César Borgia, el hijo ilegítimo de un Papa


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  • Fue modelo de los gobernantes del Renacimiento por su ambición desmedida y su cruel realismo al ejercer el poderabc Pintura que representa a César Borgia
Hijo ilegítimo de un Papa y de una patricia romana, César Borgia creció rodeado por la ambición de su padre. El cardenal Rodrigo Borja (posteriormente, el Papa Alejandro VI), de origen valenciano, fue el mejor maestro en el «arte de la política» que pudo tener el joven César, que italianizó su apellido. El cardenal Borja alcanzó el papado jugando la baza del nepotismo y la corrupción y aprovechando sus relaciones familiares con Calixto III, de quien era sobrino. Lecciones que aprendería muy bien su hijo César que tomaría buena nota de las ventajas de la manipulación y la intriga, de la importancia de las alianzas y las conspiraciones.

El joven César acumuló títulos y honores. Con tan solo diecisiete años es nombrado Obispo de Pamplona, tras haber estudiado leyes y teología en la Universidad de Perugia. Con veinte años ya era Arzobispo de Valencia y poco después Cardenal. De César Borgia escribiría Maquiavelo en el «Príncipe»: «Adquirió el Estado con la fortuna de su padre, y con la de éste lo perdió, a pesar de haber empleado todos los medios imaginables y de haber hecho todo lo que un hombre prudente y hábil debe hacer para arraigar en un Estado que se ha obtenido con armas y apoyo ajenos. Porque, como ya he dicho, el que no coloca los cimientos con anticipación podría colocarlos luego si tiene talento, aun con riesgo de disgustar al arquitecto y de hacer peligrar el edificio. Si se examinan los progresos del duque, se verá que ya había echado las bases para su futura grandeza; y creo que no es superfluo hablar de ello, porque no sabría qué mejores consejos dar a un príncipe nuevo que el ejemplo de las medidas tomadas por él. Que si no le dieron el resultado apetecido, no fue culpa suya, sino producto de un extraordinario y extremado rigor de la suerte».

Abandono el capelo cardenalicio en 1498 para poder gobernar los territorios del Vaticano, siendo nombrado Capitán Generalde las tropas papales. Pero donde más destacó su habilidad política fue en el juego de alianzas que estableció. Siempre hasta el precisó instante en que consideró más provechoso para sus intereses traicionar a sus aliados. Un ejemplo del cinismo de los Borgia fue el primer matrimonio de Lucrecia, hermana de César, con Giovanni Sforza. Miembro de una de las dinastías más influyentes de la península italiana, al Sforza le fue entregada Lucrecia con tan solo 13 años hasta que las alianzas entre estados obligaba a que Lucrecia se casará con otro hombre. Los Borgia determinaron entonces que el matrimonio no se había consumado, algo a lo que Giovanni contesto afirmando que se había acostado con Lucrecia cientos de veces sin ninguna queja, y que su primera esposa había fallecido en el parto. Los Borgia argumentaron que ese hijo no era de Giovanni y consiguieron devolver a Lucrecia el status de virgen, aunque estaba embarazada de 6 meses.

Manual para príncipes

César construye un sólido ejército de mercenarios suizos que utilizará durante todo el periodo de las guerras entre los estados italianos. Uno de sus ingenieros militares fue Leonardo Da Vinci. Además establece, junto a su padre el Papa Alejandro VI, una alianza con Luis XII de Francia. En rey francés pretendía controlar la península italiana y hacerse con el control de Nápoles. César Borgía pretendía quedarse con el Ducado de Milán. Los intereses del Papado y de la monarquía francesa confluían.

