El mito del «Genocidio español»: las enfermedades acabaron con el 95% de la población


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  • Lejos de lo vertido por la Leyenda Negra contra España, la catástrofe demográfica estuvo causada por las epidemias portadas por los europeos. Los habitantes de América habían permanecido aislados del resto del mundo y pagaron a un alto precio su fragilidad biológica
wIKIPEDIA Mural de Diego Rivera sobre la Conquista de México. Palacio Nacional de la Ciudad de México

WIKIPEDIA | Mural de Diego Rivera sobre la Conquista de México. Palacio Nacional de la Ciudad de México

El término anacrónico de «Genocidio Americano» es uno de los puntales de la leyenda negra que vertieron los enemigos del Imperio español para menoscabar su prestigio. En un grabado holandés del siglo XVII aparece Don Juan de Austria, héroe de la batalla de Lepanto, vanagloriándose del martirio de un grupo de indígenas americanos. La mentira es insultantemente estúpida: el hijo bastardo de Carlos I de España jamás participó de la conquista ni siquiera pisó suelo americano. Así, entre mentiras, cifras exageradas y episodios novelados, se gestó el mito que pervive hasta la actualidad de que los españoles perpetraron una matanza masiva y ordenada de la población americana. La verdad detrás de esta controversia histórica muestra que el auténtico genocidio, pese a que los españoles no escatimaron en brutalidad para llevar a cabo sus propósitos, lo causaron las enfermedades portadas por los europeos.

La catástrofe demográfica que sufrió el continente americano desde 1492 –el año del Descubrimiento de Cristóbal Colón– es un hecho irrefutable. Antes de la llegada de los españoles se ha estimado tradicionalmente que la población del continente se encontraba entre los 40 millones y los 100 millones. No obstante, el hispanista venezolano Ángel Rosenblat argumenta en su estudio «La población de América en 1492: viejos y nuevos cálculos» (1967) que la cifra no pasaría de 13 millones, concentrándose los principales grupos en las actuales regiones de México y de Perú, ocupadas por el Imperio azteca y el Inca respectivamente. Sea una cifra u otra, la disminución demográfica fue dramática: el 95 % de la población total de América murió en los primeros 130 años después de la llegada de Colón, según el investigador estadounidense H. F. Dobyns.

La sangría demográfica hay que buscarla en dos factores: el traumatismo de la conquista (las bajas causadas por la guerra, el desplome de las actividades económicas y los grandes desplazamientos poblaciones) y sobre todo las enfermedades. Los habitantes de América habían permanecido aislados del resto del mundo y pagaron a un alto precio el choque biológico. Cuando las enfermedades traídas desde Europa, que habían evolucionado durante miles de años de Humanidad, entraron en contacto con el Nuevo Mundo causaron miles de muertes frente a la fragilidad biológica de sus pobladores. Un sencillo catarro nasal resultaba mortal para muchos indígenas. El resultado fue la muerte de un porcentaje estimado del 95% de la población nativa americana existente a la llegada de Colón debido a las enfermedades, según los cálculos del ecólogo Jared Diamond.

Fueron las grandes epidemias, sin embargo, las que provocaron el mayor impacto. Una epidemia de viruela que se desató en Santo Domingo entre 1518 y 1519 acabó con prácticamente toda la población local. Esa misma epidemia fue introducida por los hombres de Hernán Cortés en México y, tras arrasar Guatemala, bajo hasta el corazón del Imperio Inca en 1525, donde diezmó a la mitad de la población. Precedido por la viruela, la llegada de Francisco Pizarro a Perú fue el golpe final a un imperio que se encontraba colapsado por las enfermedades. La epidemia de viruela fue seguida por la de sarampión, entre 1530-31; el tifus, en 1546; y la gripe, en 1558. La difteria, las paperas, la sífilis y la peste neumónica también golpearon fuerte en la población.

El genocidio en la leyenda negra

«Los españoles han causado una muerte miserable a 20 millones de personas», escribió en su texto «Apología» el holandés Guillermo de Orange, esforzado padre de la propaganda negativa del Imperio español. Con la intención de menoscabar el prestigio de la Monarquía hispánica, dueña absoluta del continente durante casi un siglo, los holandeses, los ingleses y los hugonotes franceses exageraron las conclusiones del libro «Brevísima relación de la destrucción de las Indias», escrito por el fraile dominico Bartolomé de Las Casas. Probablemente, este fraile, que acompañó a Cristóbal Colón en su segundo viaje, no habría jamás imaginado que su texto iba a ser la piedra central de los ataques a España cuando denunció el maltrato que estaban sufriendo los indígenas. Como explica Joseph Pérez, autor de «La Leyenda negra» (GADIR, 2012), Las Casas pretendía «denunciar las contradicciones entre el fin –la evangelización de los indios– y los medios utilizados. Esos medios (la guerra, la conquista, la esclavitud, los malos tratos) no eran dignos de cristianos; el hecho de que los conquistadores fueran españoles era secundario».

Las traducciones y reediciones de la «Brevísima relación de la destrucción de las Indias» se multiplicaron entre 1579 y 1700: de ellas 29 fueron escritas en neerlandés, 13 en francés y seis en inglés. Lo que todos obviaron cuando emplearon a de Las Casas para atacar al Imperio español es que él mismo representaba a un grupo de españoles con el coraje de denunciar la injusticia, la mayoría misioneros, y a una creciente preocupación que con los años atrajo el interés de las autoridades. Este grupo crítico consiguió que en 1542 las Leyes Nuevas confirmaran la prohibición de reducir a los indios a la esclavitud y sancionaron el fin del trabajo forzoso, la encomienda. Asimismo, en la controversia de Valladolid, donde por desgracia se sacaron pocas conclusiones finales, se enfrentaron quienes defendían que los indígenas tenían los mismos derechos que cualquier cristiano contra los que creían que estaba justificado que un pueblo superior impusiera su tutela a pueblos inferiores para permitirles acceder a un grado más elevado de desarrollo.

Curiosamente, los enciclopedistas franceses, muy críticos con todo lo referido a España en otras cuestiones, fueron los primeros en ver que las cifras presentadas por de Las Casas –20 millones de muertos causados por los métodos de los conquistadores– eran del todo imprecisas. En «El Ensayo sobre las costumbres» (1756), Voltaire afirma que Las Casas exageró de forma premeditada el número de muertos e idealizó a los indios para llamar la atención sobre lo que consideraba una injusticia. «Sabido es que la voluntad de Isabel, de Fernando, del cardenal Cisneros, de Carlos V, fue constantemente la de tratar con consideración a los indios», expuso en 1777 el escritor francés Jean-François Marmontel en una obra, «Les Incas», que por lo demás está llena de reproches hacia la actitud de los conquistadores. La Revolución francesa y la emancipación de las colonias en América elevaron a de Las Casas a la categoría de benefactor de la Humanidad.

