Los aterrizajes más absurdos de los paracaidistas aliados en el Día D


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  • El Desembarco de Normandía provocó decenas de curiosas situaciones. Desde soldados que se quedaron colgados de campanarios, hasta capellanes desesperados por haber perdido su misal durante el salto
Galerie Bilderwelt Imagen de archivo del desembarco de Normandía

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Imagen de archivo del desembarco de Normandía

Seis de junio de 1944. Fue en la noche de una jornada como hoy, aunque hace ya 71 años, cuando más de 24.000 paracaidistas aliados se subieron a sus aviones con el objetivo de cruzar las líneas enemigas y disgregarse por el norte de Francia. Una misión casi suicida que provocó miles de muertos y otros tantos heridos. Incertidumbre y valor. Desesperación y sentido del deber. Todo ello, y un inmenso carrusel de emociones más, es lo que sintieron estos héroes cuando partieron sabiendo que eran la punta de lanza de una gigantesca operación para liberar Francia del yugo nazi en la que participarían un total de 160.000 soldados. Un collar que llevaba apretando a la nación desde que cayó en manos de Hitler en 1940.

Pero el destino es inesperado y, en ocasiones, puede dar un revés de realidad a los héroes. Eso es –precisamente- lo que sucedió a muchos paracaidistas norteamericanos, canadienses y británicos que, tras recibir durante meses un arduo entrenamiento que les convirtió en auténticas máquinas de matar, vieron frustrados sus deseos de conquista y fama debido a la mala suerte. Y es que, la diosa fortuna hizo que muchos de ellos dieran con sus posaderas (tras un aterrizaje muy movido) en lugares tan inoportunos como campos de minas, gigantescas charcas en las que se ahogaron debido al peso que cargaban o, incluso, campanarios y árboles de los que se quedaron colgados sin poder moverse. Tampoco se libraron los capellanes de campaña, muchos de los cuales sintieron verdadero pavor cuando pisaron tierra y se percataron de que habían perdido su Biblia y su crucifijo en el salto.

Comienza la operación

Para hallar el origen del Desembarco de Normandía es necesario viajar en el tiempo hasta 1944. Por entonces la situación era bastante precaria para las tropas del «Führer» que, tras ser derrotadas en Stalingrado (en territorio Soviético) habían iniciado su retirada paulatina hacia Berlín en el este. Tan mal andaban las cosas para los nazis en ese frente que británicos, estadounidenses y canadienses se propusieron hincar el diente a Alemania abriendo un segundo frente por el oeste. Así pues, se acordó realizar hacer un desembarco a lo largo de toda la costa de Normandía para presionar el enemigo por dos flancos y que se viese obligado a dividir sus fuerzas. Una operación que, según explica el historiador Martin Gilbert en su libro «El desembarco de Normandía», llevaba urdiéndose desde 1940.

Una tarea sencilla de decir, pero de lo más dificultoso de hacer. Y es que, a pesar de que el monstruo nazi estaba herido, no andaba ni mucho menos fallecido. A su vez, Hitler no era estúpido y había ordenado a uno de sus más conocidos y reputados oficiales, Erwin Rommel –el «Zorro del desierto»- que organizase el denominado «Muro Atlántico» (las defensas de las playas de Normandía) para lograr detener el desembarco que se preveía inminente. Con tal objetivo, el militar -que se había dado de tortas contra Montgomery en el norte de África- preparó 6.500.000 minas y 500.000 obstáculos y organizó en la zona a casi 400.000 soldados de infantería y un número considerable de carros de combate.

La misión era vital. Lo que ganar con ella, mucho; aquello que perder, más todavía. Y es que, todos y cada uno de los combatientes sabían que, una vez sobre la tórrida arena gabacha, las posibilidades de sobrevivir eran menos que escasas. Pero no les importaba, pues eran hombres dispuestos a dejarse su existencia (en el sentido más literal de la palabra) para que «la France» pudiera volver a cantar aquello de «Liberté, égalité, fraternité». Eran unos héroes, que se podría decir en la actualidad. En especial los valerosos paracaidistas, los encargados de abrir camino en vanguardia a base de fusil, granada y gónadas.

Y es que, sus misiones eran de las más difíciles de la jornada. En primer lugar, debían tomar varias cabezas de puente alemanas ubicadas tras la primera línea de defensa situadas en las playas de Normandía. ¿El objetivo? Evitar que, cuando los nazis se percataran del guirigay que se había montado en la zona, enviasen a través de estas vías refuerzos para expulsar a los aliados. Así pues, debían defender hasta la muerte la zona para no comprometer a sus compañeros. Por otro lado, algunos recibieron también la orden de destruir posiciones de artillería nazis que, desde determinados puntos de retaguardia, podía dar más de un dolor de germanas a aquellos que desembarcaban desde los más de 7.000 buques y lanchas aliadas que se habían juntado en el Canal de la Mancha.

Los paracaidistas sin suerte

«Estáis a punto de embarcar en la Gran Cruzada para la que nos hemos estado preparando estos meses. Los ojos del mundo están sobre vosotros. Las esperanzas y oraciones de los amantes de la libertad en todas partes marchan con vosotros. […] Conseguiréis destruir la maquinaria de guerra alemana». Esta fue una parte de la carta que, en las últimas horas del 5 de junio de 1944, leyeron todos los paracaidistas aliados antes de iniciar su vuelo hacia Normandía. Su autor era el Comandante en Jefe de las fuerzas combinadas Dwight D. Eisenhower, y la verdad es que fue parco en palabras (pues escribió escasamente un folio). Con todo, sus subordinados no necesitaron más y, tras impregnarse de las palabras del militar al mando, se dispusieran a caer sobre Francia.

Sin embargo, lo que estos hombres no sabían es que, debido al intenso fuego de las baterías antiáereas alemanas, sus aviones se iban a desviar kilómetros y kilómetros de su ruta. Por tanto, fueron cientos los paracaidistas que aterrizaron en una zona que no habían estudiado y de la que no sabían nada. La situación se complicó cuando se percataron de que no podían hacer ningún ruido ni llamar la atención de los germanos, por lo que lo tendrían difícil para orientarse en aquella oscuridad llamando a sus compañeros o buscando un punto de referencia. En aquella situación, el capitán Anthony Windrum tiró por tierra todo su entrenamiento y, tras caer en un lugar desconocido, se limitó a plantarse en medio de una carretera (algo no demasiado aconsejable) y, como un motorista perdido, encender su linterna para ver un poste de identificación cercano. Contravino todas las órdenes y podría haber muerto, sí, pero se orientó. Tuvo suerte.

El soldado Raymond Batten, del 13º batallón británico, tuvo una fortuna similar. Y es que, este soldado cayó solo sobre una unidad alemana que se hallaba en un bosque. Con todo, el que su paracaídas se quedase colgado de un árbol consiguió entender su vida. «Batten oyó el tartamudeo de una ametralladora que estaba muy cerca. Un minuto después, sintió el crujido de los matorrales y los pasos lentos de alguien que se dirigía hacia él. Batten había perdido su metralleta en el descenso y no tenía pistola», explica Cornelius Ryan (presente en el Día D) en su obra «El día más largo». Tenso, decidió hacerse el muerto para salvar el pellejo, y, según parece, sus enemigos mordieron el anzuelo. «La figura simplemente se alejó», afirmó posteriormente el combatiente.

Algo parecido le pasó a John Steele, del 505º Regimiento de la 82ª División Aerotransportada norteamericana. Este soldado tuvo tan mala fortuna que no pudo evitar que su paracaídas acabase colgado del campanario de la iglesia de Ste.-Mére-Église, un pueblo en el que se había iniciado una auténtica lucha a muerte entre nazis y aliados. El combatiente fue testigo de todo aquello desde su privilegiada posición, aunque sabía que podía morir en cualquier momento si alguien se percataba de que estaba vivo.

«Intentó desasirse pero, sin saber cómo, su cuchillo cayó a la plaza. Steele decidió que su única esperanza pasaba por hacerse el muerto. Se hizo el muerto en sus arreos de manera tan real, que el teniente Willard Young, de la 82ª División, recordaría al cabo de los años al “paracaidista muerto que colgaba del campanario”. Permaneció en esa posición más de dos horas hasta que le hicieron prisionero los alemanes», determina el experto en su obra.

