Las mentiras sobre la persecución de brujas en España, el país que no se unió a la masacre de mujeres


ABC.es

  • La actuación de la Inquisición se encaminó durante los siglos XVI y XVII a la reinserción de las acusadas de brujería en el seno de la Iglesia, más que a la pena de muerte. En el norte de Europa las ejecuciones se aproximaron a las 60.000
 El Aquelarre, cuadro de Francisco Goya - Museo Lázaro Galdiano

El Aquelarre, cuadro de Francisco Goya – Museo Lázaro Galdiano

La leyenda negra achaca a la Inquisición española la muerte de miles de mujeres acusadas de brujería, entre otras exageraciones y cifras huérfanas de documentación. No en vano, los datos tumban la historia que los enemigos del Imperio español inventaron con el fin de desacreditar a la potencia hegemónica. Mientras que en Alemania se condenaron a muerte a 25.000 mujeres, se calculan únicamente 300 casos en España. El sur de Europa, en verdad, permaneció ajeno a uno de los episodios más oscuros en la historia del continente.

Tras el estreno de la película «La bruja» (Robert Eggers, 2016), ha vuelto a colación el debate sobre la sangrienta persecución que se desencadenó en el norte de Europa. Salvados los siglos más tenebrosos de la Edad Media, se desató a comienzos de la Edad Moderna una inesperada obsesión por la caza de brujas, porque, según sostiene el historiador Ricardo García Cárcel, se introdujo una nueva novedad en la sociedad: «la idea de que el demonio estaba en todas partes y que las brujas habían sido creadas por él».

60.000 condenas a muerte

La fiebre cazadora empezó a finales del XV respaldada, en 1484, por el papa Inocencio VIII en la bula Summis desiderantes affectibus: «Muchas personas de ambos sexos se han abandonado a demonios, íncubos y súcubos, y por sus encantamientos, conjuros y otras abominaciones han matado a niños aún en el vientre de la madre, han destruido el ganado y las cosechas, atormentan a hombres y mujeres y les impiden concebir». Se abría la veda.

«El problema se agravó porque la intelectualidad europea y racionalista se obsesionó con el demonio»

La fiebre tornó en delirante conforme avanzaban los años. «A finales del siglo XVI el problema se agravó porque la intelectualidad europea y racionalista se obsesionó con el demonio y mezcló esta idea con la de las brujas», explica García Cárcel, autor de «La Inquisición», Madrid, Anaya, 1995. A consecuencia de este fenómeno se vivieron ochenta años de terror que afectaron, sobre todo, a la Europa central, Inglaterra y a los países más avanzados. El empeoramiento del clima, las malas cosechas y la peste azotaron el continente a finales de siglo, mientras que la persecución de brujas se intensificaba coincidiendo con las crisis económicas.

Los investigadores actuales estiman que entre mediados del siglo XV y mediados del siglo XVIII se produjeron entre 40.000 y 60.000 condenas a la pena capital por ese concepto. La mayor parte de los ejecutados tuvo lugar en Alemania y los países colindantes. No obstante, la fragmentación política del Sacro Imperio Romano Germánico favorecía que cada ciudad se enfrentaba al problema por su cuenta y lo salpicara de odios locales. La tensión religiosa entre católicos, luteranos, calvinistas y demás herejías elevó la brutalidad de la persecución.

«La Iglesia persiguió a las brujas porque creían que hacían una competencia terrible al propio cristianismo»

«Hay niños de tres y cuatro años, hasta 300, de los que se dice que han tenido tratos con el Diablo. He visto cómo ejecutaban a chicos de siete años, estudiantes prometedores de 10, 12, 14 y 15 años. También había nobles», escribió un cronista sobre los procesos que se llevaron a cabo en Würzburg en 1629. Las procesos masivos y el intercambio de acusaciones entre vecinos eran el pan de cada día en algunos territorios alemanes.

¿Pero realmente existían las brujas, es decir, mujeres que practicaban rituales satánicos? El mismo testimonio que se asombraba por la muerte de esos niños sostenía que no había duda de que «el Diablo en persona, con 8.000 de sus seguidores, mantuvo una reunión y celebró misa ante todos (los condenados) administrando a sus oyentes cortezas y mondaduras de nabos en lugar de la Sagrada Hostia». Si bien la mayoría de los testimonios eran producto de la psicosis colectiva, García Cárcel no tiene duda de que existían estas prácticas en distintos rincones de Europa. «La Iglesia persiguió a las brujas porque creían que hacían una competencia terrible al propio cristianismo. Eran mujeres que afirmaban que también podían intermediar con el otro mundo», señala el historiador valenciano.