Los críticos se convierten en los conquistadores

Más allá del brutal impacto de las enfermedades, es cierto que la violencia de la Conquista de América provocó la muerte directa e indirecta de miles de personas. El que existiera un grupo de personas críticas con los métodos empleados por los conquistadores –un grupo de hombres que perseguían como principal objetivo el hacerse ricos– o que los Reyes españoles plantearan soluciones –aunque fueran incompletas e incluso hipócritas– no exime a España de sus pecados históricos y del daño cometido, pero sí la diferencia de precisamente los países que censuraron una actuación que luego ellos mismos practicaron. Sin entrar a valorar el fangoso proceso llevado a cabo por los anglosajones en Norteamérica, la explotación de caucho en el África negra dejó a sus espaldas 10 millones de muertos en el Congo Belga.

«La colonización europea de los siglos XIX y XX fue culpable de crímenes semejantes a los cometidos por los conquistadores españoles. La única diferencia es que no encontraron a un de Las Casas para denunciar las injusticias con tanta repercusión», sentencia el hispanista Joseph Pérez en el citado libro.

Don Álvaro de Bazán, el héroe español que hizo escabechina a los turcos en Lepanto


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  • Aunque el Almirante «oficial» de la Armada cristiana era Don Juan de Austria, sin él la gran victoria no se habría producido
abc | La batalla de Lepanto

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Así somos los españoles,que uno haya estado prácticamente al mando y capitaneandoa nuestra Armada en una de las mayores batallas que han visto los tiempos y que cambió la historia de Europa para siempre, impidiendo el dominio del Mare Nostrum por el Temible Turco, apenas le vale a uno para que le dediquen una pequeña calle cerca de Cuatro Caminos, más o menos detrás de lo que fuera el viejo Hospital de Maudes.

Pero es más, ese mismo hombre tan sólo tiene una estatua (preciosa, eso sí) en la recoleta Plaza de la Villa. Y si preguntan ustedes por la calle seguro que los transeúntes piensan en algún piloto de motociclismo o, en el mejor de los casos, en algún escritor de novela contemporánea, ese primor de nuestras artes y letras. Pero ítem más, a esa misma batalla, donde los nuestros le dieron la del pulpo y la del inglés juntas a los de la Media Luna se le dedica más que calle, un callejón entre la Plaza de Ramales y la Plaza de Oriente, aunque eso sí, el jardón colindante sí lleva su nombre. Nos referimos al Almirante Don Álvaro de Bazán n Don Álvaro de Bazán, I marqués de Santa Cruz.

Y por supuesto estamos hablando de una las mayores (si no la mayor) victoria de nuestra gente a lo largo de los siglos, la batalla de Lepanto, donde los españoles, ayudados por otras tropas y marinerías europeas derrotaron a los turcvos que mandaba gran generl y marino (lo cortés no quita lo valiente) victoria)EstatusPero así somos. Sin ir muy lejos, en la pérfida Albión habría un museo con su nombre, un equipo de fútbol y el día de su aniversario lo celebrarían sin dar clase en los colegios.

Granadino de origen vasco-navarro

Álvaro de Bazán y Guzmán nació en Granada, el; 12 de diciembre de 1526 y murió en Lisboa, el 9 de febrero de1588. Vayann por delante sus títulos, ganados a sangre y fuego durante sus cuarenta años al servicio de España, de la Fe Católica y del Imperio, aquel en el que por aquel entonces no se ponía el sol: Marqués de Santa Cruz, grande de España, señor de las villas del Viso y Valdepeñas, comendador mayor de León y de Villamayor, Alhambra y La Solana en la Orden de Santiago; miembro del Consejo de su Majestad Felipe II, Capitán General de la Mar Océana y de la gente de guerra del reino de Portugal. Por si fuera poco, Don Álvaro fue el primero en usar los galeones un gran combate naval y también fue el creador de la infantería de marina, lo que hoy llamamos marines. Santas, generosas y españolísimas gónadas las de Don Álvaro.

De origen vasco (como tantos otros héroes españoles) y navarro, su abuelo igualmente también llamado Álvaro de Bazán, sirvió a los Reyes Católicos, siendo Capitán General en la Guerra de Granada. Su padre, Álvaro de Bazán El Viejo también fue un gran marino.

Marino a los doce años

Nuestro Álvaro de Bazán ya hacía travesuras por la cubierta de la nave capitana de su padre y conociendo las artes de la marinería.

Su ayo y fiel consejero fue Pedro González de Simancas, que le proporcionó una instrucción humanística muy esmerada y le convirtió en hombre culto y y admirador de a poetas y humanistas, a los que siempre protegió y de los que fue mecenas a menudo.

En 1538, con tan sólo doce años, acompaña por primera vez a su señor padre en una de sus expediciones, a los 17 años se traslada a Santander también con su padre, donde toma conocimiento de la gran tradición marinera del norte con sus distintos modelos de naves.

Participa junto a su padre en la batalla de Muros (1544) en la costa gallega, que termina con una rotunda victoria española que causó en los franceses 3.000 muertos . Tras la victoria, su padre le concede el mando de la escuadra mientras él se dirige a Santiago de Compostela en acción de gracias9 y después a Valladolid a informar de la victoria al príncipe Felipe8 .

Todavía en el reinado de Carlos I consigue el mando de una armada independiente, cuya misión es guardar las costas meridionales de España y proteger la llegada de la Flota de las Indias. No era un veinteañero y era casi un lobo de mar y así e tendrá que enfrentar a los corsarios franceses e ingleses y a los piratas berberiscos que operan desde sus bases atlánticas. En 1554 es nombrado capitán general de la Armada con solo 28 años.

En unos años, además de mantener su hostilidad contra los españoles en operaciones cada vez más envalentonadas los otomanos decidiero atacar Malta, con las aviesas intenciones de que le ssirviese de base para la posterior conquista de Sicilia. La resistencia heroica de los malteses detuvo a la formidable flota de Alí Pachá. El esforzado socorro de la plaza por las tropas españolas fue mérito casi exclusivo de Álvaro de Bazán, quien siguió adelante con la empresa de apoyo a pesar de la reticencia de gran parte de la corte de Felipe II.