César va acrecentando su poder y expande su dominio por la toscana y la romaña. Caen las Repúblicas de Pisa, Siena y Florencia, el objetivo es unificar toda la Italia central bajo el mando de la familia Borgia. El 25 de junio de 1501, Alejandro VI emite una bula que autoriza a los soberanos de Francia y España a repartirse el reino de Nápoles. César se une al ejército francés que acampado cerca de Roma inicia su marcha al sur el día 27. En una breve campaña de la más prolongada guerra por el reino de Nápoles los franceses ocupan la parte que les corresponde según el tratado firmado. Pero ni los franceses ni César tienen en cuenta a otro príncipe que Maquiavelo tomaría como modelo de prudencia y maestro de estrategas políticos: Fernando de Aragón. Los Reyes Católicos le ofrecen tropas al reino de Nápoles para recobrar para Imola, Forli y Cesena que «el Duque de Valentines tiene usurpado». Las tropas españolas al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba comienzan a recuperar el control del sur de Italia y derrotan a los franceses.

La vida política de César Borgia la describió como nadie Maquiavelo: «El príncipe nuevo que crea necesario defenderse de enemigos, conquistar amigos, vencer por la fuerza o por el fraude, hacerse amar o temer de los habitantes, respetar y obedecer por los soldados, matar a los que puedan perjudicarlo, reemplazar con nuevas las leyes antiguas, ser severo y amable, magnánimo y liberal, disolver las milicias infieles, crear nuevas, conservar la amistad de reyes y príncipes de modo que lo favorezcan de buen grado o lo ataquen con recelos; el que juzgue indispensable hacer todo esto, digo, no puede hallar ejemplos más recientes que los actos del duque»

La extraña y cruel muerte de César Borgia traicionado en Navarra por sus hombres


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  • El hijo del Papa Alejandro VI perdió su instinto político después de la súbita muerte de su padre en 1503 y tardó poco en perder también la vida. Habiéndose refugiado en Navarra, César se involucró en una guerra civil que le condujo a la muerte durante una sospechosa emboscada

    Wikipedia | César Borgia por Altobello Melone, Accademia Carrara (Bérgamo)

    Wikipedia | César Borgia por Altobello Melone, Accademia Carrara (Bérgamo)

Una cena cambió por completo la suerte de los Borgia. El cardenal Adriano da Cornetto, que había sido secretario personal del Papa de origen valenciano Alejandro VI, invitó el 5 de agosto de 1503 al pontífice y a su hijo César Borgia, que interrumpió momentáneamente su exitosa campaña militar en Italia, a un banquete en su residencia campestre junto a otros importantes aliados de la familia Borgia. Varios días después, muchos de los comensales cayeron gravemente enfermos, entre ellos el patriarca de la familia –que murió dos semanas después– y su vigoroso hijo César Borgia. El joven llamado a suceder a su padre como patriarca de la familia, incluso en la silla de San Pedro, sobrevivió a la extraña enfermedad, pero, sin la guía política de su padre y todavía bajo el impacto de la fatídica cena, no tardó mucho en cavarse un triste final. Con solo 31 años, falleció probablemente traicionado por sus hombres en Navarra, donde había llegado tras fugarse del cautiverio al que le sometió Fernando «El Católico» como castigo por su ambigüedad política durante las guerras de Nápoles.

César Borgia es el hijo de Alejandro VI más recordado, entre otras razones por su ambición y su ardor guerrero. En los términos más elogiosos se expresó sobre él el filósofo y político Nicolás Maquiavelo: «César, llamado duque Valentino por el vulgo, adquirió el Estado con la fortuna de su padre, y con la de éste lo perdió, a pesar de haber empleado todos los medios imaginables y de haber hecho todo lo que un hombre prudente y hábil debe hacer para arraigar en un Estado que se ha obtenido con armas y apoyo ajenos». Si bien el hijo del Papa no pudo reponerse a la ausencia del patriarca, fue un meritorio ejecutor de las órdenes de su padre cuando este vivía. Con la ambición de conquistar en Italia un reino temporal para su familia, ya fuera Nápoles o la zona central de la península, César Borgia dirigió con éxito una campaña militar en la región de la Romaña que solo se vio interrumpida con la muerte de Alejandro VI.

El lema de un conquistador: ¡O César, o Nada!

