asalto sobre la ciudad, prometiendo a los mercenarios el botín íntegro del saqueo. No obstante, éstos se negaron por tratarse de Domingo de Ramos. Y al día siguiente también se negaron a atacar porque, simple y llanamente, querían cobrar primero.

La indecisión francesa permitió a Colonna llegar al fin a los campos de Pavía. El enemigo le doblaba en número, pero no en inteligencia. Cuando los suizos clavaron en el suelo sus picas y se prepararon para el combate, el astuto zorro que había en Colonna supo que lo mejor que podía hacer era desesperar aún más al enemigo y retirarse de nuevo. No se equivocaba ni un pelo: coléricos, los suizos exigieron a Lautrec que los llevara cuanto antes al combate.

«¡Dinero, licencia o batalla!». De las tres opciones, un desesperado Lautrec eligió la que parecía la menos mala

El 20 de abril, el capitán Albert von Stein trasladó al francés las intenciones mercenarias: o había batalla o al día siguiente se marcharían. Solo ante la promesa de que cobrarían el doble y de la proximidad del convoy con nuevos fondos, los mercenarios accedieron a seguir bajo las filas galas.

También aquí Colonna respondió con astucia. Tras retrasar la llegada del convoy con el dinero todo lo que estuvo en su mano, el comandante imperial se trasladó a una posición bien defendida (tras un foso de un metro de profundidad y fortificado con estacas) entre Milán y Monza, la Bicocca, y esperó cruzado de brazos a que los suizos retomaran el discurso de los ultimátum. Y así fue. Stein y otro mítico capitán suizo, Winkelried, exigieron a Lautrec entrar en combate: «¡Dinero, licencia o batalla!». De las tres opciones, un desesperado Lautrec eligió la que parecía la menos mala y ordenó un ataque el 27 de abril.

Los arcabuceros destrozan la fama suiza

Fieles a la confianza en sí mismo que les había hecho imbatibles en Europa, los mercenarios suizos alardearon ante los franceses de que no tendrían problemas en desalojar a la infantería hispano-alemana de su posición, por muy ventajosa que fuera. Evidentemente estaban lanzándose un farol, como poco. Las armas ligeras de fuego, arcabuces y mosquetes de posta, habían evolucionado tanto como para que los piqueros suizos ni siquiera tuvieran ocasión de chocar sus aceros.

Los dos mil arcabuceros españoles, italianos y alemanes se situaron en primera línea imperial y causaron una auténtica matanza entre los envalentonados «ordeñavacas» (la forma despectiva que usaban las otras naciones para dirigirse a los suizos). Asimismo, la compañía de lansquenetes y 8.000 piqueros españoles e italianos les esperaban atrás una vez superaran la lluvia de pólvora.

Originalmente, Lautrec había dispuesto que los suizos fueran secundados en su avance por arcabuceros venecianos y gendarmes franceses. Sin embargo, los mercenarios se arrojaron de forma suicida en dirección recta sin esperar a sus apoyos. Al sonido de los cuernos de Uri, dos gigantescos cuadros de cinco mil hombres cada uno avazaron compitiendo incluso entre ambas formaciones por ser el primero en llegar a la vanguardia imperial. El resultado fue desastroso: los cañones borraron del mapa a un millar de hombres antes de que llegaran al foso. Allí, en una zona fangosa y repleta de obstáculos, apenas un puñado de suizos logró escalar y batirse en batalla contra la infantería imperial.

Uno de ellos fue el propio Winkelried, que se topó de frente con el capitán de los lansquenetes, Georg von Frundsberg. Recordándole que en otro tiempo habían combatido juntos, el suizo afirmó

–Viejo compañero, ¿te encuentro aquí? ¿Has de morir por mi mano?

–¡Por Dios que no ha de ser así! –respondió el alemán–.

Winkelried murió a consecuencia del disparo de un arcabuz, así como la mayoría de los 3.000 suizos que perdieron la vida en aquella jornada. El resto huyó en mil direcciones.

Mientras se producía la mastodóntica huida, el otro plan ideado por los franceses también fracasó con estrépito. La caballería franco-italiana se internó en el corazón enemigo valiéndose de la treta de coserse cruces rojas en la ropa, que eran el distintivo de los ejércitos imperiales, pero fueron finalmente rodeados por miembros de la infantería española. Es por ello que ni siquiera fue necesario que interviniera la caballería española, al mando de Antonio de Leyva. La batalla fue un paseo triunfal.