1566 fue nombrado Capitán General de las Galeras de Nápoles y poco después, el 19 de octubre de 1569, Felipe II le concede el título de Marqués de Santa Cruz. Durante estos años se dedicó a patrullar las costas italianas, reduciendo notablemente los ataques corsarios.

Lepanto

En 1570, la suerte en el Mare Nostrum parecía que estaba echada. Estaba claro que se iba a producirun un violenntísimo choque entre las potencias cristianas y el Imperio otomano. Por una parte, el poder del sultán turco era cada vez mayor en el norte de África, lo que representaba una amenaza para el Imperio español, por cuanto hacía posible un desembarco otomano en la Península Ibérica en ayuda de los moriscos hispanos. Y por otra parte, la invasión de Chipre por las tropas de Selim II llevó a Venecia a decantarse por la acción.

El 25 de mayo de 1571 se firman en Roma las capitulaciones de la Santa Liga que unió al Imperio Español, el Papado, la Serenísima República de Venecia, el Gran Ducado de Toscana, la República de Génova y el Ducado de Saboya. La Santa Liga tenía como fin la destrucción de las fuerzas de los turcos, que eran declarados enemigos comunes y quedaban dentro del ámbito de la acción Túnez, Argel y Trípoli.

Se nombran tres comandantes. Por el Papado Marco Antonio Colonna, Venecia a Sebastián Veniero y por el Imperio español a Don Juan de Austria, quien ostentaría el mando militar supremo de la Santa Liga. La flota reunida por la Santa Liga estaba compuesta por 207 galeras, seis galeazas y 76 buques ligeros14 .

Álvaro de Bazán se unió con las 30 galeras de la Escuadra de Nápoles el 5 de septiembre de 1571 . Desde el principio dio muestras de prudencia en sus consejos y se convirtió en uno de los más eficaces colaboradores de Don Juan de Austria a quien que buscase sin demora un enfrentamiento contra el enemigo porque comenzaban a surgir roces entre los aliados.

Durante la navegación desde Mesina hasta Lepanto, Álvaro de Bazán tiene como misión dirigir el cuerpo de retaguardia de la armada, recogiendo a las galeras que se quedasen atrás para que no se perdiese ninguna.

En el orden de combate Don Juan de Austria le da a Álvaro de Bazán la misión de hacerse cargo de la retaguardia para socorrer aquellas zonas donde existiese más peligro para la armada cristiana. Para esta tarea se le asignan 30 galeras, más una agrupación de embarcaciones menores.

El 7 de octubre de 1571 tuvo lugar la batalla de Lepanto. Su escuadra queda a media milla, por la popa, de la línea de frente.

En el centro de la batalla, la galera La Real, nave capitana de Don Juan de Austria, se abalanza contra la nave capitana turca de Alí Bajá, La Sultana y ambas naves se enzarzaron en un combate cerrado. Marco Antonio Colonna apoya a la nave de Don Juan de Austria, situándose a la retaguardia de La Sultana y aislándola de socorro y refuerzo.

Álvaro de Bazán envía diez galeras y un grupo de fragatas y bergantines para apoyar el éxito que puede suponer la captura de la nave capitana otomana. Como resultado de este refuerzo, el centro otomano queda totalmente deshecho.

Aunque el mando «oficial» fuera de Don Juan de Austria, Álvaro de Bazán fue el hombre clave en la victoria de Lepanto, sus órdenes salvaron la situación de la flota cristiana en tres momentos críticos y actuó en cada situación de la forma correcta maximizando los pocos recursos que tenía.

La batalla de Gembloux: Don Juan de Austria y Farnesio aplastan a 25.000 rebeldes


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  • Una arriesgada carga de caballería encabezada por Farnesio sirvió la victoria española: «Alejandro, acordándose del antiguo romano, se arroja en un hoyo para sacar de él una cierta y grande victoria hoy»
La batalla de Gembloux: Don Juan de Austria y Farnesio aplastan a 25.000 rebeldes

ABC Grabado del siglo XVI que muestra a Alejandro Farnesio preparándose para dirigir la carga de la caballería

La Guerra de Flandes, también conocida como Guerra de los 80 años, vivió el momento más comprometido para los intereses hispánicos en el año 1576. Lo que había comenzado como una rebelión de carácter religioso contra Felipe II, sobre todo en la zona norte de los Países Bajos –las provincias Zelanda y Holanda–, evolucionó en una desobediencia general tras la repentina muerte del gobernador Luis de Requesens y el motín de las tropas en 1576. A la llegada del nuevo gobernador designado por el Rey, Don Juan de Austria, la posición española era crítica, casi irreversible. Un día después de que el hermanastro del Rey pusiera tierra en Luxemburgo, el Saqueo español de Amberes predispuso a todas las provincias en contra de «los extranjeros». La labor del héroe de Lepanto se presumía hercúlea y, aunque el Monarca no estaba todavía dispuesto a aceptarlo, iba a requerir hasta el último hombre de los temidos tercios.

Para recuperar la fidelidad de los nobles moderados y bajo las instrucciones del Rey, Don Juan de Austria retiró a los tercios españoles del país en abril de 1577. Pagó los atrasos a los soldados con el dinero que el Papa Gregorio XIII le había entregado tras la batalla de Lepanto y pidiendo varios préstamos personales. Además, firmó el Edicto Perpetuo, un documento que eliminaba la Inquisición y reconocía las libertades flamencas a cambio del reconocimiento de la soberanía de la Corona española y la restauración de la fe católica en el país. Pero lejos de respetar lo firmado, Guillermo de Orange insistió en su rebelión y buscó la forma de eliminar a Don Juan de Austria, cuya estrategia de pacificación amenazaba con echar al traste sus planes.

La batalla de Gembloux: Don Juan de Austria y Farnesio aplastan a 25.000 rebeldes

ABC Don Juan de Austria

Con solo una veintena de soldados bajo su cargo y reducido a ser un títere político, Don Juan de Austria abandonó Bruselas apresuradamente y se refugió por sorpresa, abusando de la invitación de su castellano, en la fortaleza de Namur (hoy en la región belga de Valonia), desde donde pidió sin éxito ayuda a Felipe II. «Los españoles están marchándose y se llevan mi alma consigo, pues preferiría estar encantado de que esto no suceda. Ellos (la nobleza local) me tienen y me consideran una persona colérica y yo los aborrezco y los tengo por bravísimos bribones», escribió Don Juan de Austria a su amigo Rodrigo de Mendoza sobre la situación desesperada que estaba viviendo. Después de suplicar por el envío de tropas, el Rey autorizó el regreso de los tercios españoles a finales de 1577.

