El Ritual de Preparación del Ayahuasca


Ayahuasca es el nombre común que reciben tanto las plantas, como la bebida de ellas obtenida, pertenecientes a la familia Malpigiáceas.

La bebida que se prepara a partir de especies que contienen alcaloides con propiedades psicotrópicas, como la harmalina y la triptamina (dimetiltriptamina). El principal componente de la ayahuasca son trozos de tallos y hojas del yagé o bejuco de oro, planta trepadora de nombre botánico Banisteriopsis caapi (Spr. ex Briesb.), perteneciente a la familia Malpigiáceas (Malpighiaceae). Como componentes se encuentran combinados otras especies como Psychotria carthaginensis, P. viridis, Justicia pectoralis y Tetrapteriis methystica, las cuales permiten asimilar y potenciar la actividad de Banisteriopsis caapi.

Hoffman y Schultes, botánicos que estudiaron la flora de la cuenca del Amazonas, señalan otras especies como componentes secundarios entre las que se encuentra el tabaco y la datura; algunas de estas fórmulas según Schultes son altamente peligrosas, en especial, la mezcla con plantas solanáceas de los géneros Datura y Brugmasia.

Los componentes de este brebaje comprenden varios alcaloides de conocidas propiedades psicotrópicas: la triptamina (dimetil triptamina), d-tetrahidroharmina, harmalina y la harmina. Su combinación y dosis forma parte de las fórmulas particulares de los brujos ayahuasqueros que la elaboran. Esta bebida alucinógena se prepara en Brasil, Perú, Ecuador y otros países de la cuenca del Amazonas, donde se encuentran las plantas que lo componen. Esta combinación de plantas se toma bebida, sin embargo, existen preparados que se fuman debido a que la triptamina se asimila mejor de esta manera.

Banisteriopsis caapi y las otras plantas secundarias de la fórmula de la ayahuasca contienen un alcaloide intensamente investigado por el etnólogo chileno C. Naranjo, denominado Harmalina. Este alcaloide parece permitir la asimilación del triptófano consumido por vía oral y tiene de por sí propiedades pscotrópicas. Por ello, ambos se encuentran en el complejo preparado de la ayahuasca.

La harmalina tiene la propiedad de extender el efecto de la dimetiltriptamina (DMT) más allá de las seis horas, ya que en estado puro este alcaloide produce un efecto fulminante muy rápido pero que desaparece a la media hora aproximadamente (tal como se ha observado en experiencias de laboratorio con los alcaloides aislados introducidos por vía venosa). Curiosamente, las dosis de Harmalina o dimetiltriptófano, que para los humanos son pequeñas, resultan letales para ratones y otros animales de laboratorio. Lo cual indica lo inoperante de la experimentación con animales, al menos en el caso de las sustancias psicotrópicas

El término ayahuasca proviene del Quechua que se habla originalmente en Perú y Bolivia. Está compuesto por la doble raíz aya que significa ‘espíritu’ y huasca que significa ‘vino’, por lo que literalmente viene a significar ‘bebida del espíritu o alma’. El término yagé o yaqué significa ‘viña de los muertos’. Estas denominaciones indican el potencial psicotrópico que poseen estas plantas consideradas mágicas y sagradas en sus lugares de origen.

En otras regiones del mundo se preparan tradicionalmente bebidas similares a la ayahuasca, que han sido rebautizadas como Ayahuasca de Norteamérica, la cual se prepara con semillas de Peganum harmala y raíces de Desmanthus illinoensis. En Australia se utiliza una acacia Acacia complanata y otras especies del mismo género que contiene dimetiltriptofano; con ellas preparar una bebida conocida como acaciahuasca.

La ayahuasca es una bebida que produce potentes alucinaciones y un curioso efecto en la vocalización y emisión de sonidos, ya que afecta a los músculos faciales, los cuales producen una vibración de la cual es consciente la persona que se encuentra bajo los efectos de la ayahuasca. Ha sido descrito como un sonido interior que brota en forma de canto.

Historia

En el museo Etnológico de la Universidad de Quito se conserva un vaso de piedra grabado con ornamentaciones que sugieren la planta del yagé. Este vaso pertenece a la cultura de Pastaza del ecuador y está datada entre 500 a.C. y 50 d.C., lo cual indica teóricamente una antigüedad de más de dos mil años para este ceremonial.

