¡Happy birthday Puente de Brooklyn!


El Mundo

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El 130 aniversario es una efeméride que no merece demasiada atención. La cosa cambia si quien lo celebra es un puente cuya silueta une el imaginario colectivo con la ciudad que materializa sus sueños con la misma fortaleza que sus cables de acero sueldan Brooklyn y Manhattan.

El poder de esta construcción es tal, que ha convertido la anodina cifra en el suceso del año en Nueva York. Desfiles, exposiciones, maratones de lectura, exhibiciones, conciertos, paradas, concentraciones y un variopinto conjunto de manifestaciones ligadas a sus cables de acero y bloques de piedra se celebran estas semanas.

Pocas construcciones de esta ciudad tan rebosante de iconos alcanzan las dimensiones míticas de su puente más importante, una de las tres referencias más citadas de la capital. Instalado en la primera categoría de los símbolos que atesora la Gran Manzana, sólo alcanzan su talla el Empire State Building y la Gran Central Terminal, que el pasado 2 de febrero festejó su primer centenario.

Otros iconos neoyorkinos como la Estatua de la Libertad, Times Square, el edificio Chrysler o Central Park quedan un peldaño por debajo.

En 1883 su rotunda silueta de estilo neogótico se convirtió en el puente colgante más grande del mundo, con 1.825 metros de longitud y un vano de 486 metros de largo y 41 de alto.

Dimensiones que en estos tiempos, donde al menos 23 puentes superan el kilómetro entre sus pilares centrales, parecen poca cosa, pero que entonces resultaron tan impensables que se mantuvo como el más grande durante 20 años y sus inconfundibles torres de arcos apuntados fueron de las construcciones más altas del mundo.

El puente de Brooklyn es el fruto del proyecto de John August Roebling, visionario ingeniero alemán, quien en cierta ocasión en que los hielos retuvieron el transbordador que le llevaba desde su residencia de Brooklyn a Manhattan, tuvo la idea de un puente que evitase el tedioso tránsito marítimo.

A pesar de contar con suficiente experiencia en la construcción de estructuras similares, entre ellas un puente sobre las cercanas cataratas del Niágara, a Roebling le costó llevar a la práctica su idea, pues nadie creyó que fuera posible erigir un puente sobre el East River.

La maldición del puente

La insistencia del inmigrante alemán derrotó las reticencias y en 1869 comenzaron las obras. Se inauguró en 1883, después de 14 años de intensos y dramáticos trabajos, que costaron la vida a 27 personas, entre ellas a su creador, dejando gravemente lesionado a su hijo.

Parecía una extraña maldición, como si la historia quisiera dar la razón a críticos y agoreros. Aún no habían empezado las obras cuando la maniobra desafortunada de un ferry le aplastó a Roebling un pie contra el muelle, mientras realizaba medidiciones en el East River. La amputación de los dedos no evitó la cangrena, pereciendo tres semanas más tarde.

Su hijo Washington asumió el trabajo, implicándose de tal modo en las obras, que contrajo la enfermedad de los buzos mientras trabajaba en la cimentación submarina de los pilares, produciéndole graves secuelas que le dejaron paralítico.

Fue cuando su esposa Emily entró en escena. Asesorada por su marido, quien vigilaba la construcción desde casa con un catalejo, aquella mujer que carecía de conocimientos en la materia pero poseía un coraje colosal, logró transmitir las órdenes a los obreros, culminándose la empresa.

No debe olvidarse la situación de la mujer en aquellos tiempos, como ejemplo basta apuntar que no sería hasta 19 años más tarde de la inauguración del puente, en 1902, cuando Australia se convirtió en el primer país del mundo en aceptar el sufragio universal.

A las dos de la tarde…

Cuentan las crónicas que a las 14 horas en punto del 24 de mayo de 1883, en la solemne inauguración de apertura, aquella heroína cruzó el puente junto al 21 presidente de los Estados Unidos, Chester Alan Arthur, con un gallo entre los brazos como símbolo de la victoria.

Ciento treinta años después, el puente de Brooklyn no ha dejado de ser la principal arteria que comunica el barrio más popular de Nueva York y el Down Town, con un tránsito de 150.000 usuarios al día.

Tranvías (hasta 1940), coches (de caballos primero y eléctricos cuando aquellos se aparcaron) y trenes cruzan por sus seis carriles y vías, mientras que peatones y bicicletas lo hacen por la plataforma superior.

Personalmente, debo señalar que entre mis ocupaciones favoritas del tiempo que viví en Brooklyn, estuvo el coleccionar veces y maneras de recorrer sus 5.989 pies, o lo que es lo mismo 1.825 metros, que de punta a punta mide su familiar pasarela de madera.

La cuenta la perdí enseguida, pero aún recuerdo que lo hice de siete maneras distintas. Simple referente egocéntrico antes que récord alguno. Del mismo modo, los millones de turistas que cada año llegan a Manhattan tienen como una de sus primeras obligaciones recorrerlo.

Por lo habitual van tan distraídos que invaden el carril bici que comparte la plataforma peatonal, lo que origina las más duras imprecaciones de los ciclistas neoyorkinos, especialmente malhumorados y territoriales cuando circulan sobre el Brooklyn Bridge.

El singular anclaje de los cuatro cables de acero que soportan la estructura; la gesta del mecánico Farrington, el primero en cruzar el río en una pérgola colgada de un cable para demostrar que el acero aguantaría sin romperse; el timo de J. Lloyd Haigh, quien suministró un acero para los cables de peor calidad al proyectado; la estampida que produjo el tropezón de una mujer solo seis días después de la inauguración y que causó una docena de muertos por aplastamiento; la tragedia de Robert Emmet Odlum, el primero en saltar al agua en 1885, falleciendo por las heridas internas que le produjo el impacto; los 23.000 kilómetros de cables que llevan 130 años tendidos como una tela de araña soportando el puente y cuarteando el skyline más reconocible del mundo, son hechos de sobra conocidos de la particular historia del que para muchos es el rey de todos los puentes.

Otros puentes con historia

A pesar de que geografía e historia rebosan de puentes que aspiran a este cetro.

Del Sant’Angelo romano al de Rialto sobre el Gran Canal veneciano; del Ponte dei Suspiri, por seguir en Italia, al Vecchio florentino, pronto otra vez de moda por obra y gracia de Dan Brown y del Tower Bridge londinense al George Washintgon de la capital estadounidense, la competencia es dura.

Pero sobre todos ellos el puente de Brooklyn sobrepone su cautivador magnetismo. Sólo otro puente es capaz de disputarle el privilegio: el Golden Gate de San Francisco, aunque éste se construyó 54 años más tarde.

Han pasado 130 años y la inconfundible curva del puente de Brooklyn, serpiente de acero, cemento y piedra tendida sobre el East River, sigue cautivando corazones. Contemplar su silueta desde el Squibb Park al anochecer es caer en un hechizo que nunca encontrará consuelo.

Tras ello, solo queda entretenerse viendo cómo se hacen fotos las parejas de recién casados bajo el puente, a las puertas del River Café, cuyo aire ‘farmer’ recuerda al Brooklyn más primitivo. Antes que entrar en este apreciado restaurante, mejor seguir Cadman Plaza West adelante para ponerse a la cola de Grimmaldi’s Pizzeria.

Sinatra ya no viene por aquí, pero la perspectiva es mucho mejor. Mientras nos llega la vez contemplamos la sólida estructura gótica, Walt Whitman tenía razón: la visión de este puente es la más eficaz medicina para el alma.

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Colgados de Lewis Hine


La Razon

La Fundación Mapfre dedica una retrospectiva de 170 imágenes que recorre la trayectoria de uno de los fotógrafos que crearon la base estética del documentalismo social.

Cuándo:  hasta el 29 de abril. Dónde: Fundación Mapfre, Paseo de Recoletos, 23.
Entrada gratuita

Para enunciar una estética   antes hay que deshacerse de las otras precedentes porque sólo  matando al padre intelectual puede surgir lo nuevo. Lewis Hine es uno de esos creadores que nacen en la infancia.  A los 16 años abandonó los estudios para empezar a trabajar y ayudar a su madre, que había enviudado. Puede que ya de esta experiencia procediera su primera concienciación con los desfavorecidos y las personas que habían sido orilladas de la vida por la falta de oportunidades.

