El Calentamiento Global y sus Efectos sobre los Inviernos en Europa


El durísimo invierno que asola Europa Central es el resultado de las alteraciones de los procesos meteorológicos sobre el Atlántico, provocadas por la reducción de la superficie del hielo ártico, según reveló una investigación publicada por la revista Tellus A.

Aumenta el nivel del mar por el calentamiento global


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  • Las aguas crecerán más de un metro en las próximas décadas si el mundo sigue dependiendo de los combustibles fósile
  • Desde 1993 la tasa ha aumentado a hasta 30 centímetros (un pie) por siglo.

 

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Los niveles del mar están subiendo mucho más rápidamente que en los últimos 2,800 años y la tendencia se acelera debido al calentamiento global causado por los seres humanos, según nuevos estudios.

Un equipo internacional de científicos excavó en dos docenas de sitios en distintas partes del mundo para registrar las alzas y bajas de los mares a lo largo de siglos y milenios. Hasta la década de 1880 y la industrialización mundial, las alzas más pronunciadas fueron de 3 a 4 centímetros (1 a 1.5 pulgadas) por siglo. Durante ese tiempo, el nivel de los mares no oscilaba mucho más que 5 centímetros (3 pulgadas) en comparación con el promedio de 2,000 años.

Pero en el siglo XX el nivel de los mares subió 14 centímetros (5.5 pulgadas). Desde 1993 la tasa ha aumentado a hasta 30 centímetros (un pie) por siglo. Y dos estudios publicados el lunes en la revista Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias, dicen que para el 2100, los océanos subirán entre 28 y 131 centímetros (11 a 52 pulgadas), dependiendo de cuántos gases de efecto invernadero emitan las industrias.

“No hay duda de que el siglo XX es el más acelerado”, comentó Bob Kopp, profesor de ciencias terrestres y planetarias en Rutgers, autor central del estudio que revisó el nivel de los mares en los tres últimos milenios. “Se debe al aumento de las temperaturas en el siglo XX impulsado por el uso de combustibles fósiles”.

Para determinar el nivel de los mares en el pasado y las tasas de alzas o bajas, los científicos se abocaron a una “historia detectivesca geológica”, afirmó el coautor del estudio Ben Horton, experto en ciencias marinas en Rutgers. Recorrieron varios sitios en el mundo en busca de marismas y otros sitios costeros, y revisaron distintas características para calcular el nivel de los mares en épocas diferentes. Utilizaron organismos unicelulares sensibles a la salinidad, manglares, corales, sedimentos y otros factores, dijo Horton. Además comprobaron sus cifras por medio de marcadores conocidos como el aumento del plomo con el comienzo de la era industrial, e isótopos solo posibles en la era atómica.

Cuando Kopp y sus colegas trazaron los cambios en el nivel de los mares a lo largo de los siglos —se remontaron 3,000 años, aunque no están tan seguros en los 200 primeros— comprobaron que el nivel de los mares estuvo en baja hasta la era industrial.

El aumento en el nivel de los mares en el siglo XX se debe principalmente a la acción de los seres humanos, dijeron los autores del estudio. Otro estudio todavía no publicado de Kopp y colaboradores halló que, desde 1950, unos dos tercios de las inundaciones costeras en 27 sitios en Estados Unidos tienen el sello del calentamiento global causado por el hombre.

Y si el nivel de los mares sigue subiendo, como se proyecta, otros 28 centímetros (18 pulgadas) de aumento causará grandes problemas y gastos, dijo el coautor del estudio Stefan Rahmstorf, del instituto de Postdam para la Investigación sobre el Impacto Climático en Alemania.

El calentamiento global se ha detenido por la acumulación de calor en el océano Atlántico


El Mundo

El efecto invernadero debido al aumento del CO2 en la atmósfera y el calentamiento del planeta durante la segunda mitad del siglo XX son una realidad científicamente incontestable. Pero desde el año 2000, el calor acumulado en la superficie terrestre parece haber desaparecido y las temperaturas medias globales han permanecido prácticamente inmutables durante los primeros años del presente siglo.

