Archive for enero, 2017



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  • ABC Historia te recomienda una película soviética de los años 70 que narra la actuación de una parte del Ejército Rojo en la «Tormenta de invierno», el último intento de Hitler por llevar refuerzos hasta la ciudad para evitar que fuese retomada por los rusos
 Soldado alemán en Stalingrado - Bundesarchiv

Soldado alemán en Stalingrado – Bundesarchiv

Noviembre de 1942. Ese fue el fatídico mes en el que el sueño ruso de Adolf Hitler dio sus últimos coletazos hasta casi evaporarse por completo. Aquella fecha supuso la culminación de un crudo invierno en el que la obcecación del «Führer» por la conquista de Stalingrado provocó una sangría contante de muertes. Miles de alemanes cayeron ante la fuerza del general invierno y la determinación soviética. Todo ello, para tomar la ciudad que llevaba el mismo nombre que el «Camarada jefe».

Quizá fue por eso (o simplemente porque ya empezaban los mismos delirios de grandeza de Hitler que se harían más patentes todavía en el búnker de Berlín) por lo que el líder germano se negó a que sus tropas se retiraran de la urbe aquellas navidades a pesar de verse muy superados en número por el Ejército Rojo.

Fuera como fuese, aquella decisión le valió a los soldados alemanes que habían conquistado Staligrado una agonía lenta y gélida. Y es que, en la llamada «Operación Urano», los soviéticos rodearon la ciudad y se dispusieron a esperar que sus enemigos -ahora totalmente aislados- murieran de hambre y frío. La única esperanza que hacía que los nazis siguieran rechazando las oleadas de enemigos día tras día radicaba en las fuerzas mecanizadas de Erich Von Manstein.
 Este veterano mariscal recibió órdenes de romper el cerco ruso y enlazar con sus compañeros atrapados. Crear, en definitiva, un corredor a través de ese anillo de fuerzas stalinistas por el que pudieran llegar refuerzos hasta los hombres del VI Ejército al mando de Von Paulus (los militares a los que se les había encomendado la defensa de la urbe). Hitler no barajaba la retirada de la ciudad, en todo caso.

Esta misión de salvamento fue llamada «Tormenta de invierno», y el cine le ha dedicado pocos minutos a lo largo de la historia. Sin embargo, una de las pocas películas que trata este trágico momento de la batalla de Stalingrado es «Nieve Ardiente».

El largometraje es ruso, fue creado en los 70 y narra como, durante la ofensiva de Manstein, un contingente del Ejército Rojo al mando del teniente general Bessonov se vio obligado a defender el «anillo exterior» establecido por los soviéticos de decenas de carros de combate germanos para evitar que lleguen hasta Paulus. La cinta, más concretamente, se centra en la épica defensa del río Mishkova de un grupo de cañones anticarro. El último muro, según da a entender el film, entre los nazis y la ciudad del «Camarada Jefe».

El largometraje, sumamente interesante a pesar de la antigüedad, es -con todo- una exaltación de los militares rusos. Y es que, no en vano fue rodado en plena Guerra Fría. A su vez, se olvida de la otra «parte» de la contienda: la visión de unos sitiados que morían a centenares por el frío en la urbe. No obstante, supone un documento gráfico interesante para los interesados en la contienda, pues es casi único en su género y -además- permite discernir la mentalidad que inculcaron los soviéticos a sus hombres durante la Segunda Guerra Mundial (la idea de que morir por la Madre Rusia era un privilegio y que nadie podía retirarse ante el enemigo).

Una misión absurda

La odisea germana dio sus primeros pasos allá por el 19 de noviembre de 1942. Por entonces el VI Ejército Panzer de Paulus andaba ya defendiéndose en una parte de Stalingrado de las continuas oleadas de soldados soviéticos. Todos ellos, ansiosos verdaderamente de expulsarles de sus tierras. Ese día fue en el que comenzó la «Operación Urano»: una misión mediante la que el Ejército Rojo rodeó la ciudad para «embolsar» a sus defensores y lograr que, finalmente, se rindiesen.

Tal y como explica el periodista e historiador Jesús Hernández en su obra «Breve historia de la Segunda Guerra Mundial», los hombres de Stalin lograron completar su objetivo en pocas jornadas tras atacar puntos estratégicos de las defensas nazis (concretamente, en los que resistían combatientes rumanos al servicio de Hitler).

«El 23 de noviembre, los rusos procedentes tanto del norte como del sur arrollaron por completo a los rumanos y convergieron sobre un puente que que atravesaba el río Don en Kalash, que era la línea de comunicación y abastecimiento del ejército de Paulus. […] En el interior habían quedado aislados 300.000 hombres», explica el autor del blog «¡Es la guerra!».

¿Por qué no se retiraron los nazis? En palabras del experto, por dos causas. La primera, que no se podían permitir perder una ciudad de tanta importancia moral para el Tercer Reich. La segunda, que Hitler se había dejado convencer por Hermann Goering (al mando de la Luftwaffe) de que era posible reabastecer a las tropas cercadas a través del aire.

«El pomposo mariscal Goering no dudó en comprometerse ante Hitler a que su “Luftwaffe” abastecería al VI Ejército estableciendo un puente aéreo», añade el experto español. Goering propuso su plan al «Führer» afirmando que sus fueras aéreas podrían mantener con vida a aquellos hombres hasta que se enviara una fuerza de auxilio que rompiera el cerco y liberara a Paulus.

La promesa era totalmente falsa, pues de las 700 toneladas diarias de alimentos y material que prometió hacer llegar a los defensores, apenas logró enviar 100. Con todo, Hitler no dudó y ordenó a Erich Von Manstein ponerse al frente de un contingente mecanizado de ruptura. Una fuerza que se las vería con los rusos, que se habían atrincherado en las afueras de Stalingrado para evitar que nadie reforzara a los supervivientes que resistían en el interior.

Muerte gélida

Mientras los hombres Von Manstein se dirigía hacia Stalingrado, los defensores de la ciudad sufrían todo tipo de penurias. La mayoría de ellas son analizadas pormenorizadamente por el popular historiador Antony Beevor en su obra «Stalingrado».

Así pues, el experto explica que una de las principales causas de las penurias era la congelación debido a las bajas temperaturas (de hasta 25 grados bajo cero) que se sufrían en la urbe. La mayoría de los supervivientes coincidieron posteriormente en que, tras dejar este mundo, los cadáveres no tardaban en congelarse. Y otro tanto sucedía con la sangre que salía de las heridas.

«Jamás podré olvidar el ruido que hacían las balas al chocar contra los cuerpos congelados», explicaba un soldado de una unidad de Guardias soviético. Aquello era, sin duda, un infierno helado.

«Los tablones, mesas, e incluso las literas cuando los hombres morían, eran troceados para hacer leña. El único sucedáneo del calor real era la atmósfera viciada», explica Beevor. El ambiente más que gélido. El único calor que se podía disfrutar era el humano. El que salía de los cientos de cuerpos que se agolpaban en el interior de los refugios, y no era precisamente algo higiénico, sino más bien asqueroso (pues iba acompañado con un terrible hedor motivado por la escasez de combustible para derretir nieve con la que lavarse).

El frío, con todo, agudizó el ingenio de los alemanes que resistían en el interior de Stalingrado. «Con frecuencia dormían dos en una litera tapándose las cabezas con una manta en un intento lamentable de compartir el calor corporal», completa Beevor. Tampoco era raro que algunos de sus miembros se congelasen y fueran devorados por ratones. Así lo corroboró un soldado que, cuando se despertó, vislumbró con pavor cómo unos roedores se habían merendado dos de los dedos de su pues (los cuales estaban totalmente helados).

La muerte, en definitiva, esperaba tras cada esquina a aquellos que no podían resguardarse del frio y la nieve. Y no era raro que, los que tenían la suerte de poder calentarse brevemente, tiritaran constantemente. De hecho, los heridos que eran dejados en el exterior de los aeródromos (donde esperaban ser evacuados) solían morir como un témpano de hielo.

Triste hambre

Por si fuera poco, el hambre también golpeaba severamente la moral y la integridad física de los combatientes. En principio la carne (que escaseaba) solo podía cortarse con un serrucho por la congelación. Pero eso solo fue durante los mejores momentos (en los que había vacuno o cerdo que llevarse a la boca). Con el paso de las jornadas, los defensores empezaron a nutrirse de jamelgos para llenarse la barriga.

Después se empezó a vivir de las pocas cajas que traían los aviones que lograban romper el cerco (algo nada sencillo debido a la presencia de cazas enemigos y baterías antiaéreas). El problema fue que en envío de vituallas fue más que pobremente organizado y no era raro que, al abrir un cajón de madera, lo que hubiera dentro fueran preservativos, caramelos o harina (cuando no disponían de hornos en los que cocinar pan). Un verdadero desastre.

La falta de alimentos, unida a las gélidas tempraturas, provocó todo tipo de problemas físicos y psicológicos. «Con frecuencia, estaban con la mente en libros habían circulado hasta que se desintegraban o se perdían en el barro y la nieve, pero ahora poquísimos conservaban energía para leer», señala Beevor en su obra.

A su vez, en los aeródromos se empezaron a abandonar los juegos como el ajedrez (los cuales requerían demasiada concentración). Y ese solo fue el principio, ya que esta combinación provocó también severas alucinaciones en determinados combatientes. «En muchos casos, no obstante, la falta de alimento no llevó a la apatía sino a ilusiones enloquecidas, como las de los antiguos místicos que escuchaban voces a causa de la desnutrición», añade el autor en su obra.

La situación era tan precaria que muchos soldados alemanes preferían suicidarse a permanecer un día más allí. Los más avispados, por el contrario, se herían levemente para así solicitar ser llevados a retaguardia en avión. En principio la idea no fue mala. Sin embargo, con el paso de las jornadas el número de combatientes que recurrió a este truco fue tan elevado que la policía militar germana tuvo que usar en más de una ocasión a las armas para poner orden entre los presuntos heridos.

La denfesa soviética

Mientras los defensores se congelaban en las ruinas desvencijadas de Stalingrado, Von Manstein avanzaba en contra del reloj en su auxilio.

