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  • Las celebraciones en las que se basa esta jornada son las Lupercales («la fiesta de la licencia sexual») y el día en honor de la diosa Juno Februata

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Ni amor, ni pequeños angelitos capaces de volar y de lanzar flechas para entrelazar el destino de dos tortolitos. El origen del Día de San Valentín poco tiene que ver con lo que, a día de hoy, se celebra el 14 de febrero. Por el contrario, esta fiesta en honor a los enamorados se basa en las Lupercales, un festival de depravación y sexo salvaje que se llevaba a cabo en la Antigua Roma con varios objetivos. Entre ellos, lograr que los jóvenes se iniciaran en la sexualidad y perdieran el miedo a mantener relaciones entre sí. La celebración era tan bárbara e imposible de erradicar que la Iglesia se vio obligada a sustituirla por el actual día de los enamorados en el siglo V.

Con todo, esta es solo una de las teorías existentes sobre el origen de San Valentín. Algunas fuentes creen que también se basa en otra fiesta pagana que se quería «cristianizar»: la que se hacía en honor de Juno Februata. El autor John M. Flader afirma en su obra «Tiempos de preguntar. 150 cuestiones sobre la Fe Católica» que, en la Antigua Roma, existía la costumbre de honrar a esta deidad introduciendo los nombres de las jóvenes de la ciudad en una caja. Cada uno de ellos era extraído por un chico y la pareja resultante quedaba unida a nivel sexual. Nuevamente, lo pecaminoso de la celebración hizo que fuera modificada. «Al final, se sustituyeron los nombres de las chicas por los de los santos», afirma el autor.

Lupercales: barbarie y golpes en Roma

Las Lupercales, según la mayoría de los expertos, eran unas fiestas celebradas en la Antigua Roma que incluían varios ritos para que los adolescentes se iniciaran en las relaciones sexuales. Con todo, y según explica el autor Jean-Noël Robert en su obra «Eros romano: sexo y moral en la antigua Roma», el origen de esta celebración ya se consideraba entonces mitológico. «Se trataba de una de las ceremonias más arcaicas, ya que numerosos especialistas coinciden en decir que se remontaba a los tiempos del caos, mucho antes de la fundación de Roma, en la que sin duda se hacían sacrificios humanos», señala.

Oficialmente, la fiesta se celebraba en la misma gruta (la Lupercal) en la que se creía que una loba había amamantado a los fundadores de Roma (Rómulo y Remo) después de que estos hubieran sido abandonados en el río por su familia.

El escritor Carlos Goñi relata en «Una de romanos: un paseo por la historia de Roma», este curioso episodio: «Marte, el flagrante dios de la guerra, amó en secreto a [una joven], quien concibió dos mellizos. Cuando naciero, [el tio de la chica, Atulio] introdujo a los pequeños en una cesta y los hechó al Tíber, convencido de que morirían. Sin embargo, la cesta vino a parar a un remanso del río. Los niños empezaron a llorar y la loba los descubrió. El animal los amamantó en una gruta al sur del Palatino, llamada Lupercal».

Desde aquella gruta se iniciaban las Lupercales de manos de un sacerdote. Este era el encargado en primer lugar de sacrificar un carnero en honor a Fauno (el dios de la naturaleza). Lo hacía con el mismo cuchillo con el que, posteriormente, embadurnaba la cara de dos «lupercos» o «luperci» (los jóvenes que debían pasar por aquel ritual).

Mientras corrían, los «lupercos» iban dando latigazos a todo aquel que se ubicaba frente a ellos

«Después, secaba los restos de sangre con vellón de lana mojado en leche; en este punto los dos muchachos debían prorrumpir en risas», explica el autor de «Eros romano». ¿Por qué esta reacción? Al parecer, porque de esta forma emulaban la victoria de la vida sobre la muerte. La «resurrección» por la que, en definitiva, habían pasado los fundadores de la ciudad tras verse abandonados y haber sido recogidos por el animal.Una vez que habían sido ungidos por el sacerdote, estos dos jóvenes (que casi siempre iban desnudos, o ataviados únicamente con taparrabos fabricados con la piel de los animales sacrificados) salían de la gruta. El ritual no acababa en este punto, sino que iniciaban una carrera desquiciada a través de Roma por un itinerario previamente planeado. Un trayecto que llevaban a cabo mientras proferían obscenidades. Mientras corrían, los «lupercos» iban dando latigazos -con una correa fabricada también con los restos del carnero- a todo aquel que, voluntariamente, se ubicaba frente a ellos.

El principal objetivo eran, no obstante, las mujeres en edad de ser madres. «La opinión en que estaban las mujeres era que estos latigazos contribuían a su fecundidad, o a su feliz libertad», se explica en el «Diccionario Universal de Mitología». Las chicas, de hecho, consideraban todo un honor que los «lupercos» les diesen un correazo, pues era una forma de que los dioses les asegurasen un retoño. Los hombres zurrados, por el contrario, entendían que aquellos golpes les purificaban y les permitían entrar «limpios» en el nuevo año (que comenzaba entonces en marzo). Es decir, que llevarse una marca a casa era símbolo de buena suerte.

A pesar de todo, los autores le atribuyen varios significados a esta fiesta. Robert señala, por ejemplo, que mediante aquella carrera la «ciudad revivía sus primeros momentos, aquellos en que había pasado de la barbarie y el caos a la civilización, a una nueva vida». Otros tantos son partidarios, por el contrario, de que la ceremonia era principalmente un rito de iniciación entre los más jóvenes. El autor Pierre Jacomet es uno de ellos. El escritor afirma en una de sus obras que aquellas eran «ceremonias destinadas a alejar el miedo a la sexualidad, el temor de ser incapaz, el terror a no poder cumplir con el ritual de la fertilidad, que es la cópula, a perder la calidad de ciudadano del mundo».

¿Qué sucedía después de la carrera? Las teorías son varias. Algunos autores como Jon Juaristi explican en «El bosque originario» que las Lupercales podrían incluir «ritos orgiásticos como la prostitución propiciatoria de las pastoras». Robert, por su parte, añade que ese día también se celebraban otros tantos rituales como «el sacrificio de un perro», una invocación a Juno, o un banquete».

La confusión con Juno Februata

Pero San Valentín no solo podría tener su origen en las Lupercales. Como ya se ha señalado anteriormente, también sería posible que se basara en la fiesta que los romanos celebraban en honor de Juno Februata (la diosa de las purificaciones, según se explica en «Panlexico, vocabulario de la fabula»). No obstante, existe cierta controversia en torno a esta festividad. Algunos autores afirman que era una celebración situada el día 14, mientras que otros la ubican el 15 y, algunos más, llegan a señalar que se celebraba entre el 13 y el 15.

La controversia en torno a esta ella es total. Determinados historiadores señalan que realmente se correspondían con las «februales», unas celebraciones que duraban casi medio mes y que se llevaban a cabo en febrero. Las mismas en las que se detenía el culto al resto de divinidades (pues sus templos se cerraban) y, curiosamente, los matrimonios estaban prohibidos.

Las teorías sobre cómo se celebraban las fiestas en honor de Juno Februata son también varias. Algunos autores afirman que en ellas se llevaban a cabo sacrificios mientras los presentes portaban antorchas. Otros escritores como Flaver son partidarios de que, en base a las fuentes clásicas, se festejaban de una forma mucho más romántica: «Existía la antigua costumbre de que el 15 de febrero los chicos escribieran los nombres de las chicas en honor de la diosa Juno Februata».

También se cree que, posteriormente, las «papeletas» (por así llamarlas) eran guardadas en una caja y cada joven extraía una. Esa sería su pareja sexual, y con ella llevaría a cabo sus fantasías más perversas. «Para cristianizar dicha costumbre, se sustituyeron los nombres de las chicas por los de los santos», completa el experto. El historiador del XVIII Alban Butler es en quien se basa principalmente este experto, el cual es secundado por otros posteriores como Jack Oruch.

Cristianización

La brutalidad de las Lupercales, así como la necesidad de cristianizar la fiesta ante la imposibilidad de que la olvidasen los ciudadanos, provocó que -allá por el siglo V- la Iglesia tomara cartas en el asunto. Así lo afirma el periodista e historiador Jesús Hernández (autor del blog «¡Es la guerra!») en su obra homónima: «La fiesta de San Valentín fue instaurada en el año 498 por el papa Gelasio I, probablemente en un intento de eliminar la efeméride pagana de las Lupercales, que se celebraban el 15 de febrero. Un festejo relacionado con el amor y la reproducción».

En palabras de este autor, se eligió sustituirla por San Valentín en base a que este religioso desafió a Roma en el siglo III en nombre del amor. Por entonces, el emperador romano Claudio II Gótico (214-270 d.C.) consideraba que «los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla, en unos momentos en los que las fronteras se veían acosadas por alamanes y vándalos».

«Los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla»

El político, que de tonto no tenía un pelo, decidió que lo mejor para que sus legionarios se dejasen la vida y derrochasen valor en el frente era prohibirles contraer matrimonio. Si nadie les esperaba en su hogar, no tendrían reparos en batirse a pilum y gladius.«San Valentín era entonces el obispo de la ciudad de Iteramna (hoy Terni, en Italia), y se avenía a celebrar en secreto las bodas de aquellos soldados que no querían cumplir esa orden del emperador», añade Hernández.

Como era de esperar, al ser descubierto fue apresado por el líder, quien le decapitó el 14 de febrero del año 269. «Se cree que fue enterrado en la Vía Flaminia, a las afueras de Roma, lo que hizo que durante la Edad Media la Puerta Flamina fuese conocida como Puerta de San Valentín», completa el historiador y periodista. En todo caso, la veracidad sobre la biografía del santo hizo que la Iglesia Católica eliminara esta festividad del calendario en el año 1969.

Con todo, existe otra versión sobre esta historia. Según desvela el dossier «El día de San Valentín» (editado por la Consejería de educación en el Reino Unido e Irlanda), Valentino era, allá por el siglo III, un cristiano que continuó practicando su religión a pesar de la prohibición romana. Sus principios le llevaron a la cárcel, donde uno de los guardias le pidió que diese clases a su hija ciega. Tras varias jornadas a su lado, la pequeña recuperó la vista y se convirtió al cristianismo al entender que era la fe verdadera.

