Titanic, el gigante de los océanos, emerge en Colón


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  • El centro cultural Fernán Gómez acogerá en septiembre una exposición única sobre el siniestro marítimo, con 200 objetos originales, algunos de ellos nunca antes expuestos
abc La gran escalinata que conducía a los camarotes de primera clase del transatlántico

abc | La gran escalinata que conducía a los camarotes de primera clase del transatlántico

Gerda Lindell se aferró a las manos de su marido Edvard y de su amigo Olof antes de morir congelada en las gélidas aguas del Atlántico. Exhausta, no logró subir al último bote salvavidas del «insumergible» transatlántico de la White Star Line. En él dejó su alianza de boda y, con ella, la historia de estos tres náufragos suecos camino de Nueva York. Ese anillo, entre otros secretos del trágico hundimiento de la madrugada del 15 de abril de 1912, emergerá el próximo mes de septiembre en el Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa con «Titanic: The exhibition».

Más de 200 objetos originales, algunos de ellos nunca antes expuestos, que ya han zarpado hacia Colón desde México, el último destino de esta muestra de la compañía española Musealia. El buque que traerá esta exposición única a la capital se encontraba esta semana frente a las costas de Cuba rumbo directo a Valencia.

En su interior traslada parte de la historia del suceso naval más famoso del siglo XX. El RMS Titanic se convirtió en leyenda antes de comenzar a construirse en los astilleros Harland and Wolf. Iba a ser, junto a sus dos hermanos gemelos –el Olimpic y el Gigantic, renombrado tras la tragedia como Britanic–, el barco más grande y lujoso del mundo. Y lo fue. Un «trasatlántico de los sueños» con comodidades de las que muchos de sus pasajeros nunca antes habían disfrutado, como la luz eléctrica en todos los camarotes.

Un lujoso interior que el visitante de esta retrospectiva podrá comprobar en primera persona con recreaciones idénticas de sus estancias. Por ejemplo de la gran escalinata que presidía la zona noble del barco o la cabina desde la que Mr. Phillips, uno de los operadores de Marconi en el barco, envió desesperadamente su señal de «SOS» a los barcos cercanos.

«Pasajeros» privilegiados que se pondrán en la piel de las víctimas recorriendo un pasillo de primera clase, contemplando un camarote de tercera e incluso tocando una placa de hielo. Una recreación de un iceberg de más de 5 metros de largo y 2 de altura en el que se puede sentir el atroz frío que tuvieron que pasar antes de ser rescatadas o de morir en las heladas aguas del Atlántico Norte.

El objetivo, según sus organizadores, es hacer sentir una «entrañable experiencia, con una alta carga humana y emocional». Un recorrido en el que la «verdad» sobre el transatlántico se impone sobre la leyenda, aunque sin renunciar a los mitos que han inspirado a la literatura y al cine. Uno de ellos es el colgante original en el que James Cameron se basó para crear la joya de ficción denominada «Corazón de la Mar» que Rose Dewitt –interpretada por Kate Winslet y Gloria Stuart– luce en la oscarizada «Titanic».

Detenidos en el tiempo

Fragmentos de historia que albergan el recuerdo de los verdaderos protagonistas del fatídico viaje. Todos han sido minuciosamente estudiados y rescatados de colecciones privadas para ser testigos únicos de la impresionante tragedia que se llevó consigo la vida de 1.495 personas. Entre ellos están algunos de los relojes que se pararon en la hora exacta del hundimiento o la lista original de pasajeros certificada por la White Star Line el 31 de mayo de 1912. De las tres copias que se expidieron por parte de la compañía propietaria del Titanic, esta es la única que se conserva. También se podrán ver las dos cartas originales escritas por el primer oficial William Murdoch; manuscritos del hombre que estaba al mando del buque cuando se produjo el choque con el iceberg y el encargado de dirigir las tareas de salvamento en la cubierta de estribor.

Emociones a bordo

Junto a las postales, diarios personales y cartas rescatadas, constituyen los documentos originales de mayor trascendencia histórica que se conservan del buque. El que más impresiona quizá es la lista de los cuerpos recuperados tras el hundimiento, en la que figura el nombre de las 712 personas que lograron sobrevivir a la catástrofe marítima.

Las botitas que llevaba puestas la pequeña Louise Kink la noche del naufragio o la manta original utilizada por la pasajera de tercera clase Velin Ohman son algunos de los objetos con mayor carga emocional «a bordo» de esta exposición. Los testimonios de los pasajeros acompañarán al visitante por los más de 1.500 metros cuadrados –repartidos en ocho salas distintas– gracias a una audioguía especial.

Un valor añadido que recupera historias tan singulares como la de Victor Peñasco, uno de los pocos españoles que viajaban en este gigante. Estaba de luna de miel junto a su esposa María Josefa Pérez de Soto. Ella se logró salvar por la orden del capitán Edward John Smith de que las mujeres y los niños fueran los primeros en ser evacuados. Le obligaron a soltarse de los brazos de su marido. De él nos queda su historia, su esmoquin y sus objetos personales –presentes en la muestra– y la última frase que le dijo a su mujer: «Pepita, que seas muy feliz».

El 1 de septiembre de 1985 a la 1.05 de la mañana, el Titanic fue localizado en su tumba abisal, a cuatro kilómetros de profundidad.

El transatlántico se convirtió en el objetivo de oceanógrafos y cazadores de tesoros que no siempre han respetado su historia. Todo lo contrario que «Titanic: The Exhibition» que, con su rigor histórico, pretende embarcar en esta muestra a 150.000 visitantes hasta marzo de 2016.

Nuevas evidencias afirman que los chinos descubrieron América antes que Colón


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  • John Ruskamp dice haber hallado más petroglifos asiáticos en Estados Unidos que confirman la llegada a la zona de esta civilización

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Los libros de Historia explican, desde siempre, que el primero en llegar hasta América fue Cristóbal Colón. Con todo, son varios los estudios que han afirmado en los últimos años que hubo otras civilizaciones que pudieron arribar antes que el hasta el Nuevo Mundo.

