1827 – Batalla de Juncal


La batalla de Juncal fue librada por las escuadras de las Provincias Unidas del Río de la Plata, al mando del almirante Guillermo Brown, y del Imperio de Brasil, bajo el comando del capitán de fragata Sena Pereira, los días 8 y 9 de febrero de 1827, en el curso superior del Río de la Plata, que entonces se lo consideraba como parte del río Uruguay.

En las dos jornadas se enfrentaron fuerzas parejas; pero, a resultas de una superior inteligencia militar, conducción, oficialidad y entrenamiento de los artilleros, doce buques fueron apresados, tres incendiados y sólo dos pudieron escapar, mientras que la flota argentina no sufrió la pérdida de ningún navío.

La Tercera División brasileña destinada a obtener el control del río Uruguay, de manera de aislar al ejército argentino que operaba en la Banda Oriental y se proyectaba en territorio del Brasil y promover la separación de las provincias del litoral argentino, fue completamente destruida por la escuadra argentina en la que resultó la mayor victoria naval del bando republicano en la guerra del Brasil.

 

El conflicto

Continuando su tradicional política de expansión hacia la cuenca del Plata, los lusobrasileños invadieron entre 1816 y 1820 la Provincia Oriental, con la excusa de combatir a las fuerzas de José Gervasio Artigas, y la incorporaron al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve con el nombre de Provincia Cisplatina. Tras la Independencia de Brasil en 1822, el emperador Pedro I mantuvo la ocupación.

Si bien el gobierno de Buenos Aires sostuvo una actitud expectante ante una invasión que eliminaba un adversario aún a costa de la pérdida de una provincia, la opinión pública en todo el país exigía la ruptura con Brasil.

El 19 de abril de 1825 con el apoyo de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, una pequeña expedición — los llamados Treinta y Tres Orientales — partió de San Isidro al mando de Juan Antonio Lavalleja y de Manuel Oribe y desembarcó en las costas orientales del río Uruguay.

Pronto consiguieron sumar a su movimiento a la población de la campaña uruguaya, pusieron sitio a Montevideo y, reunidos en el Congreso de la Florida, solicitaron reincorporarse a las Provincias Unidas del Río de la Plata. El pedido fue aceptado por el Congreso Argentino. Ante esto, Brasil declaró la guerra, paso que dieron a su vez las Provincias Unidas el 1 de enero de 1826.

La República puso al mando del ejército a Carlos María de Alvear, mientras que encargó al almirante Guillermo Brown la conformación de una flota. Brasil contaba con el doble de efectivos, buena parte de los cuales eran mercenarios alemanes, mientras que su flota con 80 unidades — algunas de gran porte — era varias veces superior en número y potencia de fuego a la flotilla republicana.

La escuadra brasileña estableció rápidamente un bloqueo, al que la República respondió con acciones de corso y salidas audaces de su exigua escuadra.

Acciones previas

La Tercera División Imperial

A comienzos del segundo año de la guerra, aprovechando su amplia superioridad numérica, las fuerzas navales del Imperio destacadas en el Río de la Plata, al mando del almirante Rodrigo Pinto Guedes, se separaron en tres divisiones:

  • la Primera División, “Oriental“, para asegurar la costa oriental (Uruguay) desde la desembocadura del río Uruguay hasta el océano Atlántico. El grueso de la fuerza se destinaría a la División “Mariath”, al mando de Frederico Mariath, que daría apoyo a la Tercera División.
  • la Segunda División, “Bloqueo“, para impedir el tráfico marítimo y fluvial hacia y desde el puerto principal de Buenos Aires y los secundarios de la costa bonaerense (Las Conchas, Ensenada de Barragán y El Salado), al mando del capitán John Charles Pritz.
  • la Tercera División Naval Imperial, que al mando del capitán de fragata Jacinto Roque de Sena Pereira debía internarse en el río Uruguay, para dividir el frente argentino explotando las diferencias políticas de la Provincia de Entre Ríos con Buenos Aires, exacerbadas con motivo de la aprobación de la Constitución Unitaria de 1826, controlar el río Uruguay en toda su extensión, cortar consiguientemente la línea de suministro a la fuerza expedicionaria argentina que combatía ya en territorio brasileño, y para facilitar un eventual ataque de flanco que ocupara Entre Ríos.

Primer avance argentino

Ante la amenaza, y enfrentando tres fuerzas — cada una de ellas similar o superior a la propia — Brown respondió con rapidez, organizando una escuadra con el objetivo de avanzar sobre la boca del Uruguay, buscar y aniquilar la Tercera División.

Simultáneamente, para dificultar el envío de refuerzos de la División Oriental brasileña a Sena Pereira y asegurar así sus espaldas, dispuso fortificar la isla Martín García (fue llamada “La Fortaleza de la Constitución”), mientras que para la defensa de la costa bonaerense dejó atrás a su buque insignia, el Bergantín Independencia, al Bergantín República, la Barca Congreso y cuatro cañoneras, al mando del capitán de Marina Leonardo Rosales.

Típica en Brown, la medida era audaz, dado que en teoría la escuadra enviada era, en el mejor de los casos, de similar potencia a la brasileña; mientras que, tanto la fuerza de Martín García como la de defensa de Buenos Aires, eran claramente insuficientes para sus propósitos.

El 26 de diciembre de 1826 zarpó la escuadra argentina, arribando al río Uruguay el 28 de diciembre. Encontrando una escuadrilla de la Tercera División inició la persecución, dándole alcance el día 29 en el Yaguarí. Brown envió al comandante brasileño como emisario a John Halstead Coe, capitán de la Sarandí, intimándolo a la rendición, pero Sena Pereira tomó prisionero al parlamentario; con ello dio inicio al combate, que se extendió al día 30 de diciembre. Dada la falta de viento y la estrechez del canal que impedía maniobrar adecuadamente, la acción no pasó de una escaramuza.

Impedido de acceder al estrecho canal, Brown se retiró al sur hacia Punta Gorda para esperar a los brasileños. Previamente desembarcó un destacamento en la isla Vizcaíno para eliminar el ganado y envió instrucciones a la milicia de Santo Domingo de Soriano para que obstaculizara el abastecimiento de los brasileros. Estos últimos se retiraron hacia el norte, hasta Concepción del Uruguay (en la época todavía se la solía llamar Arroyo de la China), donde consiguieron alimentos.

Considerando la amenaza de la División Mariath sobre su retaguardia, Brown decidió regresar a Buenos Aires en búsqueda de refuerzos para Martín García. También encargó a Rosales regresar la Goleta Sarandí al Uruguay por el Paraná de las Palmas mientras ultimaba los preparativos, finalizados los cuales se reintegró a la flota, embarcado en una pequeña ballenera.

Preparativos

El 6 de enero se iniciaron los trabajos de fortificación. La División Mariath inició un avance sobre la isla con la corbeta Maceió, 4 bergantines y 5 goletas. El día 18, por dos veces, Brown ordenó salirles al encuentro; tras el cañoneo, la flota brasilera se retiró.

Brown deseaba por un lado atraer a la Tercera División al combate, pero también evitar que se uniera a la División Mariath, o que ésta atacara su retaguardia. Para lograrlo contaba con excelentes informes diarios de inteligencia, por lo que podía seguir los movimientos de la escuadra imperial e incluso influir en ellos. En efecto, el emisario enviado por Rodrigo Pinto Guedes con instrucciones para Sena Pereira había sido cooptado por patriotas en Montevideo, con lo que pasaba primero a dar novedades a Brown. Así, tuvo noticias de que Pinto Guedes comunicaba a Sena Pereira las órdenes dadas a Mariath de avanzar por el sur. Brown agregó a esas instrucciones la indicación de que la Tercera División debía bajar para el 7 de febrero y encontrarse con Mariath. Brown consideraba para esa fecha tener finalizadas las obras de fortificación y las baterías en Martín García, con lo que confiaba en mantener separado a Mariath, y por otro lado, forzar a la Tercera División a la batalla.

Los trabajos en el nuevo fuerte se aceleraron. Brown mismo trabajó de maestro albañil en la Santa Bárbara subterránea. El día 5 de febrero, las instalaciones estuvieron listas y Brown en un acto solemne le dio el nombre previsto, “Constitución”. En su discurso a la guarnición, le hizo saber que muy probablemente en dos días la Escuadra Argentina se batiría con la de Sena Pereira.

A comienzos de febrero se tuvo noticias de que la Tercera División se aprovisionaba en Arroyo de la China. El 3 de febrero había ya dejado Paysandú y el 6 de febrero se acercaban a Higuerita (actual Nueva Palmira), adonde arribó el 7. El mismo día 7, Brown trazó su plan de batalla, indicando a cada buque cual sería su objetivo. A las diez de la noche, la vanguardia argentina alcanzó la boca del río Paraná Guazú y se detuvo a esperar al resto de la flota.

La batalla

Las fuerzas contendientes

La escuadra argentina contaba con quince buques, entre ellos tres buques mayores: la Goleta Sarandí, nave insignia, al mando directo de Brown, la Goleta Maldonado al mando del joven Francisco Drummond -prometido de la hija de su comandante- y el Bergantín Balcarce, con catorce cañones de a seis y ocho, al mando del capitán Francisco José Seguí. Completaban la escuadra las goletas Pepa (al mando de Calixto Silva), Guanaco (Guillermo Enrique Granville), Unión (Malcolm Shannon), la sumaca Uruguay (Guillermo Mason) y ocho cañoneras. En total, 69 cañones y una dotación de unos 750 hombres.

La escuadra brasileña contaba con 17 naves (1 bergantín, 11 goletas y 5 cañoneras): la Goleta Oriental, nave insignia, al mando del Capitán Jacinto Roque de Sena Pereira, el Bergantín Dona Januária al mando de Pedro Antonio Carvalho, la Goleta Bertioga, comandada por el Teniente George Broom, la Liberdade do Sul al mando del teniente Augusto Venceslau da Silva Lisboa, la 12 de Outubro, la Goleta Fortuna (buque hospital), la Goleta Vitoria de Colonia, la Goleta Itapoã bajo el comando del teniente Germano Máximo de Souza Aranha, la Goleta 7 de Março, la Goleta Brocoió al mando del tte. Francisco de Paula Osório, la Goleta 9 de Janeiro, la Goleta 7 de Setembro, dos cañoneras tipo goleta (“gun schooner“), la Atrevida y la Paraty y las cañoneras Cananéia, Paranaguá e Iguapé. En total, unos 65 cañones aproximadamente y una dotación de unos 750 hombres. Por primera y única vez en la guerra, existía una relativa paridad en las fuerzas contendientes; o, al menos, la ventaja brasilera no era tan grande.

Disposición de batalla

La escuadra argentina fondeó al anochecer del día 7 entre la isla Juncal y el banco oeste del río. Al amanecer del 8 de febrero de 1827 divisó las velas brasileñas dirigiéndose río abajo, aprovechando el viento suave del norte, por lo que Brown ordenó levar anclas y colocó sus barcos en línea de batalla oblicuamente al sudeste desde la isla Juncal. La goleta Sarandí formaba en centro, en vanguardia la Maldonado y en retaguardia el Bergantín Balcarce.

La flota brasileña continúo su avance hasta que, habiendo cesado el viento, fondeó a las 11:30, a 1.000 yardas de la línea argentina, con su nave insignia Oriental en el centro.

Comienzo de la acción

El clima era tormentoso, húmedo y caluroso, con vientos leves y en extremo variables en su dirección, lo que era habitual para la época del año en el litoral.

Apenas fondeó sus naves, Sena Pereira hizo soltar un brulote hacia la flota enemiga, pero éste fue hundido en pocos minutos por la artillería argentina.

Al mediodía Brown ordenó adelantar a remo a seis de sus cañoneras, las que abrieron fuego a larga distancia con sus cañones de 18 libras. Los cañones largos argentinos tenían en general mayor alcance y la precisión de sus artilleros era superior. No obstante, el intercambio duró sólo un par de horas, dado que una repentina sudestada separó a los adversarios forzándolos a suspender el combate.

Los brasileños quedaron en posición dominante — a barlovento — por lo que Sena Pereira intentó ordenar a sus barcos en línea de ataque. Pero las maniobras de sus navíos fueron desastrosas: la goleta Liberdade do Sul encalló, mientras que el bergantín Dona Januária se salió de formación, desvió su rumbo y quedó al alcance del fuego simultáneo del General Balcarce, la Sarandí y tres cañoneras.

A las 15:00 el viento cesó nuevamente, por lo que la acción se redujo al cañoneo de larga distancia. La visibilidad estaba reducida por el humo de los cañones, cuyo sonido era audible en lugares tan alejados como Buenos Aires y Colonia del Sacramento.

