Imperio Persa


os persas fueron un pueblo de origen indoeuropeo de la rama indo-irania que acabaron fusionándose con los pueblos que conquistaron en la época aqueménida. Se originó como un grupo de tribus nómadas cuya localización original radicaba al norte de la meseta de Irán. Alrededor de 1400 a. C., algunas de estas tribus, antepasadas de los persas históricos, se trasladaron hacia el sur de Irán.

El primer imperio

Antes del surgimiento de la nación persa, la zona del Medio Oriente venía siendo azotada por las guerras. El foco de estas guerras era el estado agresor y militarista de Asiria. Los asirios constantemente lanzaban campañas contra los pueblos que los rodeaban, saqueando, efectuando matanzas y deportando a las poblaciones o a sus clases dirigentes por lo menos. Esto provocó un gran deterioro humano y económico en toda la zona, incluso en Asiria, que llegó a despoblarse debido a las graves bajas sufridas en las guerras. Finalmente Asiria comenzó a debilitarse, sus enemigos se unieron en una gran coalición, la derrotaron y para el año 610 a. C. los asirios habían sido totalmente sometidos. La nueva situación mostró cuatro nuevos ejes de poder: en el actual Irán y el oeste de Turquía, los medos; en Mesopotamia, Siria y Palestina los neobabilonios; en el Norte de África los egipcios, que intentaban extender su influencia a Palestina y Siria; y en la zona de Turquía, diferentes estados, con influencias griegas. Estos estados englobaban variadas poblaciones, no todas sumisas al nuevo orden.[cita requerida] Siguió habiendo guerras, pero no tan cruentas como las campañas asirias. El mayor problema era que, a pesar de tener un gobierno nominal, estaban desorganizados. Muchos de esos gobiernos eran intolerantes y cobraban impuestos excesivos. Los persas eran un núcleo de pueblos con identidad propia que habitaban en el sur del actual Irán, estando sometidos al gobierno de los medos, pero con un cierto grado de autogobierno.

La expansión persa

En el 559 a. C. asume el trono de Persia Ciro II, de la dinastía Aqueménida. Hasta ese momento los persas eran nominalmente súbditos de los medos. Con Ciro esto cambió, puesto que independizó al país y lanzó a continuación una guerra de conquista contra sus antiguos amos. A pesar de haberlos derrotado, Ciro les permitió seguir ocupando cargos y mantener cierta autonomía. Luego se dedicó a conquistar las zonas del Asia Central y la frontera con la India, donde se fundaron ciudades y se construyeron fortificaciones para proteger el Imperio frente a los ataques de los nómadas del Asia Central. A continuación las fuerzas persas pasaron a la ofensiva en Asia Menor y subyugaron el reino de Lidia, cuyo rey era el famoso Creso. Esta zona junto con Jonia estaba poblada por griegos o tenía influencia griega, lo que hizo que la población fuera levantisca. Luego de un periodo sin guerras los persas atacaron Babilonia apoderándose además de toda la Mesopotamia, Siria e Israel. Los persas liberaron a los israelitas de su cautiverio en Babilonia y en muchas zonas fueron recibidos como libertadores. Luego de estas campañas falleció Ciro II y lo sucedió en el trono Cambises, que conquistó Egipto para Persia. Egipto nunca aceptó el dominio persa, por lo que eran frecuentes las conspiraciones y los alzamientos. En varias oportunidades se sublevó y logró recuperar su independencia por algún tiempo. También las zonas griegas del Asia menor se sublevaron entre 499 y 494 a. C. (revuelta jónica) con ayuda de los griegos de Europa especialmente de Atenas, lo que llevó a los persas a tratar de eliminar la amenaza griega en dos oportunidades, fracasando estrepitosamente. A partir de la derrota en Grecia los griegos con sus recursos limitados pasaron a la ofensiva, atacando en algunos puntos o apoyando a los revoltosos en otros, sin dañar demasiado al Imperio aqueménida. Los persas hábilmente promovieron la rivalidad entre Atenas y Esparta.

Los persas llegaron a ocupar territorios desde el norte de Grecia hasta el río Indo y el Amu Daria, incluyendo Tracia, Egipto, Oriente Medio, Asia Menor y el Cáucaso.

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Godofredo de Bouillón


Godofredo de Bouillón (Bolonia sobre el Mar, Francia c. 1060 – Jerusalén, Reino de Jerusalén 18 de julio de 1100), fue gobernador de Jerusalén luego de su conquista por parte del ejército cruzado bajo el título de “Defensor del Santo Sepulcro”; además de ostentar los títulos de Duque de Bouillon, Margrave de Amberes y Duque de Baja Lorena. Hijo de Eustaquio II de Boulogne y de Ida de Lorena, fue un destacado líder militar en la Primera cruzada.