«Añade la leyenda que la víspera de la ejecución, Valentino envió una última nota a la niña pidiéndole que se mantuviera en la fe. La nota iba firmada: “de tu Valentino”. Al día siguiente, 14 de febrero, Valentino fue ejecutado. Sus restos se conservan en la Basílica de su mismo nombre, en Terni, donde cada año, el 14 de febrero, las parejas que van a casarse celebran un acto en honor del Santo», se señala en el informe.


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  • Una reconstrucción digital desvela la magnificencia del proyecto, construido sobre las ruinas de la Domus Aurea
 La Natatio de las Termas de Trajano, la piscina más grande del imperio romano - ABC

La Natatio de las Termas de Trajano, la piscina más grande del imperio romano – ABC

El mundo se quedó maravillado por la grandiosidad y belleza de las Termas de Trajano, cuando el emperador de origen hispano las inauguró en el 109 d. C. Las termas eran de alguna forma el equivalente de nuestros spa; en realidad, lo eran mucho más, a lo grande, porque la definición latina salus per aquam (spa) significa «salud por medio del uso del agua».

Ahora, por primera vez, se desvela la exacta grandiosidad y magnificencia del monumento construido por orden de Trajano sobre las ruinas de la Domus Aurea, la extraordinaria y asombrosa villa que Nerón se hizo construir, entre el 64 y el 68 d. C., después del incendio que devastó Roma en el 64 d. C. El proyecto de las Termas, cuya construcción duró cinco años, fue de Apollodoro de Damasco, genial arquitecto romano y escritor, que también construyó el Foro Trajano, gozando de la confianza del emperador. La exacta monumentalidad de la gigantesca estructura de baños termales de la antigua Roma ha sido reproducida digitalmente tras cinco años de trabajo por los arquitectos Raffaele Carlani y Stefano Borghini.

Caldarium de las Termas de Trajano- ABC

Caldarium de las Termas de Trajano- ABC

«Lo que más me ha impresionado es la Natatio, la imagen de esa piscina gigantesca, una especie de mar urbano que se abría en el centro de Roma, lo que no tiene precedentes», manifiesta a ABC el arquitecto Carlani. En efecto, esa piscina, la más grande del imperio, con su agua a temperatura natural que ondea en un espacio inmenso, es uno de los espectáculos de las Termas. Raffaele Carlani nos comenta que han trabajado durante cinco años en esta reconstrucción «realizada de forma científica»: «Hemos trabajado durante cinco años, estudiando toda la información sobre las Termas de Trajano, hemos consultado muchísimas fuentes y especialistas y hemos estado en contacto con todos los expertos que trabajan en las excavaciones, como Rita Volpe, arqueóloga de la Superintendencia de Roma». Esos restos arqueológicos se encuentran en el parque del colle Oppio –una de las siete colinas de Roma–; en especial, el pabellón de la Domus Aurea, a tan solo dos pasos del Coliseo.

Las Termas de Trajano constituyeron el prototipo de las termas imperiales. Ocupaban una extensión de cuatro hectáreas, fueron las primeras «grandes termas» de Roma y en su época contaban con el mayor edificio termal existente en el mundo. El complejo medía 330 por 315 metros, con una parte central de 190 por 212 metros.

Como un gran centro comercial

Muchas fueron las innovaciones que después sirvieron de modelo a otras termas, como las de Caracalla y las de Diocleciano. Para una mejor exposición al sol y a los vientos, el Caldarium se ubicaba en un determinado lugar para que contara con la mejor disposición del sol al mediodía y a la puesta del sol. Disponían de ventanas con cristales, abiertas en verano y cerradas en invierno. Hoy puede parecer una nimiedad, pero las vidrieras eran en esa época un lujo que solamente los romanos ricos podían permitirse.

Tepidarium de las Termas de Trajano- ABC

Tepidarium de las Termas de Trajano- ABC

Después de hacer el recorrido clásico (Caldarium-Tepidarium-Frigidarium), salas dispuestas en secuencia, se podía pasar a la gran piscina, situada en el extremo septentrional. En torno a este eje central se distribuían simétricamente todos los demás ambientes, como los vestuarios y gimnasios. Además de los sectores colectivos, había otras numerosas salas destinadas a baños particulares, masajes, cuidados de la belleza, maquillaje y saunas.

Las Termas de Trajano fueron concebidas como una especie de gran centro comercial de extraordinaria belleza en el que nada faltaba: había jardines, fuentes, estatuas, frescos, ricos mármoles, salas de espectáculo, bibliotecas, comedores y tiendas.

De la espléndida reconstrucción realizada por los arquitectos Raffaele Carlani y Stefano Borghini resalta la magnificencia, con mármoles de colores, de impresionantes columnas que te llevan la mirada hacia lo alto, para admirar las amplias bóvedas del techo cubiertas de recuadros con estucos decorados. ¿Hasta qué punto se refleja esta grandiosidad en la reconstrucción que se ha hecho? A esta pregunta, el arquitecto Raffaele Carlani asegura que «la luz y la grandiosidad» son reflejo auténtico de las Termas de Trajano y que el trabajo realizado es «extremadamente científico»: «Nos hemos permitido hacer una reconstrucción detallada, incluso con decoraciones, porque en el largo proceso de trabajo realizado hemos analizado todas las fuentes disponibles de responsables científicos, hemos estudiado otras termas posteriores que se inspiraron en las de Trajano, como las de Diocleciano y Caracalla. Es decir, todo lo que hemos reconstruido tiene una base. No podemos decir que es una reproducción al cien por cien, pero el resultado que hemos obtenido, la imagen que se percibe, está en una dirección justa. El uso refinado de la luz, la imagen de gran riqueza y de esplendor que se aprecian en la reconstrucción están seguramente muy cerca de la realidad». Sobre el arte y riqueza escultórica de las Termas de Trajano puede dar una idea el hecho de que el Grupo del Laocoonte, descubierto en 1506 y hoy conservado en los Museos Vaticanos, se consideraba que formaba parte de estas termas. Algunos estudios recientes parecen excluir esa procedencia.

Frigidarium de las Termas de Trajano- ABC

Frigidarium de las Termas de Trajano- ABC

La grandiosidad de las Termas de Trajano se percibe en algunos de los restos arqueológicos visibles en el colle Oppio. Son pocos, pero imponentes. Por ejemplo, las «siete salas», una enorme cisterna de agua. El emperador construyó el llamado Acueducto Trajano, pero sus grandiosas termas necesitaban mucha agua y no le bastaba con la del acueducto. Por eso hizo construir una extraordinaria cisterna, denominada «siete salas», con una capacidad de más de ocho millones de litros de agua, que todavía se conserva. Estaba formada por nueve ambientes con cúpula.

Juegos de seducción

En este ambiente refinado de las Termas de Trajano, la atmósfera que se respiraba recuerda a los spa actuales, donde se exhiben músculos y cuerpos bronceados, sin que falte a menudo el juego de la seducción. En esa época, hombres y mujeres se mezclaban en las termas, salvo en los vestuarios, que estaban separados.

Pero el trabajo de reconstrucción de las Termas de Trajano no se ha hecho para imaginar mejor cómo podían ser las relaciones de los romanos entre los vapores de las termas, sino por un objetivo histórico importante, según nos comenta el arquitecto Carlani: «Esta reconstrucción es también muy importante para los historiadores, con los que hemos trabajado codo a codo, porque se convierte en un elemento de discusión y debate. Además, se rinde justicia, en un sentido más amplio, al esfuerzo estético que se hacía en estos edificios».



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  • El suplicio se justificaba en que «la profanación» (violatio) de los padres y de los dioses debe expiarse del mismo modo. El castigo tenía un componente ceremonial
 Saturno devorando a un hijo, de Francisco de Goya - Museo del Prado

Saturno devorando a un hijo, de Francisco de Goya – Museo del Prado

 

Dios pidió a Abraham que sacrificara a su hijo Isaac como muestra de fe: «Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moriá, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré». El patriarca judío se disponía a «inmolar a su hijo» cuando un ángel apareció para evitarlo. Dios supo así que Abraham sacrificaría cualquier cosa por él, pero no iba a permitir que se cometiera un pecado de esa gravedad. La tradición judeocristiana repudia el parricidio, al igual que Grecia y Roma, que reservaban a este crimen uno de los castigos más salvajes. Lo más peculiar de los romanos es que eximían a los padres del delito.

El padre romano tenía máximo control sobre su familia, incluso si decidía exponer a peligro de muerte a sus hijos

Más allá de dioses y titanes, el parricidio más conocido de la cultura helena es el que sucede durante el mito de Edipo. Ante la profecía de que moriría asesinado por su hijo, el rey de Tebas no se atrevió a matar a su único vástago con sus manos, pero atravesó con fíbulas sus pies y lo entregó a un pastor para que lo abandonara. Creía que nadie recogería a un recién nacido con los pies atravesados. Sin embargo, el niño sobrevivió cuidado por unos pastores y, posteriormente, por la reina de Corinto, quien le llamó Edipo, que significa «el de pies hinchados».

Siendo adulto, Edipo se encontró con su padre, el rey de Tebas, y sin saber que era sangre de su sangre le mató por un incidente de poca importancia. Aunque Edipo llegó a rey y vivió años dichosos, el parricidio cayó sobre él como si fuera una maldición. En una de las versiones, Edipo se quitó los ojos con los broches del vestido de su madre, Yocasta, que también era su esposa, y se exilió de Tebas al saber que había matado a su padre y se había casado con su madre.

Un delito extremo contra la divinidad

En la legislación de Atenas, el parricida podía ser perseguido y muerto por cualquier ciudadano, mientras que el autor de un homicidio simple solo podía ser acusado por los parientes próximos de la víctima. A nadie le era lícito prestarle asilo, pues consideraban que era un delito supremo. No en vano, el reformador y legislador Solón se negó a anular penas en Atenas para los parricidas, a razón de que no creían que hubiera personas tan perversas que osasen romper los vínculos sagrados de la naturaleza. Solo los animales podían hacer algo así.

Posteriormente, en Roma se llamó parricidio a todas las formas de homicidio sobre un hombre libre o ciudadano, un «par» o un «igual». El Derecho Romano primitivo equiparaba «parricidium» a homicidio voluntario, pero ya con la ley de las XII Tablas se catalogó solo como la muerte de los padres ocasionada por los hijos. Aquí no entraban los crímenes contra los hijos o los esclavos porque el padre romano tenía máximo control sobre su familia, incluso si decidía exponer a peligro de muerte a sus hijos o desheredar a alguno de ellos.