Finalmente se desató la tormenta. Los barcos se esforzaron infructuosamente en mantener sus posiciones. El General Balcarce se asentó sobre sus cuadernas terminales, pero logró mantenerse a flote.

La tormenta amainó y fue reemplazada por una brisa del nordeste, lo que intentó aprovechar Sena Pereira para retirarse hacia el norte y tomar mejores posiciones.

Nuevamente la maniobra fue malograda. El 12 de Outubro sólo pudo ser salvado con el auxilio de las restantes naves, mientras que la goleta hospital Fortuna no pudo fondear, derivando hacia las líneas argentinas, donde fue capturada. El teniente John Halstead Coe, prisionero a bordo desde su parlamento de diciembre de 1826, fue liberado. Sólo a medianoche el escuadrón imperial consiguió reunir a sus navíos y fondear en desordenada formación río abajo, cerca de la isla Sola.

Segundo día

Exhaustos, los brasileños no fueron capaces de planificación alguna. Apenas amaneció, el capitán Sena Pereira se embarcó en el Oriental para definir con sus capitanes el plan de batalla: básicamente, si combatir navegando o fondeados. No hubo decisión, y Sena Pereira resolvió decidir su táctica sobre la marcha.22

Por su parte, Brown estaba listo. A las 8:00, con brisa del sudeste, ordenó izar en el mástil de la Sarandí un paño de bandera rosa, señal para que la flota ocupara la posición de barlovento, virasen y avanzasen en línea contra los brasileños.

Sena Pereira ordenó formar en línea y fondear. Pero, nuevamente, la respuesta fue de confusión y desorden; algunas de las cañoneras salieron de formación, derivando a sotavento. Gritando con un megáfono trató inútilmente de poner orden. Pero, ante la rápida y ordenada aproximación argentina, cambió su decisión, ordenando ahora recibir al enemigo con las velas izadas.

La Dona Januária, la Bertioga y la Oriental avanzaron con rapidez, pero terminaron con ello de romper la formación, dado que el resto de los barcos quedaron atrás y dispersos, muchos fuera de línea. Los tres barcos líderes quedaron así prontamente bajo el fuego del General Balcarce y la vanguardia argentina que llegaba cañoneando.

Seguí, al mando del General Balcarce, se lanzó sobre la Januária y con una descarga de banda pronto consiguió destrozar su bauprés. Con la siguiente derribó el trinquete, y causó tales averías que la embarcación estuvo a punto de zozobrar. Sena Pereira ordenó a la pequeña goleta Vitoria de Colonia remolcar el bergantín, pero la goleta Uruguay tomó posición impidiéndolo.

El ataque fue tan rápido y devastador que su capitán, el teniente Pedro Antonio Carvalho, ordenó que sus cañones se concentraran en la artillería argentina y que un equipo procurara hundir el barco mientras él, con parte de la tripulación, abandonaba el navío dirigiéndose en los botes a la costa este.

Por su parte Drummond, comandante de la Maldonado, atacó a la Bertioga, al mando de un antiguo camarada de armas, el teniente George Broom. El disparo certero del cañón pesado de una cañonera argentina derribó el mástil principal del Bertioga; el cual, incapacitado para maniobrar, fue obligado a rendirse tras media hora de combate.

Mientras tanto, el General Balcarce de Seguí lideró un ataque combinado sobre la goleta Oriental. El fuego cruzado inutilizó los cañones, dejó la mitad de las carronadas destruidas y provocó 37 bajas, incluyendo entre los heridos al comandante Sena Pereira.

Pese a las pérdidas los brasileños no arriaron la bandera, dado que había sido clavada al mástil y, como refirió un cronista “no había a bordo hombre sano que subiera a desclavarla. Estaban contusos, heridos y muertos sus tripulantes, siendo de los primeros el jefe y muertos cuatro timoneles”. Finalmente la nave insignia fue abordada y el capitán Francisco Seguí aceptó del comandante brasileño su espada en señal de rendición.

Decidida la jornada a favor de los republicanos, las goletas y cañoneras imperiales sobrevivientes cesaron el fuego y huyeron.

Brown traspasó el comando al General Balcarce y ordenó a la Sarandí y a las cañoneras continuar la persecución. Abordando la rendida nave capitana, al recibir la espada del comandante brasileño insistió en obsequiarla a Francisco José Seguí con las palabras “Usted es el héroe”.

Brown se retiró con cuatro de las presas hacia Martín García para repararlas, escribir su parte y prepararse para un eventual intento de la División Auxiliar de Mariath, estacionada al sur de la isla, de forzar el paso al norte.

Martín García

Efectivamente, las órdenes del capitán Mariath, al frente de un escuadrón de diez barcos, consistían en superar Martín García, tomar la retaguardia de la escuadra argentina y reforzar a la Tercera División de ser preciso.
No obstante, aún mientras ya se oía de tronar de los cañones en la lejanía, la aproximación era en demasía lenta y cautelosa. Mariath envió en vanguardia una goleta para verificar las aguas del Canal del Infierno, del lado este de la isla.

Dado que sus cañones pesados, 9 piezas fijas de 24, estaban situados del lado oeste frente al Gran Canal, la guarnición argentina desplazó al este las baterías móviles consistentes de 2 cañones de a 12 y un lanzador de Cohetes a la Congreve para cubrir un posible desembarco.

No obstante, no tuvieron necesidad de combatir: la goleta brasileña encalló y fue imposible reflotarla, por lo que Mariath descartó definitivamente el canal interno como vía de avance. En vez de revertir sobre el canal oeste, o intentar forzar nuevamente el paso por el Canal del Infierno, que su piloto juzgaba posible, el comandante brasileño inició un duelo de artillería con las baterías de Martín García, hasta que la tormenta le obligó a suspender la intrascendente acción.

Mariath consideraba que las aguas poco profundas, el tiempo inestable y las baterías de Martín García hacían muy riesgoso el pasaje por la isla. Así, al día siguiente, en la jornada del día 9, mientras la Tercera División era aniquilada, la División Auxiliar permanecía a la distancia como mera espectadora. El 10 de febrero decidió finalmente retirarse en dirección a Colonia del Sacramento, adonde arribaría recién una semana después.

La primera noticia de la derrota la llevaron, en la madrugada del 12 de febrero, ocho sobrevivientes del Oriental. Al mediodía llegó para confirmarla el bote del teniente Carvalho. El 14 arribó el Dona Paula, escoltando a la goleta Vitoria de Colonia y a una cañonera, los únicos barcos brasileños sobrevivientes.

La persecución

El día siguiente de la jornada fue capturada la goleta Brocoio, mientras que, poco después, dos cañoneras — la Paraty y la Iguapé — encallaron en su huida por la boca del Paraná y fueron también capturadas.

De la Tercera División sólo quedaban en operación, huyendo al norte aguas arriba del Uruguay, las goletas Liberdade do Sul, Itapoã, 7 de Março, 9 de Janeiro y 7 de Setembro, las cañoneras Cananéia y Paranaguá, un lanchón de 12 remos y dos lanchas más pequeñas. Había tomado el mando el teniente Germano de Souza Aranha, comandante de la goleta Itapoã. En la retirada, la Liberdade do Sul, la Itapoã y la 7 de Março, dañadas por el combate, fueron encalladas en un paraje llamado San Salvador e incendiadas. Los buques sobrevivientes siguieron hacia el norte, conduciendo hacinados en las pequeñas embarcaciones a 351 sobrevivientes, entre oficiales y tripulantes, con la intención de rendirse a las autoridades de la Provincia de Entre Ríos.

Finalizada rápidamente la reorganización de sus fuerzas y desaparecida la amenaza de la División Mariath, ya el 14 de febrero Brown volvió al río Uruguay en la Maldonado y, con otros seis buques, salió en persecución de los sobrevivientes de Juncal. Al arribar el 15 a Fray Bentos, Brown recibió la novedad de que Souza Aranha, tras arrojar sus cañones por la borda, había rendido sus barcos al gobernador de Entre Ríos. El almirante fondeó frente a Gualeguaychú y solicitó la entrega de las naves y los prisioneros. Las autoridades entrerrianas resistieron la entrega, considerando que debía primar la capitulación efectuada ante la provincia. Brown rechazó de plano esa exigencia y montó una operación combinada por tierra y agua que le permitió capturar las embarcaciones refugiadas.32

Navíos de la Tercera División
Goleta Oriental Capturada 29 de Diciembre
Goleta Bertioga Capturada 9 de Febrero
Bergantín Dona Januária Capturado 8 de Febrero
Goleta Brocoió Capturada (Paraná) 30 de Julio
Cañonera Paraty Capturada (Paraná) Cañonera N° 13
Cañonera Iguapé Capturada (Paraná) Cañonera N° 4
Goleta 12 de Outubro Capturada (Entre Ríos) Goleta 18 de Enero
Goleta 9 de Janeiro Capturada (Entre Ríos) 11 de Junio
Goleta 7 de Setembro Capturada (Entre Ríos) 25 de Febrero
Cañonera Cananéia Capturada (Entre Ríos) Cañonera N° 7
Cañonera Paranaguá Capturada (Entre Ríos) Cañonera N° 6
Goleta Libertade do Sul Incendiada
Goleta Itapoã Incendiada
Goleta 7 de Março Incendiada
Goleta Fortuna Capturada Liberada
Goleta Vitoria de Colonia Sobreviviente
Cañonera Atrevida Sobreviviente

Consecuencias

Con doce buques apresados, tres incendiados y sólo dos que pudieron escapar, la batalla implicó una considerable pérdida para los brasileños y representó el mayor triunfo de la escuadra argentina.

En el escenario general de la guerra, frustró el intento de cortar las líneas de la fuerza expedicionaria y de liberar el río Uruguay para una ofensiva sobre el litoral argentino, que posiblemente hubiera puesto fin a la Confederación misma o, al menos, hubiera producido la escisión de sus provincias litorales.

En Buenos Aires, Brown fue recibido con fogatas y orquestas. Se había convertido en el hombre más popular de la República.

Sena Pereira quedó prisionero de Brown. Este reconoció su valentía y lo recomendó a su gobierno, “por su bravura e intrépida defensa, que lo presentan como un compañero de armas”. No obstante, Sena Pereira se fugó, faltando a la palabra empeñada. A principios de 1829, sería uno de los que entregaran la plaza de Montevideo a los orientales.

La victoria naval republicana en Juncal fue seguida rápidamente por la terrestre del 20 de febrero de 1827 en Ituzaingó y la del 28 de febrero de 1827 en Carmen de Patagones. A partir de ese momento, la situación del conflicto llegó a un punto muerto: el Imperio había sido vencido militarmente en varios frentes, pero las Provincias Unidas aún no lograrán controlar Montevideo y Colonia, las dos mayores ciudades de la Banda Oriental, que aún estabán bajo el control de Brasil. Con la batalla de Monte Santiago, Brasil logró imponer supremacia naval: tras Monte Santiago ya no se podría combatir más en “línea de fila”, ya no sería posible enfrentar abiertamente a unidades enemigas de mediano o mayor poder. La flota argentina quedó reducida a unas pocas goletas y cañoneras que solo alcanzaban para defender el puerto, hostigar los avances imperiales sobre el puerto del Salado al sur y por el norte dar apoyo de convoy a los transportes de refuerzos y abastecimientos al frente oriental. El embajador británico en Río de Janeiro, Sir Robert Gordon, escribiría a lord Ponsonby: “Los recursos de este Imperio parecen inmensos y creyendo como yo que Brown -grande como es- no puede con sus goletas aniquilar a la armada brasileña, simplemente tendrá Ud. al bloqueo restablecido con mayor vigor”. Así, la lucha en alta mar quedaría reducida por el resto de la contienda a los esfuerzos de los corsarios.

Como el historiador militar británico Brian Vale dijo, ” […] Juncal había hecho poco para empujar el Imperio en la dirección de la paz. Ahora en Monte Santiago, dos de los bergantines de guerra preciosos de la Argentina habían sido destruidos y el mejor de su Armada rotundamente derrotado. La abrumadora superioridad de la Marina brasileña en el mar se afirmó de una manera que ni la audacia de William Brown o las fragatas recién compradas de Ramsay en serio podrían desafiar “.

Esta situación conduciría finalmente a la firma de la Convención Preliminar de Paz, por la que la Provincia Oriental — se independizó como el Estado Oriental del Uruguay.