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1503 – Batalla de Ceriñola


La batalla de Ceriñola (28 de abril de 1503) fue un enfrentamiento bélico ocurrido entre las tropas francesas y españolas, con victoria de estas últimas, durante la segunda guerra de Nápoles, en lo que hoy es la ciudad de Cerignola (provincia de Foggia, en la Apulia), en aquel entonces una pequeña villa sobre un cerro y protegida por un foso y un talud levantado por las tropas españolas allí acantonadas. Ceriñola marca el inicio de la hegemonía que España impuso en los campos de batalla europeos hasta la derrota de Rocroi en 1643.

El Gran Capitán encuentra el cadáver de Luis de Armagnac

Antecedentes

Tras la inesperada ruptura por parte de los franceses del Tratado de Granada, por el que el Reino de Nápoles quedaba repartido entre España y Francia, el duque de Nemours forzó a las huestes del Gran Capitán a batirse en retirada y refugiarse en la ciudad de Barletta, en 1502. A la espera de refuerzos, las tropas españolas se dedicaron a practicar salidas nocturnas y emboscadas contra los franceses, táctica heredada de la guerra de Granada y que exasperaba a los franceses que no estaban acostumbrados a ese tipo de enfrentamientos. Durante aquella espera, llegaron a organizarse duelos singulares entre caballeros españoles y franceses. El más famoso tuvo lugar el 21 de septiembre de 1502, y en él se batieron durante más de 6 horas once caballeros franceses contra once españoles. El resultado fue muy favorable a los españoles, resultando un caballero muerto, otro rendido y 9 heridos por parte francesa, y un caballero rendido y dos heridos por parte española.

Finalmente, tras la victoria de la escuadra española del almirante Juan Lezcano sobre la francesa del almirante Prijan en la batalla de Otranto, el Gran Capitán pudo reforzarse con lansquenetes alemanes, con los cuales se lanzó a la ofensiva en la primavera de 1503. Para avanzar con la mayor rapidez posible, el general español ordenó que cada caballero transportase en las grupas de su caballo a un infante, lo que dado el sentido del honor de la época, provocó un aluvión de protestas por parte de los soldados. El Gran Capitán acalló inmediatamente las quejas dando ejemplo él mismo. Gracias a esta acción, inaudita para aquella época, el ejército español logró alcanzar la pequeña villa de Ceriñola con tiempo suficiente para preparar cuidadosamente la defensa ante el inminente ataque francés. Rápidamente el general español ordenó cavar un foso y con la tierra extraída levantar un parapeto sobre el que se afianzaron afiladas estacas. Cuando finalmente las tropas del duque de Nemours se aproximaron a Ceriñola, el Gran Capitán ya había preparado la defensa y definido una estrategia.

El 28 de abril de 1503 tuvo lugar la batalla. Como se ha dicho anteriormente, mandaba a los franceses, fundamentalmente caballería pesada y piqueros suizos, Luis de Armagnac, conde de Guisa, duque de Nemours y virrey de Nápoles (desde 1501), y a los españoles Gonzalo Fernández de Córdoba, llamado el Gran Capitán.

Ejército español

Las fuerzas españolas estaban formadas mayoritariamente por infantería, compuesta por arcabuceros, ballesteros, coseletes, y piqueros. En cuanto a la caballería, ésta era llamativamente escasa en comparación con otros ejércitos, y estaba formada por caballería ligera y caballería pesada. La artillería disponible constaba de unas 13 piezas dispuestas en una pequeña colina que se elevaba tras el foso y el talud (formado a su vez por la tierra extraída al cavar el foso) que protegían Ceriñola.

Los arcabuceros, en primera línea, estaban dispuestos en dos grupos de unos 500 hombres cada uno tras el talud que seguía al foso excavado y en varias trincheras situadas delante del foso. Tras ellos, y en el centro se agrupaban unos 2.500 piqueros alemanes. A ambos lados de los piqueros se habían situado sendos grupos de unos 2.000 coseletes y ballesteros cada uno. Tras los coseletes y hacia los flancos, se colocaron los dos grupos de unos 400 hombres de caballería pesada, mandados por Próspero Colonna y Pedro de Mendoza.

