El diminuto cerebro de un dinosaurio gigantesco descubierto en Cuenca


EL Mundo

Los restos de un gigantesco ampelosaurio hallado en 2007 en el yacimiento de Lo Hueco (Cuenca) han permitido la reconstrucción en 3D del cerebro del animal, que sólo alcanzaba los ocho centímetros de largo. El trabajo, recién publicado en la revista PLOS ONE, se ha llevado a cabo gracias a los restos fosilizados de su cráneo, de unos 70 millones de años de antigüedad (Cretácico superior).

Hasta ahora, sólo se conoce una especie de este género, ‘Ampelosaurus atacis’, que fue descubierta en Francia. No obstante, las diferencias entre el fósil español y el francés no excluyen la posibilidad de que pudiera tratarse de dos especies diferentes.

El investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales del CSIC, Fabien Knoll, que ha dirigido la investigación, considera que “serían necesarios más restos para garantizar que se trate de una nueva especie”. Por ello, el equipo ha clasificado al ejemplar como ‘Ampelosaurus sp.’, lo que deja abierta su identificación a nivel especifico.

El ampelosaurio pertenece al grupo de los saurópodos, dinosaurios de gran tamaño que llegaron a colonizar grandes extensiones del planeta durante la Era Mesozóica (hace entre 253 millones de años y 66 millones de años). En concreto, se trata de un titanosaurio, un grupo de herbívoros dominantes en la última mitad del Cretácico (última fase del Mesozoico).

Larga evolución

Los primeros saurópodos surgieron unos 160 millones de años antes de la aparición del ampelosaurio. No obstante, a pesar de ser el fruto de una larga evolución, el cerebro del ampelosaurio no muestra ningún desarrollo notable. Knoll explica: “Este saurio podría haber llegado a medir hasta 15 metros de largo, sin embargo, su cerebro no ocupaba más de ocho centímetros”.

Para el investigador del CSIC, “el aumento del tamaño del cerebro no ha sido favorecido durante la evolución de los saurópodos”.

Otra de las características halladas en la reconstrucción cerebral del saurio conquense es el pequeño tamaño de su oído interno. Según Knoll, “esto podría indicar que el ampelosaurio no estaría adaptado a mover rápidamente ni los ojos, ni la cabeza, ni el cuello”.

En enero de 2012, Knoll lideró la investigación para recrear el cerebro de otro saurópodo, ‘Spinophorosaurus nigeriensis’. La simulación en 3D de su cerebro reveló que dicho ejemplar, al contrario de lo que ha evidenciado el estudio de la caja craneana de ampelosaurio, presentaba un oído interno muy desarrollado.

Para el investigador del CSIC, “resulta un misterio que haya tanta diversidad en el desarrollo del oído interno dentro de un grupo tan homogéneo de dinosaurios, por lo que es necesario seguir trabajando en este tema”.

La investigación ha contado con la colaboración de investigadores de la Universidad de Ohio (EE.UU), la Universidad Autónoma de Madrid y la Universidad Nacional de Educación a Distancia.

Los dinosaurios eran animales de sangre caliente


El Mundo

Reconstrucción del ambiente en Las Hoyas (Cuenca). | Raúl Martín

Reconstrucción del ambiente en Las Hoyas (Cuenca). | Raúl Martín

En una de las primeras apariciones de un dinosaurio en la película ‘Jurassic Park’ de Steven Spielberg, uno de los protagonistas toca un ejemplar recreado a partir del ADN preservado en ámbar y exclama algo así como: “¡En efecto! Tenían sangre caliente”.

En la comunidad científica ha habido durante cuatro décadas un encendido debate sobre si los dinosaurios eran o no de sangre caliente. Pero en los últimos años, el análisis de unas estructuras de los huesos parecidas a los anillos de crecimiento de los árboles en dinosaurios ha hecho que durante mucho tiempo predominase la hipótesis de que estos animales fueron reptiles de sangre fría (ectotermos), es decir, que necesitan energía del exterior para realizar sus funciones vitales de la misma forma que los lagartos o serpientes actuales que necesitan del calor del Sol para vivir.

