Tratado de San Stefano (1878)


El tratado de San Stefano (3 de marzo de 1878) es el acuerdo que impuso Rusia al Imperio otomano tras su victoria en la guerra ruso-turca de 1877-1878. Se firmó en San Stefano (griego: Ayastefanos, actualmente Yeşilköy), población situada al oeste de Estambul, por el Conde Nikolai Pavlovich Ignatiev y Aleksandr Nelidov por parte del Imperio ruso y el Ministro de Asuntos Exteriores Safvet Pasha y el embajador en Alemania Sadullah Bey por parte del Imperio otomano.

El 3 de marzo, día en que se firmó el Tratado de San Stefano, es el día nacional de Bulgaria.

El edificio de Yeşilköy en el que se firmó el tratado de San Stefano.

Antecedentes

En 1859 Serbia se rebelaba contra los turcos, rebelión seguida poco después por Montenegro (que llegó a declararse independiente) y Bosnia y Herzegovina (que se habían unido a Serbia). En 1876 la insurrección se propagó también a Bulgaria. La severa represión llevada a cabo por los turcos, publicitada por corresponsales y diplomáticos occidentales, enfureció a la opinión pública europea y provocó que el zar Alejandro III de Rusia aliado con Rumania declarara la guerra a los turcos en 1877. El ejército turco fue finalmente derrotado por el del Imperio ruso, por lo que el primero se vio obligado a firmar la rendición en este Tratado de San Stefano, dictado por el Gobierno ruso.

Consecuencias

El tratado reorganizaba las antiguas posesiones balcánicas del Imperio otomano. La disposición más importante de este tratado fue el reconocimiento de una nueva Bulgaria sometida sólo formalmente al sultán y que al incorporarse la mayor parte de Macedonia le permitió extenderse desde el mar Egeo al mar Negro. Según el tratado, dictado por Rusia al derrotado Imperio otomano en marzo de 1878, la nueva Bulgaria recibiría aproximadamente un tercio de todo el territorio peninsular, con unas fronteras aproximadamente iguales a las del exarcado búlgaro establecido a regañadientes por Constantinopla en 1870. Las aspiraciones de los nacionalistas búlgaros, satisfechas por las fronteras trazadas en el tratado, se habían conseguido, sin embargo, únicamente por la participación de una gran potencia. También se reconoció la independencia de Serbia, de Montenegro y de Rumania. Rumania cedía Besarabia a Rusia y obtenía a cambio Dobruja. Bosnia-Herzegovina pasaba a ser autónoma. Rusia, por su parte, conseguía territorios del Imperio otomano y el sultán garantizaba la seguridad de sus súbditos cristianos.

El Reino Unido y el Imperio austrohúngaro se opusieron a este tratado que daba alas al nacionalismo eslavo al temer que Bulgaria se convirtiera en un satélite de Rusia y una amenaza para el Imperio otomano. El tratado se modificó cuatro meses más tarde, el 13 de julio de 1878, tras el Congreso de Berlín, en el tratado de Berlín. La nueva Bulgaria perdió la independencia de hecho y se convirtió en un principado vasallo de los otomanos, de un tamaño mucho más reducido que el estipulado en el tratado anterior; la parte noreste de Tracia pasaba a constituir una provincia semiautónoma otomana, la Rumelia Oriental, mientras que Macedonia volvía a control otomano y algunos territorios occidentales eran transferidos finalmente al principado de Serbia. El revés para las aspiraciones territoriales búlgaras produjo un movimiento irredentista que marcó la historia del país durante el resto del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. El objetivo de los sucesivos Gobiernos búlgaros hasta el final de la Primera Guerra Mundial fue deshacer las consecuencias del Congreso de Berlín y recuperar las efímeras fronteras de San Stefano.

Historia del Virreinato de Nueva España


El Virreinato de Nueva España fue uno de los cuatro virreinatos en que se dividía administrativamente la América colonial española. Fue el primero en fundarse, en 1535; incluyó todas las posesiones españolas al norte del istmo de Panamá, las islas del Caribe y las Filipinas. El Virreinato de Nueva España desapareció oficialmente en 1821, con la independencia de los territorios que formaban parte de dicha entidad político-administrativa.

Fundación del Virreinato

Antes de la creación del Virreinato, la Audiencia de México fue la máxima autoridad en el territorio denominado Nueva España, subordinada al Consejo de Indias y al propio monarca español. La audiencia, integrada por oidores, era un órgano que aunaba el poder político y administrativo, a la vez que ejercía como tribunal superior de justicia para dirimir tanto asuntos civiles como criminales. La audiencia no incluía competencias militares, ya que estas funciones correspondían al capitán general; ni asuntos relativos al fisco, que estaban encargados a los oficiales reales. Junto a la Audiencia de México, se creó la de Nueva Galicia, con sede en la ciudad de Guadalajara, subordinada a la anterior.

Los problemas administrativos en este inmenso territorio, según avanzó la conquista y colonización del territorio, hicieron necesaria la creación del Virreinato. Así, en 1535 el rey Carlos I firmó el decreto para la instauración del Virreinato de Nueva España, con capital en la ciudad de México. El origen de la entidad hay que buscarlo en la institución veneciana, utilizada también por portugueses y aragoneses, éstos últimos en Cerdeña, Sicilia y Nápoles. El éxito del sistema explica su extensión al resto del territorio americano, con la creación del Virreinato del Perú y, a partir del siglo XVIII, del de Nueva Granada y del Río de la Plata.

El virrey de Nueva España, como el resto de los virreyes en América, debía ejercer como alter ego del monarca, al que debía rendir cuentas directamente. Además de ser el máximo jefe militar, el virrey era el instrumento para reforzar el poder real ante los enormes conflictos que habían surgido entre los conquistadores y la incapacidad de gobernadores y audiencias para asegurar el poder de la Corona. Así, debía evitar conflictos de competencias entre oficiales con similares rangos y parecidas responsabilidades, y erradicar los abusos de los conquistadores (entre ellos, los derivados del desarrollo del sistema de encomiendas) y el fraude de los funcionarios. Las ordenanzas por las que se nombraba al virrey le hacían responsable de recolectar impuestos, asegurar el monopolio comercial de la corona y apoyar las labores de evangelización de los indios.

Al crearse el Virreinato en 1535, la Audiencia de México mantuvo sus funciones políticas, administrativas y jurídicas, si bien asumía un papel auxiliar en el gobierno del virrey ya que éste, a su vez, presidía la audiencia. Sólo en caso de emergencia (la más obvia era la muerte del virrey durante el ejercicio de su cargo), se permitía que la audiencia tomara las riendas del gobierno hasta que el monarca nombrara a otro funcionario para dicho cargo. Conviene mencionar que, tras la instauración del virreinato, el virrey asumía el papel del capitán general, por lo que era jefe supremo en los asuntos militares. El virrey contaba con poderes casi absolutos en todas las áreas (con amplias prerrogativas en temas religiosos, ya que ejercía en nombre del rey las funciones asociadas al Regio Patronato), pero no dictaba justicia. Del virrey dependían una multitud de empleados y autoridades subalternas por medio de las cuales gobernaba el enorme territorio bajo su mando. De esas autoridades, las más importantes fueron los alcaldes mayores y los corregidores, que residían en las principales ciudades de provincia.