Finalmente, en la colina en la que se encontraba la artillería, se situó un grupo de 850 hombres de la caballería ligera, dirigidos por Fabrizio Colonna y Pedro de Pas, ambos bajo mando inmediato del Gran Capitán, que tenía desde allí una visión completa del campo de batalla. La misión de la caballería ligera era evitar que las tropas francesas copasen a la infantería española en caso de conseguir romper las defensas y atravesar el talud.

Por lo tanto, aunque Gonzalo Fernández de Córdoba se enfrentaba a fuerzas superiores, había conseguido muchas ventajas estratégicas gracias a su cuidadosa preparación de la batalla, pues había ocupado las alturas de Ceriñola, y atrincherado sus soldados con empalizadas, fosos y estacas. Además, también su artillería estaba mejor situada que la francesa.

Ejército francés

Las fuerzas francesas seguían manteniendo un concepto de batalla casi feudal, con preponderancia de las cargas de caballería pesada, y con un alto número de mercenarios (en este caso suizos), pero, al mismo tiempo, contaban con más artillería que los españoles. Esta paradoja sería constante en la primera mitad del siglo XVI en todos los ejércitos franceses.

En el caso de Ceriñola, las tropas francesas, mandadas por el duque de Nemours, se agrupaban en cuatro grandes bloques. En vanguardia, estaba la caballería pesada, separada en dos grupos de unos 1.000 jinetes cada uno. En ella, al mando inmediato, se encontraba el propio duque de Nemours. Tras ellos se situaron 3.000 piqueros mercenarios suizos, mandados por Chadieu. Inmediatamente después, en otro gran grupo de 3.000 hombres, se situó la infantería gascona. Al frente de la infantería se situaron las 26 piezas de artillería de las que disponían. Finalmente, la caballería ligera, mandada por Yves d’Allegre, aguardaba tras todos ellos orientada hacia el flanco izquierdo en el sentido de avance de las tropas.

La batalla

Una de las características más sorprendentes de la batalla, fue la extrema rapidez con la que se desarrolló. Desde la primera carga francesa hasta la rendición, apenas transcurrió una hora.

El Gran Capitán, conocedor del entusiasmo de los franceses por las cargas de caballería, ideó una estratagema que consistía en provocar una carga y atraer la caballería francesa hasta el alcance de la artillería y los arcabuceros españoles, para infligir desde el primer momento el mayor daño posible al enemigo con el mínimo coste. De este modo, cuando la tarde empezaba a caer, la caballería española salió a campo abierto y simuló una carga contra los franceses.

Tras una breve escaramuza, los españoles fingieron la retirada, perseguidos por la caballería pesada francesa, que antes de llegar al foso y el talud, se encontró inesperadamente con las trincheras de vanguardia en las que se agazapaba parte de los arcabuceros, que inmediatamente abrieron fuego, al igual que hizo la artillería. Esto provocó un retroceso momentáneo de la caballería francesa, que se lanzó entonces en paralelo al talud y hacia la izquierda, tratando de buscar una vía de entrada a los parapetos del flanco derecho español. Durante este recorrido, la caballería francesa fue destrozada por el fuego de los arcabuceros españoles, muriendo en ese momento el duque de Nemours que fue alcanzado por 3 disparos.

Todo el ejército francés se lanzó entonces a la batalla, emplazando su artillería en vanguardia de la infantería, y disponiéndose los 3 grandes bloques restantes en posición diagonal con respecto al foso y al talud que protegían a las tropas españolas.

En plena batalla, la artillería española quedó inutilizada al explotar accidentalmente toda la pólvora. El Gran Capitán, testigo del desastre de su artillería arengó inmediatamente a sus tropas diciendo ¡Ánimo! ¡Estas son las luminarias de la victoria!¡En campo fortificado no necesitamos cañones!

La infantería francesa entabló combate entonces con las tropas españolas, pero fueron diezmados por el fuego incesante de los arcabuceros. El jefe de los piqueros suizos, Chadieu, cayó también muerto. Cuando la proximidad de la infantería francesa fue demasiado peligrosa para los arcabuceros, el general español les ordenó retirarse a la vez que ordenaba avanzar a los piqueros alemanes, que se enfrentaron en combate cerrado a los suizos y gascones, rechazándolos finalmente.

Por último, y ante el desastre francés, el Gran Capitán ordenó a todas sus tropas abandonar las posiciones defensivas y lanzarse al ataque. La infantería francesa fue rodeada entonces por los ballesteros, arcabuceros, coseletes y por la caballería pesada española, sufriendo un gran número de bajas. La caballería ligera española se lanzó a su vez contra la caballería ligera francesa, al mando de Yves d’Allegre, que se vio obligado a huir. Ante esta circunstancia, la caballería ligera española también cargó contra la infantería francesa. Las tropas francesas ante el tremendo castigo que estaban sufriendo acabaron por rendirse.