«O César, o Nada», fue el lema que aparecía inscrito en la hoja de su espada de César Borgia y un buen resumen de su carácter. El origen de la frase tiene como protagonista a Julio César, que al cruzar el río Rubicón, al norte de Italia, desobedeciendo las órdenes del Senado romano pidió a sus legiones que le acompañaran en su desafío. Todos al unísono exclamaron «¡O César, o Nada!», y cruzaron el río junto a él. A Borgia le encantaba recrearse en sus escasas similitudes con el dictador romano, sobre todo desde que asumió un papel más militar como consecuencia de la muerte de su hermano. Obispo a los 16 años y cardenal a los dieciocho, César Borgia tuvo que apartar parcialmente su carrera eclesiástica cuando su hermano mayor Juan Borgia –capitán de las tropas papales– apareció asesinado en un callejón de Roma sin que se conocieran nunca a los culpables.

La leyenda negra le acusó de estar detrás de la muerte de su hermano, pero nunca se han hallado pruebas de ello. En opinión de los autores del libro «Un inédito Alejandro VI liberado al fin de la leyenda negra», «no hay razón alguna para imaginar un fratricidio. Sí hay razones, sin embargo, y muchas, para pensar en lo más lógico: una venganza de los enemigos de los Borgia, una trampa, una emboscada». Además de los Orsini y el resto de enemigos declarados de Juan Borgia, entre los que estaba incluso Fernando «El Católico», el principal sospechoso durante mucho tiempo fue el vicecanciller Sforza, investigado a fondo a cuenta de sus encontronazos públicos con el hermano mayor de los Borgia.

Al frente de los ejércitos papales, César Borgia prestó su ayuda en 1499 al ejército galo, comandado por el propio Rey Luis XII, que cruzó los Alpes y conquistó el Ducado de Milán. Tras la caída de Milán, el hijo más bizarro de Alejandro VI atacó usando la artillería francesa las ciudades de Imola y Forlì –gobernadas por la astuta Caterina Sforza–. Unos meses después, en otoño de 1500, César Borgia sumó Pesaro y Faenza a su historial de conquistas, mientras Bolonia y Florencia fueron igualmente asediadas, pero no tomadas pues estaban bajo la protección de Francia. En mayo de 1501, el Papa Alejandro VI concedió a su hijo el título de duque de la Romaña «en su propio nombre», convirtiendo de un plumazo ese territorio en patrimonio hereditario de la familia Borgia.

La oscura conquista de Urbino en 1502, cuando César había dado en un primer momento su palabra al duque de esta ciudad italiana de que no le atacaría y luega la ocupó por sorpresa, puso a toda Italia bajo alerta: la ambición de los Borgia no tenía fondo. En septiembre de ese mismo año, los condotieros Liverotto, Vitelli y los hermanos Orsini, junto con Gianpaolo Baglioni –señor de Bolonia–, Giovanni Bentivoglio –señor de Perugia– y Pandolfo Petrucci –señor de Siena– organizaron una conjura para matar a César en cuanto tuvieran ocasión. No obstante, alertado por su red de espías, César deshilachó la conspiración con el apoyo de Francia y, mostrando una fingida magnanimidad, convocó a Vitelli, Liverotto y los hermanos Orsini ante la pequeña población de Senigallia, al objeto de tomar posesión de su castillo. Cuando se encontraron, Borgia se adelantó y abrazó como si fueran hermanos a aquellos que tres meses antes habían tramado su muerte. Al poco de empezar la reunión, César se ausentó un momento pretextando una «necesidad de la naturaleza». A continuación, las tropas de Borgia desarmaron y encarcelaron a los tres condotieros (faltaba Liverotto). Maquiavelo, testigo de los hechos, escribió esa noche: «En mi opinión, mañana por la mañana estos prisioneros no estarán vivos». En efecto, César culminó su venganza usando el garrote vil contra ellos.