Suiza perdió a un gran número de compatriotas ese día, mientras que los imperiales apenas sufrieron bajas. Se dice que solo hubo un muerto, pero no fue por un arma suiza sino por una coz de mula. No en vano, quebrar su fama era peor que la muerte en aquel siglo loco de militares románticos: «Las pérdidas sufridas en La Bicocca les afligieron de tal forma que ya no volvieron a mostrarse en los años que habían de seguir con el ardor de costumbre», afirmó el historiador Francesco Guicciardini sobre lo que verdaderamente extraviaron los suizos aquel día.

La principal ventaja para el Imperio español obtenida en la fácil victoria en Biccoca fue la sucesiva conquista de Génova. Colonna aprovechó la victoria para lanzarse a por esta ciudad de simpatías francesas, así como uno de los más importantes puertos mediterráneos. El 30 de mayo de 1522 cayó la ciudad y Francia sacó uno de sus últimos pies de Italia. La nueva ofensiva de Francisco I había devenido en otro desastre.

La traición del viejo Rey: el trágico final del Gran Capitán lejos de la guerra y de la corte


ABC.es CÉSAR CERVERAC_Cervera_ Interesante (como siempre) artículo de Cesar Cervera

  • 500 aniversario de la muerte de Gonzalo Fernández de Córdoba
  • Hace hoy 500 años, el general cordobés murió en Loja (Granada), triste y abandonado políticamente, a causa de un brote de fiebres cuartanas, enfermedad que había contraído en una de las guerras del Rey

 


 

 El Gran Capitan contemplando el cadaver del duque de Nemours - Museo del Prado

El Gran Capitan contemplando el cadaver del duque de Nemours – Museo del Prado

A los 62 años, el Gran Capitán falleció en Loja (Granada), aislado políticamente, a causa de un brote de fiebres cuartanas, enfermedad que había contraído en una de las guerras del Rey. Semanas después de su muerte llegaron decenas de cartas de condolencia a su familia, entre ellas la del Rey Fernando, que invocaba su vieja amistad y trataba de disimular con palabras gruesas el hecho de que había incumplido todas sus promesas de recompensa, una detrás de otra; y la del joven Carlos de Gante, quién había oído desde niño la historia de su odisea italiana. Paradójicamente, Fernando El Católico moriría solo un mes después que aquel hombre al que tantas desconfianzas había destinado.

La falta de fuentes documentales del periodo hace que la mayor parte de lo que se conoce sobre Gonzalo Fernández de Córdoba proceda del clásico mito del vasallo maltratado, incluida la historia de las famosas cuentas del Gran Capitán. Así, las victorias del Gran Capitán en Ceriñola y Garellano, lejos de despertar una gratitud incondicional por parte de Fernando El Católico, vinieron acompañado de una revisión de las cuentas de sus gastos bélicos. A medio camino entre la realidad y la leyenda, la muerte de Isabel La Católica en 1504, que siempre había salido al paso de las acusaciones de corrupción lanzadas contra el cordobés, dejó las manos libres a su desconfiado marido para enviar unos contadores de la corona a investigar al virrey de Nápoles.

Investigado por corrupción

En el otoño de 1506, Fernando reclamó a Gonzalo claridad en sus cuentas nada más desembarcar en el reino italiano. «Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados; por limosnas para que frailes y monjas rezasen por los españoles, ciento cincuenta mil ducados; por guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla, doscientos millones de ducados; por reponer las campanas averiadas a causa del continuo repicar a victoria, ciento setenta mil ducados; y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del Rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados», contestó supuestamente el Gran Capitán ofendido por la ingratitud del Rey.

Desde entonces, la expresión «las cuentas del Gran Capitán» y la respuesta dada por el general se utilizan para ridiculizar una relación poco pormenorizada o para negar una explicación pedida por algo a la que no se tiene derecho. La respuesta altiva achacada al Gran Capitán, en cualquier caso, nunca se ha podido demostrar y corresponde a la típica del soldado español de la época: fiel pero orgulloso, desapegado de lo material, valiente hasta la temeridad, violento y desafiante.