«El plan de Manstein para rescatar al VI Ejército -la Operación Tormenta de Invierno- fue desarrollado con una consulta punto por punto con el cuartel general del “Führer”. Su objetivo era penetrar hasta el VI Ejército y establecer un corredor para proporcionarle suministros y refuerzos», determina Beevor. A pesar de los consejos que se le ofrecieron, el líder nazi se negó en todo momento a que ese pasillo fuera utilizado para escapar. No concebía una huida de una ciudad que consideraba la piedra angular de la moral soviética.

«El plan de Manstein para rescatar al VI Ejército -la Operación Tormenta de Invierno- fue desarrollado con una consulta punto por punto con el cuartel general del “Führer”»

Tras el planteamiento de la operación, llegaron a los puntos de partida los carros de combate que protagonizarían la ofensiva. Entre ellos destacaban los temibles tanques «Tiger». Nuevo en aquel momento, pero sumamente efectivo y temible al contar con un potente cañón de 88 mm. Posteriormente, aquellos tanquistas que lograron sobrevivir a la guerra dijeron en multitud de ocasiones que este había sido uno de los mejores vehículos acorazados en los que habían combatido.

«En la noche del 10 de diciembre, los comandantes recibieron la “Orden para el ataque de liberación de Stalingrado”», añade el experto. La ofensiva comenzó tan rápido que causó sorpresa entre los generales soviéticos. De hecho, los hombres de Manstein lograron varias victorias en su avance. Sin embargo, su número de vehículos era tan limitado (al igual que pasaba con el combustible) que solo era cuestión de tiempo que cayeran ante el imponente Ejército Rojo.

Película ¿Realidad o ficción?

«Nieve ardiente» ubica su acción a orillas del río Mishkova (apenas a 70 kilómetros de la zona defendida por el VI Ejército de Paulus). Según narra esta película (que, a pesar de todo, es aconsejable ver) los soviéticos tuvieron que defenderse a sangre y fuego contra el gigantesco contingente alemán de Manstein, ávido de romper el cerco y llegar hasta Stalingrado.

El largometraje nos muestra las penurias de una unidad de cañones anticarro que, a pesar de verse superada por el enemigo, trata de mantenerse estoica sabedora de que su actuación es lo único que puede detener la «Tormenta de invierno». Como film rodado en la Guerra Fría, podemos imaginarnos el resultado: diálogos patrióticos, muertes por la Madre Rusia y una buena dosis de orgullo patrio.

Pero… ¿Hasta qué punto fue real esta defensa? Lo cierto es que los hechos han sido exagerados por el guionista. Y es que, aunque es cierto que hasta el río Mishkova llegaron las divisiones de Herman Hoth (a quien se encargó la liberación), retazos de la 17 división blindada y varios «Tiger», su número era mucho menor al que se nos muestra en el largometraje. A su vez, y como explica Beevor en su obra, esta zona no fue finalmente relevante en la ofensiva.

Entre los errores de la película, destaca que Paulus tenía muy difícil enlazar con los hombres del Mishkova, pues los escasos carros de combate que le quedaban apenas contaban con combustible para avanzar 20 kilómetros a finales de diciembre, cuando debía recorrer un total de 65 para salvarse.

Además, la realidad es que, cuando los panzer llegaron a orillas del Mishkova, se toparon con carros de combate soviéticos, con los que trabaron un duro combate. Y no solo con una unidad de cañones anticarro, como se explica en la obra. Por otro lado, la ofensiva no se desarrolló en los términos que relata el film, pues no fueron los rusos los únicos que se vieron sometidos a un intenso fuego de los nazis. «Las divisiones blindadas en el Mishkova estaban también sometidas a un enérgico bombardeo, en el que la 6 División blindada perdió 1.100 hombres en un solo día», añade Beevor.

Lo que sí es cierto es que los alemanes, tal y como se muestra en el film, trataron de llevar a cabo varios ataques sobre las unidades situadas en el Mishkova con el objetivo de tomar posiciones, algo que llegaron a hacer (aunque posteriormente las perdieron). Al final, todo acabó en retirada y en la perdición del VI Ejército.


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  • Se trata de un mundo a solo 14 años luz de la Tierra y que está dentro de la «zona de habitabilidad»
 La ilustración muestra el aspecto de este nuevo planeta extrasolar - NASA/Ames/JPL-Caltech

La ilustración muestra el aspecto de este nuevo planeta extrasolar – NASA/Ames/JPL-Caltech

Stephen Kane, astrofísico de la Universidad Estatal de San Francisco y uno de los más conocidos “cazadores” de planetas extrasolares, acaba de dar un paso decisivo en la búsqueda de vida fuera de la Tierra. Así, y en lugar de seguir buscando más mundos potencialmente habitables, Kane ha decidido dedicarse a localizar “zonas habitables” en la superficie de los planetas que ya conocemos. Entendiendo por zonas habitables aquellas en las que el agua podría existir en estado líquido. El estudio se publicará en el próximo número de Astrophysical Journal.

Para empezar, Kane y su equipo han examinado a fondo las posibles zonas habitables de Wolf 1061, un sistema planetario que se encuentra sólo a 14 años luz de distancia, uno de los más próximos a la Tierra. “Este sistema, afirma Kane- es importante porque está tan cerca que nos brinda la oportunidad de llevar a cabo otro tipo de estudios y seguimientos para comprobar si, efectivamente, alberga vida”.

Por supuesto, no es solo su proximidad a la Tierra lo que hace tan atractivo a Wolf 1061. De hecho, uno de sus tres planetas conocidos, un mundo rocoso llamado Wolf 1061c, se encuentra dentro de la “zona de habitabilidad” de su estrella, es decir, a la distancia exacta de ella para que las temperaturas permitan la existencia de agua en estado líquido sobre la superficie.

Kane y su equipo contaron con la ayuda de expertos de la Universidad Estatal de Tennessee y de Ginebra para estudiar a fondo el planeta y hacerse una idea más clara de si realmente la vida podría existir allí.

Cuando los científicos tratan de localizar mundos capaces de sustentar vida, lo que buscan es, básicamente, planetas que tengan propiedades similares a las de la Tierra. Es decir, que sean rocosos y que se encuentren en la “zona habitable” de sus estrellas, ni demasiado lejos ni demasiado cerca de ellas, ya que en el primer caso el agua se congelaría, como sucedió en Marte, y en el segundo se evaporaría, como le ocurrió a Venus.

Puesto que Wolf 1061c se encuentra cerca del borde interior de la zona hebitable (es decir, la más cercana a la estrella) Kane teme que su atmósfera se parezca más a la de Venus de lo que sería deseable. Pero los investigadores también se fijaron en que, a diferencia de la Tierra, que experimenta cambios climáticos (colo las edades de hielo) debido a las lentas variaciones en su órbita alrededor del Sol, la órbita de Wolf 1061c cambia a un ritmo mucho más rápido, lo que podría significar que su clima podría ser bastante caótico. “Podría ser -afirma Kane- que la frecuencia de congelación del planeta, o su calentamiento, se produjeran de forma rápida y brusca“.

Hallazgos que conducen a la gran pregunta: ¿Es posible la vida en Wolf 1061c?. Para Kane, existe la posibilidad de que las cortas escalas de tiempo entre los cambios orbitales sean suficientes para enfriar de forma efectiva el planeta, lo cual conlleva también una posibilidad de vida. Sin embargo, el investigador también afirma que para estar completamente seguros habrá que llevar a cabo nuevas investigaciones.

Durante los próximos años, la nueva generación de telescopios (como el James Webb, sucesor del Hubble), será capaz de detectar directemente los componentes atmosféricos de muchos exoplanetas, entre ellos la de Wolf 1061c. Y eso nos mostrará lo que realmente está sucediendo en sus superficies.


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  • Investigadores de la agencia concluyeron que el ilusionista Ury Geller tenía «habilidades paranormales»
 A la izquierda, a la derecha, Uri Geller, famoso por doblar cubiertos con la mente en televisión - ABC

A la izquierda, a la derecha, Uri Geller, famoso por doblar cubiertos con la mente en televisión – ABC

Objetos voladores con forma ovoidal, mensajes redactados con tinta invisible, contactos con seres «extraños» o experimentos para leer la mente humana. La temática parece extraída de unos de esos programas nocturnos de televisión que mantiene en vela a los espectadores dando pábulo a un sinfín de historias rocambolescas y poco verosímiles, pero a más de uno le sorprenderá saber que durante cinco décadas la CIA invirtió tiempo, dinero y esfuerzo en explorar esta serie de fenómenos paranormales. La Agencia Central de Inteligencia publicó el miércoles en su web 13 millones de documentos desclasificados, que hasta ahora sólo se podían consultar in situ en cuatro ordenadores de los Archivos Nacionales de Maryland. Lo que más sorprende no es la información relativa a la Guerra Fría o los detalles de la Operación Cóndor, sino sus «expedientes X».

La CIA puso a prueba en 1973 las capacidades «clarividentes» y «telepáticas» de Uri Geller, famoso por doblar cubiertos con la mente en televisión. El ilusionista israelí ocupó una habitación blindada, con dos puertas cerradas con llave, y se le pidió que replicara los dibujos que se esbozaban en una sala contigua. Se pintó un racimo de uvas y Geller afirmó que veía «círculos de color púrpura» y lo reprodujo. Aunque no acertó en otras ocasiones, los agentes anotaron en su informe: «Queda demostrada su habilidad paranormal de manera inequívoca y convincente».

Desde 1947 a 1990, se recibieron aproximadamente 1.500 informes oficiales de avistamientos. Para el 20% de ellos, no se logró encontrar ninguna explicación. En uno de los documentos, fechado en junio de 1966, se detalla la presencia de «un objeto sin identificar descubierto en la frontera entre la URSS e Irán, durante cinco minutos». Se incluyen fotos, pero se requiere mucha fe para distinguir algo.

La receta de la tinta invisible

Los documentos muestran las principales técnicas utilizadas por espías, generales y diplomáticos para enviar mensajes secretos. «Moja un pañuelo en una mezcla de nitrato, soda y almidón; deja secar la tela». Los productos químicos actúan al contacto del tejido con el agua. El líquido se convierte en tinta invisible que puede cargarse en un bolígrafo y utilizarse para escribir un mensaje.

