1816 – Batalla de Ibirocaí


La batalla de Ibirocaí también conocida como la batalla de Ibiracohý o Combate de la Capilla de Ñancaý, fue un enfrentamiento ocurrido el 19 de octubre de 1816 en el actual territorio del estado brasileño de Río Grande del Sur, en el marco de la invasión lusobrasileña.

Tropas lusobrasileñas alistándose para sitiar Montevideo

Cuando el comandante portugués Joaquín Javier Curado se enteró de los avances de las tropas orientales sobre el territorio lusobrasileño, en cumplimiento del plan de contra-invasión concéntrica, creado por José Gervasio Artigas, decidió atacar al teniente José Antonio Berdún, que estaba avanzando hacia el norte de la Banda Oriental y ya había cruzado el río Cuareim, destacando a Juan de Dios Mena-Barreto el día 13 de octubre de 1816. Después de 5 días de marcha se enteró de la posición de Berdún, que avanzaba hacia el norte procurando proteger al comandante guaraní Andresito Guazurarí y a Pantaleón Sotelo.

Enterado de la aproximación de los portugueses, Berdún se atrincheró en una posición ventajosa ―cerca de la capilla de Ñancaí―, donde decidió esperar el ataque de Mena Barreto, quien el 19 de octubre de 1816 se lanzó sobre él, derrotándolo después de una sangrienta lucha. Los soldados de Berdún fueron obligados a retroceder, con fuertes pérdidas. En el parte de Mena Barreto se reconoce que «estos insurgentes pelejam como desesperados».

A pesar de que Mena Barreto buscaba que las fuerzas de Berdún no se pudieran unir a las tropas de Andresito Guazurarí en su plan de contraataque de las Misiones Orientales, esto no fue posible: a pesar de la derrota, Berdún se unió a las fuerzas del comandante Andresito.

Batalla de Ibirocaí
la invasión lusobrasileña
Fecha 19 de octubre de 1816
Lugar Actual territorio de Río Grande del Sur, Brasil
Resultado Victoria luso-brasileña
Beligerantes
Provincia Oriental Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve
Comandantes
José Antonio Berdún Brigadier Juan de Dios Mena Barreto (I)
Fuerzas en combate
700 Desconocidos

1066 – Batalla de Hastings


La batalla de Hastings fue el enfrentamiento entre las tropas del último rey anglosajón de Inglaterra, Harold el Sajón, y el ejército del duque de Normandía, Guillermo el Bastardo. El encuentro sucedió el 14 de octubre de 1066 en la colina de Senlac, a 11 km al norte de Hastings, al sur de Londres. La batalla terminó en una victoria pírrica aunque decisiva para los normandos, muriendo Harold en la misma y permitiendo a Guillermo reclamar el trono inglés, pasando a ser conocido como Guillermo I el Conquistador. A partir de entonces quedó unida políticamente al Ducado de Normandía, en el norte de Francia. Las disputas en torno al gobierno de este último territorio serían las causantes últimas de la guerra de los Cien Años entre las coronas de Francia e Inglaterra.

Antecedentes

La campaña de Guillermo fue parte de las disputas sucedidas tras la muerte del monarca inglés Eduardo el Confesor, quien carecía de herederos directos. El duque normando basaba su reclamación en una promesa que le hizo el soberano anglosajón muchos años antes, tras apoyarlo durante su exilio.

En 1064 Guillermo obligó a jurar a Harold Godwinson, conde de Wessex, vice-regente del rey y cuñado de Eduardo, que le cedería el trono inglés, sin embargo, éste nunca estuvo dispuesto a cumplirlo. El conde era un hombre con personalidad y capacidades que se fueron ganando el apoyo del rey y la nobleza hasta convertirse en el heredero de facto de Eduardo, aumentando su poder frente a posibles rivales en las islas, y hasta el propio Eduardo lo recomendó activamente ante el Witenagemot (asamblea general).

Tras la muerte del rey inglés el 5 de enero de 1066 Harold fue proclamado su sucesor y coronado al día siguiente en la Abadía de Westminster. Sin embargo, había otros pretendientes al trono. Además de Guillermo, que una vez enterado de la noticia y de que Harold había roto el “juramento” utilizó aquello como justificación para emprender una invasión, empezando a reunir un poderoso ejército entre sus propios hombres y sus aliados y mandando a construir o arrendar una flota de más de 500 barcos a partir de inicios del verano, estaba el reclamo de Harald III, rey de Noruega, pariente de Eduardo, quién se había mantenido en el trono inglés gracias al apoyo danés y noruego.

Además de este pretexto, Guillermo contaba con la ventaja moral que le brindaba el apoyo de la Iglesia de Roma (que buscaba aumentar su influencia en un reino sin religión oficial como Inglaterra).

Harold, que estaba decidido a mantener su trono, movilizó a su cuerpo de élite, sus 4.000 huscarles, y a la milicia anglosajona, los fyrd, reuniendo a 4.000 de ellos (aunque en teoría podían llegar a 20.000). Dividió su ejército por toda la costa sur inglesa esperando la llegada de los normandos. Ante la llegada de la época de cosecha, Harold licencia a sus milicianos el 8 de septiembre; sin embargo, fue entonces cuando su rival noruego desembarco en el norte del país, uniéndosele también el propio hermano de Harold, Tostig. Mientras Harold reunía apresuradamente a sus hombres y marchaba al norte con marchas forzadas, Harald derrotaba al conde Morcar de Northumbria en Fulford Gate el día 20. A pesar de esto Harold derrotó y aniquiló a los vikingos en la Batalla de Stamford Bridge cinco días después, muriendo en el combate Harald y Tostig.

En Francia en tanto, el duque Guillermo se había tenido que quedar en Normandía esperando la llegada de vientos favorables para poder zarpar. Llegado el 12 de septiembre pudieron partir hasta el pequeño puerto de Saint-Valery-sur-Somme y desde ahí a los quince días partir a Inglaterra, cruzando el Canal de la Mancha en sólo un día. El 28 de septiembre desembarcó en Pevensey (Sussex) con probablemente 6.000 a 9.000 hombres.

Se desconoce el número de caballos que se incorporaron al ejército de Guillermo, pero se sabe que fue una gran cantidad, no acostumbrada en la logística militar de la época. Hasta entonces nadie había embarcado tantos equinos con vistas a una invasión, pero a pesar de las críticas, Guillermo fue consciente del importante papel de la caballería en las operaciones militares. Este hecho resultó, a la postre, decisivo en el enfrentamiento con los sajones y determinante para la victoria normanda.

Al poner el pie en tierra, se cuenta que Guillermo perdió el equilibrio y cayó de bruces en la arena, frente a la mirada atónita de sus soldados. Éstos interpretaron la caída como un mal augurio en su invasión. No obstante, uno de sus nobles se apresuró a salvar la incómoda situación diciéndole «Ahora tiene en sus manos la tierra de Inglaterra». Frase de oportunidad que inspiró al Duque de Normandía, quien pronunció unas palabras para, dando solemnidad a tan involuntario acto, tomar posesión de Inglaterra en tanto sostenía en su mano un puñado de arena de la playa.

Posteriormente, sus tropas se dirigieron al norte hasta Hastings, en el camino de Londres, donde decidió acampar. Se construyó entonces un fuerte de madera de gran tamaño como base para las tropas hecha con materiales portátiles traídos desde Normandía en piezas. Guillermo empezó inmediatamente a saquear todos los pueblos y aldeas cercanas en busca de información, alimentos, forraje y llamar la atención de su rival.

Las noticias del desembarco normando llegaron a oídos de Harold el 1 de octubre, cuando celebraba su victoria sobre los noruegos; de inmediato volvió a toda velocidad al sur reclutando hombres en el camino, hasta reunir probablemente cerca de 6.000 ó 7.000 hombres, alcanzando Londres el día 11. A partir de ahí avanzó por el camino que unía Hastings con Londres, con el fin de bloquear la previsible marcha normanda sobre la capital del reino. Harold entonces llegó a la colina de Senloc, que había elegido anteriormente como posible campo de batalla durante el verano. La colina tenía una pendiente suave, con pantanos al sur y el arroyo de Atsen, los flancos oriental y occidental los protegían profundos barrancos cubiertos de maleza espesa y por el norte una colina aún más pronunciada le daba protección.

Ejércitos

Aproximadamente la mitad de las fuerzas anglosajonas (compuestas únicamente por infantería) estaban compuestas por los huscarles (Housecarls), tropas de élite sajonas fuertemente armadas que dependían directamente del rey, siendo el resto miembros de la milicia rural, los fyrdmen o fyrd. El equipamiento bélico de los segundos, con escasas excepciones, era notablemente inferior al de los huscarles. Ciertos autores sostienen que si Harold hubiese llamado a la batalla a la milicia londinense, The Furth, habría ganado el combate sin problemas, pero el caso es que el rey inglés no lo hizo. Es probable que la falta de tiempo y las prisas por bloquear el paso a Guillermo le impulsaran a marchar a la batalla sin la demora que supondría esperar a que los londinenses acudieran a su llamada y se armasen. Por otra parte, acababa de aplastar sin problemas una sublevación en toda el área de Yorkshire, apoyada además por una invasión noruega; todo ello únicamente con los hombres que, en ese momento, estaban bajo su mando. Es probable que no creyera necesario llamar a más soldados, pues si su ejército había vencido a Tostig y Harald juntos, era de esperar que también lograra la victoria sobre Guillermo.

Sin embargo, había una importante diferencia entre los ejércitos normandos y los de los vikingos o los anglosajones. Mientras éstos disponían de un ejército a la antigua, formado por infantería poco diferenciada o especializada en un método de lucha, el de Guillermo era un exponente de los nuevos ejércitos imperantes en Europa Occidental. Contaba con cuerpos diferenciados de arqueros y ballesteros, hombres de armas a pie y caballería pesada. Su caballería fue más efectiva gracias a la incorporación efectiva del estribo como adelanto tecnológico a través del cual los jinetes lograban mayor energía en el golpe de lanza. Además de sus vasallos normandos, Guillermo contaba también con los hombres y caballos aportados por sus aliados bretones (un tercio de su ejército), franceses y flamencos.

El tamaño de las fuerzas enfrentadas no está claro, las estimación varían enormemente entre ellas, en la siguiente tabla se muestran las cifras dadas por diversos autores respecto del número de hombres de los ejércitos:

Fuente Anglosajones Normandos
Wilhem Spatz (1896) 6.000-7.000 6.000-7.000
F. H. Baring (1898) 10.000-13.000 8.000-10.000
Stephen Morillo (1996) 6.000-8.000 6.000-8.000
Thomas Keefe (1983) 6.000-8.000 s/i
Bernard Bachrach (1986) s/i 10.000
Alfred H. Burne (1950) s/i 10.000
Christer Jorgensen (2007) 6.300 6.000

La batalla

Preparativos

Mapa que muestra los despliegues iniciales de los ejércitos en la batalla de Hastings

Guillermo fue informado rápidamente de los movimientos de sus enemigos: como éstos habían llegado al final del día era obvio que descansarían esa noche y atacarían sorpresivamente a la mañana siguiente. Sabiendo esto, el duque se les adelantó y marchó con sus hombres al amanecer, llegando a los pies de la colina. Antes de marchar Guillermo les dijo a sus hombres: “No lucháis solo por la victoria, sino también por la supervivencia”. La frase era muy cierta, ya que sus hombres no tenían muchas oportunidades de cruzar con éxito el Canal de la Mancha si eran derrotados.Era la mañana del 14 de octubre cuando ambos ejércitos se desplegaron para la batalla.

Los normandos quedaban por el terreno obligados a atacar de frente y cuesta arriba, lo que otorgaba una gran ventaja de partida a las fuerzas anglosajonas. Harold dispuso en los flancos a los Fyrd, mientras que en el centro se apostaron los veteranos y bien pertrechados huscarles, apoyando sus defensas con una línea de estacas afiladas de madera adelante.

Por su parte, Guillermo dispuso a los arqueros (armados tanto con arcos normales como con el arco largo —longbow—, cuerpo especializado que sería la estrella de los ejércitos ingleses posteriores) y a los ballesteros en primera fila, seguidos por la infantería. Por último, situó la caballería (la conroi), comandada por él mismo, en la retaguardia. Los infantes y jinetes bretones se dispusieron en el flanco izquierdo, mientras que los franco-flamencos se dispusieron en el flanco derecho, todos ellos protegidos a su vez por las líneas de arqueros y los normandos mismos en el centro.

