Descubiertos todos los grandes cráteres de impacto de la Tierra


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  • Un estudio afirma que ya no será posible encontrar en nuestro planeta ni un solo cráter de más de seis km.
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En Marte podemos encontrar más de 300.000 cráteres creados por impacto de asteroides. La Luna está cubierta por varios millones más, demasiados para contarlos. Pero la superficie de la Tierra, bajo la acción constante de la erosión, la lluvia y el viento, oculta su historia a los ojos de los científicos. De hecho, apenas si se han descubierto 128 cráteres de impacto en su superficie. El resto se han borrado para siempre.

Sin embargo, un nuevo estudio que se publicará el 1 de septiembre en Earth and Planetary Science Letters sugiere que ese número tan bajo no se debe a una búsqueda perezosa. Al contrario, todos los grandes cráteres de impacto que existen aún sobre la superficie de la Tierra han sido ya localizados. No queda ni uno más por descubrir.

“Estoy realmente sorprendido -afirma Brandon Johnson, científico planetario del Instituto de Tecnología de Massachussets- “Es la primera vez que alguien hace esta clase de trabajo teniendo en cuenta los efectos de la erosión”.

Johnson, que no ha participado en este estudio, llevó a cabo en 2014 una investigación similar, y llegó a la conclusión de que, para los cráteres de 85 y más kilómetros de ancho, el registro geológico debería estar completo. Basándose en la tasa de impactos y en la edad de la corteza, el equipo de Johnson predijo ocho cráteres de este tamaño, de los que siete ya han sido confirmados.

Todos estos cráteres gigantes han sobrevivido porque estaban lo suficientemente enterrados como para resistir los efectos de la erosión, aunque también pueden quedar destruidos a causa de la tectónica de placas, que divide la corteza terrestre en fragmentos que chocan, se superponen o se deslizan unos contra otros.

Ahora, sin embargo, Stefan Hergarten y Thomas Kenkmann, dos geofísicos de la Universidad alemana de Friburgo, han llevado el análisis más allá y han hallado que los registros están completos, también, para los cráteres de mucho menos tamaño.

Para llegar a esa conclusión, combinaron las tasas de impacto estimadas de asteroides contra la Tierra con las tasas de erosión correspondientes, y compararon después la distribución teórica resultante de los cráteres con la que los geólogos pueden ver en la realidad. La coincidencia resultó ser asombrosa.

Pero el resultado más espectacular fue que para los 70 cráteres mayores de 6 km. el registro está completo. Según los investigadores, de hecho, no existe en la Tierra ni un solo crater más de ese tamaño por descubrir.

Por otra parte, según Hergaten, el resultado es tranquilizador. “De hecho -asegura- nos dice que si no encontramos nuevos cráteres no es porque seamos estúpidos”. Más bien, Hergaten cree que los investigadores deberían cambiar sus objetivos.

Los cazadores de cráteres deberían renunciar a la búsqueda de los más grandes y centrarse en encontrar los más pequeños. Tal vez, en efecto, unos 350 cráteres de entre 250 metros y 6 Km. de diámetro están aún por descubrir.

El buevo trabajo es consistente con el descenso del número de descubrimientos de nuevos grandes cráteres de impacto. Y ello a pesar de que hoy los investigadores cuentan con tecnologías que permiten buscar y localizar remotamente cualquier estructura circular sobre la superficie del planeta.

El laboratorio donde ‘nacen’ los planetas


El Mundo

  • Un experimento en California trata de averiguar las condiciones especiales que se dieron en la evolución de los planetas
  • Pretenden resolver el misterio de la vida en la Tierra. ¿Surgió en el planeta o vino a bordo de cometas y asteroides?

Recreación artística de la formación de planetas.

El proceso de formación del Sistema Solar fue extremadamente largo y violento. Algunas teorías recientes sugieren que el Sol y la ‘nebulosa solar’ surgieron de los restos de supernovas cercanas, creando un disco protoplanetario en el que nacerían los planetas por medio de numerosas colisiones que duraron millones de años. Así, los planetas terrestres se formaron con altos puntos de fundición de silicatos y metales, mientras, el resto de protoplanetas, alejados del cinturón de asteroides y del calor, pudieron absorber más compuestos volátiles de hielo e hidrógeno, creando gigantes gaseosos y de hielo.

