César Borgia, el hijo ilegítimo de un Papa


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  • Fue modelo de los gobernantes del Renacimiento por su ambición desmedida y su cruel realismo al ejercer el poderabc Pintura que representa a César Borgia
Hijo ilegítimo de un Papa y de una patricia romana, César Borgia creció rodeado por la ambición de su padre. El cardenal Rodrigo Borja (posteriormente, el Papa Alejandro VI), de origen valenciano, fue el mejor maestro en el «arte de la política» que pudo tener el joven César, que italianizó su apellido. El cardenal Borja alcanzó el papado jugando la baza del nepotismo y la corrupción y aprovechando sus relaciones familiares con Calixto III, de quien era sobrino. Lecciones que aprendería muy bien su hijo César que tomaría buena nota de las ventajas de la manipulación y la intriga, de la importancia de las alianzas y las conspiraciones.

El joven César acumuló títulos y honores. Con tan solo diecisiete años es nombrado Obispo de Pamplona, tras haber estudiado leyes y teología en la Universidad de Perugia. Con veinte años ya era Arzobispo de Valencia y poco después Cardenal. De César Borgia escribiría Maquiavelo en el «Príncipe»: «Adquirió el Estado con la fortuna de su padre, y con la de éste lo perdió, a pesar de haber empleado todos los medios imaginables y de haber hecho todo lo que un hombre prudente y hábil debe hacer para arraigar en un Estado que se ha obtenido con armas y apoyo ajenos. Porque, como ya he dicho, el que no coloca los cimientos con anticipación podría colocarlos luego si tiene talento, aun con riesgo de disgustar al arquitecto y de hacer peligrar el edificio. Si se examinan los progresos del duque, se verá que ya había echado las bases para su futura grandeza; y creo que no es superfluo hablar de ello, porque no sabría qué mejores consejos dar a un príncipe nuevo que el ejemplo de las medidas tomadas por él. Que si no le dieron el resultado apetecido, no fue culpa suya, sino producto de un extraordinario y extremado rigor de la suerte».

Abandono el capelo cardenalicio en 1498 para poder gobernar los territorios del Vaticano, siendo nombrado Capitán Generalde las tropas papales. Pero donde más destacó su habilidad política fue en el juego de alianzas que estableció. Siempre hasta el precisó instante en que consideró más provechoso para sus intereses traicionar a sus aliados. Un ejemplo del cinismo de los Borgia fue el primer matrimonio de Lucrecia, hermana de César, con Giovanni Sforza. Miembro de una de las dinastías más influyentes de la península italiana, al Sforza le fue entregada Lucrecia con tan solo 13 años hasta que las alianzas entre estados obligaba a que Lucrecia se casará con otro hombre. Los Borgia determinaron entonces que el matrimonio no se había consumado, algo a lo que Giovanni contesto afirmando que se había acostado con Lucrecia cientos de veces sin ninguna queja, y que su primera esposa había fallecido en el parto. Los Borgia argumentaron que ese hijo no era de Giovanni y consiguieron devolver a Lucrecia el status de virgen, aunque estaba embarazada de 6 meses.

Manual para príncipes

César construye un sólido ejército de mercenarios suizos que utilizará durante todo el periodo de las guerras entre los estados italianos. Uno de sus ingenieros militares fue Leonardo Da Vinci. Además establece, junto a su padre el Papa Alejandro VI, una alianza con Luis XII de Francia. En rey francés pretendía controlar la península italiana y hacerse con el control de Nápoles. César Borgía pretendía quedarse con el Ducado de Milán. Los intereses del Papado y de la monarquía francesa confluían.

César va acrecentando su poder y expande su dominio por la toscana y la romaña. Caen las Repúblicas de Pisa, Siena y Florencia, el objetivo es unificar toda la Italia central bajo el mando de la familia Borgia. El 25 de junio de 1501, Alejandro VI emite una bula que autoriza a los soberanos de Francia y España a repartirse el reino de Nápoles. César se une al ejército francés que acampado cerca de Roma inicia su marcha al sur el día 27. En una breve campaña de la más prolongada guerra por el reino de Nápoles los franceses ocupan la parte que les corresponde según el tratado firmado. Pero ni los franceses ni César tienen en cuenta a otro príncipe que Maquiavelo tomaría como modelo de prudencia y maestro de estrategas políticos: Fernando de Aragón. Los Reyes Católicos le ofrecen tropas al reino de Nápoles para recobrar para Imola, Forli y Cesena que «el Duque de Valentines tiene usurpado». Las tropas españolas al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba comienzan a recuperar el control del sur de Italia y derrotan a los franceses.

