¿Cuáles son los Continentes?


Un continente es una gran superficie de tierra rodeada por océanos y constituida, esencialmente, por corteza continental.

Tradicionalmente se ha considerado que las tierras emergidas están divididas en seis continentes: África (30.330.000 km2), América (42.032.000 km2), Asia (44.178.785 km2), Europa (10.525.000 km2), Oceanía (8.945.724 km2) y la Antártida (13.000.000 km2). Sin embargo, y desde hace tiempo, se tiende a separar América del Norte de América del Sur por lo que en total aparecen siete continentes. A ellos se asimilan las islas de las plataformas continentales, con las que, en conjunto, suman apenas un tercio de la extensión total del planeta (29,2%). Eso supone algo menos de 150.000.000 km2, frente a los 365.000.000 km2 de superficie oceánica. Los geógrafos, atendiendo a criterios políticos, han clasificado las seis masas continentales en cuatro grupos: África y Eurasia (nombre que recibe el conjunto continental formado por Asia y Europa, que de hecho no están separadas por ningún accidente geográfico notable) constituirían el antiguo Continente, en el que surgieron las principales civilizaciones, mientras que América se correspondería con el nuevo Continente y Oceanía con el novísimo Continente. La Antártida, por su parte, es denominada Continente reciente.

 

 

El límite entre Asia y Europa coincide con una línea imaginaria que discurre a lo largo de los montes Urales y el río homónimo, mientras que la división entre Asia y África viene marcada por el istmo de Suez. América, por su parte, comprende dos subcontinentes: América del Norte y América del Sur, unidos entre sí por el istmo de Panamá. La localización de los continentes está caracterizada por su concentración en el hemisferio boreal, al que pertenece la totalidad del territorio de Europa y Asia, y la mayor parte de América y África, quedando sólo Oceanía y la Antártida circunscritos al meridional.

 

 

En lo concerniente al relieve, puede afirmarse que las masas continentales presentan un perfil básicamente llano, ya que sus montañas y depresiones son irregularidades de escasa significación en comparación con el radio terrestre. La altitud media sobre el nivel del mar de las tierras emergidas es de 700 m, frente a los 3.800 m de profundidad media de los océanos. Este dato apoya la teoría formulada por el geofísico alemán Alfred Wegener acerca del origen y configuración de los continentes, que explica su actual morfología partiendo de la división de la corteza terrestre en varios bloques continentales, que se habrían escindido hace 200 millones de un continente primigenio (llamado Pangea por Wegener) y que estarían en continuo movimiento sobre el manto. Esta teoría, comúnmente aceptada en nuestros días y confirmada por los modernos estudios científicos, es conocida como Deriva Continental, y su análisis forma parte de la rama de la geología, conocida como Tectónica de Placas.

Casa de la Contratación de Indias


La Real Casa de la Contratación de Indias fue una institución que se estableció en 1503, creada para fomentar y regular el comercio y la navegación con los territorios españoles en Ultramar.

Estableció un asiento que dio como fruto un monopolio de comercio español con las Indias. Algunos períodos entre el siglo XVI y el XVIII llegaba a recibir 270 000 kilos de plata y 40 000 kilos de oro al año.

 

Creación y funciones

Desde el segundo viaje de Colón en 1493 todos los asuntos concernientes al Nuevo Mundo habían estado en manos de Juan Rodríguez Fonseca, arcediano de la Catedral de Sevilla, capellán y hombre de confianza de Isabel la Católica. Este clérigo más tarde sería promovido a las sedes episcopales de Badajoz, Palencia y Burgos. Sin embargo, diez años después se hacía patente que no podían estar en manos de una sola persona todos estos asuntos, por lo que se decide crear una institución colegiada que es la Casa de Contratación. Aunque Fonseca perdería ese poder unipersonal como superintendente se mantendría en la corte con un cargo equivalente al de “Ministro de las colonias”, como dice el historiador Clarence H. Haring, hasta que se crea el Consejo de Indias en 1524.