Batalla de Juncal
Guerra del Brasil
Fecha 8 y 9 de febrero de 1827
Lugar Isla Juncal, Río de la Plata
33°57′15″S 58°23′45″O
Coordenadas 33°57′15″S 58°23′45″O (mapa)
Resultado Victoria de las Provincias Unidas del Río de la Plata Flag of Argentina (1818).svg
Beligerantes
Flag of Argentina (1818).svg Provincias Unidas del Río de la Plata Flag of Empire of Brazil (1822-1870).svg Imperio del Brasil
Comandantes
Flag of Argentina (1818).svg Guillermo Brown Flag of Empire of Brazil (1822-1870).svg Jacinto Roque de Sena Pereira
Fuerzas en combate
1 Bergantín
5 Goletas
1 Sumaca
8 Cañoneras [69 cañones] 745-780 hombres.
1 Bergantín
11 Goletas
5 Cañoneras [61 cañones] 750 hombres.
Bajas
ningún buque, 17 muertos 1 Bergantín
10 Goletas
4 Cañoneras
sin datos de muertos

1710 – Batalla de Villaviciosa


La batalla de Villaviciosa tuvo lugar el 10 de diciembre de 1710 durante la Guerra de Sucesión Española, un día después de la batalla de Brihuega.

El Duque de Vendôme y Felipe V por Jean Alaux, Versalles

Preludio

Después de tener que abandonar Madrid por la imposibilidad de defenderla con éxito, las tropas leales al Archiduque Carlos iniciaron una retirada ordenada hacia Barcelona, hostigadas ocasionalmente por guerrilleros a favor de Felipe V de España. El ejército franco-español presente en el centro de España, capitaneado por Luis José de Borbón, Duque de Vendôme, empezó una persecución agresiva con el objetivo de derrotar de forma definitiva a las fuerzas aliadas presentes en la península Ibérica. Pronto dio alcance a la retaguardia, el grupo británico de 4.000 a 5.000 hombres, al mando de James Stanhope, Primer Conde de Stanhope. El 8 de diciembre de 1710 se enfrentaron ambas fuerzas en Brihuega, y los ingleses, ampliamente superados en número, fueron completamente derrotados y hechos prisioneros los supervivientes, tras oponer feroz resistencia.

La batalla de Villaviciosa

Guido von Starhemberg, que había recibido demasiado tarde noticias del peligro en que se encontraba el grupo británico, retrocedió de inmediato y plantó cara al ejército franco-español en una sangrienta batalla en los alrededores de Villaviciosa de Tajuña. El ejército aliado mantuvo el control del campo de batalla, pero ambos bandos la consideraron una victoria.

Resultado

A pesar del empate técnico, la batalla supuso un éxito para Vendôme, ya que el ejército del Archiduque, aunque logró proseguir su retirada de forma ordenada, se vio aún más debilitado y fue hostigado a cada paso por los irregulares y la caballería franco-española. Para cuando llegaron a Barcelona el 6 de enero de 1711, se había visto reducido a unos 6.000 o 7.000 hombres, y la ciudad era prácticamente el único enclave español en reconocer la autoridad del Archiduque Carlos.

Orden de batalla

El ejército franco-español bajo las órdenes del duque de Vendôme formó de la siguiente manera (el rey Felipe V participó en la batalla, en los escuadrones de caballería del ala derecha):

Primera línea:

Ala derecha: Escuadrones de Caballería, al mando del marqués de Valdecañas, auxiliado por el teniente general Armendariz, el mariscal de campo Ronquillo y el brigadier Melchor de Portugal:

  • Dragones de Caylus.
  • Dragones de Vallejo (tres escuadrones).
  • Dragones de Osuna.
  • Caballería de Guardias de Corps (cuatro escuadrones).
  • Caballería de Granada Viejo.
  • Caballería de Piñateli.
  • Caballería de Órdenes Viejo (cuatro escuadrones).

Centro: 16 batallones de Infantería al mando del conde de las Torres, auxiliado por el capitán general marqués de Toy, el teniente general marqués de la Ber, el mariscal de campo conde Harcelles y los brigadieres Rufo, Charni, Rivadex, Rupelmonde, Borbón y Terri:

  • Infantería de Guardias Españolas de Amézaga (tres batallones).
  • Infantería de Guardias Walonas (tres batallones).
  • Infantería de Comesfort (un batallón).
  • Infantería de Castellar (un batallón).
  • Infantería de Gueldres (un batallón).
  • Infantería de Benmel (un batallón).
  • Infantería de Santal de Gende (un batallón).
  • Infantería de Armada (un batallón).
  • Infantería de Lombardía (un batallón).
  • Infantería de Milan (un batallón).
  • Infantería de Uribe (un batallón).
  • Infantería de Mulfeta (un batallón).

Ala izquierda: Escuadrones de Caballería y Dragones al mando del conde de Aguilar, auxiliado por el teniente general Mahony, los mariscales de campo Conde de Montemar y Joseph de Amézaga, y el brigadier Crevecoeur:

  • Dragones de Marimon.
  • Dragones de Quimalol.
  • Dragones de Grinao.
  • Caballería de Santiago Viejo.
  • Caballería de Bargas.
  • Caballería de la Reina (cuatro escuadrones)

Segunda línea:

Ala derecha: Escuadrones de caballería al mando del conde de Merode, subordinado al marqués de Valdecañas. Estaba auxiliado por el mariscal de campo Tomás Idiáquez y el brigadier Pozoblanco:

  • Caballería de Asturias (cuatro escuadrones).
  • Caballería de La Muerte.
  • Caballería de Pozoblanco (cuatro escuadrones).
  • Caballería de Estrella.
  • Caballería de Lanzarote (tres escuadrones).
  • Caballería de Extremadura (tres escuadrones).

Centro: 15 batallones de Infantería al mando del teniente general Pedro de Zúñiga, auxiliado por el mariscal de campo Grafton, y los brigadieres Correa, Pertoni, Hercel, Pedroche, Estrada y duque de Petroameno:

  • Infantería de Castilla (un batallón).
  • Infantería de Murcia (un batallón).
  • Infantería de Trujillo (un batallón).
  • Infantería de Saboya (un batallón).
  • Infantería de Écija (un batallón).
  • Infantería de Mar de Nápoles (un batallón).
  • Infantería de Extremadura (un batallón).
  • Infantería de Toledo (un batallón).
  • Infantería de Sicilia (un batallón).
  • Infantería de Coria (un batallón).
  • Infantería de Bajeles (un batallón).
  • Infantería de Vitoria (un batallón).
  • I Cuerpo de Infantería de Segovia (un batallón).
  • II Cuerpo de Infantería de Segovia (un batallón).
  • Infantería de Napoles (un batallón).

Ala izquierda: Escuadrones de Caballería al mando del teniente general Navamorquende, subordinado al conde de Aguilar. Estaba auxiliado por el mariscal de campo Cárdenas y el brigadier Carvajal:

  • Caballería de Rosellón Nuevo (cuatro escuadrones).
  • Caballería de Granada Nuevo.
  • Caballería de Velasco.
  • Caballería de Carvajal.
  • Caballería de Raja.
  • Caballería de Jaén
  • Caballería de Rosellón Viejo (cuatro escuadrones)

Artillería: al mando del Capitán General de Artillería Manuel Coloma Escolano, marqués de Canales, quien dispuso sus 23 cañones en dos líneas.

Batalla de Villaviciosa
la Guerra de Sucesión Española
Fecha 10 de diciembre de 1710
Lugar Villaviciosa de Tajuña (Guadalajara)
Coordenadas 40°47′11″N 2°50′11″O (mapa)
Resultado Empate táctico; Victoria estratégica franco-española
Beligerantes
Bandera de España España fiel a Felipe
Bandera de Francia Francia
Bandera de España España fiel a Carlos
Bandera de Austria Austria
Bandera de los Países Bajos Provincias Unidas
Bandera de Portugal Portugal
Comandantes
Luis José de Vendôme Guido von Starhemberg
Fuerzas en combate
Total: 17.000

  • 10.000 infantes
  • 7.000 jinetes
Total: 11.000 -15.000

  • 9.000 infantes
  • 6.000 jinetes
Bajas
entre 2.000 y 3.000 muertos o heridos 3.000 muertos y heridos
5.000 prisioneros

1348 – Batalla de Mislata


La batalla de Mislata tuvo lugar el 9 de diciembre de 1348, en ella se enfrentaron las tropas de Pedro el Ceremonioso, comandadas por Lope Fernández de Luna, contra las de los unionistas valencianos.

La batalla

La batalla tuvo como escenario el llano de Mislata.

La Unión de Valencia, al igual que la Unión de Aragón, era un movimiento señorial en defensa de sus privilegios de clase.

Consecuencias

El resultado favorable al rey, que de todas maneras sufrió numerosas bajas, puso fin a la rebelión de la Unión de Valencia contra él. Esta fue la batalla decisiva de la guerras de las uniones. El rey tomó la ciudad de Valencia e hizo ejecutar a los sublevados. También se aplicó a los derrotados unos castigos crueles, como el de obligar a beber el bronce fundido con el que se había fabricado la campana que convocaba las reuniones de los rebeldes.

Batalla de Mislata
Guerra de las uniones
Unión de Valencia
Fecha 9 de diciembre de 1348
Lugar Mislata
Coordenadas 39°28′00″N 0°24′00″E (mapa)
Resultado Victoria real
Beligerantes
Armas de Aragon.png Pedro IV de Aragón Unión de Valencia
Comandantes
Armas de Aragon.png Pedro IV de Aragón
Lope Fernández de Luna
Pedro de Tous
Juan Fernández de Heredia

1808 – Batalla de Gamonal


La batalla de Gamonal (también conocida como batalla de Burgos) fue una batalla librada en el pueblo de Gamonal, actual barrio de Burgos, el 10 de noviembre de 1808 entre las tropas de Napoleón y las españolas al mando del Conde de Belveder, saldándose con la derrota para las tropas españolas y dando paso al expolio de la ciudad de Burgos.

Plano de la Batalla de Gamonal

Contienda

Antecedentes

A Burgos llegó el general Murat el 13 de marzo de 1808 tratando de buscar la adhesión del vecindario. No lo consiguió y a finales de año hubo alborotos, bajo pretexto de la detención de un correo, y el intendente, marqués de la Granja, estuvo a punto de perecer a manos del pueblo amotinado.

Intervención en Santander

El mariscal Bessières, que tenía asentado su cuartel general en Burgos, mandó salir, el 2 de junio de 1808, al general Merle con 6 batallones y 200 caballos para apaciguar la insurrección de Santander.

Sublevación en Valladolid

Merlé hubo de regresar para unirse al general Lasalle, que había partido de Burgos el 5 de junio de 1808, con 4 batallones y 700 caballos, hacia Valladolid.

Llegada del ejército de Extremadura

Al quedar desguarnecida la ciudad llega el ejército de Extremadura, compuesto por 18.000 hombres, distribuidos en 3 divisiones, al mando del joven conde de Belveder, nombrado por la Junta Central para reemplazar a José Galluzo.

Ejército imperial

El mariscal Soult toma el mando del II cuerpo francés, tras el cese de Bessières, que pasa al mando de la caballería y sale al encuentro de Napoleón en el recorrido de Vitoria a Madrid.

Guarnición de Burgos

Desde el 7 de noviembre de 1808 viene la 1ª división, la tarde del 9 llega la 2ª, quedando en Lerma la 3ª. En la ciudad y cercanías había 12.000 hombres, de los cuales 1200 eran de caballería.

Confianza de Belveder

Fiado Belveder en algunas favorables y leves escaramuzas, recomienda descanso a los oficiales de la 2ª división, considerando suficiente la 1ª para rechazar a los franceses, en caso de que atacaran. Ignoraba tanto la superioridad de sus adversarios como la endeblez de sus tropas.

Comienzo de la batalla

A las 6 de la mañana del 10 de noviembre de 1808, el general Lasalle, con la caballería francesa, llegó a Villafría, a tres cuartos de legua de Gamonal, donde esperaba la 1ª división de Belveder, mandada por Fernando María de Alós. Como los franceses no disponían de infantería, retrocedieron hasta Rubena provocando la acción de la 1ª, que fue rechazada por Lasalle, obligando al repliegue hacia Gamonal.

Desarrollo

El resto del ejército español acude y es derrotado, entrando mezclados los vencedores con los vencidos en la ciudad de Burgos. La caballería pesada de Bessières acuchilla a los soldados fugitivos y se apodera de la artillería. Si las pérdidas españolas fueron considerables, la dispersión y el desorden fueron las características más importantes.

Consecuencias

Los vencedores entraron en la ciudad, se dedicaron al pillaje y se apoderaron de 2000 sacas de lana fina. Napoleón sentó en Burgos su cuartel general y el 12 de noviembre, revistadas las tropas, concede perdón general y amnistía a todos los españoles que en el plazo de un mes, a contar desde su entrada en Madrid, depusieran las armas y renunciasen a toda alianza y comunicación con los ingleses. Napoleón parte hacia Madrid, dejando a su hermano José en la ciudad.