Uno de ellos es John Ruskamp, un investigador de Illinois doctorado en Educación que, en 2012, afirmó haber encontrado una serie de inscripciones con carácter asiático en Estados Unidos que podrían desvelar que los chinos pisaron aquella región antes que los marinos que venían en las conocidas carabelas. Su tesis le permitió escribir un libro y ganar un buen dinero Ahora, el autor afirma haber descifrado nuevas inscripciones que corroboran su teoría.

Así lo explica en su versión digital el diario «Epoch Times», donde se señala que Ruskamp ha encontrado marcas en el Monumento Nacional de la ciudad de Albuquerque, en Nuevo México. Tras realizar una investigación previa de los petroglifos, el estadounidense afirma que fueron realizados 2.800 años antes de que Colón pisase aquella región (aproximadamente, en el año 1.300 A.C.) por exploradores chinos.

«Los resultados son claros e indican que los antiguos chinos estaban explorando e interactuando con los pueblos nativos de América hace más de 2.500 años. Los hallazgos indican además que hicieron más de una expedición», ha determinado el experto.

Ruskamp no es el primero que se ha atrevido a afirmar que los chinos llegaron a América durante aquella época. De hecho, anteriormente la teoría ya había sido expuesta por Gavin Menzies, quien mantenía que una flota de buques de ese país viajó hasta el Nuevo Mundo en 1421, 70 años antes de la expedición de la Pinta, la Niña y la Santa María.

No obstante, Ruskamp es partidario (desde que escribió su libro) de que ambas civilizaciones se conocieron hace muchísimo más tiempo. Para ello, se basa en el hallazgo de hasta 84 pictogramas que ha encontrado en Estados Unidos (en Nuevo México, California, Oklahoma, Utah, Arizona y Nevada, concretamente). Todos ellos, símbolos asiáticos milenarios, según afirma.

Según ha explicado a lo largo de estos años, todos ellos han sido analizados por expertos en escritura china y se han tratado de traducir. En este último caso, de hecho, Ruskamp dice haber hallado un tipo de letra que fue utilizado por los chinos al final de la dinastía Shang (S.XVIII-S.XI A.C.).

«Aunque solo la mitad de los símbolos que se encuentran en la gran roca de Albuquerque, Nuevo México, se han identificado como escritura china, el mensaje hace referencia a que un hombre rindió honores a un ser superior con un sacrificio de un perro», completa el estadounidense. En este sentido, el investigador afirma que tanto la sintaxis como la forma de las letras es similar a la que fue utilizada para documentar antiguos rituales de las dinastías Shang y Zhou. «Los sacrificios de perros eran muy habituales en la segunda parte del segundo milenio antes de Cristo», determina.

Desde que desveló sus teorías hace varios años, Ruskamp ha sido criticado por no pocos científicos que acusan su trabajo de superficial y falto de evidencias. No obstante, sus hallazgos han sido apoyos por expertos como Dennis Stanford (del Smithsonian Institution) y David Keightley, un experto en la civilización china del Neolítico de la Universidad de California.

El misterioso empeño de Cristóbal Colón por ocultar sus orígenes


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  • La teoría más aceptada considera que procedía de una familia humilde de Génova, con un posible vínculo judío. A causa de la fiebre nobiliaria que se vivía en la Corte española, el descubridor escondió el pobre lustre de sus antepasados
El misterioso empeño de Cristóbal Colón por ocultar sus orígenes

Wikipedia Llegada de Cristóbal Colón a las Indias Occidentales, por John Vanderlyn

Se trata de uno de los grandes misterios que esconde la historia: ¿Cuál era el lugar de nacimiento de Cristóbal Colón? La respuesta oficial sigue siendo Génova, pese a que cada año surge una nueva teoría que zarandea las pruebas en su provecho. Hay teorías a la carta sobre su procedencia: desde que era gallego, castellano (Guadalajara), extremeño (Plasencia), portugués, mallorquín, vasco, corso, catalán, hasta que era inglés. Pero ninguna ha obtenido nunca el consenso de los expertos. Como tampoco lo han hecho los estudios sobre la profesión que tenía el descubridor antes de enfrascarse en la empresa que dio sentido a su vida. Lo único transparente, entre todos estos enigmas, es que Colón se tomó muchas molestias en que no se resolviera el misterio.

«Cuan apta fue su persona y dotada de todo aquello que para tan grande cosa convenía, tanto más quiso que su patria y origen fuesen menos ciertos y conocidos», escribió su hijo don Hernando en «La Historia del Almirante». Hernando Colón conocía la respuesta al misterio pero, escudándose en las instrucciones de su padre, sembró todavía más dudas en el asunto. No obstante, su celo revela una pista fundamental: su procedencia era tan sensible –ya fuera por un asunto religioso (ser un judío converso), por uno político (tener enemistades abiertas con importantes nobles o monarcas en el pasado) o por uno social (orígenes humildes)– como para justificar aquellas precauciones. Y aunque mantuvo el secreto hasta sus últimos días, su testamento, otorgado en Sevilla el 3 de julio de 1539, no deja dudas: se identifica como «hijo de Cristóbal Colón, genovés, primer almirante que descubrió las Indias». La solemnidad de declarar ante notario arrojó el secreto, o quizás se limitó a seguir el hilo de la versión más aceptada cuando su padre vivía.

El misterioso empeño de Cristóbal Colón por ocultar sus orígenes

ABC Retrato de «Christopher Columbus»

Sus contemporáneos le consideraban «extranjero», lo que en aquel contexto significaba no nacido en Castilla (igualmente podría ser valenciano, mallorquín o catalán). Como prueba de ello, Ruy González de Puebla, embajador de los Reyes Católicos en Inglaterra, informa en una carta fechada en 1498 de que el Rey inglés envía cinco naos armadas «con otro genovés como Colón» al Nuevo Continente. Además consta que Colón, ya fuera por su nacionalidad o porque estuvo viviendo en Italia, se rodeó de amigos genoveses durante toda su vida. Así ocurrió con los Esbarroya en Córdoba, Francisco Pinelo, establecido en Sevilla, o Gaspar Gorricio, monje de la Cartuja de Santa María de las Cuevas, entre otros.

