Las Aportaciones del Himalaya al Deshielo del Planeta


Un nuevo estudio del deshielo en el planeta cuestiona que los grandes glaciares de Asia acumulados al pie de las montañas más altas del mundo se estén derritiendo de forma acelerada debido al cambio climático. La pérdida de glaciares en el Himalaya y el resto de grandes cordilleras de Asia era polémica, ya que el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU dijo por error en 2007 que sus glaciares desaparecerían en 2035. El fallo alimentó la hoguera del negacionismo del cambio climático. Sin embargo, ningún investigador serio duda de que este fenómeno esté sucediendo, ni siquiera los autores del nuevo trabajo.“La Tierra está perdiendo una cantidad de hielo increíble cada año y nuestros nuevos resultados servirán para aclarar el aumento del nivel del mar y la respuestas de los glaciares al cambio global”, explica John Wahr, investigador de la Universidad de Colorado en Boulder y coautor del estudio, publicado hoy en Nature.

El trabajo calcula que el mar ha subido cerca de 1,5 milímetros cada año debido al deshielo de glaciares y casquetes de todo el mundo entre 2003 y 2010. La subida es, por ejemplo, mayor que la calculada en 2007 en un gran estudio global que atribuía al deshielo una subida del nivel del mar de 1,1 milímetros al año entre 1996 y 2006, según explica Jonathan Bamber, investigador de la Universidad de Bristol, en un comentario publicado junto al trabajo de Wahr.

El problema de los cálculos anteriores es que se basaban en observaciones hechas a pie de glaciar. En el mejor de los casos, se tomaban medidas de unos cientos de lugares y se extrapolaban a todo el planeta, que contiene unos 200.000 glaciares. El nuevo estudio se ha realizado por satélite, gracias a los dos artefactos GRACE que, desarrollados por Alemania y EEUU, pueden medir cambios en el nivel del terreno en toda la Tierra desde el espacio. Los investigadores han medido con ellos los descensos del terreno en los casquetes polares y el resto de glaciares del mundo con más de 100 kilómetros cuadrados.El dato más sorprendente es que los hielos del Himalaya, el Karakórum y el resto de cordilleras asiáticas apenas han contribuido al aumento del nivel del mar, que se achaca en su mayoría a la Antártida y Groenlandia. Si se excluyen estas dos enormes reservas, el deshielo en le resto del mundo es de menos de la mitad de lo que indicaban estudios anteriores. Pero el cálculo global confirma o incluso empeora las estimaciones anteriores. Entre 2003 y 2010, las grandes masas heladas de la Tierra han perdido 4,3 billones de toneladas. Derretidas, podrían cubrir EEUU con medio metro de agua, señalan los autores del trabajo.

Fuente: Público

Las Agresiones a la Selva Amazónica


En la Amazonia brasileña vivían seis millones de personas en 1969; medio siglo después, en 2010, la población había aumentado hasta los 25 millones y la superficie de selva se había reducido un 20%, señala un equipo internacional de científicos. Deforestación, incendios, extensión de la agricultura, talas de árboles, sequías y cambio climático… las agresiones se acumulan una tras otra en esa región del planeta extensa y compleja, cuya biomasa retiene unos 100.000 millones de toneladas de carbono, es decir, más de lo que emite en 10 años en todo el mundo los combustibles fósiles. Los ciclos de agua y energía están ya en transición en algunas regiones amazónicas. ¿Existe un umbral de cambio irreversible? “Las selvas tropicales son grandes actores del balance global del clima y del carbono, y el Amazonas es el mayor de esos actores”, señala Paulo Artaxo, de la Universidad de São Paulo (Brasil).

Los científicos conocen mucho de la Amazonia, pero ignoran muchos procesos clave para vislumbrar su futuro, y los cambios tienen alcance planetario: la región puede pasar de ser un sumidero de carbono a ser un emisor. “La selva tiene una capacidad de recuperación considerable frente a variaciones climáticas naturales, pero el efecto del cambio climático global y regional interactúa con los cambios del uso de la tierra, la tala de árboles y los incendios de un modo complejo, provocando que los ecosistemas forestales sean cada vez más vulnerables”, señalan los investigadores -de EE UU y de Brasil- que, bajo la dirección de Eric A. Davidson (del Centro de Investigación Woods Hole, EE UU), analizan el panorama del Amazonas en Nature.

La Amazonia registra variaciones climáticas naturales, como las sequías e inundaciones debidas al efecto del fenómeno oceánico El Niño-La Niña y al ciclo natural de humedad de 28 años, señalan los expertos. Los árboles están adaptados y resisten esas sequías estacionales, pero cuando son extremas, la vegetación sufre daños notables. Por eso, los investigadores advierten acerca del riesgo “de pérdida de carbono si la sequía se incrementa con el cambio climático”.

La deforestación, tanto para abrir espacio a la creciente ganadería, como debida a talas de explotación maderera y a la extensión de la agricultura (el cultivo de soja se ha extendido notablemente), es un problema conocido. Con las medidas de protección, en Brasil se ha pasado de perder casi 28.000 kilómetros cuadrados de selva cada año, en 2004, a perder menos de 7.000 kilómetros cuadrados en 2011. Pero su impacto es enorme.

“El aire que llega del Atlántico aporta dos tercios de la humedad que provocan las precipitaciones en la cuenca amazónica; el resto se debe a la evapotranspiración, sobre todo de los árboles”, señalan los científicos. Así la deforestación desencadena cambios importantes en el equilibrio hídrico, provocando a la larga una reducción de las precipitaciones, sobre todo en la región del sureste, donde la pérdida de selva es mayor. “Los cambios en las precipitaciones y en la descarga fluvial asociados a la deforestación que ya se ha observado en el sur y en el este de la Amazonia, demuestran un potencial para alteraciones significativas de la vegetación y posteriores efectos de retroalimentación”.

Otro fenómeno clave son los incendios, la mayoría provocados. Durante la estación húmeda el aire de la región amazónica es tan prístino como el aire sobre el océano abierto. Pero cuando hay un incendio, el nivel de partículas llega a 40.000 partículas por centímetro cuadrado en suspensión. Esto influye negativamente en la formación de gotas de agua y llueve menos, al tiempo que se forman nubes densas que disminuyen la cantidad de luz que llega al suelo para la fotosíntesis. El efecto es más sequía, más contaminación y mayor riesgo de incendios.

La vegetación amazónica acumula carbono, pero también emite gases de efecto invernadero. Los procesos implicados son complejos, resaltan Davidson y sus colegas: “Los impactos del cambio del uso de la tierra y del cambio climático en el Amazonas, ¿están sobrepasando el nivel de variabilidad natural del clima, las emisiones de gases de efecto invernadero y los ciclos de carbono, nitrógeno y agua?”. No tienen una respuesta para todas y cada una de las consecuencias del cambio del uso de la tierra y del calentamiento global, reconocen. Pero “la deforestación ha desplazado el balance neto de la cuenca desde un posible sumidero neto a finales del siglo XX hacia una fuente neta”.

“La selva resiste las alteraciones, pero cuando se alargan o se repiten cambia su estructura y la dinámica de nutrientes, hacia un cambio a largo plazo de la composición de la vegetación y pérdida de carbono”, concluyen.

De momento, a escala planetaria, el carbono almacenado en la vegetación tropical (América del sur, África y Asia) es notablemente superior (un 21%) a lo que se había estimado hasta ahora, según otro estudio de Woods Hole. Pero la deforestación tropical es una de las fuentes principales de gases de efecto invernadero que provocan el cambio climático, emitiendo cada año 1.100 millones de toneladas de carbono, advierten los investigadores de este segundo trabajo, liderado por Alessandro Baccini.

Ellos han hecho un mapa del carbón almacenado en bosques, arbustos y sabanas tropicales de los tres continentes combinando datos de satélites con registros de campo. El mapa, consideran los científicos, será muy útil en las políticas de control de las emisiones, al proporcionar estimaciones temporales y espaciales del carbono almacenado y el emitido con la deforestación.

Fuente: El País

La Pequeña Edad de Hielo


Desde el final de la Edad Media hasta casi acabado el siglo XIX, la Tierra pasó por un largo período de enfriamiento que los científicos denominan Pequeña Edad de Hielo, una época en la que pueblos alpinos quedaron arrasados por el avance imparable de los glaciares y los ciudadanos londinenses, aunque parezca increíble, podían patinar sobre el Támesis. El origen de esta abrupta y larga temporada de reducción de temperaturas ha sido siempre un misterio envuelto en especulaciones, pero ahora un equipo internacional, dirigido por investigadores de la Universidad de Colorado Boulder en EE.UU., cree tener la respuesta al enigma. Este frío intenso fue causado, según publican esta semana en la revista Geophysical Research Letters, por unas gigantescas erupciones volcánicas en el trópico que iniciaron una cadena de efectos sobre el clima.

Según la nueva investigación, la Pequeña Edad de Hielo comenzó repentinamente entre los años 1275 y 1300 d.C. tras sucederse cuatro erupciones volcánicas masivas en el trópico, unos episodios que duraron unos cincuenta años. La persistencia de veranos fríos tras las erupciones se explica por la posterior expansión del hielo marino y un debilitamiento de las corrientes del Atlántico relacionadas, según las simulaciones computacionales realizadas para el estudio, que también analizó patrones de vegetación muerta y datos tomados del hielo y sedimentos.

Los científicos han teorizado que la Pequeña Edad de Hielo fue causada por la disminución de la radiación solar de verano, por volcanes en erupción que enfriaron el planeta al emitir sulfatos y otras partículas en aerosol que reflejaban la luz solar hacia el espacio, o por una combinación de las dos cosas. «Esta es la primera vez que alguien ha identificado claramente el inicio específico de los tiempos de frío que marcaron la Pequeña Edad de Hielo», dice Gifford Miller, investigador de la Universidad de Colorado en Boulder y autor principal del estudio. «También hemos explicado cómo este período frío pudo mantenerse durante tanto tiempo. Si el sistema climático es golpeado una y otra vez por el frío durante un período relativamente corto -en este caso, por erupciones de origen volcánico- parece que hay un efecto de enfriamiento acumulativo»

«Nuestras simulaciones mostraron que las erupciones volcánicas pueden haber tenido un efecto de enfriamiento profundo», añade Bette Otto-Bliesner, científico del Centro Nacional para la Investigación Atmosférica (NCAR) y coautor del estudio. «Las erupciones podrían haber provocado una reacción en cadena, afectando al hielo y a las corrientes oceánicas de una manera que disminuyó las temperaturas durante siglos».



Avance de los glaciares

Los científicos estiman que los comienzos de la Pequeña Edad de Hielo se produjeron del siglo XIII al XVI, pero hay poco consenso al respecto. Aunque las temperaturas de enfriamiento pudieron afectar a lugares tan lejanos como América del Sur y China, se hizo particularmente evidente en el norte de Europa. El avance de los glaciares de los valles de montaña destruyó pueblos alpinos y las pinturas de la época muestran a la gente patinando sobre hielo en el río Támesis en Londres y en los canales de los Países Bajos, lugares que estaban libres de hielo antes y después.

«La forma dominante en la que los científicos han definido la Pequeña Edad de Hielo es por la expansión de los glaciares en los Alpes y en Noruega», apunta Miller. «Pero el tiempo en que los glaciares europeos avanzaron lo suficiente como para demoler pueblos enteros sucedió mucho tiempo después del inicio del período de frío».

Miller y sus colegas fecharon con radiocarbono cerca de 150 muestras de material vegetal muerto con las raíces intactas, recogidas en la isla de Baffin, en el Ártico canadiense. Encontraron un gran número de muestras de entre 1275 y 1300, lo que indica que las plantas habían sido congeladas y envueltas por el hielo por un acontecimiento relativamente repentino. El equipo halló un segundo repunte de muestras de plantas congeladas sobre el año 1450, lo que indica un segund0 enfriamiento.

Capas de hielo más gruesas

Para ampliar el estudio, los investigadores analizaron muestras de sedimentos de lagos glaciares vinculados a la capa de hielo de 367 kilómetros cuadrados en el Langjökull, en la sierra central de Islandia, que llega a casi un kilómetro de altura. La capas anuales en los núcleos se volvieron repentinamente más gruesas a finales del siglo XIII y otra vez en el siglo XV debido al aumento de la erosión causada por la expansión de la capa de hielo que enfría el clima.

