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  • Se construiría un rascacielos horizontal 80 veces mayor que el Empire State Building con vistas al parque

Las nuevas tecnologías, el diseño, la exploración de sistemas sostenibles o el establecimiento de nuevos métodos urbanos y arquitectónicos para resolver los problemas económicos, sociales y culturales de la ciudades es la piedra angular para hacerse con uno de los premios de más prestigio en el mundo de la arquitectura de torres y rascacielos: los Skyscraper Competition 2016. El jurado de la revista eVolo Magazine ha dado a conocer los tres proyectos vencedores y las 21 menciones de honor de entre 489 propuestas recibidas de arquitectos, estudiantes, ingenieros, diseñadores y artistas de todo el mundo.

«New York Horizon»

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Manhattan es la zona más densamente poblada de Estados Unidos, y por ello un territorio natural para los rascacielos. Apenas quedan espacios libres. Con una excepción: Central Park, un parque urbano rectangular de 4.000 x 800 metros (341 hectáreas). Los creadores del proyecto New York Horizon proponen crear una megaestructura horizontal alrededor de ese parque, y hundir la zona natural 30 metros hasta descubrir las rocas originales. Nacería así un nuevo parque, con lagos y montañas, apartado de las calles y del latido frenético de la ciudad.

Un enorme cristal crearía un efecto de horizonte infinito

Un enorme cristal crearía un efecto de horizonte infinito

Ese parque estaría rodeado de una megasestructura híbrida, un rascacielos horizontal con capacidad para infinidad de viviendas con vistas al parque y acceso directo. La estructura tendría una altura de 300 metros, lo que nos llevaría a una construcción en metros cuadrados 80 veces mayor que el Empire State Building. Esas casas estarían cubiertas por cristales altamente reflectantes, con el fin de lograr una sensación de naturaleza infinita.

«La Colmena»

El segundo premio resolvería el problema de los aviones no tripulados en las grandes ciudades. En concreto «La Colmena», diseñado por Hadeel Ayed Mohammad, Yifeng Zhao y Chengda Zhu (Estados Unidos) es un proyecto que imagina una terminal de control vertical para drones tanto para uso personal y comercial de los residentes de la ciudad de Nueva York.

Los módulos de la fachada están diseñados para adaptarse a nueve tipos diferentes de aviones no tripulados, categorizados por la forma y la escala de sus accesorios de aterrizaje -punto, barra o en anillo-.

«Torre de Datos»

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Los italianos Valeria Mercuri y Marco Merletti han conseguido el tercer premio con su proyecto de la «Torre de Datos» una propuesta que prevé un rascacielos sostenible en Islandia diseñado para servidores de internet.

Este futuro centro de datos verde situado en Islandia sería una torre que se concibe como una placa madre 3D gigante con una forma cilíndrica. En la fachada exterior están fijados todos los componentes de hardware mientras que la parte interna está vacía para crear un espacio técnico con una doble función: en primer lugar, ser el principal conducto de aire del sistema de refrigeración, y el segundo ser un espacio donde los módulos se puedan mover a la planta baja durante el mantenimiento y actualización de las fases. Además, esta torre serviría para calentar los laboratorios y los invernaderos situados en el sótano así como utilizar el aire caliente liberado por el servidor para calentar las casas en el barrio que la rodea.

Menciones de honor

Entre las 21 menciones hay rascacielos que purifican el aire, edificios concebidos para crear lluvia para las regiones más secas de la Tierra, ciudades verticales, torres sensoriales que exploran la relación psicológica con el espacio, y los rascacielos que impiden ciudades a hundirse.

Los participantes han tenido en cuenta los avances en tecnología, la exploración de sistemas sostenibles, y el establecimiento de nuevos métodos urbanos y arquitectónicos para resolver los problemas económicos, sociales y culturales de la ciudades contemporáneas incluyendo la escasez de recursos naturales e infraestructura y el aumento exponencial de habitantes, contaminación, división económica y el imprevisto crecimiento urbano desmedido.

 

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CET – El Mundo

EXPOSICIÓN EN EL METROPOLITAN

actualidad080422.jpgNUEVA YORK.- Jeff Koon expone en la azotea descubierta del Metropolitan Museum. A sus pies, como un tapiz clamoroso, quema el verde de Central Park; más allá, lucen los pináculos de vidrio de los rascacielos, el bosque de antenas y granito amarillo, el metal y luces de Manhattan.E

Todo el equilibrio desequilibrado de la ciudad, a la que conoce tan bien, empasta los tres lametazos que el escultor ha cedido para el verano. En el panfleto monográfico que reparten a los periodistas enfatizan mucho su relación con Marcel Duchamp y Andy Warhol.

A todo dios, hoy, lo emparentan con Duchamp y Warhol, pero Koon, jugetón, leve, secretamente melancólico, es buen acreedor. Como ellos, coloca lo inverosímil, incluso lo anecdótico y banal, en un pedestal imaginativo, y compone formas que rompen lo cotidiano con criterios nada elementales. La supuesta facilidad conceptual de Koon electriza porque hace del perro de la infancia un diamante envuelto en celofán. Colocando máscaras, modula los sueños sin falsearlos ni renunciar a su fondo insólito.

Koon comenzó en los setenta haciendo de copista en el taller de su padre. Pintaba falsificaciones (legales) de los grandes maestros que luego vendía a los turistas. A principios de los ochenta viajó a Nueva York, trabajó en una de las mesas a la entrada del MoMA y presentó sus primeras obras.

Mezclando plásticos, monigotes, criaturas de dibujos animados, imágenes oníricas y otras obsesiones moduló un discurso único. Ha desarrollado una insensata facilidad para viajar por territorios infantiles. Sus globos dorados y palomitas rojas pueden resultar, a primera vista, ingenuos, incluso leves, pero a su modo levantan una trinchera contra el tiempo.