El nombre del virreinato crea frecuentes confusiones, ya que el Consejo de Indias dio a esta unidad político-administrativa el mismo nombre que a la Audiencia de Nueva España, en el territorio bautizado así por Hernán Cortés. El Virreinato en 1535 en realidad integraba todos los territorios que administraban las audiencias de Nueva España, Nueva Galicia, Santo Domingo y Guatemala. La Audiencia de Nueva España (o Audiencia de México) abarcaba Michoacán, México, Coatzacoalcos, Mixteca, Yucatán, Cozumen y Tabasco, y la costa del Golfo de México hasta Florida (península que quedó integrada más tarde en la gobernación de Cuba); la Audiencia de Guatemala administraba justicia en el resto del territorio centroamericano; la Audiencia de Guadalajara asumió el control de Nueva Galicia, Culiacán, Copalá, Colima y Zacatula; y, por último, la Audiencia de Santo Domingo mantenía jurisdicción sobre las islas del Caribe y parte de la costa de la actual Venezuela. Más tarde, en 1565, se incorporó al Vierreinato de Nueva España el Archipiélago de las Filipinas.

El instrumento de control que el rey y el Consejo de Indias idearon para el control de la labor de los virreyes fue la Visita. Los visitadores generales se encargaban de controlar a los virreyes y otros funcionarios reales. Su labor consistía en inspeccionar y revisar la conducta de las autoridades, virrey incluido, e imponer suspensiones y penas, en caso necesario. Por otro lado, la ley contemplaba que los altos funcionarios pudieran ser sometidos a los llamados Juicios de Residencia, un proceso que consistía en una investigación pública acerca del modo en que un empleado o un funcionario había desempeñado su cargo, particularmente acerca del manejo de la hacienda.

Consolidación del Virreinato

Como ya se ha indicado, a partir de mediados del siglo XVI, el Virreinato de Nueva España incluía legalmente los territorios actuales de México, América Central, sureste de los Estados Unidos, las Antillas y las Islas Filipinas. El gobierno del virrey en dicho territorio era en muchos casos más téorico que práctico, por lo que prácticamente ejercía como gobernador de los territorios que englobaban las audiencias con sede en la ciudad de México y Guadalajara, que comprendían el Reino de Nueva España, el Nuevo Reino de León, el reino de Nueva Galicia (norte y este de México), Nuevo Santander (Tamaulipas y y sureste de Texas), la provincia de Texas o Nueva Filipinas, la provincia de Coahuila, la provincia de Nueva Vizcaya, la provincia de Nuevo México, la provincia de Sonora y Sinaloa, y la provincia de California. Aun así, su autoridad era directa sólo en el territorio comprendido entre San Luis de Potosí, Zacatecas y Culiacán, y el Itsmo de Tehuantepec, es decir, el centro y el sur de México. El resto de las gobernaciones y las audiencias de este inmenso territorio estaban subordinadas a la autoridad del virrey y a la audiencia de Nueva España, pero en la práctica estas unidades político-administrativas de rango inferior se gobernaban con independencia.

La compartimentación del virreinato comenzó pronto. En 1543 se creó la Audiencia de Santiago de Guatemala, donde se estableció el reino de Guatemala, que a partir de 1570 abarcaba desde Chiapas a Costa Rica. Esta audiencia estaba regida por un gobernador y capitán general y presidente de la audiencia (es decir, acaparaba poderes jurídicos, administrativos y militares). El Reino de Guatemala se administró independientemente casi desde el comienzo del virreinato, aunque siempre se mantuvo subordinado al Virreinato de Nueva España. El proceso de división del virreinato en reinos menores respondió a la necesidad de crear unidades administrativas y militares en las zonas donde existía una significativa vulnerabilidad por una posible intervención extranjera. La solución práctica consistió en crear capitanías generales donde el virrey mantenía un poder nominal, pero donde el gobernador y capitán general de la circunscripción asumía de hecho los poderes del virrey. Con este sentido se creó en 1548 la Capitanía General de Nueva Galicia y, tras la conquista de Filipinas en 1565, este archipiélago, dependiente de Nueva España, se mantuvo bajo el gobierno del capitán general de Manila, que seguía órdenes directas del Consejo de Indias. El proceso de erosión de poderes por compartimentación administrativa del territorio continuó con la decisión tomada en 1576 de crear la Capitanía General de Venezuela, que abarcaba las Islas del Caribe y parte de la costa de Sudamérica.

Reorganización y fin del Virreinato

La organización del virreinato se mantuvo hasta el último cuarto del siglo XVIII, cuando la política borbónica iniciada a raíz de la visita de José de Gálvez a Nueva España dio curso a una remodelación del sistema de gobierno en los territorios españoles en América. Muchas de estas reformas respondieron a un interés militar. Cuatro fueron las capitanías generales enmarcadas en el Virreinato de Nueva España: las de Guatemala, Venezuela, Cuba y Manila. La primera reforma significativa fue la asignación de la Capitanía General de Venezuela en 1773 al Virreinato de Nueva Granada. Más importante fue, sin embargo, la creación de las Provincias Internas, fundadas por decreto de 1776 con el rango de comandancia general, ya que la creación de las provincias supuso una separación de estos territorios de la jurisdicción del virrey. La decisión de establecer esta nueva unidad respondió claramente a los cambios producidos tras el fin de la Guerra de los Siete Años, y a los cambios subsiguientes producidos en la distribición territorial en América. Así, el primer comandante general de las Provincias Internas, Teodoro de Croix, asumió el poder en las provincias de Texas, Nuevo México, Coahuila, Nueva Vizcaya, Sinaloa, Sonora y las dos Californias. Más tarde, éstas se organizaron en dos entidades: las Provincias Interiores de Oriente y las de Occidente. Las de Oriente abarcaban Nuevo León, Santander, Coahuila y Texas; las de Occidente, por su parte, comprendían Durango, Arizpe y las dos Californias. Un año más tarde, en 1777, se creó la Capitanía General de Cuba, a la que se asignaron los territorios cedidos por Francia en el Tratado de París (1763), esto es, la sección occidental de los territorios de la provincia francesa de Luisiana.