Durante la batalla, los arcabuceros españoles efectuaron un total de unos 4.000 disparos.

Consecuencias

La derrota francesa en Ceriñola, junto con la batalla de Seminara ocurrida la semana anterior, en la que las tropas españolas de Fernando de Andrade y Hugo de Cardona vencieron al ejército francés de d’Aubigny en Calabria, supuso un giro a la situación de la guerra en Nápoles: a partir de este momento serían las fuerzas españolas quienes tomaran la iniciativa en el transcurso de la guerra, haciendo retroceder a los franceses hacia el norte.

Desde el punto de vista militar supuso una revolución en las tácticas de batalla, y sembraría algunas de las bases de la guerra moderna. Por primera vez en la historia, una infantería provista de arcabuces logró derrotar a la caballería en campo abierto. El general español aplicó un sistema de contención-contraataque, fundado en la utilización de las armas de fuego con finalidad fijante y de perturbación de la carga de caballería francesa, añadiendo además una acertada elección de la ocasión y el terreno (incluyendo su preparación) donde presentar batalla. Además, el Gran Capitán demostró una vez más que un ejército formado por unidades más pequeñas e independientes proporcionaba una movilidad que suponía una ventaja determinante en batalla con respecto a ejércitos agrupados en bloques más numerosos como el mandado en aquella ocasión por el duque de Nemours. A pesar de que hasta entonces los ejércitos españoles, al igual que los de otras potencias europeas, estaban basados en el uso masivo de la caballería, herencia de las guerras de la Reconquista, esta nueva infantería estaba estructurada en unidades creadas por el Gran Capitán y llamadas coronelías, las cuales, una vez probada su gran eficacia en batalla, serían la semilla de los célebres tercios españoles durante las décadas siguientes.

Ceriñola marca el inicio de la era de la infantería, que se mantendría como la fuerza preponderante en cualquier ejército de Europa durante más de 4 siglos, hasta bien entrada la Primera Guerra Mundial.

Batalla de Ceriñola
la segunda guerra de Nápoles
Fecha 28 de abril de 1503
Lugar Ceriñola (Apulia), Italia
Coordenadas 41°16′00″N 15°54′00″E
Resultado Victoria decisiva española
Beligerantes
Pavillon royal de la France.png Reino de Francia Pendón heráldico de los Reyes Catolicos de 1492-1504.svg Reino de España
Comandantes
Luis de Armagnac  †
Chadieu  †
Yves d’Alègre
El “Gran Capitán”
Próspero Colonna
Diego de Mendoza
Fabrizio Colonna
Fuerzas en combate
Infantería ligera: 3.000
Piqueros: 3.000
Caballería ligera: 1.500
Caballería pesada: 2.000
Artillería: 26 piezas
Total: 9.500 hombres y 26 piezas de artillería
Infantería ligera: 2.000
Ballesteros: 2.000
Piqueros: 2.500
Caballería ligera: 850
Caballería pesada: 800
Arcabuceros: 1.000
Artillería: 13 piezas
Total: 9.150 hombres y 13 piezas de artillería
Bajas
4.000 soldados 100 soldados

Lombardos


Los lombardos (en latín, langobardi, de donde procede el nombre alternativo de longobardos) fueron un pueblo germánico originario del norte de Europa que se asentó en el valle del Danubio y desde allí invadieron la Italia bizantina en 568 d.C bajo el liderazgo de Alboino. Establecieron el Reino lombardo de Italia, que duró hasta el año 774 d.C, cuando fue conquistado por los francos.

Sacro Imperio Romano Germánico​


El Sacro Imperio Romano Germánico​ (en alemán: Heiliges Römisches Reich; en latín: Sacrum Romanum Imperium o Sacrum Imperium Romanum​—para distinguirlo del Reich alemán de 1871—, y también conocido como el Primer Reich o Imperio antiguo) fue una agrupación política ubicada en la Europa occidental y central, cuyo ámbito de poder recayó en el emperador romano germánico desde la Edad Media hasta inicios de la Edad Contemporánea.