La muerte reservada para los asesinos de sus padres se llamaba «Poena Cullei» o «Culleum» (un contenedor de cuero con cierre estanco dedicado a transportar alimentos) y consistía en lanzar al condenado desnudo al mar o a un río metido en un saco de cuero con una víbora (de la que se creía que era un animal parricida), una mona (la caricatura del hombre), un gallo (feroces, capaces de enfrentarse a un león) y un perro (animal considerado «immundus» por los romanos). En un pasaje del jurista romano Herenio Modestino se describe que «los culpables de parricidio eran primero perseguidos con “las virgae sanguineae” y luego cosidos en el interior de un “culleum”». Al reo se le cubría la cabeza con un gorro de piel de lobo y se calzaba con zapatos hechos de madera para que no pudiera defenderse.

Se les producía la muerte por ahogo con la creencia de que el agua tenía una cualidad purificadora, además de que al homicida había que privarle de una sepultura digna. Los animales desempeñaban una doble tarea. Por un lado torturar al reo mientras estuviera vivo; después, fundir sus restos hasta que fuera imposible distinguir al animal del hombre.

Al reo se le cubría la cabeza con un gorro de piel de lobo y se calzaba con zapatos hechos de madera

¿Quién introdujo un castigo tan cruel para este tipo de delito en Roma? Según Valerio Máximo fue el rey etrusco Tarquino, quien ordenó «el culleum» para castigar al decenviro M. Atinio, culpable de haber divulgado los secretos de los ritos civiles sangrados. El suplicio se justificaba en que «la profanación» (violatio) de los padres y de los dioses se debe expiar del mismo modo. El ataque contra el pater es el crimen contra la divinidad, por lo que el castigo tenía un componente ceremonial.

Su crudeza recordaba a la que en el Antiguo Egipto se reservaba también al parricida, al que después de torturarle con pequeñas cañas aguzadas, se le cortaban pedazos de carne, y colocado sobre haces de espinos se le quemaba a fuego lento.

La Europa cristiana hereda el «culleum»

La Lex Pompeia de Parricidi anuló este tipo de ejecución pero extendió la pena del parricidio para otros parientes, desde hermanos, primos, suegros, nueras, yernos, marido y mujer, padrastro, patrón y patrona. En este grupo se seguía excluyendo del castigo al que ejerciendo la patria potestad matara a sus pupilos. La ley reconocía el derecho que tenía el padre de matar a sus descendientes, ya fueran hijos o nietos. Con el ascenso de César Augusto se desempolvó de nuevo el «culleum», e incluso se le achaca a él (otras fuentes dicen que fue Adriano) estipular qué animales debían ser introducidos en el saco.

Todo el procedimiento era excepcional. Ningún otro condenado a muerte era sometido a tanta y tan estudiada ceremonia. Sin ir más lejos, las vergas con las que se les fustigaba debían ser «sanguineae», es decir, del color rojo de la sangre. Una forma de hacer pagar con sangre al que atenta contra su propia sangre. Constantino, que legalizó la religión cristiana, diría de este castigo que era «para que en vida le falte el aire, y ya muerto esté privado de sepultura», lo cual significa que todavía en el siglo tres seguía vigente.

En la Edad Media algunas instituciones romanizadas conservaron esta idea de ajusticiamiento. Ese fue el caso de las Partidas, un cuerpo normativo redactado en la Corona de Castilla durante el reinado de Alfonso X que recuperó la pena del saco de cuero cerrado, si bien en una versión más simbólica que efectiva. Según el legalista Joaquín Escriche, la pena del «culleum» se mitigó en la práctica haciendo «llevar al reo al patíbulo, en serón de esparto, y luego meter el cadáver en cubo grande donde estaban pintados aquellos animales, y hacer la simulación de arrojarlo al río, dándole después la correspondiente sepultura».


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  • El escritor Valerio Máximo recuerda que en los tiempos gloriosos de la República los castigos contra la indisciplina debían ser ejemplares. La derrota por ineficacia nunca fue una posibilidad para las tropas romanas
  • La Legion Romana
  • La Legion Perdida

 

 Fotograma de la película «La legión del Águila» - ABC

Fotograma de la película «La legión del Águila» – ABC

 

En los años finales de la República romana, Marco Licinio Craso se hizo cargo de la campaña militar contra la rebelión de un grupo de esclavos dirigidos por el mítico Espartaco. El rebelde tracio había logrado derrotar a varias legiones, lo cual suponía un duro golpe para el orgullo romano, exigiendo que fueran aplicadas medidas excepcionales. Designado pretor con este propósito, Craso comenzó las operaciones desempolvando el arcaico castigo del decimatio para emplearlo contra las legiones que habían huido cuando se hallaban al mando de su predecesor. Este brutal castigo era tan salvaje como poco efectivo. La fama de hombre sin corazón de Craso creció a pasos agigantados pero no así el rendimiento de sus tropas, más atemorizadas que cualquier otra cosa.

El decimatio (o vicesimatio, otras veces, dependiendo del criterio del general) era un castigo que ya aparece citado en la Primera Guerra Púnica contra los cartagineses y solo se empleaba en casos extremos de sedición y cobardía, como ocurrió con una rebelión dentro de la propia Península Itálica. Pero incluso en ese supuesto, Craso quedó retratado como un hombre demasiado severo. El castigo consistía básicamente en la elección por sorteo de 1 de cada 10 hombres de todas las cohortes para ser asesinados a golpes y palos por sus propios compañeros. Como describe el historiador bizantino Juan Zonaras, «una vez que los soldados han cometido una falta grave, su jefe los reparte en grupos de diez, tomando un soldado de casa grupo, mediante sorteo, y éste es condenado a muerte a manos de sus propios compañeros».

Cuando la derrota acontecía a las tropas romanas, una y otra vez se disfrazaba o se justificaba a causa de la imprudencia de ciertos generales

Además, Craso obligó al 90% restante a cambiar la ración de trigo por cebada y a levantar sus tiendas fuera de los muros de los campamentos del ejército. Estas medidas, que hacían más daño que beneficio a la moral de la tropa, respondían a la gravedad de la situación pero, sobre todo, evidencian lo mal que digerió siempre Roma sus derrotas. A la ciudad le costaba horrores reconocer sus fracasos militares de forma oficial y siempre encontraba una excusa apropiada para delimitar responsabilidades. Cuando la derrota acontecía a las tropas romanas, una y otra vez se disfrazaba o se justificaba a causa de la imprudencia de ciertos generales –siendo un buen ejemplo de ello la batalla del bosque de Teutoburgo– o por la desobediencia de éstos a los signos divinos enviados para advertir a Roma de que se encamina al desastre. Un ejemplo de estos supuestos símbolos divinos tuvo lugar durante la demencial campaña que Licinio Craso emprendió en Partia, un gran reino asiático que se extendía más allá de Armenia, muchos años después de derrotar a Espartaco. En esta ocasión, se estimaba que el propio Júpiter envió al general un aviso premonitorio de la derrota cuando los portaestandartes del ejército, cruzando sobre el río Eúfrates, dejaron caer involuntariamente las banderas al agua. Los sacrificios y las vísceras de los animales examinados por los arúspices tampoco eran favorables. Pese a ello, Craso dio la orden de avanzar en dirección hacia una terrible derrota.

Un castigo fuera de uso e ineficaz

Si bien el decimatio aplicado por Craso en la guerra contra los esclavos fue a nivel masivo, lo habitual era que afectara solo a pequeños grupos que habían huido o que simplemente habían dado muestras de indisciplina (véase abandonar las guardias durante la noche, hacer de forma incorrecta los relevos u olvidar la contraseña, etc). Polibio explica al detalle cómo se procedía en estos casos individuales: «Se convoca al punto el consejo de tribunos, se celebra el juicio y, si el hombre es declarado culpable, se le apalea. El procedimiento es el siguiente: el tribuno, provisto de una vara, roza suavemente al condenado. Inmediatamente todos los miembros de la legión le apalean y apedrean; en la mayoría de los casos el reo muere allí mismo». Pero ni siquiera muertos podían descansar en paz los indisciplinados y los sediciosos. El escritor Valerio Máximo recuerda que en los tiempos gloriosos de la República los castigos contra la indisciplina debían ser ejemplares y en varios casos se reclamó expresamente que a los soldados castigados «nadie les diera sepultura y que nadie llorara su muerte».

Con el paso de los años, el decimatio, que está vinculada a la palabra moderna diezmar, fue cayendo en desuso a razón del coste de matar a tantos hombres de las filas propias. De hecho, la compilación de leyes del «Digesto» solo la cita como pena alternativa al cambio de destino, que evidentemente es un sanción mucho menos severa. No obstante, Tácito todavía se refiere en su narración de la guerra de Tacfarinas, en el año 23 d.C, a este castigo como respuesta del general Lucio Aproniano a la huida de sus tropas: «Más afectado por el honor de los suyos que por la gloria del enemigo, Aproniano recurrió a una práctica rara por aquella época y que recordaba los tiempos pasados («raro ea tempestate et e vetere memoria facinore»): diezmar a la cohorte deshonrada dando muerte a palos a quienes correspondió por sorteo». Y al menos en esta ocasión el decimatio tuvo consecuencias positivas a nivel militar, pues «tan grande fue el efecto de la severidad que un cuerpo de tropas de veteranos, que no sobrepasaba de 500 hombre, desbarató a las mismas tropas de Tacfarinas que habían atacado un fuerte llamado Tala».

«Tan grande fue el efecto de la severidad que un cuerpo de tropas de veterano desbarató a las mismas tropas de Tacfarinas que habían atacado un fuerte»

También en la etapa de Octavio al frente de Roma aparece este castigo citado durante la guerra contra los Dálmatas en el año 34 a.C. Además, Suetonio recuerda que Calígula tuvo la tentación de recuperar el decimatio cuando estaba preparando una campaña contra tribus germanas. Y vuelve a mencionarse durante la historia de San Mauricio y la Legión Tebana. Así, Mauricio era el general de una legión integrada por cristianos egipcios, que fue llamada a la Galia, en concreto a la ciudad de Agaunum, por el emperador Maximiliano. Ante la negativa de cumplir la orden de dar muerte a otros cristianos, todos ellos recibieron el famoso castigo, y tras una segunda negativa los supervivientes fueron martirizados hasta la muerte. La veracidad del relato, no en vano, es muy cuestionada por los historiadores debido a que el castigo llevaba siglos sin aplicarse y a lo inverosímil de que hubiera una legión entera integrada por cristianos.

