El insulto que te podía costar la vida en el siglo XVI


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  • Proferir este calificativo era tan afrentoso que requería satisfacción a través de un duelo a muerte
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ABC El vocablo no se usa en castellano con anterioridad al XV

«InFAmes, respetad a los muertos». Así rezaba una pancarta que el grupo radical del Real Madrid, Ultras Sur, le dedicó hace años en un derbi a sus homólogos rojiblancos del Frente Atlético. El mensaje hacía alusión a los desagradables cánticos que los hinchas colchoneros vienen coreando desde que un accidente de tráfico costara la vida al que fuera emblema del club merengue Juan Gómez, «Juanito». «¡Illa, illa, illa, Juanito hecho papilla!» o «cómo iría Juanito… para no ver el camión» fueron la gota que colmó el vaso de los otrora ocupantes del fondo sur del Bernabéu, quienes no tuvieron en mente otro calificativo que el que ocupa hoy nuestra atención.

La ofensa de infame sirve para describir al individuo indigno, vil y despreciable; que carece de honra y no merece respeto. Pancracio Celdrán señala en «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esfera, que en el siglo XVI se decía de «el notado de ruin fama. Fue insulto tan afrentoso que requería satisfacción en duelo a muerte, afrenta equiparable a cobarde, felón, traidor, cabrón, hereje, ya que el infame carece de crédito y estimación».

El historiador Juan de Mariana escribe en el siglo XVI referido a los cómicos:

Los farsantes que salen a representar deben ser contados entre las personas infames.

Mientras que Miguel de Cervantes deja plasmado en Rinconete y Cortadillo (1613):

Se deja para otra ocasión contar su vida y milagros, con los de su maestro Monipodio, y otros sucesos de aquellos de la infame academia.

Celdrán apunta que este calificativo fue muy empleado en el teatro del Siglo de Oro: «El movimiento cultural obsesionado con el honor personal y la reputación familiar».

Lope de Vega dice:

Luego que suelta del infame lazo Filomena se vio, corrió a la espada, pero cayó con más seguro abrazo en los tiranos brazos desmayada…

Incidiendo en su origen etimológico, el autor explica que es voz derivada del latín fama (opinión pública, renombre, rumor), a la que se le añade la partícula negativa ‘in’. Además de añadir una pequeña pincelada respecto a la variación que ha sufrido su significado a lo largo del tiempo, «desde el siglo XIX el término señala a la persona carente de reputación o fama, o a quien la tiene mala y ruin. No obstante, no se usa en castellano con anterioridad al XV: enfamar, es decir, andar en lenguas por algo».

Manuel Tamayo y Baus escribe a finales de ese siglo en Un drama nuevo (1867):

Ahí va un infame; porque el marido ultrajado que no se venga es un infame.

¿De dónde procede la fama histórica de que los catalanes son unos tacaños?


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  • La «Divina Comedia», redactada sobre el año 1313, retrata el odio que los italianos de aquella época tenían a los catalanes y ya menciona el tópico de que eran «ávidos y tacaños»
¿De dónde procede la fama histórica de que los catalanes son unos tacaños?

Las Cortes Catalanas según una miniatura de un incunable del siglo XV

«Si mi hermano pudiera prever esto/ evitaría la pobreza avara de los catalanes, para no recibir ningún daño», cita el florentino Dante Alighier en su célebre obra la «Divina Comedia» (Paraíso, canto VIII). Ya en el siglo XV, cuando fue escrita esta obra poética, la mejor forma de insultar a un catalán era recordar la rigidez de sus bolsillos. Un prejuicio extendido por la Italia medieval que veía con malos ojos la llegada de los comerciantes y soldados catalanes que acompañaban el dominio aragonés sobre Cerdeña y Sicilia, así como su influencia sobre el Reino de Nápoles.

En concreto, el escritor Josep Pla ubicaba la animadversión de Dante por los catalanes en el episodio histórico de las Vísperas Sicilianas, cuando la Corona de Aragón no escatimó en contundencia para consolidar su influencia en Italia.

La hostilidad contra los catalanes fue jaleada por los propios Pontíficesdesde Roma –la gran mayoría italianos– que no comulgaban con la llegada de tropas extranjeras a la Península Itálica. No en vano, el Papa Bonifacio VIII escribió en 1298 animando a los habitantes de la ciudad siciliana de Palermo a levantarse contra los «bárbaros». Y posteriormente, el odio contra los aragoneses, concentrado en los catalanes, sirvió como base par la leyenda negra que acompañó a todos los españoles del periodo imperial durante su hegemonía sobre Italia.

El tópico desembarca en España

Sin embargo, el tópico sobre la racanería de los catalanes se trasladó a España mucho más tarde, en el siglo XVIII. Como ocurrió en Italia, el aumento de los comerciantes catalanes en España despertó los prejuicios vinculados a este gremio. La excelente posición geográfica de Cataluña y su vocación marítima contribuyó al auge del comercio por toda la geografía española. Era costumbre que los segundos hijos de las familias pudientes catalanas se dedicaran al comercio, lo cual provocó el progresivo desplazamiento de los genoveses, holandeses e ingleses que, hasta entonces, habían sido los máximos beneficiados de la llegada de mercancías desde América.

«Las gentes de España conocían a los catalanes por su actividad comercial, de la misma forma que a los castellanos se los identificaba como funcionarios y letrados», explica Ángel Puertas, autor de «Cataluña vista por un madrileño» (Albores), que trata de desmentir los tópicos sobre los catalanes. Al ser portadores de liquidez, los catalanes lo aprovecharon para hacerse prestamistas, una actividad que nunca ha sido bien vista en la historia. «Los insultos que se usan contra los catalanes son los del mal comerciante: rácano, avaro, usurero…», recuerda Puertas.

Así, la palabra española «tacaño», que se refiere a una persona miserable, ruin, mezquina, pícara, sirvió para designar al comerciante llevado a su peor condición. Un insulto lanzado contra los catalanes, fruto de las rencillas locales, que también comparten los escoceses –dedicados históricamente al comercio– y los judíos, que en la Edad Media ejercían el trabajo de prestamistas, por el resto de Europa.

¿De dónde procede la fama histórica de que los catalanes son unos tacaños?

Mapa de Cataluña en 1608, una tierra española siempre con la vista en la mar

Pero, más allá de los prejuicios malintencionados, ¿hay en la actualidad alguna base detrás del insulto? En opinión del autor de «Cataluña vista por un madrileño», «nada hay de cierta en esta fama», lo cual no quita que «exista un trato más preciso del dinero produzco aún de la tradición de comerciantes de los catalanes». «Es más frecuente que, por ejemplo, si estas tomando algo con los amigos cada uno se pague siempre lo suyo…», afirma Puertas, afincado en Palau de Plegamans (Barcelona) desde hace más de una década. Es, acaso, la leve huella de un insulto con más de siete siglos de historia.