ABC.es

  • Esta semana se han cumplido 50 años de la llegada del guerrillero a Bolivia, el último país que en el que combatió y la región que le vio morir
 Ernesto Che Guevara - EFE

Ernesto Che Guevara – EFE

«El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal».

Esta es una de las citas más famosas de Ernesto Guevara, más conocido en todo el mundo como el Che Guevara. Un guerrillero que, tras participar en un golpe de estado contra el gobierno cubano de mano de los hermanos Castro y marcharse al Congo para combatir contra el estado, decidió viajar a Bolivia hace 50 años en un intento de iniciar una gigantesca revolución latinoamericana.

En este país fue, precisamente, donde encontró su final. Una muerte que le llegó después de enfrentarse junto a 16 guerrilleros desnutridos a más de 200 rangers entrenados por la CIA y el ejército americano. La batalla se sucedió el 8 de octubre de 1967 y, aunque supuso su captura y su posterior asesinato, fue una contienda en la que el Che logró resistir a la élite del ejército boliviano. Los mismos hombres que, en palabras de uno de sus biógrafos más conocidos (Reginaldo Ustariz) consideraban que «los guerrilleros son casi superhombres, no le tienen miedo a la muerte, usan pecheras a prueba de balas».

Bolivia…

El Che llegó a Bolivia el 5 de noviembre de 1966. La primera anotación en su diario la hizo apenas dos días más tarde, cuando ya había arribado a la casa de campo que había adquirido uno de sus compañeros en Ñacahuasú y que haría veces de cuartel general. «Hoy comienza una nueva etapa», afirmó entonces el guerrillero. «Por la noche llegamos a la finca. El viaje fue bastante bueno. Luego de entrar, convenientemente disfrazados, por Cochabamba, Pachungo y yo hicimos los contactos y viajamos en jeep, en dos días y en dos vehículos».

Acababa de comenzar la última campaña militar de nuestro protagonista. Una operación a la que, según han afirmado a lo largo de los años sus allegados, se aventuró sabiendo de antemano que era imposible la victoria. «Entre un suicidio y un sacrificio. El Che no fue a Bolivia para ganar, sino para perder. Es un místico. Quiere morir. No anunció su suicidio, ni siquiera lo pensó claramente», determinó en una entrevista Jules Régis Debray, uno de los compañeros del Che.

A nivel oficial, su finalidad (así como el de la veintena de cubanos que le acompañaban en principio) era fomentar la revolución en el país. Todo ello, combatiendo desde la selva y reclutando cada vez a más y más guerrilleros. Un objetivo que, a día de hoy, parece inalcanzable para el general Gary Prado. El mismo hombre que terminaría capturando a Guevara en octubre del año siguiente.

«El Che se equivocó al contradecir lo que él mismo había escrito»

«El Che se equivocó al contradecir lo que él mismo había escrito. En su libro de la guerra de guerrillas dice “en un país donde se mantengan las formas democráticas, al menos con apariencia, es imposible hacer la revolución”. Aquí teníamos un gobierno democrático, elegido, con un gobernante popular como era Barrientos, el Congreso funcionaba y había libertad de prensa. Y el Che vino a hacer la revolución. ¿Cómo lo explica usted?», afirmaba el militar en 2006 en declaraciones al diario «Página 12».

El mes siguiente el Che pareció recuperar algo del furor guerrero que había perdido en el Congo tras la derrota de su guerrilla. Así lo dejó claro en una anotación en su diario: «Mi pelo está creciendo, aunque muy ralo, y las canas se vuelven rubias y comienzan a desaparecer; me nace la barba. Dentro de un par de meses volveré a ser yo». Casi se podría decir que volvía a sentirse como aquel veinteañero que se hizo un hueco junto a los hermanos Castro. También le ayudó a mejorar el ánimo el que multitud de bolivianos y cubanos fueran llegando poco a poco a la base para unirse a su contingente. Todo parecía ir bien.

… y el primer revés

Sin embargo, los guerrilleros sufrieron su primer revés en diciembre de 1966 cuando Mario Monje (líder del Partido Comunista de Bolivia -PCB- y el encargado de suministrarles hombres, armas y alimentos) se personó en el campamento del Che con malas noticias. «A las 7.30 llegó […] la noticia de que Monje estaba allí… La recepción fue cordial, pero tirante; flotaba en el ambiente la pregunta: ¿a qué vienes?», explicó Guevara en su diario. La finalidad del político no era otra que reclamar el liderazgo militar de aquella fuerza. O eso, o el Che perdería el apoyo de su partido. Con todo lo que ello significaba.

