Cuenca, la «Atapuerca de los dinosaurios»


ABC.es

  • Investigadores del CSIC reconstruyen cómo eran las condiciones climáticas y ecológicas de la zona hace 70 millones de años
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ÓSCAR SANISIDRO Reconstrucción del hábitat, fauna y flora de Lo Hueco durante el Cretácico Superior

 

Lo llaman “la Atapuerca de los dinosaurios”. Y no es para menos.Más de 10.000 fósiles de dinosaurio, en efecto, además de cocodrilos, tortugas, peces y toda clase de plantas de hace 70 millones de años han convertido al yacimiento de Lo Hueco, en Cuenca, en lugar de peregrinación para paleontólogos, especialmente para aquellos que quieren conocer mejor el Cretácico Superior. A poco más de 20 km. otro yacimiento, el de Las Hoyas, es también todo un libro abierto que retrata un periodo algo más antiguo de nuestra historia; el Cretácico Inferior, hace unos 120 millones de años.

Juntos, ambos yacimientos paleontológicos han convertido a Cuenca en una auténtica “tierra de dinosaurios”. Y en uno de los mejores lugares que existen en Europa para reconstruir con todo detalle unos ecosistemas que se pierden en la noche de los tiempos, mucho antes de que el primer homínido dejara su huella en el planeta.

Eso, reconstruir un ecosistema completo, es precisamente lo que acaba de hacer un grupo de investigadores españoles en Lo Hueco. Liderado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y compuesto por expertos de varias universidades, el equipo de científicos ha logrado reconstruir, basándose en el análisis de isótopos de carbono y oxígeno de fósiles de dinosaurios, cocodrilos tortugas y peces de hace 70 millones de años, cómo eran las condiciones climáticas, ecológicas e hidrológicas de la zona en ese lejano periodo. El trabajo se publica hoy en PLOS ONE.

Una gran llanura inundada

Igual que sucedió en Atapuerca, fueron las obras de construcción del ferrocarril (en este caso el AVE) las que en 2007 destaparon los primeros fósiles al atravesar de parte a parte el pequeño cerro de Lo Hueco. Los enormes huesos estaban incrustados en arcillas grises y rojas, y un equipo de paleontólogos liderado por José Luis Sanz, catedrático de Paleontólogía de la Universidad Autónoma de Madrid, determinó entonces que se trataba de restos de saurópodos (grandes dinosaurios herbívoros) del grupo de los titanosaurios.

Pero no solo eso. Pronto aparecieron restos de otras criaturas (cocodrilos, tortugas, peces y plantas) que permitieron ir dibujando un paisaje muy diferente del actual. Hace 70 millones de años toda la región, muy cerca del mar, era una gran llanura arenosa e inundada, con islas y lagunas rodeadas de canales de aguaque, estacionalmente, podía ser tanto dulce como salada. Allí, con un clima más caluroso que el actual, una gran concentración de CO2 en la atmósfera, casquetes polares que aparecían y desaparecían y una gran abundancia de árboles, arbustos y hierbas, los dinosaurios campaban a sus anchas.

Un dato curioso revelado por los investigadores es que, por lo menos en esta zona, los grandes herbívoros no fueron presa de los depredadores, probablemente debido a su gran tamaño. Los dinosaurios carnívoros debieron conformarse seguramente con presas más pequeñas, como los ornitópodos que habitaban la región.

Los científicos pudieron llegar a esta conclusión analizando los valores isotópicos del carbono del esmalte dental de los dinosaurios, tanto herbívoros como carnívoros. “Estudios llevados a cabo en mamíferos actuales -asegura Laura Domingo, investigadora del CSIC- indican que existe una diferencia entre carnívoros, con valores isotópicos más bajos, y herbívoros, con valores más altos a causa de la distinta posición en la cadena trófica. En el caso de los dinosaurios de Lo Hueco, no existen diferencias sustanciales. Creemos que los saurópodos no fueron presas factibles de los dromeosáuridos por su enorme tamaño corporal”.