Desde mediados de 1502 existe constancia documental del proceso de creación de una Casa de Contratación y el historiador Ernesto Schaffër cree que pudo ser promovida en origen por el genovés Francisco Pinelo, por ser un vecino de Sevilla muy conocedor de los asuntos indianos.

Principales rutas comerciales del Imperio Español con Las Indias.

El 20 de enero de 1503 Don Fernando y Doña Isabel firman una Real Provisión en Alcalá de Henares por la que se aprueban las primeras 20 Ordenanzas para la Casa de Contratación de Sevilla, para las Indias, las Islas Canarias y el África atlántica. Entre sus finalidades se especifica:

recoger y tener en ella, todo el tiempo necesario, cuantas mercaderías, mantenimientos y otros aparejos fuesen menester para proveer todas las cosas necesarias para la contratación de las Indias; para enviar allá todo lo que conviniera; para recibir todas las mercaderías y otras cosas que de allí se vendiese, de ello todo lo que hubiese que vender o se enviase a vender e contratar a otras partes donde fuese necesario.

El gobierno de la Casa estaría a cargo de tres oficiales reales: el Factor, el Tesorero y el Contador-Escribano, que fueron nombrados por Isabel la Católica por Real Cédula el 14 de febrero de 1503, firmada también en Alcalá de Henares. Tenían la misión saber cuántas mercancías y barcos enviar a las Indias, y para ello debían mantener comunicación con otros oficiales reales que ya se encontraban allí y conocer las necesidades de los colonos, elegir a los capitanes y escribanos para los viajes, entregarles instrucciones por escrito y decidir qué mercancías comprar para llevar allí.

Para el cargo de tesorero fue nombrado el doctor Sancho de Matienzo, letrado, buen jurista, canónigo de la Catedral de Sevilla y que fue primer abad de Jamaica desde 1512 a propuesta de Fernando el Católico y que ejerció de su labor en la Casa hasta diciembre de 1521. El Contador-Escribano fue Jimeno de Briviesca, que era gran conocedor de los asuntos indianos por haber participado en los preparativos de los viajes de Colón, y que ocupó el cargo durante 7 años. El primer Factor sería Francisco Pinelo, amigo personal de Colón y colaborador suyo y que ocupó el cargo hasta su muerte en 1509.

Sevilla en la segunda mitad del siglo XVI, por Alonso Sánchez Coello. Museo de América de Madrid.

Se decide que, aunque se pueden utilizar también barcos de la Corona, estos se pueden obtener también mediante requisa y arriendo a particulares. La Casa de Contratación tenía también una labor fiscalizadora, porque debía comprobar que las mercancía que llegaban a Sevilla eran las mismas que se habían embarcado en las Indias. A esos tres oficiales reales se les conocería posteriormente como Jueces Oficiales, para diferenciarse de los llamados Jueces Letrados que entrarían posteriormente. En 1508 se crea la figura del piloto mayor de las Indias, nombrándo Fernando el Católico como primero con este cargo a Américo Vespucio. El piloto mayor debía ser un auténtico experto en navegación, ya que su misión consistía en la preparación y resultado de las expediciones, examinar y graduar a los pilotos y censurar las cartas e instrumentos de navegación. Para realizar sus funciones contraba con la ayuda de otros pilotos así como del Cosmógrafo de la Casa. Américo Vespucio fue sucedido más tarde por Juan Díaz De Solís y Sebastián Cabot.

En 1509 Fernando el Católico pide un informe detallado de todas las Ordenanzas, instrucciones especiales, aranceles, etcétera, que operaban en la Casa para disponer de la redacción de unas nuevas ordenanzas. Las nuevas ordenanzas, de 36 capítulos, fueron expedidas en Monzón el 15 de junio de 1510 y se completaron en 1511 con 17 artículos más.

Las Ordenanzas de 1510 son más extensas y minuciosas que las de 1503. Se especifican las horas de trabajo; se determinan los libros de registro que hay que llevar; se regula la emigración; se trata de las relaciones con mercaderes y navegantes; se dispone lo relativo a los bienes de los muertos en Indias, y se le incorpora el matiz científico al incluirse dentro de la Casa de la Contratación al piloto mayor ―creado en 1508―, encargado de examinar a los pilotos que desean hacer la carrera, y de trazar los mapas o cartas de navegación y el padrón real o mapa modelo del Nuevo Mundo donde se iban registrado todos los descubrimientos, hasta 1519 en que se crea el puesto de cartógrafo. La Casa custodiaba la información náutica y la cartografía de manera secreta para evitar que la información cayera en manos de potencias extranjeras.