España, ¿un oasis para las brujas?

En el amasijo que conforma la leyenda negra contra España aparece destacada la imagen de la Inquisición persiguiendo a judíos, brujas, musulmanes y protestantes a través de los métodos más brutales. Sin embargo, al igual que la persecución de protestantes, la incidente de casos de brujería en España fue mínima. De todos los procesos entre 1540 y 1700, solo el 8% fueron por causa de la brujería. En total, se condenó a la hoguera por brujería a 59 mujeres en España. En Portugal fueron quemadas cuatro, y en Italia, 36.

Esto era así porque la brujería se vislumbraba, a ojos de los inquisidores españoles, un mal menor, en el que incurrían mujeres de baja extracción y ningún tipo de influencia social o religiosa. «En España este fenómeno nunca alcanzó niveles de fanatización del norte. La Inquisición moderna no alteró los procedimientos y la mecánica con respecto a las brujas», recuerda García Cárcel.

Incluso hubo eclesiásticos que descartaron la validez de los testimonios de las brujas, como el obispo de Ávila, Alfonso de Madrigal, que en 1436 afirmó que los aquelarres eran fantasías producto de drogas, o el dominico castellano y obispo de Cuenca, Lope de Barrientos, quien se preguntó «qué cosa es esto que dicen, que hay mujeres, que se llaman brujas, las cuales creen e dicen que de noche andan con Diana, deesa de los paganos, cabalgando en bestias, y andando y pasando por muchas tierras y logares, e que pueden… dañar a las criaturas», a lo que él mismo se respondía en ese texto: que nadie ha de tener «tan gran vanidad que crea acaescer estas cosas corporalmente, salvo en sueños o por operación de la fantasía».

La actuación del tribunal se encaminó durante los siglos XVI y XVII a la reinserción de las acusadas de brujería en el seno de la Iglesia, más que a la pena de muerte. Como ejemplo de condena benigna, una mujer llamada Isabel García, que en 1629 confesó ante el tribunal de Valladolid habérsele aparecido Satanás, con quien pactó la recuperación de su amante, fue únicamente castigada a abjurar de levi y a cuatro años de destierro.

Así y todo, hay que tener presente que en la Corona española la jurisdicción ordinaria y la religiosa (los obispos) contaban entre sus funciones habituales la represión de la superstición, con lo cual la mayoría de casos pasaron por sus manos y no por la Inquisición, cuyo registro era más minucioso. Parece que es evidente, con todo, que en España no alcanzó la represión de Europa Central.

Alonso de Salazar y Frías denuncia antes que nadie

Otra muestra de que el fenómeno de la brujería contaba con sus propias características en España es que, cuando la Inquisición moderna llevaba funcionando más de un siglo, surgieron aquí inquisidores racionalistas como Pérez Gil o Alonso de Salazar y Frías, que criticó el proceso de las brujas de Zugarramurdi.

Este proceso es tal vez el caso más famoso de la historia de la brujería en España y finalizó con un auto en noviembre de 1610 donde dieciocho personas fueron reconciliadas, seis fueron quemadas vivas y cinco en efigie (a través de un muñeco del tamaño de un ser humano que los representaba). «Alonso de Salazar y Frías empezó a desconfiar por primera vez de lo que las brujas decían sobre sí mismas. Empezó a considerar que todo aquello se había producido por una neurosis colectiva que había que erradicar», apunta García Cárcel.

Alonso de Salazar y Frías, que creía que los fenómenos de brujería eran historias inverosímiles y ridículas, presentó al Consejo de la Suprema Inquisición, el 24 de marzo de 1612, un informe crítico con el proceso de Zugarramurdi. Como destacó Julio Caro Baroja, el español «se adelantó de modo considerable a los que difundieron en Europa ideas concebidas en el mismo sentido», como el famoso jesuita alemán Friedrich Spee, que cargó contra la persecución de las brujas en el corazón del continente. Un resultado concreto del informe del inquisidor fue que se intentó reparar a las víctimas del auto de fe ordenando que sus sambenitos no quedaran expuestos en ninguna iglesia. Una consideración impensable en cualquier otro lugar de Europa.

