¿Había estado Cristóbal Colón ya en América antes de su famoso viaje?


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  • El misterioso navegante llevaba dos cuentas diferentes durante la primera travesía. Una, la que enseñaba a sus capitanes y anotaba menos leguas de las recorridas, y otra correcta que guardaba en secreto. Su oscura biografía alimenta las dudas
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ABC | Retrato de Cristóbal Colón conservado en la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de América.

La expedición castellana que Cristóbal Colón condujo hasta el Nuevo Mundo, aunque entonces nadie pensaba que se trataba de un nuevo continente, inició un encuentro entre dos civilizaciones que cambió la Historia. No eran, sin embargo, los primeros europeos en llegar a sus costas –sí los primeros en establecer una ruta fija– puesto que hay pruebas claras de que los vikingos estuvieron en la costa noroccidental de Terranova. Otras tantas teorías sitúan a navegantes chinos, turcos e incluso romanos en las costas americanas muchos siglos antes que Colón. Y puede que ni siquiera fuera el primer hispánico: los balleneros cántabros y vascos habían frecuentado Terranova sin que exista consenso sobre la fecha en la que comenzaron sus primeros viajes.

La hipótesis de que Cristóbal Colón pudiera haber estado anteriormente en América, o en contacto con marinos que lo habían estado, nace de su injustificado convencimiento en que lograría su propósito –a pesar de que fue incapaz de demostrarlo desde un punto de vista científico frente a los Reyes Católico– y de la siempre misteriosa biografía del descubridor. Nacido probablemente en Génova, dentro de una familia de tejedores de clase media, Colón se vinculó desde la juventud con el mar y la navegación, pese a que en su estirpe no había tradición marinera. «De muy pequeña edad entré en la mar, navegando, y lo he continuado hasta hoy», declaró en una ocasión el navegante a los Reyes Católicos. En valoración de Lourdes Díaz-Trechuel, autora de «Cristóbal Colón: primer almirante del mar océano» (1991), lo hizo a los 14 años como grumete en un mercante genovés.

Si bien no hay duda de que Colón tuvo contacto con la vida marítima desde muy joven, más difícil es atestiguar que tuviera conocimientos avanzados de astrología, cosmología, geometría y navegación; ciencias necesarias para plantear una expedición que desafiaba a todo lo conocido en la época. Al contrario, el genovés aprendió las primeras letras en una escuela que el gremio de artesanos, al que pertenecía su padre, sostenía en Génova, pero resulta poco probable que estudiara latín y gramática en la Universidad de Pavía como relató Hernando Colón, el hijo del navegante. No obstante, los historiadores que han buscado alguna referencia o matrícula en esta universidad han fracasado y consideran que fueron adornos del hijo para revestir a un hombre que fue completamente autodidacta.

El último documento firmado por Colón en Génova es del 7 de agosto de 1473: los siguientes 5 años resultan casi desconocidos para los historiadores. Según Díaz-Trechuelo, Colón pasó aquellos años embarcado como comerciante y corsario en aventuras que más tarde se cuidó en ocultar. Una de las banderas bajo las que sirvió fue la de Renato de Anjou, pretendiente al trono de Nápoles, que permanecía bajo el control de Aragón. Porque quizás no estaba interesado en que después se conociera su pasado hostil a la causa de Fernando «El Católico» se difuminaron los detalles de su participación como corsario en esta empresa.

Portugal le pone en contacto con otros aventureros

Tras adquirir una amplia experiencia en el Mediterráneo, Cristóbal Colón se lanzó al Atlántico a través de la Corona portuguesa, muy activa en la costa africana a finales del siglo XV. «Fue en el Atlántico, en sus islas, en sus costas, donde Colón concibió la gran idea de buscar el Levante por el Poniente», narra Paolo Taviani, autor de «Genesis de un descubrimiento». Para llevar a cabo su empresa, Colón tuvo la suerte de contar con las escrituras y cartas de marear de su difunto suegro Bartolomé Perestrello y estuvo en contacto con marineros que habían alcanzado los límites de lo que se consideraba el fin del mundo. Un piloto –así lo recoge el propio navegante– le dijo que a 450 leguas al oeste del cabo de San Vicente había encontrado en el agua un madero labrado por manos de hombre. Otro marinero daba fe de dos cadáveres de cara ancha naufragados en el cabo de la Verga, en la costa occidental de África. No en vano, Colón reparó en que los avistamientos de islas hacia poniente, donde se suponía que no había nada, se repetían frecuentemente entre los habitantes de Madeira, las islas del Hierro, Gomera y las Azores. No podía ser casualidad.

Coincidiendo con los testimonios que alcanzaban sus oídos, Colón entró en contacto en Portugal con el médico florentino, aficionado a la Cosmografía, Paolo del Pozzo, que le sirvió en bandeja la parte teórica para confeccionar su plan. Las autoridades portuguesas preguntaron al florentino sobre la posibilidad de buscar una ruta para el comercio oriental, puesto en jaque con la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, a través de occidente. Toscanelli propuso navegar hacia el oeste desde Europa, sin sospechar que antes de llegar a las cosas orientales de Asia se interponía todo un continente. La posibilidad de realizar este viaje la avaló el florentino con una errónea medida basada en la longitud que Ptolomeo dio al grado terrestre. Colón tuvo acceso a esta información, incluido el error de cálculos, y elaboró un proyecto que presentó ante la corte portuguesa primero y ante la española después.

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Wikipedia | «Llegada de Cristóbal Colón a las Indias Occidentales», por John Vanderlyn

Si bien es complicado situar a Cristóbal Colón en otras expediciones previas al Descubrimiento, puesto que su biografía en los años portugueses cuenta con claridad los detalles de esta parte de su vida, personas de su entorno pudieron viajar al Nuevo Mundo poco tiempo antes que él. El primer cronista de las Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo, recoge en sus textos una noticia que algunos han catalogado de leyenda. A una carabela que navegaba de España a Inglaterra le sobrevivieron vientos contrarios y «tuvo necesidad de correr al poniente tantos días que reconoció una o más islas destas partes e Indias». Bajó a tierra y halló gente desnuda. En la travesía de regreso murieron casi todos los hombres y solo el piloto (Alonso Sánchez de Huelva) y otros cuatro marineros llegaron a Portugal, tan enfermos que en pocos días fallecieron. El piloto, que era «muy íntimo amigo de Cristóbal Colón», fue a parar a su casa y en ella murió, pero antes pudo darle información del viaje, e incluso una carta de marear en la que había señalado las tierras que había visto.