Un genovés, ¿hijo de tejedores?

Un documento, firmado por el mismo Colón el 22 de febrero de 1498 también ante notario, afirma que «siendo yo nacido en Génova, les vine a servir a los Reyes Católicos aquí en Castilla». Y en ese mismo texto, reclama a su hijo Diego que una vez fallecido él «tenga y sostenga siempre en la ciudad de Génova una persona de nuestro linaje que tenga allí casa y mujer… pues que de allí salí y en ella nací». Frente a esta contundente prueba documental, los defensores de que no nació en Italia, sin embargo, han argumentado que el texto es falso, o bien apócrifo, y fue redactado dentro del contexto de los Pleitos colombinos que mantuvieron sus descendientes con la Corona de Castilla.

Pero aun suponiendo que nació en Génova, como las pruebas parecen sostener, el resto de cuestiones siguen abiertas: ¿Por qué lo ocultó con tanta insistencia si todos sabían que no era castellano? ¿A qué se había dedicado antes de viajar a España? La historiadora Lourdes Díaz-Trechuelo en su libro «Cristóbal Colón: primer almirante del mar océano» (1991) apunta a que «el afán nobiliario de la época pudo empujar a Colón a ocultar el pasado de su familia».

El propio Hernando Colón –que calificó de mentiroso a un cronista genovés por decir que la familia de su padre era humilde– deja muestra en sus textos de la importancia de ser de noble cuna entonces, «porque suelen ser más estimados en España los que proceden de grandes ciudades y generosos ascendientes, quisieran algunos que yo me detuviese y ocupase en decir que el Almirante descendía de sangre ilustre, y que sus padres por mala fortuna habían llegado a la última estrechez y necesidad». Ser genovés, en efecto, no era un problema en la Corte española, pero el origen humilde de su familia sí suponía un obstáculo para sus pretensiones de ascenso social en una tierra donde, quien más quien menos, era «hijo de algo».

La versión más aceptada hoy en día es que Cristóbal Colón era nieto de Giovanni Colón, tejedor de lana en Quinto, un pueblecito a pocos kilómetros de Génova. A su vez, su padre, llamado Doménico, siguió el oficio familiar y se casó con la hija de otro tejedor, Susana Fontanarossa. La esposa aportó dos casas como dote, una en Quinto y otra en la ciudad de Génova, donde se trasladó el matrimonio. Allí nació el descubridor, el primogénito, en una fecha cercana a 1451. Esto significaría que cuando realizó su primer viaje a América Colón tenía unos 41 años, aunque según las crónicas de Bartolomé de Las Casas aparentaba más edad.

Colón no era de una familia pobre, pero si lo bastante humilde como para sentirse intimidado por la obsesión sanguinea de la Corte de los Reyes Católicos. Y lo que es más importante, sus padres se ganaban la vida con las manos. Puesto que todavía en muchos rincones de Europa los trabajos manuales eran despreciados como propios de gente de baja escala social, no es de extrañar que Colón ocultara sus orígenes e incluso se atreviera a fanfarronear, sin aportar nombre alguno, que «no soy el primer almirante en mi familia».

Un bisabuelo de orígen judío

También se ha especulado sobre la posible procedencia semítica de su familia. Salvador de Madariaga, en su famoso libro «Vida del Muy Magnífico Señor Don Cristóbal Colón» señala con toda contundencia que era de origen judío y que posiblemente practicaba esta religión. Otros autores han llegado a ver rasgos físicos propios de los judíos italianos en las descripciones que se conservan sobre el descubridor. A modo de réplica, Ballesteros Beretta concluye sin lugar a dudas que «era hijo de unos padres sinceramente católicos, que le transmitieron la fe católica, bien arraigada en él toda su vida, y también el franciscanismo tan extendido en Italia». Bartolomé de Las Casas, que conoció en profundidad a Colón, coincide en este asunto: «Era un católico de mucha devoción».

Aunque realmente no practicara el judaísmo ni procediera de una familia conversa, si es posible que un factor religioso influyera en que Colón no quisiera revelar datos de su vida. Según el americanista Ballestero Beretta, su rama paterna estaba libre de ascendencia judía, pero la materna estaba emparentada con Jacobo de Fontanarubea. Un nombre semítico y un apellido gentilicio, muy usados entre los hebreos, que hubiera servido a los enemigos de Colón como excusa para debilitar su influencia.

El misterioso empeño de Cristóbal Colón por ocultar sus orígenes

Wikipedia Posible tumba de Cristóbal Colón. Catedral de Sevilla

Pero incluso en esta teoría genovesa –la más aceptada– los investigadores siguen viendo enigmas abiertos en torno a la figura del marinero. Sin ir más lejos, se conocen muy pocos textos escritos en italiano por el descubridor, y las breves notas en este idioma cuentan con graves fallos de redacción. La mayor parte de sus escritos están en castellano, con giros lingüísticos procedentes de otras lenguas de la península Ibérica que, siguiendo las tesis de Menéndez Pidal, podrían ser portuguesismos o galleguismos.

Las teorías que lo vinculan a la Corona de Aragón (catalán, valenciano o mallorquín) también se sustentan en investigaciones lingüísticas. No obstante, en todos los casos, la crítica desde la comunidad académica es la misma. Hay demasiado empeño por desacreditar las pruebas conocidas –las que lo vinculan con Génova–, sin presentar documentos originales que vertebren nuevas teorías.

Actualmente, ha cobrado gran fuerza los estudios que vinculan el pasado de Colón con Pontevedra. A través de pruebas grafológicas se han identificado similitudes entre los textos del descubridor de América y los de un noble gallego nacido en Poio que a lo largo de su vida cambió de identidad en diversas ocasiones, llamado Pedro «Madruga».