 

Aquella brillante promoción de 1758


El Pais

Retrato de un dibujante, de José del Castillo.

Ocho jóvenes artistas españoles, pensionados de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, deambularon por las calles de Roma cuaderno en mano entre 1758 y 1764. Tributo a la eterna belleza de la ciudad y a la capacidad de asombro propia del aprendizaje, el Museo del Prado ha organizado una muestra en torno a aquellos libritos, que, con el tamaño de un octavo mayor, sirven de testimonio de los deberes escolares, los anhelos estéticos, las anotaciones propias de un diario y otras particularidades de la cotidianidad sobresaltada del estudiante en el extranjero.

Cuatro de aquellos cuadernos, más uno de Goya, que no acudió a Roma en 1771 en calidad de alumno, sino por propia iniciativa y ya convertido en todo un maestro, ocupan en un acierto escenográfico de tintes dramáticos el centro del espacio consagrado por la pinacoteca madrileña a la muestra Roma en el bolsillo. Cuadernos de dibujo y aprendizaje artístico en el siglo XVIII. Esperan al visitante hasta el 19 de enero en la penumbra que la conservación de la obra en papel exige y suspendidos en el aire a la altura precisa en la que uno los sostendría en sus manos. Para subrayar el efecto deseado, uno de ellos, obra de José del Castillo, que aporta tres de las cinco piezas, descansa abierto por una página en la que se puede contemplar el retrato de un dibujante haciendo lo propio.

Los otros dos son el célebre Cuaderno italiano de Goya y el único que se conserva de los días romanos de Mariano Salvador Maella, maestro del dibujo. Los cinco son propiedad del Prado, además de adquisiciones recientes. En 1990 se compraron los de José del Castillo, que nunca habían sido expuestos (ni tampoco estudiados a fondo). En 1993, se adquirió el de Goya y en 2005, el de Maella.

Al fondo, en el interior de una vitrina, se pueden contemplar otros tres ejemplos, propiedad de la Biblioteca Nacional, el Meadows de Dallas y el MNAC, y firmados por Domingo Antonio Lois de Monteagudo, Antonio Primo y Domingo Álvarez de Enciso, miembros todos de aquella brillante promoción de 1758. De las notas artísticas que tomaron los pensionados José de Villanueva, que luego proyectaría el edificio del Prado, Isidro Carnicero y Antonio Martínez de Espinosa, no se guardan pruebas.

La lista de los agraciados con la beca y la de las tareas que esta comportaba se exponen bajo un grabado de la ciudad de Roma, “la más bonita de cuantas se conservan”, a juicio del comisario José Manuel Matilla, jefe del Gabinete de Dibujos y Estampas del Prado. Obra de Giuseppe Vasi, se grabó para el rey Carlos III, y en la exposición permite localizar con la imaginación las idas y venidas de los pensionados, que copiaban escultura clásica, pinturas renacentistas, obras barrocas o desnudos en la Accademia del Nudo, creada a tal efecto por el papa en el Campidoglio.

Las obligaciones de los estudiantes venían descritas en las Instrucciones para el director y los pensionados del Rey en Roma de pintura y escultura, cuyo punto 28, redactado por Felipe de Castro, establecía que los estudiantes debían traer “siempre consigo libros de memoria en que apuntar las obras más dignas que encuentren en los templos, palacios, jardines y fuentes, y los adornos antiguos y modernos donde quiera que los hallen”. Como suele ser norma, cada cual hizo de la aplicación de aquellas reglas lo que buenamente pudo… o quiso: si el becado Castillo las aplicaba con metódico afán, el trabajo de Maella siempre estuvo dominado por la heterodoxia de su mirada. En unos y otros casos, estos testimonios, escribe Matilla en el espléndido catálogo, impreso con el formato de un cuaderno de notas, permiten “analizar el pensamiento de un artista, manifestado en su modo de dibujar”.

Aquel dieciochesco Erasmus pictórico nunca se repetiría. Seguramente, aventura Matilla, por demasiado ambicioso: inspirado por los programas educativos de la Academia Francesa, obligaba a los artistas a pasar seis años lejos de España, acaso demasiado tiempo para el temperamento de un aprendiz con ansias de triunfar en casa.