La vida política de César Borgia la describió como nadie Maquiavelo: «El príncipe nuevo que crea necesario defenderse de enemigos, conquistar amigos, vencer por la fuerza o por el fraude, hacerse amar o temer de los habitantes, respetar y obedecer por los soldados, matar a los que puedan perjudicarlo, reemplazar con nuevas las leyes antiguas, ser severo y amable, magnánimo y liberal, disolver las milicias infieles, crear nuevas, conservar la amistad de reyes y príncipes de modo que lo favorezcan de buen grado o lo ataquen con recelos; el que juzgue indispensable hacer todo esto, digo, no puede hallar ejemplos más recientes que los actos del duque»

La extraña y cruel muerte de César Borgia traicionado en Navarra por sus hombres


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  • El hijo del Papa Alejandro VI perdió su instinto político después de la súbita muerte de su padre en 1503 y tardó poco en perder también la vida. Habiéndose refugiado en Navarra, César se involucró en una guerra civil que le condujo a la muerte durante una sospechosa emboscada

    Wikipedia | César Borgia por Altobello Melone, Accademia Carrara (Bérgamo)

    Wikipedia | César Borgia por Altobello Melone, Accademia Carrara (Bérgamo)

Una cena cambió por completo la suerte de los Borgia. El cardenal Adriano da Cornetto, que había sido secretario personal del Papa de origen valenciano Alejandro VI, invitó el 5 de agosto de 1503 al pontífice y a su hijo César Borgia, que interrumpió momentáneamente su exitosa campaña militar en Italia, a un banquete en su residencia campestre junto a otros importantes aliados de la familia Borgia. Varios días después, muchos de los comensales cayeron gravemente enfermos, entre ellos el patriarca de la familia –que murió dos semanas después– y su vigoroso hijo César Borgia. El joven llamado a suceder a su padre como patriarca de la familia, incluso en la silla de San Pedro, sobrevivió a la extraña enfermedad, pero, sin la guía política de su padre y todavía bajo el impacto de la fatídica cena, no tardó mucho en cavarse un triste final. Con solo 31 años, falleció probablemente traicionado por sus hombres en Navarra, donde había llegado tras fugarse del cautiverio al que le sometió Fernando «El Católico» como castigo por su ambigüedad política durante las guerras de Nápoles.

César Borgia es el hijo de Alejandro VI más recordado, entre otras razones por su ambición y su ardor guerrero. En los términos más elogiosos se expresó sobre él el filósofo y político Nicolás Maquiavelo: «César, llamado duque Valentino por el vulgo, adquirió el Estado con la fortuna de su padre, y con la de éste lo perdió, a pesar de haber empleado todos los medios imaginables y de haber hecho todo lo que un hombre prudente y hábil debe hacer para arraigar en un Estado que se ha obtenido con armas y apoyo ajenos». Si bien el hijo del Papa no pudo reponerse a la ausencia del patriarca, fue un meritorio ejecutor de las órdenes de su padre cuando este vivía. Con la ambición de conquistar en Italia un reino temporal para su familia, ya fuera Nápoles o la zona central de la península, César Borgia dirigió con éxito una campaña militar en la región de la Romaña que solo se vio interrumpida con la muerte de Alejandro VI.

El lema de un conquistador: ¡O César, o Nada!

«O César, o Nada», fue el lema que aparecía inscrito en la hoja de su espada de César Borgia y un buen resumen de su carácter. El origen de la frase tiene como protagonista a Julio César, que al cruzar el río Rubicón, al norte de Italia, desobedeciendo las órdenes del Senado romano pidió a sus legiones que le acompañaran en su desafío. Todos al unísono exclamaron «¡O César, o Nada!», y cruzaron el río junto a él. A Borgia le encantaba recrearse en sus escasas similitudes con el dictador romano, sobre todo desde que asumió un papel más militar como consecuencia de la muerte de su hermano. Obispo a los 16 años y cardenal a los dieciocho, César Borgia tuvo que apartar parcialmente su carrera eclesiástica cuando su hermano mayor Juan Borgia –capitán de las tropas papales– apareció asesinado en un callejón de Roma sin que se conocieran nunca a los culpables.

La leyenda negra le acusó de estar detrás de la muerte de su hermano, pero nunca se han hallado pruebas de ello. En opinión de los autores del libro «Un inédito Alejandro VI liberado al fin de la leyenda negra», «no hay razón alguna para imaginar un fratricidio. Sí hay razones, sin embargo, y muchas, para pensar en lo más lógico: una venganza de los enemigos de los Borgia, una trampa, una emboscada». Además de los Orsini y el resto de enemigos declarados de Juan Borgia, entre los que estaba incluso Fernando «El Católico», el principal sospechoso durante mucho tiempo fue el vicecanciller Sforza, investigado a fondo a cuenta de sus encontronazos públicos con el hermano mayor de los Borgia.

Al frente de los ejércitos papales, César Borgia prestó su ayuda en 1499 al ejército galo, comandado por el propio Rey Luis XII, que cruzó los Alpes y conquistó el Ducado de Milán. Tras la caída de Milán, el hijo más bizarro de Alejandro VI atacó usando la artillería francesa las ciudades de Imola y Forlì –gobernadas por la astuta Caterina Sforza–. Unos meses después, en otoño de 1500, César Borgia sumó Pesaro y Faenza a su historial de conquistas, mientras Bolonia y Florencia fueron igualmente asediadas, pero no tomadas pues estaban bajo la protección de Francia. En mayo de 1501, el Papa Alejandro VI concedió a su hijo el título de duque de la Romaña «en su propio nombre», convirtiendo de un plumazo ese territorio en patrimonio hereditario de la familia Borgia.

