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  • El 21 de octubre de 1805 se libró, en aguas de Cádiz, una batalla por el dominio naval de Europa. En ella, el «Escorial de los mares» se enfrentó hasta las últimas consecuencias contra los británicos
 Santísima Trinidad - AC

Santísima Trinidad – AC

Un coloso de madera al que apodaban «El Escorial de los mares» por ser el navío mejor armado y el más grande del mundo. El «Santísima Trinidad», un gigante alumbrado en 1769 en los astilleros de Cuba tras dos años de trabajo y 40.000 ducados, fue el buque insignia de la España de finales del XVIII y principios del XIX. Por sus cubiertas pasaron todo tipo de capitanes, y la riqueza de sus interiores no tenía parangón. Parecía imposible que pudiera ser hundido por ningún enemigo. Sin embargo, en 1805 se fue a pique tras haber sufrido severos daños en la batalla de Trafalgar. Todo ello, después de haber luchado contra nada menos que siete navíos ingleses a la vez.

Aquel día, sobre sus cubiertas fallecieron aproximadamente 200 marinos (una cantidad ingente para los combates de la época). Fue una masacre. No obstante, eso no impidió que el capitán de este navío (Francisco Javier de Uriarte y Borja) y el Jefe de Escuadra español (Baltasar Hidalgo de Cisneros) se enfrentaran hasta la extenuación a sus enemigos. De hecho, solo se rindieron cuando vieron que su bajel había quedado tan liso como una boya (había perdido los palos, lo que lo hacía ingobernable), no contaba apenas con cañones en buen estado para seguir dando guerra a los británicos, y estaba escaso de tripulantes que no andaran maltrechos.

Un plan imposible

El origen de la batalla de Trafalgar se remonta a los inicios del siglo XIX. Una época en la que el «Pequeño corso» andaba más que obsesionado con aplastar bajo la bota de la tricolor a la «Pérfida Albión», tan molesta como efectiva en lo que se refiere a potencia naval. Para ello, a Bonaparte (que sabía poco más del mar que su tono azul) se le ocurrió la idea de invadir las costas inglesas con una gigantesca «Armée» gala. Para ello, elaboró un curioso plan bastante parecido a aquel que Felipe II pretendió llevar a cabo con la «Grande y Felicísima Armada» tres siglos antes.

Según barruntó en su mente, lo idóneo sería que una flota lograse acceder al Canal de la Mancha (eludiendo los bajeles ingleses) y transportase a sus hombres por mar desde Francia, hasta las costas «british». Sobre el papel la idea no era del todo mala. Y es que, al fin y al cabo, los buques galos contaban con el apoyo de una de las mejores armadas de la época: la de España. Una nación (la nuestra) que el francés había logrado tener de su lado a base de tratados y de la estupidez de Manuel Godoy (valido poco válido del rey Carlos IV).

Decidido a tomar Inglaterra, el corso creó una armada antes del verano de 1805 para aniquilar a la «Royal Navy» que cercaba el Canal de la Mancha. Al mando de la misma (que contaba con navíos españoles y franceses) puso al almirante Pierre Charles Silvestre de Villeneuve. Un mediocre líder que, aunque había demostrado ser un capitán competente al mando del navío de línea «Guillaume Tell», no andaba sobrado precisamente de dotas de mando (ni de luces, todo sea dicho). Como segundo, Bonaparte puso a Pierre Étienne Dumanoir quien, como se demostró posteriormente, valoraba más salvar su vida que la de sus compañeros.

Por el contrario, relegó a un segundo plano a navegantes españoles de sobrada experiencia y valor como Cosme Damián Churruca, Cayetano Valdés o Miguel Ricardo de Álava «Había en la flota española un excelente almirante que venia de dar la vuelta al mundo: Álava. Era todo un experto en el mar y tenía todavía sal del mar manchando su casaca… Pero le dejaron de segundo, al mando del “Santa Ana”. Hubiera sido un gran líder», explica -en declaraciones a ABC- Víctor San Juan, autor de «22 derrotas navales británicas».

Frente a frente

El problema es que dicha flota (imponente para la época, todo hay que decirlo) fue derrotada en la batalla del Cabo Finisterre ante un número inferior de buques ingleses. Una capitulación que puso en serios problemas el plan del «pequeño corso». Por su parte, Villeneuve, humillado como estaba, hizo oídos sordos a las órdenes de Napoleón y se refugió en el puerto de Cádiz. No pudo equivocarse más este marino. Y es que (al enterarse de que el almirante no había llevado a cabo su cometido y no quería combatir) Bonaparte ordenó su destitución y envió a otro oficial a tierras gaditanas para hacerse cargo de la combinada.