Tampoco anduvo muy suertudo el teniente Richard Hilborn, del 1er batallón canadiense. Y es que, a pesar de que las órdenes eran no hacer ruido y no llamar la atención del enemigo, cayó sobre un edificio dándose de bruces contra una gran cristalera. Lógicamente, el ventanal cedió, pero en el proceso hizo un ruido de mil demonios que alertó a todos los presentes en un amplio radio de acción. Con todo, no había alemanes en la zona (únicamente aliados) y el soldado pudo salir por su propio pie de la zona. Con todo, es seguro que, si sus superiores le hubiesen visto, habrían tomado medidas contra su torpeza, pues aquel estruendo revelaba no solo su posición, sino la de todos sus compañeros.

Tensión, minas y capellanes sin misales

Si por algo destacó el desembarco de los paracaidistas el Día D fue por la gran tensión acumulada que tomó a todos y cada uno de los combatientes. Así lo dejó claro el comandante Donald Wilkins -del 1er batallón canadiense- cuando, minutos después de aterrizar, se topó con una serie de figuras sentadas sobre un césped cercano. Su susto fue mayúsculo e, instantáneamente, se tiró al suelo para protegerse de los posibles enemigos. Sin embargo, los presuntos alemanes no se movieron. A los pocos minutos, el oficial hizo un leve ruido para lograr que se inmutaran. Nada. ¿Cuál era la razón?

Aquellas siluetas no eran más que estatuas de piedra. «Se levantó maldiciendo después de observarlas con detenimiento. Sus sospechas se confirmaron», determina el autor anglosajón.

Sin embargo, si hubo algo peor que llevarse un susto, fue lo que le ocurrió a cabo Louis Merlano, de la 101ª División norteamericana. Este combatiente tuvo la mala fortuna de caer sobre una explanada llena de minas (algo que se podía leer en un cartel cercano).

¿Qué hizo nuestro protagonista? Lejos de amedrentarse, le echó arrestos y corrió entre ellas. La fortuna quiso que aquella ruleta rusa tuviera éxito y, finalmente, logró saltar una verja y huir de la zona. Un golpe de suerte dentro de aquella increíble situación.

Otro de los peores aterrizajes, según explicaron posteriormente los presentes, fue el que protagonizó el capitán Francis Sampson, capellán de la 101ª División. Y es que, el sacerdote cayó sobre una marisma con tan mala suerte que perdió su misal y su crucifijo. «Sin hacer caso del fuego de ametralladora y mortero que comenzaba a llegar, se dirigió al sitio donde había caído y buceó repetidamente en busca del saco que contenía sus objetos de culto. Lo extrajo al quinto intento», añade Ryan. Tuvo más suerte que otros tantos que, al caer sobre una zona similar, se ahogaron en pocos palmos de agua debido a la ingente cantidad de peso que llevaban encima (unos 50 kilos) en equipo.

Hallan dos esculturas gigantes de unos caballos que estuvieron en la cancillería de Hitler


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  • Realizadas por Josef Thorak, uno de los escultores favoritos del Führer, desaparecieron en 1989. En los últimos años han aparecido en el mercado con un precio de entre 1,5 y 4 millones de euros
ABC Imagen de la cancillería de Hitler con uno de los caballos encontrados

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Imagen de la cancillería de Hitler con uno de los caballos encontrados

La policía alemana encontró en un depósito situado en el Estado de Renania-Palatinado (suroeste de Alemania) dos esculturas gigantes que representan dos caballos y que estuvieron en su momento frente a la cancillería desde donde Adolf Hitler regía los destinos del III Reich. Así lo confirmó un portavoz de la policía de Berlín, después de que el diario «Bild» adelantara ayer el hallazgo en su edición digital. Los dos caballos, obras del escultor Josef Thorak (1889-1952), estaban desaparecidos desde 1989 y en los últimos años habían sido ofrecidos en el mercado negro por precios de entre 1,5 y 4 millones de euros.

Thorak, junto con Arno Brecker, era uno de los escultores preferidos de Hitler y de su arquitecto estrella Albert Speer y sus trabajos tenían un papel clave en el plan de crear una capital monumental que debía llamarse Germania. Hacia 1943, en plena guerra, Hitler ordenó trasladar los caballos de Thorak y otras esculturas a un taller que tenía Brecker a 20 kilómetros de Berlín, donde las piezas fueron encontradas después por el Ejército Rojo. Los caballos de Thorak y otras esculturas nazis pasaron así a partir de 1950 a formar parte de la decoración de un campo de deportes del ejército soviético en Eberswalde, localidad cercana a Berlín.

En un campo de deportes

En enero de 1989, la historiadora del arte Magdalena Busshart publicó un artículo sobre las esculturas en el diario «Frankfurter Allgemeine» en el que, entre otros detalles, hablaba de su ubicación en el campo de deportes de Eberswalde. Semanas después, una lectora escribió una carta al diario en la que advertía de que las esculturas ya no es encontraban en el lugar indicado. Según el «Bild», todavía no hay claridad acerca de cómo desaparecieron los caballos de Eberswalde y a través de los años se han barajado varias hipótesis, desde su traslado a Moscú, hasta una venta de las esculturas por parte del régimen de la extinta RDA para obtener divisas.

En la última hipótesis desempeña un papel importante la figura de Alexander Schalck-Golodkowski, un curioso personaje del régimen comunista cuya misión era conseguir divisas, para lo cual solía retirar obras de los museos del país y venderlos en los mercados de Occidente. Hace dos años, según el popular rotativo alemán, los caballos había sido ofrecidos a la historiadora de arte Magdalena Busshart por 1,5 millones de euros por un hombre que aseguró haber trabajado con Schalck-Golodkowski.

La manera como las esculturas, junto con otras obras desaparecidas, llegaron al depósito donde fueron halladas no ha podido ser esclarecida. Su hallazgo se produjo en el marco de una investigación -dirigida por la Policía de Berlín- en la que se registraron edificios en varios Estados federados en busca de arte robado. Se han abierto investigaciones contra ocho sospechosos de entre 64 y 79 años.

“Su sincero amigo”: la carta legendaria que Gandhi escribió a Hitler


El Confidencial

  • La postura de Gandhi frente al nazismo ha sido criticada por muchos historiadores. El líder pacifista nunca fue un admirador de Hitler, pero se dirige a él de una forma sospechosamente amigable
Foto: Son dos de las figuras más importantes del siglo XX, pero por razones bien distintas.

Son dos de las figuras más importantes del siglo XX, pero por razones bien distintas.

En el verano de 1939 Europa se temía lo peor. La expansión del Tercer Reich era imparable: en sólo un año Hitler había tomado el control sobre Austria, la actual República Checa, Eslovaquia y parte de la actual Lituania. Todos sospechaban que el siguiente paso de Hitler sería la invasión de Polonia. Francia y Gran Bretaña se comprometieron a proteger esta, pero poco importó: el 1 de septiembre de 1939 Alemania invadió el país, dando comienzo a la Segunda Guerra Mundial.

Poco antes de que sucediera esto, el 23 de julio del mismo año, Mahatma Gandhi, que ya era un conocido líder pacifista –nueve años antes había liderado la marcha de la sal–, escribió una carta a Adolf Hitler para pedirle, en un tono sorprendemente respetuoso, que no iniciara una guerra.

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La carta, tal como se expone en Bombay

Estas son las palabras textuales de Ghandi, tal como se pueden leer en la carta original que se conserva en Mani Bhavan, la casa de Bombay en la que vivió el líder independentista y que hoy alberga un museo sobre su figura. La misiva nunca llegó a manos del dictador alemán (fue interceptada por las autoridades británicas, que la hicieron pública muchos años después), aunque, de haberlo hecho, es poco probable que hubiera surtido el más mínimo efecto.

“Querido amigo,

Mis amigos me han estado insistiendo para que le escriba, por el bien de la humanidad. Pero me he resistido a su petición, debido a la sensación de que cualquier carta mía podría ser una impertinencia. Algo me dice que no debo ser tan calculador y que debo hacer mi petición porque en cualquier caso merecerá la pena.