Solo la muerte de Alejandro VI pudo interrumpir la vorágine de muertes y conquistas a cargo de César Borgia. La cena también dejó afectado por las extrañas fiebres a César Borgia, que no pudo reunirse con su ejército en Nápoles para seguir con sus campañas militares. Pero al contrario de su padre, de 72 años, la juventud de César le permitió superar la enfermedad a base de sangrías y baños helados. Aunque la hipótesis del envenenamiento se difundió rápido por Roma –donde incluso se afirmó que César Borgia se equivocó de recipiente cuando pretendía echar veneno en las copas de otros comensales–, los historiadores modernos que han abordado el misterio sugieren que el pontífice pudo ser simplemente una víctima más del brote de malaria que aquel verano causó la muerte de miles de romanos. Las complicaciones cardíacas que venía sufriendo el Papa contribuyeron a que no sobreviviera a la extraña enfermedad, en contraste con los casos de su hijo y del cardenal Cornetto.

Mientras César Borgia guardaba cama durante varios días, los enemigos aprovecharon la debilidad de la familia para anular sus recientes conquistas en el ducado romañés (ya solo conservaba Cesena, Faenza e Imola) y para elevar a Giuliano della Rovere como pontífice con el nombre de Julio II. Viéndose sin los apoyos necesarios, el propio César Borgia le dio su respaldo a cambio de la promesa de mantener el mando de las fuerzas papales y sus posesiones en la Romaña. Apoyar a uno de los mayores enemigos de Alejandro VI en vida, no en vano, fue el error político más grave de su carrera. Maquiavelo se dio cuenta enseguida: «Borgia se deja llevar por la confianza imprudente que tiene en sí mismo, hasta el punto de creer que las promesas de otros son más fiables que las suyas propias». Proclamado como Julio II, della Rovere no tardó en despojar al duque de la Romaña y ordenar su detención y la confiscación de sus bienes.

La guerra de Navarra se convierte en su tumba

César consiguió huir a Nápoles, donde fue detenido y enviado a España por el Gran Capitán, que no tenía intención de ofender al nuevo Papa protegiendo al duque. Tras ser trasladado al Castillo de La Mota en Medina del Campo, se descolgó de la torre con la ayuda de un criado una noche de octubre del año 1506, pero en la bajada sufrió la fractura de las dos manos. Herido y con una orden real que ponía precio a su cabeza (10.000 ducados), César salió de Medina del Campo fingiendo ser un mercader de grano y de allí se dirigió a Santander, donde acompañado de unos comerciantes vascos arribó a Navarra reclamando la protección de su cuñado, el Rey Juan de Albret.

Desde 1452, Navarra estaba inmersa en guerra civil entre dos facciones opuestas: los agramonteses –partidarios de los reyes Juan y Catalina– y los beaumonteses –partidarios del condestable del reino, el conde de Lerín, alineado con Fernando «El Católico»–. La llegada de un hombre experimentado en la guerra fue recibida con los brazos abiertos. César fue nombrado por su cuñado capitán de los ejércitos de Navarra y se enzarzó en la fracasada conquista de la plaza beaumontesa de Larraga. Estando entretenido en el asedio a la villa de Viana, César vio como un grupo de jinetes traspasaba el cerco plácidamente para abastecer a los defensores. Montó en cólera. El hijo de Alejandro VI se lanzó a la persecución de los jinetes, que terminó en una extraña y fatídica emboscada.

César no se percató que había dejado atrás a su guardia hasta que llegó al término conocido como La Barranca Salada. En una confusa emboscada –se ha sugerido que preparada con el único propósito de eliminarle de la escena–, César fue masacrado sin que su guardia personal hiciera acto de presencia hasta horas después el 12 de marzo de 1507. Obligado a combatir en solitario contra la retaguardia de los hombres de Lerín, matando incluso a varios, César fue finalmente derribado mortalmente con una lanza de caballería. Creyéndole muerto, los soldados navarros le dejaron desnudo bajo un peñasco y huyeron con su armadura y su caballo mientras el hijo del fallecido Papa se desangraba lentamente rodeado solo de barro.