La primera referencia de la que se tiene noticia se debe al geógrafo ecuatoriano Manuel Villavicencio, quien en 1858, describió el yagé, uno de los sinónimos de la ayahuasca. Villavicencio describió la sensación de volar con el yagé y explicó que los indios utilizaban la planta para hacer preguntas sobre situaciones difíciles de la colectividad.

Los exploradores occidentales que exploraron la cuenca del Amazonas se encontraron con la costumbre de ciertos pueblos indígenas que consumían una bebida denominada yagé. El botánico inglés Richard Spruce identificó la planta fundamental del yagé en 1851 y escribió sobre ella en Notes of a Botanist on the Amazon and Andes. Spruce padeció en las selvas disentería y malaria, a las cuales sobrevivió.

En1923 se presentó una película de la ceremonia de la ayahuasca ante la Asocoación Farmacéutica Americana (American Pharmaceutical Association). En 1963, apareció publicado el primer libro sobre la experiencia de la Ayahuasca: Cartas sobre el yagé (The yagé Letters) escrito por los teóricos de la generación “Beat” William Burroughs y Allen Ginsberg.

Claudio Naranjo, un antropólogo chileno se internó en las selvas llevando ciertas dosis de LSD, que ofreció a los indígenas como una medicina. Los indios le enseñaron a cambio varias plantas y ente ellas el vino del alma, la ayahuasca. Sus experiencias fueron escritas en The Healing Journey y publicadas en 1967.

Bruce Lamb publicó en 1971 Brujos del alto Amazonas (Wizard of the Upper Amazon), en el cual narró la historia real de un ayahuasquero, Manuel Córdoba Ríos, en el que se explica como utilizan los indios Amahuaca del Perú la ayahuasca para cazar y curar y las visiones de animales y transmisión telepática que utilizan en el trance.

En 1972, Marlene Dobkin de Ríos, profesora de antropología un la Universidad del estado de California, conoció los rituales en Perú y superó el tabú fuertemente arraigado en la tradición de que el ritual y la bebida del yagé estaban vedadas a las mujeres, su experiencia ha sido un avance en el conocimiento de la cultura del yagé

Ritual de preparación

El consumo de la ayahuasca va precedido de una preparación tradicional que incluye un aislamiento sexual y una dieta vegetariana y de pescado. Supuestamente esta preparación puede durar más de un mes. Se escuchan y aprenden las canciones que los chamanes recitan para atraer el espíritu de las plantas que componen la ayahuasca. Estas canciones se denominan ícaros.El Chamán que prepara la ayahuasca en Brasil va colocando capas alternadas de hojas y tallos de la planta Banisteriopsis caapi y de otras hojas o trozos de planta en el fondo de un recipiente nuevo de barro al tiempo que entona canciones pidiendo a la planta trepadora con marcas de serpiente para que ceda sus hojas y dé fortuna.

Las plantas que el chamán combina con la planta principal de la ayahuasca forman parte de la fórmula de cada chamán; las plantas más utilizadas corresponden al propio género Banisteriopsis, o bien, a especies de los géneros Psychotria, Justicia y Tetrapteriis, como se ha descrito más arriba.

El chamán llena la olla de hierbas hasta la mitad y vierte agua recién recogida y pura; coloca el cazo en un fuego de brasas para que todo entre en una lenta ebullición. Esto puede tomar varias horas hasta que el agua se haya evaporado, aproximadamente a la mitad. El preparado se deja en maceración durante un tiempo. A continuación, se retiran cuidadosamente las hojas y se vierte el líquido, que es verdoso y ligeramente espeso.

El contenido de la olla se vierte en copas nuevas de barro y se tapa cuidadosamente con paños hasta el momento de su consumo. Este ritual siempre va acompañado de cantos de la ayahuasca y puede durar de uno a tres días, al final de los cuales el oficiante reúne a las personas que invita a tomar parte y forma un círculo con ellas; reparte las copas a cada participante para que las tomen en medio de cantos, todo ello rodeado por los sonidos de la selva amazónica.

Este tipo de rituales colectivos se realizan en otras regiones de américa, ya que existe una antiquísima tradición de reuniones colectivas cuyas pautas son comunes: se realizan cantos en los que se habla con la planta para que entre en los participantes y para ahuyentar a los malos espíritus que por doquier acechan, como los rituales de San Pedro o los mitotes del peyote oficiados por los huicholes de México.

