Pointe du Hoc: La misión suicida en la que 200 Rangers escalaron un acantilado lleno de nazis durante el Día D


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  • El director de cine Laureano Clavero (director de MIRASUD PRO) ha recreado una de las mayores contiendas del Desembarco de Normandía en Barcelona
 Recreación histórica de los Rangers - ABC

Recreación histórica de los Rangers – ABC

Con 40 kilos de equipo encima -entre armas y pertrechos- y la pesada carga a sus espaldas de saber que, si no cumplían con la misión que les había sido asignada, sus compañeros serían masacrados por el fuego de la potente artillería alemana. De esta guisa (y a manos descubiertas) escalaron dos centenares de Rangers (una unidad de élite específicamente entrenada para llevar a cabo operaciones rápidas) los acantilados de Pointe du Hoc -en la costa francesa- durante el Desembarco de Normandía el seis de junio de 1944.

Su objetivo no era otro que llegar hasta la cima de los riscos e inutilizar media docena de cañones germanos de 155 milímetros listos para disparar contra todo aquel que arribara a las playas de Omaha y Utah. El ascenso no pudo ser más sanguinario ya que los hombres del 2º de Rangers (los encargados de acometer esta dura tarea) recibieron balas y granadas a decenas por parte de los defensores (ubicados en la parte superior). La misión dejó en estos valientes comandos un sabor agridulce ya que, cuando lograron conquistar la posición, se encontraron con que el enemigo se había llevado los cañones a otra zona.

Este heroico episodio de la Segunda Guerra Mundial, olvidado como tantos otros por los españoles, ha sido alumbrado ahora por el foco de la actualidad gracias a Laureano Clavero -director de la productora MIRASUD PRO– y a su proyecto «Carentan-Omaha-Bastogne». Una iniciativa que busca recrear, mediante tres sesiones fotográficas, las contiendas más destacadas del ejército norteamericano tras el Desembarco de Normandía. La primera de ellas se sucedió el pasado mayo en Tarragona y rememoró la mítica batalla de Carentan entre la 101ª División Aerotransportada y los paracaidistas alemanes en un pueblo abandonado.

Ahora, por el contrario, el escenario ha sido la playa de Arenys de Mar (en Barcelona), donde este popular cineasta y varias asociaciones de recreación histórica (la «First Allied Airborne Catalunya», la «Airborne Lleida 101 División Easy Company» y la «Asociación Normandía 101 de Benicarló») dieron vida el pasado domingo al Día D y a la toma de los acantilados de Pointe du Hoc por parte de los americanos. «La actuación de los Rangers era determinante. Aquellas piezas podían hacer mucho daño a las lanchas de desembarco que se acercaban y a los mismos barcos. Su misión era vital», explica a ABC el divulgador histórico (y asesor histórico del proyecto) Pere Cardona, autor del blog «HistoriasSegundaGuerraMundial».

El Día D

El origen del Día D hay que buscarlo en los años 40, época en la que los aliados tomaron la determinación de invadir Francia atravesando el Canal de la Mancha para abrir un segundo frente a los nazis. «El Desembarco de Normandía fue una operación que Stalin llevaba mucho tiempo pidiéndole a los ejércitos occidentales. Pero tanto Churchill como Eisenhower eran contrarios a un plan de este tipo. Stalin lo quería porque así descongestionaría todo el este. Al fin se dieron cuenta de que era muy buena idea dividir al ejército alemán y comenzaron a planearlo», explica Cardona a ABC. Con este objetivo Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá reunieron una gigantesca flota de unos 160.000 soldados y 7.000 buques.

Para organizar la ofensiva, el mando combinado dividió las regiones de desembarco del norte de Francia en cinco zonas que deberían ser tomadas: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword (ubicadas de izquierda a derecha de la costa gala). Conquistar las dos primeras sería tarea de los norteamericanos. Los ingleses se encargarían de la tercera y la quinta y, finalmente, los canadienses tendrían la responsabilidad de acabar con la resistencia en la última.

Todos y cada uno de estos hombres se enfrentarían a unas defensas nazis mermadas, pero bien posicionadas. «Los alemanes habían desplegado cinco divisiones de infantería, una división aerotransportada y una división de tanques y tenían la ventaja en el posicionamiento de batalla», explica el «UU.EE. Holocaust memorial museum».

No obstante, muchas de las unidades alemanas contaban con una experiencia mínima en combate o sufrían de algunos problemas físicos. «Al “Muro Atlántico” los alemanes enviaron muchas unidades que, realmente, no eran aptas para el combate en otros frentes. Rommel consideraba que, al tener solo que defender una posición, podían solventar la situación. Así pues, había unidades con soldados mayores de 45 años o enfermos con problemas gastrointestinales» explica, en declaraciones a ABC, Joan Parés, miembro del grupo de recreación histórica «First Allied Airborne Catalunya». En verano todo estaba planeado. Pero había una serie de problemas. Los principales eran gigantescos y tenían forma de cañones y estaban ubiados en Pointe du Hoc.

La misión

Se podría decir que una buena parte del desembarco estadounidense dependía de la conquista de este risco. «La orden era inutilizar las seis piezas de artillería de 155 milímetros que había en Pointe du Hoc, la cima de un acantilado de 30 metros ubicado entre las playas de Omaha y Utah» explica, en declaraciones a ABC, Jaime Mendoza -recreador histórico desde los años 90, experto en la historia del ejército americano, colaborador de «Mundo Militaria» y uno de los participantes en la sesión fotográfica-. En palabras de este divulgador, los cañones podían causar verdaderos estragos debido a su alcance efectivo de 14 kilómetros y a su situación estratégica.

La única forma forma de tomar esta posición era desembarcando en la playa y ascender mediante cuerdas y escalas por los acantilados. Algo sumamente arriesgado, pues implicaba que -aquellos que fueran seleccionados para la misión- recibirían una infinidad de disparos y granadas desde lo alto del risco. Y no solo eso, sino que estarían indefensos mientras ascendían por la pared de roca al tener las manos ocupadas sujetando la cuerda.

Al alto mando se le planteó una dura decisión: ¿A quién encargar esta cruenta tarea? Al final, se seleccionó a los Rangers, la élite de la infantería estadounidense. Unos soldados destinados a desplegarse de forma veloz y llevar a cabo misiones de riesgo en la primera línea de batalla.

«No éramos unos chicos simpáticos, ni muy afables, pero sí especiales. Teníamos algo que ardía dentro. Estábamos listos para la acción y confiábamos mucho en nosotros mismos. Además, amábamos el riesgo y la aventura» afirmaba en un documental para el Canal Historia James Eikner (uno de los Rangers presentes en Pointe du Hoc). Lo cierto es que no tampoco eran demasiado veteranos (pues se habían graduado en 1943) pero sí contaban con un entrenamiento específico para expulsar de la cima a los alemanes.

En palabras de este militar retirado, la recomendación de que estos soldados fueran los seleccionados para escalar los acantilados de Pointe du Hoc fue del mismísimo general Omar Nelson Bradley, al mando de las tropas del desembarco en Omaha y Utah. «Vio a los Rangers en el norte de África y dijo “estos cabrones pueden hacer lo que sea. Se que destruirán esos cañones, pero puede que no queden muchos después». Con todo, también se estableció que la zona sería bombardeada previamente (y hasta la saciedad) para facilitar el trabajo a los asaltantes.

«En Pointe du Hoc debían desembarcar tres compañías, la D, la E y la F (de 68 hombres cada una). Todas ellas, del 2º Batallón de Rangers», añade Mendoza a ABC. A nivel de organización, el recreador recuerda que, habitualmente, los batallones americanas contaban con más hombres y compañías, pero en los Rangers el número había sido reducido por ser una unidad especial. «Una compañía de Rangers contaba con dos secciones, cada una de 31 hombres mandada por un oficial. A este número se sumaba el Estado Mayor, formado por cuatro hombres (un soldado, un cabo, un sargento y un capitán)», añade. El total, en definitiva, sería de unos 225 soldados.

Las horas previas

A las cuatro y media de la mañana, todavía dentro de los buques ubicados en el Canal de la Mancha, los soldados destinados en el «Prince Baudoin» se cuadraron al escuchar las palabras que, a la vez, tanto esperaban y temían: «¡Rangers, a sus lanchas!». Junto a ellos, otros tantos hombres se prepararon para el día más importante de sus vidas: la jornada en la que empezarían a liberar a Europa del nazismo. Sin embargo, antes de vencer a los alemanes muchos tuvieron que enfrentarse a su otro gran enemigo: la bravura del agua.