La oscura conquista de Urbino en 1502, cuando César había dado en un primer momento su palabra al duque de esta ciudad italiana de que no le atacaría y luega la ocupó por sorpresa, puso a toda Italia bajo alerta: la ambición de los Borgia no tenía fondo. En septiembre de ese mismo año, los condotieros Liverotto, Vitelli y los hermanos Orsini, junto con Gianpaolo Baglioni –señor de Bolonia–, Giovanni Bentivoglio –señor de Perugia– y Pandolfo Petrucci –señor de Siena– organizaron una conjura para matar a César en cuanto tuvieran ocasión. No obstante, alertado por su red de espías, César deshilachó la conspiración con el apoyo de Francia y, mostrando una fingida magnanimidad, convocó a Vitelli, Liverotto y los hermanos Orsini ante la pequeña población de Senigallia, al objeto de tomar posesión de su castillo. Cuando se encontraron, Borgia se adelantó y abrazó como si fueran hermanos a aquellos que tres meses antes habían tramado su muerte. Al poco de empezar la reunión, César se ausentó un momento pretextando una «necesidad de la naturaleza». A continuación, las tropas de Borgia desarmaron y encarcelaron a los tres condotieros (faltaba Liverotto). Maquiavelo, testigo de los hechos, escribió esa noche: «En mi opinión, mañana por la mañana estos prisioneros no estarán vivos». En efecto, César culminó su venganza usando el garrote vil contra ellos.

Solo la muerte de Alejandro VI pudo interrumpir la vorágine de muertes y conquistas a cargo de César Borgia. La cena también dejó afectado por las extrañas fiebres a César Borgia, que no pudo reunirse con su ejército en Nápoles para seguir con sus campañas militares. Pero al contrario de su padre, de 72 años, la juventud de César le permitió superar la enfermedad a base de sangrías y baños helados. Aunque la hipótesis del envenenamiento se difundió rápido por Roma –donde incluso se afirmó que César Borgia se equivocó de recipiente cuando pretendía echar veneno en las copas de otros comensales–, los historiadores modernos que han abordado el misterio sugieren que el pontífice pudo ser simplemente una víctima más del brote de malaria que aquel verano causó la muerte de miles de romanos. Las complicaciones cardíacas que venía sufriendo el Papa contribuyeron a que no sobreviviera a la extraña enfermedad, en contraste con los casos de su hijo y del cardenal Cornetto.

Mientras César Borgia guardaba cama durante varios días, los enemigos aprovecharon la debilidad de la familia para anular sus recientes conquistas en el ducado romañés (ya solo conservaba Cesena, Faenza e Imola) y para elevar a Giuliano della Rovere como pontífice con el nombre de Julio II. Viéndose sin los apoyos necesarios, el propio César Borgia le dio su respaldo a cambio de la promesa de mantener el mando de las fuerzas papales y sus posesiones en la Romaña. Apoyar a uno de los mayores enemigos de Alejandro VI en vida, no en vano, fue el error político más grave de su carrera. Maquiavelo se dio cuenta enseguida: «Borgia se deja llevar por la confianza imprudente que tiene en sí mismo, hasta el punto de creer que las promesas de otros son más fiables que las suyas propias». Proclamado como Julio II, della Rovere no tardó en despojar al duque de la Romaña y ordenar su detención y la confiscación de sus bienes.

La guerra de Navarra se convierte en su tumba

César consiguió huir a Nápoles, donde fue detenido y enviado a España por el Gran Capitán, que no tenía intención de ofender al nuevo Papa protegiendo al duque. Tras ser trasladado al Castillo de La Mota en Medina del Campo, se descolgó de la torre con la ayuda de un criado una noche de octubre del año 1506, pero en la bajada sufrió la fractura de las dos manos. Herido y con una orden real que ponía precio a su cabeza (10.000 ducados), César salió de Medina del Campo fingiendo ser un mercader de grano y de allí se dirigió a Santander, donde acompañado de unos comerciantes vascos arribó a Navarra reclamando la protección de su cuñado, el Rey Juan de Albret.

Desde 1452, Navarra estaba inmersa en guerra civil entre dos facciones opuestas: los agramonteses –partidarios de los reyes Juan y Catalina– y los beaumonteses –partidarios del condestable del reino, el conde de Lerín, alineado con Fernando «El Católico»–. La llegada de un hombre experimentado en la guerra fue recibida con los brazos abiertos. César fue nombrado por su cuñado capitán de los ejércitos de Navarra y se enzarzó en la fracasada conquista de la plaza beaumontesa de Larraga. Estando entretenido en el asedio a la villa de Viana, César vio como un grupo de jinetes traspasaba el cerco plácidamente para abastecer a los defensores. Montó en cólera. El hijo de Alejandro VI se lanzó a la persecución de los jinetes, que terminó en una extraña y fatídica emboscada.

César no se percató que había dejado atrás a su guardia hasta que llegó al término conocido como La Barranca Salada. En una confusa emboscada –se ha sugerido que preparada con el único propósito de eliminarle de la escena–, César fue masacrado sin que su guardia personal hiciera acto de presencia hasta horas después el 12 de marzo de 1507. Obligado a combatir en solitario contra la retaguardia de los hombres de Lerín, matando incluso a varios, César fue finalmente derribado mortalmente con una lanza de caballería. Creyéndole muerto, los soldados navarros le dejaron desnudo bajo un peñasco y huyeron con su armadura y su caballo mientras el hijo del fallecido Papa se desangraba lentamente rodeado solo de barro.