Una nueva investigación, realizada por expertos la Universidad de Washington (Estados Unidos) y que se acaba de publicar en la revista ‘Science’, muestra que ésta ausencia de calor se puede estar sumiendo en las profundidades del norte y el sur del Océano Atlántico y es parte de un ciclo natural. El calentamiento bajo la superficie del océano explica por qué las temperaturas medias mundiales del aire se han estancado desde 1999, a pesar de una mayor presencia de gases de efecto invernadero que atrapan el calor solar en la superficie de la Tierra.

Tras un rápido calentamiento en el siglo XX, este siglo ha visto hasta ahora muy poco aumento de la temperatura media de la superficie de la Tierra. Este cambio ha desatado más de una docena de teorías de la llamada interrupción del calentamiento global, que van desde la contaminación del aire a los volcanes o las manchas solares.

“Cada semana hay una nueva explicación de esta pausa -reconoce el autor Ka-Kit Tung, profesor de Matemáticas Aplicadas y profesor adjunto de Ciencias de la Atmósfera de la Universidad de Washington-. Muchos de los documentos anteriores se han centrado en los síntomas en la superficie de la Tierra, donde vemos muchos fenómenos diferentes y relacionados. Nosotros nos fijamos en el océano para tratar de encontrar la causa subyacente”.

Los resultados muestran que una corriente de lento movimiento en el Atlántico, que transporta calor entre los dos polos, se aceleró a principios de este siglo para hundir el calor hacia casi 1.500 metros de profundidad. “El hallazgo es una sorpresa, ya que las teorías actuales han señalado al Océano Pacífico como el culpable de ocultar el calor -resalta Tung-. Pero los datos son bastante convincentes y demuestran lo contrario”.

Un ciclo natural

Tung y el coautor Xianyao Chen, de la Universidad del Océano de China, utilizaron observaciones recientes de temperaturas de aguas profundas de boyas Argo, que muestran el estado del agua a 2.000 metros de profundidad. Estos datos presentan un aumento de la disipación del calor hacia el año 1999, cuando se detuvo el rápido calentamiento del siglo XX.

“Hay ciclos recurrentes que son impulsados por la salinidad que pueden almacenar calor en la profundidad del Atlántico y los océanos del Sur -argumenta Tung-. Después de 30 años de rápido calentamiento, ahora es el momento de la fase de enfriamiento”. Estos expertos detectaron que la mitad del rápido calentamiento en las últimas tres décadas del siglo XX se debía al calentamiento global y la otra mitad al ciclo natural del Océano Atlántico que mantiene más calor cerca de la superficie.

Cuando las observaciones mostraron una alteración en el ciclo oceánico, alrededor del año 2000, la corriente comenzó a hundir el calor más profundamente en el océano, para contrarrestar el calentamiento inducido por el hombre. El ciclo se inicia cuando el agua más salada y más densa en la parte norte de la superficie del Atlántico, cerca de Islandia, hace que el agua se hunda, cambiando la enorme velocidad de la corriente en el Océano Atlántico que hace circular el calor por todo el planeta.

“Cuando llega el agua pesada a la parte superior de agua ligera, se sumerge muy rápidamente llevándose calor”, resume Tung. Observaciones recientes en la superficie del Atlántico Norte muestran salinidad récord, según Tung, mientras que, al mismo tiempo, el agua más profunda en el Atlántico Norte exhibe un aumento de las cantidades de calor.

Los autores desenterraron datos históricos para demostrar que el enfriamiento en las tres décadas entre 1945 a 1975, que hicieron a la gente preocuparse por un posible comienzo de una edad de hielo, fue durante una fase de enfriamiento. Las oscilaciones de temperatura tienen un interruptor natural, de forma que durante el periodo de calentamiento, las rápidas corrientes provocan que agua más tropical se desplace hacia el Atlántico Norte, calentando la superficie y las aguas profundas.

En la superficie, este calentamiento derrite el hielo, lo que, a la larga hace que el agua superior sea menos densa y, después de algunas décadas, pone freno a la circulación, lo que desencadena una fase de enfriamiento de 30 años. Esta explicación implica que la actual desaceleración en el calentamiento global podría durar otra década, o más, y luego volverá un rápido calentamiento.