«Como si en ellas hubiera estado ya»

Otro importante cronista del periodo, Bartolomé de Las Casas aporta un dato de interés al decir que los indios de Cuba tenían reciente memoria de que habían llegado a la vecina isla Española (Santo Domingo) «otros hombres blancos y barbados antes que nosotros no muchos años». Se trata de un testimonio que refuerza la teoría del predescubrimiento.

A su vez, fray Ramón Pane, compañero de Colón en el segundo viaje, recoge una creencia indígena, según la cual, llegarían a la isla «hombres vestidos, armados, de espadas capaces de dividirnos de un solo tajo, a cuyo yugo habría de someterse nuestra descendencia». Frente a estas evidencias, el profesor Juan Manzano afirmó en su libro «Colón y su secreto » (1976) que sin duda algunos portugueses habían llegado por azar a las islas antillanas, a La Española y, concretamente, a la región de Cibao. El encuentro entre algunos de estos marineros y Colón tuvo lugar, en opinión de Manzano, en Madeira hacia 1478, lo cual explicaría la seguridad con que el genovés defendía su proyecto «como si en ellas personalmente hubiera estado», que escribió Las Casas.

«Tan cierto iba de descubrir lo que descubrió y hallar lo que halló como si dentro de una cámara con su propia llave lo tuviera», dejó también registrado Bartolomé de Las Casas sobre la inquebrantable seguridad de Cristóbal Colón durante todo el viaje. Aunque el proyecto no había podido ser respaldado con argumentos científicos sólidos –tanto los asesores portugueses como luego los castellanos habían desaconsejado su ejecución–, fue finalmente aprobado por empeño personal de los Reyes Católicos que, fiándose de su instinto, abrazaron la interminable confianza que parecía radiar Colón. Presumiblemente, el navegante sabía más de lo que decía como atestigua el hecho de que llevara dos cuentas durante todo el viaje. Una, la que enseñaba a sus capitanes y en la que cada día anotaba menos leguas de las recorridas, y otra, secreta y acertada. La supuesta razón de portar dos cuentas era «porque si el viaje fuera luengo no se espantase ni desmayase la gente».

¿Y si los mapas que conocemos fuesen mentira?


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  • El matemático flamenco Gerhard Kremer, más conocido por Gerardus Mercator, fue quizás el más grande de todos los «hacedores de mapas». No obstante, su legado está hoy en entredicho
Gerardus Mercator

Gerardus Mercator

Desde Cristobal Colón y Fernando de Magallanes a los exploradores de El Dorado, descubridores y aventureros produjeron un caudal de información que creó una ingente masa de trabajo para los cartógrafos del siglo XVI. Si el reto de explorar nuevos territorios era enorme, no era mucho menor el de representarlos con los rudimentarios medios de la época, lo cual no fue obstáculo para que algunos de ellos, como Gerardus Mercator, alcanzasen el grado de maestros.

Mercator, nacido un 5 de marzo de 1512, hace hoy justo 503 años, —efeméride que Google recuerda en un nuevo «doodle»—, fue quizás el más grande de todos los «hacedores de mapas». El matemático flamenco, venido al mundo como Gerhard Kremer, consiguió una más perfecta representación plana de la Tierra basada en la proyección de un cilindro tangente al ecuador esférico, y dio el nombre de Atlas a un libro formado por un conjunto de mapas. La suya fue una vida apasionante en un mundo que parecía salir de un largo letargo y bullía de ideas y creatividad.

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Gerardus Mercator Mapa de Europa realizado por Gerardus Mercator en 1589

En 1541, Gerardus Mercator trazó sobre un mapamundi las líneas que ayudaban a los navegantes a encontrar más fácilmente la ruta. En 1569 logró transportar éstas líneas de su globo terráqueo a un plano, dando, sin ni siquiera salir de su estudio, un paso de gigante en la historia de la navegación marítima.

Un legado en entredicho

La representación del mundo de Mercator pervive hasta nuestros días, si bien no es completamente fiel a la realidad, ya que da a las potencias del hemisferio norte un tamaño mayor al real. Basta con mirar la extensión de Europa y Sudamérica y luego observar el dibujo de Mercator para darse cuenta fácilmente de que no hay correlación entre las cifras y los tamaños. Estos dos continentes parecen similares y, sin embargo, Sudamérica es en realidad bastante más grande que Europa, que ocupa una extensión de 10.530.751 km cuadrados por los 17.824.296 km cuadrados sudamericanos. O por poner otro ejemplo, África y Groenlandia parecen casi iguales, cuando en realidad el primero es catorce veces el segundo.

Por ello, la proyección de Gerardus Mercator cuenta hoy en día con numerosos detractores, como la Unesco o muchas ONG, que proponen el mapa de Peters (o Gall-Peters), que ajusta mucho más fielmente las áreas de los continentes. Para los críticos, esta desproporción crea prejuicios y perpetúa una concepción eurocéntrica u occidentalcéntrica.

También hay otro aspecto engañoso que hay que mencionar del mapa de Mercator: los países no están donde creemos que están. Europa y Norteamérica deberían estar mucho más al norte de donde están. Aparecen centrados en el mapamundi, prácticamente en el ecuador, cuando están muchos más grados hacia el norte.

Aún así, el mapa de Mercator sigue siendo el más popular, no solo porque su gran éxito inicial haya anulado a sus rivales, sino porque calcula bien las distancias en los rumbos de Europa hacia América y porque tampoco ninguna de sus alternativas, más de 400, es fiable al 100 por cien.