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón


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  • En su primer viaje, este marino bordeó la isla de Cuba creyendo que era parte de Cipango, como se conocía entonces al territorio nipón
Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

ARCHIVO ABC Colón, frente a un globo terráqueo

Cristóbal Colón (genovés para muchos, español para varios, y catalán para algunos) es recordado en los libros de Historia por haber descubierto –casi sin pretenderlo- las Américas en el año 1492. O más bien por revelar su existencia a los Reyes Católicos pues, como bien señalan en la actualidad multitud de historiadores latinos, esas tierras ya se encontraban allí sin necesidad de que ningún europeo las encontrase por obra y gracia de su Dios.

Fuera como fuese, lo cierto es que este marino no buscaba nuevos mundos que desvelar, sino establecer una ruta hacia las indias y hallar en su travesía –con un poquitín de ayuda divina- la isla de Cipango (la actual Japón). La razón de este último propósito era sencilla: corría una leyenda popularizada por Marco Polo en el Siglo XIII que afirmaba que en este pedazo de tierra había ingentes cantidades de oro que sus habitantes no se molestaban en explotar.

Por ello, no es de extrañar que, cuando Colón divisó por primera vez una isla que se asemejaba a la descripción de Cipango, saltara de euforia al considerar que había arribado hasta territorio nipón. No era para menos su alegría ya que, si la región se correspondía con el actual Japón, sus bolsillos estarían pronto a rebosar de riquezas con las que dar en los morros a todos los reyes hijos de mala madre que habían rechazado sus proyectos en los años previos. Sin embargo, lo que no sabía es que lo que había descubierto era realmente Cuba, tierra de futuros líderes políticos tan reseñables como Fidel Castro.

En busca de un primitivo El Dorado

Para entender la llegada de este marino hasta Cuba es obligatorio retrasar el calendario muchas, pero que muchas páginas. Concretamente, es necesario regresar en el tiempo hasta 1485, año en que Colón disfrutaba de unas «vacaciones de trabajo» en Castilla provisto de una carta de recomendación que le había entregado el mismísimo confesor de la reina Isabel.

Su objetivo no era otro que llamar a la puerta del palacio de los Reyes Católicos e informar a los monarcas de sus planes: quería encontrar una nueva ruta hacia las indias (con las que el comercio a través del Mediterráneo era habitual) navegando a través de tierras inexploradas. Ahí es nada, que debía pensar, pero lo cierto es que no eran pocas las naciones que le habían dado un buen portazo en las narices ante ese descabellada propósito.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Estatua de Cristóbal Colón ARCHIVO ABC

Con todo, no era aquella la única idea que llevaba atesoraba bajo las mangas de su camisa. También partía con el objetivo de encontrar Cipango, una isla que bien se podría asemejar con la posterior «El Dorado» pues, como había contado Marco Polo en uno de los libros en los que narraba sus viajes a Asia, esta era una región con una gigantesca riqueza en oro. «La quimera del oro de Cipango (Japón) fue el objetivo principal del primer viaje de Colón de 1492. Donde quiera que iba, el almirante se informaba con mucho cuidado y diligencia sobre el dorado metal», corrobora el Museo Oriental de Valladolid en su página sobre el marino.

¿Era un avaro nuestro bien recordado Colón? Tampoco es que se pueda afirmar tal cosa… Más bien pobre, pero no tonto, que diríamos en la actualidad. Con todo, lo cierto es que no es de extrañar que Marco Polo le avivara los deseos de riquezas, pues el explorador definía Cipango en su texto «El libro de las maravillas» como una isla que «está a 1.500 millas apartada de la tierra en alta mar y (que) tiene oro en abundancia pero que nadie explotar, porque no hay mercader ni extranjero que se haya llegado al interior».

Sus siguientes descripciones tampoco es que favorecieran que los exploradores dejaran sus huesos en tierra frente a la lumbre: «Os contaré de un maravilloso palacio que posee el señor de la isla. Existe un gran palacio todo cubierto de oro fino, tal como nosotros cubrimos nuestras casas e iglesias de plomo, y es de un valor incalculable. Los pisos de sus salones, que son numerosos, están también cubiertos de una capa de oro fino del espesor de más de dos dedos. Es de una riqueza tan deslumbrante, que no sabría exactamente cómo explicaros el efecto asombroso que produce el verlo». Con unos precedentes así, quién podría resistirse.

El plan perfecto que nadie quería

Todas estas ideas tenía Colón en la cabeza cuando se presentó ante los Reyes Católicos después de tener una lista de rechazos más extensa que las guerras por el trono de Castilla. Y la verdad es que, por entonces, la cosa no le fue mejor por estos lares, pues andábamos a mandobles contra los musulmanes por recuperar Granada y todos los maravedís se iban en el pago de los soldados cristianos (ya que, aunque la fe mueve montañas, más las mueve una bolsa llena de monedas).

Por ello, los monarcas decidieron que –cual banco- no invertirían ni una sola moneda sin que su Comisión de teólogos y cosmógrafos hiciera un examen previo de la idea. Aunque, según explica Luigi Bossi en su «Vita di Cristoforo Colombo», más les valdría haberle dado aquellos papeles a un mono, pues quizás éste animal hubiera tenido más visión de futuro que ellos.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Recreación de la Pinta, la Niña y la Santa María en el Puerto de Palos efe

«El proyecto fue entregado al examen de hombres inexpertos que, ignorando los principios de la cosmografía y de la náutica, juzgaron impracticable la empresa.¡Los mejores cosmógrafos del reino! ¡Y qué cosmógrafos! Una de sus principales objeciones era que si una nave se engolfaba demasiado hacia el Poniente, como pretendía Colón, sería arrastrada por efecto de la redondez del globo, no pudiendo por lo tanto regresar a España», determina el experto.