En el libro «El príncipe del Renacimiento: vida y obra de César Borgia», José Catalán Deus plantea si la emboscada de César pudo ser o no preparada por el Rey navarro a cambio de mejorar las relaciones con Francia, que amenazaba en ese momento los territorios navarros en la vertiente francesa de los Pirineos. Así, el hecho de que un experimentado militar con miles de hombres a su cargo acabase víctima de una muerte tan humillante resulta cuanto menos extraño. El estudioso Félix Cariñanos es uno de los que se inclina por la teoría del complot contra César: «Hay documentos según los cuales quien lo mató habría estado anteriormente a sus órdenes».

El cadáver de César, de 31 años, fue encontrado horas después al pie de La Barranca Salada. Fue enterrado en la Iglesia de Santa María, en Viana, con el epitafio: «Aquí yace en poca tierra/ el que toda le temía/ el que la paz y la guerra/ en su mano la tenía». Este sepulcro, sin embargo, permaneció poco tiempo en la iglesia de Santa María, ya que a mediados del siglo XVI, un obispo de Calahorra consideró un sacrilegio la permanencia de los restos de un personaje así en lugar sagrado. Mandó sacarlos y enterrarlos frente a la iglesia en plena Rúa Mayor, «para que en pago de sus culpas le pisotearan los hombres y las bestias». En 1945 fueron exhumados los restos de nuevo para ser depositados años después a los pies de la portada de la iglesia bajo una lápida de mármol blanco.

La misteriosa cena que mató a un Papa español y dejó trastornado a César Borgia


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  • Alejandro VI y su hijo César cayeron gravemente enfermos tras un banquete campestre celebrado por el cardenal Adriano da Corneto. Los rumores de envenenamiento resonaron por toda Italia, donde eran incontables los enemigos de la licenciosa familia de valencianos que controlaba Roma
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ABC Cuadro «Un vaso de vino con César Borgia», de John Collier.

La familia de origen valenciano de los Borgia, que dio al mundo dos Papas, está envuelta en una leyenda negra que los presenta como unos personajes históricos lujuriosos y crueles. Ni el nepotismo que les hizo populares, ni la ambición desmesurada, ni el tener hijos siendo sacerdote fue algo exclusivo de Rodrigo Borgia –Papa bajo el nombre de Alejandro VI–, pero su condición de español elevó estas prácticas habituales en Roma a la condición de imperdonables. Los Borgia se granjearon muchos enemigos italianos y, cuando Alejandro VI y su hijo César Borgia cayeron gravemente enfermos tras un banquete campestre en 1503, los rumores de asesinato resonaron por toda Europa. El patriarca de la familia falleció a los pocos días, y el origen de la caída en desgracia de César Borgia, modelo a imitar por los príncipes europeos según Nicolás Maquiavelo, quedó marcado por la extraña enfermedad.

¿Pero cómo una familia valenciana había logrado el poder y la enemistad de media Italia? Rodrigo de Borja nació en Játiva, Valencia, en el seno de una importante familia de nobles que habían participado de forma destacada durante la conquista cristiana del territorio valenciano a los musulmanes. Con el ascenso al papado de Calixto III, su sobrino Rodrigo Llançol i Borja le acompañó a Roma, donde se produjo la adopción de la grafía italiana por la que serían mundialmente conocidos, pasando de «Borja» al italianizado «Borgia». Y aunque el pontificado de Calixto III duró solo tres años, el joven aprovechó la ocasión para escalar puestos en la carrera eclesiástica y ser designado obispo de Valencia en 1458.

Rodrigo Borgia tuvo, no en vano, que esperar hasta 1492 –el año del Descubrimiento de Cristóbal Colón y el final de la Reconquista en España– para obtener el asiento de San Pedro. Así, a la muerte de Inocencio VIII cuatro cardenales se destacaron en el cónclave que debía elegir a un sucesor: el milanés Ascanio Sforza, el genovés Lorenzo Cibo, sobrino del difunto, el napolitano Giuliano della Rovere, y el valenciano Rodrigo Borgia. Pese a que su condición de no italiano reducía en gran medida sus posibilidades, el cardenal valenciano fue el que finalmente fue reconocido como nuevo pontífice gracias al apoyo de Ascanio Sforza, que, viendo imposible el desempate a su favor, cedió a cambio de la vicecancillería de Roma, un poderoso cargo que había ejercido el propio Borgia durante décadas.