En el libro «El príncipe del Renacimiento: vida y obra de César Borgia», José Catalán Deus plantea si la emboscada de César pudo ser o no preparada por el Rey navarro a cambio de mejorar las relaciones con Francia, que amenazaba en ese momento los territorios navarros en la vertiente francesa de los Pirineos. Así, el hecho de que un experimentado militar con miles de hombres a su cargo acabase víctima de una muerte tan humillante resulta cuanto menos extraño. El estudioso Félix Cariñanos es uno de los que se inclina por la teoría del complot contra César: «Hay documentos según los cuales quien lo mató habría estado anteriormente a sus órdenes».

El cadáver de César, de 31 años, fue encontrado horas después al pie de La Barranca Salada. Fue enterrado en la Iglesia de Santa María, en Viana, con el epitafio: «Aquí yace en poca tierra/ el que toda le temía/ el que la paz y la guerra/ en su mano la tenía». Este sepulcro, sin embargo, permaneció poco tiempo en la iglesia de Santa María, ya que a mediados del siglo XVI, un obispo de Calahorra consideró un sacrilegio la permanencia de los restos de un personaje así en lugar sagrado. Mandó sacarlos y enterrarlos frente a la iglesia en plena Rúa Mayor, «para que en pago de sus culpas le pisotearan los hombres y las bestias». En 1945 fueron exhumados los restos de nuevo para ser depositados años después a los pies de la portada de la iglesia bajo una lápida de mármol blanco.

El mayor enigma de los Borgia: ¿Quién mató al hijo mayor de la familia?


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  • Juan Borgia apareció flotando en el río Tíber con el cuerpo lleno de cortes y su bolsa de dinero intacta. La leyenda negra achacó el crimen al hermano, César Borgia, porque estaba celoso del amor que Lucrecia le profesaba, pero lo más probable es que fuera una venganza política
  • TODO SOBRE LOS BORGIA (pincha en este enlace)
ABC | «La familia Borgia» por Dante Rossetti (1863).

ABC | «La familia Borgia» por Dante Rossetti (1863).

La familia valenciana que dio dos papas al mundo es recordada por su leyenda negra como ejemplo típico de nepotismo, corrupción e intrigasen el corazón de Roma. El malvado Rodrigo Borgia, nombrado Papa como Alejandro VI, la lasciva Lucrecia Borgia, el ambiciosoCésar Borgia… son algunas de las etiquetas, en su mayor parte injustas, que la historiografía y la literatura asignaron a una familia vista como extranjera y hostil entre los italianos. Entre los crímenes y misterios que rodearon a los Borgia llama especialmente la atención la extraña muerte del hijo mayor y capitán de las tropas papales, Juan Borgia, el cual fue asesinado en un callejón de Roma sin que se conocieran nunca los culpables.

Juan de Borgia y Cattanei era hijo de Rodrigo Borgia y de su amante favorita, Vannozza Cattanei. Se dice que era el hijo mayor y preferido de los que Rodrigo tuvo con esta amante, pero los historiadores ni siquiera tienen del todo claro cuál es su fecha de nacimiento, probablemente 1474. A diferencia de su hermano César Borgia, frio y calculador cuando era necesario, Juan era de carácter inestable y dado a ataques de ira, aunque también un inteligente conversador y un buen camarada en tiempos de guerra. Heredero del ducado familiar de Gandía, Juan fue nombrado por Alejandro VI capitán general de los ejércitos papales. Participó en la campaña contra los Orsini, con modestos resultados, y fue derrotado en Soriano en 1497. También luchó en la conquista de Ostia junto aGonzalo Fernández de Córdoba, «El Gran Capitán».

Entre el mito y la realidad, un episodio ya como capitán general de los ejércitos papales pone en evidencia el conflictivo carácter que se le achacaba a Juan. Una noche en el palacio del vicecanciller Sforza, al que Alejandro VI le debía en buena parte el sillón de San Pedro, el hijo de Papa comenzó a burlarse de los convidados, «holgazanes a la mesa», a lo que uno de los aludidos contestó recordando su bastardía. Juan se levantó bruscamente y abandonó la residencia de Ascanio en dirección al palacio papal. En los siguientes días, Alejandro VI hizo arrestar al hombre que proclamó la injuria contra su hijo, el cual fue condenado a la horca. El vicecanciller Sforza vio aquella escena como una ofensa hacia él y, según los rumores de la época, prometió vengarse.

Lejos de espantar la fanfarronería en Juan Borgia, el incidente en casa de Sforza fue seguido por más problemas callejeros y aventuras furtivas con las esposas de nobles de la ciudad. Juan Borgia mantuvo relaciones secretas con Sancha de Aragón y Gazela, la esposa de su hermano más pequeño, Jofré. Asimismo, otro miembro de la familia Sforza,Giovanni Sforza, que estaba casado con Lucrecia Borgia, acusó a Rodrigo Borgia y a Juan Borgia de mantener relaciones incestuosas con la que era su esposa. Se trataba probablemente de un rumor sin base, producto de la complicidad que siempre mantuvieron ambos hermanos y de la falta de sintonía entre Lucrecia y Giovanni. De hecho, el Papa anuló el matrimonio en 1497. Pero cuando el hijo mayor de los Borgia apareció ese mismo año muerto flotando en el Tíber, tanto Jofré como Giovanni Sforza entraron en la lista de sospechosos del crimen.