Por suerte, y aunque su idea se oponía a las ideas preestablecidas por los científicos de la época, Colón se topó en 1491 con la reina Isabel, quien –armas de mujer mediante- convenció a Fernando para que abriera la cartera y ofreciera el patrocinio peninsular al marino. Con ello, se inició el proyecto que desembocaría en el descubrimiento de América y que terminó de planearse cuando los Reyes Católicos se bajaron los calzones ante Colón y sus exorbitadas condiciones. Y es que, el genovés afirmó que sólo llevaría a cabo el proyecto si se le otorgaba el título de Virrey y Capitán General de las tierras que descubriese, así como el 10% de las rentas que produjeran.

Empieza el viaje

Tras firmar el «contrato» con sus Majestades, Colón viajó hasta Huelva, donde comenzó a preparar los tres navíos que partirían de Palos en pleno verano. «Era un viernes, el 3 de agosto de 1492, cuando, después de haber confesado y comulgado devotamente todos los que se embarcaron en la nao Santa María y en las carabelas Pinta y Niña, dejaron el puerto», determina explica el historiador del SXIX Ramiro Guerra y Sánchez en su obra «Historia elemental de Cuba». Mientras, en la cabeza del marino rondaba una idea: era necesario encontrar oro con el que demostrar a los Reyes Católicos (y en espacial al desconfiado Fernando) que su viaje no había sido en balde. ¿Cuál era la forma más fácil de conseguirlo? Cipango.

Colón y sus hombres tardaron dos meses y nueve días en atravesar el Atlántico. Motines de por medio –pues los marinos estaban hasta el chambergo de no ver más que agua por aquí y por allá desde su partida de España- finalmente avistaron terreno firme al grito de «¡Tierra, tierra!» de Rodrigo de Triana. Por entonces el calendario se había detenido en el 12 de octubre, un día feliz para Colón, pues creyó que había llegado al fin a las tierras descritas por Marco Polo en sus libros. Sin embargo, se hallaba frente a Guanahaní (una isla cerca de Cuba a la que llamó San Salvador para dar las gracias a Dios el buen trayecto).

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Cristóbal Colón ARCHIVO ABC

Posteriormente, la expedición descubrió varias islas más, siendo las más destacadasSanta María de la Concepción(actualmente Cayo Rum), laFernandina(hoy conocida como Long) eIsabela(en la actualidad, Crooked). En varias de ellas se detuvo para explorar y dar parte de sus posibles habitantes a los Reyes Católicos, además de para ganarse el favor de los lugareños conpequeños cristales y baratijasque sorprendían sobremanera a los americanos.

«Andando […] fuimos a una población aquí cerca, adonde estoy surto media legua; y la gente de ella, como nos sintieron, dieron todos a huir […] Después se llegaron a nos unos hombres de ellos, y uno se llegó a quien yo di unos cascabeles y unas cuentecillas de vidrio y quedó muy contento y muy alegre, y porque la amistad creciese más y los requiriese algo, les hice pedir agua, y ellos, después que fui en la nao, vinieron luego a la playa con sus calabazas llenas y holgaron mucho de dárnosla. Y yo les mandé dar otro ramalejo de cuentecillas de vidrio y dijeron que de mañana vendrían acá», sentencia Colón en su diario.

La ansiada Cipango que nunca llega

En esa misma anotación (realizada el 21 de octubre) el marino hace referencia a una isla que, según los datos que baraja, podría ser Cipango, su ansiado premio: «Luego me partiré a rodear esta isla […] y después partiré para otra isla grande mucho, que creo que debe ser Cipango, según las señas que me dan estos indios que yo traigo, a la cual ellos llaman Colba, en la cual dicen que hay naos y mareantes muchos y muy grandes, y de esta isla otra que llaman Bofío que también dicen que es muy grande. Y a las otras que son entremedio veré así de pasada, y según yo hallare recaudo de oro o especiería determinaré lo que he de hacer». Sin embargo, no sabe que se dirige realmente hacia Cuba.

Días después, Colón nombró de nuevo Cipango en su diario, en este caso, casi salivando por las grandes riquezas que creía que va a encontrar. «Esta noche levanté las anclas […] para ir a la isla de Cuba, adonde oí de esta gente que era muy grande y de gran trato y había en ella oro y especierías […]. Creo que si es así, como por señas que me hicieron todos los indios de estas islas y aquellos que llevo yo en los navíos, porque por lengua no los entiendo, es la isla de Cipango, de que se cuentan cosas maravillosas, y en las esferas que yo vi y en las pinturas de mapamundos es ella en esta comarca».

Colón llega a Cuba

Finalmente, y tras vueltas para acá y nativos para allá, Colón obtuvo su recompensa el 27 de octubre cuando arribó a la isla que, según creía, era Cipango. Y es que, todas las anteriores habían sido unas regiones que, según anotó en su diario, eran «fértiles» pero carentes de oro. Al tomar tierra en Cuba, y considerando que él y sus soldados se hallaban en Japón, el marino envió a dos valientes a reunirse con el Gran Khan (la máxima autoridad política de la zona de Cipango) mientras el resto de la expedición exploraba la zona.

«Colón quedó encantado de la hermosa vegetación de Cuba y de la suavidad del clima de ésta. Creyendo que había llegado a algún punto de Japón, el Almirante envió algunos hombres a recoger noticias del interior del país», explica Guerra y Sánchez en su obra. Sin embargo, sus exploradores no hallaron las inmensas cantidades de oro que el capitán esperaba, sino a un desgraciado cacique local que –aunque no andaba falto de riquezas- no podía competir con lo que Marco Polo contaba en sus libros.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Representación del desembarco de Colón en Guanahani WIKIMEDIA

A pesar de todo, la fe de Colón en hallar Cipango siguió intacta. Así pues, el marino se limitó a pensar que él y sus hombres habían llegado realmente hasta otra región cercana y que Cipango no debía estar lejos. «El día 30 de octubre de 1492, Colón, que llevaba ya dos días en Cuba, modificó por primera vez su identificación de Cuba-Cipango. Pero no para reconocer la existencia de una tierra nueva y distinta, sino para sustituir la primera identificación con Cuba-Catai (China)», se explica en el libro «Lectura crítica de la literatura americana: Inventarios, invenciones y revisiones» editado por la Fundación Biblioteca Ayacucho.

