1938 – Batalla del Ebro


A las 00:15 del 25 de julio, en una noche sin luna, las unidades republicanas empezaron a cruzar el Ebro. Las unidades que mandaba Tagüeñaatravesaron el río entre las poblaciones de Mequinenza y Ascó, mientras que Líster y su V Cuerpo de Ejército empezaron a cruzar el río por dieciséis puntos distintos comprendidos entre Benisanet y Amposta, situada ésta 50 kilómetros al sur de la zona principal del ataque.5 Para la operación se habían reunido unas 90 barcas (cada una de ellas transportaba 10 hombres), tres puentes de pontones y doce más de otro tipo. A esta fuerza inicial de asalto le seguían 22 tanques T-26 y cuatro compañías de carros blindados, para el apoyo de la infantería republicana. La primera unidad del cuerpo de ejército de Líster que alcanzó la orilla enemiga fue el BatallónHans Beimler de la XI Brigada Internacional, formada ésta por alemanes,escandinavos y catalanes.5 La 46.ª División también cruzó el río menos su jefe, Valentín González. Aunque argumentó que estaba enfermo, su superior,Líster, le visitó en su puesto de mando y después diría que solo le había entrado un ataque de pánico ante la idea de cruzar el río; Fue relevado del mando y Domiciano Leal le sustituyó en el mando de la división.6 Así pues, los primeros movimientos republicanos se desarrollaban según lo previsto, sin grandes dificultades.

La otra orilla del Ebro, desde Mequinenza hasta el mar, estaba custodiada por Cuerpo de Ejército Marroquí al mando de Yagüe. La 50.ª División estaba custodiando gran parte del curso del Ebro que estaba siendo atacado por los republicanos; Los oficiales de la división, al mando del Coronel Campo, habían informado durante largo tiempo de que a lo largo de la orilla opuesta se hallaban concentradas tropas enemigas selectas, pero el alto mando había hecho caso omiso de estas advertencias.7 nota 4 Cuando los republicanos atacaron se hizo en medio de la completa sorpresa de los defensores, que se retiraron entre algunos casos de pánico y, en general, en completa desorganización. En el caso de las tropas moras, la situación era todavía menos halagüeña, porque la fama de sanguinarios que venían labrándose desde el comienzo de la guerra les garantizaba el pelotón de fusilamiento en caso de ser capturados.8 Entre las soldados españoles del ejército franquista que habían sido capturados se comprueba que los soldados rojos no son la bestia negra que había hecho creer la propaganda en la zona sublevada (pues estaba muy extendida la idea del fusilamiento inmediato en caso de caer prisionero de los republicanos). A las dos y media de la madrugada el Coronel Peñarredonda, a cargo del sector de Mora de Ebro, informó a su superior, el general Yagüe, que los republicanos habían cruzado el Ebro a gran escala. Algunos hombres bajo su mando estaban oyendo tiroteos procedentes de la retaguardia, mientras él y el cuartel General de la División ya habían perdido contacto con los flancos.

Asimismo, y con el objeto de distraer la atención del enemigo, se realizaron otros dos pasos menores. Uno de estos fue lanzado al norte de la zona de cruce principal del XV Cuerpo de Ejército, a cargo de la 42.ª División. Con sus 9.500 hombres, la división cruza el río entre Mequinenza y Fayón, logra establecer una cabeza de puente y en un rápido avance sus tropas llegan hasta las elevaciones de los Auts, capturando a un regimiento de infantería que se rinde prácticamente sin luchar. No obstante, aunque han logrado cortar la carretera que une Fayón con Mequinenza, debido a la fuerte reacción de los “nacionales” en esta zona y a la total carencia de apoyo artillero, los republicanos no consiguen la toma de ninguno de estos dos pueblos y quedan frenados en su avance. Al final terminará formándose una estrecha bolsa de 15 km. de profundidad, con el río a sus espaldas y prácticamente aislados del resto del XV Cuerpo de “jército.

Por el sur se lanzó otro, concretamente en el sector de Amposta (50 km. al sur de la acción principal) a cargo de la XIV Brigada Internacional, perteneciente a la 45.ª División. Los interbrigadistas que cruzaron el río se encontraron con las fuerzas de la aguerrida 105.ª División franquista mandada por el coronel López Bravo. No obstante, aunque este ataque resultó fallido, se consideraba un avance de importancia secundaria.7 Al ser prematuramente descubierto por los nacionales, tuvieron un gran número de bajas. A pesar de todo, allí los combates se prolongaron durante 18 horas más, pasadas las cuales los brigadistas que seguían resistiendo se retiraron desordenadamente cruzando el río con los medios a su alcance y dejando tras de sí 600 muertos y gran cantidad de material. El Comisario político de la Brigada Henri Rol-Tanguy (posterior líder de la resistencia francesa en París durante la II Guerra Mundial) fue herido pero logró volver nadando a la orilla republicana.

Río arriba, las primeras fases del ataque dieron resultado positivo. Todos los pueblos ribereños del Ebro, situados en el sector central del frente, fueron ocupados al amanecer y se formaron dos cabezas de puente de grandes proporciones. Los que cruzaron el río, entre ellos la XV Brigada Internacional, siguieron avanzando tierra adentro, a fin de rodear por los flancos y cercar a las desmoralizadas tropas de Peñarredonda. Al amanecer del 25 de julio, éste fue autorizado a retroceder con todos los hombres que pudiera llevar consigo. En el norte, la 42.ª División había avanzado unos 15 kilómetros desde el Ebro, asegurando su cabeza de puente. En la zona delXV Cuerpo de Ejército, Tagüeña y sus hombres habían logrado crear una profunda cabeza de puente. Más al sur, Líster avanzó 50 kilómetros, llegando hasta la pequeña localidad de Gandesa (en1937 tenía 3396 habitantes). Fueron capturados todos los puntos de observación importantes situados en las montañas, entre Gandesa y el Ebro. Por otro lado, se produjeron numerosas deserciones entre las tropas sublevadas y 5000 soldados franquistas cayeron prisioneros.10 Las fuerzas republicanas siguieron avanzando hasta llegar a las poblaciones de Gandesa y Villalba de los Arcos, núcleos donde se había atrincherado la defensa principal franquista; La batalla principal tuvo lugar en Gandesa.

Ante la dificultad por contener la avalancha republicana, Franco ordenó que acudieran divisiones de otros sectores, especialmente del Frente de Levante (donde se estaba desarrollando una encarnizada batalla para conquistar Valencia) pero incluso desde Andalucía.9 Así pues, las tropas nacionales debieron paralizar sus operaciones en el frente del Levante; con ello, los republicanos logran su primer objetivo. La operación constituyó, sin duda un hecho audaz y sorprendente, ya que en los tratados de táctica militar los ríos caudalosos como el Ebro eran considerados poco menos que barreras infranqueables.

Batalla del Ebro

Parte de: Guerra Civil Española

Fecha

25 de Julio 16 de Noviembre de1938

Lugar

Rio Ebro, España

Resultado

Decisiva victoria del bando franquista

Beligerantes

II Republica Española

Bando Nacional

Comandantes

Juan Modesto

Enrique Lister

Manuel Tagüeña

Etelvino Vega

Juan Yagüe

Rafael Garcia Valiño

Fuerzas en combate

100.000

98.000

Bajas

10.000 muertos
34.000 heridos
19.563 prisioneros
200 aviones derribados

6.500 muertos
30.000 heridos
5.000 prisioneros

Guerra Civil Española (del 17 de julio de 1936 al 1 de abril de 1939)


fue el conflicto bélico mas recordado y triste del siglo XX , dio comienzo en julio de 1936, a raíz de la sublevación de un sector del Ejército contra el gobierno de la II República española, y que concluyó el 1 de abril de 1939 con la victoria de los rebeldes. El triunfo de éstos permitió la instauración de un régimen dictatorial encabezado por el general Francisco Franco, principal dirigente militar y político de los sublevados, que sustituyó al sistema parlamentario republicano.

CUESTIONES TERMINOLÓGICAS

Aunque para definir el conflicto se prefiere, sobre todo desde la década de 1960, la denominación “guerra civil”, ésta no fue la única utilizada por la reciente historiografía española o por los propios combatientes. También recibió otros nombres: movimiento cívico militar, Cruzada, guerra de tres años, guerra nacional y revolucionaria del pueblo español, entre otros. Son nombres todos ellos que ocultan el “enfrentamiento de dos entusiasmos” al que se refirió el historiador británico Raymond Carr. Esos nombres esconden dos concepciones en cierto modo ya presentes en los resultados de las elecciones celebradas en febrero de 1936 —que supusieron el triunfo, por un corto número de votos, de la coalición de izquierdas agrupada en el Frente Popular— y que se venían gestando desde la proclamación de la II República en abril de 1931

Ningún acontecimiento como éste repercutió tanto en la opinión internacional hasta entonces, convirtiéndose en uno de los episodios históricos que ha dado lugar a un mayor número de publicaciones. La “guerra de tinta”, en expresión del historiador y diplomático español Salvador de Madariaga, fue desde el principio una guerra de propaganda con dos tipos de valoraciones propiciadas desde los dos bandos participantes en la contienda. La muy distinta versión informativa que expresaba un mismo periódico editado en ambas zonas —la cabecera del diario ABC, que aparecía al tiempo en el Madrid republicano y en la Sevilla dominada por los sublevados— puede servir como ejemplo de la ruptura o enfrentamiento nacional existente. Otro tanto cabe decir de las revistas culturales —antifascistas y azules, respectivamente— publicadas durante el trienio, sin olvidar las manifestaciones del teatro, del cine y del cartelismo, así como los símbolos, consignas y mensajes difundidos durante el conflicto y después de su conclusión.

DE LOS TRES DÍAS DE JULIO A LA GUERRA LARGA

Desde el primer momento, el territorio nacional quedó dividido en dos zonas en función del éxito que obtuvieron los militares sublevados. Prácticamente se reproducía el mapa resultante de las elecciones de febrero de 1936; salvo casos aislados, los militares triunfaron en aquellas provincias donde fueron más votadas las candidaturas de derechas, mientras que fracasaron en aquellas donde la victoria electoral correspondió al Frente Popular. El “Alzamiento” (nombre dado por los rebeldes a su levantamiento contra el gobierno constitucional republicano) comenzó el 17 de julio en la ciudad norteafricana de Melilla. Las unidades militares destacadas en Marruecos que no controlaba el gobierno republicano se hicieron pocas horas después con Tetuán y Ceuta. El general Francisco Franco partió el día 18 desde las islas Canarias hacia Tetuán, en una avioneta privada (Dragon Rapide). Ese mismo día se sublevaron los mandos militares de otras divisiones peninsulares; sin embargo, el levantamiento fracasó en las principales ciudades del país. Por otro lado, el 20 de julio de ese mismo año, recién comenzada la sublevación, falleció en un accidente de aviación el que había sido designado por los conspiradores jefe de la rebelión, el general José Sanjurjo.