«Cuando el pueblo sepa que esta guerrilla está dirigida por un extranjero, le volverá la espalda, le negará su apoyo»

«La conversación con Monje se inició con generalidades pero pronto cayó en su planteamiento fundamental resumido en tres condiciones básicas: 1º) El renunciaría a la dirección del partido, pero lograría de éste al menos la neutralidad y se extraerían cuadros para la lucha. 2º) La dirección político-militar de la lucha le correspondería a él mientras la revolución tuviera un ámbito boliviano. 3º) El manejaría las relaciones con otros partidos sudamericanos, tratando de llevarlos a la posición de apoyo a los movimientos de liberación», determinó el Che en su diario. Guevara no estaba dispuesto a tolerar ser apartado del mando, así que rechazó la propuesta.

Monje se retiró entonces del campamento, y con él el apoyo del Partico Comunista de Bolivia. «Cuando el pueblo sepa que esta guerrilla está dirigida por un extranjero, le volverá la espalda, le negará su apoyo. Estoy seguro de que fracasará porque no la dirigirá un boliviano sino un extranjero. Ustedes morirán muy heroicamente, pero no tienen perspectivas de triunfo», afirmó. Con todo, lo que si logró Guevara es que los combatientes bolivianos que se habían unido al grupo (la mayoría provenientes del PCB) no se retiraran en masa tras la negativa de Monje a apoyar la guerrilla.

Hambre, sed y descubiertos

En febrero comenzó, como bien señaló el Che en su diario, la etapa propiamente combativa de sus hombres. «Probaremos a la tropa», determinó. A partir de entonces empezó el calvario de aquellos desdichados. Un total de 53 guerrilleros que, en los meses siguientes, tuvieron que enfrentarse a la sed, al hambre y a las enfermedades. Todo ello, sumado a las continuas caminatas ordenadas por Guevara con el objetivo de explorar el terreno y tender trampas al ejército boliviano partidario -lógicamente- del gobierno. Unas misiones que (a pesar de ser exitosas inicialmente en lo que se refiere a dar más de un susto al enemigo) desgastaron sumamente a la tropa.

«Los últimos días de hambre han mostrado una debilitación del entusiasmo», afirmó el Comandante en su diario (entrada de «Análisis de febrero»). La situación llegó a ser tan precaria que los soldados tuvieron que matar un caballo enfermo que se habían encontrado para poder alimentarse. Una decisión nefasta que les llevó a sufrir una epidemia de «descompostura estomacal». El mes siguiente tampoco fue demasiado bueno en lo que se refiere a la alimentación de los combatientes. En una ocasión, incluso, tuvieron que alimentarse de una cotorra y una paloma cazadas al vuelo. «Yo tengo comienzo de edemas en las piernas», añadía el Che posteriormente.

Ya fuera por el cansancio, por la ineptitud, o por el hambre, los guerrilleros acabaron cometiendo algunos errores que llevaron al ejército boliviano a estrechar el cerco sobre la zona del país en la que operaban. Una nefasta noticia que se vio aumentada (si cabe) por la ayuda enviada al gobierno de Bolivia por parte del eterno enemigo de Cuba: Estados Unidos. El mismo país que, contra el que Guevara había cargado en multitud de ocasiones (entre ellas, durante un discurso en la ONU) por considerarlo capitalista y un perpetuo opresor de latinoamérica.

A la caza del Che

El momento en el que EEUU empezó a involucrarse realmente en el conflicto fue el 20 de marzo, cuando viajaron (en palabras de la «Fundación Che Guevara») a Bolivia cuatro oficiales (dos de ellos de la CIA) para empezar a empaparse de lo que realmente sucedía en la zona. Una semana después se inició una «activa participación» de la embajada norteamericana y de su servicio secreto en el país. Todo ello, después de que se corroborara que era el Che quien dirigía las hostilidades.

La noticia, como era de esperar, hizo que el ejército boliviano se movilizase en masa para dar caza al revolucionario más buscado de la época. «Las radios siguen saturadas de noticias sobre las guerrillas. Estamos rodeados por 2.000 hombres en un radio de 120 kilómetros, y se estrecha el cerco, complementado por bombardeos con napalm», escribía el mismo comandante en su diario. Por si fuera poco, Guevara carecía de noticias de Cuba (desde donde Fidel Castro había cortado de forma drástica la ayuda -ya de por si exigua- a la guerrilla) y los heridos y enfermos se amontonaban.