Posteriormente, y a pesar de no haber encontrado Cipango, Colón regresó a España considerando que, en su siguiente viaje, lograría hallarla y hacerse rico. No obstante, este fue una idea que se desvaneció cuando los Reyes Católicos le patrocinaron su segunda travesía hasta el Nuevo Mundo. «El sentimiento de triunfo del Almirante antes los hallazgos del primer viaje está condenado a ser de corta duración. Porque, desgraciadamente para él, la realidad se resiste a coincidir con sus esquemas e intuiciones, y se le irá haciendo progresivamente más difícil materializar la verdad de sus fantásticas apreciaciones», se añade en el mismo texto.

Ubican el antiguo puerto de Palos desde donde partió Colón en 1492


El Mundo

  • DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA / NUEVO ESTUDIO La ensenada permanecía enterrada y olvidada
  • La gran ensenada en la desembocadura del río Tinto, en la localidad de Palos de la Frontera, desde donde se sabe que partió la expedición desapareció con los siglos.
  • Arquéológos de la Universidad de Huelva han ubicado el yacimiento en donde estaba ubicado el Puerto de Palos en 1492, cubierto ahora por tierra y vegetación

JULIA CRUZ Huelva | Actualizado: 11/12/2014 11:11 horas

“Lo que me sorprendió mucho fue no ver allí nada que se pareciera a un puerto; no había muelle ni desembarcadero; únicamente la limpia orilla del río y el casco de un barco de transporte que me dijeron llevaba pasajeros a Huelva, varado en la seca arena a causa de la bajamar. Palos, sin duda alguna, ha disminuido en dimensiones, pero nunca debe haber sido una gran población; si tenía almacenes en la playa han desaparecido”.

La impresión que describe Washington Irving podría ser la de cualquier visitante en Palos de la Frontera ahora; y sin embargo, se remonta a 1828, año que el romántico escritor y diplomático estadounidense eligió para conocer el lugar que gestó uno de los acontecimientos más importantes en la historia de la humanidad, el descubrimiento de América. Ya entonces no había ni rastro del puerto del que partieron La Pinta, La Niña y la Santamaría en 1492. La gran ensenada que llevaba las aguas del Tinto hasta el interior de la villa había retrocedido, del mismo modo que habría que retroceder en el tiempo hasta mediados del siglo XV para rememorar la prosperidad económica que hizo de esta vaguada un referente internacional.

Composición sobre cómo era la ensenada en el siglo XV y su situación actual, cubierta por tierra y vegetación.

Gracias a las amplias fuentes documentales que se conservan, era conocido que Cristóbal Colón comenzó en Palos de la Frontera la travesía hasta el Nuevo Mundo, pero se desconocía el lugar exacto de su salida. Hasta ahora. En este lugar trabaja estos días un equipo de arqueólogos e investigadores de la Universidad de Huelva con el objetivo de sacar a la luz el yacimiento donde se localizaba este antiguo puerto, y que hasta hace pocos meses permanecía completamente enterrado bajo un cerro por el paso de los años y el olvido.

“El descubrimiento de América fue el gran mazazo para Palos, a pesar de lo que se pueda creer”, explica el director del proyecto Juan M. Campos. La demografía de Palos se desploma y en dos decenios pierde un 43% de su población. Los grandes armadores, artesanos y marineros palermos emigraron a América atraídos por sus riquezas y a Sevilla, donde se instala la Casa de la Contratación y el negocio con las Indias. De hecho, la segunda expedición colombina ya sale de Cádiz. A partir de entonces, la ensenada se va cubriendo de sedimentos hasta que se pierde por completo: una fotografía que en nada se parece a la imagen de esplendor que muestran los nuevos hallazgos.

Las últimas hornadas del puerto de Palos

Las Ordenanzas Municipales de la época hablan de un puerto, una alota y un forno, que al final ha resultado ser un alfar, es decir, un conjunto de hornos. “Estamos ante un complejo industrial único en España” por su cantidad, variedad y grado de conservación, indica la arqueóloga Lucía Fernández mientras nos descubre pieza a pieza el resultado de las excavaciones. Los dos hornos de mayores dimensiones fabricaban ladrillos y tejas con las que luego se construyó la iglesia de San Jorge Mártir de la localidad. “Posiblemente en cada hornada sacaban 3.000 ladrillos”, añade Fernández.

Horno de Palos de la Frontera.

Otros hornos producían cerámicas, menaje para el hogar, pesas de red y grandes contenedores o vasijas para el transporte. “Es muy probable que lo que aquí tenemos sean las últimas hornadas que se hicieron, las producciones fallidas o desechadas”, explica Lucía Fernández. Los hornos, como todo, tienen una vida limitada y resultaba más rentable construir otros nuevos cuando éstos comenzaban a producir defectuosamente. En uno de ellos se han topado con una última producción de ladrillos que se habrían quedado adheridos unos a otros durante la cocción formando una masa inutilizable. La dejaron sobre la parrilla, abandonaron el horno, y, de este modo, es cómo la han encontrado años después al desenterrarlo.

Todos estos hornos tiene cerca sus testares, acumulaciones de la cerámica desechada, lo que ha permitido encontrar una gran cantidad de vestigios. Otra circunstancia que llama la atención a los historiadores es la existencia de hornos de alimentos, donde se hacía pan o se cocinaban animales.

La alota: la joya de la corona

Destaca un hecho llamativo y de notable significación: el arrendatario de la alota, el edificio central del puerto donde se localizaban el bodegón, la fonda y el almacén, estaba obligado a tener siempre alimentos frescos y pan para los marineros y mercaderes que hasta principios del siglo XVI llegaban a Palos desde Inglaterra, Francia, Italia, los Países Bajos y otros puertos hispanos. La alota también servía de aduana y recaudaba los tributos señoriales.