Su nombre deriva de la pretensión de los gobernantes medievales de continuar la tradición del Imperio carolingio (desaparecido en el siglo X), el cual había revivido el título de Emperador romano en Occidente,3​ como una forma de conservar el prestigio del antiguo Imperio romano. El adjetivo «sacro» no fue empleado sino hasta el reinado de Federico Barbarroja (sancionado en 1157) para legitimar su existencia como la santa voluntad divina en el sentido cristiano. Así, la designación Sacrum Imperium fue documentada por primera vez en 1157,4​ mientras que el título Sacrum Romanum Imperium apareció hacia 11844​ y fue usado de manera definitiva desde 1254. El complemento Deutscher Nation (en latín: Nationis Germanicæ) fue añadido en el siglo XV.

El Imperio se formó en 962 bajo la dinastía sajona a partir de la antigua Francia Oriental (una de las tres partes en que se dividió el Imperio carolingio). Desde su creación, el Sacro Imperio se convirtió en la entidad predominante en la Europa central durante casi un milenio hasta su disolución en 1806. En el curso de los siglos, sus fronteras fueron considerablemente modificadas. En el momento de su mayor expansión, el Imperio comprendía casi todo el territorio de la actual Europa central, así como partes de Europa del sur. Así, a inicios del siglo XVI, en tiempos del emperador Carlos V, además del territorio de Holstein, el Sacro Imperio comprendía Bohemia, Moravia y Silesia. Por el sur se extendía hasta Carniola en las costas del Adriático; por el oeste, abarcaba el condado libre de Borgoña (Franco-Condado) y Saboya, fuera de Génova, Lombardía y Toscana en tierras italianas. También estaba integrada en el Imperio la mayor parte de los Países Bajos, con la excepción del Artois y Flandes, al oeste del Escalda.

Debido a su carácter supranacional, el Sacro Imperio nunca se convirtió en un Estado nación o en un Estado moderno; más bien, mantuvo un gobierno monárquico y una tradición imperial estamental. En 1648, los Estados vecinos fueron constitucionalmente integrados como Estados imperiales. El Imperio debía asegurar la estabilidad política y la resolución pacífica de los conflictos mediante la restricción de la dinámica del poder: ofrecía protección a los súbditos contra la arbitrariedad de los señores, así como a los estamentos más bajos contra toda infracción a los derechos cometida por los estamentos más altos o por el propio Imperio.

Entonces, el Imperio cumplió igualmente una función pacificadora en el sistema de potencias europeas; sin embargo, desde la Edad Moderna, fue estructuralmente incapaz de emprender guerras ofensivas, extender su poder o su territorio. Así, a partir de mediados del siglo XVIII, el Imperio ya no fue capaz de seguir protegiendo a sus miembros de las políticas expansionistas de las potencias internas y externas. Esta fue su mayor carencia y una de las causas de su declive. La defensa del derecho y la conservación de la paz se convirtieron en sus objetivos fundamentales. Las guerras napoleónicas y el consiguiente establecimiento de la Confederación del Rin demostraron la debilidad del Sacro Imperio, el cual se convirtió en un conjunto incapaz de actuar. El Sacro Imperio Romano Germánico desapareció el 6 de agosto de 1806 cuando Francisco II renunció a la corona imperial para mantenerse únicamente como emperador austríaco, debido a las derrotas sufridas a manos de Napoleón I.

 

Bohemundo de Tarento


Bohemundo I de Tarento o Bohemundo I de Antioquía, (San Marco Argentano, 1058 – Canosa, 3 de marzo de 1111), Príncipe de Tarento y después príncipe de Antioquía. Junto a su padre, Roberto Guiscardo, luchó férreamente contra el Imperio bizantino. Fue uno de los más importantes líderes de la Primera Cruzada, en donde consiguió ser príncipe de los territorios recientemente conquistados de Antioquía. Tras ser apresado por los musulmanes y escapar a Francia, logró casarse con la hija del rey Felipe I de Francia. Tras ser derrotado en su último intento de atacar al emperador bizantino Alejo I Comneno, se vio obligado a firmar el Tratado de Diabolis, un humillante pacto que destruyó su carrera militar y política.

Caballero Frances, siglo XIII


Luis IX fue el último monarca europeo que emprendiera el camino de las Cruzadas contra los musulmanes. La primera vez, entre 1248 y 1254, en lo que luego se llamó la Séptima Cruzada, Luis desembarcó en Egipto y llegó a tomar la ciudad de Damieta, pero poco después sus tropas fueron sorprendidas por la crecida del Nilo y la peste. Combatiendo en terreno desconocido para ellos, los franceses, junto con su rey, cayeron prisioneros de sus enemigos y sólo se salvaron pagando un fuerte rescate. Irónicamente, la séptima cruzada de Luis IX corrió una suerte similar a la quinta cruzada de Andrés II de Hungría, quien un par de décadas antes también arribó a Egipto y al poco tiempo se vio forzado a regresar a su hogar.