Su mayor crimen fue ser español

El ascenso de un pontífice español levantó ampollas entre las más importantes familias italianas. Los Médici, parte de los Sforza, los Orsini y los Colonna no toleraban que un extranjero hubiese accedido al papado y no estaban dispuestos a permitir que consolidase lo que ellos tenían ya, poder territorial y político en Italia. Arrojaron el rumor de que el nuevo Papa, bajo el nombre de Alejandro VI, se había valido de toda clase de sobornos, prebendas y chantajes para alcanzar el poder. Y aunque fuera cierto, no se trataba de nada novedoso en la carrera hacia el trono de San Pedro. De entre todos los eclesiásticos molestos con la victoria del valenciano, el napolitano Giuliano della Rovere fue el más incansable opositor al poder de los Borgia, hasta el extremo de acudir al Rey francés Carlos VIII para pedirle que investigase las oscuras actuaciones del nuevo Papa. No obstante, Alejandro VI se valió de su astucia para coaligar contra Francia a Venecia, Mantua, Milán, el Imperio germánico de Maximiliano I y la Corona de los Reyes Católicos.

Uno de los aspectos más criticados del Papa valenciano fue el reparto de cargos y favores que hizo entre sus familiares. Los cuatro hijos de Alejandro VI –todos ellos fruto de las relaciones con su amante predilecta, Vannozza Cattanei– jugaron un papel protagonista durante su consolidación en el poder eclesiástico. El mayor de ellos, Juan, fue «comandante en jefe de los Ejércitos Papales» hasta su extraña muerte en 1497; César fue uno de los cardenales elegidos por Alejandro VI durante la ampliación del Colegio cardenalicio y el designado para sucederle en el caso de que el falleciera; Lucrecia fue casada varias veces buscando fines políticos; y Jofré, quien, a pesar de no contar nunca con la estima de su padre, también fue empleado como instrumento de alianzas políticas a través de sus enlaces matrimoniales.

César Borgia es el hijo de Alejandro VI más recordado, entre otras razones por su ambición y su ardor guerrero. En términos muy elogiosos se expresa Nicolás Maquiavelo sobre él: «César, llamado duque Valentino por el vulgo, adquirió el Estado con la fortuna de su padre, y con la de éste lo perdió, a pesar de haber empleado todos los medios imaginables y de haber hecho todo lo que un hombre prudente y hábil debe hacer para arraigar en un Estado que se ha obtenido con armas y apoyo ajenos». Si bien el hijo mediano del Papa no pudo reponerse a la ausencia del patriarca, fue un meritorio ejecutor de las órdenes de su padre cuando este vivía. Con la ambición de conquistar en Italia un reino temporal para su familia, ya fuera Nápoles o la zona central de la península, César Borgia dirigió con éxito una campaña militar en la región de la Romaña que se vio malograda por la muerte de Alejandro VI.

El 5 de agosto de 1503, el cardenal Adriano da Cornetto, que había sido secretario personal de Alejandro VI, invitó al Papa y a su hijo César Borgia, que interrumpió momentáneamente su campaña militar, a un banquete en su residencia campestre junto a otros importantes aliados de la familia Borgia. Varios días después, muchos de los comensales cayeron gravemente enfermos. El día siguiente a la cena, el Papa vomitó la cena, donde expulsó mucha bilis, y registró fiebre toda la noche. Su médico Bernardo Buongiovanni, obispo de Venosa, ordenó realizar fuertes sangrías, pese a lo cual solo mostró intermitentes fases de mejoría antes de fallecer el 18 de agosto. Asimismo, César Borgia también quedó afectado por las extrañas fiebres y no pudo reunirse con su ejército en Nápoles. Pero al contrario de su padre, de 72 años, la juventud de César le permitió superar la enfermedad a base de sangrías y baños helados.