Las primeras visiones que produce la ayahuasca son eminentemente colectivas y se refieren a animales, como gatos o tigres, fácilmente identificables por los participantes pero siempre de una manera colectiva, ya que la ayahuasca requiere y representa la comunión de los miembros del grupo. El papel que juega la ayahuasca en la colectividad indígena es de lazo de unión en un mundo de contenidos del subconsciente colectivo y permite el reforzamiento de los lazos sociales, psíquicos y emocionales del grupo. Tradicionalmente, los participantes son los varones que van a cazar o a conseguir alimento para la colectividad.

La ayahuasca reproduce también historias pasadas que se encuentran en la memoria colectiva o individual, como si fueran acontecimientos reales, tal como ocurre en las representaciones oníricas. Las personas que han tomado esta combinación de plantas perciben las imágenes comunes como transmisión de pensamiento o telepatía y las visiones interiores de los demás como la energía (positiva o negativa) que rodea los participantes.

Estas visiones pueden llevar al conocimiento y percepción intuitiva del estado del cuerpo propio o ajeno, por lo que los curanderos la han utilizado tradicionalmente para curar. Las reuniones para el trance de la ayahuasca derivan en una catarsis individual y colectiva que el oficiante debe saber como controlar, ya que cada individuo se enfrenta a los contenidos de su propio subconsceinte no en estado no de represión, como ocurre en el estado consciente, sino en un estado de liberación catártica mediante la ayahuasca. Los estados anímicos provocados por el afloramiento se muestran con actitudes de miedo, agresión u otras formas que el ritual con sus cantos encauza cuidadosamente.

Los Yurupari realizan el rito de la pubertad con la ayahuasca de una manera bien distinta; aquí la catarsis desencadena los demonios y los jóvenes se golpean violentamente hasta que caen bañados en sangre; sin embargo, la pauta general de los ayahuasqueros se dirige a la curación y a provocar y guiar con los cantos que resultan especialmente impactantes en el estado de la ayahuasca.

Calendario hebreo


El calendario hebreo es un calendario lunisolar, es decir, que se basa tanto en el ciclo de la Tierra alrededor del Sol (año), como en el de la Luna al rodear a la Tierra (mes). La versión actual, por la que se rigen las festividades judaismo, fue concluida por el sabio Hilel II hacia el año 359. Este calendario se basa en un complejo algoritmo, que permite predecir las fechas exactas de luna nueva, así como las distintas estaciones del año, basándose en cálculos matemáticos y astronómicos, prescindiendo desde aquel momento de las observaciones empíricas de que se valieron hasta entonces.

En su concepción compleja tanto solar como lunar, el calendario hebreo se asemeja al chino, sin que se sepa de influencia alguna que haya tenido el uno sobre el otro; y también al calendario utilizado por los pueblos de la península arábiga hasta la aparición del Islam, en el siglo vii, E. C. En cambio, se distingue del calendario gregoriano de amplio uso universal, basado exclusivamente en el ciclo solar anual; y también del que rige al mundo musulmán desde Mahoma hasta nuestros días, que es puramente lunar.

El calendario hebreo comienza con la Génesis del mundo, que aconteció, según la tradición judía, el domingo 7 de octubre del año 3760 a. E. C.; fecha equivalente al 1° del mes de Tishrei del año 1. De esta manera, el año gregoriano de 2015 equivale al año hebreo de 5776 (que comenzó al atardecer del 25 de septiembre de 2014 y finalizará el 13 de septiembre de 2015).

Los fundamentos del calendario hebreo

El día judío

El día, en el calendario hebreo, comienza con el ocaso, y culmina al próximo ocaso del siguiente día; es decir, un día que se cuenta de una puesta de sol hasta su otra puesta. En esto se diferencia del día según el calendario gregoriano, que discurre exactamente de medianoche a medianoche.