Estos procesos de formación planetaria son los que está reproduciendo un equipo de científicos en el Laboratorio Nacional Lawrence Livermore (LLNL), de la Universidad Berkeley en California, utilizando un láser impulsado por compresión, con el que recrean las violentas condiciones que se producen en el interior en el nacimiento de planetas similares a la Tierra, documentando las propiedades de los materiales que determinaron los procesos de formación y evolución de los planetas.

No se trata de reproducir un Sistema Solar en miniatura, sino que, según ha detallado a EL MUNDO Marius Millot, investigador principal de este experimento publicado este viernes en la revista Science, utilizan “uno de los láseres más potentes del mundo” dirigiéndolo hacia una muestra milimétrica de policristales y monocristales de stishovita, una forma de sílice de alta densidad (SiO2), induciendo sobre ella “un pulso muy corto, de una milmillonésima de segundo”. De esta forma, “la enorme expulsión de energía crea un plasma que envía una onda de compresión por ‘efecto cohete’ a nuestra muestra, generando una onda de choque que comprime y calienta los cristales a medida que se desplaza”.

Después, los científicos monitorizan la onda de choque mientras se mueve a través de la muestra, como una bola de nieve bajando una montaña, “con diagnósticos ópticos ultra-rápidos, para deducir las propiedades del sílice sometido a las altas presiones y temperaturas que existen en las profundidades de los planetas y durante los violentos eventos de su historia, como el gran impacto que creó la Luna”, concluye el físico.

El director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN), Rafael Bachiller, reconoce los beneficios que este estudio tendría para la astrofísica. En su opinión, “las medidas en laboratorio del comportamiento de los materiales bajo las enormes presiones que reinan en los núcleos de los planetas son de sumo interés para comprender su formación, estructura y evolución interna“.

La clave para determinar estas características, según explica Millot, “es saber cuánto tiempo se mantienen sólidos sus materiales antes de fundirse por la presión, y ahora podemos medirlo en el laboratorio”, celebra. Gracias a este método, pudieron saber que la fusión del sílice se produce a 5 millones de atmósferas (500 GPa), una presión comparable a la presión entre el núcleo y el manto de una súper-Tierra, es decir, un planeta 5 veces mayor que nuestra Tierra, como Urano y Neptuno.

Los planetas rocosos podrían poseer desde hace muchos años profundos océanos de magma (roca fundida)

En combinación con anteriores mediciones sobre otros óxidos y sobre el hierro, los datos de esta investigación indican que los silicatos del manto y el núcleo de metal tienen temperaturas de fusión comparables por encima de 300-500 GPa, lo que sugiere que los grandes planetas rocosos podrían poseer desde hace muchos años profundos océanos de magma, en el que se pueden formar los campos magnéticos planetarios. Además, según señala Millot, “nuestra investigación sugiere que el sílice está probablemente en estado sólido en el interior de los núcleos de Neptuno, Urano, Saturno y Júpiter, lo que establece nuevas restricciones en los futuros modelos mejorados para la estructura y evolución de estos planetas”.

Sin embargo, Bachiller advierte que, aunque las simulaciones en laboratorio de procesos astrofísicos ganan en realismo cada día, siempre hay que tener cuidado con las analogías que se realizan en física, pues los sistemas astrofísicos son extremadamente complejos, ya que en ellos coexisten numerosos fenómenos físicos y químicos. Por ejemplo, en el interior de los planetas encontramos convección, turbulencia, inestabilidades de diferentes tipos, fenómenos magnéticos, y un largo etcétera. Esto es algo imposible de reproducir en un laboratorio“.

Stishovita sintética

Conseguir policristales y monocristales de stishovita no es nada fácil para los científicos, pues usualmente sólo se encuentran en pequeñas cantidades cerca de cráteres formados por impactos de meteoritos. Las muestras naturales, por lo tanto, son demasiado pequeñas y demasiado valiosas para utilizarlas en un experimento de este tipo. “¡Nuestro método es destructivo!“, bromea Millot. Con lo cual, sólo podrían utilizar cristales creados artificialmente.