En vísperas de que el Papa concediera a su hijo nuevos títulos con la pretensión de hacerle candidato a la corona de Nápoles aconteció la muerte del segundo duque de Gandía, que se encontraba preparando un viaje a Valencia en compañía de su hermana. Tras una cena familiar en un viñedo del Esquilino, el 14 de junio de 1497, el duque se separó de su guardia y acompañantes, entre los que estaba su hermano César Borgia, con la presunta intención de acometer una correría amorosa a la altura precisamente del palacio del cardenal Ascanio Sforza. Acompañado de un hombre de su guardia y de un individuo misterioso del que nunca se desveló su identidad, Juan se dirigió a la plaza de los Judíos. Allí dio órdenes a su guardia de que le esperase hasta medianoche y que, si no había retornado a esa hora, regresara al palacio familiar. Pero Juan Borgia no solo no apareció esa medianoche, tampoco lo hizo a la mañana siguiente.

Poco después de iniciarse su búsqueda, el cuerpo de Juan, de 22 años, apareció flotando en las aguas del Tíber con cuchilladas en la cabeza y el torso y con la garganta cortada. No hubo testigos y el cadáver llevaba encima 30 ducados de oro, por lo que se descartó el robo como uno de los motivos del asesinato. «Mientras que el sombrío cortejo recorría las orillas del Tíber, en la margen vaticana la noche se poblaba de los gemidos desgarradores del padre, haciéndose eco al murmullo encolerizado del compacto bloque de los españoles de Roma, quienes, con la espada desenvainada, y el corazón transido por el duelo y la rabia, juraban que su señor sería vengado», describe el historiadorJacques Robichon sobre lo que las fuentes del periodo relatan del cortejo fúnebre.

¿Quién asesinó a Juan Borgia?

Los malintencionados rumores apuntaron como autores del asesinato al propio Alejandro VI y al hermano de Juan, César Borgia, celosos padre e hijo del amor que Lucrecia profesaba a Juan. El canciller papal, el alemán Johann Burchard, afirmó que el pontífice «tras secarse las lágrima, se consoló entre los brazos de madame Lucrecia, la causa del asesinato». Una apreciación sin fundamento que recogió la leyenda negra, surgida a mediados del siglo XVI: el asesino estaba dentro de la familia y la causa estaba vinculada con Lucrecia. Pero los argumentos de esta teoría eran meramente literarios (el mito de Caín y Abel con una mujer de por medio), puesto que la relación entre los dos hermanos era excelente y la relación incestuosa es una falacia vertida por los enemigos del Papa. Además, César Borgia no se benefició a ningún nivel de la muerte de su hermano, ya que sus títulos nobiliarios, como el Ducado de Gandía, pasaron directamente al hijo del fallecido.

En opinión de los autores del libro «Un inédito Alejandro VI liberado al fin de la leyenda negra», «no hay razón alguna para imaginar un fratricidio. Sí hay razones, sin embargo, y muchas, para pensar en lo más lógico: una venganza de los enemigos de los Borgia, una trampa, una emboscada». Además de los Orsini y el resto de enemigos declarados de Juan Borgia, entre los que estaba incluso Fernando «El Católico», el principal sospechoso durante mucho tiempo fue el vicecanciller Sforza, investigado a fondo a cuenta de sus encontronazos recientes con el hermano mayor de los Borgia. No se pudo demostrar su implicación, como tampoco se pudo encontrar nada contra los maridos y familiares de las muchas amantes de Juan.

Todavía hoy se trata de un crimen sin resolver,en parte por la profesionalidad furtiva de los asesinos, cuyos únicos rastros fueron el testimonio de un pescador que dijo haber visto al grupo arrojar un cadáver al agua y el trágico final del enmascarado que acompañaba a Juan. El enmascarado fue gravemente herido a manos del supuesto grupo que atacó a Juan, pero murió sin poder explicar el suceso y cuál era el mensaje que despertó el interés de Juan hasta el punto de acudir sin guardia a una cita. Se sospecha que su identidad era la de Miquelet de Prats, alcahuete de Juan de Gandía, pero tampoco se ha podido resolver este punto.

Tras la muerte de su hijo, Alejandro VI se encerró en sus habitaciones sin comer durante tres días. Aprovechando aquel golpe en su vida, el Papa quedó envuelto de un espíritu reformador que le llevó a crear una comisión en uno de los intentos de reforma más ambiciosos en la historia del Cristianismo. El resultado de aquella fueron dos gruesos volúmenes usados posteriormente en el concilio de Trento.

Solo un mes después del asesinato, el Papa dio orden de interrumpir las investigaciones policiales porque es mejor callar para preservar la paz, según declaró él mismo. Su rápida reconciliación con los Sforza, a los que eximió públicamente del crimen, advierte en qué dirección iba la conciliadora frase del patriarca de los Borgia.