Conmemoración

El barrio de Gamonal, bajo el patrocinio de la Asociación de Comerciantes y Empresas de Servicios de Gamonal Zona G de Burgos, conmemora esta batalla en espera de la celebración de su segundo centenario.1 Participantes en la III Edición (2009):

  • Asociación Alarmas Gallegas.
  • Asociación Cazadores de Olivenza (León).
  • Asociación Cultural Amigos del Museo Histórico Militar de Burgos.
  • Asociación Cultural Regimiento de Infantería de Línea “La Reina”.
  • Asociación de la Albuera (Extremadura).
  • Asociación de Recreación Histórico Cultural de Asturias.
  • Asociación de Voluntarios de la Batalla de Bailén (Voluntarios y Aguadoras).
  • Asociación Histórico Cultural de Voluntarios de la Batalla de Bailén.
  • Asociación Histórico Cultural “2 de Mayo” (Guardia Imperial de Móstoles).
  • Asociación Histórico Cultural “General Reding”.
  • Asociación Histórico Cultural “Infantería de Línea Cariñena”
  • Asociación Histórico Cultural Arcabuceros 1380-1880 (Burgos).
  • Asociación Histórico Cultural Voluntarios de Aragón (Zaragoza).
  • Asociación Histórico Cultural Voluntarios de Madrid 1808-1814.
  • Asociación Histórico Cultural Zaragozana 1808 (Artilleros de Aragón).
  • Asociación Musical Napoleónica.
  • Asociación Napoleónica Española.
  • Asociación Regimiento “Infantería de Línea Jaén 1808”.
  • Asociación Regimiento de Época Reales Guardias de Corps “Los desastres de la guerra”.
  • Grupo de Recreación Histórica Regimiento de Infantería de Línea Suizo Reding nº 3 (Málaga).
  • Asociación Regimiento de Infantería de Línea Voluntarios de León (Astorga).
  • Asociación Romana Plumbata-Galicia.
  • Asociación Tiradores del Bierzo.
  • Asociación Urgull Histórico (San Sebastián).
  • Compañía Volante Artillería “Bailén por la Independencia”.
  • Grupo de Recreación Histórica “Compañía Fixa de Real Artillería de Málaga”.
  • 3eme Batailla de Chaneus des Montagnes Division Arizpe.
Batalla de Gamonal
Guerra de la Independencia Española, dentro de las Guerras Napoleónicas
Fecha 10 de noviembre de 1808
Lugar Gamonal (Burgos), España
Coordenadas 42°21′21″N 3°40′05″O (mapa)
Resultado Victoria francesa sobre el Ejército de Extremadura
Beligerantes
I Imperio francés Reino de España
Comandantes
Napoleón
Jean-Baptiste Bessières
Conde de Belveder
Fernando María de Alós
Vicente Genaro de Quesada
Fuerzas en combate
20.040 hombres
4.000 de caballería
62 cañones
12.000 hombres
1.200 de caballería
20 cañones
Bajas
Desconocido Desconocido

La épica batalla en la que unos pocos caballeros al mando de Juana de Arco aniquilaron a 3.000 ingleses


ABC.es

  • «Dios nos ha enviado para que los castiguemos», dijo la francesa antes de ordenar atacar. Hoy, en el 585 aniversario de su muerte, recordamos una de las mayores victorias de la «Doncella de Orleans»
 Juana, durante el asedio de Orleans - Wikimedia

Juana, durante el asedio de Orleans – Wikimedia

Una adolescente que escuchaba voces de un ser al que llamaba «mi consejero» y que, según dijo durante el juicio en el que acabó siendo enviada a la hoguera, acudían a su mente sin llamarlas previamente. «Nunca me fallan cuando las necesito», afirmó nuestra protagonista allá por 1431 cuando testificaba ante el jurado que debía dirimir si estaba loca, si era una hereje, o si estaba bendecida por el altísimo.

Podría parecer que estamos hablando de alguna bruja descarriada del siglo XV. No obstante, esta descripción se corresponde con la de Juana de Arco, un personaje histórico que ayudó al monarca Carlos VII a ascender hasta el trono de Francia sobre los cadáveres de ingleses y borgoñones y que comandó a miles de soldados franceses en decenas de batallas.

Precisamente una de las más famosas fue la de Patay, en la que un millar de sus jinetes y su amigo «La Hire» arrasaron –el 18 de junio de 1429– a un ejército de entre 2.500 y 4.000 ingleses cuya base eran los temibles «longbowmen» ingleses (arqueros de élite equipados con gigantescos arcos de dos metros de alto). Sin embargo, la carrera militar de Juana no fue todo lo extensa que hubiera debido pues, tal día como hoy (un 30 de mayo de 1431) fue quemada en la hoguera en la plaza del Mercado Viejo de Ruán por los ingleses acusada de herejía.

De campesina, a militar

La historia de Juana, no obstante, comenzó mucho antes. Más concretamente en 1412, cuando vino al mundo. Apenas 13 veranos después esta devota cristiana afirmó que se le habían aparecido en el huerto de su padre San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita. Según dijo posteriormente, esta pléyade de santos no tardó en ordenarle que luchara con sus compatriotas para expulsar al invasor «british» de todo el oeste del Reino de Francia. Y para ello, esta campesina tuvo el naso de presentarse ante el delfín de Francia (futuro Carlos VII) y solicitarle un ejército para combatir por él y por «la France».

A los 13 años Juana ya afirmaba que escuchaba santos

El noble se debió sentir intrigado, pues hizo que examinaran a Juana sus teólogos y, cuando estos afirmaron que realmente podía escuchar a seres enviados de Dios, se le dio el mando de un contingente de cinco millares de soldados. Con esta partida, nuestra protagonista logró levantar el asedio de Orleans en mayo de 1429. Después se dirigió hacia la ciudad de Beaugency (en la orilla oriental del Loira) y la conquistó obligando a sus enemigos a retirarse. Sin embargo, estos reunieron una gran cantidad de refuerzos a mediados de junio y salieron de sus escondrijos -al mando de John Talbot y John Fastolf– para lanzarse sobre las tropas de la «Doncella de Orleans» (en cuyas filas se destacaba al mando el Duque de Alençon).

Hacia la batalla

Cuentan las crónicas que, cuando los galos supieron que sus enemigos se habían movilizado, prepararon su ejército para la batalla y rezaron para no ser aplastados. Poco más podían hacer, pues sabían que aquellos inglesuzos venían con la idea de cercenar cabezas y atravesar la armadura de sus caballeros pesados antes de beberse el té de las cinco.

Tampoco les subió la moral a los gabachos el recordar contiendas pasadas como la de Azincourt (en la que un ejército inglés derrotó a uno francés entre dos y cinco veces más numeroso) o la de Verneuil (donde los arqueros volvieron a ser determinantes contra los jinetes acorazados francos). Aunque eso sí, tenían a Juana de Arco (por entonces poco más que una adolescente) y al Señor de su parte.

El desánimo cundió hasta tal punto entre las tropas francesas que el Duque de Alençón reunió a sus oficiales para preguntarles qué diablos debía hacer. ¿Combatir o ser cautos «mes amours»? Juana, que nunca andaba por la labor de retirarse, lo tuvo claro. «¿Tenéis buenas espuelas?», exclamó la «Doncella de Orleans». La respuesta de los presentes fue de desconcierto: «¿Qué decís, debemos huir acaso?». La dama replicó: «No. Los ingleses se defenderán y serán vencidos, y nosotros tendremos que perseguirles». Valentía no le faltaba a la condenada. Y sus compatriotas estaban convencidos de que tenía a Dios de su lado… Como para pensar siquiera en negarse a luchar.

Tocaba pertrecharse para la contienda. Y lo hicieron a tiempo, pues al día siguiente se personaron en Beaugency sus enemigos. Con todo, debieron llevarse una curiosa sorpresa los animados «british» pues, cuando se percataron de que la ciudad ya había sido tomada por los galos, les entró el buen canguelo. «Se perturbaron algún tanto al apercibir el estandarte real que ondulaba sobre las murallas de la fortaleza, y el ejército francés dispuesto a recibirles», explica el cronista galo Just-Jean-Étienne Roy en su obra «Juana de Arc, ó, La doncella de Orleans».

En efecto, la visión de tanta insignia gala les afectó en demasía. Así lo demuestra el que recogieran sus pertrechos y salieran por «legs» («piernés», que dirían los francos en el caso de no tener ni idea de su propia lengua y quisieran españolizarla) en dirección contraria y de vuelta a su escondrijo original. Y eso, sabiendo que eran más y contaban con multitud de arqueros.

Comienza la persecución

Considerando que la tensión era tan densa que se masticaba en el ejército francés, la lógica dictaría haberse quedado en retaguardia y dejar al enemigo retirarse. Pero ese no era el estilo de Juana, que se adelantó y, a voz en grito, arengó a los soldados para que persiguieran y cazaran a los huidos.

«Atacadles con valor. Serán vencidos. En nombre de Dios, es preciso batirles, porque Dios nos ha enviado para que les castiguemos. El gentil rey obtendrá hoy la mejor victoria que jamás haya obtenido. Mi consejo me ha dicho que todo era nuestro», vociferó nuestra protagonista. Con tal valiente griterío de una niña cualquiera hubiera acudido al fin del mundo. Al fin y al cabo, nadie quería que el valor de una chiquilla le terminase eclipsando. ¿A combatir? Pues a ello, «à la charge».

Los galos reunieron entonces una vanguardia formada por algo más de un millar de caballeros. Su objetivo: picar espuelas para aplastar a los inglesuzos antes de que pudieran montar unas defensas decentes allí donde deseasen. El mando de este pequeño ejército (de unos 1.500 hombres) se dio a Etienne de Vignolles, más conocido por su apodo, «La Hire» (la ira de Dios en la tierra). Un combatiente que era definido por sus contrarios tanto por su efectividad con la espada, como por su mal carácter y bravura.

La decisión no gustó demasiado a Juana. Y eso, a pesar de que el elegido había formado parte de su guardia personal antes de ascender. «Juana, que le gustaba mucho mandar la vanguardia, se enfadó porque habían dado el mando a “La Hire”, pero se había juzgado más útil que permaneciese [en el cuerpo de ejército principal] con el duque de Alençon», explica Roy.

El ciervo que provocó una masacre

Por su parte, los ingleses tomaron las de Villadiego. Siempre con extrema cautela al saber que eran perseguidos por caballeros armados como pocos. Al poco, y al no ver enemigos, se creyeron a salvo. Sin embargo, cuando se encontraban en mitad de una llanura, allá por el día 18 de junio, fueron encontrados de la forma más absurda jamás imaginada por un grupo de exploradores galos.

Un ciervo le costó la derrota al ejército inglés

«[Los franceses] Habían andado ya cerca de cinco leguas y ya creían haberse equivocado de camino, cuando un ciervo, espantado por su movimiento, se levantó y tomó rápidamente su curso delante de ellos. AI cabo de un instante se oyó un grande clamor; eran los soldados del ejército inglés, entre los cuales se había precipitado el ciervo, y daban gritos de alegría a la vista de una presa que ella misma iba á ofrecérseles», añade el cronista.

Los exploradores que, además de buena vista, tontos no eran, se dieron así de bruces con la retaguardia del ejército inglés que se retiraba. Y no iban a desperdiciar tal oportunidad. Ansiosos por contar con unos cuantos cientos de guerreros más para caer sobre Talbot y sus hombres, picaron a sus caballos, dieron la vuelta y marcharon para avisar al contingente principal. La batalla estaba servida. Los ingleses, que enmudecieron brevemente después de saber que su bocaza les había delatado, comenzaron entonces a dirimir donde era mejor darse de bofetadas contra los galos. Al final, establecieron que se refugiarían en un monasterio fortificado ubicado cerca de la aldea de Patay y que se enfrentarían a los hombres de Juana de Arco en campo abierto

Arqueros ingleses…

Los ingleses, como hacían casi siempre, organizaron su ejército usando como base sus temibles arqueros. «Los reyes ingleses de los siglos XIV y XV se apresuraron a reclutar arqueros para sus ejércitos y los dotaron de buenos equipos: jubones de cuero con refuerzos de metal, cascos de hierro y una manta para proteger la cuerda», explica el historiador español Francisco Xavier Hernández en su obra «Breve historia de la guerra antigua y medieval». En

Pero estos no eran arqueros normales, sino hombres entrenados durante años equipados con un arco largolongbow») de unas dimensiones de unos dos metros de alto. Podría parecer algo baladí, pero dichos soldados eran temidos en toda Europa por ser capaces de hacer retroceder con sus flechas a contingentes de miles de enemigos. En palabras del también historiador Fernando Castillo Cáceres, el arco que portaban era tan temible para sus enemigos debido a su cadencia de disparo y a la distancia y la fuerza a la que disparaba.