Así, los avances de Millot no habrían sido posibles sin la labor de la científica Natalia Dobrovinskaia y su equipo de la Universidad de Bayreuth en Alemania, pues según asegura el físico estadounidense, “son las únicas personas en el mundo capaces de sintetizar este tipo de cristales para nuestro estudio”.

Para fabricarlos, utilizan una gran prensa, del tamaño de una habitación, con la que comprimen unos milímetros cúbicos de cuarzo a 130.000 atmósferas (14 GPa), sometiéndolos a miles de grados, hasta alcanzar las condiciones de temperatura y presión en la que la stishovita tiene su fase más estable del sílice. De forma más simple, Millot explica que en nuestras casas “hacemos lo mismo al crear cubos de hielo, poniéndolos en el congelador hasta que las temperaturas alcanzan condiciones bajo cero, que son en las que se alcanza la fase más estable del agua: el hielo”.

Los investigadores pretenden averiguar incógnitas como el origen de la vida en la Tierra. ¿Surgió en el planeta o se sembró en cometas y asteroides?

La stishovita es mucho más densa que el cuarzo o el sílice fundido, por lo que se mantiene más fría bajo compresión, característica que permitió a los investigadores medir la temperatura de fusión a una presión mucho mayor. Según explica Millot, la compresión dinámica de los materiales planetarios es algo muy importante para el éxito de la investigación, pues “en las profundidades del interior de los planetas, el hidrógeno es un fluido metálico, el helio puede comportarse como una lluvia, la sílice fluida es un metal y el agua puede estar en forma super-iónica”.

Estos comportamientos exóticos son los que Millot intenta responder con sus experimentos. “¿Por qué hay una gran cantidad de agua en la Tierra? ¿De dónde viene la vida? ¿Surgió en la Tierra o se sembró en cometas y asteroides?. Para este físico, el nacimiento y la evolución del Sistema Solar “sigue siendo un misterio”.

La violenta formación del Sistema Solar

Según una teoría reciente de la Universidad de Arizona, el Sol pudo haber surgido dentro del alcance de algunas supernovas cercanas, por lo que la onda de choque de estos agresivos fenómenos pudo haber desencadenado la formación de nuestra estrella al haber colapsado las regiones de sobre-densidad en la nebulosa circundante, conocida como ‘nebulosa protosolar’. Al colapso de esta nebulosa, el material de su interior se iría condensando a medida que giraba más y más rápido.
Entonces, los átomos colisionarían liberando energía en forma de calor que se iría acumulando en el centro de la masa. Cuando la gravedad, la presión del gas, los campos magnéticos y la rotación actuaron en ella, la nebulosa en contracción empezaría a allanar, creando un disco protoplanetario en el que el Sol terminaría de formarse. La estrella estaría rodeada por una nube de gas y polvo, la ‘nebulosa solar’, donde se formarían los ‘planetesimales’, cuerpos de 5 km de tamaño que irían creciendo por acreción, colisionando con granos de polvo que irían haciéndolos cada vez más grandes durante millones de años. Formados principalmente por componentes con altos puntos de fundición, como los silicatos y metales, estos cuerpos rocosos finalmente se convirtieron en planetas terrestres.
Mientras, Júpiter, con sus efectos gravitacionales, hacía imposible que se unieran objetos protoplanetarios presentes, dejando detrás el cinturón de asteroides. Además, al sobrepasar la línea de congelación donde más compuestos volátiles de hielo pudieron permanecer sólidos, Júpiter y Saturno juntaron más material que los planetas terrestres, convirtiéndose en gigantes gaseosos, mientras que Urano y Neptuno capturaron menos material, evolucionando como gigantes de hielo, con núcleos hechos por compuestos de hidrógeno.