Y es que el líquido elemento andaba revuelto debido al tiempo, y muchos de ellos no sabían nadar. El resultado fueron multitud de tobillos torcidos al acceder a las embarcaciones. «Resultaba una actividad peligrosa, con la pequeña lancha subiendo y bajando y dando brincos contra el costado del buque. Varios hombres se rompieron los tobillos o las piernas al no calcular debidamente el momento en que debían saltar o al verse atrapados entre la borda y el costado de los barcos», explica Antony Beevor en su obra «El Día D».

En este punto las fuentes son contradictorias. Mientras algunos autores afirman que estos soldados portaban en su mayoría el equipo básico de la infantería norteamericana (el cual incluía el fusil M1 Garand), Antony Beevor es partidario de que los Rangers iban menos cargados (con poco peso) y portaban, en su mayoría, subfusiles. Así lo explica en su obra: «La mayoría de ellos iban armados con poco más que una subametralleta Thompson, una automática del 45 y unos 100 gramos de dinamita atados al casco».

Los recreadores presentes en el evento son partidarios de la versión de que los Rangers portaban el equipo básico de infantería. «Llevaban el fusil de dotación Garand M1, que disparaba 8 cartuchos en semiautomático. Las Thompson eran un armamento muy específico. En cada compañía solía haber un número reducido de Thompsons (4 o 5) que llevaban normalmente los oficiales y los suboficiales. En principio estaban más extendidas, pero fueron retiradas», determina a ABC Mendoza.

En todo caso, e independientemente de las armas que portasen, cuando estuvieron dentro de las lanchas, el capitán del navío les despidió de la siguiente forma: «Buena caza Rangers». Mientras se alejaban de los navíos, los hombres que iban en las lanchas escucharon como los bajeles aliados empezaban a descargar varias andanadas de cañonazos sobre los diferentes puntos estratégicos. «Los grandes cañones te producen en el pecho la sensación de que alguién te ha abrazado y te ha dado un buen achuchón», afirma Ludovic Kennedy, uno de los combatientes presentes en el Día D.

El gran error

Poco después ya todo dependía de los Rangers que iban en las lanchas de desembarco. Poco podía hacer ya la artillería. Sin embargo, la misión de estos soldados pudo acabar en desastre incluso antes de empezar. ¿La razón? Que, por error, el timonel de la Marina Real británica que manejaba la primera barca se equivocó y la dirigió demasiado al este. A un punto erróneo de la costa. Por suerte, el teniente coronel James E. Ruddler (el oficial al mando del 2º de Rangers) se percató y corrigió rápidamente el fallo. El objetivo principal se salvó, pero a costa de luchar media hora durante la corriente.

Así recuerda Eikner aquel suceso: «La mañana del Día D, al amanecer, todos estábamos forzando la vista queriendo ver algo en el horizonte. Según su fueron haciendo más nítidas las figuras, nos dimos cuenta de que algo no iba bien. El coronel Ruddler fue el primero en actuar. Dijo “demonios, esto no es Pointe du Hoc”. El coronel se enderezó -era un hombre enorme- y dijo “timón a la derecha”. El timonel estaba tan asustado que simplemente le hizo caso. Toda la columna de botes giró. Llegamos 38 minutos tarde, a las siete y ocho. Y los alemanes ya estaban listos en la parte de arriba, disparándonos según nos acercábamos».

Desembarcando

Después del que el frio metal de las barcazas tocara la playa de Normandía frente a los acantilados, desde las mismas se dispararon unos curiosos artilugios «made in» las fuerzas armadas británicas: unos garfios impulsados por cohetes que arrastraban las cuerdas por las que deberían subir los Rangers. Para desgracia de los aliados, muchos se quedaron cortos debido al peso extra del agua con la que se habían mojado. Además, también se usaron extensas escaleras de la brigada contra incendios de Londres.

Como explica Beevor, los alemanes no podían creer que les dispararan aquellos garfios. Su sorpresa fue mayúscula. «El cuartel general de la 352ª División de Infantería fue informado de que “desde los buques de guerra en alta mar el enemigo dispara contra los acantilados bombas especiales de las que salen escalas de cuerda”». Con todo, la sorpresa les duró poco y, más temprano que tarde, empezaron a disparar con todo lo que tenían a los Rangers. El fuego provenía de armas tan variopintas como los míticos fusiles Kar 98 o las no menos llamativas ametralladoras pesadas MG42.

Por su parte, los Rangers empezaron a desembarcar y a disparar hacia las alturas. Apoyados, eso sí, por el fuego de los destructores «Satterlee» (de los Estados Unidos) y «Talybont» (de la Royal Navy inglesa). Ambos, con su acierto, lograron darles algunos minutos para tomar posiciones en la playa y empezar a escalar. «Los disparos obligaron a los defensor a permanecer agazapados durante los primeros momentos del asalto», añade el anglosajón en su obra.

Así describió Leonard Lommell (uno de los Rangers que desembarcó) aquella traumática situación: «Yo fui el primer herido de mi lancha de desembarco. Una bala de ametralladora pasó a través de mi costado derecho y me atravesó un músculo, pero no me dio en ningún hueso». Por suerte para este soldado, ninguno de sus órganos vitales reultó herido y pudo continuar luchando.

La sangrienta escalada

A partir de ese momento comenzó una sangrienta lucha en la que los Rangers ubicados a los pies del acantilado trataban de cubrir a aquellos que ascendían. «Los alemanes estaban arriba, tirando granadas. Te quitabas la sangre de las botas y seguías adelante», añade, en este caso, Eikner. Solo había una cosa en sus cabezas: conseguir llegar a la cima y detener aquella marea de granadas. «Grité “muchachos, están tirando granadas, meted la cabeza y sacad los culos”: Ya se sabe, el culo se puede encargar de la metralla mucho mejor que la cara», completa el militar.

Pero los alemanes no eran los únicos enemigos a los que los Rangers se enfrentaban. Y es que, además de todo ello, tenían que subir por una pared casi vertical cargando 40 kilos de equipo. A pesar de su entrenamiento, muchos acabaron extenuados a medio camino. «Cuando Bob y yo estábamos subiendo por la cuerda, Bob me dijo: “no puedo conseguirlo, ¿me puedes echar una mano?”. Yo le contesté “Bob, no te puedo ayudar porque yo mismo me estoy preguntando si tengo suficiente fuerza para llegar a la cima. Luego otro compañero se lo echó a la espalda y siguió avanzando», añade Lommell.

La suerte de los norteamericanos fue dispar ya que, mientras algunos lograron ascender hasta el punto y empezar a dar guerra a base de tiros a los alemanes, otros como Eikner recibieron un impacto y cayeron de nuevo a la playa. «Lo último que recuerdo es una explosión y un montón de rocas rodando por la colina. Estuve desmayado no se cuanto tiempo. Cuando me levanté sentí el dolor en mis piernas, descubrí que estaban llenas de ampollas de sangre», explica el soldado. A pesar de ello, logró sobrevivir y comenzó la escalada de nuevo.

Sin cañones

Al cabo de unas horas los Rangers lograron llegar a la cima y establecer un perímetro defensivo. Aunque 16 de ellos no pudieron conseguirlo y fallecieron durante el trayecto. La misión se había cumplido. O eso creían ya que, cuando llegaron arriba, vieron perplejos como los cañones habían sido trasladados. Los emplazamientos de hormigón estaban totalmente vacíos.

«Fue una horrible experiencia. Tanto sacrificio para ver que no había ningún cañón», explica Lommell. Por suerte, cuando la zona estuvo dominada y los defensores fueron expulsados, los americanos enviaron una pequeña patrulla a investigar unas marcas de raíles ubicadas en el suelo. «Siguieron las marcas y encontraron los cañones dos kilómetros más adentro, en una granja. Allí los desactivaron», completa Mendoza a ABC.