 


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  • Los griegos practicaban la pederastia como una forma de introducción de los jóvenes (ya en la pubertad) a la sociedad adulta, pero las relaciones entre adultos eran vistas de forma negativa entre personas del mismo estatus social
ABC El rapto de Ganimedes por el dios griego Zeus. Óleo de Eustache Le Sueur. 1650.

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El rapto de Ganimedes por el dios griego Zeus. Óleo de Eustache Le Sueur. 1650.

La homosexualidad en la Antigüedad es un tema que la mayor parte de la historiografía ha evitado de forma premeditada hasta hace poco tiempo. El resultado es un concepto equivocado e idealizado de lo que era tolerado socialmente en el periodo. Sin ir más lejos, en ocasiones se confunde la homosexualidad entre adultos, reprobada gravemente entre el pueblo, con las relaciones entre un adulto y un joven, la pederastia, que estaban instrumentalizadas en algunas ciudades como parte de la formación de los adolescentes procedentes de la aristocracia, pero que también era vista como inaceptable en algunos periodos. En definitiva, y así lo denuncian distintos autores desde hace años, las generalidades han transmitido una visión desdibujada de la realidad sexual en la Antigua Grecia y en la civilización que posteriormente recogió su legado, Roma.

La literatura y la mitología grecolatina están repletas de personajes bisexuales y de referencias a prácticas homosexuales entre hombres. El propio Zeus, «el padre de los dioses y los hombres», tenía a un joven troyano, Ganimedes, como a uno de sus amantes favoritos. La ambigua relación entre el héroe más popular, Aquiles, y su fiel pupilo Patroclo en «La Ilíada» de Homero fue vista por los propios autores griegos como una clara referencia homosexual. Precisamente por las muchas referencias, resulta sorprendente que casi ningún historiador abordara de forma clara el asunto hasta el siglo XX. Tras un largo periodo marcado por la censura en temas de homosexualidad, no se publicó un libro en inglés que tratara en exclusiva el tema histórico de la homosexualidad hasta 1978, «Homosexualidad griega» de K. J. Dover, que provocó airadas protestas en Grecia. Desde entonces, el tema se ha inundado de imprecisiones y generalidades de tintes literarios.

La pederastia como un instrumento social

Lo primero que hay que comprender a la hora de estudiar qué prácticas sexuales eran aceptadas en la Grecia clásica es que el país estaba conformada por diversas ciudades estados, donde la legislación, la forma de gobierno y la concepción social podía variar profundamente en cuestión de pocos kilómetros, y que la mayoría de fuentes que han sobrevivido son de procedencia y enfoque ateniense. Lejos del concepto moderno de homosexualidad entre adultos, los griegos practicaban la pederastia como una forma de introducción de los jóvenes (ya en la pubertad) a la sociedad adulta. Un mentor asumía la formación militar, académica y sexual de un joven –que no era considerado ni legal ni socialmente un hombre– hasta que alcanzaba la edad de casamiento. Lo tardío de los matrimonios y el papel limitado de la mujer en la sociedad alentaban este tipo de prácticas.

En Atenas, la ciudad que condenó a muerte a Sócrates «por corromper a la juventud», la pederastia era principalmente una costumbre aristocrática. La alta sociedad ateniense alentaba a los maestros a tomar por alumnos a jóvenes (de entre 15 y 18 años) para iniciarlos tanto sexualmente como académicamente. La pederastia llegó incluso a estar rígidamente reglamentada: se condenaba a los parientes de los jóvenes que convertían el proceso en una «subasta» y a los menores que vendieran sus favores.

En contraposición, Esparta veía en la pederastia una forma de adiestramiento militar e incluso se ha planteado que la relación entre alumno y maestro era del tipo casto, aunque también con un componente erótico. Pero si hay un ejército que llevó a su máxima expresión esta práctica fue el tebano. El Batallón Sagrado de Tebas fue una unidad de élite griega formada por 150 parejas de amantes masculinos y creada por el comandante Górgidas. Según la narración de Plutarco, la unión entre amantes aumentaba su capacidad combativa, haciendo que la unidad permaneciera invicta hasta su única derrota en la batalla de Queronea contra Filipo II de Macedonia y su hijo Alejandro Magno.

Aunque la pederastia estaba aceptada como una práctica habitual entre los aristócratas –siendo objeto, no en vano, de burlas por parte de los plebeyos–, la homosexualidad entre hombres adultos despertaba en muchas ocasiones comportamientos homófobos. Las relaciones entre hombres adultos de estatus social comparable, no así con esclavos, iban acompañadas de estigmatización social dada la importancia de la masculinidad en las sociedades griegas. La única excepción de normalidad social en estos casos se daba en antiguas relaciones pederastas que habían alcanzado la edad adulta.

Otra de las controversias asociadas a la sexualidad en la Antigua Grecia es la tendencia sexual de Alejandro Magno. En la película que Oliver Stone realizó en 2004 sobre el conquistador macedonio –una región considerada bárbara por los griegos pero de gran influencia helenística y hoy dentro de las fronteras de Grecia– se presenta a Alejandro como alguien abiertamente bisexual (sobre todo en la versión extendida). De su biografía conocida se desprende que se casó con varias princesas de los territorios persas que conquistó (Roxana, Barsine-Estatira y Parysatis) y fue padre de al menos dos niños. Los relatos históricos que describen las relaciones sexuales de Alejandro con Hefestión –amigo de la infancia del macedonio– y Bagoas –un eunuco con el cual Darío III había intimado y que luego pasó a propiedad del conquistador– fueron escritos siglos después de su muerte. A falta de fuentes directas sobre este aspecto, es imposible determinar cuál fue la naturaleza exacta de la vinculación del macedonio con estos supuestos amantes, pero, de haberse producido con Hefestión, hubiera sido obligatoria mantenerla con discrepción puesto que se trataba del tipo de homosexualidad entre adultos que estaba estigmatizada en Grecia. No así la mantenida con un esclavo como Bagoas.

Roma, los emperadores homosexuales

La homosexualidad en la Antigua Roma, sin ser un crimen penal –aunque lo era en el ejército desde el siglo II a.C.–, estaba mal vista en todos los sectores sociales, que la consideraban, sobre todo en lo referido a la pederastia, una de las causas de la decadencia griega. Como recuerda el historiador Adrian Goldsworthy en el libro «César, la biografía definitiva», «aquellos senadores que tenían amantes varones solían hacerlo con discrepción, a pesar de lo cual con frecuencia los opositores políticos les ridiculizaban públicamente». No obstante, el historiador Edward Gibbon recuerda en su obra que de los doce primeros emperadores solo a Claudio le interesaban exclusivamente las mujeres. El emperador Nerón fue el primero que se casó con otro hombre, un joven eunuco de palacio llamado Esporo. Y a principios del siglo III, el emperador Heliogábalo escandalizó a sus contemporáneos casándose públicamente dos veces vestido de mujer, adoptando así explícitamente el papel pasivo en la relación.

Si bien en Grecia la línea roja la marcaba el que hubiera una diferencia de edad entre los amantes, en Roma era prioritario diferenciar quien ejercía el papel de activo y quién el de pasivo, tanto a nivel sexual como social. Como ejemplo de ello, los opositores a Julio César usaron siempre los rumores de que en un viaje diplomático había mantenido relaciones homosexuales con Nicomedes IV, Rey de Bitinia, para erosionar la autoridad del dictador romano. La acusación era grave no por tratarse de una relación homosexual, la cual podía ser asumida en algunas circunstancias, sino por haber ejercido supuestamente el papel de pasivo sexual. Julio César, que siempre negó la acusación, fue de hecho un conocido casanova con predilección por las esposas de otros senadores y cargos políticos.

Con el reinado del emperador de origen hispano Trajano, que sentía gran admiración por la cultura helenística, se retornó parcialmente la práctica de la pederastia. A la conocida preferencia de este emperador por los jóvenes le siguió la que su sucesor, el también hispano Adriano, profesó especialmente a uno, el joven griego Antínoo. Tras su trágicamente muerte ahogado en el río Nilo, Adriano erigió templos en Bitinia, Mantineia y Atenas en su honor, y hasta le dedicó una ciudad, Antinoópolis.


ABC.es

  • Se cree que la historia de este alimento comenzó en la Antigua Roma, donde se servía rápidamente en la calle
Pizza, el plato que ya comían los legionarios romanos

ABC En la Segunda Guerra Mundial, su comercialización umentó gracias a los soldados aliados

Hoy en día se puede comer desde en restaurantes carísimos hasta en puestos a pie de plaza. Sin embargo, sea el lugar que sea donde se disfrute de ella, lo que se siempre podremos decir de la pizza es que es un plato sabroso con, según se cree, miles de años de historia.

Al menos, así lo afirma el experto y reputado cocinero Maurizio de Rosa en el diario «Clarín», donde ha explicado pormenorizadamente la evolución de este alimento, el cual le ha granjeado –entre otras cosas- una buena parte de la fama que atesora en la actualidad.

A pesar de ser un plato mundialmente conocido en la actualidad, según de Rosa es imposible determinar cuándo se inventó, aunque a día de hoy se sabe que los ciudadanos de la Antigua Roma ya comían pizza. En aquellos años, no obstante, se preparaba sin levadura y consistía en un pan plano al que se añadían especias.

Además,se servía en plena calle para aquellos que quisieran llenarse el estómago rápidamente. Sin embargo, y tras ser engullida por senadores, legionarios y ciudadanos, este plato cayó en el olvido por causas desconocidas hasta que, finalmente, renació en Nápoles aproximadamente en 1660.

En esa época, en cambio, fue un plato destinado a los más pobres debido a los ingredientes con los que se fabricaba. A su vez, en aquellos años se hacía frita y con grasa de cerdo, queso de oveja y albahaca. Sin embargo, con los años pasó a hornearse.

«El primer pizzero que se convirtió en una celebridad fue el famoso N’Tuono o Antonio Testa. Se cuenta que en 1672 Fernando de Borbón rompió el protocolo y se fue a comer a una pizzería, lo que era considerado exclusivamente de pueblo. Se fue a la pizzería de Antonio Testa. Entonces, ¿qué hicieron los nobles de Nápoles? Como el rey fue a la pizzería, ellos empezaron a ir también», explica de Rosa al «Clarín». Al parecer, y según señala el experto, Fernando II se hizo construir entonces un horno en palacio donde elaborar sus propias pizzas.

