El mensaje que Carlos III ocultó al colocar a cuatro niños «putto» sobre la Puerta de Alcalá


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  • El rey quería que los madrileños tuvieran muy presente el mensaje para cuando llegaran los tiempos difíciles
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La Puerta de Alcalá era una de las cinco entradas principales que tenía Madrid hasta el año 1869. Hasta entonces este monumento era el límite de la ciudad por el este. De ahí uno se dirigía hacia Alcalá de Henares. Fue Carlos III el monarca que se empeñó en rediseñar el monumento y en dotarlo de elementos decorativos, algunos de ellos con significados ocultos.

Los adornos de la Puerta de Alcalá presentan importantes diferencias entre la fachada que da a la plaza de Cibeles y la que da al parque de El Retiro. En la primera, el escultor francés Roberto Michel proyectó unas cabezas de león que rematan los arcos. En la parte superior, unos trofeos militares formados por banderas, armas, corazas y cascos.

El escultor abulense Francisco Gutiérrez fue el encargado de diseñar la otra fachada, donde destacan los mascarones rematando los arcos, las guirnaldas sobre las puertas adinteladas y, sobre el arco central, el escudo real, sostenido por la figura de la Fama y de un niño. Lo que más llama la atención entre los viandantes que se detienen a presenciar con detalle el monumento es la presencia de cuatro niños pequeños sentandos sobre el friso de esta fachada. Estas figuras reciben el nombre de «putto», que significa «querubín» en italiano.

Una lanza y una espada

Los cuatro niños representan las virtudes y están labradas en piedra blanca de Colmenar. El «putto» que se encuentra en la esquina izquierda tiene un casco y una lanza en su mano derecha y representa la Fortaleza. A su lado está la Templanza, un niño que tiene en una mano un freno de caballo.

Al otro lado del friso está representada la Justicia por la figura de un niño con el brazo izquierdo levantado y la mano cerrada sobre lo que sería una espada o una balanza desaparecida, mientras que en la esquina derecha se encuentra la Prudencia: un niño que se mira en un espejo que levanta por encima de su cabeza.

El Rey Carlos III ordenó colocar estas cuatro figuras en la Puerta de Alcalá para mandar un mensaje a los madrileños y reclamarles fortaleza, templanza, prudencia y justicia para cuando llegaran los tiempos difíciles. Desde entonces son testigos del día a día de la ciudad… y de los atascos que se forman en torno a ellos en las horas punta.

Cuando se buscó petróleo en el cementerio de La Almudena


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  • Se cumplen cincuenta años del infructuoso intento de hallar crudo en dos prospecciones en el subsuelo de la Comunidad

ENRIQUE RIBAS El snack-bar «El rey del petróleo», en Valdeajos, Burgos, población cercana al yacimiento de Ayoluengo

El 6 de junio de 1964, a las doce menos cuarto de la mañana, brotó petróleo por primera vez del suelo español. Fue en Burgos, en la localidad de Ayoluengo, situada en una zona que había sido objeto de prospecciones desde principios del siglo XX y que se sospechaba que podía albergar yacimientos.

No tardó en proliferar por España el interés por hacer exploraciones subterráneas en busca de oro negro, y Madrid no fue una excepción. La Comunidad (entonces aún denominada provincia) siempre estuvo retrasada en la búsqueda de estos recursos bajo tierra, ya que hasta los años sesenta solo se había realizado una búsqueda previa en Alcalá de Henares, en 1920, y de solo 1.000 metros de profundidad, cuando el mínimo en el que sepuede encontrar petróleo se suponía en 1.500 metros.

Fueron dos las concesiones que se otorgaron. La más grande, de casi 42.000 hectáreas, englobaba prácticamente todo lo cirdundante a lacarretera que unía Madrid y Valencia, la actual A3, desde Arganda hasta el kilómetro siete de dicha carretera. Según la crónica de ABC de la época, «pleno corazón de Vallecas, hasta las mismas tapias delcementerio de la Almudena». Poco parecía importar entonces el impacto medioambiental y el riesgo que hubiese supuesto «plantar» un campo petrolero a siete kilómetros de la Puerta del Sol.