En 1980, se redactó un informe sobre si los videntes podían predecir el futuro o usar la telequinesis para mover objetos. También se estudió el aprovechamiento de las capacidades paranormales para combatir al enemigo. Resulta inevitable pensar en George Clooney en «Los hombres que miraban fijamente a las cabras». Y es que todo este material desclasificado de la CIA bien nutriría un nuevo guión hollywoodiense.


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  • Un equipo de investigadores cree haber dado con la solución definitiva al origen de los «corros de brujas»
 Vista aérea de los misteriosos círculos de hadas de Namibia - Stephan Getzin/UFZ

Vista aérea de los misteriosos círculos de hadas de Namibia – Stephan Getzin/UFZ

Su origen ha sido hasta ahora un misterio. Se trata de decenas de miles de extrañas «calvas» círculares, de entre 2 y 35 metros de diámetro, que motean las polvorientas praderas africanas del desierto de Namibia, justo entre Angola y Suráfrica. En el interior de esos círculos la hierba no crece, pero muchos de ellos están rodeados por un anillo de vegetación más alta que la de alrededor, una especie de corona verde que marca claramente el perímetro de la zona seca. Ahora, un equipo de investigadores acaba de publicar en Nature un estudio que promete poner fin al enigma de los círculos de Namibia. El asunto ha merecido la portada de esta semana de la prestigiosa revista científica.

Los habitantes de la región los llaman «las huellas de los dioses». Y los científicos que desde hace años han intentado dar alguna explicación a estas curiosas formaciones han vuelto, todos, con las manos vacías. Fenómenos similares se conocen en bosques y praderas de casi todo el mundo (en España se llaman «anillos de hadas» o «corros de brujas»), pero se producen sólo ocasionalmente y se sabe que muchos de ellos están producidos por la acción de varias clases de hongos, que afectan de esa extraña forma al crecimiento de la vegetación.

Pero lo que sucede en el desierto de Namibia es algo completamente diferente. Los círculos se cuentan por decenas de miles y las explicaciones que han servido en otros lugares no han conseguido, hasta ahora, romper la barrera de misterio que los rodea.

Ya en 2012 Walter Tschinkel, un biólogo de la Universidad Estatal de Florida, descubrió algo que se desconocía por completo. Y es que los círculos africanos siguen una especie de «ciclo vital» que los hace aparecer y desaparecer con regularidad y sin un motivo aparente. Los más grandes pueden persistir incluso más tiempo de lo que dura una vida humana. Pero el estudio de Tschinkel no resolvía el misterio.

Más tarde, en 2016,los misteriosos círculos fueron observados, por primera vez, fuera de África. En efecto, un grupo de investigadores del Centro Helmholtz de Investigación Medioambiental (UFZ) en Leipzig los descubrió en el deshabitado interior de Australia. Según ellos, los círculos serían el resultado de la forma en que las plantas se organizan en respuesta a la escasez de agua.

Termitas y autoregulación

Hasta ahora, se han expuesto varias teorías sobre la formación de los círculos. Una de las más populares, planteada por un equipo de la Universidad de Hamburgo, proponía que una especie de termitas de arena, llamadas Psammotermes, se alimentaban de las raíces de los pastos, causando la muerte de la vegetación y creando los círculos. El estudio incluso fue publicado por la prestigiosa revista Science. Hormigas y roedores también han sido considerados como los posibles creadores de los misteriosos círculos.

Otros investigadores han llegado a culpar a los hidrocarburos que emanan de las profundidades de la tierra, o al así llamado «crecimiento autorregulado» de la hierba, un fenómeno extensamente observado en la Naturaleza (especialmente en ambientes donde el agua escasea, como es el caso), pero cuyos mecanismos siguen siendo objeto de discusión.

Ahora, y por primera vez, un equipo de investigadores de las universidades de Princeton y New Jersey, capitaneado por Corina Tarnita, ha logrado reconciliar las dos soluciones más probables (el crecimiento autorregulado y la acción de las termitas) en una serie de simulaciones informáticas validadas con datos de campo de cuatro continentes.

Y esas simulaciones muestran que, en lugar de competir entre ellas, ambas explicaciones se combinan para dar como resultado esos extraños patrones circulares que tanto han dado que pensar a los científicos. El estudio de Nature demuestra, en efecto, que tanto las colonias de termitas de arena como la hierba son igualmente responsables, a través de sus interacciones, de esos curiosos patrones de vegetación a gran escala.

Los autores concluyen que se deben considerar a la vez múltiples mecanismos de autoorganización ecológica cuando se trata de explicar estas características del paisaje tan regularmente espaciadas.


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  • Si unos tenían a sus particulares demonios en los suecos, los católicos los tenían en las tropas croatas, de las que se decía que usaban narices y orejas humanas para decorar sus sombreros
 Soldados asaltan una granja alemana, por Sebastian Vrancx, 1620

Soldados asaltan una granja alemana, por Sebastian Vrancx, 1620

Los horrores de la Guerra de los Treinta años marcaron profundamente a una generación de campesinos y soldados alemanes que jamás habían imaginado una violencia así. Ni siquiera en un lugar tan belicoso como era el corazón de Europa. Lo que había empezado como una guerra de carácter religioso entre nobles alemanes luteranos y católicos contra calvinistas, se transformó a lo largo de los años en un conflicto internacional –infectado de empresarios de la guerra sin escrúpulos– donde las tierras germanas se llevaron la peor parte. Llovía sobre mojado; y se quemaba lo que ya había estado en llamas.

«Vivimos como animales, comiendo cortezas y hierba. Nadie podía imaginar que fuera a ocurrirnos algo semejante. Mucha gente dice que no hay Dios», escribió una familia de campesinos de Suabia (Babiera) en la solapa de una Biblia en 1647. La catástrofe europea se inició con la confrontación del Emperador Habsburgo, Fernando II, y las fuerzas protestantes del Sacro Imperio Germánico, que aspiraban a que el Calvinismo gozara de la misma consideración que el luteranismo tenía desde la Dieta de Augsburgo. No obstante, Dinamarca, Suecia, España, Francia y la República Holanda se sumaron a la guerra en las sucesivas fases, sin que la religión fuera el único factor en juego.

El negocio de la guerra y la extorsión

Durante el conflicto –recuerda Geoffrey Parker en su libro «Historia de la guerra»– no menos de 100 empresarios militares ejercieron su actividad en Alemania en un momento determinado, cifra que pudo ascender a 300 en la década de 1630. Y no es que el resto de tropas se cuidaran más de no maltratar a la población local, pero el hecho de carecer de cualquier tipo de apego hacia la tierra que quemaban elevaba aún más la intensidad del pillaje y del saqueo. Siendo de su propiedad, los empresarios preferían evitar que sus ejércitos se perdiesen en batallas campales, por lo que las tropas pasaron la mayoría de años de conflicto sumidos en marchas, contramarchas y tareas de ocupación. Hasta entonces no había sido tan evidente que la guerra resultaba un negocio lucrativo y abierto a los emprendedores.

La extorsión de pequeñas bandas a enclaves perdidos, véase la excelente película «El último valle» (1970), se convirtió en el pan de cada día para muchas poblaciones germanas. La diferencia entre la forma de actuar de estos mercenarios y una simple pandilla de bandidos era únicamente semántica.

El prolongado enfrentamiento entre las tropas de los Habsburgo y los protestantes en los mismos lugares dejó un escenario dantesco en algunos pueblos que llegaron a perder incluso la memoria anterior a la guerra, puesto que, en palabras del período, «no quedaba nadie que recordara las cosas antes de la llegada de los suecos». Muchos muros y terraplenes medievales perdieron sus nombres primitivos y pasaron a ser llamados «murallas suecas».

Las ciudades que se hallaban en el camino de los ejército podían rendirse o bien defender las murallas, aunque ambas opciones solían acabar igual de mal para la población local. Además de las extorsiones de los soldados, los campesinos debían hacer frente a la caída de ingresos, la pérdida de cosechas y a las epidemias que venían de la mano de las matanzas. Las historias de las atrocidades sufridas se convirtieron casi en un género literario. Relata un informe oficial lo que las tropas imperiales habían hecho a su paso por Plaue, a pocos kilómetros de la ciudad de Brandeburgo, en 1639: «Los ancianos fueron torturados hasta morir, muertos a tiros, varias mujeres y muchachas violadas hasta morir, niños ahorcados, a veces incluso quemados, o atados desnudos, de modo que morían por el frío extremo».

De entre todos los ejércitos, los suecos fueron los que adquirieron una fama más siniestra en algunas regiones alemanas. Su Rey, Gustavo II Adolfo, se había tomado la guerra como una cruzada contra los católicos y los papistas, contagiando a sus tropas ese mismo fanatismo. Con el fin de sonsacar dónde habían guardado sus escasos objetos de valor, las tropas de Gustavo Adolfo inventaron la tortura llamada «el trago sueco» (Schwedentrunk), que consistía en atar a una persona en el suelo, ponerle un embudo en la boca o cuña y echar líquidos, cualquiera imaginable, hasta que la persona hablaba o moría apaleada en medio de terribles dolores ventrales.

El funcionario de aduanas del municipio alemán de Beelitz, cerca de Potsman, describe como los imperiales también recurrieron a esta técnica para obligar a un panadero en 1637 a revelar la ubicación de su dinero.

«Los ladrones y asesinos cogieron un trozo de madera y lo clavaron en la gargante de los pobres desgraciados, moviéndolo y vertiendo agua, añadiendo arena o incluso heces humanas, y torturaban lastimosamente a la gente por dinero».

Saqueo bíblico a Magdeburgo

Los católicos no iban a la zaga de los protestantes en cuanto a crueldad. Si unos tenían a sus particulares demonios en los suecos, los católicos los tenían en las tropas croatas, de las que se decía que usaban narices y orejas humanas para decorar sus sombreros. El 20 de mayo de 1631, el comandante imperial Tilly tomó la ciudad protestante de Magdeburgo y la saqueó como era habitual en la época con quien no capitulaba por propia voluntad. El saqueo derivó en una matanza de dimensiones bíblicas: 20.000 protestantes fallecieron en aquellos días. «No se veían más que cadáveres aun doblados, amontonados o estirados, desnudos; los gritos de aquellos a los que se cortaba la garganta se mezclaban con los furiosos gritos de sus asesinos», escribiría un siglo después el Rey de Prusia Federico II, también historiador y filósofo.

