150 años de Cruz Roja: De las heridas de guerra a las de la crisis


El Mundo

  • Cruz Roja española celebra sus 150 años de existencia con varios eventos en Madrid
  • La ONG se ha ido transformando en el tiempo para atender a las necesidades de la gente

Las heridas han ido cambiando con el paso del tiempo. Ya no son las que se producen en el campo de batalla sino las ocasionadas por los zarpazos del desempleo, la soledad, la violencia de género, la vejez o la pobreza.

La institución sigue siendo la misma. Se llama Cruz Roja y este viernes celebra sus 150 años de existencia dedicados a la atención de los colectivos más vulnerables. Siglo y medio da para mucho y la organización ha tenido que ir mudando de piel y transformándose según las necesidades del momento.

De la rudimentaria atención a los heridos durante la guerra franco-prusiana en 1870 se ha pasado a los modernos servicios de teleasistencia móvil en la actualidad, un abismal salto tecnológico que ha permitido a la ONG estar cada día más cerca de los usuarios.

Paradojas de la vida, sin la guerra no hubiera existido la Cruz Roja. La ONG surgió del desastre de la contienda de Solferino, (que enfrentaba al Ejército austriaco con las tropas de Napoléon III de Francia y de Víctor Manuel II, de Cerdeña), y de la desesperación de Henry Dunant al contemplar a 40.000 heridos abandonados a su suerte en el campo de batalla.

Germen de la Convención de Ginebra

Fue este empresario suizo quien dio la voz la alarma ante el espectáculo dantesco y acudió al pueblo cercano de Castiglioni a pedir ayuda. Con la colaboración de las mujeres de la localidad italiana, Dunant logró montar un improvisado hospital de campaña con el fin de paliar los dolores de los heridos, ya fuesen del bando que fuesen.

Aquella experiencia quedó plasmada en 1862 en el libro ‘Recuerdo de Solferino’, un texto que reclamaba la creación de un cuerpo de voluntarios al servicio de los heridos de guerra y que, luego, se convirtió en el germen la Convención de Ginebra. Un año después, nació el Comité Internacional de Cruz Roja con el objetivo de convertirse en una institución respetada con una bandera neutral para entrar en el campo de batalla. Hasta entonces sólo podían introducirse en la contienda los servicios sanitarios de uno u otro bando.

En España fueron dos navarros, el doctor Nicasio Landa y el conde de Ripalda, los impulsores de la Cruz Roja española que se fundó en 1864. Su primera gran intervención fue en la tercera guerra carlista, durante la batalla de Oroquieta de 1872.

El doctor Landa, apodado el ‘Henry Dunant español’, trató de buscar una solución al grave problema del transporte de heridos desde el lugar de la contienda hasta las ambulancias. Los enfermos eran trasladados en brazos en condiciones penosas y muchos de ellos morían por el camino. Para paliar esta situación, el médico inventó el denominado mandil Landa, que consistía en un lienzo, una vara de madera y unas correas. Esta especie de delantal permitía a dos camilleros trasladar a los heridos con más agilidad, lo que supuso un gran avance para la época.

A finales del s. XIX y comienzos del siglo XX, Cruz Roja tuvo que afrontar su primera metamorfosis y pasó de atender a los lesionados en el campo de batalla a construir los seis primeros hospitales en España y a fundar una Escuela de Enfermería.

En la década de los 60 y 70, gracias a la mejora de la red de comunicaciones, la ONG dio un nuevo salto y comenzó a crear una red de puestos de primeros auxilios en carretera y a fundar la Cruz Roja del mar.

Desde los años 90, la organización humanitaria más extensa del mundo se ha centrado en trabajar en la acción directa y en reforzar la proximidad con los colectivos más vulnerables: refugiados, damnificados por las catástrofes, niños, ancianos, víctimas de violencia de género y, ahora, más de tres millones de personas afectadas por la crisis.

La historia de Cruz Roja española no hubiera sido posible sin la ayuda de los más de 200.000 voluntarios anónimos que se dejan la piel día tras día en ayudar a los más desfavorecidos. Como María Eugenia, que cura la soledad de muchas personas mayores atendiendo llamadas en el centro de coordinación de la ONG en Madrid o como María Teresa, una anciana que antes de irse a vivir a una residencia decidió donar todas sus pertenencias a Cruz Roja.

La frase de un voluntario que trabaja con niños inmigrantes en casas de acogida de la capital resume el sentir de muchos de sus compañeros en Cruz Roja: “No soy yo los que les ayudo a ellos sino ellos los que me ayudan a mí”.

Este viernes es su gran día. Más de 6.000 voluntarios llegados desde toda España ocuparán el Retiro, la Plaza Mayor, la Puerta del Sol y el Paseo del Prado en Madrid con exposiciones de los equipos de emergencias o de la unidad canina, talleres de primeros auxilios, murales de grafitis, simuladores de vejez, cuentacuentos y numerosas actuaciones. La tarta de este 150 aniversario es para ellos.

El mandil Landa fue inventado para trasladar a los heridos. | Cruz Roja

Enfermeras de día, nazis y asesinas de noche


El Confidencial

  • ‘Las arpías de Hitler’ muestra los crímenes de las mujeres alemanas
Enfermeras de la Cruz Roja reunidas en Berlín para su toma de juramento ('Las arpías de Hitler')

Enfermeras de la Cruz Roja reunidas en Berlín para su toma de juramento

A pesar de los juicios realizados tras la Segunda Guerra Mundial contra los criminales que ayudaron a cometer el genocidio judío, muchos de ellos consiguieron escapar y evitar su procesamiento. No sólo aquellos que huyeron a otros países y adoptaron nuevas identidades para huir de la justicia. También todos los que tuvieron un papel secundario en el mismo, o que habiendo participado activamente nadie fue capaz de identificar o poner nombre. Especialmente relevante es el caso de las mujeres nazis, ya que pocas de ellas fueron juzgadas, lo que ha hecho que se reste importancia al papel fundamental que pudieron jugar en la ejecución de un gran número de crímenes.

