El salero perdido de la Última Cena


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  • León se preció de contar con la reliquia durante 500 años
wikimedia Judas derrama la sal con el brazo en el mosaico copiado por Giacomo Raffaelli de «La Última Cena» de Leonardo da Vinci

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Judas derrama la sal con el brazo en el mosaico copiado por Giacomo Raffaelli de «La Última Cena» de Leonardo da Vinci

«Es grandísima la devoción que toda la Ciudad tiene con esta Santa reliquia y el concurso que viene a nuestra Iglesia para adorarle el día de Jueves Santo». En la Semana Santa del siglo XIII a la que se refiere Fray Manuel Joseph de Medrano en la «Historia de la Orden de los Predicadores» (PP. Dominicos), el antiguo convento de Santo Domingo de León mostraba a sus fieles «el salero que sirvió la noche de la cena en la mesa de Nuestro Señor Jesucristo».

«Su materia es la preciosísima piedra de Calcedonia», la misma que la del Cáliz de Valencia, describía fray Joseph en 1727, basándose en datos antiguos de la orden. En la reliquia se leían las primeras palabras de la Salutación angélica y, en caracteres góticos, el testimonio de ser el salero de la Cena.

«Es la referencia más antigua que tenemos», apunta Carlos Taranilla de la Varga, quien en su «Breve historia de las reliquias leonesas y sus relicarios» (Didot) recuperó este dato olvidado desde el s.XVIII.

Al historiador leonés, autor de la adaptación al español actual del libro del Passo Honroso, le intrigaba esta reliquia que acompañó a don Suero de Quiñones en su famosa gesta en 1434. Así lo narró con todo lujo de detalles Pedro Rodríguez de Lena, escribano del rey Juan II de Castilla. Don Suero rezaba cada día ante un altar en el que, entre otros objetos, se encontraba el que «se dezía que era el salero en que Nuestro Señor Jesuchristo tenía la sal en su Sancta mesa en que el Sancto Jueves hizo su cena», una reliquia ilustrada con los doce apóstoles.

«Los dominicos, que asistieron a don Suero en su fecho de armas, llevaron el salero a la tienda del caballero leonés y después lo devolvieron al convento», explica Taranilla.

Ambrosio de Morales lo describió en su «Viage» (sic) de 1572 como «una escudilla algo lisa, aunque algo grande de Agata (…)», esmaltada en el centro, con una inscripción en latín tardío que rezaba: «Esta escudilla estuvo junto al seno de Nuestro Señor Jesucristo y fue adquirida por dinero al rey de Cila».

«La pieza era una escudilla, un pequeño plato del que se tomaba la sal con los dedos para espolvorearla sobre las comidas (e incluso sobre la estancia pues era señal de buenos augurios)», señala Taranilla. A su juicio, debió de ser comprada durante las Cruzadas en Asia Menor (de ahí la referencia al reino de Cila, de la región de la Eólida o Eolia).

La reliquia se conservó en un relicario de plata sobredorada en el convento de Santo Domingo de León, hoy desaparecido, durante más de cinco siglos. Allí se encontraba en 1752 cuando el jesuita Pedro Murillo Velarde anotó que estaba «en una caja de plata dorada» donde esta escrita «esta letra, bien antigua: “Ave Maria gratia plena” y en lengua y caracteres Góthicos, cómo sirvió en la última Cena».

«El salero es de Calcedonia, de lo mismo que el Cáliz que está en Valencia», añadió Murillo en su «Geographia histórica de Castilla la Vieja y Aragón».

reliquias-leon--146x220«Con la expresión “es de Calcedonia” se está refiriendo al material en el que se fabricó el objeto: un conglomerado de minerales de cuarzo en su variedad coralina -de color rojo cereza-, una especie de ágata u ónice, como también señalaba Ambrosio de Morales, denominación que proviene de su lugar de origen: Calcedonia», explica Taranilla de la Varga. Cerca de esta región se encontraba el reino de Cila a cuyo monarca le habría sido comprado quizá por un peregrino que lo regaló a la Orden en el siglo XIII, especula.