Encuentran minúsculos fragmentos de meteoritos en rocas traídas por el ‘Apollo 16’


El Mundo

Estudio en ‘Science’ sobre la evolución del Sistema Solar

Las muestras recogidas por los astronautas de las misiones ‘Apollo’ siguen siendo una extraordinaria fuente de estudio para los científicos. Una investigación publicada esta semana en la revista ‘Science’ describe el hallazgo de minúsculos fragmentos de meteoritos en las rocas lunares que los tripulantes de la ‘Apollo 16’ trajeron a la Tierra en 1972.

Los científicos creen que tanto la Tierra como la Luna fueron bombardeados por una gran cantidad de objetos en los orígenes del Sistema Solar. Las colisiones, sostienen, debían ser mucho más frecuentes que en la actualidad. Sin embargo, desconocen si esta ‘lluvia’ de objetos se componía sobre todo de asteroides, cometas o una combinación de ambos. Su estudio tiene una gran importancia para intentar averiguar cómo se originó la vida en la Tierra.

Según sugiere esta nueva investigación, firmada por investigadores estadounidenses del Instituto Planetario y Lunar de Houston, los asteroides eran probablemente los objetos que con más frecuencia impactaban sobre la Tierra y la Luna.

La mayoría de los estudios sobre los impactos de objetos en cuerpos del Sistema Solar se han basado en datos indirectos recabados tras el hallazgo de elementos químicos en el manto y en la corteza que podrían haber tenido su origen en el choque de meteoritos y asteroides.

Los meteoritos que han impactado en la Tierra lo han hecho a velocidades grandes y, aunque los científicos no han podido localizar restos de estos objetos en las rocas terrestres que tienen miles de millones de años de antigüedad, tenían esperanzas de que estos restos se hubieran podido conservar en la superficie de la Luna.

3.800 millones de años

Al analizar varias muestras de rocas (brechas regolíticas) recogidas por astronautas en la Luna, los científicos encontraron minúsculos restos de meteoritos junto a otras partículas. Las brechas regolíticas proceden del regolito lunar (la capa de rocas sueltas y fragmentos minerales que no forman suelo).

Según calculan los investigadores, los minúsculos fragmentos detectados son muestras de los pequeños objetos celestes que cruzaron el Sistema Solar hace entre 3.400 y 3.800 millones de años. La autora principal del artículo, Katherine Joy, y sus colegas creen que se trata de restos de asteroides y no de cometas.

Según señalan, la textura y los minerales hallados en estos restos es parecida a los de los fragmentos procedentes de condritas carbonáceas (asteroides primitivos). También señalan que su composición es muy diferente a la de otras rocas recogidas en la Luna que tienen una mayor cantidad de hierro. Asimismo, las rocas analizadas en este estudio son más ricas en magnesio (Mg) y más pobres en níquel (Ni) que las rocas ígneas terrestres lo que, según sugieren, indicaría que estas muestras no han resultado contaminadas al ser manipuladas y trasladadas a la Tierra.

La ciencia en la misión ‘Apollo 16’

La misión del ‘Apollo 16’, en abril de 1972, fue la penúltima del histórico programa de la NASA y una de las más fructíferas desde el punto de vista científico. Charlie Duke -el astronauta más joven que viajó a la Luna- y John Young pasaron más de 20 horas explorando la superficie lunar a bordo de un ‘rover’ con que batieron también un récord de velocidad al alcanzar los 18 kilómetros por hora. En total, recorrieron unos 27 kilómetros de la región denominada ‘Descartes’ durante los tres paseos lunares que hicieron en esta misión. El tercer miembro de la tripulación fue Thomas K. Mattingly.

Entre las numerosas muestras que los astronautas trajeron destaca la roca lunar más grande recogida (pesaba casi 12 kilogramos y fue apodada Big Muley, en homenaje al geólogo principal de la misión). Recogieron casi 100 kilos de rocas, que siguen siendo estudiadas por los científicos.