Eiknet explicaba así el cumplimiento final de su misión: «Habíamos cumplido nuestro objetivo. La patrulla había encontrado los cañones y los había dejado fuera de servicio. Habíamos cortado la carretera y habíamos impedido su uso al enemigo. No podían mandar refuerzos a Omaha porque habíamos cortado las comunicaciones». Para su desgracia, todavía tuvieron que esperar dos días hasta la llegada de sus refuerzos. Dos jornadas en las que sufrieron multitud de bajas. «Cuando llegaron sus refuerzos, solo quedaban 90», completa el recreador.

La épica batalla que enfrentó a la 101ª Aerotransportada y a la élite de los paracaidistas alemanes el Día D


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  • El director Laureano Clavero ha recreado en un pequeño pueblo de Cataluña el asalto norteamericano a la ciudad de Carentan para una sesión fotográfica. Por ello, repasamos esta olvidada contienda
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Un paracaidista de la 101ª, antes de partir hacia Normandía – ABC

Decir «Día D» evoca en los amantes de la historia una serie de cruentas imágenes. La mayoría, de soldados norteamericanos siendo masacrados mientras pisan la arena de las playas del norte de Francia. Sin embargo (y a pesar de que las primeras horas de la Operación Overlord provocaron una gigantesca oleada de heroicidades) los días posteriores al Desembarco de Normandía suelen quedar difuminados en las páginas de los libros.

Y todo ello, a pesar de que en ellos se vivieron batallas determinantes para la historia de Europa como la que enfrentó a paracaidistas norteamericanos y a sus homólogos alemanes por la ciudad de Carentan. Un punto clave en el devenir del desembarco y que, tras una ingente cantidad de balas y muertes, acabó bajo bandera estadounidense.

Hasta ahora, esta contienda había sido pasada por alto en nuestro país (de hecho, poco se ha escrito sobre ella en español). No obstante, a finales del pasado mayo volvió a estar de actualidad gracias al popular director Laureano Clavero y a la productora «MIRASUD PRO». Y es que, esa fue la fecha en la que el también fotógrafo transformó un pequeño pueblo abandonado de Tarragona en Carentan como parte de su último proyecto.

La iniciativa consiste en llevar a cabo una serie de sesiones fotográficas recreando tres de las contiendas más destacadas de los Estados Unidos en la lucha contra Hitler: la ya comentada batalla de Carentan; el ataque de los Rangers americanos de las baterías nazis en el Día D (la cual se materializará en noviembre) y la defensa de Bastogne. En el caso que nos ocupa, el artista ha contado con la participación de varios grupos de recreación histórica: la «First Allied Airborne Catalunya», la «Airborne Lleida 101 Division Easy Company» y la «Asociación Normandía 101 de Benicarló».

PUEDES LEER MÁS SOBRE EL PROYECTO DE LAUREANO EN EL SIGUIENTE ENLACE:

La 101ª División Aerotransportada aterriza en Cataluña comandada por Laureano Clavero

El Día D

«La flota de invasión apareció en el horizonte como una ciudad gigantesca de grandes edificios en el mar, una cosa enorme». Así es como definió el «Obergefreiter» Alfred Sturm (un cabo primero del ejército alemán) el colosal número de buques que vio arribar a las playas de Normandía el 6 de junio de 1944.

Otro soldado se limitó a decir, simplemente, que la flota «se extendía frente a nuestra costa hasta donde alcanzaba la vista». Una afirmación que, no por ser más sencilla, dejaba de ser cierta. Y es que, los aliados habían reunido la friolera de 160.000 soldados y 7.000 barcos (6.939 según el historiador Chris Mann) para romper las defensas costeras dirigidas por el mariscal de campo germano Erwin Rommel y liberar por fin Europa del yugo nazi.

Para organizar la ofensiva, el mando combinado dividió el norte de Francia (el objetivo final de las fuerzas) en cinco zonas de desembarco: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword (ubicadas de izquierda a derecha de la costa gala). Conquistar las dos primeras sería tarea de las fuerzas norteamericanas. Los ingleses, por su parte, se encargarían de hacer lo propio en la tercera y la quinta. Finalmente, los canadienses tendrían la responsabilidad de acabar con la resistencia germana en la última zona.

Todos y cada uno de estos hombres se enfrentarían a unas defensas nazis mermadas, pero bien posicionadas. «Los alemanes habían desplegado cinco divisiones de infantería, una división aerotransportada y una división de tanques y tenían la ventaja en el posicionamiento de batalla», explica el «UU.EE. Holocaust memorial museum».

No obstante, muchas de las unidades alemanas contaban con una experiencia mínima en combate o sufrían de algunos problemas físicos. «Al “Muro Atlántico” los alemanes enviaron muchas unidades que, realmente, no eran aptas para el combate en otros frentes. Rommel consideraba que, al tener solo que defender una posición, podían solventar la situación. Así pues, había unidades con soldados mayores de 45 años o enfermos con problemas gastrointestinales» explica, en declaraciones a ABC, Joan Parrés, miembro del grupo de recreación histórica «First Allied Airborne Catalunya» (especialistas en la 101ª División Aerotransportada y colaboradores en el proyecto fotográfico de Laureano Clavero).

Las órdenes de los «paracas»

Sin embargo, para cuando el sol desplegó sus rayos dando paso al 6 de junio (el momento en el que los barcos iniciaron la mayor invasión marítima de la historia) unos 23.000 hombres ya habían comenzado su ataque sobre Normandía. Estos aguerridos militares eran aquellos pertenecientes a las unidades aerotransportadas aliadas, y tenían unos objetivos determinantes para el éxito de los compañeros que iban a desembarcar en el norte de Francia: aterrizar tras las líneas de defensa germanas, tomar los puentes ubicados en retaguardia para evitar que los refuerzos nazis llegaran a las playas, neutralizar los cañones contrarios ubicados a varios kilómetros de la zona de desembarco, y -por descontado- acabar con cualquier enemigo que viesen en su camino.

Las unidades designadas para estas misiones fueron, por el lado americano, las Divisiones 82ª y 101ª (esta última, de reciente creación y entrenada específicamente para asaltar las playas de Normandía).

«El plan era que los paracaidistas de la 82ª cayeran a ambos lados del río Merderet para asegurar las localidades de Saint-Mére-Église. De este modo, habrían cortado la línea ferroviaria que conducía a Cherburgo. También debían conquistar varios puentes […] para que las fuerzas llegadas por mar avanzaran con rapidez. […] La 101ª, que saltaría más cerca de la playa de Utah, sería la encargada de ocupar las carreteras elevadas que conducían a ella a través de los pantanos inundados de agua, así como los puentes y una esclusa del río Douve», explica el historiador Antony Beevor en «El Día D».

«Un soldado escribió que varios de sus compañeros saltaron a tan baja altura que no pudieron abrir los paracaídas y se estrellaron haciendo un ruido similar al de calabazas estallando contra el suelo»

A su vez, la 101ª División recibió las órdenes de arrebatar a los alemanes Sainte-Mère-Eglise (ubicada en la retaguardia de la zona de desembarco Utah) y apoderarse posteriormente de la pequeña población de Carentan lo antes posible. La razón fue que el mando había establecido que, debido a su ubicación, este pueblecito sería el punto en el que se unirían las fuerzas norteamericanas tras asegurar Utah y Omaha. Todo ello para partir, posteriormente, hacia el interior de Europa.

En esta operación, tal y como explica el «Centro histórico paracaidista del Día D», participaron un total de 2.000 hombres. «El 1er y el 2º batallón del 506º Regimiento [de la 101ª], el 3er batallón del 502º y el 1er batallón del 401º Regimiento de Planeadores fueron designados para esta misión», explica la divulgadora histórica Susan Bryant en «Screaming Eagles». No obstante, también participarían en la batalla otras unidades (algunas del 501º).

Un salto desastroso

En la noche del 5 al 6 de junio de 1944, la 101ª División Aerotransportada fue llevada en volandas mediante aviones de transporte hasta la retaguardia de las líneas alemanas. Sus primeras horas en el aire fueron desesperantes, pues los pilotos de los aeroplanos tuvieron que enfrentarse al fuego de las baterías antiáereas germanas.