Los Borgia y el odio de los italianos hacia los catalanes: así se forjó la leyenda negra


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  • Los prejuicios contra la familia valenciana que dio dos Papas al mundo procedían de la mala fama histórica que arrastraron los catalanes durante la expansión militar de la Corona de Aragón. Este recelo fue el antecedente de la leyenda negativa sobre el Imperio español en Italia
  • Familia Borgia
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Wikipedia El cuadro «Las Vísperas sicilianas», de Francesco Hayez

El Papa Julio II –el mismo que escandalizó a Lutero en 1511 por el libertinaje que vivía Roma– definió cuando todavía era cardenal al Papa Alejandro VI como «un catalán, marrano y circunciso» (catalogarle de circunciso era como llamarle judío). Aunque la familia Borgia era valenciana, una región de España en auge en ese momento, y nunca lo escondió, era tal el odio hacía los catalanes, a causa de su protagonismo militar y comercial durante la expansión de la Corona de Aragón por Italia, que la denominación se empleaba a finales del siglo XV como un insulto vinculado a la maldad y la avaricia. Todos los aragoneses en Italia eran considerados catalanes. No en vano, la hostilidad contra los catalanes, enfocada con tanta saña en la familia que dio dos Papas al mundo, forma parte fundamental de la leyenda negra que ha arrastrado España durante siglos.

La mala reputación del Imperio español en Italia, transformada en hostilidad abierta durante el reinado de Carlos I de España, tuvo su antecedente en la expansión mediterránea de la Corona de Aragón a finales de la Edad Media. Así, a comienzos de siglo XII, el Reino de Aragón se unió con el condado de Barcelona a través del matrimonio de Berenguer IV y Petronila de Aragón, formando una confederación de reinos en lo que más tarde se llamaría la Corona de Aragón. En esta entidad política, donde cada parte conservaba sus propias instituciones pero tenían un único soberano, los catalanes fueron el elemento más emprendedor, influenciados por una potente burguesía mercantil, y quienes llevaron originalmente la iniciativa durante la expansión aragonesa en el Mediterráneo. En 1282, los sicilianos se rebelaron contra el rey francés, Carlos de Anjou, que el Papa Inocencio III les había impuesto. Pedro III de Aragón aprovechó la coyuntura histórica para conquistar Sicilia con la ayuda de los almogávares, mercenarios de élite encabezados durante esta campaña por Roger de Flor. Para ello, no escatimó en violencia.

En los siglos XIV y XV, el comercio catalán adquirió extraordinaria importancia y se acentuó la rivalidad entre Barcelona y las ciudades italianas, que se quejaban de los privilegios que la Corona de Aragón otorgaba a los comerciantes catalanes en Sicilia. Cuando una comitiva de catalanes se presentó en Nápoles para entregar a Jaime de Aragón como esposa a la princesa Constanza, hija de Manfredo I de Sicilia, dejaron la impresión de miserables y recelosos, siendo descritos en «El Decamerón» de Boccaccio, a través del personaje de don Diego Della Ratte, como un pueblo avaro.

El tópico del catalán avaro surge en Italia

«Si mi hermano pudiera prever esto/ evitaría la pobreza avara de los catalanes, para no recibir ningún daño», cita el florentino Dante Alighieri en su célebre obra la «Divina Comedia» (Paraíso, canto VIII). El escritor florentino, que apoyó a los franceses durante el conflicto en Sicilia, recoge en sus versos el recelo que provocaban los catalanes en Italia y deja fe escrita de la fama histórica, basada en tópicos, que ha acompañado a los habitantes de esta región española hasta nuestros días. Cuando fue escrita esta obra poética, la mejor forma de insultar a un catalán en Italia era recordar la rigidez de sus bolsillos y referir los defectos vinculados al mal comerciante.

Lejos de amilanarse por los insultos, la Corona de Aragón continuó su expansión por Italia. En 1297, el Papa Bonifacio VIII atribuyó Cerdeña al rey Jaime II, que la conquistó en 1324. Asimismo, Alfonso «El Magnánimo» tomó en 1443 el Reino de Nápoles, aunque lo consideró una posesión personal y lo legó a su muerte a su hijo bastardo Ferrante. El litigio por decidir al fallecimiento de este último quién debía seguir al frente de Nápoles, que de facto pertenecía a Aragón, causó un conflicto entre los Reyes Católicos y Francia, donde el Gran Capitán resolvió en favor español con la ayuda de tropas castellanas.

En medio de toda esta hostilidad contra los españoles, en general, y los catalanes, en particular, la designación del valenciano Calixto III como Papa en 1455 levantó una ola de indignación por toda la península. «¡Un Papa bárbaro y catalán! Advertid a qué grado de abyección hemos llegado nosotros, los italianos. Reinan los catalanes y solo Dios sabe hasta qué punto están de insoportables en su dominio», recoge una carta dirigida a Pedro de Cosme de Médici, señor de Florencia. Aunque el pontificado de Calixto III, llamado «El Papa Bárbaro», duró solo tres años, abrió las puertas de Roma a un joven valenciano, el sobrino del Papa, que iba a elevar a su máxima expresión el odio hacia los catalanes en Italia.