Los científicos emplearon un modelo que simula las condiciones del mar de 1150 a 1700 dC, lo que reveló la existencia de grandes erupciones que podrían haber enfriado el hemisferio norte lo suficiente como para desencadenar la expansión del hielo marino del Ártico.

Para los científicos, una de las cuestiones para reflexionar sobre la Pequeña Edad de Hielo es lo inusual que resulta el calentamiento actual de la Tierra. Una investigación previa realizada por Miller en 2008 en la isla Baffin indicaba que las temperaturas actuales son las más cálidas en los últimos 2.000 años.

Fuente: ABC

La Misteriosa Isla de San Brandran


La Isla Brasil es una isla fantasma situada en algún lugar del océano Atlántico y conocida de diversas formas desde su primera aparición en la mitología irlandesa, alguna vez identificada con la isla de San Brandán.

En el mapa de Pizigani de 1367 con el nombre de isla de Braçir es triple; en mapas posteriores se conocerá con los nombres de Braxil, Brazille y otras variantes, con las que llegará todavía al mapa de Jefferys, publicado ya en el siglo XVIII. En el controvertido mapa de Vinlandia, se identifica con la isla de San Brandán situada frente a las costas de Francia: «Magnæ insulæ Beati Brandani Branziliæ dictæ».

En 1498 Pedro de Ayala, embajador de los Reyes Católicos ante la corte inglesa, informaba de que desde hacía siete años buscaban la isla navíos ingleses.

Tales expediciones pudieron de hecho iniciarse hacia 1480, en relación con la búsqueda de caladeros de bacalao. También hablaba de esas expediciones hacia 1498 John Day, un mercader inglés, en carta dirigida probablemente a Cristóbal Colón, donde afirmaba que los marinos de Bristol habían llegado a ella, situándola por tanto en el Atlántivo Norte, próxima a Terranova y en relación con las expediciones de Juan Cabot.

Se dice que fue descubierta por los portugueses a su llegada a Brasil tras el descubrimiento de América, aunque el primer nombre que dieron al territorio del actual Brasil fue el de «Terra Sanctae Crucis». Según ellos, su posesión colonial estaba separada del resto del continente suramericano por los ríos Orinoco, Paraguay, Río Paraná y Río de la Plata, pretendiendo así todos los territorios encuadrados entre tales ríos. Esta denominación fue mantenida prácticamente hasta mediados del siglo XVIII. Se cree que los habitantes de estas islas tenían una forma de vida muy avanzada a la de la época, y consideraban a los irlandeses, franceses, y británicos como salvajes. Un día la isla desapareció al parecer por un tsunami, ya que se hundió.

La Isla de San Borondón

Mito, leyenda, tradición y misterio oceánico que deambula errante por los mares de La Palma. En el año 480 de la Era del Señor nació Brandán en Irlanda. Desde muy joven entra en la orden benedictina. Cuentan que un día que navegaba en busca de tierras que evangelizar, cuando el crepúsculo se apoderaba de la noche, encontró una isla. Los navegantes saltaron, a esa supuesta tierra firme a descansar de jornadas en un mar tenebroso y desconocido.

El silencio y la oscuridad atrajeron a los marineros que se entregaron al sueño, mientras, Brandán rezaba, observaba el cielo y el camino de los astros, hasta que se dio cuenta que lo que creía por tierra firme se movía hacia Oriente. Con el alba reunió a sus compañeros y les dijo: “no dejemos de dar gracias al Soberano y Dueño de todas las cosas, a este Dios cuya Providencia nos ha preparado en medio de los mares un nuevo bajel que no tiene necesidad ni de nuestras velas, ni de nuestros remos”. Estaban navegando sobre el lomo de una gran ballena.

El viaje continuó lentamente durante 40 días, por mares abiertos y confiado en la Divina Providencia. Por fin la ballena, a la cual llamaban Jasconius, les arribó a una isla exuberante, altanera, con alegres cantos de mirlos y otros pájaros desconocidos, aguas de mar cristalinas donde los peces de mil colores jugaban con la espuma. Todo era quietud, paz, soledad en esa isla de limpias arenas negras, surcada por riachuelos, con extraños carneros, poblada de ricos frutos y de gratos aromas. ¿Sería el Paraíso? Siete años la habitaron. Y a ese paraíso de isla la leyenda le puso el nombre de San Barandán o San Borondón.

Y el mito y el misterio siguió corriendo los siglos, hasta que el mismísimo Cristóbal Colón en su diario de abordo anotaba el 9 de agosto de 1492 juraban muchos hombres honrados “.que cada año veían tierra al Oeste de las Canarias, que es al Poniente; y otros de La Gomera afirmaban otro tanto con juramento”. Y el almirante puso rumbo al poniente, por donde aparecía San Borondón, en busca de tierras firmes. La isla aparece y desaparece llamando a navegantes y aventureros. Se hicieron expediciones en su busca que afirmaban haber estado en ella. Errante, viajera, inestable y misteriosa. Una veces la han visto por el poniente de La Palma, más al norte o al sur, entre El Hierro y La Palma, otras frente al Puerto de Tazacorte.

Los palmeros continúan mirando al horizonte en busca de esa isla de aves y plantas exóticas, seres extraños, arroyo cristalinos, aromas dulces, tiempos apacibles y frescos, nieve en el reino del aire, mar limpio repleto de peces de mil tonalidades, gigantescos dragos que parecen dragones, montañas de formas redondas, barrancos abismales.¿Será La Palma la misteriosa y mítica isla de San Borondón y la otra, que aparece y desaparece en el horizonte, un espejismo?.

La Evolución de los Dispositivos Conectados a Internet


Día tras día, millones de personas se conectan a Internet a través de los más variados tipos de dispositivos – PCs, smartphones, TVs, tablets. Y esta es una tendencia que evoluciona y crece con el tiempo ya que en los próximos años veremos interconectados aparatos de los más insólitos como lavadoras o frigoríficos, coches, …

Pincha en la foto para verlo en grande, INCREIBLE, ¿verdad?

 

1744 – Batalla de Tolón


La batalla de Tolón o batalla del cabo Sicié fue un combate naval librado el 22 de febrero de 1744 frente a la costa francesa, cerca de Tolón, en el marco de la Guerra de Sucesión Austriaca. Una armada combinada franco-española al mando de Juan José Navarro combatió contra la flota mediterránea británica bajo el mando del almirante Mathews en un combate de resultado indeciso. En la fecha de la batalla la armada británica dominaba el Mediterráneo occidental e impedía que desde España se enviasen refuerzos por mar al centro de Italia, donde España combatía contra austríacos y sardos. La principal fuerza naval española, 12 navíos al mando del almirante Juan José Navarro, se hallaba bloqueada en Tolón. Con la firma del Segundo Pacto de Familia entre Felipe V de España y Luis XV de Francia, este último país se comprometió a apoyar a España en la guerra. Una armada conjunta franco-española se fue organizando en Tolón con el objetivo de arrebatar el control del Mediterráneo a los británicos.

Aunque la escuadra franco-española logró acabar con el bloqueo de Tolón por parte de los británicos, el resultado entre ambas escuadras fue indeciso, si bien los franco-españoles decidieron estratégicamente la batalla al conseguir por unos meses el dominio del Mediterráneo.

En la literatura inglesa la batalla es vista desde diferentes puntos de vista, desde desgracia nacional británica a combate indecisivo, derrota estratégica británica, fiasco o incluso en la literatura inmediata de la época como victoria menor británica.

Otras, inglesas también, hacen referencia a que los navíos españoles, al mando de Juan José Navarro, que sostuvieron el peso del combate por parte de la flota combinada, fueron derrotados, mientras que la mala comunicación entre el almirante Thomas Matthews y su segundo al mando, Richard Lestock, habría impedido que los británicos obtuvieran un triunfo completo. Otras fuentes inciden en que, tras siete horas de combate, la aparición de la escuadra francesa, que habría dejado de combatir contra la vanguardia británica, determinó la retirada de Matthews hasta retomar la persecución el día siguiente. El almirante británico fue sometido a un consejo de guerra por su actuación e inhabilitado para el mando. A pesar del resultado poco claro, la batalla fue celebrada como un triunfo en España. La principal consecuencia del combate, sin embargo, fue el fracaso de los planes franco-españoles de transportar tropas a Italia por mar, como apuntan algunas fuentes.

Otros autores, por el contrario, hablan de una victoria estratégica para los aliados franco-españoles, ya que Matthews dejó temporalmente el mar Mediterráneo occidental libre a los franco-españoles, que aunque no pudieron trasladar al centro de Italia a los ejércitos del infante Felipe de España y el Príncipe de Conti, como estaba previsto, aprovecharon para enviar algunos refuerzos y provisiones al mermado ejército del Conde de Gages, mientras que Navarro, con diez navíos e izando su insignia en el Santa Isabel, realizó dos cruceros durante el verano, consiguiendo apresar algunos mercantes, hasta que una nueva escuadra británica de 21 navíos, bajo el mando de William Rowley le bloqueó en Cartagena, consiguiendo el dominio efectivo del mar durante el resto de la guerra y determinando de manera importante el resultado de la misma.

Vista del combate de Tolón (22 de febrero de 1744). Estampa grabada por Fernando Selma (Museo Naval de Madrid).

Antecedentes

El 25 de octubre de 1743 los monarcas Felipe V de España y Luis XV de Francia firmaron el Segundo Pacto de Familia. El monarca francés se comprometía a declarar la guerra a Gran Bretaña y al Reino de Cerdeña y a apoyar las reclamaciones territoriales españolas en Italia. En aquel entonces las campañas españolas en la región sólo podían progresar gracias al envío de tropas a través de la frontera francesa, pues la flota británica controlaba el Mediterráneo, mientras una escuadra española al mando del almirante Juan José Navarro -que debía apoyar las operaciones- se hallaba bloqueada en Tolón desde finales de 1742.

Los planes franceses consistían en transportar al centro de Italia un contingente de 30.000 hombres al mando de Luis Francisco I de Borbón-Conti, príncipe de Conti, y parte del ejército español a las órdenes del infante Felipe de España en el norte de Italia para enlazar con el ejército del Conde de Gages en los Estados Pontificios. Para poder llevar a cabo dicho plan era imprescindible neutralizar la flota británica del Mediterráneo, al mando del almirante Thomas Matthews. Éste, por su parte, comenzó a percibir la gran actividad que se llevaba a cabo en el puerto de Tolón y, a principios de enero de 1744, desplazó su base de Villafranca a Hyères.

La flota francesa se componía de 17 navíos de línea y tres fragatas al mando del almirante Claude-Élisée de Court de La Bruyère, un hombre anciano pero vigoroso y flexible, mientras que la española disponía de 12 navíos de línea bajo el mando de Juan José Navarro, reputado por su actividad científica. De Court, que ostentaba el mando general, tuvo dificultades a la hora de organizar la flota combinada debido a los recelos existentes entre franceses y españoles. Para asegurar la cooperación de los navíos de éstos, de cuya eficiencia en combate tenía dudas, De Court propuso alternarlos con los franceses en la línea de batalla, pero Navarro se negó.

Dado que no existían hostilidades abiertas entre Francia y Gran Bretaña, De Court recibió órdenes de no abrir fuego contra la flota de Matthews a no ser que ésta lo hiciera primero. En caso de que los británicos no atacaran, los navíos españoles debían forzarlos a hacerlo, de manera que, ante la réplica británica, los buques franceses pudieran sumarse a la batalla para conseguir su objetivo de destruir la flota británica y hacerse con el dominio del Mediterráneo. Matthews, por su parte, temía que 21 navíos franceses, que estaban siendo alistados en Brest, intentaran reunirse con la escuadra franco-española en Tolón. No era el único problema que aquejaba a la flota británica, pues sus navíos estaban mal aprovisionados, en mal estado, y Matthews mantenía malas relaciones con su subordinado Richard Lestock.

La batalla

Grabado que representa las flotas franco-española y británica en la batalla de Tolón.