La costumbre de ver al día comenzar con la caída del crepúsculo es antigua como la Biblia misma, y se basa en el texto bíblico del Génesis 1:5, que al cabo de cada día comenta “Y fue la tarde, y fue la mañana…”, de lo que se entiende que cada uno de los días de la creación comenzaba por la tarde, más explícitamente aún al prescribir la Biblia el ayuno del Día del Perdón, el Yom Kipur: “El día décimo de este séptimo mes será el día de la Expiación… Será para vosotros día de descanso completo y ayunaréis; el día nueve del mes, por la tarde, de tarde a tarde, guardaréis descanso” (Levítico 23:27-32) desde entonces, es práctica corriente y antiquísima, que las festividades judías comiencen al caer el sol.

Cabe mencionar que estudios arqueológicos han revelado que también en la antigua Babilonia se señalaba el comienzo del día al atardecer.

El mes hebraico

El mes en el calendario hebreo se basa en el ciclo que cumple la Luna al circunscribir por completo al planeta Tierra. Desde nuestro planeta el ojo humano puede percibir cuatro diferentes estados principales de la Luna, a saber: luna nueva, cuarto creciente, luna llena o plenilunio y cuarto menguante. Tal ciclo dura aproximadamente 29 días y medio. Desde la Antigüedad, los antiguos hebreos sabían ya calcular la duración exacta de tal ciclo, estimando de acuerdo con sus conocimientos astronómicos que el periplo del satélite en torno al planeta Tierra tenía una duración de ’29 días, 12 horas y otras 793/1080 de hora’ (es decir, otros 44 minutos y 3,33 segundos), siendo por consiguiente su error de cálculo sólo de medio segundo. Debido a que la cantidad de días en un mes debía ser exacta, el calendario hebreo emplea meses de 29 y de 30 días, intercalándolos.

Al fin del mes hebreo, la Luna está completamente a oscuras y no es visible desde la Tierra. Al despuntar el cuarto creciente, apenas se alcanza a ver a la Luna como una finísima guadaña y ella desaparece en el horizonte minutos después del ocaso: ello marca el inicio del mes hebreo. Con el correr de los días, al ser contemplada desde la Tierra, la parte iluminada de la Luna crece paulatinamente hasta llegar al plenilunio, que marca exactamente la mitad del mes. A partir de ahí, con el discurrir de los días, vuelve la Luna a menguar, hasta desaparecer por completo, culminando también del mismo modo el mes del calendario hebreo.

Los nombres de los meses hebreos fueron concebidos en tiempos del cautiverio del pueblo judío en Babilonia, que abarcó setenta años (586 a.E.C. – 516 a.E.C.). Los nombres de origen mesopotámico siguen empleándose hasta el día de hoy. Previamente, los meses hebreos eran denominados tan sólo por su orden numérico, comenzando en la primavera (boreal) por el mes primero, Nisán, y culminando con el duodécimo, Adar. En el Pentateuco se menciona a Nisán como el primer mes del año, al haber sido aquél en que el pueblo de Israel se liberó de la esclavitud de los faraones de Egipto: “Este mes os será principio de los meses; para vosotros será éste el primero en los meses del año” (Éxodo 12:2). Otros nombres de meses mencionados en ciertos libros de la Biblia, especialmente en el Libro de los Reyes, como el “mes de Ziv” (1Reyes 6:37), o “el mes de Bul, que es el mes octavo” (1Reyes 6:38), y también “el mes de Eitanim, que es el mes séptimo” (1Reyes 8:2), fueron seguramente tomados de nombres de meses fenicios, ya que son mencionados en el contexto de las relaciones comerciales entre el Rey Salomón y el Rey Hiram de Fenicia. Los nombres babilónicos que han llegado hasta nuestros días, aparecen por primera vez en el Libro de Ester y en los de Esdras y Nehemías, y fueron adoptados asimismo por otros idiomas, como el turco moderno (Nisan = abril; Temmuz = julio; Eylül = septiembre; Şubat = febrero).