La muestra se completa con 22 dibujos independientes, que eran enviados a la Academia de San Fernando y que permiten comparar las diferentes formas de representar un mismo modelo de los becarios, así como otra veintena de cuadernos, incluidos algunos extranjeros, aunque todos ellos italianos, como el Pronti, anónimo, o los de los artistas Edme Bouchardon, Carlo Spiridione Mariotti, Joshua Reynolds, Frédéric Nepveu o el Álbum Vallardi, de la neoclásica suiza Angelika Kauffmann.

Un acuerdo firmado entre el Prado y la multinacional Samsung, flamante miembro corporativo del museo en calidad de “colaborador tecnológico”, ha permitido colocar en la sala 25 tabletas que, estas sí, pueden ser manoseadas a su antojo por los visitantes para descubrir los secretos de los delicados cuadernos, cuyo contenido ha sido debidamente digitalizado. Los tesoros contenidos en estos ingenios también se alojan en un microsite en la página web del Prado. Lo que en la dimensión virtual aguarda es un exhaustivo catálogo razonado que, por su propia naturaleza, permite la consulta de una información amplísima y no sujeta a las contingencias, económicas y de espacio, del viejo papel.

El último mameluco de Napoleón


El Pais

  • El sirio Moisés Zumero, miembro de de la caballería oriental de Bonaparte, participó en todas sus campañas y acabó como empleado de Correos

El cuadro de Goya ‘La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol’.

Los mamelucos no gozan de buena fama entre nosotros, básicamente a causa de Goya, que los inmortalizó como despiadados represores ataviados con sus desconcertantes ropajes orientales en la sucia lucha en las calles de Madrid el 2 de mayo. Pero esos exóticos jinetes ataviados con turbantes adornados con pluma de garza y rojos pantalones anchos —era fama que en cada pernera cabía un hombre entero— y armados con cimitarras, carabinas y pistolas, tienen una apasionante y aventurera historia.

Se trajo unos cuantos Bonaparte de la campaña de Egipto (donde eran los amos), tras vencerlos, como un souvenir de su gran sueño oriental y los incorporó a la élite de su caballería inmortalizándolos junto a sus húsares, coraceros, dragones, cazadores y lanceros en los más famosos campos de batalla de Europa. Su apariencia era magnífica y su valor y ferocidad legendarios. Los había egipcios, sirios, georgianos, árabes y sudaneses negros, y con el tiempo también se incorporaron al contingente franceses. Crearon moda en Francia. Los pintaron Gerard y Gros (además de Goya) y hasta inspiraron obras literarias, dramas y vodeviles.

Hoy la palabra mameluco tiene, qué le vamos a hacer, cierta carga peyorativa —sobre todo en boca del capitán Haddock—, pero a los más románticos nos evoca una fascinante combinación de coraje y seda, un galopar de colores deslumbrantes coronado por el relámpago de plata de una hoja de Damasco blandida sobre la cabeza como una media luna mortal. No fueron muchos los de Bonaparte, unos centenares, apenas unos escuadrones, que tras su organización fueron encuadrados en el regimiento de Chasseurs à cheval de la Garde, la crème de la caballería napoleónica. Pero disfrutaban de una belle réputation, fama de fiables, intrépidos y valientes y desde luego eran muy visibles, incluso entre los exuberantes atavíos de la Grande Armée.

Napoleón tenía debilidad por ellos y gustaba de hacerlos desfilar en todas sus ceremonias, como su coronación. Les concedió un águila por el valor demostrado en la célebre carga de la caballería de la Guardia en Austerlitz —“nous allons avoir une affaire de cavalerie”, dijo el mariscal Bessières—, en la que fueron codo a codo con los chasseurs de Morland y los grenadiers montados de Ordener y en la que como un huracán desbarataron a los coraceros y húsares rusos, a los granaderos de Semenowski y todo lo que se les puso por delante.

Entre los mamelucos célebres de Napoleón está el pillastre de Roustam, que tomó a su servicio personal Bonaparte y que aparte de dormir en el suelo ante su puerta realizaba trabajillos para su amo. Se le acusó de estrangular a Pichegru y de asesinar al almirante Villeneuve (que en realidad se suicidó), así como de ser a la vez amante de Josefina y del corso… habladurías. Pero Roustam era más un criado que un soldado —aparte de un cantamañanas, véase sus Souvenirs (1911), llenos de autobombo y quejas por las faltas de pago—, y, cobardica, dejó en la estacada a Napoleón cuando lo enviaron a Elba.