A mediados del siglo la Casa del Océano ―como le gustaba llamarla a Mártir de Anglería― era un organismo bien reglamentado, con capilla y cárcel propia. En 1557 se creó el cargo de presidente, al que estuvieron subordinados el contable, el factor y el tesorero.

El cronista oficial de la Casa escribía la historia de la América española y de su desarrollo tecnológico y científico. Los que violaban el reglamento de la Casa, caían bajo su jurisdicción y para ello se creó un tribunal especial en 1583.

Además de estos cargos, la Casa de la Contratación fue aumentando el número de sus funcionarios, a medida que fue incrementándose también la importancia del tráfico americano. Los oficiales de contaduría, numerosos escribanos, hicieron de esta institución una de las más complejas de todas las existentes.

Por la estructura que se da a la Casa se adivina una estrecha relación con la Hacienda Real. Difícilmente hubiera podido ser de otra forma ya que el tesoro de la Corona ocupaba una parte esencial de los asuntos indianos. Por una parte, servía para financiar la compra y transporte de la mayoría de los bastimentos y pertrechos que eran llevados a Indias. Muchos de los colonizadores gozaban de salario a cargo del tesoro. Por la otra, los asientos para la formación de toda nueva expedición incluían expresamente cláusulas mediante las cuales se aseguraba el interés de la Hacienda Real en los beneficios económicos del viaje. Al efecto, eran comisionados funcionarios que acompañarían a los descubridores en sus andanzas y velarían por la adecuada satisfacción de los derechos reales.

En 1539 y 1552 se volvieron a reunir todas las leyes y disposiciones existentes en relación con la Casa de Contratación para ser publicadas. De la misma forma se volvieron a imprimir en 1585 y se convirtieron en la base del Libro Noveno de las Leyes de Indias.

Sede

La elección de Sevilla como primera sede de la Casa de la Contratación durante 214 años no fue casual. Huelva tenía malas comunicaciones por tierra con el resto de España y era una ciudad que poseía abundantes tierras de señoríos y la Corona no estaba dispuesta a compartir su riqueza con nadie. Cádiz era prácticamente una ciudad-isla, que entonces estaba demasiado poco desarrollada y, además, era extremadamente insegura por dar al mar. De hecho Cádiz sería atacada repetidas veces: en 1587, 1596, 1625 y 1797. Llegar a Sevilla en barco, sin embargo, era un recorrido a través del Guadalquivir y la ciudad podía guardarse mejor, y tenía mejores comunicaciones por tierra, además de ciertas infraestructuras. La elección de Sevilla como ciudad con monopolio en el comercio con las Indias posibilitó que en torno a 1540 Sevilla desbancara a Amberes como centro financiero de Europa. Sevilla, además, ya desde el siglo XIII era un foco comercial y financiero de gran importancia, que encauzaba los flujos mercantiles que venían del Norte de África, recibiendo parte del oro de Sudán que salía al Mediterráneo, comerciaba con plazas italianas y del Atlántico Norte y disponía de focos financieros que respaldaban ese comercio.

Su primera sede fueron las Atarazanas Reales de Sevilla, pero como era un lugar expuesto a las arriadas y dañino para las mercancías, pronto fue trasladada a las dependencias del Real Alcázar, donde quedó instalada, al oeste del palacio de Pedro I, en la zona denominada de los Almirantes, local “sano, y alegre”, con buen patio y una puerta orientada hacia el río. Entre 1503 y 1506 se derribó la parte del Cuarto del Almirante y se volvió a levantar, con una fachada principal hacia el río. Posteriormente se construyeron almacenes y casas en la zona de la actual plaza de la Contratación.

