Cuando las falanges de Napoleón aniquilaron a la caballería más letal de Oriente frente a la Gran Pirámide


ABC.es Manuel P. Villatoro

  • La pirámide de Keops, en los medios estas últimas jornadas, fue testigo en 1798 de batalla que acabó con la hegemonía de la caballería mameluca
 Bonaparte, en Egipto, su gran victoria y su gran derrota - Instituto Napoleónico México-Francia

Bonaparte, en Egipto, su gran victoria y su gran derrota – Instituto Napoleónico México-Francia

Las victorias de Napoleón Bonaparte en Europa son atesoradas como ejemplo de su ingenio militar y su capacidad estratégica. Sin embargo, se suele obviar que el «Pequeño Corso» dejó su impronta también en las cálidas arenas de Egipto. No en vano fue el primer militar que llevó la guerra moderna hasta El Cairo y que, mediante tácticas revolucionaras para aquellos que vivían en plena tierra de los Faraones, logró someter con 20.000 hombres a un ejército formado por más de 60.000 enemigos. Unos 6.000 de ellos jinetes mamelucos, la caballería ligera más letal que -por entonces- había en Oriente.

Y lo hizo, además, frente a la Gran Pirámide de Guiza (la cual ordenó construir Keops). Una tumba que estos días está siendo noticia en los medios de comunicación y que dio, posteriormente, nombre la contienda: «La batalla de las Pirámides».

Camino a Egipto

Para llegar hasta esta contienda es necesario hacer retroceder el calendario hasta el siglo XVIII. Por entonces, Napoleón Bonaparte era un general de 28 años que –aunque querido por el pueblo tras haber combatido exitosamente en Italia– aún no se había proclamado emperador. De hecho, se encontraba a las órdenes de un poder superior: el Directorio, un organismo heredero de la Revolución Francesa y formado por cinco dignatarios.

 Por entonces, la situación no andaba precisamente «très bien» a nivel internacional, pues se podía masticar la tensión existente entre Francia y Gran Bretaña. Una aversión que se avivó cuando los inglesuzos declararon la guerra a la «France» en 1792 para luchar contra la Revolución. En esas andaba la cosa, cuando el Directorio solicitó a Napoleón organizar la invasión definitiva de Gran Bretaña por mar. Algo que Bonaparte rechazó por considerarlo una locura.

No andaba falto de razón el pequeño galo, pues su armada –además de estar descuidada- se encontraba al mando de nuevos oficiales carentes todavía de la suficiente experiencia como para invadir las islas. Con todo, el gabacho no iba a dejar pasar la oportunidad frente a sus narices, y sugirió que todo el capital que le iban a entregar podría ser destinado a la invasión de Egipto. De esta forma, buscaba entrar «por la puerta de atrás» (la tierra de las Pirámides, para ser más exactos) en la India. Todo ello, buscando algo muy concreto. «Se podría llevar a cabo una expedición hacia el Levante que amenazara el comercio [inglés] con la India», explicó en una ocasión el propio líder.

Meses después se organizó una expedición formada por 32.300 hombres, 175 ingenieros y científicos y 13 navíos de línea. Entre ellos se hallaba el «L’Orient», el buque insignia de la flota francesa. El 19 de mayo la armada partió del puerto de Tolón, al sur de Francia. Muy pocos sabían hacia donde se dirigía. «El destino del ejército de Napoleón era un secreto bien guardado. En París se especulaba con que la flota se dirigiría a Sicilia, posesión […] de Inglaterra», explica el Profesor de Historia Contemporánea Julio Gil Pecharromán en su dossier «Sólo fue un sueño». El objetivo de todo aquel secretismo era evitar que la flota inglesa del Mediterráneo al mando de Horatio Nelson les encontrase. Su destino: Egipto.