Está claro que usted es hoy la única persona en el mundo que puede evitar una guerra que podría reducir a la humanidad a un estado salvaje. ¿Estará dispuesto a pagar ese precio por un propósito cualquiera por muy digno que le parezca? ¿Escuchará la llamada de quien ha evitado deliberadamente el método de la guerra no sin considerable éxito? De cualquier manera espero su perdón, si he cometido un error al dirigirme a usted.

A su disposición.

Su sincero amigo.

Gandhi.”


 

¿Una posición poco clara frente al fascismo?

La postura de Gandhi frente al fascismo y el nazismo ha sido criticada por muchos historiadores. No se puede decir que el líder pacifista fuera un admirador de Hitler, pero hoy en día la forma en que se dirige al genocida resulta demasiado amigable –algo que ha dado pie, incluso, a la grabación de una película que lleva por título Dear Friend Hitler–.

En mayo de 1940, de hecho, llegó a referirse al dictador en términos elogiosos: “No considero a Hitler un ser tan malo como parece o representa. Él está mostrando una capacidad increíble y parece estar consiguiendo victorias sin demasiado derramamiento de sangre”.

Gandhi siempre fue partidario de minimizar los daños sin organizar ningún tipo de resistencia violenta, lo que incluía llegar a un tratado de paz con la Alemania nazi, llegado el caso.

El apostol de la no violencia llegó a pedir a los judíos que se mantuvieran de brazos cruzados:

“Si fuera un judío nacido en Alemania y me ganara la vida allí, reclamaría a Alemania como mi hogar tanto como el más alto gentil alemán, y le retaría a dispararme o a arrojarme a una mazmorra; rechazaría ser expulsado o someterme a un tratamiento discriminatorio. Y para hacer esto no esperaría a que los otros judíos me acompañaran en mi resistencia pasiva, sino que tendría confianza en que el resto habrían de seguir mi ejemplo”.

Deben invitar a Hitler y Mussolini a que tomen todo lo que quieran y de sus países. Si ellos quieren ocupar sus casas, váyanse de ellas

Ya en plena guerra –el 24 de diciembre de 1940–, Gandhi volvió a escribir al Führer, en una carta mucho más larga, en la que le criticó de forma mucho más abierta, aunque con un tono, de nuevo, amigable:

“Espero que tenga usted el tiempo y el deseo de saber cómo considera sus actos una buena parte de la humanidad que vive bajo la influencia de esa doctrina de la amistad universal. Sus escritos y pronunciamientos y los de sus amigos y admiradores no dejan lugar a dudas de que muchos de sus actos son monstruosos e impropios de la dignidad humana, especialmente en la estimación de personas que, como yo, creen en la amistad universal. Me refiero a actos como la humillación de Checoslovaquia, la violación de Polonia y el hundimiento de Dinamarca. Soy consciente de que su visión de la vida considera virtuosos tales actos de expoliación. Pero desde la infancia se nos ha enseñado a verlos como actos degradantes para la humanidad. Por eso no podemos desear el éxito de sus armas”.

La postura no violenta de Gandhi era en ocasiones extrema. Después de que los nazis invadieran las Islas del Canal de la Mancha mandó este mensaje al pueblo británico:

“Dejen las armas, por cuanto estas no van a servir para salvarles a ustedes ni a la humanidad. Deben invitar a Hitler y Mussolini a que tomen todo lo que quieran y de sus países. Si ellos quieren ocupar sus casas, váyanse de ellas. Si no les permiten salir sacrifíquense, pero siempre rehúsen rendirles obediencia”.

El Ministerio de Defensa ruso ha desclasificado decenas de informes secretos sobre las unidades que ayudaron a su país a vencer a Hitler


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  • El Ministerio de Defensa ruso ha desclasificado decenas de informes secretos sobre las unidades que ayudaron a su país a vencer a Hitler
 Memorial Normandie-Niemen Dos de los pilotos que viajaron hasta la U.R.S.S. para servir a las órdenes de Stalin

Memorial Normandie-Niemen
Dos de los pilotos que viajaron hasta la U.R.S.S. para servir a las órdenes de Stalin

Es innegable que los franceses no lograron resistir la invasión de la «Wehrmacht» (las fuerzas armadas germanas) poco más de un mes y que solicitaron el armisticio a Adolf Hitler tras apenas 46 días de combates. Sin embargo, también es verídico que –durante la Segunda Guerra Mundial- fueron muchos los galos que se alistaron en los grupos de resistencia que se ubicaban dentro y fuera de la región (las «Forces françaises libres» y la «Résistance intérieure française» que dirían por allí) para combatir al nazismo y expulsar a los invasores de su país.

Además de tropas terrestres, entre aquellos que se decidieron a declinar el colaboracionismo del régimen de Vichy (instaurado por Petain una vez que se sacó la bandera «blanc» y se rindió el país) se hallaban también varias unidades de pilotos de combate. Y, a su vez, entre las mismas se encontraba la unidad «Normandie», un grupo de aviadores que decidieron viajar hasta la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y ponerse allí a las órdenes de Iósif Stalin para enfrentarse a sangre y ametralladora a la «Luftwaffe» (la fuerza aérea del ejército germano).

La «Normandie», desclasificada

Aunque la historia de los valientes de la unidad «Normandie» es conocida desde hace varios años, se ha vuelto a poner de moda gracias a una serie de documentos secretos que ha desclasificado hace pocas jornadas el Ministerio de Defensa de Rusia para celebrar el 70 aniversario de la «Gran Victoria» (la jornada en la que se conmemora la victoria soviética contra los nazis). Concretamente, el gobierno de este país ha publicado multitud de informes sobre la participación de las unidades extrajeras en el Ejército Rojo como combatientes.

Entre los grupos nombrados en los documentos destacan cientos de soldados checoslovacos, rumanos, yugoslavos, húngaros, polacos (con aproximadamente 80.000 voluntarios) y, como no podía ser de otra forma, los franceses. Entre estos últimos se hallan los hombres del regimiento «Normandie», los cuales lucharon desde 1943 hasta 1945 a las órdenes del dictador soviético desde territorio ruso. Su participación fue destacada, pues realizaron más de 5.000 vuelos de combate y destruyeron nada menos que 278 aeroplanos enemigos. Muchos de aquellos hombres, incluso, fueron galardonados con el título de Héroe de la U.R.S.S.

Los documentos son un total de 250 y han sido publicados en una de las páginas oficiales del gobierno ruso. Entre ellos hay órdenes entre oficiales del Ejército Rojo, acuerdos de gobierno entre varias regiones, telegramas o descripciones de combates. Con todo, esta no es la primera vez que los rusos desclasifican una ingente cantidad de documentos oficiales sobre la contienda, pues ya lo hicieron hace algunos años revelando decenas de instantáneas sobre la situación entre la U.R.S.S. y la Alemania nazi antes de la contienda.

Voluntarios al servicio de Stalin

La «Normandie» fue una de las unidades a las que el general De Gaulle (líder de la resistencia francesa exterior desde Gran Bretaña) instó a combatir contra los alemanes –y mano a mano con los aliados- después de que estos tomaran el país en junio de 1940. «Las Fuerzas de la Francia Libre continuaron su lucha contra los alemanes en Egipto, Siria, Líbano, Chad, Libia, las islas del Pacífico por tierra, mar y aire», explican en la página web oficial del museo francés dedicado a la unidad.

Sin embargo, no se pensó en que este grupo de aviadores podría viajar a la U.R.S.S. hasta que Hitler rompió el pacto de no agresión que mantenía con Stalin en junio de 1941 e inició la «Operación Barbarroja» (el asedio del territorio ruso). Así pues, hubo que esperar hasta febrero de 1942 para que el Ejército Rojo aprobase la idea de acoger pilotos galos en sus fronteras. La «Normandie», como así se llamó, fue el tercer grupo de caza de las fuerzas francesas ubicadas en Gran Bretaña y se sumó a los de «Alsace» e «Ile de France».