El hijo bastardo de Carlos I de España celebró el regreso de los tercios con gruesas palabras: «A los magníficos Señores, amados y amigos míos, los capitanes de la mi infantería que salió de los Estados de Flandes. […] A todos ruego vengáis con la menor ropa y bagaje que pudiéredes, que llegados acá no os faltará de vuestros enemigos».

Alejandro Farnesio –sobrino de Don Juan de Austria pero de la misma edad y también combatiente en Lepanto– guió un ejército de 6.000 soldados de élite en dirección a Flandes. Para alcanzar su objetivo, los tercios viejos recorrieron el conocido como Camino español, un logro logístico que abría un corredor de Milán hasta Bruselas, en poco más de un mes. No obstante, la celeridad y fervor desplegado para acudir en ayuda de Don Juan de Austria, una figura muy apreciada por los soldados, quedó empañada por la muerte de un monumento del ejército español: el maestre de campo Julián Romero, que falleció en las vísperas de la campaña. Cerca de la ciudad de Cremona cayó fulminado de repente. Tenía cincuenta y nueve años –llevaba combatiendo desde los 16 años– y le faltaba un brazo, un ojo y una pierna.

En Namur comienza la reconquista de Flandes

A principios de 1578, el año de la venganza española por las afrentas contra el gobernador de Flandes, Don Juan de Austria se trasladó de Namur a Luxemburgo, donde los tercios españoles se congregaban junto a tropas locales y mercenarios extranjeros. En total, las fuerzas hispánicas sumaban 17.000 hombres, lo cual inspiró cierto temor en los rebeldes, que comenzaron a pedir ayuda a Francia, Inglaterra, Alemania y a cualquier país que quisiera «quemar las barbas del Rey español». Pero era tarde, la maquinaria de los tercios ya estaba en marcha.

La batalla de Gembloux: Don Juan de Austria y Farnesio aplastan a 25.000 rebeldes

ABC Alejandro Farnesio

Un ejército reclutado a toda prisa por los Estados Generales de los Países Bajos se amparó en su superioridad numérica, 25.000 hombres, para dirigirse a Namur, donde Don Juan de Austria había regresado acompañado por los 17.000 soldados. Guillermo de Orange, que mantenía el control político de prácticamente la totalidad de los Países Bajos –incluidas las provincias católicas–, consideraba que la mejor oportunidad para atacar a los españoles era ahora, después de una larga travesía y un periodo de inactividad. No en vano, quizá calculando sobre el terreno que el número daba igual frente a la calidad de las tropas allí congregadas por los españoles, los rebeldes decidieron finalmente retroceder en dirección a Gembloux. Allí tuvo lugar la batalla, un 31 de enero de 1578. No sin antes, en la noche previa al combate, añadir Don Juan de Austria al estandarte real que portó en la batalla de Lepanto la frase: «Con esta señal vencí a los turcos, con esta venceré a los herejes». La confianza del español en la capacidad de sus tropas rozaba la arrogancia.

La confrontación comenzó con una escaramuza encabezada por Octavio Gonzaga, otro de los hombres de confianza de Don Juan de Austria, a la cabeza de 2.000 soldados con el fin de entretener al grueso del ejército enemigo. Con tan mala suerte para los rebeldes que, yendo más lejos de sus instrucciones, las tropas de Gonzaga empezaron a hacer retroceder la línea enemiga. Temiéndose que el enemigo se abalanzara de golpe como respuesta, Don Juan de Austria ordenó a un capitán llamado Perote, cuya compañía se situaba en la vanguardia y seguía avanzando, que retrocediera. Indignado, pues pensó que le trataba por un cobarde, Perote contestó de malas maneras, sin retroceder un palmo, «que él nunca había vuelto las espaldas al enemigo, y aunque quisiera no podía».

Al contrario, el ejército rebelde no solo no contraatacó sino que fue retrocediendo aún más hasta quedar encajonado en lo bajo y angosto de un paso en pendiente. Una vez más, la baja disciplina de las tropas rebeldes, reclutadas a toda prisa con el oro como única razón de ser, cedía frente al oficio de los tercios españoles. Y viendo que la victoria estaba al alcance de la mano, Alejandro Farnesio –al que Don Juan de Austria había pedido que no se alejara de su lado– le arrebató a un paje de lanza la que llevaba y montó en el primer caballo que encontró libre para dirigir en persona una carga de caballería. «Id a Juan de Austria y decidle que Alejandro, acordándose del antiguo romano, se arroja en un hoyo para sacar de él, con el favor de Dios y con la fortuna de la Casa de Austria, una cierta y grande victoria hoy», afirmó Farnesio según citan las crónicas de Faminiano Estrada. El ataque del sobrino de Felipe II, Duque de Parma, fue secundado por algunos de los más importantes hombres del ejército: Bernardino de Mendoza –que sería nombrado posteriormente embajador en Inglaterra–, Juan Bautista de Monte, Enrique Vienni, Fernando de Toledo –el hijo ilegitimo de el Gran Duque de Alba–, Martinengo, y Cristóbal de Mondragón, entre otros.

Una victoria de la caballería: 10.000 bajas

Las repetidas cargas seleccionadas quirúrgicamente por Alejandro Farnesio pusieron en fuga a la caballería rebelde, superior en efectivos pero no en experiencia. En su desordenada huida, la caballería se estrelló con la infantería que permanecía encajonada a su espalda, de manera que «en parte la estropearon, y del todo la desampararon». Junto a la infantería española que fue en su apoyo, sobre todo los hombres de Gonzaga, la caballería arrebató al enemigo 34 banderas, la artillería y todo el bagaje. En su desesperada fuga, unos en dirección a Bruselas y otros hacia la fortificación de Gembloux, se produjeron la mayoría de las bajas enemigas: más de 10.000 entre muertos y capturados. Como demostración de la enorme distancia que separaba a ambos ejércitos, la mejor infantería de su tiempo, la española, solo contó una veintena de bajas en aquella jornada.

