El Mundo JESÚS LÓPEZ-PELÁEZ CASELLAS

  • Esta orden de monjes guerreros, defensores de Cristo, está rodeada de misterios y leyendas
  • La Orden del Temple y su eco en la península 

    Cuadro de François Marius Granet representando el último día del Gran Maestre templario Jacques de Molay.

    Cuadro de François Marius Granet representando el último día del Gran Maestre templario Jacques de Molay.

Probablemente no exista organización en la historia que haya provocado mayor cantidad de especulaciones y leyendas que los templarios. En su célebre ‘Chevaliers du Christ’, Alan Demurger sostenía que existe, por un lado, la historia del Temple y, por otro, la de su leyenda; y de forma irónica Umberto Eco, en ‘El péndulo de Foucault’, ponía en boca de uno de sus personajes que “los templarios siempre tienen algo que ver con todo”.

Ciertamente, multitud de libros pseudo-históricos han sostenido, sin prueba real alguna, una supuesta vinculación directa del Temple con asuntos esotéricos como la Mesa esmeralda del rey Salomón, el Santo Grial (del que nada se dice en la Biblia), el Arca de la Alianza, el ‘Lignum Crucis’, la Piedra Filosofal de los alquimistas, innumerables tesoros y hasta el descubrimiento de América. Todas estas son entretenidas leyendas sin fiabilidad, pues no hay evidencia histórica seria que las apoye porque el archivo templario se perdió, probablemente, tras la toma de Chipre por los turcos en 1571.

Pero no se puede decir que estas creencias surjan de la nada, ni que los caballeros de la cruz roja no estén rodeados de misterio y magia que los hace irresistibles. Un asunto significativo es el de sus ritos de iniciación. Estos, si bien similares a los de cualquier otra orden religiosa o militar, adquirieron un aura de secretismo y esoterismo con un cierto perfume oriental. Los juicios a los templarios recogieron testimonios inquietantes acerca del proceso de iniciación en la Orden, durante el que se realizaban actos que la Iglesia y los jueces del rey vieron inaceptables. Y si bien estos testimonios estuvieron inducidos por la tortura, no se descarta que no fueran parcialmente ciertos.

Acusados de satanismo

Así, el beso del maestre al novato en la boca parece que simbolizaba la transmisión del espíritu y el valor templario al neófito, pero al añadir que también se besaba al maestre en el falo o en el ano (las versiones variaban) se pasó a acusarlos de sodomía/homosexualidad. Esta acusación -un crimen monstruoso en la época- estaba motivada por la renuncia que hacían los caballeros a relacionarse con mujeres, excepto madre y hermana. La práctica de ritos satánicos o la confraternización con sectas musulmanas, confesadas bajo tortura, aumentaron su leyenda.

También es cierto que los causantes de la desaparición de los templarios (Felipe IV, su principal consejero Guillaume Nogaret y el Papa Clemente V) murieron a los pocos meses de que Jacques de Molay fuera quemado en la hoguera (y supuestamente les lanzara una maldición mientras perecía entre las llamas). Además, entre 1315 y 1317 se produjeron inundaciones en casi toda Francia como consecuencia de las cuales se perdieron cosechas y se extendió la hambruna, a lo que -como es bien sabido- siguieron epidemias de peste y la muerte de cientos de miles de personas; estos acontecimientos (que dieron lugar a la conocida como crisis del siglo XIV) también se atribuyeron a un castigo divino motivado por la injusta eliminación de la Orden.

No cabe duda de que debían resultar misteriosas para sus contemporáneos las vestimentas de estos defensores de la cristiandad (la imponente capa blanca con la cruz patada roja) y sus símbolos, especialmente el ‘Sello de los Soldados de Cristo’ con los dos hombres compartiendo caballo. Este sello, que muchos historiadores explican como símbolo de la comunidad de bienes, de austeridad y de humildad, también se ha relacionado con una alusión al amor carnal entre caballeros, a prácticas satánicas, a creencias en los aspectos duales de la existencia, o a todo a la vez.

En relación con una posible inclinación de estos monjes militares hacia una concepción dualista de la existencia (creencia de procedencia oriental) conviene recordar que otro de los aspectos más enigmáticos de sus declaraciones tiene que ver con el significado de una misteriosa figura llamada ‘bafomet’. Está atestiguado que en muchas capitanías templarias se guardaba una enigmática cabeza barbada, el ‘bafomet’, que en los interrogatorios y bajo tortura algunos caballeros confesaron adorar. Aunque probablemente se trataba de alguna imagen de origen islámico, se ha apuntado de nuevo a otra referencia al dualismo de algunas creencias orientales, al estilo del ying y el yang o del dios de las dos caras Jano. Los historiadores apuntan que debieron adoptar esta imagen como amuleto de la buena suerte, si bien admiten que es imposible determinar hasta qué punto no era objeto de culto.

Otros símbolos de naturaleza poco clara y que han pasado a formar parte de su leyenda son el bastón de mando (el ‘abacus’) del Gran Maestre, la barba templaria (que se afeitaban al abandonar la Orden) o la enseña (el ‘baussant’) en combate, la bandera blanca y negra. Esta representaba, de nuevo, un cierto dualismo oriental: el día y la noche, la vida y la muerte, o la luz y la oscuridad. El blanco además simbolizaba la pureza, y el negro el valor: ambas características, era bien conocido, debían acompañar al caballero templario a lo largo de su vida.

¿Llegaron a América?

Todas estas circunstancias, que para la mayoría de historiadores son perfectamente explicables sin apelación a misterio alguno, sumadas a una hipotética llegada a América, con la que habrían mantenido contacto desde el puerto francés de La Rochelle (que sería la vía de entrada a Europa de plata del Nuevo Mundo siglos antes de la llegada de Colón) y la propia naturaleza de una orden de monjes guerreros reservada, austera y radicada en sus orígenes en Palestina contribuyeron a cimentar su misterio y su atractivo.

Pero es su espiritualidad la que más atención suscita. Porque a su profundo sentido del deber (al menos 20.000 efectivos murieron en el campo de batalla o tras sufrir tortura y negarse a dejar su fe) y su ausencia de vanagloria y de estrictas diferencias jerárquicas (inspirados en la Orden cisterciense creían en la igualdad esencial del ser) hay que sumar un cristianismo que podríamos llamar de frontera.

Efectivamente, esta forma de comprensión de lo religioso de los templarios, que algunos denominan ‘mística’, bien puede ser considerada uno de los primeros intentos de comprensión -si no de fusión- de la espiritualidad sufí musulmana desde la perspectiva de una Orden cristiana (nada que ver con la intransigencia almorávide que combatieron en la Península, o con la de la Inquisición). Y es que de su espiritualidad y desprecio por lo terrenal da fe su lema, tomado de un salmo:’ Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam’ (Concédenos la gloria no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre).