El aviso de Galdós para evitar un vecino cotilla


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  • El moscón presume de ignorancia para buscar de forma reiterativa la información que desea

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Mientras el mundo gira sin aparente importancia, los rumores y las habladurías siguen siendo la principal contrapartida del aburrimiento. Dependiendo de la persona que lo tenga, el tiempo libre puede ser muy dañino, toda vez, que en un planeta conectado de punta a punta, la diversificación del fisgoneo es hoy una realidad. Si las moscas son inevitables pero visibles, los moscones avanzan posiciones de tal forma que van tejiendo una red sin que la víctima haya tenido oportunidad de percatarse.

En esta línea se mueve Pancracio Celdrán, padre de «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esfera, quien ve al aludido como un «sujeto inoportuno y pelmazo que da constantemente la lata con el mismo tema, y termina saliéndose con la suya y logrando lo que persigue, murmurando sin cesar entre dientes aquello que sabe que va a molestar a quien lo escucha; individuo que con terquedad y astucia consigue lo que se propone, fingiendo a menudo ignorancia, o haciéndose el tonto».

El célebre Benito Pérez Galdós emplea el vocablo así en su obra Miau (1888):

Al bajar de la visita echaba siempre una parrafada con los memorialistas a fin de sonsacarles mil menudencias sobre los del cuarto: si pagaban o no la casa, si debían mucho en la tienda… si volvían tarde del teatro, si la sosa se casaba al fin con el gilí de Ponce, si había entrado el zapatero con calzado nuevo… En fin, que era una moscona insufrible, un fiscal pegajoso y un espía siempre alerta.

Y es que, como avisa Celdrán, «peores consecuencias tiene el término moscón referido a la mujer, ya que decimos moscona a la que es descarada y sinvergüenza». Por ejemplo, en Cantabria «llaman así a la hembra desvergonzada y pícara».

Tomás Carrasquilla, en La marquesa de Yolombó (1928), hace este uso del apelativo:

¡Qué ofuscamiento el de Doña Engracia! De pronto hace señas y salen al corredor los tres viejos y el moscón de Proto, siempre en cobijo.

 

¿Qué insulto humilla al «lisiado de pies y manos»?


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  • El célebre Francisco de Quevedo le otorgó ese valor semántico. Hace referencia al individuo tonto y abrutado
-moratin_goya.jpg de Archivo ABC-

ABC El poeta Leandro Fernández de Moratín emplea el término a principios del siglo XIX

Con una jerga tan rica y variada cuando de insultar se trata, es común que algunas ofensas vayan perdiendo fuelle en favor de otras. Los tiempos cambian, las palabras también… pero las viejas costumbres son francamente inmortales. Por más años que pasen, las ganas de pelear siguen latentes en el seno de una sociedad demasiado estresada como para disfrutar de lo que tiene alrededor. Y eso, provoca que hoy brindemos un particular homenaje a uno de esos vocablos que nos retrotraen a épocas pretéritas.

Pancracio Celdrán establece en «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esferan, que el zopenco es un «individuo necio y abrutado. Etimológicamente, tanto en italiano como en portugués zoupo, zopo equivale a tarado o lisiado, especialmente de los pies».

El autor apunta que los vocablos zopenco y zopo «connotan cojera» y explica que este sentido se lo otorga Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611), donde le asigna etimología latina «de suppus (que gatea)». Por su parte, el célebre Francisco de Quevedo da al calificativo el significado de «lisiado de pies y manos».

En el Diccionario de Autoridades (1726), primer diccionario de la lengua castellana editado por la Real Academia Española, zopo equivale a sujeto sumamente desmañado, que se embaraza y tropieza con todo.

José Francisco de Isla, en su Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas (1758), emplea así la palabra:

Hasta ahora no encontré estudiante tan zopenco que de dicho método sacase la preocupación de persuadirse que la Escritura para nada sirve al teólogo…

Con el mismo valor semántico lo utiliza también a principios del siglo XIX el poeta Leandro Fernández de Moratín:

Seré mal poeta, seré zopenco, pero soy hombre de bien…

Celdrán apunta que el calificativo podría derivar del compuesto ‘so penco’, aunque tampoco puede demostrarlo. «El penco es un jamelgo, un caballo flaco y desgarbado, y no resultaría fácil casar este contenido semántico con el de zopenco, cuya base conceptual es la necedad y la tontería».

El escritor Vicente Blasco Ibáñez, en su traducción de Las mil y una noches (1916), emplea así el término:

Por eso, haga lo que haga, un sirio… será siempre un zopenco de sangre gorda , y su ingenio no se avivará nunca más ante el incentivo grosero de la ganancia y del tráfico.

Por último, tal y como viene siendo habitual en esta serie sobre el origen de los insultos, Celdrán hace un recorrido por el mapa de definiciones que abarca la geografía española. «En Andalucía: criatura tan desmañada que con todo tropieza, mientras que en Gran Canaria se predica del individuo de pocas luces. En la villa toledana de Cueva llaman así a quien es muy bruto; en la Alcarria conquense: lerdo, torpón; en puntos de Teruel: sujeto desmañado que además de bruto es bobo; en Cáceres: sujeto torpe, lento y bruto; en puntos de Asturias: pesado y torpón, sentido que también tiene en la provincia de Murcia».