Sin embargo, algunos investigadores de prestigio como Jack Horner, que sirvió de asesor a Spielberg para la película, tenían sus argumentos para seguir pensando que los dinosaurios eran animales de sangre caliente (endotermos). Pero les faltaba un argumento lo suficientemente sólido como para derribar la hipótesis dominante de que tenían sangre fría.

Análisis de huesos de mamíferos actuales

Ahora, una investigación realizada en España acaba de desmontar esta hipótesis y devuelve el debate al mismo punto en el que se encontraba hace 40 años. Pero, para lograrlo, los científicos, pertenecientes al Instituto Catalán de Paleontología Miquel Crusafont (ICP), no han tenido que tocar ni un solo resto de dinosaurio.

Hace años, un grupo de investigadores comenzó a estudiar estos anillos de crecimiento en los restos de huesos de algunos dinosaurios encontrados en yacimientos paleontológicos. Estas estructuras son en realidad lo que los investigadores llaman líneas de parada del crecimiento (LAGs), que se producen cuando el crecimiento del animal se detiene o ralentiza debido a condiciones ambientales desfavorables, como el invierno o las estaciones secas.

Estas líneas, que sí se habían encontrado en animales de sangre fría, nunca había sido vistas en mamíferos o en animales de sangre caliente (salvo algunas excepciones, como los osos, que fueron achacadas a los ciclos vitales con ralentizamiento del metabolismo durante la estación fría). En aquellas investigaciones, los investigadores encontraron estas LAGs en las muestras de dinosaurios. De forma que se convirtió rápidamente en uno de los principales argumentos que sustentaban la hipótesis de que los dinosaurios eran animales de sangre fría.

Sin embargo, la investigación española recién publicada en la revista ‘Nature’ ha ahondado en el estudio de estos anillos de crecimiento en mamíferos y ha demostrado su existencia en una gran variedad de especies de sangre caliente. “La creencia de que no había LAGs en los huesos de animales endotermos era el argumento principal que sostenía la hipótesis de la ectotermia de los dinosaurios. Nosotros hemos desmontado este argumento”, explica a ELMUNDO.es Xavier Jordana, uno de los autores de la investigación y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Herramienta para la conservación de la biodiversidad

“El estudio que hemos hecho es muy potente, por la cantidad de material y la diversidad de especies con las que hemos trabajado, pero no lo diseñamos para encontrar la respuesta a la termofisiología de los dinosaurios. Nosotros pretendíamos conocer mejor la fisiología de los mamíferos actuales y queríamos entender cómo el ambiente los afecta:cómo cambia su crecimiento en función de la temperatura exterior, de las lluvias o de la disponibilidad de alimentos y agua“, explica Meike Köhler en un comunicado remitido por el ICP.

Köhler y sus colaboradores han analizado más de un centenar de rumiantes. En total han analizado hasta 115 fémures derechos de especies de 36 localidades diferentes en África y Europa, que en su conjunto cubren casi la totalidad de los regímenes climáticos actuales.

Las muestras provienen de Hamburgo (Alemania) y pertenecen a una completísima colección de animales salvajes elaborada hace más de 60 años por la exploradora Marguerite Obussier. En aquel entonces aún no había impedimento legal en ir de safari a África, matar los ejemplares que deseases, documentarlos y llevarlos a Europa para formar parte de una colección zoológica. Ahora, esas muestras han servido para que el equipo de Köhler y Jordana haya podido obtener las conclusiones publicadas en ‘Nature’.

Para ello, los científicos tuvieron que cortar los fémures, incluirlos en una potente resina y pulirlos hasta dejar una muestra de 0,1 milímetros de espesor. Luego, esas láminas fueron observadas al microscopio óptico de luz polarizada para estudiar sus LAGs.