«En el Día D hubo cierto caos. Todo ocurrió porque los pilotos americanos de transporte siempre habían sido tratados como aviadores de segunda. Para ellos eran meros transportistas que no solían recibir entrenamiento para la batalla. Muchos entraron por primera vez en combate en el Desembarco de Normandía y se encontraron con un fuerte fuego de artillería que les iba derribando. Eso provocó que cometieran errores como dar la luz verde [permitir a los paracaidistas que saltaran] a velocidades muy altas y a alturas muy bajas. Un soldado escribió, por ejemplo, que varios de sus compañeros saltaron a tan baja altura que no pudieron abrir los paracaídas y se estrellaron haciendo un ruido similar al de calabazas estallando contra el suelo» explica, en declaraciones a ABC, Parrés.

El desconcierto hizo que una buena parte de los soldados fueran desperdigados por toda la cosa de Normandía sin ton ni son (no pocos a muchos kilómetros de las zonas que debían conquistar); perdieran una buena parte de su equipo en los saltos; y -en muchos casos- murieran antes siquiera de pisar tierra.

Aquel contratiempo provocó también que los «paracas» no pudieran reunirse en grandes fuerzas de combate con las que asaltar las posiciones alemanas. Por el contrario, los miembros de la 101ª (al igual que la 82ª) tuvieron que juntarse en pequeños grupos y atacar a los nazis como si fueran comandos.

Con todo, las baterías germanas también dieron lugar a momentos curiosos como los protagonizados por el capitán Francis Sampson, capellán de la 101ª. Este religioso cayó por error sobre una marisma y, con el ajetreo, perdió su misal bajo las aguas y el barro. ¿Cuál fue su reacción? Tal y como afirma Cornelius Ryan (presente en el Día D) en su obra «El día más largo», obviar el fuego enemigo y bucear «repetidamente buscando el saco que contenía sus objetos de culto».

Hacia Carentan

Más allá de los curiosos saltos que se produjeron durante el Día D, tras el desconcierto inicial (y después de organizarse en regimientos) los miembros de la 101ª se pusieron manos a la obra. Así fue como partieron desde Sainte-Marie-du-Mont (su principal lugar de aterrizaje) hasta el siguiente pueblo, Saint-Côme-du-Mont, ubicado a menos de 8 kilómetros de la posición.

«Tuvimos que meternos en el agua. Nos cubría hasta el pecho y llevábamos las armas pesadas con nosotros. Pero no teníamos más remedio que hacerlo así»

En aquella región los combates fueron sumamente cruentos debido como se explica en la obra «Utah Beach to Cherbourg, 6 – 27 June 1944») al fuego de «armas de pequeño calibre, ametralladoras y a los disparos de los antitanques y cañones de 88 mm». A pesar de todo, los paracaidistas (entre los que se destacaron los miembros del 3er batallón del 501º) lograron conseguir que los alemanes (la mayoría, también paracaidistas germanos a las órdenes del «Major» Von der Heydte) se retiraran hasta Carentan. Por entonces, el calendario marcaba ya el 8 de junio de 1944.

Así narró el mismo Heydte aquella huida hacia el pueblo: «Fue al segundo o tercer día cuando a todas las fuerzas que estábamos al norte de Carentan, […] se nos mandó retirarnos hacia el sur, ante el temor de que nos rodearan. Los americanos atacarían hacia el oeste y tal ataque podría colocarles al sur y detrás de mi. Por ello pensé que no tenía ningún sentido el permanecer en St. Cosme du Mont y que era preferible, en su lugar, defender Carentan. En mi opinión, ésta localidad era mucho más importante. ¿Pero como demonios podríamos llegar a Carentan? Todos los puentes habían sido volados. Por eso […] tuvimos que meternos en el agua. Nos cubría hasta el pecho y teníamos que llevar las armas pesadas con nosotros. Pero no teníamos más remedio que hacerlo así».

Las defensas de Carentan

Después de la pérdida de Saint-Côme-du-Mont, Carentan (enclave de vital importancia para los estadounidenses y -por ende- para los alemanes) acabó traba defendida por dos regimientos de paracaidistas alemanes. Los llamados Fallschirmjäger. Ambos al mando de Heydte. En principio (durante los años en los alemanes habían dominado Europa), unidades de élite entrenadas para llevar a cabo todo tipo de operaciones especiales.

«Formaban una tropa de élite basada en el alistamiento voluntario, la instrucción y el espíritu de cuerpo. Características todas ellas imprescindibles, puesto que las condiciones técnicas del salto de combate, en pequeños grupos, debían hacerlos capaces de poder tomar por sí mismos decisiones de gran importancia para la marcha de las operaciones», explican los divulgadores históricos Miguel del Rey y Carlos Canales en su obra «Fallschirmjäger» (editada por Edaf).

Sin embargo, durante el Día D las principales fuerzas de Heydte estaban formadas por soldados novatos pertenecientes al 6º Regimiento Paracaidista. «Para entonces, ni la formación de los paracaidistas era ya la adecuada para ser considerados auténticos Fallschirmjäger, ni la aviación alemana tenía posibilidades de lograr el control del espacio aéreo», añaden los expertos.

Además, las unidades habían quedado mermadas durante los combates en las regiones cercanas. «El 2º batallón llegó con bajas. Del 1º, aniquilado durante la retirada, solo pudieron regresar a Carentan 25 paracaidistas», determinan los españoles.

A pesar de ello, estos hombres tenían de su parte el número (eran 6.500 efectivos, según el «Centro Histórico Paracaidista») y la historia, pues los Fallschirmjäger habían participado a lo largo de la Segunda Guerra Mundial en batallas como la de Montecassino donde habían demostrado su destreza. Por si fuera poco, Heydte había recibido la orden del mismísimo Rommel (quien, a su vez, la había escuchado de los labios de Hitler) de resistir «hasta el último hombre» en Carentan.

Primer contacto

Poco después de hacer retroceder a las fuerzas alemanas hasta Carentan, la 101ª División Aerotransportada hizo los preparativos para asaltar la ciudad. Algo difícil, pues la situación del pueblo (construido sobre varios ríos) hacía que, prácticamente, solo se pudiese acceder a él mediante cuatro puentes construidos en línea.

Cole dirigió una carga a bayoneta contra la posición alemana de Carentan

De ellos, los primeros habían sido derrumbados. Y el último, por su parte, había sido bloqueado. «El 9 de junio, el Coronel Sink -del 506º- hizo un reconocimiento de las afueras de la ciudad. Un avión informó de que la ciudad había sido evacuada [de civiles] y que habían sido volados sus accesos», se determina en la obra «Utah Beach to Cherbourg, 6 – 27 June 1944».

El ataque, a pesar de todo, se ordenó. Y la unidad encargada de llevarlo a cabo fue el 3er batallón del 502º regimiento de la 101ª División Aerotransportada. Este grupo, al mando del Coronel Cole. Cuando el reloj dio aproximadamente la media noche del día 9, una patrulla se dirigió en barco hasta el cuarto puente (el que daba acceso a las afueras de la ciudad) para ver en qué condiciones se encontraba. Para su desgracia, había sido bloqueado con un artilugio metálico (una «puerta belga»).

Ataque inicial

Tras informar de la situación en la que se hallaba el terreno, se estableció que se lanzaría el ataque esperado en la tarde del día 10. Un asalto que se llevaría a cabo con apoyo de artillería.

Gracias a una pasarela, los norteamericanos lograron superar los primeros puentes. No obstante, los alemanes, que de tontos no tenían ni un pelo de la «kartoffel», esperaron hasta que la línea de los «paracas» americanos estuvo sumamente extendida para disparar sus conocidas ametralladoras MG42 desde una casa de campo ubicada más allá del último puente.

Así fue como se desató el infierno y comenzó un tiroteo gigantesco que provocó que la 101ª viera su avance sumamente ralentizado. Para terminar el día, además, se unieron al combate dos aviones nazis. Algo sumamente extraño en aquellos días debido a que el dominio de los cielos era totalmente aliado.

A la carga

A las cuatro de la madrugada del 11 de junio, y tras lograr acabar con el obstáculo que impedía el paso por el puente número 4, se ordenó al 3er batallón del 502º tomar por las bravas aquella casa de campo infernal que daba acceso a la ciudad de Carentan. Cansado de tanto disparo para arriba, y ametralladora para abajo, Cole ordenó a sus hombres cargar con la bayoneta calada contra la dichosa posición.

Al las 6:15, Cole hizo sonar su silbato y dirigió el asalto. De los 250 hombres que deberían haberle seguido, tan solo 20 se levantaron para acompañarle. Aunque 50 más se unieron después. Al menos, así se afirma en «Utah Beach to Cherbourg, 6 – 27 June 1944»: «A pesar del desorden inicial, los hombres avanzaron hasta la casa de campo».