Contra los mamelucos

El 1 de julio, el contingente de Napoleón tuvo ante sí el primer escollo en su aventura egipcia: Alejandría, la ciudad de los muertos. «El desembarco francés se realizó, sin apenas resistencia, en las proximidades de los tres principales puertos: Alejandría, Damietta y Rosetta. Las tropas se extendieron con rapidez por la costa», explica Pecharromán. Dos jornadas después, la urbe fundada por Alejandro Magno cayó en poder de los galos casi sin oposición. Ahora los enemigos serían los mamelucos (un antiguo pueblo de esclavos en la época de los faraones que, tras siglos, había logrado hacerse con el poder en buena parte de Egipto y convertirse en la clase más adinerada).

Los mamelucos, por su parte, no se quedaron quietos e iniciaron los preparativos para enfrentarse a aquellos invasores llegados de lejanas tierras. Así pues, el bey Ibahim (el principal líder político) ordenó reunir al gigantesco contingente egipcio al mando del también bey, Murad (general del ejército y comandante de caballería). Este estaba formado principalmente por mamelucos, unos jinetes que usaban de forma predominante la cimitarra en lugar de las armas europeas y que se destacaban por sus cargas letales y su ferocidad en el combate cuerpo a cuerpo.

Así define Michel Franceschi (Consultor militar especial del Instituto Napoleónico México-Francia) a estos jinetes en su dossier «Bonaparte en Egipto»: «Además de diversas armas de fuego, sus temibles cimitarras centellean con mil destellos bajo sus arneses de un extraordinario resplandor. Sus uniformes engalanados flamean bajo el sol. Ricamente encaparazonados, sus caballos de pura sangre piafan esperando la carga. El fanatismo ciego de esos temibles guerreros es bien conocido. Su manera de batirse es de lo más rudimentario: cargar directo y de frente y aplastar todo a su paso».

El experto también señala que estos jinetes tampoco habían visto jamás que alguien detuviera una de sus feroces cargas, por lo que se sentían lo suficientemente confiados como para enfrentarse al veterano ejército napoleónico.

El cruce del desierto

Mientras los beys andaban organizando unas fuerzas lo suficientemente poderosas como para expulsar de la región al veterano ejército de Napoleón, el «Pequeño corso» (todavía recibiendo órdenes del Directorio) desveló sus planes a sus hombres: viajar y tomar El Cairo. Una tarea que podría parecer sencilla, pero ni mucho menos lo era.

¿La razón? Que había dos rutas para llegar de una ciudad a otra. En la primera, la más sencilla, había que remontar la orilla izquierda del Nilo a partir de Roseta (ubicado 60 kilómetros a la izquieda de la ciudad de los muertos). Este itinerario era el más seguro, pero también el más tedioso. «El otro, más directo pero excesivamente pesado, cruzaba por setenta kilómetros el desierto de Bahyreth y se unía al primero en Rahmanyeh pasando por Damanhour», explica Franceschi.

¿Qué hizo Napoleón? Dividir a sus hombres en dos contingentes y ordenar a cada uno que se dirigiera a El Cairo por un camino. El primero fue el más pequeño (estaba formado por una división) y tomó la ruta más larga con el objetivo de engañar al enemigo. También iría cargado con una buena parte de los macutos de los hombres para ahorrarles peso. El segundo, en el que viajaría Bonaparte, puso rumbo al desierto. «El general en jefe estableció el agrupamiento del conjunto en Rahmanyeh (El Rahmanyeh) para una progresión directa sobre El Cairo con todas las fuerzas reunidas», destaca el experto.

Dos soldados se suicidaron debido al calor asfixiante que sufrían

Napoleón inició la marcha junto a sus hombres a las cinco de la tarde del 7 de julio y, como explica el historiador Andrew Roberts, lo hizo bajo el abrigo de la luna y el fresco de la noche. Era la primera vez que un ejército moderno cruzaba las arenas de Egipto. Para desgracia del corso, la travesía por el desierto se pareció bastante a la de Moisés, pues le faltaron agua y víveres… El viaje fue un auténtico desastre. «Muchos de los pozos y las cisternas del camino habían sido envenenados o cerradas con piedras», añade el experto.