Los mamelucos que nos interesan aquí son otros, personajes valientes como Elias Masaad, sabre redoutable, ascendido a capitán tras cargar como un bravo en Eylau y que sumaba 17 heridas y tres costillas perdidas a causa de la metralla; Chahin, que capturó un cañón en Austerlitz, salvó al Chef d’escadron Daumesnil del populacho madrileño el 2 de mayo y acabó su carrera con 40 heridas y habiendo visto morir cinco caballos bajo él; o el irascible Ibrahim, que mató enfurecido a varios parisinos que se reían en la calle de su aspecto extravagante, y que luego cayó prisionero mientras luchaba contra jinetes cosacos al desenrollársele el turbante y cegarle, no sin antes haber dado cuenta de seis enemigos.

El mameluco que nos ocupa hoy, Moisés Zumero (1791-1873), fue uno de esos bravos tipos, participó en 14 campañas, llegó a brigadier, y es tenido por el último de los que sirvieron en el ejército de Napoleón. Así lo acredita la lápida de su tumba en Lavaur, en el Tarn (“le dernier des mamelouks”, un título digno de una novela de Victor Hugo) y la somera biografía que le ha dedicado Thérèse Blondel-Avron —Moïse Zumero, dernier mamelouk de la Garde Impériale (Editions Cabédita, 2009)—.

Ser el último de algo tiene pedigrí. Serlo de esa despampanante caballería de los mamelucos confiere un aura especial a Zumero, de la estirpe de los valientes. Nacido en San Juan de Acre, Moussa Zumero Al’Coussa era miembro de una familia siria de ortodoxos griegos que servían a los pachás otomanos y que se vio involucrada en las guerras de Bonaparte en Oriente. La madre, una hermana y dos hermanos de Moisés murieron durante la sangrienta toma de Jaffa por las tropas francesas en 1799. No obstante el chico, sediento de aventura, se enroló como trompeta en los mamelucos del entonces primer cónsul. Contaba solo ocho años. Al regresar Bonaparte a Francia, Zumero fue uno de los mamelucos que partieron con él. En primera instancia, al reorganizarlos el general Rapp, el chico no encontró cabida por demasiado joven. Pero logró incorporarse, sirvió en España de 1808 a 1812 con una interrupción en 1809 para combatir en Wagram. Fue de los mamelucos que arroparon a Napoleón en la famosa y ardua travesía del Guadarrama en medio de la ventisca y resultó herido de un sablazo en Benavente. Le encontramos luego helado en Rusia —él, hijo de las ardientes arenas sirias— y defendiendo el paso del ejército derrotado en el Berézina. Zumero perdió la mayoría de los dedos de los pies, congelados, pero no la fe en el emperador. Recibió una citación por su bravura al rescatar a su teniente de tres húsares prusianos, matando a uno e hiriendo a los otros. Se batió en Waterloo y sobrevivió para afrontar, como uno de los orphelins de Napoleón, la represión y el terror blanco.

Mientras muchos viejos mamelucos pedían limosna, tuvo la suerte nuestro sirio de casarse en 1816 con una chica encantadora y de posibles, que además era pariente de Charlotte Corday y biznieta de Corneille. Zumero consiguió entrar en la Administración y hacerse empleado de Correos. Un mameluco en Correos parece ya el título de una película de Louis de Funès. Llegó a director. Reclutó a los carteros entre los viejos soldados del imperio, disciplinados y capaces de hacer largas marchas. Hizo bien su trabajo como antes había bien luchado. Sus heridas —perdió el uso de los pies— y la inquina contra los antiguos bonapartistas le condujeron al retiro.

Murió a los 82 años, caballero de la Legión de Honor, burgués respetado. Pero si te acercas en silencio a su tumba en un rincón del sur de Francia, a 40 kilómetros de Toulouse, y prestas atención puedes percibir aún un remoto galopar de caballos, gritos y disparos. Sientes como un soplo la ola de gloria y de coraje y, al cerrar los ojos, avizoras el espectáculo terrible y magnífico de la carga de los audaces jinetes de Oriente, mientras escuchas, atónito y maravillado, la risa salvaje del último de los mamelucos.