La cámara, para Lewis Hine, no era una herramienta artística, sino un filtro de la realidad. Sus encuadres, color, enfoque y trepidaciones no obedecen a un criterio o corriente estética. Sólo responden ante  el compromiso con la justicia y los miserables. De esta manera es como fue forjando las bases del documentalismo social, aunque, probablemente, no reparara en ello ni se diera cuenta de su importancia hasta años después. La Fundación Mapfre le dedica ahora  una retrospectiva de 170 instantáneas. Una galería de temas que reconstruyen la carrera de este fotógrafo y vislumbran cuáles eran sus inquietudes y motivaciones. Hine, que fue profesor, empezó a tomar instantáneas para documentar algunas actividades escolares que sirvieran a sus alumnos. Poco después, con una cámara de fuelle de 13×18 que apoyaba en un trípode y con un flash de magnesio, abandonó las aulas y se marchó a Ellis Island, en Nueva York, para retratar a los inmigrantes que llegaban a Estados Unidos procedentes de todas partes del mundo.

La cara de la inmigración
Los rostros de esas personas quedaron en la retina de su cámara y de su memoria. Son caras de personas que han encomendado su pasado a los recuerdos que les aguardan en el futuro, sin que todavía supieran concretar  cuál es ese futuro. Llegan a los muelles en familias, o solos, pero todos con el fardo enigmático de sus equipajes.  Miran al objetivo fijamente. Es una época todavía en que no se sabe la repercusión que tiene la fotografía. Quizá por eso posan sin disimular la tristeza, el cansancio, la desilusión o la esperanza. Heine no tardó en bajar de los barcos y alejarse de la frontera para entrar en los extrarradios que alojaban a estos nuevos ciudadanos.

En esta nueva serie de imágenes  es donde reposa toda la fuerza atractiva y seductora que siempre ha ejercido la pobreza sobre nuestros sentidos estéticos: ventanas retranqueadas con maderas, aceras dominadas por bandas de chavales –que en ocasiones recuerdan algunos fotogramas de «Érase una vez América», de Sergio Leone–, azoteas hacinadas, largas cuerdas con ropa blanca extendida, habitaciones sórdidas, vagabundos durmiendo en la entradas de  las tiendas. En este instante, Hine comienza a preocuparse por los niños y por el trabajo infantil. Un tema que reflejaría en varios trabajos. En estos años aparecen entidades públicas preocupadas por la educación y el trato que reciben los niños. Él no dudaría en retratar con crudez estas infancias destruidas, llenas de expresiones desoladas y cuerpos mutilados. La implicación social de Hine le conduciría a Europa. A finales de la Primera Guerra Mundial recorrería varios países con la intención de captar las consecuencias y secuelas que había dejado sobre la población este conflicto.  Después regresaría. Pero, para entonces, los tiempos, como cantaría décadas más tarde Bob Dylan, habían cambiado. Y Hine, que había consagrado a los demás todos sus esfuerzos, moriría en la pobreza,  casi desasistido y sin apenas trabajo.

En el techo de Nueva York
La obra de Lewis Hine se ha hecho muy famosa por sus instantáneas del Empire State Building. Se contrató al fotógrafo para que documentara el proceso de construcción del que sería el edificio más alto de la Gran Manzana. Por debajo quedaría el emblemático Chrysler Building. Hine registró el trabajo de los obreros y operarios con un aliento épico, no exento de armonía, casi en un canto a la modernidad. En sus instantáneas, los materiales pesados, como las vigas, y la altura se convierten en protagonistas esenciales que realzan el valor de esos hombres que, para cumplir con el proyecto, paseaban a docenas de metros por cornisas o colgándose de cuerdas y cables.
El detalle
De Dickens a Chaplin

Hine posee una contradicción. Por un lado registra la pobreza, la miseria de los niños que venden periódicos en la calle (imagen superior) y, por otro, proyecta una imagen épica de la modernidad, del hombre enfrentado a la máquina (dcha), del obrero como una tuerca más en el engranaje fabril. A veces no se sabe si es una exaltación de la tecnología o una denuncia social en la línea de Dickens o Chaplin.