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Representación de Gall-Peters

En nuestra web tenemos una sección dedicada a mapas, atlas tanto antiguos como modernos, recomendamos vuestra visita pinchando el siguiente enlance:

Mapas/Planos del mundo antiguo y moderno

El misterioso empeño de Cristóbal Colón por ocultar sus orígenes


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  • La teoría más aceptada considera que procedía de una familia humilde de Génova, con un posible vínculo judío. A causa de la fiebre nobiliaria que se vivía en la Corte española, el descubridor escondió el pobre lustre de sus antepasados
El misterioso empeño de Cristóbal Colón por ocultar sus orígenes

Wikipedia Llegada de Cristóbal Colón a las Indias Occidentales, por John Vanderlyn

Se trata de uno de los grandes misterios que esconde la historia: ¿Cuál era el lugar de nacimiento de Cristóbal Colón? La respuesta oficial sigue siendo Génova, pese a que cada año surge una nueva teoría que zarandea las pruebas en su provecho. Hay teorías a la carta sobre su procedencia: desde que era gallego, castellano (Guadalajara), extremeño (Plasencia), portugués, mallorquín, vasco, corso, catalán, hasta que era inglés. Pero ninguna ha obtenido nunca el consenso de los expertos. Como tampoco lo han hecho los estudios sobre la profesión que tenía el descubridor antes de enfrascarse en la empresa que dio sentido a su vida. Lo único transparente, entre todos estos enigmas, es que Colón se tomó muchas molestias en que no se resolviera el misterio.

«Cuan apta fue su persona y dotada de todo aquello que para tan grande cosa convenía, tanto más quiso que su patria y origen fuesen menos ciertos y conocidos», escribió su hijo don Hernando en «La Historia del Almirante». Hernando Colón conocía la respuesta al misterio pero, escudándose en las instrucciones de su padre, sembró todavía más dudas en el asunto. No obstante, su celo revela una pista fundamental: su procedencia era tan sensible –ya fuera por un asunto religioso (ser un judío converso), por uno político (tener enemistades abiertas con importantes nobles o monarcas en el pasado) o por uno social (orígenes humildes)– como para justificar aquellas precauciones. Y aunque mantuvo el secreto hasta sus últimos días, su testamento, otorgado en Sevilla el 3 de julio de 1539, no deja dudas: se identifica como «hijo de Cristóbal Colón, genovés, primer almirante que descubrió las Indias». La solemnidad de declarar ante notario arrojó el secreto, o quizás se limitó a seguir el hilo de la versión más aceptada cuando su padre vivía.

El misterioso empeño de Cristóbal Colón por ocultar sus orígenes

ABC Retrato de «Christopher Columbus»

Sus contemporáneos le consideraban «extranjero», lo que en aquel contexto significaba no nacido en Castilla (igualmente podría ser valenciano, mallorquín o catalán). Como prueba de ello, Ruy González de Puebla, embajador de los Reyes Católicos en Inglaterra, informa en una carta fechada en 1498 de que el Rey inglés envía cinco naos armadas «con otro genovés como Colón» al Nuevo Continente. Además consta que Colón, ya fuera por su nacionalidad o porque estuvo viviendo en Italia, se rodeó de amigos genoveses durante toda su vida. Así ocurrió con los Esbarroya en Córdoba, Francisco Pinelo, establecido en Sevilla, o Gaspar Gorricio, monje de la Cartuja de Santa María de las Cuevas, entre otros.

Un genovés, ¿hijo de tejedores?

Un documento, firmado por el mismo Colón el 22 de febrero de 1498 también ante notario, afirma que «siendo yo nacido en Génova, les vine a servir a los Reyes Católicos aquí en Castilla». Y en ese mismo texto, reclama a su hijo Diego que una vez fallecido él «tenga y sostenga siempre en la ciudad de Génova una persona de nuestro linaje que tenga allí casa y mujer… pues que de allí salí y en ella nací». Frente a esta contundente prueba documental, los defensores de que no nació en Italia, sin embargo, han argumentado que el texto es falso, o bien apócrifo, y fue redactado dentro del contexto de los Pleitos colombinos que mantuvieron sus descendientes con la Corona de Castilla.

Pero aun suponiendo que nació en Génova, como las pruebas parecen sostener, el resto de cuestiones siguen abiertas: ¿Por qué lo ocultó con tanta insistencia si todos sabían que no era castellano? ¿A qué se había dedicado antes de viajar a España? La historiadora Lourdes Díaz-Trechuelo en su libro «Cristóbal Colón: primer almirante del mar océano» (1991) apunta a que «el afán nobiliario de la época pudo empujar a Colón a ocultar el pasado de su familia».

El propio Hernando Colón –que calificó de mentiroso a un cronista genovés por decir que la familia de su padre era humilde– deja muestra en sus textos de la importancia de ser de noble cuna entonces, «porque suelen ser más estimados en España los que proceden de grandes ciudades y generosos ascendientes, quisieran algunos que yo me detuviese y ocupase en decir que el Almirante descendía de sangre ilustre, y que sus padres por mala fortuna habían llegado a la última estrechez y necesidad». Ser genovés, en efecto, no era un problema en la Corte española, pero el origen humilde de su familia sí suponía un obstáculo para sus pretensiones de ascenso social en una tierra donde, quien más quien menos, era «hijo de algo».

La versión más aceptada hoy en día es que Cristóbal Colón era nieto de Giovanni Colón, tejedor de lana en Quinto, un pueblecito a pocos kilómetros de Génova. A su vez, su padre, llamado Doménico, siguió el oficio familiar y se casó con la hija de otro tejedor, Susana Fontanarossa. La esposa aportó dos casas como dote, una en Quinto y otra en la ciudad de Génova, donde se trasladó el matrimonio. Allí nació el descubridor, el primogénito, en una fecha cercana a 1451. Esto significaría que cuando realizó su primer viaje a América Colón tenía unos 41 años, aunque según las crónicas de Bartolomé de Las Casas aparentaba más edad.

Colón no era de una familia pobre, pero si lo bastante humilde como para sentirse intimidado por la obsesión sanguinea de la Corte de los Reyes Católicos. Y lo que es más importante, sus padres se ganaban la vida con las manos. Puesto que todavía en muchos rincones de Europa los trabajos manuales eran despreciados como propios de gente de baja escala social, no es de extrañar que Colón ocultara sus orígenes e incluso se atreviera a fanfarronear, sin aportar nombre alguno, que «no soy el primer almirante en mi familia».