Pero la investigación no se queda solo en el debate sobre la termoregulación de los dinosaurios, sino que tiene también una clara aplicación directa en los estudios de conservación de la biodiversidad actual de nuestro planeta. “Podemos conocer detalles de la edad a la que ha muerto un individuo, a qué edad maduró sexualmente y cómo le están afectando cambios como los derivados del cambio climático”, explica Jordana. “Esto es muy importante para evaluar el estado de conservación de una especie determinada”.

El Tesoro de la calle del Alcázar.Cuenca


Informes sobre Patrimonio Castilla la Mancha

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Un nuevo hallazgo arqueológico a veces puede cambiar la visión, la cronología o las características que venimos aplicando a los periodos o episodios históricos de nuestras ciudades o nuestros territorios. Cuando estos hallazgos son en metal precioso, tienen además ese atractivo popular, que a veces les valora en demasía frente a su valor documental o de objeto arqueológico propio de una etapa histórica. Sea una u otra la visión que apliquemos, el hallazgo producido durante la última campaña de excavaciones en la Plaza de Mangana de Cuenca, donde se asentaba la alcazaba islámica de la ciudad, ha supuesto la entrada en el museo de una buena colección de piezas de numismática pertenecientes al periodo comprendido entre los reinados de Fernando VI e Isabel II.

Se trata de un conjunto de monedas formado por 247 piezas de oro y una de bronce escondidas en una jarra de cerámica cuyo peso asciende a casi 6 kilogramos. La cantidad ocultada suponía 56.740 reales de vellón con 4 maravedíes, una suma considerable de dinero.

El hallazgo ocurrió en concreto en la Calle del Alcázar, en diciembre de 2009, bajo el suelo de yeso compactado de una estancia del siglo XVI que perduró hasta principios del siglo XX apoyada en la pared interior de la muralla.

Con motivo del Día Internacional de los Museos de 2010, el Museo de Cuenca quiso mostrar este tesoro instalado en una vitrina que reúne las mejores condiciones expositivas, asegurando su seguridad y unas condiciones medioambientales óptimas. Para ello recuperó una pequeña sala en la segunda planta del edificio del Museo de Cuenca de tal modo que queda inserta en la línea argumental de la exposición permanente.

Datación y Valor

La moneda más antigua del tesoro se emitió en 1758, durante el reinado de Fernando VI (1746-1759). Se trata de una moneda de 8 escudos, acuñada en la ceca de Lima (Perú); por otro lado las piezas más modernas son las emitidas durante el reinado de Isabel II (1833-1868). Corresponde a un grupo de 17 monedas de 80 y 100 reales emitidas entre los años 1837 y 1861, acuñadas en las cecas de Barcelona y Madrid.

El resto de monedas se emiten entre estos dos reinados. Las podemos agrupar de la siguiente manera:

  • 90 monedas emitidas entre los años 1769 y 1789 durante el reinado de Carlos III (1759-1788). Su valor es de 8, 4, 2 y 1 escudo de oro y 4 maravedíes de bronce, acuñadas en las cecas de Madrid, Sevilla, Popayán (Colombia), Potosí (Bolivia), Méjico, Santiago (Chile), Lima (Perú) y Nuevo Reino de Granada (Santa Fe de Bogotá, Colombia).
  • 99 monedas emitidas entre los años 1789 y 1808 durante la monarquía de Carlos IV (1788-1808) con un valor de 8, 4, 2 y 1 escudo, acuñadas en las cecas de Madrid, Popayán (Colombia), Santiago (Chile), Nuevo Reino de Granada (Santa Fe de Bogotá, Colombia), Lima (Perú) y Méjico.
  • 1 moneda de 80 reales emitida en el año 1809 y acuñada en la ceca de Madrid reinando José Napoleón (1808-1813).
  • 40 monedas de 8, 4, y 2 escudos y 80 reales, emitidas entre los años 1808 y 1826 Fernando VII (1808-1813-1823), acuñadas en las cecas de Sevilla, Madrid, Nuevo Reino de Granada (Santa Fe de Bogotá, Colombia), Santiago (Chile), Méjico, Lima (Perú) y Popayán (Colombia).