La sed del contingente durante esos días fue tan severa que los militares maldijeron a Bonaparte. Dos soldados de una unidad de dragones (jinetes armados con fusiles) se terminaron arrojando al Nilo para suicidarse debido al asfixiante calor. «El capitán Henri Bertrand, un ingeniero de talento que llegaría a ser coronel en esta campaña, vio a generales tan destacados como Murat o Lannes “arrojar sus gorros con encajes a la arena y pisotearlos”», determina Roberts. Concretamente, los militares se quejaron (como destacó luego un miembro de la expedición) de vivir en el viaje a base de «melones, calabacines, gallinas, carne de búfalo y agua del Nilo».

Primera batalla

Estas penurias debieron regocijar al bey quien, desde su sillón, decidió que había que presentar batalla a los franceses en ese momento de debilidad y sed. Según creyó, su caballería no tendría más que cargar para atravesar como la mantequilla la «Armée» de Bonaparte, ya bastante mermada por las continuas cargas de los molestos beduinos.

Así pues, se presentó ante los franceses con su contingente de 4.000 mamelucos y 11.000 infantes el 13 de julio en Chebreis, Era su primera contienda contra un ejército europeo experto en la lucha contra los jinetes. Una prueba de fuego para unos soldados a los que -hasta entonces- les había funcionado a la perfección el lanzarse de boca contra el enemigo.

En contraposición a esta simple mentaldiad, Bonaparte estableció una estrategia muy usada en Europa: la formación en cuadro. Esta consistía en constituir un cuadrado de bayonetas imposible de atravesar por la caballería.

«El general les opuso la táctica de fuego graneado y concentrado de la “formación en cuadro” por división. Los costados de los cuadros estaban constituidos por seis filas de soldados de infantería estrechados. Dispuesta en los cuatro cuadros, la artillería podía barrer con metralla el terreno en un ángulo de doscientos setenta grados. En el centro, con las impedimenta, se encontraba la caballería en reserva. De las seis filas de soldados de infantería, tres podían eventualmente salir del cuadro para un contraataque, en apoyo o no de la caballería. […] Las distancias entre los cuadros están calculadas para que puedan apoyarse mutuamente», añade Franceschi.

Cuando comenzó la batalla, el ejército mameluco creó (según varios autores) una línea de hasta cuatro kilómetros de extensión. Posteriormente, los jinetes se arrojaron contra los soldados franceses con sus cimitarras al viento, desconcertados por la extraña forma en la que estos combatían. Se sentían victoriosos. Sabían que cada uno de ellos podía enfrentarse a tres o cuatro enemigos fácilmente y salir victorioso. Durante la carga no hallaron apenas escollos, pues los oficiales de la «Armée» habían ordenado a sus hombres que no disparasen hasta que el enemigo estuviese a pocos metros de ellos.

«Los mamelucos se replegaron dejando 200 muertos sobre el terreno, contra solamente algunos heridos franceses»

Todo parecía perfecto para los mamelucos. Sin embargo, cuando estuvieron cerca de los gabachos, estos les desjarretaron una andanada de fusilería que desmontó a una buena parte de los jinetes. El resto, se estrelló contra la muralla de bayonetas. Muchos vieron como su montura les arrojaba al suelo, asustada.

La carga había fallado y, a los pocos minutos, los mamelucos entendieron que lo único que podían hacer era huir. Tras reagruparse, agotaron su ímpetu cargando de forma concentrada contra el flanco derecho francés, pero no sirvió de nada. Fueron rechazados de nuevo. Desesperados, los oficiales tocaron a retirada.

«Remolineron todavía algunos instantes y, luego, se replegaron hacia El Cairo, dejando doscientos muertos sobre el terreno, contra solamente algunos heridos franceses. La táctica adoptada hizo maravillas. Mínima por las pérdidas, esta batalla de Chebreis tuvo una gran resonancia moral. Los mamelucos perdieron su soberbia, mientras los franceses recuperaron confianza en ellos mismos después de los terribles retos que acababan de sobrellevar. Habían tomado el ascendente moral sobre el enemigo, lo cual es determinante la guerra», completa el experto hispano. Tras la contienda, Napoleón volvió a iniciar la marcha hacia El Cairo.