Estas dificultades llevaron al comandante a tomar la decisión de dividir sus fuerzas para que fueran más operativas. Un gran error, como explicaba Gary Prado en 2006 al diario latinoamericano: «Se equivocó en elegir a Bolivia, ese fue su primer gran error. El segundo gran error que cometió fue dividir sus fuerzas. La falta de previsión lo llevó a eso. Hay un momento en que la guerrilla se divide en dos grupos […] y nunca más vuelven a encontrarse los dos grupos. Eso es un error infantil. Nunca más se encontraron. Deambularon en el bosque de un lado a otro hasta que fueron derrotados por separado»

Más y más CIA

Y mientras, los estadounidenses no paraban de enviar agentes de la CIA a Bolivia para entrenar al ejército en labores de contraguerrilla y ofrecer a los soldados un armamento más moderno del que disponían. Entre el mismo, fusiles Garand capaces de disparar en modo de repetición (en lugar de tiro a tiro). «La CIA tomó el control de las oficinas del correo y de la central telefónica de La Paz. En esos momentos, el despliegue militar de las […] divisiones norteamericanas sumaba más de 4.800 efectivos para luchar contra una guerrilla de apenas 30 personas», afirma la Fundación Che Guevara en su dossier.

Pocos meses después, en septiembre, los instructores norteamericanos terminaron el entrenamiento de nada menos que 640 soldados de élite del ejército boliviano especializados en el combate en la jungla y la lucha contra la guerrilla. Los denominados rangers. «El 18 de septiembre, el vicepresidente de Bolivia, Luis Adolfo Siles Salinas y los instructores militares norteamericanos clausuraron el curso de entrenamiento de rangers. […] El acto de graduación concluyó con el desfile de los rangers con los uniformes y las boinas verdes al estilo de los utilizados por el ejército norteamericano», completa la fundación.

La batalla final

Entre hambre, enfermedades, sed y accidentes. Así se desarrolló el siguiente mes en la partida guerrillera del Che hasta la llegada de octubre. Para entonces la situación era sumamente precaria ya que, como explicó en una entrevista posterior Dariel Alarcón Ramírez (alias «Beningno», uno de los guerrilleros que todavía quedaban en la partida de Guevara), más de la mitad de los combatientes se encontraban indispuestos.

El 7 de octubre, cuando el comandante hizo las últimas anotaciones en su diario, apenas quedaban 16 combatientes a sus órdenes. Todos desnutridos. Y estos tenían pisándoles los talones a 1.800 soldados enemigos.

El día 8 llegó el horror para el Che. Aquella jornada, mientras los guerrilleros caminaban por la quebrada del Churo (una región cercana al pequeño pueblo de La Higuera), fueron descubiertos por un soldado boliviano disfrazado de campesino: Pedro Peña. Habían sido cazados.

El militar, como alma que lleva el diablo, corrió para dar el aviso a Carlos Pérez Panoso, jefe de una sección de la compañía A del ejército (acantonada en las proximidades de la zona). Inmediatamente, la maquinaria castrense se puso a funcionar. «Panoso se puso en contacto por radio con los jefes militares […], con dos compañías de rangers que tenían 145 hombres cada una y un escuadrón con 37», explica la Fundación Che Guevara.

La suerte estaba echada para los guerrilleros. Al instante, Gary Prado (al mando entonces de 70 hombres -el resto del contingente se había separado del grupo en labores de patrulla-) dividió a sus subordinados en dos grupos y ordenó crear un cerco alrededor del grupo de guerrilleros. El objetivo: que no pudieran escapar de la región vivos.

«Los guerrilleros padecían sed y hambre, tenían un ropaje formado por andrajos»

El Che, por su parte, organizó la defensa basándose en el factor sorpresa y en la idea de que sus combatientes (hambrientos y febriles) pasasen desapercibidos. No podía estar más equivocado. Y es que, pronto se unieron a los hombres de Prado otros tantos militares dispuestos a acabar con los guerrilleros. En total, a las nueve de la mañana había un total de 195 hombres.

Y todos ellos descansados y llenos de energía. «Los guerrilleros padecían sed y hambre, tenían un ropaje formado por andrajos, y se sentían cansados después de haber pasado una mala noche», afirma Reginaldo Ustariz en «Che Guevara. Vida, muerte y resurección de un mito».

A pesar de ello, Guevara no estaba dispuesto a rendirse. «El Che lo organizó todo, no dejó nada al azar: él organizó la defensa, hizo exploraciones, previó todas las cosas, hacia dónde teníamos que ir y, si ocurría un desbande, dónde teníamos que reagruparnos», determina Beningo en una entrevista concedida para el libro «Che Guevara. Vida, muerte y resurrección de un mito».