Este plato cambió con la llegada del SXVIII, cuando el virrey de Perú regaló al rey de la región una planta de tomate. En ese momento se añadió este ingrediente a la receta -que, a día de hoy, se ha vuelto básico- a pesar de que ya había llegado al país casi un siglo antes (en el XVI concretamente).

Posteriormente, en 1839, nació la pizza Margherita, llamada así debido a que fue la que la reina Margarita Teresa de Saboya de Italia (esposa de Humberto I) la eligió como su favorita cuando fue a comer al restaurante de Raffaele Espósito. Al parecer, este plato consiguió encandilarla debido a que contaba con los colores de la bandera de su país: rojo (tomate), verde (albahaca) y blanco (mozzarella). Posteriormente, el plato se daría a conocer en todo el mundo gracias a la emigración masiva de los italianos.

En la Segunda Guerra Mundial, curiosamente, la pizza se volvió a hacer famosa si cabe cuando los soldados aliados enviados al sur de Italia para liberar el país de las tropas nazis la «redescubrieron». Concretamente, cuando los militares viajaron hacia el norte de la región, fueron solicitando ese exquisito alimento que habían probado, con lo que se abrieron multitud de negocios para cubrir la demanda.


El Pais

  • Pocas figuras históricas siguen siendo tan polémicas como Nerón, aunque la fuerza del mito ha enterrado la realidad

Las termas de Trajano en Roma, que utilizaron como cimientos la Domus Aurea. / Album

Nerón pertenece a la estirpe de los grandes tiranos, su fiesta del chivo se ha prolongado a lo largo de los siglos. Pero existe una gran diferencia con los Ceausescu, Sadam Husein, Duvalier, Bokassa, Idi Amín Dadá o el Trujillo que noveló Vargas Llosa: en el caso del emperador romano del siglo I resulta imposible separar la realidad de la leyenda negra. Como escribió la catedrática de Latín de la Universidad de Cambridge Mary Beard: “La mayoría de los emperadores romanos no fueron depuestos porque fueran demonizados, sino que fueron demonizados porque fueron depuestos”. La tradición mantiene que Nerón fue condenado a damnatio memoriae, un castigo que consistía en enterrar todo el legado de un emperador para que su nombre fuese olvidado. En el caso del último miembro de la dinastía Julia Claudia, sus enemigos fracasaron: existen muy pocos personajes históricos sobre los que se hayan escrito tantos tebeos, novelas, óperas, películas o ensayos –el último, Dying Every Day (Muriendo cada día), un magnífico estudio del profesor de Clásicas del Bard College James Romm, en torno a su relación con su tutor, el filósofo estoico cordobés Séneca– y sobre cuya figura se siga debatiendo con tanta intensidad más de 2.000 años después de su desaparición. “¿Cómo no nos iba a fascinar?”, asegura Romm en una entrevista por correo electrónico. “Poder absoluto sobre la mayor parte del mundo conocido unido a los caprichos, la traición, la locura… ¿Puede ofrecer la historia un espectáculo más fascinante?”.

Las dos imágenes más populares del emperador –tocando la lira mientras contemplaba cómo ardía Roma en julio del año 64 y disfrutando de la primera gran masacre de cristianos en el Coliseo– no es que sean falsas, es que son imposibles. Nerón no estaba en la ciudad cuando empezó el incendio, llegó tres días más tarde y se puso al frente de los equipos de rescate (el fuego duró una semana). Casi ningún historiador piensa actualmente que fuese el responsable. En cuanto al Coliseo, fue construido varios años después de su muerte por el primer emperador de la siguiente dinastía, Vespasiano (9-79). Aunque, en una prueba más de la intensidad de su leyenda, acabó por darle su nombre: el monumento fue levantado en el lugar donde Nerón erigió una gigantesca estatua de 35 metros que le representaba como el dios Helios. Durante la Edad Media, el recuerdo de este coloso, hoy perdido, convirtió el Anfiteatro Flavio en el Coliseo.

¿Cómo no iba a fascinarnos? Poder absoluto unido a la traición y la locura”, explica el historiador James Romm, autor de un ensayo sobre Nerón y Séneca

Como ha escrito el profesor de Clásicas de la Universidad de Princeton Edward Champlin en la biografía más reciente del emperador –Nerón (Turner)–, “no hay necesidad de rehabilitar a Nerón: fue un mal hombre y un mal gobernante, pero hay sólidas pruebas que sugieren que nuestras fuentes principales erraron al presentarlo tan mal y crearon así la imagen de un monstruo, desequilibrado y ególatra, que ha regido la imaginación escandalizada de la tradición occidental durante dos milenios. Pero la realidad es más compleja”. La revista National Geographic le dedicó una reciente portada titulada “Repensando a Nerón”. En la otra cara de la polémica están afirmaciones contundentes como la que hace el gran crítico de arte Robert Hughes en su libro Roma (Crítica): “Es de suponer que no es posible que un hombre practique todas las perversiones sexuales conocidas o imaginables, pero es evidente que Nerón tenía un repertorio impresionante de ellas”.

Los restos de su gran palacio romano, la Domus Aurea, la fabulosa Casa Dorada que Nerón ordenó construir después del incendio, situados en el colina del Esquilino, acaban de volver a abrir al público después de permanecer casi diez años cerrados, aunque solo se pueden visitar los fines de semana y con cita previa (es necesario reservar con meses). En realidad, solo han sido accesibles con normalidad entre 1999 y 2005, cuando el palacio fue clausurado por problemas de conservación. Los espacios neronianos, ahora subterráneos, encarnan una metáfora perfecta de su mito: un laberinto de pasillos y estancias enormes, como los datos que se pierden en los rincones de la historia entre juegos de sombras y luces. “La Domus Aurea es impresionante por su arquitectura, pero también por su importancia simbólica”, afirma el historiador francés Joël Schmidt, autor de Néron, Monstre Sanguinaire ou Empereur Visionnaire? (Nerón, ¿monstruo sanguinario o emperador visionario?). “Todos los historiadores describieron sus proporciones gigantescas, su magnífica decoración y la profusión de oro (de ahí viene su nombre de Casa Dorada). El interior albergaba muchísimas obras de arte, traídas directamente de Grecia, sin contar los lagos, jardines, bosques, las fuentes de agua dulce y salada alimentadas por acueductos construidos especialmente para ello”.

Nerón decoró su palacio soñado con todo tipo de estatuas que trajo de Grecia, algunas de las cuales se conservaron en el mismo lugar donde se encontraron. / Corbis

A la muerte de Nerón, en el año 68, el palacio fue abandonado y finalmente Trajano (53-117) lo utilizó como cimientos para sus termas, tras haber esquilmado todo el mármol. Redescubierto en el siglo XV, fascinó a los artistas renacentistas y luego a personajes como el Marqués de Sade o Casanova, que dejaron la firma en sus paredes. Rafael, que se deslizaba con sogas hasta lo que entonces eran unos túneles abovedados, creó el estilo grotesco (de gruta) con el que pintó varias estancias del Vaticano en 1519 inspirándose en los frescos de aquel misterioso palacio enterrado –el hecho de que los papas se paseasen durante siglos bajo pinturas inspiradas por el palacio de Nerón es una de las muchas paradojas que emanan del personaje–. Una de las mejores copias de los frescos tal y como los encontraron los artistas del Renacimiento fue realizada por Francisco de Holanda en 1538 y se encuentra en la Biblioteca de El Escorial, en las afueras de Madrid.

A lo largo de los siglos, muchas pinturas se han borrado, y durante la visita guiada, protegidos por cascos de plástico amarillo (obligatorios porque se han producido desprendimientos), en medio del olor a humedad y bajo un frío pegajoso, resulta difícil imaginar lo que fue entonces un palacio luminoso y ajardinado. Pero, tal vez porque por esos espacios circula la leyenda de Nerón, tal vez por la inmensidad de las salas en las que el emperador ofreció alguna de las mejores fiestas de la antigüedad, resulta fascinante. En los alrededores, entre los miles de turistas, los falsos legionarios y los vendedores de aparatos para hacerse selfies, el viajero puede toparse con la Hostaria da Nerone o el hotel El Coloso. “Nerón siempre vende, no podemos olvidar que era un showman”, explica Darius Arya, arqueólogo estadounidense afincado en Roma desde hace 15 años y director del American Institute for Roman Culture.

Nerón cambió las normas de edificación en Roma después del incendio que arrasó la capital del Imperio para evitar que se repitiese el desastre

Durante un paseo por los Foros Imperiales, Arya asegura que, después del incendio, Nerón cambió las normas de edificación para evitar que una catástrofe de estas dimensiones pudiese repetirse. “Solo un idiota quemaría la ciudad. En Roma en aquel momento vivían en torno a un millón de personas y el fuego provocó 200.000 refugiados”, asegura. Ordenó que las calles fuesen más anchas, las casas de pisos –las insulae– más bajas, y, también es cierto, aprovechó la destrucción general para edificar su palacio soñado. Arya encuentra en la Domus Aurea un problema mucho más contemporáneo que afecta a demasiados lugares en Italia, como Pompeya: la conservación del patrimonio. Para salvar el palacio (un proyecto que consiste ante todo en transformar el jardín que hay encima para que los árboles y las infiltraciones dejen de dañar el conjunto arqueológico) son necesarios 32 millones de euros que, sin embargo, no llegan.

¿Quién es el Nerón más cercano a la historia, si esta pregunta tiene respuesta? Claudio César Augusto Germánico nace en Antium (actual Anzio) el 15 de diciembre del año 37. Miembro de la familia imperial, se convierte muy joven, en el año 54, en sucesor de Claudio (11-54), el tercer emperador de la dinastía que instauró Augusto (63-14 a. de C.) y continuaron Tiberio (42-37 a. de C.) y Calígula (12-41). Séneca es el principal consejero de un emperador muy popular. En el año 64, el mayor incendio que ha conocido Roma destruye una parte muy importante de la ciudad. Un año después, tras desactivar un complot, lanza una purga salvaje que le cuesta la vida al filósofo cordobés, entre muchos otros miembros de la élite. Sin embargo, el ejército, harto de sus caprichos –la oligarquía romana nunca le perdonó que participase en concursos de canto y poesía que siempre ganaba (¿quién iba a atreverse a darle un segundo premio?)–, le depone en el año 68. Nerón se suicida para evitar una muerte horrenda a manos de sus antiguos legionarios, que se habían propuesto azotarle hasta la muerte. Como había acabado con todos los posibles herederos de Augusto y no dejó hijos, Roma entró en un periodo de caos –cuatro emperadores en un año–, hasta la instauración de la dinastía Flavia con Vespasiano en el año 69.