Como hemos anotado con anterioridad el tesoro pesaba 6 kilogramos y su valor ascendía a 56.740 reales de vellón con 4 maravedíes. Para poder valorar qué suponía esta cantidad en la vida real podemos echar un vistazo a lo que podíamos hacer entonces con ese dinero.

En 1780 el Corregidor de la ciudad cobraba 4.400 reales anuales, el archivero 794 reales y 24 maravedíes, el Guarda de la Sierra 1.430, una matrona 720 o un médico podía ganar 3.525 reales al año. El jornal diario era de 9 o 10 reales. La cesta de la compra de una familia de 4 personas ascendería a 2.000 reales anuales. Por un buen caballo se podían pagar hasta 1.200 reales. El salario de un brigadier del ejército era de 30.000 reales anuales, la pensión anual de una viuda de militar era de 1.800 reales. Una familia acomodada, tendría una renta de 10.000 reales anuales y un aristócrata rico podía tener una renta anual de 50.000 reales. Por documentos conservados de la época sabemos que en 1831 se podía comprar una casa en Cuenca por 22.000 reales. Con todos estos datos, podemos afirmar que el tesoro era de gran valor y que o bien pertenecía a una familia pudiente o a algún funcionario del gobierno.

Ocultación del Tesoro

Una vez datadas las monedas por su emisión, hemos de interpretar el por qué nos encontramos este tesoro oculto en una pared de la muralla escondido en una jarra de cerámica.

Entre mediados del siglo XVIII la primera mitad del siglo XIX la situación económica y social de Cuenca sufrió diferentes reveses. Por un lado, durante el siglo XVIII la ciudad contó con cierta actividad económica, destacando las fábricas de papel y paños que ayudó a su crecimiento; su población ascendía en 1789 a 7.815 habitantes. A comienzos del Siglo XIX, la invasión de los franceses entre 1808 y 1812 sometió a Cuenca a numerosos saqueos, pillajes y destrucciones. Para 1850, funcionaban varias fábricas de madera pero dos fuertes epidemias de cólera asolaron la ciudad en 1853 y en 1855, provocando un nuevo descenso demográfico. Asimismo en la primera mitad del Siglo XIX se inicia el proceso desamortizador que, desde 1836 hasta finales del Siglo, va a contribuir a la reforma jurídica de la propiedad de la tierra. Cuenca sufrió también las consecuencias de las desamortizaciones que crearon nuevos ricos entre burócratas, labradores y comerciantes que adquirieron los bienes desamortizados.

En el último tercio del siglo XIX, la ciudad contaba con alumbrado público, correo semanal, telégrafo, Instituto de Enseñanza Media y Escuela de Magisterio. Estas instituciones estaban dentro del actual casco histórico donde también se ubicaron la Diputación Provincial, la Hacienda Pública y el Gobierno Militar. En 1868, se produjo la revolución y el derrocamiento de Isabel II. En 1873 se proclamó la 1ª República, provocando un periodo de fuertes turbulencias y conflictos en la ciudad, con destructivas consecuencias. Entre los efectos devastadores para Cuenca se encuentra el comienzo de la Tercera Guerra Carlista. Así las tropas carlistas al mando del Coronel Santés, con 4.600 hombres aterrorizaron la provincia saqueando las poblaciones de Enguídanos y Cañete. Posteriormente durante los días 14, 15 y 16 de julio de 1874 se produjo el asedio, la ocupación y el saqueo de la ciudad. La ocupación fue terrible, registrándose las casas una a una y robando todas las cosas de valor, además del asesinato de treinta y cinco vecinos. En este ambiente de inseguridad y ante la exigencia de fuertes recaudaciones, alguien ocultó y enterró la jarra de vino con las monedas de oro. Es probable que el tesoro pudiera ser ocultado para evitar su confiscación, en el caso de que fuesen los ahorros de un particular, o en el caso de que fuera dinero público, pudo ser un funcionario quien puso a salvo estos caudales enterrándolos en el suelo de una vivienda.