La hipótesis del envenenamiento se difundió rápido por Roma. El nauseabundo aspecto del cadáver de Alejandro VI, que ya fuera por el calor o la mala conservación se puso negro y «la lengua se salió de la boca», alimentó todavía más los rumores. Algunos acusaron a Cornetto de depositar en las copas de los Borgia el veneno, posiblemente arsénico, e incluso a César Borgia, que, equivocándose de recipiente, pudo provocar la muerte de su padre. Sin embargo, los historiadores que han abordado el misterio concluyen de forma mayoritaria que el pontífice pudo ser simplemente una víctima más del brote de malaria que aquel verano causó la muerte de miles de romanos. Las complicaciones cardiacas que venía sufriendo el Papa contribuyeron a que no sobreviviera a la extraña enfermedad, en contraste con los casos de su hijo y del cardenal Cornetto.

Demasiados enemigos, demasiados sospechosos

Recientemente, los autores de un estudio histórico sobre el Papa número 214 de la Iglesia católica «Un inédito Alejandro VI liberado al fin de la leyenda negra» volvieron a dar argumentos a los defensores del envenenamiento. «Los Borgia estaban en la cúspide de su poder, la salud del Papa y la fuerza de César solo hacían prever mayores éxitos. Que los dos cayeran mortalmente tocados al mismo tiempo aquella noche es ciertamente muy sospechoso», explican los autores de una obra que pretende separar la historia real de la leyenda negra que rodea a esta familia valenciana. Desde luego, enemigos no les faltaban: el cardenal Della Rovere, luego Papa Julio II, la familia Orsini, los Colonna, los Savelli, los Bentivoglio, e incluso varios reyes extranjeros agotados de las intrigas del pontífice.

Por su parte, César Borgia pareció por un momento que había logrado recuperarse íntegramente de la afección que casi le cuesta la vida. Pero nada más lejos de la realidad. Sin la guía política de su padre y todavía bajo el impacto de la fatídica cena, César tomó decisiones incompresibles en las siguientes fechas, las cuales determinaron su triste final. Sus enemigos habían aprovechado su agonía para anular sus recientes conquistas en el ducado romañés (ya solo conservaba Cesena, Faenza e Imola) y para elevar a Giuliano della Rovere como pontífice con el nombre de Julio II.

No en vano, el propio César Borgia le dio su apoyo a cambio de la promesa de mantener el mando de las fuerzas papales y sus posesiones en la Romaña. Fue un error de primero de Maquiavelo. Julio II no tardó en despojar al cándido duque de la Romaña y ordenar su detención. César consiguió huir a Nápoles, donde fue detenido y enviado a España por el Gran Capitán, que no tenía intención de ofender al nuevo Papa protegiendo al duque. Tras escaparse de la vigilancia real, se implicó en la guerra interna que se desarrollaba en Navarra apoyando a su cuñado el Rey Juan de Albret. En una confusa emboscada –en apariencia preparada con el único propósito de eliminarle de la escena– fue masacrado sin que su guardia personal hiciera acto de presencia el 12 de marzo de 1507. Había perdido el olfato político con la muerte de su padre, y la vida no tardó en abandonarle.

Más allá de los escándalos familiares y sus ambiciones personales, la actividad de Alejandro VI en la Cátedra de San Pedro resultó extraordinaria productiva: promulgó diversas medidas de tipo jurídico, como la creación de un Tribunal Supremo compuesto por cuatro grandes doctores de Jurisprudencia, y el establecimiento de normas tendentes a evitar los abusos judiciales que se producían en los tribunales inferiores. Alejandro, además, puso su atención en la defensa y embellecimiento de la Ciudad Eterna y en la mejora de las condiciones de vida de los romanos. En el capítulo artístico, encargó a Bramante el proyecto para la construcción de una nueva basílica de San Pedro (aunque moriría muy poco después y el mérito se lo llevó su sucesor, Julio II) y mandó levantar el edificio principal de la Universidad de Roma.