Minería de asteroides


El Mundo

  • Una empresa lanzará naves espaciales para extraer minerales de asteroides
  • Los creadores de Google y el cineasta James Cameron apoyan el proyecto
  • El objetivo es explotar 1.500 asteroides cercanos a la Tierra

Hubo quien dijo que el fin de la era de los transbordadores supondría el ocaso de la carrera espacial. Pero el vacío de la NASA empiezan a llenarlo ejecutivos decididos a invertir millones de dólares de su bolsillo para convertir el espacio en un negocio rentable. Primero fueron los primeros balbuceos del turismo espacial de la mano de pioneros comoRichard Branson o Eric Anderson. Ahora el sueño de transformar los asteroides en explotaciones mineras que horadar en busca de hierro, níquel, óxigeno, platino o agua.

La empresa se llama Planetary Resources y sus fundadores son el propio Anderson y Peter Diamandis: el empresario estadounidense cuya fundación ofreció 10 millones de dólares al inicio de la década al primer proyecto en construir una nave espacial tripulada sin dinero público. La compañía se presenta este martes en Seattle y cuenta con el respaldo de figuras tan influyentes como el cineasta James Cameron y los responsables de Google Eric Schmidt y Larry Page.

El objetivo es explotar unos 1.500 asteroides próximos a la Tierra. Pero los responsables de la empresa son conscientes de que no es un proyecto rentable a corto plazo. “Nosotros pensamos a largo plazo”, decía este martes Anderson, “no esperamos que esta empresa sea un éxito financiero inmediato. Pero si uno cree que los recursos naturales son decisivos para el futuro de la carrerea espacial, es inevitable llegar a la conclusión de que los asteroides son los escalones para avanzar hacia el resto del sistema solar”.

Recursos cósmicos

La empresa se fundó en 2010 pero se ha mantenido en estado latente durante dos años. Los necesarios para hacer cálculos y sumar al proyecto nombres importantes como el de Christopher Lewicki, que trabajó como responsable de las misiones a Marte en el laboratorio de reactores de la NASA. A día de hoy, Planetary Resources tiene en nómina a 25 ingenieros y pretende hacer su vuelo inaugural antes de dos años. Lo primero sería lanzar al espacio telescopios para identificar los asteroides con más riquezas naturales. Pero en el plazo de 10 años la empresa se propone crear observatorios en órbita para explotar los recursos de esos asteroides.

Los fundadores del proyecto siguen el camino trazado por el catedrático John S. Lewis a mediados de los años 90. Lewis publicó entonces ‘Mining the Sky’: un libro que detalla los pasos necesarios para explotar los recursos naturales del espacio en las próximas décadas.

“El espacio es la vía para resolver nuestros problemas de abastecimiento”, explica a ELMUNDO.es desde su domicilio, “en los asteroides que nos rodean hay recursos suficientes para mantener la vida de 40.000 millones de personas hasta que se apague el sol. Sólo en el asteroide más pequeño que conocemos hay más metal que el que los seres humanos hemos utilizado desde el principio de los tiempos”.

Sin embargo, no todos los científicos comparten el entusiasmo de Lewis. El profesor estadounidense Jay Melosh dijo ayer que los costes eran demasiado altos y explicó que la exploración espacial era “un deporte que sólo se podían permitir las naciones ricas y aquellas que querían demostrar su potencia tecnológica”.

Una opinión que no comparte Diamandis, que comparaba ayer la conquista del espacio con otras empresas históricas de los seres humanos: “Nuestras inversiones en transporte y en exploración siempre han estado guiadas por la búsqueda de los recursos naturales. Eso fue lo que guió a los europeos por la ruta de las especias y a los colonos americanos en la conquista del Oeste”.

La tormenta de asteroides que cambió la Tierra


El Mundo

El gran bombardeo de asteroides, conocido como Bombardeo Intenso Tardío, que se produjo en la Tierra hace entre 4.200 y 3.500 millones de años, o incluso hasta más tarde, es uno de los eventos a los que se atribuyen muchas de las características de nuestro planeta, pero los constantes cambios en una corteza terrestre con placas tectónicas y con vida complica a los científicos el desafío de encontrar las pruebas.

Esta semana, dos trabajos en la revista ‘Nature’ revelan claves sobre el origen y la frecuencia de esta lluvia de asteroides y cometas, que se inició cuando se formaba el Sistema Solar.