La concesión más pequeña, de más de 25.000 hectáreas, comprendía un área limitada por Arganda al norte, Chinchón al sur yCarabaña al este. Allí fue donde se instaló el primer pozo, en Tielmes. ABC desplazó a esa población a un reportero y a un fotógrafo, que dieron cuenta del entusiasmo local por lo que podría haber sido su «Mr. Marshall» particular. Millones de pesetas por la venta de sus tierras a corporaciones que se las rifarían al comenzar a brotar petróleo de un agujero en el suelo.

En la capital el entusiasmo por las perforaciones no era menor. El cronista de este periódico, Manuel Adrio, consignaba que «quién sabe si traerán a la superficie el suficiente ‘oro negro’ para convertir a Madrid en la capital del petróleo, sucediendo con ello a Burgos», en referencia al hallazgo de petróleo en dicha provincia el año anterior.

El pozo de Tielmes, de 3.000 metros de profundidad, resolvió pronto la incógnita: no había nada. Las condiciones geológicas parecían ser favorables para la formación de hidrocarburos, pero ese hecho no se había producido. El entusiasmo generalizado en toda España fue decayendo con los años y cada vez se realizaron menos exploraciones.

A finales de 1965, ABC también daba cuenta de una esclarecedora conferencia de Ruperto Sanz, ingeniero jefe de Campsa, organizada por el Club Español del Petróleo. Esclarecedora porque admitía que pese a las numerosas prospecciones por toda España, solo el consabido yacimiento de Burgos podía ser explotado comercialmente y cubría una mínima parte del consumo nacional, que subía un millón de toneladas cada año. Cada vez había más coches y más demanda energética y España tenía una sed de petróleo imposible de saciar internamente.

En la actualidad, la producción nacional de petróleo es «prácticamente testimonial», siendo de menos del 0,24% del consumo total de España según ACIEP, la «Asociación Española de compañías de investigación, exploración y producción de hidrocarburos y almacenamiento subterráneo».

Pese a los trabajos realizados, el territorio español se considera muy poco explorado y con potencial para descubrimientos. No en vano, desde los años 70 no había tanto interés exploratorio: desde 2008 se ha triplicado el número de solicitudes de exploración.

Descubrir nuevos recursos energéticos sería crucial para Madrid, comunidad que, por ejemplo, consume cien veces más electricidad de la que produce.

Ayoluengo desató la fiebre del ‘oro negro’

La vida de película de Miguel de Cervantes, herido en Lepanto y apresado por piratas


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  • A su regreso a España tras la batalla, unos piratas asaltaron su barco. El escritor, en posesión de elogiosas cartas de don Juan de Austria y del nieto del Gran Capitán, fue tomado por un gran noble y se le puso un rescate desorbitado
La vida de película de Miguel de Cervantes, herido en Lepanto y apresado por piratas

ABC Ilustración que muestra a Miguel de Cervantes combatiendo en Lepanto

Apodado «el Manco de Lepanto», Miguel de Cervantes Saavedra quedó toda la vida sacudido por las consecuencias de dicha batalla. En ella perdió la movilidad de una mano, en ella se colmó de gloria y por ella fue capturado cuando regresaba a la península. Porque quizá solo alguien que ha sido privado de libertad puede hablar de ella con tanta lucidez, Cervantes dio forma durante su largo cautiverio a la más alta ocasión que los tiempos podrán leer: «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha».

Hijo de un hidalgo arruinado, Cervantes nació probablemente en Alcalá de Henares, dado que allí fue bautizado y ejerció su padre el oficio de cirujano durante una temporada. Su familia, de la cual se ha afirmado sin muchas pruebas que era judeoconversa por ambas líneas, deambuló por Castilla en busca de trabajo como cirujano para su padre, cuya situación económica nunca fue buena. Sin estudios universitarios, pero dispuesto a no ser más una carga para su familia, Cervantes se trasladó a Madrid en 1566, donde escribió sin mucho éxito varios poemas y mostró vivo interés por el teatro. Una providencia de Felipe II de 1569 ordenó prender al castellano –que se había hecho discípulo de López de Hoyos– acusado de herir en un duelo al maestro de obras Antonio Sigura. Como haría Lope de Vega, Alonso de Contreras o Calderón de la Barca tiempo después, el hidalgo se alistó en los tercios de Flandes para prevenirse de la persecución del Rey, quien firmaba encantado sumar otro infante a su incansable maquinaria bélica.