El mar se tragará Barcelona dentro de 5.000 años por el calentamiento global


ABC.es

  • Un estudio de «National Geographic» muestra los efectos de un deshielo total, que supondría la desaparición de capitales como Nueva York, Tokio y Londres
El mar se tragará Barcelona dentro de 5.000 años por el calentamiento global

national geographic | El mapa compara el contorno actual de Europa (en azul) con el resultado de un deshielo total

Barcelona, el litoral gallego, la mitad de la isla de Mallorca, el sur de Huelva y la costa de Cádiz: todo borrado del mapa, sumergido bajo el agua del mar. No es el escenario de una película de catástrofes. Es la realidad que proyecta la revista «National Geographic» para dentro de 5.000 años si el calentamiento global, en cinco milenios, ha derretido todo el hielo de nuestro planeta.

«Hay más de 20 millones de kilómetros cúbicos de hielo en la Tierra», explica «National Geographic». «Si seguimos añadiendo carbono a la atmósfera, muy probablemente crearemos un planeta sin hielo, con una temperatura media de quizás 27 grados centígrados, en lugar de los actuales 14».

Para ilustrar esta proyección, la revista ha desarrollado un mapa interactivo que muestra los efectos de ese deshielo total. El nivel del mar subiría unos 65 metros, generando nuevas líneas de costa e, incluso, islas interiores.

En el caso de Europa, Barcelona sería una de las grandes ciudades que pasarían a estar completamente anegadas, ante el avance del Mediterráneo, que también habría engullido los mares Negro y Caspio. Londres y Venecia serían sólo bonitos recuerdos. A los Países Bajos no les habrían servido de nada sus diques y la mayoría de Dinamarca se iría también a pique.

En Estados Unidos, Nueva York, Miami y San Francisco, inundadas. La peor parte, para Florida, eliminada del mapamundi. Más al sur, el mar se llevaría por delante Buenos Aires y la costa de Uruguay.

África apenas perdería su contorno actual pero habría que decir adiós a El Cairo y Alejandría: todo su patrimonio quedaría sumergido. En Asia, las peores consecuencias se las llevarían Bangladesh, totalmente anegada, una zona de China que habitan ahora mismo 600 millones de personas y una buena franja de la costa de la India. Tokio: desaparecida.

En Australia, por último, las consecuencias serían nefastas. Observando el mapa no hay una gran diferencia comparando la silueta actual con el hipotético deshielo. Pero un dato es clave: cuatro de cada cinco australianos viven en las proximidades de la costa, lejos de las regiones desérticas que ocupan la mayor parte del continente.

De vuelta al Eoceno

Es sólo una proyección, pero sustentada en datos sólidos. El geoquímico Gavin Foster, de la Universidad de Southampton, en Inglaterra, explica que «la concentración de dióxido de carbono llegará a las mil partes por millón a finales de siglo». Una cifra que no se alcanzaba en la Tierra desde los inicios del Eoceno, hace 50 millones de años. ¿Qué ocurría entonces? Que no había hielo.

5.000 años es, quizás, un plazo demasiado largo como para despertar las conciencias necesarias para frenar la escalada de las emisiones contaminantes y el calentamiento global. Para entonces, si las previsiones no fallan, habremos dicho adiós a un buen puñado de las ciudades más emblemáticas del planeta. Aunque no habrá que esperar tanto: los expertos vaticinan que dentro de dos siglos Nueva York estará plagada de canales. Como Amsterdam, la ciudad de sus fundadores.

El cambio climático provocará más turbulencias en los vuelos


El Mundo

Simulación de zonas con turbulencias.| Paul Williams

Simulación de zonas con turbulencias.| Paul Williams

Durante años el sector de la aviación civil ha sido señalado como uno de los mayores emisores a la atmósfera de CO2, el gas que más está contribuyendo al calentamiento global. Pero según asegura un estudio británico, en los próximos años también la aviación civil sufrirá directamente las consecuencias del cambio climático.