¿POR QUÉ ES TAN IMPORTANTE EL HALLAZGO?

Este hallazgo permite conocer las políticas monetarias de la época en España y en las colonias americanas donde se acuñaba moneda de oro de ley y hacer un recorrido histórico de nuestra numismática desde la segunda mitad del siglo XVIII, hasta la segunda mitad del siglo XIX. Así permite conocer las reformas introducidas con el Rey Carlos III. En su reinado se retiraron acuñaciones de monedas antiguas y se emitieron nuevas con el busto real unificándose las monedas peninsulares con las americanas. En el siglo XIX se realizaron varias reformas monetarias. José Bonaparte intentó acercar los patrones monetarios a los franceses. Con Fernando VII se adoptó el sistema decimal y el real de vellón como unidad monetaria. Las leyendas en latín dieron paso al castellano. En 1823, se declaró de nuevo la moneda francesa de curso legal. En medio de esa gran deflación llegó al trono Isabel II, dejándose de acuñar las grandes monedas de oro, siendo la de dos escudos (80 reales de vellón) la de mayor valor en circulación. La reforma de 1848 hizo que la moneda de oro de 100 reales que sustituyese a la de 80 reales. En 1851 y 1861 se produjeron nuevos ajustes y se crearon monedas de oro de 40 y 20 reales. En 1864, se tomó como unidad de referencia el escudo de plata. La revolución de 1868 y la formación del Gobierno Provisional provocaron la retirada de las monedas con el busto y la leyenda de la reina, adoptándose un nuevo sistema monetario que tendrá a la peseta como unidad básica desde 1870 hasta el año 2001 en que se sustituyó por el euro.

Yacimiento de Las Hoyas El ‘cazador jorobado de Cuenca’


El Mundo

  • Se trata del esqueleto articulado de dinosario más completo de la Península
  • Comparte algunas características con el conocido ‘Velociraptor’ y las aves
  • Su joroba es una característica nunca antes encontrada en un dinosaurio

No es habitual encontrar en las publicaciones científicas hallazgos de grandes dinosaurios carnívoros realizados en Europa, y mucho menos en España. Esos descubrimientos corresponden casi siempre a yacimientos de Argentina, China o Estados Unidos. Sin embargo, en ocasiones, la suerte o la perseverancia de los investigadores dan inesperadas alegrías. Y en la península Ibérica, si hay un lugar que puede aportar fósiles sorprendentes es Las Hoyas (Cuenca), un yacimiento único en su género.

Allí precisamente es donde los investigadores españoles Francisco Ortega, Fernando Escaso y José Luis Sanz han encontrado los restos fósiles conservados de forma exquisita de un dinosaurio carnívoro (Terópodo) de 125 millones de años, seis metros de longitud y armado con una llamativa joroba.

Se trata del primer dinosaurio que presenta una estructura de este tipo, según escriben los autores en el artículo publicado hoy por la revista Nature. “Las dos últimas vértebras por delante de la pelvis se proyectan sobre el dorso del animal como un pincho”, explica a EL MUNDO Francisco Ortega, investigador del Departamento de Física Matemática y de Fluidos de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional de Educación a Distancia y autor principal del trabajo.

Función desconocida

Lo cierto es que el nombre científico con el que sus descubridores han bautizado al nuevo dinosaurio habla de buena parte de las peculiaridades del animal: ‘Concavenator corcovatus’, en latín el cazador jorobado de Cuenca. “Una estructura tan llamativa tiene que tener alguna función, pero aún no tenemos pruebas científicas que demuestren ninguna hipótesis”, dice Ortega.