Nuevas noticias de Goya


El Pais

  • Hallados tres dibujos del genio que se ‘perdieron’ tras una subasta en París en 1877

1211839205_850215_0000000000_sumario_normalLas últimas noticias que se tenían de los tres dibujos de Goya –Bajar riñendo, Arrepentimiento y El aguacil Lampiños cosido dentro de un caballo muerto– remiten a abril de 1877, en un hotel de París. Allí se subastaron dentro de un lote de 150 dibujos pertenecientes a los famosos ocho (inicialmente) álbumes privados del artista que contenían 550 dibujos. Dos de los que han aparecido ahora se vendieron y uno se lo quedó un experto probablemente para revenderlo. A partir de ahí, nunca más se supo. Se creían perdidos.

Hasta que hace menos de un mes, una llamada a Londres, a la casa de subastas Christie’s, los devuelve al mundo. Se sabe que forman parte del patrimonio de una familia suiza que, según el experto de la firma en dibujos antiguos Benjamin Peronnet -que ayer los trajo desde Londres a Madrid, en avión, en un pequeño maletín negro- no sabía que eran goyas. Un buen día, la familia decide inventariar el patrimonio. Uno de los familiares encontró algo particular en aquellos trazos. Pensó -y acertó- que eran del genio de Fuendetodos.

Christie’s no tiene la menor duda sobre su autenticidad. Juliet Wilson-Bareau, gran experta mundial en Goya, les ha dado el visto bueno. Pero hay más datos que ahuyentan cualquier duda. Es muy sabido que dibujos del pintor llevan pegado por detrás un fino papel rosa. Y ahí está. Como también la cartulina azul, que hubiera hecho las veces del paspartú si hubieran estado enmarcados alguna vez. Porque parece que jamás lo estuvieron. En la subasta en París se exhibieron pegados en las paredes con pequeños clavos. Y ahí está la huella de los agujeros, en la cartulina azul.

El aguacil Lampiños cosido dentro de un caballo muerto lo dibujó Goya entre 1812 y 1820 y pertenece (como Arrepentimiento) al álbum F, también llamado Imágenes de España. En El aguacil… se lee un texto de su puño y letra que adelanta la intención del pintor: “En Zaragoza, a mediados del siglo pasado, metieron a un aguacil llamado Lampiños en el cuerpo de un rocín muerto y lo cosieron; toda la noche se mantuvo vivo”. El tal aguacil era el azote de estudiantes, prostitutas y mujeres guapas en general. Para vengarse lo atraparon y lo cosieron dentro de un caballo (previamente vaciado). Allí aguantó toda la noche vivo. Le dieron la estocada inyectándole cal viva en sus partes nobles. El dibujo de él, ya fallecido, está en el Museo Metropolitano de Nueva York.

Bajar riñendo es posterior (entre 1819 y 1823) y pertenece al álbum D o Brujas y mujeres. Muestra a cuatro mujeres volando y a la vez peleándose.

¿Habrá también pelea por conseguir estos dibujos que salen con una estimación media de un millón de euros? Christie’s, que los subasta en Londres el próximo 8 de julio, cree que sí. De momento, se pueden contemplar y disfrutar hasta este jueves en la sede de Madrid. Después volarán a Nueva York y, de nuevo, a Londres.

Los 29 nombres del cuadro de Goya


CET – El Mundo

HÉROES QUE YA NO SON ANÓNIMOS

actualidad080427may.jpgObserve la silueta gris que aparece junto a estas líneas. No es la figura más conocida del cuadro de Goya pero sí la única identificada. La tonsura de su cabeza y el hábito que lleva indican su condición de sacerdote. Se trata de Francisco Gallego Dávila, presbítero y sacristán del Real Convento de la Encarnación de Madrid. Uno de los 43 hombres -insurgentes madrileños, como les llamarían hoy- fusilados en la madrugada del tres de mayo de 1808 en la montaña madrileña del Príncipe Pío.

Va a ser casi imposible identificar a los 14 restantes porque en los archivos se confunden los lugares de enterramiento de muchos de los fusilados esa noche en Madrid. Y es una pena porque no hay nada peor que pasar a la Historia como un soldado desconocido”, asegura Luis Miguel Aparisi, historiador que acaba de publicar un libro, -El cementerio de la Florida, editado por el Instituto de Estudios Madrileños-, donde se recoge por primera vez los perfiles de todos los masacrados.