La otra gran decisión en la política reformista durante el gobierno de Carlos III fue sin duda la instauración del sistema de intendencias, introducidas en Nueva España en 1786 tras haberse ensayado con éxito en el resto de los virreinatos desde 1782. Los decretos reales crearon doce de estas jurisdiciones, al frente de las cuales se colocó un gobernador intendente. Estos intendentes concentraron las funciones políticas, judiciales y militares de los antiguos gobernadores, corregidores y alcaldes mayores, y además les fueron encomendadas funciones financieras y económicas. Las intendencias de Nueva España fueron las siguientes: México (con rango de superintendencia), Puebla de los Ángeles, Veracruz, Mérida de Yucatán, Antequera de Oaxaca, Valladolid (Michoacán), Santa Fe de Guanajuato, San Luis Potosí, Guadalajara, Zacatecas, Durango y Arizpe (que comprendía Durango y Sinaloa). Por otra parte, las mismas Ordenanzas de Intendentes crearon un gobierno separado para San Salvador, Chiapas, Honduras y Nicaragua (que incluía a la actual Costa Rica).

La reforma administrativa introducida en 1786 con la instauración del sistema de intendencias modificó la organización del Virreinato, a la vez que recortaba enormemente el poder de los virreyes. El sistema no se modificó en lo sustancial hasta que desapareció el Virreinato en 1821, cuando España, a través del último virrey, Juan O’Donojú, aceptó la independencia de México y de la República Centroamericana.

Virreyes

Entre los 62 virreyes que ejercieron dicho cargo en Nueva España, once fueron clérigos y de ellos ocho fueron arzobispos, por lo que concentraron la máxima autoridad civil, militar y religiosa. El puesto de primer virrey en América fue ofrecido a Antonio de Mendoza, caballero de la Orden de Santiago y antiguo embajador en Roma, tras haberlo rechazado diversos miembros de la nobleza, entre ellos el Conde de Oropesa y Manuel Benavides. Mendoza llegó a México en 1535. Fue por tanto él quien puso las bases del sistema virreinal en América y el que tuvo que hacer frente a los problemas surgidos entre las diversas facciones de los conquistadores. En efecto, su nombramiento se debió en parte a los problemas que se experimentaron durante las dos primeras audiencias (la primera, presidida por Nuño de Guzmán, y la segunda, de la que formaban parte el obispo Fuenleal y Vasco de Quiroga), órganos supremos de gobierno en el territorio tras la conquista de Cortés. El virrey Mendoza, durante sus 15 años de servicio en Nueva España, logró contrarrestar el poder de Cortés, que detentaba el título de capitán general, y de personajes como Nuño de Guzmán, que había pasado a ocupar el cargo de gobernador de Nueva Galicia. El primer virrey, antes de marchar a Perú para hacerse cargo del puesto en América del Sur, se encargó de construir iglesias y hospitales, y de fomentar las expediciones hacia las fronteras del virreinato. Su gran reto fue, sin embargo, la aplicación de las Leyes Nuevas (1542), dictadas para acabar con los abusos sobre los nativos, perpetuados a través del sistema de encomienda.

En 1551, tras la marcha de Mendoza a Perú, se hizo cargo del virreinato Luis de Velasco, padre de otro destacado virrey de Nueva España y Perú. Luis de Velasco padre se esforzó por aplicar con más rigor las Leyes Nuevas y mitigar los abusos a los indígenas. Velasco, de rancia familia castellana, también destacó por el desarrollo de la cultura. Así, el gran hito durante su mandato fue la fundación en 1553 de la Universidad de México. Por otra parte, en 1565 las islas Filipinas, reclamadas un año antes por Legazpi, pasaron a formar parte del Virreinato de Nueva España. El intenso comercio que más tarde se inició entre Acapulco y Manila conectó México con Filipinas, a pesar de que las islas se gobernaban independientemente como capitanía general.

Martín Enríquez, que gobernó entre 1568 y 1580, destacó por su labor durante los conflictivos años del comienzo de la decadencia española. Así, este virrey logró rechazar el ataque de los ingleses a Veracruz, comandados por Jonh Hawkins, e inició inmediatamente las obras para reforzar las defensas de las posesiones españolas. Asimismo, se preocupó por fortalecer los fuertes del norte (con expediciones como la de Francisco de Ibarra, que partió de Nueva Vizcaya y llegó hasta los territorios de Sonora y Saltillo) y modificó el gobierno local para que los criollos tuvieran acceso a cargos públicos. Las expediciones de expansión del virreinato a finales del siglo XVI fueron impulsadas por otros virreyes, entre ellos Luis de Velasco hijo (quien gobernó también en Perú y regresó a Nueva España para retomar el mando del Virreinato) y Gaspar de Zúñiga. Con ello se llegó a consolidar el asentamiento californiano de Monterrey (nombre que tomó en honor de Zúñiga, Conde de Monterrey). Asimismo, estos virreyes impulsaron el desarrollo económico del virreinato a través de la promoción de la industria de la lana, y se preocuparon por el desarrollo de la ciudad de México, capital virreinal.

A mediados del siglo XVII destaca el gobierno de Juan Palafox, obispo de Puebla, quien entre 1640 y 1642 asumió los cargos de Virrey y Arzobispo de México como consecuencia del juicio de residencia al que fue sometido el Duque de Escalona, virrey de Nueva España. Tras destituir a Escalona, el juez-visitador Palafox inició una serie de reformas para acabar con la corrupción imperante. Tras el nombramiento del Conde de Salvatierra como nuevo virrey, Palafox regresó a Puebla, donde encontró serios problemas con los jesuitas, que trataron de defender sus privilegios. Palafox regresó finalmente a España, donde fue nombrado para ocupar la dirección de un obispado. A finales del siglo XVII destaca el virrey Gaspar de la Cerda Sandoval, Conde de Gelves, quien organizó la expedición por la costa de Texas para expulsar a los franceses que buscaban asentarse en este territorio y organizó, en 1690, la campaña para la reconquista de Santo Domingo por medio de la Armada mexicana de Barlovento.

Antonio de Bucareli y Ursúa, nombrado por Carlos III, gobernó con notable éxito en Nueva España entre 1771 y 1779. A él se le reconoce una administración eficaz y honrada, con especial impacto en la capital de esta circunscripción. Frey Antonio de Bucareli fundó un Hospicio de Pobres, el Hospital de Dementes, el Montepío y el Tribunal de Minería. Asimismo, durante su mandato se preocupó por mejorar las defensas, y mandó construir, por ejemplo, el Castillo de San Diego de Acapulco.

Durante el gobierno del virrey Martín de Mayorga, se participó activamente en contra de Gran Bretaña, tanto en Belice como en Panzacola, para apoyar así el proceso de independencia de los Estados Unidos. Más tarde, durante el gobierno de Bernardo de Gálvez (1785-87) se instauró el sistema de intendencias diseñado por su hermano, José de Gálvez, a la vez que se fomentaron las expediciones hacia la frontera norte para afianzar las posiciones españolas en Sonora, Sinaloa y Chihuahua.