De hecho, los arqueros provocaban tanto pavor en sus enemigos que, durante la Guerra de los Cien Años, sufrían un curioso y desgraciado destino si eran capturados por los galos. «Como ejemplo del temor que despertaban los arqueros ingleses, los franceses adoptaron una salvaje costumbre: cuando un arquero era hecho prisionero, los franceses le amputaban los dedos índice y corazón de la mano derecha para que, en el caso de fuera liberado, no pudiera volver nunca más a disparar un arco», explica el historiador y escritor español Jesús Hernández en su popular obra «¡Es la guerra! Las mejores anécdotas de la Historia Militar».

… contra caballeros franceses

Por su parte, el poder de los franceses residía en los caballeros pesados. Es decir, en unos «carros de combatehumanos» capaces de pasar por encima de cualquier infantería con una carga devastadora… si no se les detenía antes.

La caballería francesa tenía una gran tradición medieval y su modelo era el llamado “hombre de armas”. Es decir (y como su propio nombre indica) el hombre armado hasta los dientes. Lógicamente, la ventaja francesa era que, si sus jinetes llegaban al combate cuerpo a cuerpo, poco podrían hacer los arqueros (que apenas contaban con un casco y alguna protección metálica). Eso, si lograban atravesar las estacas defensivas de los ingleses. Un palo afilado que todos los arqueros clavaban formando un erizo y que, llegado el momento, podía asustar a los jamelgos.

Sin embargo, los hombres de los «longbow» ya había demostrado que eran capaces de hacer retirarse a ejércitos enteros en la ya mencionada batalla de Azincourt. Así lo explica Hernández en su obra: «[En Azincourt] la caballería francesa se lanzó con ímpetu contra las líneas inglesas, pero el terreno embarrado dificultó su avance. Esta circunstancia fue aprovechada por los ingleses para lanzar varias salvas de flechas que provocaron el caos entre los franceses. Los caballos heridos dejaron de obedecer a sus jinetes y escaparon al galope en todas direcciones, huyendo de la muerte que caía del cielo. Los caballeros derribados intentaban ponerse de pie, pero el barro y las flechas se lo impedían».

Comienza la batalla

Tras llegar a Patay el 18 de junio -a eso del medio día- el ejército inglés se dividió para organizar las defensas frente a los enemigos que llegaban. Así pues, medio millar de ingleses al mando de Talbot se quedaron a retaguardia del grupo principal para poder construir unas defensas que les permitieran resistir la acometida de los jinetes franceses (a saber, las típicas estacas tan características de los arqueros y algún que otro hoyo en el suelo para molestar a los caballeros). «Los 300 hombres de Talbot fueron reforzados con 200 arqueros de élite y este cuerpo recibió órdenes de asegurar el sur de Patay», explica el historiador Alfred H. Burne en su obra «The Agincourt War: A Military History of the Hundred Years War from 1369 to 1453».

No obstante, los galos fueron más rápidos y sus 1.500 «carros de combate humanos» llegaron cuando sus enemigos andaban a pico, pala y martillo asegurando la zona. «La vanguardia francesa llegó cerca de Patay casi al mismo tiempo que el enemigo […] y antes de que los ingleses hubiesen dispuesto a su gente, antes de que los arqueros hubiesen plantado frente a ellos sus estacas afiladas», añade Roy. Viendo que tenían ventaja sobre el enemigo, los oficiales espolearon a sus caballos y, ordenador a sus hombres cargar y pasar a cuchillo a los arqueros antes de que pudieran terminar sus defensas.

En este punto existe una controversia histórica de importancia ya que, por un lado, algunos historiadores y cronistas como Roy afirman que Juana de Arco se quedó en retaguardia con el grueso del ejército principal y, por otro, varios son partidarios de que luchó en vanguardia.

Esta última idea es recogida por el militar e historiador del XVIII Philippe-Paul comte de Ségur en su obra «Historia moderna»: «La vanguardia se colocó en Patay, cuya iglesia tenía una torre fuerte, y fueron enviados “La Hire” y otros jefes con algunos gendarmas [hombres de armas a caballo] para escaramuzar con el enemigo. El duque de Alençon, el condestable, el conde de Vendoma, el bastardo de Orleans y Juana la Doncella se adelantaron contra los ingleses». No obstante, todo parece indicar que la «Doncella de Orleans» no luchó en esta primera oleada, sino que llegó con el cuerpo principal del ejército.

Fuera como fuese, los jinetes no tardaron en atravesar la distancia que les separa de sus enemigos. Y estos, poco pudieron hacer más que lanzar alguna flecha y defenderse con los puñales y las espadas. Fue una masacre. Los jinetes cayeron sin ninguna piedad sobre los flancos de las unidades de Talbot.

¿Cuál fue la reacción del oficial? Llamar a la defensa en espera de que llegase el cuerpo principal del ejército a las órdenes de Fastolf, que había acampado más allá del camino. «En un instante los que habían sostenido el ataque fueron muertos y derrotados por los franceses. En vano Talbot y los demás capitanes franceses hicieron todos los esfuerzos imaginables para reunir a su gente, y volver al combate. Solo lograron retardar la derrota y hacerla más sangrienta», añade el cronista.

La contienda continuó, según Roy, hasta que llegó el cuerpo principal galo (en el que, según varios autores, se hallaba Juana de Arco) y todo terminó rápidamente. Al final, Talbot terminó tocando a retirada. Por su parte, la visión de su compañero huyendo acabó con la moral de Fastolf, que huyó como un cobarde. La desbandada se hizo entonces general y las unidades se dispersaron por doquier, dejando el camino libre a los caballeros franceses para que asesinaran ingleses a placer.

En este caos multitud de oficiales ingleses fueron capturados. Entre ellos Talbot, que se rindió a uno de los madamases galos: Xaintrailles. Cuentan que, cuando el duque de Alençon tuvo delante a este noble, le dijo una curiosa frase: «Hoy, señor Talbot. Imagino que esta mañana no esperabais esto». ¿Cuál fue la respuesta de su contrario? «Son azares de la guerra».

En pocas horas se había perpetrado la aniquilación inglesa. Una masacre que se confirmó cuando se contaron los muertos. Nuevamente, en este punto existe bastante controversia. Y es que, mientras que algunos autores como Ildefonso Estrada o Andres Poey hablan de 1.500 fallecidos y 1.200 heridos por el bando de Talbot, otros dan unas cifras mucho más abultadas. «La pérdida que experimentaron los ingleses en esta batalla fue de cuatro mil o cinco mil hombres, de los cuales 3.000 perecieron y el resto fueron hechos prisioneros», destaca Roy. Con los galos sucede lo mismo, pues algunos señalan que cayeron entre 100 y 200, y Roy, por su parte, habla solo de un «gentilhombre» de la compañía de Thibaut de Armañac.

La curiosa legión de saqueadores que robó los dientes a los soldados muertos en Waterloo


ABC.es

  • Tras la contienda, los lugareños extrajeron la dentadura de los fallecidos para que fueran utilizados en las prótesis bucales
Wikimedia Batalla de Waterloo, donde los dientes valieron más que el terreno conquistado

Wikimedia | Batalla de Waterloo, donde los dientes valieron más que el terreno conquistado

Los habitantes del siglo XIX nunca destacaron por su higiene bucal. Y es que, por entonces poco se conocía de la norma básica que afirma que es necesario lavarse los dientes un mínimo de tres veces al día para evitarte problemas dentales. Eso, unido a que un producto antes de ricos (el azúcar) empezó a ser accesible para las clases medias, hizo que enrtre los grandes males de nuestros antepasados destacasen las caries y la caída de dientes.

Por ello, no parece extraño que los dentistas de entonces fabricaran una gran cantidad de dentaduras para cubrir la demanda de aquellos que no podían dar un buen bocado a un chuletón. Fue por eso por lo que, tras la batalla de Waterloo, los habitantes de esta región belga decidieron hacer las veces de improvisados dentistas y -usando todo tipo de herramientas tales como cinceles, tenazas o martillos- arrancaron los dientes a los soldados muertos para poder venderlos posteriormente por una cuantiosa cantidad de dinero.

Así lo han recogido varios diarios internacionales como la versión digital de la cadena «BBC Mundo», donde también se explica que esta práctica reportó una considerable riqueza a aquellos valientes dispuestos a aprovechar los despojos de unos fallecidos que, hacía pocos minutos, andaban a tiros contra sus enemigos.

La odontología en el XIX

Tal y como explica el diario anglosajón, el mal estado de las dentaduras de la época provocó la proliferación de la odontología, a la que se terminaron dedicando profesionales tan variopintos como joyeros, químicos, peluqueros o herreros. Todos ellos decían tener la capacidad de sus sustituir un diente en mal estado, por uno nuevo. Sin embargo, aquellas promesas terminaban con una pieza extraída (algu muy usual), un gran dolor y, en los mejores casos, algún trozo de marfil como alternativa.

Los dientes se eliminaban a tal velocidad que empezaron a crearse cientos de dentaduras postizas durante el siglo XVIII. De hecho, en Gran Bretaña los soldados ya eran unos buenos clientes pues, debido a los golpes que sufrían en batalla, no era extraño que necesitasen una. Entre las más baratas se hallaban las que estaban fabricadas en su totalidad de marfil. Por otra parte, aquellas en las que había que pagar más eran las que estaban elaboradas con dientes humanos originales. Curiosamente, estos eran difíciles de conseguir, pues estaba prohibido asaltar a los muertos y no eran muchos los que estaban dispuestos a «donar».

Con todo, estas dentaduras bien merecían rascarse un poco el bolsillo pues, para la época, eran bastante modernas (se encajaban en la boca a través de muelles) y no había muchos sustitutos entre los que elegir. Por el contrario, estos artefactos solían caerse con asiduidad y eran sumamente incómodos a la hora de comer.

Con este panorama de falta de dientes para prótesis que tenían perpetuamente los dentistas, no resulta raro pensar que, tras acabar la batalla de Waterloo, cientos de personas se armasen de lo primero que encontraran por casa para recoger cuantos más mejor. Eso sí, de los fallecidos. De hecho, llegaron cientos de «saqueadores» de otras partes del país para aprovechar este «mercado libre». Tal fue la cantidad de piezas adquiridas, que muchos dentistas continuaron comprándolas hasta 1851 y muchas se preservan hoy en día.

La vida de película de Miguel de Cervantes, herido en Lepanto y apresado por piratas


ABC.es

  • A su regreso a España tras la batalla, unos piratas asaltaron su barco. El escritor, en posesión de elogiosas cartas de don Juan de Austria y del nieto del Gran Capitán, fue tomado por un gran noble y se le puso un rescate desorbitado
La vida de película de Miguel de Cervantes, herido en Lepanto y apresado por piratas

ABC Ilustración que muestra a Miguel de Cervantes combatiendo en Lepanto

Apodado «el Manco de Lepanto», Miguel de Cervantes Saavedra quedó toda la vida sacudido por las consecuencias de dicha batalla. En ella perdió la movilidad de una mano, en ella se colmó de gloria y por ella fue capturado cuando regresaba a la península. Porque quizá solo alguien que ha sido privado de libertad puede hablar de ella con tanta lucidez, Cervantes dio forma durante su largo cautiverio a la más alta ocasión que los tiempos podrán leer: «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha».

Hijo de un hidalgo arruinado, Cervantes nació probablemente en Alcalá de Henares, dado que allí fue bautizado y ejerció su padre el oficio de cirujano durante una temporada. Su familia, de la cual se ha afirmado sin muchas pruebas que era judeoconversa por ambas líneas, deambuló por Castilla en busca de trabajo como cirujano para su padre, cuya situación económica nunca fue buena. Sin estudios universitarios, pero dispuesto a no ser más una carga para su familia, Cervantes se trasladó a Madrid en 1566, donde escribió sin mucho éxito varios poemas y mostró vivo interés por el teatro. Una providencia de Felipe II de 1569 ordenó prender al castellano –que se había hecho discípulo de López de Hoyos– acusado de herir en un duelo al maestro de obras Antonio Sigura. Como haría Lope de Vega, Alonso de Contreras o Calderón de la Barca tiempo después, el hidalgo se alistó en los tercios de Flandes para prevenirse de la persecución del Rey, quien firmaba encantado sumar otro infante a su incansable maquinaria bélica.