El catedrático de Paleontología de la Universidad Autónoma de Madrid, José Luis Sanz, una de las mayores eminencias en dinosaurios de Europa, cuenta que han barajado multitud de explicaciones que justifiquen la presencia de la joroba. “Hemos encontrado que tiene unos pies proporcionalmente pequeños así que podría tener una locomotora peculiar y la joroba podría ser un contrapeso. Pero no es más que una idea loca“, confiesa Sanz. Una de las opciones más plausibles que manejan es que fuese un elemento ornamental para atraer a las hembras.

Además de la misteriosa joroba, Concavenator presenta otra característica que puede revolucionar el campo de la paleontología del Cretácico (hace entre 145 y 65 millones de años). En muchas aves actuales, el borde posterior de uno de los huesos del antebrazo, la ulna, tiene pequeños bultos que sirven para la inserción de las plumas de mayor tamaño. Esta característica se había reconocido también en algunos dinosaurios de pequeño tamaño y emparentados con las aves. Pero su presencia también en el dinosaurio encontrado en Cuenca, mucho más primitivo que sus parientes con plumas, muestra que ya existía una estructura ancestral de las plumas en especies anteriores a lo que se pensaba hasta la fecha.

Lo Hueco, el puzle europeo de los dinosaurios


CET – El Mundo

YACIMIENTO CRETÁCICO EN CUENCA

  • Se han encontrado más de 8.000 fósiles al hacer las vías del AVE
  • Pueden dar un vuelco a la historia europea de hace 70 millones de años

actualidad080817.jpgFUENTES (CUENCA).- En las escombreras del túnel que se contruye para el AVE a su paso por el muncipio de Fuentes (Cuenca), basta fijar la vista para tropezarse con un dinosaurio, es decir, con un fósil de un tamaño respetable de hace 70 millones de años, cuando los gigantescos reptiles habitaban esta zona de la península.

Hace poco más de un año, las excavadoras de ADIF, la empresa que construye las vías, se toparon con el mayor yacimiento de Europa del Cretácico Inferior, un puzle más de 8.000 piezas de dinosaurios que los paleontólogos acaban de empezar a reconstruir en un gigantesco laboratorio a las afueras de Cuenca.

Afloraron en un paraje conocido como Lo Hueco porque, según cuentan los campesinos de Fuentes, cuando las mulas pasaban por allí cambiaba el sonido de sus pisadas, como si hubiera huecos en el interior del cerro.

Pero lo que había eran huesos. Gigantescos restos de titanosaurios y otros animales cretácicos que ahora llenan una inmensa nave de un polígono industrial, donde se han acumulado todos los fósiles, bien consolidados y empaquetados, para su limpieza y estudio.

Aún no hay publicaciones científicas que avalen los hallazgos, pero Francisco Ortega, codirector de las excavaciones, además de profesor en la UNED, adelanta que Lo Hueco “puede dar un vuelco a lo que hasta ahora se creía sobre los dinosaurios europeos”.

No sólo se han encontrado nuevas especies, sino que hay fósiles casi enteros de animales de los que, hasta ahora, sólo había piezas sueltas, o solo huellas, y en un estado de conservación espectacular.

“Aquí hemos encontrado un dromeosaurio y dos titanosaurios nuevos, estos últimos con unas protuberancias óseas en la espalda (osteodermos) que no se les conocían. Y un terópodo carnívoro, un tarascosaurus de casi 10 metros de longitud”, explica Ortega, mientras se pasea por la nave enseñando algunas de las piezas.

Cambios en Europa

El paleontólogo, biólogo hasta que se tropezó con un cráneo de cocodrilo mientras buscaba plantas, asegura que ahora se sabe que los dromeosaurios europeos (primos de los velociraptor americanos) no sólo vivieron en Francia, donde han aparecido unos pocos huesos, sino que estuvieron también en Cuenca, por lo que la península no debía ser una isla, otra hipótesis que se ha ido al traste. También hay mucho material del tarascosauro, un rompecabezas aún por armar del que se tienen muy pocas pistas físicas.