Frente a frente, en las pirámides

Pero los mamelucos no estaban dispuestos a rendirse. Unas jornadas después, el día 21 de julio de 1798, Murad volvió a hacer su aparición en escena. Y lo hizo en la ciudad de Embaleh (ubicada a una decena de kilómetros de las Gran Pirámide de Guiza, la cual había ordenado construir el faraón Keops). Por entonces, una de las construcciones más altas que había en el mundo. Además, en esta ocasión los enemigos de Bonaparte no habían dejado lugar a los fallos y se habían presentado con la nada desdeñable cifra de 6.000 mamelucos y 54.000 soldados árabes (entre ellos, un número alto de jinetes también, como señala Roberts en su obra).

Llegaba la batalla definitiva, y el «Pequeño corso» solo disponía de unos 20.000 hombres, aunque bien entrenados. Con todo, las cifras de soldados que combatieron varían atendiendo a la fuente a la que se acuda. El mismo Bonaparte -por ejemplo- cifró en el doble el número de mamelucos presentes en el contingente enemigo, aunque puede atribuirse a la necesidad de demostrar y probar su genio militar frente al Directorio francés.

El historiador Tom Reiss ofrece unos datos algo diferentes en su obra «El conde negro: Gloria, revolución, traición y el verdadero conde de Montecristo». «Los franceses eran unos 25.000. Las estimaciones […] varían, aunque los historiadores suelen citar las cifras que dio Napoleón: 12.000 guerreros mamelucos, cada uno de ellos con tres o cuatro sirvientes armados; 8.000 mil beduinos y 20.000 jenízaros (soldados otomanos a pie)». En palabras de este experto, los criados se dedicaban a pasar las armas adecuadas a sus amos en cada momento. «A los guerreros les seguían también flautistas y tamborileros, y montones de mujeres y niños que los acompañaban para ver cómo aniquilaban a los infieles», completa.

Comienza la batalla

Para repeler de nuevo a los mamelucos, Napoleón ordenó formar cinco grandes cuadros de infantería. Uno por cada división que le acompañaba. «Estos cuadros estaban formados para la ocasión egipcia por entre seis y diez filas de profundidad, cuando lo habitual en Europa eran tres filas o, excepcionalmente, cuatro», explica el autor Enrique F. Sicilia Cardona en su obra «Napoleón y revolución: las Guerras revolucionarias». El objetivo de esta variación no era otro que evitar que los jinetes contrarios atravesasen las defensas galas y aniquilasen a los diferentes grupos uno a uno.

«Las ráfagas llameantes de nuestros mosquetes penetraban sus suntuosos uniformes bordados de oro y plata»

El estado mayor, la oficialidad y los pertrechos se situaron en el centro del cuadro y, en cada una de las esquinas de este castillo de bayonetas, se ubicó una pieza de artillería. ¿Su objetivo? Arrasar con metralla a todos los mamelucos que pudieran antes de que estos chocaran contra la formaciones galas. Antes de comenzar la lucha, los oficiales recordaron a sus hombres que esperasen a que los jinetes estuviesen cerca de sí para disparar, y que apuntasen a la cabeza de los caballos, ya que de esta forma, y como dijo un oficial, «los caballos recularían, desmontando al jinete». La combinación de fuego prometía ser letal para el enemigo.

Con El Cairo frente a sí y las pirámides de Guiza a su derecha, los oficiales franceses ubicaron los cuadros de infantería dirigidos respectivamente por Desaix y Reyner. Su objetivo sería cargar contra las fuerzas presentes en la diestra, aquellas que defendían el acceso a las milenarias tumbas de los faraones. De esta forma, amenazarían la comunicación del bey con el alto Egipto. Dos cuadros, los de Bon y Vial, se ubicaron en el flanco izquierdo. Finalmente, el grupo restante (el de Dugua) formó entre estas dos fuerzas principales para servir como nexo de unión.