El combate siguiente, tanto en la casa como en las inmediaciones de la misma, fue brutal tanto para los Fallschirmjäger y para los hombres de la 101ª. Con todo, los norteamericanos lograron finalmente abrirse paso a base de cuchillos y granadas. Cuando el humo se disipó y los gritos cesaron, los estadounidenses habían logrado tomar la posición, pero las bajas habían sido tan sumamente brutales que Cole solicitó ser reforzado con otra unidad.

A partir de ese momento comenzó una nueva pesadilla para los americanos. Y es que, aunque habían logrado conquistar un enclave de suma importancia para acceder posteriormente al centro de Carentan, tuvieron que resistir una serie de sangrientas embestidas de los «paracas» nazis. «La lucha fue tan dura que […] entraron en el pueblo 700 hombres y la noche del 11 solo quedaban 132», destacan los autores españoles. En la tarde del día 11, los estadounidenses sometieron a los alemanes a un intenso fuego de artillería.

Mientras todo aquello sucedía, los hombres del 327º Regimiento de Infantería Aerotransportada (reforzados por el 1er batallón del 401º de Infantería Aerotransporada) avanzaron hacia el sur para tratar de entrar en Carentan. Terminaron el desplazamiento a última hora de la tarde y crearon un perímetro defensivo para atrapar a los paracaidistas enemigos en un movimiento de pinza cuando recibieran la orden de ataque.

Posteriormente fueron reforzados por más paracaidistas. Otro tanto hicieron los combatientes del 501º y el 506º. Los momentos finales se acercaban para los defensores de la ciudad. Los alrededores habían sido tomados y solo era cuestión de tiempo que las defensas flaqueasen.

La retirada alemana

Sin comida y con un gran número de bajas a sus espaldas, Heydte entendió que todo estaba perdido y ordenó la retirada. La fecha en la que se tomó esta decisión genera a día de hoy controversia. Así pues, Beevoor afirma que la marcha se sucedió el día 10; Canales y del Rey sentencian que fue el 11 y, finalmente, otras tantas fuentes hablan del 12.

«Heydte tenía escasez de municiones y no podía establecer contacto con el Cuartel General»

«Heydte tenía escasez de municiones y no podía establecer contacto con el Cuartel General […] así que ordenó al 6º regimiento paracaidista que se retirase. […] Su retirada debía ser protegida por una retaguardia, encargada de mantener a raya a los paracaidistas americanos la mañana siguiente», determina Beevor. Fuera como fuese, cuando los americanos iniciaron su asalto, apenas tuvieron que enfrentarse a 80 enemigos. Habían ganado la batalla de Carentan.

Por su parte, Heydte (cuya defensa le granjeó a sus hombres el apodo de «Los leones de Carentan») tuvo que enfrentarse a una vergüenza mayor que la de retirarse: la de ser denigrado por sus superiores. «Por la noche, mientras estaba realizándose la retirada, el Brigadeführer Ostendorff, al mando de la 17ª División de Granaderos Acorazados de las SS Götz von Berlichingen, apareció en el puesto de mando de Heydte, haciéndole saber que [la unidad] había pasado a sus órdenes. Debían conservar Carentan a toda costa. Heydte dijo que ya había ordenado la retirada, pues desconocía que la 17ª de las SS estaba de camino», añade Beevor. El oficial se quejó de no haber sido avisado, pero el alto mandó le reprochó haber huido.

¿Reconquista?

El 13 de junio, ávido de arrebatar Carentan a los paracaidistas americanos (y a sus pertinentes refuerzos) los alemanes recién llegados trataron de recuperar la ciudad. Pero poco pudieron hacer. Y es que, la aparición de la 2ª División Acorazada (formada principalmente por carros de combate Sherman), al mando del general de brigada Rose decantó la batalla del lado estadounidense.

Después de ello, los ojos se posaron en Heydte. «Aunque acusado de cobardía, Heydte se libró del consejo de guerra poruque acababa de ser condecorado con la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro con Hojas de Roble», añade Beevor.

Desde entonces, se reconoce a nivel internacional la valentía de los paracaidistas americanos en la toma de Carentan. Un coraje que no se concede a los alemanes defensores. Por ello, hace pocos años, uno de los germanos supervivientes al ataque (Jo Dahms) publicó un libro recordando que, a pesar de que defendían a Hitler, el valor militar de sus compañeros.

«Lejos de las escenas de espectacularidad de la invasión, el 6º Regimiento Paracaidista se batió día y noche, abandonados a su suerte y sin víveres, viviendo el más sangriento combate de su historia. Unido en la vida y la muerte a su comandante, fue la única unidad cuya intervención en la zona del Desembarco de Utah fue ininterrumpida. Pese a la superioridad en material y en número del enemigo, el avance de las tropas aliadas pudo ser momentáneamente detenido. La energía con la que el 6º Regimiento hizo frente a la potencia enemiga permitió retrasar el reagrupamiento [la unión] de los cuerpos de ejército de Utah y Omaha durante más de diez días».

Todo ello, según determina el alemán, a pesar de que las fuerzas enemigas eran entre cuatro y cinco veces superiores.

 

El «súper espía» catalán que impidió que los tanques de Hitler aplastasen a los Aliados el Día D


ABC.es Manuel P. VillatoroABC_Historia

  • Juan Pujol, el hombre que engañó a Hitler, fue confundido por Carmena con un periodista franquista

 

 Varios soldados desembarcan en Francia - ABC

Varios soldados desembarcan en Francia – ABC

Juan Pujol -el hombre que Carmena confundió con un periodista franquista– nació el 14 de febrero de 1912 en Barcelona. De padre catalán y madre murciana, se crió en una familia que nunca se decantó por un bando político, aunque -como bien señala el historiador Jesús Hernández en «Las cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial»- siempre defendió los valores tradicionales. Con el comienzo de la Guerra Civil española, el futuro espía internacional se alistó en el ejército republicano y, en un descuido, saltó a una trinchera del bando franquista para entregarse. Terminó con sus huesos en el ejército nacional, pero se las ingenió para que no le enviaran al frente. «En el fondo, se sentía apolítico y estaba orgulloso de no haber llegado a disparar en toda la guerra», explica el experto español.

Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Pujol se decantó por el bando de los Aliados y se personó -allá por 1940- en la embajada del Reino Unido en Madrid para ofrecer sus servicios como espía. No le prestaron ninguna atención, pero eso no iba a detenerle. Decidido a ser un agente inglés, se puso en contacto con el ejército nazi para ofrecerles ser su informador. Los alemanes aceptaron y, después de otorgarle formación básica en las artes del espionaje y un nombre en clave (Arabel), le enviaron a Londres a desempeñar su tarea. Sin embargo, el catalán nunca llegó a tierras británicas, sino que se escondió en Portugal y, desde allí, adjuntó información falsa a la embajada de Alemania en Madrid basándose en guías de viajes de la región.

El MI5 (la organización responsable del contraespionaje en el país) no tardó en percatarse de que Pujol estaba haciendo las veces de agente doble para el ejército Aliado pues -aunque los hombres de la Abwehr (la inteligencia germana) no se daban cuenta de ello- cometía multitud de errores a la hora de enviar sus supuestos informes. Entre ellos, solía equivocarse cuando daba cuenta del dinero que le había costado usar el trasporte público. El servicio secreto inglés llegó a decir sobre Pujol que «fue un milagro que hubiera sobrevivido durante tanto tiempo». Al final, Gran Bretaña contactó con él y le «alistó» tras definirle como un hombre con una «inagotable y fuerte imaginación». Fue entonces cuando se convirtió en «Garbo». Un nombre que le pusieron por ser un «auténtico actor».

La «gran cruzada» contra Hitler

En 1944, Garbo ya había enviado cientos de informes a los alemanes para ganarse su confianza. Su método habitual consistía en darles datos veraces sobre operaciones reales, pero procurando que llegaran horas o días después de que estas se hubiesen sucedido. Para aumentar su credibilidad creó una considerable red de espías falsos que corroboraban sus «soplos». Entre los falsos colaboradores destacaban un piloto de la RAF que amaba emborracharse, un curioso sujeto aficionado a la poesía o un lingüista que odiaba el comunismo. Además, y según Hernández, se inventó una relación con una empleada del Ministerio de la Guerra del Reino Unido para explicar lo minuciosa que era su información. Ese mismo año, Pujol fue requerido por los británicos. Su nueva misión sería engañar a Hitler para que no supiera donde se iba a suceder el día D.