La duración de los meses hebreos oscila entre los 29 y los 30 días, de la siguiente forma:

  1. Tishrei (30 días) (תשרי) – cae aproximadamente en septiembre u octubre
  2. Jeshván (29 ó 30 días) (חשוון, llamado también Marjeshván – מרחשוון) – octubre o noviembre
  3. Kislev (30 ó 29 días) (כסלו) – noviembre o diciembre
  4. Tevet (29 días) (טבת) – diciembre o enero
  5. Shevat (30 días) (שבט) – enero o febrero
  6. Adar (29 días) (אדר) – febrero o marzo
  7. Nisán (30 días) (ניסן, llamado también Abib – אביב) – marzo o abril
  8. Iyar (29 días) (אייר) – abril o mayo
  9. Siván (30 días) (סיוון) – mayo o junio
  10. Tamuz (29 días) (תמוז) – junio o julio
  11. Av (30 días) (אב) – julio o agosto
  12. Elul (29 días) (אלול) – agosto o septiembre

El año hebreo, según la cuenta bíblica, comenzaba con el mes de Nisán, llamado en la Biblia “el mes primero” (Éxodo 12:2), y concluía en el mes de Adar; mientras que más adelante primó la concepción del comienzo del año en el mes de Tishrei, con la festividad de Rosh Hashaná (ראש השנה, literalmente “cabeza de año”), culminando el año en el mes de Elul, tal como rige el calendario hebreo hasta nuestros días.

Desde el punto de vista religioso, el calendario hebreo cuenta con 4 diferentes “cabezas de año”, siendo cada una de ellas el comienzo de la cuenta anual para diferentes finalidades:

  • 1 de Nisán es el principio de año de acuerdo a la cuenta bíblica, al conmemorar la salida de Egipto; y era el principio del año para los reyes: de tal modo, aun si un rey de Israel asumiera el trono el 29 del mes de Adar, ya al ser el día siguiente el primero de Nisán, se consideraba su segundo año de reinado.
  • 1 de Elul, el principio del año para realizar la cuenta del diezmo de ganado a apartar según las prescripciones religiosas.
  • 1 de Tishrei, el principio del año según el calendario hebreo moderno, conmemorando el aniversario de la Creación del mundo, y era la fecha en que comenzaba la cuenta de los años, los años sabáticos (cada séptimo año, en que las tierras quedaban incultas y en barbecho), y los jubileos (cada 50 años, en que prescribían las deudas y los esclavos quedaban libres).
  • 15 de Shevat, el año nuevo de los árboles, siendo ésta la fecha de su despertar luego del letargo invernal.

El año judío

Un año hebreo incluye un ciclo completo de las cuatro estaciones del año y, a su vez, debe contar con un número exacto de meses lunares. De esta manera, el año hebreo puede tener tanto 12 meses (año simple), como 13 (año bisiesto, o en hebreo שנה מעוברת, “año preñado”).

El año bisiesto, embolismal o “preñado”

El año hebreo bisiesto es un año de 13 meses, denominado en hebreo “shaná me’ubéret” (שנה מעוברת, “año preñado” o embolismal), metaforizando al mes agregado cual si fuera el feto de una mujer embarazada; y de aquí que los métodos de institución de tal año se llamen “ibur” (del hebreo עיבור, “preñamiento”) y en castellano, embolismo. El embolismo del calendario hebreo consiste en la duplicación del mes de Adar, de manera que se intercala un nuevo mes de 30 días, llamado Adar “A” (אדר א, “Adar álef”), antes del mes de Adar original, que pasa a ser Adar “Bis” (אדר ב, “Adar bet”). La principal razón por la que fue elegido justamente el mes de Adar para su duplicación es por ser el mes inmediato anterior a Nisán, el mes de la primavera, el de la salida de Egipto y en el que cae la Pascua judía, “Pésaj” (פסח), según indica la Biblia: “Guardarás el mes de Aviv (= primavera) y harás pascua a Yahveh tu Dios; porque en el mes de Aviv te sacó Yahveh tu Dios de Egipto” (Deuteronomio 16:1). Otro motivo radica en que Adar era antiguamente el último mes del año, e históricamente se prefería hacer el agregado a fin de año. Ello se asemeja a lo ocurrido con el 29 de febrero, agregado justamente allí porque antiguamente era febrero el último mes del año romano.