El 14 de octubre Villeneuve fue informado de que le quedaban dos tardes (casi literalmente) al mando de la flota. Y fue curiosamente cinco jornadas después cuando, casualidad o no, ordenó izar velas, hacerse a la mar y combatir en aguas de Cádiz, bloqueadas por los ingleses. Todo ello, en contra de la opinión de los capitanes españoles, que sabían las limitaciones de sus tripulaciones (muchas de ellas, completadas com borrachos y mendigos debido a la falta de hombres). El 21 de ese mismo mes, la combinada se encontró con los británicos frente a frente. Iba a comenzar la contienda que cambiaría Europa.

Para tratar de romper el frente inglés, Villeneuve contaba con 18 navíos franceses y 15 españoles, además de varios buques menores. Pero, entre todos ellos destacaba el impresionante «Santísima Trinidad», un inmenso castillo de los mares que sumaba 140 cañones (136 efectivos) y contaba con unas dimensiones de escándalo para la época. Mientras, los británicos tenían 27 navíos al mando de Horatio Nelson y su segundo, Cuthbert Collingwood. Entre sus bajeles destacaba el «HMS Victory», un buque de 100 cañones dirigido por el propio Horatio. El resto, en su mayoría, eran de 74 piezas, lo habitual por entonces.

Los ingleses formaron dos columnas con las que se dirigieron en perpendicular hacia la armada combinada

Según órdenes de Villeneuve, la flota española formó una inmensa hilera mediante la cual pretendía cañonear a los buques enemigos. «A las ocho de la mañana mandó Villeneuve virar por redondo todos los navíos a un tiempo (…) para quedar alineados. (Pero) mientras procuraban alinearse, quedaron formando línea curva irregular de cinco millas de extensión», determina el militar e historiador Cesáreo Fernández Duro (1.830-1.908) en su obra «Historia de la Armada española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón». En el centro de la misma se hallaban, desafiantes, el «Santísima Trinidad» y el «Bucentaure» (el insignia francés en el que enarbolaba su bandera Villeneuve).

Nelson, por su parte, llevó a cabo una táctica que (a la postre) resultó demoledora: organizó dos hileras de buques y se dirigió perpendicularmente -y formando una punta de flecha- hacia el centro de la armada aliada. «Los ingleses formaron dos gruesas columnas, de 15 navíos la situada más al Norte, o izquierda, que guiaba Nelson con su navío “Victory”; de 12 la otra, marchando a la cabeza el almirante Collingwood en el “Royal Souvereign”. (…) Se dirigieron, en líneas algo oblicuas, a la armada aliada: la primera, a cortarla por el centro; la de Collingwood, a envolver la retaguardia», añade el experto español. Su objetivo no era otro que luchar únicamente contra el centro español (donde estaban el «Trinidad» y el «Bucentaure») y atravesar la línea aliada. Así, evitarían que los extremos enemigos entraran en la refriega y lograrían tener superioridad numérica.

Plegarias iniciales

Después de algunos «¡Vive l’Empereur!» de parte francesa, la combinada se preparó para enfrentarse a su destino. Los españoles, por su parte, tampoco escatimaron en plegarias y se encomendaron al Altísimo colgando cruces en los palos mayores (o sobre las enseñas, según algunas fuentes franceses). Mucha ayuda necesitarían para ganar.

Horatio Nelson envió el siguiente mensaje a sus hombres: «Inglaterra espera que todos cumplirán su deber»

Los ingleses, por su parte, tampoco anduvieron escasos de discursos motivadores. La mayoría de ellos, referentes a su gran experiencia en el mar. Algo de lo que no podían presumir los españoles –cuyos barcos iban en parte llenos de mendigos y gente de mal vivir reclutada a la fuerza en Cádiz). Nelson, incluso, tuvo unas palabras para sus hombres que envió desde el telégrafo marino al resto de buques: «England expects that every man will do his duty» («Inglaterra espera que todos cumplirán su deber»). En el centro de la línea, el gigantesco «Santísima Trinidad» se alzaba desafiante ante los británicos.