El saqueo de un bando era casi siempre el preámbulo del saqueo del otro. Como explica Christopher Clark en su libro «El reino de Hierro: Auge y caída de Prusia» (La Esfera de los libros, 2016), la pequeña ciudad de Lenzen, al noroeste de Berlín, sufrió el sucesivo ataque de imperiales y protestantes en el año 1638. Tras el paso imperial, que quemaron la localidad y se llevaron «cualquier cosa que los propietarios rescataban de las llamas», atacaron los suecos de modo «tan espantosa con los ciudadanos, mujeres y niños, que cosas así nunca se dijeron de los turcos». Los suecos cortaron las pantorrillas a un anciano para evitar que huyera, obligaron a personas a meterse en el agua helada, escaldaron a una matrona con agua hirviendo y ahorcaron a niños desnudos en pleno frío.

Si bien muchos relatos de atrocidades fueron producto del mito de «la furia destructiva», resulta innegable lo grave de la catástrofe demográfica. Algunos pueblos alemanes desaparecieron de la faz de la tierra y ciudades tan importantes como Potsdam y Spandau perdieron el 40% de su población. Los horrores de la prolongada guerra quedaron instaladas en la memoria colectiva de toda una generación. «Homo homini lupus», concluiría Thomas Hobbes (1588-1679).


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  • Mientras Luis se afanaba en comprender qué ocurría en la cabeza de su extraña esposa; otro loco, su padre, arrojó inesperadamente su Corona sobre él en enero de 1724
Retrato de Luis I como rey de España, por Jean Ranc (1724)

Retrato de Luis I como rey de España, por Jean Ranc (1724)

La locura forzó a Felipe V a abdicar a favor de su hijo mayor, Luis, en 1724. El Rey tomó aquella decisión porque veía que los estragos de su enfermedad, probablemente un trastorno bipolar, no le permitían seguir en el trono más tiempo o porque, tal vez, el Monarca albergaba la ambición secreta de reinar en Francia si fallecía prematuramente Luis XV. La locura nunca estuvo reñida con la ambición. No obstante, la brevedad y las complicaciones del reinado de Luis echaron al traste los planes del Rey padre, cuya enfermedad entró en caída libre tras aquella abdicación en falso.

Luis I, llamado «el Bien Amado» o «el Breve», fue el primer Borbón nacido en España y uno de los frutos del primer matrimonio de Felipe V con María Luisa Gabriela de Saboya. Huérfano de madre desde la tierna infancia, el Príncipe de Asturias creció bajo la rígida tutela de la princesa de Ursinos y la alargada sombra de su madrastra, Isabel de Farnesio. Y es que la segunda esposa del Rey era de carácter fuerte y nunca mantuvo buenas relaciones con Luis y Fernando, a la postre Reyes de España.

En 1709, Luis fue proclamado Príncipe de Asturias y en 1722 se casó con Luisa Isabel de Orleans, hija de Felipe de Orleans, regente de Francia. Y aquí aparece la primera pata de la desgracia del joven. La esposa de Luis apenas recibió educación, siendo el único interés de sus padres el que se casara lo más pronto posible. Como consecuencia del desapego paterno, su personalidad era la de una niña caprichosa y extravagante. Escribiría el embajador inglés Stanphone: «No hay nada que justifique la conducta inconveniente de Luisa Isabel. A sus extravagancias, como jugar desnuda en los jardines de palacio; a su pereza, desaseo y afición al mosto; a sus demostraciones de ignorar al joven monarca, responde el alejamiento cada vez más patente de Luis hacia ella».

Un reinado adolescente

Mientras Luis se afanaba en comprender qué ocurría en la cabeza de su esposa; otro loco, su padre, arrojó inesperadamente su Corona sobre él en enero de 1724. Con diecisiete años, el Príncipe de Asturias era un inexperto, carecía de los conocimientos para reinar y tenía ya bastantes preocupaciones con contener a su extravagante esposa. Así y todo, el 9 de febrero de 1724 Luis I fue proclamado Rey, cuatro semanas después de la renuncia de Felipe V a la Corona, dando pistoletazo de salida al reinado más corto en la historia del Reino de España.

El pueblo, no en vano, dio la bienvenida con estusiasmo a este joven que las crónicas presentan como alguien «con cierta gracia y un donarie en sus modales y en su porte; siendo afectuoso y franco en su trato, sin amenguar por esto su continente grave y digno; y se le reconocía capacidad y aplicación en el estudio de las ciencias y las artes». Sus talentos y popularidad dieron lugar al apelativo del «Bien Amado».

En cualquier caso, el mayor obstáculo que se encontró Luis a su llegada al trono fue descubrir que, si bien Felipe V había abdicado de buena gana, no era de la misma opinión Isabel Farnesio (Felipe V tenía 40 años y la Reina 32), que mantuvo una oreja en el Palacio Real y la otra en el Palacio de la Granja de San Ildefonso, donde se había retirado el Rey padre buscando tranquilidad. Tampoco Felipe V terminó de soltar el cetro. Tras visitar al Monarca en San Ildefonso, el Mariscal Tessé alardeó de que «el Rey no ha muerto, ni yo tampoco», en referencia a que seguía siendo él el que realmente mandaba y sus hombres de confianza no estaban dispuestos a dar un paso atrás.

Buscando reivindicar su poder, Luis se rodeó de una serie de tutores alejados de la influencia de los anterior Reyes, dando un giro a la política exterior del reino, lo que se tradujo en más medios para América y el Atlántico y menos para la recuperación de las posesiones italianas perdidas en la Guerra de Sucesión. Además, se vivió un descenso en la influencia francesa en la Corte.

Pero tuviera o no grandes planes para el Imperio español, las políticas de Luis I quedaron inéditas. Su reinado estuvo marcado, casi exclusivamente, por la creciente locura de Luisa Isabel. La actitud de su esposa llevó a Luis I a buscar consuelo en numerosas correrías nocturnas por Madrid y en la caza. De hecho, la imagen que ha trascendido hoy es la de un Rey juerguista de vida relajada. «En cuanto ha almorzado se va a jugar a la pelota; el resto del día, bajo un gran calor, se va de caza y camina como un montero; por la noche, sin trabajar eficazmente, creemos que se excede y, sin embargo, no le gusta su mujer ni a su mujer él», escribía en esas fechas el Mariscal Tessé sobre las rutinas y aventuras de Luis I.

Finalmente, el Rey ordenó el encierro de su esposa en el Palacio Real. Como relata Alejandra Vallejo-Nágera en «Locos de la Historia» (La Esfera de los Libros, 2006), el hartazgo tuvo lugar tras una recepción pública en la que la soberana se desnudó y empleó su vestido para limpiar los cristales del salón. «No veo otro remedio que encerrarla lo más pronto posible, pues su desarreglo va en aumento», escribió el joven Rey a su padre.

La viruela termina con el joven Rey

El encierro de casi dos semanas hizo recapacitar a la joven, que envió varias cartas a Luis pidiéndole perdón. Su arrepentimiento quedó patente cuando la pareja real enfermó de viruela, a mediados de agosto. Luisa Isabel de Orleans sobrevivió a la enfermedad y permaneció al lado de su marido hasta su último suspiro. Siete meses después, con su repentina muerte el 31 de agosto, terminó el reinado de Luis I.

A pesar de que parecía haber corregido su comportamiento, la Corona reservaba pocas expectativas para las reinas viudas. Felipe V devolvió a Francia a la joven, como quien descambia un aparato defectuoso en la tienda de electrodomésticos.

El punto más polémico del testamento de Luis fue el nombramiento de su padre como heredero universal, lo cual contravenía los términos de la abdicación de Felipe V, que especificaba que de morir sin herederos la Corona pasaría a su siguiente hijo, Fernando, de once años. Frente a aquella incertidumbre legal, la rápida actuación de Isabel de Farnesio devolvió las riendas del reino a Felipe V. La Reina convenció a su marido de que siguiera el criterio del Papa, quien respaldaba que el juramento de abdicación no le obligaba a renunciar a la Corona ahora. Todo ello haciendo frente a las críticas de ciertos sectores de la nobleza castellana, que argumentaba que no cabía la marcha atrás en la abdicación de un Rey.

Si bien su locura iría en aumento en los siguientes años, fue Isabel de Farnesio quien se hizo realmente cargo de las responsabilidades de la Corona.

En cuanto a reyes breves. Luis I es superado por Felipe I de Castilla, conocido popularmente como «el Hermoso», que estuvo en el trono apenas dos meses antes de sufrir una enfermedad súbita. Por su parte, Amadeo de Saboya reinó tres años, siendo que su suerte estaba sellada incluso antes de desembarcar en España en 1870.


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  • Ocho investigadores de las universidades publican en «American Journal of Physical Anthropology» que la rara necrópolis hallada en 2009 en la Finca Clavijo, de Guía, es un enterramiento de esclavos de varias razas.
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Imagen de la necrópolis de Finca Clavijo – EFE

Catorce hombres y mujeres fueron enterrados en el siglo XVI en Gran Canaria con ritos extraños. Eran trabajadores duros, algunos rezaban a Alá, muchos creían en dioses de su África natal, otra se encomendaba a San Francisco, pero todos reposan lejos del cementerio: Eran esclavos.

Unos doce millones de africanos fueron llevados a la fuerza a América entre los siglos XVI y XIX para trabajar como esclavos en extensas plantaciones, la mayoría de caña de azúcar. Es una historia más que conocida, un tráfico de seres humanos que ha sido reiteradamente retratado por la literatura y el cine, pero que empezó antes de que Europa dominara las Indias… y más cerca.

Los documentos históricos citan en reiteradas ocasiones el uso de mano de obra esclava en Canarias, Madeira y Cabo Verde, el primer «Nuevo Mundo» que conocieron castellanos y portugueses antes de lanzarse a la conquista del continente recién descubierto por Colón y, precisamente, en una de las industrias que financió aquella gran empresa en sus inicios: las plantaciones de caña de azúcar.

En el caso de Canarias, el único de los archipiélagos de la Macaronesia que estaba habitado cuando llegaron los europeos, las referencias sobre el esclavismo desde los inicios de la conquista, en el siglo XV, son abundantes, pero faltaban pruebas físicas.