«Del salero que, según se dice, sirvió en la Última Cena consta documentación entre mediados del siglo XIII hasta 1752, unos 500 años, desconociéndose hasta el momento la suerte que pudo correr cuando la “francesada”», subraya el historiador leonés. Murillo fue el último en referirse a esta reliquia. El Padre Risco ya no la cita en su obra sobre las iglesias y monasterios de León en 1792, apenas 40 años después, y «resulta difícil que de haberla visto no la reseñara», según Taranilla.

La guerra de Independencia (1808-1814) causó graves daños a la ciudad de León. «Se saquearon las iglesias, donde estaban antes los tesoros. Si el salero seguía allí seguramente lo destrozarían», aventura Taranilla. El convento de Santo Domingo quedó en estado lamentable y acabó por ser derruido en el siglo XIX para reforzar las murallas durante las guerras carlistas, según recuerda el Ayuntamiento de León en su web. Del famoso salero no se conoce hasta el momento ni una ilustración, solo las referencias escritas hace más de 200 años.


El salero de Da Vinci

Salga el sol por Antequera


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  • La leyenda de Santa Eufemia ha acompañado desde 1410 a este dicho cuyo origen hay quien data en la posterior toma de Granada
Salga el sol por Antequera

Abc | Panorámica de Antequera

Salga el sol por Antequera -«y póngase por donde quiera», como se completa el dicho- es tanto como decir que a uno le da igual una cosa que otra, o que uno está determinado a llevar a cabo su plan, aunque suceda lo imposible, como que el sol aparezca por el oeste. Porque Antequera se encuentra al poniente de Granada, donde acampaban las tropas de los Reyes Católicos en los últimos meses de 1491.

En este momento de la Reconquista, durante la toma de Granada, ubica el origen de la expresión Luis de Granada en la revista «Alrededor del mundo» en 1899 y recoge José María Iribarren en «El porqué de los dichos». «La frase es, pues, irónica, y equivale a: ‘Salga el sol por donde quiera’», concluía el académico de la RAE y de la Real Academia de la Historia.

Una leyenda se remonta aún más en la Reconquista, hasta el 16 de septiembre de 1410, fecha en la que don Fernando «el de Antequera» conquistó la ciudad a los musulmanes. Antonio J. Guerrero Clavijo contaba en un artículo que recoge la web de la Diócesis de Málaga cómo era costumbre cristiana celebrar una Eucaristía al conquistar una localidad y, dentro de ella, elegir al patrón, al alcaide y su escudo de armas. «Se invocó al Espíritu Santo y se introdujeron en una urna los nombres de los santos que la Iglesia celebra el día 16 de septiembre» y «salió por designio divino, por tres veces consecutivas, el nombre de Santa Eufemia», relata Guerrero Clavijo.

Fue entonces cuando Don Fernando desveló que se trataba de la joven que «se me apareció el 10 de abril de 1410 en mi campamento en Córdoba, cuando no sabía qué tierra conquistar, y se me apareció ella, rodeada de leones y ángeles y me dijo: “No temáis que nos salga el sol por Antequera y sea lo que Dios quiera”», según recogen las crónicas de Juan II.

Don Fernando dudaba desde su campamento en Córdoba sobre si conquistar Gibraltar, con lo que cerraría su entrada a posibles refuerzos procedentes de África; Xébar, una importante fortaleza en el camino a Málaga; o Antequera, centro neurálgico de las vías que llevaban de Sevilla a Granada, de Córdoba a Málaga, explica Ángel Guerrero en El Sol de Antequera.

Tras la aparición de la virgen y mártir de Calcedonia, el monarca castellano dirigió sus tropas al alba contra la ciudad, que conquistó antes de que se pusiera el sol el 16 de septiembre de 1410.

Fuera por esta leyenda o por la ironía posterior durante la toma de Granada, lo cierto es que Antequera figura desde la Reconquista en el mapa de los refranes. En el geográfico se encuentra a 45 kilómetros de Málaga por carretera y a sólo 13 kilómetros del singular paraje del Torcal, un impresionante fenómeno de erosión de roca caliza.