A la carga

Como era de esperar, y a pesar de que habían salido trasquilados pocos días antes, los árabes no modificaron su táctica. Así pues, se lanzaron de bruces contra los cuadros a las órdenes de Desaix y Reyner, ubicados en el flanco derecho galo. La carga parecía letal, pero acabó como ya había sucedido el día 13: en un total desastre. «Les recibieron con firmeza, y a una distancia de unos diez pasos abrieron fuego a discreción sobre ellos», explica Roberts citando a un historiador de la época.

Uno de los soldados que luchó en la batalla fue mucho más descriptivo, segúb recoge Tom Reiss en su obra: «Las ráfagas llameantes de nuestros mosquetes penetraban sus suntuosos uniformes, vaporosos y ligeros como grasa, bordados de oro y plata».

Casi rememorando lo que había sucedido en Chebreis, los árabes ubicados en el flanco derecho se retiraron y trataron de atacar nuevamente a los dos cuadros antes señalados. Pero su intento no sirvió de nada. «Los mamelucos no habían visto nunca fracasar una carga de caballería», añade Reiss. La forma de combatir de los franceses era perfecta para la situación. Y es que, cuando uno de los soldados de las primeras filas caía ante el poder de las cimitarras enemigas, otro ubicado tras él lo sustituía para que la formación no se rompiese.

En el flanco contrario, los mamelucos se lanzaron contra Bon, quien les recibió del mismo modo. Mientras, una división recibió el encargo de avanzar hacia las reservas enemigas (siempre formando en cuadro) y desalojarlas de sus posiciones defensivas. En todos los frentes, los mosquetes acababan con la vida de los experimentados jinetes musulmanes ayudados por los cañones ubicados en los extremos de los cuadros. «Mientras tanto, la artillería francesa descargó sus obuses contra la retaguardia enemiga», añade Reiss.

El ataque final

Al final, después de llevar a cabo varias cargas infructuosas y de que cientos de sus jinetes se dejasen la vida sobre el campo de batalla, los oficiales mamelucos tomaron a una decisión promovida más por el orgullo que por la mente. «Al darse cuenta de que los franceses querían acorralarles, decidieron lanzar una última carga total contra dos de los cinco cuadros. Miles de jinetes cargaron contra ambos cuadros a la vez, pero las divisiones resistieron», completa Reiss. El ímpetu no sirvió de nada.

Al ver que la moral de los mamelucos se resentía, Napoleón ordenó a las divisiones de Vial y Bon lanzar un contraataque que terminara, de una vez por todas, con el ejército enemigo. Dicho y hecho. Los oficiales, ávidos de venganza, dirigieron a sus hombres con un empuje letal que obligó a muchos enemigos a arrojarse al Nilo para no morir ante las bayonetas. Cerca de 1.000 se ahogaro o fueron rematados por los galos desde la orilla.

Jean-Pierre Doguerau, asistente de uno de los oficiales presentes en la batalla, recordó así el triste suceso: «Se arrojaron al Nilo y se siguió disparando durante largo tiempo contra las miles de cabezas que asomaban sobre el agua.

El recuento de bajas fue demoledor: miles por parte de los mamelucos (se cree que entre 2.000 y 8.000) y apenas 300 de los soldados de Napoleón. Y la mayoría de ellas, debido al fuego amigo provocado al dispararse entre cuadrados. Tras la contienda, los galos se hicieron con 20 piezas de artillería, 4.000 camellos y todo su equipamiento. Posteriormente, Bonaparte entró en El Cairo, pero no como conquistador, sino como libertador. Así lo atestiguan las palabras que dirigió a los ciudadanos: «He venido a destruir a la raza de los mamelucos, a proteger el comercio y los naturales del país (…) No temáis nada por vuestras familias, vuestras casas, vuestras propiedades, y sobre todo por la religión del profeta, a la que estimo…».