La primera fase de las obras, que tuvo lugar entre 1503 y 1506, fue realizada por el maestro mayor de obras y carpintería del Alcázar Juan de Limpias, y se creó una portada de piedra labrada por Alonso Rozas, maestro mayor de la Catedral.

Cuando se realizó la obra la Corona pidió que se realizara una edificación simple, sin gran suntuosidad, porque ya daría tiempo de ampliarla o mejorarla en el futuro. Tras la primera fase hubo una segunda, entre 1506 y 1515 donde se creó una segunda planta y se ampliaron las instalaciones hacia una zona que era conocida como Cuarto de los Cuatro Palacios. En 1553 se amplió la superficie disponible comprando un edificio contiguo llamado Hospital de Santa Isabel.

Lo cierto es que, desde el comienzo el edificio se quedó pequeño, y aunque la instalación completa tenía una extensión de 600 metros cuadrados, Américo Vespucio, cuando fue nombrado Piloto Mayor en 1508, tuvo que dar clases en su domicilio particular y cuando se creó en la institución la cátedra de Cosmografía tuvo que asignarse como aula la capilla.

Además, existió otra razón para llevar la Casa al Alcázar. Hasta entonces el Cuarto del Almirante había albergado una institución de gran tradición histórica en la Andalucía bajomedieval: el Almirantazgo de Castilla y su Tribunal, establecido en Sevilla desde el siglo XIII, que tenía competencia jurisdiccional en asuntos marítimos.

Anexo al Alcázar existe un patio almohade que era parte del complejo de la Casa de la Contratación, sin embargo los inmuebles de ese entorno fueron derribados en la segunda mitad del siglo XX y fue levantado un edificio historicista en 1973 que respetaba el patio y algunas partes de los muros. Se realizaron excavaciones y obras de restauración del patio en 1992. El inmueble ahora sirve de oficinas de la Delegación del Gobierno de la Junta de Andalucía, por lo que no se encuentra abierto al público salvo visitas concertadas. Sin embargo, el Cuarto del Almirante y la Capilla de la Casa de Contratación, así como el Patio de la Montería, sí están dentro del recorrido turístico del Real Alcázar y pueden visitarse.

La entrada al Cuarto del Almirante, en el Patio de la Montería del Alcázar sevillano, es de los pocos vestigios que quedan de lo que fue la Casa de la Contratación de Sevilla. El Cuarto es una habitación rectangular que actualmente alberga varios cuadros en las paredes y que sirve para realizar algunos actos protocolarios.

Como una habitación abierta al Cuarto del Almirante se encuentra la Sala de Audiencias, que fue reconvertida en Capilla de la Casa de la Contratación en 1526. Para adornarla, se colocó una imagen de la Virgen de los Navegantes, que hoy constituye un importante documento gráfico, ya que en una parte del retablo existe un cuadro de Colón del siglo XVI. Dicha sala está hoy adornada, además de con el valioso altar, con un techo dorado y unas paredes tapizadas que muestran varios escudos, los de los almirantes de la flota española con el de Cristóbal Colón en el centro. A ambos lados del retablo se encuentran un arcón y una maqueta de un navío.

Astronomicum Caesareum de Peter von Bienewitz


Peter von Bienewitz fue un importante astrónomo y geógrafo alemán al servicio del emperador Carlos V.

En el disco siguiente se representa la bóveda celeste perteneciente a la obra Astronomicum Caesareum del mismo autor.

Importancia de su obra

Apiano fue uno de los primeros cosmógrafos en proponer la observación de los movimientos de la Luna para determinar las longitudes. En matemáticas calculó tablas trigonométricas que publicó en Núremberg en 1534 con el título Primi instrumentum mobilis, con un instrumento que permitía el cálculo mecánico de senos.

Aplicó las matemáticas al estudio astronómico, favoreciendo la observación directa. En este sentido, fue el primero en valerse de cristales ahumados para la observación del Sol. Así pudo publicar un cuadrante astronómico e instrucciones para la fabricación de instrumentos de observación y relojes de sol. Entre las observaciones astronómicas que realizó cabe destacar la descripción del paso en 1531 del cometa Halley, sugiriendo además que las colas cometarias en su órbita de giro es muy posible que apunten en sentido opuesto al Sol.