La flota franco-española zarpó de Tolón el 19 de febrero, navegando hacia el sur en una línea de batalla que se extendía a lo largo de seis millas, con 9 navíos franceses en la vanguardia, 6 franceses y 3 españoles en el centro, y 9 españoles en la retaguardia. De Court izó su insignia en el Terrible, de 74 cañones, mientras que Navarro hizo lo propio en el Real Felipe, de 114 cañones. La escuadra británica levó anclas al amanecer. El día 21 los 30 navíos británicos al mando de Matthews navegaban al este de la flota franco-española, maniobrando hacia el suroeste para aproximarse a la línea de batalla aliada. Matthews había dividido su flota en 3 divisiones: una vanguardia de 9 navíos al mando del contraalmirante William Rowley, un centro de 10 navíos bajo su mando directo y una retaguardia de 13 navíos al mando del vicealmirante Richard Lestock. La mañana del 22 de febrero, esta última división había quedado distanciada al menos a 7 millas del grueso de la flota, lo cual dejó a Matthews en inferioridad numérica frente a los franco-españoles.

Ambas flota navegaron en paralelo; los aliados borbónicos al oeste y los británicos al este, estando los primeros algo más avanzados. Pese a su ventaja, De Court, conforme a las órdenes recibidas, no atacó a la flota británica. Entonces, Matthews, viendo la inacción de Lestock, que no era capaz de reengancharse a la línea de batalla a pesar de sus llamamientos, dio la orden de ataque. Aunque las órdenes del almirantazgo recomendaban no hacerlo hasta que las dos flotas estuvieran alineadas, la decisión de Matthews fue correcta. A la una del mediodía, mientras la vanguardia franco-española se hallaba sin oponente, la vanguardia británica se batía con el centro francés y la división de Matthews hacía lo propio con la retaguardia al mando de Navarro. El momento parecía haber sido juiciosamente escogido, pues cinco navíos españoles, el Brillante, el San Fernando, el Halcón, el Soberbio y el Santa Isabel, habían quedado rezagados de la retaguardia, dejando al Real Felipe de Navarro con el apoyo de dos navíos, mientras otros tres seguían con los franceses.

La vanguardia franco-española, sin oponente, trató ganar el barlovento para doblar a la flota británica y ponerla bajo dos fuegos, pero la afortunada maniobra de tres capitanes británicos, los del Stirling Castle, el Warwick y el Nassau, que desobedeciendo órdenes mantuvieron sus posiciones, lo evitó. Entre tanto, Matthews, en el Namur, era apoyado por el Marlborough, que se cañoneaba con el español Santa Isabel, situado a popa del Real Felipe, y por el Norfolk, que hacía lo propio con el Constante. El Oriente, el América y el Neptuno apenas intercambiaron una salva con los navíos británicos y abandonaron su posición en la línea de batalla, dejando al Poder sólo enfrentándose a 4 navíos británicos. Esta acción fue muy criticada por el segundo capitán del Real Felipe, Lage de Cueilly, quien aseguró que la pérdida del Poder se debió a la defección de los tres navíos españoles.

Tras varias horas de combate, el Constante, puesto fuera de combate, también abandonó la línea. Desde el Real Felipe se dispararon varios cañonazos contra el navío para evitar su defección, pero fue en vano. El Norfolk, dañado en sus aparejos, no pudo perseguirlo. Lo mismo sucedió con el Hércules, que, severamente dañado, abandonó su posición, dejando al Real Felipe en solitario frente al Namur y al Marlborough. El Poder todavía permanecía en su lugar, enfrentándose a varios navíos británicos que actuaron con reluctancia y se contentaron con responder desde lejos a sus cañonazos. Sólo el capitán Hawke, del Berwick, actuó con decisión. La primera salva del navío británico causó 20 muertos entre la tripulación del Poder y le desmontó varios cañones. 20 minutos después, el capitán Rodrigo de Urrutia se rendía.

El combate entre el Namur y el Marlborough contra el Real Felipe dejó a estos dos últimos navíos seriamente averiados. A bordo del británico murieron 42 hombres, entre ellos su capitán, y resultaron heridos 121. El navío llegó a cruzar la línea franco-española, recibiendo múltiples impactos y siendo descrito posteriormente como “un perfecto naufragio”. El Real Felipe quedó fuera de combate y prácticamente silenciado. Sus bajas ascendieron a 47 muertos, entre los cuales figuraba su capitán, Nicolás Gerardino, y 239 heridos, uno de ellos el almirante Navarro, cuya valentía los británicos reconocieron. La actuación del comandante español fue, sin embargo, controvertida, pues el segundo capitán del Real Felipe declaró que, pese a que las heridas del almirante eran de escasa consideración, este se refugió bajo cubierta dejando al navío sin gobierno. Esto fue corroborado a posteriori por diversos oficiales del Real Felipe.

Matthews, habiendo dejando al buque insignia español fuera de combate, ordenó preparar un brulote, el Ann Galley, para acabar con él, y despachó los botes y pinazas de su división a remolcar al Marlborough fuera de la línea. A las cuatro en punto, cuando el Ann Galley comenzó a aproximarse al Real Felipe, dos o tres navíos españoles del grupo rezagado llegaron junto al insignia y concentraron el fuego de sus cañones sobre el brulote británico. Desde el Real Felipe se puso a la mar una lancha llena de hombres para interceptarlo. Cuando la lancha se encontraba próxima al Ann Galley, el oficial al mando del brulote disparó una pistola contra los españoles. La pólvora se prendió y la embarcación voló por los aires.

Viendo la difícil situación en la que se encontraban los españoles, De Court se dispuso a socorrerlos. El comandante francés se distanció de Rowley y se dirigió hacia el Real Felipe con sus navíos. Rowley ordenó a sus navíos continuar hostigando a los franceses para impedir que alcanzaran el centro británico, pero la maniobra francesa surtió efecto y el Real Felipe pudo escapar bajo la protección de los navíos de De Court. A las cinco en punto los británicos se distanciaron para reorganizar sus fuerzas y, a medida que se acercaba la noche, ambas flotas se separaron hasta una distancia de seis millas. El Poder, desmantelado e incapaz de seguir al resto de los navíos británicos, fue represado por varios buques franceses.

Al amanecer del día 23, la flota franco-española, reducida a 22 navíos efectivos, levó anclas y se dirigió al oeste. Matthews, de acuerdo con las ordenanzas de guerra, ordenó la persecución. En esta ocasión la flota británica formó a la perfección una línea de batalla, mientras que españoles y franceses se retiraron desordenadamente divididos en dos agrupaciones según la nacionalidad de los navíos. El español Hércules estuvo a punto de ser apresado por los británicos, pero la intervención de la escuadra francesa lo evitó. El Poder hubo de ser quemado ante la posibilidad de su represa por la vanguardia de Lestock. El día siguiente Matthews detuvo la persecución. Todo lo que podía conseguir era la captura del Real Felipe, llevado a remolque por la flota franco-española; una compensación menor que garantizar la seguridad de la costa italiana que tenía órdenes de proteger, de modo que Matthews reparó sus navíos en Mahón y prosiguió con su misión. Los navíos aliados fueron llegando a diversos puertos españoles, la mayoría de ellos a Cartagena.

Consecuencias

Aunque según los parámetros que estimó más aceptables, la opinión pública de Gran Bretaña consideró que la batalla había terminado victoriosamente para su flota, se mostró por otro lado muy insatisfecha, pues Matthews había desaprovechado la oportunidad de lograr un triunfo completo. En la literatura inglesa la batalla fue y ha sido vista desde diferentes puntos de vista, desde combate de resultado indeciso a un fracaso estratégico o un fiasco, o como una victoria menor.

En los meses que siguieron a la batalla, el almirante británico y Richard Lestock se enzarzaron en un intercambio de recriminaciones, acusándose mutuamente de haber impedido con sus acciones una victoria decisiva. Una larga serie de juicios navales se sobrevinieron para determinar quién había sido el responsable del fracaso de la flota británica a la hora de destruir a un enemigo peor comandado e inferior en número. Matthews resaltó la actitud pasiva de Lestock durante el combate, mientras este acusó al primero de carecer de coraje. El veredicto del tribunal fue muy controvertido y es tenido generalmente por injusto: Lestock fue absuelto de todos los cargos que pesaban sobre él mientras que Matthews fue declarado culpable por suspender la persecución y destituido.

La Corte española, en cambio, estaba exultante. Una escuadra española que llevaba dos años bloqueada en un puerto francés había conseguido escapar y regresar a España. A pesar de su indisciplina y de recibir mayores daños, los españoles habían combatido con coraje y conseguido batir a sus adversarios británicos a un empate virtual. Juan José Navarro fue nombrado Marqués de la Victoria por su particular triunfo. En cambio, el almirante De Court fue relevado de sus cargos a su llegada a Cartagena, lo cual, sumado a las acusaciones de varios capitanes españoles de un supuesto abandono por parte de los navíos franceses, llevó al segundo capitán del Real Felipe, Monsieur de Lage de Cueilly, a escribir su visión del combate. En ella defendía la actuación francesa y lamentaba la huida de varios navíos españoles, entre ellos el Neptuno, que llegó a Barcelona difundiendo no sólo que la escuadra francesa había abandonado a la española, sino que incluso había abierto fuego sobre ella.

El resultado de la batalla fue muy discutido en toda Europa. Mientras en poemas y romances españoles trataba de presentarse el combate como la victoria de 12 navíos españoles sobre 47 ingleses, y publicaciones modernas como la Revista de Historia Naval, publicada por el Ministerio de Defensa de España, hablan de “traición de nuestros aliados franceses“, y de “aplastante e inesperada victoria“; el historiador naval español Cesáreo Fernández Duro, juzga lo siguiente sobre la acción:

«En puridad, éstos [los navíos españoles] rechazaron á los enemigos; más no habiéndoles tomado ni destruido ninguna de sus naves, no habiéndolos causado mayor daño del que recibieron, no sabiendo maniobrar como ellos, mal podrían considerarse vencedores. Es evidente que cortaron la línea los ingleses porque se les consintió verificarlo; el hecho de combatir con tres á cinco navios á cada uno de los nuestros indica que se hallaban separados, esto es, que no guardaban ni mantenían tal línea, expuestos á igual suerte que en la batalla de Cabo Passaro. Si por dicha no quedaron destruidos, á más no alcanzó su acción, honrosa en verdad; pero resistir no es vencer».

Batalla de Tolón
Guerra de Sucesión Austriaca
Fecha 22 de febrero de 1744
Lugar Cabo Sicié, cerca de Tolón, Francia
Coordenadas 42°46′45″N 5°41′27″E (mapa)
Resultado Victoria estratégica franco-española

  • Retirada de la armada británica.
Beligerantes
 Reino de España
Reino de Francia
Bandera del Reino Unido Reino de Gran Bretaña
Comandantes
Juan José Navarro Bandera del Reino Unido Thomas Mathews
Fuerzas en combate
27 navíos de línea
3 fragatas
2 brulotes
1 navío hospital
30 navíos de línea
3 fragatas
3 brulotes
3 bergantines
Bajas
149 muertos
467 heridos
1 navío de línea
342 muertos
800 heridos
10 barcos dañados
1 brulote

Historia del Virreinato de Nueva España


El Virreinato de Nueva España fue uno de los cuatro virreinatos en que se dividía administrativamente la América colonial española. Fue el primero en fundarse, en 1535; incluyó todas las posesiones españolas al norte del istmo de Panamá, las islas del Caribe y las Filipinas. El Virreinato de Nueva España desapareció oficialmente en 1821, con la independencia de los territorios que formaban parte de dicha entidad político-administrativa.

Fundación del Virreinato

Antes de la creación del Virreinato, la Audiencia de México fue la máxima autoridad en el territorio denominado Nueva España, subordinada al Consejo de Indias y al propio monarca español. La audiencia, integrada por oidores, era un órgano que aunaba el poder político y administrativo, a la vez que ejercía como tribunal superior de justicia para dirimir tanto asuntos civiles como criminales. La audiencia no incluía competencias militares, ya que estas funciones correspondían al capitán general; ni asuntos relativos al fisco, que estaban encargados a los oficiales reales. Junto a la Audiencia de México, se creó la de Nueva Galicia, con sede en la ciudad de Guadalajara, subordinada a la anterior.