“Los fósiles de especies con fisiologías y hábitos de vida tan dispares nos han permitido obtener información acerca de la variabilidad térmica estacional, la dieta que tenían estos animales, así como precisar el tipo de hábitat”, indica Laura Domingo.

La proporción de isótopos estables de oxígeno en el tejido óseo de los dinosaurios ha aportado a los investigadores información sobre el agua ingerida a lo largo de un año, así como de las precipitaciones y la temperatura media anual.

Posteriormente, lograron también calcular las temperaturas dominantes utilizando el valor isotópico de los peces. De hecho, al ser animales de sangre fría y no regular su temperatura corporal, dependen por completo de la temperatura ambiental para sobrevivir.

“La comparación con datos de estaciones meteorológicas costeras actuales situadas en una latitud similar a la de Lo Hueco indica que la amplitud térmica estacional en el Cretácico Superior entra dentro del rango actual. Es decir, las temperaturas no permanecían más constantes a lo largo del año que en la actualidad, como sí se ha observado en épocas previas y más cálidas del Cretácico”, asegura Domingo.

Todo un mundo perdido, pues, que vuelve a florecer gracias a unas técnicas de investigación que prometen seguir desvelando aspectos desconocidos del remoto pasado de la Península Ibérica.

El hospital para la fauna salvaje más grande de Europa


El Mundo

  • El 60% de los animales tratados se devuelven al medio natural

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La reunión del equipo veterinario acaba de terminar y cada uno ya sabe el trabajo previsto para el día. Pero, como en un hospital cualquiera, en todo momento puede llegar un caso de urgencia que atender. Sin embargo, el Hospital de Fauna Salvaje de GREFA no es un centro médico cualquiera. En el cuadro de actividades programadas para el día hay que hacer curas y atender a una cigüeña negra, un águila calzada y una garza. Y también hacer una necropsia a un buitre leonado que ingresó con una intoxicación por plomo procedente de los perdigones de las presas que algún cazador no pudo o no supo recuperar y de las que este animal se alimentó.

En la Comunidad de Madrid hay tres centros que se ocupan de atender a la fauna salvaje herida. Uno de ellos, el Centro de Recuperación de Animales Silvestres (CRAS), depende de la administración regional y los otros dos, el de GREFA y otro para aves nocturnas, el Centro de Recuperación de Rapaces Nocturnas de Brinzal, gestionados por ONGs. Pero las instalaciones de las que dispone GREFA en el Monte del Pilar de Majadahonda convierten a este centro en el hospital de fauna más grande y con más actividad de Europa.

Cerca de 4.000 aves, reptiles o mamíferos salvajes ingresan en este centro cada año y aproximadamente el 60% de ellos pueden ser devueltos al medio natural después del tratamiento. Los demás, lo que no son recuperables para una vida silvestre en el medio natural, permanecen en las instalaciones del centro de educación ambiental para que niños y mayores puedan conocer a estas especies y aprender a conservarlas.

En un día normal, el hospital cuenta con tres veterinarios en el centro y otro haciendo labores de recogida de animales heridos, y en total unas 10 personas para desepeñar todos los trabajos que precisa el centro. Pero también sirve como escuela para multitud de estudiantes o jóvenes veterinarios o enfermeros que realizan una importantísima labor como voluntarios. “Cada año pasan por aquí unos 120 voluntarios divididos en distintas épocas. Hay voluntarios de una semana, otros que están 15 días y otros que realizan prácticas de entre uno y tres meses. Y luego están los responsables de departamento que vienen un día a la semana durante todo un año”, explica Fernando González, veterinario jefe del centro.