Así pues, tras extensas negociaciones con la U.R.S.S. la «Normandie» (14 pilotos de combate y 1 de enlace, además de seis decenas en personal de apoyo) se desplazó a 250 kilómetros de Moscú el 2 de diciembre de 1942. «Allí tuvieron que adaptarse a las malas condiciones climáticas. La vida fue muy dura para ellos, que soportaron temperaturas de hasta 30 grados bajo cero sin haberlas sufrido antes. También pasaron escasez de alimentos y adaptarse a volar en condiciones climáticas adversas y de nieve casi constante», se explica desde el memorial francés.

Campañas y glorias

Tras ser aceptados oficialmente por los soviéticos, la «Normandie» participó en su primera campaña a partir del 22 de marzo de 1943. Durante aquellos primeros combates, los pilotos impresionaron, según los documentos oficiales, a la aviación de la U.R.S.S. en las múltiples misiones que llevaron a cabo (entre ellas, la escolta de bombarderos Pe-2 o el simple ataque de posiciones tomadas por la «Luftwaffe»). Y es que, según, parece siempre estaban en vanguardia. No obstante, y a pesar de que sus victorias se fueron acumulando, también lo hicieron sus bajas sufridas, por lo que el 10 de mayo de 1943 tuvieron que ser enviados varios aviadores de refuerzo para suplir a los caídos.

En aquella primera campaña, los pilotos de la «Normandie» lucharon en el frente de Moscú logrando sus cinco primeras victorias y ganando en el mismo número de ocasiones la «Orden de la Guerra Patria». En este período participaron también en la batalla de Smolensk (una ofensiva masiva soviética contra las líneas germanas ubicadas al oeste de la U.R.S.S.) en 116 misiones. A finales de ese mismo año, esta unidad contó con un número de pilotos que difícilmente se igualaría posteriormente (un total de 61).

En esta campaña se destacó, entre otros tantos, el piloto Yves Mahé quien, en 1943, mantuvo un combate aéreo contra tres cazas nazis y, de forma sorprendente, logró escapar tras intercambiar varios disparos contra uno de ellos. Curiosamente, este aviador fue derribado, capturado por los alemanes y condenado a muerte por un tribunal germano (destino que logró eludir tras escaparse). Finalmente, regresó a su país de origen.

Tras un breve descanso, en mayo de 1944 comenzó la segunda campaña de estos aviadores galos, en quienes ya confiaban absolutamente los hombres de Stalin. De hecho, fue por entonces cuando se les dotó con el caza «Yak-3», uno de los mejores aviones soviéticos de la época. El 28 de noviembre de ese mismo año, el mismísimo líder supremo de la U.R.S.S. otorgó a la unidad el sobrenombre de «Niemen» para conmemorar su gran actuación en el cruce de dicho rio por las tropas del Ejército Rojo. Acababa de nacer una leyenda, la «Normandie-Niemen». Sus últimas misiones las realizaron en 1945, año en que los soviéticos iniciaron la reconquista del territorio perdido ante Hitler.

Los pilotos de la «Normandie-Nimen» regresaron a casa con 5.240 misiones realizadas, 273 victorias confirmadas, 36 probables y una ingente cantidad de condecoraciones en su zurrón. A su vez, tuvieron el honor de ser los primeros militares galos en entrar en Alemania.


La «Normandie-Niemen», una unidad de récord

Sexo, alcohol y desesperación; los últimos días en el búnker de Hitler


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  • Según la inteligencia soviética, el final del «Führer» y de los soldados nazis que defendían Berlín estuvo lejos de ser heroico
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El 30 de abril de 1945. Fue un día como hoy, aunque hace exactamente 70 años, cuando Adolf Hitler y Eva Braun decidieron suicidarse en el búnker ubicado tras la Cancillería. O eso se cree ya que, desde entonces, la forma en la que dejaron este mundo continúa siendo un misterio. Sin embargo, si se recurre al informe elaborado por el NKVD (el servicio secreto soviético) para el mismísimo Stalin, se puede atisbar que dichas jornadas estuvieron lejos de ser heroicas para el «Führer».

Este, por el contrario, se hallaba absolutamente abatido, deliraba con frecuencia y tenía que convivir en su último refugio con las continuas borracheras de sus hombres y con soldados más preocupados de «echar una canita al aire» que de combatir.

Corrían por entonces, como se suele decir, momentos muy desesperados para el nazismo. Los pomposos desfiles a paso de ganso formados por miles de soldados eran ya cosa del pasado. La gloria se había esfumado. En su sustitución tan solo quedaban entre 85.000 y 100.000 defensores de una ciudad –Berlín– que había pasado de ser la gloriosa capital de Hitler, a su último bastión contra el ejército soviético.

La organización militar también se había venido abajo y, debido a la falta de hombres, en las calles se arremolinaban grupos heterogéneos de combatientes de la «Wehrmacht» (las fuerzas armadas alemanas), las SS (las tropas más cercanas al «Führer») y multitud de batallones de «Volkssturm» (unidades de milicianos armadas a toda prisa).

Los delirios de Hitler

Así de crudas andaban las cosas en el exterior mientras que, dentro del búnker, Hitler se escondía esperando la llegada de la muerte. En el recinto, los oficiales que aún le eran leales vieron como sus delirios se volvían cada vez más habituales. Uno de ellos se produjo el 27 de abril cuando el líder nazi hizo llamar a Otto Günsche –oficial de las SS- y le ordenó que movilizara a sus 8.000 soldados para romper el cerco ruso que se cernía sobre la ciudad.

El subordinado no entendió la petición, pues ya le había hecho saber a su jefe que disponía sólo de 2.000 militares mal pertrechados. Aquello no pareció encajar bien en la desquiciada mente del alemán, quien, airado, salió de la sala gritando: «¡Guarde usted silencio! ¡Todos me están engañando! ¡Nadie me dice la verdad!».

El miedo que sentía Hitler por ser atrapado también le llevó a cometer todo tipo de tropelías con la población civil. La primera de ellas fue incluir en las «Volkssturm» a ancianos y adolescentes de las Juventudes Hitlerianas. Para ello, tal y como señala el historiador Joachim Fest en su libro «El Hundimiento», el ministro de propaganda Joseph Goebbels hizo colgar en las puertas de todas las casas un escrito en el que se afirmaba que todos los hombres de entre 15 y 70 años estaban obligados a alistarse. «Quien se esconda cobardemente en los refugios antiaéreos, comparecerá ante un consejo de guerra y será condenado a muerte», rezaba el documento.

El «Führer» tampoco titubeó cuando ordenó a Helmuth Weidling (al mando de las defensas de Berlín) abrir las compuertas del río Spree con el objetivo de inundar los túneles del metro y que el enemigo no pudiese atacar a través de ellos. Aunque el método fue efectivo, Hitler se olvidó (a sabiendas) de los cientos de ciudadanos alemanes que se agolpaban en el subterráneo huyendo de las bombas. Tampoco le importó que se ahogaran cuando se lo recordaron.

La locura ante la muerte

Con todo, por aquel entonces las locuras no eran cometidas únicamente por Hitler, sino que –tanto en el búnker como fuera de él- la enajenación apareció también en los militares de menor edad, «La llegada del enemigo a la periferia hizo que los jóvenes soldados se desesperaran por perder la virginidad», explica Antony Beevor en su ensayo «Berlín. La caída: 1945». Una de las situaciones más esperpénticas se vivió en el centro de emisiones del Grossdeutscher Rundfunk donde, en palabras del autor, «durante la última semana de abril se extendió una “verdadera sensación de desmoronamiento” que llevó a los empleados a beber desaforadamente y a fornicar de un modo indiscriminado».

Tampoco escaseaban en el búnker las continuas borracheras de aquellos que rodeaban al «Führer». Ya fuera por la celebración de un cumpleaños o de una boda, lo cierto es que, como señalan H. Eberle y M. Uhl en «El informe Hitler», cualquier excusa era buena para descorchar una botella de aguardiente y olvidar que las bombas rusas caían a cientos encima de ellos.