Los problemas administrativos en este inmenso territorio, según avanzó la conquista y colonización del territorio, hicieron necesaria la creación del Virreinato. Así, en 1535 el rey Carlos I firmó el decreto para la instauración del Virreinato de Nueva España, con capital en la ciudad de México. El origen de la entidad hay que buscarlo en la institución veneciana, utilizada también por portugueses y aragoneses, éstos últimos en Cerdeña, Sicilia y Nápoles. El éxito del sistema explica su extensión al resto del territorio americano, con la creación del Virreinato del Perú y, a partir del siglo XVIII, del de Nueva Granada y del Río de la Plata.

El virrey de Nueva España, como el resto de los virreyes en América, debía ejercer como alter ego del monarca, al que debía rendir cuentas directamente. Además de ser el máximo jefe militar, el virrey era el instrumento para reforzar el poder real ante los enormes conflictos que habían surgido entre los conquistadores y la incapacidad de gobernadores y audiencias para asegurar el poder de la Corona. Así, debía evitar conflictos de competencias entre oficiales con similares rangos y parecidas responsabilidades, y erradicar los abusos de los conquistadores (entre ellos, los derivados del desarrollo del sistema de encomiendas) y el fraude de los funcionarios. Las ordenanzas por las que se nombraba al virrey le hacían responsable de recolectar impuestos, asegurar el monopolio comercial de la corona y apoyar las labores de evangelización de los indios.

Al crearse el Virreinato en 1535, la Audiencia de México mantuvo sus funciones políticas, administrativas y jurídicas, si bien asumía un papel auxiliar en el gobierno del virrey ya que éste, a su vez, presidía la audiencia. Sólo en caso de emergencia (la más obvia era la muerte del virrey durante el ejercicio de su cargo), se permitía que la audiencia tomara las riendas del gobierno hasta que el monarca nombrara a otro funcionario para dicho cargo. Conviene mencionar que, tras la instauración del virreinato, el virrey asumía el papel del capitán general, por lo que era jefe supremo en los asuntos militares. El virrey contaba con poderes casi absolutos en todas las áreas (con amplias prerrogativas en temas religiosos, ya que ejercía en nombre del rey las funciones asociadas al Regio Patronato), pero no dictaba justicia. Del virrey dependían una multitud de empleados y autoridades subalternas por medio de las cuales gobernaba el enorme territorio bajo su mando. De esas autoridades, las más importantes fueron los alcaldes mayores y los corregidores, que residían en las principales ciudades de provincia.

El nombre del virreinato crea frecuentes confusiones, ya que el Consejo de Indias dio a esta unidad político-administrativa el mismo nombre que a la Audiencia de Nueva España, en el territorio bautizado así por Hernán Cortés. El Virreinato en 1535 en realidad integraba todos los territorios que administraban las audiencias de Nueva España, Nueva Galicia, Santo Domingo y Guatemala. La Audiencia de Nueva España (o Audiencia de México) abarcaba Michoacán, México, Coatzacoalcos, Mixteca, Yucatán, Cozumen y Tabasco, y la costa del Golfo de México hasta Florida (península que quedó integrada más tarde en la gobernación de Cuba); la Audiencia de Guatemala administraba justicia en el resto del territorio centroamericano; la Audiencia de Guadalajara asumió el control de Nueva Galicia, Culiacán, Copalá, Colima y Zacatula; y, por último, la Audiencia de Santo Domingo mantenía jurisdicción sobre las islas del Caribe y parte de la costa de la actual Venezuela. Más tarde, en 1565, se incorporó al Vierreinato de Nueva España el Archipiélago de las Filipinas.

El instrumento de control que el rey y el Consejo de Indias idearon para el control de la labor de los virreyes fue la Visita. Los visitadores generales se encargaban de controlar a los virreyes y otros funcionarios reales. Su labor consistía en inspeccionar y revisar la conducta de las autoridades, virrey incluido, e imponer suspensiones y penas, en caso necesario. Por otro lado, la ley contemplaba que los altos funcionarios pudieran ser sometidos a los llamados Juicios de Residencia, un proceso que consistía en una investigación pública acerca del modo en que un empleado o un funcionario había desempeñado su cargo, particularmente acerca del manejo de la hacienda.

Consolidación del Virreinato

Como ya se ha indicado, a partir de mediados del siglo XVI, el Virreinato de Nueva España incluía legalmente los territorios actuales de México, América Central, sureste de los Estados Unidos, las Antillas y las Islas Filipinas. El gobierno del virrey en dicho territorio era en muchos casos más téorico que práctico, por lo que prácticamente ejercía como gobernador de los territorios que englobaban las audiencias con sede en la ciudad de México y Guadalajara, que comprendían el Reino de Nueva España, el Nuevo Reino de León, el reino de Nueva Galicia (norte y este de México), Nuevo Santander (Tamaulipas y y sureste de Texas), la provincia de Texas o Nueva Filipinas, la provincia de Coahuila, la provincia de Nueva Vizcaya, la provincia de Nuevo México, la provincia de Sonora y Sinaloa, y la provincia de California. Aun así, su autoridad era directa sólo en el territorio comprendido entre San Luis de Potosí, Zacatecas y Culiacán, y el Itsmo de Tehuantepec, es decir, el centro y el sur de México. El resto de las gobernaciones y las audiencias de este inmenso territorio estaban subordinadas a la autoridad del virrey y a la audiencia de Nueva España, pero en la práctica estas unidades político-administrativas de rango inferior se gobernaban con independencia.

La compartimentación del virreinato comenzó pronto. En 1543 se creó la Audiencia de Santiago de Guatemala, donde se estableció el reino de Guatemala, que a partir de 1570 abarcaba desde Chiapas a Costa Rica. Esta audiencia estaba regida por un gobernador y capitán general y presidente de la audiencia (es decir, acaparaba poderes jurídicos, administrativos y militares). El Reino de Guatemala se administró independientemente casi desde el comienzo del virreinato, aunque siempre se mantuvo subordinado al Virreinato de Nueva España. El proceso de división del virreinato en reinos menores respondió a la necesidad de crear unidades administrativas y militares en las zonas donde existía una significativa vulnerabilidad por una posible intervención extranjera. La solución práctica consistió en crear capitanías generales donde el virrey mantenía un poder nominal, pero donde el gobernador y capitán general de la circunscripción asumía de hecho los poderes del virrey. Con este sentido se creó en 1548 la Capitanía General de Nueva Galicia y, tras la conquista de Filipinas en 1565, este archipiélago, dependiente de Nueva España, se mantuvo bajo el gobierno del capitán general de Manila, que seguía órdenes directas del Consejo de Indias. El proceso de erosión de poderes por compartimentación administrativa del territorio continuó con la decisión tomada en 1576 de crear la Capitanía General de Venezuela, que abarcaba las Islas del Caribe y parte de la costa de Sudamérica.

Reorganización y fin del Virreinato

La organización del virreinato se mantuvo hasta el último cuarto del siglo XVIII, cuando la política borbónica iniciada a raíz de la visita de José de Gálvez a Nueva España dio curso a una remodelación del sistema de gobierno en los territorios españoles en América. Muchas de estas reformas respondieron a un interés militar. Cuatro fueron las capitanías generales enmarcadas en el Virreinato de Nueva España: las de Guatemala, Venezuela, Cuba y Manila. La primera reforma significativa fue la asignación de la Capitanía General de Venezuela en 1773 al Virreinato de Nueva Granada. Más importante fue, sin embargo, la creación de las Provincias Internas, fundadas por decreto de 1776 con el rango de comandancia general, ya que la creación de las provincias supuso una separación de estos territorios de la jurisdicción del virrey. La decisión de establecer esta nueva unidad respondió claramente a los cambios producidos tras el fin de la Guerra de los Siete Años, y a los cambios subsiguientes producidos en la distribición territorial en América. Así, el primer comandante general de las Provincias Internas, Teodoro de Croix, asumió el poder en las provincias de Texas, Nuevo México, Coahuila, Nueva Vizcaya, Sinaloa, Sonora y las dos Californias. Más tarde, éstas se organizaron en dos entidades: las Provincias Interiores de Oriente y las de Occidente. Las de Oriente abarcaban Nuevo León, Santander, Coahuila y Texas; las de Occidente, por su parte, comprendían Durango, Arizpe y las dos Californias. Un año más tarde, en 1777, se creó la Capitanía General de Cuba, a la que se asignaron los territorios cedidos por Francia en el Tratado de París (1763), esto es, la sección occidental de los territorios de la provincia francesa de Luisiana.

La otra gran decisión en la política reformista durante el gobierno de Carlos III fue sin duda la instauración del sistema de intendencias, introducidas en Nueva España en 1786 tras haberse ensayado con éxito en el resto de los virreinatos desde 1782. Los decretos reales crearon doce de estas jurisdiciones, al frente de las cuales se colocó un gobernador intendente. Estos intendentes concentraron las funciones políticas, judiciales y militares de los antiguos gobernadores, corregidores y alcaldes mayores, y además les fueron encomendadas funciones financieras y económicas. Las intendencias de Nueva España fueron las siguientes: México (con rango de superintendencia), Puebla de los Ángeles, Veracruz, Mérida de Yucatán, Antequera de Oaxaca, Valladolid (Michoacán), Santa Fe de Guanajuato, San Luis Potosí, Guadalajara, Zacatecas, Durango y Arizpe (que comprendía Durango y Sinaloa). Por otra parte, las mismas Ordenanzas de Intendentes crearon un gobierno separado para San Salvador, Chiapas, Honduras y Nicaragua (que incluía a la actual Costa Rica).

La reforma administrativa introducida en 1786 con la instauración del sistema de intendencias modificó la organización del Virreinato, a la vez que recortaba enormemente el poder de los virreyes. El sistema no se modificó en lo sustancial hasta que desapareció el Virreinato en 1821, cuando España, a través del último virrey, Juan O’Donojú, aceptó la independencia de México y de la República Centroamericana.

Virreyes

Entre los 62 virreyes que ejercieron dicho cargo en Nueva España, once fueron clérigos y de ellos ocho fueron arzobispos, por lo que concentraron la máxima autoridad civil, militar y religiosa. El puesto de primer virrey en América fue ofrecido a Antonio de Mendoza, caballero de la Orden de Santiago y antiguo embajador en Roma, tras haberlo rechazado diversos miembros de la nobleza, entre ellos el Conde de Oropesa y Manuel Benavides. Mendoza llegó a México en 1535. Fue por tanto él quien puso las bases del sistema virreinal en América y el que tuvo que hacer frente a los problemas surgidos entre las diversas facciones de los conquistadores. En efecto, su nombramiento se debió en parte a los problemas que se experimentaron durante las dos primeras audiencias (la primera, presidida por Nuño de Guzmán, y la segunda, de la que formaban parte el obispo Fuenleal y Vasco de Quiroga), órganos supremos de gobierno en el territorio tras la conquista de Cortés. El virrey Mendoza, durante sus 15 años de servicio en Nueva España, logró contrarrestar el poder de Cortés, que detentaba el título de capitán general, y de personajes como Nuño de Guzmán, que había pasado a ocupar el cargo de gobernador de Nueva Galicia. El primer virrey, antes de marchar a Perú para hacerse cargo del puesto en América del Sur, se encargó de construir iglesias y hospitales, y de fomentar las expediciones hacia las fronteras del virreinato. Su gran reto fue, sin embargo, la aplicación de las Leyes Nuevas (1542), dictadas para acabar con los abusos sobre los nativos, perpetuados a través del sistema de encomienda.

En 1551, tras la marcha de Mendoza a Perú, se hizo cargo del virreinato Luis de Velasco, padre de otro destacado virrey de Nueva España y Perú. Luis de Velasco padre se esforzó por aplicar con más rigor las Leyes Nuevas y mitigar los abusos a los indígenas. Velasco, de rancia familia castellana, también destacó por el desarrollo de la cultura. Así, el gran hito durante su mandato fue la fundación en 1553 de la Universidad de México. Por otra parte, en 1565 las islas Filipinas, reclamadas un año antes por Legazpi, pasaron a formar parte del Virreinato de Nueva España. El intenso comercio que más tarde se inició entre Acapulco y Manila conectó México con Filipinas, a pesar de que las islas se gobernaban independientemente como capitanía general.