Destinado en la eterna guerra de Flandes, el Tercio del capitán Lope de Figueroa, en el que servía y mucho después lo haría Lope de Vega, fue reclamado para tomar parte en la llamada Santa Liga, que se proponía presentar duelo al Imperio Otomano. La actuación de los tercios embarcados en esta lucha es bien conocida. A grandes rasgos, la infantería español sostuvo la victoria, en lo que se convirtió en una batalla terrestre sobre las cubiertas de las galeras; y en concreto, el Tercio de Figueroa jugó un papel determinante.

La compañía de Cervantes, dirigida por Diego de Urbina, que armaba una galera llamada «la Marquesa», soportó uno de los ataques de mayor crudeza que recibió la armada cristiana. Cuando la batalla parecía terminada, el almirante Uluch Alí –responsable del flanco izquierdo musulmán– dejó atrás a Juan Andrea Doria, con el que había protagonizado un alarde de maniobras en dirección al mar abierto, y cargó junto a sus galeras a todo bajel que encontró de costado. En realidad, el comandante turco no guardaba ya esperanzas de vencer en aquella jornada, pero buscaba un buen botín antes de acometer su retirada definitiva. Entre las seis galeras que se llevaron la peor parte, estaban la capitana de la Orden de Malta y «la Marquesa» donde combatía Cervantes.

«La Marquesa» fue víctima de una sangría de la cual solo Cervantes y unos pocos pudieron salir con vida. El joven escritor de Alcalá de Henares se encontraba con fiebre en la bodega del barco cuando fue informado de que el combate amenazaba con engullirlos. «Señores, ¿qué se diría de Miguel de Cervantes cuando hasta hoy he servido a Su Majestad en todas las ocasiones de guerra que se han ofrecido? Y así no haré menos en esta jornada, enfermo y con calentura», bramó según la leyenda el escritor de solo veintiún años, que, pese a las protestas de su capitán, fue puesto a cargo de 12 soldados y situado en la zona de proa, allí donde corría más sangre.

Cervantes fue herido por dos veces en el pecho y por una en el brazo. Aunque no fue necesario amputación, el escritor perdió la movilidad de la mano izquierdo «para gloria de la diestra». La estoica resistencia de Cervantes inspiró al resto de soldados a aguantar hasta la llegada de Álvaro de Bazán, quien desde la retaguardia se dedicó a reforzar los puntos críticos durante toda la batalla. Fue entonces cuando, aprovechando el viento a favor, Uluch Alí emprendió su huida del golfo de Lepanto, que a esas alturas era un rojizo reguero de muerte.

Preso durante 5 años: fugas y castigos

Tras la contienda, el aprendiz de poeta dejó la compañía de Urbina para pasar a la de Ponce de León. Con esta unidad, como soldado aventajado –tenía un complemento extra de sueldo por distinguirse en batalla–, participó en las conquistas de la isla de Navarín, Túnez, La Goleta y Corfú. En 1575, el soldado madrileño pidió licencia para regresar a España después de seis años de combatir en los ejércitos del Rey.

La bizarra actuación del «Manco de Lepanto» (llamado así aunque solo perdió la movilidad de la mano) no había pasado desapercibida para el almirante capitán don Juan de Austria, quien le dedicó una elogiosa carta que, por seguro, le hubiera garantizado patente de capitán en la corte de Felipe II. Es decir, el derecho a reclamar al Rey una compañía de soldados. Sin embargo, la galera en la que regresaba fue embestida por piratas berberiscos cerca de la costa catalana. El escritor –en posesión de la valiosa carta y otra en idénticos términos del duque de Sessa, nieto del Gran Capitán– fue tomado por un gran noble, y, en consecuencia, por un cautivo de enorme valor. Los corsarios pusieron un precio de quinientos ducados, más de dos kilos de oro, que por supuesto ninguno de sus familiares podía pagar.

Cervantes fue trasladado a Argel, donde se encontraban presos otros 30.000 cristianos. Un año después de su llegada, el joven madrileño encabezó una fuga con el propósito de llegar a la plaza española de Orán. No obstante, el puñado de españoles fugados fue capturado al poco tiempo, y su cabecilla castigado a llevar siempre grilletes de hierro. Lo cual no evitó que en 1577 volviera a escaparse y se escondiera durante cinco meses en una cueva hasta que un renegado reveló su posición. En 1578, Cervantes organizó una sublevación de cautivos que fue apagada antes de empezar, cuando se descubrió una carta suya pidiendo el apoyo del gobernador español de Orán. Y como si quisiera promediar una fuga por año, en 1579, estuvo detrás de una huida de sesenta españoles en barco que también se malogró por el chivatazo de un renegado.

La actitud de Cervantes y su alto precio llevaron al bajá de Argel a pedir su traslado a Constantinopla, donde jamás había escapado ningún cautivo. No en vano, días antes de ser enviado a la capital turca, unos sacerdotes trinitarios, la misma orden que rige el convento donde hoy reposan sus restos mortales, pagaron los quinientos ducados.

A su regreso a España en 1580, el Rey lo recibió en persona y le encomendó un último servicio militar: viajar a Orán como agente secreto para recabar información. Con 33 años, Cervantes dio por finalizada su etapa de soldado y se estableció en Castilla. En total había estado 5 años encerrado en Argel, pero todavía iba a pasar media docena de veces por prisiones españolas. En varias ocasiones por requisar grano perteneciente a la Iglesia para abastecer a la Armada Invencible, acción que también le causó dos excomuniones. Sus largas estancias en prisión, paradójicamente, le proporcionaron el tiempo y la perspectiva para desarrollar su prodigiosa obra literaria.

¿Cómo saber si son los huesos de Cervantes?

Pavía, donde el arcabuz español aplastó a la caballería francesa


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  • En 1525, unos tercios aún sin formar derrotaron a la mejor caballería de Europa
Pavía, donde el arcabuz español aplastó a la caballería francesa

wikimedia | Juan de la Corte Prendimiento Rey Francia

Con el arcabuz en ristre, decenas de balas en el zurrón y la sangre del enemigo sobre sus camisas. Así combatieron los soldados hispanos que, en 1.525 y en las afueras de la ciudad de Pavía, se enfrentaron a la que, por entonces, era la mejor caballería de Europa: la francesa. Aquella jornada, los territorios italianos fueron testigos no sólo de una victoria aplastante del ejército imperial de Carlos I, sino de un cambio de mentalidad, pues se constituyeron las bases de los que, en un futuro, serían los temibles tercios españoles.

El cetro hispano era sujetado entonces por las reales manos de Su Majestad Imperial Carlos I, quien, desde 1519, ostentaba el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V. Los territorios del soberano se extendían además por media Europa, pues, testamento por aquí, herencia por allá, el rey había logrado aunar bajo su corona a España, parte de Italia, Austria, Alemania y Flandes. Sin duda, un imponente legado para un joven de tan sólo 19 años.

«Leyva resistió en Pavía contra un ejército cuatro veces superior»

Sin embargo, no todo era jolgorio en el territorio europeo pues, desde tierras galas, se abalanzaban vientos de guerra guiados por el monarca francés Francisco I. Y es que, el coronamiento de Carlos no fue precisamente una alegre noticia para el gabacho, quien, desde hacía años, buscaba para sí el título de emperador. A su vez, tampoco ayudó a mantener la paz entre ambos reinos el que «la France» se viera rodeada casi en su totalidad por los territorios del Sacro Imperio. No había más que hablar. Transpirando envidia, el franco decidió meter su gran nariz en los asuntos militares del país y lanzó a su ejército contra las huestes imperiales.

Huir o morir

Así pues, el calendario marcaba el año 1524 cuando el galo cruzó los Alpes en busca de venganza. Su objetivo: la conquista de Milán y sus territorios limítrofes (una zona conocida también como Milanesado y que, en aquel tiempo, estaba controlada por las tropas de Carlos I). El derramamiento de sangre era seguro entre ambos contingentes. No obstante, y ante tal número de enemigos, las huestes imperiales prefirieron poner pies en polvorosa (una retirada táctica que se dice, o más bien huida) y refugiarse en las fortalezas y ciudades cercanas.

«Carlos I envió a 25.000 hombres para romper el sitio»

«Las fuerzas imperiales, en inferioridad de condiciones, se replegaron a Lodi, dejando en la ciudad fortificada de Pavía una guarnición de dos mil españoles (la mayoría arcabuceros) y cinco mil alemanes al mando del navarro Antonio de Leyva, un veterano de las campañas del Gran Capitán, que se aprestó para resistir en esa plaza el asalto de los (…) hombres del ejército francés», determinan el periodista Fernando Martínez Laínez y el experto en historia militar José María Sánchez de Toca en su obra «Tercios de España. La infantería legendaria».

A pesar de estar atrincherado en una ciudad fortificada, la situación distaba mucho de ser idónea para Leyva. Y es que, no sólo disponía de un escaso contingente con el que resistir hasta la llegada de refuerzos, sino que la mayoría de sus hombres eran lansquenetes alemanes –mercenarios que no tendrían reparos en abandonar la defensa de Pavía en el caso de no recibir su sueldo periódicamente-.

La bolsa o la vida

Los defensores no tuvieron que esperar mucho para observar los pendones decorados con la flor de lis cortando el horizonte. Concretamente, fue en noviembre cuando Francisco I hizo su aparición frente a la pequeña Pavía con más de 17.000 infantes, una cincuentena de cañones y 6.500 de sus más temibles caballeros acorazados. Pocos días después pusieron sitio a la ciudad y, pólvora en mano, iniciaron un bombardeo constante contra los hombres de Leyva.

Con todo, parece que en aquellas jornadas la suerte estaba del lado de Carlos I, pues ni los soldados ni los proyectiles galos lograron atravesar las murallas hispanas. «Los repetidos ataques a Pavía de las tropas francesas no consiguieron nada salvo acabar con un creciente número de bajas. Además, el mal tiempo y las pésimas condiciones del terreno, cada vez más embarrado, comenzaron a pasar factura entre los sitiadores. Para empeorar las cosas, la artillería comenzó a perder efectividad a causa de la escasez de pólvora, por las dificultades logísticas y la humedad reinante», señalan Juan Vázquez y Lucas Molina en su obra «Grandes batallas de España».

Aquel fue un asedio sangriento en el que los soldados no pidieron cuartel ni clemencia, pues sabían que lo único que obtendrían como respuesta sería una cuchillada. Sin embargo, la valentía y el arrojo de los defensores tenía un límite: el dinero. Y es que, conforme pasaban los días, se acrecentaban las posibilidades de que los lansquenetes, al no recibir sus pagas, se revelaran contra los mandos españoles.

Ante esta difícil situación, los oficiales hispanos no tuvieron más remedio que recurrir a medidas desesperadas. «En Pavía, los mercenarios (…) comenzaban a sentirse molestos porque no recibían sus pagas. Tras repartir la plata obtenida en las iglesias locales, los comandantes españoles empeñaron sus fortunas personales para pagar a los mercenarios. Viendo la situación, los dos mil arcabuceros españoles decidieron que seguirían defendiendo Pavía aún sin cobrar», señalan Vázquez y Molina.

¿Una ayuda suficiente?

Por otro lado, y mientras Leyva hacía frente a base de arcabuz y pica a un contingente casi cuatro veces superior al suyo, Carlos I organizó a marchas forzadas los refuerzos que acudirían en socorro de Pavía y en escarmiento del francés. Su Majestad Imperial constituyó un ejército de 4.000 españoles, 10.000 alemanes, 3.000 italianos, 2.000 jinetes y 16 piezas de artillería. Arma en el brazo y valentía en el zurrón, este ejército partió en enero de ese mismo año hacía Milán bajo el pendón de la Cruz de Borgoña y el águila bicéfala de Carlos I.

«Francisco I se lanzó a la carga dirigiendo a la caballería francesa»

Francisco I, por su parte, también reforzó su ejército con 5.000 mercenarios y 4.500 arqueros franceses al recibir las noticias de la llegada del ejército imperial. No obstante, «sa majesté» gala cometió un error que, a la postre, pagaría a precio de oro. «Francisco I decidió dividir sus tropas (…) en contra de la opinión de sus mandos. Parte de ellas se dirigieron a Nápoles para tomar la ciudad ante la escasa resistencia española», destacan los autores de «Grandes Batallas de España».

Al parecer, el galo no valoró en ningún momento que Leyva o el ejército que venía en su ayuda pudieran hacer frente a su «armée». De hecho, tal era el grado de confianza que tenía en sus soldados, que no abandonó sus posiciones cuando, a principios de febrero, llegó el contingente imperial al mando del marqués de Pescara, Carlos de Lannoy y George von Frundsberg. Fuera por su voluntad inquebrantable, fuera por su orgullo, lo único cierto es que Francisco I se encontró repentinamente entre dos ejércitos: el de la ciudad de Pavía y el enviado por Carlos I –este último en su retaguardia-.