Busto de Nerón encontrado en Libia. Fue el último emperador de la dinastía Julia Claudia. / Album

El historiador español Juan Luis Posada Sánchez, profesor de la Universidad Antonio de Nebrija y autor de El año de los cuatro emperadores, resume: “Hace ya mucho que los historiadores están intentando rehabilitar la figura de Nerón, un emperador tachado de loco, matricida, incendiario y asesino de cristianos, pero también un artista que protegió las artes y las letras, que gobernó por el pueblo y para el pueblo y que acabó con todos los descendientes de Augusto que pudieran desestabilizar su régimen. Nerón pudo haber tenido trazas tiránicas, sobre todo en la última etapa de su reinado, pero el ejército le puso en su lugar y le llevó a huir y suicidarse”. El ensayista australiano Stephen Dando-Collins, autor de Arde Roma (Ariel), un ensayo sobre el emperador, explica así su final: “Nerón dirigió los esfuerzos para detener el fuego y encabezó la reconstrucción posterior. Pero sus oponentes en el Senado, que despreciaban sus pretensiones artísticas y que añoraban a emperadores soldados como Augusto, vieron que culparle del fuego era una forma de reducir su popularidad, lo que haría más fácil expulsarle del poder. Lo que al final ocurrió”.

Las principales fuentes sobre Nerón provienen de tres historiadores romanos, Suetonio (70-126), Tácito (55-120) y Dión Casio (155-235), y la panoplia de perversiones y crímenes que describen es interminable; algunas de ellas –que mató a su madre, a sus dos primeras esposas y a su hermanastro; que asesinó a todos los que consideró oponentes políticos o un peligro para su poder; que escribía poesía y versos (actividades intolerables para un emperador)– están corroboradas por diferentes fuentes; otras, sin embargo, no: que violó a una virgen vestal, que castró a un hombre para casarse con él, que fundió los lares para convertirlos en dinero, que era un pervertido sexual sin freno. Tampoco es seguro, y es un punto especialmente polémico, que lanzase la primera gran persecución de seguidores de una nueva religión que había nacido en Judea unos años antes. La tradición cristiana mantiene que Pedro y Pablo sufrieron su martirio durante las persecuciones neronianas, que se desataron después de que los cristianos fuesen acusados de quemar Roma en una maniobra para evitar que las culpas recayesen en el emperador. Pero no hay documentos ni evidencias arqueológicas que lo demuestren.

Sí está demostrado que mató a su madre, a su hermanastro y a sus dos primeras esposas. Otros crímenes que se le atribuyen son dudosos

Suetonio y Tácito son los únicos que citan las persecuciones fuera de la tradición cristiana. Tácito escribió en sus Anales el célebre pasaje sobre su brutalidad: “Nerón buscó rápidamente un culpable, e infringió las más exquisitas torturas sobre un grupo odiado por sus abominaciones, que el populacho llama cristianos. (…) Todo tipo de mofas se unieron a sus ejecuciones. Cubiertos con pellejos de bestias, fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados, o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna cuando el día hubiera acabado”. Sin embargo, estos testimonios plantean muchas preguntas. ¿Por qué solo lo cuentan ellos? ¿Por qué emplean el término cristiano que entonces no usaban los romanos? ¿Pudo ser un añadido posterior al texto que manejamos durante su copia en la Edad Media? ¿Por qué no vuelven a producirse persecuciones de cristianos hasta décadas más tarde? Marco Aurelio ha pasado a la historia por su sabiduría (véase Gladiator, donde lo encarna un impecable Richard Harris), pero nadie recuerda sus salvajes persecuciones, como la que tuvo lugar en Lyon en el año 177. Yves Perrin, profesor de Historia y Arqueología Romanas en la Universidad de Saint-Etiène-Lyon y presidente de la Sociedad Internacional de Estudios Neronianos (SIEN), afirma: “Los autores cristianos hacen de Nerón el primer perseguidor de la verdadera fe y esta idea ha atravesado los siglos con errores de bulto, como situar los martirios en el Coliseo, que no existía. Los autores cristianos imponen a la posteridad la idea de que el año 64 representa un cambio de rumbo en la historia: la Roma pagana desaparece bajo el fuego y los mártires garantizan la victoria de la fe verdadera”. La mayoría de los investigadores creen que sí se produjeron persecuciones, aunque ponen en duda que fuesen tan intensas.

Suetonio y Tácito le acusan de haber lanzado las primeras persecuciones de cristianos, pero algunos autores lo ponen en tela de juicio

Sin embargo, la fuerza de la ficción es imbatible. Por muchos ensayos que se escriban, resulta casi imposible separar en la imaginación occidental a Nerón del sádico, caprichoso, vicioso e infantil emperador que dibuja Peter Ustinov en una de las mejores versiones cinematográficas de Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951), la famosa novela que ofrece una reconstrucción mítica de los orígenes del cristianismo, publicada por el premio Nobel polaco Henryk Sienkiewicz a finales del XIX. Y encima la ponen en televisión cada Semana Santa. James Romm asegura: “La pérdida de fuentes contemporáneas es un problema, pero son todavía más frustrantes los silencios y las opacidades del propio Séneca. Escribió muchos volúmenes, pero nunca dijo la verdad sobre lo que había hecho o visto junto a Nerón”. La realidad, como la Domus Aurea, se encuentra enterrada bajo demasiadas capas de mitos para que algún día pueda llegar a derrotar a la leyenda.


El Pais

  • El historiador Alfonso Mañas destaca en un libro la dimensión atlética de los combates del anfiteatro

‘Pollice verso’, óleo del pintor del XIX Jean-Leon Gérôme, que toma su nombre del supuesto gesto para decretar la muerte del perdedor. / phoenix art museum

“My name is Gladiator…”, y soy un gran deportista. Esto es lo que podría decir Maximus Decimus Meridius, protagonista de la famosa película de Ridley Scott, a tenor del estudio sobre los gladiadores de la Antigua Roma llevado a cabo por el historiador granadino Alfonso Mañas (1976) y compilado en un libro completísimo y lleno de sugerencias que acaba de aparecer (Gladiadores, el gran espectáculo de Roma, Ariel, 2013). Mañas, que une a su gran conocimiento del asunto una destacable pasión y un afán empírico que le ha llevado a probar la indumentaria y las armas de un reciario para dilucidar exactamente cómo combatían esta clase de gladiadores (los que luchaban con red y tridente, como el Draba del Espartaco de Stanley Kubrick, ¿recuerdan?), subraya el componente deportivo de la gladiatura y le quita sangre al espectáculo del anfiteatro.

Dice que en el caso de las popularísimas grandes estrellas (como sería el personaje interpretado por Russell Crowe), que cobraban un caché astronómico, muy excepcionalmente se les mataba en la arena, aunque perdieran. “Sería tan absurdo como matar a Messi por perder un partido”, afirma. “O a Tyson por caer en el cuadrilátero”. En contra de lo que hemos visto en la pantalla y leído en numerosas novelas, según el historiador, los combates de gladiadores no eran una salvaje y gratuita efusión de sangre y crueldad, sino un espectáculo cuidadísimo en sus más mínimos detalles y muy reglamentado, que hasta disponía de árbitros, verificación técnica de armas y calentamiento. La mayor equivocación es creer que valía todo y que siempre se acababa con la muerte de uno de los contendientes. Sorprendentemente, el investigador afirma: “La mayoría de las ocasiones (dependiendo del período de la historia de Roma que estudiemos) ambos luchadores salían de la arena con vida”.

Lo que describe Mañas, apoyándose con gran rigor en las fuentes clásicas, se parece más a un deporte de lucha (incluso al Pressing Catch, con su teatro) que a las masacres y aspersiones de hemoglobina de Gladiator o la serie Spartacus. Un deporte de riesgo, sin duda. “Pero no una orgía homicida de muertes sin sentido ni una carnicería sin más”. Para los romanos, dice, el combate de gladiadores, estaba en la misma categoría que el pugilismo, la lucha (en esa época, ciertamente, más duros que ahora) o el pancracio, y todos los que los practicaban eran athletae, deportistas.

El estudioso, que gusta de sabrosos símiles como decir que el Coliseo era “la Champions League del deporte gladiatorio”, le echa además de conocimiento mucho sentido común a su análisis. “Al ritmo que muestran las películas en poco tiempo no quedarían gladiadores suficientes para llenar los 385 anfiteatros que conocemos en el mundo romano, por no hablar de que difícilmente nadie escogería esa profesión, y sabemos que aparte de prisioneros de guerra, esclavos y condenados existía una gran cantidad de gladiadores profesionales voluntarios”. Gente que cobraba unos sueldazos (hasta el equivalente de 200.000 euros por un solo combate) que no se volvieron a pagar hasta la aparición del deporte profesional de élite en el siglo XX.

Los inicios eran difíciles, por supuesto, los gladiadores novatos o de baja categoría tenían cláusulas de rescisión (definitiva), por así decirlo, baratas, y la propensión era a que sufrieran más muertes o los enfrentaran en combates sine missione, en los que el vencido siempre era ejecutado por el vencedor e incluso al vencedor se le enfrentaba a otro y a otro gladiador hasta que caía (la reforma de Augusto eliminó este tipo de luchas). “A medida que un gladiador ganaba combates se hacía más valioso y ningún lanista ni editor sensato de ludus (juegos) se arriesgaría a dejarlo morir sin pensárselo mucho”: había que pagarle su cuantiosa ficha en ese traspaso (!). Julio César, que miraba el bolsillo, evitaba siempre el veredicto de jugula (degollado) para el vencido.

La muerte ocurría y era parte de la gladiatura —los conceptos de piedad, compasión y humanitarismo eran en el violento mundo romano muy diferentes de los nuestros, más laxos—, pero en ningún caso se dispensaba arbitrariamente. Aunque Mañas reconoce que no se puede generalizar y la gladiatura era tan variada en el mundo romano como hoy los toros: “Es muy diferente un festejo en Las Ventas que una corrida en una plaza portátil en un pueblo”.

