Archive for abril 19, 2017



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  • «Dentro de dos años se cumplirán cinco siglos del viaje de Magallanes-Elcano. ¿No sería ya tiempo de que el Estado español, presidido felizmente por otro Rey universalista, S.M. Felipe VI, tomara las riendas de una conmemoración ineludible? Sería un error dejar pasar este gran logro»

Tras un largo proceso de sucesión prematura y complicada, el Rey Carlos I de España, nieto de los Reyes Católicos y del Emperador Maximiliano de Habsburgo, Duque de Borgoña, Rey de Nápoles, Sicilia y Cerdeña e hijo de la Reina Juana, incapacitada por su propio padre, es declarado heredero de los reinos de Castilla y Aragón, junto con su madre que a partir de entonces reinaría sólo de forma nominal. En 1517, al año de la muerte de su abuelo Fernando, el nuevo monarca desembarcó en Villaviciosa con una escuadra de cuarenta navíos que lo había transportado desde Flandes. Una situación complicada se le presentaba al nuevo Monarca de cuya llegada a suelo español se cumple este mismo año el V Centenario.

Sin apenas hablar castellano, rodeado de asesores flamencos y españoles que tenían proyectos distintos y encontrados, con dificultades para jurar en las Cortes de Castilla y Aragón, el joven rey, cosmopolita y decidido, se encandiló con un difícil proyecto que le llegó de la mano de un portugués fuerte y adusto que había renegado de Portugal por haber sido despreciado por su Rey y que había llegado a Sevilla buscando amparo para llevar adelante la aventura que se proponía, que no era otra que el descubrimiento del ansiado y buscado paso desde el Atlántico a la tierra de las codiciadas especias a través del Mar del Sur del que unos años antes se había posesionado Vasco Núñez de Balboa en nombre de la reina Juana. Una labor en la que habían fracasado desde el mismo Colón, el “iluminado” también rechazado por Portugal, a los más avezados marinos que siguieron intentándolo y del que otro extranjero aseguraba conocer el secreto.

Con una rapidez inusitada inversamente proporcional a la marcha ordinaria de los asuntos oficiales del país, el 22 de Marzo de 1518, apenas seis meses después de su llegada, el joven Carlos, en nombre de su madre incapacitada, firma una Capitulación con el solemne “Yo el Rey”, a favor de Fernando de Magallanes y su socio, Ruy Faleiro, astrónomo y cartógrafo, autor intelectual del proyecto del que Magallanes con su experiencia náutica sería el autor material. Una Capitulación que sin ser tan amplia y generosa como las Capitulaciones colombinas, mantenía, sin embargo, similares características: era una empresa estatal de cuyos beneficios los dos socios se llevarían una vigésima parte, no se permitiría a ningún otro que navegara por los territorios por ellos descubiertos en un plazo de diez años y si descubrían más de seis islas les sería concedido el título de adelantados o gobernadores para ellos y para sus hijos y herederos. El hecho de que en la flota fueran un factor real, un tesorero y un veedor, no limitaba la capacidad de mando del capitán que comandaba una de las de cinco naves que el Rey se comprometió a equipar de tripulación, víveres y artillería para dos años de viaje, empeñando en ello “su honor y su real palabra”.

Le faltó muy poco para alcanzar las Molucas, pero las dos naves que aún quedaban sí que lo consiguieron; y una de ellas, esta vez al mando de un español, Juan Sebastián Elcano, fue el que consiguió lo más importante del viaje: volver al punto de partida

Estos dos portugueses, a los que los suyos consideraron traidores, fueron siempre leales a la confianza que el Rey español había depositado en ellos e hicieron honor a su palabra empeñada, tal como aparece reflejado en el comienzo de esta Capitulación que cambió el mundo: «Pues que vosotros, Hernando de Magallanes, caballero, natural del reino de Portugal, y el licenciado Ruy Faleiro, del mismo reino, estáis dispuestos a prestar a Nos un gran servicio dentro de los límites que a Nos pertenecen en la parte de océano que nos fue adjudicada, ordenamos que, al efecto, sea puesto en vigor el siguiente pacto…» Una vez más, la Corona española prestó apoyo al sueño que parecía imposible de otro extranjero que le daría la universalidad de la que disfrutó durante más de tres siglos.Las consecuencias de esta Capitulación es por todos conocida. Una expedición con cinco pequeños navíos que partió del puerto de Sevilla en Agosto de 1519, cuya marinería tuvo que ser reclutada con hombres de todas las naciones que pululaban por aquella Babilonia en la que se había convertido la ciudad desde que comenzó la navegación a través del Atlántico, que recorrió miles de kilómetros por parajes helados y desiertos, que cruzó por un estrecho que aún hoy es difícil navegar y que consiguió atravesar el inmenso mar que ellos llamaron Pacífico, a través del que consiguieron llegar al archipiélago de las Marianas, probablemente a la isla de Guam. Siguieron hasta Filipinas donde visitaron varias islas y permanecieron cierto tiempo en buena relación con sus habitantes, hasta que Magallanes, siempre fiel a D. Carlos, por ratificar la posesión de ellas en su nombre, se enredó en una imprudente escaramuza, totalmente impropio de su precavido carácter, en la isla de Mactán donde murió asaeteado por los indios. Le faltó muy poco para alcanzar las Molucas a lo que se había comprometido, pero las dos naves que aún quedaban de las cinco que partieron sí que lo consiguieron; y una de ellas, la Victoria, esta vez al mando de un español natural de Guetaria, Juan Sebastián Elcano, fue el que consiguió lo más importante del viaje: volver al punto de partida tres años después, en Septiembre de 1522, en un periplo de ruta ya conocida pero más peligrosa que la que habían dejado atrás por la continua persecución de los portugueses que se consideraban invadidos en sus territorios. Por vez primera se había dado la vuelta al mundo y se había demostrado empíricamente su redondez.