Desde el día 18, ni el gobierno ni los rebeldes controlaban la totalidad del país. En un principio, la sublevación dejó en manos de los rebeldes Galicia, Navarra, Álava, el oeste de Aragón, las islas Baleares (excepto Menorca) y las Canarias, así como la zona del protectorado español sobre Marruecos, buena parte del territorio de lo que hoy es la comunidad autónoma de Castilla y León, casi toda la provincia de Cáceres y algunas poblaciones de Andalucía. El gobierno republicano conservaba casi toda Andalucía, el País Vasco (salvo Álava), Asturias (excepto la ciudad de Oviedo) y Cataluña, así como la isla balear de Menorca y los territorios de las actuales comunidades autónomas de Cantabria, Castilla-La Mancha, Región de Murcia y la Comunidad Valenciana. Conforme avanzó la contienda, el poder republicano perdió zonas que, desde finales de marzo de 1939, pasaron íntegras a disposición del Ejército franquista.

De cualquier forma, el comienzo de la guerra estuvo vinculado al plan establecido previamente por los conspiradores en la primavera de 1936 y en el que participaron mandos militares —la antirrepublicana Unión Militar Española (UME) y la Junta de generales (de la que Emilio Mola era el coordinador)— monárquicos, tradicionalistas (carlistas) y otros sectores de extrema derecha. El asesinato de José Calvo Sotelo, líder del derechista Bloque Nacional y participante activo en la conspiración contra el gobierno, que tuvo lugar la noche del 12 al 13 de julio, fue el episodio previo al pronunciamiento militar.

Pronto pudo comprobarse que el plan conspirador había fracasado y que el pretendido pronunciamiento decimonónico se convertiría en una guerra larga y cruel de tres años. Durante este trienio las operaciones militares permitieron establecer un desarrollo cronológico, a partir del paso del estrecho de Gibraltar por las tropas del Ejército de África mandadas por el general Franco (julio-agosto de 1936), con tres fases principales. La primera muestra la importancia que ambos bandos otorgaron a la ocupación de Madrid, ciudad que, en consecuencia, pronto fue motivo de asedio por las tropas insurrectas (dando lugar a la conocida como batalla de Madrid). La estrategia de los sublevados, que pretendía acceder a la capital desde el norte y desde el sur, fracasó. Una acción importante en esta primera fase, que en seguida quedaría en el elenco de “mitos” de la contienda, fue la liberación de los rebeldes asediados en el Alcázar de Toledo (28 de septiembre de 1936), defendido desde el 22 de julio por el coronel José Moscardó ante el acoso de las tropas republicanas. Contando con las fuerzas de África, así como con la ayuda alemana e italiana, Franco había avanzado previamente sobre Andalucía y conseguido ocupar en agosto las plazas extremeñas de Mérida y Badajoz, enlazando de esta manera con los sublevados del norte a lo largo de la frontera portuguesa. Mola, a su vez, había logrado cortar la frontera francesa al ocupar la ciudad guipuzcoana de Irún a principios de septiembre.

La segunda fase no abandonó la marcha sobre Madrid. Pero la batalla de Guadalajara (finales de marzo de 1937) se saldó con el éxito republicano, que tuvo presente el plan de ofensiva previsto por el general José Miaja contra las tropas enviadas por Italia. Los alzados decidieron entonces centrar sus principales operaciones en el norte. Con el apoyo decisivo de la aviación integrada en la Legión Cóndor alemana, que realizó una salvaje agresión a la localidad vizcaína de Guernica (26 de abril de 1937), las tropas rebeldes rompieron las defensas de Bilbao (el llamado “cinturón de hierro”) el 19 de junio de 1937, pocos días más tarde del fallecimiento del general Mola en accidente de aviación. En agosto (un mes después de obtener la victoria en la batalla de Brunete), esas mismas tropas entraron en Santander y, en octubre, tomaron las ciudades asturianas de Gijón y Avilés, con lo que los rebeldes completaban la última etapa de la ocupación de la zona norte.

A partir de finales de 1937 comenzó la tercera fase. Los republicanos, siguiendo los planes del general Vicente Rojo, conquistaron en enero de 1938 Teruel, ciudad que no obstante perdieron al mes siguiente. En julio de ese año comenzó la dura y decisiva batalla del Ebro, en la que la derrota del Ejército republicano (noviembre de 1938) dejó despejada la ruta para el avance de los sublevados hacia Cataluña. En los últimos días de enero de 1939, las tropas franquistas se instalaron en Barcelona, para avanzar en fechas sucesivas hacia la frontera francesa y ocupar los pasos desde Puigcerdá hasta Portbou (Girona). La ofensiva final (febrero-marzo de 1939) tuvo por objeto quebrantar las posiciones republicanas todavía pendientes, situadas en la zona centro y en el sur peninsular. A principios de marzo de ese año fracasó el criterio de mantener la resistencia defendido por el presidente del gobierno republicano, Juan Negrín, debido a la creación en Madrid del Consejo Nacional de Defensa. Este organismo, que encabezó el jefe del Ejército del Centro, el coronel Segismundo Casado, destituyó a Negrín y procuró alcanzar una paz honrosa con el gobierno franquista de Burgos después de hacerse con el control de Madrid mediante un cruento enfrentamiento entre las propias tropas republicanas. Sin embargo, no prosperaron sus gestiones encaminadas a lograr una paz acordada. Las tropas franquistas entraron en Madrid el 28 de marzo. Tres días más tarde, el gobierno republicano perdió las últimas plazas todavía fieles. El 1 de abril la guerra había terminado, no así las represalias.

DESARROLLO POLÍTICO DE LA CONTIENDA

Si toda guerra reclama prestar atención a los “hechos de armas”, necesariamente conviene asimismo atender al entramado político que determinó las actuaciones de cada bando. Mucho más si, situados en el final del conflicto, tenemos en cuenta la agonía de la experiencia republicana y el proceso que se inició de forma inmediata tras el estallido de la guerra y que permitió la implantación de un nuevo Estado dirigido por el general Franco.

Cartel frentepopulista Una de las figuras más destacadas del cartelismo republicano, que se desarrolló durante la Guerra Civil española, fue el valenciano Josep Renau. Desde su cargo de director general de Bellas Artes ejerció una importante labor de propaganda política con carteles como el de la imagen.Archivo Fotografico Oronoz

Por parte del gobierno republicano, la jefatura pasó sucesivamente de manos del azañista y dirigente de Izquierda Republicana, José Giral (19 de julio de 1936), a Francisco Largo Caballero (5 de septiembre de 1936) y de éste a Juan Negrín (desde el 18 de mayo de 1937 hasta el final de la guerra) —los dos últimos pertenecientes al Partido Socialista Obrero Español (PSOE)—, en lo que bien puede definirse como una pugna entre dos prioridades: desarrollar un proceso revolucionario o apostar por ganar la guerra primero.

Manuel Azaña, presidente de la República, sustituyó el 19 de julio de 1936 al dimitido presidente del gobierno Santiago Casares Quiroga por Diego Martínez Barrio, quien no llegó a jurar el cargo. No obstante, Azaña nombró ese mismo día a José Giral jefe del gabinete. Tan pronto como este último asumió las responsabilidades de gobierno, la autoridad del poder central se descompuso y se crearon numerosos poderes locales de carácter popular y espontáneo que generaron divisiones intensas y supusieron la pérdida de la unidad política e incluso militar en el ámbito republicano.

El debilitamiento de autoridad, al que aludiría el propio Azaña en su obra teatral La velada de Benicarló (1937), y los avances de las fuerzas rebeldes, explican el cambio de Giral por Francisco Largo Caballero (septiembre de 1936), que ejercía su prestigio y autoridad sobre los obreros principalmente desde la dirección de la Unión General de Trabajadores (UGT), el sindicato afín al PSOE. Largo Caballero hizo cuanto pudo por controlar la situación revolucionaria y formó un gobierno de concentración con presencia de socialistas, comunistas, una minoría de republicanos y nacionalistas vascos y catalanes. Dos meses después incorporó a militantes de la central obrera anarcosindicalista Confederación Nacional del Trabajo (CNT), cuya fuerza era destacada en Aragón, Cataluña y Valencia. Con todo, el enfrentamiento entre las dos tendencias ya aludidas (revolución o guerra) —y ello pese a que durante el gobierno de Largo Caballero mejoró la coordinación en el Ejército republicano— dio al traste con esta experiencia porque fue incapaz de hacer amainar las disputas entre las principales corrientes políticas de la coalición gubernamental.

En mayo de 1937, Azaña puso las riendas del gobierno en manos de Negrín, que pronto sería acusado de estar dominado por los comunistas. Negrín prescindió de inmediato de los anarcosindicalistas y orientó su gestión hacia la victoria militar; la revolución debía esperar. Pero los avatares bélicos desencadenaron una nueva crisis gubernamental en abril de 1938. Desde entonces, Negrín pasó a desempeñar también el cargo de ministro de la Defensa Nacional (anterior Ministerio de la Guerra), que venía ejerciendo el socialista Indalecio Prieto. Los denominados trece puntos de Negrín (nombre por el cual fue conocido el acuerdo propuesto por el presidente del gobierno republicano a las fuerzas franquistas, como base de una posible negociación), promulgados el 1 de mayo de ese año, en un afán por restablecer una democracia consensuada sobre principios alejados del conflicto bélico, no consiguieron recomponer la unidad del Ejército republicano ni sostener el escaso apoyo internacional, debilitado a medida que se retiraban los voluntarios extranjeros que habían formado parte de las Brigadas Internacionales.

El éxito definitivo de la ofensiva franquista sobre Cataluña, a principios de febrero de 1939, impidió que dieran fruto las garantías que el gobierno republicano pedía de cara a la paz: independencia de España y rechazo de cualquier injerencia exterior, que el pueblo pudiera decidir libremente acerca del futuro del régimen, así como garantía de evitar persecuciones y represalias después de la guerra. Estas condiciones propuestas por Negrín en las Cortes reunidas el 1 de febrero de 1939 en Figueras (Girona) no fueron aceptadas por el gobierno de Burgos, que presumía concluir la guerra en breves días. En efecto, la reunión de las Cortes republicanas en Figueras fue la última que tuvo lugar en suelo español. Antes de esa fecha se celebraron reuniones de las Cortes en distintas sedes, dependiendo de las propias circunstancias militares de la contienda. Las primeras tuvieron lugar en Valencia (diciembre de 1936 y febrero y octubre de 1937), en tanto que las postreras se produjeron en distintas zonas del territorio catalán, tales como Montserrat (febrero de 1938), San Cugat del Vallés (septiembre de 1938) y Sabadell (octubre de 1938).