La muerte de Isabel La Católica dejó las manos libres a su desconfiado marido para enviar unos contadores de la corona a investigar al virrey

Lo que sí parece probable es que el Gran Capitán entregó, sin malas palabras o altivez, unas cuentas que no fueron del agrado del Monarca. Como señala el libro recientemente reeditado por EDAF «El Gran Capitán» (escrito por José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez), los interventores de la Hacienda real consideraron excesivo el dinero gastado en la Guerra de Nápoles de 1501 a 1503. En consecuencia, los episodios de tensión entre el virrey y Fernando de Aragón no dejaron de sucederse durante su estancia en Nápoles.

Una de las historias más extendidas es que, estando la flota española anclada en la bahía de Nápoles, los 1.500 vizcaínos al servicio del capitán general Juan de Lezcano escucharon el falso rumor de que Gonzalo Fernández de Córdoba, con el que habían servido durante años, había sido confinado en Castel Nuovo. Los marineros desembarcaron y se dirigieron a liberar al cordobés con insultos contra el Rey que había hecho preso «al mejor hombre del mundo». Tuvo que acudir en última instancia el propio virrey a demostrar que no lo habían apresado para que aquella horda vasca empezara a sosegarse.

A principios de 1507, Fernando prefirió alejar al Gran Capitán de Nápoles para sustituirlo por el Conde de Ribagorza, que poco después fue remplazado por el catalán Ramón de Cardona, quien protagonizaría varios reveses contra los ejércitos galos en los siguientes años. No en vano, en ese momento las relaciones entre Francia y la Corona hispánica se encontraban en el campo de la cordialidad. En junio de 1507, el Rey francés organizó un banquete al que invitó a Fernando El Católico, a Germana de Foix y a Fernández de Córdoba, donde se sinceró como un admirador del hombre que había vencido a sus ejércitos. «Mande Vuestra Señoría al Gran Capitán que se siente aquí; que quien a reyes vence con reyes merece sentarse y él es tan honrado como cualquier Rey», afirmó Luis XII según la leyenda. Aquella actitud despertó el recelo del desconfiado Rey aragonés, que vio su papel de protagonista desplazado por uno de sus vasallos.

Un pequeño cargo a cambio de Nápoles

Ambos regresaron en la misma comitiva a España, en el caso del general después de una década fuera de la península. En la Corte, el cordobés buscó sin éxito ser nombrado Maestre de la Orden de Santiago y volver a ponerse al frente de los ejércitos del Rey. El aragonés creía que el Gran Capitán ya había sido convenientemente recompensado y puso en la nevera política al militar. En vista de que el Monarca no tenía intención de entregarle el maestrazgo de la principal orden militar de España como le había prometido, el cordobés acudió a Juana La Loca, auténtica soberana de Castilla, que, a pesar de su incipiente locura, le nombró alcalde de la ciudad de Loja. Se trataba de un cargo menor, pero venía acompañado del derecho sobre las rentas del comercio de seda en Granada.

Antes de tomar posesión del cargo, el Gran Capitán debió lidiar con el amago de rebelión que el Marqués de Priego, hijo del hermano mayor de Gonzalo Fernández de Córdoba, comenzó contra la autoridad del Rey. La situación fue especialmente delicada al tratarse de un familiar sospechoso de guardar rencor al Monarca. El marqués, alcalde mayor de Córdoba, detuvo al enviado del Rey encargado de investigar precisamente si estaba hablando mal en público de Fernando. Además, asaltó la cárcel de la Inquisición, cuya actuación desproporcionada en la ciudad fue la causa de fondo en la revuelta. Fernando El Católico contestó con todo el peso de la Corona. Al frente de un ejército de 3.000 soldados y mil lanzas restableció la autoridad y, a modo de escarmiento, dejó en ruinas el Castillo de Montilla, donde el Gran Capitán había pasado su infancia.

El Rey entorpeció el matrimonio pactado entre la hija mayor del Gran Capitán, Elvira, y el condestable de Castilla

Gonzalo Fernández de Córdoba prefirió mantenerse al margen en todo momento. Incluso medió para que su sobrino no complicara todavía más las cosas. Finalmente, el arrepentimiento del Marqués de Priego, así como la influencia de su tío, logró salvarle la vida, pero no le evitó recibir una multa millonaria y ser condenado al destierro de Córdoba. Mientras tanto, el 15 de julio de 1508, el Gran Capitán tomó posesión del cargo de gobernador de Loja, donde permaneció a la espera de que el Rey quisiera volver a contar con sus servicios. Más allá de la leyenda, sí es cierto que Fernando El Católico se encargó de recordarle con desplantes que, si en Italia era un héroe militar, en España solo era uno más de los nobles que revoloteaban en torno a la Corte en busca de mercedes y recompensas.