Martín Enríquez, que gobernó entre 1568 y 1580, destacó por su labor durante los conflictivos años del comienzo de la decadencia española. Así, este virrey logró rechazar el ataque de los ingleses a Veracruz, comandados por Jonh Hawkins, e inició inmediatamente las obras para reforzar las defensas de las posesiones españolas. Asimismo, se preocupó por fortalecer los fuertes del norte (con expediciones como la de Francisco de Ibarra, que partió de Nueva Vizcaya y llegó hasta los territorios de Sonora y Saltillo) y modificó el gobierno local para que los criollos tuvieran acceso a cargos públicos. Las expediciones de expansión del virreinato a finales del siglo XVI fueron impulsadas por otros virreyes, entre ellos Luis de Velasco hijo (quien gobernó también en Perú y regresó a Nueva España para retomar el mando del Virreinato) y Gaspar de Zúñiga. Con ello se llegó a consolidar el asentamiento californiano de Monterrey (nombre que tomó en honor de Zúñiga, Conde de Monterrey). Asimismo, estos virreyes impulsaron el desarrollo económico del virreinato a través de la promoción de la industria de la lana, y se preocuparon por el desarrollo de la ciudad de México, capital virreinal.

A mediados del siglo XVII destaca el gobierno de Juan Palafox, obispo de Puebla, quien entre 1640 y 1642 asumió los cargos de Virrey y Arzobispo de México como consecuencia del juicio de residencia al que fue sometido el Duque de Escalona, virrey de Nueva España. Tras destituir a Escalona, el juez-visitador Palafox inició una serie de reformas para acabar con la corrupción imperante. Tras el nombramiento del Conde de Salvatierra como nuevo virrey, Palafox regresó a Puebla, donde encontró serios problemas con los jesuitas, que trataron de defender sus privilegios. Palafox regresó finalmente a España, donde fue nombrado para ocupar la dirección de un obispado. A finales del siglo XVII destaca el virrey Gaspar de la Cerda Sandoval, Conde de Gelves, quien organizó la expedición por la costa de Texas para expulsar a los franceses que buscaban asentarse en este territorio y organizó, en 1690, la campaña para la reconquista de Santo Domingo por medio de la Armada mexicana de Barlovento.

Antonio de Bucareli y Ursúa, nombrado por Carlos III, gobernó con notable éxito en Nueva España entre 1771 y 1779. A él se le reconoce una administración eficaz y honrada, con especial impacto en la capital de esta circunscripción. Frey Antonio de Bucareli fundó un Hospicio de Pobres, el Hospital de Dementes, el Montepío y el Tribunal de Minería. Asimismo, durante su mandato se preocupó por mejorar las defensas, y mandó construir, por ejemplo, el Castillo de San Diego de Acapulco.

Durante el gobierno del virrey Martín de Mayorga, se participó activamente en contra de Gran Bretaña, tanto en Belice como en Panzacola, para apoyar así el proceso de independencia de los Estados Unidos. Más tarde, durante el gobierno de Bernardo de Gálvez (1785-87) se instauró el sistema de intendencias diseñado por su hermano, José de Gálvez, a la vez que se fomentaron las expediciones hacia la frontera norte para afianzar las posiciones españolas en Sonora, Sinaloa y Chihuahua.

Ya en los últimos años de dominio español en Nueva España destacó el Conde de Revillagigedo, que gobernó entre 1789 y 1794. Hijo de otro virrey de esta misma demarcación, el conde de Revillagigedo, Juan Vicente de Güemes, tuvo el mérito de ser uno de los cuatro criollos que ocupó el cargo de alter ego del rey en un virreinato americano. Fue el encargado de gobernar en los tumultuosos años que siguieron a la Revolución Francesa. Su gobierno se destacó por las reformas administrativas, el mejoramiento del sistema judicial, la regularización de las finanzas, y el ímpetu que se dio a la agricultura, la minería, la educación y las artes. Asimismo, Revillagigedo consolidó el poder español en la costa de California y recomendó las expediciones hacia la costa de Alaska. También se preocupó por el mejoramiento de la capital del virreinato y proyectó grandes obras de ingeniería, como la construcción del canal del Lago de Texcoco. Pese a su impresionante labor, fue sustituido tras ser acusado de corrupción. Dicha acusación (que más tarde se probó injusta) fue motivada por el deseo de Manuel Godoy de instalar en el puesto a su cuñado, el Marqués de Branciforte.

Durante el último periodo del virreinato de Nueva España destaca el nombramiento del General Calleja, Conde de Calderón, que ocupó el cargo de virrey en 1813, mientras las tropas francesas desocupaban la Península Ibérica. El gobierno de Calleja trató infructuosamente de recuperar el control de un país abocado inexorablemente a la independencia. La captura, juicio y ejecución de Morelos, firmada por Calleja en 1815, marcó el principio de la desintegración final del virreinato. Tras Calleja, el monarca nombró a tres virreyes, el último de los cuales, Juan O’Donojú, nombrado por los constitucionalistas españoles, llegó a México el 3 de agosto de 1821; tres semanas más tarde O’Donojú firmó con Itúrbide los Tratados de Córdoba, que pusieron fin al Virreinato de Nueva España y al dominio español en gran parte del territorio que formaba parte de esta vasta unidad político-administrativa.

Lista de virreyes de Nueva España

Antonio de Mendoza, Conde de Tendilla (1535-1552).
Luis de Velasco, “el Viejo” (1551-1566).
Gastón de Peralta, Marqués de Falces (1566-1568).
Martín Enríquez de Almansa (1568-1580).
Lorenzo Suárez de Mendoza, Conde de La Coruña (1580-1584).
Pedro Moya de Contreras, Arzobispo de México (1584-1585).
Álvaro Manrique de Zúñiga, Marqués de Villamanrique (1585-1590).
Luis de Velasco, Conde de Santiago y Marqués de Salinas (1590-1595).
Gaspar de Zúñiga y Acebedo, Conde de Monterrey (1595-1603).
Juan Manuel Hurtado de Mendoza y Luna, Marqués de Montesclaros (1603-1607).
Luis de Velasco, Conde de Santiago y Marqués de Salinas (1607-1611).
García Guerra, Arzobispo (1611-1612).
Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar (1612-1621).
Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, Conde de Priego y Marqués de Gelves (1621-1624).
Rodrigo Pacheco y Ossorio, Marqués de Cerralvo (1624-1635).
Lope Díaz de Armendáriz, Marqués de Cadereita (1635-1640).
Diego López Pacheco Cabrera y Bobadilla, Duque de Escalona y Marqués de Villena (1640-1642).
Juan de Palafox y Mendoza, Arzobispo de México (1640-1642).
García Sarmiento de Sotomayor, Conde de Salvatierra y Marqués de Sabroso (1642-1648).
Marcos de Torres y Rueda, Obispo de Yucatán (1648-1650).
Luis Enríquez de Guzmán, Conde de Alba de Liste y Marqués de Villaflor (1650-1653).
Francisco Fernández de la Cueva, Duque de Alburquerque (1653-1660).
Juan de Leyva y de la Cerda, Conde de Baños (1660-1664).
Diego Osorio de Escobar y Lamas, Arzobispo de México (1664).
Antonio Sebastián de Toledo, Molina y Salazar, Marqués de Mancera (1664-1673).
Pedro Nuño Colón de Portugal, Duque de Veraguas y de la Vega y Marqués de Jamaica (1673).
Payo Enríquez de Ribera, Arzobispo de México (1673-1680).
Tomás Antonio de la Cerda, Marqués de la Laguna (1680-1686).
Melchor Portocarrero Lasso de la Vega, Conde de Monclova (1686-1688).
Gaspar de la Cerda Sandoval Silva y Mendoza, Conde de Galve (1688-1696).
Juan Ortega Montañés, Obispo de Michoacán (1696-1697).
José Sarmiento Valladares, Conde de Moctezuma (1697-1701).
Juan Ortega Montañés, Obispo de Michoacán (1701-1702).
Francisco Fernández de la Cueva, Duque de Alburquerque (1702-1711).
Fernando de Alencastre Noroña y Silva, Duque de Linares (1711-1716).
Baltasar de Zúñiga, Marqués de Valero (1716-1722).
Juan de Acuña, Marqués de Casafuerte (1722-1734).
Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, Arzobispo de México (1734-1740).
Pedro de Castro y Figueroa Salazar, Duque de la Conquista (1740-1742).
Pedro Cebrián y Agustín, Conde de Fuenclara (1742-1746).
Francisco de Güemes y Horcasitas, Conde de Revillagigedo (1746-1755).
Agustín de Ahumada y Villalón, Marqués de las Amarillas (1755-1760).
Francisco Cajigal de la Vega (1760).
Joaquín de Monserrat, Marqués de Cruilles (1760-1766).
Carlos Francisco de Croix, Marqués de Croix (1766-1771).
Antonio María de Bucareli y Ursúa (1771-1779).
Martín de Mayorga (1779-1783).
Matías de Gálvez (1783-1785).
Bernardo de Gálvez, Conde de Gálvez (1785-1787).
Alonso Núñez de Haro, Arzobispo de México (1787).
Manuel Antonio Flórez (1787-1789).
Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, Conde de Revillagigedo (1789-1794).
Miguel de la Grúa Talamanca, Marqués de Branciforte (1794-1798).
Miguel José de Azanza (1798-1800).
Félix Berenguer (1800-1803).
José de Iturrigaray (1803-1808).
Pedro Garibay (1808-1809).
Francisco Javier de Lizana (1809-1810).
Francisco Javier Venegas (1810-1813).
Félix María Calleja (1813-1816).
Juan Ruiz de Apodaca (1816-1821).
Pedro Novella (1821).
Juan O’Donojú (1821).

Historia de la matemáticas


DEFINICION DE MATEMÁTICAS, estudio de las relaciones entre cantidades, magnitudes y propiedades, y de las operaciones lógicas utilizadas para deducir cantidades, magnitudes y propiedades desconocidas. En el pasado las matemáticas eran consideradas como la ciencia de la cantidad, referida a las magnitudes (como en la geometría), a los números (como en la aritmética), o a la generalización de ambos (como en el álgebra). Hacia mediados del siglo XIX las matemáticas se empezaron a considerar como la ciencia de las relaciones, o como la ciencia que produce condiciones necesarias. Esta última noción abarca la lógica matemática o simbólica -ciencia que consiste en utilizar símbolos para generar una teoría exacta de deducción e inferencia lógica basada en definiciones, axiomas, postulados y reglas que transforman elementos primitivos en relaciones y teoremas más complejos.

Trataremos la evolución de los conceptos e ideas matemáticas siguiendo su desarrollo histórico. En realidad, las matemáticas son tan antiguas como la propia humanidad: en los diseños prehistóricos de cerámica, tejidos y en las pinturas rupestres se pueden encontrar evidencias del sentido geométrico y del interés en figuras geométricas. Los sistemas de cálculo primitivos estaban basados, seguramente, en el uso de los dedos de una o dos manos, lo que resulta evidente por la gran abundancia de sistemas numéricos en los que las bases son los números 5 y 10.

  1. Las matemáticas en la antigüedad
  2. Las matemáticas en Grecia
  3. Las matemáticas aplicadas en Grecia
  4. Las matemáticas en la edad media
  5. Las matemáticas en el mundo islámico
  6. Las matemáticas durante el renacimiento
  7. Avances en el siglo XVII
  8. Situación en el siglo XVIII
  9. Las matemáticas en el siglo XIX
  10. Las matemáticas actuales

Las matemáticas en la antigüedad

Las primeras referencias a matemáticas avanzadas y organizadas datan del tercer milenio a.C., en Babilonia y Egipto. Estas matemáticas estaban dominadas por la aritmética, con cierto interés en medidas y cálculos geométricos y sin mención de conceptos matemáticos como los axiomas o las demostraciones.

Los primeros libros egipcios, escritos hacia el año 1800 a.C., muestran un sistema de numeración decimal con distintos símbolos para las sucesivas potencias de 10 (1, 10, 100.), similar al sistema utilizado por los romanos. Los números se representaban escribiendo el símbolo del 1 tantas veces como unidades tenía el número dado, el símbolo del 10 tantas veces como decenas había en el número, y así sucesivamente. Para sumar números, se sumaban por separado las unidades, las decenas, las centenas. de cada número. La multiplicación estaba basada en duplicaciones sucesivas y la división era el proceso inverso.