La responsabilidad era gigantesca, pues debía evitar que Hitler sospechase que los más de 7.000 buques y casi 2 millones de hombres que se estaban preparando en el sur de Inglaterra iban a cruzar el Canal de la Mancha y hacer su aparición en Normandía. Para ello, Garbo envió información falsa a los alemanes insistiendo en que la operación no se iba a suceder en verano. Sin embargo, llegó un momento en que fue imposible ocultar la misión debido a la gran cantidad de tropas presentes en Gran Bretaña, por lo que cambió de estrategia.

Ideó una gigantesca red de mentiras que tejió desde su «despacho» de la calle Crespigny Road nº 35 de Londres. Este contaba con dos partes. La primera, denominada «Fortitude North», buscaba que los germanos creyesen que la invasión iba a sucederse en la costa de Noruega. En la segunda, conocida como «Fortitude South», debería inventarse la existencia de un falso contingente (con nombre en clave FUSAG, al mando de Patton y con su cuartel general en Wentworth) y afirmar que se estaba preparando para atacar Calais, a unos 300 kilómetros de Normandía (el objetivo principal).

Si lo conseguía, lograría que los Aliados no tuviesen que enfrentarse a dos divisiones de carros de combate y otras cinco de infantería que habían sido destinadas en Calais. Garbo se puso en marcha. A los pocos días, ya había enviado decenas de mensajes señalando -por ejemplo- que su agente de Liverpool había avistado fuerzas «destinadas a atacar la costa atlántica francesa en el sur». Además, el catalán desconcertó todavía más a los nazis aportando sus propias opiniones. Así pues, en una ocasión hizo especial hincapié en que sus fuentes consideraban que era seguro que se iba a suceder «un ataque contra Noruega». Sus informes surtieron efecto y desconcertaron al mismísimo Hitler.

Sin embargo, a Garbo (así como a otros espías que trabajan junto a él) todavía le quedaba una última prueba que tuvo que pasar el mismo Día D, el 6 de junio de 1944. Para que los alemanes siguiesen manteniendo su confianza en él, el gobierno británico estableció que debería informar a los nazis de que -efectivamente- había un desembarco se iba a producir en la playa de Normandía, aunque con tan poco tiempo de reacción (apenas unas horas) que no tuviesen tiempo para desplazar a sus hombres hasta la zona. «No se trataba de presunción, mantener la confianza alemana en la infalibilidad de Garbo era crucial. El retraso en la trasmisión desde Madrid a Berlín era de unas tres horas, por lo que, para cuando el mando alemán recibiera el mensaje, la invasión estaría en marcha», explica Ben Macintyre en su libro «La historia secreta del Día D».

Garbo, obediente, envió varios mensajes a partir de las tres de la mañana a la embajada alemana en Madrid señalando que se iba a producir una invasión en Normandía. El plan salió a la perfección pues, al no haber nadie de guardia en el edificio, los nazis no pudieron usar los datos ni tan siquiera con horas de retraso. «Los alemanes se desesperaron pensando que, si alguien hubiera estado allí para recibir la información de Garbo, podrían haberse enfrentado con éxito al desembarco», añade Hernández. Así pues, aquel día las 7 divisiones que podrían haber expulsado a los Aliados de las playas se quedaron en Calais, esperando un asalto que nunca llegó. Al menos hasta el 8 de junio, cuando Hitler no tuvo más remedio que desplazarlas para combatir la amenaza que se cernía sobre sus dominios. Arabel volvió entonces a demostrar sus dotes de espía al convencerle mediante falsos informes de que hiciera dar la vuelta a sus soldados, pues había indicios de que los Aliados atacarían otras zonas de mayor importancia. El «Führer» lo hizo. Fue engañado dos veces.

«Garbo nunca creyó que la Guerra Civil fuese la solución»

Afirma que no es un experto en la materia, pero Pedro Corral (San Sebastián, 1963) tiene a sus espaldas toda una vida dedicada a la investigación histórica de la Guerra Civil. En las últimas semanas, además, se ha vuelto uno de los políticos más perseguidos por corregir los errores cometidos por Ahora Madrid en su revisión del callejero de la ciudad. Hoy le preguntamos por Garbo, quien, antes de ser espía, pasó por el ejército republicano y franquista.

-¿Cómo pudo luchar Pujol en ambos bandos?

-Después de que la República le llamara a filas se escondió en Barcelona para evitar la guerra. Era un profundo pacifista. Nunca creyó que luchar fuese la solución. Estuvo oculto algún tiempo, pero le tenían tan atemorizado que, cuando el presidente del Gobierno republicano, Juan Negrín, dictó en 1938 una amnistía que perdonaba a los desertores de filas si regresaban al ejército, se reenganchó. Posteriormente, mientras me documentaba para un libro, descubrí en los archivos un parte del ejército republicano en el que se informaba de la deserción de Juan Pujol. Así fue cómo descubrí que se había pasado al bando nacional en la batalla del Ebro. Pero no porque fuera adepto a Franco, sino porque quería evitar la guerra, huía de ella.

-¿Demostró en la Guerra Civil sus dotes de espía?

-Se podría decir que sí. El mismo 9 de octubre, un día antes de desertar, se encargó de dar una charla propagandística a los franquistas desde las trincheras republicanas. En ella les dijo que la causa republicana era la que merecía la pena y que deberían dejar de combatir. Ese día convenció a todos sus compañeros de que realmente era de su bando y la jornada siguiente desertó. Dio una lección de auténtico agente doble.

-¿Merece Garbo un hueco en el callejero madrileño?

-Su papel fue brillante en la Segunda Guerra Mundial. Creo que sería formidable que a este héroe de la Segunda Guerra Mundial se le concediera un espacio público en Madrid. Es alguien del que todos los españoles deberíamos sentirnos orgullosos.

 

El prognatismo Habsburgo, la deformación de la mandíbula que acomplejaba a Carlos V


ABC.es

  • La vergüenza que le causaba que le vieran masticar con dificultad hacía que prefiriera comer en solitario, sin que nadie pudiera contemplar sus apuros. El asunto es especialmente relevante dado que el Rey, con tendencia a sufrir episodios depresivos, era adicto a la comida y posiblemente bulímico

    Thyssen-Bornemisza Retrato del Emperador Carlos V en 1533

    Thyssen-Bornemisza
    Retrato del Emperador Carlos V en 1533

La endogamia –el matrimonio entre primos hermanos– fue un instrumento político empleado por la familia Habsburgo para mantener unidas las dos ramas de la dinastía, la española y la alemana, y la responsable de que el último de sus reyes en España, Carlos II «El Hechizado», fuera incapaz de dar un sucesor a la Corona. Los elevados coeficientes de consanguinidad de Carlos II, con una cifra de 0,254 (la misma presente en un matrimonio entre padre e hija), le hicieron portador de numerosos genes recesivos y alteraciones genéticas, entre ellas probablemente el síndrome de Klinefelter, que provocaron su incapacidad para tener hijos y para gobernar. Entre esta herencia genética envenenada, Carlos II presentaba el prognatismo que su padre, su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo… ya exhibieron. Casi un símbolo de poder, la mandíbula prominente fue un distintivo de los Habsburgo, pero también el origen de muchos complejos personales como el sufrido por Carlos V (I de España).

El prognatismo es una deformación de la mandíbula por la cual ésta, bien en la parte superior o bien en la parte inferior, sobresale del plano vertical de la cara. Esta desalineación entre el maxilar y la mandíbula impide el correcto encaje de la boca al cerrarla y causa dificultad para hablar, morder y masticar. Precisamente por ello, el prognatismo –que es habitual en otras especies de homínidos– se soluciona hoy con una cirugía o a través del uso de ortodoncia en los casos más extremos. Diferentes personajes históricos con mandíbulas exageradamente prominentes no pudieron recurrir, como es evidente, a ninguna solución médica más allá del uso de la barba como hizo la mayoría de los miembros de la Casa de Austria, los Habsburgo.