Un bisabuelo de orígen judío

También se ha especulado sobre la posible procedencia semítica de su familia. Salvador de Madariaga, en su famoso libro «Vida del Muy Magnífico Señor Don Cristóbal Colón» señala con toda contundencia que era de origen judío y que posiblemente practicaba esta religión. Otros autores han llegado a ver rasgos físicos propios de los judíos italianos en las descripciones que se conservan sobre el descubridor. A modo de réplica, Ballesteros Beretta concluye sin lugar a dudas que «era hijo de unos padres sinceramente católicos, que le transmitieron la fe católica, bien arraigada en él toda su vida, y también el franciscanismo tan extendido en Italia». Bartolomé de Las Casas, que conoció en profundidad a Colón, coincide en este asunto: «Era un católico de mucha devoción».

Aunque realmente no practicara el judaísmo ni procediera de una familia conversa, si es posible que un factor religioso influyera en que Colón no quisiera revelar datos de su vida. Según el americanista Ballestero Beretta, su rama paterna estaba libre de ascendencia judía, pero la materna estaba emparentada con Jacobo de Fontanarubea. Un nombre semítico y un apellido gentilicio, muy usados entre los hebreos, que hubiera servido a los enemigos de Colón como excusa para debilitar su influencia.

El misterioso empeño de Cristóbal Colón por ocultar sus orígenes

Wikipedia Posible tumba de Cristóbal Colón. Catedral de Sevilla

Pero incluso en esta teoría genovesa –la más aceptada– los investigadores siguen viendo enigmas abiertos en torno a la figura del marinero. Sin ir más lejos, se conocen muy pocos textos escritos en italiano por el descubridor, y las breves notas en este idioma cuentan con graves fallos de redacción. La mayor parte de sus escritos están en castellano, con giros lingüísticos procedentes de otras lenguas de la península Ibérica que, siguiendo las tesis de Menéndez Pidal, podrían ser portuguesismos o galleguismos.

Las teorías que lo vinculan a la Corona de Aragón (catalán, valenciano o mallorquín) también se sustentan en investigaciones lingüísticas. No obstante, en todos los casos, la crítica desde la comunidad académica es la misma. Hay demasiado empeño por desacreditar las pruebas conocidas –las que lo vinculan con Génova–, sin presentar documentos originales que vertebren nuevas teorías.

Actualmente, ha cobrado gran fuerza los estudios que vinculan el pasado de Colón con Pontevedra. A través de pruebas grafológicas se han identificado similitudes entre los textos del descubridor de América y los de un noble gallego nacido en Poio que a lo largo de su vida cambió de identidad en diversas ocasiones, llamado Pedro «Madruga».

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón


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  • En su primer viaje, este marino bordeó la isla de Cuba creyendo que era parte de Cipango, como se conocía entonces al territorio nipón
Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

ARCHIVO ABC Colón, frente a un globo terráqueo

Cristóbal Colón (genovés para muchos, español para varios, y catalán para algunos) es recordado en los libros de Historia por haber descubierto –casi sin pretenderlo- las Américas en el año 1492. O más bien por revelar su existencia a los Reyes Católicos pues, como bien señalan en la actualidad multitud de historiadores latinos, esas tierras ya se encontraban allí sin necesidad de que ningún europeo las encontrase por obra y gracia de su Dios.

Fuera como fuese, lo cierto es que este marino no buscaba nuevos mundos que desvelar, sino establecer una ruta hacia las indias y hallar en su travesía –con un poquitín de ayuda divina- la isla de Cipango (la actual Japón). La razón de este último propósito era sencilla: corría una leyenda popularizada por Marco Polo en el Siglo XIII que afirmaba que en este pedazo de tierra había ingentes cantidades de oro que sus habitantes no se molestaban en explotar.

Por ello, no es de extrañar que, cuando Colón divisó por primera vez una isla que se asemejaba a la descripción de Cipango, saltara de euforia al considerar que había arribado hasta territorio nipón. No era para menos su alegría ya que, si la región se correspondía con el actual Japón, sus bolsillos estarían pronto a rebosar de riquezas con las que dar en los morros a todos los reyes hijos de mala madre que habían rechazado sus proyectos en los años previos. Sin embargo, lo que no sabía es que lo que había descubierto era realmente Cuba, tierra de futuros líderes políticos tan reseñables como Fidel Castro.

En busca de un primitivo El Dorado

Para entender la llegada de este marino hasta Cuba es obligatorio retrasar el calendario muchas, pero que muchas páginas. Concretamente, es necesario regresar en el tiempo hasta 1485, año en que Colón disfrutaba de unas «vacaciones de trabajo» en Castilla provisto de una carta de recomendación que le había entregado el mismísimo confesor de la reina Isabel.

Su objetivo no era otro que llamar a la puerta del palacio de los Reyes Católicos e informar a los monarcas de sus planes: quería encontrar una nueva ruta hacia las indias (con las que el comercio a través del Mediterráneo era habitual) navegando a través de tierras inexploradas. Ahí es nada, que debía pensar, pero lo cierto es que no eran pocas las naciones que le habían dado un buen portazo en las narices ante ese descabellada propósito.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Estatua de Cristóbal Colón ARCHIVO ABC

Con todo, no era aquella la única idea que llevaba atesoraba bajo las mangas de su camisa. También partía con el objetivo de encontrar Cipango, una isla que bien se podría asemejar con la posterior «El Dorado» pues, como había contado Marco Polo en uno de los libros en los que narraba sus viajes a Asia, esta era una región con una gigantesca riqueza en oro. «La quimera del oro de Cipango (Japón) fue el objetivo principal del primer viaje de Colón de 1492. Donde quiera que iba, el almirante se informaba con mucho cuidado y diligencia sobre el dorado metal», corrobora el Museo Oriental de Valladolid en su página sobre el marino.

¿Era un avaro nuestro bien recordado Colón? Tampoco es que se pueda afirmar tal cosa… Más bien pobre, pero no tonto, que diríamos en la actualidad. Con todo, lo cierto es que no es de extrañar que Marco Polo le avivara los deseos de riquezas, pues el explorador definía Cipango en su texto «El libro de las maravillas» como una isla que «está a 1.500 millas apartada de la tierra en alta mar y (que) tiene oro en abundancia pero que nadie explotar, porque no hay mercader ni extranjero que se haya llegado al interior».

