El Proceso de Desertificación del Mundo


La desertificación es el proceso de transformación en desiertos de amplias zonas de la superficie terrestre por la desaparición de su vegetación, ya sea por causas naturales (evolución bioclimática regresiva o degradación climática) o no naturales. En los últimos años, el problema de la desertización por causas no naturales, achacables fundamentalmente a las actividades humanas, afecta de manera directa a aproximadamente unos seiscientos millones de personas.

Entre las causas naturales que provocan la desertización, se puede considerar el carácter cíclico de las glaciaciones, con el consiguiente calentamiento de la atmósfera que se produce en los periodos interglaciales. A este respecto, hay teorías que achacan la desertización general que vive la Tierra a este calentamiento, ya que algunos científicos afirman que podríamos estar viviendo el punto álgido de este período interglacial, argumento que es rebatido por otro importante sector de la comunidad científica. También son causas naturales los calentamientos de la atmósfera provocados por fenómenos extraordinarios, como las erupciones gigantescas de un volcán o los impactos de grandes meteoritos sobre la corteza terrestre. Además, la abundancia de rocas poco consolidadas, proclives a una mayor erosión, contribuye al proceso de desertización.

 

En lo relativo a las causas no naturales, cabe reseñar la agricultura y la industria como las actividades humanas que más han afectado a los suelos de la superficie terrestre. Entre las primeras se encuentra la búsqueda de terreno cultivable y su posterior sobreexplotación, que provoca la eliminación de la vegetación existente y, a la larga, la esterilidad del suelo. La pérdida de la masa vegetal y la exposición del suelo desnudo disminuyen la capacidad de absorción de agua, debido a una mayor escorrentía, e incrementan el albedo de la superficie (el reflejo de los rayos solares desde el suelo hacia todas las direcciones). El aumento en el albedo incide negativamente en la formación de nubes, disminuyendo, por tanto, las precipitaciones. La tala de bosques para la obtención de suelos de cultivo, práctica muy extendida en todo el planeta, está disminuyendo rápidamente la cantidad y superficie de tierra arbolada, especialmente en los trópicos, y está cambiando las características de la superficie de grandes áreas de la Tierra.

Otra práctica que acarrea la destrucción de la vegetación es el sobrepastoreo. Es normal en estas actividades la tala de árboles y el incendio provocado de zonas boscosas con el fin de extender las zonas de pastos. También la introducción de especies de pastoreo de forma masiva provoca la pérdida de vegetación, pues éstas impiden la regeneración natural de las especies vegetales.

Las actividades industriales conforman el otro gran grupo de prácticas humanas provocadoras de la desertización global del planeta. Éstas inciden preferentemente sobre los elementos esenciales del clima, a diferencia de las anteriores, cuyos efectos se dejan sentir sobre todo en los suelos. Hay dos consecuencias principales derivadas de los procesos industriales que intervienen en la erosión general del planeta: la lluvia ácida y el efecto invernadero. La lluvia ácida se ha convertido, en las zonas más industrializadas del mundo, en la fuente principal de contaminación ambiental, capaz de producir la deforestación de grandes masas vegetales. En Alemania, por ejemplo, la lluvia ácida es la responsable de la pérdida de la mitad de los bosques en las zonas más industrializadas. Por otra parte, el efecto invernadero se ha revelado en los últimos años como el causante principal del calentamiento de la atmósfera, y, por tanto, de los procesos de desertización que éste conlleva. El efecto invernadero surge por la emisión excesiva de ciertos tipos de gases, principalmente de CO2, que se quedan suspendidos en la atmósfera, formando una capa que permite la entrada de radiaciones del espacio exterior pero no su salida, puesto que al chocar contra la superficie terrestre y volver a proyectarse hacia fuera son incapaces de atravesar la capa de gases, produciendo así un calentamiento progresivo de la atmósfera. Las emisiones de CO2 pueden producirse de manera natural, pero en los últimos años el incremento de CO2 en la atmósfera ha sido tan alto que se ha asociado con los procesos industriales modernos y con la combustión excesiva de combustibles fósiles. Los científicos han calculado que el incremento de CO2 en la atmósfera ha sido de un 15% durante el presente siglo, y que en la actualidad la tasa de incremento es de 0,33% anual. Con estos datos se llega a la conclusión de que la atmósfera está expuesta a un excesivo calentamiento, lo que está produciendo un cambio climático que favorece los procesos de desertización de amplias regiones de la Tierra. Por supuesto, las zonas más proclives a verse afectadas son aquellas que presentan un grado relativo de aridez o semiaridez.