La situación era acompañada por un Hitler que, según declaró posteriormente Günsche, deambulaba apático y hablando casi constantemente de un suicidio que siempre retrasaba. «Hitler no tenía valentía ni para mirar hacia el exterior del búnker. Se aferró a las últimas horas que el destino aún le estaba otorgando, siempre atenazado por el miedo a que los rusos pudieran penetrar en su refugio», añaden el informe soviético. Así hasta que, el 30 de abril de 1945, decidió acabar con su vida y –según el NKVD- se disparó en la cabeza con una Walther del calibre 7,65 mm.


El-Undimiento.

«El hundimiento», una película con mucha historia

Hitler y Eva, así fue la boda que hizo estremecerse al nazismo


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  • Hace exactamente 70 años que el «Führer» dio el «si quiero» a la mujer que le acompañó en la última etapa de su vida
Hitler y Eva, así fue la boda que hizo estremecerse al nazismo

Archivo ABC La boda se celebró en la madrugada del día 29 de abril. Fue austera y apenas asistieron invitados

Desde Benito Mussolini con Clara Petacci, hasta Iósif Stalin con Nadezhda Alilúyeva. Si algo ha demostrado la historia, es que incluso los líderes más crueles tienen derecho a encontrar el amor. Por ello, y como no podía ser de otra forma, Adolf Hitler no iba a ser una excepción a pesar de estar considerado como uno de los asesinos más crueles conocidos hasta el momento. Su «media naranja» no fue otra que Eva Braun, una mujer controvertida con quien decidió casarse en la madrugada del 29 de abril de 1945 bajo el replicar de las bombas que, de forma metódica, hacían llover los lanzacohetes múltiples «Katyusha» y la artillería de campaña soviética.

El desenlace de los felices esposos, no obstante, fue incluso más trágico que su boda. Y es que, decidida a compartir el destino del «Führer», Braun se suicidó junto a su esposo en una de las estancias del «Führerbunker» (el refugio ubicado tras la Cancillería). Así pues, Adolf Hitler -con 56 años- y Eva Braun -con 33- se marcharon al otro mundo de la misma forma en la que habían vivido sus últimos días en este: unidos. Su muerte, sin embargo, supuso un respiro para los aliados, pues hizo que las desmoralizadas tropas de la «Wehrmacht» y de las «SS» capitularan dando así por finalizada la batalla de Berlín.

Eva, la mujer perfecta para Hitler

Eva Braun vino al mundo el 6 de febrero de 1912 en Múnich (Alemania). Hija de padres católicos, no pasaron muchos años hasta que fue enviada a un colegio de monjas. «Los Braun habían tomado por costumbre enviar a sus hijas al convento para completar allí su educación. En Baviera, ninguna chica se convierte verdaderamente en una dama si antes no pasa por una de esas instituciones especializadas donde las jóvenes aprenden una profesión, además de ciertos convencionalismos sociales», explica el escritor e investigador Nerin E. Gun en su libro «Hitler y Eva Braun, un amor maldito».

Tras abandonar el convento, y con apenas 17 años, esta alemana decidió cambiar drásticamente su porvenir y optó por cursar estudios en mecanografía y, posteriormente, por entrar a trabajar por un sueldo ínfimo en el taller del fotógrafo personal de Hitler. Allí fue donde conoció al futuro «Führer» en 1929, un hombrecillo que –por entonces- empezaba a despuntar pero que todavía no había alcanzado el poder que adquiriría en 1933 (cuando fue nombrado jefe del Gobierno alemán tras las reglamentarias elecciones). Días después, Eva envió una carta a un familiar calificando a ese hombre como un «señor de cierta edad con un gracioso bigotillo». Cupido acababa de clavar su flecha.

Hitler, por su parte, correspondió a los deseos de esta joven 20 años menor que él y ambos empezaron a verse. Así, poco a poco la relación fue cuajando hasta que, antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial, ambos formalizaron su amor. Los siguientes años fueron perfectos para la pareja, que vio acompañado su romance de las continuas victorias del ejército nazi sobre sus enemigos en media Europa. El dinero, además, entraba a por doquier, por lo que el «Führer» podía dar todos los caprichos a su novia (entre los que se incluían sus largas estancias en los Alpes Bávaros).

Sin embargo, al igual que sucedería con Mussolini y Stalin, su amor estaba destinado a acabar en tragedia, una tragedia que llegó cuando a los alemanes no les quedó más remedio que huir con el rabo entre las piernas de la U.R.S.S. y empezar a replegarse hasta llegar a la capital del Reich. Finalmente, fue en las dos últimas semanas de abril cuando, rodeados por las tropas soviéticas y bajo el fuego de la artillería, esta pareja selló su amor contrayendo matrimonio entre los muros de hormigón del «Führerbunker» un día antes de suicidarse.

Una boda nada idílica

La boda más famosa del Tercer Reich, un matrimonio que muchos esperaban pero que Hitler no quiso hacer oficial hasta que vio que su hora de morir se acercaba, se sucedió en la medianoche del 28 de abril de 1945. Se decidió que la boda se celebraría en el salón del reuniones del búnker, la misma estancia en la que, día tras día, el «Führer» enviaba a miles de soldados a morir en el frente contra los rusos y desde la que no tenía reparos en fusilar a todo aquel que considerase un traidor de Alemania (independientemente de su edad y sexo).

«Bormann [el secretario personal de Hitler] indicó que cambiara de sitio algunos muebles para hacer sitio. La mesa, donde se extendía habitualmente los mapas de operaciones, se desplazó hasta el centro de la sala. Delante de la misma se dispusieron cuatro sillones: los dos de la primera línea, para Hitler y Eva. Los dos de la segunda, para Goebbels y Bormann, que habían sido designados testigos de la boda», explican Henrik Eberle y Matthias Uhl en su obra «El informe Hitler». Posteriormente, se hizo llamar a un funcionario del Ministerio de Propaganda, al que se fue a recoger en un vehículo blindado, para que oficiase la ceremonia.

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Partida de matrimonio de Hitler y Eva Archivo ABC

Cuando todo estuvo preparado, Hitler y Eva salieron de sus habitaciones cogidos de la mano. Por entonces, poco quedaba ya del glorioso líder nazi que, en otro tiempo, convencía a las masas gracias a su vehemencia. Ahora ya solo era un hombrecillo apático al que le costaba andar. «Su semblante estaba lívido, su mirada erraba de un lugar a otro. Llevaba puesto el traje arrugado con el que se había tumbado en la cama durante el día. Lucía la insignia de oro del Partido, la cruz de hierro de primera clase, y la insignia de los heridos de la Primera Guerra Mundial», añaden los expertos.

Eva Braun no lucía mejor, pues estaba pálida por la falta de sueño y se notaba que había sufrido para poder tapar sus ojeras. Vestía, por su parte, una gorra de piel gris y un traje azul marino. «Una vez en el salón de reuniones, Hitler y Eva Braun saludaron al funcionario que les aguardaba junto a la mesa. A continuación, ambos tomaron asiento en los sillones de primera fila. […] Se cerró la puerta. La ceremonia no duró más de diez minutos», afirman los historiadores en su obra.

De esta forma, se materializó un matrimonio que Hitler había rechazado hasta entonces. «En su condición de “Führer”, había declarado varias veces que él no podía ligarse personalmente a ningún ser humano: la idea estatutaria que tenía su de su función no permitía imágenes de intimidad familiar», explica, en este caso el historiador Joachim Fest en su obra: «El hundimiento».

A pesar de que duró un momento, lo cierto es que este matrimonio a la carrera trajo consigo una curiosa anécdota que se produjo cuando Eva Bran tuvo que firmar la partida de matrimonio. Y es que, en lugar de escribir «Eva Hitler», los nervios hicieron que se equivocase y pusiese «Eva B». Al percatarse del error, tachó aquella B de forma vistosa y garabateó lo siguiente: «Eva Hitler. Nacida como Eva Braun». Un gracioso suceso entre el mar de desesperación que se vivía en aquella estancia en la que, apenas un día después, ambos se suicidarían.