Sus siguientes descripciones tampoco es que favorecieran que los exploradores dejaran sus huesos en tierra frente a la lumbre: «Os contaré de un maravilloso palacio que posee el señor de la isla. Existe un gran palacio todo cubierto de oro fino, tal como nosotros cubrimos nuestras casas e iglesias de plomo, y es de un valor incalculable. Los pisos de sus salones, que son numerosos, están también cubiertos de una capa de oro fino del espesor de más de dos dedos. Es de una riqueza tan deslumbrante, que no sabría exactamente cómo explicaros el efecto asombroso que produce el verlo». Con unos precedentes así, quién podría resistirse.

El plan perfecto que nadie quería

Todas estas ideas tenía Colón en la cabeza cuando se presentó ante los Reyes Católicos después de tener una lista de rechazos más extensa que las guerras por el trono de Castilla. Y la verdad es que, por entonces, la cosa no le fue mejor por estos lares, pues andábamos a mandobles contra los musulmanes por recuperar Granada y todos los maravedís se iban en el pago de los soldados cristianos (ya que, aunque la fe mueve montañas, más las mueve una bolsa llena de monedas).

Por ello, los monarcas decidieron que –cual banco- no invertirían ni una sola moneda sin que su Comisión de teólogos y cosmógrafos hiciera un examen previo de la idea. Aunque, según explica Luigi Bossi en su «Vita di Cristoforo Colombo», más les valdría haberle dado aquellos papeles a un mono, pues quizás éste animal hubiera tenido más visión de futuro que ellos.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Recreación de la Pinta, la Niña y la Santa María en el Puerto de Palos efe

«El proyecto fue entregado al examen de hombres inexpertos que, ignorando los principios de la cosmografía y de la náutica, juzgaron impracticable la empresa.¡Los mejores cosmógrafos del reino! ¡Y qué cosmógrafos! Una de sus principales objeciones era que si una nave se engolfaba demasiado hacia el Poniente, como pretendía Colón, sería arrastrada por efecto de la redondez del globo, no pudiendo por lo tanto regresar a España», determina el experto.

Por suerte, y aunque su idea se oponía a las ideas preestablecidas por los científicos de la época, Colón se topó en 1491 con la reina Isabel, quien –armas de mujer mediante- convenció a Fernando para que abriera la cartera y ofreciera el patrocinio peninsular al marino. Con ello, se inició el proyecto que desembocaría en el descubrimiento de América y que terminó de planearse cuando los Reyes Católicos se bajaron los calzones ante Colón y sus exorbitadas condiciones. Y es que, el genovés afirmó que sólo llevaría a cabo el proyecto si se le otorgaba el título de Virrey y Capitán General de las tierras que descubriese, así como el 10% de las rentas que produjeran.

Empieza el viaje

Tras firmar el «contrato» con sus Majestades, Colón viajó hasta Huelva, donde comenzó a preparar los tres navíos que partirían de Palos en pleno verano. «Era un viernes, el 3 de agosto de 1492, cuando, después de haber confesado y comulgado devotamente todos los que se embarcaron en la nao Santa María y en las carabelas Pinta y Niña, dejaron el puerto», determina explica el historiador del SXIX Ramiro Guerra y Sánchez en su obra «Historia elemental de Cuba». Mientras, en la cabeza del marino rondaba una idea: era necesario encontrar oro con el que demostrar a los Reyes Católicos (y en espacial al desconfiado Fernando) que su viaje no había sido en balde. ¿Cuál era la forma más fácil de conseguirlo? Cipango.

Colón y sus hombres tardaron dos meses y nueve días en atravesar el Atlántico. Motines de por medio –pues los marinos estaban hasta el chambergo de no ver más que agua por aquí y por allá desde su partida de España- finalmente avistaron terreno firme al grito de «¡Tierra, tierra!» de Rodrigo de Triana. Por entonces el calendario se había detenido en el 12 de octubre, un día feliz para Colón, pues creyó que había llegado al fin a las tierras descritas por Marco Polo en sus libros. Sin embargo, se hallaba frente a Guanahaní (una isla cerca de Cuba a la que llamó San Salvador para dar las gracias a Dios el buen trayecto).

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Cristóbal Colón ARCHIVO ABC

Posteriormente, la expedición descubrió varias islas más, siendo las más destacadasSanta María de la Concepción(actualmente Cayo Rum), laFernandina(hoy conocida como Long) eIsabela(en la actualidad, Crooked). En varias de ellas se detuvo para explorar y dar parte de sus posibles habitantes a los Reyes Católicos, además de para ganarse el favor de los lugareños conpequeños cristales y baratijasque sorprendían sobremanera a los americanos.

«Andando […] fuimos a una población aquí cerca, adonde estoy surto media legua; y la gente de ella, como nos sintieron, dieron todos a huir […] Después se llegaron a nos unos hombres de ellos, y uno se llegó a quien yo di unos cascabeles y unas cuentecillas de vidrio y quedó muy contento y muy alegre, y porque la amistad creciese más y los requiriese algo, les hice pedir agua, y ellos, después que fui en la nao, vinieron luego a la playa con sus calabazas llenas y holgaron mucho de dárnosla. Y yo les mandé dar otro ramalejo de cuentecillas de vidrio y dijeron que de mañana vendrían acá», sentencia Colón en su diario.

La ansiada Cipango que nunca llega

En esa misma anotación (realizada el 21 de octubre) el marino hace referencia a una isla que, según los datos que baraja, podría ser Cipango, su ansiado premio: «Luego me partiré a rodear esta isla […] y después partiré para otra isla grande mucho, que creo que debe ser Cipango, según las señas que me dan estos indios que yo traigo, a la cual ellos llaman Colba, en la cual dicen que hay naos y mareantes muchos y muy grandes, y de esta isla otra que llaman Bofío que también dicen que es muy grande. Y a las otras que son entremedio veré así de pasada, y según yo hallare recaudo de oro o especiería determinaré lo que he de hacer». Sin embargo, no sabe que se dirige realmente hacia Cuba.

Días después, Colón nombró de nuevo Cipango en su diario, en este caso, casi salivando por las grandes riquezas que creía que va a encontrar. «Esta noche levanté las anclas […] para ir a la isla de Cuba, adonde oí de esta gente que era muy grande y de gran trato y había en ella oro y especierías […]. Creo que si es así, como por señas que me hicieron todos los indios de estas islas y aquellos que llevo yo en los navíos, porque por lengua no los entiendo, es la isla de Cipango, de que se cuentan cosas maravillosas, y en las esferas que yo vi y en las pinturas de mapamundos es ella en esta comarca».