La octava Cruzada, en 1270, llevó a Luis frente a Túnez, ciudad a la que puso sitio. Si bien al rey lo impulsaban móviles religiosos, no era el caso de su hermano, el bastante más terrenal Carlos de Anjou,[cita requerida] rey de Nápoles, cuyos intereses en Italia, que lo vincularon estrechamente al papado, lo pusieron en situación de acabar con la competencia de los mercaderes tunecinos del Mediterráneo.

La expedición fue un desastre. Buena parte del ejército fue atacado por la disentería o, según el historiador Fernand Destaing, por la fiebre tifoidea,2​ al igual que el propio Luis IX, que murió sin haber conseguido su objetivo, el 25 de agosto de 1270.

Teutones


Teutones es el nombre que, recogido en la Edad Media, designa a los habitantes de un territorio europeo que actualmente forma parte de Alemania. Según el mapa de Ptolomeo, y de acuerdo con Pomponio Mela, los teutones habitaban en la península de Jutlandia, junto con los cimbrios.1​ Fue aproximadamente en el año 120 a. C. cuando, junto con los cimbrios, decidieron migrar de Escandinavia al sur de Europa.

Al este del Rin, los teutones han acusado siempre un origen celta, más precisamente galo, desde el nombre de sus jefes hasta el del mismo pueblo, ya que en lengua gala teuta significaba tribu y ona, agua, por lo que sería la tribu de las aguas (el Elba, en este caso). Su idiosincrasia belicosa y la amistad con tribus galas como los eburones —éstos les ceden un depósito para sus equipajes en la ciudad de Aduat cuando invaden la Galia Melenuda o central— y helvecios —quienes se unen a ellos con frecuencia) les hace fácilmente reconocibles como parte integrante del conjunto de pueblos que formaban la Galia Bélgica, con la mayoría de los cuales tenían tratados de amistad.

Los cronistas e historiadores latinos los confundieron con pueblos sajones, en particular germanos, al aceptar la división caprichosa que Roma hace de la región.2​ Determinaron que al este del Rin es país germano y, al oeste, país galo. Luego han incurrido durante dos milenios en este error todos los historiadores que se han basado en esos escritos, lo cual se ha desmentido arqueológicamente desde hace varias décadas.

A partir del año 113 a. C., los teutones y los cimbrios se unen para emigrar hacia la península ibérica, supuestamente debido a razones demográficas y sabiendo que las Galias estaban ya superpobladas. Es así que al tomar la dirección de la Galia Narbonense —la provincia romana que hoy es el sur de Francia hasta los Pirineos—, los romanos deciden detenerles temiendo que se instalen allí. Este corte del paso hacia la Hispania va a terminar suponiendo una invasión de territorios galos, que son realmente asolados por sus saqueos buscando reabastecimiento, lo que va a durar unos doce años. Hasta que Roma puede al fin detenerlos y hacerles tomar la decisión de regresar, habida cuenta de la redución de su número, debido a las cuantiosas pérdidas en combates.

A su vuelta, reencuentran a sus parientes en la cuenca del Elba, decidiendo muchos instalarse en el paso de los cimbrios, la actual Jutlandia, donde con los años terminarán predominando.

Unificación del Reino de Castilla y León


En 1230 con Fernando III El Santo se produciría la definitiva unión de los Reinos de León y de Castilla perseguida desde Fernando I. La reunificación territorial fue consecuencia lógica de la evolución de ambos territorios hacia modelos socio-económicos y jurídicos comunes y en la persecución de paralelos objetivos políticos. Los rasgos identificativos de la realidad leonesa como el Fuero Juzgo, la letra visigótica o la liturgia hispano-goda fueron diluyéndose progresivamente arrastrados por el empuje europeizante impulsado a través del Camino de Santiago. Como consecuencia de esta pérdida de identidad el reino de León poco a poco se irá “castellanizando” hasta asimilarse finalmente a la realidad castellana.

La unión castellano-leonesa coincidió con el final de la etapa almohade. El Reino de Castilla y León se beneficiaría de esta situación obteniendo una rápida expansión territorial; entre 1227 y 1262 se ocuparon las principales ciudades de Extremadura, del valle del Guadalquivir y de Murcia. El rápido avance territorial y la desafortunada política de Alfonso X “El Sabio” supuso el germen de un enfrentamiento entre la aristocracia castellana y la monarquía que marcaría la etapa siguiente. Durante el reinado de este monarca, entre 1252 y 1284, Castilla conoció un inusitado florecimiento cultural y literario aunque el engrandecimiento territorial engendraría graves desequilibrios económicos. Bajo su autoridad tuvo lugar la creación del “honrado Concejo de la Mesta” en 1273.