Así se repartieron el mundo España y Portugal en 1494: el Testamento de Adán que detestaba Francia


ABC.es César Cervera C_Cervera_M

  • Durante unas durísimas negociaciones, España aceptó en Tordesillas que se realizara una división por meridianos como planteaba la bula «Inter caetera», si bien de forma más favorable a los intereses portugueses de la planteada por el Papa valenciano Alejandro VI
 Pintura que representa la llegada de Colón al Nuevo Mundo

Pintura que representa la llegada de Colón al Nuevo Mundo

Entre resignado y furioso, Francisco I de Francia reclamó al Papa con insistencia ver el testamento de Adán ante las sucesivas bulas papales que reconocían la preeminencia española en la conquista de América. «El sol luce para mí como para otros. Querría ver la cláusula del testamento de Adán que me excluye del reparto del mundo y le deja todo a castellanos y portugueses», exclamó sobre los términos del Tratado de Tordesillas.

En España y Portugal se llamaba directamente Testamento de Adán al Tratado de Tordesillas. Un acuerdo entre ambos países, donde medió el Papa valenciano Alejandro VI, para delimitar los territorios que Cristóbal Colón descubrió sin saberlo en 1492. Todo un continente repartido entre las dos grandes potencias imperiales de su tiempo. Y nada pudo hacer Francia, ni Inglaterra, ni Turquía frente a aquella preeminencia. Según concluyeron sus enemigos, es como si únicamente los ibéricos fueran hijos de Adán.

Como explica Carlos Canales y Miguel del Rey en «Las Reglas del Viento: cara y cruz de la Armada Española en el siglo XVI», «a partir del descubrimiento de nuevas tierras en el hemisferio occidental la historia cambió y se abrió una nueva era para la humanidad». Poca veces a lo largo de los tiempos ocurrieron tantas cosas importantes en una única década, la de 1490, es decir, la de 1492. A partir de esa fecha, los marineros españoles, portugueses y los italianos bajo su mando dibujaron un nuevo mundo repleto de riquezas y de posibilidades. Los océanos que no controlaba España era porque, de hecho, los dominaba Portugal. Rara vez en la historia se ha vivido un dominio igual de dos países sobre el resto del planeta.

El Descubrimiento de Colón cambia el mundo

Al finalizar en 1479 la Guerra de Sucesión castellana, que involucró a Portugal a favor de Juana la «Beltraneja» en contra de los Reyes Católicos, se firmó el Tratado de Alcáçovas y se dio inicio a un periodo de acercamiento entre España y Portugal. El texto, además, dirimió varios asuntos territoriales pendientes entre ambas Coronas: las Islas Canarias pertenecían por derecho a Castilla; el reino de Fez, las islas Azores y Madeira, Cabo Verde, la Guinea y el derecho de navegación más allá de las Canarias, se le reconocían a Portugal. Si bien la navegación y el comercio atlántico no eran en ese momento una prioridad para los españoles, más tarde ese mismo tratado iba a suponer un obstáculo para las ambiciones hispánicas.

La culpa de todo la tuvo un navegante supuestamente genovés, Cristóbal Colón. Tras ser rechazado su proyecto en la corte portuguesa de viajar hacia Occidente hasta dar con Cipango (Portugal), logró que los Reyes Católicos lo financiaran. Es por esa espina clavada en su ego que Colón hizo escala en Lisboa en su viaje de vuelta y alardeó ante Juan II de que, después de todo, su descubrimiento sí había merecido la pena. A nivel internacional aquel gesto desencadenó una guerra. El Rey de Portugal creía que los términos del tratado de Alcáçovas habían sido violados con lo hallado por Colón y levantó una armada en las Azores para reivindicar los derechos sobre el Descubrimiento.

Por el contrario, Fernando de Aragón no movilizó ninguna flota. Inició una ofensiva diplomática dirigida a obligar al Papa valenciano Alejandro VI a que «leyera en alto» el testamento de Adán e impulsara a España en su misión de evangelizar el nuevo mundo. Sus relaciones en ese momento con los Borgia eran buenas y pensaba sacar partido de sus concesiones aragonesas a la familia valenciana en la península: había apoyado que César fuera designado arzobispo de Valencia y que Juan se casara con una prima del Rey.