Los egipcios utilizaban sumas de fracciones unidad ( : ), junto con la fracción , para expresar todas las fracciones. Por ejemplo, era la suma de las fracciones y . Utilizando este sistema, los egipcios fueron capaces de resolver problemas aritméticos con fracciones, así como problemas algebraicos elementales. En geometría encontraron las reglas correctas para calcular el área de triángulos, rectángulos y trapecios, y el volumen de figuras como ortoedros, cilindros y, por supuesto, pirámides. Para calcular el área de un círculo, los egipcios utilizaban un cuadrado de lado . del diámetro del círculo, valor muy cercano al que se obtiene utilizando la constante pi (3,14).

El sistema babilónico de numeración era bastante diferente del egipcio. En el babilónico se utilizaban tablillas con varias muescas o marcas en forma de cuña (cuneiforme); una cuña sencilla representaba al 1 y una marca en forma de flecha representaba al 10 (véase tabla adjunta). Los números menores que 59 estaban formados por estos símbolos utilizando un proceso aditivo, como en las matemáticas egipcias. El número 60, sin embargo, se representaba con el mismo símbolo que el 1, y a partir de ahí, el valor de un símbolo venía dado por su posición en el número completo. Por ejemplo, un número compuesto por el símbolo del 2, seguido por el del 27 y terminado con el del 10, representaba 2 × 60 2 + 27 × 60 + 10. Este mismo principio fue ampliado a la representación de fracciones, de manera que el ejemplo anterior podía también representar 2 × 60 + 27 + 10 × ( \ ), o 2 + 27 × ( \ ) + 10 × ( \ ) – 2 . Este sistema, denominado sexagesima l (base 60), resultaba tan útil como el sistema decimal (base 10).

Con el tiempo, los babilonios desarrollaron unas matemáticas más sofisticadas que les permitieron encontrar las raíces positivas de cualquier ecuación de segundo grado. Fueron incluso capaces de encontrar las raíces de algunas ecuaciones de tercer grado, y resolvieron problemas más complicados utilizando el teorema de Pitágoras. Los babilonios compilaron una gran cantidad de tablas, incluyendo tablas de multiplicar y de dividir, tablas de cuadrados y tablas de interés compuesto. Además, calcularon no sólo la suma de progresiones aritméticas y de algunas geométricas, sino también de sucesiones de cuadrados. También obtuvieron una buena aproximación de f .

Las matemáticas en Grecia

Los griegos tomaron elementos de las matemáticas de los babilonios y de los egipcios. La innovación más importante fue la invención de las matemáticas abstractas basadas en una estructura lógica de definiciones, axiomas y demostraciones. Según los cronistas griegos, este avance comenzó en el siglo VI a.C. con Tales de Mileto y Pitágoras de Samos. Este último enseñó la importancia del estudio de los números para poder entender el mundo. Algunos de sus discípulos hicieron importantes descubrimientos sobre la teoría de números y la geometría, que se atribuyen al propio Pitágoras.

En el siglo V a.C., algunos de los más importantes geómetras fueron el filósofo atomista Demócrito de Abdera, que encontró la fórmula correcta para calcular el volumen de una pirámide, e Hipócrates de Cos, que descubrió que el área de figuras geométricas en forma de media luna limitadas por arcos circulares son iguales a las de ciertos triángulos. Este descubrimiento está relacionado con el famoso problema de la cuadratura del círculo (construir un cuadrado de área igual a un círculo dado). Otros dos problemas bastante conocidos que tuvieron su origen en el mismo periodo son la trisección de un ángulo y la duplicación del cubo (construir un cubo cuyo volumen es dos veces el de un cubo dado). Todos estos problemas fueron resueltos, mediante diversos métodos, utilizando instrumentos más complicados que la regla y el compás. Sin embargo, hubo que esperar hasta el siglo XIX para demostrar finalmente que estos tres problemas no se pueden resolver utilizando solamente estos dos instrumentos básicos.

A finales del siglo V a.C., un matemático griego descubrió que no existe una unidad de longitud capaz de medir el lado y la diagonal de un cuadrado, es decir, una de las dos cantidades es inconmensurable . Esto significa que no existen dos números naturales m y n cuyo cociente sea igual a la proporción entre el lado y la diagonal. Dado que los griegos sólo utilizaban los números naturales (1, 2, 3.), no pudieron expresar numéricamente este cociente entre la diagonal y el lado de un cuadrado (este número, f , es lo que hoy se denomina número irraciona l ). Debido a este descubrimiento se abandonó la teoría pitagórica de la proporción, basada en números, y se tuvo que crear una nueva teoría no numérica. Ésta fue introducida en el siglo IV a.C. por el matemático Eudoxo de Cnido, y la solución se puede encontrar en los Elemento s de Euclides. Eudoxo, además, descubrió un método para demostrar rigurosamente supuestos sobre áreas y volúmenes mediante aproximaciones sucesivas.

Euclides, matemático y profesor que trabajaba en el famoso Museo de Alejandría, también escribió tratados sobre óptica, astronomía y música. Los trece libros que componen sus Elemento s contienen la mayor parte del conocimiento matemático existente a finales del siglo IV a.C., en áreas tan diversas como la geometría de polígonos y del círculo, la teoría de números, la teoría de los inconmensurables, la geometría del espacio y la teoría elemental de áreas y volúmenes.

El siglo posterior a Euclides estuvo marcado por un gran auge de las matemáticas, como se puede comprobar en los trabajos de Arquímedes de Siracusa y de un joven contemporáneo, Apolonio de Perga. Arquímedes utilizó un nuevo método teórico, basado en la ponderación de secciones infinitamente pequeñas de figuras geométricas, para calcular las áreas y volúmenes de figuras obtenidas a partir de las cónicas. Éstas habían sido descubiertas por un alumno de Eudoxo llamado Menaechmo, y aparecían como tema de estudio en un tratado de Euclides; sin embargo, la primera referencia escrita conocida aparece en los trabajos de Arquímedes. También investigó los centros de gravedad y el equilibrio de ciertos cuerpos sólidos flotando en agua. Casi todo su trabajo es parte de la tradición que llevó, en el siglo XVII, al desarrollo del cálculo. Su contemporáneo, Apolonio, escribió un tratado en ocho tomos sobre las cónicas, y estableció sus nombres: elipse, parábola e hipérbola. Este tratado sirvió de base para el estudio de la geometría de estas curvas hasta los tiempos del filósofo y científico francés René Descartes en el siglo XVII.

Después de Euclides, Arquímedes y Apolonio, Grecia no tuvo ningún geómetra de la misma talla. Los escritos de Herón de Alejandría en el siglo I d.C. muestran cómo elementos de la tradición aritmética y de medidas de los babilonios y egipcios convivieron con las construcciones lógicas de los grandes geómetras. Los libros de Diofante de Alejandría en el siglo III d.C. continuaron

con esta misma tradición, aunque ocupándose de problemas más complejos. En ellos Diofante encuentra las soluciones enteras para aquellos problemas que generan ecuaciones con varias incógnitas. Actualmente, estas ecuaciones se denominan diofánticas y se estudian en el análisis diofántico.

Las matemáticas aplicadas en Grecia

En paralelo con los estudios sobre matemáticas puras hasta ahora mencionados, se llevaron a cabo estudios de óptica, mecánica y astronomía. Muchos de los grandes matemáticos, como Euclides y Arquímedes, también escribieron sobre temas astronómicos. A principios del siglo II a.C., los astrónomos griegos adoptaron el sistema babilónico de almacenamiento de fracciones y, casi al mismo tiempo, compilaron tablas de las cuerdas de un círculo. Para un círculo de radio determinado, estas tablas daban la longitud de las cuerdas en función del ángulo central correspondiente, que crecía con un determinado incremento. Eran similares a las modernas tablas del seno y coseno, y marcaron el comienzo de la trigonometría. En la primera versión de

estas tablas -las de Hiparco, hacia el 150 a.C.- los arcos crecían con un incremento de 7 °, de 0° a 180°. En tiempos del astrónomo Tolomeo, en el siglo II d.C., la maestría griega en el manejo de los números había avanzado hasta tal punto que Tolomeo fue capaz de incluir en su Almagesto una tabla de las cuerdas de un círculo con incrementos de ° que, aunque expresadas en forma sexagesimal, eran correctas hasta la quinta cifra decimal.

Mientras tanto, se desarrollaron otros métodos para resolver problemas con triángulos planos y se introdujo un teorema -que recibe el nombre del astrónomo Menelao de Alejandría- para calcular las longitudes de arcos de esfera en función de otros arcos. Estos avances dieron a los astrónomos las herramientas necesarias para resolver problemas de astronomía esférica, y para desarrollar el sistema astronómico que sería utilizado hasta la época del astrónomo alemán Johannes Kepler.

Las matemáticas en la edad media

En Grecia, después de Tolomeo, se estableció la tradición de estudiar las obras de estos matemáticos de siglos anteriores en los centros de enseñanza. El que dichos trabajos se hayan conservado hasta nuestros días se debe principalmente a esta tradición. Sin embargo, los primeros avances matemáticos consecuencia del estudio de estas obras aparecieron en el mundo árabe.

Las matemáticas en el mundo islámico

Después de un siglo de expansión en la que la religión musulmana se difundió desde sus orígenes en la península Arábiga hasta dominar un territorio que se extendía desde la península Ibérica hasta los límites de la actual China, los árabes empezaron a incorporar a su propia ciencia los resultados de “ciencias extranjeras”. Los traductores de instituciones como la Casa de la Sabiduría de Bagdad, mantenida por los califas gobernantes y por donaciones de particulares, escribieron versiones árabes de los trabajos de matemáticos griegos e indios.

Hacia el año 900, el periodo de incorporación se había completado y los estudiosos musulmanes comenzaron a construir sobre los conocimientos adquiridos. Entre otros avances, los matemáticos árabes ampliaron el sistema indio de posiciones decimales en aritmética de números enteros, extendiéndolo a las fracciones decimales. En el siglo XII, el matemático persa Omar Jayyam generalizó los métodos indios de extracción de raíces cuadradas y cúbicas para calcular raíces cuartas, quintas y de grado superior. El matemático árabe Al-J w D rizm ­ ; (de su nombre procede la palabra algoritmo, y el título de uno de sus libros es el origen de la palabra álgebra) desarrolló el álgebra de los polinomios; al-Karayi la completó para polinomios incluso con infinito número de términos. Los geómetras, como Ibrahim ibn Sinan, continuaron las investigaciones de Arquímedes sobre áreas y volúmenes. Kamal al-Din y otros aplicaron la teoría de las cónicas a la resolución de problemas de óptica. Los matemáticos Habas al-Hasib y Nasir ad-Din at-Tusi crearon trigonometrías plana y esférica utilizando la función seno de los indios y el teorema de Menelao. Estas trigonometrías no se convirtieron en disciplinas matemáticas en Occidente hasta la publicación del De triangulis omnimodis (1533) del astrónomo alemán Regiomontano.

Finalmente, algunos matemáticos árabes lograron importantes avances en la teoría de números, mientras otros crearon una gran variedad de métodos numéricos para la resolución de ecuaciones. Los países europeos con lenguas latinas adquirieron la mayor parte de estos conocimientos durante el siglo XII, el gran siglo de las traducciones. Los trabajos de los árabes, junto con las traducciones de los griegos clásicos fueron los principales responsables del crecimiento de las matemáticas durante la edad media. Los matemáticos italianos, como Leonardo Fibonacci y Luca Pacioli (uno de los grandes tratadistas del siglo XV en álgebra y aritmética, que desarrollaba para aplicar en el comercio), se basaron principalmente en fuentes árabes para sus estudios.