Ocho investigadores de las universidades de Stanford (EEUU), Cambridge (Reino Unido), Santa Elena (Perú), Las Palmas de Gran Canaria y el País Vasco y la empresa Tibicena han publicado en «American Journal of Physical Anthropology» que la rara necrópolis hallada en 2009 en la Finca Clavijo, de Guía, durante unas obras es lo que se sospechaba: un enterramiento de esclavos de varias razas.

Pero no uno cualquiera: «Es el cementerio de esclavos más antiguo del mundo atlántico, el antecedente más antiguo del que se tiene constancia de la diáspora africana hacia América», defiende el arqueólogo de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Jonathan Santana, primer firmante del artículo.

Los científicos se han aproximado a los cuerpos recuperados en esa necrópolis (ocho esqueletos intactos y seis más removidos) con varios enfoques para conocer cuál fue su vida: la medicina forense, técnicas de ADN y análisis molecular, la arqueología y todo el saber ya acumulado en yacimientos esclavistas de EE.UU. y el Caribe.

La ciencia forense revela que murieron jóvenes, la mayoría en la veintena, y con lesiones de columna que sugieren que realizaban un trabajo muy duro, las mismas que se han documentado en plantaciones negreras de caña de Carolina del Sur, Surinam y Barbados.

Los restos han sido datados por Carbono 14 entre finales del siglo XV y principios del XVII, pero hay dos elementos que permiten acotar más aún su origen: una moneda de cuatro maravedíes resellada por el Cabildo de La Palma en 1559 y una medalla con las imágenes de San Francisco de Asís y la Inmaculada Concepción propia del s. XVI.

El ADN de esas personas, en los once casos en los que los análisis han resultado viables, revela que una era sin duda canaria aborigen (una mujer), mientras que cuatro son probablemente individuos de raza negra y otros seis pertenecen a un linaje presente tanto en Europa como el norte de África.

«Dado que hay muchas referencias históricas al tráfico de esclavos procedentes del norte de África en Canarias, pensamos que esos individuos eran moriscos», explica a Efe otra de las firmantes del trabajo, Rosa Fregel, bióloga especialista en ADN de poblaciones antiguas de la Universidad de Stanford.

Su colega Santana apunta otro detalle interesante: es raro que aparezca una aborigen, porque en esa época la Iglesia y la Corona ya había prohibido esclavizar a los indígenas canarios e incluso se permitía a estos acceder a cargos de los cabildos como «cristianos viejos», algo todavía vetado, por ejemplo, a los descendientes de musulmanes y judíos. «Quizá se trate de alguna mujer mestiza».

La forma de enterrarlos también resulta curiosa, porque no responde ni a rituales cristianos, ni puede ligarse claramente con el Islam, ni encaja con las prácticas aborígenes, sino que sugiere un tipo de sincretismo muy habitual en las sociedades criollas, lo que refuerza el valor del yacimiento, apunta Fregel.

Todos fueron enterrados de lado, dos de ellos yacen con la cabeza hacia el Este (quizás hacia la Meca) y otros fueron inhumados junto a rosarios de cuentas de cristal típicos de algunos ritos africanos.

También hay elementos cristianos, como la medalla del santo de Asís, que concuerda con la existencia a menos de un kilómetro de un antiguo convento franciscano, aunque los investigadores no descartan que se utilizaran para ocultar o enmascarar rituales africanos.

¿Por qué suponen los autores que se trata de esclavos de plantaciones de caña? Porque fue el primer gran monocultivo que se implantó en Canarias, donde se desarrollaron las máquinas de procesar la caña que luego se llevaron a América, los «ingenios».

«El azúcar era el petróleo del siglo XVI, una industria que atrajo a Canarias a grandes fortunas de toda Europa y que propició la captura de esclavos en África antes de que estos fueran llevados a América, porque requería mucha mano de obra», resume Santana.

Cuando redactaron este artículo, los arqueólogos ya habían encontrado en ese mismo yacimiento moldes de azúcar que delatan claramente a qué se dedicaban las tierras del municipio de Guía. Hace solo tres meses, otras obras civiles acaban de sacar a la luz la pieza que faltaba en este puzzle: los restos del gran ingenio azucarero de Santa María de Guía, datados entre los s. XV y XVI.

Ahora, este equipo de arqueólogos busca financiación para continuar las excavaciones, porque tienen indicios de georradar de que el primer enterramiento de esclavos del Atlántico puede contener mucho más que solo 14 cuerpos.


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  • La tradición histórica le achaca a Luisa Francisca las famosas palabras: «Melhor ser Rainha por um dia, do que duquesa toda a vida» («Antes reina por un día que duquesa toda la vida»)

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En la Historia con mayúsculas, la que habla de guerras entre estados y conquistas por imperios, se prescinde con demasiada frecuencia de la letra pequeña. La nota de color o factor humano que lo explica todo más allá de la geopolítica. La ambición de una noble que quería ser reina a toda costa puso el color en el caso de la revuelta de Portugal de 1640 que derivaría en la independencia del país vecino.

El levantamiento portugués fue planeado en Lisboa por miembros de la nobleza, el clero y militares para destronar a los Austrias y proclamar un Rey portugués

Tras más de medio siglo de unión ibérica, la aristocracia portuguesa se levantó, en 1640, aprovechando la guerra de España con Francia y la sublevación de Cataluña. Estas regiones junto a Nápoles y Sicilia emprendieron, con suerte desigual, sendas rebeliones contra Felipe IV en esas fechas.

El levantamiento portugués fue planeado en Lisboa por miembros de la nobleza, el clero y militares para destronar a los Austrias y proclamar un Rey portugués. El detonante final fue la exigencia del Conde-Duque de Olivares, valido del Rey, de que 6.000 soldados portugueses y la mayor parte de la nobleza en edad de combatir se sumaran a la guerra en Cataluña. Como respuesta a las exigencias de Olivares, un grupo de conspiradores irrumpió en el Paço da Ribeira (Lisboa) el 1 de diciembre de 1640, sorprendiendo allí al secretario de Estado, Miguel de Vasconcelos, quien fue asesinado y defenestrado por la fachada del Palacio Real.

La comunidad de jesuitas y el pueblo llano se decantó en bloque por los nobles rebeldes e hicieron triunfar el levantamiento. En su lugar aclamaron al Duque de Braganza como Rey, con el título de Juan IV de Portugal, alegando viejos derechos dinásticos anteriores a la llegada de Felipe II de España.

Cuando los Braganza conocieron a una Guzmán

Ciertamente los Braganza tenían derechos acumulados. Cuando en 1578 el Rey de Portugal Sebastián I de Avís perdió la vida en una demencial incursión por el norte de África, Felipe II –emparentado con la dinastía portuguesa por vía materna– desplegó una contundente campaña a nivel diplomático para postularse como el heredero a la Corona lusa, que fue asumida brevemente por el Cardenal-infante don Enrique hasta su muerte. La Casa de Braganza, no obstante, se abstuvo de participar en la contienda por hacerse con la Corona, a pesar de que su titular entonces, la Duquesa Catalina de Braganza, era hija de Eduardo de Avis, a su vez hijo del Rey Manuel I de Portugal. Si bien Catalina era la favorita del efímero Cardenal-infante para sucederle, los Braganza sabían que nada tenían que hacer ante la entrada de Felipe II y sus tropas.

No obstante, el propio Conde-Duque de Olivares, perteneciente a una rama menor de los Medina Sidonia, incentivó y apoyó el enlace pensando que así sepultaría las viejas aspiraciones de la Casa Braganza

La familia portuguesa se mantuvo leal a la Monarquía hispánica hasta 1640 e incluso entroncó con dos de las casas castellanas de más largo recorrido: la Casa de Haro y los Medina-Sidonia. El hijo de Catalina, Teodosio, fue nombrado por Felipe II (I de Portugal) condestable del reino y protector de Lisboa, cargo que ejerció durante la defensa de esta ciudad de los ataques ingleses. Asimismo, el condestable de Portugal se casó en 1603 con la hija del condestable de Castilla, Ana de Velasco y Girón, lo que significó emparentarse con los que fueron durante siglos titulares del señorío de Vizcaya.

El futuro Juan IV de Portugal fue el fruto primogénito de este matrimonio entre un portugués y una castellana. Y también él se casó con una poderosa noble española, Luisa Francisca de Guzmán, de la Casa de Medina Sidonia, los señores más poderosos de la baja Andalucía y en el pasado emparentados con la realeza lusa. No obstante, el propio Conde-Duque de Olivares, perteneciente a una rama menor de los Medina Sidonia, incentivó y apoyó el enlace pensando que así sepultaría las viejas aspiraciones de la Casa Braganza. Los matrimonios mixtos fueron muy habituales entre aristócratas de ambos países en esas fechas. Lo que no pudo calcular el valido de Felipe IV es que iba a ser precisamente Luisa Francisca, nacida en Huelva, quien empujaría a su marido a rebelarse contra España.

La tradición histórica, no en vano, le atribuye las famosas palabras «melhor ser Rainha por um dia, do que duquesa toda a vida» («Antes reina por un día que duquesa toda la vida»), así como un papel activo durante la rebelión. En este sentido, el historiador portugués Joaquim Veríssimo Serrão considera que, aunque ella se «identificó sin duda con el movimiento», no debe mantenerse «la falsa tradición que hace de ella uno de los “motores” de la Restauración».

Los cabecillas fueron otros. Cuando tres meses después de la muerte Vasconcelos se entendió en Madrid el verdadero alcance de la rebelión portuguesa, el Conde-Duque responsabilizó a cinco hombres del golpe, todos ellos supuestamente leales a la Corona: el Duque de Braganza «tonto y borracho»; el Marqués de Ferreira, «tan tonto que no sabe donde cae Valladolid»; el Conde de Vimioso, un «gallina»; Don Antonio Vaz de Almada, «totalmente ignorante»; y el Arzobispo de Lisboa, traidor e hijo de traidores.

El Conde-Duque de Olivares calificaba a los rebeldes como cobardes e ignorantes sin percatarse de en qué lugar le dejaba a él haber sido engañado por un grupo de «tontos». El golpe fue rápido e inesperado. En este sentido el insultarlos solo demostraba lo mucho que le habia dolido a nivel personal la traición. Sin ir más lejos, Luisa Francisca era prima suya y supo de su responsabilidad en el golpe, como demuestra su petición al Duque de Medina Sidonia para que tachara su nombre de los archivos de la familia.