Balloon dog (Yellow), Coloring book y Sacred heart (Red/gold), títulos de las tres obras inéditas cedidas, encuentran su lugar natural en el cielo del museo. Winnie de Pooh figura como una de las referencias aludidas por alguien que destaca en el uso de la cultura popular. A diferencia de otros recicladores pop, todavía abducidos por la magia negra que Warhol encerró en sus botes de sopa, Koon ha encontrado su bifurcación propia, y en el cuarto de los osos de trapo y las muñecas rotas un filón no mineralizado por cientos de artistas previos.

Buen negociante, la pátina lujosa de sus obras garantiza el plus de riqueza que todo coleccionista ansía. Cansados de genios que acarrean detritus del vertedero, los marchantes encuentran en Koon una respuesta colosal a sus plegarias: un artista de mérito, afilado, que además crea bonito.

Aupado por el MET, seguramente Koon opine que contra la mala educación de la muerte solo cabe la sonrisa, el guiño inteligente y dubitativo, liberado de intelectualismos y dispuesto a batirse por reencontrar la infancia. En su duelo no llega a las manos, mucho menos hace sangre. El testamento a quemarropa queda para gente más acodada al precipicio.

Koon, poco dado a la tragedia, despliega un discurso paralelo, algodonoso, donde tallar caramelos. No hay nada que hacer, parece decirnos, excepto dormir bajo un palio de artilugios hermosos, perdidos en los meandros proustianos de los primeros años, y salir después al mundo con la solapa del babi coloreada de esmeraldas. Al ornamento, en fin, sabe buscarle capas, huecos, donde clavar los dardos.


EFE – El Pais

Una exposición recoge más de 40 fotografías de paisajes en el 150 aniversario del Central Park

actualidad080122nyc.jpgFotografías de los paisajes más conocidos y de los rincones más selváticos y recónditos de Central Park forman parte de la exposición que desde hoy y hasta el 11 de mayo se puede contemplar en el Museo Metropolitan de Nueva York, en coincidencia con el 150 aniversario del diseño del pulmón verde de Manhattan.

Se trata de 36 instantáneas realizadas en blanco y negro por el destacado fotógrafo estadounidense Lee Friedlander (1934), en su mayoría desconocidas para el público y que son el resultado de veinte años de exploración de ese conocido parque neoyorquino y de otros de Estados Unidos. El museo Metropolitano de Nueva York ha titulado esta exhibición Lee Friedlander: un paseo por los parques Olmsted, con el que, además, rinde homenaje a Frederick Law Olmsted (1822-1903), considerado como “el padre de la arquitectura paisajística estadounidense” y diseñador de Central Park.

Esta es “una gran oportunidad de ver el trabajo de un auténtico maestro en vida. Friedlander es uno de los mejores fotógrafos de Estados Unidos”, aseguró el comisario de la muestra, Jeff Rosenheim. “Esta exposición se centra en su trabajo, reflejando la obra del que en EEUU es el paisajista y arquitecto del siglo XIX más importante: Olmsted”, explicó Rosenheim.

El fotógrafo comenzó a tomar esas instantáneas de algunos parques americanos diseñados por Olmsted en 1988, como parte de un trabajo para el Centro de Arquitectura Canadiense de Montreal, y una vez concluido, siguió haciendo fotos de otros lugares similares. Además del conocidísimo, Central Park, Friedlander también capturó con su cámara los paisajes de otros parques de Nueva York, como el Brooklyn Prospect y el Morningside, aparte de otros en los estados de Massachusetts, Kentucky o Arkansas.

Arte entre árboles

El comisario de la exposición señaló que el Metropolitan también ha querido que los visitantes experimenten la visión de esos paisajes “y luego, sean capaces de salir del museo y tener ante sí, en Central Park, al objeto de ese arte”. “Lo bonito de esta exposición es que muestra a un maestro enfrentándose al trabajo de otro: diseño, árboles, arquitectura de los diseños de Olmsted”, agregó.

El magnífico Central Park, que tiene una superficie de más de 340 hectáreas, está situado en pleno centro de Manhattan y fue el primer parque público de Estados Unidos concebido como tal hace 150 años. El corazón verde de la Gran Manzana surgió por iniciativa de comerciantes y burgueses de mediados del siglo XIX, que querían que la ciudad tuviera un recinto similar a los que ya disfrutaban París y Londres, pero también era visto como una alternativa saludable a las tabernas que tanto proliferaban en la época.

Después de varios años de debate, el Parlamento del estado de Nueva York autorizó en 1853 la creación de ese parque y para ello compraron un irregular terreno de 283 hectáreas en pleno centro de Manhattan, en el que sus ciénagas y zonas rocosas lo hacían poco deseable para el sector privado. La creación del parque neoyorquino, no obstante, obligó a desalojar a más de 1.600 residentes y a expropiar múltiples granjas y viviendas, algo que ocurrió de nuevo al ser ampliado diez años después a su actual tamaño. “Quien acuda a la exposición pensará cómo disfrutar de este pulmón verde de Nueva York y se dará cuenta de que hay espacios muy organizados y otros muy selváticos”, agregó el comisario Rosenhim. Añadió que el público, a través de las instantáneas, es llevado al mundo del fotógrafo y sus experiencias en el parque, además de que “es una oportunidad magnífica para admirar el arte de la fotografía”. Con esta serie, el fotógrafo exploró también toda una variedad de formatos de cámaras que dieron como resultado sorprendentes perspectivas de esos parques, de sus árboles y de su arquitectura.

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