En uno de los trabajos, los investigadores Brandon Johnson y Jay Melosh, de la Universidad Purdue (Estados Unidos) han analizado un rastro de polvo procedente de estos cometas en capas rocosas donde quedó incrustado. “Se trata de partículas que se vaporizan durante el impacto del asteroide y llegan a la atmósfera, allí se vitrifican (solidifican) y vuelven a caer a la superficie dejando una capa que son las huellas de estas catástrofes”, explica el investigador español Jesús Martínez-Frías, del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA).

Velocidad de los impactos

Las características de estas partículas, que se expandieron por el espacio como una gran pluma de vapor durante la colisión, ayudan a determinar cómo son los asteroides o a qué velocidad llegaron al planeta. Las esférulas analizadas por Johnson y Melosh son de impactos de hace entre 3.500 millones y 35 millonesde años e indican que el número de proyectiles que chocaron durante esta tormenta de rocas fue mayor de lo que se pensaba, y luego fue decayendo.

Sus conclusiones dan crédito a la hipótesis mantenida hasta ahora de que cambios en el Sistema Solar influyeron en este bombardeo, dado que se alteró la trayectoria de objetos de un Cinturón de Asteroidessituado entre Marte y Júpiter, enviándolos rumbo a la Tierra. “Esta es la primera evidencia sólida de lo que sucedió en realidad”, apunta Melosh en un comunicado.

Los investigadores, gracias a estas redondas ‘gotas’ de roca, han deducido que algunos asteroides tenían entre seis y 58 kilómetros de diámetro (varias veces más grande que el que acabó con los dinosaurios), pero la mayoría eran más pequeños y su patrón de distribución coincide con la del mencionado Cinturón de Asteroides. “Tenemos por vez primera una conexión directa entre las dimensiones de los cráteres en la Tierra primitiva y los asteroides que hay en el espacio”, destaca el científico americano.

Los cráteres de la Luna

Hasta ahora, y dado que los cráteres de aquellos primeros momentos han desaparecido o están erosionados, los investigadores se centraban en el estudio de los impactos en la Luna. “Las esférulas nos abren un nuevo camino para conocer la historia terrestre, porque todos los asteroides de más de 10 kilómetros de diámetro dejaron una capa de esférulas”, añade Johnson, quien recuerda que estos impactos pudieron ser el origen de la vida, al haber introducido materia orgánica en un planeta muerto.

Para estudiar estas esférulas, conservadas en el expediente geológico y de no más de un milímetro de diámetro, utilizaron modelos de ordenador que previamente habían desarrollado sobre condensación.

Melosh cree que sus resultados permitirán a su equipo calcular los efectos del impacto de uno o varios asteroides sobre este planeta. Esta ‘calculadora’ podría permitir a cualquier averiguar los daños de una colisión de este tipo en el planeta.

Rocas volatilizadas

El segundo trabajo, de William F. Bottke, como primer firmante, concluye que aquel gigantesco bombardeo duró más de lo que se pensaba, para lo cual también analizan esférulas procedentes de impactos. Al menos han localizado siete capas de estos restos de rocas volatilizadas que se formaron hace entre 3.230 y 3.470 millones de años; otras cuatro capas de hace entre 2.490 y 2.630 millones de años; y otras de hace entre 1.700 y 2.100 millones de años.

Aseguran que se debió a una desastabilización del Cinturón de Asteroides por la migración de un planeta gigante.

“Los autores aportan modelos que sugieren una dinámica asteroidal, en este período más turbulento de reorganización planetaria del Sistema Solar primigenio, que favoreció el acercamiento de asteroides a la Tierra causando gigantescos impactos”, señala Martínez-Frías.

Para el investigador español, para confirmar estos modelos habrá que investigar en la Luna “ya que nuestro satélite parece ser, en sí misma, una evidencia de estas catástrofes, donde los procesos que ocurrieron en estas etapas se conservan mejor que en la Tierra (debido a la inactividad geológica) y por ello pueden estudiarse mejor que en nuestro propio planeta”.