Su nombre podría desaparecer de los archivos españoles, pero iba a entrar en mayúsculas en los de Portugal. Después de la proclamación, los nuevos Reyes de Portugal se instalaron en Lisboa con sus hijos. La onubense Luisa Francisca ejerció el gobierno siempre que el Rey acudía a la frontera del Alentejo y también tras su muerte. En 1656, al fallecimiento de Juan IV de Portugal fue nombrada en el testamento de su esposo regente del reino, durante la minoría de edad de su hijo Alfonso.

Durante su regencia se produjo la gran victoria portuguesa en la trascendental batalla de las Líneas de Elvas, el 14 de enero de 1659, aunque hasta 1668 el Imperio español no reconoció la independencia de Portugal. Asimismo, los graves problemas mentales de su hijo alargaron su influencia política más allá de la regencia.

El intento de independizar Portugal

Si bien estaba obligado a criticarla públicamente, al Duque de Medina Sidonia la idea de que su hermana Luisa Francisca fuera Reina no le resultaba nada desagradable. Cuando el Rey de España preparó la reconquista de Portugal, le fue encomendado al Duque de Medina-Sidonia, Gaspar Pérez de Guzmán y Gómez de Sandoval y Rojas, la capitanía general de uno de los ejércitos que debía caer sobre los rebeldes. Sin embargo, la lentitud y falta de iniciativa del noble andaluz dejaron ya entrever sus planes ocultos y sus simpatías por lo ocurrido en Portugal.

Los «guzmanes» (llamados así por el apellido) no solo estaban a favor de la independencia de Portugal, sino que iban a intentar separar Andalucía de la Corona castellana. Un plan que se vino abajo en los preparativos ante la falta de apoyo popular y el retraso de las fuerzas militares prometidas desde el extranjero, especialmente de Francia y Holanda.

Sin que hubiera prendido todavía el levantamiento, Luis de Haro y Guzmán —el gran protegido del Conde-Duque— se presentó en Andalucía a conocer el alcance de la conjura en el verano de 1641. El duque escapó a tiempo hacia Madrid para dar explicaciones en persona a su pariente. El valido arrojó, literalmente, a su primo a los pies del Monarca, al que confesó todos los planes y rogó que le perdonara. Arruinado y envidioso porque su primo el Conde-duque hubiera ganado tanto poder, Medina-Sidonia creía que en la rebelión encontraría una solución a sus problemas económicos.

En una muestra de magnanimidad, Felipe IV libró a Medina-Sidonia de ser condenado a muerte, pero no así al otro cabecilla, el Marqués de Ayamonte. El castigo a Medina-Sidonia se limitó a pagar una multa de 200.000 ducados como donativo a la Corona y a un destierro de sus dominios andaluces. Solo cuando violó estas prohibiciones, en 1642, coincidiendo con la presencia de una flota franco-holandesa en las proximidades de Cádiz, fue encarcelado en el castillo de Coca.

En un desesperado intento por lavar su imagen, Medina-Sidonia tuvo la estrafalaria idea de retar a duelo al Rey de Portugal, su cuñado. Le convocó a comparecer en Badajoz, cerca de Valencia de Alcántara, donde el duque y su séquito esperaron inútilmente 80 días a la comparecencia del soberano.

 


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  • Aunque los españoles lograron abordar dos barcos holandeses que bloqueaban Manila, el comandante enemigo se valió de un ardid para recuperar uno de los bajeles y masacrar a 250 españoles del San Diego, que en la retirada había naufragado de forma absurda
 Conquistador español, Pabellón de la navegación de Sevilla

Conquistador español, Pabellón de la navegación de Sevilla

A vueltas con los samuráis y los españoles, en las últimas semanas se ha hecho viral la falacia, por enésima vez, de que los combates de Cagayán (1582) fueron la primera vez en la que las armas occidentales, españolas para más señas, se impusieron a las japonesas. Es falso. Más allá de que se trató realmente de una lucha de piratas japoneses contra filipinos, indígenas mexicanos y un puñado de españoles; hay que recordar, sobre todo, que aquella no fue la primera vez en la que los europeos y los japoneses se enfrentaron. Ni la única, ni la última… Eso sin mencionar que los portugueses habían sometido repetidas veces a auténticos samuráis entre 1560 y 1580].

Los imperios ibéricos lucharon contra samuráis y soldados japoneses de todo tipo, pero también junto a ellos. El Imperio español tuvo que aliarse con extraños amigos con tal de defender su dominio sobre el Pacífico, donde el Imperio portugués, bajo la soberanía de Felipe II, también mantenía un enorme imperio comercial y numerosos enemigos. La Corona contrató samuráis para que lucharan en nombre de España contra los holandeses y las sublevaciones chinas, si bien lo hicieron en condición de mercenarios.

A finales del siglo XVI, la llegada de comerciantes y piratas holandeses e ingleses se convirtió en la nueva amenaza predilecta a los intereses ibéricos

En Filipinas, los españoles tuvieron que enfrentarse con frecuencia a piratas chinos y japoneses, sublevaciones de la población china en estas islas y a la amenaza de que un Japón al fin unificado pusiera sus ojos en los territorios vecinos. Además, a finales del siglo XVI la llegada de comerciantes y piratas holandeses e ingleses se convirtió en la nueva amenaza predilecta a los intereses ibéricos. Como ocurriera 50 años antes con las incursiones de piratas ingleses en el Caribe, los holandeses vieron en las indefensas posesiones ibéricas en el Pacífico la mejor manera de herir al gigante contra el que las Provincias Unidas llevaban décadas combatiendo en Europa. Lo que empezó como un rebelión local en los Países Bajos había cruzado dos océanos para adquirir la categoría de guerra internacional.

La llegada de Holanda al Pacífico

Tras varias intentonas de asentarse en el Pacífico, las Provincias Unidas planearon en 1599 una expedición que, más allá de fijar nuevas rutas, perseguía como principal fin saquear y destruir los puestos ibéricos. Una escuadra de cuatro buques al mando de Oliver Van Noort partió a finales de verano para enfrentarse a un viaje infernal. En los 14 meses que tardó en llegar al Estrecho de Magallanes y dirigirse al Mar del Sur, la escuadra perdió dos barco, sufrió enfermedades, desencuentros y ataques enemigos. Pero al fin llegó contra todo pronóstico a las aguas dominadas por los dos imperios ibéricos.

Haciéndose pasar por un marino francés con autorización real, Van Noort obtuvo provisiones de los propios españoles y se le permitió llegar a las proximidades de Manila. El complicado viaje les había dejado sin los medios para atacar directamente la capital filipina, por lo que los holandeses se decidieron a, simplemente, bloquear el puerto desde la entrada de la bahía. Van Noort buscaba así hacerse con los barcos mercantes, chinos en su mayoría, que acudían a Manila a vender productos e incluso con algún galeón español repleto de plata. El bloqueo marítimo, no obstante, causó el pánico en la escasamente defendida ciudad, que ni siquiera contaba con barcos en el puerto, salvo un mercante en reparación y una pequeña fragata. Y es que la mayoría de los soldados y barcos, mercenarios japoneses incluídos, habían partido a una expedición de castigo a Mindanao, base de los piratas esclavistas llamados «moros» (musulmanes del Pacífico).

Ciertamente, ya en ese momento se conocía de tropas samuráis al servicio de España, si bien es más preciso hablar únicamente de soldados japoneses, sin especificar su categoría social. La mayor parte de las veces se encuadraban como mercenarios al mando de oficiales españoles, aunque también hubo casos de oficiales indígenas. En esta condición participaron en varias misiones de castigo contra los piratas de la zona, entre ellas una contra lo que hoy es Taiwan. Asimismo, se contaron tropas de este tipo en la desesperada defensa que los españoles de Manila organizaron contra el bloqueo de los holandeses en 1600.

La acometida española iba a ser desesperada e incluso precaria. Los dos únicos barcos que dormitaban en el puerto, el mercante (el San Diego) y la pequeña fragata (el San Bartolomé), fueron armados con 14 y 10 cañones de tierra respectivamente. No obstante, como explica el historiador Agustín Rodríguez González en un artículo publicado en octubre de 1999 en la «Revista de defensa española», el mayor problema fue encontrar soldados de calidad para embarcar en estos buques. El oidor Antonio de Morga se hizo cargo de una tropa de unos centenares de hombres, la mitad españoles, muchos filipinos, negros y, por supuesto, mercenarios japoneses. Estos samuráis de fortuna gozaban de gran prestigio en el Pacífico, pero sonaban poco amenazantes frente a la flotilla holandesa. Solo el Mauritíus, el barco principal de los holandeses, contaba con más cañones que los dos barcos españoles juntos.

El plan de los españoles era de una simplicidad absoluta: embestirían los dos barcos con el viento y las mareas favorables contra el Mauritius, sin más objetivo que romper el bloqueo y hundir el barco principal. Y así se actuó al alba del 14 de diciembre. Van Noort ordenó levar anclas al ver el ataque español, mientras que el segundo barco holandés, el débil Eeridracht, se limitó a apartarse del área de acción.

El rápido abordaje protagonizado por el San Diego dejó fuera de juego al Mauritius. Después de que los arcabuces y mosquetes españoles barrieran la cubierta, treinta hombres al mando de un alférez se hicieron con el castillo y con los estandartes enemi­gos, lo que tradicionalmente significaba que el barco había sido sometido. De hecho, cuando llegó el San Bartolomé a descargar su fuego contra el barco holandés, el grupo de abordaje tuvo que identificarse a gritos para que no abrieran fuego contra soldados amigos. «España, España; vic­toria, se han rendido», vociferaron para evitar el fuego amigo.

Los holandeses supervivientes se atrincheraron bajo cubierta y soli­citaron rendirse. Pero por alguna razón hoy desconocida, Morga cayó en un estado de postración y permitió a los holandeses pensar un plan de fuga.

Una victoria que se convirtió en tragedia

En paralelo a esta situación de impasse, el San Barto­lomé emprendió la marcha para dar caza a la Eeridracht, que in­tentaba huir desesperada­mente a bastante distancia. Aún así lo interceptaron sin que en este caso hubiera dudas de cómo proceder. El comandante de la fragata, Juan de Alcega, abordó el barco e hizo prisionero al capitán Víesmann y otros veinticinco supervivientes.