En lo que respecta a la zona sublevada (denominada “nacional” tanto por las propias fuerzas rebeldes como por la historiografía favorable a las mismas), se dictaron paulatinamente medidas políticas al compás de las acciones bélicas, que fueron aplicadas en los territorios ocupados desde el principio y en todos aquellos que se incorporaban tras los éxitos militares rebeldes. La primera y pronta medida adoptada por los insurrectos fue la creación en Burgos de la Junta de Defensa Nacional, el 24 de julio de 1936, que presidió el general Miguel Cabanellas por ser el militar más antiguo e integraron en calidad de vocales los generales Emilio Mola, Fidel Dávila, Andrés Saliquet, Miguel Ponte y los coroneles Fernando Moreno y Federico Montaner.

A finales de septiembre de ese año, la Junta de Defensa Nacional designó a Franco generalísimo de las fuerzas sublevadas (principal jefe militar de las mismas) y jefe del gobierno. Así, el 1 de octubre de 1936 se hizo oficial el acceso de Franco a la jefatura militar y política de quienes se autodenominaban “nacionales”, cargos a los que él mismo unió el de jefe del Estado. Esta medida tuvo su complemento en el llamado Decreto de Unificación (19 de abril de 1937), por medio del cual se creó Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FET y de las JONS), única formación política legal del nuevo régimen —llamado “Movimiento Nacional” por sus partidarios— que fundía los núcleos falangistas y tradicionalistas (carlistas). Esa operación política agudizó las tensiones latentes entre los falangistas desde que, en noviembre de 1936, fuera ajusticiado por los republicanos José Antonio Primo de Rivera, fundador y jefe nacional de Falange Española. El nuevo jefe nacional falangista, Manuel Hedilla, se opuso al decreto unificador, por lo que fue arrestado junto con sus seguidores.

En enero de 1938 se formó el primer gobierno “nacional” presidido por Franco, tras la disolución de la Junta Técnica de Estado, que había sido creada en octubre de 1936 inicialmente como una entidad de apoyo gubernamental a la primigenia Junta de Defensa Nacional. El primer gobierno franquista estuvo compuesto tanto por militares como por figuras civiles falangistas, tradicionalistas y monárquicas. Entre sus miembros cabe destacar a los generales Francisco Gómez Jordana (vicepresidente del gobierno y ministro de Asuntos Exteriores), Severiano Martínez Anido (responsable del Ministerio de Orden Público) y Fidel Dávila (ministro de la Defensa Nacional), al ingeniero naval Juan Antonio Suances (encargado del Ministerio de Industria y Comercio), así como al abogado y cuñado de Franco Ramón Serrano Súñer (ministro de Interior y secretario del Consejo de Ministros), al notario y falangista Raimundo Fernández Cuesta (responsable del Ministerio de Agricultura) y al escritor y político monárquico Pedro Sainz Rodríguez. Asimismo, el 9 de marzo de 1938 se promulgó el Fuero del Trabajo, que acabada la guerra alcanzaría el rango de ley fundamental y, por tanto, entraría a formar parte del peculiar constitucionalismo propio del franquismo.

LA INTERNACIONALIZACIÓN DEL CONFLICTO

Si bien es cierto que la guerra comenzó como un conflicto interno “nacido en suelo español y a la manera española” (en palabras de Salvador de Madariaga), no pudo mantenerse ajena al entorno internacional debido a sus propias raíces ideológicas. Ambos bandos reclamaron inmediatamente apoyos de otras potencias extranjeras, según el panorama existente en la alineación del mundo en la década de 1930, hasta el extremo de que algunos vieron en el conflicto un prólogo de un nuevo enfrentamiento mundial. Si no lo fue, al menos consiguió implicar a la mayoría de partidos políticos y potencias europeas. Hoy nadie pone en duda que la intervención extranjera contribuyó tanto a prolongar la contienda como al futuro del “Movimiento Nacional”. La primera fase de urgencia (julio-agosto de 1936) llevó, por un lado, al gabinete presidido por Giral a solicitar el auxilio del gobierno del Frente Popular francés (presidio por el socialista Léon Blum) y, por el otro, a los rebeldes a concretar el inicial apoyo prestado por Italia (gobernada por el fascista Benito Mussolini) y Alemania (con el nacionalsocialista Adolf Hitler en el poder).

El Frente Popular español contó con el apoyo primigenio de Francia y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Sin embargo, el temor del gobierno francés a crear una situación conflictiva en todo el continente frenó su ayuda y se acogió a la política de no intervención que, propugnada por el gobierno británico, asimismo acabaría aplicando la Sociedad de Naciones. Francia cerró su frontera a la entrada de material bélico destinado a cualquiera de los contendientes, con lo que en realidad perjudicó notablemente al gobierno republicano. Por su parte la URSS, gobernada por Iósiv Stalin, tras comprobar la participación activa y directa de italianos y alemanes, rechazó la política de no intervención. Su apoyo resultó fundamental en blindados, aviones y equipos de asesores militares. En tanto que los rebeldes recibieron aviones, armamento y combatientes de Italia y Alemania (valga como ejemplo la Legión Cóndor), así como la ayuda de los voluntarios portugueses, enviados por el gobierno encabezado por António de Oliveira Salazar, además de otras colaboraciones.

Entre los auxilios recibidos por el gobierno republicano merecen recordarse las Brigadas Internacionales: la III Internacional (también conocida como Komintern) creó un comité internacional para organizar a sus miembros, que contó con la participación de los dirigentes comunistas Palmiro Togliatti y Josip Broz (Tito). Participaron en ellas voluntarios de distintos países movidos por sentimientos antifascistas, cuyo número es difícil de precisar (tal vez, unos 40.000) a causa de los relevos producidos en sus filas durante el transcurso de la guerra. El centro de reclutamiento estuvo en París y entre sus gestores cobró especial relieve el dirigente comunista francés André Marty. Los primeros brigadistas llegaron al puerto español de Alicante en octubre de 1936 para continuar hasta Albacete, en donde se formó la XI Brigada, que pronto participó en la batalla de Madrid. Su intervención al lado de la causa republicana duró hasta octubre de 1938.

En medio de todo este proceso destacó de manera especial lo que se conoció como la política de no intervención asumida por la Sociedad de Naciones, que, en principio, suponía la prohibición de exportar cualquier material de guerra, sin más compromisos por parte de los gobiernos. En septiembre de 1936 nació en Londres el Comité de No Intervención, integrado por los embajadores residentes en la capital británica con el objeto de reducir el conflicto al ámbito nacional. Sin embargo, a la vista de las numerosas violaciones del compromiso, las medidas adoptadas por el Comité de No Intervención no resultaron efectivas y, desde luego, no impidieron que las potencias extranjeras apostaran por uno u otro contendiente, si bien la mayor beneficiada de la actitud de las democracias occidentales acabó siendo la causa franquista, auxiliada de forma reiterada por las potencias del Eje.

Por lo que se refiere al apoyo soviético, la financiación de los suministros bélicos entregados al gobierno republicano se relacionó con las reservas del Banco de España. Dos terceras partes del oro guardado en el banco nacional salieron hacia Moscú, en concepto de depósito primero, y como pago por aquellos suministros posteriormente. El famoso “oro de Moscú” sería un asunto controvertido y utilizado como propaganda por el gobierno franquista. Mientras éste recibió a crédito suministros alemanes e italianos, que fueron abonados en parte después de finalizar la guerra, el gobierno republicano agotó las reservas para pagar la ayuda soviética.

CONSECUENCIAS BÉLICAS

La principal consecuencia de la Guerra Civil española fue la gran cantidad de pérdidas humanas (tal vez más de medio millón), no todas ellas atribuibles a las acciones propiamente bélicas y sí muchas de ellas relacionadas con la violenta represión ejercida o consentida por ambos bandos, entre las que se pueden incluir también las muertes producidas por los bombardeos sobre poblaciones civiles.

En un nivel inmediatamente inferior se puede considerar como consecuencia destacada el elevado número de exiliados producido por el conflicto. Algunas de las principales figuras políticas constituyeron durante muchos años el gobierno republicano en el exilio, de entre cuyos más destacados miembros cabe mencionar al nacionalista gallego y escritor Alfonso Rodríguez Castelao, al socialista Fernando de los Ríos, al comunista Joan Comorera, o a los propios José Giral y Juan Negrín, quienes, al igual que los socialistas Luis Jiménez de Asúa y Rodolfo Llopis, presidieron dicho gabinete, por no olvidar a Diego Martínez Barrio, que entre 1945 y 1962 ejerció el cargo de presidente de la República en el exilio.

En lo que respecta al aspecto económico, las consecuencias principales fueron la pérdida de reservas, la disminución de la población activa, la destrucción de infraestructuras viarias y fabriles, así como de viviendas —todo lo cual provocó una disminución de la producción—, y, en fin, el hundimiento parcial del nivel de renta. La mayoría de la población española hubo de padecer durante la contienda y, tras terminar ésta, a lo largo de las décadas de 1940 y 1950, los efectos del racionamiento y la privación de bienes de consumo.

España y la Guerra Civil (1898-1975): cronología

FECHA
ACONTECIMIENTO
1898

Derrota española en la Guerra Hispano-estadounidense: España pierde Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas.