Jinetes cosacos: las crueles ‘fuerzas de élite’ zaristas aplastadas por el terror rojo de Lenin


ABC.es

  • El 30 de octubre de 1917 (12 de noviembre atendiendo al calendario gregoriano) el derrocado Kérenski trató de recuperar el poder perdido tras la Revolución de Octubre. Lo hizo con la ayuda de unos de los guerreros mejor entrenados de la región. Sin embargo, cayó ante la fuerza de los «Guardias Rojos»

Cosacos en «La despedida», cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau – Augusto Ferrer-Dalmau

Ni la furia de unos militares versados como los cosacos le valió a los políticos expulsados por los bolcheviques para recuperar el poder tras la Revolución de Octubre de 1917. El entrenamiento de aquellos jinetes, su armamento, las decenas de contiendas que tenían a sus espaldas… En todo ello confiaba Aleksandr Fiódorovich Kérenski, derrocado presidente del Gobierno Provisional formado en Rusia tras la abdicación del zar Nicolás II, para aplastar a los «Guardias Rojos» que le habían sacado de la poltrona el día 25 de ese mismo mes (siempre según el calendario juliano). Con todo, y a pesar de que se presentó con 700 de estos leales combatientes en las cercanías de San Petesburgo, fue derrotado por los campesinos armados leales a Trotski y Lenin. Fue una última y desesperada intentona. Y no le sirvió de nada.

Llegar a esta derrota requiere viajar en el tiempo hasta los comienzos de octubre de 1917. Por entonces, y después de la revolución de febrero y la abdicación de Nicolás II, el país era dirigido por dos organismos. El primero (el oficial) era un Gobierno Provisional liderado por un Kerenski que -en sustitución de su predecesor, Gueorgui Lvov– había prometido llevar la revolución hasta las últimas consecuencias. El segundo (no reconocido, pero con capacidad de movilización) era el de los sóviets, grupos que representaban a obreros y soldados.

Por si fuera poco, entre estos últimos grupos comenzaban a cobrar importancia los bolcheviques, un ala de izquierdas radical controlada por el exiliado Vladimir Illich (Lenin).

Aunque el poder era compartido «de facto», oficialmente era el Gobierno Provisional el que se hallaba al frente del país. En base a ello, sobre sus representantes recayó la responsabilidad de superar las dificultades económicas y afrontar el descontento generado en Rusia por la sangría de hombres y recursos que estaba suponiendo para el país la Primera Guerra Mundial. Kerenski (el mismo que posteriormente tildaría a Lenin de «criminal de estado» en uno de sus discursos más conocidos) se las prometía felices en principio. Sin embargo, sus promesas acabaron cayendo en el olvido.

«El nuevo gobierno puso pronto en evidencia su enorme incompetencia para sacar a Rusia de la guerra y para introducir las mejoras que campesinos y trabajadores habían estado exigiendo para apoyarlo», explica Rodrigo Quesada en «El siglo de los totalitarismos (1871-1991)». El historiador Tom Corfe es de la misma opinión. Así lo demuestra en su obra «Las revoluciones rusas»: «Los líderes del sóviet de Petrogrado, y de los demás sóviets de trabajadores, campesinos y soldados del país, denunciaron a Kérenski, tachándolo de débil y de poco claro; muchas fanfarronadas pero nada de acción».

En algunos sóviets, de hecho, se empezó a barruntar la posibilidad de conquistar el poder por las bravas. Y, cómo no, los bolcheviques decidieron avivar esas ideas. Así se plantó la semilla de una nueva revolución.

Revolución

El paso del tiempo solo empeoró la situación. Así lo demuestra el que, en ciudades como Petrogrado, la población tuviera que aguantar extensas colas para comprar alimentos básicos debido a la precaria situación económica. Con este clima de descontento solo era cuestión de tiempo que la situación estallase. La pregunta era quién se aprovecharía de ello. Y pronto encontró una respuesta: Lenin, quien había llegado en secreto a la urbe el mismo octubre.