Elcano se dio perfectamente cuenta de su hazaña, porque en una breve carta que le escribe al Emperador desde Sanlúcar de Barrameda, nada más desembarcar, no resalta como su mayor mérito el haber llegado cargado de las codiciadas especias, cuyo costo compensaba con creces la inversión que se había hecho para la expedición, ni las tierras descubiertas, ni las aventuras que llevaron a cabo, ni las calamidades sufridas. Era muy consciente de que su mayor mérito estaba en haber circunnavegado el globo por primera vez. Y así era verdaderamente.

Todos los honores que le negaron los cronistas del viaje, sobre todo Pigafeta, amigo de Magallanes que prácticamente lo ignora, o su principal biógrafo Stephan Zweig, que ensalza las virtudes de Magallanes hasta la exageración y casi no menciona a Elcano, se los concedió el flamante Emperador. No sólo lo premió con una renta anual de 500 ducados en oro sino con algo que en la época era tan apetecido y valioso: un escudo de armas en el cual estaba bordada una esfera del mundo a la que acompañaba como lema una leyenda en latín: Primus circumdedisti me que, desde principios del siglo XX, está grabado en un bergantín, el buque escuela de la Armada española que lleva su nombre.

A partir de entonces nada fue igual. Carlos I fue nombrado, en 1521, Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, paradójicamente el mismo año en el que Magallanes moría en Filipinas por ampliar su imperio hasta el otro extremo del mundo en un epopéyico viaje del que sólo volvieron 18 hombres al mando de un español. Ellos consiguieron culminar el sueño de un gran hombre y la gran empresa de un Rey, convertido en Emperador del Mundo.

La Real Academia de la Historia inaugura el 21 de Abril, un ciclo de siete Conferencias titulado “De Fernando el Católico a Carlos V 1504-1521”, que se completará con otro posterior para homenajear este año el inicio de este reinado. La última de las conferencias de este primer ciclo se dedica al descubrimiento de los dos grandes océanos que culmina la expedición Magallanes-Elcano, de cuyo viaje también se cumplirán cinco siglos dentro de dos años. ¿No sería ya tiempo de que el Estado español, presidido felizmente por otro Rey universalista, S. M Felipe VI, tomara las riendas de una conmemoración ineludible y se pusiera al frente de una comisión estatal que aglutinara todo lo que se está preparando en algunas partes de España y del mundo, para celebrar una hazaña universal que fue la primera gran empresa que tomó a su cargo Carlos I y que cambió la faz del planeta?

Pienso que seria un gran error dejar pasar desapercibido uno de los más grandes logros de nuestra rica Historia y que queda muy poco tiempo para evitar que esto ocurra.

Enriqueta Vilar Vilar es miembro de la Real Academia de la Historia

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  • Durante uno de los combates entre los dioses, Horus hirió a Set en los testículos y éste a Horus en ambos ojos

La mitología de cada pueblo es una fotografía exacta de cómo veían y entendían el mundo que les rodeaba. Las virtudes, injusticias, prodigios y crueldades que percibían en la creación y en los propios seres humanos terminaban proyectadas en sus dioses. Lo sorprendente, no obstante, en el caso egipcio era la ligereza con la que los seres divinos se mutilaban y castigaban hasta alcanzar niveles de crueldad fuera de lo común. La guerra entre divinidades era un elemento fundamental del relato.

Un ejemplo de esta brutalidad familiar está en la enemistad entre Horus, dios celeste, y Set, Señor del caos, que implicó a otros importantes miembros del panteón egipcio como Anubis, dios de la muerte. En las primeras versiones de este enfrentamiento, fundamental en la mitología egipcia, Set y Horus eran hermanos luchando por la herencia paterna, pero más adelante fueron considerados tío y sobrino. De modo que tras la muerte de Osiris, padre de Horus y hermano de Set, ambos iniciaron una lucha por la sucesión en la que el segundo usurpó el trono de los dioses en la tierra. Es más, el mito consideraba a Set el responsable de la muerte de Osiris, ya fuera después de transformarse en toro y pisotearle; en un mosquito y picotearle mortalmente; o en un cocodrilo y morderle cuando nadaba. En cualquier caso, el dios chacal Anubis se encargó de embalsamar y vendar el cuerpo del dios rey, siendo la primera momia que inició la más característica tradición egipcia.