A la muerte de Alfonso X se desató la crisis. Los infantes de la Cerda, descendientes del primogénito de Alfonso X, reclamaron sus derechos al trono en un ambiente dominado por las reacciones del poder nobiliario ante el poder real. Las luchas nobiliarias se acrecentaron durante las minoridades de Fernando IV y Alfonso XI, a pesar de lo cual éste último pudo hacer frente a la amenaza de los benimerines en la batalla de Salado del año 1340, propiciando un breve paréntesis de estabilidad institucional. Su sucesor Pedro I tuvo de nuevo que actuar contra una aristocracia castellana apoyada por el rey de Aragón en un período de crisis económica y demográfica agravada por la Peste Negra. La sublevación señorial encabezada por Enrique, conde de Trastámara y hermano bastardo de Pedro I, motivó la intervención de Francia e Inglaterra en los asuntos castellanos; de esta forma se amplió la Guerra de los Cien Años al solar castellano-leonés. El conflicto finalizó con el triunfo y establecimiento de la dinastía de los Trastámara en la Corona de Castilla. El advenimiento de Enrique IV significó la victoria de la nobleza sobre la autoridad real. El estamento señorial recibió por ello sustanciosos beneficios. La política francófona de los primeros Trastámara llevaría a la derrota de Aljubarrota en 1385 contra los portugueses en la pretensión de Juan I de alcanzar el trono lusitano; y la posterior invasión de Castilla y León por las tropas inglesas del duque de Lancaster.

Juan I emprendería importantes reformas como la creación del Consejo Real de Castilla y la reforma de la Audiencia, institución creada por Enrique II; antecesora de la futura Cancillería que se establecerá en Valladolid en 1436. En el siglo XV Castilla y León experimentaron una recuperación demográfica y económica. La conquista del territorio andalusí se reiniciaría con la toma de Antequera en 1410; así como la ocupación de las islas del archipiélago canario. Aunque en el terreno político social este período continuó caracterizándose por las enconadas disputas entre los grupos nobiliarios y la monarquía. Juan II habría de soportar nuevos enfrentamientos entre los partidarios de la monarquía encabezados por D. Álvaro de Luna y la aristocracia castellana auspiciada por los infantes de Aragón. La victoria realista en Olmedo en 1445 consolidaría temporalmente el poder real y de D. Álvaro de Luna aunque su influencia iría declinando hasta el punto de ser condenado a muerte por el propio rey en 1453. Con Enrique IV la denominada “Farsa de Ávila”, representación por parte de la alta nobleza del destronamiento del rey, significó el momento de máximo desprestigio de la autoridad real. A pesar de ello el monarca reaccionó imponiéndose en la segunda batalla de Olmedo en 1467. Los últimos años del reinado de Enrique IV estuvieron marcados por el problema sucesorio que se decidiría raíz de la guerra civil entre los partidarios de Juana la Beltraneja y los de Dña. Isabel, hermana del rey Enrique y casada con Fernando de Aragón, los futuros Reyes Católicos. A pesar de la inestabilidad institucional el Reino castellano-leonés disfrutó a lo largo de la segunda mitad del siglo XV de un auge económico que repercutiría en su futuro político y en su posterior difusión supraterritorial.