Sediendo de poder y ávido de gloria revolucionaria. el líder bolchevique comenzó a urdir un levantamiento armado al grito de «La historia no nos perdonará que no tomemos el poder inmediatamente» o «Que las clases dominantes se estremezcan con la revolución comunista». A finales de mes, el plan estaba sobre la mesa y dispuesto.

«La acción comenzó a las dos de la madrugada del día 25 -7 de noviembre del calendario gregoriano- cuando Trotski envió a pequeños grupos de “Guardias Rojos” a que ocuparan los edificios gubernamentales, oficinas de correos, telégrafos, teléfonos, estaciones de ferrocarril, arsenales y depósitos de agua», explican Carlos Canales y Miguel del Rey en su obra «Tormenta Roja: La Revolución Rusa (1917-1922)». A sus órdenes no solo tenía a la bolcheviques y al pueblo descontento, sino también a una parte de los militares (muchos de los cuales habían rehusado regresar al frente en julio de 1917) y a los marineros de la flota del Báltico.

Poco después, los «Guardias Rojos» salieron a las calles para conquistar los objetivos ordenados. Otro tanto hizo la tripulación del crucero protegido «Aurora» (del lado bolchevique), la cual obligó a su comandante a llevar el bajel del río Neva, hasta el centro de la ciudad. Gracias a su ayuda, los revolucionarios pudieron expulsar a las tropas gubernamentales de los puentes cercanos e ir conquistando, de forma rápida, la ciudad. «A las diez de la mañana, Trotski anunció confiado que el Gobierno Provisional había caído, aunque los ministros todavía seguían trabajando en el Palacio de Invierno», añade Corfe.

Poco después comenzó el asedio al Palacio de Invierno, edificio al que fueron llegando poco a poco los «Guardias Rojos». En principio, las fuerzas posicionadas alrededor del mismo (principalmente cadetes) se dedicaron a desarmar a los asaltantes. Sin embargo, al final les fue imposible hacer frente a la avalancha de enemigos que cercaba la sede. Todo estaba perdido para ellos.

A las seis y media de la tarde los revolucionarios enviaron un ultimátum a los políticos ubicados en el interior del edificio y, poco después (a eso de las nueve y media), comenzó el bombardeo por parte del «Aurora». «Como no había munición real a bordo, dispararon municiones de fogueo», señala Sean McMeekin en «Nueva historia de la Revolución Rusa».

Durante la media noche se produjo el asalto final después de que una buena parte de las fuerzas gubernamentales abandonaran la defensa. Los bolcheviques accedieron posteriormente al edificio y terminaron con la unidad de mujeres que lo defendía (denominada el «Batallón de la Muerte»). «¡No toquen nada, ahora todo es propiedad del pueblo!», señalaron los comisarios. Poco pudieron hacer los miembros del gobierno, reunidos en la sala de desayuno, más allá de no oponer resistencia y marchar con calma como prisioneros hacia la fortaleza de Pedro y Pablo.

La última carta

Toda la plana mayor del gobierno fue detenida… salvo el propio Kérenski, quien logró escapar al frente. Según afirmó, para coordinar la resistencia. Su plan le salió bien a medias, pues logró reunirse con el comandante Piotr Krasnov, a quien le solicitó su ayuda para recuperar el poder.

«Tras salir de Petrogrado, el ministro presidente depuesto […] se dirigió a Gátchina, a unos 50 kilómetros al sur de la capital, donde llegó durante la tarde del 25 de octubre. Aunque la guarnición local no le brindó ningún apoyo, le permitieron proseguir su viaje hacia el norte, hacia el cuartel general de Pskov, donde pudo establecer contacto con el III cuerpo de caballería cosaca», destaca McMeekin.

La fuerza de este militar suponía un desafío para la revolución, pues contaba con un millar de cosacos. Unos jinetes descendientes de pueblos pastores nómadas que, a partir del siglo XVII, habían obtenido la fama de ser una de las mejores caballerías regulares de todo el territorio europeo.