El método original de embolismo, desarrollado alrededor del siglo vi a. E. C., establecía que habría de agregarse un mes más, en tres años de cada ciclo de ocho. Ya en el siglo v a. E. C. se perfeccionó el sistema, estipulándose de ahí en adelante que el agregado habría de hacerse en siete años por cada ciclo de diecinueve. Se estima que dichas técnicas tienen sus raíces en los conocimientos de astronomía de los babilonios, muy adelantados para su época, y del astrónomo griego Metón (siglo v a. C.), y son aceptadas hasta el día de hoy. El Diccionario de la Real Academia Española define ciclo lunar, llamado también ciclo decemnovenal o decemnovenario, como el “período de 19 años, en que los novilunios y demás fases de la Luna vuelven a suceder en los mismos días del año, con diferencia de hora y media aproximadamente”; en tanto que el ciclo cuádruple de 76 años es llamado calípico. De esto se deduce que cada 19 años coincidirán entre sí las fechas del calendario hebreo y el gregoriano; aún puede existir un desfase de uno o dos días, debido a movimientos efectuados en el calendario hebreo por motivos religiosos (ver más adelante, “la semana en el calendario hebreo”).

En el año 359, el sabio Hilel II perfeccionó los cálculos y métodos conocidos y estableció los mecanismos de embolismo del año utilizados hasta el día de hoy, que han sido corroborados por las últimas y más modernas observaciones astronómicas. Dichos cálculos ya eran conocidos desde cientos de años atrás, pero hasta aquellos tiempos se preferían los métodos empíricos para establecer el comienzo del mes —dos testigos que habían de atestiguar ante el gran Sanedrín que habían visto el naciente de la Luna— y el comienzo de la primavera, basándose en la maduración de las mieses y la llegada del equinoccio de primavera (el 20 de marzo en el hemisferio norte), que es la fecha en que el día y la noche tienen la misma duración; mientras que el almanaque era utilizado en caso de impedimentos, como días nublados.

Se cree que la razón por la cual Hilel II publicó el calendario hebreo, tal como se utiliza desde sus tiempos hasta nuestros días, proviene de una de las decisiones tomadas por el Cristianismo en el primer Concilio de Nicea, celebrado el año 325, a instancias del emperador Constantino I el Grande. Según la tradición cristiana, Jesús de Nazaret fue crucificado el Viernes Santo, coincidente con el viernes de la Pascua judía. El Concilio decidió desvincularse del judaísmo también en este aspecto, y prescindir de la necesidad de averiguar año tras año la fecha exacta de la Pascua judía. A tal efecto, se estipuló que el primer día de la Pascua cristiana, el Domingo de Pascua o de Resurrección, se celebre el primer domingo después de la luna llena, inmediatamente luego del equinoccio de primavera. Cabe destacar que al independizar al calendario litúrgico cristiano del hebreo, perdió el primero la flexibilidad y el equilibrio que caracterizan a este último, lo que terminó causando, con el correr de los siglos, el corrimiento de la Pascua cristiana hacia el invierno, desfase que hubo de ser corregido al cabo de un milenio por el papa Gregorio XIII, por medio de su calendario gregoriano. De todos modos, la decisión de Nicea despertó el temor entre los judíos de la época de que los cristianos les prohibiesen anunciar los comienzos de mes y los embolismos de cada año, indispensables para el normal discurrimiento de la vida judía; y de ahí la necesidad de un calendario preestablecido de antemano y aceptado por todas las diásporas del pueblo judío. Mientras en la Biblia Mateo 28:1 encontramos que el primer día de la semana revisaron donde estaba, siendo domingo, el fue crucificado el viernes.

Un año trópico, o circunvolución de la Tierra en torno al Sol, conlleva en sí 12,368 ciclos lunares, o vueltas que efectúa Selene alrededor de nuestro planeta. Esto implica que 19 años trópicos equivalen a 234,992 ciclos de la Luna, un número prácticamente entero. Desde esta base se establece que cada 19 años habrá de haber 235 meses, o 12 años comunes (de doce meses), y 7 años embolismales o “preñados”, con trece meses cada uno: los años número 3, 6, 8, 11, 14, 17 y 19 de cada ciclo decemnovenario. Para saber si un determinado año hebreo es o no bisiesto, hay que dividirlo por el número 19: si el cociente obtenido después de la división nos deja un resto luego del entero con uno de los siguientes guarismos: 0, 3, 6, 8, 11, 14 ó 17, estamos ante un año de 13 meses. Así, el año hebreo de 5765, equivalente al gregoriano de 2005, al dividirlo por 19 nos da 303 enteros, y un resto de 8 (5765/19 = 303 8/19). Por ende, el año de 5765 fue bisiesto y se le agregó como tal el mes de Adar “A” antes del último mes del año, el mes de Adar “Bis”.