El proceso de desertización afecta a zonas de todos los continentes: América del Norte y del Sur, cuenca del Mediterráneo, región subsahariana, Oriente Medio, Australia, etc. Se calcula que la extensión de los terrenos afectados por este problema supera los 34.000.000 km2. Para atajarlo se hace necesaria la contribución de todos los países del mundo en la implantación de políticas conservacionistas, cuya puesta en marcha, no obstante, se ve obstaculizada por la dinámica actual de la economía mundial. Medidas como el control de las emisiones de gases a la atmósfera, los programas de reforestación de los bosques o el desarrollo de políticas agrarias que tengan en cuenta la regeneración del terreno, son imprescindibles para evitar que la desertización se siga extendiendo por la Tierra. De cualquier modo, los resultados de las mismas difícilmente serán apreciables a corto plazo.

Así es Oumuamua, “el mensajero que llegó el primero”


El Pais

  • El primer asteroide del espacio interestelar pasó junto a la Tierra y se marchó del Sistema Solar

Recreación del asteroide Oumuamua, de medio kilómetro de longitud. ESO / epv

Quienes hayan leído Cita con Rama (Clarke, 1973) habrán experimentado estos días una cierta sensación de dejà-vu. Para quienes no la conozcan, la acción se sitúa a mediados del próximo siglo y narra el descubrimiento y exploración de una inmensa nave extraterrestre que entra en el Sistema Solar. Es un cilindro hueco, habitado en su interior, de veinte kilómetros de diámetro por cincuenta de largo. Rama, que así se bautiza el artefacto, llega desde el espacio interestelar, no desde ningún planeta del Sistema Solar y no muestra el mínimo interés por el nuestro. De hecho, ignora por completo a la Tierra antes de acelerar hacia un nuevo destino extragaláctico.

Miles de astrónomos y aficionados han recodado ese argumento en las últimas semanas. En la novela, Rama es detectado por un sistema automático de localización de asteroides, para evitar la repetición de una catástrofe como la que supuso la ficticia destrucción de Venecia por el impacto de un meteoro; pues bien, el 19 de octubre pasado un telescopio robótico de Hawaii, dedicado precisamente a localizar pequeños cuerpos celestes próximos a la Tierra, descubrió lo que parecía un nuevo cometa entre las órbitas de la Tierra y Marte.

El recién llegado no desarrolló cola, y a los pocos días se reclasificó simplemente como un asteroide sin mayor interés. Pero las sorpresas empezaron al calcular los parámetros de su órbita.

Cuando fue descubierto, el asteroide había pasado ya por su perihelio y estaba en órbita de salida, alejándose del Sol. Nadie le había visto llegar. Pero su velocidad no dejaba lugar a dudas: Provenía del espacio interestelar. Y a él volvería en un viaje cuya duración se mide en cientos de miles, si no cientos de millones de años.

El 19 de octubre pasado un telescopio robótico de Hawaii, dedicado a localizar pequeños cuerpos celestes próximos a la Tierra, descubrió lo que parecía un nuevo cometa entre las órbitas de la Tierra y Marte

Unas pocas observaciones y muchos cálculos permitieron establecer que su trayectoria original venía aproximadamente de la dirección de Vega, una estrella joven, en la constelación de Lyra, a la que no se conocen planetas (otra coincidencia: la novela Contact, de Carl Sagan, luego llevada al cine, también ponía el origen del misterioso mensaje extraterrestre en esa misma estrella. Quizás por su relativa proximidad a nosotros: sólo 25 años luz).

Quizás conviene aclarar que es muy dudoso que ese asteroide tenga su origen en los alrededores de Vega. Hace unos ochocientos mil años, cuando se calcula que estaba a la distancia de Vega, Vega ni siquiera había llegado a la posición que hoy ocupa.

Se le asignó el anodino nombre A/2017 U1, una denominación nueva, que inauguraba otra clase en la clasificación de objetos celestes: “Interestelares”. El equipo responsable del descubrimiento tenía derecho a bautizarlo con un nombre más atractivo. Y escogieron una palabra en hawaiano: “Oumuamua” que viene a significar “el mensajero que llegó el primero”.