Las matemáticas durante el renacimiento

Aunque el final del periodo medieval fue testigo de importantes estudios matemáticos sobre problemas del infinito por autores como Nicole Oresme, no fue hasta principios del siglo XVI cuando se hizo un descubrimiento matemático de trascendencia en Occidente. Era una fórmula algebraica para la resolución de las ecuaciones de tercer y cuarto grado, y fue publicado en 1545 por el matemático italiano Gerolamo Cardano en su Ars magna . Este hallazgo llevó a los matemáticos a interesarse por los números complejos y estimuló la búsqueda de soluciones similares para ecuaciones de quinto grado y superior. Fue esta búsqueda la que a su vez generó los primeros trabajos sobre la teoría de grupos a finales del siglo XVIII y la teoría de ecuaciones del matemático francés Évariste Galois a principios del XIX.

También durante el siglo XVI se empezaron a utilizar los modernos signos matemáticos y algebraicos. El matemático francés François Viète llevó a cabo importantes estudios sobre la resolución de ecuaciones. Sus escritos ejercieron gran influencia en muchos matemáticos del siglo posterior, incluyendo a Pierre de Fermat en Francia e Isaac Newton en Inglaterra.

Avances en el siglo XVII

Los europeos dominaron el desarrollo de las matemáticas después del renacimiento.

Durante el siglo XVII tuvieron lugar los más importantes avances en las matemáticas desde la era de Arquímedes y Apolonio. El siglo comenzó con el descubrimiento de los logaritmos por el matemático escocés John Napier (Neper); su gran utilidad llevó al astrónomo francés Pierre Simon Laplace a decir, dos siglos más tarde, que Neper, al reducir el trabajo de los astrónomos a la mitad, les había duplicado la vida.

La ciencia de la teoría de números, que había permanecido aletargada desde la época medieval, es un buen ejemplo de los avances conseguidos en el siglo XVII basándose en los estudios de la antigüedad clásica. La obra Las aritmética s de Diofante ayudó a Fermat a realizar importantes descubrimientos en la teoría de números. Su conjetura más destacada en este campo fue que no existen soluciones de la ecuación a n + b n = c n con a, b y c enteros positivos si n es mayor que 2. Esta conjetura, conocida como último teorema de Fermat, ha generado gran cantidad de trabajos en el álgebra y la teoría de números.

En geometría pura, dos importantes acontecimientos ocurrieron en este siglo. El primero fue la publicación, en el Discurso del métod o (1637) de Descartes, de su descubrimiento de la geometría analítica, que mostraba cómo utilizar el álgebra (desarrollada desde el renacimiento) para investigar la geometría de las curvas (Fermat había hecho el mismo descubrimiento pero no lo publicó). El Discurso del método , junto con una serie de pequeños tratados con los que fue publicado, ayudó y fundamentó los trabajos matemáticos de Isaac Newton hacia 1660. El segundo acontecimiento que afectó a la geometría fue la publicación, por el ingeniero francés Gérard Desargues, de su descubrimiento de la geometría proyectiva en 1639. Aunque este trabajo fue alabado por Descartes y por el científico y filósofo francés Blaise Pascal, su terminología excéntrica y el gran entusiasmo que había causado la aparición de la geometría analítica retrasó el desarrollo de sus ideas hasta principios del siglo XIX, con los trabajos del matemático francés Jean Victor Poncelet.

Otro avance importante en las matemáticas del siglo XVII fue la aparición de la teoría de la probabilidad a partir de la correspondencia entre Pascal y Fermat sobre un problema presente en los juegos de azar, el llamado problema de puntos. Este trabajo no fue publicado, pero llevó al científico holandés Christiaan Huygens a escribir un pequeño folleto sobre probabilidad en juegos con dados, que fue publicado en el Ars coniectand i (1713) del matemático suizo Jacques Bernoulli. Tanto Bernoulli como el francés Abraham De Moivre, en su Doctrina del aza r de 1718, utilizaron el recién descubierto cálculo para avanzar rápidamente en su teoría, que para entonces tenía grandes aplicaciones en pujantes compañías de seguros.

Sin embargo, el acontecimiento matemático más importante del siglo XVII fue, sin lugar a dudas, el descubrimiento por parte de Newton de los cálculos diferencial e integral, entre 1664 y 1666. Newton se basó en los trabajos anteriores de dos compatriotas, John Wallis e Isaac Barrow, así como en los estudios de otros matemáticos europeos como Descartes, Francesco Bonaventura Cavalieri, Johann van Waveren Hudde y Gilles Personne de Roberval. Unos ocho años más tarde, el alemán Gottfried Wilhelm Leibniz descubrió también el cálculo y fue el primero en publicarlo, en 1684 y 1686. El sistema de notación de Leibniz es el que se usa hoy en el cálculo.

Situación en el siglo XVIII

Durante el resto del siglo XVII y buena parte del XVIII, los discípulos de Newton y Leibniz se basaron en sus trabajos para resolver diversos problemas de física, astronomía e ingeniería, lo que les permitió, al mismo tiempo, crear campos nuevos dentro de las matemáticas. Así, los hermanos Jean y Jacques Bernoulli inventaron el cálculo de variaciones y el matemático francés

Gaspard Monge la geometría descriptiva. Joseph Louis Lagrange, también francés, dio un tratamiento completamente analítico de la mecánica en su gran obra Mecánica analític a (1788), en donde se pueden encontrar las famosas ecuaciones de Lagrange para sistemas dinámicos. Además, Lagrange hizo contribuciones al estudio de las ecuaciones diferenciales y la teoría de números, y desarrolló la teoría de grupos. Su contemporáneo Laplace escribió Teoría analítica de las probabilidades (1812) y el clásico Mecánica celest e (1799-1825), que le valió el sobrenombre de ‘el Newton francés’.

El gran matemático del siglo XVIII fue el suizo Leonhard Euler, quien aportó ideas fundamentales sobre el cálculo y otras ramas de las matemáticas y sus aplicaciones. Euler escribió textos sobre cálculo, mecánica y álgebra que se convirtieron en modelos a seguir para otros autores interesados en estas disciplinas. Sin embargo, el éxito de Euler y de otros matemáticos para resolver problemas tanto matemáticos como físicos utilizando el cálculo sólo sirvió para acentuar la falta de un desarrollo adecuado y justificado de las ideas básicas del cálculo. La teoría de Newton estaba basada en la cinemática y las velocidades, la de Leibniz en los infinitésimos, y el tratamiento de Lagrange era completamente algebraico y basado en el concepto de las series infinitas. Todos estos sistemas eran inadecuados en comparación con el modelo lógico de la geometría griega, y este problema no fue resuelto hasta el siglo posterior.

Las matemáticas en el siglo XIX

En 1821, un matemático francés, Augustin Louis Cauchy, consiguió un enfoque lógico y apropiado del cálculo. Cauchy basó su visión del cálculo sólo en cantidades finitas y el concepto de límite. Sin embargo, esta solución planteó un nuevo problema, el de la definición lógica de número real. Aunque la definición de cálculo de Cauchy estaba basada en este concepto, no fue él sino el matemático alemán Julius W. R. Dedekind quien encontró una definición adecuada para los números reales, a partir de los números racionales, que todavía se enseña en la actualidad; los matemáticos alemanes Georg Cantor y Karl T. W. Weierstrass también dieron otras definiciones casi al mismo tiempo. Un problema más importante que surgió al intentar describir el movimiento de vibración de un muelle -estudiado por primera vez en el siglo XVIII- fue el de definir el significado de la palabra función. Euler, Lagrange y el matemático francés Joseph Fourier aportaron soluciones, pero fue el matemático alemán Peter G. L. Dirichlet quien propuso su definición en los términos actuales.

Además de fortalecer los fundamentos del análisis, nombre dado a partir de entonces a las técnicas del cálculo, los matemáticos del siglo XIX llevaron a cabo importantes avances en esta materia. A principios del siglo, Carl Friedrich Gauss dio una explicación adecuada del concepto de número complejo; estos números formaron un nuevo y completo campo del análisis, desarrollado en los trabajos de Cauchy, Weierstrass y el matemático alemán Bernhard Riemann. Otro importante avance del análisis fue el estudio, por parte de Fourier, de las sumas infinitas de expresiones con funciones trigonométricas. Éstas se conocen hoy como series de Fourier, y son herramientas muy útiles tanto en las matemáticas puras como en las aplicadas. Además, la investigación de funciones que pudieran ser iguales a series de Fourier llevó a Cantor al estudio de los conjuntos infinitos y a una aritmética de números infinitos. La teoría de Cantor, que fue considerada como demasiado abstracta y criticada como “enfermedad de la que las matemáticas se curarán pronto”, forma hoy parte de los fundamentos de las matemáticas y recientemente ha encontrado una nueva aplicación en el estudio de corrientes turbulentas en fluidos.

Otro descubrimiento del siglo XIX que se consideró abstracto e inútil en su tiempo fue la geometría no euclídea. En esta geometría se pueden trazar al menos dos rectas paralelas a una recta dada que pasen por un punto que no pertenece a ésta. Aunque descubierta primero por Gauss, éste tuvo miedo de la controversia que su publicación pudiera causar. Los mismos resultados fueron descubiertos y publicados por separado por el matemático ruso Nikolái Ivánovich Lobachevski y por el húngaro János Bolyai. Las geometrías no euclídeas fueron estudiadas en su forma más general por Riemann, con su descubrimiento de las múltiples paralelas. En el siglo XX, a partir de los trabajos de Einstein, se le han encontrado también aplicaciones en física.

Gauss es uno de los más importantes matemáticos de la historia. Los diarios de su juventud muestran que ya en sus primeros años había realizado grandes descubrimientos en teoría de números, un área en la que su libro Disquisitiones arithmetica e (1801) marca el comienzo de la era moderna. En su tesis doctoral presentó la primera demostración apropiada del teorema fundamental del álgebra. A menudo combinó investigaciones científicas y matemáticas. Por ejemplo, desarrolló métodos estadísticos al mismo tiempo que investigaba la órbita de un planetoide recién descubierto, realizaba trabajos en teoría de potencias junto a estudios del magnetismo, o estudiaba la geometría de superficies curvas a la vez que desarrollaba sus investigaciones topográficas.

De mayor importancia para el álgebra que la demostración del teorema fundamental por Gauss fue la transformación que ésta sufrió durante el siglo XIX para pasar del mero estudio de los polinomios al estudio de la estructura de sistemas algebraicos. Un paso importante en esa dirección fue la invención del álgebra simbólica por el inglés George Peacock. Otro avance destacado fue el descubrimiento de sistemas algebraicos que tienen muchas propiedades de los números reales. Entre estos sistemas se encuentran las cuaternas del matemático irlandés William Rowan Hamilton, el análisis vectorial del matemático y físico estadounidense Josiah Willard Gibbs y los espacios ordenados de n dimensiones del matemático alemán Hermann Günther Grassmann. Otro paso importante fue el desarrollo de la teoría de grupos, a partir de los trabajos de Lagrange. Galois utilizó estos trabajos muy a menudo para generar una teoría sobre qué polinomios pueden ser resueltos con una fórmula algebraica.

Del mismo modo que Descartes había utilizado en su momento el álgebra para estudiar la geometría, el matemático alemán Felix Klein y el noruego Marius Sophus Lie lo hicieron con el álgebra del siglo XIX. Klein la utilizó para clasificar las geometrías según sus grupos de transformaciones (el llamado Programa Erlanger), y Lie la aplicó a una teoría geométrica de ecuaciones diferenciales mediante grupos continuos de transformaciones conocidas como grupos de Lie. En el siglo XX, el álgebra se ha aplicado a una forma general de la geometría conocida como topología.

También los fundamentos de las matemáticas fueron completamente transformados durante el siglo XIX, sobre todo por el matemático inglés George Boole en su libro Investigación sobre las leyes del pensamient o (1854) y por Cantor en su teoría de conjuntos. Sin embargo, hacia finales del siglo, se descubrieron una serie de paradojas en la teoría de Cantor. El matemático inglés Bertrand Russell encontró una de estas paradojas, que afectaba al propio concepto de conjunto. Los matemáticos resolvieron este problema construyendo teorías de conjuntos lo bastante restrictivas como para eliminar todas las paradojas conocidas, aunque sin determinar si podrían aparecer otras paradojas -es decir, sin demostrar si estas teorías son consistentes. Hasta nuestros días, sólo se han encontrado demostraciones relativas de consistencia (si la teoría B es consistente entonces la teoría A también lo es). Especialmente preocupante es la conclusión, demostrada en 1931 por el lógico estadounidense Kurt Gödel, según la cual en cualquier sistema de axiomas lo suficientemente complicado como para ser útil a las matemáticas es posible encontrar proposiciones cuya certeza no se puede demostrar dentro del sistema.