Destinado en la eterna guerra de Flandes, el Tercio del capitán Lope de Figueroa, en el que servía y mucho después lo haría Lope de Vega, fue reclamado para tomar parte en la llamada Santa Liga, que se proponía presentar duelo al Imperio Otomano. La actuación de los tercios embarcados en esta lucha es bien conocida. A grandes rasgos, la infantería español sostuvo la victoria, en lo que se convirtió en una batalla terrestre sobre las cubiertas de las galeras; y en concreto, el Tercio de Figueroa jugó un papel determinante.

La compañía de Cervantes, dirigida por Diego de Urbina, que armaba una galera llamada «la Marquesa», soportó uno de los ataques de mayor crudeza que recibió la armada cristiana. Cuando la batalla parecía terminada, el almirante Uluch Alí –responsable del flanco izquierdo musulmán– dejó atrás a Juan Andrea Doria, con el que había protagonizado un alarde de maniobras en dirección al mar abierto, y cargó junto a sus galeras a todo bajel que encontró de costado. En realidad, el comandante turco no guardaba ya esperanzas de vencer en aquella jornada, pero buscaba un buen botín antes de acometer su retirada definitiva. Entre las seis galeras que se llevaron la peor parte, estaban la capitana de la Orden de Malta y «la Marquesa» donde combatía Cervantes.

«La Marquesa» fue víctima de una sangría de la cual solo Cervantes y unos pocos pudieron salir con vida. El joven escritor de Alcalá de Henares se encontraba con fiebre en la bodega del barco cuando fue informado de que el combate amenazaba con engullirlos. «Señores, ¿qué se diría de Miguel de Cervantes cuando hasta hoy he servido a Su Majestad en todas las ocasiones de guerra que se han ofrecido? Y así no haré menos en esta jornada, enfermo y con calentura», bramó según la leyenda el escritor de solo veintiún años, que, pese a las protestas de su capitán, fue puesto a cargo de 12 soldados y situado en la zona de proa, allí donde corría más sangre.

Cervantes fue herido por dos veces en el pecho y por una en el brazo. Aunque no fue necesario amputación, el escritor perdió la movilidad de la mano izquierdo «para gloria de la diestra». La estoica resistencia de Cervantes inspiró al resto de soldados a aguantar hasta la llegada de Álvaro de Bazán, quien desde la retaguardia se dedicó a reforzar los puntos críticos durante toda la batalla. Fue entonces cuando, aprovechando el viento a favor, Uluch Alí emprendió su huida del golfo de Lepanto, que a esas alturas era un rojizo reguero de muerte.

Preso durante 5 años: fugas y castigos

Tras la contienda, el aprendiz de poeta dejó la compañía de Urbina para pasar a la de Ponce de León. Con esta unidad, como soldado aventajado –tenía un complemento extra de sueldo por distinguirse en batalla–, participó en las conquistas de la isla de Navarín, Túnez, La Goleta y Corfú. En 1575, el soldado madrileño pidió licencia para regresar a España después de seis años de combatir en los ejércitos del Rey.

La bizarra actuación del «Manco de Lepanto» (llamado así aunque solo perdió la movilidad de la mano) no había pasado desapercibida para el almirante capitán don Juan de Austria, quien le dedicó una elogiosa carta que, por seguro, le hubiera garantizado patente de capitán en la corte de Felipe II. Es decir, el derecho a reclamar al Rey una compañía de soldados. Sin embargo, la galera en la que regresaba fue embestida por piratas berberiscos cerca de la costa catalana. El escritor –en posesión de la valiosa carta y otra en idénticos términos del duque de Sessa, nieto del Gran Capitán– fue tomado por un gran noble, y, en consecuencia, por un cautivo de enorme valor. Los corsarios pusieron un precio de quinientos ducados, más de dos kilos de oro, que por supuesto ninguno de sus familiares podía pagar.