1910 Se funda en Barcelona la organización anarcosindicalista CNT.
1917 Gran crisis social y política del reinado de Alfonso XIII.
1921 Fundación del Partido Comunista de España (PCE), tras la ruptura interna del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).
1923 Golpe de Estado del general Miguel Primo de Rivera, con la anuencia del rey Alfonso XIII.
1929 Crac de la Bolsa de Nueva York, origen de la Gran Depresión que afectará pronto a España.
1930 Final de la dictadura de Primo de Rivera.
1931 Proclamación de la II República: Alfonso XIII abandona España.
1932 Cataluña obtiene su propio Estatuto de Autonomía. La reforma agraria se convierte en uno de los principales objetivos del gobierno. Las conspiraciones antirrepublicanas han dado comienzo.
Octubre de 1933 José Antonio Primo de Rivera, hijo del ex dictador, funda el partido fascista Falange Española.
Noviembre de 1933 La victoria de los conservadores en las elecciones pone fin a las reformas de los gobiernos de Manuel Azaña.
1934 La llamada Revolución de Octubre, aunque fracasada, abre una profunda crisis entre los sectores sociales y políticos más enfrentados .
1935 Creación de la coalición de organizaciones izquierdistas llamada Frente Popular.
Febrero de 1936 Victoria electoral del Frente Popular. Las conspiraciones antirrepublicanas se incrementan.
Mayo de 1936 Azaña se convierte en presidente de la República.
Julio de 1936 Comienza la rebelión militar que da lugar a la Guerra Civil. Los sublevados obtienen un tercio del territorio español e institucionalizan la represión contra quienes se les resisten. Los defensores de la legalidad republicana y los revolucionarios inician la defensa del territorio no sublevado.
Julio de 1936 La revolución social se extiende por la zona republicana. Al mismo tiempo comienza la represión a cargo de grupos descontrolados contra el clero y los acusados de apoyar a los sublevados.
Agosto de 1936 Brutal represión tras la conquista de Badajoz por parte de los militares rebeldes.
Septiembre de 1936 27 países crean el llamado Comité de No Intervención con el objeto de mantenerse al margen del conflicto español.
Septiembre de 1936 El socialista Francisco Largo Caballero se convierte en presidente del gobierno republicano.
Septiembre de 1936 El general Francisco Franco decide destinar una importante parte de sus fuerzas para liberar a los rebeldes asediados en el Alcázar de Toledo. Franco es designado por los sublevados generalísimo y jefe del gobierno.
Octubre de 1936 Franco une a su jefatura política y militar la jefatura del Estado, el día 1.
Octubre de 1936 El dirigente alemán Adolf Hitler crea la Legión Cóndor para ayudar a los franquistas.
Octubre de 1936 La Unión de Repúblicas Socialista Soviéticas (URSS) envía sus primeros equipos de ayuda a los republicanos. Llegan asimismo los primeros miembros de las Brigadas Internacionales.
Noviembre de 1936 El gobierno de Largo Caballero se dirige a Valencia ante el decidido ataque franquista contra Madrid, repelido por la Junta de Defensa encabezada por el general José Miaja.
Diciembre de 1936 Los primeros soldados italianos, enviados por Benito Mussolini, llegan a España para ayudar a las fuerzas franquistas.
Febrero de 1937 Málaga cae en poder de los franquistas, auxiliados por tropas italianas, el día 3. La inmediata represión se cobra miles de muertos.
Febrero de 1937 La batalla del Jarama finaliza con el relativo fracaso de las tropas franquistas, que no cubren sus objetivos.
Marzo de 1937 Las fuerzas republicanas derrotan a las tropas italianas en la batalla de Guadalajara.
Abril de 1937 Franco promulga el día 19 el llamado Decreto de Unificación, por medio del cual crea una única formación política legal bajo su mando: FET y de las JONS.
La histórica ciudad vasca de Guernica sufre un brutal bombardeo el día 26 a cargo de la Legión Cóndor.
Mayo de 1937 Luchan entre sí en Barcelona distintas fuerzas republicanas enfrentadas a causa de la primacía de la revolución o la organización militar. El socialista Juan Negrín sustituye a Largo Caballero al frente del gobierno republicano.
Junio de 1937 Los franquistas conquistan Bilbao y el resto de los territorios vascos que no se hallaban bajo su control.
Julio de 1937 Derrota republicana en la batalla de Brunete.
Agosto-octubre de 1937 Los franquistas completan la conquista del norte de España.
Enero de 1938 Conquista republicana de Teruel.
Febrero-abril de 1938 Los franquistas recuperan Teruel a finales de febrero y continúan su avance hacia el Mediterráneo a través del territorio republicano, con lo que dividen éste en dos.
Julio de 1938 Comienza la batalla del Ebro con el avance republicano.
Noviembre de 1938 Decisiva derrota de las fuerzas republicanas en la batalla del Ebro.
Diciembre de 1938 Las tropas franquistas lanzan una ofensiva contra Cataluña.
Enero de 1939 El gobierno de Negrín abandona Barcelona y se dirige a Figueras (Girona) poco antes de que la capital catalana cayera en manos franquistas.
Febrero de 1939 Miles de refugiados y el propio gobierno republicano cruzan la frontera francesa; los franquistas conquistan el resto de Cataluña.
Marzo de 1939 El coronel Segismundo Casado encabeza el organismo republicano que sustituye a Negrín con el objeto de alcanzar una paz honrosa. El día 28 entran las tropas franquistas en Madrid.
Abril de 1939 El general Franco hace público el último parte bélico el día 1: la guerra ha terminado con la victoria de quienes se habían sublevado tres años antes.
1939-1975 El triunfo militar permite a Franco gobernar España por medio de una dictadura hasta su fallecimiento, el 20 de noviembre de 1975.

1937 – Batalla de Brunete


Batalla de Brunete, tras capturar las provincias vascas el ejército nacional tomaba un respiro antes de entrar en Santander. Esta situación convenció al ejército republicano, en especial al ala comunista, de que había que distraer la atención del enemigo. Brunete fue el lugar elegido para hacerlo y resulta harto curioso, aunque desgraciado, puesto que el pueblo no disfrutaba de gran importancia estratégica.

Allí se habían reunido dos cuerpos de ejército republicano, con un total de 85.000 soldados, apoyados por 40 carros blindados, 300 aviones, 130 tanques y más de 220 piezas de artillería de campaña. Por entonces Brunete estaba en el lado de los sublevados, contaba con una población de 1.556 habitantes y una discreta importancia respecto a las comunicaciones y al cerco que los nacionales mantenían alrededor de Madrid. La idea era romper ese asedio y quitar presión a la capital. Para ello se ideó un plan que el general Matallana se encargaría de poner en marcha. Por entonces, en junio del 37, el frente estaba establecido en una línea que unía Navalagamella, Villanueva del Pardillo, las Rozas y Madrid, siendo la parte norte territorio republicano y la sur, zona nacional.

El avance del ejército republicano cogió por sorpresa a los nacionales que defendían el lugar con muy pocos efectivos. Los restos de la División 71, formada en su mayoría por falangistas y 1.000 marroquíes, se encargarían de esa inútil defensa. El 6 de julio se coordinó el ataque de la aviación y la artillería y a las pocas horas Brunete estaba rodeado. La alarma corrió entre las filas de los nacionales, aquella era una zona que no se podía perder. El interés de Brunete, más que estratégico, era político y, según decían los mandos, el ejército Nacional no podía permitirse una derrota justo allí. Por eso, no tardaron en disponer la marcha de varias divisiones desde el norte, artillería pesada y la Legión Cóndor, formada por pilotos alemanes, y tristemente célebre por el bombardeo de Guernika 3 meses antes. Mientras, en Quijorna, Villanueva de la Cañada, Villanueva del Pardillo y Villafranca pequeñas guarniciones nacionales resistían el asedio de los republicanos.

En la zona se concentraron enormes efectivos de uno y otro bando. La contienda continuó sin descanso y de forma sangrienta, luchando a campo abierto, con ofensivas constantes de tanques e infantería. Los campos y las casas del pueblo no tardaron en llenarse de fuego, con grandes columnas de humo que podían verse desde la sierra. Además los soldados sufrían grandes penurias en el abastecimiento de agua pese a estar a pocos kilómetros del Guadarrama. En los cielos el combate era igualmente encarnizado. Los aparatos de la Legión Cóndor (los Messerschmitt y Heinkel 111) al mando del Wolfram von Richtofen, se enfrentaban en inferioridad numérica a los chatos rusos, aunque la pericia de sus pilotos y la capacidad técnica de la industria alemana pronto los situó como señores del aire en toda España. Sus Messerschmitt, con una velocidad de casi 600 kilómetros por hora y capaces de cargar 500 kilos de bombas, fueron determinantes.

El 13 de julio y tras 7 días de cruel batalla concluía la ofensiva del ejército republicano, que se aprestaba a defender las posiciones conquistadas, unos 12 kilómetros al sur de Brunete, por la carretera de Navalcarnero. Pese a los refuerzos, el ejército nacional que defendía Brunete había sufrido una gran derrota y el cerco a Madrid se había distendido ligeramente. Se cavaron trincheras, se curaron heridas y se enterró a los caídos. Aquellos días surgieron buena parte de los fortines que podemos ver en el pueblo. Un total de 14 bunkers nacionales.

Los especialistas, aun hoy en día, no se explican como el ejército Republicano detuvo el avance, cuando tenía los medios para haber conquistado mucho más terreno.

Mientras, el ejército nacional reunía efectivos para la conquista del pueblo y su comarca. El 18 de julio divisiones al mando de los generales Sáenz de Buruaga, Asensio y Barrón atacaban Brunete desde el sur. En los cielos la Legión Cóndor se mostraba invencible, habiendo derribado cerca de 21 aparatos republicanos, en su mayoría pilotados por aviadores soviéticos. La batalla se prolongó hasta el 22 de julio, con temperaturas asfixiantes y los conocidos problemas de abastecimiento de agua. Barrón, que atacaba por el centro entró en el pueblo tras romper las líneas republicanas. Los campos que rodean el pueblo ardían y se ocultaban tras el humo. Por todos lados había muertos, trincheras, tanques calcinandos o movimientos de pequeñas tropas que atacaban y se replegaban.

La contienda se trasladó a las calles o a lo que quedaba de ellas, haciendo que el avance fuese aún más lento. Con el pueblo ya perdido la división de Líster se atrincheró en el cementerio y resistió tres días más. Pero la lucha era desesperada y poco había que hacer. Brunete había sido reconquistado, no así las localidades vecinas de Quijorna, Villanueva de la Cañada y Villanueva del Pardillo, que permanecerían en manos republicanas algún tiempo o en tierra de nadie.

La batalla se zanjó con un balance espeluznante. Del lado republicano se contaban 20.000 bajas y cerca de 100 aviones derribados. Del lado nacional 17.000 bajas y 23 aviones. Los primeros, además de llevarse la peor parte, perdieron gran cantidad de material que más tarde echarían de menos en la defensa de Madrid. Las Brigadas Internacionales que habían participado estaban exhaustas y el golpe en el ánimo de los republicanos sería mortal. El batallón Lincoln (formado por norteamericanos de raza negra) casi desapareció en el corazón de Brunete, el batallón británico quedó reducido a 80 hombres, que en palabras de sus mandos “se mostraban indecisos a la hora de ir al frente”. Una brigada polaca se amotinó, negándose en plena batalla a volver al frente. Por el otro bando un batallón de marroquíes fue hecho prisionero y fusilado al completo. Hubo algunas deserciones importantes y se reconoció el enorme papel que habían jugado los tanques en la conquista de Brunete y en los campos que rodean el municipio.

Es una lástima que esta tierra, pasados 65 años, sea recordada en toda España por los 40.000 bajas en esa cruel batalla. Casi todo el pueblo fue destruido por la artillería y la aviación de uno u otro bando. Hoy en día quedan varios testigos vivos de aquellos tristes días y varios fortines que advierten de un terrible pasado, para que nunca vuelva a ocurrir.

La Reconstrucción Tras numerosos bombardeos, incendios y pillajes el pueblo queda destrozado. Su restauración correrá a cargo de Regiones Devastadas, una institución del régimen que dará un aire similar a todos los lugares reconstruidos. Sus señas de identidad, que son las del estado, vienen a rememorar el conocido estilo herreriano, tan acreditado en Madrid y que podemos disfrutar en el Escorial o en el Palacio Real de Aranjuez. Se caracteriza por la pureza de las líneas, con una cierta elegancia matemática y con pocos ornamentos. Vemos capiteles de pizarra y decoración geométrica formada por pirámides y esferas o bolas. Es, sin duda, un estilo clásico, poco espectacular pero limpio y elegante.