En 1509, el Rey designó a Pedro Navarro –el capitán, corsario e ingeniero que había acompañado al Gran Capitán en sus campañas– para encabezar una expedición militar en Orán. Pese a que incluso el Cardenal Cisneros, instigador del plan, apoyaba la elección del cordobés, el Monarca prefirió a un hombre sin experiencia a la hora de manejar ejércitos de aquellas dimensiones. Era el enésimo desprecio.

A nivel familiar, el Rey entorpeció el matrimonio pactado entre la hija mayor del Gran Capitán, Elvira, y el condestable de Castilla, Bernardino Fernández de Velasco. El viejo aragonés temía que los matrimonios entre nobles con tanta influencia irían en perjuicio del poder real y trabajó para evitarlo. El matrimonio al final no pudo celebrarse, y Gonzalo falleció sin ver a su hija casada con el Conde de Cabra, cuyo enlace aseguró la continuidad de la estirpe. Su otra hija, Beatriz, falleció soltera en 1511. Quizás para compensar tantos desplantes, Fernando El Católico estuvo a punto de enviarle de nuevo al año siguiente a Italia, al conocerse la derrota de los ejércitos de Ramón de Cardona a manos francesas en la batalla de Rávena.

Tras el desastre, el Papa y Venecia, que, junto a España, conformaban una alianza antifrancesa, exigieron al aragonés que mandase al Gran Capitán. No obstante, cuando las levas ya estaban listas y el general cordobés había enviado misivas a sus viejos amigos en Italia advirtiendo su llegada, Ramón de Cardona recondujo la situación al vencer a los franceses en Novara, lo que le permitió reponer en Florencia a los Médici.

«Viviré en estos agujeros donde salí»

Mientras el Gran Capitán congregaba sus tropas en Málaga, Fernando El Católico desvió por sorpresa los recursos prometidos al cordobés para dárselos al II Duque de Alba, que el 12 de julio de 1512 atravesó la frontera y ocupó Pamplona en un movimiento casi felino. A la vista de que no iba a ser necesario enviar refuerzos a Italia, el aragonés prefirió emplear los preparativos del Gran Capitán –que desconocía los planes del Rey– como mera distracción, mientras otro ejército aprovechaba para conquistar parte de Navarra. Fernández de Córdoba licenció poco después las tropas, cuyos gastos habían corrido de su cuenta, y se marchó a Loja visiblemente dolido. «Viviré en estos agujeros donde salí, contento con lo que su alteza face…», escribió con amargura.

En el verano de 1515, la salud del Gran Capitán entró en crisis. Las fiebres cuartanas, que contrajo en la ribera del Garellano poco antes de la batalla de mismo nombre, fueron consumiendo su salud poco a poco. Su estado anímico tampoco ayudaba en su recuperación. Ya no pudo volver a montar a caballo y apenas podía caminar sin ayuda. El 2 de diciembre, el cordobés falleció en su casa de Loja rodeado de su círculo familiar y de sus deudos. El viejo Rey murió un mes después.

 

La increíble mentira soviética sobre la fotografía más famosa de guerra


ABC.es

  • En 1945, un experto organizó una estudiada sesión fotográfica para hacer creer al mundo que los soldados de Stalin habían hecho ondear la bandera roja en el Reichstag
 abc Elementos que fueron modificados sobre la fotografía principal

abc | Elementos que fueron modificados sobre la fotografía principal

Finales de abril de 1945. Berlín es sólo una sombra de la ciudad que un día fue durante el Tercer Reich. En las calles donde antes paseaban orgullosas a paso de ganso las tropas de Adolf Hitler, ahora se lucha encarnizadamente por impedir inútilmente que los aliados avancen. Repentinamente, en la azotea del Reichstag (la sede del parlamento alemán), un soldado soviético avanza hasta el punto más alto del edificio e iza una bandera roja ataviada con la hoz y el martillo. El acto significa la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial y, debido a su importancia y su simbolismo, es capturado por un atrevido y suertudo fotógrafo. Esta es la versión oficial que se explicó al mundo desde la U.R.S.S. en relación a una de las instantáneas más famosas de la contienda, unos sucesos que nada tienen que ver con la realidad.