Ya en los últimos años de dominio español en Nueva España destacó el Conde de Revillagigedo, que gobernó entre 1789 y 1794. Hijo de otro virrey de esta misma demarcación, el conde de Revillagigedo, Juan Vicente de Güemes, tuvo el mérito de ser uno de los cuatro criollos que ocupó el cargo de alter ego del rey en un virreinato americano. Fue el encargado de gobernar en los tumultuosos años que siguieron a la Revolución Francesa. Su gobierno se destacó por las reformas administrativas, el mejoramiento del sistema judicial, la regularización de las finanzas, y el ímpetu que se dio a la agricultura, la minería, la educación y las artes. Asimismo, Revillagigedo consolidó el poder español en la costa de California y recomendó las expediciones hacia la costa de Alaska. También se preocupó por el mejoramiento de la capital del virreinato y proyectó grandes obras de ingeniería, como la construcción del canal del Lago de Texcoco. Pese a su impresionante labor, fue sustituido tras ser acusado de corrupción. Dicha acusación (que más tarde se probó injusta) fue motivada por el deseo de Manuel Godoy de instalar en el puesto a su cuñado, el Marqués de Branciforte.

Durante el último periodo del virreinato de Nueva España destaca el nombramiento del General Calleja, Conde de Calderón, que ocupó el cargo de virrey en 1813, mientras las tropas francesas desocupaban la Península Ibérica. El gobierno de Calleja trató infructuosamente de recuperar el control de un país abocado inexorablemente a la independencia. La captura, juicio y ejecución de Morelos, firmada por Calleja en 1815, marcó el principio de la desintegración final del virreinato. Tras Calleja, el monarca nombró a tres virreyes, el último de los cuales, Juan O’Donojú, nombrado por los constitucionalistas españoles, llegó a México el 3 de agosto de 1821; tres semanas más tarde O’Donojú firmó con Itúrbide los Tratados de Córdoba, que pusieron fin al Virreinato de Nueva España y al dominio español en gran parte del territorio que formaba parte de esta vasta unidad político-administrativa.

Lista de virreyes de Nueva España

Antonio de Mendoza, Conde de Tendilla (1535-1552).
Luis de Velasco, “el Viejo” (1551-1566).
Gastón de Peralta, Marqués de Falces (1566-1568).
Martín Enríquez de Almansa (1568-1580).
Lorenzo Suárez de Mendoza, Conde de La Coruña (1580-1584).
Pedro Moya de Contreras, Arzobispo de México (1584-1585).
Álvaro Manrique de Zúñiga, Marqués de Villamanrique (1585-1590).
Luis de Velasco, Conde de Santiago y Marqués de Salinas (1590-1595).
Gaspar de Zúñiga y Acebedo, Conde de Monterrey (1595-1603).
Juan Manuel Hurtado de Mendoza y Luna, Marqués de Montesclaros (1603-1607).
Luis de Velasco, Conde de Santiago y Marqués de Salinas (1607-1611).
García Guerra, Arzobispo (1611-1612).
Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar (1612-1621).
Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, Conde de Priego y Marqués de Gelves (1621-1624).
Rodrigo Pacheco y Ossorio, Marqués de Cerralvo (1624-1635).
Lope Díaz de Armendáriz, Marqués de Cadereita (1635-1640).
Diego López Pacheco Cabrera y Bobadilla, Duque de Escalona y Marqués de Villena (1640-1642).
Juan de Palafox y Mendoza, Arzobispo de México (1640-1642).
García Sarmiento de Sotomayor, Conde de Salvatierra y Marqués de Sabroso (1642-1648).
Marcos de Torres y Rueda, Obispo de Yucatán (1648-1650).
Luis Enríquez de Guzmán, Conde de Alba de Liste y Marqués de Villaflor (1650-1653).
Francisco Fernández de la Cueva, Duque de Alburquerque (1653-1660).
Juan de Leyva y de la Cerda, Conde de Baños (1660-1664).
Diego Osorio de Escobar y Lamas, Arzobispo de México (1664).
Antonio Sebastián de Toledo, Molina y Salazar, Marqués de Mancera (1664-1673).
Pedro Nuño Colón de Portugal, Duque de Veraguas y de la Vega y Marqués de Jamaica (1673).
Payo Enríquez de Ribera, Arzobispo de México (1673-1680).
Tomás Antonio de la Cerda, Marqués de la Laguna (1680-1686).
Melchor Portocarrero Lasso de la Vega, Conde de Monclova (1686-1688).
Gaspar de la Cerda Sandoval Silva y Mendoza, Conde de Galve (1688-1696).
Juan Ortega Montañés, Obispo de Michoacán (1696-1697).
José Sarmiento Valladares, Conde de Moctezuma (1697-1701).
Juan Ortega Montañés, Obispo de Michoacán (1701-1702).
Francisco Fernández de la Cueva, Duque de Alburquerque (1702-1711).
Fernando de Alencastre Noroña y Silva, Duque de Linares (1711-1716).
Baltasar de Zúñiga, Marqués de Valero (1716-1722).
Juan de Acuña, Marqués de Casafuerte (1722-1734).
Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, Arzobispo de México (1734-1740).
Pedro de Castro y Figueroa Salazar, Duque de la Conquista (1740-1742).
Pedro Cebrián y Agustín, Conde de Fuenclara (1742-1746).
Francisco de Güemes y Horcasitas, Conde de Revillagigedo (1746-1755).
Agustín de Ahumada y Villalón, Marqués de las Amarillas (1755-1760).
Francisco Cajigal de la Vega (1760).
Joaquín de Monserrat, Marqués de Cruilles (1760-1766).
Carlos Francisco de Croix, Marqués de Croix (1766-1771).
Antonio María de Bucareli y Ursúa (1771-1779).
Martín de Mayorga (1779-1783).
Matías de Gálvez (1783-1785).
Bernardo de Gálvez, Conde de Gálvez (1785-1787).
Alonso Núñez de Haro, Arzobispo de México (1787).
Manuel Antonio Flórez (1787-1789).
Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, Conde de Revillagigedo (1789-1794).
Miguel de la Grúa Talamanca, Marqués de Branciforte (1794-1798).
Miguel José de Azanza (1798-1800).
Félix Berenguer (1800-1803).
José de Iturrigaray (1803-1808).
Pedro Garibay (1808-1809).
Francisco Javier de Lizana (1809-1810).
Francisco Javier Venegas (1810-1813).
Félix María Calleja (1813-1816).
Juan Ruiz de Apodaca (1816-1821).
Pedro Novella (1821).
Juan O’Donojú (1821).

Tratado de París (1763)


La guerra de los Siete Años terminó en 1763. El 10 de febrero, el Tratado de París fue firmado por el duque Choiseul, el marqués de Grimaldi y el duque de Bedford. William Pitt se había empecinado en mantener vivo el conflicto hasta lograr el aniquilamiento de las fuerzas del Reino de Francia.