La mayoría del pueblo había quedado arrasada con lo que las obras tomaron todas las calles y solares del pueblo. Aún así, fueron la Plaza Mayor y la Iglesia los lugares de mayor trabajo. La primera se había perdido casi en su totalidad en los bombardeos, quedando un gran solar compartido entre la nueva plaza y la línea de la carretera que rodea el pueblo en dirección a Villanueva de la Cañada.

Batalla de Brunete

Parte de la Guerra Civil Española

Fecha

del 6 al 25 de Julio de 1937

Lugar

Brunete, Madrid

Resultado

Neutro, pérdidas en ambos bandos

Beligerantes

II Republica Española

Bando Nacional

Comandantes

José Miaja

Jose Enrique Varela

Fuerzas en combate

80.000 soldados

105 aviones

65.000 soldados

105 aviones

Bajas

entre 20 y 25.000 soldados
entre 60 y 100 aviones

entre 13 y 17.000 soldados
entre 23 y 25 aviones


La batalla de Brunete fue un conjunto de operaciones que afectó a varios municipios del oeste de Madrid, pero que tuvo sus acciones bélicas más destacadas en el pueblo de Brunete. La ofensiva lanzada por el Ejército repúblicanoi, pretendía reducir la presión que las tropas nacionales estaban ejerciendo sobre la capital de España y que amenazaban con tomar la ciudad. Al mismo tiempo pretendían restar efectivos a los sublevados, que habían empezado en marzo de ese año una campaña para ocupar toda la cornisa cantábrica. De haber derrotado a los nacionales en el enfrentamiento de Quijorna, el general republicano Miaja pretendía un avance rápido hacia Extremadura.

La ofensiva inicial republicana que pretendía aliviar la presión sobre Madrid fue un éxito y se conquistó el pueblo. Pero la resistencia de los nacionales desmontó el plan enemigo en tres semanas.

El general José Miaja lo tenía muy claro en el verano de 1937. Si la presión sobre Madrid continuaba, las tropas de Franco entrarían en la capital y obtendrían la victoria un año después del comienzo de la Guerra Civil. Además, el molesto frente que el ejército sublevado había abierto en el Cantábrico le estaba haciendo perder la zona con mayor desarrollo industrial de España. Para aliviar esa doble presión ordenó que se atacase Brunete, para pasar a Navalcarnero y realizar una ofensiva hacia Extremadura. La sorpresa acompañó a los republicanos y tomaron el primero de los pueblos en la madrugada del 6 de julio. La férrea resistencia de los nacionales acabó, 20 días después, con los avances ordenados por Miaja.

El mando republicano sacó dos conclusiones claras. Que las maniobras de distracción solamente tenían un éxito moderado a juzgar por el gran número de bajas sufridas y los escasos frutos logrados, ya que se perdió la cornisa cantábrica. Y que, como figura en el informe de su derrota realizado por el coronel Méndez López, “de los jefes de milicias, el único que sabe leer un plano es el llamado Modesto. Los otros [Líster, Mera o el Campesinos], además de no saber, creen no necesitarlo”.

La batalla de Brunete es otro de esos episodios de la Guerra Civil en los que, teniendo la victoria en sus manos, los republicanos tiraron por la borda una oportunidad de dar la vuelta al curso de la Historia.

El planteamiento era impecable por parte de José Miaja: concentrar muchas fuerzas en el punto más débil del enemigo, romper sus líneas y avanzar recuperando la mayor cantidad de territorio posible. Pero nuevamente los líderes políticos de los milicianos impidieron una victoria que habría significado mucho para la República a la que decían defender. Y todo ello pese a que el inicio de la ofensiva se mostraba como algo prometedor. La madrugada del día 6 de julio se había cumplido el primer objetivo: tomar el municipio de Brunete.

Los 85.000 soldados que Miaja puso a las órdenes del general Vicente Rojo rompieron la defensa inicial de las cuatro divisiones, algo menos de 40.000 hombres en esos momentos, que defendían las líneas nacionales. El siguiente paso era tomar Navalcarnero y Quijorna, lo que suponía romper el frente y obtener el paso franco hacia Extremadura. Pero los generales Miaja y Rojo no contaban con tener al enemigo en casa. Los cuatro líderes milicianos (Cipriano Mera, Valentín González El Campesino, Enrique Líster y Juan Modesto) sin formación militar alguna, que supuestamente estaban a sus órdenes, decidieron que se había cumplido el objetivo prioritario de aliviar la presión sobre Madrid y no estaban dispuestos a pedir mayores sacrificios a sus hombres. Una petición que sí realizó Francisco Franco a sus oficiales, a los que ordenó resistir a cualquier precio con las cuatro divisiones, que se encontraban muy castigadas y diezmadas, mientras se recibían los refuerzos que permitiesen retomar la iniciativa.

Así, mientras que los nacionales Yagüe, Iruretagoyena, Barrón y Cabanillas, militares de probada eficacia, obedecieron las órdenes sin discutir y preparaban sus defensas, los comunistas Modesto y Líster y los anarquistas Mera y El Campesino, sin otra formación que la política, decidían dar descanso a sus tropas.

De esa manera, el 25 de julio, cuando Franco cumplió su promesa y envió una división y dos brigadas de refuerzo, sumando unas tropas totales de 65.000 hombres, derrotaron a los 85.000 republicanos y recuperaron con creces el terreno perdido. Las bajas, 30.000 republicanos y 17.000 nacionales, entre muertos, heridos y prisioneros, dejaban bien clara la diferencia en la eficacia de las dos concepciones en el modelo de guerra. Disciplina militar frente a desidia revolucionaria.

Fuente: Intereconomía

1936 – Batalla de Madrid


Batalla de Madrid ,se denomina al conjunto de episodios bélicos sucedidos en Madrid en el transcurso de la Guerra Civil Española fundamentalmente durante el mes de noviembre de 1936. La sublevación militar contra el gobierno de la II República en julio de 1936 no triunfó en Madrid. Los sublevados se atrincheraron en el Cuartel de la Montaña y fueron reducidos el 20 de julio.

Tras fracasar el alzamiento militar, el bando nacional planeó una campaña rápida para terminar la guerra con la toma de Madrid. La acción fundamental de la ofensiva sería el avance del ejército del general Mola sobre la capital desde en Norte. Sin embargo, la organización de las milicias populares en Madrid tuvo como primer efecto la contención de la ofensiva en la sierra de Guadarrama y la posterior estabilización del frente en esa zona.

Mientras tanto, el fogueado ejército de Marruecos, que había ido ocupando la zona occidental de Andalucía y Extremadura encontraba escasa resistencia entre los milicianos republicanos que no habían usado un arma en su vida y se dirigió a Madrid a cuyas afueras llegó, al mando del general Varela, el 18 de octubre. Ante la amenaza de los nacionales, el día 6 de noviembre, el gobierno de la República, dando por perdida la ciudad, se trasladó a Valencia, dejando la defensa de la capital en manos de la Junta de Defensa de Madrid, que integraba a representantes de las diferentes fuerzas políticas que defendían la República, bajo el mando militar del general Miaja. Miaja y su jefe de Estado Mayor, el teniente coronel Rojo, se aprestaron a diseñar un plan de defensa de Madrid que impidió la rápida caída de la capital.

Entonces fue cuando se creó el Ejército Popular para la defensa de la República, empezando su misión en Madrid. Si bien las tropas asaltantes consiguieron cruzar el río Manzanares, las mejores tropas del ejército nacional se estrellaron contra la resistencia republicana con duros combates en torno a la Casa de Campo, la Ciudad Universitaria y el barrio de Argüelles, donde se estabilizó el frente. Ante la imposibilidad de tomar la capital, el ataque se suspende el 11 de noviembre. La resistencia de las milicias populares predominantemente socialistas y comunistas, luego militarizadas para formar el Ejército Popular, unida de forma decisiva a los refuerzos de las Brigadas Internacionales, permitió que Madrid, convertido en un símbolo de resistencia contra los sublevados (¡No pasarán!), siguiera en manos de la República durante el resto de la contienda. Miles de madrileños ayudaron a los milicianos cavando trincheras, instalando puestos médicos, de comida. El 9 de noviembre de 1936 la primera brigada internacional de voluntarios extranjeros desfilo por la Gran Vía, ante la multitud que los vitoreaba equivocadamente: “¡Vivan los rusos!”, para enfrentarse directamente al Ejército de África.

Durante el año 1937, hubo varios intentos de cercar Madrid, evitando el ataque frontal a la ciudad: batallas del Jarama (una de las más encarnizadas de la guerra) y Guadalajara (en la que intervienen fuerzas italianas), que no consiguieron sus objetivos. El fracaso ante Madrid hizo que se prolongara el conflicto, el cual duraría hasta 1939.

Batalla de Madrid

Parte de la Guerra Civil Española

Fecha

del 8 al 23 de noviembre de 1936

Lugar

Madrid, España

Resultado

Victoria republicana

Beligerantes

II Republica Española

B. Internacionales

Bando Nacional

Comandantes

José Miaja

Emilia Mola

Fuerzas en combate

42.000

(incluye milicias anarquistas, socialistas y comunistas y de las Brigadas Internacionales)

40.000

Bajas

~ 5.000 muertos o heridos (incluida población civil)

~ 5.000 muertos o heridos

 

La increíble historia de los trece chinos que lucharon en la Guerra Civil española


ABC.es

  • Un libro demuestra que se alistaron en las Brigadas Internacionales desde EE.UU., Francia, Alemania, Indonesia, China y España

La increíble historia de los trece chinos que lucharon en la Guerra Civil española

abc Milicianos en el frente de Guadalajara

El Centro de Estudios y Documentación de las Brigadas Internacionales (CEDOBI) de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) ha coeditado un libro en el que se relata la historia de los chinos que combatieron en la Guerra Civil española, encuadrados en las Brigadas Internacionales.

El libro, que han coeditado el CEDOBI y la editorial Catarata, se basa en las historias de trece jóvenes chinos que se alistaron en las Brigadas Internacionales desde Estados Unidos, Francia, Alemania, Indonesia, China y la propia España, según ha informado hoy en una nota de prensa la UCLM.

Ha sido escrito por dos científicos taiwaneses residentes en Estados Unidos, Hwei-Ru Tsou y Len Tsou, que quedaron impactados por el documental de 1983 “The Good Fight: The Abraham Lincoln Brigade in the Spanish Civil War” (“La buena batalla: La brigada Abraham Lincoln en la guerra civil española”).

Los Tsou vieron una fotografía de un joven soldado chino frente al hospital de Benicàssim y decidieron investigar cuál fue la aportación china al movimiento brigadista.

Después de un notable esfuerzo de búsqueda documental y de redacción, han publicado “La llamada de España. Los voluntarios chinos de la Guerra Civil”, que ha sido traducido por profesores de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).

En la presentación del libro, el profesor de la UCLM Juan Sisinio Pérez Garzón y el director del Instituto de Estudios Albacetenses, Antonio Selva Iniesta, se han referido al espíritu de los brigadistas, al que también respondieron estos jóvenes chinos.