Primera fase

A las nueve de la mañana las tropas de Guillermo iniciaron su subida de la colina; los arqueros que iban delante iniciaron una lluvia de flechas sobre el enemigos, esperando debilitar la filas enemigas, sin tener mucho éxito. Mejor le fue a la respuesta de los sajones, quienes lanzaron jabalinas, flechas y hachas arrojadizas llamadas franciscas. Tras esto se produjo el choque entre ambas fuerzas. Cerca de las diez y media, los sajones finalmente forzaron a huir a los bretones, quienes fueron los primeros en chocar porque su pendiente era la más suave; tras esto los fyrd les persiguieron. Guillermo tuvo entonces que auxiliarlos con su caballería, los sajones quedaron aislados en campo abierto y cogidos por sorpresa por tropas mejor equipadas, resultando aniquilados. Después de esto ordenó retroceder a sus otras dos divisiones.

Segunda fase

Tras fracasar la infantería Guillermo decidió usar su caballería pesada, comandada por él mismo y su medio hermano Odo de Bayeux, apoyados por los arqueros e infantes, avanzando de forma más lenta y deliberada, pero también más entorpecida por que el terreno estaba resbaladizo por la matanza previa. Durante dos horas se sucedieron los ataques, cada vez que los normandos lograban abrir una brecha los sajones la cerraban y les lanzaban una lluvia de proyectiles.

Tercera fase

Cerca de las trece horas, los flamencos y franceses empezaron a huir de la colina, cansados de la lucha. Su comandante, Eustaquio, con el estandarte papal los reagrupó y conminó a regresar a pelear. Guillermo había perdido a su caballo y estaba luchando a pie cuando se propagó el rumor que había muerto, Eustaquio le dio un caballo y el duque se quitó el casco ante sus soldados y gritó: “Miradme bien. ¡Todavía estoy vivo y por la gracia de Dios aún resultaré vencedor!”. Sin embargo, en ese momento los anglosajones estaban a punto de ganar la batalla, lo que habrían logrado de haber mantenido su línea indefinidamente.

Cuarta fase

Cerca de las catorce horas, Guillermo decidió retroceder y reagrupar a sus hombres, dándoles de comer. Harold utilizó ese tiempo para acortar su línea, que se hallaba muy diezmada por las bajas; sin embargo, seguía manteniendo la ventaja. El ejército normando había perdido un cuarto de sus hombres y muchos de sus caballeros tenían que luchar a pie por la falta de caballos.

A las quince horas se inició el último ataque normando, que tardó media hora en llegar a la cima de la colina, porque la ladera estaba llena de residuos. El duque había ordenado a sus arqueros que dispararan lo más alto posible, mientras que sus restantes tropas atacaban la línea de escudos sajones. Ésta finalmente empezó a flaquear y a romperse en algunos sectores.

Los normandos empezaron a lanzar ataques para luego retirarse, motivando a los milicianos sajones a perseguirlos, para que luego los caballeros montados rodearan a sus enemigos e impidieran que recibieran auxilio; de este modo unidades enteras de sajones fueron masacradas y su muro de escudos empezó a perder demasiados hombres como para reemplazarlos, abriéndose brechas imposibles de cerrar.

Una vez rota la línea los normandos entraron en masa, atacando el interior del ejército sajón. Cerca de las cuatro de la tarde la fuerza sajona se deshizo en varios grupos separados. Cerca de una hora y media después los fyrd empezaron a huir a los bosques o a retirarse en tanto que los huscarles continuaron resistiendo hasta que los masacraron. Un gran grupo se reunió en torno al estandarte de su rey continuando de forma desesperada su resistencia. Finalmente Harold fue muerto por una flecha y con él cayeron sus principales comandantes.

Los últimos sajones que quedaron resistieron hasta que pudieron escabullirse en los campos cercanos de Oakwood Gill, donde se reagruparon y emboscaron a los normandos enviados en su persecución y para asegurar los bosques cercanos. Así lograron matar a Eustaquio de Bolonia.

Durante el resto del día y en los sucesivos hubo escaramuzas entre los sajones supervivientes y las tropas normandas, que fueron enviadas a asegurar los bosques de los alrededores. La batalla había finalizado con una indiscutible victoria normanda.

Consecuencias

Figura representando a Guillermo el Conquistador tras ser coronado rey de Inglaterra, en el museo de Bayeux

Guillermo aplastó cualquier resistencia hasta llegar a Londres, donde se coronó rey de Inglaterra el día de Navidad de 1066 en la Abadía de Westminster. La mayoría de los reyes ingleses y luego británicos han continuado esta tradición.

Inglaterra, especialmente en el norte y centro, fue devastada durante los nueve años siguientes por las guerras entre los normandos de Guillermo y los sajones, apoyados otra vez por los daneses. Finalmente, el ahora rey Guillermo I el Conquistador se hizo con el control absoluto del reino e introdujo numerosas reformas en Inglaterra, a imagen y semejanza de las que imperaban entonces en Francia y países limítrofes. Las tierras de los nobles sajones que se negaron a someterse fueron repartidas entre los caballeros normandos del rey, que pasaron a administrarlas en calidad de señores feudales. Se construyeron también numerosos castillos en Inglaterra, edificados tanto por su función como baluartes frente a escoceses (derrotados y sometidos a vasallaje por Guillermo en 1072) y galeses, como instrumentos para someter de forma más eficaz al pueblo inglés.

El ejército se reformó a imagen y semejanza del normando y el cristianismo fue elevado a religión oficial del reino de Inglaterra, donde hasta entonces había convivido junto a toda clase de cultos paganos de origen celta, germano o vikingo. La Iglesia romana también consiguió importantes lotes de tierra y un gran número de siervos que trabajasen en sus nuevos monasterios. Finalmente, los nobles normandos pasaron a ser una clase social totalmente separada del resto de la población: eran los únicos que podían ser nombrados para cargos de responsabilidad y los dueños de numerosos privilegios, entre ellos la propiedad de los bosques y el permiso exclusivo para recoger leña o cazar en ellos (algo que, hasta entonces, había sido una actividad libre en la isla). Los nobles pasaron a ser los dueños absolutos de la vida de sus siervos, a los que podían castigar como quisieran si no respetaban las leyes que se les imponían. Un cambio fundamental entre la relativamente mayor igualdad anterior y un sistema de tipo feudal.

La naturaleza electiva de la monarquía fue abolida y sustituida por otra hereditaria, por lo que a la muerte de Guillermo éste fue sucedido por sus hijos Guillermo II y posteriormente Enrique I. Los descendientes de Guillermo trasladaron cada vez más la base de su poder a Normandía, a la que consideraban una parte más de su reino; esto condujo a la larga al prolongado enfrentamiento con Francia conocido como Guerra de los cien años, pues los franceses seguían considerando el ducado de Normandía como una parte de su país donde el rey de Inglaterra no era más que un señor feudal al servicio del monarca francés como cualquier otro.

Batalla de Hastings
Conquista normanda de Inglaterra
Fecha 14 de octubre de 1066
Lugar Hastings, Inglaterra
Coordenadas 50°54′43″N 0°29′15″E (mapa)
Resultado Victoria normanda decisiva
Beligerantes
430px-FlagOfWessex.svg Inglaterra anglosajona Blason_Normandie Ducado francés de Normandía
Bretones
Flamencos
Franceses
Poitou
Angevinos
Le Mans
Comandantes
Haroldo II de Inglaterra †
Gyrth de East Anglia †
Leofwine de Kent †
Guillermo II de Normandía
Odo de Bayeux
Eustaquio de Bolonia †
Fuerzas en combate
Desconocidas, estimaciones varían entre 4.000 y 30.000 Desconocidas, estimaciones varían entre 3.000 y 30.000
Bajas
Más de 2.000 muertos Alrededor de 2.000 muertos y heridos

69 a. C. – Batalla de Tigranocerta


La batalla de Tigranocerta se libró el 6 de octubre de 69 a. C. entre la República Romana y el rey Tigranes el Grande de Armenia. Las fuerzas romanas estaban dirigidas por el cónsul Lucio Licinio Lúculo que derrotó a Tigranes y tomó Tigranocerta, su capital, tras la batalla.

La batalla fue parte de la Tercera Guerra Mitridática entre la República de Roma y Mitrídates VI del Ponto, suegro de Tigranes. Mitridates huyó en busca de apoyo de su yerno tras ser batido, y Roma invadió Armenia. Habiendo sitiado la ciudad de Tigranocerta.

Mapa antiguo de Anatolia

El asedio

El general romano Lúculo y su ejército avanzaron rápidamente en Armenia, sorprendiendo al propio rey Tigranes, quien mandó 3.000 jinetes más infantería al mando del general Mithrobarzanes pero sus fuerzas fueron derrotadas por 1.600 jinetes romanos al mando de legado Sextilius. Al saber de la derrota el rey armenio mandó al general Macaeus con tropas para defender su ciudad y atacar por sorpresa a los romanos desde los Montes Taurus siendo encontrados por Lúculo y masacrados. En vez de atacar al ejército armenio en las montañas los romanos sitiaron su capital esperando atraerlos hacia ellos, estos avanzaron a fin de liberar su capital.

La batalla

Los dos ejércitos convergieron hacia el río Batman-Su, al suroeste de Tigranocerta. Tigranes ejército se colocó en la orilla oriental del río, mientras Lúculo dejo 6.000 tropas en la retaguardia para continuar el sitio a cargo de Murena. El ejército armenio se formó en tres secciones: una en flanco izquierdo, un centro y un flanco derecho. Dos reyes vasallos de Tigranes comandaron los flancos, Tigranes fue con su catafractos en el centro y el resto de su ejército se situó delante de una colina que Lúculo pronto pudo explotar a su ventaja. Las tropas romanas trataron de disuadir a su general de no luchar por ser aniversario de la derrota de Arausio, pero este no hizo caso. El general romano ordenó a su infantería correr para limitar el daño de los arqueros armenios, pero notando el peligro de los catafractos, ordenó a sus caballerías gala y tracia distraerlos, las tropas romanas se dirigieron a la zona baja del río donde era más fácil cruzarlo, el ejército armenio creyó que se retiraban. Dos cohortes cruzaron el río mientras los auxiliares distraían a los catafractos, los flanquearon por detrás de la colina, subiendo a la cima y atacaron por la retaguardia, los catafractos huyeron y sus filas perdiendo el orden.

Lúculo llegó a la cima de la colina y diciendo “El día es nuestro, el día es nuestro, mis compañeros soldados!”. La confusión reinó en las tropas armenias que huyeron, siendo capturado el equipaje y el oro del rey. El ejército armenio fue masacrado. Plutarco dice que en el lado romano “sólo un centenar de heridos, y sólo cinco muertos”, aunque tales cifras son muy bajas y poco realistas.

Mapa del desarrollo de la batalla

Batalla de Tigranocerta
la Tercera Guerra Mitridática
Fecha 6 de octubre de 69 a. C.
Lugar Tigranocerta, Armenia (actual Turquía)
Resultado Victoria romana decisiva
Beligerantes
República de Roma Reino de Armenia
Comandantes
Lucio Licinio Lúculo Tigranes el Grande
Fuerzas en combate
Estimación de Plutarco:
10.000 legionarios
1.000 jinetes
1.000 auxiliares
Total: 12.000 hombres
Estimación moderna:
24.000 legionarios
3.300 jinetes romanos
10.000 auxiliares
Total: c. 40.000 hombres
Estimación de Plutarco:
150.000 infantes
55.000 jinetes
20.000 auxiliares
Total: 225.000 hombres
Estimación moderna:
80.000-100.000 hombres
Bajas
Estimación de Plutarco:
5 muertos y 100 heridos
Estimación de Plutarco:
100.000 infantes muertos y casi toda la caballería aniquilada
Estimaciones modernas:
10.000-100.000 muertos

105 a.C. – Batalla de Arausio


La batalla de Arausio tuvo lugar el 6 de octubre de 105 a. C. en algún lugar entre el poblado de Arausio, actual Orange (Francia), y el río Ródano. Roma envió a dos ejércitos para interceptar a las tribus migratorias de cimbrios y teutones, dirigidos por Boiorix y Teutobod. Uno de los ejércitos iba al mando del cónsul Cneo Malio Máximo, y el otro, del procónsul Quinto Servilio Cepio el Viejo.

Sin embargo, amargas diferencias entre los comandantes impidieron una estrecha cooperación, con resultados devastadores. Las pérdidas romanas se elevaron hasta 80.000 legionarios (entre 10 y 12 legiones) y prácticamente la totalidad de tropas auxiliares y personal no combatiente (alrededor de 40.000 más). Esta derrota desbancó a la batalla de Cannas (con alrededor de 70.000 muertos), como el peor desastre militar de la historia de Roma.

Preludio

Las migraciones de las tribus de cimbrios y teutones por territorio galo tras la batalla de Noreia alteraron el equilibrio de fuerzas en la zona, absorbiendo a tribus menores e incitando o provocando a otras tribus, como los helvecios, a un conflicto con Roma.