ABC Cuadro «Un vaso de vino con César Borgia», de John Collier

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Cuadro «Un vaso de vino con César Borgia», de John Collier

Rodrigo de Borja nació en Játiva, Valencia, en el seno de una importante familia de nobles que habían participado de forma destacada durante la conquista cristiana del territorio valenciano a los musulmanes. Con el ascenso al papado de su tío, Rodrigo Llançol i Borja le acompañó a Roma, donde se produjo la adopción de la grafía italiana por la que serían mundialmente conocidos, pasando de «Borja» al italianizado «Borgia». A la muerte de Inocencio VIII, cuatro cardenales se destacaron en el cónclave que debía elegir a un sucesor: el milanés Ascanio Sforza, el genovés Lorenzo Cibo, sobrino del difunto, el napolitano Giuliano della Rovere, y el valenciano Rodrigo Borgia. Pese a que su condición de no italiano reducía en gran medida sus posibilidades, el cardenal valenciano fue el que finalmente fue reconocido como nuevo pontífice gracias al apoyo de Ascanio Sforza, que, viendo imposible el desempate a su favor, cedió a cambio de la vicecancillería de Roma, un poderoso cargo que había ejercido el propio Borgia durante décadas.

Alejandro VI era calificado de forma despectiva como catalán por los italianos y odiado como a uno de ellos. Así y todo, los crímenes de los Borgia (abusos en el poder, nepotismo, tráfico de influencias, etc) fueron idénticos a los de otros Papas y no alcanzaron los índices de desvergüenza de Julio II o León X, con la salvedad de que pocos pontífices han sido de nacionalidad no italiana. Más allá de los escándalos familiares y sus ambiciones personales, la actividad de Alejandro VI en la Cátedra de San Pedro resultó extraordinariamente productiva: promulgó diversas medidas de tipo jurídico, como la creación de un Tribunal Supremo compuesto por cuatro grandes doctores de Jurisprudencia, y el establecimiento de normas tendentes a evitar los abusos judiciales que se producían en los tribunales inferiores.

«Españoles, simiente de judíos, moros y herejes»

La muerte de Rodrigo Borgia, posiblemente a causa de un envenenamiento, y la caída en desgracia de sus familiares y seguidores fue celebrada por toda Italia. Sin embargo, la mala fama de los españoles no terminó con el Papa español y su leyenda negra. Con la llegada al trono de España de Carlos I de la familia de los Habsburgo, el recelo se trasladó también a los castellanos, que eran vistos como la punta de la lanza de un sistema imperial que tenía sus garras puestas en Italia. En 1527, las tropas imperiales, formadas en su mayoría por mercenarios, saquearon Roma y obligaron al pontífice del momento, Clemente VII, a refugiarse en el Castillo de San Ángelo (el antiguo Mausoleo de Adriano). En consecuencia, la intensidad del odio aumentó, aunque los soldados castellanos y aragoneses no tuvieron apenas implicación en el saqueo, y frente a la superioridad militar de los españoles –«Dio sŽera fatto Spagnuolo» («Dios estaba de su parte»)– surgió la burla italiana. De aquella época datan los chistes sobre la virtuosidad de los militares españoles presentados como bravucones y fanfarrones, como el soldado español que aparece en «La ilusión cómica» de Corneille.

Biblioteca Museo Víctor Balaguer «Saco de Roma», por Francisco Javier Amérigo Aparicio

Biblioteca Museo Víctor Balaguer
«Saco de Roma», por Francisco Javier Amérigo Aparicio

Otro ataque recurrente contra los españoles fue el llamarlos «malos cristianos» por su convivencia durante siglos con musulmanes y judíos. El Papa Paulo IV detestaba a los españoles, de los que decía ser «malditos de Dios, simiente de judíos, moros y herejes». Y sobre Carlos I y Felipe II, el napolitano afirmaba: «Quiero declararlos despojados de sus reinos y excomulgarlos, porque son herejes». Así y todo, el odio italiano contra los españoles no adquirió la virulencia mostrada por otros países del centro de Europa más tarde, como en el caso de Holanda, y se disipó conforme disminuyó la influencia de España en Italia. «Los historiadores italianos actuales son los primeros en reconocer y rehabilitar, en aspectos esenciales, la presencia de España en Italia», analiza Joseph Pérez en su libro «La leyenda negra», en contraste con los de otros países europeos que han permanecido anclados en la leyenda y las mentiras hasta hace bien poco.

Clases de historia por capítulos


Terra.es

La televisión se llena de ficciones históricas 

¿Quiénes fueron los Borgia? ¿Cuántas esposas tuvo Enrique VIII y por qué rompió con la Iglesia católica? ¿Qué presidente inició la carrera espacial en EEUU? Si tiene dudas no corra a la biblioteca, la moda televisiva de las series históricas da las respuestas. Pero cuidado, que no están libres de gazapos.

La Historia ha estado presente en la televisión con series que marcaron épocas. Fue el caso de “Yo, Claudio” (1976), una certera recreación del Imperio Romano, que se ganó el reconocimiento de la crítica y del público, a partes iguales.

Dos años después, “Holocausto” se convirtió en todo un fenómeno televisivo, que lanzó al estrellato a Meryl Streep y James Woods. Una miniserie que narraba de forma cruda el asesinato de millones de judíos a manos de los nazis y que ganó ocho premios Emmy y dos Globos de Oro.