Las banderas y gallerdetes (banderolas más pequeñas, acabadas en punta, y usadas principalmente para hacer señales) se pusieron en posición para evitar –como señala Duro- que cuando comenzaran las bofetadas navales alguien se equivocase y disparase un cañonazo a donde no debía.

Primeros combates

Poco antes de las doce de la mañana se lanzó el primer disparo. El encargado de hacerlo fue el «Santa Ana», aunque no faltan los galos que afirman que fue el «Fougueux». En palabras de Duro, fue entonces cuando comenzó un fuego de artillería que duró aproximadamente media hora. En ese tiempo, la combinada repartió cuantos cañonazos pudo a diestro y siniestro. Fue su única ventaja: disparar de enfilada a los «british» mientras estos se acercaban dispuestos a cortar la línea. Con todo, los oficiales ingleses (que tontos no eran) habían ordenado a sus hombres tumbarse sobre la cubierta de los navíos para, así, evitar en lo posible el fuego enemigo.

Pasado el medio día, la columna sur entró en contacto con la combinada. El primer buque en hacerlo fue el «Royal Souvereign» de Collingwood. Con el objetivo de atravesar la línea aliada, el inglés se lanzó de bruces contra un hueco que había entre los navíos «Santa Ana» y «Fougueux» (de 74 cañones). Siempre con la vista puesta en el bajel español. «Un terrible combate naval se entabló entre ambos colosos. El español, de costado, disparó una andanada completa de sus baterías de estribor sobre él», destaca Luis E. Togores en «Breve historia de la batalla Trafalgar». El británico, sin embargo, no se achantó y ordenó lanzar una brutal descarga de enfilada que devastó al gigante hispano.

«Destrozó todo». Eso es lo único que atendió a decir un oficial español del «Santa Ana» después de aquel bombardeo. A pesar de ello, los marineros hispanos no andaban precisamente con ganas de soltar un «goodbye» y marcharse de la acción, así que bombardearon hasta la saciedad al «Royal Souvereign» en un cruento combate que dejó al navío de Collingwood sumamente dañado. Cuando la acción se detuvo, ambos buques estaban destrozados. Por ello, el capitán británico decidió poner botas en polvorosa y abandonar su barco por si a los españoles les daba por capturarlo. Con todo, su sacrificio no fue en vano, pues la columna sur británica entró tras él dispuesta a cortar la línea.

Inicios del «Trinidad»

Poco después, la columna norte llegó al combate de manos de Horatio Nelson y su «Victory». Al igual que su compañero, el oficial también andaba deseoso de cortar la línea aliada. Sin embargo, él fijó su objetivo (no sin falta de napias, todo hay que decirlo) en los dos buques insignias de los aliados: el «Bucentaure» y el «Trinidad». Ubicados al lado en el centro de todo el jaleo. Concretamente, pretendía pasar entre la proa del galo y la popa del español para desjarretarles un par de andanadas de enfilada de esas que pueden hacer estremecerse el infierno.

Por suerte, Hidalgo de Cisneros se percató de ello (Villeneuve parece que no, pues el hombre no daba para más) y ordenó que el coloso español se juntase todavía más al bajes francés para evitar que el inglesuzo pasara entre ellos. Así narró el propio Baltasar aquella maniobra en su posterior parte de batalla: «Reconociendo que su rumbo se dirigía a cortar la línea entre la popa del Trinidad y proa del almirante francés, mandó para evitarlo que se metiesen las gavias en facha, estrechándome a la mayor inmediación posible con el referido navío francés». Tras unos momentos tensos, el español logró llevar a cabo la maniobra y evitó, de momento, que el «Victory» atravesase la formación.

Se dice que, cuando el capitán del «Victory» Thomas Hardy vio aquella maniobra, preguntó a su almirante a qué enemigo debían abordar, Nelson le respondió: «No imparta contra qué barco carguemos. Haz el favor de abordar el que más te guste, elige tú». El oficial, no sabemos si por la impresión que debía causar en él el «Escorial de los mares» o de forma aleatoria, dirigió la proa del buque contra el «Bucentaure». Malas noticias para Villeneuve. Mientras todo eso acaecía, el «Santísima Trinidad» comenzó, según su capitán, un «fuego vigoroso y sostenido» contra el primero de los navíos ingleses de la columna norte, así como contra los tres que le seguían (entre ellos, el «Neptune» y el «Temeraire»).