Una emboscada a un pequeño contingente de tropas romanas y una rebelión temporal en Tolosa hizo movilizar al Senado tropas al lugar. Los germanos, según los historiadores romanos, eran aproximadamente 800.000 personas, de estos, 200.000 eran guerreros, aunque esta cifra debe ser una exageración.

Tras recuperar Tolosa partiendo desde la Galia Narbonense, el procónsul Quinto Servilio Cepio adoptó una estrategia defensiva, esperando a ver si los cimbrios iban a irrumpir en territorio romano, hecho que ocurrió en octubre de 105 a. C. Por otro lado, el Senado envió al cónsul Malio Máximo con su ejército a unirse con Cepio a las orillas del Ródano, para acabar con la amenaza cimbria y teutona.

Una escaramuza y dos derrotas

Cepio era un patricio de antigua estirpe, y Malio era un “hombre nuevo” sin antepasados. Cepio debía subordinarse a Malio por ser éste el cónsul en ejercicio, pero su orgullo se lo impedía, hasta el punto de acampar en la orilla opuesta del río con tal de no estar bajo su mando.

Mientras tanto, Malio envió a su caballería de unos 5.000 jinetes, bajo las órdenes de Marco Aurelio Escauro, a que acampara 55 km al norte, con el doble objetivo de vigilar y desanimar al enemigo, pero consiguió el efecto contrario. Los germanos rodearon el campo, penetraron en él y acabaron con la resistencia romana. Escauro fue capturado vivo y llevado ante Boiorix, rey de los cimbrios, a quien de forma arrogante le dijo que diera la vuelta si no quería ver su pueblo vencido y aniquilado por Roma. En respuesta, fue quemado vivo en una jaula de mimbre.

Mientras tanto, unos representantes del Senado habían llegado para intentar unir los dos ejércitos, pero cuando parecía que Cepio iba a ceder, este cruzó el río y acampó a 35 km de Malio, dejando a los germanos entre los dos ejércitos romanos.

Boiorix, al verse rodeado de dos ejércitos, se replanteó la situación y comenzó unas negociaciones con Malio. Cepio, temeroso de que Malio obtuviera el éxito en las negociaciones y regresara a Roma como un héroe, lanzó un ataque unilateral contra el campamento cimbrio el 6 de octubre. Sin embargo, la naturaleza precipitada del asalto unido a la tenaz resistencia cimbria causó la aniquilación del ejército de Cepio. Además, los cimbrios también arrasaron el campamento del procónsul, que había quedado prácticamente desprotegido.

Los cimbrios, ante la perspectiva de una victoria fácil, se abalanzaron contra las legiones del cónsul Malio, moralmente hundidas tras presenciar la masacre de Cepio y sus hombres. Malio desplegó sus legiones frente al campamento apoyando su flanco izquierdo en el río, pero no pudo proteger su lado derecho al no tener caballería que maniobrara en esa área para evitar un flanqueo, por lo que su ejército fue desbordado por la derecha, llevado contra el río y masacrado, produciéndose una gran mortandad entre los legionarios al no poder huir a nado por el río (el peso de las armaduras los arrastraba hasta el fondo).

Tito Livio estima en 80.000 el total de bajas romanas en esta contienda, y Theodor Mommsen suma a éstas unos 40.000 más entre tropas auxiliares y personal no combatiente. Tanto el cónsul Malio como el procónsul Cepio sobrevivieron. Ambos fueron juzgados en Roma bajo los cargos de “pérdida del ejército”, siendo deshonrados y desposeídos de todos sus honores. Cepio además fue condenado al exilio.

 

Consecuencias

Roma era un pueblo guerrero, acostumbrado a los reveses. Sin embargo, la reciente cadena de desastres militares (a las catástrofes de Noreia y Arausio se sumaban derrotas menores contra tribus galas) causaron una gran alarma social en Roma. La derrota los dejó apenas sin ejército y con un temible enemigo al otro lado de los Alpes. Además, era opinión generalizada que la culpa del fracaso militar la tenía Cepio, y no las carencias del ejército romano. El descontento popular con las clases predominantes creció.

Mientras tanto, los cimbrios iniciaron una guerra contra una tribu arverna, y tras ganarla, inexplicablemente se dirigieron a los Pirineos, adentrándose en Hispania, en vez de entrar en Italia.

Esto dio tiempo a los romanos a reorganizar el ejército y a encontrar un héroe que los salvara de los bárbaros, ambos retos superados por un mismo hombre, Cayo Mario.

Batalla de Arausio
la Guerra Cimbria

Fecha 6 de octubre de 105 a. C.
Lugar Arausio, actual Orange, Francia
Resultado Victoria germana
Beligerantes
República romana Cimbrios
Teutones
Comandantes
Cneo Malio Máximo
Quinto Servilio Cepión
Marco Aurelio Escauro†
Rey Boiorix (cimbrios)
Rey Teutobod (teutones)
Fuerzas en combate
Fuerzas de Máximo:
55.000 legionarios
30.000 auxiliares
5.000 jinetes
Fuerzas de Cepión:
40.000 legionarios
15.000 auxiliares
Total: 145.000 hombres
300.000 guerreros
(según Plutarco)
Bajas
Estimación antigua
80.000 legionarios y 40.000 auxiliares y no combatientes muertos
Estimación moderna:
20.000 legionarios muertos
Desconocidas

1263 – Batalla de Largs


La Batalla de Largs fue un enfrentamiento militar entre los ejércitos de Noruega y Escocia que tuvo lugar cerca de la actual localidad de Largs en North Ayrshire, en el Firth of Clyde (Escocia), el 2 de octubre de 1263. Fue el principal enfrentamiento de la breve guerra noruego-escocesa. Las tropas noruegas estaban dirigidas por el rey Haakon IV de Noruega y las escocesas por Alejandro III de Escocia; el resultado de la batalla no fue concluyente, pero a largo plazo fue favorable a los escoceses.

Antecedentes

El reino de Súðreyjar (“Las islas del sur”), que comprendía las Hébridas Exteriores e Interiores, así como Kintyre y la Isla de Man, estaba bajo soberanía noruega desde aproximadamente el 1100, ya que sus reyes eran vasallos del rey de Noruega. Desde 1240, el rey Alejandro II de Escocia había intentado comprar estas islas al rey noruego, pero este lo había rechazado continuamente. El sucesor de Alejandro II, Alejandro III de Escocia, continuó con esta política, pero de nuevo el rey Haakon se negó. En el verano de 1262, las fuerzas escocesas comandadas por el Conde de Ross lanzaron un ataque contra la Isla de Skye. Las noticias de estos saqueos llegaron a oídos del rey noruego, junto con informes de que el rey de Escocia planeaba conquistar todas las islas. Håkon respondió equipando una flota de leidang (campesinos reclutados a tal efecto). De acuerdo con los anales islandeses, Haakon reunió “la mayor flota que nunca salió de Noruega”, y partió desde Bergen hacia Escocia en julio de 1263. En las Hébridas, dicha flota se reunió con las de los reyes Magnus III de la Isla de Man y Dougal de las Hébridas. Los historiadores estiman que dicha flota estaba compuesta por unos 120 barcos, y entre 12.000 y 20.000 hombres. Tras establecer el control de las Hébridas, se dirigieron a la isla de Arran, en el Fiordo de Clyde, donde recibió a emisarios del rey de Escocia para establecer conversaciones de paz. Dichas conversaciones no produjeron resultados, y finalmente el rey Haakon decidió concluirlas, y enviar a los reyes Magnus y Dougal con 40 barcos al Loch Long y hasta el Loch Lomond. El resto de la flota se desplazó más cerca del territorio escocés, entre las islas Cumbrae y la localidad de Largs.

La batalla

Mientras estaban anclados en esta posición, la flota noruega se vio sorprendida por una tormenta, por culpa de la cual al menos cinco drakkars y un barco mercante encallaron. Los supervivientes fueron atacados con armas de largo alcance por un reducido número de escoceses, pero no se produjo un enfrentamiento abierto.

Al día siguiente, el 2 de octubre, el rey Haakon desembarcó con algunos de sus hombres, presumiblemente para evitar posibles ataques mientras se desencallaban las naves. Uno de sus comandantes, Ogmund Crouchdance, se situó en una colina que dominaba la playa con unos 200 hombres, mientras que las fuerzas desplegadas en la playa sumarían alrededor de 600. Durante el día, un ejército escocés comenzó a aproximarse. Las sagas afirman que el ejército escocés estaba formado por 500 caballeros armados y un gran número de soldados de a pie, de forma que las tropas noruegas se vieron superadas en una proporción de aproximadamente 10 a 1 (es decir, 8.000 escoceses frente a 800 noruegos).

Vista su inferioridad, el rey Haakon fue transportado a un lugar seguro a bordo de su barco. Ogmund Crouchdance por su parte comenzó a retirarse de la colina para evitar quedarse aislado; mientras lo hacía, fueron atacados por los escoceses, de forma que la retirada amenazaba con convertirse en una matanza. Los noruegos se apresuraron a subir desordenadamente a sus barcos, lo que hizo que muchos se hundieran por sobrepeso. Pese a todo, los noruegos lograron reorganizar sus tropas y organizar la resistencia en la playa. Haakon no logró enviar refuerzos a tierra a causa de la tormenta, pero al menos un barco de la flota principal logró desembarcar. Cuando los refuerzos llegaron a la playa, los escoceses se replegaron colina arriba. Tras una breve batalla a larga distancia, con arcos y piedras, los escoceses se retiraron, y los noruegos consiguieron embarcar finalmente y unirse a la flota principal.

Consecuencias

El relato de las sagas insinúa que la mayor parte de la caballería escocesa no llegó siquiera a entrar en batalla, y también que es dudoso que el total de la artillería llegase a tomar parte. Del mismo modo, el grueso de las fuerzas noruegas permanecieron en sus barcos, sin poder entrar en acción a causa de la tormenta. Al día siguiente, los noruegos volvieron a la playa para enterrar a sus muertos y quemar los restos de los barcos encallados, cosa que pudieron hacer sin ser atacados. Las sagas sólo mencionan los nombres de nueve de los muertos noruegos, así como de un caballero escocés, Perus, pero también señala que los nórdicos no pudieron saber cuántas bajas habían sufrido los escoceses, ya que estos habían retirado ya sus cadáveres. Unos pocos días después, la flota noruega abandonó el Fiordo de Clyde.

El invierno se acercaba, el ejército estaba escaso de provisiones, y las tropas escocesas estaban prácticamente intactas en la costa, por lo que era impensable intentar saqueos para aprovisionarse. Así pues, Haakon navegó hacia el norte, hasta las Órcadas, para pasar el invierno, mientras que sus vasallos, Magnus y Dougan, volvieron a sus respectivas posesiones. La mayoría de su flota de campesinos volvió a Noruega. Largs no había sido una derrota clara de las tropas noruegas, pero sí supuso que no lograra ninguna victoria clara antes del invierno, algo que probablemente debería haber hecho para asegurarse sus objetivos militares. Siempre quedará la duda de si Haakon habría podido reanudar sus expediciones militares en primavera de 1264: durante su estancia en el “Palacio del Obispo” de Kirkwall cayó enfermo, y murió el 15 de diciembre de 1263. Al año siguiente Alejandro III de Escocia invadió con éxito las Hébridas, y en 1265 las negociaciones entre los enviados escoceses y el sucesor de Haakon, Magnus VI de Noruega, condujeron a un acuerdo por el que la soberanía de las islas Hébridas y de Man pasaba a manos del rey de Escocia, a cambio de una suma de 4000 marcos y otros 100 anuales a perpetuidad. Estas condiciones fueron confirmadas por el Tratado de Perth firmado en 1266. En cambio, Noruega conservó el control de las Órcadas.

La batalla de Largs en la historia

Los historiadores escoceses de los siglos siguientes exageraron enormemente la importancia de la batalla de Largs. George Buchanan, en el siglo XVI, afirmó que los noruegos habían desembarcado con 20.000 hombres, de los que 16.000 habrían muerto en combate, al igual que 5.000 escoceses. Actualmente, los historiadores consideran la batalla de Largs más como una escaramuza que como una batalla como tal. La principal fuente de información sobre este enfrentamiento es un extenso pasaje de la Saga de Håkon Håkonssons, escrita por orden de su hijo Magnus, y por ello está escrito presentando únicamente el punto de vista noruego. Pese a ello, como fue escrita sólo cinco años después de los hechos, es generalmente considerada como una fuente fiable, ya que debió ser escrita mediante a recopilación de testimonios de testigos directos de la batalla. La interpretación de estos datos en cambio sí que varía enormemente, hasta el punto de que la batalla suele ser considerada un triunfo escocés en Escocia, y uno noruego en Noruega. Los historiadores contemporáneos generalmente están de acuerdo en que esta batalla terminó en lo que se podría denominar un empate, pero que, a largo plazo, favoreció a los intereses escoceses, ya que los noruegos habrían necesitado una victoria más contundente para lograr sus objetivos.