La batalla entre tío y sobrino llegó a las manos en varias ocasiones, lo que puede hacer referencia a eclipses lunares o a fases menguantes de la luna, como la película «Dioses de Egipto» (2016) relató de forma libre recientemente. Durante uno de los combates Horus hirió a Set en los testículos y éste a Horus en ambos ojos. El mito incluía, no obstante, la historia de cómo Horus recuperaba sus ojos (su ojo en forma de luna, en algunas versiones) posteriormente. Como dios del cielo Horus adoptaba la forma de halcón, mientras que Set adquiría con frecuencia la mitad de un cerdo hormiguero y parte de un asno salvaje.

Juicios, retos y venganzas

Ambos pretendientes al trono acudieron durante la lucha a un tribunal divino, presidido por el dios supremo Ra, que se inclinó porque fuera Horus quien reinara. Sin embargo, el propio Ra dudaba del criterio del tribunal y retrasó la sentencia por tiempo ilimitado. En un momento dado accedió a que el consejo se trasladara a una isla para que la diosa Isis, madre de Horus, no pudiera interferir en la disputa.

Así y toda, la diosa se disfrazó de anciana para alcanzar la isla, donde se transformó en una muchacha de gran belleza para seducir a Set. El enamoramiento sirvió para que el Señor del caos, compungido por una historia inventada sobre una injusticia vivida por esa supuesta muchacha, terminara reconociendo que era una injusticia que alguien se vieran privado de la herencia de su padre.

El mito relata que la Enéada (los dioses fundacionales) ordenó castigar a Horus por los pecados de su madre, a lo que Set se tomó la justicia por su cuenta y le arrancó los ojos a su sobrino mientras dormía

La confesión privada de Set no resolvió gran cosa, salvo que advertió de la presencia de Isis en la isla, quien además de engañar a su cuñado había sobornado con un anillo de oro a uno de los miembros del tribunal, Nemti. Como castigo por aceptar un soborno, a Nemti le fueron cortados los dedos de los pies. Más heridas.Harto de que se dilatara una y otra vez la decisión, Set retó a Horus a que ambos se transformaran en hipopótamos por turnos e intentaran permanecer durante tres meses bajo el agua. Horus aceptó, pero también aquí Isis, temiendo que perdiera su hijo, hizo todo lo posible para boicotear la prueba. Lanzó un arcón de cobre al agua golpeando a Horus y a Set, que salvó la vida por poco. Fuera de sí, Horus castigó las trampas de su madre cortándole la cabeza. Otra mutilación.

En paralelo a estos sucesos, el mito relata que la Enéada (los dioses fundacionales) ordenó castigar a Horus por los pecados de su madre, a lo que Set se tomó la justicia por su cuenta y le arrancó los ojos a su sobrino mientras dormía. La diosa Hathor le devolvería la vista de nuevo usando leche de gacela.

La guerra entre la agricultura y el desierto

La disputa finalizó definitivamente cuando Horus escribió al difunto Osiris, que permanecía en los infiernos, pidiendo justicia. Osiris dio la razón a su hijo y amenazó con enviar demonios a la tierra si no entregaba a su primogénito lo que era suyo. Ra accedió al fin a que Horus fuese rey y, para ahogar su furia, llamó a Set para que viviera junto a él en el cielo y fuese dios de las tormentas. Esto es, que le ayudara en su tarea como dios del Sol, en la que todos los días atravesaba el cielo en su barca y cada noche entraba en los infiernos a enfrentarse a los demonios encabezados por la gigantesca serpiente Apep. Una tarea ingrata que, creían los egipcios, se alargaría hasta que se sintiera tan triste como para que él y su obra se disolvieran en el caos y volviera a comenzar el ciclo de la creación.

El relato sobre la lucha de Horus y su madre contra Set implicó a muchos dioses y, a nivel real, supuso el choque entre los partidarios humanos de ambos dioses. Los dominios de Set eran los desiertos y todos los animales de carácter salvaje. Horus y su padre representaban la agricultura. Según la tradición egipcia, los bueyes y los burros fueron castigados por pisotear la cebada, vinculada a Osiris, a ser apaleados eternamente. Y es que Set siempre trataba de maltratar los cultivos adoptando la forma de diversos animales. En una ocasión adoptó la forma de pantera, pero Thot (dios de la sabiduría, y los hechizos) le batió con hechicería cuando trataba de arruinar unas tierras fertiles. A continuación, Anubis lo ató, lo marcó con un hierro y lo despellejó. Cuando intentaron liberarle sus seguidores, fueron decapitados por el propio Anubis.

El contraataque de Set y sus seguidores, una vez se recuperó de las heridas, se saldó con la muerte de cientos de ellos y las montañas teñidas con su sangre. Porque detrás de cada accidente geográfico los egipcios solían percibir el brutal paso de alguna divinidad.

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