Y es que, esta instantánea no fue fruto del azar ni se produjo durante la contienda, sino que fue realizada en una curiosa sesión fotográfica varios días después de que los combates hubieran cesado. Todo ello, por orden de un avispado fotógrafo con ganas de ganarse un hueco en la Historia. No contento con eso, el «artista» realizó además varios retoques en la imagen una vez que fue revelada para que causase el mayor impacto posible entre la población e, incluso, con el objetivo de que escondiera algunas vergüenzas del «glorioso Ejército Rojo». Esta gran mentira logró convencer a la población hasta la caída de la U.R.S.S. (momento en que la verdad sobre esta operación de propaganda salió a la luz).

Esta curiosa historia es una de las tantas que se pueden leer en «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», la tercera reedición de la famosa obra del historiador y periodista Jesús Hernández. Este libro, concretamente, fue con el que este experto en la Segunda Guerra Mundial se dio a conocer en el ámbito editorial en 2003. «Hoy muchos lectores saben de mi gracias a obras como “Enigmas y misterios de la Segunda Guerra Mundial” o “Breve Historia de la Segunda Guerra Mundial”, pero no tienen en su poder el libro con el que me di a conocer. Por eso lo he reescrito, he actualizado todos los datos y he añadido información que me ha parecido interesante para completarlo», afirma el autor en declaraciones a ABC.

La toma del Reichstag

Para entender la importancia de esta instantánea (conocida a la postre como «Alzando una bandera sobre el Reichstag», tal y como corroboran expertos como Gregorio Doval) es necesario viajar en el tiempo hasta el 16 de abril de 1945. Y es que, fue exactamente ese día cuando comenzó la Batalla de Berlín. Es decir, la última defensa a ultranza de la capital del Reich por parte de las escasas tropas alemanas que aún rendían culto a Hitler. En aquella época ya no era ningún misterio que los aliados (especialmente los soviéticos, quienes disponían de más de dos millones y medio de soldados y 6.000 carros de combate) avanzaban con el cuchillo entre los dientes hacia el último reducto del Führer.

En su contra, el que fuera uno de los líderes más poderosos de la primera mitad del SXX apenas pudo interponer 800.000 combatientes. Y la mayoría de ellos, además, no eran más que unos pobres niños reclutados de las «Juventudes Hitlerianas» con falsas promesas de gloria y un futuro imperio alemán comandado por un Hitler que, según les decían, resurgiría de sus cenizas. Mentiras. Estos pequeños soldados estaban acompañados, a su vez, de miles de ancianos armados y entrenados a la carrera por los restos de las escasas unidades que habían logrado sobrevivir a los continuos combates los aliados en media Europa. Eran, en definitiva, los estertores de muerte de un Reich que trataba de tomar sus últimas bocanadas de aire aún a sabiendas de que la suerte estaba más que echada.

Con el paso de los días, la situación se recrudeció todavía más para los defensores, quienes –a pesar de todo- estaban resueltos a defender al Führer. Un líder que, para muchos, ya había perdido la cabeza hacía semanas. «El 23 de abril, el general Weidling, comandante de la batalla de Berlín, informó a Hitler de que solo quedaba munición para dos días de combate. No obstante, afirmó que defendería sus posiciones mientras el cerco soviético se cernía sobre la ciudad, a escasas manzanas del búnker donde Hitler se sumía en sus delirios. El 30 de abril, Berlín era un infierno encarnizado en el que los rusos tenían un objetivo primordial: capturar el simbólico Reichstag, defendido con vigor por su guarnición», explica Chriss Mann en su obra «Las Grandes Batallas de la Segunda Guerra Mundial».

La misión de los soviéticos no era sencilla, pues entre los muros del edificio gubernamental se defendían nada menos que 5.000 miembros de las tristemente famosas Waffen-SS, las tropas más ideologizadas de toda Alemania. «El Reichstag se convirtió en una auténtica fortaleza. Para ello se minaron todas las calles que conducían al edificio, se colocaron barricadas y se cavaron trincheras y fosas antitanque. Los alemanes dispusieron varias piezas de artillería en el exterior y se hicieron fuertes en los sótanos, reforzados con vigas de hormigón y acero», determina Hernández en su obra «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial».