Dos ejemplos de series históricas de éxito en las que, pese a las concesiones comerciales, la veracidad de los hechos nunca fue puesta en duda. Algo que no ha pasado con las actualesproducciones históricas que copan con éxito las televisiones.

De ‘Norte y Sur’ a ‘Rome’

Un paso intermedio fue “Norte y Sur”, una serie de 1985 sobre la guerra civil estadounidense, que dio fama a Patrick Swayze, y que estaba más cerca de un culebrón romántico que de una historia de guerra. Todo un precursor de lo que estaba por llegar.  Un boom de las series históricas, precedidas por el éxito de la novela histórica con mucho de ficción y de la versión de las películas de romanos con la que Ridley Scott arrasó en 2000, “Gladiator”.

La primera serie televisiva de esta tendencia fue “Rome”, una coproducción de la BBC (Reino Unido), la cadena de pago HBO(EEUU), y la RAI (Italia). Una serie que, según su creador, Bruno Heller, se centraba más en la psicología de los personajes que en la historia en sí misma. Y que se saltaba la línea real de los hechos para dar agilidad al relato, además de permitirse licencias como no mencionar la batalla de la Dyrrhachium, en la que Pompeyo venció a Julio César.

Errores también menores en “John Adams” (2008), una miniserie realizada por el oscarizado Tom Hooper (“The King’s speech”) sobre ese presidente estadounidense, en la que deslices de fechas y alguna que otra confusión de personajes no deslucen el fantástico trabajo de Paul Giamatti. Poca cosa comparada con la flexibilidad histórica de otras series.

‘The Tudors’, mucho sexo para una ficción que rodea la historia

Es el caso de “The Tudors”, que “en sí no es una serie histórica, si no una mezcla entre ficción y realidad“, como señalan desde los canales que la emiten. Esta preciosista producción de HBO, protagonizada porJonathan Rhys Meyers, que ya desde su primera emisión, en 2007, causó un fuerte revuelo por el exceso de sexo en esta recreación de la vida de Enrique VIII.

Un rey poco agraciado, y pelirrojo, según los datos históricos de que se dispone. Y que en la versión televisivaadquiere el rostro del guapo Rhys Meyers, que además viste al estilo isabelino, y cuyas dos hermanas –María y Margarita– se fusionan en una -Margarita- para la ficción televisiva. Portugal es un país pobre y no un reino poderoso con territorios en ultramar; Ana Bolena es ejecutada sin cubrirle los ojos y se habla del Vaticano con ligereza, un Estado que no se fundó hasta 1922.

Un portavoz de la BBC, tras la emisión del primer episodio en el canal británico y ante las quejas recibidas, señaló: “‘The Tudors’ no es un documental dramático y, como todas las series, es razonable esperar una cantidad adecuada de licencias artísticas y permitir a los escritores que interpreten e inventen hechos históricos”.

La historiadora y escritora Alison Weir, autora de “Las seis viudas de Enrique VIII”, comparó la serie con “un cuento de hadas de Hollywood”. Tal ha sido el revuelo que hasta hay blogs en internet que se dedican a buscar los errores de la serie.

‘The Kennedy’, más allá de la realidad

Pero aún peor ha sido la recepción de la serie sobre la vida de la familia Kennedy en lo que a veracidad se refiere. Esta esperada ficción, protagonizada por Greg Kinnear y Katie Holmes, fue rechazada en enero por el Canal Historia de EEUU, que fue uno de los impulsores del proyecto. Una campaña popular tuvo parte de la culpa del rechazo.

Theodore Sorensen, el que fuera asesor y portavoz de John Kennedy, se quejó a la revista Times, poco antes de fallecer, de la poca exactitud del guión cuando el proyecto estaba aún en preparación y afirmó que el enfoque era“vengativo y malicioso”.

Además, la web StopKennedySmears.com alentaba a los visitantes a boicotear al Canal Historia hasta que se negara a emitir la serie, lo que finalmente hizo al considerar que la ficción no encajaba en el esquema sobre Historia de la cadena.

La recién llegada, ‘The Borgias’

Con un espíritu de mayor permanencia, al estilo de “The Tudors”, acaba de llegar a las pantallas “The Borgia”, dirigida por Neil Jordan y protagonizada nada menos que por Jeremy Irons. Una cuidada adaptación y un vestuario de lujo no esconden los primeros errores detectados en esta serie sobre la famosa y retorcida familia renacentista.

Desde la aclamación de un papa español -en lugar de valenciano, término que se usaba en aquel momento- hasta el hecho de que la relación de Alejandro VI con una mujer -la madre de sus hijos- fuera un escándalo, cuando eran hechos aceptados normalmente por la sociedad.

Y la tan comentada relación incestuosa entre César y su hermana Lucrecia es un hecho que nunca se ha podido verificar. Naderías en comparación con el placer que ofrecen estas ficciones televisivas, que añaden todos los elementos necesarios para satisfacer a una audiencia cada vez más difícil. Lo único que no hay que olvidar es que, partan de donde partan estas series, no dejan de ser ficción, y no pueden sustituir a las lecciones de Historia.