Por el contrario, Van Noort ordenó resistir a los holandeses en­cerrados (26 de ellos heridos) en el Mauritius e incluso amenazó a los que querían rendirse con hacer volar la santabárbara si se movían un centímetro. Una amenaza en consonancia con la forma de proceder kamikaze típica de los Mendigos del Mar, que preferían quemar o hacer explotar sus barcos antes que rendirlos al Imperio español. Los holandeses sabían que los españoles los iban a ajusticiar en cuanto se rindieran, porque los consideraban piratas, herejes y rebeldes. No habría juicio. No tenían una salida fácil. ¿O sí?

Cuando ya se cumplían seis horas desde el inicio del com­bate, los españoles detectaron numerosas vías de agua en el San Diego, mientras que un incendio fue declarado en el Mauritius. ¿Qué desencadenó este fuego? Pudo ser accidental, causado por la lucha o tal vez organizado por el comandante holandés. Sigue resultando un misterio; pero bastó ver una columna de humo saliendo del barco para que los españoles abandonaran en desorden la cubierta enemiga, temiéndose que se tratara de otra de esas estrategias suicidas de los holandeses.

El problema estaba en que el San Diego donde se refugiaron se iba irremediablemente a pique. Camino de la cerca­na isla Fortuna, el barco español se hundió a cien metros del Mauritius, que había sido recuperado por los holandeses. Los desesperados náufragos españoles fueron masacrados por los hombres de Van Noort, con un balance de 250 hombres cruel­mente asesina­dos. Solo se salvó un centenar en los botes, suje­tos a cualquier resto que flotara o nadando, entre ellos el propio Morga.

Los españoles habían logrado romper el bloqueo, pero a costa de graves pérdidas humanas. Van Noort regresó a Holanda con su dota­ción agotada, su buque averiado por el incendio y con dos de los palos inúti­les. El San Bartolomé tampoco pudo o quiso perseguirlo. Ellos sí habían hecho preso al Een­dracht, cuya tripulación fue ejecutada al completo una vez en Manila.

Haciendo un balance general, la expedición de Noort había resultado un desastre total y su única victoria era, si acaso, salvar la vida cuando todo parecía perdido

Haciendo un balance general, la expedición de Noort había resultado un desastre total y su única victoria era, si acaso, salvar la vida cuando todo parecía perdido. El regreso a Amster­dam fue tan terrible como el viaje de ida, fondeando allí tras tres años, el 26 de agosto de 1601, cuando solo que­daban vivos ocho tripulantes. Con todo, se convirtieron en los pri­meros holandeses en completar la vuelta al mundo.

A la travesía de Van Noort le siguió un auténtico desembarco holandés en Japón y otros territorios del Pacífico. Y serían los holandeses los que envenenaran las buenas relaciones entre los japoneses y los católicos, lo que desembocaría en la persecución de miles de cristianos en Japón. No obstante, aún en 1606 está documentada la participación de samuráis mercenarios en la sofocación de la rebelión de los sangleyeses (chinos) de Manila. En este sentido, también los holandeses imitaron posteriormente la estrategia ibérica y echaron mano de estos mercenarios.

 


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  • Durante su primer destierro, Rodrigo Díaz de Vivar tomó una fortaleza ubicada cerca del Jalón tras 15 semanas de asedio. Hasta ahora, esta contienda navegaba entre la verdad y la invención, pero una excavación arqueológica ha desvelado su veracidad
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Representación del Cid Campeador – WIKIMEDIA

Entre la historia y la leyenda. Así permanecía hasta ahora la batalla de Alcocer. Una contienda en la que Rodrigo Díaz de Vivar (más conocido por su apodo: el Cid Campeador) tomó con una curiosa treta una fortaleza inexpugnable ubicada cerca del Jalón. Todo ello, después de ser desterrado por el rey Alfonso VI. Según el «Cantar del Mio Cid» (el mítico poema que relata las hazañas de este personaje con más misticismo que verdad) el líder militar, al ver que no podía conquistar la plaza, decidió fingir una retirada. Para ello, levantó todo su campamento menos una tienda y, cuando los musulmanes se acercaron a investigar (dejándose las puertas de la fortaleza abierta) él y sus hombres les atacaron. El plan salió a pedir de boca.

Hasta ahora, se consideraba que la batalla de Alcocer había sido imaginada por el autor del cantar. Sin embargo, un nueva investigación desveló el pasado fin de semana que de mitológica no tuvo nada, y que -al menos- se sucedió. Y es que, una excavación llevada a cabo en Zaragoza acaba de descubrir un material hispano musulmán de entre los siglos XI y XII que podría pertenecer al asentamiento que asedió el Campeador. La contienda, curiosamente, no se ubica así en Alcocer (Guadalajara), el pueblo que cuenta con el mismo nombre que el mítico enfrentamiento.

Por todo ello, hoy recordamos los pormenores de esta batalla y cómo se sucedió según los textos antiguos.

Reyes y parias

Para suerte cristiana, cuando el Cid empezó a levantar su espada contra los musulmanes estos andaban dándose de mandobles entre sí. Estaban divididos en multitud de reinos llamados «taifas». Cada uno de ellos, dirigido por un líder diferente ansioso por aplastar a sus compatriotas para evitar que adquiriesen poder.

Como explica José Luis Martín (catedrático de Historia Medieval) en su dossier «La espada de Castilla», los árabes eran «incapaces de unirse frente a los cristianos». Pero no solo eso, sino que también solicitaban alguna ayudita que otra a los seguidores de la cruz para lograr resistir los tortazos y, llegado el momento, atacar a sus compatriotas en venganza. Con ese percal, también pagaban tributos a sus enemigos para que no hicieran expediciones de castigo contra ellos.

«Para evitar sus ataques necesitaban pagar la protección de los cristianos, y reunían el dinero mediante una mayor presión fiscal que, con frecuencia, daba origen a motines y revueltas que eran dominadas nuevamente con ayuda de las tropas cristianas», añade el experto. Esto provocaba, a su vez, que los líderes musulmanes se vieran obligados a pedir todavía más dinero a los seguidores de Cristo. Algo que les convertía en deudores (todavía más si cabe).

Este curioso sistema económico (conocido como el de impuestos o «parias») fue de sumo interés para los reyes hispanos que azuzaban con la Reconqusita desde el norte. Y es que, a los cristiano este «dinerillo extra» les permitía llenar su bolsa de un oro que ahorraban para, posteriormente, crear su propio ejército y avanzar sobre las mismas regiones árabes que les pagaban.

En ese contexto vino el Cid al mundo. O más bien Rodrigo Díaz de Vivar (pues este era su nombre verdadero). Lo hizo en el año 1043 y como el noble de una familia menor. Una fortuna que le permitió entrar a los 14 años en la corte a las órdenes del príncipe Sancho, el primer hijo y heredero del rey Fernando I.

Dicen de él los cronistas que, además de ser todo un virtuoso de la espada, tampoco andaba mal en lo que a cocorota se refiere, ya que sabía leer, escribir y entendía de leyes. Al final, con poco más de una veintena de años, logró ascender en el escalafón medieval como vasallo y soldado hasta convertirse en el hombre de armas de su señor. Uno de los cargos más altos al que se podía llegar como militar.

Y así siguió hasta que comenzó el juego de tronos en la Península tras la muerte del Su Majestad Fernando en el 1065. ¿Por qué? Pues porque al monarca no se le ocurrió otra cosa que dividir sus dominios entre sus hijos. A Sancho, el primogénito, le cedió Castilla. Hasta aquí, todo correcto. El problema fue que a su retoño Alfonso le cedió las tierras de León, por entonces más fértiles.

El lio estaba armado. Poco después se inició una guerra entre ambos en la que el Cid acudió al campo de batalla bajo la bandera del que siempre había sido su principie y señor: Sancho. Ek enfrentamiento perduró durante varios años. «Al final, combatiendo en Zamora […] Sancho murió en el 1072», añade el experto. Que el primero de los herederos se fuera al otro barrio no pudo ser mejor para su hermano, que se quedó sus tierras y dio por finalizada la contienda con un (para él) feliz final.

El destierro

Cuenta la leyenda que Rodrigo, héroe de decenas de batallas, exigió entonces al rey Alfonso que jurara no haber tenido nada que ver con la muerte de su hermano. Lo hizo a cambio de ser su vasallo. La realidad, no obstante parece que fue diferente. Y es que, por mucho que nos guste imaginarnos a este héroe poniendo entre la Tizona y la pared a un monarca, poco tiene esto de verdad. Por el contrario, lo más probable es que (aunque las habladurías pueblerinas sí cargasen contra el de la corona), nuestro protagonista, simplemente, aceptase rendirle pleitesía para tener un señor por le que luchar. Algo tan necesario en aquellos años como contar con un buen filo con el que atravesar (o partir por la mitad) al contrario.

En todo caso, parece que no le fue mal al Cid como vasallo de Alfonso VI, pues fue nombrado juez por él en varias ocasiones, participó en campañas militares como la de Navarra, y fue destinado a cobrar las «parias» a los musulmanes. Y no es muy lógico dejar el dinero en poder de alguien del que, al fin y al cabo, no te fías.

Además, tampoco era extraño que, en plena corte, los mejores puestos fueran para aquellos que más lamían las botas a su señor y que le habían seguido desde sus inicios. El roce, que hace el cariño, como se suele decir. Sin embargo, el idilio del Campeador con el monarca fue breve.

Apenas duró hasta que nuestro protagonista tuvo un incidente militar con el conde García Ordóñez, quien tenía bastante mano dentro de la corte. Este, haciendo honor a su apodo («boca torcida», por su capacidad -según algunos autores- de introducir mentiras en cabezas ajenas) logró poner en contra a Rodrigo y al monarca. Todo ello, afirmando que el Cid se quedaba con parte de los tributos que recogía de los musulmanes.

«Pasó los cinco años siguientes como soldado mercenario al servicio del gobernador musulmán de Zaragoza»

Esa falacia, unida a alguna desavenencia más, provocó que el rey desterrara al Campeador de sus tierras. O lo que es lo mismo, que confiscase sus dominios y le mandase al quinto pino del reino con todo aquel que quisiera seguirle. «Alfonso VI desterró a Rodrigo en 1081, cuando este atacó a los musulmanes de Toledo, protegidos del rey», añade el experto en su dossier.