Los tratados de paz que pusieron fin a la Guerra de los Siete Años representaron una victoria para el Reino de Gran Bretaña y el Reino de Prusia. Para el Reino de Francia supusieron la pérdida de la mayor parte de sus posesiones en América y Asia. La firma de la paz tuvo las siguientes implicaciones:

  • Francia concede a Gran Bretaña la isla de Menorca, invadida durante la contienda. Senegal, así como sus posesiones en la India a excepción de cinco plazas. En América le cede Canadá, los territorios al este del río Misisipi (excepto Nueva Orleans), Isla de Cabo Bretón, Dominica, Granada, San Vicente y Tobago.
  • Gran Bretaña obtiene de España la Florida, las colonias al este y sureste del Misisipi.
  • España obtiene de Francia la Luisiana y de Gran Bretaña la devolución del puerto de La Habana y de la ciudad de Manila (Filipinas), ocupadas durante la guerra.
  • Francia conserva la Isla de Gorea, los derechos de pesca en las costas de Terranova y las islas de San Pedro y Miquelón. Gran Bretaña le devuelve Guadalupe y Martinica.
  • El Reino de Portugal obtiene de España la devolución de la Colonia del Sacramento.

El 15 de febrero se firmó el Tratado de Hubertusburg que confirmó a Silesia como posesión prusiana y convirtiendo a esta última en potencia europea.

Tratado de Lunéville (1801)


El Tratado de Lunéville se firmó el 9 de febrero de 1801 en Lunéville entre Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico por José Bonaparte y Luis, Conde de Cobentzel, respectivamente.

 

Contexto

El ejército austriaco había sido derrotado por Napoleón en la batalla de Marengo el 14 de junio de 1800, y por Moreau en la batalla de Hohenlinden el 3 de diciembre del mismo año. Forzados a pedir la paz, firmaron éste como uno más de una serie de tratados.

Acuerdos

El tratado declaraba que «de ahora en adelante y por siempre, habría paz, amistad y buen entendimiento». El tratado requería al mismo tiempo de Austria el reforzamiento de las condiciones del anterior Tratado de Campo Formio (27 de octubre de 1797). Ciertos territorios austriacos en Alemania pasaron a manos francesas, al tiempo que el Emperador renunciaba a sus reclamaciones sobre el Sacro Imperio Romano. El control francés se extendió a la margen izquierda del Rin «en completa soberanía», mientras renunciaba a la posesión de los territorios al este del Rin. Las fronteras en disputa de Italia fueron definidas, reservando para Austria la antigua terraferma veneciana desde el río Adigio, la entrega del Gran Ducado de la Toscana al hijo del duque de Parma según lo previsto en el tratado de San Ildefonso, siendo compensado el Gran duque con posesiones alemanas (Gran Ducado de Wurzburgo), al duque de Módena también le fue prevista una compensación en Breisgau (Ducado de Brisgovia y Ortenau) por la pérdida de su ducado. Los dos partícipes del tratado acordaron la independencia de las repúblicas de Baviera, Cisalpina, Helvética y Liguria.

Repercusiones

Este tratado, junto al tratado de Florencia entre Francia y Nápoles, el de Madrid entre Francia y Portugal, y de París entre Francia y Rusia, marcó el fin de la Segunda Coalición, y dejó al Reino Unido como única nación aún en guerra con Francia. En 1802 la firma de la paz de Amiens entre Francia y Reino Unido traería la paz a Europa.

Austria volvería a entrar en guerra con Francia en la guerra contra la Tercera Coalición a partir de 1805.

Tratado de Lunéville
Tipo de tratado Tratado de paz y amistad
Firmado 9 de febrero de 1801
Lunéville, Francia
Partes
Francia
y

Sacro Imperio

El Apocalipsis Valenciennes – El Origen de la Imaginería Apocalíptica Europea


Desde los comienzos de la era cristiana y durante la Edad Media, el texto del Apocalipsis inspiró y potenció la imaginación de los artistas, debido a la riqueza de sus visiones proféticas y al poder de sus símbolos.

San Juan

El Apocalipsis de Valenciennes incluye los primeros restos de ciclos completos de ilustraciones bíblicas.

El Tetramorfo

Las páginas de este Apocalipsis están enriquecidas con 39 miniaturas de colores acentuados, siempre colocadas junto al texto. Cada miniatura está enmarcada o entrelazada con elementos geométricos así como con breves fragmentos de texto que permiten al lector sumergirse en el drama de la narración y meditar sobre ella. El manuscrito se abre con un retrato de Juan en el que el evangelista exige imperiosamente la atención del  lector con la mirada y con la mano derecha sobre el corazón, mientras que en su boca parece que resuenan las primeras palabras del texto.

Jinetes del Apocalipsis.

Las ilustraciones del Apocalipsis de Valenciennes  derivan de un ciclo de imágenes que fueron llevadas desde Roma al monasterio de Wearmouth-Jarrow por el abad Benito Bischoff en  un viaje que realizó en el año 676.

Los Jinetes del Apocalipsis.

Si bien “Otoltus” es el nombre del escriba del Apocalipsis de Valenciennes, no se conoce con exactitud  su lugar de origen. Sus ilustraciones se pueden comparar estilísticamente con las miniaturas de un códice contemporáneo de los Evangelios, procedente de Renania Central, y también con las ilustraciones de un manuscrito del “Carmen Paschale” de Sedulius, originario de Flandes.  Esto hace que el lugar de origen del Apocalipsis de Valenciennes sea motivo de controversia entre los especialistas.

Los ancianos.

Esta controversia adquiere en España un significado especial, ya que el Apocalipsis de Valenciennes es, sin  ningún género de dudas, la cuna de las miniaturas de los Beatos de Liébana. Los especialistas en la materia coinciden al afirmar que esta obra es el origen de la imagen apocalíptica europea, y más concretamente de la Península Ibérica.

La mujer vestida de sol y el dragón de las siete cabezas

Con posterioridad a la elaboración en el siglo IX de las miniaturas de este códice se incorporó en los folios 1-3 la historia del arca de Oviedo y de las reliquias que contenía, enumerando los lugares por las que pasó el arca: Jerusalén, Africa, Cartagena, Toledo y Asturias. Este texto data del siglo XI, y la relación de las reliquias que enumera es la versión oficial que la catedral de Oviedo da a los peregrinos.

Babilonia sentada sobre el dragón.

La importancia del Apocalipsis de Valenciennes radica en que demuestra que tanto la historia como la tradición de las reliquias son anteriores a Pelayo, si bien el relato posterior que realiza Pelayo queda avalado por el texto de este códice.

El ángel del señor ata al diablo y a la serpiente

Fuente:  http://www.orbismedievalis.com

Tratado de Adams-Onís


El Tratado de Adams-Onís o Tratado de Transcontinentalidad de 1819-1821 (antiguamente titulado Tratado de amistad, arreglo de diferencias y límites entre su Majestad Católica el Rey de España y los Estados Unidos de América y algunas veces denominado Florida Purchase Treaty o Tratado de La Florida de 1819-1821) fue el resultado de la negociación entre España y Estados Unidos para fijar la frontera entre la nación norteamericana y el entonces virreinato de la Nueva España.