“El término alotar viene de subastar pescado”, cuenta Juan M. Campos. “Habría un trasiego enorme. Los historiadores calculan que no habría nunca menos de 100 personas en su interior y alrededores”, siendo la estancia donde se han recogido múltiples objetos personales como monedas y fragmentos de pulseras.

El terreno del alfar excavado alcanza los 800 metros cuadrados, aunque podría ser mayor, y el de la alota se estima en unos 600 entre las tres estancias que lo componen. Falta el astillero, del que no queda huella ya que las características del terreno, que se enfanga con intensidad con las lluvias, no han permitido encontrar de momento restos de madera. Frente a ello, siempre ha permanecido visible el símbolo colombino más conocido: la Fontanilla, que abasteció de agua a las naves del descubrimiento antes de su partida.

Postal inglesa del siglo XIX.

Dos son las novedades más relevantes de este estudio que Juan M. Campos inició en los años 90 y que ha podido ser retomado hoy con el apoyo del Ayuntamiento de Palos. Una, que la dimensión de la ensenada permitía el acceso de las naves al interior del puerto sin necesidad de avanzar en barcos más pequeños para la carga y descarga. “Una carabela necesita tres metros de calado y la ensenada en época colombina tendría entre seis y ocho metros. Por eso era tan importante, un puerto natural al abrigo de los vientos y las corrientes dominantes, y de gran rentabilidad” asegura el director. Y dos, el horno, que en realidad, son nueve hornos como mínimo.

La placita de la Puerta de los Novios

En la madrugada del 3 de agosto de 1492, Cristóbal Colón y sus marineros salieron por la Puerta de los Novios después de asistir a misa en la iglesia de San Jorge Mártir, encaminándose hacia al muelle del que partirían sólo unos metros más allá en busca de una nueva ruta comercial con Asia a través del océano Atlántico y presumiendo ya la esfericidad de la Tierra. El 12 de octubre alcanzaron la isla de Guanahaní (San Salvador), aunque Colón nunca fue consciente de la magnitud de su hazaña y siempre creyó que habían llegado a la costa oriental asiática.

De este modo, fue un pequeño territorio en el extremo occidental del reino de Castilla el elegido por Colón y los Reyes Católicos para preparar una expedición de gran envergadura, y no por casualidad. “Todos los del pueblo, sin exceptuar ninguno, están dedicados a las cosas del mar y ocupados en continuas navegaciones” escribió sobre Palos de la Frontera el cronista de Indias Pedro Mártir de Anglería en sus Décadas del

La flota del Nuevo Mundo.

Las fuentes del Archivo General de Simancas confirman que Palos contó con una de las flotas más numerosas, unas 50 carabelas y otras embarcaciones menores. Tenían patente de corso, autorización para arremeter contra barcos o poblaciones enemigas, y destacaron por ser la entrada de esclavos y mercancías traídos de las aventuras corsarias, con incursiones a Guinea, hasta la paz de Alcaçovas en 1479.

Sin marineros como los hermanos Pinzón, oriundos de Palos, es probable que la historia que hoy conocemos fuese muy distinta

La cultura marítima y el conocimiento técnico de los palermos eran sobresalientes. Allí se encontraban los mejores talleres de carpintería de ribera. Su gran capacidad para la lectura de vientos y corrientes, así como la interpretación cartográfica explica el temor de Colón a que alguno pudiera copiar sus mapas. Pero todo ello explica también la gran dependencia económica que propició más tarde la caída de Palos, la cual no se recuperará hasta el siglo XX. Las palabras del historiador J. L Gonzálvez Escobar resumen bien la situación: “Ser los primeros en llegar a América apenas había traído más beneficio que la gloria”.

Tampoco debe pasar por alto el hecho de que sin marineros como los hermanos Pinzón, oriundos de Palos, es probable que la historia que hoy conocemos fuese muy distinta, pues su participación fue decisiva. “Colón sin marinos (…) sólo fuera un ideal o cuando más un genio fracasado. El tópico manoseado de que embarcaron a la fuerza e ignorantes, es injusto; y la leyenda, no menos repetida, de sus terrores y rebeldías en el mar, absurda”, decía el Padre Ángel Ortega hacia 1926. Martín Alonso y Vicente Yáñez son los más conocidos por capitanear La Pinta y La Niña. A bordo de la primera iba, como maestre, Francisco Martín, el tercero de los hermanos.

Sobre el futuro del yacimiento y su apertura al público, la mirada está puesta en la Feria Medieval del Descubrimiento y las jornadas de historia a celebrar el próximo 15 de marzo. Un nuevo reto que requeriría más tiempo, y más inversión, sería recuperar la ensenada, que hoy es toda tierra y vegetación. Esto podría hacerse de forma natural o instalando un lago artificial como el ideado para La Rábida, donde se mantienen localizadas las réplicas de las tres naves protagonistas. No se descarta tampoco la posibilidad de trasladar éstas a Palos para una mejor contextualización de la historia o, tomando en consideración lo que cuentan los escritos, reconstruir un astillero y recrear un barco en construcción. Según los ingenieros, no hay nada imposible.

Los arqueólogos dudan del hallazgo en Haití de la «Santa María» de Colón


ABC.es

  • Científicos de ambos lados del Atlántico afirman que sin investigación científica completa es imposible identificar unos restos como esos

Los arqueólogos dudan del hallazgo en Haití de la «Santa María» de Colón

barry clifford El pecio es un afloramiento de piedras de lastre

El espectacular anuncio publicado ayer por David Keys en «The Independent», desde Londres, de que un explorador ha hallado los restos de un barco que podría ser la nao «Santa María», la de Cristóbal Colón, en aguas de Haití, dio la vuelta al mundo. Según declaró Barry Clifford «la topografía y evidencias arqueológicas sugieren que este pecio es la “Santa María”». Añadió: «Espero que logremos la primera evidencia arqueológica del Descubrimiento de América». Y calificó el de «extremadamente servicial» el papel del Gobierno haitiano, con el que quiere ahora trabajar y excavar el yacimiento. El equipo dirigido por Clifford y el arqueólogo Charles Beeker, de la Universidad de Indiana afirma que el hallazgo del pecio tuvo lugar en 2003, año en el que entraron en la zona para realizar una completa exploración fotográfica y ahora han regresado para completar una investigación previa no invasiva, con sónar y otras tecnologías incluidas.