A pesar de la defensa a ultranza del Reichstag, los soviéticos sabían del golpe moral que supondría para sus enemigos perder este edificio. Por ello, los rusos cargaron sus fusiles Mosin-Nagant y sus subfusiles PPSh para, a finales de abril, tomarlo al precio que costara. Y es que, como es mundialmente conocido gracias a la «Orden 227», Stalin no tenía problema en anteponer los objetivos a la vida de miles de sus soldados. A los militares del Ejército Rojo no les quedó más, finalmente, que combatir por cada una de las habitaciones del enclave para expulsar de él a los soldados de las SS.

La gran mentira

En medio de aquel caos, en medio de toda aquella vorágine de muerte, la versión oficial del gabinete de Stalin afirma que el 30 de abril (cuando todavía no se había tomado totalmente el Reichstag y aún resistían varios cientos de alemanes en varias de sus salas) un soldado soviético logró llegar hasta el tejado del edificio. Una vez allí, descolgó la bandera con la esvástica e hizo ondear el paño soviético con la hoz y el martillo simbolizando así la toma de Berlín. Aquel momento –según lo que contó la U.R.S.S.- fue tan impactante que un fotógrafo lo inmortalizó para la posteridad con su cámara, dando lugar a una de las instantáneas más conocidas de toda la Segunda Guerra Mundial. La verdad es bien diferente, pues la imagen fue un montaje que se realizó el día 2 de mayo en base a lo que, según algunos combatientes, había sucedido varias jornadas antes, pero había sido imposible de inmortalizar.

«La apertura de los archivos secretos de la Unión Soviética tras su disolución desmintió que la imagen fuera de aquel día. El fotógrafo de guerra Yevgeni Jaldéi (1917-1997), de la agencia de prensa TASS, preparó la escena el 2 de mayo, cuando el Reichstag estaba ya asegurado. Para ello pidió a varios soldados que posasen de esa manera, colocando la bandera en la parte más alta del edificio. De las numerosas fotos resultantes de la sesión, escogió la que luego se haría mundialmente conocida», explica Hernández en su obra. Al parecer, lo único que pretendían los soviéticos era hacer una instantánea igual de impactante que la de los americanos en Iwo Jima.

Con todo, esa no fue la única «trampa» que protagonizaron los soviéticos con dicha fotografía. Y es que, una vez que la instantánea llegó a Moscú, los mandamases de la época decidieron que no era todo lo que heroica que debía ser y que necesitaba algún que otro retoque para quedar perfecta. El primero de ellos fue eliminar uno de los dos relojes que el soldado del Ejército Rojo que portaba la bandera tenía en una de sus muñecas.

Puede parecer algo absurdo, pero la razón es bastante sencilla: lo había obtenido saqueando los cadáveres de los soldados alemanes asesinados por sus compañeros aquel día. No se podía tolerar que el resto de los mortales supieran ese dato, así que fue eliminado. A su vez, y tal y como señala Hernández en su obra, fueron añadidas dos columnas de humo en el fondo de la imagen para que la situación de Berlín pareciese más dramática.

Montado el teatro, ya sólo quedaba difundir la fotografía y esperar a que se hiciese famosa. «La histórica instantánea sería publicada por primera vez el 13 de mayo en la revista ilustrada Ogonyok; a partir de entonces sería ampliamente reproducida en todas las publicaciones soviéticas e, incluso, en sellos de correos», explica el historiador en su libro. Finalmente, la prensa hizo el resto del trabajo y «Alzando una bandera sobre el Reichstag» se convirtió pronto en todo un símbolo de la victoria de la U.R.S.S. sobre Adolf Hitler y sobre el nazismo. Acababa una guerra, pero comenzaba una leyenda… falsa.

Con todo, a día de hoy se desconoce quién fue el artífice de esta operación aunque, como en todo, no faltan las teorías. Hernández, tras llevar a cabo las pertinentes investigaciones, apunta directamente al «camarada Stalin», aunque explica que es imposible corroborarlo: «Se ha especulado con que fue el propio Stalin el que animó al Departamento de Propaganda a conseguir esta histórica fotografía al contemplar con envidia la gran difusión que estaba teniendo la imagen de los soldados norteamericanos izando la bandera de las barras y estrellas en Iwo Jima. Por lo tanto, según esta hipótesis, el dictador soviético decidió contrarrestarla con una escena similar».

