Mengs, el embajador del clasicismo


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  • Mañana se inaugura en la Real de San Fernando la exposición «Anton Raphael Mengs y la Antigüedad»

ABC | Obras de Mengs, publicadas por Azara

Anton Raphael Mengs (1728-1779), pintor de cámara de Carlos III, puso su corazón y casi toda su vida al servicio de la Antigüedad. Representante muy principal de la estética neoclásica en Europa, fue, además de pintor, pedagogo, teórico, coleccionista e incluso arquéologo. Para él, todo estaba en la Grecia clásica y solo volviendo a ella el arte tenía sentido.

Para Mengs, los artistas griegos habían alcanzado la perfección, y la imitación de sus obras era el único camino para la excelencia absoluta. En 1761 llegó a Madrid, y colaboró en la decoración y embellecimiento del Palacio Real y del Palacio de Aranjuez, a la vez que su voz era muy tenida en cuenta en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la que sería miembro honorario.

Su pasión por el clasicismo le llevó a realizar una auténtica cruzada. Trató con cortes y con gobiernos, con las autoridades eclesiásticas, con ducados y con condes, con nobles de aquí y de allá (principalmente italianos), para conseguir las licencias que le permitieran realizar los vaciados en yeso de toda escultura de origen griego que se encontrara a mano.

Gran donación

Reunió una gran cantidad de vaciados y los trajo a España, y se los donó a la de Real de San Fernando para que sirvieran de ejemplo pedagógico para los alumnos que aquí se entregaban al estudio de las bellas artes. Esa colección, además de algunos bocetos del propio pintor, es el eje de la exposición «Anton Raphael Mengs y la Antigüedad» que, organizada por la Fundación Mapfre y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, se inaugura este miércoles en la propia sede de la Academia.

Según Almudena Negrete, comisaria de la muestra, Mengs «invirtió en este proyecto casi todas sus energías físicas y económicas para conseguir esas licencias que hicieran posible la realización de los vaciados». Incluso, se estableció un plan, coordinado por el pintor Francisco Preciado de la Vega, para que los vaciados viajasen de la mejor manera posible entre el puerto de Civitavecchia, situado a ochenta kilómetros al noroeste de Roma, y el puerto español de Alicante. Primero se pensó en usar buques de la Armada Real que hacían el viaje entre Italia y España pero, finalmente, hasta se eligió un barco, el Santísima Concepción, elegido a propósito para la singular empresa.

Estos vaciados, hoy por hoy muy frágiles y vulnerables, responden, según los organizadores, « los ideales estéticos y las teorías del Neoclasicismo que tanto Mengs como su amigo Winckelmann, exponían en sus obras y escritos», como el propio Mengs plasmó en su libro «Reflexiones sobre la belleza».

Los artistas griegos fueron, como dijo Diderot, los apóstoles del buen gusto, y Mengs se convirtió mediante esta singular colección de vaciados, en su mejor embajador ante la España de Carlos III que se asomaba intensamente a la Ilustración.