Sin embargo, todos los arqueólogos consultados por ABC a ambos lados del atlántico restan credibilidad a este tipo de anuncio, puesto que ellos consideran que desde la práctica científica no se pueden identificar, ni hipotéticamente, los restos de un barco sin llevar a cabo una completa investigación y excavación.

El naufragio de la Santa María

El día de Navidad de 1492, en un mar en calma total, mientras un grumete llevaba el timón -contraviniendo la orden directa de Colón- la nao encalló en un banco de arena próximo a la costa y ya nadie pudo salvarla. El almirante sabía de la existencia de bancos de arena y había enviado por delante a sus hombres en botes para conocer el camino. Por tanto, ordenó que un piloto fuese siempre gobernando la nave, mientras la carabela «Pinta» estaba a una distancia de media legua.

Una vez producido el embarrancamiento y con gran enojo del almirante, Colón decidió cortar el mástil, y pidió que se llevase toda la carga a tierra y con casi la totalidad de sus maderas y clavos se construyó el Fuerte Navidad, que sería el primer asentamiento español en América. Así que resulta imposible que haya muchos restos de ningún barco, en realidad.

Poco importa que Clifford y Beeker hayan realizado inmersiones complementarias este año y afirmen que los datos históricos y de corrientes coinciden. Su anuncio no es compatible con la práctica científica, según los arqueólogos españoles, por mucho que revistan de «tentativa» la identificación del pecio. Ciertamente, sin embargo, la mera posibilidad del hallazgo ha hecho soñar a muchos con nuevas pistas sobre estecapítulo fundamental de la historia naval española y de la humanidad. Tal es la potencia que tiene para nosotros la investigación de este episodio.

Lo hallado es un afloramiento de piedras de lastre de algún barco junto a las que los hombres de Clifford, en 2003, pudieron situar un cañón, que para más inri en la actualidad ha desaparecido. ¿La «Santa María»? Resulta casi imposible de demostrar. El hecho de que haya sido en aguas de Haití obliga a recordar que allí los yacimientos han sido muy castigados por el expolio. Tras el terrible terremoto de 2010, hubo un crecimiento exponencial de los cazatesoros que sacaron provecho de aquel caos que conmovía al mundo.

Algunas compañías como Sub Sea Research incluso llevaron ayuda humanitaria a la isla con sus barcos, después de haber estado excavando hasta cinco yacimientos durante años. Por otra parte, en Haití se produjo una dura polémica en 2011 con Charles Beeker, uno de los dos pretendidos descubridores de la «Santa María», porque apareció en la isla tratando de lograr de autoridades municipales permisos de excavación para rescatar el «Oxford», del capitán Henry Morgan. La web está plagada de testimonios contra su presencia.

Hoy es tierra firme

Carlos León, uno de los arqueólogos españoles con más experiencia en el vecino Santo Domingo, se muestra escéptico y afirma que según los más serios estudios geológicos, de hace décadas, el lugar donde encalló la «Santa María» está hoy en tierra firme, por el cambio registrado en la costas. Además, recuerda que tal y como afirma Colón en su «Diario de abordo» toda la carga «fue extraída por sus hombres, y no dejaron prácticamente ni un clavo».

La investigación será financiada en parte por el History Channel, que ha logrado la exclusiva, en lo que parece una operación mediática bastante calculada, que podría despertar interés de otros inversores, como ya ha ocurrido con otros hallazgos de Clifford en años precedentes. A principios de los ochenta anunció el hallazgo del «Whydah», hundido en 1717. Es difícil que un pasado de caza de tesoros pueda borrarse antes de que se demuestre la veracidad de su hallazgo. Por eso parece prudente no tomarlo muy en serio en esta ocasión.

Un libro único para un cazatesoros único

¿Descubrieron América los chinos antes que Colón?


La Razon

por Mo Yi Tong en 1763 data de 1418La flota del Imperio Chino alcanzó a principios del siglo XV unas dimensiones que ninguna nación superó hasta la Primera Guerra Mundial. Así, una expedición internacional llamada «Flota de Nanchino» recorrió el mundo con 208 naves y 28.000 hombres a bordo, del Índico hasta África Oriental, del Golfo Pérsico hasta los confines de Egipto. Los historiadores chinos aseguran que los buques de esta expedición científico-guerrera nunca se acercaron a Europa porque no les atraía nada, ya que los exploradores enviados por el emperador hablaban de pueblos diezmados por enfermedades y guerras, pobreza y nada interesante con lo que comerciar excepto lana y vino.

Algunos historiadores contemporáneos, como el experto naval británico Gavin Menzies, están convencidos además de que la flota china descubrió América mucho antes que Colón. Una de las pruebas aportadas en su tesis es apabullante: un mapamundi datado en 1418 en el que aparece el continente americano. El colapso de este imperio naval empezó poco antes del despegue del Imperio español, en 1424, con la muerte del tercer emperador Ming. Acosado por la presión de los invasores mongoles, el gigante chino decidió cerrar todas las rutas marítimas y cerrarse sobre sí mismo, un autismo que le ha durado casi cinco siglos. «La gente piensa que la nación china era una sociedad cerrada, pero en las dinastías Tang y Song, China comerció con todo el mundo, exactamente como hoy», asegura el profesor Liu Wensuo, arqueólgola Universidad Sun Yat-sen.