Parte de la confusión se debe, apunta Mañas, a que hemos metido en el mismo saco diversos fenómenos romanos: no eran lo mismo, por ejemplo, los combates de gladiadores que las luchas de los damnati ad gladium, los condenados a morir por la espada, o ad bestias, enfrentados a fieras, simplemente modalidades de ejecución. Mañas cree que los combates de gladiadores, que siguieron siendo populares cuando el imperio se hizo cristiano, no acabaron por humanidad, “sino porque eran muy caros”.

El lío del pulgar

Los combates de gladiadoras existían, pero Mañas los considera mayormente “charlotadas” para animar los intermedios. Las mujeres luchaban, como los hombres, con el pecho descubierto.

No se usaba el pulgar arriba o abajo (pollice verso) para decretar la vida o muerte del perdedor. Se usaban pañuelos para lo primero y el universal gesto de degollar para lo segundo.

Entre los diferentes tipos de gladiadores (tracio, murmillo, secutor…) figuraba uno gay: el tunicatus.

La dieta de los gladiadores era muy rica en grasas para darles masa corporal.

Existía un mercado de sangre de gladiador, que se consideraba medicinal y una cura para la epilepsia.


El Pais

Las ruinas de Pompeya. / Eric Vandeville

Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Cincinnati lleva casi una década excavando dos manzanas de viviendas (insulae) aparentemente anodinas, situadas en el sur de Pompeya, a pocos metros de la puerta Stabia y junto a alguno de los lugares más conocidos de la ciudad: los cuarteles de los gladiadores y los dos teatros, así como una zona de templos y un foro. La idea de estos investigadores es, como señala la memoria del proyecto, “tratar de entender cómo se desarrollaron estos edificios a lo largo del tiempo y cómo las familias que vivían en ellos respondían a los cambios económicos, sociales y culturales de su entorno”. En otras palabras, el objetivo es dilucidar cómo vivían los habitantes normales y corrientes de Pompeya, alejados de los mitos que siempre se ciernen sobre nuestra visión del mundo romano. Se trata de una calle de clase media o baja, con viviendas modestas, comercios, algunas tabernas y pequeñas industrias, dedicadas a salar pescado o quizás a producir la salsa romana llamada garum, una mezcla poco apetecible para los paladares contemporáneos a base de vísceras de pescado fermentadas, que debía de producir un olor intenso (por decirlo con delicadeza), y uno de los pocos motivos por los que Pompeya era conocida en la antigüedad.

Una mañana de principios del pasado enero, con las excavaciones detenidas por el invierno y el yacimiento cubierto por los yerbajos, Pompeya ofrecía un aspecto más decadente de lo habitual. De este rincón parecía difícil extraer algo que no fuesen escombros. Sin embargo, Steven Ellis, uno de los responsables del Proyecto Porta Stabia, despejaba rápidamente las dudas sobre la inmensa cantidad de información que puede ofrecer cualquier rincón de la ciudad enterrada por la erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era. El examen de la basura, por ejemplo, permitía determinar a qué taberna le iba mal y a cuál bien. Y acabó por ofrecer una increíble sorpresa: en la última campaña de excavaciones apareció un hueso de jirafa. Lo que quiere decir que alguien comió tan exótico plato en Pompeya. “La investigación del ADN de la jirafa nos permitirá determinar a qué subespecie pertenecía y quizás podremos saber de dónde viene. Eso nos dará una increíble información sobre las rutas del comercio en la época romana”, explicaba Ellis durante la visita a la excavación. Existen evidencias de la presencia de animales exóticos en el Imperio romano —en Pompeya ha aparecido también el esqueleto de un mono, aunque los espectáculos circenses se realizaban allí con bestias locales, como osos o toros—, pero los arqueólogos no han sido capaces de determinar cómo eran transportados hasta la península italiana.

Pompeya y Herculano, la otra ciudad importante enterrada por el Vesubio en el golfo de Nápoles, en el sur de Italia, plantean una mezcla de preguntas y respuestas, de datos y misterios. Se mantienen a lo largo de las décadas como la mayor fuente de información sobre la antigua Roma y nunca han parado de ofrecer hallazgos: las termas mejor conservadas del mundo se terminaron de desenterrar en los años ochenta, al igual que los cadáveres de trescientas víctimas de la erupción, en lo que fue la playa de Herculano, que se han convertido en una mina de información (la imagen del esqueleto de una mujer con dos anillos de oro intactos en su dedo fue portada de National Geographic el 5 de abril de 1983). “Más que preguntarse si Pompeya ha cambiado la forma en que vemos el mundo romano, creo que lo correcto sería afirmar que ha forjado la forma en la que lo vemos. Quizás sea porque es el único lugar en que podemos estudiar la vida a pie de calle”, explica Mary Beard, profesora de Clásicas en la Universidad de Cambridge y una de las mayores expertas mundiales en Pompeya. Su ensayo sobre la ciudad enterrada, Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana, es considerado una referencia sobre el tema, mientras que sus documentales para la BBC y su blog, A Don’s life, la han convertido en una celebridad global (eso y sus peleas con los trolls en Internet, que han tenido tanta repercusión que han llevado a The New York Times a dedicarle un perfil recientemente).

En estos días coinciden exposiciones sobre Pompeya en tres lugares tan distantes como Madrid, Cleveland y Londres. La exposición española, Pompeya. Catástrofe bajo el Vesubio es un recorrido por el desastre con algunas piezas originales, mientras que el Cleveland Museum of Art alberga una muestra, The last days of Pompeii: decadence, Apocalypse, Resurection, que antes estuvo en el Museo Getty de Los Ángeles, sobre la obsesión contemporánea por la ciudad, con obras que van desde Piranesi hasta Warhol o Rothko. La exposición en el Museo Británico, que se inaugura el próximo jueves y de la que ya se han vendido 34.000 entradas por adelantado, ha sido calificada por The Guardian “como una de las más importantes muestras arqueológicas en décadas”. Esta muestra, cuyo comisario es el jefe de antigüedades romanas del British, Paul Roberts, pretende trazar la vida cotidiana de las ciudades destruidas a través de cientos de objetos, muchos de ellos nunca exhibidos, ni siquiera en Italia, y otros recientemente descubiertos. Pompeya tampoco abandona nunca los titulares, aunque más por sus enormes problemas de conservación (en febrero, además, la justicia italiana abrió una investigación contra dos gestores de la zona arqueológica por malversación de fondos), que por nuevos hallazgos.

Desde que comenzaron las excavaciones en el siglo XVIII, pocos yacimientos han despertado tanta fascinación, fuera de hitos como la tumba de Tutankamón, en 1922. Aunque la ciudad fue descubierta en 1592 por el arquitecto italiano Domenico Fontana durante la construcción de un canal, hubo que esperar casi dos siglos para que comenzase a ser desenterrada en 1748, por orden de Carlos III. Actualmente recibe más turistas que ningún otro monumento en Italia: dos millones cada año. Mary Beard relata que Mozart visitó en 1769 el Templo de Isis, uno de los primeros en ser descubiertos y seguramente el más bello de la ciudad, y que le inspiró para su Flauta Mágica. Los últimos días de Pompeya, la novela clásica de Edward Bulwer-Lytton, no ha cesado de reimprimirse desde su publicación en 1834. Su éxito multiplicó los visitantes ilustres fascinados por Roma y, sobre todo, por los cuerpos de las víctimas, moldeados en yeso gracias al ingenio de Giuseppe Fiorelli, el más influyente director de las excavaciones, que tuvo la idea de utilizar como molde el hueco que habían dejado los cadáveres al descomponerse atrapados entre los escombros volcánicos (el primer cuerpo se extrajo el 3 de febrero de 1863). Además de su enorme valor científico, las ciudades enterradas por el Vesubio han sido una fuente de inspiración literaria, desde Théophile Gautier hasta Primo Levi, Robert Harris o Pascal Quignard. En el bellísimo filme Te querré siempre (lamentable adaptación del original El viaje por Italia), una obra maestra de Roberto Rosselini sobre la tristeza y la soledad de una pareja a punto de separarse, George Sanders e Ingrid Bergman descubren hasta qué punto su amor ha desaparecido cuando contemplan la recuperación de dos víctimas de la erupción, una mujer y un hombre.

“La fascinación nace porque tenemos la sensación de viajar en el tiempo (aunque obviamente no lo hacemos)”, explica Mary Beard en una conversación por correo electrónico. “También porque nos encontramos cara a cara con gente que vivió en la antigüedad. Allí la pregunta sobre si los romanos eran como nosotros cobra más sentido que en ningún otro lugar. Y, como le ocurre a los personajes de la película de Rosselini, también nos enfrentamos a la cuestión de si tienen algo que enseñarnos”, prosigue la profesora. “Las calles están tan bien conservadas que da la impresión de que se trata de un viaje a la antigüedad”, aseguran Jackie y Bob Dunn que, desde Busselton, en Australia Occidental, mantienen la página web de referencia para los arqueólogos sobre la ciudad, pompeiiinpictures.org, donde han logrado recopilar fotografías que reconstruyen toda Pompeya, casa a casa, calle a calle. “La destrucción de la ciudad se produjo de manera tan repentina y brutal que los visitantes sienten siempre la amenazadora presencia del Vesubio”, agregan.

La novela de Bulwer-Lytton ha marcado la forma en que Pompeya ha sido vista y, por extensión, todo el mundo romano: un lugar de lujo y depravación, donde los cristianos eran lanzados a las fieras en medio del júbilo del populacho. Solo acaban salvándose de la destrucción aquellos que abrazan la fe verdadera. Los conocimientos arqueológicos de Bulwer-Lytton eran amplios; pero su visión de Roma estaba muy desenfocada por sus anclados prejuicios sobre una sociedad, violenta, brutal, sin duda, pero a la vez extraordinariamente cercana. Lo que nos separa de su pensamiento es lo que nos acerca a Pompeya. El escritor victoriano explica en el prólogo de su novela que es mucho más fácil escribir sobre la Edad Media —“hay natural simpatía entre nosotros y los hombres de los tiempos feudales”— que sobre Roma —“no tenemos asociación alguna doméstica y familiar con los siglos clásicos”—. Sin embargo, lo que Pompeya y Herculano nos ofrecen es una respuesta arqueológica a la ineludible pregunta de los Monty Python en La vida de Brian: “Bueno, pero aparte del alcantarillado [aunque en Pompeya, concretamente, no había], la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?”. Pompeya responde a esta pregunta como ningún otro lugar. “Estas ciudades nos alejan de figuras distantes, los típicos romanos del imaginario popular, como los emperadores y los gladiadores, para acercarnos a personas reales. En Pompeya, encontramos a la dueña de un bar llamada Asellina, a un panadero llamado Terentius Neo que quiere lanzarse a la política. En Herculano, nos cruzamos con dos esclavos libertos, Venidius Ennychus y su esposa, Livia Acte, y sus vecinos, Marcus Nonius Dama y Julia, que van a los tribunales por un problema de tierras. Representan a toda esa gente —madres, hijos, hermanos, primos, jóvenes y viejos, esclavos y libres— que murieron juntos en la catástrofe del año 79”, escribe Paul Roberts en el catálogo de la exposición.