Con todo, la victoria tampoco se planteaba fácil para los imperiales, pues Francisco tenía a sus órdenes un gran número de soldados (aproximadamente 25.000), unos buenos pertrechos y, sobre todo, a miles de los mejores caballeros acorazados de Europa. Unos temibles jinetes que, con la lanza en ristre y con Francia en el corazón, dejaban tras su paso un reguero de muerte y destrucción allí por donde pisaban sus monturas.

Por ello, el galo no lo dudó: se aprestaría a la defensa hasta que el enemigo decidiera atacar. «El monarca francés tenía a su ejército protegido por una doble línea de fortificaciones (una rodeando la ciudad y otra haciendo frente a los imperiales) y decidió esperar el ataque. Sabía que los imperiales andaban escasos de dinero y víveres, y daba por hecho que los sitiados, hambrientos, se rendirían pronto», destacan Laínez y Sánchez de Toca en su obra.

El plan de acción

Así pues, las jornadas fueron pasando entre constantes duelos de artillería hasta el 21 de febrero, día en que los oficiales del ejército de refuerzo decidieron lanzar un ataque contra las líneas francesas. No había otro remedio, pues sabían que, si se limitaban a esperar, sus compañeros en Pavía podían flaquear y rendirse. Únicamente quedaba matar o morir.

«Los arcabuceros españoles decantaron la batalla del lado imperial»

Tras profundas deliberaciones, los asaltantes establecieron un curioso plan de ataque. Durante la noche, un contingente imperial abriría una brecha en las defensas francesas con el mayor sigilo posible. A continuación, el grueso del ejército de Pescara pasaría a través de ese hueco y asaltaría la sección norte del campamento galo.

A su vez, se darían órdenes a Leyva para que, desde Pavía, hiciese una salida con sus hombres y se encontrara cerca del campamento francés con las tropas de Pescara para que, de esta forma, los sitiados pudieran recibir munición y alimentos. Finalmente, y como método de distracción, se estableció que varias unidades de arcabuceros iniciarían un intercambio de disparos con tropas galas en otro punto del campo de batalla.

Comienza la batalla

Establecido el plan de acción, ya sólo quedaba llevarlo a la práctica. «La noche del 23 al 24 de febrero, Pescara envió varias compañías de soldados “encamisados” (así llamados por llevar camisas blancas sobre las armaduras que les permitieran reconocerse en los combates nocturnos) para abrir brecha en los muros de las defensas francesas. Por ahí se lanzó el ejército de Pescara», señalan los autores españoles en su obra «Tercios de España. La infantería legendaria».

Una vez tomada la posición y rotas las defensas, una buena parte del ejército imperial se adentró en territorio francés. «Entraron primero 1.400 caballos ligeros y el Marqués del Vasto con 3.000 arcabuceros (2.000 españoles y 1.000 italianos); tras ellos, lo hicieron la caballería imperial apoyada por el resto de los españoles de Pescara y los alemanes que constituían el grueso, finalmente, los italianos con 16 piezas de artillería ligera», destaca Andrés Más Chao en el volumen titulado «La infantería en torno al Siglo de Oro» de la obra conjunta «Historia de la infantería española».

Sin más visión que la oscuridad de la noche, el contingente imperial avanzó a través del terreno francés con el firme objetivo de repartir todas las cuchilladas posibles a los franceses. Sin embargo, y como era de esperar, el plan tuvo un repentino fallo: los galos advirtieron al poco la presencia del ejército de Pescara.

Corrían las 6 de la mañana cuando, alertados por el ruido, los galos tomaron posiciones alrededor de la parte norte de su campamento. De hecho, las sospechas ante un posible ataque imperial inquietaron tanto a los centinelas que enviaron a una unidad de caballería ligera y a un contingente de infantería suiza para reconocer el terreno.

No habían pasado ni unos minutos cuando esta fuerza se encontró con la vanguardia del ejército de Pescara. «Pronto entraron en contacto la caballería ligera francesa con la española, y los piqueros suizos con los (…) alemanes, que les superaban en número. Los suizos consiguieron apoderarse de varios cañones imperiales antes de entrar en contacto con (…) los alemanes, pero pronto comenzaron a ceder terreno. La lucha fue a muerte», añaden Vázquez y Molina.

De esta forma, en plena noche y con una visibilidad nula debido al precario tiempo que castigaba las tierras italianas, se inició la contienda. Espada contra escudo y pica contra armadura, los franceses lograron en un principio acabar con muchos hombres de Pescara pero, finalmente, la tenacidad imperial se terminó imponiendo y, tajo aquí, sablazo allá, los galos acabaron perdiendo ímpetu y cedieron terreno.

La victoria del arcabuz

Mientras la vanguardia sostenía su propio combate, el grueso de la infantería española -seguida además por una unidad de caballería- recibió órdenes de girar y continuar la marcha hacia el campamento francés, pues era de vital importancia tomar esa posición. Sin atisbo de duda, los soldados iniciaron el camino sin saber que, a unos pocos kilómetros, se ubicaba la principal batería de artillería francesa.

No obstante, no tardaron mucho en descubrirlo pues, en cuanto vieron la primera pica, los galos iluminaron el cielo con los fogonazos de sus cañones, cuyas balas cayeron de forma implacable sobre los españoles. «Las mayores bajas imperiales se sucedieron en esta fase, tal vez unas 500, antes de que los veteranos infantes pudiesen ponerse a cubierto entre las desigualdades del terreno», completan los autores de «Grandes batallas de España».

Tal fue el zarpazo de la artillería francesa que Francisco I se decidió a dar el golpe de gracia a los españoles y, tras embutirse en su armadura, dirigió una devastadora carga sobre estos desafortunados enemigos. El ataque fue de tal virulencia que desbarató totalmente a los jinetes pesados de Pescara y desconcertó a la infantería aliada.

La contienda parecía perdida para el bando imperial. Desorganizados y en inferioridad numérica, poco podían hacer los españoles ante aquellos feroces caballeros de armadura completa. Sin embargo, en ese delicado momento una idea cruzó la cabeza de Pescara. A voz en grito, el oficial ordenó a 1.500 de sus arcabuceros retirarse hasta un bosque cercano a toda prisa y, desde allí, descargar todo el plomo y la pólvora posible contra los jinetes. Para sorpresa de los presentes, los disparos no sólo detuvieron la carga enemiga, sino que acabaron con muchos de los caballistas y desmontaron a tantos otros.

El asalto final

A su vez, y durante este momento de incertidumbre, Leyva sorprendió a Francisco I saliendo de Pavía con todos sus hombres y atacando el flanco francés, lo que permitió a los jinetes españoles reagruparse y lanzarse contra los enemigos con una fuerza renovada. En tan solo unos minutos, la batalla había dado un vuelco del lado imperial y, para desgracia de «sa majesté» gabacha, poco podían hacer ya sus tropas por remediar la situación.

Finalmente las tropas imperiales, apoyadas además por los disparos de los arcabuceros, obligaron a los franceses a poner pies en polvorosa. Con los galos huyendo y la línea de batalla enemiga rota, los soldados del bando imperial no tuvieron más que levantar sus brazos en señal de victoria.

«La derrota francesa fue aplastante. Más de 10.000 muertos y 3.000 suizos prisioneros, que fueron puestos en libertad a condición de no volver a combatir contra Carlos V. El rey Francisco I fue capturado después de que un arcabucero le matara el caballo, y sería trasladado cautivo a Madrid. Las pérdidas imperiales no superaron los 500 hombres contando muertos y heridos, entre éstos últimos el propio marqués de Pescara», finalizan Laínez y Sánchez de Toca.

Lepanto, la decisiva batalla naval donde los cristianos arrasaron a la flota turca


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Lepanto, la decisiva batalla naval donde los cristianos arrasaron a la flota turca

Pintura que rememora la batalla de Lepanto

En 1571, los buques de la Santa Liga vencieron a la armada turca en uno de los combates marítimos más grandes de la historia

Con arcabuz, espada, y el arrojo típico de un militar venido de la Península Ibérica. Así combatieron los soldados españoles que, un siete de octubre de 1571, derramaron su sangre sobre la cubierta de decenas de buques para detener, en el golfo de Lepanto, las pretensiones expansionistas turcas.

No obstante, lo que no sabían todos aquellos soldados es que no sólo habían aplastado a la gran flota otomana que amenazaba el Mediterráneo, sino que también se habían ganado, a base de cañonazo y mandoble, un hueco en los libros de historia. Así, después de que se disipara el humo de las piezas de artillería, el mar quedó como testigo de una de las mayores victorias navales españolas.

Piratería y esclavitud, la antesala de Lepanto

Para llegar hasta esta gran victoria es necesario viajar unos años atrás, un tiempo en el que la sangre manchaba casi a diario las costas mediterráneas. «Cuesta creer hoy día que las tranquilas aguas del mar Mediterráneo fueran en otro tiempo escenario de asedios, batallas y guerras, y que miles de personas sufrieran el drama del cautiverio y la esclavitud. Y sin embargo, así fue», determina en declaraciones exclusivas a ABC el periodista y experto en historia militar española Miguel Renuncio.«A mediados del siglo XVI, dos potencias se disputaban el control del Mare Nostrum: España (dueña de Sicilia, Cerdeña y Nápoles) y el Imperio Otomano (cuyos dominios se extendían desde los Balcanes hasta Egipto). Los intereses contrapuestos de Madrid y Estambul habían desembocado en una guerra continua, que se englobaba en el esfuerzo general de los estados cristianos europeos por frenar el imparable avance turco», añade el experto.

A su vez, los españoles encontraron en esta época a unos fuertes enemigos en los piratas, que saqueaban sin piedad decenas de ciudades cristianas. «Mientras las tropas del sultán Solimán I conquistaban Hungría y llegaban incluso a asediar Viena, los estados berberiscos del norte de África (vasallos del Imperio Otomano) vivían de la piratería saqueando los puertos de España e Italia y asaltando sus barcos en alta mar. En definitiva, la situación llegó a ser tan crítica que se esperaba que, tarde o temprano, los turcos intentarían invadir Italia», señala Renuncio.

En este clima de tensión, los turcos pusieron, unos pocos años después, la guinda a este conjunto de afrentas contra los cristianos. «En mayo de 1565, la armada otomana llegó a las costas de Malta e inició el asedio a la isla, defendida por los caballeros de la Orden de San Juan u Orden de Malta. El asedio fue durísimo y se luchó palmo a palmo», determina el periodista.

Por suerte, este gran ataque fue detenido por los miles de soldados que envió España para socorrer a los sitiados, pues en la Península Ibérica se conocía la importancia estratégica de este territorio, como bien explica Renuncio: «De haber caído en manos del Imperio Otomano, Malta se hubiera convertido en el trampolín perfecto para asaltar Italia».

La gota que colmó la paciencia cristiana

Sin embargo, lo que finalmente hizo entrar en cólera a los cristianos fueron las exigencias planteadas por el nuevo sultán Solimán I (quien sucedió en el trono de Estambul a su padre). Concretamente, en 1570 el nuevo mandatario pidió la entrega de Chipre –contraria a los turcos- a su imperio.

Los cristianos consideraron esta petición como la gota que colmó el vaso. «En previsión de un ataque a la isla, el papa Pío V solicitó a España y Venecia la creación de una alianza militar con los Estados Pontificios con el objetivo de frenar la expansión otomana en el Mediterráneo», determina Renuncio.

De esta forma, y aunque fue dificultoso por la diversidad de opiniones entre ambos países, Pío V terminó «convenciendo» a ambos imperios para frenar la expansión del Islam en Europa. «En mayo de 1571, Madrid, Venecia y Roma crearon la Santa Liga (la alianza deseada por Pío V)», explica el experto, que añade además que hubiera sido imposible derrotar a la inmensa flota turca si no hubiera sido aunando fuerzas.

Esto no detuvo a los turcos que, de forma osada y sin temor a las consecuencias, iniciaron el asedio a Chipre. Ante esta afrenta, la flota de la nueva y flamante «Santa Liga» decidió iniciar los preparativos para acabar de una vez por todas con sus enemigos del este. «Aunque el ejército otomano había acabado ya con el último reducto de la resistencia veneciana en Chipre (Famagusta), se decidió buscar y destruir la armada del sultán, dirigida por Alí Pachá o Alí Bajá», completa el periodista.