Festival vikingo de Largs

La batalla de Largs se recuerda en la zona, en primer lugar con un monumento en la costa, en forma de cilindro con una pinta cónica (muy similar a una torre irlandesa), y que se conoce coloquialmente como “el lapicero”. Además, cada año en Largs se celebra un festival vikingo, que tradicionalmente era una exaltación de la defensa escocesa de su soberanía, pero que se ha convertido ahora en una celebración de la amistad entre las dos naciones contendientes, por lo que los dignatarios noruegos suelen hacer apariciones regulares en el evento. Este festival incluye un desfile, un mercado de comida y armas, así como una reconstrucción de la llegada de los noruegos a la costa.

331 a.C. – Batalla de Gaugamela


Esta batalla tuvo lugar el 1 de octubre de 331 a. C. en Gaugamela, en la ribera del río Bumodos, tributario del Gran Zab. Dicho lugar se encuentra a unos 27 km al noreste de Mosul y a 52 de Arbela. En la batalla se enfrentaron el ejército persa a las órdenes de su rey Darío III y el ejército macedonio bajo el mando de Alejandro Magno. Darío eligió esa localidad porque era una amplia llanura que favorecía a sus numerosas fuerzas montadas. Esta batalla marcó el final del Imperio Persa y es considerada una obra maestra en la táctica militar y la mayor victoria de Alejandro.

Antecedentes históricos

Macedonia era un país “bárbaro” helenizado, de organización social feudal y que poseía un espíritu guerrero. Era un reino hereditario con nobleza y una Asamblea del ejército. En el año 359 a. C. estaba gobernado por Filipo II, quien en el 358 a. C. había logrado la unificación de Macedonia y cuyo objetivo era proporcionarle a su reino una salida al mar. Poseía una excelente organización militar basada en una falange compuesta por infantes – pastores y campesinos – y una caballería integrada por nobles. Para combatir adoptaban la “línea oblicua”. No conquistaban ciudades mediante prolongados sitios, sino que empleaban máquinas de origen asirio. Obtenían sus recursos financieros de la explotación de las minas de oro de Pangeo, al este de Estrimón.

En el año 356 a. C., Macedonia inició una guerra santa (Tercera Guerra Sagrada) contra los focidios acusándolos de haber profanado el santuario de Delfos.

En el año 352 a. C. conquistaron Tesalia y en 343 a. C. la Tracia.

En el año 338 a. C. obtuvieron la victoria en la batalla de Queronea contra los griegos, victoria que fue decidida por la acción de la caballería al mando del joven Alejandro, hijo de Filipo II.

En el año 337 a. C. se formó la Liga de Corinto bajo la hegemonía de Macedonia. La integraban todas las ciudades griegas excepto Esparta. El objetivo de la Liga era apoderarse de Persia y liberar las ciudades griegas en Asia. En la Asamblea constituyente se acordó que la sede sería Corinto, se designó como jefe vitalicio al rey de Macedonia y se acordó emprender la guerra contra Persia.

En el año 336 a. C., Filipo II murió asesinado, siendo sucedido en el trono por su hijo Alejandro de 20 años de edad.

En el año 335 a. C., Alejandró sofocó la rebelión de Tebas, Atenas y el Peloponeso. En castigo destruyó Tebas y sus habitantes fueron sometidos a la esclavitud.

En el año 334 a. C. comenzó la campaña contra Persia, campaña que para los griegos era de venganza y para Macedonia de conquista. El ejército estaba compuesto por 30.000 infantes y 5.000 jinetes.

En mayo de 334 a. C., Alejandro cruzó el Helesponto y obtuvo la victoria en la batalla de Gránico.

En noviembre de 333 a. C., Alejandro venció en la batalla de Issos contra las tropas persas mandadas por Darío III.

En el año 332 a. C., Alejandro sometió a Siria conquistando Tiro y luego entró en Egipto, donde fundó la ciudad de Alejandría.

Movimientos previos a la batalla

En la primavera de 331 a. C., Alejandro dejó Egipto regresando a Tiro donde estaba su flota. De allí se dirigió a Antioquía, cruzando el valle del río Orontes, y llegó al Río Éufrates a la altura de Tapsaco, donde fundó la ciudad de Niceforio para que fuera una plaza fuerte y depósito de los suministros del ejército. Aquí supo que Darío se encontraba en Arbelas, por lo que cruzó el Tigris y se dirigió hacia el norte bordeando la ribera oriental del río.

Darío había reclutado un nuevo ejército tras su derrota en Issos. Desde Babilonia avanzó hacia el norte, pasó a la orilla izquierda del Tigris y continuó hacia Arbelas, donde estableció su aprovisionamiento y su harén. Luego dirigió el ejército a Gaugamela, lugar que tenía una amplia llanura que favorecería el movimiento de sus numerosas tropas montadas. Incluso procedió a nivelar el terreno y eliminar los obstáculos, convirtiendo Gaugamela en un inmenso campo de maniobras apto para que se desplazaran sus carros provistos con guadañas en las ruedas.

El ejército persa

Como ocurre frecuentemente con el tamaño de los ejércitos que combatieron en la época antigua, los historiadores modernos dudan de las cifras dadas por los historiadores antiguos.

Según Arriano, el ejército persa estaba compuesto por 40.000 jinetes, 1.000.000 de infantes, 200 carros armados con guadañas y unos cuantos elefantes de guerra.

Juniano Justino comenta que eran 400.000 los infantes y 100.000 los jinetes; Quinto Curcio Rufo refiere que constaba de 45.000 caballos y 200.000 hombres; Diodoro Sículo y Plutarco, que eran 1.000.000 de hombres en total.

Los historiadores modernos han estimado que el ejército persa estaba compuesto por unos 250.000 combatientes. Aunque siguiendo datos modernos se puede estimar que de esos 250.000 combatientes, tan sólo 92.000 eran soldados propiamente dichos. Entre los soldados profesionales el ejército persa contaba con 5.200 mercenarios griegos y 10.000 infantes pesados, en la época denominados Inmortales. Además, unos 20.000 caballeros eran considerados propiamente como caballería pesada profesionalizada, el resto de los guerreros se consideran reclutas ocasionales con cierto entrenamiento: arqueros y caballería ligera. Otros 22.000 combatientes fueron campesinos reclutados a toda prisa y prácticamente sin entrenamiento, por lo que su importancia militar fue escasa y ni siquiera llegaron a combatir, puesto que huyeron a la vez que Darío.

Unidades Número Número
Peltastas 10.000 30.000
Caballería 20.000 40.000
Inmortales 10.000 10.000
Hoplitas griegos 8.000 10.000
Caballería de Bactria 1.000 2.000
Arqueros 1.500 1.500
Carros falcados 200 200
Elefantes de guerra 15 15
Total 52.930 92.215

La batalla

Disposición de los ejércitos

Disposición inicial

En la noche del 30 de septiembre, los ejércitos se encontraban apostados en el campo de batalla, preparados para la confrontación. Alejandro se dedicó a efectuar un reconocimiento del terreno y a planificar la batalla, y sabiendo que Darío era el que tenía que defender la posición, ordenó a sus tropas descansar, mientras que Darío, nervioso por temor a un ataque nocturno, ordenó la posición de guardia para sus soldados.

  • Persas: Formaban una larga línea. Su ala izquierda al mando de Bessos estaba formada por las tropas bactrianas, daeas, persas, escitas y cadusianas. Tenían 100 carros con guadañas.

En el ala derecha, al mando de Maceo, se hallaban las tropas sirias, mesopotamias, medas, partas, sucianas, tibarianas, hircanias, albanias y sacesanias.

En el centro estaba el rey Darío con las tropas persas propiamente dichas, que se distinguían del resto por llevar lanzas con manzanas doradas en la empuñadura, los indios y los carios. Detrás de ellos, en formación cerrada, se encontraban los uxianos, babilonios, las tribus del mar Rojo y los sitacenios. Delante del escuadrón real había 15 elefantes indios y 50 carros con guadañas.

  • Macedonios: El ejército sumaba 7.000 jinetes y 40.000 infantes. La caballería pesada de élite de Alejandro eran los Hetairoi (Compañeros) y estaba formada por la nobleza macedonia, que acompañaba a Alejandro en esta batalla y fueron el factor decisivo en la batalla. El resto de la caballería se dividía en jinetes tesalios (pesados), caballería tracia (ligera) y algunos jinetes griegos.

La infantería de Alejandro se dividía en pesada, la falange y los hipaspistas (cuerpo especializado que cubría los huecos de la poco flexible falange) y la infantería ligera, tracios, agrianos (estos últimos lanzadores de jabalinas que destrozaron a los carros en esta batalla) y hoplitas griegos que intervinieron para cubrir la retaguardia de la falange.

El ejército se dividió en dos partes: El ala derecha estaba bajo el mando directo de Alejandro e integrada por la caballería de los “compañeros” y la caballería ligera de los macedonios. La caballería mercenaria fue dividida en dos grupos: los veteranos en el flanco derecho y el resto se colocó al frente de los arqueros agrianos y macedonios, que se ubicaban al lado de la falange que iba al centro reforzada con otra formación a retaguardia para que, en el caso de que fueran rodeados, pudieran dar media vuelta y enfrentarse al enemigo desde la dirección contraria.

El flanco izquierdo estaba al mando de Parmenio, con los jinetes de Farsalia, los mercenarios griegos y las unidades de caballería tracia.

La novedad de la formación macedonia fue la colocación de una reserva tras la primera línea. Consistía en dos columnas volantes, una detrás de cada ala. Estaban colocadas formando ángulo con el frente, a fin de coger de flanco al enemigo si éste intentaba rodear las alas. Si no se daba dicho caso, se replegarían hacia el centro para reforzar el frente.

Alejandro dispuso su ejército de modo que diera frente a todas partes, formaba un gran rectángulo que podía enfrentarse a ataques provenientes desde cualquier lugar. Esta disposición fue la que le hizo obtener la victoria, pues intuyó los movimientos que haría el adversario y se preparó para enfrentarlos y contrarrestarlos.

Inicio del combate

Alejandro se movió oblicuamente hacia el ala izquierda persa en lugar de avanzar directamente hacia ellos, y al continuar avanzando en esa dirección, se colocó más allá del terreno nivelado por los persas. Darío entonces ordenó que su ala izquierda contuviera el movimiento lateral de Alejandro realizando una salida envolvente. Alejandro, a su vez, inició un ataque hacia el centro de las tropas envolventes y dio comienzo a una serie de ataques y contraataques hasta que las formaciones persas quedaron rotas. Darío envió sus carros contra la falange para sembrar el desorden en ella, pero la infantería macedonia, que estaba delante de la caballería para protegerla de los carros, arrojó sus jabalinas, flechas y demás armas arrojadizas y abrió sus filas quedando aisladas las cuadrigas que atravesaron las líneas macedonias. Darío, en un nuevo intento para detener el avance de Alejandro, envió a la caballería persa del sector central, con el resultado de que se abrió una brecha en su línea. Así terminó la primera fase de la batalla.

Ataque decisivo de Alejandro

Movimiento decisivo de Alejandro y ataque final

Alejandro ordenó a su caballería de reserva atacar a las fuerzas que estaban rodeando su ala derecha y él, al frente de sus «Compañeros», en una formación en cuña, galopó hacia la brecha abierta en la línea persa por el avance de su propia caballería. Luego se dirigió contra Darío, quien abandonó el campo aterrorizado ante la embestida de Alejandro. La caballería persa del ala izquierda, que estaba siendo atacada por la reserva macedonia, también emprendió la huida, siendo perseguida por los macedonios, que los masacraron.

El ala izquierda

Debido a la marcha oblicua de Alejandro, el ala izquierda se encontraba retrasada con respecto a la derecha, y a causa del impetuoso avance de Alejandro se había producido una brecha entre ambas alas. La caballería india y persa irrumpió por esta brecha dirigiéndose hacia el tren de bagajes macedónico con el propósito de rescatar a la familia de Darío que estaba presa, pero la madre de Darío se negó a ser liberada. La falange de reserva dio media vuelta y los atacó por la retaguardia matando a gran número. Esta penetración coincidió con un movimiento envolvente de la caballería persa del ala derecha, con lo cual el ala izquierda macedonia quedó rodeada. Parmenio envió un mensaje a Alejandro informándole de su crítica situación. Este cesó inmediatamente la persecución de Darío y se lanzó con sus Hetairoi a socorrer su ala izquierda, derrotando a los persas.

Libre Parmenio, se reanudó la persecución que se prolongó hasta la noche, iniciando una marcha forzada sobre Arbelas, pero Darío logró escapar.