Así era el trabajo de un contable en el campo de concentración de Auschwitz


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  • Oskar Groening, de 93 años se somete a juicio por su pasado al servicio de Hitler

    AFO Mujeres prisioneras en Auschwitz

    AFO
    Mujeres prisioneras en Auschwitz

A sus 93 años, Oskar Gröning (más conocido como el «contable de Auschwitz» por su labor en dicho campo de concentración) ha admitido su responsabilidad «moral» en la muerte de más de 300.000 personas y ha pedido perdón a las víctimas durante el juicio celebrado este martes en Alemania. Con todo, el germano ha vuelto a señalar que, durante su estancia en el lugar, no acabó con la vida de ningún prisionero y se limitó a cumplir con su tarea: recoger y cuantificar las pertenencias de los prisioneros que llegaban al emplazamiento.

El juicio, celebrado Lüneburg y en el que muchas víctimas del Holocausto han depositado sus esperanzas, supone que -70 años después de que haya finalizado la Segunda Guerra Mundial– se sigue juzgando a presuntos criminales de guerra nazis. A día de hoy, este juicio se considera uno de los últimos en los que la justicia alemana caerá sobre los presuntos seguidores de Adolf Hitler, pues la mayoría de ellos ya han fallecido. No es el caso de Gröning quien, al llegar al campo de concentración en 1942 con 21 años, aun mantiene una salud aceptable para su edad.

El trabajo del «contable de Auschwitz»

Gröning, de origen alemán, vino al mundo en 1921 en la Baja Sajonia (una región ubicada al norte de Alemania). Fascinado desde su infancia por el ejército y la disciplina militar, se unió a las juventudes Hitlerianas en 1933, cuando Adolf Hitler tomó el poder en Alemania. Al tener la edad suficiente, este germano se alistó en las SS, donde se le dio un empleo administrativo.

Cuando apenas contaba con 21 años, fue transferido como contable a Auschwitz, un campo de concentración creado en la región de Osweicim (a 60 kilómetros de Cracovia) y que, años después, sería conocido por acabar con entre un millón y un milón y medio de judíos.

Durante su estancia en el lugar, y según afirma la fiscalía, este exguardia de las SS se dedicó a cuantificar las maletas, las pertenencias, los cheques, el dineros en metálico y hasta las muelas de oro de los prisioneros (las cuales eran extraídas previamente antes de que fuesen gaseados y, posteriormente, quemados). Todo ello, con el objetivo de sufragar los gastos del Tercer Reich (además de, probablemente, guardarse para si un «pellizquito», algo habitual en los campos de concentración).

Concretamente, esta labor se hacía mientras los prisioneros eran divididos en dos grupos por los oficiales alemanes a la salida de los trenes. Mujeres, niños, ancianos e incapacitados a la derecha; hombres y mujeres fuertes a la izquierda. El primero era conducido directamente a las cámaras de gas, donde los alemanes hacían entrar a la muchedumbre bajo la promesa de una ducha caliente. Por su parte, el resto eran dirigidos al campo, donde eran tratados como esclavos.

Entre el 16 de mayo de 1944 y el 11 de julio de ese mismo año, Gröning trabajó en el campo en el marco de la «Operación Hungría. Concretamente, y según señala el Museo Memorial del Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, en aquella época llegaron al lugar unos 440.000 prisioneros de dicha región. De hecho, esta deportación masiva de judíos significó que Auschwitz-Birkenau (una expansión del primer campo creada a posteriori) alcanzó su máximo nivel de asesinatos.

De aquel ingente número de prisioneros, las SS enviaron a un total de 320.000 prisioneros directamente a las cámaras de gas, mientras que el resto (unos 110.000) fueron obligados a realizar trabajos forzados en el lugar. Muchos presos de este grupo no se quedarían mucho en Auschwitz, pues fueron trasladados posteriormente a otros campos de concentración presentes en Austria y Alemania. Con todo, el número inicial de fallecidos es el que se ha usado hoy en día para acusar de cómplice a Gröning.

Tras la guerra, el miembro de las SS fue acusado oficialmente por un tribunal, causa que se cerró en 1985 cuando los fiscales consideraron que no había una relación entre su trabajo en el campo de concentración y la muerte de los prisioneros. Sin embargo, hace pocos meses se decidió reabrir el caso ante la aclamación de los presos.

El juicio y las entrevistas previas

Ha sido en una de sus primeras frases en las que el antiguo guardia de las SS (las tropas más temibles e ideologizadas del nazismo) ha admitido que, desde que llegó a Auschwitz, supo que se asesinaba a personas en su interior mediante la cámara de gas.

«Para mí está fuera de toda duda que soy moralmente cómplice», ha señalado el acusado, quién se ha personado en el lugar ayudado de su andador y junto a varios abogados. Concretamente, este alemán ha sido acusado de ser cómplice de los aproximadamente 300.000 asesinatos.

El antiguo contable también ha pedido perdón a todas las víctimas de la represión y se ha puesto a disposición de la justicia. A su vez, ha tenido que someterse a las duras miradas de varios represaliados durante el Holocausto y de sus familiares (varios presentes en la sala). Algunos, con todo, señalaron en los días previos al proceso que no quieren que el anciano sea condenado por mera venganza (y por tanto, no buscan que pase por prisión), sino para que los que «vengan después» sepan que no se pueden cometer ese tipo de crímenes contra la humanidad y quedar impune.

Este exguardia ha sido acusado formalmente por más de 60 particulares –entre ellos varios supervivientes del Holocausto-. En base a estos testimonios, la fiscalía sostiene además que Gröning ayudó a enriquecerse al nazismo al robar, contabilizar, y enviar a Berlín las pertenencias de los prisioneros que llegaban al campo de concentración.

No obstante, se desconoce si el proceso acabará o no en condena, aunque un precedente acaecido en 2011 con el antiguo soldado Ivan Demjanjuk (condenado por su colaboración con Hitler) hace pensar que es posible.

A día de hoy, Gröning es uno de los pocos colaboradores de Hitler que, aún con vida, no han tenido problemas en contar su paso por el terrible campo de concentración. Sin embargo, siempre se ha presentado como un elemento accesorio y nunca como un asesino. De hecho, siempre ha afirmado que nunca mató a nadie y que, por lo tanto, no es culpable.

El rostro del mal, setenta años después


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  • Un búnker de Berlín acoge la presentación de dos nuevos libros sobre el líder nazi: una biografía en imágenes y un volumen sobre sus últimos días
ABC Hitler, con sus oficiales nazis en 1922

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Hitler, con sus oficiales nazis en 1922

¿Una presentación de libros en un búnker? No es algo que se vea a menudo. Pero la editorial Berlin Story Verlag decidió lanzar al mercado de esa forma dos nuevos títulos que arrojan luz sobre la vida y el dramático final de Adolf Hitler, a tan solo unos días de que se cumplan (el próximo día 30), 70 años de su suicidio. Se trata de «Hitlers Ende» (El final de Hitler), de Sven Felix Kellerhof, y «Adolf Hitler. Bildbiografie» (Adolf Hitler, una biografía en imágenes), de Armin Fuhrer. Ambos títulos, que pronto serán editados en inglés, intentan explicar cómo fue posible el horror nazi y ofrecer de manera breve y amena datos precisos sobre este asunto. Según ambos historiadores, esta es una tarea urgente porque la enorme cantidad y densidad de los libros publicados sobre Hitler y el nazismo ha desalentado a muchas personas a la hora de conocer hechos de importancia capital de una de las etapas más infaustas de la historia de la humanidad.

La presentación en sociedad de los dos volúmenes se realizó en el búnker berlinés de la estación Anhalter, en pleno barrio de Kreuzberg, hoy convertido en museo. Este búnker, de 3.600 metros cuadrados, fue construido en apenas 10 meses en 1943 -en un momento en que se levantaban aceleradamente estos refugios antiaéreos en todo Berlín para albergar a una población cada vez más desesperada- y, si bien se pensó que albergaría a unas 3.500 personas, llegó a estar habitado por 12.000 cuando la caída de Berlín a manos de los rusos era inminente.