Un símbolo de poder de los Habsburgo

La muerte de Isabel «la Católica» en 1504 y la antipatía de una parte de la nobleza castellana hacia Fernando «el Católico» alzó en el trono de Castilla al hijo de Maximiliano I de Habsburgo, Felipe «el Hermoso», casado con Juana «La Loca», que en el momento del casamiento era la tercera en la línea de sucesión al trono pero que ascendió posiciones con la muerte de sus hermanos mayores. El hijo mayor del matrimonio, Carlos I, heredó las coronas de Castilla y de Aragón a consecuencia de la prematura muerte de su padre, el fallecimiento sin herederos varones de Fernando «El Católico» y la incapacidad para reinar de su madre. Si bien su padre Felipe I y su abuelo Maximiliano I de Alemania ya portaban un llamativo mentón, es Carlos V de Alemania y I de España quien hizo más por la notoriedad del prognatismo. De hecho, esta condición es conocida en los países anglosajones como «the Habsburgo Jaw» como resultado precisamente del peso histórico e icónico de Carlos V en las islas británicas a raíz de su intermitente amistad, luego enemistad abierta, con Enrique VIII.

Kunsthistorisches Museum Retrato del entonces Príncipe Carlos, el futuro emperador, con su familia paterna

Kunsthistorisches Museum
Retrato del entonces Príncipe Carlos, el futuro emperador, con su familia paterna

«Tiene los ojos ávidos, el aspecto grave, pero no cruel ni severo; ni en él otra parte del cuerpo se puede inculpar, excepto el mentón y también toda su faz interior, la cual es tan ancha y tan larga, que no parece natural de aquel cuerpo; pero parece postiza, donde ocurre que no puede, cerrando la boca, unir los dientes inferiores con los superiores; pero los separa un espacio del grosor de un diente, donde en el hablar, máxime en el acabar de la cláusula, balbucea alguna palabra, la cual por eso no se entiende muy bien», describe el embajador veneciano Gaspar Contarini sobre el Emperador Carlos V a los veinticinco años de edad. El mentor «que parece postizo» era, en opinión de la mayoría de los cronistas, el rasgo más llamativo del Emperador y también el que afeaba más su aspecto, lo cual no evitó que para los estándares de la época fuera considerado un hombre atractivo y apuesto. La fama de hombre mujeriego acompañó toda la vida al Monarca más poderoso de su tiempo, hasta el punto de que se le cuentan al menos cinco hijos fuera del matrimonio.

Que no perjudicara su imagen de hombre proporcionado no significa que el prognatismo estuviera exento de una infinidad de inconvenientes. Según observa el médico psiquiatra Francisco Alonso-Fernández en su libro «Historia personal de los Austrias españoles», su mandíbula le obligaba a aparecer siempre con la boca medio abierta, articular la palabra de una forma defectuosa (signo patológico designado como disartria) y a tener que luchar en la masticación y la deglución de los alimentos. La vergüenza que le causaba que le vieran masticar con dificultad hacía que prefiriera comer en solitario, sin que nadie pudiera contemplar sus apuros. El asunto es especialmente relevante dado que el Rey –con tendencia a sufrir episodios depresivos y a mostrar comportamientos obsesivos– era adicto a la comida y a abusar de todo tipo de alimentos. El médico de la Corte, Villalobos, llamó la atención en sus estudios sobre estos malos hábitos del Rey: reclamaba con reiteración mayor abundancia en la comida y exigía la introducción de nuevos platos casi a diario. Y puesto que nunca modificó su peso corporal pese al apetito exagerado, el psiquiatra Francisco Alonso-Fernández y otros autores argumentan como lo más probable que el Rey fuera bulímico.

La característica mandíbula de Carlos V de Alemania y I de España era muy conocida a nivel popular y sirvió a quienes querían ofenderle con improperios. Como Pierre de Bourdeille cuenta en su famosa obra «Bravuconadas de los españoles», un soldado que servía en Hungría al Emperador y a su hermano, Fernando Rey de los romanos, se quejó amargamente de las condiciones del servicio y afirmó de forma deslenguada «váyase al diablo, bocina fea, que tan tarde es venido, que todo el día somos muertos de hambre y frío». La referencia a la deformidad de su boca no ofendió a Carlos V, que se lo tomó con humor y no dio orden de castigar al soldado, al menos según Bourdeille, pero da una idea aproximada del tono de los insultos empleados contra su figura.

Felipe II, Felipe IV y, en un grado menor, Felipe III, también mostraron la característica mandíbula prominente, pero ninguno alcanzó una desproporción igual a la de Carlos V, ni a la de Carlos II «El Hechizado». En el conjunto familiar de las dos ramas, la española y la alemana, los más afectados fueron Leopoldo I de Austria y Carlos II de España, dos casos donde el grado de consanguinidad era especialmente alto. Los padres de Carlos II eran tío y sobrina y los dos tenían prognatismo por lo que es posible que pasaran una carga genética a su desventurado hijo que generase una mandíbula especialmente deforme que le impedía hablar o comer con normalidad.

A pesar de todo, los Habsburgo hicieron del prognatismo casi un símbolo de poder. Muchas de las monedas y medallas de estos soberanos, donde podrían haber disimulado sus mandíbulas inferiores, parecen aún más prognatas que en los propios retratos. Como ocurre con la leyenda de la sangre azul, la prominencia de sus mandíbulas les conectaba con sus gloriosos antepasados, que en el caso de la rama española habría estado presente tanto por parte de los Trastámara como los Borgoñeses, y les diferenciaba así del resto de los mortales.

 

Los aterrizajes más absurdos de los paracaidistas aliados en el Día D


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  • El Desembarco de Normandía provocó decenas de curiosas situaciones. Desde soldados que se quedaron colgados de campanarios, hasta capellanes desesperados por haber perdido su misal durante el salto
Galerie Bilderwelt Imagen de archivo del desembarco de Normandía

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Imagen de archivo del desembarco de Normandía

Seis de junio de 1944. Fue en la noche de una jornada como hoy, aunque hace ya 71 años, cuando más de 24.000 paracaidistas aliados se subieron a sus aviones con el objetivo de cruzar las líneas enemigas y disgregarse por el norte de Francia. Una misión casi suicida que provocó miles de muertos y otros tantos heridos. Incertidumbre y valor. Desesperación y sentido del deber. Todo ello, y un inmenso carrusel de emociones más, es lo que sintieron estos héroes cuando partieron sabiendo que eran la punta de lanza de una gigantesca operación para liberar Francia del yugo nazi en la que participarían un total de 160.000 soldados. Un collar que llevaba apretando a la nación desde que cayó en manos de Hitler en 1940.

Pero el destino es inesperado y, en ocasiones, puede dar un revés de realidad a los héroes. Eso es –precisamente- lo que sucedió a muchos paracaidistas norteamericanos, canadienses y británicos que, tras recibir durante meses un arduo entrenamiento que les convirtió en auténticas máquinas de matar, vieron frustrados sus deseos de conquista y fama debido a la mala suerte. Y es que, la diosa fortuna hizo que muchos de ellos dieran con sus posaderas (tras un aterrizaje muy movido) en lugares tan inoportunos como campos de minas, gigantescas charcas en las que se ahogaron debido al peso que cargaban o, incluso, campanarios y árboles de los que se quedaron colgados sin poder moverse. Tampoco se libraron los capellanes de campaña, muchos de los cuales sintieron verdadero pavor cuando pisaron tierra y se percataron de que habían perdido su Biblia y su crucifijo en el salto.

Comienza la operación

Para hallar el origen del Desembarco de Normandía es necesario viajar en el tiempo hasta 1944. Por entonces la situación era bastante precaria para las tropas del «Führer» que, tras ser derrotadas en Stalingrado (en territorio Soviético) habían iniciado su retirada paulatina hacia Berlín en el este. Tan mal andaban las cosas para los nazis en ese frente que británicos, estadounidenses y canadienses se propusieron hincar el diente a Alemania abriendo un segundo frente por el oeste. Así pues, se acordó realizar hacer un desembarco a lo largo de toda la costa de Normandía para presionar el enemigo por dos flancos y que se viese obligado a dividir sus fuerzas. Una operación que, según explica el historiador Martin Gilbert en su libro «El desembarco de Normandía», llevaba urdiéndose desde 1940.