La batalla de Gembloux: Don Juan de Austria y Farnesio aplastan a 25.000 rebeldes

ferrer dalmau Detalle del cuadro «El Camino español»

Al finalizar la batalla, Don Juan de Austria reprochó a Alejandro Farnesio que había arriesgado su vida «como si fuera un soldado y no un general». El Rayo de la Guerra replicó a su tío que «él había pensado que no podía llenar el cargo de capitán quien valerosamente no hubiera hecho primero el oficio de soldado». Un incidente que, sin embargo, no afectó a la amistad entre ambos familiares, quienes enviaron a Felipe II dos cartas por separado atribuyéndole enteramente la victoria el uno al otro.

La batalla de Gembloux sorprendió a Guillermo de Orange y al resto de cabecillas de la rebelión festejando en Bruselas que el poder del Imperio español había quedado reducido a controlar Luxemburgo y la ciudad de Namur. No imaginaban que su ejército pudiera mostrarse tan frágil frente a los españoles. Cuando llegaron los rumores de lo que había ocurrido, abandonaron Bruselas y se refugiaron en Amberes sin esperar a que se confirmara la derrota. Don Juan de Austria continuó hasta su extraña y fatídica muerte en octubre de ese mismo año con la ofensiva, avanzando de victoria en victoria por la provincia de Brabante, y posteriormente cedió el testigo a Alejandro Farnesio, que valiéndose de una mezcla de fuerza y dialogo fue el general español que más cerca tuvo la victoria final. Solo Felipe II y su mesiánico empeño por inmiscuirse en todos los frentes posibles (Flandes, Portugal, Inglaterra, Francia…) pudieron diluir la obra que Farnesio inició en Gembloux.


Cuatro preguntas a Santiago Cubas Roig

La extraña y humillante muerte de Don Juan de Austria, el héroe de Lepanto


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  • Nacido un 24 de febrero de hace 470 años, el hijo bastardo de Carlos I terminó sus días en un insalubre campamento militar en Flandes víctima de una fallida operación de hemorroides. El tifus, o quizás un posible envenenamiento, contribuyeron al deterioro de su salud
La extraña y humillante muerte de Don Juan de Austria, el héroe de Lepanto

Museo del Prado Retrato de Don Juan de Austria, poco después de la batalla de Lepanto

Don Juan de Austria tardó varios meses en tomar posesión de su cargo de gobernador de Flandes, un territorio integrado en el Imperio español. En contra de las órdenes de su hermano Felipe II para viajar a Bruselas de inmediato, el héroe de Lepanto se dirigió a la Corte a negociar las condiciones en persona. No es que rechazara el nombramiento del Rey, ni podía hacerlo, pero sabía bien que la situación allí era inmensamente complicada y que para acabar con la rebelión en la zona eran necesarios unos recursos que se les había negado a sus predecesores en el cargo.

Finalmente, el hijo bastardo de Carlos I de España marchó al epicentro de la rebelión cargado de promesas del Monarca, solo para presenciar cómo éstas eran incumplidas una por una. Tras caer en una profunda depresión y verse aislado luego del misterioso asesinato de su secretario Escobedo en Madrid, Don Juan de Austria sufrió en 1578 un indigno final para un héroe de su prestigio: una hemorroide mal operada dio el golpe final a un cuerpo castigado desde hace meses por el tifus.

La situación en Flandes, durante la conocida guerra de los Ochenta años, alcanzó uno de sus momentos más críticos poco antes de la llegada de Don Juan de Austria. En 1573, Luis de Requesens, también destacado en la batalla de Lepanto, había sido nombrado como nuevo gobernador de Flandes en sustitución del severo Gran Duque de Alba. Si bien el catalán no gozaba del talento militar de su predecesor, la debilidad de la Hacienda Real obligaba a abrazar una solución pacífica. Antes de partir para Bruselas, el nuevo gobernador publicó una amnistía general, abolió el Tribunal de Tumultos –símbolo de la represión española– y derogó el impuesto de las alcabalas. No obstante, el cambio de estrategia de la Monarquía hispánica fue interpretado entre las filas rebeldes como un síntoma de flaqueza, y, a finales del otoño de 1573, Requesens tuvo que recurrir nuevamente a las armas para imponer su autoridad.

Cuando las operaciones militares empezaban a dar sus frutos, Luis de Requesens falleció de forma inesperada en Bruselas el 5 de marzo de 1576, a causa posiblemente de la peste, dejando por primera vez inacabada una tarea encomendada por su Rey y amigo Felipe II. La rapidez con la que se propagó la enfermedad imposibilitó que el Comendador de Castilla pudiera dejar orden de su sucesión y fue el conde de Mansfeld quien se hizo cargo temporalmente del caos. Los dos años que tardó el siguiente enviado del Rey, Don Juan de Austria, en alcanzar Bruselas fueron fatales: un motín general de las tropas españolas asoló el sur y la desobediencia completa se extendió por norte de los Países Bajos.

Flandes, una tumba de héroes españoles

Felipe II consideró que su hermano era el hombre idóneo para encauzar la situación en Flandes y se lo transmitió en una carta fechada en mayo de 1576: «Confío en vos, hermano mío, que desde que os informéis del estado de los negocios en los Países Bajos dedicaréis vuestra fuerza y vuestra vida a un negocio tan importante para el honor de Dios y el bienestar de su religión. Y como están en peligro, no hay sacrificio que deba evitarse para salvarlos» .

Nacido el 24 de febrero de 1545 (aunque otras fuentes consideran que pudo ser en 1547), Juan de Austria gozaba a sus 30 años de un gran prestigio a nivel europeo gracias a su actuación en la batalla de Lepanto, donde ejerció el mando de la escuadra cristiana. Era un hombre muy apreciado por la Europa católica y menos expuesta a la leyenda negra que las propagandas holandesa, francesa e inglesa arrojaban contra España. Si el Rey veía en la elección del militar español la mejor opción posible, no debía creerlo igual Don Juan de Austria, que retrasó al máximo el viaje e incluso acudió a la Corte para reunirse en privado con su hermanastro. Pese a que había desobedecido sus instrucciones, el Rey abrazó a Don Juan de Austria de forma efusiva a su llegada y cedió en todas las cuestiones que planteó su hermano, siempre recordándole que la Real Hacienda se encontraba muy debilitada tras la suspensión de pagos ordenada el año anterior.