Lo cierto es que este búnker de la estación Anhalter -de hecho está conectado por un túnel con esta estación de tren aún en funcionamiento, desde donde se ingresaba al refugio antiaéreo- fue erigido en la misma época que la construcción antibombas en la que pasó sus últimos días el Führer. Y justo este último búnker -en el que se desarrolla en la ficción la trama de la película«El hundimiento»– es el escenario del libro de Kellerhof, que se centra en el período que transcurre entre el regreso del dictador a Berlín desde Adlerhorst, el cuartel general del Reich ubicado en Hesse, en enero de 1945, hasta que se quita la vida el 30 de abril de 1945.

Sus últimos días

En realidad, «El final de Hitler» es una reedición renovada y totalmente revisada de «Myhos Führerbunker», un libro sobre el último refugio del máximo líder nazi que Kellerhof ya había publicado en 2003. Según dijo el propio Kellerhof, su nuevo libro sobre el búnker de Hitler se inicia, a diferencia de su antecesor -centrado en la construcción del predio-, directamente en el drama de los últimos días del dictador en el refugio antiaéreo e incluye imágenes computarizadas que ayudan a entender cómo era la instalación, algo que hoy en día sigue siendo un misterio para muchos alemanes.

Kellerhof contó que los restos del búnker de Hitler se encuentra bajo un estacionamiento privado, en pleno centro de Berlín (Willhelmstr. 92, Mitte). Aunque hay un cartel con información, «pocos saben que ocho metros debajo Hitler se quitó la vida de un balazo, probablemente después de ingerir una cápsula de veneno», afirmó el historiador. Parte de la construcción (el llamado «búnker superior») fue destruida en la antigua Alemania comunista, pero permanecen intactas -e inaccesibles para el visitante- partes del búnker principal, aunque no se sabe cuántas ni su extensión. Aun así, el estacionamiento es visitado por muchos turistas y muy pocos alemanes.

Contra la manipulación

Según el autor, su libro -un detallado estudio del búnker de Hitler en solo 167 páginas- saca a la luz pública datos desconocidos para que los lectores «puedan construir por sí mismos su propia opinión de los hechos teniendo información seria». Un vacío en este aspecto podría ser aprovechado, según Kellerhof, por gente sin escrúpulos que quieran distorsionar el horror del régimen nazi para sacar réditos políticos. Por otra parte, los historiadores de la Berlin Story Verlag se niegan a comentar las nuevas teorías que apuntan a que el líder nazi huyó a Argentina y murió en Paraguay por considerarlas «abstrusas» y totalmente infundadas.

En cuanto a «Adolf Hitler, una biografía en imágenes», cuenta en apenas 94 páginas, y a través de 200 fotografías de fuerte impacto, la historia del demagogo que impulsaba el «espacio vital» para los alemanes al Este del país y la destrucción del «judeo-bolchevismo», ideas que llevaron a la peor guerra de la Historia y al Holocausto, con el asesinato de 6 millones de judíos. Las instantáneas -algunas de ellas publicadas por primera vez- pertenecen en su mayoría a los archivos del fotógrafo de Hitler Heinrich Hoffman y al Archivo Nacional de Washington. También hay fotografías que provienen de agencias informativas y de archivos personales de soldados que combatieron en la Segunda Guerra.

«Tengo la esperanza de que después de ver las imágenes nadie quiera apoyar al populismo de derecha», afirmó Fuhrer, en alusión al movimiento alemán Pegida y otras fuerzas de esta orientación, como el Frente Nacional francés.

Dan a conocer la fotografía más «hortera» de Adolf Hitler


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  • El líder nazi llegó a decir que esta imagen rebajaba su dignidad

Siempre señorial y con vestimenta militar. Así es como suele aparecer Adolf Hitler en la mayoría de imágenes que se conservan de él. Todas ellas, pasadas previamente por la censura del Tercer Reich.

No obstante, y tal y como afirma la versión digital del diario «Daily Mail», una nueva instantánea del líder acaba de ser descubierta en una revista ideada para aumentar su popularidad entre la población. Una fotografía que, a pesar de ser publicada, el «Führer» odiaba por considerar que rebajaba su dignidad.

La imagen muestra, de forma más concreta, a un Adolf Hitler desinhibido, apoyado sutilmente en un árbol y ataviado con unos pantalones cortos de cuero y unos calcetines blancos hasta las rodillas. Todo ello, rematado con un intento de sonrisa para dar una mayor sensación de cercanía a los alemanes.

Puede parecer anecdótico, pero lo cierto es que el líder nazi no estuvo muy de acuerdo con que esta fotografía se publicase, algo que finalmente se hizo durante los años 30. Eso sí, el «Führer» no volvió a repetir esa pose.

Esta fotografía forma parte, en palabras del diario británico, de una serie de instantáneas tomadas por los fotógrafos personales de Hitler (entre ellos, el archiconocido Heinrich Hoffman) y que acabaron en una revista para fanáticos publicada por Baldur von Schirach.

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No fue la única, pues en aquellos periódicos también solían mostrar al líder acariciando animales o compartiendo palabras junto a niños. Al parecer, la instantánea ha sido hallada en una revista hecha jirones encontrada en una casa alemana por un soldado británico tras la Segunda Guerra Mundial.

Ahora, 70 años después, los historiadores británicos están a punto de publicarla, al igual que el contenido de la revista. Esta, como no podía ser de otra forma, está llena de elogios a Adolf Hitler escritos por Von Shirach (quien fue juzgado en Nuremberg y condenado a prisión).

Con todo, ha sido difícil llevar a cabo una traducción convincente debido al mal estado en el que se hallaba el panfleto. «Sólo trataba de presentarlo como un hombre amante de la paz que quería mucho a los niños y era amable con todos, la verdad, lógicamente, era diferente», determina uno de los traductores a cargo de la revista.

La increíble mentira soviética sobre la fotografía más famosa de guerra


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  • En 1945, un experto organizó una estudiada sesión fotográfica para hacer creer al mundo que los soldados de Stalin habían hecho ondear la bandera roja en el Reichstag
 abc Elementos que fueron modificados sobre la fotografía principal

abc | Elementos que fueron modificados sobre la fotografía principal

Finales de abril de 1945. Berlín es sólo una sombra de la ciudad que un día fue durante el Tercer Reich. En las calles donde antes paseaban orgullosas a paso de ganso las tropas de Adolf Hitler, ahora se lucha encarnizadamente por impedir inútilmente que los aliados avancen. Repentinamente, en la azotea del Reichstag (la sede del parlamento alemán), un soldado soviético avanza hasta el punto más alto del edificio e iza una bandera roja ataviada con la hoz y el martillo. El acto significa la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial y, debido a su importancia y su simbolismo, es capturado por un atrevido y suertudo fotógrafo. Esta es la versión oficial que se explicó al mundo desde la U.R.S.S. en relación a una de las instantáneas más famosas de la contienda, unos sucesos que nada tienen que ver con la realidad.

Y es que, esta instantánea no fue fruto del azar ni se produjo durante la contienda, sino que fue realizada en una curiosa sesión fotográfica varios días después de que los combates hubieran cesado. Todo ello, por orden de un avispado fotógrafo con ganas de ganarse un hueco en la Historia. No contento con eso, el «artista» realizó además varios retoques en la imagen una vez que fue revelada para que causase el mayor impacto posible entre la población e, incluso, con el objetivo de que escondiera algunas vergüenzas del «glorioso Ejército Rojo». Esta gran mentira logró convencer a la población hasta la caída de la U.R.S.S. (momento en que la verdad sobre esta operación de propaganda salió a la luz).

Esta curiosa historia es una de las tantas que se pueden leer en «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», la tercera reedición de la famosa obra del historiador y periodista Jesús Hernández. Este libro, concretamente, fue con el que este experto en la Segunda Guerra Mundial se dio a conocer en el ámbito editorial en 2003. «Hoy muchos lectores saben de mi gracias a obras como “Enigmas y misterios de la Segunda Guerra Mundial” o “Breve Historia de la Segunda Guerra Mundial”, pero no tienen en su poder el libro con el que me di a conocer. Por eso lo he reescrito, he actualizado todos los datos y he añadido información que me ha parecido interesante para completarlo», afirma el autor en declaraciones a ABC.