¿Quién puso la bandera?

Además de esta operación secreta de propaganda, los soviéticos también mintieron en torno a quien fue el encargado de izar la bandera sobre el Reichstag. En principio, se consideró que el responsable fue un sargento georgiano llamado Meliton Kantaria (el cual fue condecorado como héroe de la Unión Soviética). Sin embargo, con el paso de los años y las sucesivas investigaciones históricas el honor fue pasando de soldado en soldado.

«En realidad, ese honor debía corresponder al hombre que realmente colocó por primera vez la bandera roja en el emblemático edificio, a las 22:40 del 30 de abril de 1945: el ruso Mijail Petrovich Minin. Cuando todavía se estaba combatiendo en las salas y pasillos del Reichstag, Minin y otros tres hombres se ofrecieron para subir a la azotea y plantar allí la bandera, con la promesa de sus superiores de que, si lo conseguían, serían nombrados héroes de la Unión Sovíetica», explica Hernández. No obstante, la operación de propaganda hizo que no recibieran tal honor hasta 1995.

150 años de Cruz Roja: De las heridas de guerra a las de la crisis


El Mundo

  • Cruz Roja española celebra sus 150 años de existencia con varios eventos en Madrid
  • La ONG se ha ido transformando en el tiempo para atender a las necesidades de la gente

Las heridas han ido cambiando con el paso del tiempo. Ya no son las que se producen en el campo de batalla sino las ocasionadas por los zarpazos del desempleo, la soledad, la violencia de género, la vejez o la pobreza.

La institución sigue siendo la misma. Se llama Cruz Roja y este viernes celebra sus 150 años de existencia dedicados a la atención de los colectivos más vulnerables. Siglo y medio da para mucho y la organización ha tenido que ir mudando de piel y transformándose según las necesidades del momento.

De la rudimentaria atención a los heridos durante la guerra franco-prusiana en 1870 se ha pasado a los modernos servicios de teleasistencia móvil en la actualidad, un abismal salto tecnológico que ha permitido a la ONG estar cada día más cerca de los usuarios.

Paradojas de la vida, sin la guerra no hubiera existido la Cruz Roja. La ONG surgió del desastre de la contienda de Solferino, (que enfrentaba al Ejército austriaco con las tropas de Napoléon III de Francia y de Víctor Manuel II, de Cerdeña), y de la desesperación de Henry Dunant al contemplar a 40.000 heridos abandonados a su suerte en el campo de batalla.

Germen de la Convención de Ginebra

Fue este empresario suizo quien dio la voz la alarma ante el espectáculo dantesco y acudió al pueblo cercano de Castiglioni a pedir ayuda. Con la colaboración de las mujeres de la localidad italiana, Dunant logró montar un improvisado hospital de campaña con el fin de paliar los dolores de los heridos, ya fuesen del bando que fuesen.

Aquella experiencia quedó plasmada en 1862 en el libro ‘Recuerdo de Solferino’, un texto que reclamaba la creación de un cuerpo de voluntarios al servicio de los heridos de guerra y que, luego, se convirtió en el germen la Convención de Ginebra. Un año después, nació el Comité Internacional de Cruz Roja con el objetivo de convertirse en una institución respetada con una bandera neutral para entrar en el campo de batalla. Hasta entonces sólo podían introducirse en la contienda los servicios sanitarios de uno u otro bando.

En España fueron dos navarros, el doctor Nicasio Landa y el conde de Ripalda, los impulsores de la Cruz Roja española que se fundó en 1864. Su primera gran intervención fue en la tercera guerra carlista, durante la batalla de Oroquieta de 1872.

El doctor Landa, apodado el ‘Henry Dunant español’, trató de buscar una solución al grave problema del transporte de heridos desde el lugar de la contienda hasta las ambulancias. Los enfermos eran trasladados en brazos en condiciones penosas y muchos de ellos morían por el camino. Para paliar esta situación, el médico inventó el denominado mandil Landa, que consistía en un lienzo, una vara de madera y unas correas. Esta especie de delantal permitía a dos camilleros trasladar a los heridos con más agilidad, lo que supuso un gran avance para la época.