Cervantes fue trasladado a Argel, donde se encontraban presos otros 30.000 cristianos. Un año después de su llegada, el joven madrileño encabezó una fuga con el propósito de llegar a la plaza española de Orán. No obstante, el puñado de españoles fugados fue capturado al poco tiempo, y su cabecilla castigado a llevar siempre grilletes de hierro. Lo cual no evitó que en 1577 volviera a escaparse y se escondiera durante cinco meses en una cueva hasta que un renegado reveló su posición. En 1578, Cervantes organizó una sublevación de cautivos que fue apagada antes de empezar, cuando se descubrió una carta suya pidiendo el apoyo del gobernador español de Orán. Y como si quisiera promediar una fuga por año, en 1579, estuvo detrás de una huida de sesenta españoles en barco que también se malogró por el chivatazo de un renegado.

La actitud de Cervantes y su alto precio llevaron al bajá de Argel a pedir su traslado a Constantinopla, donde jamás había escapado ningún cautivo. No en vano, días antes de ser enviado a la capital turca, unos sacerdotes trinitarios, la misma orden que rige el convento donde hoy reposan sus restos mortales, pagaron los quinientos ducados.

A su regreso a España en 1580, el Rey lo recibió en persona y le encomendó un último servicio militar: viajar a Orán como agente secreto para recabar información. Con 33 años, Cervantes dio por finalizada su etapa de soldado y se estableció en Castilla. En total había estado 5 años encerrado en Argel, pero todavía iba a pasar media docena de veces por prisiones españolas. En varias ocasiones por requisar grano perteneciente a la Iglesia para abastecer a la Armada Invencible, acción que también le causó dos excomuniones. Sus largas estancias en prisión, paradójicamente, le proporcionaron el tiempo y la perspectiva para desarrollar su prodigiosa obra literaria.

¿Cómo saber si son los huesos de Cervantes?

Fernando I de Habsburgo: el emperador alemán que nació en Alcalá de Henares


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  • Los Reyes Católicos le educaron pensando que sería él, y no Carlos V, quien recibiría la herencia hispánica. Sin embargo, las circunstancias le llevaron a ser Archiduque de Austria y posteriormente Emperador del Sacro Imperio Romano
Fernando I de Habsburgo: el emperador alemán que nació en Alcalá de Henares

Abc Retrato del Emperador Fernando I

«Fiat justitia et pereat mundus» («Que se haga justicia, aunque perezca el mundo»), era el lema personal de Fernando de Habsburgo, hijo de Juana de Castilla y Felipe «el Hermoso». Un Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico que nació en Alcalá de Henares, fue educado a la española por su abuelo y, por circunstancias familiares, acabó de Archiduque de Austria. Su hermano Carlos V, que finalmente heredó la Monarquía Hispánica, consideró oportuno alejarle de España y de los muchos apoyos que tenía entre la nobleza castellana. Incluso entre hermanos de sangre real, la candidez es un lujo que nadie quiere permitirse.

A pesar de la mala relación de Felipe «el Hermoso» –padre de Fernando– con los Reyes Católicos, el Duque de Borgoña y su mujer Juana viajaron a España el 26 de enero de 1502 para ser presentados como Príncipes de Asturias y herederos al trono de Aragón. Una vez conseguido su propósito de asegurarse la herencia de los Reyes Católicos, Felipe anunció que quería regresar a sus posesiones norteñas cuanto antes, y el 19 de diciembre de ese mismo año abandonó la corte de los Reyes Católicos. Atrás dejaba a su esposa, la Princesa Juana, que se quedó junto a sus padres debido a que se encontraba embarazada del que sería su cuarto hijo: Fernando de Habsburgo.

Nacido en el palacio arzobispal de Alcalá de Henares el 10 de marzo de 1503, la criatura recibió el nombre de Fernando en honor a su abuelo materno, Fernando «el Católico», quien se implicó personalmente en su educación. No en vano, los primeros años de su vida estuvieron marcados por los fallecimientos de su abuela Isabel en 1504 y de su padre en 1506. Además, tras el parto su madre Juana insistió en regresar a Bruselas, donde estaba su marido y sus tres hijos mayores, dejando al bebé en manos de sus abuelos.