No le decepcionó el segundo de los papas españoles. Alejandro VI había llegado al papado precisamente en 1492 (el año del Descubrimiento de Cristóbal Colón) y al regreso del navegante dictó cinco bulas en cuestión de un año («Inter caetera», «Piis fidelium», «Inter caetera» de mayo, «Eximie devotionis» y «Dudum siquidem») que reconocían los derechos españoles sobre las nuevas tierras, como explica Carlos Canales y Miguel del Rey en el citado libro.

Estas bulas derogaban anteriores dictados y anulaban, a ojos de Dios, los tratados que reconocían los derechos portugueses en los mares y tierras africanos más allá de Canarias. Hasta tal punto que la «Eximie devotionis» fue otorgada por vía extraordinaria secreta y otorgaba a los Reyes Católicos los indultos y privilegios otorgados antes a Portugal en sus territorios de ultramar.

El Tratado de Tordesillas, un reparto histórico

Obviamente, Juan II prefirió ignorar el arbitraje pontificio y hablar directamente con los Reyes Católicos. El Papa está comprado, debió pensar el portugués como si se tratara de un árbitro de fútbol sospechoso de favorecer a uno de los equipos.

Tordesillas (Valladolid), donde años después se marchitaría Juana la Loca, fue el lugar elegido para iniciar las negociaciones entre ambos países en 1494. Los Reyes Católicos fueron representados por Enrique Enríquez de Guzmán, mayordomo mayor de los reyes, Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de la Orden de Santiago y contador real, y el doctor Francisco Maldonado; mientras que Juan II envió a Ruy de Sousa, su hijo Juan de Sousa y el magistrado Arias de Almadana.

Se dividió el Atlántico y los territorios que había hallado Castilla por un meridiano fijado a 370 leguas del archipiélago de Cabo Verde

¿Qué buscaba exactamente Portugal? En verdad todavía no se conocía la magnitud del Descubrimiento. No había razón para discutir por el reparto de algo desconocido, salvo porque el auténtico objetivo del Rey Juan II era mantener abierta la ruta con la India, tan lucrativa para Portugal desde que Turquía bloqueara las rutas mediterráneas.

En principio la propuesta portuguesa era realizar una partición de territorios basada en latitudes, de modo que sus barcos pudieran dirigirse a la India bordeando África o a directamente a través del Océano Atlántico por el sur. Tras unas durísimas negociaciones, la respuesta española fue que, al contrario, la división se mantuviera por meridianos como planteaba la bula «Inter caetera», si bien de forma más favorable a los portugueses de la planteada por el Papa. Los portugueses aceptaron el arreglo. No así el Pontífice que, a modo de protesta, nunca confirmó el tratado y hubo que esperar a que Julio II lo hiciese por medio de la bula «Ea quae pro bono pacis» en 1506.

Así, el texto reservaba para Portugal el Atlántico y los territorios que había hallado Castilla por un meridiano fijado a 370 leguas del archipiélago de Cabo Verde. A España se le reconoció la libre navegación por las aguas del lado portugués para viajar a América y se le otorgó derechos de evangelización y soberanía en las nuevas tierras occidentales. En la totalidad de esas tierras. O al menos eso era lo que se pensaba.

La incapacidad técnica de realizar una partición exacta a lo firmado el 7 de junio de 1494 dio lugar a una serie de conflictos entre ambos países. En el año 1498 se descubrió una nueva ruta hasta la India y en 1500 Brasil, un territorio que se encontraba en la parte portuguesa del Tratado de Tordesillas. Pedro Álvares Cabral llegó a este territorio en abril de 1500 y, amparado en el tratado, procedió a tomar posesión en nombre del Rey de Portugal. No en vano, se trató de la fecha del «descubrimiento oficial», puesto que el español Vicente Pinzón ya había estado en los últimos días del mes de enero del año 1500 en el cabo de Santa María de la Consolación (identificado actualmente como cabo de San Agustín).