Las auténticas dimensiones del Sistema Solar


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sistema_solar--644x362Todos hemos visto las láminas que ilustran los libros escolares, esas en que se representan los planetas del Sistema Solar como una serie de esferas de diferentes tamaños, todas situadas aproximadamente a la misma distancia de la que la precede. Esta escala -obviamente- es completamente errónea. Te proponemos tomar la calculadora y realizar un recorrido por las verdaderas dimensiones del Sistema Solar.

El Sistema Solar es enorme. Tanto, que sus dimensiones escapan a la capacidad que posee nuestro cerebro para imaginar lo que significan números tan grandes. Decir que la Tierra se encuentra a más de 149 millones de kilómetros del Sol no basta para darnos una idea de lo que realmente representa esa distancia. Cuando leemos que el Sol posee un diámetro de algo menos de un millón y medio de kilómetros, nuestra mente no alcanza a visualizar lo que ese tamaño significa. Y las láminas que mencionábamos antes poco nos ayudan en esta tarea, ya que nos dan la errónea sensación de que el Sol es unas cuantas veces más grande que la Tierra, o que Plutón se encuentra bastante más lejos del Sol que Marte. Pero las dimensiones del Sistema Solar son lo suficientemente impresionantes como para que resulte completamente imposible realizar una representación a escala e incluirla en una lámina de libro de texto: si lo hiciésemos, los planetas no serían visibles ni siquiera utilizando una lupa.

Para comprender mejor las distancias y tamaños implicados vamos a comparar los objetos más importantes del Sistema Solar con otros de uso cotidiano. Comenzaremos, como corresponde, con el par que más influye en nuestras vidas: la Tierra y el Sol. Sabemos que nuestro planeta posee un diámetro aproximado de 12.750 kilómetros, y que se encuentra a unos 150 mil millones de metros del Sol. Supongamos por un momento que la Tierra posee el tamaño aproximado de una pelota de tenis. En esta escala, el Sol sería una esfera de unos once metros de diámetro, que se encuentra a unos mil doscientos kilómetros de distancia. Ese es el desafío al que se enfrentan los encargados de ilustrar las dimensiones del Sistema Solar. Si seguimos haciendo cálculos manteniendo las distancias entre planetas y su tamaño en la misma escala del ejemplo anterior, volvemos a estar en problemas: si la Tierra se encontrase a mil doscientos kilómetros del Sol, Plutón estaría a unos cuarenta y siete mil y tendría el tamaño de una canica. Está claro quenecesitamos una escala para las distancias, y otra, completamente diferente, para el diámetro de los cuerpos del Sistema Solar.

La escala de los cuerpos

Comencemos por el tamaño relativo de los cuerpos principales del sistema, asumiendo que la Tierra con sus 12.750 kilómetros de diámetro la podemos imaginar como una pelota de tenis de unos 10 centímetros de diámetro. En esta escala, el Sol (1.400.000.000 kilómetros de diámetro) sería la mencionada esfera de unos once metros de diámetro,Mercurio (4,800 kilómetros de diámetro) sería algo así como una pelota de golf y Venus (12,100 kilómetros de diámetro) no sería muy diferente a la pelota elegida para representar a nuestro planeta. Si seguimos avanzando hacia el exterior del Sistema Solar, nos encontramos con Marte y sus 6,800 kilómetros de diámetro. En nuestra escala tendría un diámetro de unos 5,3 centímetros.

Más allá de Marte se encuentra el denominado “cinturón de asteroides”, compuesto por algunos miles de millones de cuerpos rocosos de tamaños extremadamente variables. El más grande de todos ellos, que posee aproximadamente la tercera parte de toda la masa de ese cinturón es Ceres, que tiene un diámetro de 952 metros. En nuestra escala sería más o menos como un guisante. Más allá de Ceres se encuentra el planeta más grande de todos: Júpiter. Este gigante gaseoso tiene un impresionante diámetro de 143 mil kilómetros, solo unas 10 veces menos que el del Sol. Si la Tierra fuese una pelota de tenis, Júpiter sería una esfera de algo más de un metro de diámetro. El siguiente planeta que encontraríamos en nuestro viaje también es un gigante gaseoso, a pesar de que “culpa” de lo majestuoso de sus anillos generalmente olvidamos su tamaño. Saturno tiene un diámetro de 115 mil kilómetros, y en nuestra escala sería una esfera de 90 centímetros de diámetro.