La extraña y humillante muerte de Don Juan de Austria, el héroe de Lepanto

abc Don Juan de Austria se reúne con su hermano Felipe II

Casi dos años después del fallecimiento de Requesens, el nuevo gobernador llegó el 3 de noviembre a Luxemburgo –en ese momento la zona más leal al Rey– disfrazado de criado morisco de un noble italiano. Solo un día después se produjo el Saqueo de Amberes por parte de las descontroladas tropas españolas. Este hecho puso a todas las provincias en contra de la corona, lo cual se materializó en la firma de la Pacificación de Gante. Con órdenes de poner en marcha una estrategia sin usar la fuerza, Don Juan de Austria se encontró atrapado en el peor de los escenarios posibles: todos unidos contra los hispánicos.

A modo de concesión para recuperar la fidelidad de los nobles moderados, el nuevo gobernador retiró a los tercios españoles del país en abril de 1577. Pagó los atrasos a los soldados con el dinero que el Papa Gregorio XIII le había entrado tras la batalla de Lepanto y pidiendo varios préstamos personales. Además, firmó el Edicto Perpetuo, un documento que eliminaba la Inquisición y reconocía las libertades flamencas a cambio del reconocimiento de la soberanía de la Corona española y la restauración de la fe católica en el país. Sin embargo, la situación se deterioró todavía más. A pesar de que se tomaron medidas que aseguraban la tolerancia religiosa, se incrementó la autonomía política y se reconoció a Guillermo de Orange –el cabecilla de la rebelión– como estatúder de Holanda y Zelanda, al tiempo que los Estados Generales reconocían a Don Juan como gobernador, las provincias norteñas prosiguieron en su actitud rebelde.

El hijo de Carlos I descubrió que Guillermo de Orange, lejos de respetar lo firmado, tramaba apresarle o incluso asesinarle para descabezar una vez más la autoridad española en los Países Bajos. Con solo una veintena de soldados bajo su cargo, Don Juan de Austria abandonó Bruselas apresuradamente y tomó por sorpresa la fortaleza de Namur, desde donde pidió inútilmente ayuda a Felipe II. «Los españoles están marchándose y se llevan mi alma consigo, pues preferiría estar encantado de que esto no suceda. Ellos (la nobleza local) me tienen y me consideran una persona colérica y yo los aborrezco y los tengo por bravísimos bribones», escribió Don Juan de Austria a su amigo Rodrigo de Mendoza sobre la situación desesperada que estaba viviendo. Pero no fue hasta el verano de 1577, cuando una tregua secreta en la guerra del Imperio español contra los turcos liberó los recursos militares necesarios para reanudar la guerra en Europa, que el Rey autorizó el regreso de los tercios españoles.

A principios de 1578, alcanzaron Flandes cerca de 20.000 soldados, encabezados por Alejandro Farnesio –sobrino y amigo de la adolescencia de Don Juan–, con la intención de recuperar el terreno que Guillermo de Orange había arrebatado con sus artimañas políticas. El 31 de enero de 1578, los tercios viejos derrotaron a los Estados Generales en la batalla de Gembloux, consiguiendo así que gran parte de los Países Bajos del Sur volvieran a la obediencia al Rey, entre ellos la provincia de Brabante. No en vano, dos ejércitos invadieron el Flandes español: uno francés desde el Sur –al mando del duque de Anjou– y otro desde el Este –al mando de Juan Casimiro y financiado por la reina Isabel de Inglaterra–. El vencedor en Lepanto estimaba que para frenar sendos ataques iba a requerir que su hermano le enviara más recursos. Así, instó a su secretario, Juan de Escobedo, que estaba en España, para que lograra que más dinero.

¿Quiso ser Rey de Inglaterra?

Mientras negociaba el envío de más tropas y dinero a los Países Bajos, se produjo el asesinato de Escobedo el 31 de marzo de 1578. Un crimen planeado por Antonio Pérez, con la aprobación del Rey, que tenía como trasfondo la desconfianza que había en la Corte hacia Don Juan de Austria. El oscuro secretario del Rey Antonio Pérez había convencido a Felipe II de que su hermano tramaba a espaldas suyas atacar Inglaterra y casarse con María Estuardo. Curiosamente, el fallecido Juan de Escobedo había sido destinado por Pérez a la misión de espiar a Don Juan de Austria, pero terminó por confiarle su lealtad.

Por supuesto, nunca se ha encontrado indicio alguno de que Don Juan de Austria tuviera la intención de traicionar a su hermano. Si bien es cierto que el hermanastro del Rey guardaba la ambición de encabezar un ataque contra Inglaterra, lo hacía por indicación del propio Felipe II y del Papa Gregorio XIII, que planeaban casarle con María Estuardo o incluso con la Reina Isabel I una vez invadidas las islas. Precisamente por ello, al conocer las circunstancias de la muerte de su secretario, Don Juan cayó en un estado de depresión al tiempo que contraía el tifus o fiebre tifoidea.

Su estado de salud se agravó a finales de septiembre, estando en su campamento en torno a la sitiada Namur. Según el testimonio de Dionisio Daza Chacón –su médico personal en la batalla de Lepanto– una fallida operación de hemorroides y el debilitamiento causado por el tifus acabaron con la vida del español: «El remedio de tratar las almorranas con sanguijuelas es más seguro que el rajarlas ni abrirlas con lanceta, porque de rajarlas algunas veces se vienen a hacer llagas muy corrosivas, y de abrirlas con lanceta lo más común es quedar con fístula y alguna vez es causa de repentina muerte; como acaeció al serenísimo Don Juan de Austria, el cual, después de tantas victorias (…) vino a morir miserablemente a manos de médicos y cirujanos, porque consultaron y muy mal darle una lancetada en una almorrana». Las fuentes del periodo relatan que la negligencia médica de esos cirujanos militares provocó una fuerte hemorragia en el cuerpo del general y le desangró en cuestión de cuatro horas.

Haciendo caso a las fuentes médicas del periodo no caben más especulaciones sobre la causa última de su fallecimiento –más sabiendo que Don Juan sufrió mucho de esta dolencia al igual que Carlos I–, pero si las hay sobre el supuesto tifus que padeció en los últimos meses de su vida. En la «Apología» de Guillermo de Orange y otros textos propagandísticos de los rebeldes se asegura, sin pruebas, que fue envenenado por orden de su hermano o del mismo Alejandro Farnesio, quien anhelaba ocupar su cargo. Casi con toda seguridad se trata de una falacia sin fundamento. Pero también se ha especulado con que fue Guillermo de Orange quien suministró algún tipo de veneno al general español. De hecho, pocos meses antes de su muerte, Bernardino de Menzona, embajador de Londres, había enviado un dibujo-retrato de un asesino a sueldo contratado por Isabel Tudor y Guillermo de Orange para eliminar a Don Juan de Austria. El gobernador de Flandes apresó al individuo al descubrirlo dentro de una delegación diplomática durante una audiencia.