La muerte de Isabel «la Católica» obligó a la familia de Felipe I a volver un año y medio después de la marcha de Juana. El testamento de la Reina de Castilla, que desheredaba a su hija por su abrupta salida, dejaba muestras de las simpatías por su nieto Fernando concediéndole varias rentas en las mandas testamentarias, acordes a un infante de Castilla, y otorgándole una casa propia. Fue en ese tiempo cuando conoció a su padre, con tres años de edad, y vivió en su compañía hasta su inesperada muerte.

Fernando «el Católico» volvió a hacerse cargo de la tutela de su nieto favorito. No obstante, el mismo día del fallecimiento de su padre, dos de los consejeros del futuro Carlos V –que todavía era un niño pero estaba bajo la influencia de su abuelo el Emperador Maximiliano I– intentaron secuestrar a Fernando en su residencia de Simancas (Valladolid), posiblemente para llevarlo fuera de España.

Recelo por la popularidad de Fernando

Tras frustrar el secuestro, el monarca aragonés se implicó aún más en la educación del niño y trató de transmitirle sus conocimientos sobre el arte de gobernar. A mediados de 1508, el abuelo y el nieto compartieron un viaje por Andalucía, donde dejaron muestras públicas de la complicidad entre ambos. Por todas estas razones, el Rey escribió un testamento secreto en 1512 otorgando a Fernando de Habsburgo el gobierno de los reinos y los maestrazgos hispánicos hasta la llegada del nuevo Rey el futuro Carlos I de España. Pero, temiendo que estas concesiones pudieran enfrentar a los dos hermanos, el Rey pactó poco después con Adriano de Utrecht –el mentor de Carlos– la salida de su nieto favorito de España una vez él hubiera fallecido.

«El Rey don Carlos era aborrecido de muchos, y el Infante su hermano, amado de todos, al cual tenían por Príncipe natural y a su hermano por Rey extranjero», escribió el cronista Alonso de Santa Cruz como resumen del clima político a la muerte de Fernando «el Católico». Pero de nada sirvió la popularidad del infante nacido en Alcalá de Henares, que tuvo que salir de la Península —tras la supresión de su casa en 1516 y de un grave enfrentamiento con el Cardenal Cisneros— por cuestiones familiares.

En este sentido, su hermano mayor no le guardó ningún rencor y a la muerte en 1519 de Maximiliano I de Habsburgo –su abuelo paterno– le cedió a Fernando territorios patrimoniales que comprendían la Alta y Baja Austria, Carintia, Estiria y Carniola (Dieta de Worms, 1521), y posteriormente el Tirol, la Alta Alsacia y el ducado de Württemberg. A través de su matrimonio con Ana Jagellón (1521), hermana de Luis II de Hungría, Fernando I de Habsburgo fue elegido Rey de Bohemia, y años después de Hungría, tras la muerte de su cuñado en la batalla de Mohács.

Como Archiduque de Austria –una de las posesiones más preciadas de la familia Habsburgo–, el alcalaíno tuvo que hacer frente a los ataques otomanes en los Balcanes, que llegaron hasta las puertas de Viena. Junto con Carlos V, los dos hermanos se alzaron como los principales estandartes del combate contra el Imperio Otomano. Y en lo respectivo a la política interior, su reinado estuvo marcado por la lucha contra los protestantes, tanto en Austria como posteriormente en el Sacro Imperio Germánico. No en vano, tras su salida de España, Fernando estuvo varios años en Flandes, en contacto con el ambiente erasmista y humanista de esta región, lo que le llevó a adoptar una postura más conciliadora y tolerante en asuntos religiosos que la aplicada por su hermano.

Emperador del Sacro Imperio Germánico

Cansado de la guerra y de los asuntos de estado, Carlos V decidió retirarse a un pequeño pueblo de Extremadura en 1555 y repartir sus posesiones y títulos entre su hijo Felipe II de España y su hermano Fernando. En las abdicaciones de Bruselas (1555–1556), el emperador dejó el gobierno del Sacro Imperio Romano en manos de su hermano, que había sido nombrado Rey de Romanos (condición previa para ser emperador) en 1531 y que de facto había ejercido el control político de Alemania en los últimos años. De hecho, la paz religiosa de Augsburgo de 1555 fue en gran parte obra suya y sentó las bases de entendimiento para los siguientes sesenta años de convivencia.