Escudados en que se trataba de un error de medición, los portugueses transgredieron con creces las fronteras que les señalaba la línea de Tordesillas

A partir de 1530, la corona portuguesa inició la colonización de Brasil y expulsó a los franceses que merodeaban por las islas cercanas. Y no solo eso. Portugal transgredió en su colonización del continente americano la demarcación del Tratado de Tordesillas al avanzar paulatinamente desde el Brasil hacia el oeste y sur de América del Sur. Escudados en que se trataba de un error de medición, los portugueses sobrepasaron con creces las fronteras que señalaba la línea de Tordesillas. Las líneas del actual Brasil son el resultado de la carencia de instrumentos para determinar bien los meridianos y de las transgresiones portuguesas sobre el tratado.

En cualquier caso durante sesenta años el tratado dejó de tener sentido legal con la unión dinástica y se terminaron parcialmente los conflictos territoriales. Los dos imperios que dominaban el mundo quedaron sellados bajo una misma monarquía.

Cuando en 1578 el Rey de Portugal Sebastián I de Avís perdió la vida en una demencial incursión por el norte de África, Felipe II –emparentado con la dinastía portuguesa por vía materna– desplegó una contundente campaña a nivel diplomático para postularse como el heredero a la Corona lusa, que fue asumida brevemente por el Cardenal-infante don Enrique hasta su muerte. «El reino de Portugal lo heredé, lo compré y lo conquisté», aseguraría Felipe II. El Rey Prudente contaba con el apoyo de buena parte de la nobleza portuguesa y el beneplácito de las potencias europeas (más bien resignación), pero el levantamiento popular promovido por Antonio, el Prior de Crato, hijo bastardo del infante Luis de Portugal, obligó al Imperio español a iniciar las operaciones militares.

La muerte del acuerdo: Tratado de Madrid

El país vecino rindió pleitesía a Felipe II en abril de 1581, siendo coronado como Felipe I de Portugal. El imperio donde no se ponía el sol suponía, en la práctica, un conjunto de territorios con sus propias estructuras institucionales y ordenamientos jurídicos, diferentes y particulares, que se hallaban gobernados por los monarcas españoles de la Casa de Austria o por sus representantes. Entre 1580 y 1640, los portugueses se cuidaron de ser ellos quienes gestionaban su imperio comercial bajo la supervisión general de Madrid, que abrió todo el mercado americano a los insaciables comerciante portugueses.

No fueron los castellanos los que penetraron en las posesiones portuguesas, como tanto temieron aquellos que siguieron al Prior Antonio en sus revueltas, sino todo lo contrario. A principios del siglo XVII se sucedieron las quejas contra los omnipresentes comerciantes portugueses por parte de colonos castellanos, mexicanos, peruanos: «Los portugueses cada vez son más en las Indias españolas y llegan en todas las flotas, mientras que tienen buen cuidado en mantener a los castellanos alejados de las Indias Orientales».

Además, los reyes otorgaron a exploradores portugueses capitanías y concesiones en la cuenca amazónico, penetrando los portugueses profundamente en la selva brasileña más allá de lo delimitado en Tordesillas. De este modo, cuando en 1640 se produjo la independencia de Portugal, los portugueses habían ampliado notablemente sus posesiones en virtud del precepto «Uti possidetis, ita possideatis» (quien posee de hecho, debe poseer de derecho).

La independencia de Portugal y la sucesiva guerra entre ambos países dio lugar a que se transgrediera todavía más el maltrecho Tratado de Tordesillas, porque tanto España como Portugal establecieron nuevas ciudades en los territorios controlados por su enemigo. Hubo que esperar al Tratado de Madrid, firmado por Fernando VI de España y Juan V de Portugal el 13 de enero de 1750, para certificar oficialmente la muerte del de Tordesillas y definir los límites entre las respectivas colonias portuguesas y españolas en América del Sur.