Tras algunos minutos, dividió a sus escasos hombres en cuatro grupos, a los que ordenó esconderse en espera del ataque enemigo. Por entonces el reloj marcaba las nueve de la mañana. En las siguientes cuatro horas apenas se escucharía nada. Se sucedió una calma desconcertante por parte de ambos bandos. En ese tiempo, los guerrilleros se mimetizaron con la vegetación, y los soldados no se decidieron a atacar.

«Superhombres»

En palabras de varios soldados del ejército boliviano, podrían haber atacado, pero esperaron tanto tiempo porque sentían verdadero pavor a los guerrilleros. Les consideraban «superhombres» equipados con chalecos antibalas y armas de última generación. Desconocían sus condiciones reales de vida. A la una y media, no obstante, comenzó el combate. El tiroteo se hizo entonces insostenible.

En la batalla, extrañamente, los guerrilleros lograron hacer multitud de bajas entre sus enemigos. «Cuando yo estoy arriba, disparando contra ellos, en uno de los momentos más intensos del combate, oigo claramente que el radista transmitía, probablemente a la jefatura de la compañía: “Mi teniente pide permiso para retirar la tropa, mi teniente pide permiso para retirar la tropa; estamos teniendo muchas bajas, estamos teniendo muchas bajas…”», afirma Benigno.

Según los campesinos presentes en La Higuera, multitud de jefes militares se escondieron en su cuartel general para escapar de las balas de los guerrilleros. «Tal acusación es correcta, ya que [muchos oficiales] fueron al encuentro de Gary Prado Salmón solo después de las cinco y media de la tarde, cuando el combate ha terminado», afirmó Ustariz. A pesar de ello, el ejército terminó cargando contra los hombres del Che entre un ensordecedor tronar de fusilería, ametralladoras pesadas, y disparos de mortero.

En ese momento el Che decidió (en palabras de otro de sus guerrilleros, Pombo) dividir a sus fuerzas en dos grupos. Uno de ellos, formado por los enfermos. ¿Cuál era su objetivo? Lograr que pudiesen escapar: «Uno de los aspectos, al que hay que prestar más atención para comprender cómo ocurrieron las cosas, está dado por las concepciones humanas del Che. Porque es por eso, por su compañerismo, por sus sentimientos para con los que venían enfermos, y por su tenía capacidad de combatir y, desplegando la reducida fuerza con que contaba, garantizar que los enfermos pudieran salir del cerco».

En palabras del miembro del contingente, este acto hizo que quedase cercado y que no pudiese, posteriormente, retirarse.

«Herido en una pierna, el Che continuó combatiendo hasta que se inutilizó su carabina y se agotaron las balas de su pistola»

El Che, a partir de entonces, combatió hasta el último cartucho. «Herido en una pierna, el Che continuó combatiendo hasta que se inutilizó su carabina y se agotaron las balas de su pistola», se añade en el dossier de la fundación. Posteriormente, antes de las tres de la tarde, Guevara decidió que poco podía hacer para frenar el aluvión de militares que le estaban cercando y subió junto a uno de sus hombres –Willy Cuba– a una loma para tratar de huir.

Para su desgracia, allí se topó con la sección del sargento Bernardio Huanca. Este, al darse de bruces con el Che, le propinó un terrible culatazo y le capturó. Guevara, entonces, espetó lo siguiente a sus captores: «Yo soy el Che Guevara, valgo más vivo que muerto». Así acabó la carrera guerrillera del comandante más famoso de su época. Posteriormente, y a eso de las cinco y media, el ejército decidió retirarse del teatro de operaciones. Al fin y al cabo, ya tenían a su presa más preciada. Una presa que iba esposada y vigilada por varios soldados.

Así fue el último combate del Che. Un guerrillero que, para muchos, compró su propio féretro cuando decidió combatir en Bolivia y, posteriormente, se negó a abandonar la lucha armada aún cuando sabía que iba a ser derrotado «Cuando se ve que la cosa ya no va, ¿para qué persistir? Si usted lee el Diario del Che y habla con Benigno (compañero del Che en la campaña de Bolivia), esos últimos días son totalmente surrealistas. Sabían que el ejército se les estaba viniendo encima. En vez de dispersarse y decir bueno, hasta otro día camaradas, dejamos los fusiles, nos compramos un pantalón y una camisa, nos sacamos la barba y sálvese quien pueda. No, siguieron marchando», añade Prado.