La semana en el calendario hebraico

El calendario hebreo no solamente combina entre el año solar y el mes lunar; sino que ambos ciclos complementados, han de convivir exitosamente también con otro de los legados del calendario de los judíos al resto del mundo: el ciclo semanal de siete días.

Los días de la semana hebrea se basan en los seis días de la Creación, según relata el primer capítulo del libro del Génesis, siendo su nombre el mismo que les adjudica la Biblia, que son simplemente los nombres de los números ordinales en hebreo, del primero al sexto —denominación que se conserva en el idioma portugués, salvo el domingo; pero que se ha perdido en la mayoría de las lenguas occidentales, que adoptaron nombres de deidades paganas para los días de la semana— y en el séptimo día, en el que Dios descansó de su labor (Génesis 2:1-3): el Shabat, del hebreo שבת, shabat, descanso; nombre que fue adoptado por una buena parte de las lenguas (castellano sábado, francés samedi, italiano sábato, portugués sábado, catalán dissabte, alemán Samstag, polaco sobota, griego sávvato, árabe asSabt, indonesio sabtu, rumano sâmbătă). Así pues, y basándose en el relato bíblico, comienza la semana hebrea el día domingo (יום ראשון, “yom rishón”, “el día primero”), y no el lunes como en la sociedad occidental, y culmina el sábado, el día consagrado al descanso. Actualmente en algunos países como el Reino Unido y también en los calendarios cristianos se suele tener el domingo como el primer día de la semana, siguiendo ésta tradición hebrea, aún dando importancia a este primer día, en especial en los calendarios litúrgicos al conmemorar la Resurreción de Jesús de Nazaret.

El ciclo hebdomadario, y muy especialmente la santidad de la festividad del Sábado —que es considerada la más sagrada de las celebraciones judías, superada tan sólo por el Yom Kipur o Día del Perdón, precisamente denominado también “Sábado de Sábados”— impone otra serie de ajustes al calendario hebreo, que debe de adaptarse a las necesidades derivadas del Sábado en primer lugar, y luego de otras fiestas y ritos judíos.

De esta manera, se propone el calendario hebreo impedir que ciertas celebraciones, se superpongan o hasta se contradigan entre sí. El primer caso sería la gran inconveniencia que acarrearía el coincidir el Sábado, en el que se prohíbe cocinar, e inmediatamente luego o antes de él, el Yom Kipur, en el que los feligreses observan un rígido ayuno. Ya en el terreno de las contradicciones, no sería aceptable que el último día de la Fiesta de las Cabañas (סוכות, Sucot), uno de cuyos preceptos es agitar vigorosamente las ramas de aravá o sauce, cayese en Sábado, en que esta actividad está expresamente prohibida, por ser una de las 39 actividades prohibidas el séptimo y último día de cada semana (Mishná, Tratado del Shabat, 7:2).

Este difícil pero fundamental equilibrio, se obtiene mediante cálculos que prescriben en cuál de los días de la semana podrá caer el primer día del año judío (según la usanza de nuestros días), que es también el primer día de la festividad de Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío. Así, las reglas del calendario hebreo estipulan que en ningún caso, podrá el primer día de Rosh Hashaná y del año —el primer día del mes de Tishrei— coincidir un domingo, o un miércoles, o un viernes.

Para compensar el desfase que la imposición de esta regla puede conllevar en el delicado equilibrio del calendario; y una vez culminado el mes de Tishrei, durante el cual se suceden las principales fiestas judías, y especialmente aquellas que acarrean los problemas que el almanaque debe resolver (Rosh Hashaná, Yom Kipur, Sucot), se vuelve a equilibrar el calendario, agregando uno, dos o tres días en los dos meses posteriores a Tishrei: los meses de Jeshván y Kislev.

De esta regla surge, que existen tres tipos de año en el calendario hebreo:

Año faltante (שנה חסרה, “shaná jaserá”)
en cuyo caso tanto el mes de Jeshván como el de Kislev tienen 29 días cada uno, de lo cual resulta que dicho año contará con 353 días.
Año normal (שנה כסדרה, “shaná kesidrá”)
en cuyo caso Jeshván traerá 29 días en tanto Kislev vendrá con 30, de lo cual resulta un total anual de 354 días.
Año completo (שנה שלמה, “shaná shelemá”)
en cuyo caso tanto Jeshván como Kislev cuentan cada uno con 30 días, y por lo tanto se trata de un año con 355 días en su total.