Las maniobras de Carlos V desde su retiro extremeño para conseguir el nombramiento de Rey de los Romanos para su hijo Felipe abrieron una vieja herida que se suponía cerrada en 1553. Como es evidente, Fernando I de Habsburgo pretendía que fuera su hijo, el futuro Maximiliano II, quien se hiciera cargo de la corona imperial a su muerte y no su sobrino. Es por esta razón que el emperador no prestó ayuda a la Monarquía Hispánica, el país donde había nacido, cuando Felipe II la reclamó en la guerra contra Francia de 1557.

Así y todo, los lazos entre las dos ramas Habsburgo continuaron entrecruzados hasta el final de esta dinastía en nuestro país. El emperador Maximiliano II fue regente de España en 1551, mientras Felipe II realizaba un viaje de tres años por Europa, y mantuvo siempre una gran amistad con su primo. Varios de los hijos de Maximiliano II se educaron en la corte madrileña como lo hiciera su abuelo, entre ellos Rodolfo II, también Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que afirmó durante toda su vida que el castellano era la lengua donde se sentía más cómodo.

Los secretos que esconde el escudo de la Comunidad de Madrid


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¿Por qué se apostó por el rojo carmesí para el fondo del emblema madrileño? ¿Por qué aparecen dos castillos y siete estrellas?

Los secretos que esconde el escudo de la Comunidad de Madrid

El escudo actual, vigente desde 1983

El rojo carmesí inunda los escenarios en los que la Comunidad de Madrid está presente desde que la región se convirtió en una Comunidad Autónoma. Pese a su independencia de Castilla, este color no es más que una reminiscencia de su pasado castizo, ya que castellana es la historia y la ascendencia de nuestra región.

Los secretos que esconde el escudo de la Comunidad de Madrid

El escudo hasta 1982

Sobre el campo rojo, se asientan dos castillos de color amarillo –oro en las ocasiones más célebres– que simbolizan la intención de la Comunidad de Madrid de servir de unión entre las dos Castillas. A su vez, ambas torres están sobrevoladas por siete estrellas de cinco puntas, en color blanco –o plata– procedentes del Escudo de la Capital, que recuerdan la Osa Menor, muy visible en el cielo de Madrid. La configuración de cinco puntas hace alusión a las cinco provincias limítrofes. Todo ello rematado por la Corona Real de España, en color amarillo u oro, que simboliza a la capital de la Comunidad como Real Sitio.

El poeta Santiago Amón definía con estas palabras el diseño de José María Cruz Novillo: «De un solo cuartel de gules y en él, de oro, dos castillos pareados, almenados, donjonados, aclarados de azur y mampostados de sable, surmontados en el jefe por siete estrellas de plata, colocadas cuatro y tres. Al timbre, corona real, cerrada, que es un círculo de oro engastado de piedras preciosas, compuesto de ocho florones de hojas de acanto, visibles cinco, interpoladas de perlas y de cuyas hojas salen sendas diademas sumadas de perlas, que convergen en un mundo de azur, con el semimeridiano y el ecuador de oro, sumado de cruz de oro. La corona, forrada de gules».

Los secretos que esconde el escudo de la Comunidad de Madrid

El escudo hasta 1983

Escudos de las localidades integrados

La provincia de Madrid tuvo dos escudos de este tipo, el primero, otorgado en 1872, se componía de los escudos municipales de Alcalá de Henares, Navalcarnero, San Lorenzo de El Escorial, Colmenar Viejo, Chinchón, San Martín de Valdeiglesias, Getafe, Torrelaguna y el antiguo escudo de Madrid.

Tras el reajuste de partidos judiciales a mediados del siglo XX, el escudo pasó a componerse de cuarteles con los escudos de Alcalá de Henares, Navalcarnero, San Lorenzo de El Escorial, Colmenar Viejo, Aranjuez y el escudo simple y actual de Madrid. Este escudo estuvo vigente hasta el fin de la Diputación provincial, en 1983.