Consecuencias

Es imposible calcular las bajas de esta batalla. Los historiadores antiguos van desde 300.000 persas muertos y solamente 100 macedonios y 1.000 caballos, hasta otros más modernos que las estiman en 40.000 muertos persas y 5.000 macedonios.

Alejandro se dirigió desde Arbelas a Babilonia, donde ordenó reconstruir el templo de Marduk. Luego tomó Susa, donde se apoderó de 120.000 talentos, y más tarde conquistó Persépolis, donde en un acto ritual de venganza quemó el palacio de Jerjes.

En el invierno del año 330 a. C. partió de Persépolis a Ecbatana, donde se apoderó de 180.000 talentos, pero Darío lo eludió nuevamente. Por fin, tras recorrer 585 km en once días, logró alcanzar a la comitiva de Darío para enterarse que éste había sido asesinado por Besso. Con la muerte de Darío se cumplió el objetivo político de Alejandro: imponer su voluntad en el Imperio y establecer su dominio sobre las satrapías del este.

La batalla en la ficción

La batalla aparece representada bastante fiel a la realidad en la película de Oliver Stone llamada Alexander , esta es la mejor representación de la batalla hasta el momento.

Batalla de Gaugamela
Fecha 1 de octubre del 331 a. C.
Lugar Tel Gomel (Gaugamela), cerca del actual Mosul en Irak.
Coordenadas 36°22′N 43°15′ E
Casus belli Invasión macedonia al Imperio Persa
Conflicto Campañas de Alejandro Magno.
Resultado Victoria decisiva de Macedonia.
Cambios territoriales Babilonia; Susa; Persépolis y Ecbatana caen en manos de Alejandro sin oponer resistencia. El Imperio Persa es destruido.
Beligerantes
Reino de Macedonia
y aliados griegos
Imperio persa
Comandantes
Alejandro Magno Darío III
Fuerzas en combate
Total: 47.000
31.000 falangistas
9.000 peltastas
7.000 jinetes
Total: 250.000
200.000 infantes
40.000 jinetes
10.000 Guardias reales
(estimación moderna)
Bajas
500 muertos y 3.000 heridos 50.000 muertos

52 a.C. Batalla de Alesia


La batalla de Alesia o el sitio de Alesia fue un enfrentamiento militar desarrollado en el mes de septiembre del año 52 a. C., en la región de la tribu gala de los mandubios, y que tuvo como escenario principal su capital, la fortaleza de Alesia. Estaba situada probablemente encima del monte Auxois, sobre la moderna Alise-Sainte-Reine, en Francia, si bien esta ubicación está discutida. En efecto, algunos autores han discutido que esta localización no concuerda con la descripción de la batalla por César, y se han presentado diversas alternativas de las que actualmente sólo Chaux-des-Crotenay (en Jura, Francia) es considerada como una alternativa posible. Sin embargo, los más recientes descubrimientos arqueológicos parecen confirmar la ubicación de Alise-Sainte-Reine como la más probable.

 

Esta batalla enfrentó a los ejércitos de la República de Roma dirigidos por Julio César, que contaba con la caballería al mando de Marco Antonio, y con legiones al mando de sus legados, Tito Labieno y Cayo Trebonio, entre otros, contra una confederación de tribus galas bajo el liderazgo de Vercingétorix, jefe de la tribu de los arvernos. Alesia fue la batalla clave que dio la victoria definitiva a los romanos frente a los galos en la larga guerra de las Galias. El sitio de Alesia es considerado uno de las grandes éxitos militares de César e incluso en la actualidad es utilizado como un ejemplo clásico de sitio.

La batalla es descrita en detalle por numerosos autores contemporáneos incluyendo a César en sus Comentarios a la guerra de las Galias, Libro VII. Tras esta batalla, el líder rebelde fue capturado y la Galia fue definitivamente derrotada convirtiéndose en una provincia romana. El Senado romano se negó a otorgar a César los honores por sus victorias en las guerras gálicas siendo éste uno de los factores desencadenantes que condujeron a la guerra civil romana de los años 50-45 a. C.

 

Preludio

Julio César llevaba en la Galia desde el año 58 a. C. Era habitual que los cónsules, los magistrados de mayor rango elegidos en Roma, al final de su año consular, fuesen elegidos por el Senado Romano como gobernadores de alguna de las provincias romanas. César fue nombrado gobernador de la Galia Cisalpina (la región entre los Alpes, los Apeninos y el mar Adriático), e Ilírico (parte occidental de la península balcánica en la costa oriental del mar Adriático), y, posteriormente y por muerte inesperada de su Gobernador, se le añadió la Galia Transalpina o Galia Narbonense (“Galia más allá de los Alpes”); al contar con un imperium proconsular, tenía autoridad absoluta en estas provincias.

Una a una, César fue derrotando a las tribus galas como la de los helvecios, los belgas o los nervios, y logró el juramento de alianza de otras muchas. El éxito de la guerra trajo consigo un aumento enorme de riqueza en la República en la forma de botín de guerra y de nuevas tierras sobre las que imponer impuestos. El propio César se hizo inmensamente rico puesto que, como general, se beneficiaba de lo obtenido por la venta de prisioneros como esclavos. A su vez, el éxito le trajo nuevos enemigos: El Primer Triunvirato, una alianza política informal con Pompeyo y Craso, llegó a su fin el 54 a. C., con las muertes de Julia, hija de Julio César y mujer de Pompeyo, y de Craso en Carras. Sin esta conexión político-familiar con Pompeyo, hombres como Marco Porcio Catón el Joven comenzaron una campaña política contra César, levantando las sospechas de corrupción y acusándole de querer proclamarse rey de Roma.

En el invierno del año 54 al 53 a. C., la tribu ya pacificada de los eburones, dirigida por Ambíorix, se rebeló contra la invasión romana y destruyó la Decimotercera legión dirigida por los generales Sabino y Lucio Aurunculeyo Cota (que no estaba emparentado con la familia de la madre de César, los Aurelios Cotas) en una emboscada planificada cuidadosamente. Este fue un importante golpe contra la estrategia de César en la Galia, puesto que con ello había perdido una parte de sus tropas y, lo que era más importante, el prestigio militar que le acompañaba, a lo que había que añadir que la situación política en Roma le impedía conseguir refuerzos. La rebelión de los eburones fue la primera derrota clara de los romanos en la Galia e inspiró los sentimientos tribalistas por toda la región. Le llevó casi un año entero, pero César logró retomar el control de la Galia y pacificar a las tribus. Sin embargo, el problema todavía no había terminado. Las tribus galas empezaban a darse cuenta de que sólo podrían conseguir derrotar a Roma manteniéndose unidas. Se convocó un concilio de dirigentes en Bibracte por iniciativa de los heduos, una tribu anteriormente leal a César. Sólo los remos y los lingones prefirieron mantener su alianza con Roma.

El concilio declaró a Vercingétorix, líder de los arvernos, comandante de los ejércitos unidos de la Galia. Los jefes galos decidieron que la insurrección empezaría cuando César estuviera en su Italia ocupado con la política romana. En cuanto a los heduos, estos prometieron unirse a la rebelión en el momento que consideraran causarían mayor impacto.

Los galos esperaban lograr que para cuando César lograra regresar a la provincia ya habrían sublevado a toda la Galia Transalpina, haber invadido la Narbonense y derrotar una a una las guarniciones romanas. El ejército galo contaba con 80.000 infantes y 15.000 jinetes al mando de Vercingétorix (las cifras son de César). Según Julio César, la asamblea de jefes reunidos antes de Alesia pidieron los siguientes contingentes a cada tribu:

  • Heduos, segusiavos, ambivaretos, aulercos branovices y blanovios: 35.000 guerreros.

  • Arvernos: 35.000.

  • Eleutetos, cadurcos, gábalos, velavios, sécuanos, senones, bituriges, sántonos, rutenos y carnutes: 12.000.

  • Belóvacos: ofrecieron 10.000 (aunque al final sólo aportaron 2.000).

  • Lemovices: 10.000.

  • Pictones, incluyendo túronos, parisios y suesiones eleuterios: 32.000.

  • Ambianos, mediomátricos, petrocorios, nervios, mórinos y nitióbroges: 35.000.

  • Aulercos cenómanos: 5.000.

  • Atrebates: 4.000.

  • Veliocases, lexovios y aulercos eburovices: 9.000.

  • Ráuracos y boyos: 30.000.

  • Arémoricos (coriosolites, redones, ambibarios, cáletes, osismos, vénetos y unelos): 6.000.

César se encontraba entonces en el campamento de invierno de la Galia Cisalpina, desconociendo la alianza que se había formado en su contra. La primera señal de los problemas que se avecinaban procedió de los carnutes, que mataron a todos los colonos romanos de la ciudad de Cénabo (actual Orleans). A esto le siguió la matanza de todos los ciudadanos romanos, comerciantes y colonos, en las ciudades galas más importantes. Mientras que el grueso del ejército de César se hallaba en el territorio de los senones, pero por una campaña de guerrillas y tierra quemada de parte de los galos, las legiones no estaban en condiciones de actuar.

Al conocer estas noticias, César desplegó a sus hombres y marchó apresuradamente cruzando los Alpes, todavía cubiertos de nieve, en enero. Llegando a Narbona en febrero, organizando rápidamente las defensas de la ciudad, reclutó a 10.000 nuevos legionarios y avanzó hasta la Galia central tras atravesar las Cevenas aún cubiertas de nieve reuniéndose luego con el grueso de sus tropas. César logró un tiempo récord, y consiguió sorprender a las tribus galas. Vercingétorix continúo su campaña de tierra quemada dejando sin suministros a César que marcho a la tierra de los heduos. Los romanos encontraron apoyo por parte de algunos jefes de la tribu y tras ejecutar a los sospechosos de insurrección reclutaron a unos 10.000 guerreros.

Dividió sus fuerzas, mandando cuatro legiones con Tito Labieno a luchar contra los senones y los parisios en el norte. César en persona se dirigió en persecución de Vercingétorix con seis legiones y su caballería germana aliada. El caudillo galo en tanto continuo con su táctica de no presentar una campaña frontal y negarle los suministros a los romanos. Pero finalmente los bituriges, tribu que ya había destruido muchas de sus ciudades y fortalezas se negó a quemar Avárico, ciudad con los suministros tan necesitados por los romanos. Tras un desesperado asedio la tomaron y saquearon, masacrando a casi todos sus habitantes. Suerte similar corrieron los carnutes en Cénabo poco después.

César continúo con su persecución y los dos ejércitos se encontraron en la colina de Gergovia, en donde Vercingétorix mantenía una posición defensiva muy fuerte. César se vio obligado a retirarse derrotado, tras sufrir más de 700 bajas. La victoria dio nuevos aires a la rebelión gala, parte de los heduos entonces se rebelaron y asaltaron Noviodunum, liberando a todos los rehenes galos de César. Sin embargo, la rebelión gala no volvió a conseguir mayores éxitos. Las fuerzas de César se unieron a las de Labieno que había conseguido tomar Lutetia y juntos continuaron la persecución. En el verano de 52 a. C., hubo varios enfrentamientos entre ambas caballerías, en los alrededores de Vingeanne, en el actual Dijón, resultando con la victoria de César y la pérdida de 3.000 jinetes para los galos. Vercingétorix decidió que no era el momento para una batalla a gran escala, y se reagrupó en la fortaleza de Alesia. César vio en cambio la oportunidad de acabar con la guerra de una vez por todas.

 

Sitio y batalla

Ya que un ataque frontal sobre la fortaleza sería una idea suicida, César consideró mejor forzar un asedio de la fortaleza para rendir a sus enemigos por hambre. Considerando que había más de 90.000 hombres fortificados dentro de Alesia junto con la población civil, el hambre y la sed forzarían rápidamente la rendición de los galos. Para garantizar un bloqueo perfecto César ordenó la construcción de un perímetro circular de fortificaciones. Los detalles de los trabajos de ingeniería se encuentran en los Comentarios de la guerra de las Galias (De bello Gallico) de Julio César y han podido ser confirmados por las excavaciones arqueológicas en la zona. Se construyeron muros de 18 km de largo y 4 metros de alto con fortificaciones espaciadas regularmente en un tiempo récord de tres semanas. Esta línea fue seguida hacia el interior por dos fosos de cuatro metros y medio de ancho y cerca de medio metro de profundidad. El más cercano a la fortificación se llenó de agua procedente de los ríos cercanos. Asimismo, se crearon concienzudos campos de trampas y zanjas frente a las empalizadas con el fin de que su alcance fuese todavía más difícil, más una serie de torres equipadas con artillería y espaciadas regularmente a lo largo de la fortificación.