Viendo cerca su muerte, el victorioso en Lepanto nombró sucesor en el gobierno de los Países Bajos a su sobrino Alejandro Farnesio y escribió a su hermano pidiéndole que respetase este nombramiento y que le permitiera ser enterrado junto a su padre. No en vano, en el momento de su muerte, el 1 de octubre, Don Juan de Austria se encontraba aislado políticamente y profundamente herido en su espíritu por la falta de confianza que le había transmitido Felipe II. Solo al fallecimiento de su hermano, el Rey se percató de la perniciosa manipulación que estaba ejerciendo Antonio Pérez sobre él y, en consecuencia, de la injusticia que había cometido.

La extraña y humillante muerte de Don Juan de Austria, el héroe de Lepanto

Wikipedia Mausoleo de Don Juan de Austria, en el Panteón de Infantes

El cadáver de Don Juan de Austria fue trasladado a España, después de ser seccionado en tres partes para evitar que pudiera caer en manos enemigas y posteriormente unido de nuevo. Según las fuentes, el estado de sus restos tras el viaje era bastante calamitoso, faltándole la punta de la nariz y otras partes. Y como queriendo redimirse del injusto trato que le dio en sus últimos años de vida, Felipe II levantó una espectacular escultura para cubrir su tumba en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Un obsequio para un hombre que no dejó nada en su testamento, «porque nada poseía en el mundo que no fuese de su hermano y señor el Rey».

La historia de Don Carlos, el sádico hijo de Felipe II que la leyenda negra convirtió en un mártir


ABC.es

  • El heredero a la Monarquía Hispánica fue prendido en enero de 1568 acusado de conspirar contra su padre. A causa de una arriesgada trepanación cuando era adolescente, el príncipe sufrió graves daños cerebrales y desarrolló un carácter muy agresivo
La historia de Don Carlos, el sádico hijo de Felipe II que la leyenda negra convirtió en un mártir

Museo del Prado Retrato del Príncipe de Asturias por Alonso Sánchez Coello

Hasta sus últimos días, Felipe II recordaría con la mayor de las penas la noche del 18 de enero de 1568. Vestido con la armadura real, el Monarca más poderoso de su tiempo condujo a un grupo de cortesanos y hombres armados por los oscuros pasillos del Alcázar de Madrid «sin antorchas ni velas» al aposento del Príncipe Carlos, el hijo del Rey y su único heredero. Al despertarse y hallarse rodeado de hombres armados, Don Carlos exclamó: «¿Qué quiere Vuestra Majestad? ¿Quiéreme matar o prender?». «Ni lo uno ni lo otro, hijo», contestó Felipe II instantes antes de que el Príncipe se llevara la mano a la pistola cargada de pólvora que guardaba siempre en la cabecera de su cama.

El joven heredero fue arrestado, sin que nadie llegara a apretar el gatillo, y acusado de conspirar contra la vida de su padre. Días antes, uno de sus mejores amigos, Don Juan de Austria –hermano bastardo del Rey y a la postre héroe de Lepanto–, se había visto obligado a desvelar los planes de su sobrino al percatarse de la gravedad de su locura. El cautiverio de seis meses, lejos de calmar a Don Carlos, empeoró su salud mental y terminó costándole la vida en un arranque de demencia a los 23 años de edad. En medio de una huelga de hambre, el heredero de la Monarquía Hispánica se acostumbró a calmar sus calenturas volcando nieve en su cama y bebiendo agua helada, lo cual terminó consumiendo su quebradiza salud. Por supuesto, la propaganda holandesa acusó directamente al Rey de ordenar el asesinato de su hijo y argumentó que lo único que quería Don Carlos era acabar con la tiranía de su padre en los Países Bajos. El melancólico y misterioso carácter del Monarca, a su vez, prestó los ingredientes para que Giuseppe Verdi, recogiendo la leyenda negra, compusiera siglos después una de sus óperas más famosas: «Don Carlo».

Endogamia, malaria y una caída: las culpables

La propaganda holandesa, sin embargo, no podía estar más equivocada en este caso. Felipe II fue excesivamente permisivo con la actitud de Don Carlos, el cual arrastraba problemas mentales desde que era niño. Del Príncipe maldito se ha dicho, sin excesivo rigor, que siendo solo un infante gozaba asando liebres vivas y cegando a los caballos en el establo real. A los once años hizo azotar a una muchacha de la Corte para su sádica diversión: un exceso por el que hubo que pagar compensaciones al padre de la niña. No en vano, junto a su sobrino biznieto Carlos II «el Hechizado», el primer hijo de Felipe II es el máximo exponente de las consecuencias de la endogamia practicada por la Casa de los Habsburgo.

Hijo de Felipe II y María Manuela de Avis, los cuales eran primos hermanos por parte de padre y madre, Don Carlos solo tenía cuatro bisabuelos, cuando lo normal es tener ocho. Según estudios recientes (Álvarez G, Ceballos FC, Quinteiro C, «The Role of Inbreeding in the Extinction of a European Royal Dynasty»), la sangre de Don Carlos portaba un coeficiente de consanguinidad de 0,211 –casi el mismo que resulta de una unión entre hermanos y solo por debajo de Carlos II, un 0,254 –. No obstante, los trabajos históricos actuales consideran que los genes no estaban directamente relacionados con la locura del Príncipe. Así, según el hispanista Geoffrey Parker en su biografía sobre Felipe II, el heredero a la Corona fue un niño relativamente normal, de inteligencia media-baja, que no sufrió graves episodios de demencia hasta la edad madura.