Mapa que muestra el resultado del Tratado de Adams-Onís.

Luis de Onís acudió como representante del rey Fernando VII de España y por los estadounidenses el secretario de estado John Quincy Adams. La negociación se inició en 1819 y aunque se firmó en ese mismo año no fue ratificado hasta el 22 de febrero de 1821 por ambas partes.

La frontera se fijó más allá del río Sabina y Arkansas hasta el paralelo 42°, como consecuencia inmediata España perdió sus posesiones más allá de esa latitud como lo fue el territorio de Oregón, también perdió definitivamente las Floridas, la Luisiana y la posibilidad de navegar el río Misisipi. La Corona Española quedó como única soberana de Texas, territorio que los Estados Unidos reclamaba como parte de la Luisiana y, por lo tanto, comprada a los franceses en 1803 según los estadounidenses.

El tratado fue beneficioso para las dos partes. En el caso de España, recibía la soberanía de Texas a cambio de una soberanía, que de facto no tenía, en Florida. Además, los territorios del Oregón eran muy remotos y sin ningún valor comercial. Estados Unidos ganó su transcontinentalidad, Florida y el territorio sin fronteras definidas del Oregón, el cual sería un tema de discusión entre Gran Bretaña (en el territorio de Canadá) y los Estados Unidos.

El tratado fue ratificado en 1832 por México y Estados Unidos. Así la frontera quedaría fijada de esta manera hasta que en 1848 cuando tras la guerra de Intervención Norteamericana México perdería definitivamente estos estados por los tratados derivados de esta invasión. Por resultado la frontera mexicano-estadounidense quedaría fijada por el curso del Río Bravo, también llamado Río Grande del Norte.

Tratado de Adams-Onís
Tipo de tratado Tratado de fronteras
Redacción 1819
Firmado 1821
Firmantes España

Estados Unidos de América

Partes España y Estados Unidos

Tratado de Barcelona – 1493


El tratado de Barcelona, también conocido en la historiografía francesa como tratado de Narbona, fue un acuerdo firmado en 1493 por Carlos VIII de Francia y los Reyes Católicos de España (Fernando e Isabel), en el que estos se comprometían a no intervenir en la primera guerra italiana (1494 – 1498) que Francia pensaba llevar a cabo. El acuerdo quedó roto dos años después debido a las desavenencias entre ambas partes firmantes.

El tratado

El acuerdo fue firmado por los Reyes Católicos y por el enviado de Carlos VIII, el 19 de enero de 1493.

Los términos del tratado incluían:

  • Francia restituía a España el Rosellón y la Cerdaña, entregados mediante el tratado de Bayona de 1462 por Juan II de Aragón a Luis XI de Francia en garantía del apoyo militar y económico que el rey francés prestó al aragonés en la guerra civil catalana. Además, Francia pagaría a España una indemnización económica.
  • España se comprometía a no intervenir en la campaña militar que Francia pensaba llevar a cabo en la península italiana contra los otomanos.
  • Los reyes de España se comprometían a no establecer alianzas matrimoniales con Inglaterra ni Borgoña sin el consentimiento del rey francés, y a no prestar ayuda a los enemigos (reales o potenciales) de Carlos VIII, exceptuando el Papa.

Consecuencias

Con la neutralidad de España asegurada por medio de este acuerdo, y con la firma de los tratados de Étaples y Senlis, en los que Francia sellaba acuerdos de paz respectivamente con el reino de Inglaterra y el Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos VIII quedaba en disposición de iniciar su campaña militar en la península italiana, dando inicio a la primera guerra italiana.

Ruptura

El 28 de enero de 1495 los embajadores de Fernando el Católico, Juan de Albión y Antonio de Fonseca se entrevistaron en Roma con Carlos VIII, a quien expusieron las quejas que el rey español tenía de su conducta: la ocupación por la fuerza de las posesiones del papa Alejandro VI y los planes franceses de conquistar el reino de Nápoles, que según el punto de vista del rey Fernando era un asunto que debía someterse al arbitraje papal. Carlos VIII se negó a ello, y el acuerdo entre ambas partes quedó roto.

Ese mismo año España entraría en la guerra de Italia acudiendo en ayuda de Fernando II de Nápoles contra Francia.

Pendón de los Reyes Católicos

Bandera de Francia

 

Fuente Q, Documento Q o Evangelio Q


La Fuente Q (también conocida como Documento Q, Evangelio Q, Evangelio de los dichos Q o simplemente Q, derivado de en alemán: Quelle, ‘fuente’) es una colección hipotética de dichos de Jesús, aceptada como una de las dos fuentes escritas detrás del Evangelio de Mateo y del Evangelio de Lucas. Q se define como el material «común» que puede encontrarse en Mateo y Lucas y que no puede hallarse en su otra fuente escrita, el Evangelio de Marcos. Este texto antiguo se supone basado en la tradición oral de la Iglesia primitiva y contiene las logia o «dichos» de Jesús.

Junto con la de la prioridad de Marcos, la hipótesis Q fue formulada en 1900, y es uno de los fundamentos de la escuela moderna del Evangelio. B. H. Streeter formuló la visión de Q más ampliamente aceptada: que fue un documento escrito (no una tradición oral) redactada en griego, que prácticamente todo su contenido aparece en Mateo, en Lucas o en ambos, y que Lucas preserva con mayor frecuencia el orden original del texto que Mateo. En la hipótesis de dos fuentes, tanto Mateo como Lucas habrían utilizado Marcos y Q como fuentes. Algunos estudiosos han postulado que Q es en realidad una pluralidad de fuentes, algunas escritas y otras orales. Otros han intentado determinar las fases en las que Q fue compuesto.

La existencia de Q ha sido desafiada en ocasiones. Uno de los escépticos más notables de Q es Mark Goodacre, un profesor de Nuevo Testamento de la Universidad de Duke. La omisión de lo que debería haber sido un documento altamento preciado por los archivos primitivos de la Iglesia, así como de las menciones de los padres de la primera Iglesia, podría verse fundamental y simplemente como un gran acertijo del moderno Estudio Bíblico. Sin embargo, otros académicos explican este punto señalando que copiar Q no hubiera sido necesario, al estar insertado en otros textos, principalmente dos evangelios no canónicos que lograron gran preeminencia. El consejo editorial del Proyecto Internacional Q afirma: «Durante el siglo II, cuando el proceso canonizador estaba teniendo lugar, los escribas no hicieron nuevas copias de Q, dado que el proceso canonizador conllevó la elección de lo que debía y lo que no debía ser utilizado en los servicios eclesiásticos. De ahí que prefirieran hacer copias de los Evangelios de Mateo y Lucas, donde los dichos de Jesús a partir de Q estaban reescritos para evitar malentendidos, y para encajar en su propia situación y comprensión de lo que Jesús quería decir realmente». A pesar de estos desafíos, la hipótesis de las dos fuentes mantiene un amplio apoyo.