“La defensa de la República suscitó un movimiento prácticamente inédito hasta entonces en la interminable historia de los conflictos”, han explicado Pérez Garzón y Selva.

Así, desde el mismo mes de julio de 1936, al extenderse por el extranjero las noticias de la rebelión militar “comenzaron a llegar a España voluntarios procedentes de otros países que llegaban por su cuenta y riesgo, de forma individual”, han añadido.

Los Schindler mexicanos


El País

  • La actividad de cuatro diplomáticos fue crucial para salvar la vida a miles de republicanos españoles

Republicano español en uno de los barcos que llegaron a México. / ACERVO HISTÓRICO DIPLOMÁTICO

La generosidad sin precedentes del presidente Lázaro Cárdenas con los republicanos españoles no hubiera sido posible sin el talento y el esfuerzo de un grupo de intelectuales y diplomáticos mexicanos que, superando unas circunstancias políticas extraordinariamente difíciles, lograron que unos 20.000 refugiados encontraran la libertad y una nueva patria en este país. De figuras como Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, pero sobre todo de Luis I. Rodríguez, Gilberto Bosques, Isidro Fabela y Narciso Bassols bien puede decirse una vez más que nunca tan pocos salvaron a tantos.

Su actividad diplomática durante la posguerra española y la II Guerra Mundial tiene todos los ingredientes de una novela de aventuras. Luis I. Rodríguez, embajador mexicano en Francia entre julio y diciembre de 1940, cumplió con creces la orden de Cárdenas de lograr que el Gobierno de Vichy permitiera a México “acoger a todos los refugiados españoles de ambos sexos residentes en Francia”, la mayoría de ellos internados en campos de concentración.

A primera hora de la tarde del lunes 8 de julio de ese año, Rodríguez llegaba en su Buick al Hôtel du Parc donde sería recibido por el mariscal Pétain. Durante media hora los dos hombres, “él sentado en una butaca y yo al borde de su lecho”, como relató el diplomático en las notas de su diario, discutieron el caso de los exiliados españoles:

-“¿Por qué esa noble intención –me dijo- que tiende a favorecer a gente indeseable?”

-“Le suplico la interprete usted, señor mariscal, como un ferviente deseo de beneficiar y amparar a elementos que llevan nuestra sangre y nuestro espíritu”.

Al final, el mariscal accedió y un convenio firmado el 22 de agosto hizo posible la reanudación del embarque de exiliados a México. Las virtudes y entrega del diplomático mexicano superarían a lo largo de aquellos meses tremendas dificultades como la falta de transporte y recursos económicos, la división entre los republicanos españoles, las dudas sobre la conveniencia de la medida en el interior del propio Gobierno mexicano, la indignación de la derecha de este país ante la llegada de miles de “rojos” y la animadversión de la prensa francesa. Le Petit Journal de Marsella celebraría el acuerdo, en un artículo publicado el 3 de septiembre de 1940, con estas palabras: “Buen viaje, señores, háganse colgar en otra parte”. Y días más tarde en Le Journal, Max Massot firmaba un reportaje sobre los campos de concentración, que comenzaba así: “Los despojos del Ejército español van a salir de Francia (…) huéspedes indeseables, soldados inútiles.

La acción de Luis I. Rodríguez fue también crucial para sacar del territorio francés a Juan Negrín, dar protección jurídica a Luis Nicolau d’Olwer, exministro de Hacienda y exgobernador del Banco de España y enterrar con dignidad a Manuel Azaña.

Aquella mañana del martes 5 de noviembre de 1940, el prefecto de Montauban quiso impedir la presencia de españoles en el cortejo y enterrar al último presidente de la II Republica con la bandera de Franco. Rodríguez se enfrentó a él, negándose a semejante “blasfemia”, y al no poder hacerlo con la republicana, desafío al representante de las autoridades francesas con estas palabras: “Lo cubrirá con orgullo la bandera de México; para nosotros será un privilegio; para los republicanos, una esperanza, y para ustedes una dolorosa lección”.

En 1973, Luis I. Rodríguez, de quien Pablo Neruda escribió que tenía “algo de domador popular y algo de gran señor de la conciencia”, fue enterrado en México en un féretro cubierto con la bandera de la República española.

Otro gigante de la solidaridad internacional fue Gilberto Bosques, cónsul general de México en París en aquellos años, quien rescató a Max Aub del campo de concentración de Vernet y más tarde de otro del norte de África. Amigo de Negrín, a quien califica de “gran gourmet” en el libro Gilberto Bosques: el oficio del gran negociador, resumen de ocho entrevistas realizadas al diplomático por Graciela de Garay en los años ochenta, Bosques trasladó el consulado a Marsella tras la rendición de Francia. Allí se las ingenió para alquilar dos castillos que convirtió en residencias de asilo para los exiliados españoles. En el castillo de Reynarde se alojaron 850 refugiados de todas las profesiones y oficios. En el de Montgrand, 500 mujeres y niños. Bosques organizó la vida de los republicanos en esta especie de purgatorio antes de embarcarlos para México, vía Marsella o Casablanca, creando un servicio médico, una oficina jurídica, una escuela e incluso montando obras teatrales y competiciones deportivas.

La actividad de Bosques se complicaría tras la evacuación de refugiados judíos y la consiguiente ruptura de relaciones de México con el régimen de Vichy en noviembre de 1942. La legación fue asaltada por la Gestapo y las 43 personas que la integraban con el cónsul y su familia a la cabeza fueron detenidos y trasladados en febrero de 1943 a un hotel prisión de Bad Godesberg, en Alemania, donde permanecerían un año.

Una vez liberados, de regreso a México, Bosques sería nombrado embajador en Portugal tras el fin de la II Guerra Mundial. Allí continuaría la labor realizada en Francia. “Se me encargaría de auxiliar a los refugiados españoles que atravesaban la frontera de España y Portugal y eran capturados por la policía portuguesa para ser entregados a Franco. Regularmente su destino era el cadalso”.

Tras pasar por Suecia y Cuba, el diplomático se retiró de la vida pública en 1964 con la llegada a la presidencia mexicana de Gustavo Díaz Ordaz. “No quería verme en el caso de colaborar con ese señor”, se justificó.

Antes, Isidro Fabela y Narciso Bassols, se habían erigido, desde su posición de delegados de México en la Sociedad de Naciones, en defensores morales de la II República, denunciando en Ginebra la intervención de la Italia fascista y la Alemania nazi en la guerra civil española y la hipócrita neutralidad de las democracias. Con discursos y obras –Bassols sería embajador en Francia al comienzo de la crisis de los refugiados españoles en febrero de 1939- ambos articularían la iniciativa humanitaria de Cárdenas.

Fabela adoptaría dos huérfanos españoles y sería entre 1942 y 1945 gobernador del Estado de México donde formaría dentro del futuro PRI el influyente grupo de Atlacomulco, su pueblo natal y el mismo de Peña Nieto. Bassols rompería con Cárdenas tras acoger este a Trotsky y en 1944 sería nombrado embajador en la URSS. Pero eso ya son otras historias. Sus acciones, junto con las de Rodríguez y Bosques, no solo salvaron la vida a miles de españoles. Consagraron el derecho de asilo como una actitud internacional de México.

Bilbao, con el Ejército y su «Garellano» (exposición 1-9 diciembre)


ABC.es

Triptico de la exposición

¿Un buen plan para el Puente de la Inmaculada o quizás para el fin de semana del 1-2 de diciembre? Pues entonces sepa que la Villa de Bilbao es el destino militar y su Regimiento de Infantería Ligera «Garellano» 45 el anfitrión.

Y es que en una excepcional iniciativa, el Ayuntamiento de Bilbao y el Regimiento “Garellano” han organizado una exposición que, del 1 al 9 de diciembre, recorrerá la Historia y los hitos más señalados de esta unidad militar (más antigua que el Athletic Club) que cumple este año 125 años desde que se enraizó en Bilbao.«Soy soldado en Garellano. Regimiento bilbaíno, por el amor a la villa y Español por su destino», reza la primera estrofa del himno de la unidad que puede leerse en el reverso del tríptico informativo de una exposición que se celebrará en el Centro Municipal de «Basurto» (calle Zankoeta,1). ¿El horario? De 10 a 14h., y de 16 a 20h, domingos incluidos, por supuesto.

La exposición recoge diversas áreas temáticas como la llegada del regimiento a tierras de Vizcaya (Orduña y Bilbao); el convulso periodo de 1896-1921 con la Guerra de Cuba como protagonista y el restablecimiento del orden en la provincia vasca; la Guerra de Marruecos (1921-1926); II República, Guerra Civil española y Régimen de Franco (todas ellas por separado), así como el Reinado de S. M. Juan Carlos I y las misiones internacionales en las que el regimiento ha participado.

También habrá una exposición de vehículos y una sala de proyección. «Bilbao y su Regimiento Garellano. 125 años juntos», es el título oficial de la exposición que cuenta con fondos del propio regimiento, de colecciones privadas particulares, de la asociación Retogenes (amigos de la Historia Militar) y del Museo del Ejército.

«La exposición no genera gasto alguno al Ejército ya que se cuenta con patrocinadores locales (empresas)», quieren destacar desde el Ejército, sobre todo en estos tiempos de optimización de recursos.

La inauguración será presidida por una autoridad civil del Ayuntamiento de Bilbao y por una autoridad militar. Hoy el Regimiento de Infantería Ligera «Garellano» 45 tiene su sede en el acuartelamiento de Soyeche, en Munguía.

El tríptico anverso recoge unas palabras del actual coronel jefe del Regimiento, Luis San Gil Cabanas: «Los actuales miembros del Regimiento queremos celebrarlo con todos los Bilbaínos, con los que un día fuisteis “Sortxis” del Garellano y con los que queréis al Regimiento como si lo hubierais sido».

El Regimiento de Infantería Ligera «Garellano» 45, cuyos integrantes reciben el sobrenombre de «Bizarros», debe su nombre a un río italiano donde las huestes del «Gran Capitán» libraron una segunda decisiva batalla, tras la de Ceriñola, en el contexto de la II Guerra de Nápoles contra Francia (1503).

triptico-garellano-dos.jpg

Pues lo dicho, el primer fin de semana de diciembre, o durante el Puente de la Inmaculada, hay cita histórico-militar, y de la buena, en la Villa que fundara Don Diego López de Haro allá por el 1300. Y después… pues a disfrutar de su Guggenheim, sus «pintxos», sus «txakolis» (u otros vinos españoles) y su buen comer.

PD- Vayan desde aquí los parabienes oportunos al alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna (PNV), por ceder las instalaciones municipales a esta institución tan bilbaína como la que más.