Durante seis meses, Aparisi, miembro de la Sociedad Filantrópica de Milicianos Nacionales Veteranos -encargada del camposanto donde están enterrados los fusilados-, revisó 8.000 folios del Archivo de la Villa hasta determinar las nuevas identificaciones. “Repasé las reclamaciones de sus familiares al Ayuntamiento, donde solicitaban pensiones para sí -cuatro reales diarios de por vida para las viudas-, medallas para sus difuntos y trabajo para sus hijos. Estuvieron 80 años de papeleos. Después se olvidaron para siempre”, recuerda Aparisi.

Algunas de las historias de los arcabuceados -este sería el término correcto- aquella noche son singulares. Empezando por la del propio presbítero, que “después de batirse valerosamente en las inmediaciones del Palacio Real fue hecho prisionero con las armas en la mano”. Al contrario que el resto de las víctimas -que fueron elegidas por sus verdugos en un sorteo entre todos los cautivos-, a Francisco Gallego le seleccionó el propio Murat, cuñado de Napoleón y responsable de las tropas francesas, tras inspeccionar personalmente los calabozos por ir, trabuco en mano, matando franceses por las calles de Madrid. “Quién a hierro mata, a hierro debe morir…”, cuentan las crónicas que le dijo el militar para justificar su decisión.

Los albañiles

Las nuevas identificaciones han rescatado también del olvido, la historia de los albañiles que trabajaban en la restauración de la iglesia de Santiago y que se enfrentaron como una milicia organizada a los soldados franceses. Tres de ellos -José Reyes Magro, Antonio Méndez Villamil y Manuel Rubio- acaban de ser añadidos a la lista de ejecutados con sus compañeros de obra: Antonio Zambrano, Domingo Méndez, el carpintero Fernando Madrid y José Amador.

Los obreros fueron capturados a pie de andamio, desde el que bombardeaban al enemigo -un batallón de soldados polacos al servicio de los franceses que entró en el templo- con ladrillos, piedras y cascotes. Dos de ellos murieron en ese escenario mientras que el resto fue fusilado esa misma noche en la montaña de Príncipe Pío.

Los de Hacienda

“Los soldados no se andaban con chiquitas. Hay casos de comunidades enteras de vecinos pasadas a cuchillo porque les arrojaron piedras desde las ventanas y no consiguieron localizar al culpable. La represión fue fortísima”, recuerda José Luis Sampedro, presidente de la Sociedad Filantrópica que custodia el cementerio.

Además de los tres obreros, entre los nuevos identificados destacan: Anselmo Ramírez de Arellano -empleado del Resguardo de la Real Hacienda, natural de Daimiel y con su mujer embarazada de su tercer hijo- compañero de trabajo de otros dos ajusticiados ese día: Juan Antonio Serapio y Antonio Martínez-; el dependiente de Rentas Reales Juan Antonio Martínez del Alamo y un tal Gabriel López.

Aunque el levantamiento fue eminentemente popular -la mayoría de los oficiales del ejército, nobles y ricos se quedaron al margen-, hubo casos de comerciantes que juntaron a sus empleados para resistir a los invasores. Como el dueño de una botillería en la Carrera de San Jerónimo, José Rodríguez o Julián Tejedor de la Torre, 41 años, platero con tienda abierta en la calle Atocha, o el guarnicionero Lorenzo Domínguez -también identificado ahora- con comercio en la Plazuela de Matute, que se echaron a la calle armados de sus pistolas a pelear en la explanada frente al Palacio Real.

Fueron capturados en la Plaza Mayor y conducidos al paredón del cuadro de Goya. En la lista de víctimas, datada en 1816, se añade la siguiente escena: “Yendo preso Tejedor, encontró en la calle de los Milaneses a un compañero de profesión y, conociéndole, cruzó las manos y elevó los ojos al cielo en ademán de humilde resignación”.

El platero

Julián, el platero, dejó tres hijos menores que se quedaron huérfanos cuando su madre murió también al poco tiempo “a impulsos del sentimiento”, como figura en el registro. De pena. Los pequeños fueron repartidos entre los familiares que cursaron las comentadas reclamaciones al Ayuntamiento.

Otro comerciante fusilado fue José Lonet y Riesco, dueño de una tienda de mercería en la plaza de Santo Domingo, recién licenciado del ejército y padre de un niño de ocho años. En un escrito de reclamación, un vecino aseguró que Lonet fue detenido “porque los franceses le cogieron con unas balas que encontró en la calle de la Inquisición”.