Las primeras andanadas del «Trinidad» dejaron el «Victory» dañado. No obstante, Nelson no estaba dispuesto a marcharse. Así que optó por hacer virar levemente su «Victory» y, en lugar de cortar la línea por la popa del «Trinidad», hacerlo por la popa del «Bucentaure», que se había alejado lo suficiente del siguiente buque de la línea (el «Redoutable», del capitán Lucas), como para dejar un hueco hermoso para que pasase el inglés. «Con su maniobra, Cisneros logró no sólo causar daños apreciables en el “Victory”, sino también frustrar el intento de Nelson, que se vio obligado a verificar el corte por la popa del “Bucentaure” y la proa del “Redoutable”», explica el historiador y contralmirante José Ignacio González-Aller en su dossier «La batalla de Trafalgar».

Para cubrir a su Vicealmirante (que se había visto obligado a virar para cortar la línea por la popa del insignia de Villeneuve) se adelantó el «Temeraire» británico. Este, haciendo honor a su nombre, no tuvo reparos en llevarse los cañonazos en honor de Nelson. Con todo, lo cierto es que no le fue mal, pues logró ubicarse a popa del «Trinidad». Y no solo eso, sino que rebasó al coloso de los mares. Durante este enfrentamiento, ambos buques soltaron una buena cantidad de cañonazos y mosquetazos durante casi 20 minutos.

Muere Nelson, desastre francés

Mientra sel «Trinidad» se batía con el «Temeraire» el «Victory» se ocupaba de Villeneuve. Después de pasar tras popa del «Bucentaure» (a las 12:45 aproximadamente), Nelson le soltó al galo (ubicado a su babor) una andanada de enfilada que le causó severos daños. Otro tanto hizo sobre el «Redoutable» (a estribor). Después, trato de virar para doblar al navío de Villeneuve, pero no pudo evitar chocar contra el de Lucas, con el que inició un combate terrible a tiro de fusil.

El pequeño oficial galo (de poco más de 1.50 metros de estatura) trató de abordar a Nelson en varias ocasiones, pero fue en vano. El bajel enemigo era demasiado alto y grande para lanzar los garfios sobre él. Una desgracia para los del Águila Imperial, pues este hombre había entrenado a sus marineros en la lucha en plena cubierta, y hubiera repartido más de una bofetada a los británicos.

Durante ese combate, aproximadamente a las 13:25, se sucedió uno de los momentos más tristes para los ingleses. Este se dio cuando un soldado francés disparó sobre Nelson. «En el fragor del combate, uno de ellos ve sobre la toldilla una delgada figura en uniforme de gala en cuyo pecho brillan numerosas condecoraciones. Sin pensárselo dos veces, apunta y dispara sobre ella», explica Togores. La bala le atravesó la espalda y le destrozó la columna vertebral. Cuando Hardy fuer a socorrer a su superior, este solo atendió a decirle: «Han acabado conmigo». Llevaba razón, pues moriría poco después, convirtiéndose en todo un héroe y sabiendo que, con la táctica que había llevado a cabo (sumamente peligrosa para su escuadra, por cierto) había vencido.

Mientras el almirante dejaba este mundo en su camarote (algo que sucedería pasadas las cuatro de la tarde) el combate continuó en el centro de la línea. Una zona de la batalla en la que se estaba decidiendo el destino de Europa. Con sus insignias enfrentados, los diferentes bandos empezaron a enviar ayuda para socorrerles. Fueron los casos del «Temeraire» (que logró desembarazarzse del «Trinidad» casi de milagro y se dirigió a socorrer al «Victory») o el «Fougueux» (el cual llegó ansioso por salvar al «Bucentaure» de ser apresado). En los siguientes minutos la destrucción se desató, y empiezó a ser demasiada incluso para el «Escorial de los mares» que, aunque intentó proteger al comandante galo, se vio superado por la situación.

El «Trinidad» se siguió batiendo bravamente contra todo aquel que se puso a distancia de sus cañones hasta las dos menos cuarto de la tarde. Ese fue el momento de inflexión para los capitanes del insignia español. Y es que, fue el instante en el que el «Bucentaure» (sin palos y acosado por el «Victory», el «Neptune», el «Leviathan» y el «Conqueror») se rindió. Acto seguido, todos los bajeles británicos que andaban por el centro pusieron los ojos sobre el «Escorial de los mares». «El “Conqueror”, a las 13:45, logró la rendición del “Bucentaure”, desarbolado y con muchas bajas abordo; Villeneuve fue hecho prisionero, siendo trasladado al “Mars”», añade González-Aller.