A su llegada se movía a unos 100.000 kilómetros por hora; esa cifra se triplicó en el momento en que pasó. Porque pasó increíblemente cerca, enhebrándose muy por dentro de la órbita de Mercurio. Esto le había provocado un fortísimo cambio de trayectoria de casi 300 grados, lo que lo ponía en dirección a la constelación de Pegaso.

Este tipo de alteraciones de rumbo son corrientes cuando se lanzan sondas interplanetarias, sobre todo, las dirigidas hacia los planetas exteriores. Las GalileoCassiniJuno, por poner sólo unos ejemplos recientes, utilizaron esta maniobra, llamada de “asistencia gravitatoria” tanto para ajustar su rumbo como su velocidad hacia sus objetivos. Puestos a fantasear, si Oumuamua fuera un objeto artificial, sus constructores no podrían haberlo hecho mejor para ajustar su trayectoria hacia otro destino.

A tales velocidades, es claro que estaría muy poco tiempo al alcance de los telescopios, así que varios observatorios se apresuraron a analizar sus características. Entre ellos, el del Roque de los Muchachos, en la Palma, que consiguió fotografiarlo a finales de octubre: Un simple punto luminoso frente a una campos de estrellas movidas durante la exposición. Y también lo siguen varios telescopios gigantes en Sudamérica y Hawaii. Y el Hubble (en el rango visible) y el Spitzer (en el infrarrojo)

La curva de luz, o sea las variaciones de brillo al girar sobre sí mismo, apuntaba otra sorpresa: no era de forma esferoide ni irregular; más bien alargada, como un cigarro. Y va dando tumbos alrededor de su eje transversal (el más corto: cosas del momento de inercia)

Su día –deducido de esas variaciones- dura unas siete horas. Asumiendo una superficie oscura como la de otros asteroides, se le estima una longitud de algo menos de medio kilómetro por una anchura ocho o quizás diez veces inferior y mucho menor que, por ejemplo, el cometa 67P que visitó hace unos años la sonda Rosetta. Entre el medio millón de objetos que actualmente se tienen bajo vigilancia, nunca se había visto nada con una forma semejante. Otra vez las comparaciones con el ficcional Rama parecen inevitables.

El análisis espectroscópico de su luz apunta, además a un predominio de las longitudes de onda bajas: Oumuama tiene un matiz rojizo. Quizás a consecuencia de los cambios que han sufrido sus minerales debido al bombardeo de radiación cósmica durante su larguísima odisea por el espacio. Aunque también hay voces que aseguran que, puestos a construir una nave interplanetaria, nade se opone a no pintarla de rojo.

Para completar las similitudes con Rama sólo faltaría que Oumuama fuese hueco. Pero no es el caso. Lo más probable es que está compuesto por roca sólida y no por desechos aglomerados, como algunos cometas. Tiene que serlo para haber resistido las fuerzas de marea que genera un paso tan cercano junto al Sol así como su propia fuerza centrífuga; ambos factores tienden a fragmentarlo.

Ha habido propuestas para construir a toda prisa una sonda que se vaya a cazarlo y pueda investigarlo en detalle antes de que desaparezca. O incluso depositar en él algún instrumento científico. Aunque el tiempo es muy justo, hay quien dice que quizás podría haberse intentado. Hasta ahora, el récord de velocidad lo tienen las dos sondas alemanas Helios que, al pasar por el perihelio, alcanzaron los 250.000 Km/h. Casi como el Oumuamua. Pero no lo suficiente, claro.

Como todos los cometas cuando van en trayectoria de salida, el Oumuamua ha ido perdiendo velocidad aunque aún se mantiene por encima de los 25 kilómetros por segundo. A ese ritmo en primavera pasará a la distancia de Júpiter y en 2019, a la de Saturno. Para alcanzarlo, cualquier vehículo que pudiera lanzarse ahora (suponiendo que ya estuviera disponible) tendría que ir mucho más rápido que cualquier otro jamás construido. Y al llegar allí, salvo que se utilizasen complicados sistemas de maniobra, el encuentro sólo duraría una fracción de segundo.

Sin duda, Arthur Clarke hubiese disfrutado con este nuevo descubrimiento. Al fin y al cabo, dos de sus profecías se han cumplido o están en camino: los satélites de comunicaciones y la posibilidad de vida en Europa. ¿Por qué Rama no podría ser la tercera?