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  • Si unos tenían a sus particulares demonios en los suecos, los católicos los tenían en las tropas croatas, de las que se decía que usaban narices y orejas humanas para decorar sus sombreros
 Soldados asaltan una granja alemana, por Sebastian Vrancx, 1620

Soldados asaltan una granja alemana, por Sebastian Vrancx, 1620

Los horrores de la Guerra de los Treinta años marcaron profundamente a una generación de campesinos y soldados alemanes que jamás habían imaginado una violencia así. Ni siquiera en un lugar tan belicoso como era el corazón de Europa. Lo que había empezado como una guerra de carácter religioso entre nobles alemanes luteranos y católicos contra calvinistas, se transformó a lo largo de los años en un conflicto internacional –infectado de empresarios de la guerra sin escrúpulos– donde las tierras germanas se llevaron la peor parte. Llovía sobre mojado; y se quemaba lo que ya había estado en llamas.

«Vivimos como animales, comiendo cortezas y hierba. Nadie podía imaginar que fuera a ocurrirnos algo semejante. Mucha gente dice que no hay Dios», escribió una familia de campesinos de Suabia (Babiera) en la solapa de una Biblia en 1647. La catástrofe europea se inició con la confrontación del Emperador Habsburgo, Fernando II, y las fuerzas protestantes del Sacro Imperio Germánico, que aspiraban a que el Calvinismo gozara de la misma consideración que el luteranismo tenía desde la Dieta de Augsburgo. No obstante, Dinamarca, Suecia, España, Francia y la República Holanda se sumaron a la guerra en las sucesivas fases, sin que la religión fuera el único factor en juego.

El negocio de la guerra y la extorsión

Durante el conflicto –recuerda Geoffrey Parker en su libro «Historia de la guerra»– no menos de 100 empresarios militares ejercieron su actividad en Alemania en un momento determinado, cifra que pudo ascender a 300 en la década de 1630. Y no es que el resto de tropas se cuidaran más de no maltratar a la población local, pero el hecho de carecer de cualquier tipo de apego hacia la tierra que quemaban elevaba aún más la intensidad del pillaje y del saqueo. Siendo de su propiedad, los empresarios preferían evitar que sus ejércitos se perdiesen en batallas campales, por lo que las tropas pasaron la mayoría de años de conflicto sumidos en marchas, contramarchas y tareas de ocupación. Hasta entonces no había sido tan evidente que la guerra resultaba un negocio lucrativo y abierto a los emprendedores.

La extorsión de pequeñas bandas a enclaves perdidos, véase la excelente película «El último valle» (1970), se convirtió en el pan de cada día para muchas poblaciones germanas. La diferencia entre la forma de actuar de estos mercenarios y una simple pandilla de bandidos era únicamente semántica.

El prolongado enfrentamiento entre las tropas de los Habsburgo y los protestantes en los mismos lugares dejó un escenario dantesco en algunos pueblos que llegaron a perder incluso la memoria anterior a la guerra, puesto que, en palabras del período, «no quedaba nadie que recordara las cosas antes de la llegada de los suecos». Muchos muros y terraplenes medievales perdieron sus nombres primitivos y pasaron a ser llamados «murallas suecas».

Las ciudades que se hallaban en el camino de los ejército podían rendirse o bien defender las murallas, aunque ambas opciones solían acabar igual de mal para la población local. Además de las extorsiones de los soldados, los campesinos debían hacer frente a la caída de ingresos, la pérdida de cosechas y a las epidemias que venían de la mano de las matanzas. Las historias de las atrocidades sufridas se convirtieron casi en un género literario. Relata un informe oficial lo que las tropas imperiales habían hecho a su paso por Plaue, a pocos kilómetros de la ciudad de Brandeburgo, en 1639: «Los ancianos fueron torturados hasta morir, muertos a tiros, varias mujeres y muchachas violadas hasta morir, niños ahorcados, a veces incluso quemados, o atados desnudos, de modo que morían por el frío extremo».

De entre todos los ejércitos, los suecos fueron los que adquirieron una fama más siniestra en algunas regiones alemanas. Su Rey, Gustavo II Adolfo, se había tomado la guerra como una cruzada contra los católicos y los papistas, contagiando a sus tropas ese mismo fanatismo. Con el fin de sonsacar dónde habían guardado sus escasos objetos de valor, las tropas de Gustavo Adolfo inventaron la tortura llamada «el trago sueco» (Schwedentrunk), que consistía en atar a una persona en el suelo, ponerle un embudo en la boca o cuña y echar líquidos, cualquiera imaginable, hasta que la persona hablaba o moría apaleada en medio de terribles dolores ventrales.

El funcionario de aduanas del municipio alemán de Beelitz, cerca de Potsman, describe como los imperiales también recurrieron a esta técnica para obligar a un panadero en 1637 a revelar la ubicación de su dinero.

«Los ladrones y asesinos cogieron un trozo de madera y lo clavaron en la gargante de los pobres desgraciados, moviéndolo y vertiendo agua, añadiendo arena o incluso heces humanas, y torturaban lastimosamente a la gente por dinero».

Saqueo bíblico a Magdeburgo

Los católicos no iban a la zaga de los protestantes en cuanto a crueldad. Si unos tenían a sus particulares demonios en los suecos, los católicos los tenían en las tropas croatas, de las que se decía que usaban narices y orejas humanas para decorar sus sombreros. El 20 de mayo de 1631, el comandante imperial Tilly tomó la ciudad protestante de Magdeburgo y la saqueó como era habitual en la época con quien no capitulaba por propia voluntad. El saqueo derivó en una matanza de dimensiones bíblicas: 20.000 protestantes fallecieron en aquellos días. «No se veían más que cadáveres aun doblados, amontonados o estirados, desnudos; los gritos de aquellos a los que se cortaba la garganta se mezclaban con los furiosos gritos de sus asesinos», escribiría un siglo después el Rey de Prusia Federico II, también historiador y filósofo.

El saqueo de un bando era casi siempre el preámbulo del saqueo del otro. Como explica Christopher Clark en su libro «El reino de Hierro: Auge y caída de Prusia» (La Esfera de los libros, 2016), la pequeña ciudad de Lenzen, al noroeste de Berlín, sufrió el sucesivo ataque de imperiales y protestantes en el año 1638. Tras el paso imperial, que quemaron la localidad y se llevaron «cualquier cosa que los propietarios rescataban de las llamas», atacaron los suecos de modo «tan espantosa con los ciudadanos, mujeres y niños, que cosas así nunca se dijeron de los turcos». Los suecos cortaron las pantorrillas a un anciano para evitar que huyera, obligaron a personas a meterse en el agua helada, escaldaron a una matrona con agua hirviendo y ahorcaron a niños desnudos en pleno frío.

Si bien muchos relatos de atrocidades fueron producto del mito de «la furia destructiva», resulta innegable lo grave de la catástrofe demográfica. Algunos pueblos alemanes desaparecieron de la faz de la tierra y ciudades tan importantes como Potsdam y Spandau perdieron el 40% de su población. Los horrores de la prolongada guerra quedaron instaladas en la memoria colectiva de toda una generación. «Homo homini lupus», concluiría Thomas Hobbes (1588-1679).

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