Una tarea sencilla de decir, pero de lo más dificultoso de hacer. Y es que, a pesar de que el monstruo nazi estaba herido, no andaba ni mucho menos fallecido. A su vez, Hitler no era estúpido y había ordenado a uno de sus más conocidos y reputados oficiales, Erwin Rommel –el «Zorro del desierto»- que organizase el denominado «Muro Atlántico» (las defensas de las playas de Normandía) para lograr detener el desembarco que se preveía inminente. Con tal objetivo, el militar -que se había dado de tortas contra Montgomery en el norte de África- preparó 6.500.000 minas y 500.000 obstáculos y organizó en la zona a casi 400.000 soldados de infantería y un número considerable de carros de combate.

La misión era vital. Lo que ganar con ella, mucho; aquello que perder, más todavía. Y es que, todos y cada uno de los combatientes sabían que, una vez sobre la tórrida arena gabacha, las posibilidades de sobrevivir eran menos que escasas. Pero no les importaba, pues eran hombres dispuestos a dejarse su existencia (en el sentido más literal de la palabra) para que «la France» pudiera volver a cantar aquello de «Liberté, égalité, fraternité». Eran unos héroes, que se podría decir en la actualidad. En especial los valerosos paracaidistas, los encargados de abrir camino en vanguardia a base de fusil, granada y gónadas.

Y es que, sus misiones eran de las más difíciles de la jornada. En primer lugar, debían tomar varias cabezas de puente alemanas ubicadas tras la primera línea de defensa situadas en las playas de Normandía. ¿El objetivo? Evitar que, cuando los nazis se percataran del guirigay que se había montado en la zona, enviasen a través de estas vías refuerzos para expulsar a los aliados. Así pues, debían defender hasta la muerte la zona para no comprometer a sus compañeros. Por otro lado, algunos recibieron también la orden de destruir posiciones de artillería nazis que, desde determinados puntos de retaguardia, podía dar más de un dolor de germanas a aquellos que desembarcaban desde los más de 7.000 buques y lanchas aliadas que se habían juntado en el Canal de la Mancha.

Los paracaidistas sin suerte

«Estáis a punto de embarcar en la Gran Cruzada para la que nos hemos estado preparando estos meses. Los ojos del mundo están sobre vosotros. Las esperanzas y oraciones de los amantes de la libertad en todas partes marchan con vosotros. […] Conseguiréis destruir la maquinaria de guerra alemana». Esta fue una parte de la carta que, en las últimas horas del 5 de junio de 1944, leyeron todos los paracaidistas aliados antes de iniciar su vuelo hacia Normandía. Su autor era el Comandante en Jefe de las fuerzas combinadas Dwight D. Eisenhower, y la verdad es que fue parco en palabras (pues escribió escasamente un folio). Con todo, sus subordinados no necesitaron más y, tras impregnarse de las palabras del militar al mando, se dispusieran a caer sobre Francia.

Sin embargo, lo que estos hombres no sabían es que, debido al intenso fuego de las baterías antiáereas alemanas, sus aviones se iban a desviar kilómetros y kilómetros de su ruta. Por tanto, fueron cientos los paracaidistas que aterrizaron en una zona que no habían estudiado y de la que no sabían nada. La situación se complicó cuando se percataron de que no podían hacer ningún ruido ni llamar la atención de los germanos, por lo que lo tendrían difícil para orientarse en aquella oscuridad llamando a sus compañeros o buscando un punto de referencia. En aquella situación, el capitán Anthony Windrum tiró por tierra todo su entrenamiento y, tras caer en un lugar desconocido, se limitó a plantarse en medio de una carretera (algo no demasiado aconsejable) y, como un motorista perdido, encender su linterna para ver un poste de identificación cercano. Contravino todas las órdenes y podría haber muerto, sí, pero se orientó. Tuvo suerte.

El soldado Raymond Batten, del 13º batallón británico, tuvo una fortuna similar. Y es que, este soldado cayó solo sobre una unidad alemana que se hallaba en un bosque. Con todo, el que su paracaídas se quedase colgado de un árbol consiguió entender su vida. «Batten oyó el tartamudeo de una ametralladora que estaba muy cerca. Un minuto después, sintió el crujido de los matorrales y los pasos lentos de alguien que se dirigía hacia él. Batten había perdido su metralleta en el descenso y no tenía pistola», explica Cornelius Ryan (presente en el Día D) en su obra «El día más largo». Tenso, decidió hacerse el muerto para salvar el pellejo, y, según parece, sus enemigos mordieron el anzuelo. «La figura simplemente se alejó», afirmó posteriormente el combatiente.

Algo parecido le pasó a John Steele, del 505º Regimiento de la 82ª División Aerotransportada norteamericana. Este soldado tuvo tan mala fortuna que no pudo evitar que su paracaídas acabase colgado del campanario de la iglesia de Ste.-Mére-Église, un pueblo en el que se había iniciado una auténtica lucha a muerte entre nazis y aliados. El combatiente fue testigo de todo aquello desde su privilegiada posición, aunque sabía que podía morir en cualquier momento si alguien se percataba de que estaba vivo.

«Intentó desasirse pero, sin saber cómo, su cuchillo cayó a la plaza. Steele decidió que su única esperanza pasaba por hacerse el muerto. Se hizo el muerto en sus arreos de manera tan real, que el teniente Willard Young, de la 82ª División, recordaría al cabo de los años al “paracaidista muerto que colgaba del campanario”. Permaneció en esa posición más de dos horas hasta que le hicieron prisionero los alemanes», determina el experto en su obra.

Tampoco anduvo muy suertudo el teniente Richard Hilborn, del 1er batallón canadiense. Y es que, a pesar de que las órdenes eran no hacer ruido y no llamar la atención del enemigo, cayó sobre un edificio dándose de bruces contra una gran cristalera. Lógicamente, el ventanal cedió, pero en el proceso hizo un ruido de mil demonios que alertó a todos los presentes en un amplio radio de acción. Con todo, no había alemanes en la zona (únicamente aliados) y el soldado pudo salir por su propio pie de la zona. Con todo, es seguro que, si sus superiores le hubiesen visto, habrían tomado medidas contra su torpeza, pues aquel estruendo revelaba no solo su posición, sino la de todos sus compañeros.

Tensión, minas y capellanes sin misales

Si por algo destacó el desembarco de los paracaidistas el Día D fue por la gran tensión acumulada que tomó a todos y cada uno de los combatientes. Así lo dejó claro el comandante Donald Wilkins -del 1er batallón canadiense- cuando, minutos después de aterrizar, se topó con una serie de figuras sentadas sobre un césped cercano. Su susto fue mayúsculo e, instantáneamente, se tiró al suelo para protegerse de los posibles enemigos. Sin embargo, los presuntos alemanes no se movieron. A los pocos minutos, el oficial hizo un leve ruido para lograr que se inmutaran. Nada. ¿Cuál era la razón?

Aquellas siluetas no eran más que estatuas de piedra. «Se levantó maldiciendo después de observarlas con detenimiento. Sus sospechas se confirmaron», determina el autor anglosajón.

Sin embargo, si hubo algo peor que llevarse un susto, fue lo que le ocurrió a cabo Louis Merlano, de la 101ª División norteamericana. Este combatiente tuvo la mala fortuna de caer sobre una explanada llena de minas (algo que se podía leer en un cartel cercano).

¿Qué hizo nuestro protagonista? Lejos de amedrentarse, le echó arrestos y corrió entre ellas. La fortuna quiso que aquella ruleta rusa tuviera éxito y, finalmente, logró saltar una verja y huir de la zona. Un golpe de suerte dentro de aquella increíble situación.

Otro de los peores aterrizajes, según explicaron posteriormente los presentes, fue el que protagonizó el capitán Francis Sampson, capellán de la 101ª División. Y es que, el sacerdote cayó sobre una marisma con tan mala suerte que perdió su misal y su crucifijo. «Sin hacer caso del fuego de ametralladora y mortero que comenzaba a llegar, se dirigió al sitio donde había caído y buceó repetidamente en busca del saco que contenía sus objetos de culto. Lo extrajo al quinto intento», añade Ryan. Tuvo más suerte que otros tantos que, al caer sobre una zona similar, se ahogaron en pocos palmos de agua debido a la ingente cantidad de peso que llevaban encima (unos 50 kilos) en equipo.