La toma del Reichstag

Para entender la importancia de esta instantánea (conocida a la postre como «Alzando una bandera sobre el Reichstag», tal y como corroboran expertos como Gregorio Doval) es necesario viajar en el tiempo hasta el 16 de abril de 1945. Y es que, fue exactamente ese día cuando comenzó la Batalla de Berlín. Es decir, la última defensa a ultranza de la capital del Reich por parte de las escasas tropas alemanas que aún rendían culto a Hitler. En aquella época ya no era ningún misterio que los aliados (especialmente los soviéticos, quienes disponían de más de dos millones y medio de soldados y 6.000 carros de combate) avanzaban con el cuchillo entre los dientes hacia el último reducto del Führer.

En su contra, el que fuera uno de los líderes más poderosos de la primera mitad del SXX apenas pudo interponer 800.000 combatientes. Y la mayoría de ellos, además, no eran más que unos pobres niños reclutados de las «Juventudes Hitlerianas» con falsas promesas de gloria y un futuro imperio alemán comandado por un Hitler que, según les decían, resurgiría de sus cenizas. Mentiras. Estos pequeños soldados estaban acompañados, a su vez, de miles de ancianos armados y entrenados a la carrera por los restos de las escasas unidades que habían logrado sobrevivir a los continuos combates los aliados en media Europa. Eran, en definitiva, los estertores de muerte de un Reich que trataba de tomar sus últimas bocanadas de aire aún a sabiendas de que la suerte estaba más que echada.

Con el paso de los días, la situación se recrudeció todavía más para los defensores, quienes –a pesar de todo- estaban resueltos a defender al Führer. Un líder que, para muchos, ya había perdido la cabeza hacía semanas. «El 23 de abril, el general Weidling, comandante de la batalla de Berlín, informó a Hitler de que solo quedaba munición para dos días de combate. No obstante, afirmó que defendería sus posiciones mientras el cerco soviético se cernía sobre la ciudad, a escasas manzanas del búnker donde Hitler se sumía en sus delirios. El 30 de abril, Berlín era un infierno encarnizado en el que los rusos tenían un objetivo primordial: capturar el simbólico Reichstag, defendido con vigor por su guarnición», explica Chriss Mann en su obra «Las Grandes Batallas de la Segunda Guerra Mundial».

La misión de los soviéticos no era sencilla, pues entre los muros del edificio gubernamental se defendían nada menos que 5.000 miembros de las tristemente famosas Waffen-SS, las tropas más ideologizadas de toda Alemania. «El Reichstag se convirtió en una auténtica fortaleza. Para ello se minaron todas las calles que conducían al edificio, se colocaron barricadas y se cavaron trincheras y fosas antitanque. Los alemanes dispusieron varias piezas de artillería en el exterior y se hicieron fuertes en los sótanos, reforzados con vigas de hormigón y acero», determina Hernández en su obra «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial».

A pesar de la defensa a ultranza del Reichstag, los soviéticos sabían del golpe moral que supondría para sus enemigos perder este edificio. Por ello, los rusos cargaron sus fusiles Mosin-Nagant y sus subfusiles PPSh para, a finales de abril, tomarlo al precio que costara. Y es que, como es mundialmente conocido gracias a la «Orden 227», Stalin no tenía problema en anteponer los objetivos a la vida de miles de sus soldados. A los militares del Ejército Rojo no les quedó más, finalmente, que combatir por cada una de las habitaciones del enclave para expulsar de él a los soldados de las SS.

La gran mentira

En medio de aquel caos, en medio de toda aquella vorágine de muerte, la versión oficial del gabinete de Stalin afirma que el 30 de abril (cuando todavía no se había tomado totalmente el Reichstag y aún resistían varios cientos de alemanes en varias de sus salas) un soldado soviético logró llegar hasta el tejado del edificio. Una vez allí, descolgó la bandera con la esvástica e hizo ondear el paño soviético con la hoz y el martillo simbolizando así la toma de Berlín. Aquel momento –según lo que contó la U.R.S.S.- fue tan impactante que un fotógrafo lo inmortalizó para la posteridad con su cámara, dando lugar a una de las instantáneas más conocidas de toda la Segunda Guerra Mundial. La verdad es bien diferente, pues la imagen fue un montaje que se realizó el día 2 de mayo en base a lo que, según algunos combatientes, había sucedido varias jornadas antes, pero había sido imposible de inmortalizar.

«La apertura de los archivos secretos de la Unión Soviética tras su disolución desmintió que la imagen fuera de aquel día. El fotógrafo de guerra Yevgeni Jaldéi (1917-1997), de la agencia de prensa TASS, preparó la escena el 2 de mayo, cuando el Reichstag estaba ya asegurado. Para ello pidió a varios soldados que posasen de esa manera, colocando la bandera en la parte más alta del edificio. De las numerosas fotos resultantes de la sesión, escogió la que luego se haría mundialmente conocida», explica Hernández en su obra. Al parecer, lo único que pretendían los soviéticos era hacer una instantánea igual de impactante que la de los americanos en Iwo Jima.

Con todo, esa no fue la única «trampa» que protagonizaron los soviéticos con dicha fotografía. Y es que, una vez que la instantánea llegó a Moscú, los mandamases de la época decidieron que no era todo lo que heroica que debía ser y que necesitaba algún que otro retoque para quedar perfecta. El primero de ellos fue eliminar uno de los dos relojes que el soldado del Ejército Rojo que portaba la bandera tenía en una de sus muñecas.

Puede parecer algo absurdo, pero la razón es bastante sencilla: lo había obtenido saqueando los cadáveres de los soldados alemanes asesinados por sus compañeros aquel día. No se podía tolerar que el resto de los mortales supieran ese dato, así que fue eliminado. A su vez, y tal y como señala Hernández en su obra, fueron añadidas dos columnas de humo en el fondo de la imagen para que la situación de Berlín pareciese más dramática.

Montado el teatro, ya sólo quedaba difundir la fotografía y esperar a que se hiciese famosa. «La histórica instantánea sería publicada por primera vez el 13 de mayo en la revista ilustrada Ogonyok; a partir de entonces sería ampliamente reproducida en todas las publicaciones soviéticas e, incluso, en sellos de correos», explica el historiador en su libro. Finalmente, la prensa hizo el resto del trabajo y «Alzando una bandera sobre el Reichstag» se convirtió pronto en todo un símbolo de la victoria de la U.R.S.S. sobre Adolf Hitler y sobre el nazismo. Acababa una guerra, pero comenzaba una leyenda… falsa.

Con todo, a día de hoy se desconoce quién fue el artífice de esta operación aunque, como en todo, no faltan las teorías. Hernández, tras llevar a cabo las pertinentes investigaciones, apunta directamente al «camarada Stalin», aunque explica que es imposible corroborarlo: «Se ha especulado con que fue el propio Stalin el que animó al Departamento de Propaganda a conseguir esta histórica fotografía al contemplar con envidia la gran difusión que estaba teniendo la imagen de los soldados norteamericanos izando la bandera de las barras y estrellas en Iwo Jima. Por lo tanto, según esta hipótesis, el dictador soviético decidió contrarrestarla con una escena similar».

¿Quién puso la bandera?

Además de esta operación secreta de propaganda, los soviéticos también mintieron en torno a quien fue el encargado de izar la bandera sobre el Reichstag. En principio, se consideró que el responsable fue un sargento georgiano llamado Meliton Kantaria (el cual fue condecorado como héroe de la Unión Soviética). Sin embargo, con el paso de los años y las sucesivas investigaciones históricas el honor fue pasando de soldado en soldado.

«En realidad, ese honor debía corresponder al hombre que realmente colocó por primera vez la bandera roja en el emblemático edificio, a las 22:40 del 30 de abril de 1945: el ruso Mijail Petrovich Minin. Cuando todavía se estaba combatiendo en las salas y pasillos del Reichstag, Minin y otros tres hombres se ofrecieron para subir a la azotea y plantar allí la bandera, con la promesa de sus superiores de que, si lo conseguían, serían nombrados héroes de la Unión Sovíetica», explica Hernández. No obstante, la operación de propaganda hizo que no recibieran tal honor hasta 1995.