Los museos madrileños se «acicalan» para su Día Internacional


ABC.es

  • Obras de teatro y exposiciones inéditas recibirán a los visitantes el próximo sábado 18

Los museos de la Comunidad de Madrid celebrarán el Día Internacional de los Museos el próximo sábado 18 con la ampliación de su horario y la organización de diversas actividades para todos los públicos.

Centro de Arte Dos de Mayo

Bajo el lema «Museos (memoria+creatividad) = Progreso Social», el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) organizará visitas especiales a las 12 y las 19 horas, donde los asistentes podrán visitar los almacenes y la exposición «Halil Altindere» de la mano del director del centro o de la conservadora de las colecciones.

Casa Museo Lope de Vega

La compañía Lear Producciones hará gala de una variedad creativa de las artes plásticas, musicales y dramáticas en su espectáculo teatral «En clave de Lope». El jardín de la casa permanecerá abierto de 15 a 20 horas, y se podrá acceder de forma gratuita.

Museo Casa Natal de Cervantes

El Museo Casa Natal de Cervantes ampliará su horario habitual hasta las 20 horas, dos más de lo acostumbrado. A las 21 horas ofrecerá el espectáculo teatral «La canción de Vidriera», continuando así con la conmemoración de la publicación de las «Novelas Ejemplares». En este evento, gratuito hasta completar aforo, la compañía Ítaca Teatro adapta los textos de «El licenciado Vidriera».

Museo Picasso-Colección Eugenio Arias

La colección del ‘barbero de Picasso’ Eugenio Arias incorporará un conjunto de portadas y titulares de medios escritos nacionales e internacionales con la noticia del fallecimiento del pintor malagueño, hace 40 años. Además, el centro ampliará su horario hasta las 22 horas.

Centro de Interpretación Nuevo Baztán

Los visitantes también podrán asistir a la exposición «De bodega a Centro de Interpretación», donde el Centro de Interpretación Nuevo Baztán repasa el proceso de elaboración de los vinos que se producían en las bodegas del Palacio de Goyeneche, donde ahora se ubica el centro, a través de material documental y fotográfico.

Carpetania, al alcance de la mano


El Pais

Una muestra del Museo Arqueológico Regional revela los hallazgos de 11 años de excavaciones

En el origen fue Carpetania. El territorio del misterioso pueblo de los carpetanos se extendía difusamente por un área que abarcaba desde la sierra del Guadarrama hasta La Alcarria. E incluía Madrid que, en honor a sus primeros pobladores, fuera denominada por los romanos Mantua carpetanorum. Aquel pueblo envuelto todavía por el misterio es a partir de hoy, sin embargo, un poco más conocido. Una exposición instalada en el Museo Arqueológico Regional de Alcalá de Henares explica de manera gráfica dónde, cuándo y cómo vivieron los hombres y mujeres de aquellas tribus sedentarias que hace 2.300 años formaron parte de las primeras comunidades habitadas estables en el centro de la península ibérica.

Rodeados por vacceos, vettones, celtíberos y oretanos, uno de los principales poblados de los carpetanos, distante apenas 45 kilómetros de Madrid, fue encontrado casi intacto hace algo más de una década. Se halla enclavado sobre un cerro de 10 hectáreas de extensión, a unos 900 metros de altura sobre el nivel del mar. El paraje se conoce como El Llano de la Horca y está situado en las inmediaciones de la villa de Santorcaz. Domina el valle del río Anchuelo, en el vértice nororiental de La Alcarria, no lejos de Alcalá de Henares. Es, también, una densa encrucijada de caminos.

Agua, mieses, ganado y caza dieron a sus moradores la oportunidad de asentarse de manera estable y, sin descuidar la defensa mediante un tapial amurallado, almacenar alimentos. Vivieron en la llamada Segunda Edad del Hierro, que los arqueólogos sitúan entre el los siglos tercero y primero antes de nuestra era. Pese a su sedentarismo, los carpetanos lucharon ferozmente contra los invasores romanos, pero sucumbieron ante ellos y sus poblados, llamados oppidda por Roma, que fueron destruidos entre los años 133, en que toman Numancia, y el año 70 en que los abandonaron; sus gentes quedaron asimiladas a la fuerza por las legiones que traían consigo un imponente aparato de poder y progreso, armas, ideas y normas para ordenar el mundo a su manera. Hasta el año 19 no redujo Roma a los astures y los cántabros.