“Su caso podría ser el de tantos otros paisanos detenidos y ejecutados sin pruebas ni juicio sólo porque pasaban por ahí en un momento poco oportuno”, asegura Sampedro. Esa pudo ser la situación del palafrenero del infante Don Carlos, identificado también recientemente, Juan Antonio Alises, natural de Villarrubia del Guadiana, que, según su viuda, fue cogido por una patrulla francesa en la calle de Los Reyes “sólo por llevar un sable en la mano”. Dejó una hija de cinco años.

El jubilado

Otro de los últimos identificados, oficial jubilado de embajadas, Miguel Gómez Morales, estaba en la Puerta del Sol cuando estalló el tumulto. Movido por la curiosidad se acercó con un amigo a la Plazuela de Palacio donde se combatía duramente. Capturado, cuando le llevaban en una cuerda de presos, al pasar por la puerta de las Caballerizas Reales, vio a uno de sus ayudantes y le pidió que buscase a alguien que intercediese por él. No pudo salvarle del pelotón.

Sólo hubo un militar ajusticiado en Príncipe Pío: Manuel García, soldado del regimiento de Infantería del Estado, destinado a la defensa del Parque de Artillería de Monteleón, donde le cogieron los galos. Probablemente, fue designado a dedo para encarar el fusilamiento. El único caudillo popular reconocido entre las 43 víctimas es el arriero leonés Rafael Canedo, capturado en la Puerta del Sol tras unas duras refriegas. Los invasores le acusaron de dar muerte a golpe de navaja a varios mamelucos -tropa egipcia mercenaria, cuyos alfanjes sembraron el terror entre los madrileños- por lo que se entiende que fue de los primeros en morir. Sin embargo, una de las historias más sorprendentes de aquella noche es la de Juan Suárez, el único superviviente de los fusilamientos. Su relato, guardado en el Archivo de la Villa, es el único testimonio que existe sobre lo que pasó. Al comenzar los tumultos, dejó en su casa a su mujer, sus tres hijos y a su madre sexagenaria y se fue a pelear al Parque de Artillería de Monteleón. Allí, la guardia polaca le hizo prisionero y acabó en la montaña de Príncipe Pío.

“Ya de rodillas para recibir las descargas”, cuenta él mismo, “pude desasirme de mis ligaduras y tenderme en el suelo, echándome a rodar por una hondonada. Cuando me levanté, magullado, disparáronme algunos tiros, y aún trataron de perseguirme, cortándome la retirada; pero yo, más ágil, les gané la tapia que salté, yendo a refugiarme a la iglesia de San Antonio de la Florida”.

Los de Palacio

Su declaración fue clave para identificar a Francisco Bermúdez y López de Labiano, ayuda de Cámara de Palacio y hermano del “organista de campanillas” del Monasterio de El Escorial. Era segoviano. Apenas comenzó el tumulto en la Plaza de Palacio, cogió una carabina y salió de su casa. Fue herido en una pierna y su rostro quemado por la pólvora. “Le prendieron por ir todavía armado de su carabina…”.

El ajusticiado de más edad era Antonio Mazías de Gamazo, 66 años, del pueblo leonés de Pedrosa del Rey, hoy bajo las aguas del pantano de Riaño. El más joven, Manuel Antolín Ferrer, 21 años, jardinero del real sitio de La Florida. El resto de los identificados son: el mozo de tabaco Domingo Braña; el maestro cerrajero Bernardo Morales; el escribano real Francisco Sánchez Navarro; el cantero de 30 años Martín de Ruicabado, y el maestro de coches Francisco Escobar y Molina.

Nadie ha podido encontrar a ningún descendiente de estos 29 ajusticiados. El tiempo protegió con el anonimato sus linajes, ahora rescatados para el bicentenario. Y si apareciera alguno sería apenas para gritar: “¡Nunca más!”.

Goya admiraba a Velazquez


La Razón

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La «Gaceta de Madrid» publicaba el 28 de julio de 1778 un anuncio según el cual se vendían «nueve estampas dibujadas y grabadas con agua fuerte por Don Francisco Goya, cuyos originales del tamaño natural pintados por Don Diego Velázquez existen en la colección del Real Palacio de esta Corte». Son las primeras estampas de Goya que revelan su admiración por Velázquez y su comprensión de la importancia del grabado como vehículo de difusión de la pintura.