Madrid aquel 18 de julio de 1936


El Pais

Aquel 18 de julio era sábado. El Sol se abatía sobre Madrid con un sofocante abrazo. Las frescas penumbras que proyectaban las casas, que los patios ocultaban como codiciados tesoros, apenas mitigaban el rigor del estío. El calendario zaragozano informaba de que la Luna se hallaba a dos noches del plenilunio. Anunciaba también la festividad de san Camilo. El alcalde republicano de Madrid se llamaba Pedro Rico. Los barrios de Moratalaz, Chamartín y del Niño Jesús no existían. Tampoco la Torre de Madrid, ni el edificio España, ni el estadio Bernabéu.

La ciudad terminaba por el norte en un hipódromo situado donde hoy se alzan los Nuevos Ministerios. Junto al Retiro, confín entonces de la ciudad por el este, pequeños trenecillos yeseros circulaban en dirección a Arganda. Luis Gutiérrez Soto comenzaba su edificio de la calle de Miguel Ángel, con sus atrevidas ventanas poligonales, bow windows. Al sur, Vallecas era un municipio aparte, como los de Vicálvaro, Fuencarral, Chamartín, los Villaverdes, los Carabancheles y El Pardo.

“La ciudad era un Valladolid algo más grande”, dice José Luis Rodríguez, de 90 años, hoy vecino de Bretón de los Herreros. Por muchas calles del centro de la ciudad apenas cruzaba un automóvil al día. Mozalbetes de chaleco de rombos y pantalón corto jugaban a la pelota en la vía pública hasta que se acercaba uno. Entonces, alguno se volvía hacia los demás y gritaba “¡Coche!”. Paraba el juego, cruzaba el auto y las carreras proseguían en pos de la pelota de goma.

Las chicas bajaban mucho menos a la calle. Muñecas de trapo, peponas de trenzas largas, dominaban sus juegos. Cacharritos de aluminio decoraban las cocinas de sus casitas imaginarias. Desde bien pequeñas, sobre ellas recaían muchas de las faenas del hogar.

“Recuerdo que hacía mucho calor aquel 18 de julio. Desde pocos días antes, habían corrido de boca en boca rumores de malestar militar, pero yo estaba entonces a otras cosas propias de mi edad, aunque en casa nunca imaginó nadie que aquel levantamiento castrense escondía la hidra de la Guerra Civil”, asegura Francisco Lucas Sansón, hoy nonagenario: “En la Gran Vía, por donde paseaban buena parte de los madrileños en días festivos, se escuchó aquella mañana a un joven vendedor de periódicos vocear el titular de Ahora, el periódico que vendía por 25 céntimos: ¡Se subleva el ejército de Marruecos!”.

“Los tiros no empezaron hasta el 21 de julio, en torno al cuartel de la Montaña, donde hoy está el templo de Debod”, recuerda Francisco Lucas, que posteriormente se hizo camillero de Cruz Roja y fue condecorado. Tenía entonces 15 años. Era hijo único de un ama de casa y de un fontanero, cuyo salario era de siete pesetas, unos cuatro céntimos de euro. Vivían en la calle de Conde Duque. Él estudiaba cuarto de Bachillerato en el instituto Cardenal Cisneros. “Aquellos días habían sido tranquilos. Yo estaba de vacaciones y jugaba en la calle con mis amigos. Tomábamos chucherías como palulú,pipas de girasol y chochos, una especie de chufas muy ricas. Entre los refrescos, la gaseosa tenía mucha demanda. Comíamos en nuestras casas a las tres de la tarde. Con un duro, es decir, cinco pesetas, se alimentaba una familia de cuatro personas. Al pan más blandito le llamábamos ‘de Viena’. Costaba entre 5 y 15 céntimos de peseta. Se vendía en una tahona del barrio de Pozas -hoy desaparecido-, cerca de mi casa”. La leche se adquiría en vaquerías que mantenían media docena de vacas, allí mismo ordeñadas.

“El cocido era el menú más frecuente en la mayoría de los hogares. Los ricos frecuentaban comedores lujosos, como Botín y L’hardy, pero el pueblo llano desconocía los restaurantes”, cuenta Feli Plaza, hoy de 93 años, que aquel día tenía tan solo 19. Aprendiz en un taller de costura de la calle de Bárbara de Braganza, Feli pertenecía desde cuatro años antes a las Juventudes Socialistas. “Nos reuníamos en un descampado donde hoy se encuentra El Corte Inglés de Princesa”, comenta.

Por las tardes, niños y adolescentes merendaban pan y chocolate. “La onza costaba 10 céntimos y la barrita de pan, siete. Cuando teníamos un poco más de dinero, íbamos al cine”, explica. Cada barrio tenía dos o más salas cinematográficas. “Echaban películas de sesión continua y salíamos del cine con el pecho inflamado de aventuras”.

También Feli Plaza recuerda el cine al aire libre del paseo del Prado. “Disfrutábamos de lo lindo. Las chicas íbamos con nuestros padres”. Los desplazamientos se hacían en tranvía o en metro. El billete costaba 10 céntimos de peseta. Para ahorrase esos céntimos y poder jugar al billar en el bar Sainz, de Carabanchel, Melquisedech Rodríguez caminaba a diario desde su casa hasta su taller de metalurgia en la calle de Echegaray. Melqui, como le llamaban sus compañeros, pertenecía a las Juventudes Socialistas Unificadas, hegemonizadas por los comunistas. “Aquel 18 de julio, por orden de nuestro comité de radio, vigilábamos discretamente los accesos de cuarteles de Campamento, porque el rumor de una inminente sublevación militar sonaba con mucha fuerza”, recuerda.

La sede de la Casa del Pueblo del Partido Socialista y la UGT se encontraba en la calle de Piamonte, cerca de la de Augusto Figueroa, donde el teniente Castillo acababa de ser asesinado a principios del mes de julio a manos de pistoleros fascistas.

En la calle de Espalter, junto al Retiro, vivían entonces el político de izquierda Julio Álvarez del Vayo, que moriría en el exilio, y el pensador de extrema derecha Ramiro de Maeztu, fusilado cuatro meses después en Paracuellos de Jarama. Cerca de allí, en sendas cervecerías de la calle de Antonio Maura y de la plaza de Cibeles, un oficial del espionaje nazi, Juan Hinz, bajo la cobertura de comerciante de granos y precisamente en aquellas horas del 18 de julio de 1936, ultimaba con militares franquistas detalles de la entrega de armas de Hitler a los conspiradores contra el Gobierno legítimo de la Segunda República.

Pero la población madrileña ignoraba inocentemente aquellos oscuros manejos: las mujeres mostraban sus peinados “de ondas” y vestían trajes siempre por debajo de la rodilla, a veces faldas ajustadas con forma de tubo. Muchas de ellas, sobre todo modistillas, paseaban cantando en alto. “Recuerdo que la canción más escuchada entonces era Mi jaca, cuya letra el pueblo de Madrid había cambiado en clave humorística, para así parodiar un enorme cartel electoral que en la Puerta del Sol colocaron los seguidores de Gil Robles, de la CEDA, Confederación Española de las Derechas Autónomas, y que decía ‘A por los 300’, en referencia al número de diputados que aspiraban conseguir en unas elecciones”. “Por ello, las chicas cantaban entonces: ‘Mi jaca / galopa y corta el viento / cuando va por los 300 / caminí… to del poder”, cuenta Francisco Lucas Sansón.

Otras mujeres adultas vestían hábitos, uniformes de un color liso, morado o negro, que ceñían con un cíngulo de cordón trenzado anudado al cuello. De esa forma cumplían sus “promesas”, ejercicios punitivos que se autoimponían para así expiar supuestos pecados y culpas. “Templos como Los Jerónimos o San José congregaban los domingos a niños y niñas de barrios obreros que allí eran catequizados. Damas de la aristocracia y la alta burguesía les distribuían ropas y, en ocasiones, golosinas. Entre las niñas solían reclutar a las fámulas que luego les servirían como criadas en sus mansiones. Los colegios religiosos, separados por sexos, tenían dos accesos, para las alumnas de pago y las gratuitas, respectivamente. Otros colegios languidecían en pisos umbríos”.

“Por las tardes”, prosigue Francisco Lucas Sansón, “solíamos escuchar Unión Radio, cuya emisora se encontraba en la Gran Vía. La hoy plaza de España no tenía la hondura que posee ahora, porque la calle de Leganitos conectaba en línea recta con la plaza de Cristino Martos, sin apenas desniveles”, explica.

“Madrileños y madrileñas también frecuentaban la Castellana, donde el general golpista Francisco Franco tenía un piso en su esquina con la calle del Marqués de Villamejor. Los bulevares se veían aún surcados por andenes de arena para desplazamientos a caballo”. “Estaban flanqueados por un centenar de palacetes, a cada cual más bonito”, cuenta Feli Plaza. “En los merenderos de la Castellana, mi padre vendía marisco que llevaba en una cesta de mimbre, para redondear su salario”, añade.

Al caer la noche, las gentes sacaban a los portales de sus casas sillas de anea y conversaban. Pero aquel Madrid provinciano e incauto se esfumó para siempre apenas unas horas después. El tranquilo discurrir dio paso a las sirenas, las bombas incendiarias y las muertes. Los escombros sepultaron la ciudad bajo su peso inerte. La historia de Madrid inauguraba, aquella noche, cuatro décadas de tristeza, furia y resistencia.

Qué sabía y qué hizo la República el 18 de julio


El Pais

POR SANTOS JULIÁ

Consejo de Ministros del 12 de mayo de 1936, el último presidido por Manuel Azaña al ser nombrado jefe del Estado. Sentados, de izquierda a derecha: José Giral, Carlos Masquelet, Augusto Barcia, Azaña, Antonio de Lara, Gabriel Franco, Santiago Casares y Marcelino Domingo. De pie, de izquierda a derecha: Manuel Blasco, Enrique Ramos, Mariano Ruiz Funes y Plácido Álvarez. Foto: Efe

Consejo de Ministros del 12 de mayo de 1936, el último presidido por Manuel Azaña al ser nombrado jefe del Estado. Sentados, de izquierda a derecha: José Giral, Carlos Masquelet, Augusto Barcia, Azaña, Antonio de Lara, Gabriel Franco, Santiago Casares y Marcelino Domingo. De pie, de izquierda a derecha: Manuel Blasco, Enrique Ramos, Mariano Ruiz Funes y Plácido Álvarez.        Foto: Efe

 

Todo el mundo hablaba de ella, pero, al final, la rebelión militar de julio de 1936 constituyó para todos, incluso para quienes habían conspirado o trabajado por ella, un acontecimiento asombroso en su magnitud, incierto en su desarrollo. Todo el mundo la esperaba, pero nadie había previsto que la rebelión se convirtiera, por no triunfar pero también por no ser aplastada, en pórtico de una revolución y comienzo de una guerra. Que la rebelión militar no triunfara se debió, en sustancia, a la incompetencia de los conspiradores, a sus improvisaciones, divisiones y vacilaciones; pero que no fuera aplastada se debió, en primer lugar, a la incompetencia del Gobierno y a la política de esperar y ver seguida, hasta el día de su estallido, por las fuerzas que lo apoyaban.