Trece millones de mujeres militaron activamente en el partido nazi, y más de medio millón acudieron a países como Ucrania, Polonia o Bielorrusia excediendo las funciones para las que fueron enviadas, pero ¿tomaron partido en las matanzas a judíos? Eso es lo que se plantea Wendy Lower en Las arpías de Hitler (Editado por Memoria Crítica). Gracias a un arduo trabajo de documentación y búsqueda de datos y testimonios, Lower consigue ofrecer un poco de luz respecto a este tema.

Aunque los juicios a mujeres nazis no fueron especialmente numerosos, Las arpías de Hitler recuerda que muchos de los supervivientes del Holocausto identificaron a las personas que los acosaron, violaron y torturaron como señoras alemanas que nunca pudieron encontrar al desconocer sus nombres. Además, los estudios realizados posteriormente han advertido que el genocidio no habría sido posible sin una amplia colaboración de la sociedad. ¿Quiénes fueron esas mujeres que ensuciaron sus manos con la sangre de los prisioneros?

Maestras, enfermeras, secretarias y esposas

La creencia más extendida es que las únicas que cometieron crímenes fueron las guardianas de los campos de concentración, mientras que el resto tuvo un papel secundario en la historia del nazismo. Sin embargo la realidad es bien distinta. Cuando los alemanes avanzaron hacia el este, medio millón de mujeres les acompañaron y alcanzaron un poder sin precedentes que les dio libertad para hacer con los prisioneros lo que quisieran. Maestras, enfermeras, secretarias y esposas, esas eran las funciones que originariamente tendrían que realizar todas aquellas que acudían junto al ejército. Finalmente, muchas de ellas decidieron, voluntariamente, colaborar directamente con las SS.

Miembros de la Liga de Muchachas Alemanas disparando como parte de su entrenamiento (1936)Las arpías de Hitler incide constantemente en un dato fundamental: ninguna de las mujeres que describe tenían la obligación de matar. Negarse a asesinar judíos no les habría acarreado ningún castigo. Es más, el régimen no formaba a las mujeres para convertirse en asesinas, sino en cómplices. Por tanto, las que finalmente decidieron realizar dichos crímenes lo hicieron o por satisfacción personal o por obtener un beneficio de aquellas acciones.

De hecho, las primeras matanzas cometidas por los nazis las protagonizaron las enfermeras de los hospitales, que exterminaron a miles de niños por desnutrición, o incluso con inyecciones letales, aunque la mayoría de ellas nunca pagaron por sus delitos.

Es el caso de Pauline Kneissler, cuya tarea consistía en portar una lista de pacientes que posteriormente debían ser matados. En un solo año (1940) el equipo en el que trabajaba Kneissler en Grafeneck asesinó a 9.389 personas. Ella fue testigo directo de cómo los gaseaban y prestó su ayuda a la hora de administrar la inyección letal a muchos pacientes durante cinco años. Pauline fue una de las mujeres que, posteriormente, se trasladó al este para continuar con su ola de crímenes.

Sin embargo, allí no fueron las enfermeras las que cometieron los asesinatos más sádicos, sino las secretarias y las esposas de los miembros del partido nazi. Entre las primeras destaca el nombre de Johanna Altvater, que desarrollaba su puesto en Minden, Westfalia, antes de ser trasladada a Ucrania. Allí, en 1942, Altvater comenzó su descenso a los infiernos, llegando incluso a asesinar a un niño judío de dos años golpeando su cabeza contra un muro para arrojarlo sin vida a los pies de su padre. Este posteriormente llegó a declarar que nunca había visto tal sadismo en una mujer, una imagen que nunca pudo borrar de su mente.

Crímenes ante seres indefensos, prisioneros, mujeres e incluso niños. La mujer nazi tampoco tuvo piedad, como no la tenían sus compañeros masculinos. Aprendieron bien la lección de qué era lo que había que hacer y no dudaron ni un solo momento. Así le ocurrió a Erna Kürbs Petri, hija y esposa de granjero que junto a su marido Horst (miembro de las SS) se encargaba de dirigir una finca agrícola. Un día, Erna Petri vislumbró algo cerca de la estación de Saschkow. Cuando su carruaje se acercó se dio cuenta de que eran varios niños judíos escondidos que habían conseguido huir.

Mitin del Partido Nazi en Berlín (Agosto de 1935)

Mitin del Partido Nazi en Berlín (Agosto de 1935)

Petri les pidió que se acercaran y los llevó a su casa. Allí les dio de comer y los tranquilizó. Pero todo esto sólo fue parte de su siniestro plan. Al ver que su marido no regresaba a casa, ella decidió terminar el trabajo que él habría  hecho. Llevó a los niños hasta una fosa donde ya se había asesinado antes y los colocó en línea, dándoles la espalda. Cogió la pistola que su padre le había regalado y uno a uno los fue matando a sangre fría. Ni siquiera los gritos desconsolados de los que vieron cómo caía el primero ablandaron el corazón de Erna.

Estos son sólo tres de los muchos casos que Wendy Lower presenta en Las arpías de Hitler. Relatos que encogen el corazón y muestran hasta dónde es capaz de llegar el ser humano. Como la propia autora dice al finalizar su libro, nunca sabremos todo sobre el nazismo y el Holocausto, esto es sólo una historia más en un puzle con infinitas piezas de crueldad.