La caballería de Vercingétorix a menudo contraatacaba los trabajos romanos para evitar verse completamente encerrados, ataques que eran contestados por la caballería germana que volvió a probar su valía para mantener a los atacantes a raya. Tras dos semanas de trabajo, la caballería gala pudo escapar de la ciudad por una de las secciones no finalizadas. César, previendo la llegada de tropas de refuerzo, mandó construir una segunda línea defensiva exterior protegiendo sus tropas. El nuevo perímetro era de 21 km, incluyendo cuatro campamentos de caballería. Esta serie de fortificaciones les protegería cuando las tropas de liberación galas llegasen: ahora eran sitiadores preparándose para ser sitiados.

Para entonces, las condiciones de vida en Alesia iban empeorando cada vez más. Con los 80.000 guerreros que aún quedaban más la población local había demasiada gente dentro de la fortaleza para tan escasa comida. A Vercingetórix se le dio por parte de los jefes galos atrincherados dos opciones para evitar la capitulación por hambre. Sacrificar los 10.000 caballos que tenían dentro o enviar a los civiles con los romanos. El caudillo galo opto por expulsar de la ciudad a los no combatientes ya que esperaba usar a los animales en la batalla y así podría ahorrar las provisiones para los combatientes y forzar a los romanos a agotar las propias en alimentarlos. Sin embargo, César ordenó que no se hiciese nada por esos civiles, y los ancianos, mujeres y niños se quedaron esperando a morir de hambre en la tierra de nadie entre las paredes de la ciudad y la circunvalación ya que Vercingetórix se negó también a recibirlos de vuelta.

A finales de septiembre las tropas galas, dirigidas por Comio, rey de los atrebates (secundado por los eduos Viridómaro y Eporédorix y el arverno Vercasivelauno, primo de Vercingetorix), acudieron en refuerzo de los fortificados en Alesia, y atacaron las murallas exteriores de César. Vercingétorix ordenó un ataque simultáneo desde dentro. Sin embargo, ninguno de estos intentos tuvo éxito y a la puesta del sol la lucha había acabado. En total, el ejército galo de socorro reunido, según César, unos 8.000 jinetes, además de aproximadamente 240.000 infantes, en el recuento que se hizo en tierras de los heduos.

Al día siguiente, el ataque galo fue bajo la cobertura de la oscuridad de la noche, y lograron un mayor éxito que el día anterior. César se vio obligado a abandonar algunas secciones de sus líneas fortificadas. Sólo la rápida respuesta de la caballería, dirigida por Marco Antonio y Cayo Trebonio, salvó la situación. La muralla interna también fue atacada, pero la presencia de trincheras, los campos plantados de “lirios” y de “ceppos“, que los hombres de Vercingétorix tenían que llenar para avanzar, les retrasaron lo suficiente como para evitar la sorpresa. Para entonces, la situación del ejército romano también era difícil.

El día siguiente, el 2 de octubre, Vercasivelauno, lanzó un ataque masivo con 60.000 hombres, enfocado al punto débil de las fortificaciones romanas, que César había tratado de ocultar hasta entonces, pero que había sido descubierto por los galos. El área en cuestión era una zona con obstáculos naturales en la que no se podía construir una muralla continua conocida después por los romanos como monte Rea, donde César ubico a 4.000 de sus hombres. El ataque se produjo combinando las fuerzas del exterior con las de la ciudad: Vercingétorix atacó desde todos los ángulos las fortificaciones interiores. César confió en la disciplina y valor de sus hombres, y ordenó mantener las líneas. Él personalmente recorrió el perímetro animando a sus legionarios.

La caballería de Labieno fue enviada a aguantar la defensa del área en donde se había localizado la brecha de las fortificaciones. César, con la presión incrementándose cada vez más, se vio obligado a contraatacar la ofensiva interna, y logró hacer retroceder a los hombres de Vercingétorix. Sin embargo, para entonces la sección defendida por Labieno se encontraba a punto de ceder. César tomó una medida desesperada, tomando 13 cohortes de caballería (unos 6.000 hombres) para atacar el ejército de reserva enemigo (unos 60.000) por la retaguardia. La acción sorprendió tanto a atacantes como a defensores.

Viendo a su general afrontar tan tremendo riesgo, los hombres de Labieno redoblaron sus esfuerzos. En las filas galas pronto empezó a cundir el pánico, y trataron de retirarse. Sin embargo, como solía ocurrir en la antigüedad, un ejército en retirada desorganizada es una presa fácil para la persecución de los vencedores, y los galos fueron masacrados. César anotó en sus Comentarios… que sólo el hecho de que sus hombres estaban completamente exhaustos salvó a los galos de la completa aniquilación.

En Alesia, Vercingétorix fue testigo de la derrota del ejército exterior. Enfrentándose tanto al hambre como a la moral, se vio obligado a rendirse sin una última batalla. Al día siguiente, el líder galo presentó sus armas a Julio César, poniendo fin al asedio de Alesia y a la conquista romana de la Galia.

Eventos posteriores

Alesia demostró ser el final de la resistencia generalizada y organizada a la invasión romana por parte de la Galia. A partir de entonces, con la salvedad del pequeño levantamiento del año siguiente, pasó a ser una provincia romana y finalmente fue separada en divisiones administrativas más pequeñas. No volvería a haber ninguna independencia del poder central de Roma hasta el siglo III cuando Póstumo fue reconocido como emperador por las provincias de Galia, Hispania, Germania y Britania, frente a Galieno, reconocido en Roma. La guarnición de Alesia fue tomada prisionera junto con los supervivientes del ejército de liberación. Fueron vendidos como esclavos o dados como botín de guerra a los legionarios de César, excepto en el caso de los miembros de las tribus hedua y arverna, que fueron liberados y perdonados como forma de asegurar la alianza entre estas importantes tribus y Roma.

Para César, Alesia fue un éxito personal enorme, tanto militar como políticamente. El Senado romano, manipulado por Catón y Pompeyo, declaró 20 días de acción de gracias (supplicatio) por esta victoria, pero denegó el honor a César de celebrar un triunfo, el punto culminante de la carrera de un militar romano. Se fue incrementando la tensión política hasta que dos años después, en el 50 a. C., César cruzó el Rubicón, precipitando la Guerra civil de los años 49-45 a. C. Tras haber sido elegido cónsul durante todos y cada uno de los años de la Guerra civil, y nombrado en varias ocasiones dictador, finalmente fue nombrado dictator perpetuus o dictador vitalicio, en el año 44 a. C. Su poder, cada vez mayor, acabó con la tradición republicana y llevó al final de la República romana y al comienzo del Imperio romano.

Los comandantes de caballería de César siguieron diferentes caminos. Tito Labieno se puso del lado de los Optimates (el bando republicano) en la Guerra civil, y murió en la batalla de Munda en el año 45 a. C. Cayo Trebonio fue nombrado cónsul por César en el año 45 a. C., y fue uno de los senadores que tomaron parte en el asesinato de César en las Idus de marzo (15 de marzo) de 44 a. C. Trebonio también fue asesinado un año después.

Antonio continuó siendo un seguidor fiel de César. Se convirtió en el segundo al mando como Magister Equitum, y se quedó al cargo de Italia durante gran parte de la Guerra civil. En el año 44 a. C. fue elegido colega consular de César. Tras el magnicidio, Antonio persiguió a los asesinos de César, y luchó por el poder supremo con Octavio (quien se convertiría más tarde en César Augusto). Primero formaron una alianza junto con Marco Emilio Lépido en el Segundo Triunvirato, y al final se enfrentaron y fue derrotado en la batalla de Accio en el año 31 a. C. Después de la batalla huyó a Egipto, junto con su aliada y amante Cleopatra, en donde un año más tarde se suicidaron.

Vercingétorix fue hecho prisionero y tratado con honores de rey durante los siguientes cinco años, esperando ser exhibido en el triunfo de César. Al final de la procesión, tal y como era costumbre en la época, fue condenado a muerte y estrangulado.

Batalla de Alesia
la Guerra de las Galias
Fecha Septiembre y octubre del año 52 a. C.
Lugar Alesia, cerca de Alise-Sainte-Reine (Francia)
Coordenadas 47°32′14″N 4°30′01″E (mapa)
Resultado Victoria romana decisiva
Consecuencias Destrucción del ejército galo
Beligerantes
República romana Tribus de la Galia
Comandantes
Cayo Julio César
Marco Antonio
Tito Acio Labieno
Quinto Tulio Cicerón
Gayo Trebonio
Servio Sulpicio Galba
Cayo Antistio Regino
Gayo Caninio Rébilo
Gayo Fabio
Décimo Junio Bruto Albino
Lucio Minucio Basilio
Lucio Munacio Planco
Marco Sempronio Rutilo
Gayo Volcacio Tulo
Vercingétorix
Comio
Vercasivelauno
Viridómaro
Eporédorix
Sedulio †
Fuerzas en combate
Total: 60 000 -80 000
(10 legiones romanas)
40 000-50 000 legionarios
15 000 auxiliares
5000 jinetes germanos
Total: 330 000

80 000 (Vercingétorix)
250 000 (Comio)

480 a.c. – Batalla de Salamina


La batalla de Salamina (en griego: Ναυμαχία τῆς Σαλαμῖνος, Naumachía tḗs Salamīnos) fue un combate naval que enfrentó a una alianza de ciudades-estado griegas con la flota del imperio persa en el 480 a. C. en el golfo Sarónico, donde la isla de Salamina deja dos estrechos canales que dan acceso a la bahía de Eleusis, cerca de Atenas. Este enfrentamiento fue el punto álgido de la Segunda Guerra Médica, el segundo intento persa por invadir Grecia que había comenzado en el 480 a. C.

Para frenar el avance persa, los griegos bloquearon el paso de la Termópilas con una pequeña fuerza mientras una armada aliada, formada esencialmente por atenienses, se enfrentaba a la flota persa en los cercanos estrechos de Artemisio. En la batalla de las Termópilas fue aniquilada la retaguardia de la fuerza griega, mientras que en la batalla de Artemisio los helenos sufrieron grandes pérdidas y se retiraron al tener noticia de la derrota en las Termópilas, lo que permitió a los persas conquistar Beocia y el Ática. Los aliados prepararon la defensa del istmo de Corinto al tiempo que su flota se replegaba hasta la cercana isla de Salamina.

Aunque muy inferiores en número, el ateniense Temístocles convenció a los aliados griegos para combatir de nuevo a la flota persa con la esperanza de que una victoria decisiva impidiera las operaciones navales de los medos contra el Peloponeso. El rey persa Jerjes I deseaba un combate definitivo, por lo que su fuerza naval se internó en los estrechos de Salamina y trató de bloquear ambos, pero la estrechez de los mismos resultó un obstáculo, pues dificultó sus maniobras y los desorganizó. Aprovechando esta oportunidad, la flota helena se formó en línea, atacó y logró una victoria decisiva gracias al hundimiento o captura de al menos 300 navíos persas.

Jerjes se tuvo que retirar hacia Asia junto con gran parte de su ejército, pero dejó a su general Mardonio y a sus mejores tropas para intentar completar la conquista de Grecia. Sin embargo, al año siguiente lo que restaba del ejército medo fue derrotado en la batalla de Platea y la armada persa en la batalla de Mícala. Tras estos reveses los persas no volvieron a intentar la conquista del mundo heleno. Las batallas de Salamina y Platea marcaron un punto de inflexión en el curso de las Guerras Médicas, pues en adelante las polis griegas tomaron la iniciativa y pasaron a la ofensiva. Algunos historiadores creen que una victoria persa en Salamina hubiera alterado profundamente la evolución de la antigua Grecia, y por extensión de todo el mundo occidental, motivo por el que la batalla de Salamina es considerada uno de los combates más importantes de la historia de la humanidad.


Fuentes

Busto de Heródoto

La fuente principal de información para las Guerras Médicas es el historiador griego Heródoto. Llamado «El padre de la Historia», Heródoto nació el 484 a. C. en la ciudad de Halicarnaso, Asia Menor, entonces bajo dominio persa. Escribió las Historias entre el 440-430 a. C. con la intención de averiguar los orígenes de las guerras greco-persas, que entonces eran historia reciente (el conflicto finalizó en el 449 a. C.). Su enfoque fue tan novedoso que, en lo que a occidente se refiere, fundó la historiografía tal como la conocemos. Como el historiador Tom Holland ha dicho: «Por primera vez un cronista se dedicó a rastrear los orígenes de un conflicto, pero no en un pasado lejano plagado de fábulas, caprichos y deseos de dioses, por petición del pueblo o por un destino manifiesto, sino con explicaciones que podía verificar él mismo.»