En la página web de GREFA se puede consultar el teléfono de contacto en caso de encontrar un animal salvaje herido o accidentado. Aunque lo más habitual es que sean los agentes forestales o la Guardia Civil quienes alertan a la organización del hallazgo de ejemplares que precisan atención veterinaria. “Los animales nos llegan de muy distintas maneras. Los únicos casos que no nos traen los agentes forestales son los animales electrocutados o envenenados, porque tienen órdenes de llevarlos al CRAS, que depende de la Comunidad de Madrid”, asegura González.

La labor del equipo veterinario de GREFA no tiene importancia sólo para recuperar a los animales accidentados, sino que desempeñan una importante labor de conservación. En su laboratorio, por ejemplo, se estudian los niveles de plomo para determinar las concentraciones que resultan mortales para cada especie. “Eso puede tener un papel decisivo a la hora de que una administración pueda tomar decisiones como la prohibición de la caza con perdigones de plomo en un determinado lugar, como ya sucedió con la caza en humedales por otros motivos”, asegura el veterinario jefe. “Por eso es muy importante también realizar necropsias. A esos animales no los vamos a salvar, pero nos puede ayudar a que otros mueran”, afirma.

El primer pulpo vivía junto a la Antártida


EFE – ADN

El proyecto que trata de censar todas las especies marinas identifica en una especie que vivió hace 30 millones de años el origen del cefalópodo actual | En el exhaustivo listado, cada especie tendrá su propia página web

El origen de muchos de los pulpos que existen en las grandes profundidades oceánicas se sitúa en una especie que vivió en la Antártida hace 30 millones de años, según han confirmado científicos que trabajan en el primer Censo de la Vida Marina.

A menos de dos años para la finalización del primer censo de la vida marina en la historia, los científicos que participan en el proyecto dieron hoy a conocer algunos de los principales descubrimientos recogidos hasta el momento.

El Censo de la Vida Marina (CVM) es un proyecto en el que trabajan 2.000 científicos de 82 países de todo el mundo y que en octubre del 2010 publicará el primer listado de especies marinas conocidas, tanto existentes en la actualidad como las extinguidas.

Un bicho, una web

Los científicos estiman 230.000 y 250.000 todas las especies marinas existentes. Cada una tendrá una página de internet en la Enciclopedia de la Vida que se está desarrollando de forma paralela.

Por ejemplo, los investigadores estiman que además de las 16.000 especies de peces que se conocen hoy en día existen otras 4.000 aún por descubrir.

El proyecto también incluye la creación de identificadores de ADN, denominados códigos de barras, para muchas de las especies, lo que permite la rápida identificación de ejemplares.

Ian Poner, director del Comité Científico Internacional del Censo, señaló que “la publicación del primer censo en el 2010 será un hito en la ciencia. Sintetizará lo que la humanidad sabe sobre los océanos, lo que no sabemos y lo que posiblemente nunca sabremos, un logro científico de proporciones históricas”.

El ADN no engaña

Científicos del Censo tienen ahora pruebas genéticas de que una gran proporción de las especies de pulpos de grandes profundidades proceden de una única especie originaria del Antártico.

Los científicos estiman que los pulpos empezaron a emigrar a otros océanos desde el Antártico hace unos 30 millones de años a medida que el Polo Sur se enfriaba y se formaba una gran capa de hielo.

Este proceso creó una especie de “autopista” marina de norte a sur de aguas gélidas que permitió la salida de los pulpos hacia otras áreas.

El científico estadounidense Jesse Ausubel, uno de los directores de proyecto, explicó que “existió un flujo de agua fría rica en oxígeno y sal que atrajo a los pulpos. Estos se extendieron hacia el norte y hacia las grandes profundidades siguiendo esta masa de agua”.

Al principio tenían tinta

Ausubel dijo que las nuevas poblaciones de pulpos procedentes del Antártico y que se habituaron a las grandes profundidades perdieron las características bolsas de tinta “porque este mecanismo, donde no hay luz no tiene ninguna ventaja evolutiva”.