Las ciudades del Vesubio nos ofrecen una visión única de la vida cotidiana en Roma, sin la superposición de construcciones que acaban por borrar los restos de los espacios populares y conservar solo los templos y los monumentos. Pero también sin los cambios que se produjeron dentro del Imperio a lo largo de los siglos en terrenos como, por ejemplo, el erotismo. Este es el tema que explora el escritor Pascal Quignard en El sexo y el espanto: su teoría es que la moral sexual que impuso el cristianismo nace en la época de Augusto, entre el 18 antes de Cristo y el 14 después de Cristo, y que solo “la lava ardiente, que exterminó a los habitantes de aquellas ciudades” permitió que se conservase “el erotismo alegre y preciso de los griegos antes de transformarse en melancolía y espanto”. El gran romanista francés Paul Veyne no está en absoluto de acuerdo con esa teoría. Explica en su libro de entrevistas Sexo y poder en Roma que “las atrevidas pinturas de Pompeya permitían compensar posibles frustraciones” y que “los hombres y las mujeres de la Antigüedad romana eran mucho más comedidos en sus comportamientos que nuestros coetáneos”.

En cualquier caso, más allá de las discrepancias entre expertos, Pompeya es una ciudad llena de penes y contiene el único burdel del mundo antiguo que se preserva intacto, además de decenas de frescos y estatuas de altísimo contenido erótico que los Borbones atesoraron en el llamado Gabinete Secreto, escondido durante siglos para unos pocos elegidos y que solo se abrió totalmente al público en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles en el año 2000. No es difícil imaginar la cara que pusieron los investigadores cuando se toparon, el 1 de marzo de 1752, en la Villa de los Papiros de Herculano, con una de las tallas más escandalosas de toda la antigüedad: la imagen del dios Pan copulando con una cabra. “La pieza solo podía verse con el permiso del rey”, escribe Paul Roberts, del Museo Británico. La presencia de esta imagen en Londres ha despertado una cierta polémica sobre la forma en que debía exhibirse, si camuflada bajo una cortina en algún lugar especial o simplemente poniendo una advertencia general al principio de la muestra. Al final se ha impuesto el criterio del conservador: “Los romanos habrían visto simplemente a un dios cabra penetrando a una cabra, lo que no les hubiese molestado en absoluto. Es una muestra de que los dueños de la casa en la que se encontró eran gente culta y con sentido del humor”.
Da igual el campo de los estudios clásicos al que un investigador se dedique, Pompeya tiene hallazgos para todo el mundo. Barry Hobson, médico de familia y arqueólogo aficionado, se ha pasado media vida estudiando las letrinas romanas, unos inmensos conocimientos que recoge en su ensayo Latrinae et foricae. Toilets in the roman world (no es el único experto en el tema, G. C. M. Jansen se ha pasado media vida estudiando solo las de Pompeya). Hobson mantiene que la ciudad enterrada ofrece una oportunidad única para estudiar cómo evolucionaron las letrinas en las casas particulares. El historiador británico Andrew Wallace-Hadrill, el más conocido experto en Herculano —su denuncia en los medios en 2004 del deterioro de Pompeya tuvo un impacto enorme—, encabeza un proyecto para analizar toneladas de excrementos, conservados en las alcantarillas de la ciudad, porque aportan una información inédita sobre la dieta romana. En Pompeya se conservan 3.000 inscripciones políticas, del tipo “Gaius Julius Polybius da buen pan” o “Marcus Casellius Marcellus organiza buenos juegos”, además de miles de grafitis de todo tipo que reflejan todos los aspectos de la vida cotidiana. Incluso se conoce que se producía garum kosher. Y todavía quedan muchos misterios por resolver: ¿Dónde estaba el puerto? ¿Cuántos habitantes tenía? ¿Qué hacía una mujer enjoyada en la barraca de los gladiadores? ¿Hasta qué punto era una ciudad romana o, como escribe Robin Lane Fox en El mundo clásico, se trataba de “una zona multicultural en la que se hablaba mucho el griego, además del latín y del osco” (la última inscripción en la lengua itálica meridional se conserva en el burdel de Pompeya, “un lugar triste para que un idioma muera”, como dijo Mary Beard). Ni siquiera la fecha de la erupción, el 24 de agosto de 79, parece ahora segura. También queda mucho terreno por excavar: un 25% de Pompeya, mientras que, en Herculano, mucho más pequeña pero enterrada bajo una roca más dura y destruida por una ola de calor tan bestial que carbonizó inmediatamente la madera (lo que permite que hayan llegado hasta nosotros muebles romanos intactos), está casi todo por descubrir, incluso en la fascinante y gigantesca Villa de los Papiros.

Pero la arqueología representa solo una parte de la atracción por Pompeya y Herculano. “Pompeya expresa lo inexplicable, muestra la destrucción, congela un cataclismo. Con mayor intensidad que ningún otro acontecimiento en Occidente, simboliza la unión entre la catástrofe y la memoria”, escribe John L. Seydl, uno de los comisarios de la muestra que se exhibe actualmente en Cleveland y que viajará a Quebec en verano. Pompeya ha sido, además, destruida varias veces: cuando se produjo la erupción, descrita por Plinio el joven, la ciudad había sufrido un gran terremoto 17 años antes, en 62. Durante la II Guerra Mundial, en el otoño de 1943, el yacimiento fue bombardeado y se produjeron daños irreparables “añadiendo nuevas ruinas a las viejas”, según el corresponsal de la canadiense CBC, Matthew Halton, que relató en su crónica la imagen de los cuerpos de yeso hechos añicos bajo las bombas aliadas.

Mary Beard insiste siempre en que no debemos contemplar Pompeya como una ciudad normal, detenida en el tiempo, no solo por el terremoto anterior a la erupción sino también porque mucho de lo que vemos es una reconstrucción contemporánea. Lo que, por otro lado, no le quita un ápice de interés: pese a su aspecto demacrado, a los andamios y las casas cerradas, no hay ningún otro lugar igual. Y no solo por el viaje al mundo romano. Pompeya y Herculano encarnan el poder destructivo de la naturaleza y la forma inconsciente en que lidiamos con ello. Sus ciudadanos convivían tan tranquilos con los terremotos, como millones de habitantes de la bahía de Nápoles, viven ahora bajo la sombra del volcán siendo plenamente conscientes de su fuerza aniquiladora —“el Vesubio ha entrado en erupción hoy. Fue el espectáculo más terrible y majestuoso que he presenciado y espero presenciar en mi vida”, escribió Norman Lewis en marzo de 1944, durante la última gran manifestación de la montaña—. También, el resto de la humanidad vive tan tranquila bajo el cambio climático. Robert Harris utiliza la ciudad en su novela Pompeya como una metáfora del final de todos los imperios, dirigida sin disimulo hacia Estados Unidos. Para Primo Levi, es una metáfora de la muerte provocada por la naturaleza frente a la muerte causada por los hombres. No pudimos ver los cadáveres de Ana Frank ni de una niña muerta en Hiroshima, asegura en su poema La niña de Pompeya al contemplar el cuerpo de yeso de una víctima. “Han pasado los siglos, las cenizas se han petrificado / aprisionando esos delicados miembros para siempre / Así has permanecido con nosotros, como un molde de yeso / retorcido, una agonía sin término, testigo de lo mucho / que nuestra orgullosa estirpe importa a los dioses”.

Lecturas pompeyanas

Como la propia ciudad, la bibliografía sobre Pompeya es enorme. El ensayo de Mary Beard, Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana (Barcelona, Crítica, 2012. Traducción de Teófilo de Lozoya y Joan Rabasseda-Gascón), es ameno, sin dejar de ser erudito, está muy bien escrito y ofrece todo tipo de historias y detalles. La novela de Robert Harris, Pompeya (Barcelona, De Bolsillo, 2011. Traducción de Fernando Garí Puig), fue muy bien recibida por los expertos. Su reconstrucción de los dos días anteriores a la erupción y del propio desastre, a través de un ingeniero de acueductos, es magnífica. En los últimos años, se han publicado en castellano dos libros ilustrados muy completos: Pompeya (Barcelona, Akal, 2009. Traducción de David Govantes), de Joanne Berry, y Pompeya. Nacer, vivir y morir a los pies del volcán (Barcelona, Electa, 2011. Traducción de María Eugenia Frutos), de Eva Cantarella y Luciana Jacobelli.
El catálogo del museo británico es estupendo (Paul Roberts, Life and death in Pompeii and Herculaneum. Londres, British Museum, 2013), aunque no ha sido traducido al castellano. Sí hay una edición española reciente del ensayo de Pascal Quignard, El sexo y el espanto (Barcelona, Minúscula, 2005. Traducción de Ana Becciú), y existen varias ediciones del clásico de Edward Bulwer-Lytton, Los últimos días de Pompeya (Madrid, Anaya, 2003. Traducción de Jorge Ferrer Vidal). La Universidad de Salamanca editó en 1989 un ensayo de Félix Fernández Murga sobre el nacimiento de las excavaciones bajo los Borbones: Carlos III y el descubrimiento de Herculano, Pompeya y Estabia. El libro de Barry Hobson, Latrinae et foricae. Toilets in the roman World (Londres, Duckworth, 2009), pero pese a lo exótico del tema, merece la pena.
Además de los documentales de Mary Beard para la BBC —Meet the romans y Pompeii: Life and death of a roman town—, cualquier pretexto es bueno para volver a ver Te querré siempre (Il viaggio in Italia, Roberto Rossellini, 1954).

Vida y muerte de Pompeya y Herculano. Museo Británico (Londres). Del 28 de marzo al 26 de septiembre. Pompeya. Catástrofe bajo el Vesubio. Centro de Arte Canal (Madrid), hasta el 5 de mayo. Los últimos días de Pompeya: decadencia, apocalipsis y resurrección. Museo de arte de Cleveland. Hasta el 7 de julio


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