Preparando la guerra

Para hacer frente al islam, la «Santa Liga» juntó una de las mayores flotas que han surcado los mares a través de la historia. «Contaban con 228 galeras, 6 galeazas, 26 naves y 76 menores. (234 de ellas de combate)», explica el Capitán de navío José María Blanco Núñez, Asesor del Instituto de Historia y Cultura Naval. «Por su parte, los turcos contaban con 210 galeras, 42 galeotas y 21 fustas (252 de combate)», completa el militar.

A su vez, y además del número de buques, la «Santa Liga» tenía a su favor la tecnología, pues sus tropas contaban con multitud de arcabuceros. Estos, partían con ventaja con respecto a los arqueros otomanos, ya que la pólvora tenía más alcance y causaba más daño que las flechas, las cuales solían rebotar contra las gruesas corazas cristianas. «Además, entre las tropas de la Santa Liga destacaban los famosos Tercios españoles. Felipe II había ordenado el embarque de unas 40 compañías procedentes de cuatro Tercios distintos, mandados por Lope de Figueroa, Pedro de Padilla, Diego Enríquez y Miguel de Moncada», determina por su parte Renuncio.

A pesar de todo, el número de combatientes no era muy desigual, según completa el periodista: «En total, la Santa Liga sumaba unos 90.000 hombres, entre soldados, marineros y remeros. En cuanto a la armada del Imperio Otomano, el número de hombres era muy similar, y entre sus soldados sobresalían los temidos jenízaros (cristianos que, tras ser capturados de pequeños, se convertían al islam y eran educados para la guerra)».

Una curiosa forma de batallar

Que la cantidad de soldados fuera similar era muy significativo, pues, en el SXVI, un combate naval no era como el que nos vende ahora la factoría Hollywood. «Los barcos actuaban como plataformas para el combate. Por aquellos años, la galera, el buque más utilizado, era una embarcación larga y estrecha, provista de una o dos enormes velas latinas. Sus dimensiones rondaban los 40 metros de eslora y los cinco de manga, y apenas levantaba un metro del nivel del mar. La artillería estaba formada, casi exclusivamente, por tres o cinco cañones fijos situados en la proa. Por lo tanto, se trataba de un barco cuya función principal consistía en servir de plataforma para la lucha cuerpo a cuerpo», añade el experto.De hecho, y según comenta Renuncio, los cañones de las galeras –que se encontraban ubicados en proa y popa- no servían tanto para atacar desde cierta distancia a sus enemigos como para acabar con los soldados enemigos cuando se entablaba el combate cuerpo a cuerpo. Así, lo más usual era que una embarcación embistiera a otra, ambas dispararan entonces su artillería, y la infantería entrara entonces en la lucha.

Sin embargo, para suplir esta escasa cadencia de fuego, Venecia también aportó su granito de arena a la «Santa Liga» con uno de sus más novedosos proyectos. «La galeaza era una auténtica fortaleza flotante. Se trataba de un invento veneciano, consistente en una galera de mayores dimensiones y, sobre todo, dotada de una artillería mucho más potente, con cañones móviles situados en las bandas. No obstante, estas naves eran difíciles de mover, por lo que muchas veces tenían que ser remolcadas», finaliza el periodista español.

Posiciones para el combate

Así, con las tropas preparadas para asestar el golpe definitivo a los turcos, la flota de la «Santa Liga» partió hacia Grecia. El grupo, formado en su mayoría por buques españoles, estaba dirigido de manera general por Don Juan de Austria. No obstante, cada nación aportó además un capitán para su facción. Tan sólo unos pocos días después de partir, el 7 de octubre, ambas armadas se encontraron cerca del Golfo de Lepanto dando lugar a lo que sería una de las batallas más sangrientas de la historia.

Durante la mañana, y con la extraña calma que suele preceder a la amarga batalla, ambas escuadras finalizaron su despliegue. En el bando español el centro estaba regido por «La Real», la nave de Don Juan de Austria. En el flanco izquierdo, se situaba amenazante el veneciano Agostino Barbarigo, a quién se le dieron órdenes de impedir que el enemigo les envolviera. Finalmente, el ala derecha estuvo regida por Juan Andrea Doria, genovés al servicio de España,

«Por último, el español Álvaro de Bazán tenía bajo su responsabilidad las galeras de la reserva, que debían socorrer un frente u otro en función de cómo se fuera desarrollando el combate», finaliza Renuncio. Sin embargo, lo que ninguno de los líderes sabía era que, en una de las galeras cristianas se hallaba, espada en mano, un joven literato que no superaba los 24 años: Miguel de Cervantes.

Frente a la armada de la «Santa Liga» se situaba desafiante la imponente flota turca. En el centro de la misma, a bordo de «La Sultana» se hallaba el terror de los cristianos: Alí Pachá. A su derecha, frente a Barbarigo, estaban ubicadas las fuerzas de Scirocco, bey de Alejandría. Finalmente, y para hacer frente a Andrea Doria, el líder turco seleccionó a Uluch Alí, bey de Argel.

Comienza la batalla

No cabía más espera. Después de que se arbolaran los crucifijos y estandartes y los sacerdotes absolvieran a los soldados por si morían en combate, los remeros comenzaron a sacar las palas. Desde «La Real», un grito, el de don Juan de Austria, ahuyentó el miedo de los marinos: «Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone».

Con celeridad, las naves turcas, como movidas por una única fuerza, comenzaron su avance inexorable hacia los buques de la «Santa Liga». Por suerte, los cristianos habían decidido que las galeazas, las fortalezas flotantes venecianas, se situaran por delante de la flota aliada para hacer blanco sobre los otomanos. El plan funcionó a la perfección pues, con un gran estruendo, estos navíos abrieron fuego con sus innumerables cañones sobre las tropas de Alí Pachá, mandando al fondo del mar a varias de sus galeras.

La fuerte acometida cogió por sorpresa a los otomanos, que se vieron obligados a romper su formación y tratar de acortar lo más velozmente la distancia que les separaba de los buques cristianos. No les quedaba más remedio, pues la potencia de fuego de las galeazas podía ser mortal para sus aspiraciones de conquista.

Una vez superada la primera línea de galeazas cristianas, comenzó la verdadera batalla. «Tras esto, las galeras de ambos bandos se trabaron unas con otras, barriendo al enemigo con el fuego de sus cañones, embistiéndose con sus espolones y lanzando a sus hombres al abordaje», determina Renuncio.

Pronto, y casi dirigidas por una fuerza extraña, «La Sultana» y «La Real» chocaron y se enzarzaron en un fiero combate cuerpo a cuerpo que se cobraría la vida de cientos de soldados. «Los hombres de ambas naves iniciaron una lucha sin cuartel, en la que “La Real” y “La Sultana” fueron socorridas por otras galeras, que hacían pasar a sus soldados a bordo de las dos capitanas» explica el experto. Ambas flotas sabían que no podían permitirse el lujo de perder sus buques de mando, pues sería algo nefasto para la moral de sus respectivas flotas.

Problemas iniciales

Mientras, en el flanco izquierdo cristiano, Barbarigo vivió momento de tensión cuando las tropas de Sirocco se introdujeron en un hueco dejado por las tropas del veneciano. Este, vio en unos instantes como su nave era asediada por media docena de buques enemigos. La lucha fue tan cruenta que, finalmente, el cristiano murió cuando el disparo de un arquero turco le acertó en un ojo. A pesar de todo, y con la ayuda de varias galeras que fueron a socorrer a su líder fallecido, se logró resistir la embestida turca.La situación no era mejor en el flanco contrario, donde Uluch Alí había conseguido atravesar la línea cristiana haciendo uso de una estratagema que alejó el ala derecha cristiana de la batalla. Por suerte, la escuadra de reserva acudió a socorrer el centro de «La Santa Liga». No obstante, no llegó lo suficientemente rápido como para salvar a varias galeras cristianas cuyos ocupantes fueron pasados a cuchillo sin piedad.

A partir de ese momento rindió la anarquía entre las diferentes naves, que trataban de resistir, junto al buque aliado más cercano, la acometida del enemigo. En este momento de incertidumbre, el joven Cervantes recibió varios disparos, uno de los cuales le alcanzó en la mano izquierda, dejándosela inútil para siempre. Por suerte, el posteriormente conocido como «el manco de Lepanto» pudo seguir escribiendo durante años con su brazo derecho.

Un final glorioso

«En esta situación, cuando la batalla se encontraba en el momento más decisivo, un disparo de arcabuz mató a Alí Pachá, lo que provocó el desmoronamiento de la resistencia a bordo de la Sultana. El estandarte musulmán fue arriado, al tiempo que los gritos de victoria en las filas cristianas iban pasando de una galera a otra», determina Renuncio.

Después de este golpe para los turcos, comenzó su retirada. «Uluch Alí consiguió escapar llevando consigo una pequeña parte de sus fuerzas y el estandarte arrebatado a los caballeros de la Orden de Malta, que también participaban en la armada cristiana», explica el experto.

«La victoria cristiana fue total. Entre 25.000 y 30.000 otomanos murieron en la batalla, frente a los 8.000 españoles, pontificios y venecianos. La batalla de Lepanto fue una matanza terrible, sin precedentes, pero sirvió para demostrar que el esfuerzo conjunto de las naciones cristianas podía frenar el avance del Imperio Otomano. Por fin, la armada del sultán había sido destruida, y con ella el mito de su invencibilidad», añade Renuncio.

Además del importantísimo valor militar, la batalla tuvo unas buenas consecuencias para España y la cristiandad. «Aunque aparentemente la batalla de Lepanto no tuvo consecuencias inmediatas, su importancia fue enorme desde el punto de vista moral y propagandístico, ya que sirvió para acabar en Europa con el mito de la invencibilidad otomana», finaliza el periodista.

Tras la batalla

A pesar de la gran derrota, el Imperio Otomano volvería a planta batalla tan sólo tres años más tarde, cuando consiguió conquistar Túnez a los españoles. A su vez, en 1574, Venecia firmó en secreto la paz con el sultán, rompiendo la Santa Liga y traicionando a España y al Papa. De esta forma, y aunque el pacto le ofrecía ventajas comerciales, también obligaba a esta república a pagar un tributo a Estambul y renunciar a Chipre.

«La paz era humillante para Venecia, pero, al fin y al cabo, era una república de mercaderes y prefería garantizar la seguridad de sus intercambios comerciales con Oriente antes que seguir aventurándose en inciertas campañas militares. Así pues, España volvía a estar sola en su lucha contra el expansionismo otomano, lo que parecía anunciar nuevas e inevitables guerras», explica Renuncio.

Sin embargo, el conflicto entre ambos imperios sólo duró hasta 1577. «Paradójicamente, españoles y turcos empezaron a estar cada vez más interesados en poner fin a su enfrentamiento —al menos, a su enfrentamiento a gran escala—, para poder ocuparse cada uno, con mayor libertad, de sus asuntos en otros escenarios. Además, la inactividad otomana demostró ser su peor enemigo: las galeras del sultán se pudrieron en los puertos y nunca más volvieron a suponer una amenaza para la seguridad de los estados cristianos del Mediterráneo», añade el experto.

Tres preguntas al Capitán de navío José María Blanco Núñez, Asesor del Instituto de Historia y Cultura Naval

m. p. v. madrid
1-¿Qué significó la derrota para el imperio Otomano?
Supuso el final de su expansión hacia Occidente, su freno en Europa, donde llegó hasta Viena de donde saldrá derrotado un siglo más tarde, su cambió de teatro al Indico, donde hizo sufrir de los lindo a los portugueses, lo que contribuirá a la unión de los reinos peninsulares.
2-¿Qué marcó la diferencia en Lepanto?
Lo que definitivamente descalabró a los turcos fue el buen empleo de la artillería de las cuatro (de seis) galeazas venecianas (20 cañones y 30 pedreros, cada una, mientras que las galeras mayores llevaban solamente 5 cañones a proa, que se disparaban una sola vez inminentemente antes del abordaje) que iban en vanguardia y entraron en fuego, y al magnífico comportamiento de la reserva mandada por D. Álvaro de Bazán, que abortó la brillantísima maniobra del cuerno izquierdo otomano mandado por Uluch Alí.
3-¿Cómo describiría, en un único párrafo, el impacto de esta batalla para España?
Nos proporcionó seguridad en nuestras derrotas imperiales, Barcelona-Génova que, por mor de la actitud francesa, era vital para el sostenimiento de Flandes; Puerto de Santa María (después Cartagena)-Mesina-Nápoles, sin embargo el corso ejercido por argelinos continuará azotando nuestra costa mediterránea hasta la paz de 1785, aunque hubiese desaparecido el peligro de ver las Columnas de Hércules en manos del Sultán de la Sublime Puerta.