Y es que, según sostiene esta investigación publicada en ‘Nature Climate Change’, la primera que se centra en este aspecto, a medida que aumente la concentración de CO2 en la atmósfera, las turbulencias atmósfericas que sufren los aviones serán más frecuentes cuando sobrevuelen el Atlántico Norte. Además del riesgo de que aumente el número de heridos, incrementará los costes de combustible y los daños que se producen en los aviones durante estos episodios.

Según este estudio, las turbulencias serán más frecuentes y más intensas. Su intensidad podría aumentar entre un 10 y un 40%. Por lo que respecta al espacio aéreo en el que es probable que los pilotos encuentren turbulencias significativas, se incrementaría en entre un 40 y un 70%. Lo más probable, señalan los autores, es que la frecuencia con la que se producen turbulencias aumente un 100%, es decir, que se doble.

Si sigue la tendencia actual de emisiones contaminantes, la probabilidad de que haya turbulencias moderadas o fuertes aumentaría en un 10,8%, según los científicos. Este escenario podría convertirse en realidad en 2050.

El estudio, firmado por investigadores del Centro Nacional para las Ciencias Atmosféricas de la Universidad de Reading (Reino Unido) ha sido presentado durante la Asamblea General que la Unión Europea de Geociencias (EGU, por sus siglas en inglés) celebra en Viena.

Corriente de chorro

Los científicos liderados por Paul D. Williams elaboraron un modelo matemático para simular los cambios que se producirán en las corrientes de chorro (‘jet stream’ en inglés) si se dobla la cantidad de CO2 presente en la atmósfera. Las corrientes de chorro son gigantescas masas de aire que se desplazan por la atmósfera. Se forman por las diferencias de temperatura entre los polos de la Tierra y el Ecuador y discurren a lo largo de miles de kilómetros.

Según explican los investigadores, las turbulencias en aire claro son especialmente difíciles de evitar porque los pilotos no las pueden detectar, ya que ni los satélites ni los radares que llevan a bordo los aviones pueden localizarlas. Estas turbulencias en aire claro están vinculadas a las corrientes de chorro que, según los científicos, se verán reforzadas por los cambios en el clima causados por el hombre.

Los investigadores mostraron cambios significativos en las turbulencias en aire claro (moderadas y severas) en la zona que atraviesan los vuelos transatlánticos a una altitud de crucero cuando se doblaba la concentración del dióxido de carbono.

Costes económicos de las turbulencias

Aparte del susto y de la molestia que las turbulencias representan para los viajeros, obligados a permanecer con el cinturón abrochado mientras se sobrevuela esas zonas, estos fenómenos causan cada año cientos de heridos e importantes pérdidas económicas a las aerolíneas.

Los científicos que firman este estudio sugieren que el aumento de las áreas con turbulencias debido al incremento de CO2 podría hacer que los vuelos fueran más largos, pues habrá que cambiar con más frecuencia las rutas para rodear y evitar la zona de turbulencias. Aumentará también, por tanto, el consumo de combustible y él, las emisiones contaminantes, estableciendo un círculo que se retroalimentaría.

Asimismo, en ocasiones las turbulencias causan daños estructurales en los aviones que deben ser reparados, con el consiguiente coste.

Según un estudio de la Flight Safety Foundation de 1998 alrededor de 10.000 personas resultan heridos cada año en todo el mundo (la mitad en EEUU) por la caída de equipaje de los compartimentos superiores debido a las turbulencias, desde pequeñas laceraciones o heridas a traumas craneoencefálicos cuyos síntomas pueden tardar en aparecer varios días. Al menos un pasajero ha muerto durante un vuelo por turbulencias: En 1997 una mujer que no llevaba cinturón murió debido a los golpes que recibió al atravesar una zona con fuertes turbulencias. Otros 74 pasajeros resultaron heridos en el mismo vuelo que cubría la ruta entre Tokio y Honolulu.

Según Paul Williams, autor principal del estudio publicado en ‘Nature Climate Change’, las turbulencias tienen en la actualidad un coste anual para las compañías aéreas de unos 150 millones de dólares (114 millones de euros). Según señala, si aumenta esta cifra probablemente serán los pasajeros los que sufran este incremento pagando más por sus billetes.