Desterrado, se vio obligado a ir de ciudad en ciudad alquilando su vida y la de sus hombres al mejor postor. «Pasó los cinco años siguientes como soldado mercenario al servicio del gobernador musulmán de Zaragoza. En el transcurso de ellos, Rodrigo siguió adquiriendo fortuna y renombre», explican los autores Richard A. Fletcher y Javier Sánchez García-Gutiérrez en su obra «El Cid». Fue precisamente en la jornada 16 de este destierro cuando el Cid llegó a la ciudad de Alcocer.

Alcocer y el campamento

A partir de este punto es en el que la mitología supera a la realidad y la fuente principal es el «Cantar del Mio Cid». Este poema deja escrito que Rodrigo llegó a esta población después de abandonar Castejón y saquear Alcarría (Guadalajara) y el valle del Tajuña. A partir de ese momento, y tal y como explica Alberto Montaner Frutos (de la Universidad de Zaragoza) en su dossier «La toma de Alcocer en su tratamiento literario: un episodio del cantar del Cid», el texto tan solo aporta alguna que otra pista que puede dar idea de dónde se hallaba concretamente la villa de Alcocer.

Así se puede leer en la versión actualizada del «Cantar del Mio Cid» elaborada por Frutos: «Cruzaron los ríos, entraron a Campo Taranz. por esas tierras abajo a toda velocidad, entre Ariza y Cetina mio Cid se fue a albergar; grande es el botín que obtuvo en la zona por donde va. No saben los moros que propósito tendrá. Otro día se puso en marcha mio Cid el de Vivar y pasó frente a Alhama, por la hoz abajo va, pasó por Bubierca y por Ateca, que está adelante, y junto a Alcocer mio Cid iba a acampar». ¿Dónde podría situarse el campo de batalla? En palabras del experto, es difícil saberlo, pues únicamente ubica vagamente la zona mediante algunos «vagos topónimos».

El texto no ahonda demasiado en la construcción del campamento ideado por el Cid para asediar la ciudad. Un emplazamiento del que se dice poco más que se edifica encima de un otero (un pequeño monte) «fuerte e grande» y al cual «agua no le puede faltar» porque «corre cerca el Jalón» (uno de los principales afluentes del Ebro).

En definitiva, se dice que la posición no podía ser mejor, pues contaba con inmediato acceso al líquido elemento y permitía a los sitiadores resistir un posible ataque realizado desde la urbe. Tampoco se explica de forma pormenorizada el tipo de campamento que se crea, del cual únicamente se da alguno que otro detalle: «Bien se planta en el otero, hace firme su acampada, los unos hacia la sierra y los otros hacia el agua. El buen Campeador, que en buena hora ciñó espada, alrededor del otero, muy cerca del agua, a todos sus hombres les mandó hacer una zanja, que ni de día ni de noche por sorpresa les atacaran, que supiesen que mio Cid allí arriba se afincaba».

En los siguientes versos, el cantar explica de forma supina como el Cid actuó como era menester por aquellos tiempos: sitió la ciudad de Alcocer y le solicitó tributos o «parias» a cambio de no atacarla. También hizo lo propio con algunas otras urbes de la zona, como Ateca y Terrer». El Campeador, de esta guisa (recibiendo más oro del que podía soportar su bolsa y atesorando riquezas) se mantuvo frente a las murallas de Alcocer más de dos meses. O, más concretamente, «15 semanas», en palabras del Cantar.

«No es posible creer que el poeta haya querido sugerir que el Cid se comportó de mala fe para con los alcocereños»

No obstante, Frutos hace hincapié en que no hay que llevarse a engaños, y el objetivo último de este guerrero no es otro que terminar conquistando la plaza debido a la supuesta «importancia estratégica» que se le da en el texto.

Con todo, algunos autores como Peter Edward Russell afirman en sus escritos que no hay que entender al Cid como un tirano que pretendía esquilmar la zona para luego conquistarla, sino como un estratega militar que entendía la importancia psicológica de asediar una plaza fuerte: «No es posible creer que el poeta haya querido sugerir que el Cid se comportó de mala fe para con los alcocereños. Parece que introdujo el tema de las parias con el fin de llamar la atención sobre el temor que sentía la guarnición al verse asediada por el Cid, pero sin atender debidamente a las consecuencias jurídicas de dicha introducción».

El plan

A las quince semanas el Cid se hartó de que Alcocer no se rindiese y pasó a la acción. ¿Qué se le pasó por la cabeza? Una curiosa estratagema para hacer salir a los defensores de la ciudad. Ordenó recoger todas las tiendas menos una y fingir una retirada. «La retirada tenía como objetivo desconcertar a los alcocereños e invitarles a aprovechar la situación abandonando el refugio de las murallas», añade el experto. ¿Por qué abandonarían estos la seguridad de su ciudad? Sencillamente, por las ansias de vil metal: las «parias» que el Campeador llevaba acumulando durante más de dos meses.

Así se narra este suceso en la versión modernizada de Frutos del poema: «Él hizo una estratagema, más no lo retrasaba: plantada deja una tienda, las otras se las llevaba, avanzó Jalón abajo con su enseña levantada, con las lorigas puestas y ceñidas las espadas, a guisa de hombre prudente, para llevarlos a una trampa. Lo veían los de Alcocer, ¡Dios, como se jactaban! -Le han faltado a mio Cid el pan y la cebada; las otras apenas se lleva, una tienda deja plantada; mio Cid se va de tal modo cual si en derrota escapara. Vayamos a asaltarlo y obtendremos gran ganancia, antes de que le cojan los de Terrer, si no, no nos darán de ello nada; la tributación cogida devolverá duplicada».

El plan había funcionado. El Cid había logrado que abandonaran la seguridad de su plaza fuerte. A su vez, la suerte le sonrió, pues «con las ansias del botín, de lo otro no piensan nada, dejan abiertas las puertas, las cuales ninguno guarda». De esta forma, el Campeador (cuyas fuerzas eran formadas por unos 300 hombres, atendiendo a las fuentes) solo tuvo que esperar hasta que sus enemigos (la mayoría, según se da a entender, soldados a pie) estuviesen lo suficientemente lejos de las defensas como para no poder retirarse si él iniciaba la carga.

La carga

A partir de este momento, existe cierta controversia en relación a la forma en la que el Cid atacó a los musulmanes. La versión modernizada de Frutos del «Cantar del Mio Cid» explica que cuando «el buen Campeador hacia ellos volvió la cara» y vio que «entre ellos y el castillo el espacio se agrandaba», ordenó girar la bandera, espolear los caballos, y cargar sin ningún pudor a sus hombres contra aquellos «infieles». «¡Heridlos, caballeros, sin ninguna desconfianza! ¡Con la merced del Creador, nuestra es la ganancia!». A partir de ese momento comenzó la verdadera batalla.

Tal y como señala el texto, los jinetes del Cid cargaron, con el Campeador y Álvar Fáñez (uno de los principales capitanes de Rodrigo) en cabeza: «Han chocado con ellos en medio de la explanada, ¡Dios, qué intenso es el gozo durante esta mañana! Mio Cid y Álvar Fáñez adelante espoleaban, tienen buenos caballos, sabed que a su gusto les andan, entre ellos y el castillo entonces entraban. Los vasallos de mio Cid sin piedad les daban». Poco más se dice de la contienda más allá de que cargaron a gritos mientras la retaguardia de los musulmanes trataba de regresar a la seguridad de Alcocer.

«¡Heridlos, caballeros, sin ninguna desconfianza! ¡Con la merced del Creador, nuestra es la ganancia!»

«En poco rato y lugar a trescientos moros matan. Los de delante los dejan, hacia el castillo se tornaban; con las espadas desnudas a la puerta se paraban, luego llegaban los suyos, pues la lucha está ganada. Mio Cid tomó Alcocer sabed, con esta maña». En el Cantar no se habla del número exacto de jinetes que llevaron a cabo el ardid (al menos en estos fragmentos), ni las bajas cristianas, por lo que siempre se ha supuesto que no se había sucedido ninguna. Al menos, en palabras del autor del «Cantar del Mio Cid».

Más allá de esta fuente, han sido muchos los autores que han tratado de explicar de forma pormenorizada cómo es posible que los musulmanes no tuviesen tiempo suficiente para regresar a la seguridad de Alcocer.

En base a los textos originales, Frutos es partidario de que el Cid dividió a sus tropas en dos unidades. La primera, encargada de atacar y entretener a los enemigos. La segunda, con órdenes de tomar la urbe. «El ardid consistía en una huida fingida que atrajera a los alcocereños a la lucha en campo abierto. Cuando esto se consiguió, el Cid y sus tropas dieron media vuelta y, gracias a una maniobra envolvente, obligaron a los musulmanes a permanecer luchando en el campo de batalla mientras la vanguardia del Campeador , encabezada por él y Minaya, se apoderaban de la plaza desguarnecida», explica.

Un final incierto

En todo caso, el Cantar explica que la batalla acabó cuando Pedro Bermúdez, soldado del Cid, puso en la parte más alta de las murallas la bandera de su señor. El Campeador, por su parte, no pudo contener la alegría. Aquella noche, al fin, dejaría la tienda de su campamento en favor de una cómoda habitación. «¡Gracias al Dios del cielo y a todos sus santos, ya mejoraremos el aposento a los dueños y a los caballos!».

«¡Gracias al Dios del cielo y a todos sus santos, ya mejoraremos el aposento a los dueños y a los caballos!»

A su vez, Rodrigo ordenó a sus hombres que no matasen a los prisioneros, pues estaban desarmados.

«Oídme, Álvar Fáñez y todos los caballeros: en este castillo un gran botín tenemos, los moros yacen muertos, vivos a pocos veo; a los moros y moras vender no los podremos, si los descabezamos nada nos ganaremos, acojámoslos dentro, que el señorío tenemos, ocuparemos sus casas y de ellos nos serviremos». La conquista había acabado bien. O eso parecía. Y es que, posteriormente, el señor de Valencia ordenó mandar contra Alcocer 3.000 musulamanes armados. Pero eso, como se suele decir, es otra historia.

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