Colón llega a Cuba

Finalmente, y tras vueltas para acá y nativos para allá, Colón obtuvo su recompensa el 27 de octubre cuando arribó a la isla que, según creía, era Cipango. Y es que, todas las anteriores habían sido unas regiones que, según anotó en su diario, eran «fértiles» pero carentes de oro. Al tomar tierra en Cuba, y considerando que él y sus soldados se hallaban en Japón, el marino envió a dos valientes a reunirse con el Gran Khan (la máxima autoridad política de la zona de Cipango) mientras el resto de la expedición exploraba la zona.

«Colón quedó encantado de la hermosa vegetación de Cuba y de la suavidad del clima de ésta. Creyendo que había llegado a algún punto de Japón, el Almirante envió algunos hombres a recoger noticias del interior del país», explica Guerra y Sánchez en su obra. Sin embargo, sus exploradores no hallaron las inmensas cantidades de oro que el capitán esperaba, sino a un desgraciado cacique local que –aunque no andaba falto de riquezas- no podía competir con lo que Marco Polo contaba en sus libros.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Representación del desembarco de Colón en Guanahani WIKIMEDIA

A pesar de todo, la fe de Colón en hallar Cipango siguió intacta. Así pues, el marino se limitó a pensar que él y sus hombres habían llegado realmente hasta otra región cercana y que Cipango no debía estar lejos. «El día 30 de octubre de 1492, Colón, que llevaba ya dos días en Cuba, modificó por primera vez su identificación de Cuba-Cipango. Pero no para reconocer la existencia de una tierra nueva y distinta, sino para sustituir la primera identificación con Cuba-Catai (China)», se explica en el libro «Lectura crítica de la literatura americana: Inventarios, invenciones y revisiones» editado por la Fundación Biblioteca Ayacucho.

Posteriormente, y a pesar de no haber encontrado Cipango, Colón regresó a España considerando que, en su siguiente viaje, lograría hallarla y hacerse rico. No obstante, este fue una idea que se desvaneció cuando los Reyes Católicos le patrocinaron su segunda travesía hasta el Nuevo Mundo. «El sentimiento de triunfo del Almirante antes los hallazgos del primer viaje está condenado a ser de corta duración. Porque, desgraciadamente para él, la realidad se resiste a coincidir con sus esquemas e intuiciones, y se le irá haciendo progresivamente más difícil materializar la verdad de sus fantásticas apreciaciones», se añade en el mismo texto.

Las claves que tumban la teoría de que los musulmanes descubrieron América


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Las claves que tumban la teoría de que los musulmanes descubrieron América

HURRIYET  

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, aseguró la pasada semana que los musulmanes descubrieron América. Tal declaración controvertida la hizo durante el acto de clausura celebrado en Estambul de la Primera Cumbre de Líderes Musulmanes Latinoamericanos. Tras esta interpretación de la historia, Erdogan ahora insta a las instituciones educativas turcas a que fomenten una política de poner de relieve la contribución del islam a la ciencia y las artes, incluyendo el descubrimiento del continente americano por los marineros musulmanes unos 300 años antes que Cristóbal Colón.

Sin embargo, no fueron pocas las bromas de columnistas y caricaturistas críticos con las ocurrencias de Erdogan. Según publica eldiario turco «Hurriyet», el presidente turco defendió sus afirmaciones sobre el descubrimiento de las Américas matizando que no son suyas, sino que son teorías que llevan coleando durante años. «Esta idea no es nueva. Se menciona en los libros del profesor Fuat Sezgin. Un número de académicos en Turquía y en el mundo han hecho esta afirmación », dijo. Fuat Sezgin es un profesor emérito de Turquía en la ciencia árabe-islámica, que ha estado viviendo en Alemania desde las secuelas del golpe de Estado de 1960 en Turquía.

Más allá de las intenciones de Erdogan, desde la Escuela de Estudios Árabes (EEA-CSIC) critican con dureza las declaraciones del presidente turco, quien parece basarse en las afirmaciones de un académicomusulmán, el doctor Youssef Mroueh, de la Fundación Assunnah de Estados Unidos:

«Colón admitió en sus escritos que el lunes, 21 de octubre de 1492, mientras su barco navegaba cerca de Gibara en la costa noroeste de Cuba, vio una mezquita en lo alto de una bella montaña».

«Tiene sus montañas hermosas y altas como la Peña de los Enamorados, y una de ellas tiene encima otro montecillo a manera de una hermosa mezquita».

‘Tierra desconocida’

Luis Molina, del CSIC, ha analizado para ABC el ensayo de Mroueh «Musulmanes precolombinos en las Américas» y de los textos sobre los que cimenta su teoría. Uno de ellos es el libro «Los prados de oro y las canteras de joyas». Ahí, Al-Masudi habla del Océano Atlántico Mar Tenebroso o Mar Verde) y de los que se aventuraban a navegar por él:

«Entre ellos estuvo un hombre de al-Andalus llamado Jashjash. Era un joven cordobés que reunió a un grupo de muchachos de su edad y se embarcó con ellos en unas naves que había aparejado en ese Mar Circundante. Durante un tiempo no se supo nada de ellos, pero finalmente retornaron con rico botín. Esto es noticia bien conocida por los andalusíes».

El investigador asegura no encontrar ninguna precisión cronológica, ninguna referencia a Palos como punto de partida, ninguna mención de una ‘tierra desconocida’. «Lo que tenemos no es más que la historia de un grupo de jóvenes cordobeses que se hicieron a la mar en época desconocida y desde un puerto impreciso y que regresaron al cabo deun tiempo indeterminado con grandes riquezas. Las imprecisiones del relato hacen sospechar de que se trata de una leyenda, pero, aunque no lo fuera, hace falta mucha y desbocada imaginación para hallar en esta historia la menor relación con una travesía del Atlántico hasta las costas de América», explica. Añade que la aparición de Palos como puerto de salida y la mención de una ‘tierra desconocida’ parecen ser inventos de Mroueh.