Redacción

En el estudio de la literatura bíblica, algunos académicos creen que un redactor único redactó un proto Evangelio en griego. Podría haber estado en circulación en forma escrita hacia el momento de la composición de los Evangelios Sinópticos (esto es, entre los años 65 y 95 d. C.). El nombre Q fue acuñado por el teólogo y estudioso bíblico alemán Johannes Weiss.

Evangelios Sinópticos y la naturaleza de Q

La relación entre los tres evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) va más allá de la mera similitud de puntos de vista. Los evangelios a menudo relatan las mismas historias, usualmente en el mismo orden, en ocasiones utilizando las mismas palabras. Los académicos han señalado que las similitudes entre Marcos, Mateo y Lucas son demasiado importantes para explicarse por mera coincidencia.

Si la teoría de las dos fuentes es correcta, entonces Q probablemente sería un documento escrito. Si Q fuera simplemente una tradición oral compartida, no podría explicar las similitudes e identidades casi palabra por palabra entre Mateo y Lucas cuando reflejan el material de Q. Similarmente, es posible deducir que Q fue escrito en griego. Si los evangelios de Mateo y Lucas hacían referencia a un documento que hubiera sido escrito en otra lengua (por ejemplo, en arameo, es altamente improbable que dos traducciones independientes hubieran contenido exactamente las mismas construcciones de palabras.

El documento Q debió haberse redactado con anterioridad a los Evangelios tanto de Mateo como de Lucas. Algunos académicos incluso sugieren que Q podría haber antecedido a Marcos. Una fecha para el documento Q final suele considerarse las décadas de los años 40 y 50 del primer siglo, y algunos incluso consideran que la capa llamada sapiencial (1Q, conteniendo seis discursos de sabiduría) habría sido escrita tan pronto como los años 30.

Si Q existió, se perdió. Algunos estudiosos creen que puede ser parcialmente reconstruido examinando elementos en común entre Mateo y Lucas (pero ausentes de Marcos). Este Q reconstruido es significativo en cuanto que generalmente no describe los eventos de la vida de Jesús: Q no menciona el nacimiento de Jesús, la selección de 12 discípulos, la crucifixión o la resurrección. En vez de eso, aparece como una colección de dichos y citas de Jesús.

Descubrimientos que han reforzado la hipótesis de Q

Dos descubrimientos arqueológicos se han relacionado con la hipótesis de la Fuente Q:

  • En la localidad egipcia de Oxirrinco, se dio inicio a una serie de excavaciones en 1896 que han sido continuadas por diferentes equipos de investigadores hasta la actualidad. Entre los papiros allí encontrados está un fragmento del evangelio de Tomás.
  • En el pueblo de Nag Hammadi, también en Egipto, se descubrió en 1945 una colección de textos gnósticos, entre ellos la única copia completa conocida del evangelio de Tomás, así como el evangelio de Felipe.

Los evangelios de Tomás y de Felipe corroboran algo que ya se sabía por escritos de otros autores de la antigüedad: que entre las primeras comunidades de cristianos era común encontrar colecciones de los dichos del Maestro. Estos son evangelios coloquiales, que no hablan de la crucifixión ni de la resurrección, sino que buscan transmitir las enseñanzas que indicaban a sus seguidores la forma de vida que debían llevar.

En el evangelio de Tomás se han identificado 37 dichos como coincidentes con Q, es decir, coincidentes con los versículos de Mateo y Lucas que no están en Marcos. Esto ha reforzado la hipótesis de Q. Los estudiosos afirmarían que Q es un evangelio coloquial del mismo tipo que Tomás y Felipe, pero anterior a todo evangelio del que se tenga noticia.

Contenido significativo de Q

Algunos de los fragmentos más relevantes del Nuevo Testamento se cree que se originan en Q:

  • Las Bienaventuranzas
  • Amor al enemigo
  • Regla de oro
  • La mota y la viga
  • La prueba de la buena persona
  • Parábola de los dos constructores
  • Parábola de la oveja descarriada
  • Parábola de la boda
  • Parábola de los talentos
  • Parábola de la levadura
  • Parábola del ciego conduciendo al ciego
  • La oración del Señor
  • Los pájaros del cielo

Armas y Símbolos de los Templarios


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El estandarte del Temple, que portaba un abanderado en las batallas, consistía en dos franjas horizontales: negra y más estrecha la de arriba; blanca, la inferior.

Se denominaba Beaussant o “la bella enseña”.

El armamento habitual portado por los Templarios en Tierra Santa, a lo largo de los siglos XII y XIII, consistía en:

Yelmo o casco cilíndrico de hierro, con visor rectangular estrecho.

Cota de malla en forma de caperuza. Se fabricaba sobre cuero, donde se insertaban anillas o placas metálicas. Recubría el cuello, los hombros, el torso y la espalda con faldeta para proteger los muslos.

Calzas , se prolongaban en las perneras de hierro.

Túnica de tela blanca. Recubría todo el conjunto para aliviar el calor. Sobre ella flotaba la capa blanca con la cruz roja al pecho.

Escudo , de forma elíptica con apunte triangular. Se construía con planchas de madera recubiertas de hierro y se acoplaba al brazo izquierdo.

Lanza larga, de hasta 4 metros, en madera con astil de hierro bien afilado.

Espada de doble filo y longitud variable.

Maza turca de plomo y bronce con aristas cortantes.

Machete ancho de un solo filo.

También se les entregaban tres tipos diferentes de cuchillos, una gualdrapa o manta para cubrir su caballo, un caldero, un cuenco para medir la cebada y seis alforjas. El conjunto superaba ampliamente los 40 kilos y requería un vigor extraordinario para soportarlo y manejarlo con soltura. El caballo también iba acorazado y protegido.


MITOS Y LEYENDAS DE LOS TEMPLARIOS

De esta historia de los Templarios surgen varios mitos y leyendas. La Orden del Temple fue una organización secreta. Para la mayoría del público, la Orden tenía una identidad misteriosa. Peter Partner escribe en su libro The Murdered Magicians; the Templars and Their Myths:

Muchas de las leyendas surgen por que los Templarios fueron una Orden secreta y por las acusaciones de practicar la magia.

EL BAFOMETO

El Bafometo es un diablo con una estrella de cinco puntas en su frente, tiene senos de mujer, un brazo es de varón y otro de hembra. Con una mano señala hacia la luna blanca, y con otra hacia la luna negra; el bajo vientre está velado, y los órganos sexuales están expresados por el Caduceo de Mercurio.

La cara del Bafometo es la de un macho cabrio. El cuadro del Bafometo encierra el secreto de la magia sexual. La estrella de cinco puntas sobre el entrecejo del Bafometo es el ojo de Brahma, es la clarividencia de los clarividentes, que es el “INTIMO”.