Algunos historiadores posteriores, a pesar de seguir sus pasos, criticaron a Heródoto. El primero fue Tucídides, a pesar de lo cual decidió comenzar su Historia donde la dejó Heródoto, en el asedio de Sestos, por lo que parece evidente que estaba de acuerdo con lo que había escrito Heródoto y no necesitaba ser rescrito. Plutarco criticó a Heródoto en su ensayo «Sobre la malicia de Heródoto», en el que lo describía como «Philobarbaros» («amante de los bárbaros») por no ser lo suficientemente progriego. Sin embargo, esta crítica sugiere que Heródoto pudo hacer un trabajo razonablemente imparcial. La visión negativa de Heródoto llegó hasta el Renacimiento europeo, aunque siguió siendo muy leído. Fue a partir del siglo XIX cuando su reputación fue plenamente restablecida por diversos hallazgos arqueológicos que confirmaron repetidamente la veracidad de sus datos. En la actualidad se considera que Heródoto hizo un gran trabajo en sus Historias, pero que algunos detalles específicos, como número de tropas y fechas, deben ser contemplados con escepticismo.

El historiador siciliano Diodoro Sículo escribió en el siglo I d. C. su Biblioteca histórica, donde también se habla de las Guerras Médicas por influencia de los escritos de Éforo de Cime. Este relato es bastante consecuente con el de Heródoto. La batalla también es descrita, aunque con menor detalle, por diversos escritores de la antigüedad como Plutarco y Ctesias, y aludida por otros autores como el dramaturgo Esquilo. Las evidencias arqueológicas, como la Columna de las Serpientes, también confirman algunas de las afirmaciones de Heródoto.


Consideraciones estratégicas y tácticas

La estrategia global de los persas para la invasión del 480 a. C. fue abrumar a los griegos con una masiva fuerza e intentar completar la conquista de Grecia en una sola campaña. Por el contrario, los griegos buscaron hacer el mejor uso posible de su reducido número con la defensa de enclaves concretos para así mantener a los persas en campaña el mayor tiempo posible. Jerjes obviamente no había previsto esa resistencia, pues de ser así habría iniciado la campaña bastante antes (y tampoco habría esperado cuatro días en las Termópilas dando tiempo a los helenos para dispersarse). El tiempo era entonces esencial para los persas, pues la enorme fuerza invasora no podía ser mantenida indefinidamente ni Jerjes quería estar tanto tiempo fuera de su imperio. Las Termópilas demostraron que era inútil un asalto frontal contra las bien defendidas posiciones griegas, y con los helenos ya atrincherados en el istmo de Corinto, había pocas posibilidades de conquistar el resto de Grecia por tierra. Sin embargo, como también se demostró en las Termópilas, si los griegos podían ser flanqueados, su reducido número de tropas podía ser aniquilado. Un movimiento envolvente en el istmo requería del uso de la flota persa, y por tanto de la destrucción de la flota griega. En resumen, si Jerjes destruía la flota aliada estaría en una posición inmejorable para forzar la rendición de los griegos, y ello parecía la única esperanza de lograr concluir la guerra en esa campaña. Por el contrario, evitando la destrucción o, como Temístocles esperaba, paralizando a la flota persa, los griegos podían evitar ser conquistados.

Sin embargo, no era estratégicamente necesario para los persas luchar en Salamina. De acuerdo con Heródoto, la reina Artemisia de Caria se lo señaló a Jerjes en el preludio de Salamina, afirmando que luchar en el mar era un riesgo innecesario, y recomendando en su lugar:

Si no se apresura a combatir en el mar y mantiene sus barcos aquí y cerca de tierra, o incluso avanza al Peloponeso, entonces, mi señor, logrará cumplir fácilmente lo que tenía en mente cuando vino aquí. Los helenos no serán capaces de resistir contra usted durante mucho tiempo, los dispersará y cada uno huirá a su ciudad.

La flota persa todavía era lo suficientemente grande como para bloquear a la armada aliada en los estrechos y hacer desembarcar tropas en el Peloponeso. Sin embargo, a fin de cuentas ambos bandos estaban preparados para arriesgarlo todo en una batalla naval, con la esperanza de alterar decisivamente el curso de la guerra.

Los persas contaban con una ventaja táctica considerable, y no sólo por su número muy superior, sino porque tenían mejores barcos. Lo de mejores barcos que menciona Heródoto era debido probablemente a la superior marinería de sus tripulantes, pues la mayoría de los barcos atenienses eran de nueva construcción y estaban tripulados por hombres inexpertos. La táctica naval más común en el Mediterráneo era embestir con los espolones con que estaban equipados los trirremes y abordar la nave enemiga con la infantería, lo que venía a ser una batalla terrestre sobre la cubierta de los barcos. En esa época los persas y los griegos asiáticos habían comenzado a emplear una técnica conocida como diekplous, que no está claro qué era, pero probablemente implicaba que una nave penetrara entre otras dos enemigas y las embistiera en sus bandas. Esta maniobra requeriría una considerable maestría en la navegación a vela y es más probable que la emplearan los persas. Los aliados, sin embargo, desarrollaron tácticas para contrarrestarla.

Se ha debatido mucho sobre la naturaleza de la flota aliada en comparación con la persa, especialmente sobre la afirmación de Heródoto de que los barcos aliados eran más pesados y, por ende, menos maniobrables. La causa de este mayor desplazamiento no se conoce, pues los barcos aliados podían ser más voluminosos, o estar anegados debido a que no se habían secado durante el invierno, pero no hay evidencia para ninguna de estas sugerencias. Se ha especulado también con que el mayor desplazamiento de las naves griegas se debiera al peso del equipamiento de los hoplitas (veinte hoplitas con sus armaduras podían pesar más de dos toneladas). Este peso extra, cualquiera que fuera su causa, reduciría aún más la posibilidad de emplear el diekplous. Por tanto, si sus barcos eran menos maniobrables es probable que los aliados hubieran embarcado infantería extra, puesto que el abordaje era su táctica principal, y ello a pesar de que hiciera más pesadas sus naves. De hecho, Heródoto afirma que los griegos capturaron barcos en Artemisio, en lugar de hundirlos. También se ha propuesto que el peso de los barcos helenos pudo hacerlos más estables al viento que soplaba frente a las costas de Salamina y más resistentes ante las embestidas de los espolones de los barcos persas.

Tácticamente hablando entonces, una batalla en mar abierto hubiera beneficiado a los persas por su superior marinería y número. Para los griegos, la única esperanza real de lograr una victoria definitiva era atraer a los persas a un lugar estrecho, donde su número no sería tan decisivo. En la batalla en Artemisio habían intentado minimizar la ventaja numérica persa, pero al final los griegos se dieron cuenta que necesitaban un paso aún más estrecho para derrotarlos. Por lo tanto, internándose en los canales de Salamina para atacar a los helenos, los persas estaban jugando en el terreno que quería su enemigo. Está claro que los persas no habrían hecho eso de no estar seguros de su victoria, por lo que es evidente que el ardid de Temístocles desempeñó un papel clave para inclinar la balanza a favor de los griegos. Salamina fue, para los persas, una batalla innecesaria y un error estratégico.

La batalla

El desarrollo de la batalla de Salamina no es muy bien descrito por las fuentes antiguas, y es poco probable que ninguno de los que estuviera implicado en ella, a excepción de Jerjes desde su privilegiado trono, tuviera una idea clara de lo que estaba sucediendo en todo lo ancho de los estrechos. Lo que sigue es más una reconstrucción perfectamente discutible que un relato definitivo del combate naval.

Disposiciones

Movimientos iniciales de las flotas griega y persa en Salamina: los efectivos persas aparecen en rojo y los griegos en azul.

En la flota aliada, los atenienses estaban a la izquierda, en la derecha probablemente los espartanos (aunque Diodoro dice que allí estaban los barcos de Megara y Egea) y en el centro el resto de aliados. La flota aliada probablemente formó en dos líneas, ya que los estrechos no tienen anchura para una única línea de navíos. Heródoto habla de una flota helena alineada de norte a sur, probablemente con el flanco norte frente a la costa de la actual islote de Agios Georgios, y el flanco sur junto a la costa del cabo Vavari, parte de Salamina. Diodoro sugiere que la flota helena estaba alineada de este a oeste, atravesando los estrechos entre Salamina y el monte Aigaleos, pero ello es poco probable porque los aliados tendrían de este modo uno de sus flancos muy cerca de un territorio ocupado por los persas.

Parece seguro que la flota meda fue enviada a bloquear la salida de los estrechos la tarde antes de la batalla. Heródoto creyó que la flota persa en realidad entró en los estrechos al caer la noche con la intención de capturar a los aliados que huían. Sin embargo, y aunque algunos creen el relato de Heródoto, los historiadores actuales han discutido largamente este punto en consideración de las grandes dificultades para maniobrar en un espacio tan confinado en la oscuridad. Así pues, hay dos posibilidades: que durante la noche los persas simplemente bloquearon la salida de los estrechos y entraron en ellos al amanecer, o que entraron en los estrechos y se desplegaron para la batalla durante la noche. Independientemente de cuándo lo intentaron, parece evidente que los persas viraron su flota frente a la punta del cabo Vavari, por lo que a partir de una alineación inicial este-oeste (bloqueando la salida) acabaron en una disposición norte-sur (ver mapa). Parece que la flota persa se desplegó en tres líneas, según Esquilo, con la poderosa flota fenicia en su flanco derecho junto al monte Aigaleos, el contingente jonio en el flanco izquierdo y el resto en el centro.

Diodoro dice que la flota egipcia fue enviada a circunnavegar Salamina por el sur y bloquear la salida norte de los estrechos. Si Jerjes quería atrapar completamente a los aliados, esta maniobra tendría sentido (especialmente si esperaba que los aliados no lucharan). Sin embargo, Heródoto no menciona esto, lo que ha llevado a algunos historiadores modernos a desestimar este detalle. Jerjes también había desplegado unos 400 soldados en la isla llamada Psitalea, en el centro de la salida de los estrechos, con la orden de matar o capturar a cualquier griego que pusiera pie en ella como consecuencia de un naufragio o un encallamiento.

Fase inicial

Independientemente del momento en el que penetraran en el estrecho, los navíos persas no iniciaron el ataque hasta el amanecer. Puesto que, después de todo, no tenían previsto huir, los aliados pasaron la noche preparándose para la batalla y, tras un discurso de Temístocles, la infantería embarcó, lista para navegar. Heródoto afirma que esto sucedió de madrugada y que «como los aliados pretendían salir al mar, los bárbaros los atacaron». Si los persas no entraron en los estrechos hasta el amanecer, los aliados tuvieron tiempo de tomar posiciones de una forma más ordenada.

Esquilo afirma que a medida que se aproximaban los medos (comentario que puede indicar que no estaban en los estrechos al amanecer) pudieron oír a los griegos cantando su himno de batalla (peán) incluso antes de ver a la armada aliada:

Ὦ παῖδες Ἑλλήνων ἴτε,

ἐλευθεροῦτε πατρίδ’, ἐλευθεροῦτε δὲ

παῖδας, γυναῖκας, θεῶν τέ πατρῴων ἕδη,

θήκας τε προγόνων:

νῦν ὑπὲρ πάντων ἁγών.

Adelante, hijos de los griegos,

liberad la patria,

liberad a vuestros hijos, a vuestras mujeres,

los altares de los dioses de vuestros padres,

y las tumbas de vuestros antepasados:

es hora de luchar por todo.

Heródoto cuenta que, de acuerdo con los atenienses, al comienzo de la batalla los corintios izaron sus velas y comenzaron a alejarse en dirección norte. Sin embargo, el historiador también dice que otros griegos desmienten esto. Si esto ocurrió realmente, se puede interpretar que esos barcos habían sido enviados a reconocer la salida norte de los estrechos, por donde debía llegar el destacamento egipcio para rodear a los aliados (si es que esto también sucedió). Otra posibilidad, que no excluye a la anterior, es que la partida de los corintios provocara la aproximación final de los persas, quienes pudieron interpretar que la armada aliada se estaba desintegrando. En cualquier caso, si los corintios llegaron a partir, también es cierto que regresaron enseguida a la batalla.

Mientras se aproximaban a los aliados en los angostos estrechos, los persas al parecer se desorganizaron y hacinaron.  Por otra parte, también es evidente que, lejos de dividirse, la flota griega estaba alineada y lista para atacar. A pesar de ello no atacaron inmediatamente y dieron impresión de mantenerse alejados por temor al enemigo. Según Plutarco, trataban de obtener una mejor posición y ganar tiempo hasta la llegada del viento matutino. Heródoto narra una leyenda que dice que, en vista del repliegue de la flota helena, una mujer se les apareció y les dijo «Locos, ¿cuánto tiempo vais a permanecer replegados?». Sin embargo, sugiere más acertadamente que, mientras los aliados esperaban en el fondo del estrecho, una única nave se adelantó para embestir al barco persa más cercano. Los atenienses afirmaron que este barco pertenecía al también ateniense Ameinias de Palene, mientras que los de Egina dijeron que era uno de los suyos. A continuación toda la flota griega hizo lo mismo y se lanzó contra la desorganizada línea de batalla persa.