Los años bisiestos respectivos a cada uno de los tipos de años detallados, tendrán a su vez, sumado el mes agregado de Adar “A” que siempre cuenta con 30 días, 383, 384 ó 385 días.

El calendario hebreo vuelve a repetir su ciclo, tomando en cuenta las variaciones en días, meses y años, una vez cada 247 años, con una pequeña diferencia de 50 minutos entre ambos. Para que la repetición entre dos años hebreos sea perfecta, tienen que transcurrir entre uno y otro nada menos que 689.472 años.

Principios para el cálculo de fechas

La complejidad del calendario hebreo ha hecho que el cálculo de sus fechas se convierta en objeto de estudio matemático. Veamos algunos aspectos de los algoritmos que abordan este cálculo.

Tres cualidades distinguen un año de otro:

  • si es un año bisiesto o un año común
  • en cuál de los cuatro días permisibles de la semana comienza el año
  • si es un año deficiente, regular o completo.

Matemáticamente hay 24 (2x4x3) posibles combinaciones, pero sólo 14 de ellas son válidas. Cada uno de estos patrones se llama keviyah.

Cómo determinar si un año es bisiesto

Para determinar si un año judío es bisiesto, debe buscarse su posición en el ciclo metónico. El calendario judío se basa en el ciclo metónico de 19 años, de los cuales 12 son años comunes de 12 meses y 7 son años bisiestos de 13 meses. La posición se calcula como el resto de la división del número del año judío entre 19. Por ejemplo, el año 5771 judío dividido por 19 da como resultado un resto de 14, lo que indica que se trata del año 14 año del ciclo metónico. Dado que no existe el año 0, un resto de 0 indica que el año es el 19 del ciclo.

Los años 3, 6, 8, 11, 14, 17 y 19 del ciclo son bisiestos y el resto, comunes. Un método matemático para determinar los años bisiestos es calcular

(7 x el número del año judío + 1) / 19

si el resto es menor que 7, el año es un año bisiesto. Además, redondeando el resultado de (7 x el número del año judío + 1) / 13 al número entero más cercano, se obtiene un 0 para los años bisiestos y 1 para los años comunes.

Cálculo del Molad Tishrei

Se calcula el Molad Tishrei, día de la primera luna nueva del año, para a continuación poder determinar cuándo empieza el año. Una manera sencilla para realizar este cálculo es la siguiente:

  • Molad = longitud del mes lunar X parte entera [(235*año hebreo+13)/19]+3 días, 7h, 695 partes
Longitud del mes lunar = 29 días, 12, 793 partes (1 parte ó halakhim = 1 hora/1080)

El Molad se expresa en días, horas y partes.

  • Día de la semana de Molad = día de Molad mod 7

La relación en el calendario hebreo entre número y nombre de día de la semana es ésta:

1 2 3 4 5 6 7
domingo lunes martes miércoles jueves viernes sábado

Día de inicio del año (Rosh Hashanah)

Se define el día de inicio del año en función de cuatro posibles ajustes de aplazamiento llamados dehiyyot:

  • Si el molad se produce durante o después de las 18 horas, Rosh Hashanah se pospone 1 día.
  • Si el molad cae en domingo, miércoles o viernes, Rosh Hashanah se pospone un día.

Las dos últimas reglas se aplican con mucha menos frecuencia y nunca se utilizan si se hace otro aplazamiento:

  • Si el molad en un año común cae en un martes después de 9 horas y 204 partes, Rosh Hashanah se pospone al jueves
  • Si el molad después de un año bisiesto es un lunes después de las 15 horas 589 partes, Rosh Hashanah se pospone hasta el martes.

Año deficiente, regular y completo

El aplazamiento del año se compensa con la adición de un día al segundo mes, o la substracción de un día del tercer mes. Un año común judío sólo puede tener 353, 354, ó 355 días. Un año bisiesto es siempre de 30 días más largo, y por lo tanto puede tener 383, 384, o 385 días.

Longitud del año Bisiesto No bisiesto
Deficiente 383 353
Regular 384 354
Completo 385 355