Urano y Neptuno, los dos planetas siguientes, también son gaseosos. Sus tamaños son bastante aproximados –51 mil y 49 mil quinientos kilómetros de diámetro respectivamente- pero más pequeños que los dos anteriores. En nuestra escala, serían esferas de 40 y 39 centímetros de diámetro, bastante más grandes que una pelota de baloncesto. En cuanto a Plutón, recientemente convertido en un “planeta menor” como Ceres, es un pequeñín de la mitad del diámetro de Mercurio (unos 2.390 kilómetros) y tendría en nuestro sistema ficticio el tamaño deuna canica grande. Como puedes ver, es casi imposible dibujar en una misma página objetos con tamaños tan dispares manteniendo la escala. Y con las distancias ocurre exactamente lo mismo.

La escala de las distancias

Por comodidad, vamos a suponer que la distancia que separa la Tierra del Sol -unos 149.597.870.961 kilómetros son 100 metros. Eso convierte los 58 mil millones de kilómetros existentes entre Mercurio y nuestra estrella en sólo 38 metros. Venus, que en realidad está poco más de 108 millones de kilómetros del Sol se encontraría a unos 72 metros, y Marte -227 millones de kilómetros- estaría a unos 150 metros del Sol. A partir de aquí las distancias se incrementan rápidamente, lo que explica la relativa facilidad con la que las agencias espaciales han enviado misiones a los planetas mencionados y la prácticamente inexistencia de misiones al resto de los integrantes de nuestro sistema. Ceres, el gigante de los asteroides, se encontraría a unos 270 metros del Sol. Y Júpiter, que en realidad está a más de 778 millones de kilómetros de nuestra estrella, estaría a unos 520 metros.

El siguiente planeta, Saturno, se encontraría a 950 metros de distancia del Sol. Urano y Neptuno estarían a 1980 y 3100 metros respectivamente, y el frío Plutón a casi 4 kilómetros. Realmente, el Sistema Solar es un sitio enorme, difícil de apreciar en toda su magnitud. Pero así y todo, es prácticamente despreciable frente a las dimensiones de nuestra galaxia: en nuestra escala, Próxima Centauri-la estrella más cercana- se encuentra a 26 mil kilómetros de distancia.El centro de nuestra galaxia, la Vía Láctea, estaría a unos impresionantes 167 millones de kilómetros del Sistema Solar. Como puedes ver, la tarea de representar nuestro Sistema Solar en una lámina y con la escala correcta prácticamente carece de sentido.

Dos asteroides se aproximan a 386.241 kilómetros de la Tierra


EFE – El Mundo

  • A una distancia similar a la que se encuentra la Luna de la Tierra

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La NASA informó hoy de que se aproximan dos asteroides a la Tierra, que pasarán el miércoles cerca de nuestro planeta a una distancia similar a la que está la Luna.

El telescopio Catalina Sky Survey (CSS), situado en las montañas de Santa Catalina (Arizona), operado conjuntamente por la Universidad de Arizona y la Universidad Nacional Australiana y patrocinado por la NASA, descubrió los dos objetos el domingo.

El Centro de Planetas Menores en Cambridge (Massachusetts) examinó los datos captados por el telescopio para determinar las órbitas preliminares y calcular la distancia a la que se encontraban.

Los científicos concluyeron que los dos asteroides pasarán el miércoles a una distancia similar a la que se encuentra la Luna de la Tierra, unos 386.241 kilómetros.

La Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA) ha señalado que, debido a su proximidad, los asteroides podrán ser visibles con telescopios de aficionado de tamaño moderado.

Se calcula que el asteroide 2010 RX30, que tiene unas dimensiones de entre 9 y 19 metros, pasará a 247.838 kilómetros de la Tierra a las 05.51 hora local (09.51 GMT).

Mientras que el segundo objeto, denominado RF12 2010, con un tamaño de entre 6 y 14 metros pasará aproximadamente a 78.000 kilómetros a las 17.12 hora local (21.12 GMT).