Combate

Los detalles del resto de la batalla son generalmente superficiales, pues ninguno de los implicados pudo tener una visión general de lo que estaba ocurriendo. Los trirremes contaban, por lo general, con un gran espolón con forma de carnero en la proa con el que podían embestir y hundir naves enemigas, o al menos inutilizar los remos de una de sus bandas. Si la embestida inicial no era exitosa, se producía un abordaje de la infantería y combates cuerpo a cuerpo similares a los de las batallas en tierra. Por ello, ambos bandos llevaban soldados embarcados, en el caso de los griegos los temibles hoplitas y en el de los persas infantería iraní con armamento y protecciones más ligeras.

Una vez que la primera línea de barcos persas fue embestida por los helenos, esta obstaculizó las acciones de la segunda y tercera línea. En el flanco izquierdo de los griegos el almirante persa Ariamenes, hermano de Jerjes, cayó muerto muy pronto. Sin liderazgo y desorganizados, los escuadrones fenicios fueron empujados hacia la costa, donde muchos de sus barcos quedaron varados. En el centro, los barcos aliados hicieron cuña a través de las naves persas y dividieron a la armada meda en dos.

Un rey sentado en un acantilado rocoso
que contempla Salamina nacida del mar
y miles de barcos bajo sus pies,
gentes y ejércitos todos suyos,
así él los contaba al clarear el día
y, ¿dónde quedaron ya puesto el sol?.
Lord Byron, Don Juan116

Heródoto cuenta que Artemisia, reina de Halicarnaso y comandante del contingente de Caria, fue perseguida por el barco de Ameinias de Palene. En su empeño de escapar, ella embistió y atacó a otro barco persa, lo que hizo creer al ateniense que era una aliada y desistió de perseguirla. Sin embargo, Jerjes, viendo la acción, pensó que la reina había atacado con éxito a un barco aliado, y comparando con el pobre desempeño de sus otros comandantes, comentó que «Mis hombres se han convertido en mujeres, y mis mujeres en hombres».

La flota persa comenzó a retroceder hacia Falero, pero según Heródoto, fue emboscada por los eginetas cuando trataban de salir de los estrechos. Los restantes barcos persas llegaron como pudieron al puerto de Falero junto al resto del ejército persa. Entonces el general ateniense Arístides lideró un destacamento de soldados hasta el islote de Psitalea para aniquilar a la guarnición que Jerjes había dejado allí. Heródoto no menciona el número exacto de bajas persas en la batalla, pero dice que al año siguiente la flota meda contaba con 300 trirremes. El número de bajas entonces depende de la cifra de naves que iniciaron el combate, por lo que unas 200-300 parecen unas cantidades razonables, siempre sobre la base del tamaño estimado de la fuerza invasora. Heródoto asegura que los persas sufrieron muchas más bajas que los aliados, en parte porque la mayoría de asiáticos no sabía nadar Jerjes, sentado en su trono del monte Aigaleos, fue testigo de la masacre de su armada. Algunos capitanes de los barcos fenicios naufragados trataron de culpar a los jonios por su cobardía ante el final de la batalla. Jerjes, visiblemente enfadado y habiendo sido testigo de cómo los jonios apresaban una nave de Egina, ordenó decapitar a los fenicios por intentar calumniar a «hombres más nobles».

Trirreme griego

Consecuencias

La Columna de las Serpientes, un monumento a la alianza dedicado por los victoriosos aliados tras la batalla de Platea. Hoy se encuentra en el Hipódromo de Constantinopla.

Inmediatamente después de la batalla en Salamina, Jerjes intentó construir un puente de pontones a través de los estrechos con la finalidad de hacer atravesar a su ejército para atacar a los atenienses. Sin embargo, con la flota aliada ya patrullando el estrecho, este empeño resultó inútil. Heródoto nos narra que el rey persa celebró un consejo de guerra en el que su general Mardonio trató de aclarar la derrota:

No tenéis, señor, por qué apesadumbraros por la desgracia que acaba de sucedernos, ni darlo todo ya por perdido, como si fuera esta una derrota decisiva; que no depende todo del fracaso de cuatro maderos, sino del valor de los infantes y caballos. Es esto en tanto grado verdad, que de todos esos que se lisonjean de haberos dado un golpe mortal, ni uno solo habrá que saltando de sus buques se atreva a haceros frente, ni os la hará nadie de todo ese continente ya que los que tal nos intentaron, pagaron bien su temeridad. Digo, pues, que si a bien lo tenéis, nos echemos desde luego contra el Peloponeso; y si tenéis por mejor el dejarlo de hacer, en vuestra mano está dejarlo. Lo que importa es el no caer de ánimo; pues claro está que no les queda a los griegos escape alguno para no venir a ser esclavos vuestros, pagándoos con eso el castigo de lo que acaban de hacer ahora y de lo que antes hicieron: soy, pues, de opinión que así lo verifiquéis. Si estáis con todo resuelto a retiraros con el ejército, otra idea se me ofrece en este caso. Soy de parecer que no lo hagáis con nosotros de manera que esos griegos se burlen y rían de los persas. Nada se ha malogrado, señor, por parte de los persas, ni podéis decir en qué acción no hayan cumplido todo su deber, pues en verdad no tienen ellos la culpa de tal desventura. Esos fenicios, esos egipcios, esos chipriotas, esos cilicios, son y han mostrado ser unos cobardes. Supuesto, pues, que no son culpables los persas, si no queréis quedaros aquí, volveos en hora buena a vuestra casa y corte, llevando en vuestra compañía el grueso del ejército; que a mi cuenta quedará el sujetar la Grecia entera a vuestro dominio, escogiendo para ello 300.000 hombres de vuestro ejército.

Temiendo que los griegos pudieran atacar los pontones tendidos en el Helesponto, atrapando así a Jerjes en Europa, el rey persa decidió marcharse con gran parte de su ejército. Mardonio eligió a dedo algunas tropas para que se quedaran con él en Grecia, las unidades de élite de la infantería y la caballería, para intentar completar la conquista del mundo heleno. Sin embargo, todas las fuerzas persas abandonaron el Ática e invernaron en Beocia y Tesalia, con lo que los atenienses pudieron retornar a su ciudad arrasada para pasar el invierno.

Al año siguiente, 479 a. C., Mardonio recapturó Atenas y el ejército aliado permaneció protegiendo el istmo de Corinto. A pesar de ello, los helenos, bajo liderazgo espartano, intentaron finalmente forzar a Mardonio a combatir y marcharon hacia el Ática. El general persa retrocedió hasta Beocia para atraer a los aliados a un terreno abierto y ambos bandos acabaron por encontrarse cerca de la ciudad de Platea, que había sido arrasada el año anterior. Allí, en la batalla de Platea, el ejército griego consiguió una victoria decisiva, aniquilando a gran parte del ejército medo y poniendo fin a la invasión persa de Grecia. Mientras, en la casi simultánea batalla naval de Mícala la armada aliada acabó con lo que quedaba de la flota persa.

Batalla de Salamina
Guerras Médicas
La batalla de Salamina, óleo sobre tela pintado en 1868 por Wilhelm von Kaulbach


Fecha Septiembre del 480 a. C.
Lugar Estrechos de la isla griega de Salamina
Coordenadas 37°57′05″N 23°34′00″E (mapa)
Casus belli Invasión persa de Grecia
Resultado Victoria decisiva griega
Beligerantes
Ciudades-estado griegas  Imperio persa
Comandantes
Temístocles
Euribíades
Jerjes I
Artemisia I de Caria
Ariamenes
Fuerzas en combate
366-378 navíos ~1200 navíos según fuentes antiguas
600-800 navíos según estimaciones actuales
Bajas
40 navíos 200 navíos

1037 – Batalla de Tamarón


La batalla de Tamarón fue un enfrentamiento militar que tuvo lugar el año 1037 entre las tropas del rey leonés Bermudo III y las del conde de Castilla Fernando Sánchez.

 

Distintas versiones de los hechos difieren tanto en las fechas (30 de agosto, 1 de septiembre o 4 de septiembre), como en el emplazamiento de la batalla (Tamarón (Burgos) o Támara de Campos (Palencia)). Las crónicas najerense, silense y Chronicon mundi de Lucas de Tuy además de los anales Toledanos, Compostelanos y Castellanos Segundos dan como lugar de la batalla el valle de Tamarón. Según se relata en la Crónica Silense y del Tudense, el rey Bermudo y su ejército cruzó la frontera de Castilla «o sea la línea del Pisuerga, y en la cuenca de aquel río, en el valle del Tamarón, arroyo situado al este de Castrojeriz (…) se enfrentaron los leoneses con el ejército navarro castellano…» y que la batalla tuvo lugar «super vallem Tamaron», y Tamarón es el actual pueblo de Burgos que se halla en el marcado valle que forma el arroyo de Sambol. Támara, que nunca fue llamada Tamarón, no está situada en ningún valle. Es con De rebus Hispaniae de Jiménez de Rada donde viene la confusión, ya que dicho autor situaba la batalla junto al río Carrión, donde se encuentra relativamente cerca la villa de Támara (Palencia).

Los orígenes de la batalla tienen como escenario la Tierra de Campos, los territorios entre el Cea y el Pisuerga disputados entre León y Castilla desde el siglo IX. Dicha zona había sido incorporada a Castilla en tiempos de Sancho III el Mayor, y Bermudo III quería recuperarlas. Fernando I, por su parte, consideraba esa zona como dote de su esposa Sancha de León, hermana del rey leonés.

Las tropas de Fernando I ayudadas por las de su hermano, el rey de Pamplona García Sánchez, vencieron a Bermudo III de León que perdió la vida en la batalla, supuestamente a manos de siete enemigos cuando se adelantaba a sus huestes en busca del conde castellano. Autopsias realizadas en el siglo XX demuestran que sufrió una cuarentena de heridas de lanza, muchas de ellas en el bajo vientre, comunes en otros caballeros medievales una vez desmontados. Por otra parte, el número de heridas pone de manifiesto la saña con la que fue desmontado y matado en mitad de la lucha al caer en medio de las filas enemigas.

…pero la muerte, lanza en ristre, que es criminal e inevitable para los mortales, se apodera de él (Bermudo) y le hace caer de la carrera de su caballo; siete caballeros enemigos acaban con él. García (rey de Navarra) y Fernando presionan sobre ellos (los leoneses). Su cuerpo es llevado al panteón de los reyes de León. Después, muerto Vermudo, Fernando asedia a León y todo el reino queda en su poder”.

Crónicas de los reinos de Asturias y León, Jesús E. Casariego. Ed. Everest (1985)

Muerto Bermudo III sin descendencia, el trono pasó a su hermana Sancha, que cedió los derechos a su marido Fernando I, que se coronó rey de León.

Batalla de Tamarón
Fecha 30 de agosto o 1 de septiembre o 4 de septiembre de 1037
Lugar Tamarón, Burgos, ( España)
Coordenadas 42°16′00″N 3°59′00″O (mapa)
Resultado Victoria decisiva castellano-pamplonesa
Consecuencias El conde Fernando es coronado rey de León debido al traspaso de los poderes por parte de su mujer, hermana de Bermudo III
Beligerantes
Reino de León Condado de Castilla
Reino de Pamplona
Comandantes
Bermudo III † Fernando I
García Sánchez III

Guerra más Corta de la Historia


La que tradicionalmente se considera como la guerra más corta de la historia ocurrió el 27 de agosto de 1 896, enfrentando a Gran Bretaña y a su por entonces sultanato dependiste de Zanzíbar (territorio insular africano hoy integrado en Tanzania). La guerra fue declarada a las 9.02 de la mañana y finalizó 38 minutos después, a las 9.40. La flota británica, al mando del contralmirante Harry Holdsworth Rawson (1843-1910), presentó un ultimátum a Said Jalid, que acababa de derrocar al sultán impuesto por los británicos, para que se rindiera y abandonara el palacio.

El único barco de guerra de Zanzíbar, el mercante transformado Glasgow, al acercase a la flota británica, fue hundido con dos certeros cañonazos. Inmediatamente, esos mismos cañones dirigieron sus bocas hacia el palacio del sultán, quien, a la vista del cariz que tomaban los acontecimientos, se rindió incondicionalmente. No obstante, los cañones dispararon y destruyeron el palacio. Acabada la efímera guerra, los británicos exigieron que el nuevo gobierno de Zanzíbar pagara las municiones utilizadas en la refriega, en concepto de reparaciones de guerra. Por su parte, Rawson fue condecorado con la Estrella Brillante de Zanzíbar, de primera clase, por el nuevo sultán Hamud ibn Muhammad.