Bien es cierto que, como le ocurrió a Felipe II, el Príncipe heredero se crió lejos de sus padres. Huérfano de madre a los cuatro días de nacer, Carlos quedó bajo la custodia de sus tías, las hijas de Carlos V que todavía no tenían compromisos matrimoniales, puesto que su padre estuvo ausente de España en los primeros años de su reinado. Con 11 años, una plaga de malaria asoló la Corte y afectó al joven, quizás más vulnerable que el resto por sus deficientes genes. La enfermedad provocó en el Príncipe un desarrollo físico anómalo en sus piernas y en su columna vertebral, que, a su vez, pudo estar detrás de la grave caída que sufrió a los 18 años de edad mientras perseguía por el palacio a una cortesana. Los médicos llegaron a desahuciar al joven, dándole apenas cuatro horas de vida, y un grupo de franciscanos trasladaron los huesos de San Diego de Alcalá a los pies de su cama solo a la espera de un milagro. Contra todo pronóstico, una arriesgada trepanación pudo salvar la vida del Príncipe Carlos; no obstante, pronto se evidenciaría que los daños cerebrales se presumían irreparables.

En los años previos a aquella caída, Don Carlos vivió su periodo más feliz en la Universidad de Alcalá de Henares, donde estudió junto a su tío, Don Juan de Austria, y Alejandro Farnesio, que contaban prácticamente sus misma edad. Sin destacar en los estudios sino todo los contrario, el hijo del Rey al menos se contagió del ambiente juvenil y saludable del lugar. En 1560, Felipe II –juzgando aceptable su comportamiento– le reconoció como heredero al trono por las Cortes de Castilla.

Pero tras su caída nunca volvió a ser el mismo. Las fiebres que le afectaban periódicamente, recuerdo de la malaria, empezaron a repetirse con demasiada frecuencia. «Tiene un temperamento impulsivo y violento. A menudo pierde los estribos y dice lo primero que se le pasa por la cabeza», apuntó el embajador imperial en España designado en 1564 sobre el otro síntoma preocupante: sus radicales cambios de humor. En palabras del neurocirujano pediátrico Donald Simpson que ha estudiado el caso, «mostraba la desinhibida malicia de un chico con un daño frontal en el cerebro».

Fugarse a Flandes para proclamarse Rey

Por el miedo de los embajadores a que se interceptaran sus informes y el Rey pudiera ofenderse, muchas de las actuaciones contra el joven no han podido ser documentadas y se basan en testimonios indirectos. Pero consta, por la correspondencia del embajador Nobili, que el hijo del Rey frecuentaba «con poca dignidad y mucha arrogancia» los burdeles madrileños y trataba con violencia al servicio. En una ocasión, Don Carlos arrojó por una ventana a un paje cuya conducta le molestó, e intentó, en otra jornada, lanzar a su guarda de joyas y ropa. También trascendió por aquellas fechas su intento público de acuchillar al Gran Duque de Alba, al que acusaba de inmiscuirse en los asuntos de Flandes.

Los conflictos entre padre e hijo no tardaron en llegar. Tras su recuperación, Felipe II le nombró miembro del Consejo de Estado en 1564, en un último intento por fingir normalidad, y barajó la posibilidad de casarlo con María Estuardo o con Ana de Austria, la cual sería posteriormente la cuarta esposa del Rey. Pero dentro de su mente enferma, sus prioridades eran otras. Obsesionado con los Países Bajos –en ese momento en rebeldía contra Felipe II–, contactó con varios de esos líderes rebeldes, como el moderado Conde de Egmont o el Barón de Montigny, para organizar su viaje a Bruselas, donde pretendía proclamarse su soberano. En efecto, el Rey en el pasado había sopesado la posibilidad de que su hijo gobernara allí, pero las actuales circunstancias políticas y la mala salud mental del Príncipe descartaban por completo esta opción.

En una reunión mantenida con Don Juan de Austria, al que pidió ayuda para fugarse a Italia, el Príncipe le comunicó sus planes. El general español le reclamó veinticuatro horas a su sobrino para tomar una decisión, e inmediatamente salió a informar al Rey. Advertido de la traición –según varios informadores–, Don Carlos cargó una pistola y pidió a su tío que regresara a sus aposentos. La pistola no pudo efectuar el disparo que habría matado al futuro héroe de Lepanto, puesto que fue descargada previamente por un cortesano, pero Don Carlos se abalanzó daga en mano contra Don Juan de Austria, que, superior en fuerza y habilidad en el combate, redujo a su sobrino. «¡Qué vuestra Majestad no dé un paso más», gritó, apuntándole con su propia daga.

Un adalid de la rebelión de los holandeses

Las noticias de esta agresión precipitaron los acontecimientos. Felipe II mandó el 18 de enero de 1568 encerrar a su hijo en sus aposentos. En los siguientes días, licenció a los servidores de su hijo y trasladó a éste a la torre del Alcázar de Madrid que Carlos V usó como alojamiento para otro ditinguido cautivo: Francisco I de Francia, capturado tras la batalla de Pavía. La lectura de la correspondencia privada del joven sacó a la luz una conspiración, más bien el amago de una puesto que ningún noble le prestó mucha atención, para acabar con la vida de Felipe II. Y precisamente porque las cartas descubiertas cada vez elevaban más la gravedad de sus crímenes, el Monarca decretó su cautiverio indefinido en el Castillo de Arévalo.

Durante los seis meses que el Príncipe permaneció cautivo, en el mismo régimen que había padecido Juana «la Loca», fue perdiendo los pocos hilos de cordura que quedaban sobre su cabeza. Acorde a los síntomas clásicos de las personas que han padecido malaria, sufría súbitos cambios de temperatura, cuya mente enferma convirtió en peligrosos y mortales hábitos. Cada vez que padecía uno de estos ataques, ordenaba llenar su cama de nieve así como ingerir agua helada en grandes cantidades. En medio de sospechas infundadas sobre su posible envenenamiento, falleció el joven a los 23 años el 28 de julio de 1568, probablemente a causa de inanición (se había declarado en huelga de hambre como protesta).

Las vagas explicaciones de Felipe II y su empeño por destruir las cartas que incriminaban a su hijo –quizás buscando ocultar las miserias de su heredero– situaron su muerte en el terreno predilecto para alimentar la leyenda negra que los holandeses, franceses e ingleses usaban en perjuicio del Imperio español. La ópera «Don Carlo» escrita por Giuseppe Verdi siglos después y un drama del poeta alemán Schiller tomaron por referencia el ensayo «Apología», de Guillermo de Orange, que presenta la vida del Príncipe de forma muy distorsionada. El holandés inventó una relación amorosa entre Don Carlos y la esposa de su padre, Isabel de Valois, y colocó al joven como adalid de la independencia holandesa y al malvado Rey como el asesino de ambos. Más allá de una inocente literatura, este episodio se convirtió en el más importante pilar de la leyenda negra contra los españoles.