En 1479 derrotados, los partidarios de la Beltraneja, Isabel iniciaría su reinado gobernando conjuntamente con Fernando en Castilla y Aragón. La política interior de los Reyes Católicos en la Corona de Castilla se configuró en la búsqueda de una mayor autonomía regia con respecto a la nobleza y el clero, en el objetivo de consolidar el poder monárquico. La generalización de la figura de los Corregidores en las ciudades castellano-leonesas significó la injerencia real en los asuntos concejiles enmarcado en esa intención de controlar todos los estamentos políticos e institucionales. El descubrimiento de América y sobre todo la conquista de Granada en 1492, empresas organizadas y sufragadas por la Corona de Castilla principalmente, tendrán una trascendencia decisiva para el futuro del Reino castellano-leonés. Tras la muerte de Isabel “La Católica” en 1504 y la conflictiva regencia de Fernando de Aragón y del cardenal Cisneros desembarcó en las tierras castellanas Carlos I hijo del que fuera rey de Castilla durante el año 1506 Felipe El Hermoso y de Juana I, hija de los Reyes Católicos. Este nuevo monarca, rodeado de una corte de consejeros flamencos, centró su actividad primera en obtener la investidura del Sacro Imperio Romano. La fuerte presión ejercida para conseguir subsidios de la Corona de Castilla con el fin de acometer el proyecto y la injerencia real en la política de las ciudades castellanas llevó a la rebelión del Reino. La insurrección se inició en Segovia y se extendió desde allí a las más importantes ciudades castellanas; Burgos, Ávila, León, Palencia, Soria… irían incorporándose progresivamente a la rebelión. En Ávila se nombró Capitán General de la “Santa Junta de los Comuneros” a Juan de Padilla. El incendio de Medina del Campo efectuado por los partidarios realistas agravaría el conflicto. Carlos I tras un primer período conciliador reaccionó enérgicamente. La toma de Tordesillas en 1520 y la decisiva batalla de Villalar en 1521 marcaron el ocaso de la rebelión comunera. Los cabecillas del movimiento: Padilla, Bravo y Maldonado serían ejecutados, únicamente Toledo resistió hasta 1522. La derrota comunera vino a señalar el fortalecimiento del poder real en detrimento de las instituciones y oligarquía urbana castellanas, así como su sumisión a los objetivos imperiales que caracterizarían a la dinastía Habsburgo.

Orden hospitalaria


Una orden hospitalaria es un tipo de orden religiosa que tenía por objeto admitir y cuidar a los viajeros, peregrinos, pobres y enfermos. También se encargaban de defender a los peregrinos en algunos caminos peligrosos.

Las órdenes hospitalarias deben generalmente su origen a alguna necesidad apremiante e imprevista, a algún azote destructor que no se puede combatir con los medios ordinarios como el fuego de San Antón, la peste negra, etc y al hospedaje y protección de peregrinos a Tierra Santa, por ejemplo; lo cual las diferencia de las órdenes militares cristianas, que tenían un objetivo espiritual centrado en la cruzada contra los infieles y la conquista (reconquista en España) y cristianización de paganos e infieles.

Las órdenes hospitalarias comprendían dos clases: las dedicadas exclusivamente a la hospitalidad (hospedaje y sanación de enfermos: curar cuerpos curando almas, con el trasfondo medieval cristiano de la dualidad enfermedad-pecado) y las que a la vez eran hospitalarias y de protección militar a peregrinos (ayuda y socorro al viajero que se desplaza por motivos religiosos por territorios agrestes o peligrosos).

La más antigua de ellas fue fundada en Siena a finales del siglo IX por un piadoso habitante de dicha ciudad que abrió en ella un hospital llamado Della Scala.

Órdenes hospitalarias

Entre las órdenes hospitalarias son notables:

  • Caballeros de Jerusalén, más conocidos con el nombre de Hermanos hospitalarios
  • Caballeros teutónicos
  • Congregación de San Juan de Dios o de hermanos de la Caridad
  • Congregación de los Buenos Hijos, fundada en 1645 en Armentières.
  • Caballeros de la Orden de Constantino, de la Orden Dorada, de la Orden Angélica o de la Orden de San Jorge, fundada por Isaac II Ángelo a finales del siglo XII.
  • Canónigos y Caballeros del Santo Sepulcro.
  • Hospitalarios del Monte de San Bernardo.
  • Hospitalarios de Nuestra Señora del Monte Carmelo.
  • Hospitalarios de San Lázaro de Jerusalén, de Rodas y de Malta.
  • Hermanos Hospitalarios de San Antonio, fundada en 1095 en el Reino de Arlés y canónicamente unida a la de Malta en 1777, perdiendo sus últimos monasterios y hospitales en 1803, durante el periodo de
  • Mediatización y Secularización del Sacro Imperio Romano Germánico.
  • Caballeros de la Milicia del Temple o Templarios.
  • Hospitalarios de Burgos.
  • Hospitalarios de San Juan de Dios.
  • Hermanos enfermeros, Mínimos u Obregones, instituidos en España en 1567.
  • Orden de la Caridad de San Hipólito, establecida en México.
  • Hospitalarios de Tierra Santa.

Existían también comunidades de Hermanas hospitalarias, y entre ellas, las más conocidas son:

  • Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul
  • Hermanas de la Casa de Dios
  • Hermanas hospitalarias de Nuestra Señora de París, congregación fundada en 1624 por Francisco de la Croix
  • Hermanas de la Caridad, agregadas a la orden tercera de San Francisco de Asís