Asimismo, Mroueh hace referencia a la obra de Osuna y Saviñon, «Resumen de la geografía física y política y de la historia natural (1844)». Según esta obra, otro navegante musulmán, Ibn Farrukh, de Granada, partió de Kadesh (fue una ciudad en territorio sirio) al Atlántico, llegando a Gando (Isla de Gran Canaria). Luego continuó hacia el oeste hasta encontrarse con dos islas, Capraria y Pluitana. Esta historia se le atribuye a Ibn al Qutiyya, cronista conocido y que habría fallecido veintidós años antes de la inexistente expedición.

Molina desautoriza la obra que ha inspirado a Erdogan por no encontrar pistas en estos textos antiguos de que en realidad se estuviera hablando de América. El carácter legendario de las referencias resta igualmente credibilidad a Mroueh.

«La ocurrencia de Erdogan nos puede hacer mucha gracia y servir de motivo para chistes, pero hay otros muchos casos semejantes de tergiversación de la historia que no deberíamos tomárnoslos a risa, por muy ridículos y demenciales que nos parezcan», concluye el investigador.

Para Florentino Portero, profesor titular de Historia Contemporánea en la UNED y colaborador de ABC, la insistencia de Erdogan con esta teoría tiene una razón clara: «Turquía trata de reivindicarse dentro del islam, que además fue el último califato islámico hasta que fue abolido en la reforma constitucional de 1926».

Los arqueólogos dudan del hallazgo en Haití de la «Santa María» de Colón


ABC.es

  • Científicos de ambos lados del Atlántico afirman que sin investigación científica completa es imposible identificar unos restos como esos

Los arqueólogos dudan del hallazgo en Haití de la «Santa María» de Colón

barry clifford El pecio es un afloramiento de piedras de lastre

El espectacular anuncio publicado ayer por David Keys en «The Independent», desde Londres, de que un explorador ha hallado los restos de un barco que podría ser la nao «Santa María», la de Cristóbal Colón, en aguas de Haití, dio la vuelta al mundo. Según declaró Barry Clifford «la topografía y evidencias arqueológicas sugieren que este pecio es la “Santa María”». Añadió: «Espero que logremos la primera evidencia arqueológica del Descubrimiento de América». Y calificó el de «extremadamente servicial» el papel del Gobierno haitiano, con el que quiere ahora trabajar y excavar el yacimiento. El equipo dirigido por Clifford y el arqueólogo Charles Beeker, de la Universidad de Indiana afirma que el hallazgo del pecio tuvo lugar en 2003, año en el que entraron en la zona para realizar una completa exploración fotográfica y ahora han regresado para completar una investigación previa no invasiva, con sónar y otras tecnologías incluidas.

Sin embargo, todos los arqueólogos consultados por ABC a ambos lados del atlántico restan credibilidad a este tipo de anuncio, puesto que ellos consideran que desde la práctica científica no se pueden identificar, ni hipotéticamente, los restos de un barco sin llevar a cabo una completa investigación y excavación.

El naufragio de la Santa María

El día de Navidad de 1492, en un mar en calma total, mientras un grumete llevaba el timón -contraviniendo la orden directa de Colón- la nao encalló en un banco de arena próximo a la costa y ya nadie pudo salvarla. El almirante sabía de la existencia de bancos de arena y había enviado por delante a sus hombres en botes para conocer el camino. Por tanto, ordenó que un piloto fuese siempre gobernando la nave, mientras la carabela «Pinta» estaba a una distancia de media legua.

Una vez producido el embarrancamiento y con gran enojo del almirante, Colón decidió cortar el mástil, y pidió que se llevase toda la carga a tierra y con casi la totalidad de sus maderas y clavos se construyó el Fuerte Navidad, que sería el primer asentamiento español en América. Así que resulta imposible que haya muchos restos de ningún barco, en realidad.

Poco importa que Clifford y Beeker hayan realizado inmersiones complementarias este año y afirmen que los datos históricos y de corrientes coinciden. Su anuncio no es compatible con la práctica científica, según los arqueólogos españoles, por mucho que revistan de «tentativa» la identificación del pecio. Ciertamente, sin embargo, la mera posibilidad del hallazgo ha hecho soñar a muchos con nuevas pistas sobre estecapítulo fundamental de la historia naval española y de la humanidad. Tal es la potencia que tiene para nosotros la investigación de este episodio.

Lo hallado es un afloramiento de piedras de lastre de algún barco junto a las que los hombres de Clifford, en 2003, pudieron situar un cañón, que para más inri en la actualidad ha desaparecido. ¿La «Santa María»? Resulta casi imposible de demostrar. El hecho de que haya sido en aguas de Haití obliga a recordar que allí los yacimientos han sido muy castigados por el expolio. Tras el terrible terremoto de 2010, hubo un crecimiento exponencial de los cazatesoros que sacaron provecho de aquel caos que conmovía al mundo.

Algunas compañías como Sub Sea Research incluso llevaron ayuda humanitaria a la isla con sus barcos, después de haber estado excavando hasta cinco yacimientos durante años. Por otra parte, en Haití se produjo una dura polémica en 2011 con Charles Beeker, uno de los dos pretendidos descubridores de la «Santa María», porque apareció en la isla tratando de lograr de autoridades municipales permisos de excavación para rescatar el «Oxford», del capitán Henry Morgan. La web está plagada de testimonios contra su presencia.

Hoy es tierra firme

Carlos León, uno de los arqueólogos españoles con más experiencia en el vecino Santo Domingo, se muestra escéptico y afirma que según los más serios estudios geológicos, de hace décadas, el lugar donde encalló la «Santa María» está hoy en tierra firme, por el cambio registrado en la costas. Además, recuerda que tal y como afirma Colón en su «Diario de abordo» toda la carga «fue extraída por sus hombres, y no dejaron prácticamente ni un clavo».

La investigación será financiada en parte por el History Channel, que ha logrado la exclusiva, en lo que parece una operación mediática bastante calculada, que podría despertar interés de otros inversores, como ya ha ocurrido con otros hallazgos de Clifford en años precedentes. A principios de los ochenta anunció el hallazgo del «Whydah», hundido en 1717. Es difícil que un pasado de caza de tesoros pueda borrarse antes de que se demuestre la veracidad de su hallazgo. Por eso parece prudente no tomarlo muy en serio en esta ocasión.