Ahí radica la importancia de Lo Hueco. “Aporta espectacularidad por la enorme cantidad de fósiles, y mucha información de lo que hace 70 millones de años pasaba en Europa y África. Todos conocemos bien los dinosaurios norteamericanos, y los asiáticos de Mongolia, pero muy poco de los de aquí. De los titanosaurios hemos descubierto, por ejemplo, que eran grandes pero muy gráciles, estilizados, que tenían una cola larga y que se alimentaban de ramas bajas de los árboles. El más grande que hemos encontrado debía medir unos 20 metros”, continúa el paleontólogo.

Fue en la primavera del año pasado cuando los maquinistas de ADIF comenzaron a tropezarse con los dinosaurios. A unos tres metros de profundidad, en un nivel grisáceo que fue un canal en el Cretácico y ahora es un cerro, se acumulaban los fósiles.

Un grupo de paleontólogos, entre los que estaban Francisco Ortega y José Luis Sanz, de la Universidad Autónoma de Madrid, pronto se percataron de la importancia del yacimiento, formado en un momento de gran cantidad de fauna en lo que era una zona tropical próxima a la costa.

“Debía de haber riadas y el canal acumulaba barro con restos de animales que morían en la cuenca o en sus orillas, y éstos son los mejor conservados. Las riadas desbordaban el canal por la llanura y dejaban ahí todo el sedimento. Ha sido una suerte que el AVE hiciera necesario abrir el cerro para que lo descubriéramos”, recuerda el paleontólogo.

Como se trata de no paralizar la obra más de lo imprescindible, la Junta de Castilla-La Mancha y ADIF autorizaron y financiaron unas excavaciones exprés. Unos 50 paleontólogos y 30 peones auxiliares no levantaron cabeza de Lo Hueco hasta diciembre, cuando llegaron al límite inferior del yacimiento en el tramo de la vía.

Ahora saben que en los laterales hay aún mucho por sacar (unos 50 metros a un lateral y otros 400 metros a otro), pero más adelante.

De momento, sólo otro de los codirectores, Marcos Martín, se acerca a Lo Hueco a rebuscar entre los montones de escombros de yesos acumulados cerca de la obra. Y siempre encuentra algo. «Esto no se acaba nunca», exclama, bajo un sol implacable.

Mientras, en la nave, dos compañeros, Adán Pérez y Mercedes Llandres, limpian y clasifican las piezas del puzle. Al menos tienen trabajo para dos años, o mucho más.

Un laboratorio industrial

El Museo de Ciencia de Cuenca no ha podido acoger las toneladas que suponen los fósiles y los sedimentos de Lo Hueco, por lo que ADIF ha financiado el alquiler de la nave donde se ha instalado el almacén y laboratorio del yacimiento.

La empresa es responsable del material hasta que se acabe la obra ferroviaria, que luego pasará a depender de la Junta de Castilla-La Mancha. Se habla de ampliar el actual Museo y también de crear otro nuevo museo en Fuentes, que pondría al municipio en el mapa de la paleontología ibérica.

De momento, para el estudio de lo que ya se tiene, los responsables del proyecto esperan que ocho personas comiencen a trabajar en septiembre en la nave, entre geólogos, biólogos y otros especialistas. Su intención es presentar el proyecto de Lo Hueco a tantas convocatorias de subvenciones públicas como aparezcan.

Estiman que con un presupuesto de 500.000 euros tendrían para trabajar tres años e incluso se platean volver a excavar en los márgenes de la vía durante el próximo año. Al menos necesitan cinco paleontólogos a tiempo completo.

Para que la colección sea conocida fuera, también se prepara su presentación oficial en un congreso sobre dinosaurios que se celebrará en Argentina el mes que viene.