Las matemáticas actuales

En la Conferencia Internacional de Matemáticos que tuvo lugar en París en 1900, el matemático alemán David Hilbert expuso sus teorías. Hilbert era catedrático en Gotinga, el hogar académico de Gauss y Riemann, y había contribuido de forma sustancial en casi todas las ramas de las matemáticas, desde su clásico Fundamentos de la geometrí a (1899) a su Fundamentos de la matemática en colaboración con otros autores. La conferencia de Hilbert en París consistió en un repaso a 23 problemas matemáticos que él creía podrían ser las metas de la investigación matemática del siglo que empezaba. Estos problemas, de hecho, han estimulado gran parte de los trabajos matemáticos del siglo XX, y cada vez que aparecen noticias de que otro de los “problemas de Hilbert” ha sido resuelto, la comunidad matemática internacional espera los detalles con impaciencia.

A pesar de la importancia que han tenido estos problemas, un hecho que Hilbert no pudo imaginar fue la invención del ordenador o computadora digital programable, primordial en las matemáticas del futuro. Aunque los orígenes de las computadoras fueron las calculadoras de relojería de Pascal y Leibniz en el siglo XVII, fue Charles Babbage quien, en la Inglaterra del siglo XIX, diseñó una máquina capaz de realizar operaciones matemáticas automáticamente siguiendo una lista de instrucciones (programa) escritas en tarjetas o cintas. La imaginación de Babbage sobrepasó la tecnología de su tiempo, y no fue hasta la invención del relé, la válvula de vacío y después la del transistor cuando la computación programable a gran escala se hizo realidad. Este avance ha dado un gran impulso a ciertas ramas de las matemáticas, como el análisis numérico y las matemáticas finitas, y ha generado nuevas áreas de investigación matemática como el estudio de los algoritmos. Se ha convertido en una poderosa herramienta en campos tan diversos como la teoría de números, las ecuaciones diferenciales y el álgebra abstracta. Además, el ordenador ha permitido encontrar la solución a varios problemas matemáticos que no se habían podido resolver anteriormente, como el problema topológico de los cuatro colores propuesto a mediados del siglo XIX. El teorema dice que cuatro colores son suficientes para dibujar cualquier mapa, con la condición de que dos países limítrofes deben tener distintos colores. Este teorema fue demostrado en 1976 utilizando una computadora de gran capacidad de cálculo en la Universidad de Illinois (Estados Unidos).

El conocimiento matemático del mundo moderno está avanzando más rápido que nunca. Teorías que eran completamente distintas se han reunido para formar teorías más completas y abstractas. Aunque la mayoría de los problemas más importantes han sido resueltos, otros como las hipótesis de Riemann siguen sin solución. Al mismo tiempo siguen apareciendo nuevos y estimulantes problemas. Parece que incluso las matemáticas más abstractas están encontrando aplicación.

La Legion Perdida


Fotograma de la Película “El Águila de la Legión Perdida”

La legión perdida de Craso, o simplemente la legión perdida, es el nombre con que se conoce a una hipotética legión romana compuesta por parte de los cerca de 10.000 legionarios hechos prisioneros tras la batalla de Carras por los partos en el año 53 a. C. Esta legión, «perdida» para los historiadores romanos, reaparecería supuestamente en las crónicas chinas en el año 36 a C.

Los hechos

Durante la época del agitado triunvirato de Julio César, Pompeyo y Craso, éste último se hizo cargo de la campaña contra los partos y avanzó por la actual Turquía al frente de un imponente ejército de 42.000 soldados; los romanos que lidera están compuestos por siete legiones, 4.000 arqueros y 4.000 jinetes galos, y se creen capaces de escarmentar a la temida caballería parta, que es el cuerpo principal del ejército enemigo. Pero éstos fueron derrotados en Carras (la actual Harrán, Turquía) por el ejército parto, siendo humillado el ejército más poderoso del mundo de entonces, dieron muerte al triunviro Craso e hicieron prisioneros a más de 10.000 de sus soldados.
A caballo entre la realidad y la leyenda, se sabe por Plutarco y Plinio que estos hombres fueron conducidos al extremo oriental del Imperio parto, en la antigua Bactriana (el actual Afganistán), siendo la mayoría esclavizados o condenados a trabajos forzados.

Pero los partos conservaron algunas unidades dispuestas a seguir combatiendo a cambio de no ser condenados a muerte o a la esclavitud. Así, una parte de la legión cautiva fue mandada a las proximidades del río Oxus (hoy Amu Daria) en la Bactriana (el actual Turkmenistán) para luchar contra los hunos, desapareciendo allí su rastro. El caso es que, tras la firma de la paz entre romanos y partos en el año 20 a. C., se estableció el retorno de los prisioneros, pero ya entonces se desconocía totalmente dónde estaban los efectivos supervivientes de las derrotadas legiones de Carras, pese a los esfuerzos que se dedicaron a su recuperación de los soldados apresados.

La hipótesis de Liqian

En 1955 , el historiador y sinólogo estadounidense Homer Hasenpflug Dubs , en una conferencia impartida en Londres titulada «Una ciudad romana en la antigua China», afirmó haber encontrado el destino de estos legionarios, encajando los datos de Plutarco y Plinio con las crónicas históricas de la dinastía Han , que reinó en el Imperio Han de China entre los años 25 y 220 de nuestra era.

Según este investigador, la legión perdida reaparece en las crónicas chinas de la dinastía Han en el año 36 a. C.1 En ese año el general Gan Yanshou emprendió una campaña militar en los territorios fronterizos occidentales, la actual provincia de Xinjiang, contra los nómadas xiongnu, antecesores de los hunos, por Bactria y el río Oxus. Las crónicas de esta campaña, que nos ha llegado a través del historiador y biógrafo del general chino Gan Yanshou, Ban Gu, que participó en aquella contienda, han hecho pensar a algunos expertos que los defensores de la ciudad de Zhizhi (actual Dzhambul, cerca de Taskent, en Uzbekistán), eran miembros de la legión perdida.

En ellas se menciona una batalla librada por esta ciudad entre el ejército chino y un extraño contingente constituido por soldados veteranos, muy disciplinado y protegido en una fortaleza de madera de forma cuadricular que protegía el asentamiento. Se señala que éstos usaban fortificaciones de empalizadas rectangulares y que entraban en combate perfectamente organizados (« alineados y desplegados en una formación como de escamas de pescado ») en la puerta de la ciudad, lo que recuerda a la testudo romana, en la que los infantes se protegen unos a otros formando con los escudos una especie de coraza.

La ciudad de Zhizhi fue tomada finalmente y los 1.000 prisioneros extranjeros fueron deportados a China y asentados en la ubicación de la actual Yongchang (provincia de Gansu , China ), en el desierto del Gobi , para proteger las fronteras del imperio chino y a sus habitantes de las incursiones tibetanas .

Pero el antiguo nombre de Zhelaizhai , que se encuentra en la provincia de Gansu , ha terminado por sacar a la luz al cabo de dos mil años la historia de la legión perdida. El nuevo lugar en que fueron asentados los prisioneros fue llamado por decreto imperial Li-Jien o Liqian <; el topónimo, documentado por primera vez en el año 5 d. C. , no es sino una variante china de «Legión», un nombre que además era el usado por los chinos para referirse a Roma desde que los antiguos chinos tuvieron noticias de su opulencia y poder a través de sus comerciantes en Alejandría . Además, llama la atención este topónimo pues era extremadamente raro que los chinos diesen a sus ciudades nombres extranjeros. Años más tarde, siguiendo la tendencia confuciana a la rectificación de los nombres , el lugar fue renombrado como Jie-lu, que significa “cautivos”.

Algunos creen que los descendientes de este contingente fue derrotado y arrasado en el siglo VIII por tropas tibetanas , que en aquel entonces eran mercenarios terribles, auténticos señores de la guerra, pero los estudios genéticos hechos en Li Jian dan pie a pensar otras cosas.

En 2001 los diarios Los Angeles Times y L’Express sacaron a la luz unos datos que identificaban un poblado remoto como punto final de la aventura de los legionarios de Craso, demostrando importantes diferencias físicas entre los nativos de la zona y el resto de los chinos. Desde entonces, los análisis de ADN realizados por la Universidad de Lanzhou confirman que un 46 por ciento de los habitantes de Zhelaizhai -entre los que hay ciudadanos con ojos azules y verdes, pelos rizados y/o de color castaño y pelirrojo, y gente con narices aguileñas- mostraban una curiosa afinidad genética con poblaciones europeas, según informó el semanario francés. Hace años se encontraron en torno a cien esqueletos de hace más de mil años con una altura promedio superior a los 180 centímetros.

A pesar de que la existencia de la legión perdida pueda estar más allá del mito, la realidad es que, aun con las posibles evidencias bibliográficas; los análisis de ADN realizados a la población y los restos romanos encontrados en excavaciones arqueológicas (monedas, cerámica, cascos y una gran piedra cúbica que alberga misteriosos restos de estilo occidental. También se sabe de restos de una fortaleza, con 30 metros de longitud y medio de alto, que según los nativos hasta hace poco más de 30 años, medía más de 100 metros de longitud y era mucho más alta), no existen certezas concluyentes de presencia romana durante este periodo en la China imperial, teniendo en cuenta que Li-Jien fue un puesto avanzado que estuvo localizado dentro de la antigua ruta de la seda .

La Legión perdida en la literatura

El escritor italiano de novela histórica Valerio Massimo Manfredi basa su último relato, El Imperio de los Dragones , en estos hipotéticos hechos.

Ben Kane trata la historia de esta legión en su trilogía formada por “The Forgotten Legion”(“La Legión olvidada”, ediciones B, 2009),”The Silver Eagle”(“El Águila Plateada”, aún sin traducir) y su tercera parte, aún no publicada.

La Plataforma de Ross – El Mayor Inlandsis de la Tierra


Un Inlandsis es una masa glaciar de enormes proporciones y que cubre extensas superficies continentales en las zonas polares Presenta una morfología lenticular biconvexa, con un acusado grado de curvatura y espesores que superan los 2.000 m de potencia en sus zonas más centrales. Aparecen constituidos por la sucesiva acumulación de hielo de un año a otro; los enormes volúmenes alcanzados en estos glaciares se explican por la escasez de fenómenos tales como la ablación, más que por las precipitaciones recibidas en las zonas polares donde se desarrollan.

Sobre los inlandsis, durante las épocas de estío, las aguas de fusión forman corrientes de agua que discurren por la superficie y trazan canales de algunos metros de profundidad hasta desaparecer en pozos excavados en el hielo. Las lenguas glaciares procedentes del inlandsis descienden hasta zonas latitudinales más bajas, donde el proceso de fusión es más acusado. Aquéllas que llegan a alcanzan el mar sufren la acción de la dinámica costera hasta fragmentarse en grandes bloques o icebergs.

El modelado derivado de la presencia de un inlandsis es poco activo en la zona propiamente ocupada por éste; se suele centrar en el pulimento de algunos drumlins o en la formación de morrenas de fondo. Cuando esta enorme masa de hielo tiende a retroceder aparecen ciertos depósitos de origen, por tanto, fluvial y subglaciar. Por el contrario, el modelado adquiere un gran desarrollo e importancia en las zonas de frente, donde se desarrollan multitud de morfologías fluvioglaciares como los sandur o pequeños lagos en las cubetas de sobreexcavación. También se pueden generar grandes y extensos lagos en las superficies más llanas o de topografías depresivas como sucede en los Grandes Lagos americanos.

Actualmente existen dos inlandsis situados respectivamente en Groenlandia y en La Antártida. El casquete groenlandés cubre las tres cuartas partes de la isla, con un área aproximada de 1.833.900 km2. El casquete antártico de mayores proporciones abarca un área aproximada de 13.500.000 km2 y en algunos lugares penetra en el océano en forma de extensas plataformas de hielo; la plataforma de Ross es la mayor de todas, con una extensión de 520.000 km2 y una superficie que se eleva por término medio 70 m por encima del nivel del mar.