Un libro único para un cazatesoros único

Un arqueólogo asegura que ha encontrado la ‘Santa María’ de Colón al norte de Haití


El Mundo

  • El equipo de Barry Clifford no ha tocado aún el yacimiento, pero cree que está ante la carabela atendiendo a las anotaciones sobre su hundimiento en los diarios de Colón
La Santa María, en un sello de los años 50.

La Santa María, en un sello de los años 50. Imagen: Todo Colección

El diario londinense ‘The Indpendent’ ha anunciado el descubrimiento de los restos de una nave que puede ser la ‘Santa María’, una de las tres naves que Cristóbal Colón dirigió hasta el descubrimiento de América en 1492.

El yacimiento está hundido en el fondo del mar, al norte de la costa de Haití. Barry Clifford, un arqueólogo estadounidense, dirige la investigación que, asegura, cuenta con la colaboración del Gobierno haitiano.

Según ‘The Independent’, el equipo de Clifford no ha tocado aún los restos del navío hundido, se ha limitado a fotografiarlo y medirlo. Los indicios que le llevan a pensar que ha descubierto la ‘Santa María’ es la cercanía del fuerte de Colón y las notas que escribió en su diario el marinero genovés.

La Santa María, el mayor barco de la expedición (23,52 metros de eslora), tuvo también un origen incierto: pudo ser construida, según las fuentes, en Cantabria, en Galicia o en el Puerto de Santa María. Salió por primera vez al mar en 1480 y perteneció al patrimonio de Juan de la Cosa. Su naufragio fue incruento. Encalló en algún punto cercano a La Navidad, el fuerte de Colón en la isla de La Española, cerca de la frontera norte entre Haití y la República Dominicana. La tripulación y los víveres fueron rescatados con éxito y parte de la madera del barco se empleó para la construcción del fuerte.

La campana que Rodrigo de Triana hizo sonar desde uno de los tres mástiles de la ‘Santa María’ cuando vio tierra también se salvó del naufragio, embarcó en otro buque, volvió a naufragar, fue rescatado por un buzo italiano en Portugal, en 1994 y desapareció misteriosamente durante la década pasada.

Un posible análisis de ADN intentará despejar si Colón era portugués


La Vanguardia

  • Un investigado luso sostiene que el descubridor era en realidad el hidalgo Pedro Ataíde

585615_400Lisboa. (EFE).- La tesis de que Cristóbal Colón fue en realidad el hidalgo portugués Pedro Ataíde y ocultó su identidad será puesta a prueba si prospera el proyecto para analizar el ADN de los restos de un familiar de aquel personaje luso. El ingeniero Fernando Branco, autor del libro Cristóbal Colón, noble portugués, aseguró en una entrevista con EFE que si logra recabar “el apoyo de un número importante de ciudadanos” iniciará los trámites para exhumar el cadáver del pariente de Ataíde.

La localización de esos restos se mantiene en secreto, pero Branco asegura saber dónde reposa el cuerpo de ese familiar del hidalgo luso que, según su libro, pasó a la historia como Colón. “Necesitamos autorización para analizar los restos, por eso no divulgo en el libro dónde esta enterrado el cuerpo”, explica Branco, cuya obra, publicada el mes pasado, contradice la versión oficial de que el descubridor de América nació en Génova (Italia).

Las muestras obtenidas de esos restos, agrega, tendrían que ser cotejadas con el ADN de Diego Colón, hermano del gran navegante, que ya analizaron, en la década pasada, peritos españoles en Sevilla, donde reposan sus restos.
Fernando Branco no es el primer escritor luso en defender que el hombre que llegó en 1492 al continente americano tiene origen portugués, aunque sí es el único que ha revelado cuál podría ser su identidad exacta. Tras comparar los datos históricos sobre el almirante y el hidalgo, su libro recoge 63 coincidencias que le llevan a pensar que Ataíde decidió en 1476, después de la batalla de San Vicente, cambiarse de nombre por motivos de seguridad.

“Los ingenieros no solemos decir que estamos plenamente convencidos, pero sí puedo asegurar que nunca vi una mejor hipótesis -sobre el origen de Cristóbal Colón- que ésta”, subraya. En su opinión, la corriente “genovista” apenas tiene argumentos para defender que el navegante era italiano, y atribuye su origen a un mero error tipográfico en un documento. “Las tesis de Génova son muy débiles -explica- y consideran que Cristóbal Colón procede de la familia Colombo porque los Reyes Católicos escribieron una carta que en catalán tradujo el apellido del marino a ‘Colom’, que quiere decir ‘paloma’… Y para la que en italiano se utiliza ‘colombo'”.

Branco recuerda, asimismo, que los diarios de navegación de Colón están escritos en castellano y salpicados de numerosas expresiones portuguesas y alguna catalana. La coincidencia que le acabó por convencer de que Pedro Ataíde, apodado “El Corsario“, fue en realidad Cristóbal Colón, la encontró en el diario de a bordo del almirante, citado por su hijo Fernando Colón en el libro que escribió sobre su padre. “Tras el descubrimiento de América, Colón para en la Isla de Santa María, en el archipiélago luso de las Azores, donde vivían menos de cien personas. Ahí se encuentra con el lugarteniente Joao da Castanheira, al que dice que conoce bien, pese a que no era un noble ni nada parecido”, señala.

Branco cree que el lugarteniente debía ser natural de la población de Castanheira do Ribatejo, una tierra bajo control de la familia Ataíde, lo cual explicaría que se hubiesen encontrado con anterioridad. La investigación del ingeniero portugués ha sido reconocida por la Academia de Historia lusa, y él se muestra convencido de que si Pedro Ataíde decidió cambiar de identidad y llamarse Cristóbal Colón fue por miedo a perder la vida y sus privilegios de noble.

Ataíde estuvo envuelto en una conjura contra el rey portugués Joao II a instancias de la Reina Isabel la Católica de España, a finales del siglo XV, y un primo suyo fue asesinado por los seguidores del monarca, afirma. Después, “los Reyes Católicos quisieron retirar poderes a algunos nobles, y el origen luso podía dificultarle mantener los títulos de Almirante de Indias y las riquezas acumuladas”. El autor de la última de una larga lista de obras sobre los orígenes del navegante afirma que su objetivo pasa ahora por “corregir” la Historia, aunque asegura que comenzó a investigar solo por afición y para intentar resolver los misterios que aún rodean a Colón.