Sus bondades (o crueldades) habían sido sufridas por el mismísimo Napoleón Bonaparte. Líder que había tenido que aguantar como decenas de estos letales soldados acababan con sus tropas mientras trataban de retirarse de Moscú. Un soldado francés escribió posteriormente las barbaridades que perpetraban: «Estos aventureros regimentados, después de despojar a los prisioneros, los llevaban casi desnudos a su campo, en donde los hacían sufrir todo tipo de males imaginables».

Leales al zarismo durante las diferentes revoluciones (aunque protagonistas también de algunos alzamientos contra gobiernos establecidos), los cosacos habían sido adoptados como una guardia de élite por los dirigentes a finales del siglo XIX.

«Los zares comprendieron que los regimientos de cosacos eran un instrumento dispuesto y contundente de seguridad interna. Mientras la policía y las tropas locales podían tener ciertas reticencias a cargar contra civiles desarmados en las calles de sus propias ciudades, los cosacos -que se consideraban como una raza militar distinta […]- no tenían tal renuencia», explica John Ure en «Los cosacos». No les fue mal en este sentido, pues se contaron por miles los revolucionarios que huyeron -en las sucesivas revueltas- de sus espadas y látigos.

Con todo, en febrero y octubre no hicieron honor a su tradicional lealtad, pues regimientos enteros no dudaron en cambiarse de bando.

La batalla final

Krasnov y Kérenski reunieron una fuerza de 700 jinetes cosacos con la que avanzaron hasta Gátchina. Su objetivo: recuperar el poder por la fuerza. Mientras el antiguo presidente enviaba telegramas a diestro y siniestro para recibir refuerzos (la mayoría fueron respondidos con una negativa) Lenin movilizó a miles de «Guardias Rojos», soldados y marineros con el objetivo de interceptarles y aplastar los posibles núcleos contrarevolucionarios.

Ambos contingentes se encontraron en las cercanías de Tsárskoie Seló el 30 de octubre de 1917. Allí se dirimió la última batalla decisiva para reinstaurar el Gobierno Provisional.

La contienda es narrada ampliamente por el profesor de historia militar Erik Durschmied en su obra «De Robespierre al Che Guevara». Según sus palabras, aquel día Krasnov contaba con unos 700 cosacos «bien entrenados y equipados con artillería de campo». Por su parte, los bolcheviques sumaban (siempre según este autor, pues las cifran varían atendiendo a las fuentes) «12.000 bayonetas en manos de obreros inexpertos, cuatro coches con ametralladoras, y dos cañones pequeños».

Al parecer, los bolcheviques fueron los primeros en atacar. Decididos, 5.000 hombres avanzaron manteniendo un fuego constante contra los jinetes. Durante esos primeros enfrentamientos lograron capturar a diez cosacos de vanguardia. «El comandante bolchevique, Pavel Dybenko, decidió forzar una victoria rápida. Los prisioneros fueron alineados a plena vista de los cosacos montados y fueron ejecutados uno tras otro», determina el experto.

Aquella crueldad provocó la ira de los jinetes, que cargaron de forma estoica contra las líneas bolcheviques, destrozaron algunos de los vehículos de los «Guardias Rojos» e hicieron estallar varias cajas de munición.

«Grupos de aterrorizados bolcheviques emprendieron la retirada, solo para morir bajo los brutales sables de los cosacos», completa el autor en su obra. Sin embargo, y a pesar de aquella pequeña victoria, Krasnov se vio obligado a retirarse por miedo a ser rodeados por los flancos y aniquilado. Así, primero retrocedió con sus hombres hasta Tsárskoie Seló y, posteriormente, a Gátchina. De nada le sirvió pelear con valentía y de forma aguerrida.

«Aunque Kérenski envió más telegramas a Pskov y Moguilov para pedir refuerzos, ya nadie escuchaba. El 31 de octubre renunció hasta Kérenski. Envió un telegrama a Petrogrado en el que comunicaba al Comité Panruso para la Salvación del País y de la Revolución que “todo movimiento [de tropas] había cesado”; pedía a todos “que tomaran las medidas necesarias para evitar inútiles derramamientos de sangre”. Con la retirada de Kérenski y el asalto al Kremlin en Moscú al día siguiente, se neutralizó, de momento, el peligro de una amenaza militar contra los bolcheviques», completa McMeekin.