1. La espera

El Gobierno de la República, presidido por Santiago Casares Quiroga, celebró su acostumbrada reunión el viernes, 10 de julio de 1936. El ministro de Comunicaciones y Marina Mercante, Bernardo Giner de los Ríos, entregó al presidente unas notas con abundante documentación sobre las conversaciones captadas por la policía entre los militares que conspiraban contra la República. La sublevación militar, dijo el presidente a los reunidos, puede ser inmediata, quizás mañana o pasado. Se quedaron todos perplejos ante la noticia, más aún cuando Casares les informó de las largas horas de meditación que el presidente de la República, Manuel Azaña, y él mismo habían dedicado al seguimiento de la conspiración. Azaña y Casares decidieron, ante esos informes, que solo existían dos opciones: abortar el movimiento ordenando la detención inmediata de todos los implicados o esperar que la conspiración estallase para yugularla y destrozar de una vez la amenaza constante que desde su nacimiento venía pesando sobre la República. Optaron por la segunda.

Esperar que la sublevación se produjera para yugularla fue lo que en agosto de 1932 habían decidido también Manuel Azaña, como presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, y Santiago Casares, como ministro de la Gobernación, ante los informes policiales sobre una inminente rebelión encabezada por el general Sanjurjo. Esa era su experiencia en rebeliones militares y esa fue su invariable posición desde que, a raíz del triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, corrieron rumores y circularon noticias sobre una nueva, y más amplia, conspiración militar. Mejor, esperar a que diera la cara. Ellos la conocían y habían tomado medidas preventivas que consideraron suficientes para desarticularla: algunas detenciones, varios cambios de destino, ascensos, nombramientos al frente de la Guardia Civil y de la sección de Asalto de la Policía Gubernativa; ellos dejaron que los implicados más notorios siguieran adelante con sus planes; ellos creían tener en mano los resortes de poder suficientes para sofocar la rebelión, cuya máxima dirección se atribuía otra vez a Sanjurjo, inmediatamente que se produjera.

Esta línea estratégica era compartida por los partidos del Frente Popular, ha recordado Manuel Tagüeña (comunista y destacado estratega militar durante la Guerra Civil); como lo era también por los anarquistas y sindicalistas de la FAI y la CNT, que esperaban la sublevación militar para “salir a la calle a combatirla por las armas”. La reiterada negativa de Francisco Largo Caballero a incorporar al PSOE a un gobierno de coalición bajo presidencia socialista se basaba en la obcecada seguridad de que cuando los republicanos fracasaran y se vieran obligados a dimitir, todo el poder vendría a sus manos. El guion de la llegada en solitario de los socialistas al Gobierno contemplaba, como fase intermedia, un movimiento de la derecha para conquistar violentamente el poder. Y si Casares, ante las noticias que le llegaban, había optado por esperar, Largo Caballero, ante los informes de inminente rebelión respondía: si los militares “se quieren proporcionar el gusto de dar un golpe de Estado por sorpresa, que lo den”. Que lo den, porque a la clase obrera unida nadie la vence

De esta manera, republicanos, socialistas y anarcosindicalistas se mantuvieron desde principios de junio en una agotadora espera de la rebelión, los primeros repitiéndose que era necesario que el grano estallase para así extirparlo mejor; los segundos, convencidos de que la iniciativa de los militares abriría a la clase obrera las puertas del poder cabalgando sobre una huelga general; los terceros, decididos a responder en la calle con las armas. Las voces de alerta que llegaban de gentes más cautas cayeron en oídos sordos. No había más que esperar.

2. La resistencia

Una semana después, el viernes, 17 de julio, Santiago Casares informó al Consejo de Ministros de que la rebelión, tan esperada por todos, había triunfado en Melilla y que era de temer su triunfo en el resto de las plazas de África. Había terminado la espera, los rebeldes habían salido a la calle y se habían hecho rápidamente con el control de la situación, pero el Gobierno, sin saber qué hacer, se limitó a publicar en la mañana del 18 un comunicado en el que daba ya la sedición por sofocada. Por la tarde, Casares convocó a consulta en consejillo a los ministros, al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, y a los dirigentes de las dos facciones en las que había quedado dividido y bloqueado el partido socialista, Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto. La rebelión, mientras tanto, se había extendido por la península, sin que los comunicados sobre su control ni el decreto licenciando a las tropas de las guarniciones sublevadas hubieran servido más que para confundir en unos casos y paralizar en otros a los gobernadores civiles, que trataban de contenerla por medio de las escasas fuerzas de orden público y de militares leales bajo sus órdenes.

De manera que lo que el Gobierno tenía a la vista en la tarde del sábado, día 18, excedía con mucho lo esperado; más aún, lo que ocurría en África y lo que se había extendido a la península daba la medida de la estrategia suicida seguida por el Ejecutivo y los partidos y sindicatos que le servían de apoyo al haber confiado todo a la acción de las fuerzas de policía y Guardia Civil o a los efectos taumatúrgicos de una huelga general. Los rebeldes, que tal vez creyeron en un primer momento que bastaría con un pronunciamiento al viejo estilo, comenzaron a matar a mansalva cuando tropezaron con los primeros obstáculos: decenas de militares fueron asesinados por sus compañeros de armas en las primeras horas de la rebelión. Y cuando se comienza matando a los compañeros de acuartelamiento o asesinando a los superiores en el mando, no hay marcha atrás: al salir de los cuarteles a la calle, se sigue matando o se muere en el empeño.

Ante la evidencia de que aquella rebelión nada tenía que ver con un pronunciamiento al estilo de Primo de Rivera o de Sanjurjo, el presidente del Gobierno no supo qué camino tomar, salvo el de la dimisión. Militantes de sindicatos, partidos, juventudes y milicias habían comenzado a echar mano a pistolas y fusiles y a salir ellos también a la calle para resistir en grupos informales a la acción subversiva de los militares. Exigían armas aunque nadie en el Ejecutivo estaba dispuesto a entregarlas. Más aún: Manuel Azaña, ante la dimisión de Santiago Casares, trató de formar un Gobierno de “unidad nacional”, desde Miguel Maura por la derecha a Indalecio Prieto por la izquierda, presidido por Martínez Barrio, con suficiente autoridad para negociar con los cabecillas de la rebelión. Maura rechazó la oferta y Prieto consultó con su partido, que le volvió a negar su autorización. Martínez Barrio siguió adelante, solo para recibir de los rebeldes la respuesta de que era tarde, muy tarde, y ser acusado de traición por los leales en una multitudinaria manifestación que exigía su dimisión en la mañana del domingo 19. Dimitió pues, a las seis horas de formar su Gobierno, dejando en manos de Manuel Azaña la dramática decisión de distribuir armas a grupos ya armados o renunciar a la máxima magistratura de la República.

3. La revolución

Azaña optó esta vez por lo primero. Habló por teléfono con Lluis Companys y recibió una respuesta tranquilizadora: la rebelión está vencida en Barcelona, le dijo el presidente de la Generalitat; sólo quedaba un núcleo de resistencia en la antigua Capitanía General. Sin tiempo ni razón para abrir las reglamentarias consultas, el presidente de la República convocó al Palacio Nacional a los dirigentes de los partidos y de los sindicatos obreros con objeto de resolver la crisis de manera que todos se sintieran comprometidos en la fórmula que se adoptase. La respuesta fue desalentadora: no habrá Gobierno de unidad. De la reunión saldrá su correligionario y amigo José Giral investido como presidente de un Ejecutivo similar a los anteriores en su composición exclusivamente republicana. Largo Caballero, que también había acudido a la cita, rechazó por tercera vez la participación socialista y sólo prometió su apoyo a Giral bajo la condición de que procediera a repartir armas a los sindicatos.

Paradójicamente —es Manuel Tagüeña quien habla de nuevo— la sublevación militar había desencadenado la revolución que pretendía impedir, y el poder efectivo pasó a manos de los grupos armados, anarquistas, socialistas y comunistas, que engrosaron rápidamente sus filas. El Gobierno republicano se mantuvo en pie, pero la República se eclipsó, huérfana de poder. En el exterior, el nuevo Gobierno, que envió emisarios a Francia para gestionar la compra de armas, tropezó de inmediato con la farsa de la no intervención. En el interior, el poder del Estado se desvaneció ante la patrulla que, en cada localidad, controlaba la salida y entrada de forasteros o que en las calles de la ciudad detenía a los transeúntes y les exigía la documentación, cumpliendo funciones de policía, de juez y de verdugo sin control superior alguno. Era un nuevo poder, fragmentado, atomizado, cuyo alcance terminaba en las afueras de cada pueblo o en las calles de cada ciudad. Un poder que fue capaz de aplastar la sublevación allí donde pudo contar con la colaboración de miembros de las fuerzas armadas y de orden público, como había ocurrido en Barcelona, Madrid o Valencia, pero incapaz de hacer frente a los rebeldes allí donde los guardias civiles y los policías tomaron también el camino de la rebelión.

Constituiría, sin embargo, un error atribuir al reparto de armas el origen de esta revolución, sobrada de fuerza para destruir, carente de unidad, de dirección y de propósito para construir un firme poder político y militar sobre lo destruido. Ante todo, porque desde la tarde del mismo día 18, automóviles y camionetas “erizados de fusiles” habían comenzado a circular por las calles de Madrid y Barcelona. De hecho, en Cataluña, la CNT y la FAI festejaron el 18 de julio como el día de la revolución más hermosa que habían contemplado todos los tiempos. No fue el reparto de armas, fue la rebelión militar que, como escribió Vicente Rojo [jefe del Estado Mayor republicano], pulverizó en sus fundamentos jurídicos y morales la autoridad del Estado, lo que abrió ancho campo a una revolución movida en las primeras semanas por el propósito de liquidar físicamente al enemigo de clase, comprendiendo en esta denominación al ejército, la iglesia, los terratenientes, los propietarios, las derechas o el fascismo; una revolución que soñaba edificar un mundo nuevo sobre las humeantes cenizas del antiguo.

El daño para la República fue que esa revolución, en manos de grupos armados con pistolas, fusiles y algunas ametralladoras, era por su propia naturaleza impotente para oponer una defensa eficaz del territorio allí donde los rebeldes disponían de tropas para pasar a la ofensiva. Los militares lo entendieron enseguida y buscaron en la Italia fascista y la Alemania nazi los recursos necesarios para convertir su rebelión, que no fracasaba del todo pero que tampoco acababa de triunfar, en una guerra civil. A los partidos, sindicatos y organizaciones juveniles que resistieron la rebelión les costó más tiempo, y no pocas luchas internas, convencerse de que la revolución sucumbiría si el resultado de la guerra era la derrota. Para cuando lo entendieron y se incorporaron al Gobierno con el propósito de iniciar una política de reconstrucción del ejército y del Estado, la República, abandonada por las potencias democráticas, había perdido ya más de la mitad de su territorio.