Hasta la última gota de sangre

Con su captura (el culmen de la vergüenza para el Vicealmirante), Villeneuve no solo dejó a sus hombres sin mando, sino que permitió que todos los navíos que se habían enfrentado al «Bucentaure» atacaran ahora al «Trinidad». Así fue como el coloso español se tuvo que enfrentar en los siguientes minutos nada menos que… ¡a entre seis y siete buques ingleses! La lista parece no tener fin: el «Victory», el «Neptune», el «Leviathan», el «Conqueror», el «África», el «Prince»… A pesar de todo, Cisneros y Uriarte no permitieron que ninguno de los marinos dejase de disparar (ya fuera cañones o fusilería) ni un solo minuto.

Para su desgracia, no sirvió de nada. «Estos barcos acosaron después al coloso de los mares, al “Trinidad”, dejándole raso, con los tres palos, vergas y velas colgando por los costados cubriendo las baterías», explica Duro en su obra. El daño fue tan brutal que el capitán español intentó alejarse del combate para tratar de hacer algunas reparaciones en el bajel y volver luego a la refriega, pero le fue imposible.

Así explicó lo sucedido en su informe: «A cosa de las tres mandé forzar de vela en lo posible según el mal estado en que se hallaba nuestra maniobra […] para alejarme algo del fuego de los enemigos y poder reparar algún tanto las averías y volver de nuevo al fuego, pero el viento muy flojo y marejada no nos permitieron ganar distancia, al paso que por instantes se aumentaban los destrozos en el aparejo». Media hora después, Cisneros tuvo que ser retirado del combate y bajado a la enfermería después de recibir varias heridas. Otro tanto pasó con Uriarte.

Para entonces el «Santísima Trinidad» no era más que una mole inerte. Sin palos, sin velas y sin defensas. Su grado de daños era tal, que el capitán del navío «África» decidió mandar un bote para aceptar la rendición del coloso de los mares. Al fin y al cabo, poco podía hacer ya aquel amasijo de maderas destrozadas.

«Notando los enemigos el silencio en aquella mole inerte, enviaron bote con oficial para preguntar si se había rendido, prontamente respondieron los marineros españoles “no, no” señalando al mismo tiempo hacia barlovento, por donde avanzaban cinco navíos», añade Duro. Los buques a los que se refería el autor eran las últimas esperanzas a las que se agarraban los hombres del «Santísima Trinidad»: el «Neptuno» y el «San Agustín». Para su desgracia, ninguno de ellos llegó en su ayuda y fueron interceptados por los británicos.

La rendición del coloso

Desarbolado, con la mayoría de sus marinos muertos o contusos, y su oficial en la enfermería, el «Santísima Trinidad» acabó rindiéndose. Según el parte oficial fue a las cuatro de la tarde, pero la mayor parte de los historiadores consideran que a las cinco. Fue la última batalla del coloso de los mares español. Después de la contienda, fue apresado por los ingleses, que trataron de remolcarlo a Gibraltar para (tras repararlo) volver a usarlo en batalla. Pero todo fue en vano. Y es que, los severos daños que había sufrido en la lucha junto al temporal que sacudió Trafalgar en la jornada siguiente, hicieron que se fuese a pique el 24.

Escaño narró así su pérdida en un informe oficial: «De su tripulación y guarnición, doscientos muertos y cien heridos. En la noche se fue a pique el navío, pues en la costa se hallan pedazos de su casco». Poco pudieron hacer las bombas de achique por salvar este bajel. Y todo ello, para verdadera lástima de los ingleses. Así informó Collingwood de su hundimiento (el cual fue provocado por los británicos debido a su mal estado): «Empleamos el tiempo en destruir los presos entre Cádiz y Santa Lucía. A las 5,30 acortamos las velas y tuvimos que enviar al lugarteniente Williams, el carpintero y su tripulación, con 30 hombres, sobre el Santísima Trinidad, navío español de 4 cubiertas, para destruirlo».

En palabras del Instituto Histórico Andaluz, la tripulación del coloso que había sobrevivido al combate fue trasladada al «Ajax». En total, unos 209 prisioneros. Sin embargo, la rapidez con la que se llevó a cabo el hundimiento provocó que decenas de heridos graves españoles se fueran al fondo de las aguas. Ahogándose.