Vestigios intactos

No obstante, en contra de la costumbre de Roma por desalojar a los lugareños de sus enclaves naturales, en este caso el cerro de Santorcaz, y de instalar allí sus castros y bastiones, el poblado carpetano de El Llano de la Horca permaneció indemne a la invasión militar y quedó sepultado, intocado apenas, casi a ras de tierra. Entre la cota del suelo y un metro y medio de profundidad durmió su sueño secular en el cerro testigo alcarreño.

La tenacidad del arqueo-paleontólogo Enrique Baquedano, hoy director del Museo Arqueológico de Alcalá de Henares, la del catedrático de Prehistoria Gonzalo Ruiz-Zapatero, y la de los también arqueólogos Gabriela Martens y Miguel Contreras, comisarios de la exposición alcalaína, consiguieron obtener del Gobierno regional de Madrid y del 1% Cultural del Ministerio de Fomento una financiación que les ha permitido vertebrar un flexible equipo de investigación y mantener durante once años abierta una excavación que ha conseguido batir más de dos hectáreas de terreno, siguiendo el sistema estratificado del tipo Harris, bajo el cual han sido hallados miles de objetos y ajuares carpetanos.

Hasta 700 elementos distintos se exponen en la muestra del museo regional de Alcalá, ilustrada por Arturo Asensio, con un criterio museográfico orientado a reseñar la organización de la vida doméstica carpetana, la forma mejor conocida hoy de sus actividades. Entre todos los objetos exhibidos destella con brillo propio una tinaja de más de un metro de altura y prominente panza, sobre la que se percibe la presencia de un friso con grifos, animales mitológicos. Otra semejante ve dibujados cinco caballos en su lomo. Son de composición muy parecida a la de las cerámicas halladas en Numancia. Sorprende la exquisita singularidad de una placa decorativa que, sobre una fina lámina de bronce , muestra dos buitres y un ciervo de enhiesta cornamenta, junto a círculos a modo de espirales que representan la Luna.

Los carpetanos lograron dotarse de una tecnología instrumental para el desarrollo de la agricultura, el almacenamiento de los granos y la ganadería; se trata de hoces, ruedas de moler, aperos rudimentarios, punzones y hachas. Ello les permitió acumular alimentos y liberar tiempo para idear las representaciones y abstracciones que propiciaron el surgimiento de un arte y de una religión propias, aún en estudio.

Un enorme puzzle

Con los objetos hallados, señaladamente de origen cerámico, los investigadores han ido completando las fichas de un enorme puzzle que mostraba hasta ahora más lagunas que superficies y que, gracias a su trabajo y al de sus equipos durante más de una década a la intemperie, bajo el sol abrasador de La Alcarria, la lluvia y los vientos, han logrado despejar muchos de los misterios que envolvieron en el silencio a los primeros pobladores de la región madrileña.

Desde canicas, clavos, llaves, fíbulas, broches, vigas o bisagras; hasta jarras, vasos, toneletes, copas; más tinajas, más parrillas,cuchillos y ganchos, todo, junto a un copioso monetario procedentes de cecas del área del Ebro, sirve para irse aproximando poco a poco, pero inexorablemente, a una idea completa de un pueblo versado naturalmente hacia el valle del Ebro Medio, más influido por sus vecinos de lo que se pensaba y más receptivo que muchos de ellos al comercio y al intercambio. Solo así, a la luz de la ciencia arqueológica, podrá esclarecerse un pasado desprovisto de fuentes textuales, demasiado tiempo oculto por la bruma. Los estudios de laboratorio, con dataciones al carbono 14 y estudios minuciosos de pólenes, han brindado un estudio exhaustivo que ha permitido averiguar, por ejemplo, que los carpetanos comían gachas con guisos de conejo y, también, de perro, aderezados con bellotas y cereales.

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Los últimos carpetanos. El oppidum de El Llano de la Horca

Museo Arqueológico Regional. Martes a sábado de 10.00 a 19.00. Domingos y festivos, hasta las 15.00. Lunes, cerrado. Entrada gratuita.