El Bafometo es una de las más famosas leyendas de los Templarios. “Aquí nos enfrentamos con el mayor misterio del Temple; abordamos lo que hizo temblar de horror a tantas buenas gentes: el Bafometo” . En la leyenda, se cree, tiene “una figura de macho cabrío, sentado en un trono y con una antorcha encendida entre los cuernos. En la frente, el signo del Pentagrama. Con la mano hace la señal del ocultismo” . El Bafometo tiene una figura de “macho cabrío”, es una figura hecha de animal (cabra), mujer, y hombre. La antorcha que lleva entre los cuernos, es la luz mágica del equilibro universal . El Bafometo es una figura monstruosa, es un demonio. La leyenda dice que los Templarios adoraban a este ídolo “como si fuese un Dios, como a su salvador” .

También hay varias leyendas sobre el Bafometo. Otros dicen que “representaba una cabeza humana” y estaba echo de plata, de cobre o de oro y llevaba una larga barba . Aunque algunos Templarios confesaron a las acusaciones sobre el Bafometo, es importante recordar que estas confesiones fueron obtenidas con el uso de la tortura. “It was not difficult to extract whatever confession was required by the use of torture” .

En 1309 las fuerzas militares de Felipe el Hermoso comenzaron “la requisa de las casas Templarias”, pero no encontraron nada del ídolo (Vignati 219).

OTROS MITOS: (gran tesoro, alquimia).

Otro mito era el enterramiento del “gran tesoro”. Se cree que debajo del castillo del Ponferrada “sin duda debe encontrarse algo de tanta importancia como el Arca de la Alianza”

A lo demás se piensa que los Templarios fueron Alquimistas. La alquimia es de la idea que se pueden convertir diferentes metales en oro. Los Templarios “se hicieron famosos por sus conocimientos y descubrimientos en el estudio de la Alquimia”

EN AMÉRICA

Por fin hay leyendas de que los Templarios ya tenían relaciones comerciales con las Americas. “Los Templarios iban con regularidad a América de donde traían de unas minas que hacían explotar no oro sino plata” . Es dicho que cuando Cristóbal Colón llegó a América sus compañeros “encontraron indígenas que ya conocían la cruz” . Otra evidencia es que durante la edad media la moneda de plata era muy escasa. No se podía encontrar plata en Europa ni en el Oriente. “En Oriente la plata tiene más valor que el oro” . Entonces la pregunta es ¿de dónde vino la plata que se conoció en Europa antes del descubrimiento de América por Colón? A lo mejor la plata llegó a Europa por la explotación de minas en México por los Templarios.

La Orden de los Templarios fue una orden secreta, por eso surge esta imagen misteriosa, mágica y poderosa. ¿Tenían magia? ¿Quién les dio esta magia? ¿El diablo?

Código Templario


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Mucho se ha hablado, sobre la existencia de un Código Secreto Templario. Unos dicen que se escribió sobre los extremos de la cruz flamígera. Probst-Mirabent, citado por Gerard de Sède, cree haber descubierto la existencia de un alfabeto secreto desarrollado en la cruz que llevaban los templarios bajo el escudo de armas, con puntos y reforzamiento de las líneas en los cuatro brazos y ocho puntas. Otros, con letras intercambiadas. Sin embargo unos y otros pueden estar en lo cierto desde que existe la posibilidad de la existencia conjunta de más de un código.

No es novedad decir que se compone o utiliza un código para escamotear un secreto a los profanos. ¿Para que querían los templarios un código secreto?

Alfabeto Templario

La respuesta es de perogrullo: porque debían manejar material o información secreta. El secreto en sí, a su vez, tanto puede ser profano o no. Vale decir, en su caso, transmisión de información militar, comercial o trascendental por no decir religiosa o esotérica. Ya hemos hablado suficientemente de sus campañas militares y de las funciones bancarias que desempeñaron; en ambas es necesario la discreción, el sigilo o el secreto. En lo religioso, la transmisión de ritos y principios se hace sólo a iniciados, usualmente en forma verbal y nunca por escrito.Mas en ocasiones es necesario emplear la escritura. ¿Podía quedar un mensaje de esa naturaleza expuesto a cualquier curioso? Hoy en día, ¿ conoce el público en general la fórmula para armar una bomba atómica?, por poner un mal ejemplo. Según Drosnin, por otra parte, en la Torá, es decir los cinco primero libros del Antiguo Testamento, existe al menos un Código Secreto, parcialmente develado por el matemático israelí Eliyahu Rips con la colaboración del físico ruso-israelí Doron Witztum. Según esos autores, todo lo que viene ocurriendo está escrito allí… el problema es saber encontrarlo.Otras veces la idea está naciendo y es necesario, según un viejo principio alquímico, mantenerla en la mayor oscuridad, tanto real como simbólica.

¿ No nace acaso un ser vivo en la más profunda oscuridad, no germina la semilla en ausencia absoluta de luz?

También podría haber ocurrido que el contenido de un secreto hallado, pongamos por caso, un papiro, hubiera de ser conocido por algunos pocos. Para lo cual no es necesario, posible o conveniente, trasladar el papiro, sino simplemente hacer una copia de él. Pero ¿cómo puede ser conocido y difundido – entre elegidos siempre-ese contenido si no es mediante códices?

Presiento que algún lector, con justicia, preguntará ¿y los hospitalarios o los teutones, también tuvieron códigos?. No lo sé, no he estudiado con detenimiento esas Ordenes, pero al momento, por lo poco que sé, no los tuvieron. ¿Y por qué no? Tal vez porque no lo necesitaron. Tal vez porque no tenían nada tan precioso que ocultar como los templarios.

Según parece, uno de los primitivos investigadores de los Rollos del Mar Muerto, Hugh Schonfield, descubrió en ciertos rollos un código hebreo que llamó la clave Atbash, utilizada para ocultar los nombres de las personas. Parece ser, según ese estudioso, que los templarios lo utilizaron. Una de las acusaciones contra el Temple fue la de adorar a una cabeza, un especie de ídolo, al que se lo llamó Baphomet que nunca fue encontrado y no existieron dos templarios que lo describieran igual, para algunos tenía barba y cuernos, otros atribuían pechos de mujer, otros decían tenía cuatro patas y otros dos. Pues bien, Schonfield escribió en hebreo esa palabra y aplicó el código Atbash, resultado: Sofía, sabiduría (Knight y Lomas).

Drosnin, Michael. El Código Secreto de la Biblia, Planeta, 1997, Barcelona.

Knight, Cristopher & Lomas, Robert. La clave secreta de Hiram. Faraones,
masones y el descubrimiento de los rollos de Jesús, Grijalbo, 1999, México.

Sède, Gerard de. Los Templarios están entre nosotros, Sirio, 1985, Málaga.