A finales del s. XIX y comienzos del siglo XX, Cruz Roja tuvo que afrontar su primera metamorfosis y pasó de atender a los lesionados en el campo de batalla a construir los seis primeros hospitales en España y a fundar una Escuela de Enfermería.

En la década de los 60 y 70, gracias a la mejora de la red de comunicaciones, la ONG dio un nuevo salto y comenzó a crear una red de puestos de primeros auxilios en carretera y a fundar la Cruz Roja del mar.

Desde los años 90, la organización humanitaria más extensa del mundo se ha centrado en trabajar en la acción directa y en reforzar la proximidad con los colectivos más vulnerables: refugiados, damnificados por las catástrofes, niños, ancianos, víctimas de violencia de género y, ahora, más de tres millones de personas afectadas por la crisis.

La historia de Cruz Roja española no hubiera sido posible sin la ayuda de los más de 200.000 voluntarios anónimos que se dejan la piel día tras día en ayudar a los más desfavorecidos. Como María Eugenia, que cura la soledad de muchas personas mayores atendiendo llamadas en el centro de coordinación de la ONG en Madrid o como María Teresa, una anciana que antes de irse a vivir a una residencia decidió donar todas sus pertenencias a Cruz Roja.

La frase de un voluntario que trabaja con niños inmigrantes en casas de acogida de la capital resume el sentir de muchos de sus compañeros en Cruz Roja: “No soy yo los que les ayudo a ellos sino ellos los que me ayudan a mí”.

Este viernes es su gran día. Más de 6.000 voluntarios llegados desde toda España ocuparán el Retiro, la Plaza Mayor, la Puerta del Sol y el Paseo del Prado en Madrid con exposiciones de los equipos de emergencias o de la unidad canina, talleres de primeros auxilios, murales de grafitis, simuladores de vejez, cuentacuentos y numerosas actuaciones. La tarta de este 150 aniversario es para ellos.

El mandil Landa fue inventado para trasladar a los heridos. | Cruz Roja

La guerra que no duró ni una hora


ABC.es

  • El sultán de Zanzíbar se enfrentó al poderoso Imperio Británico el 27 de agosto de 1896 en la contienda más corta de la historia

El 27 de agosto se recuerda en el Libro Guinness de los récords como el día en el que se grabó el ruido de más volumen hasta el momento, cuando el volcán Krakatoa entró en erupción en 1883 y su sonido se escuchó a 5.000 kilómetros. Trece años después, la misma fecha del calendario volvía a inscribirse para el recuerdo como la jornada testigo de la guerra más corta de la historia.

Le bastaron apenas 40 minutos al Reino Unido para derrotar al sultanato independiente de Zanzíbar, hoy integrado en Tanzania. No resulta extraño que algunos consideren la Guerra Anglo-zanzibariana de hace 115 años más una batalla que una guerra propiamente dicha.

La muerte del sultán Hamad bin Thuwaini el 25 de agosto de 1896 fue el detonante de la desigual contienda. La buena relación de la isla con el imperio británico se rompió con el golpe de estado del sobrino del fallecido sultán, Khalid bin Bargash, que incumplió así un tratado firmado diez años antes por el que el nuevo sultán debía contar con visto bueno del cónsul británico.

Los británicos, que pretendían que fuera otro candidato, Hamud ibn Muhammad, quien se hiciera con el sultanato, ordenaron a Khalid bin Bargash que abdicara. Éste, sin embargo, reunió un ejército de 2.800 hombres y dispuso de varias piezas de artillería y ametralladoras frente al palacio, además del yate armado H.H.S. Glasgow, pero poco pudo hacer frente a la la flota naval británica capitaneada por el contraalmirante Harry Rawson. Los británicos desplazaron cinco naves de guerra al puerto de Zanzíbar, frente al palacio del sultán, y desembarcaron a soldados en apoyo de los «leales» fieles al Imperio.

A las 9.02 de la mañana del 27 de agosto de 1896, dos minutos después de que expiraba el ultimátum, los buques de guerra británicos bombardearon el palacio y el barco del sultán. En poco más de media hora todo había acabado. Unos 500 partidarios del sultán murieron. Solo un marinero británico resultó herido.

El sultán huyó al consulado alemán y acabó escapando por mar debido a la presión de los británicos, que exigían su entrega a Alemania. Capturado en 1916, murió en Mombasa en 1927.